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-¡Ah! Muy bien, muy bien. Yo soy gran admiradora del kaiser -agregaba la señorita.
(¿Por qué todas las directoras serán "señoritas"?) En el grado comenzaba nuevamente el
vía crucis. El maestro, examinándome, de mal talante, al llegar en la lista a mi nombre, decía:
-Oiga usted, ¿cómo se pronuncia "eso"? ("Eso" era mi apellido.) Entonces,
satisfecho de ponerlo en un apuro al pedagogo, le dictaba:
-Arlt, cargando la voz en la ele.
Y mi apellido, una vez aprendido, tuvo la virtud de quedarse en la memoria de todos
los que lo pronunciaron, porque no ocurría barbaridad en el grado que inmediatamente no
dijera el maestro:
-Debe ser Arlt.
Como ven ustedes, le había gustado el apellido y su musicalidad.
Y a consecuencia de la musicalidad y poesía de mi apellido, me echaban de los grados
con una frecuencia alarmante. Y si mi madre iba a reclamar, antes de hablar, el director le
decía:
-Usted es la madre de Arlt. No; no señora. Su chico es insoportable.
Y yo no era insoportable. Lo juro. El insoportable era el apellido. Y a consecuencia de
él, mi progenitor me zurró numerosas veces la badana.
Está escrito en la Cábala: "Tanto es arriba como abajo". Y yo creo que los cabalistas
tuvieron razón. Tanto es antes como ahora. Y los líos que suscitaba mi apellido, cuando yo
era un párvulo angelical, se producen ahora que tengo barbas y "veintiocho septiembres",
como dice la que sabe quién soy yo "a través de su Arlt".
Y a mí, me revienta esto.
Me revienta porque tengo el mal gusto de estar encantadísimo con ser Roberto Arlt.
Cierto es que preferiría llamarme Pierpont Morgan o Henry Ford o Edison o cualquier otro
"eso", de esos; pero en la material imposibilidad de transformarme a mi gusto, opto por
acostumbrarme a mi apellido y cavilar, a veces, quién fue el primer Arlt de una aldea de
Germanía o de Prusia, y me digo: ¡Qué barbaridad habrá hecho ese antepasado ancestral para
que lo llamaran Arlt! O, ¿quién fue el ciudadano, burgomaestre, alcalde o portaestandarte de
una corporación burguesa, que se le ocurrió designarlo con estas inexpresivas cuatro letras a
un señor que debía gastar barbas hasta la cintura y un rostro surcado de arrugas gruesas como
culebras?
Mas en la imposibilidad de aclarar estos misterios, he acabado por resignarme y
aceptar que yo soy Arlt, de aquí hasta que me muera; cosa desagradable, pero irremediable. Y
siendo Arlt no puedo ser Roberto Giusti, como me preguntaba un lector de Martínez, ni
tampoco un anciano, como supone la simpática lectora que a los veinte años conoció a mis
padres, cuando yo "era muy pibe". Esto me tienta a decirle: "Dios le dé cien años más,
señora; pero yo no soy el que usted supone".
En cuanto a llamarme así, insisto: Yo no tengo la culpa.
CAUSA Y SINRAZON DE LOS CELOS
Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a
sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en
vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones.
Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes,
aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que
la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les
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