Atlantis - Aritz Pérez Berra por Entreescritores.com - muestra HTML

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Atlantis

Capítulo 1

Eran más o menos las cinco de la tarde. Nurya estaba subiendo poco a poco por la

escarpada pared de Aia. Desde hacía unos cuatro años, cada vez que necesitaba pensar, sentirse a

si misma, se acercaba a este lugar mágico de Gipuzkoa. Lo que empezó como un pequeño reto

con su ex-novio, se había vuelto una costumbre de evasión justo cuando rompió su relación con

él. Había pasado un tiempo prudencial para haber logrado olvidarse de las duras heridas

infringidas por aquel personaje, pero en su mente las cicatrices no lograban cerrarse. Sentía

pánico de abrir de nuevo su corazón a alguien por miedo a que clavaran otro puñal en lo más

profundo de su ser. No podía permitirse el lujo de morir de amor de nuevo.

Siempre subía por aquella pared con muy pocos instrumentos. Un pequeño mp3, su

cámara fotográfica y sus manos. La llamaban suicida por no subir con ningún tipo de cuerda,

pero quizás en su inconsciencia, era su única manera de sentirse libre. Miró hacia arriba. Una

gran roca se abría por encima de su cabeza. Aprovecharía ese pequeño saliente para descansar.

Hizo un último esfuerzo, y mediante un gran impulso logró agarrarse a una grieta que corría

paralela a la piedra. Un paso mas y se sentó en aquel descansillo. Toda la zona de donostialdea se

abría ante sus ojos. Cogió su mp3 y busco la canción que siempre ponía al llegar a aquel punto.

La voz de Anastacia retumbó en sus oídos. Sabía que era rozando lo patético poner sin parar esa

canción, pero le recordaba al único momento en el que había dudado de la imposibilidad de

rehacer su vida. Había sido hacia poco más de un año. Hizo caso a una amiga y se fue a ver una

charla de un joven historiador en la facultad de historia. Fue hora y media de hipnotismo puro,

de la boca de aquel chico no hacia más que salir miles de historias mágicas sobre lugares que ella

había visto desde niña. Cuando acabó la charla, su amiga le dijo que la llevaría a casa en coche, y

al montarse vio que en asiento trasero estaba aquel joven. La media hora que duró el trayecto

hasta la casa de Nurya el chico siguió contándoles pequeñas historias, hasta que la última trató

sobre peñas de Aia, su lugar preferido, mientras Anastacia servía de música de fondo del relato.

Y cada vez que ella llegaba a aquel punto, en su mente se volvía a vivir aquel instante cuando la

voz de ese chico inundaba su imaginación:

„Cuenta la leyenda que vivía cerca de la costa vasca una familia de gigantes en un

pequeño islote. Era la familia Aia, últimos descendientes de una larga saga de gigantes que se

remontaba al principio de los tiempos. Corrían los rumores que eran los guardianes de la costa

vasca, y que su sola presencia hacía que los barcos de guerra enemigos dieran la vuelta. Un

terrible conde francés decidió invadir el País Vasco, para lo cual dijo a sus barcos que primero

pusieran rumbo a aquel islote. En cuanto los gigantes murieran, la costa vasca caería sin

remisión. Y al cabo de unas semanas, decenas de barcos se pusieron rumbo al islote. Desde la

costa los vascos escucharon los lamentos de la familia al ser atacada, y se pusieron a la mar para

ayudarlos sin importarles su propia seguridad. Al llegar el espectáculo era dantesco, la familia

yacía en el suelo del islote desangrada, solo resistía el hijo mayor, a duras penas. Los vascos, al

ver eso, se pusieron rumbo a los barcos franceses y lograron hundir todos. El joven Aia cayó

rendido sobre los cuerpos de sus familiares muertos. Uniendo todos los barcos, lograron

montarlo y llevarlo hasta la costa. Lo tumbaron sobre una pequeña ladera y trataron de salvarlo,

pero las heridas eran demasiado profundas. En un último suspiro dio las gracias a todos los que

habían tratado de ayudarlo. Sabía que iba a morir de un momento a otro, pero su legado de

sangre no moriría con el. Al morir, Aia se convirtió en monte, y de la zona donde estaban sus

ojos empezó a brotar un pequeño río. Todo aquel vasco que bebía de ese agua sentía sus fuerzas

renacer, ya que ese agua estaba mezclada con la sangre de los Aia. Es por esto que ese monte se

volvió mítico entre los vascos, y su perfil escarpado es el rostro del joven Aia llorando su

gratitud a los que le ayudaron. “

Capítulo 2

Un lejano graznido le hizo volver a la realidad. No entendía que había tenido ese

momento en el coche para marcarle tanto, pero no podía quitárselo de la cabeza. Miro a su

alrededor y vio el majestuoso vuelo de dos buitres. Cogió su cámara y mediante su zoom pudo

admirarlos mas cerca. No entendía como la gente podía opinar que esos animales eran feos. Su

sola presencia hacía que las montañas se estremecieran al notar su sombra recorrer sus laderas.

Comenzó a fotografiarlos. Parecía que volaban en círculos sabiendo que les estaban retratando.

La canción del mp3 cambió, alejando a Nurya aún más de aquel automóvil pasado, y supo que

era momento de seguir con su ascensión. Miró hacia arriba, la pared se le presentaba desafiante.

De ahí solía subir en línea recta, pues era el camino más sencillo para subir sin ningún tipo de

amarre. Pero un poco hacia la derecha vio una vía muy atractiva. Juraría que una grieta que

estaba viendo no estaba ahí antes, pues se conocía el muro como su palma de la mano. La

curiosidad pudo más que la prudencia, y se dirigió hacia aquella nueva llaga en la piel de la

montaña. El camino era complicado, obligaba a Nurya a forzar su cuerpo al máximo. Estaba a un

solo movimiento de llegar a la grieta, así que de un impulso logró introducir su mano derecha

dentro de ella. Su tacto era curioso, como pulido. Como si alguien hubiera introducido una daga

gigante para asegurarse de la muerte del joven Aia. De pronto, perdió pie, y quedo colgando

únicamente de la mano derecha. El dolor era insoportable, parecía que iba a desgarrarse y

separar el brazo del resto del cuerpo. Sus dedos iban lentamente resbalando por la pulida piel de

la montaña, así que levantó la mano izquierda para introducirla también. Fue moviéndola

dentro de la grieta, tratando de encontrar donde agarrarse, y notó un tacto casi metálico. Era un

saliente un tanto artificial, algo que nunca había sentido, y al lograr asirse en ese punto, vio

aterrorizada como la grieta iba creciendo ante su atónita mirada. Iba abriéndose muy

lentamente, y las fuerzas iban fallándole. Por encima de su cabeza, la pared iba desprendiéndose

poco a poco, como si estuviera tratando de despeñarla para que no descubriera su secreto. Una

piedra golpeó su hombro derecho, haciendo que por reflejo, soltara su mano. Lo único que

separaba su cuerpo de una caída de cuarenta metros era su mano izquierda reteniendo aquel

material indescriptible. Las fuerzas ya estaban bajo mínimos, y pensó que debía hacer un último

esfuerzo. Cogió impulso y retorció su cuerpo de manera que pudiera entrar por la grieta. En el

momento que soltó su mano izquierda, una piedra golpeó su cabeza, tiñendo de negro todo a su

alrededor.

Abrió los ojos muy lentamente. Notaba como si miles de espinas taladraran su

cráneo. Todo estaba oscuro a su alrededor. Trataba de recordar que había pasado, donde estaba.

Mediante el tacto noto como si estuviera dentro de un sarcófago. Las paredes no estaban más

allá de treinta centímetros de su piel. Tocó detrás de su cabeza. Notaba frío, vacío. Entonces

recordó. Había logrado introducirse en la grieta en el último momento, antes de hacer al vacío.

Pero no sabía si seguía allí. Buscó con la mano derecha su cámara, y la notó a la altura de la

rodilla. Sintió un frío corte, y se dio cuenta que el objetivo se había roto cortándole con su

cristal. Rezó para que el flash siguiera funcionando, y eso que no era creyente. Esa pequeña luz

podía ser su única salvación para salir de allí, o al menos saber donde estaba. Sin querer sacó una

foto, y la luz le causó una mezcla de sobresalto y esperanza. Vio en décimas de segundo que la

pared estaba muy pulida para ser algo natural creado hacía un momento. Volvió a dar al botón y

miró por encima de su cabeza, y vio que solo había vacío. Estaba al borde del precipicio, y la

noche había caído hacía horas. Debía de haber estado más tiempo del que pensaba inconsciente.

Respiró profundo, tratando de moverse. Le tranquilizó ver que todas sus extremidades se

movían pese al dolor. Pero al respirar, sintió algo extraño. A la altura de sus pies notó una

energía especial. No sabía que es lo que era, pero se dio cuenta que algo o alguien estaba a

escasos centímetros de sus pies.

Capítulo 3

Nurya estaba muy confundida. La cabeza le daba mil vueltas. Notaba una presencia

cerca de ella, pero no sabía lo que era realmente. Trató de mover su mano hacia la zona donde se

encontraba su pie, pero no había manera de moverse, pues el tamaño de la grieta no permitía

girar los hombros. Decidió sacar su cuerpo hasta la cintura, situándose al borde del abismo, y así

poder girarse. Arrastró su cuerpo, y notó como en la cara le pegaba la fresca brisa de la

madrugada. A su derecha el cielo comenzaba a clarear, con lo que se dio cuenta que por suerte

podría comenzar el descenso dentro de poco tiempo. Al liberar la mitad de su cuerpo, comenzó

a incorporarse. A la izquierda de la grieta había un pequeño saliente, y lo asió con fuerza. Sacó

sus piernas, con lo que estaba únicamente con un punto de apoyo. Comenzó a bajar

lentamente, palpando cada centímetro, ya que pese a que comenzaba a ver con la luz del

amanecer, no se fiaba de sus propios instintos. Logró agarrarse a la grieta con las manos, y

lentamente fue introduciendo su tronco. La oscuridad que encontraba delante de sus ojos la

aterraba, pero podía más su curiosidad. Las manos iban buscando en la negrura, hasta que

toparon con algo suave. Era una especie de ropaje, algo de tela. Temió encontrar un cuerpo allí

dentro, pero su tamaño era menor del esperado. Era un pequeño saco de tela, con un cordón que

lo cerraba. Lo agarró y tiro con fuerza. No pesaba demasiado. Fue saliendo de la grieta con el

saco en la mano y lo ató a su cintura. Comenzó el descenso lentamente, ya que notaba un pesado

cansancio. Llego al saliente en el que solía descansar cada vez. Se sentó en el, con las piernas

colgando mirando el amanecer. Si no fuera por los malos momentos que había vivido, podía

sentir como si fuera el amanecer más bello de su vida. Agarró con una mano el saco y lo desató

de la cintura. Con los primeros rayos de la mañana pudo ver que era un saco muy antiguo, pero

el color verde intenso no había desaparecido del todo. El cordón era rojo con pequeños hilos

blancos. Palpó el interior del saco. Era una especie de objeto cúbico, y dos o tres elementos de

formas irreconocibles. Comenzó a soltar el nudo ansiosa por ver su interior. El cordón cedió

poco a poco, abriéndose el saco. Miró el interior y notó tres objetos. Eran tres piedras

perfectamente pulidas; una roja, una blanca y la otra verde. Y al fondo del saco vio un pequeño

anillo. Dos pentágonos plateados lo coronaban. Tenía unas formas muy atractivas y no pudo

evitar ponérselo.

Al instante un fuerte pinchazo atravesó su cabeza, y cerro los ojos tratando de

calmarlo. Notó un viento distinto en su cara, y a su alrededor los animales estaban muy

alterados. Volvió a abrirlos, pero no estaba ya en la pared del monte Aia sino que se encontraba

en un bosque muy frondoso. Los rayos del sol apenas lograban atravesar la densa capa de ramas.

Escuchó al fondo una terrible explosión, y la tierra comenzó a temblar a sus pies. Al ruido de la

explosión le siguió un estruendo aún mayor que se acercaba a mucha velocidad. Miró al frente, y

vio cientos de animales que se acercaban a ella en estampida. Eran unos animales que no había

visto en su vida. Su mente estaba muy confusa, no podía reaccionar. Los animales estaban cada

vez mas cerca. Gritó, pero apenas pudo escuchar su voz en medio de aquel ruido ensordecedor.

Cerró los ojos, soñando que no fuera más que una terrible pesadilla y al volver a abrirlos

encontrarse de nuevo en el saliente de la montaña. Su cerebro repetía una y otra vez dos

palabras: Quiero vivir.

Capítulo 4

Abrió los ojos, y vio que de nuevo se encontraba encaramada en la pared de Aia. El

sol ya estaba en su plenitud, así que habían transcurrido unas horas desde que había logrado

ponerse el anillo. Miró a su mano izquierda, la tenía cerrada. Al abrirla vio el anillo. No podía

ser que algo tan pequeño e inofensivo hubiera producido tal efecto en ella. Era imposible. Pero

lo había visto. Las imágenes de aquellos extraños animales martilleaban su cabeza. Los notaba

correr dentro de su cerebro. Cogió el anillo y lo metió de nuevo en el saco con el resto de

objetos. Al instante la paz volvió a su cabeza. Pensó que todo aquello seguro era fruto de su

imaginación. La víspera, al golpearse la cabeza con la pared seguro que había causado aquellas

alucinaciones. Pero ella misma sabía que no era así. No es que solo hubiera visto todo eso, sino

que lo había sentido, olido, casi palpado. Ató de nuevo el saco a su cintura y comenzó el último

tramo de descenso. Trataba que su mente se concentrara en otras cosas, pero no podía, sentía el

anillo golpear su cuerpo con cada movimiento.

Llegó abajo, y puso dirección al coche. Necesitaba ir a casa, calmarse, reflexionar lo

que había pasado. Seguro que todo aquello tenía un significado, una lógica. Seguro que tras

dormir todo aquello no era más que una mala pesadilla. Abrió el coche por la puerta del copiloto

y lanzó dentro el saco. Rodeó el coche y entro por el asiento del conductor. Sentarse en su

acolchado asiento fue la mayor sensación de calma que en aquel momento pudo lograr. Pero la

calma duró solo un instante. En su mente, escuchó una palabra: Ayuka. Miró hacia todos los

lados pero no había nadie. De nuevo la misma voz dijo: Ayuka. Miro detrás del coche, pero no

había nadie. La voz volvió a sonar: Ayuka. Miró al asiento del copiloto. El saco estaba abierto, y

su contenido se había esparcido por el asiento. Y allí estaba, el anillo, como desafiándole. Volvió

a escuchar: Ayuka. Se estaba volviendo loca. Parecía como si el anillo le hablaba dentro de su

cabeza. Arrancó el coche y puso rumbo a su casa. Cada cierto tiempo la misma palabra

martilleaba dentro de ella: Ayuka, Ayuka. No. No podía ser. Era su imaginación que estaba

jugándole una mala pasada. Desde pequeña siempre había imaginado cosas. Soñaba con lo que

ella quisiera. Controlaba sus sueños. Pero al ir dejando la niñez a un lado, esa capacidad fue

desapareciendo gradualmente. Podía ser que la imaginación volviera a controlarla a su antojo.

Seguro que era eso. No había duda. Pero ella no deseaba escuchar esa palabra, quería que se

callara. Pero no era así, seguía volviendo a su cerebro cada cierto tiempo. Se agachó para meter

el anillo en el saco, y al volver a incorporarse vio como un camión se acercaba muy rápido

frente a ella. Con un volantazo logro salvarse y controlar la situación. Pero aquella palabra

seguía dentro de ella: Ayuka.

Llegó al garaje. Apagó las luces, y se quedó allí, sentada, inmóvil. Trataba de dejar

su mente en blanco, controlar sus nervios. Se fue calmando, pero la voz volvió: Ayuka. Allí, en

la penumbra del garaje, parecía que sonaba más fuerte. Encendió la luz interior del coche. Allí

estaba el saco, con el anillo dentro. Lo abrió lentamente. A primera línea estaba, el anillo,

desafiándola. Lo cogió suavemente. Parecía que la voz callaba por un instante. Miró la

perfección del anillo. Era hipnotizante. Creaba una falsa tranquilidad. Pero dicha paz se rompió

de golpe. AYUKA. El grito sonó más fuerte que nunca. Cogió el anillo. Tenía que acallar aquella

voz como fuera. Y quería comprobar que lo que había visto y sentido en la pared de Aia no

había sido fruto de su golpe. La voz sonó una última vez mientras estaba poniéndose el anillo.

AYUKA.

Capítulo 5

Tenía los ojos cerrados. No se atrevía a mirar lo que se encontraba a su alrededor.

Su mente pedía que por favor se encontrara en el garaje, dentro de su coche; pero su corazón

deseaba encontrarse de nuevo en aquella extraña selva. Comenzó a poner atención a sus

sentidos. A su oído llegaba un suave susurro de agua. No se encontraba en su garaje. En su cara

sentía una leve brisa. A su nariz llegaba algo parecido al salitre. Los rayos de sol calentaban su

piel suavemente. Pese a tener los ojos cerrados sabía que había mucha mas luz que hasta hacía

unos instantes dentro de su coche. Decidió abrir los ojos muy lentamente. Se fue acostumbrando

poco a poco a tanta luminosidad, y lo que iba descubriendo la dejaba sin habla. Se encontraba en

la cima de una pequeña montaña, quizás no más que una leve colina. Y allí abajo veía una

ciudad. Pero no era una ciudad normal. Cinco canales radiales cruzaban la ciudad, con centro en

la colina donde ella se encontraba. Todas las casas eran blancas, con no más de tres pisos por

edificio. Las calles parecían llenas de vida, pese que desde allí no podía diferenciar la silueta de

una persona, era más una masa en continuo movimiento. Dio media vuelta, y sus ojos se

encontraron con un grandioso templo. Todo estaba construido con algo que parecía mármol

blanco conjugado con otro mármol negro. Le recordaba vagamente a los templos que vio en su

viaje a Atenas, pero a escala mucho mayor. Era algo así como varios templos entrelazados,

coronados por un templo superior apoyado en todos ellos. Daba una sensación de ingravidez casi

de película. Parecía que los materiales no pesaran, sino que estuvieran dibujados en gran lienzo

presentado a sus ojos. Se acercó lentamente a la escalinata de uno de los templos inferiores. Rozó

con su mano la piel de la piedra. Era un tacto muy liso, pero sin la frialdad del mármol, era una

sensación cálida. Decidió sentarse y meditar. En cuanto se sentó, una candidez desconocida

recorrió su columna vertebral. Se sintió como ella creía que deberían sentirse los pobres

labradores de las afueras de Paris cuando se adentraban en Notre Damme, o como se sentiría un

pobre mensajero de un rey lejano cuando se adentraba en San Pedro para entregar un mensaje al

Papa. El cuerpo notaba que le pesaba mucho. Se fue recostando sobre la piedra, ampliando aún

más si cabe la sensación de paz. El cielo azul sobre su cabeza parecía ir variando de color cuanto

mas se recostaba sobre la escalinata. Al final se tumbó completamente, apoyando la cabeza.

Tenía miedo de cerrar los ojos por si al abrirlos se encontrara de nuevo en el garaje sin entender

absolutamente nada, pero no pudo evitarlo, cayendo en una somnolencia extraña.

Sin saber cuanto tiempo había pasado desde que cerró los ojos, algo le despertó de

ese pequeño letargo. Era aquella dichosa palabra que volvía a su mente, AYUKA. La escuchaba

aun muy lejana, pero notaba que se iba acercando poco a poco. Quería abrir los ojos para ver si

se encontraba ya de nuevo en su garaje, pero no podía. Aun así, por la paz que notaba en su

espalda, y la luminosidad sobre su cara, supo que seguía en aquel extraño lugar. La voz se iba

acercando cada vez más. AYUKA, AYUKA. A medida que la voz se acercaba, notaba que salía de

aquel sopor. Fue abriendo lentamente los ojos. Se fue incorporando. Aun confundida trató de

acostumbrar la vista a la luz. La voz ya se encontraba detrás de ella. Dio media vuelta. Y allí lo

vio. Era un hombre muy hermoso, vestido con una especie de túnica azul con una cinta roja en

la cintura. Se fijó en su rostro. Le recordaba a alguien. No. No podía ser. Era igual al joven

historiador que le había hipnotizado tiempo atrás. Más que igual que él, ella diría que era él. Se

quedó mirándole los labios, y de ellos salió una sola palabra. AYUKA. Entonces comprendió

algo. Comprendió el significado de aquella palabra: AYUKA. Ayuka era ella. Y la oscuridad

volvió...

Capítulo 6

Abrió los ojos. La oscuridad le trajo de nuevo a su garaje. Era la segunda vez que

sentía la sensación de volar más allá de su cuerpo, a través del anillo. Muy pocas cosas se

aclaraban en su mente. Ahora sabía que significaba aquella palabra que martilleaba en su cabeza

sin cesar. Pero una duda aún mayor nació dentro de ella, le había visto a él dentro de aquel

sueño. Puede que todo no fuera mas que una serie de extraños sueños causados por el estrés

vivido, y que dentro de aquel lugar imaginario, su mente introdujera los datos que le

interesaban. Volver a ver el rostro de aquel chico removió dentro de ella sentimientos ahogados

hacía un tiempo. Pero esta vez no eran sentimientos de esperanza, de ilusión, eran sentimientos

de miedo, de angustia. Salió del coche aturdida por lo que acababa de sentir y cogió el ascensor

del garaje rumbo al 9º piso, rumbo a su casa. Necesitaba acostarse, dormir un rato, sentir al

despertar que todo no era más que una extraña pesadilla. Abrió la puerta, y comenzó a

desvestirse en la entrada. Fue dejando un rastro de ropa por todo el pasillo. Al llegar al cuarto ya

estaba completamente desnuda. Se miró al espejo. Restos de barro y polvo atravesaban su cara.

Sus ojos no eran mas que el recuerdo de lo que habían sido antes de salir hacia Aia. Trato de ver

algo distinto en su cara, en su rostro, que le hiciera darse cuenta que lo que había vivido era real,

pero nada había cambiado. Decidió meterse en la cama cuanto antes, ya tendría tiempo de

ducharse después de descansar. Se introdujo en sus azuladas sábanas. Parecía que pesaran una

tonelada, pero aquel peso fue desvaneciéndose a medida que el sueño vencía la batalla al

desasosiego. Dentro de sus sueños le pareció ver el rostro de aquel chico hablándole, pero no

escuchaba absolutamente nada. Lo ultimó que le pareció ver antes de caer en un profundo sueño

fue una ola gigante que se le acercaba mas y mas.

Se despertó cuando los primeros rayos del día penetraban por su ventana. No sabía

cuanto llevaba dormida. Ni siquiera sabía que día era. Miró la hora en su móvil. Eran las ocho de

la mañana. Calculó que llevaría unas quince horas dormidas. Tenía dos mensajes en su móvil. El

primero era de Euskaltel, informándole de una oferta más. El segundo le llamó la atención. Era

de Alazne, aquella amiga que le animó a ir a la charla sobre mitología. Le contaba que acababa

de recibir el coche nuevo que se había comprado, y que le hacía ilusión llevarle a algún sitio,

que ella propusiera plan. Sin dudarlo siquiera comenzó a escribir el mensaje de respuesta: Dime

donde vive aquel historiador de la charla de la facultad. Necesito verle urgentemente. Se fue a la

ducha tratando de sacar por el desagüe las interrogantes que cruzaban su cerebro. Dejó caer el

agua por su cuerpo desnudo durante largo rato. Una señal le sacó de debajo de aquella lluvia

relajante. Mensaje en el móvil. Chorreando, sin ni siquiera secarse, corrió hasta el móvil: ¿Te

pasa algo? Este chico te llegó dentro eh, lo sabía. Vive en un pequeño pueblo de Asturias,

llamado Oseja. Pero allí no tiene teléfono, lo usa como refugio. Tendrás que esperar que vuelva

para aquí para hablar con el. Creo que tiene un congreso el mes que viene. Se sentó en la cama.

Las gotas que recorrían su cuerpo empapaban la cama. No podía esperar tanto, tenía que hablar

con él cuanto antes, sino se iba a volver loca: Alazne, haz la maleta y ven a buscarme. Nos vamos

a Oseja. Date prisa, mi cordura depende de este viaje. Cogió una bolsa y metió lo primero que

encontraba en el armario sin pensar en nada. Su desnudo cuerpo ya estaba seco. Se miró de

nuevo al espejo. Su pálido color la asustó. Pero vio en su mirada un brillo distinto. Se sintió viva,

viva como hacía tiempo no se sentía. Se vistió y fue hacia la sala a esperar a Alazne. La ropa de la

que se había desprendido horas atrás seguía en el suelo, mostrándole que nada había sido un

sueño. Y al llegar a la puerta lo vio. El anillo. Allí estaba, brillante, tentador. Lo recogió

suavemente, tratando de no meter el dedo en el. Tenía miedo de viajar de nuevo a aquel lugar y

no volver nunca más a la realidad. Estaba caliente, como si todo el mundo al que había viajado

se encontrara moviéndose dentro de él. Lo situó encima de la mesa y puso la televisión. Lo que

allí vio le heló la sangre.

Capítulo 7

Tardó cerca de un minuto en reaccionar a lo que veía ante sus ojos. La televisión le

enseñaba un perfil que había visto mil veces al fondo. Eran las peñas de aia, pero algo había

cambiado en el perfil que ella tenía guardado en la memoria. Estaba ante sus ojos el perfil de

aquella cabeza tumbada (aquel gigante según el relato escuchado tiempo atrás). Pero algo pasaba

en una de las paredes que Nury solía escalar para dejar atrás el mundanal ruido. Allí, a la altura

de los ojos de aquel gigante de piedra algo caía cambiando el color de la piedra. Era una cascada

de agua que salía de un agujero casi en la cima. Enseguida supo que aquel agujero era en el que

hacía horas había estado ella misma, aquel agujero que se había abierto frente a sus ojos. Se puso

a escuchar la noticia. La periodista decía que hacía poco mas de una hora el agua había

comenzado a caer, y que nadie se explicaba el por qué. Aquellas rocas habían permanecido igual

desde hacía siglos y no encontraban razón alguna a aquella cascada milagrosa. Nury pensó que

ella era la respuesta. Al abrir aquella grieta había cambiado la pared, y quizás algún río

subterráneo había encontrado salida. Pero aquello era imposible, la cascada nacía casi en la

cima, por lo que era imposible que se tratara de un río subterráneo. De nuevo un sonido

retumbó en su cabeza. AYUKA. Miró al anillo. Parecía que la estuviera mirando. Lo cogió en su

mano. Pensó en colocárselo de nuevo, en ver aquel viaje onírico a donde le llevaba, pero tuvo

miedo. Miedo a lo desconocido, a no saber si en el próximo viaje la mente se quedaría encerrada

en aquel templo. Fue acercando lentamente el dedo, cuando algo la sobresaltó. Era el interfono.

Alazne había llegado. Metió el anillo en el bolsillo y cogió la pequeña maleta que había

preparado. Salió del portal y allí la vio. Por su cara supo que estaba intrigada por aquel viaje

momentáneo. Siempre le había parecido una mujer bellísima. Era como una pequeña diosa

recién salida del olimpo. No era muy alta, pero tenía un extraño magnetismo que hacía de ella

una mujer irresistible. Hacía años ya que se conocían, pero no podía evitar sentir cierta envidia

al mirarla. Ella era lo que todo hombre deseaba, y ella lo sabía. Le sonrió y le abrió el capó del

coche no sin antes comenzar a hablar:

 ¿Acaso te has vuelto loca? ¿A qué viene esta prisa y este secretismo?- le dijo sin perder ni por

un segundo su eterna sonrisa.

 Alazne, métete en el coche, que el viaje es largo y te aseguro que hay tiempo para explicar

todo. Si has visto las noticias sabrás algo de lo que va.

 ¿Las noticias? Si, las he visto. Han hablado de guerras, de muerte y de odio, lo mismo de

siempre. Bueno, y una noticia de que ha aparecido una cascada en peñas, pero no se que

puedes tener tu que ver con alguna de las noticias.

 Alazne, por favor, arranca el coche y te iré contando todo -le contestó Nury con cierta voz de

mando-.

Ambas entraron en el coche. Alazne estaba deseando bombardearle a preguntas,

pero respetaba el silencio de su amiga ya que veía miedo en sus ojos. Arrancó el coche y se puso

rumbo a la autopista. Al salir de la ciudad no pudo evitar preguntarle de nuevo que le ocurría a

su amiga. Nury, sin apartar la vista de la carretera comenzó a relatar todo lo sucedido. La

aventura en la pared de peñas, el contenido de la bolsa, sus viajes a aquel mundo onírico. Cada

palabra que surgía de su boca era una especie de mazazo en la mente de su amiga.

 Nury lo siento, pero es que estoy alucinando con lo que me estas diciendo. Me estas contando

que se ha abierto una montaña y que de su interior has sacado un anillo que te hace viajar a

un mundo de sueños, y que habla contigo llamándote con un nombre que nunca has oído.

 Se que parece increíble, pero no he perdido la cabeza- Dijo mientras sacaba el anillo para que

su amiga lo viera-. Suena rarísimo lo sé, pero es la verdad, no estoy loca.

 Nury, se que no estas loca, pero entiende que no es algo fácilmente digerible. Estas hablando

de un anillo que te habla.

Nury miro con atención el anillo. De nuevo un escalofrió recorrió su espina dorsal.

Un susurro salía del anillo. Trato de concentrarse en lo que decía. Veía que Alazne le estaba

hablando a su lado, pero no podía escucharla. Solo un susurro rompía el atronador silencio. Fue

repitiendo mentalmente la frase que le susurraba en su mente. Se volvió a su amiga y le dijo:

 Una campana suena tras el pasillo de rocas. Alazne, sal de la autopista, pon rumbo a la costa.

Capítulo 8

 Nury, por dios, estás perdiendo la cabeza. Vamos dirección a Oseja y me dices que vaya hacia

el mar de repente -los ojos de Alazne mostraban una clara preocupación-. Ya puedes empezar

a explicarme ese cambio de dirección si no quieres que ponga rumbo al psiquiátrico más

cercano.

 Alazne, el anillo acaba de hablarme de nuevo. Me ha dicho: Una campana suena tras el

pasillo de rocas.

 Seamos serias Nury. Yo estoy en el mismo coche que tu y no he escuchado absolutamente

nada. Además, de esa frase sin ningún sentido como has podido saber hacia donde dirigirte.

 Alazne, sé que parece una locura, pero esa frase la he escuchado hace mucho tiempo. Cuando

no era más que una niña, había un libro de mitología que mi padre solía leerme. Esa frase

aparecía en una de mis historias preferidas.

 Nury, ¿Quieres decirme que el anillo te ha dicho una frase que solía usar tu padre años atrás?

Yo diría que tu estado de estrés hace que revivas hechos de tu pasado. Y sé que la falta de tu

padre es algo que te ha marcado desde siempre. Además, aunque fuera verdad, no se porqué

tenemos que ir hacia la costa.

 Para eso tendré que contarte el mito y entenderás todo.

Nury se recostó en el asiento del coche y cerró los ojos. Empezó a recordar aquellas

noches de invierno con el viento azotando en la ventana. Recordó las gafas de su padre, y de su

boca comenzaron a salir las palabras exactas que recordaba en boca de su padre:

 Hace mucho mucho tiempo, cuando los mares se estaban retirando de tierra firme,

conformando la costa que conocemos hoy en día, había un pueblo que habitaba en las faldas

del monte Anboto. La comida empezaba a escasear en su zona y decidieron ir emigrando

hacia la costa, en busca de buena pesca. Pero tenían mucho miedo de que el mar volviera a

subir y morir ahogador. Se reunieron en la caseta del jefe buscando soluciones a aquella

situación desesperada. Decidieron que Iagoba, el jefe de la tribu, subiría hasta la cima del

monte, en busca de la cueva hogar de Mari. Ella seguro que tenía algo que ver con la retirada

del mar, y quizás escuchara sus súplicas. Lo vieron partir hacia la montaña, pero no volvió

nunca. Su hijo Aitor tomo el relevo y decidió subir a buscar a su padre y de paso a pedir

clemencia a Mari. El camino se le hizo largo. El invierno estaba llegando y la hierba helada le

cortaba las plantas de los pies. Agotado, la noche se le echaba encima, y se cobijó en una

pequeña cueva muy cerca de la cima. Cuando estaba a punto de vencerle el sueño, frente a

sus ojos vio la mujer más bella que nunca había presenciado. Una especie de aura le rodeaba.

Su pelo era rojo fuego, sus ojos casi trasparentes, y un cuerpo que derretiría el mismísimo

invierno. Se le acercó sugerente, sin dejar de mirarle a los ojos. Se fue quitando la ropa,

dejándole ver su estremecedora desnudez. Por momentos perdía la cabeza, deseaba agarrarla,

besarla, recorrerla con sus manos. Ella se acercó a su oído y suavemente le dijo que lo

deseaba, Deseaba saborear su cuerpo hasta la eternidad. Aitor, cuando estaba a punto de caer

en sus redes, recordó la gente de su pueblo. Sacando fuerzas logró rechazar la oferta de

aquella diosa. Al instante, la visión cambió. La mujer se hizo llama de fuego. Aquella dama

era Mari, la reina entre las reinas. Miro a su alrededor. Decenas de cuerpos petrificados le

rodeaban. Entre ellos estaba el de su padre. La llama le habló. Le felicitó por pensar antes en

su pueblo que en su placer. Podía pedir un deseo. Aitor le explicó la crítica situación de su

pueblo y que deseaban trasladarse a la costa para poder sobrevivir. Mari le dijo que fueran

hacia la costa y una noche sin luna se acercara a la costa. Allí, tenía que hacer sonar una

campana tras un pasillo de rocas y desde ese momento ella dejaría de jugar con el mar. Y así

lo hizo. Bajó raudo y veloz al pueblo y tras explicarles lo sucedido, se pusieron rumbo a la

costa. Esperaron noche tras noche, a que la luna fuera menguando. Una semana después, la

luna no apareció, por lo que Aitor se puso rumbo a las rocas repitiendo sin cesar: Una

campana suena tras el pasillo de rocas. Cuando estaba ya agotado de andar entre las rocas, vio

una muy plana que se adentraba mar adentro. Comenzó a andar. La marea comenzaba a subir

y la noche estaba muriendo. A lo lejos vio un extraño brillo. Aceleró el ritmo. El agua le

llegaba hasta el pecho cuando vio que el brillo venía de una campana. El agua le sobrepasaba

ya hasta el cuello en el momento que llegaba a la campana. Con un último esfuerzo, logró

tocar la campana y agotado se dejó hundir en el mar. Pero en el preciso momento que iba a

morir una mano envuelta en fuego lo sacó del fondo del mar y lo llevó hasta la orilla mientras

que el mar retrocedía. Despertó rodeado de sus amigos, felices al ver que por fin el mar les

dejaba situarse en la costa. Días después, cuando Aitor había recuperado sus fuerzas fue hasta

la campana y piedra a piedra construyó una pequeña ermita en honor a la dama Mari.

 Preciosa historia Nury, pero no se que tiene que ver eso con el anillo – dijo Alazne sin

reconocer que aquella historia la había emocionado-.

 Es muy sencillo Alazne. Ese lugar hoy en día sigue existiendo. La ermita dicen que es

cristiana pero en origen no lo es. Incluso la campana aún hoy en día perdura y cada vez que

alguien va a lugar la toca. La cristiandad nos ha hecho creer que se toca para pedir un deseo a

Dios, pero esa campana la forjó Mari con sus propias manos. Ese lugar existe y cada año voy

allí para recordar a mi padre tocando la campana, pidiendo a Mari que cuide de él. Ese lugar

se llama Gaztelugatxe.

Capítulo 9

Alazne siguió conduciendo rumbo a Gaztelugatxe en el más absoluto silencio. Lo

que acababa de escuchar en boca de su amiga le ponía los pelos de punta. No por la historia en

sí, sino porque estaba dudando seriamente si se encontraba mentalmente sana. Era imposible

que un anillo que sabe dios quien lo había colocado en aquella cueva de peñas hablara, y menos

aún que le trasladara mentalmente a lugares o tiempos desconocidos. Por no decir que estaba

fuera de toda lógica que aquel objeto inanimado supiera las historias que le contaban a Nury en

su infancia. Le dio de tiempo la visita a Gaztelugatxe y si veía que la locura seguía su camino,

hablaría seriamente con ella para llevarla a un hospital por si los golpes en aquella pared de

rocas hubieran afectado a algo dentro de su cabeza.

Nury por su parte no podía evitar pensar en su padre. Hacía muchos años ya que lo

había perdido, pero no pasaba un solo día que no se acordara de su limpia sonrisa. Siempre lo

recordaba rodeado de libros. La pequeña biblioteca que tenía montada en casa era su refugio.

Solo dejaba entrar a la pequeña Nury, el resto de la familia tenía prohibida la entrada a su

santuario. Allí le hablaba de mitos, le hablaba de historia,... Siempre trataba de explicarle que

hay mucho de histórico en los mitos, y mucho de mito en la historia. La noche en la que su

padre murió, pidió que le dejaran a solas con su hija. Allí, en la soledad de hospital, le dio la

llave de entrada a su biblioteca que llevaba siempre colgada del cuello. En el preciso momento

en que sus manos se entrelazaron para intercambiar la llave, su padre murió. Lloraba cada vez

que recordaba aquella escena, y esta vez no fue diferente. Miró a Alazne. Ella la miraba

confundida, sin saber que decirle. Nury sabía que no creía ni una sola palabra de lo que le estaba

contando, pero seguro que poco a poco iba a creer.

Llegaron al pequeño parking que da a la ermita de Gaztelugatxe. Se bajaron del

coche y se quedaron quietas mirando las peñas que se levantaban frente a sus ojos. Un estrecho

pasillo unía el parking con la pequeña isla de la ermita. Sin decir nada a Alazne, Nury se puso a

recorrerlo. Alazne, al ver que su amiga se movía, la siguió. Tras el pasillo, unas escaleras estaban

esculpidas en zig zag en la pared rocosa hasta llegar a la ermita. Una suave neblina las iba

rodeando proveniente del mar. Al llegar arriba, Nury comenzó a rodear la ermita, en la

búsqueda de alguna pista, de algo que le explicara por qué se encontraban allí, por qué el anillo

las había llevado hasta allí. Alazne por su parte rezaba para que su amiga encontrara algo que le

demostrara que no estaba loca. Se acordó de que mucha gente acudía allí para pedir un deseo

mientras tocaban la campana, y así lo hizo ella también. Agarró con las dos manos la cuerda de

la campana, y mientras pedía un deseo la hizo sonar. Al instante, vio que Nury se daba la vuelta,

dirigiéndose hacia ella.

 Alazne, eso es – le dijo mientras una sonrisa iluminaba su rostro -. La campana. Esa tiene que

ser la pista para seguir adelante en nuestro camino.

Sin decir más, Nury metió la mano en su bolsillo y sacó de allí su contenido. Allí

estaba el anillo, silencioso. También estaba la bolsa con los cuatro objetos dentro: El cofre y las

tres pequeñas piedras de colores. Volvió a meterlas en el bolsillo, y sin previo aviso, comenzó a

escalar la pequeña fachada de la ermita tratando de llegar a la campana. Alazne estaba abajo, sin

poder moverse, con una mezcla de miedo por la locura de su amiga y deseo de que todo aquello

fuera verdad. Nury llegó hasta la campana y comenzó a estudiarla detenidamente. Se notaba que