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La Reina Sol

Christian Jacq

Traducción de Manuel Serrat Crespo

Cubierta: Romi Sanmartí

Ilustración: Trono de Tutankamón. Museo Egipcio, El Cairo.

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la

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Título original: La Reine Soleil, publicado por Éditions Julliard, París.

© 1988, Julliard

© 1991, Ediciones Martínez Roca, S. A.

Gran Via, 774,7.°, 08013 Barcelona

ISBN 84-270-1486-4

Depósito legal B. 7445-1991

Impreso por Libergraf, S. A., Constitució, 19,08014 Barcelona Impreso en España - Printed in Spain

La Reina Sol

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El hombre es arcilla y paja.

Dios es su creador.

El hombre ignora los planes de Dios.

Que se ponga en sus manos.

Sabiduría egipcia

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La Reina Sol

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Cuando Akhesa abrió los ojos, alboreaba. La sangre del primer sol inundaba el Nilo. La ciudad de la luz1, capital del faraón Akenatón y de su esposa Nefertiti, despertaría muy pronto. Por las calles flanqueadas de casas blancas pasaba ya la primera escuadra de policías, que se disponía a relevar a la guardia apostada en las fronteras del territorio de Atón, el divino sol.

Desde que en la ciudad del sol circulaban inquietantes rumores sobre la salud del faraón, la presencia de policías y militares era cada vez más numerosa. Algunas malas lenguas se atrevían incluso a afirmar que Akenatón, presa de crisis de locura mística, se había peleado con la hermosa Nefertiti, cuyas repetidas ausencias durante las ceremonias oficiales desataban las habladurías de los cortesanos.

Con sus ojos de un verde claro, Akhesa contempló durante largo rato el sol de aquella mañana de finales de invierno, que, cual bola de fuego, daba vida a todos los seres que tocaba con sus rayos. No se cansaba de admirar el grandioso espectáculo que calmaba sus angustias. En aquel momento lo apreciaba más todavía. Sus jóvenes pechos se hinchaban con legítimo orgullo.

A sus catorce años, Akhesa era una magnífica mujer morena, de cuerpo delgado y esbelto. Se sentía adulta, liberada de las preocupaciones de la infancia. Los juegos de los adolescentes ya no le interesaban. En su cabeza y en su corazón se había operado una extraña metamorfosis que la había impulsado a huir. Desde hacía un día y una noche, Akhesa se ocultaba. Quería descubrirse, comprender las leyes de su propio destino.

Vestida con una corta túnica de lino blanco, descalza y sin joyas, Akhesa había conseguido avanzar de calleja en calleja, de jardín en jardín, de tejado en tejado. Ninguno de los hombres enviados en su búsqueda la había alcanzado.

Excelente conocedora de todos los rincones de la ciudad, se había deslizado sin vacilación por el dédalo de villas del barrio de los nobles, al sur de la ciudad, pasando tras las ricas mansiones del sumo sacerdote y de los ministros, y ocultándose en algún bosquecillo en cuanto vislumbraba un uniforme. Contorneando el palacio de recreo del faraón y el lago donde a la familia real le gustaba navegar en ligeras barcas, había llegado al centro de la capital para confundirse mejor entre la muchedumbre que deambulaba por la vía real, la cual bordeaba el inmenso palacio de Akenatón a lo largo de más de 1 El nombre de la capital fundada por Akenatón, «El que resplandece por Atón», era Aketatón, literalmente «La región de luz del dios Atón». A menudo se la cita por su nombre árabe, Amarna, El-Amarna o Tell el-Amarna, y se hallaba situada en el Egipto Medio. La antigua capital, consagrada al dios Amón, era Tebas, situada más al sur. Ambas ciudades distan unos 300 kilómetros. La acción transcurre en el siglo XIV a. de C, durante el período que se ha dado en llamar Imperio nuevo. El señor de Egipto es el faraón Akenatón, que accedió al trono hacia 1364.

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ochocientos metros. El puente que cruzaba la vasta arteria permitía a los notables circular con comodidad y acudir con presteza, desde sus despachos, a la sala de audiencias del faraón.

Al pasar ante el ministerio de Países Extranjeros, Akhesa fue descubierta. Los ojos de un comandante de carros se clavaron en los suyos.

Sin embargo, antes de que éste tuviera tiempo de avisar a sus hombres, la fugitiva se escabulló entre un cortejo de escribas que se dirigía, a paso mesurado, hacia la Casa de la Vida, y desapareció. Luego adelantó a un grupo de músicos que salían del templo y abandonó la vía real para sumirse en el barrio de los comerciantes, al norte de la ciudad. En aquel coloreado y bullicioso arrabal donde se instalaban sin cesar los recién llegados, la muchacha consiguió coger algunos dátiles del puesto de un vendedor. A continuación, se ocultó en un taller de carpintería, que todavía no estaba ocupado, para recuperar las fuerzas.

Sus perseguidores no eran ingenuos. Dirigidos por varios escribas del ejército y por el jefe de la policía, estaban peinando paciente y metódicamente la ciudad. Ninguna casa escaparía a sus investigaciones. Al caer la noche, Akhesa se vio obligada a lanzarse a lo desconocido. Penetró en un gran conjunto de obras donde se edificaba un nuevo barrio destinado a los obreros de la metrópoli.

El miedo le oprimía el corazón. Todo su cuerpo se estremecía. Aquélla no era ya la maravillosa ciudad soleada y de floridos jardines, sino una zona inquietante poblada de bloques dispersos, montones de ladrillos y andamios.

Merodeaban algunas sombras, hienas procedentes del desierto en busca de carroña o perros vagabundos que cazaban. En aquella estación, la noche era fría. Era imposible encender un fuego, pues habría llamado la atención de las patrullas. Por fortuna, Atón había concedido a Akhesa un excepcional vigor alimentado por la más resplandeciente salud. Dominados sus temores, se acurrucó y se sumió en un profundo sueño infantil, reconfortada por la certidumbre de que nadie la buscaría en un lugar semejante.

¡Qué suave era el sabor de la libertad! Era más dulce que la miel, más embriagador que la cerveza festiva. Akhesa no lamentaba su locura. La saboreaba, felicitándose cada vez más por haber roto el círculo de las costumbres que le imponían y haber demostrado que era capaz de desafiar a centenares de hombres. ¡Y su hazaña no había concluido todavía! No sólo sabría obtener alimento y vestido, sino que continuaría desafiando durante mucho tiempo aún a quienes creyeron poder apresarla con facilidad.

Tan sólo echaba de menos un objeto: su espejo. «Mejor así -pensó-, Debo de estar horrible con el rostro lleno de polvo y el cabello revuelto.» Debía aceptar las severas condiciones que aseguraban su victoria.

Mujer... Sí, acababa de convertirse en mujer. La sangre que había manado de su vientre la elevaba a la dignidad de un ser independiente y responsable. Ya podía dar hijos al hombre que elegiría para compartir con él su vida. No había querido confiar a nadie aquel secreto, salvo al sol, el desierto y la noche. Había aguardado tatito aquel momento, que algunas de sus compañeras de juego habían conocido antes que ella haciéndola objeto de sus burlas. Pesadumbres ya olvidadas. Akhesa había recuperado el tiempo perdido. No sólo su cuerpo había cambiado, sino también su corazón. Sentía La Reina Sol

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en lo más profundo de sí misma el poder solar del dios Atón, aunque fuera un sacrilegio. Sólo Akenatón, único sacerdote del dios único, tenía derecho a experimentar tal sensación.

Un ruido rompió el silencio. De un montón de ladrillos surgieron de pronto dos grandes lebreles seguidos por una escuadra de policías. Akhesa se levantó y dejó escapar un grito. Los perros habían venteado su presencia y se dirigían hacia su escondrijo. Entrenados desde su más tierna edad, aquellos animales sabían ser temibles asesinos.

La joven no había imaginado así el final de su escapada. Nunca hubiera imaginado que la princesa Akhesa2, tercera hija de Akenatón y Nefertiti, perecería con la garganta desgarrada por los colmillos de los lebreles de la policía de su padre.

-¡Detenedlos! -gritó Mahú, el jefe de policía.

La orden había surgido demasiado tarde de sus labios. Impotente, Mahú asistió al asalto de los lebreles.

Se cubrió la cara.

Akenatón, su señor, jamás le perdonaría semejante error. El faraón y su esposa sentían un inmenso amor por sus seis hijas. Mahú se había equivocado al soltar los perros, pero no esperaba descubrir a la princesa fugada en aquel desierto lugar, que había registrado por azar. Horrorizados, los policías habían bajado sus garrotes. Al igual que su jefe, serían condenados a una severa pena por no haber conseguido impedir el drama.

Akhesa clavó sus ojos en los del primer lebrel que saltó hacia ella. Una loca esperanza la había dominado.

-¡Carnero! -exclamó-. Carnero, eres tú...

El perro se detuvo en seco. Su compañero se le adelantó con los músculos dispuestos al ataque.

-¡Tiéndete, Toro! -gritó Akhesa, interrumpiendo el impulso de su agresor.

Ambos lebreles, agitando la cola, lamieron los pies de la princesa.

Akhesa les acarició la cabeza, como lo había hecho cien veces cuando, niña todavía, los alimentaba en la perrera real. Carnero y Toro, gracias a la rapidez de su carrera, habían sido destinados a tareas de vigilancia. Akhesa ignoraba que el amor que les había ofrecido un día le salvaría la vida.

Mahú, caminando con pesadez, se aproximó a la muchacha.

-Princesa, tenéis que acompañarme a palacio. Vuestro padre está furioso.

2 Para que la lectura resulte más fluida, se ha adoptado como nombre para la heroína de esta novela el de Akhesa. Su nombre egipcio era Ankhes-en-pa-Atón, «Vive para Atón». Resulta imposible precisar la edad exacta de los protagonistas de acuerdo con las fuentes históricas. Por lo que concierne a Akhesa y a Tutankamón, se supone que la primera tenía de doce a quince años, y el segundo de diez a trece, cuando esta historia comienza.

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El palacio principal de Akenatón se erigía sobre una eminencia, en el centro de la ciudad del sol. Para acceder a las estancias privadas del soberano, era necesario cruzar unos jardines dispuestos en tres terrazas que ascendían hacia la luz. El inmenso edificio, que estaba construido en ladrillo, presentaba un aspecto aéreo, casi irreal. Numerosas salas estaban decoradas con pinturas: ocas salvajes que se debatían en un estanque, un joven ternero retozando, peces deslizándose entre flores de loto y mariposas revoloteando.

Alrededor de las columnas se enroscaban plantas trepadoras y pámpanos de viña. Las maravillas de la naturaleza, regeneradas cada mañana por el divino Atón, cubrían techos, paredes y suelos.

Desde la terraza superior del palacio, se veía un vasto jardín que se extendía, en dirección al Nilo, hasta el embarcadero privado de la familia real.

En las orillas, los jardineros cuidaban los arriates de flores.

Mahú había dejado a la princesa Akhesa en manos de un mayordomo que, tras haberse inclinado ante ella, la había conducido a las salas de invierno, provistas de un hogar redondo excavado en el suelo. Allí crepitaban algunas hogueras que caldeaban la atmósfera. El humo escapaba por pequeñas ventanas abiertas en el techo.

Akhesa fue introducida en un cuarto de baño donde la aguardaban dos jóvenes sirvientas desnudas, que despojaron a la princesa de la túnica mancillada. Luego la ayudaron a tenderse sobre una larga hilera de piedras calientes, en las cuales se había practicado unas regatas por donde corría el agua. La princesa la sentía deslizarse voluptuosamente por su cuerpo, mientras las sirvientas la lavaban con cuidado, borrando las injurias que la arena y el polvo habían infligido a su piel dorada. Akhesa disfrutó el infinito placer de ser bella y estar limpia. Se estremeció de satisfacción bajo el rocío de esencias perfumadas.

Levantada con delicadeza, la princesa se contempló en el espejo que le tendía una de las sirvientas, mientras su compañera disponía el peinado de Akhesa, retorciendo los mechones castaños antes de cubrirlos con una peluca de largas trenzas. La hija del rey fue vestida con una toga de lino transparente que dejaba adivinar los pezones rosados de su pecho y el oscuro vello de su sexo. Después le aplicaron una línea de maquillaje verde para subrayar la perfecta curva de sus cejas.

La puerta se abrió ante el mayordomo de palacio.

-Su Majestad os espera, princesa.

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Akhesa siguió al servidor a través de un largo pasillo, bañado por una luz que se filtraba por innumerables aberturas. En el palacio del rey, como en toda la capital, los rayos del divino sol debían tener libre acceso. El mayordomo se detuvo ante la entrada del gabinete privado de Akenatón, donde nadie, salvo los miembros de la familia real, tenía derecho a penetrar.

Akhesa se recogió, inquieta. Desde hacía más de dos meses veía a su padre en contadas ocasiones. ¿Qué había sido de aquellos momentos de felicidad en los que la princesa, acompañada de sus hermanas, degustaba copiosas comidas servidas por sus propios padres, despreciando toda etiqueta, y circulaba libremente por el palacio, llenándolo de alegres gritos e inventando mil juegos? Akenatón y Nefertiti, desnudos, la tomaban en sus rodillas y le contaban divertidas historias. Sus padres habían suprimido el protocolo para llevar, en compañía de sus hijas, la más sencilla y apacible de las existencias familiares.

Y, de repente, todo había cambiado sin que le dieran la menor explicación. El faraón se había vuelto distante e inaccesible incluso para sus íntimos. Nefertiti se había encerrado en el silencio de su propio palacio, lejos de su esposo. La dulce y tranquila felicidad se había roto brutalmente. Ahora, todos vivían aislados. La riqueza y el bienestar habían perdido su gusto afrutado.

El mayordomo empujó la puerta de cedro del Líbano. Akhesa entró en el gabinete particular del faraón, una estancia casi vacía. Ninguna decoración en las paredes. Tan sólo una mesa de trabajo y una silla de ébano, que Akenatón había colocado ante una amplia ventana desde donde contemplaba los jardines inundados de sol.

El omnipotente soberano del Doble País era un hombre alto, muy delgado, de cráneo alargado y rostro demacrado. Unos salientes pómulos y unos ojos profundamente hundidos en las cuencas subrayaban el aspecto enfermizo de un ser que, años atrás, demostraba una soberbia que imponía respeto a todos.

Akhesa cerró silenciosamente la puerta a sus espaldas. Su padre ni siquiera parecía haber advertido su presencia. En la mesa había un rollo de papiro en el que, con su fina escritura, el rey había dibujado varias columnas de jeroglíficos. El comienzo de un himno al dios solar, al ser divino que ocupaba todos sus pensamientos.

La princesa dio algunos pasos, dividida entre el temor a interrumpir la meditación de su padre y el deseo de verle interesarse por ella. Luego se quedó inmóvil. Por fin, él volvió la cabeza y la descubrió. Akhesa se arrodilló y olisqueó el suelo ante el faraón, su señor, como correspondía a todo súbdito fiel a Su Majestad.

Akenatón levantó a su hija.

-No, tú no. Eres carne de mi carne. Mi sangre corre por tus venas.

-Padre, te ofrezco el respeto debido a un dios -objetó Akhesa con voz tierna, manteniendo la cabeza inclinada.

Akenatón sonrió.

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-Para ser una niña, conoces bien la teología...

-Ya no soy una niña -protestó la muchacha-. Hace dos días que soy una mujer.

-¿Y por eso has huido sumiéndome en una horrible angustia? Querías demostrar que ya no necesitabas a nadie, ¿verdad? Ven a mi lado.

Akenatón se sentó de nuevo. Parecía agotado. Akhesa se acurrucó a sus pies. Su padre le fascinaba. Gracias a la llama brillante de su mirada, había conseguido imponer al país una nueva religión y una nueva capital, amordazar las ambiciones materiales de los sacerdotes tebanos y crear otra civilización.

Por fatigada que estuviera su envoltura carnal, servía todavía de receptáculo a un formidable poder creador que Akhesa no había encontrado nunca en ningún otro ser. Y no había que olvidar su voz, con aquella dulce gravedad casi cantarína que sonaba como una melopea, encantando las almas y hechizándolas. Nadie resistía por mucho tiempo a la seducción de Akenatón.

No era un bello y hábil orador; a menudo tenía que buscar las palabras, adoptaba actitudes casi ajenas, vacilaba. Carecía de presencia, hacía mal papel comparado con la mayoría de sus leales. Y, sin embargo, de su persona emanaba un fluido mágico y tal capacidad de convicción, que convertía a los más reticentes a la espiritualidad solar, que él vivía con comunicativa intensidad.

Akenatón era un jefe de Estado. Gobernaba con sus propias armas, que eran las del espíritu, pero gobernaba efectivamente y con una mano cuya firmeza había asombrado a algunos cortesanos. Akhesa se sentía orgullosa de ser su hija. Daba gracias a Atón por haberle concedido tan extraordinario padre, el más fabuloso de los hombres que nunca hubieran pisado la tierra de Egipto.

-En realidad no he huido, padre. Tenía que abandonar las estancias de los hijos reales.

-Porque te has convertido en mujer...

Adivinaba sus pensamientos. La comprendía a la primera palabra. Leía en su alma.

-Mis ojos se han abierto. Sólo soy la tercera de tus hijas, pero, a mi modo, continuaré tu obra. Estoy segura de que mis hermanas mayores no han captado tu mensaje. Ignoran que nos encontramos en el umbral de un nuevo mundo, de un mundo que deberemos construir sin mirar al pasado.

El faraón no ocultó su asombro.

-Ésas son graves palabras en la boca de una joven de catorce años.

-¿Acaso no fue a esa edad cuando comenzaste a transformar tu entorno y a querer imponer tu voluntad?

-¿Te has vuelto impertinente?

Una sonrisa de Akhesa, levantando con falso temor los ojos hacia su padre, acabó con la naciente reprimenda.

-¿Por qué eres tan solitario, padre? ¡Necesito tanto tu presencia!

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-Mi tarea es abrumadora, Akhesa. Hace ya más de doce años que, en mi reinado, me esfuerzo por la felicidad de mi pueblo. Hoy, Atón ilumina Egipto y esparce su luz por doquier. Pero las fuerzas de las tinieblas no han sido aniquiladas. En Tebas conspiran contra mí. Los sacerdotes de Amón no se dan por vencidos, sueñan con su pasado esplendor.

-Tebas... Nunca me has llevado allí. Algunos dicen que es la ciudad más hermosa del mundo.

-Tebas está entregada al comercio, a la riqueza, a la materialidad. La luz del espíritu está aquí, en nuestra ciudad del sol. De él depende la existencia de cada uno de los habitantes de este país, ya sea piedra, flor o ser humano.

Tebas vive en el lujo y la opulencia, es el vientre de Egipto. En cambio, aquí vibra su conciencia. Nunca más volveremos a Tebas.

-Padre mío, quisiera pedirte un favor.

Akenatón frunció las cejas.

-Inquietante súplica, hija. ¿Seré capaz de satisfacerte?

-Toda palabra emitida por el faraón se convierte en realidad, porque el Verbo está en su boca.

La mirada del faraón expresó admiración.

-Decididamente has aprendido mucho, princesita.

-He aprendido, sobre todo, a no revolotear de flor en flor como una mariposa. De ese modo se pierden las ideas propias y se toman mil caminos sin seguir ninguno. ¡Me gustaría tanto formular mi petición!

Akhesa era la más testaruda de las hijas de Akenatón. No es que fuera caprichosa, pues sabía renunciar a los proyectos insensatos, pero estaba dotada de una firme voluntad para alcanzar los objetivos que se fijaba, y de los que nada ni nadie conseguía apartarla. Akenatón tenía en la cabeza las palabras y las imágenes que plasmaría en su papiro para cantar la gloria de Atón. Aquel imperioso trabajo le ocuparía muchos días, pero sabía que Akhesa no le dejaría en paz hasta que le hubiera escuchado. Empezaba a preguntarse si el verdadero motivo de su fuga no habría sido obtener esta entrevista.

Akhesa levantó hacia su padre unos ojos implorantes.

-Antaño -dijo-, te gustaba pasear por las calles de nuestra ciudad en tu gran carro dorado. La gente te veía pasar. Besabas a mamá en pleno mediodía, cuando Atón os envolvía con su luz.

Conmovido por el recuerdo de aquella escena, tan viva en él, Akenatón contempló cara a cara a su dios, Atón. Sus rayos no le abrasaban los ojos. Le regeneraban, le daban fuerzas para seguir viviendo y reinando. Nefertiti... La amaba como el primer día, a pesar de que ahora las obligaciones de su cargo le obligaban a actuar en solitario. ¡Cómo apreciaba aquellos paseos en carro!

¡Qué orgulloso se sentía mostrando a su entusiasta pueblo la tez clara de su joven reina, tan hermosa que hubiera podido dar celos al propio Atón!

-Puesto que soy mujer -prosiguió Akhesa, quisiera que me llevaras en tu carro y que recorriéramos juntos la vía real.

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Akenatón enmudeció. Akhesa, que percibió enseguida su turbación, se levantó, se apartó de su padre y esbozó uno de los pasos de danza que su madre le había enseñado.

-¿No soy acaso lo bastante bella, padre mío? ¿Es un deshonor para ti llevarme a tu lado? ¿Puede Atón reprochar a un rey que ame a su hija?

-No, pero es imposible...

Desde las villas de los nobles hasta los barrios obreros, la nueva se extendió con la velocidad del relámpago. Unos aprendices de carpintero fueron los primeros en ver a los policías que se habían instalado en sus atalayas, jalonando la vía real, para vigilar los movimientos de la muchedumbre. Era el indicio de que iba a producirse un acontecimiento excepcional, sin duda el paso de una alta personalidad dirigiéndose al palacio o al templo, tal vez la reina madre procedente de Tebas o un príncipe extranjero que traía tributos al faraón. Pero, en tal caso, los bateleros y los hombres encargados de descargar las mercancías en el muelle habrían avisado a los aguadores y a lo vendedores ambulantes.

Cuando Atón estuvo en lo más alto del cielo, toda la población de la ciudad del sol se había reunido a uno y otro lado de la vía real. Nobles, dignatarios y altos funcionarios habían abandonado villas y despachos para instalarse en los jardines colgantes, a la sombra de los árboles o las pérgolas.

En las obras, el trabajo se había interrumpido. Las tiendas estaban vacías.

Cuando Nakhtmin, comandante de los carros, llevó a la entrada del gran palacio el carro de Estado chapado de electro, una aleación de oro y plata, un murmullo de asombro recorrió la muchedumbre. ¿Significaba aquello que Akenatón iba a reaparecer por fin, a salir del aislamiento y el silencio? Todos callaron, en espera de un milagro. No faltaba ni una sola personalidad importante. Horemheb, el poderoso general cuya inteligencia sólo era igualada por su refinamiento, permanecía en compañía de su esposa, dama Mut, en el centro de un grupo de oficiales; Ay, el «divino padre», considerado un sabio anciano, observaba la escena desde un balcón de piedra al lado de su esposa, la nodriza Ti.

Cuando Akhesa apareció en lo alto de la escalinata del palacio, su corazón se llenó de orgullo. La ciudad entera estaba a sus pies. Salía de las tinieblas para nacer al esplendor de Atón. En adelante, nadie dudaría de que la princesa Akhesa gozaba del favor del faraón.

El gozo de la joven duró poco. En cuanto apareció Akenatón, las miradas convergieron hacia él.

El faraón, tocado con la corona azul que casi se amoldaba a la forma de su cráneo, lucía una túnica de lino y calzaba sandalias blancas. Tomó a su hija de la mano, bajó rápidamente la escalinata y trepó con Akhesa a la plataforma del carro.

-Está lívido -dijo dama Mut a su esposo, el general Horemheb-. A mi entender, se encuentra gravemente enfermo.

Horemheb no respondió. Se limitó a mirar atentamente a Akenatón.

Educado en la dura escuela de los escribas y colocado luego a la cabeza del ejército, cuyo comandante en jefe no era nunca un militar, Horemheb era, para La Reina Sol

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muchos, el personaje más influyente del reino. ¿Acaso no se decía que era capaz de tomar el poder?

-El rey hace el ridículo exhibiéndose así con esa niña -insistió Mut.

-No debe hablarse así del Señor de las Dos Tierras -indicó Horemheb, severo.

Mut se ruborizó, confusa.

Se elevó un clamor. Una veintena de soldados avanzaban a paso ligero para abrir camino al carro. Los infantes, cuyos taparrabos les golpeaban los muslos al caminar, cantaban. Gritos de júbilo saludaron su paso, y crecieron todavía más cuando los dos caballos soberbiamente enjaezados, con la cabeza coronada por un penacho de plumas multicolores, iniciaron el trote. La alegría había invadido de nuevo la ciudad del sol. El faraón había reaparecido.

Akenatón sostenía las riendas con mano tranquila. Los dos caballos, Belleza Matinal y Belleza Vespertina, habían reconocido el puño de su amo.

Akhesa sonrió a su padre. En aquel maravilloso mediodía, era la más envidiada de las mujeres.

El faraón se dirigía hacia el norte; una sombra de tristeza velaba su mirada. Al sur se hallaba la mansión y el templo donde oficiaba Nefertiti.

Akhesa comprendió que no quería infligirle aquel espectáculo. Se prometió encontrar el modo de reconquistar a su madre. Ahora que había roto el círculo de silencio que rodeaba a su padre, se sentía capaz de ganar las más difíciles batallas.

Los obreros y los artesanos manifestaban con energía su contento.

«Atón es nuestro Dios -gritaban-, él nos da la vida», «Akenatón es nuestro rey», «Akenatón nos transmite la luz de Atón». Sabían que la salida real se celebraría con un día de reposo, aumentando así el período festivo que sumaba más de tres meses al año.

Akhesa veía revivir a su padre. Los colores animaban el cansado rostro, casi anémico. El soplo vivificante de aquel mediodía de invierno hacía brotar en él insospechadas fuerzas.

-En este mismo carro festejé la fundación de mi ciudad -confió a su hija-.

El sol brillaba en lo más alto del cielo. Marqué lo límites del horizonte de Atón.

El propio dios me indicó el emplazamiento de su ciudad. Levanté la mano al sol y ordené erigir un gran altar donde se llevó a cabo un gran sacrificio en su honor. Desde entonces, el rostro de la humanidad ha cambiado. La misma luz brilla para todos lo países. Su fuente está aquí, en este lugar sagrado para siempre. Luego di nombre a los templos para que el Verbo guiara la mano de los constructores. Resucité así Heliópolis, la primera ciudad santa, la que surgió de las aguas al comienzo de los tiempos. ¿Comprendes, princesa? Y

hoy, tú, mi hija Akhesa, estás aquí, a mi lado, como una reina...

Las palabras del faraón helaron la sangre de Akhesa. ¿Ella una reina?

¿Por qué hablaba así? La gran esposa real era Nefertiti; la segunda esposa, una siria casada diplomáticamente con el rey para sellar un tratado de paz y que vivía en una estancia del palacio de donde apenas salía. Akhesa se sentía tanto más turbada cuanto que conocía el título preferido de su padre, «el mayor de todos los videntes». Akenatón descubría los caminos de lo invisible.

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Pasado, presente y futuro eran en su pensamiento como un sólo instante.

Creaba la realidad. Al hablarle así, ¿no estaría desvelándole su destino?

El carro pasaba ante el gran templo. El entusiasmo popular aumentaba sin descanso. A los soldados les costaba apartar a los curiosos para abrir paso al faraón y a su hija.

-Fue un acierto hacerme esta súplica, Akhesa. Este paseó es el acto de gobierno más importante que he llevado a cabo desde hace muchos meses.

Servirá para ensanchar los corazones y orientarlos de nuevo hacia Atón.

Akhesa no había pensado en elaborar ninguna estrategia. Sin embargo, acababa de recibir su primera lección de adulto y advirtió, no sin gran placer, que su impulso había favorecido la causa del faraón. ¿Tal vez fuera eso signo de que su naturaleza se asemejaba a la del faraón y de que servir a las Dos Tierras pronto sería su único ideal? Aunque se tratara de algo imposible, no pudo evitar conservar esa visión en lo más hondo de sí misma. Reina... Su padre había pronunciado ese título terrorífico y sublime.

El carro estaba llegando al final del barrio norte. Más allá, se abría el terreno en obras donde los policías habían encontrado a Akhesa. El paseo pronto habría terminado. Era preciso dar media vuelta y regresar a palacio.

Akhesa se negó a ceñirse al protocolo. ¿Acaso no había obtenido el derecho a moldear su destino? Con gesto brusco, se apoderó de las riendas, hizo que se encabritaran ambos caballos y los lanzó al galope excitándolos con la voz, como se lo había visto hacer, tantas veces, a los oficiales de carros.

El faraón no perdió la calma. El carro dejó atrás la columna de infantes que lo precedía, y éstos se apartaron para no ser derribados.

-¡Los caballos se han desbocado! -gritó uno de ellos-. ¡Hay que detenerlos!

Pese a la confusión, los jinetes de Horemheb saltaron sobre sus monturas, al tiempo que algunos arqueros subían a los carros de guerra y se lanzaban tras el faraón y su hija. La inquietud sucedía a la alegría.

-¿Por qué actúas así? -preguntó Akenatón contemplando la cadena de montañas envuelta en una luz azulada.

-¡Para ir más lejos, padre! El mundo entero te pertenece.

-Las piedras del desierto son peligrosas para las ruedas de los carros, sobre todo a esta velocidad.

Aunque su padre no había levantado la voz, Akhesa tomó conciencia de su imprudencia. Intentó contener a los caballos, pero lo hizo con tanta torpeza que los excitó más aún. El carro penetró en el desierto, abandonando el camino trazado por los obreros.

Precisamente cuando el rey se hacía de nuevo con las riendas, chocó violentamente con un bloque calcáreo. El vehículo perdió el equilibrio, corrió inclinado durante unos segundos, y luego volcó en la arena y las rocas mientras ambos caballos, liberados, galopaban hacia la montaña.

Mahú, el jefe de la policía, y el comandante Nakhtmin fueron los primeros en llegar al lugar del drama. Algunos jinetes se lanzaron tras las La Reina Sol

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huellas de Belleza Matinal y Belleza Vespertina para devolverlas a las caballerizas reales.

El carro de Estado había caído de lado. Akenatón estaba de pie, sano y salvo. Akhesa se encontraba tendida en el suelo, algo más lejos. Mahú se inclinó respetuosamente ante el faraón.

-¡Atón os ha protegido, Majestad!

-¿De qué te asombras, Mahú? Que se ocupen de mi hija.

-No es grave -anunció alegremente Nakhtmin, tomando a la joven princesa en sus brazos-. Ya vuelve en sí. Un simple arañazo en la frente.

Aunque la cabeza le daba vueltas, Akhesa logró levantarse. Se aproximó a su padre y se arrodilló en la fina arena del desierto.

-Perdonadme, padre. He actuado con ligereza.

-Atón te ha guiado -indicó el rey, hablando para los soldados y los policías que le rodeaban-. Has demostrado que su servidor y su profeta, el faraón, está protegido de todo peligro.

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Una semana después de los acontecimientos que habían señalado la reaparición de Akenatón ante su pueblo, permitiéndole adquirir un nuevo prestigio, Akhesa fue conducida por orden de su padre al barrio sur de la ciudad del sol.

Tras la entrevista, cuyas palabras permanecían grabadas en su memoria, Akhesa no dudaba ya que el faraón había decidido adjudicarle uno de los palacios femeninos a los que se había dado el nombre de «Abanico de la luz». Tan extraña denominación recordaba el papel simbólico de los abanicos de pluma de avestruz, cuya función era filtrar la claridad solar y proporcionar el soplo de vida. Habían construido tres «abanicos»: el primero para la reina madre Teje1, el segundo para la reina Nefertiti y el tercero para su hija mayor, Meritatón, heredera de la dinastía. Estaban orientados siguiendo un eje norte-sur, con objeto de captar mejor la suave brisa del septentrión que refrescaba a los seres tras una jornada tórrida. Junto a las estancias privadas había un pequeño templo donde cada una de las tres grandes damas celebraban culto en honor de la luz del poniente. La reina madre, que por lo general residía en Tebas, estaba ausente. Nefertiti vivía recluida en otro palacio desde hacía varios meses y ya no concedía audiencias. Meritatón, la primogénita, se había instalado con gran fasto en sus dominios y se preparaba con ostentación para su futuro oficio de reina.

¿Cómo reaccionaría al ver que su hermana Akhesa ocupaba también un

«abanico»? Ésta no sentía odio alguno hacia Meritatón, pero le reprochaba su arrogancia y su desdén para con los humildes. La primogénita de las hijas del rey tenía tanta fe en su superioridad y tanta confianza en sus derechos, que no concedía el menor interés a la existencia de sus hermanas menores. Como guardiana de la sangre real, no tenía ya nada en común con los demás seres humanos.

La escolta mandada por Mahú, el jefe de policía, pasó ante los tres

«abanicos» sin detenerse. Akhesa esperaba descubrir un nuevo edificio, el que en adelante le estaría reservado. ¿Acaso los obreros del faraón no eran capaces de construirlo en menos de un mes? En el umbral debían de esperarla sirvientes y sirvientas. ¿Cómo celebraría el culto? ¡No le habían dado instrucción alguna! Sin duda su padre estaría presente en el primer ritual que ella tendría que dirigir. Luego, debería actuar sola.

La escolta siguió avanzando por un paisaje familiar para Akhesa, el del palacio donde había sido educada con sus hermanas. Protegido por altos 1Nombre que los historiadores ortografían de distintos modos: Ti, Tii, Tiyi, etc.

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muros, el edificio se hallaba en el centro de un gran jardín repleto de sicomoros y acacias. Varios estanques, a cuyas orillas se levantaban pabellones de madera, proporcionaban un suave frescor cuando llegaban los fuertes calores.

Centenares de pájaros jugaban en los setos y en las floridas cercas. Algunos puentes de arcadas recubiertas de plantas trepadoras unían las riberas de aquel laberinto de agua y vegetación.

Akhesa había huido de aquel lugar. No le gustaba vivir en un paraíso donde estaba condenada a una felicidad que no había elegido. Cuando la puerta de bronce del palacio se abrió ante ella, su cuerpo se puso tenso.

-No quiero entrar aquí.

-Son órdenes del faraón -indicó Mahú, molesto.

-Imposible.

-Y sin embargo así es, princesa.

-Juradlo en nombre de Atón.

Un juramento comprometía la vida de quien lo pronunciaba. Nadie, pues, se lo tomaba a la ligera.

-Lo juro, princesa. Mi misión consiste en ejecutar las órdenes del faraón.

Akhesa, abatida, aceptó cruzar el umbral del palacio de infancia. Su padre se había burlado de ella. La había engañado con sus palabras de esperanza. La había considerado una niña insoportable a la que infligía el peor de los castigos: devolverla a la jaula dorada de donde se había evadido.

Cada paso se hacía más difícil. A costa de intensos esfuerzos, consiguió seguir a Mahú. Pero no podría seguir controlándose. Pondría pies en polvorosa para no encontrarse con sus hermanas pequeñas, la gobernanta, los interminables juegos, los días demasiado reglamentados.

Mahú pasó ante el edificio principal, donde vivían las pequeñas princesas. El corazón de Akhesa latió más deprisa. ¿Qué detestable sorpresa le reservaban?

La escolta se dirigió hacia un ala construida recientemente, donde la joven no había entrado nunca. Los arriates floridos acababan de ser plantados.

Todavía no habían cubierto los ladrillos de yeso. Las terrazas apenas si estaban terminadas.

-Entrad, princesa -dijo el jefe de policía.

-¿Por qué razón? ¿Quién vive aquí?

-Lo ignoro, princesa. Mis guardias se colocarán alrededor del edificio. Es imposible escapar. Entrad, por favor.

Mahú tenía razón. Cualquier tentativa de fuga parecía condenada al fracaso. Pero la curiosidad podía más que el temor. Akhesa cruzó un vestíbulo con columnas, donde algunos pintores trabajaban aplicadamente. Una sirvienta la condujo hacia una gran estancia cuya puerta cerró. La muchacha descubrió un suntuoso mobiliario: un sillón de ébano cuyos paneles estaban cubiertos de láminas de oro, una silla de madera maciza decorada con buitres con las alas desplegadas, un taburete de tres patas con incrustaciones de marfil, cojines de 18

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junco trenzado forrados de tela... Eran objetos perfectos, creados por hábiles carpinteros, pero su pequeño tamaño demostraba que pertenecían... ¡a un niño!

Akhesa se instaló en el sillón, preguntándose a quién pertenecería.

Seguramente, a alguien lo bastante influyente como para ser acogido junto a las hijas del faraón y beneficiarse de una lujosa instalación. Pero ¿por qué la habían conducido a ella a aquel lugar y por qué su padre no le había dicho nada de tan extraña decisión? La angustia volvió a apoderarse de Akhesa.

¿Sería posible que hubieran construido con tanta rapidez aquellas estancias para ella? Sí, ésa era la explicación. Conociendo su carácter rebelde y su amor a la independencia, el faraón había decidido relegarla a una parte aislada del palacio de infancia. Allí la olvidarían y su conducta ya no molestaría a nadie.

Las lágrimas inundaron los ojos de la muchacha. Se reprochó enseguida su debilidad. Comportándose así, no podría salir de la trampa donde intentaban encerrarla. Cuando comenzaba a elaborar un plan de evasión, una disimulada puerta se abrió, dando paso a un muchacho de aspecto frágil, bastante envarado, vestido con una pesada túnica dorada que dificultaba su marcha.

Pendientes de oro macizo, aros de marfil en los tobillos y brazaletes adornaban al joven príncipe. Las joyas estaban decoradas con gacelas, liebres y avestruces que presentaban a su propietario como un gran cazador.

Akhesa rompió a reír, ante la indignación del muchacho, que se encolerizó.

-¿Con qué derecho osáis burlaros así de mí?

-Estáis... ¡Estáis ridículo!

Akhesa se acercó a él y le quitó con rapidez un pendiente formado por dos pequeños tubos de oro que encajaban uno dentro de otro, con los extremos fijos en un disco, también de oro, incrustado de cornalina y pasta de vidrio.

-Vuestras joyas son espléndidas -apreció la joven-. Pero ¿por qué vais tan pesadamente adornado? ¿Os dirigís a una gran ceremonia?

-Vuestra insolencia es totalmente inaceptable. ¿Sabéis con quién estáis hablando?

El adolescente se había erguido con toda la dignidad de que era capaz.

Akhesa reconoció que no le faltaba prestancia. La educación de la corte le había convertido en un príncipe de perfectas maneras, marcado por una intransigente práctica de la etiqueta.

-No tengo el honor de conoceros -confesó Akhesa, divertida.

El niño, que había crecido demasiado pronto, adoptó un aire de superioridad.

-Soy el hijo de Amenofis III, el príncipe Tutankatón.

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Akhesa había escuchado el nombre de Tutankatón una o dos veces.

Vivía en Tebas, junto a la reina madre.

-¿Habéis venido como visitante?

-Me he instalado por varios meses en la ciudad del sol -respondió el muchacho, cuya voz, que se quería firme, contrastaba con su evidente falta de vigor físico.

A sus doce años, Tutankatón jugaba a ser un príncipe confirmado y seguro de sí. Había recibido la enseñanza de los sabios, que recomendaba desconfiar de las mujeres desconocidas. Ésta era particularmente hermosa, es cierto, incluso la más hermosa que nunca hubiera visto, pero para él seguía siendo una extraña.

-Y vos..., ¿quién sois vos?

-Akhesa, la tercera hija del faraón.

Había inclinado dócilmente la cabeza hacia adelante, como una sirvienta ante su amo.

-¡Una hija del faraón! -exclamó el adolescente-. Estoy..., estoy emocionado...

Turbado, Tutankatón había perdido su seguridad. Su recuperada sencillez conmovió a la joven.

-¿Sabéis vos, príncipe, por qué me han traído aquí?

-Para someteros a una prueba en compañía de Tutankatón -explicó la voz melodiosa de un hombre que había entrado sin hacer ruido y se había colocado tras una columna.

Akhesa se volvió vivamente hacia él. Le reconoció enseguida.

-¡Hanis! ¿Qué estáis haciendo aquí?

-Princesa, el rey me ha encargado presidir el tribunal que os examinará.

La sonrisa de Akhesa se heló. Hanis era un hombre con clase, elegante, de gran distinción, que vestía de buena gana paños fenicios. Desempeñaba en la corte una alta función, la de embajador del faraón ante los soberanos extranjeros. Hanis era un excelente literato y dominaba varias lenguas. A un egipcio le estaba prohibido, en efecto, hablar fuera de su país el lenguaje sagrado, revelado por los dioses en forma de jeroglíficos. De modo que los viajeros y los diplomáticos tenían que ser políglotas y asimilar las costumbres de los países que visitaban.

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Hanis impresionaba a Akhesa. Su vasta cultura le convertía en un personaje misterioso y fascinante. Había leído las obras de los moralistas y los poetas, sabía pintar y dibujar, conocía los secretos de las drogas. Un fino bigote negro adornaba su labio superior. Llevaba en la muñeca izquierda un brazalete de plata en el que había grabado un zorro.

-¿De qué tribunal estáis hablando? -se inquietó la muchacha.

-Del de los escribas -respondió cauteloso Hanis-. Os está aguardando a ambos.

-Estoy dispuesto -declaró con orgullo Tutankatón-. Justo es que personas de nuestro rango sean puestas a prueba con firmeza.

El adolescente presumía. Estaba seguro de que sus conocimientos eran superiores a los de Akhesa. Sin embargo, la muchacha debía de haber sido considerada excepcional para haber recibido la enseñanza de los escribas.

Pero, aun así, ¿qué chica podría rivalizar en ese campo con un muchacho?

Frecuentar asiduamente la escuela de los doctos era tomar el mejor camino hacia la eternidad. Los trabajos que allí se realizaban parecían montañas que el tiempo apenas desgastaba. Cuando recibió su primera paleta y su primer cálamo de un anciano sabio, éste había recomendado a Tutankatón que los venerara como a su padre y a su madre. Aquellos objetos estarían siempre a su lado, tanto en la pena como en la alegría, tanto en la vida como en la muerte.

Hanis introdujo a Akhesa y a Tutankatón en una modesta sala, donde les aguardaban tres escribas agachados con el cráneo rasurado, unos hombres de edad avanzada y de rostro severo.

Ambos jóvenes se sentaron frente a sus jueces, con las rodillas cruzadas para que sirvieran de soporte a la paleta que les entregó Hanis, una tablilla rectangular de marfil, marcada con el nombre del faraón. Había sido vaciada en su parte superior para dar cabida a dos pastillas de color a base de pigmentos vegetales, una negra y otra roja. El embajador sacó de un cesto de papiro forrado de tela varias cañas finas ya cortadas, un pulidor útil para las correcciones sobre papiro, un raspador de gres, un pocillo de agua que servía para humedecer los calamos, algunos trozos de caliza sobre los que los alumnos escribirían sus imperfectos intentos antes de componer el texto definitivo y, finalmente, un precioso rollo de papiro.

Akhesa tenía un nudo en la garganta. Era el primer examen de tal austeridad al que se sometía, y además de improviso. Reprochaba interiormente a su padre que no la hubiera avisado. Tutankatón parecía menos inquieto. Sin duda había tenido tiempo de prepararse.

-Veneremos la memoria de nuestro antepasado Imhotep -rogó Hanis-.

Que él, protector de los escribas y sabio entre los sabios, el hombre que erigió la madre de las pirámides en Saqqara, creando para el faraón una escalera hacia el cielo, inspire nuestros pensamientos y los conduzca por el angosto sendero de la verdad.

Con respetuosa lentitud, los tres examinadores y Hanis derramaron unas gotas de agua sobre su cálamo en recuerdo del gran Imhotep.

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El más ingrato de los escribas dictó un extracto de una obra literaria célebre desde hacía varios siglos, El cuento de Sinuhé, llenándolo de graves faltas que ambos jóvenes tenían que subrayar con tinta roja. Akhesa realizó el ejercicio con facilidad, pues había leído y escuchado muchas veces aquella famosa historia. La obra narraba las hazañas de un funcionario que, a su pesar, se veía envuelto en peligrosas aventuras en el extranjero, hacía de espía por cuenta del faraón y regresaba a Egipto para morir colmado de honores. El lenguaje era hermoso, pero difícil. Siguieron ejercicios de gramática y filología, algunos de los cuales le parecieron insolubles a la joven, que apeló para resolverlos a todas sus facultades de razonamiento. Por último, les plantearon problemas de matemáticas y de geometría, en los que se pedía a los candidatos que calcularan el peso de un obelisco y el ángulo de una pirámide. El ágil espíritu de Akhesa se complació buscando la solución correcta, pero el tiempo concedido le pareció muy corto, sobre todo teniendo en cuenta que también le habían pedido que redactara una contabilidad en escritura hierática, especie de abreviación de los jeroglíficos que permitía escribirlos muy rápidamente.

Tutankatón se levantó furioso.

-Nadie me lo ha enseñado. Estas preguntas son injustas. Estoy harto.

Con gran indignación de los escribas, el príncipe arrojó paleta, cálamo y pocillo de agua. Salió corriendo del despacho de los examinadores y se dirigió a una glorieta donde pensaba refugiarse, lejos de sus verdugos. Se quedó inmóvil en el umbral, con los ojos desorbitados por la sorpresa. Un hombre estaba esperándole.

-¡Huy! -exclamó-. ¡Huy, estás aquí! ¡Qué alegría!

-Siempre estaré a tu lado para protegerte -afirmó el alto funcionario que ostentaba los títulos de porta-abanico del rey, intendente de los países del oro, intendente del ganado en Nubia y caballero distinguido por su bravura.

Rudo, tosco, acostumbrado a la disciplina militar y a las expediciones por el gran Sur, Huy pasaba la mayor parte de su tiempo entre los negros, en las lejanas provincias nubias. Sabía manejar a aquellos hombres, hablaba su dialecto y conocía sus costumbres. Ellos le respetaban por su innato sentido de la justicia y su rectitud. Huy era, en verdad, implacable cuando se trataba de aplicar una orden del faraón, pero procuraba deliberar con los interesados y explicarles su fundamento.

-¿Te quedarás mucho tiempo?

-Lo ignoro -respondió Huy-. El faraón me ha llamado para que me encargue de la educación de los príncipes nubios que han sido traídos a la corte y que serán luego enviados a sus provincias para extender así nuestra civilización.

-¿Te quedarás, al menos, algunos meses?

-Claro, y tal vez más.

Olvidando la dignidad inherente a su persona, Tutankatón besó de nuevo a quien consideraba un mentor y, más aún, una especie de padre que le 22

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ofrecía una ternura que Amenofis III, de regreso ya a la divina luz de la que había brotado, no había podido prodigarle.

-¿No añoras demasiado Nubia?

-Un poco, lo confieso. Pero educar a los jóvenes nubios forma parte de mi misión. Son buenos chicos; hay que tratarlos con mano dura, pero vale la pena. Se convierten en excelentes guerreros y en administradores de una integridad intachable. También a ti te convertiré en un hombre, príncipe Tutankatón.

El muchacho hizo una mueca de malhumor.

-No me gusta este lugar. Prefería Tebas.

-Encuentra la felicidad donde el faraón, nuestro señor, te ha colocado.

Ésa es la sabiduría. ¿Por qué llevas las ropas desordenadas? ¿Por qué están tus manos manchadas de tinta roja?

Tutankatón inclinó la cabeza.

-Los escribas me han sometido a un examen. A un examen inútil e injusto.