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El Cuento de la Serpiente Verde

—Coinciden muchos signos que me inspiran gran esperanza —dijo ella—. Pero ¡ay!, ¿no
es acaso una locura propia de nuestra naturaleza que cuando coinciden muchas desgracias
nos imaginemos que lo mejor está cerca?
¿Cómo han de ayudarme tantos buenos signos?
¿El ave muerta, la negra mano de mi amiga?
¿El dogo convertido en joya tiene así su fiel imagen?
¿Acaso no me lo ha enviado la lámpara?
Alejada del dulce gozo humano,
Estoy por cierto hermanada a la desdicha.
¡Ay! ¿Por qué no está el templo junto al río?
¿Por qué el puente no está todavía construido?
Con cierta impaciencia había escuchado la mujer estos versos que la hermosa Azucena
había acompañado con los agradables sonidos de su lira y que a cualquier otro hubiera
encantado. Apenas quiso retirarse cuando de nuevo le fue impedido por la llegada de la
serpiente verde. Ésta había escuchado los últimos versos de la canción, por lo que al
momento, llena de confianza, le infundió coraje.
—¡La profecía del puente se ha cumplido! —exclamó—. Preguntad tan sólo a esta buena
mujer qué hermoso se muestra el arco en este momento. Lo que normalmente era jaspe
opaco, lo que sólo era prasio a través del cual la luz atravesaba cuando mucho sus bordes, se
ha vuelto ahora una transparente joya. Ningún berilo es tan claro y ninguna esmeralda tiene
tan hermoso color.
—En tal caso os deseo suerte —dijo Azucena—, mas perdonadme si no creo cumplida aún
la profecía. Sobre el elevado arco de vuestro puente sólo pueden pasar peatones, y se nos ha
prometido que pasarán caballos y carros y viajeros de todas clases, yendo y viniendo al
mismo tiempo sobre el puente. ¿No se os ha profetizado acerca de los grandes pilares que se
levantarán desde el río mismo?
La vieja había clavado en todo momento su mirada sobre la mano; en ese instante
interrumpió la conversación y se despidió ceremoniosamente.
—Aguarda un momento más —dijo la hermosa Azucena— y lleva a mi pobre canario.
Ruega a la lámpara que lo convierta en un hermoso topacio. Yo lo quiero revivir con mis
manos y él, junto con vuestro buen Mops, serán mi mejor esparcimiento; pero ¡apresúrate lo
más que puedas!, pues con la puesta del sol una insoportable descomposición atacará al
pobre animal y desgarrará para siempre el conjunto de su hermosa figura.
La anciana colocó el diminuto cadáver entre tiernas hojas dentro del cesto y se retiró a toda
prisa.
—Sea lo que fuere —dijo la serpiente, continuando la conversación interrumpida—, el
templo está construido.
—Pero aún no está en el río —replicó la hermosa mujer.
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