El Burdel Ibérico


EL BURDEL IBERICO
Salvador Sainz
El burdel ibérico
Prólogo
- ¡Ya te dije que no era por aquí! -chillaba histérica Flor, una chata muchachita pelirroja, escuálida y
maleducada, viajando por las montañas acompañada de un novio bajito, narizón y de físico desafortunado
llamado Miguel…
Era de noche.
En las escarpadas laderas de aquel verde paisaje de clima templado, húmeda escarcha y espesa
niebla, una joven pareja de excursionistas se había perdido y caminaba sin rumbo fijo en pos de un refugio
donde resguardarse del frío nocturno. La noche era silenciosa y serena, aquel sepulcral sigilo sólo roto por
el sordo ulular de las lechuzas y los cri cris de los grillos dejaba oír el lejano caudal de un río que buscaba
impacientemente encontrarse con las saladas aguas del mar.
La luna llena iluminaba con sus suaves tonos azulados un frondoso bosque de largos abetos,
húmedo musgo, resbalosa hierba y aromáticas flores silvestres.
Aquella paz, aquel sosiego, era roto bruscamente por la irrupción de los intrusos excursionistas y
sus impertinentes chillidos que causaban pavor entre los asustados animalitos del bosque.
Ambos exhibían sus mal formadas piernas luciendo unos antiestéticos pantalones cortos de
pésimo gusto comprados en un saldo del mercadillo del rústico pueblo, situado a dos kilómetros de aquel
solitario lugar.
- Aquí cerca hay una cabaña, te lo digo yo -refunfuñó autosuficiente Miguel, intentando demostrar
vanamente la superioridad de sus conocimientos.
- Pero si nos perdemos no me eches a mi la culpa -gritaba de nuevo la neurasténica Flor.
La grotesca pareja corretea perdida sin hallar un camino que les conduzca a un lugar seguro. Sus
grandes mochilas estaban repletas de cachivaches de aluminio provocando una desagradable resonancia
entre las laderas de las montañas cercanas. Habín perdido el norte y desconocían los parajes por los
cuales pretendían realizar su habitual excursión dominguera.
Flor tropiezó súbitamente con las raíces de un árbol que sobresalían de la tierra, cayendo
estrepitosamente al suelo con todos sus cachivaches provocando tal estruendo que parecía que había
llegado el juicio final y los arcángeles hubieran soltado a los cuatro jinetes del Apocalipsis por la faz del
planeta.
- ¡Mierda! -gritó una vez más con su voz chillona y desagradable.
- ¡Siempre te tienes que caer!
- ?Siempre tienes que refunfu?ar, leche!…
Miguel alargó su brazo para ayudar a su grosera compañera quién se puso de pie con cierta
dificultad a causa del contrapeso de su mochila. Tras avanzar unos cien metros divisó por fin una imagen
difusa entre la azulada luz de la noche. Era una cabaña solitaria, abandonada por sus propietarios tiempo
atrás cuando las duras circunstancias les obligaron a dejar las bucólicas montañas y emigrar hacia la
esperanzadora América.
- ¿No te lo decía yo? -se jactaba Miguel, pavoneándose ante su compañera de sus conocimientos.
- ¿No te lo decía yo? -repite Flor burlonamente, irritada al descubrir que su repelente novio tenía
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