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Thomas Hardy

LA BIEN AMADA

Bosquejo de un temperamento

1

Colección Clásicos de la Diversidad

Diseño gráfico: G. Gauger

Ilustración de la cubierta: Muchacha leyendo, Theodore Roussell

Primera edición: febrero del 2005

El Cobre Ediciones, S. L., 2005

c/ Fulgueroles, 15, pral. 2 - 08022 Barcelona

Maquetación: Víctor Ignel

Impresión y encuadernación: Reinbook

Deposito legal: B.796 -2005

ISBN: S4 96095-79-7

Impreso en España

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Una forma con muchos nombres

P.B. SHELLEY

3

Índice

Prefacio

Primera parte

Un joven de veinte años

Una presentación imaginaria de la Bien Amada

Se sospecha que la encarnación es verdad

La cita

Un caminante solitario

Una obligación

En el borde

Sus primeras encarnaciones

Demasiado parecido al relámpago

Fenómenos familiares a distancia

Segunda parte

Un joven de cuarenta años

El viejo fantasma aparece distintamente

Ella se acerca más y satisface

Se convierte en inaccesible espectro

Amenaza reasumir materia corpórea

Reasunción efectiva

El pasado resplandece en el presente

La Bien Amada

Se establece la nueva

Frente a su propia alma

Yuxtaposiciones

Todavía no se desvanece

Persiste la imagen

Se interpone una barrera entre ambos

No se la ve

Tercera parte

Un joven que roza los sesenta

Vuelve por la nueva temporada

Presentimientos de otra reencarnación

Deja su marca la renovada imagen

Un valeroso esfuerzo por la última encarnación

Al borde de la posesión

¿Dónde está la Bien Amada?

El viejo tabernáculo cambia de aspecto

«¡Ay de esta sombra gris que en un tiempo fue hombre»

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Prefacio

La península tallada de una sola peña por la mano del tiempo, donde ocurren

la mayor parte de las siguientes escenas, ha sido, desde inmemorables centurias,

asiento de un pueblo extraño y casi singular, de raras creencias y peculiares

costumbres, hoy en su mayoría anticuadas. Surgen allí, naturalmente, sobre todo

entre los indígenas que no tienen activa ocupación en las tareas de la «Isla», ciertas

fantasías semejantes a aquellas plantas de blando leño, que no pueden soportar las

silentes heladas de tierra adentro, pero que prosperan junto al mar en el más

borrascoso ambiente. De aquí que sea un paraje apto para engendrar un personaje

del tipo bosquejado imperfectamente en estas páginas; un indígena de indígenas, a

quien algunos disputarán por fantástico (si hasta este punto le honran con su

consideración), pero a quien otros pueden ver como si prestara objetiva continuidad

y diera nombre a un delicado sueño que, en forma más o menos vaga, es común a

todos los hombres, y en modo alguno nuevo para los filósofos platónicos.

Quienes conozcan el rocoso rincón de Inglaterra aquí descrito, que domina el

anchuroso canal de la Mancha, con todos sus atractivos, y se interna mar adentro,

lo bastante lejos para alcanzar la benigna área por donde fluye la corriente del golfo

hasta el mes de febrero, se sorprenderán de que los artistas y los poetas, ansiosos

de inspiración, no hayan escogido más frecuentemente este paraje por retiro, siendo

así que durante uno o dos meses al año prevalece el tiempo borrascoso sobre el

benigno. A decir verdad, un rincón de aquéllos sirve de retiro a varios talentos

forasteros pensionados por su país, aunque difícilmente se descubre su presencia.

Sin embargo, acaso fuera preferible que no viniesen los visitantes artistas, y que no

se volviera a hablar de la compraventa de casas libres de censo por un par de

centenares de libras; casas construidas de resistente piedra, que datan del siglo

XVI, y aun de antes, con sus alféizares, albardillas y salidizos completos. Digamos

de paso que estas transacciones se estipulaban y conferían, hasta muy

recientemente, en la iglesia parroquial, en presencia de la congregación de fieles,

pues tal era la antigua costumbre de la isla.

En cuanto a la novela en sí, valga advertir que es de índole idealista o

subjetiva y francamente fantástica, por lo que se ha sacrificado a dicha finalidad la

verosimilitud en la ilación de los sucesos.

5

Primera parte

Un joven de veinte años

... Y si el Tiempo sabe

que Ella, sobre cuyas radiantes cejas

entretejen una guirnalda mis anhelos,

es, en efecto, Ella lo que osa

encarnar lo que estas líneas desean ver;

no buscaré más lejos: ¡Ella es!

R. CRASHAW

6

Una presentación imaginaria de la Bien Amada

Una persona muy distinta de los habituales transeúntes de la localidad

escalaba el escarpado camino que conduce a través del pueblecillo costero llamado

Street of Wells, y forma un pasillo en aquel Gibraltar de Wessex, la singular

península, un tiempo isla y todavía así denominada, que se adelanta como una

cabeza de pájaro en el canal inglés. Está enlazada con tierra firme por un largo y

angosto istmo de guijarros «arrojados por la furia del mar» y sin igual en su clase en

Europa.

El caminante era lo que su aspecto indicaba: un joven de Londres, de

cualquier ciudad del continente europeo. Nadie podía pensar al verle que su

urbanidad consistiera solamente en el vestir. Iba recordando con algo de execración

que tres años enteros y ocho meses habían transcurrido desde la última vez que

visitó a su padre en aquella solitaria roca donde nació, y todo aquel tiempo lo había

invertido en diversas y opuestas camaraderías entre gentes y costumbres

mundanas. Lo que le parecía usual y corriente en la isla cuando en ella vivía, le

resultaba extraño e insólito después de sus últimas impresiones. Más que nunca

semejaba el paraje lo que, según se decía, fue en otro tiempo la antigua isla de

Vindilia y la Morada de los Honderos. Ya no eran para él familiares y habituales

ideas la altísima roca, las casas sobre casas, los umbrales de la que en cada una se

alzaban al nivel de la chimenea antevecina, los jardines que por una de sus tapias

colgaban mirando al cielo, las hortalizas que crecían en parcelas al parecer casi

verticales, y la compacticidad de toda la isla como un recio y único bloque calizo de

cuatro millas de longitud. Todo ahora deslumbraba con sin igual blancura, en

contraste del coloreado mar, y el sol relumbraba sobre las infinitas estratificaciones

de las paredes de oolita,

... Melancólicas ruinas

de cancelados ciclos...

con una claridad que atraía tan poderosamente la atención del caminante,

como ningún otro espectáculo que de lejos hubiese contemplado.

Tras laboriosa ascensión llegó a la cima, y atravesando la meseta se dirigió a

la aldea, hacia el oriente. Como promediaba el verano, y eran las dos de la tarde, el

camino estaba polvoriento y deslumbrador. Al llegar cerca de la casa de su padre,

se sentó al sol.

Extendió la mano sobre la peña contigua, y vio que abrasaba. Aquél a era la

temperatura peculiar de la isla, a la hora de la siesta, cuando dormía como

entonces. Escuchó y oyó lejanos chirridos. Eran los ronquidos de la isla: los ruidos

de los canteros y aserradores de piedra.

Frente por frente al sitio en donde estaba sentado había una espaciosa

alquería o vivienda de familia, toda de piedra, como la isla; no sólo las paredes, sino

los marcos de las ventanas, el techo, la chimenea, la cerca, el portillo, la pocilga, el

establo y casi también la puerta.

Recordaba que allí había vivido, y probablemente seguía viviendo la familia

Caro; los Caros de «yegua baya», como les llamaban para distinguirlos de otras

ramas del mismo árbol genealógico, pues sólo se contaban en toda la isla media

docena de nombres de pila con sus otros tantos apellidos. Cruzó el camino y sus

ojos se internaron por el sendero que conducía a la puerta. En efecto, todavía

estaban allí.

7

La señora Caro, que le había visto desde la ventana, salió a su encuentro en

la entrada de la casa, y ambos se saludaron a la antigua usanza. Un momento

después se abrió una puerta que daba a los aposentos interiores, y una muchacha

de diecisiete o dieciocho años se acercó brincando.

-¡Cómo! ¿Eres tú, querido Joce? -prorrumpió alborozada.

Y adelantándose hacia el joven, le dio un beso.

La demostración era bastante grata viniendo de la dueña de tan cariñoso y

brillante par de ojos castaños y de unas trenzas tan negras; pero tan repentina e

inesperada para un hombre recién llegado de la ciudad, que retrocedió casi

involuntariamente por un instante, devolviendo después el beso con algún reparo y

diciendo:

-¡Avicia, mi linda chiquilla! ¿Cómo estás, al cabo de tanto tiempo?

Durante unos cuantos segundos la impulsiva inocencia de la muchacha

apenas se dio cuenta del movimiento de sorpresa del joven; pero la señora Caro, la

madre de ella, lo había advertido instantáneamente, y volviéndose hacia su hija con

visible rubor, le dijo:

-¡Avicia! ¡Mi querida Avicia! Pero ¿qué haces? ¿No sabes que ya te has

hecho una mujer desde que Jocelyn, el señor Pierston, estuvo aquí la última vez?

Por supuesto, que no debes hacer ahora lo que acostumbrabas tres o cuatro años

atrás.

A duras penas logró Pierston disipar la molestia suscitada por el incidente,

diciendo que con seguridad esperaba que la muchacha continuaría tratándole como

en su niñez, a lo que siguieron varios minutos de conversación sobre generalidades.

Lamentaba Jocelyn con todo el alma que su involuntario movimiento le hubiese

traicionado así. Al despedirse repitió que si Avicia le miraba de distinto modo del

acostumbrado, nunca se lo perdonaría; pero aunque se separaron cordialmente, el

rostro de la muchacha delataba el pesar que le había causado el incidente. Jocelyn

volvió al camino, dirigiéndose hacia la cercana casa de su padre. La madre y la hija

quedaron solas.

-¡Me he quedado atónita al verte, hija mía! -exclamó la madre-. ¡Un joven que

viene de Londres y de ciudades extranjeras, acostumbrado a los rigurosos modales

de sociedad y al trato de señoras que casi tienen por vulgar el sonreír abiertamente!

¿Cómo pudiste hacerlo, Avicia?

-¡No me acordé de que ya no soy una niña! -dijo la muchacha con pesar-. Yo

acostumbraba a besarle, y él me besaba a mí antes de que se marchara.

-¡Pero esto era hace años, querida mía!

-¡Oh!, sí; pero en aquel momento lo olvidé. Me pareció el mismo de otros

tiempos.

-Bien; la cosa ya no tiene remedio. Has de ir con más cuidado en adelante. Él

tiene muchas jóvenes entre quienes escoger, te lo aseguro, y poco piensa en ti. Es

lo que llaman un escultor, y, según dicen, aspira a ser algún día un genio en este

arte.

-Bien; ya está hecho, ya no tiene remedio -gimió la joven.

Entretanto, Jocelyn Pierston, el escultor de embrionaria fama, había ido a

casa de su padre, hombre prosaico dado tan sólo al negocio y al comercio, de

quien, no obstante, aceptaba Jocelyn una subvención anual mientras llegaba el día

de la gloria. Pero el viejo, que no había sido avisado de la proyectada visita de su

hijo, no estaba en casa para recibirle. Jocelyn echó una ojeada a la propiedad

familiar, y a través de los prados comunales vio los vastos patios donde las eternas

sierras iban y venían sobre los eternos bloques de piedra. Le parecían las mismas

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sierras y los mismos bloques que viera cuando estuvo la última vez en la isla.

Después pasó, atravesando la vivienda, al jardín posterior.

Como todos los jardines de la isla, estaba rodeado de una tapia de cascotes

en seco, y por su ulterior extremidad terminaba en un ángulo contiguo al jardín de

los Caro. Apenas había llegado a este paraje, cuando escuchó, del otro lado de la

tapia, murmullos y sollozos. En seguida reconoció la voz de Avicia, quien parecía

confiar sus penas a una amiga.

-¡Oh! ¡Lo que he hecho! ¡Lo que he hecho! -decía amargamente-. ¡Tan

atrevida! ¡Tan desvergonzada! ¡Cómo pude pensar en semejante cosa! Él nunca me

perdonará; nunca, nunca me volverá a estimar. Me creerá una buena alhaja

presumida; y sin embargo, sin embargo, me olvidé enteramente de cuánto había

crecido. ¡Pero que él nunca se lo figure!

El acento de la muchacha denotaba que por vez primera tenía conciencia de

su completa femineidad, como de un bien, poco envidiable, que la avergonzaba y

estremecía.

-¿Pareció él enojado por ello? -preguntó la amiga.

-¿Enojado? ¡Ah!, no. Peor aún. Frío, altanero. ¡Oh! Ahora es persona fina, y

en modo alguno un hombre de la isla. Pero es inútil hablar de ello. Quisiera morirme.

Pierston se retiró todo lo de prisa que pudo. Lamentaba el incidente que tal

pena había infligido a aquel ingenuo corazón; y, sin embargo, empezaba a ser para

él una fuente de placer indefinible. Se volvió a casa, y después de recibir la cariñosa

acogida de su padre y de comer con él, salió otra vez, con ardiente deseo de

dulcificar la tristeza de su joven vecina, de un modo que no se esperaba, aunque, a

decir verdad, su afecto por ella era más bien un sentimiento de amistad, y en modo

alguno creía que la caprichosa idealización a que llamaba su amor, y que desde su

niñez se había trasladado infinidad de veces de una a otra envoltura humana, fuese

a escoger ahora su morada en el cuerpo de Avicia Caro.

9

Se sospecha que la encarnación es verdad

Difícil era volverla a encontrar, aunque en aquel pedazo de roca la dificultad

estribaba, por lo general, más bien que en hallarse, en evitarse. Pero Avicia se

había transformado en otra joven muy distinta, por el tumulto que en su conciencia

despertara aquel impulsivo saludo, y, a pesar de su contigua vecindad, Jocelyn no

logró dar con ella por mucho que lo intentó. Tan pronto como él aventuraba un paso

más acá de la puerta de su padre, se escondía ella como un hurón, subiendo a

encerrarse en su aposento.

Anheloso Jocelyn de calmar a Avicia después del involuntario desaire que él

le hiciera, no pudo aguantar más tiempo aquellas esquiveces. Las costumbres de la

isla eran primitivas y francas, aun entre las gentes acomodadas, y al notar el

retraimiento de Avicia, la siguió un día Jocelyn hasta dentro de su casa, al pie

mismo de la escalera interior.

-¡Avicia!

-Soy yo, señor Pierston.

-¿Por qué corres de ese modo escaleras arriba?

-¡Oh! Tan sólo porque he de subir a buscar una cosa.

-Bien; pues cuando la encuentres, ¿volverás a bajar?

-No puedo bajar.

-Ven, querida Avicia. Ya sabes que te aprecio.

Avicia no respondió.

Jocelyn prosiguió diciendo:

-Pues bien; si no quieres, no deseo molestarte más.

Y Pierston se fue.

Se había detenido a mirar las flores de antiguo estilo que crecían al pie de la

cerca del jardín, cuando oyó a sus espaldas una voz que le decía:

-Señor Pierston, no me he enfadado con usted. Al marcharme pensé que

podía tomarlo a mal, y comprendí que me era preciso venir para asegurarle que

todavía soy su amiga.

Al volverse vio Pierston a la ruborizada Avicia junto a él, y exclamó:

-Eres una buena y amable muchacha.

Y tomándole la mano, estampó en su mejilla el beso con que debió haber

correspondido al de ella el día de su llegada.

-¡Querida Avicia! Perdóname el desaire del otro día. ¿Me lo perdonas? Dime

que sí. Y ahora escucha, porque voy a decirte lo que jamás dije a mujer alguna, viva

ni muerta. ¿Me quieres por marido?

-¡Yo, que, según dice mi madre, soy una muchacha vulgar!

-No lo eres, querida mía. Tú me conoces desde niño, y las otras no.

De un modo u otro, rebatió Jocelyn Pierston las objeciones que ella le oponía,

y aunque no dio el sí, desde luego quedaron en encontrarse por la tarde para ir

juntos a la punta meridional de la isla, l amada Beal o el Bill por los forasteros,

deteniéndose en la traicionera caverna denominada Cave Hole, en la que el mar

rugía y chapoteaba entonces lo mismo que cuando ellos la visitaban de niños. Para

sostenerse mientras ella contemplaba la caverna, Jocelyn le ofreció su brazo, que

ella tomó por primera vez como mujer, después de haber sido cien veces su

camarada. Llegaron en su caminata hasta el faro, donde hubieran permanecido

largo rato de no recordar Avicia de pronto que aquella misma tarde estaba

comprometida para recitar una poesía desde el estrado en Street of Wel s, la aldea

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que dominaba la entrada de la isla, y que por entonces había ya crecido hasta

convertirse en villa.

-Recítala -dijo Pierston-. ¡Quién pensara que nada ni nadie viniesen a recitar

aquí, excepto el eterno recitador que ahí escuchamos, el nunca callado mar!

-¡Oh! Es que nosotros somos ahora completamente intelectuales. Sobre todo

en invierno. Pero, Jocelyn, ¿no querrás venir a la recitación? ¿Verdad? Si fueras,

me echarías a perder mi parte, y deseo quedar tan bien como los demás.

-Si no quieres, no iré. Pero te aguardaré en la puerta para acompañarte a

casa.

-¡Sí! -exclamó ella mirándole al rostro.

Avicia era entonces completamente dichosa. Nunca hubiera podido creer, en

aquel aflictivo día de su llegada, que podría ser tan feliz con él. Al arribar a la orilla

oriental de la isla, emprendieron la marcha de regreso, a fin de que ella tuviese

tiempo para ocupar su sitio en el estrado. Pierston se fue a su casa, y ya

anochecido, cuando era poco más o menos la hora de acompañar a Avicia, tomó el

camino de Street of Wells.

Le invadían los remordimientos. Conocía a Avicia Caro desde tan pequeña

que más bien sentía ahora por ella amistad que amor, y le asustaban las

consecuencias de lo que aquella mañana se resolvió a decirle en un momento de

impulsiva emoción; no porque fuese probable que ninguna de las muy artificiosas y

refinadas mujeres que sucesivamente le habían atraído se interpusieran

enojosamente entre ellos, pues estaba ya desengañado por completo de la

presunción de que el ídolo de su fantasía fuese parte integrante de la personalidad

en donde por corto o largo tiempo había morado.

Siempre fue fiel a su Bien Amada, la cual, sin embargo, había asumido varias

personificaciones. Cada individualidad, llamada Lucía, Juana, Flora, Evangelina o

cualquier otro nombre, había sido simplemente una condición transitoria de El a.

Pierston no consideraba esto como una excusa ni como una defensa, sino tan sólo

como un hecho. Esencialmente, tal vez la Bien Amada no era de materia tangible.

Era un espíritu, un sueño, un frenesí, un concepto, un aroma, un sexo compendiado,

la luz de unos ojos, el abrir de unos labios... Sólo Dios sabía lo que en verdad era.

Pierston no. Pierston la creía indescriptible.

Por no considerar suficientemente que su Bien Amada era un fenómeno

subjetivo, vivificado por las fatales influencias de su linaje y nacimiento, se

atemorizaba al descubrir en ella espiritualidad fantástica e independencia de las

leyes e imperfecciones físicas. Nunca sabía en dónde iba a encontrarla la próxima

vez, ni adónde le conduciría, pues tenía instantáneo acceso a todas las categorías y

clases sociales y a cualquier morada humana. A veces soñaba por las noches que

su Bien Amada era la «hija de Zeus» en persona, la tramadora de artificios, la

implacable Afrodita, resuelta a atormentarle por los pecados que contra ella había

cometido en su escultórico arte. Comprendía que amaba a la enmascarada criatura

allí donde la encontrase, ya con ojos azules, negros o castaños, bien con prestancia

corpulenta, endeble o rolliza. Nunca estaba ella en dos sitios a la vez; pero hasta

entonces no había estado nunca mucho tiempo en un mismo lugar.

Como ya había comprendido esto con toda claridad antes de ahora,

procuraba no reconvenirse agriamente. Ya sabía él que la que supo atraerle

siempre conduciéndole como con un hilo de seda adonde el a deseaba, no había

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permanecido nunca mucho tiempo en un mismo cuerpo. No podía decir si por fin

fijaría definitivamente en alguno su morada.

Si estuviese convencido de que su Bien Amada iba manifestándose en

Avicia, se hubiera esforzado en creer que aquél era el punto final de sus

trasmigraciones, y gustoso perseverara en la amorosa declaración. Pero ¿veía él

del todo a su Bien Amada en Avicia? Esta pregunta era bastante perturbadora.

Pierston había llegado al borde de la colina y bajó hacia la aldea, en cuya larga y

recta calle romana no tardó en hallar el iluminado salón. No había terminado aún el

acto, y dando vuelta al edificio, pudo atisbar desde un terraplén el interior, hasta la

altura del estrado. Casi inmediatamente le tocó el turno, o el segundo turno, a

Avicia. Su encantadora turbación en presencia del auditorio alejaba las dudas de

Pierston. En verdad era lo que se llama una «primorosa» muchacha, ciertamente

simpática, pero, sobre todo, primorosa; una de aquellas con quienes los riesgos del

matrimonio se aproximan casi a cero. Su inteligente mirada, su espaciosa frente, su

aire pensativo le daban a Pierston la seguridad de que de cuantas jóvenes había

conocido, no encontró ninguna con cualidades más encantadoras y consistentes

que las de Avicia Caro. Esto no era simple conjetura, pues la conocía desde mucho

tiempo y por completo, en todas sus modalidades y temperamento.

Pasó por la calle un pesado carruaje, pero su estrépito no podía apagar en

los oídos de Pierston la suave y blanda voz de Avicia. El auditorio quedó

complacido, y ella se sonrojó al escuchar los aplausos. En aquel momento Pierston

se situó en espera junto a la puerta, y cuando ya hubo salido el público, la encontró

dentro, aguardándole.

Despacito subieron por el Camino Viejo, remolcándose Pierston con apoyo de

la baranda o pretil lateral, y llevando a Avicia del brazo. Al l egar a la cima dieron

media vuelta y se detuvieron. A su izquierda los rayos del faro se desplegaban en el

firmamento como un abanico, y frente a sus pies, a intervalos de quince segundos,

se oía un recio y hueco golpe, como un redoble de tambor, y de uno a otro intervalo

resonaba un prolongado rechinamiento como el de huesos entre enormes

mandíbulas caninas. Provenía de la vasta concavidad de la bahía del Hombre

Muerto, cuyas aguas rompían contra los guijarros del malecón.

Los vientos de la tarde y de la noche le parecían a Pierston que llegaban allí

cargados de algo que sólo ellos podían revelar. Lo traían de aquel a siniestra bahía

occidental, cuyo rumor estaba oyendo. Era una aparición, esencia o imaginaria

forma de la humana multitud que allá abajo yacía; todos cuantos habían naufragado

en bajeles de guerra, mercantes índicos, falúas, bergantines y buques de la

Armada; gentes distinguidas, vulgares o abyectas, cuyos intereses y esperanzas

habían sido tan diversos y tan distantes entre sí como los polos, pero que se habían

entrefundido en aquel inquieto lecho del mar. Casi podía sentirse allí el roce de su

siniestra sombra, vagante en informe figura sobre la isla y clamando por algún dios

compasivo que volviera a disgregarlos.

Entre tales influencias anduvo aquella noche un largo trecho la pareja, hasta

llegar al antiguo cementerio de la iglesia de la Esperanza, que se extendía en un

barranco formado desde hacía siglos por un hundimiento del terreno. La iglesia se

había derrumbado con el resto del peñasco, y estuvo largo tiempo en ruinas, como

proclamando que en este último reducto de las divinidades gentílicas, en donde

todavía perduraban costumbres paganas, el cristianismo se había establecido

precariamente a lo sumo. En aquel solemne paraje, Pierston le dio un beso a la

joven.

12

En modo alguno fue este beso iniciativa de Avicia. Aquella primitiva

desenvoltura parecía haber fortalecido su actual recato.

Aquel día fue el primero de un mes encantador, pasado principalmente en

recíproca compañía. Pierston pudo comprobar que Avicia no sólo sabía recitar

poesías en reuniones intelectuales, sino que tocaba deliciosamente el piano y

cantaba acompañándose ella misma. Notó también que el propósito de quienes la

habían educado había sido sustraerla mentalmente todo lo más posible a su natural

vida propia, como habitante de una peculiar isla; hacer de ella una copia exacta de

millares de gentes en cuyas circunstancias no hay nada especial, distintivo o

pintoresco; enseñarle a olvidar todas las prácticas de sus antepasados; sofocar las

baladas locales con piezas compradas en un almacén de música de Budmouth, y el

vocabulario popular por el idioma de un aya que no hablara el de país alguno. Vivía

en una casa que hubiera hecho la fortuna de un artista, y, sin embargo, aprendía a

dibujar quintas suburbanas de Londres, copiadas de grabados.

Avicia había notado todo esto antes de que él lo indicase, pero condescendió

con docilidad de muchacha. Congénitamente era isleña hasta la médula, aunque no

podía substraerse a la tendencia de la época.

Se acercaba el día de la partida de Jocelyn, y ella lo preveía triste, pero

serenamente, pues ya estaban prometidos con toda formalidad. Pierston pensó en

la costumbre seguida en semejantes ocasiones por los lugareños, la cual había

prevalecido durante siglos en las familias de uno y otra, pues ambas eran de la vieja

cepa de la isla. La influencia de los kimberlines o extraños (como l amaban a los

forasteros venidos de tierra de Wessex) había interrumpido en gran parte dicha

costumbre; pero bajo el barniz de la educación de Avicia dormitaban muchas ideas

tradicionales, y Pierston tenía comezón de saber si con la natural tristeza de la

despedida se arrepentiría del cambio de costumbre que hacía impopular la

ratificación formal de unos esponsales, según el precedente de sus padres y

abuelos.

13

La cita

-Ya lo ves -dijo Pierston-; hemos llegado al término y remate de mis

vacaciones. ¡Qué sorpresa tan agradable me reservaba mi vieja patria, a la que no

pensé venir a ver durante tres o cuatro años!

-¿Te vas mañana? -preguntó Avicia intranquila.

-Sí.

Algo parecía apesadumbrarles un poco más que la natural tristeza de una

ausencia que no había de ser larga. Resolvieron que, en vez de despedirse durante

el día, él demoraría su marcha hasta la noche, tomando el tren correo de Budmouth.

Así tendría tiempo de visitar las canteras de su padre; y si el a quería, podrían

pasear juntos por la orilla del mar hasta el castil o de Enrique VIII, sobre los

arenales, donde se detendrían a contemplar la salida de la luna de entre las olas.

Avicia respondió que se figuraba que podría acompañarle.

Así es que, después de pasar el día siguiente con su padre en las canteras,

Jocelyn se preparó para la marcha, y a la hora señalada salió de la pétrea casa

natal, en su pétrea isla, para encaminarse por la playa a Budmouth-Regis, pues

Avicia había bajado algo más temprano a ver a unas amigas de Street of Wells, que

estaban a medio camino del paraje de la cita. Pronto l egó en su descenso al banco

de guijarros, y dejando tras sí las últimas casas de la isla y las ruinas de la aldea

destruida por la galerna de noviembre de 1824, anduvo a lo largo de la estrecha

lengua de tierra. Cuando hubo caminado cien yardas, se detuvo, y ladeando el

banco o malecón guijarroso que amurallaba el mar, se sentó en espera de Avicia.

Entre él y las luces de los barcos anclados en la rada, pasaron lentamente dos

hombres en la dirección que él intentaba seguir. Uno de ellos reconoció a Jocelyn, y

le dio las buenas noches, añadiendo:

-Le felicito, caballero, por su elección, y espero que sea pronto la boda.

-Gracias, Leaborn. Allá veremos si nos la trae la Navidad.

-Mi mujer me lo dijo esta mañana, y exclamó: «Dios me dé vida para verlos

casados, porque a los dos los conozco desde que andaban a gatas».

Aquellos hombres siguieron su camino, y cuando estuvieron fuera del alcance

de los oídos de Pierston, dijo a su compañero el que no había pronunciado palabra:

-¿Quién es este joven kimberlin? No parece de los nuestros.

-Pues, sin embargo, lo es de pies a cabeza. Es el señor Jocelyn Pierston, hijo

único del comerciante de bloques en las Canteras del Este. Se ha de casar con una

linda joven, cuya madre es viuda, y lleva el mismo negocio lo mejor que puede; pero

no gira ni la décima parte que Pierston, de quien dicen que es muy rico, aunque vive

sencillamente en la misma casa rústica. Este hijo suyo está haciendo en Londres

grandes cosas como escultor, y recuerdo que de pequeño esculpía figuritas de

soldados en pedacitos de piedra que recogía del subsuelo de las canteras de su

padre; después hizo una serie de peones de ajedrez, y así ha ido siguiendo. Me han

dicho que está muy bien relacionado en Londres, y lo extraño es que haya vuelto

aquí para escoger a la jovencita Avicia Caro, que es una linda muchacha, a pesar

de... ¡Caramba! El tiempo va a cambiar.

Entretanto, Pierston esperó en el lugar de la cita hasta que dieron las siete de

la tarde, hora convenida con su novia.

Casi en el mismo momento vio un bulto humano que desde el último farol del

alumbrado se adelantaba hacia el pie de la cuesta. Mucho después el bulto resultó

ser un muchacho que, dirigiéndose a Jocelyn, le preguntó si era el señor Pierston, y

le entregó una nota.

14

Un caminante solitario

Luego que se hubo alejado el muchacho, Jocelyn se dirigió hasta el último

farol y leyó la siguiente nota de puño y letra de Avicia:

MI MUY QUERIDO: Lamentaré si te causa pena lo que voy a decirte respecto

a nuestro convenio para encontrarnos esta noche en las ruinas de Sandsfost.

No es más sino que me figuro que por nuestras varias y recientes entrevistas

tu padre se inclinará a insistir, y tú como heredero suyo te avendrás a ello, en

que debemos sujetarnos a las costumbres de la isla en nuestro noviazgo,

pues las gentes están inflexiblemente chapadas a la antigua. A decir verdad,

mi madre supone que por razones evidentes te habrá insinuado tu padre lo

que debemos hacer.

Ahora bien; la cosa es contraria a mis sentimientos, y casi me atrevo a

prescindir de ella, pues no la creo buena, aunque, como en tu caso, hay

motivos para justificarla en algún modo. Yo más bien confiaría en la

Providencia.

Por lo tanto, en resumidas cuentas, es mejor que no vaya, aunque no sea

más que por guardar las apariencias, y que nos encontremos en sitio y ahora

adecuados a la costumbre, para que, ya que no nosotros, queden satisfechos

cuantos lo sepan.

Tengo la seguridad de que no te molestará mucho esta decisión, pues

comprenderás mis sentimientos y no pensarás mal de mí por ellos. Si

procediéramos de otro modo y nos diera mal resultado, podríamos pensar,

según los viejos sentimientos de familia, como pensarían nuestros

antepasados y probablemente tu padre, que no podríamos casarnos

honrosamente, y, por lo tanto, pudiéramos ser desgraciados. Sin embargo,

volverás pronto, ¿no es verdad, querido Jocelyn?, y entonces no tardará en

llegar el tiempo en que ya no sean necesarias más despedidas. Siempre y

por siempre tuya,

AVICIA

Leída la nota, Jocelyn se sorprendió de la ingenuidad que denotaba y de la

anticuada sencillez de Avicia y de su madre al suponer que todavía era una norma

lo que para él y otros ausentados de la isla era un arcaísmo bárbaro. Su padre,

como hombre de caudales, podía tener miras positivas con respecto a su

descendencia, lo cual hacía plausible la conjetura de Avicia y su madre; pero, no

obstante estar chapado a la antigua, nunca le habló a su hijo en pro de las viejas

costumbres.

Aunque le halagaba el concepto de moderno en que le tenía Avicia, quedó

desanimado y algo molesto de que tan imprevista razón le hubiese privado de su

compañía. ¡Cómo sobrevivían las antiguas ideas bajo la educación moderna!

El lector ha de recordar que esto ocurría hace más de cuarenta años, aunque

la fecha no sea muy lejana en la historia de la isla de los Honderos.

Aunque la tarde parecía encapotarse, Pierston no estaba dispuesto a

retroceder para alquilar un carruaje, por lo que prosiguió la marcha enteramente

solo. En tan descubierto paraje, el viento de la noche era borrascoso, y el mar

azotaba y se revolvía contra el murallón de guijarros en complejos ritmos que lo

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mismo podían compararse a entrechoques de batalla que a exclamaciones de

acción de gracias.

De pronto descubrió, en el trecho del camino que se extendía ante sus pasos,

una figura de mujer. Recordaba que mientras leía la carta de Avicia a la luz del

último farol, se le había adelantado en el camino una mujer a quien ahora iba a

alcanzar.

Por un momento alentó la esperanza de que pudiera ser Avicia, que habría

cambiado de opinión; pero era más alta y mejor proporcionada que su prometida; y

aunque corría el otoño, iba envuelta en pieles o en una espesa y pesada prenda de

rica apariencia.

Pronto llegó junto a ella, y a las luces de la rada pudo percatarse de su perfil.

Su porte era majestuoso y arrogante como el de la misma Juno. Pierston nunca

había visto una apostura más clásica. Andaba con pasos elásticos, pero con tal

soltura y firmeza, que poca diferencia había en la velocidad de su marcha durante

varios minutos, y todo este tiempo la miró Jocelyn conjeturando quién podía ser. Sin

embargo, estaba a punto de adelantarse, cuando de pronto fue ella la que se volvió

hacia él para decirle:

-Creo que es usted el señor Pierston, de las Canteras del Este.

Asintió él, y pudo entonces percatarse de cuán hermoso, imponente y

arrogante era su rostro, completamente acorde con el altivo tono de su voz. Era un

tipo del todo nuevo en sus experiencias, con un acento no tan local como el de

Avicia.

-¿Me hace usted el favor de decirme qué hora es?

Él miró con ayuda de un fósforo el reloj, y al decirle que eran las siete y

cuarto, observó, al momentáneo resplandor de la cerilla, que los ojos de ella

estaban un poco rojos e irritados como si hubiese llorado.

-Señor Pierston -prosiguió ella-, aunque le parezca muy extraño, ¿me

perdonará usted lo que voy a atreverme a decir? ¿Me podría prestar algún dinero

por uno o dos días? He sido tan tonta que me dejé el monedero encima del tocador.

Parecía algo extraño, y, sin embargo, había en la personalidad de la joven

desconocida tales rasgos, que al instante le dieron a él la seguridad de que no era

una impostora. Accedió Pierston a la súplica y echó mano al bolsillo, deteniéndose

en esta actitud por un momento, y preguntándose cuánto significaría para ella

«algún dinero». Su espléndida apariencia y modales movió a Pierston a ponerse en

armonía con ella, y correspondió generosamente. Barruntaba una novela, y sacó

cinco esterlinas.

Tal generosidad no pareció sorprenderla, y al escuchar la suma que Pierston

anunció en voz alta, por si ella no podía verla, dijo tranquilamente:

-Es bastante. Muchas gracias.

Mientras caminaba conversando con ella, Pierston no se había percatado de

que el viento, pasando del soplo al gruñido y del gruñido al alarido, con la

acostumbrada rapidez de sus mudanzas en aquellos sitios, había traído al fin la

prometida lluvia. Las gotas que en un principio golpeaban sus mejillas por el lado

izquierdo, como perdigones de una escopetita infantil, tomaron luego el carácter de

nutridas descargas de fusilería, uno de cuyos disparos fue lo bastante violento para

calar la manga de Jocelyn.

Se volvió la talluda joven y pareció algo interesada en aquel incidente de la

lluvia, que, evidentemente, no había previsto antes de emprender la marcha.

-Debemos resguardarnos -dijo Jocelyn.

-Pero ¿en dónde? -respondió ella.

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A barlovento estaba el largo y monótono banco guijarroso, de configuración

demasiado obtusa para servir de abrigo desde donde oír el canino mascul ido de los

guijarros por el mar. A su derecha se extendía la bahía interior o rada, con las

distantes luces de los buques, ya ofuscadas con fugitivo resplandor. Detrás, débiles

centelleos en el horizonte denotaban el asiento de la villa. Ante ellos no había nada

definido, y nada podía haber hasta que llegasen a un mal puente de madera,

distante una milla, pues el castillo de Enrique VIII estaba todavía un poco más al á.

Pero precisamente en la cima del banco guijarroso, donde al parecer lo

habían halado para sustraerlo al empuje de las olas, dormía uno de esos barcos

locales, llamados lerrets, con la quilla al aire. Tan pronto como lo vieron escalaron

con simultáneo impulso el guijarroso malecón para dirigirse al barco. Entonces se

percataron de que hacía ya mucho tiempo que estaba allí yacente, consolándose al

notar que podía prestarles mayor protección de la que cualquiera hubiese podido

esperar si de lejos lo viera. Formaron un abrigo a pañol de pescador, pues el fondo

de la embarcación estaba alquitranado como una techumbre. Arrastrándose bajo las

arqueaduras que pendían del banco hacia sotavento, se encaminaron al interior del

barco, en donde sobre algunas banquetas de remero, remos y otro fragmentario

maderamen, había una enjuta red, por la cual treparon y se sentaron, vista la

imposibilidad de permanecer en pie.

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Una obligación

La oscuridad era completa y la lluvia caía sobre la quilla de la vieja

embarcación como trigo arrojado a puñados por un colosal sembrador.

Estaban los dos agachados, tan juntos uno y otra, que él sentía el roce de las

pieles con que ella se abrigaba. Ni uno ni otra habían despegado los labios desde

que dejaron el camino, hasta que ella exclamó con intencionada indiferencia:

-¡Qué mala suerte!

Pierston asintió y, después de algunas observaciones, echó de ver

claramente que ella había llorado, y que de cuando en cuando sofocaba coléricos

sollozos.

Pierston dijo:

-Acaso sea peor suerte para usted que para mí, y sentiría que así fuera.

Ella nada respondió a esto, y él añadió que aquel era un lugar despoblado

para una mujer sola y a pie, esperando que nada grave hubiese sucedido para

traerla a tan desagradable situación.

Al principio ella no pareció dispuesta, en modo alguno, a declarar

candorosamente sus cuitas, y Pierston quedó en conjeturas respecto a quién

pudiera ser y cuál fuese su nombre y cómo le había conocido. Pero al ver que la

lluvia no llevaba trazas de cesar, exclamó:

-Me parece que debiéramos volver atrás.

-¡Nunca! -respondió ella con una firmeza que se traslucía en el tono de su

voz.

-¿Por qué no? -preguntó él.

-Hay poderosos motivos.

-No comprendo cómo puede usted conocerme, cuando no la conozco a

usted.

-¡Oh! Pero usted me conoce, o, por lo menos, sabe algo de mí.

-Seguramente, no. ¿Cómo es posible? Usted es kimberlina.

-No, por cierto. Soy verdadera isleña, o, mejor dicho, lo fui... ¿Ha oído usted

hablar de la Best-Bed Stone Company?

-¡Ya lo creo! Trataron de arruinar a mi padre arrebatándole su comercio, o, al

menos, así quiso hacerlo el fundador de la compañía, el viejo Beucomb.

-¡Es mi padre!

-En verdad, siento haber hablado de él con tan poco respeto, porque no le

conozco personalmente. Creo que después de transferir su vasto negocio a la

Compañía, se retiró a Londres.

-Sí. Nuestra casa, o, mejor dicho, la suya, no la mía, está en South

Kensington. Allí hemos vivido tres años. Pero esta temporada alquilamos aquí, en la

isla, el castillo de Sylvania por un par de meses, pues el propietario está ausente.

-Así, yo he estado muy cerca de usted, señorita Beucomb, porque la modesta

residencia de mi padre cae a pocos pasos.

-Pero si quisiera podría tener una vivienda mucho mayor.

-¿Le parece a usted? Yo lo ignoro. No me habla gran cosa de sus negocios.

-Mi padre -prorrumpió ella en un ex abrupto- está siempre reprendiéndome

por mi prodigalidad. Y ahora más que nunca. Dice que en la ciudad voy de tiendas

tan endemoniadamente, que me excedo de mi pensión.

-¿Se lo ha dicho esta misma tarde?

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-Sí. Y entonces ha estallado entre los dos una tempestad de cólera, que

quise encerrarme en mi aposento todo el resto de la velada; pero por fin me escapé,

y no he de volver jamás a casa.

-¿Y qué va usted a hacer?

-Primero iré a ver a mi tía, que está en Londres, y si quiere hospedarme,

trabajaré para ganarme la vida. ¡He dejado a mi padre para siempre! No sé qué

hubiera hecho si no llego a encontrarle a usted. Supongo que hubiese tenido que ir

a pie hasta Londres. Ahora tomaré el tren tan pronto como llegue a tierra más firme.

-¡Pero con este huracán!

-Me quedaré aquí sentada hasta que amaine.

Y se sentaron sobre las redes. Pierston sabía que el viejo Beucomb era el

más acerbo enemigo de su padre, y que había amasado una gran fortuna

devorando a los modestos comerciantes de cantería, aunque en el padre de Jocelyn

encontró un hueso demasiado duro de roer, pues era entonces el principal émulo de

la Best-Bed Company. A Jocelyn le pareció extraño que el destino le hubiera

colocado en situación de desempeñar el papel de hijo de los Montescos con aquella

hija de los Capuletos.

Por mutuo instinto, hablaban en voz baja; y, en consecuencia, el fragor de la

tormenta los obligaba a acercarse mucho uno a otro. Alguna terneza se interpuso en

sus acentos, por cuanto transcurrieron, uno tras otro, los cuartos de hora, y

olvidaron el tiempo. Era ya muy tarde cuando se levantaron, alarmados de su

situación.

-Llueva o no llueva, no puedo detenerme más tiempo -dijo ella.

-Volvámonos atrás -respondió él, tomándola de la mano-. Yo la acompañaré.

Ha perdido ya el tren.

-No; quiero seguir adelante y alojarme en Budmouth, si acaso llego.

-Es tan tarde, que no encontrará usted ninguna casa abierta, excepto el

fonducho cercano a la estación, en donde no le conviene a usted pernoctar. Sin

embargo, si tan resuelta se halla, yo le enseñaré el camino. No me es posible

dejarla. Sería demasiada vejación para usted ir al í sola.

Ella persistió en su propósito, y ambos emprendieron la marcha en medio de

la fragorosa y revuelta tempestad. A su izquierda, el alborotado mar lanzaba sus

encrespadas olas tan cerca de ellos que parecía como si atravesaran su fondo, cual

los hijos de Israel. Tan sólo el frágil banco de guijarros los separaba del enfurecido

golfo, y a cada azote de las olas se estremecía su base, entrechocaban los

guijarros, y la espuma, verticalmente erguida, les salpicaba la cabeza. Grandes

cantidades de agua salada se escurrían por entre los guijarros, y formando

riachuelos a través del camino fluían al otro lado del mar. La «Isla» era todavía isla.

Hasta entonces no se habían dado cuenta de la furia de los elementos. Con

frecuencia el ímpetu del viento lanzaba por allí al mar, y se ahogaban algunos

caminantes a consecuencia de una brecha repentinamente abierta en el banco, el

cual tenía, no obstante, algún poder sobrenatural, pues era capaz de volverse a

juntar después de tal disrupción, como la forma de Satanás, cuando por la mitad la

partió Miguel con su espada.

La etérea materia se unió,

pues ya no era divisible.

Los vestidos de la señorita Beucomb ofrecían mayor superficie al viento que

los de Pierston, y, por lo tanto, estaba ella en mayor riesgo, de suerte que le era

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imposible rehusar la ayuda brindada. Primero él le dio su brazo; pero el viento los

separó tan fácilmente como un par de cerezas. Pierston la sujetó fuertemente,