La Sombra de Hitchcock por Salvador Sáinz - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

La Sombra de Hitchcock

 

 

 

Noche, 1 de agosto de 1987

 

Unas manos temblorosas con un cuidado extremo recogen tímidamente un cartucho de video. Parece que temiera que se fuera a romper como una exquisita muñeca de porcelana importada, cuya fragilidad fuera propensa a convertirse en añicos a la menor manipulación.

Por la ranura de un aparato de video se introduce la cinta y los dedos de la mano temblorosa comienzan a manipular los mandos para poner en marcha la sucesión de imágenes que unos ojos ansiosos desean contemplar.

La sala está a oscuras. Sólo el tenue resplandor de la luna penetra a través de los cristales iluminando una estancia cuidada hasta el menor detalle. Los compases de Bernard Herrmann rompen el silencio de la noche. Suena la partitura de la obertura de Psicosis, la inmortal obra maestra de Alfred Hitchcock, y los títulos de crédito van desfilando por la pantalla del televisor.

El hombre de las manos temblorosas se acomoda en un cercano sofá esperando la aparición de las imágenes que ansía ver de inmediato. Está impaciente. La fulgurante luz emitida por el televisor deja ver claramente una decoración mitómana en la estancia en la cual tiene lugar la emisión. Posters de Alfred Hitchcock con su oronda figura preside la habitación acompañado de carteles de sus inmortales obras y de los actores que la protagonizaron: Anthony Perkins, Janet Leigh, Charles Laughton, Ray Milland, Grace Kelly, Cary Grant, Ingrid Bergman, Gregory Peck y demás rostros entrañables para aquellos espectadores que aman el cine. Efectivamente, estamos en la solitaria cabaña de un hombre que es un cinéfilo hasta la médula. Pero sobretodo admira la labor del maestro inglés creador de las mejores imágenes de suspenso a lo largo de la historia.

El propietario de la cabaña exquisitamente cuidada es aún joven. Su rostro es de un color pálido, muy claro, con una mirada aún más clara que esconde tras unas gafas de miope. Es alto, corpulento, pelo muy oscuro, pero su carácter es introvertido y sensible.

Muy acomodado dirige su azul mirada hacia la pantalla del televisor. En ella aparece una escena íntima. Los actores son John Gavin y Janet Leigh quién lleva una combinación de seda negra que realza sus bellas formas. El espectador se siente fascinado por aquella belleza rubia, espigada y de simpática sonrisa. La música de Bernard Herrmann le ha puesto en situación y la maestría hitchconiana le ha sumergido en un mundo en el que la sorpresa aparece tras lo inesperado. Se está produciendo algo mágico y maravilloso. La comunicación entre un creador de imágenes y un espectador.

La película estimula los sentidos del hombre de piel clara y ojos azules que participa activamente de las sensaciones que emanan de la maestra realización de Hitchcock. Es el mundo del cine y la leyenda de sus mitos.

 

 

Mañana, 3 de agosto de 1987

 

Un maquillador huraño y malhumorado está dando los últimos retoques al rostro brutal de un actor carcomido por el paso de los años. Erich Oswald, como se apoda, es un hombre que antaño fue campeón olímpico en la modalidad de boxeo. Su musculatura ha ido desapareciendo tras una fatigosa vida en continua tensión, luchas, trabajos que superaban sus fuerzas que él creía ilimitadas. Pero el tiempo no perdona a nadie y menos a quién no ha sabido vivir de acuerdo con la naturaleza.

Erich Oswald es un pseudónimo tras el cual se esconde un nombre vulgar e insignificante, Luis Domingo, cuya impersonalidad motivó su abandono y sustitución por otro que tuviera caracteres más cosmopolitas.

Bastante fatuo, excesivamente seguro de sí mismo, Erich está ufano e impaciente por la secuencia que espera rodar inmediatamente. El maquillador está colocando un aplique que disimule su nada fotogénica calvicie y dé aún más seguridad al orgulloso actor, quién escondiendo su decrépito cuerpo con un albornoz azul marino se regodea en la agradable experiencia que le espera.

- Date prisa -dice con cierta sorna- que la moza espera.

Francisco Iglesias, el maquillador huraño, masculla palabrotas entre dientes que Erich no comprende.

- Procura que no se me vea ninguna arruga -prosigue Erich chulonamente- que debo deslumbrar a la inglesa y ver si después del rodaje me la puedo tirar, porque está......

- Siempre piensas en lo mismo -carraspea el maquillador mientras que da los últimos toques al aplique.

Erich hace como quién no le oye. Iglesias es un excelente profesional pese a su pésimo carácter y no desea predisponerle en su contra. Lo necesita mucho porque sus hábiles manos son capaces de las mayores maravillas.

Un joven amariconado, Esteban Peláez, aparece en la sala de maquillaje. Es el ayudante de dirección de la película que dirige el propio Erich quién viene para informar a su jefe de la labor que acaba de efectuar en el plató.

- Todo está a punto -dice con su vocecita nada viril. Francisco arquea la ceja con evidente desagrado. Le molesta la presencia de un personaje tan petulante y cretino como es el ayudante de dirección.

- Perfecto -contesta Erich-, pronto iré para allá.

Esteban se da media vuelta y se dirige al plató. Francisco termina su trabajo. Su malhumor se ha acrecentado con la presencia de Esteban y no más irse le maldice.

- ¡Maricones! ¡puafffff! -grita despectivamente. Erich se ríe:

- Tienes demasiado malhumor, Francisco, y no deberías tomarte las cosas así tan a la tremenda.

- Esos maricones me revientan -refunfuña el maquillador- y ese aún más. Es intrigante, pelota, pedante y engreído... Su presencia me parece inaguantable.

Erich lanza una mirada furtiva al indignado maquillador. Esboza una sonrisa divertida y seguidamente se levanta.

- Te lo digo y te lo repito. No te tomes las cosas de esta manera ......

Se encamina al plató dejando solo al maquillador que continúa enfadado. No más irse el jefe, escupe indignado al suelo.

- ¡Degenerados! -haciendo un gesto de nausea comienza a trabajar en uno de sus maquillajes. Sus manos ya ancianas tienen una destreza muy especial y su competencia profesional es indiscutible. Hombre de corta estatura, pelo canoso, bigote también blanquecino, sigue mascullando palabrotas mientras con una mano agarra un pestilente habano cuyo aroma se hace sentir desagradablemente hasta un kilómetro de distancia.

 

 

Tarde, 3 de octubre de 1976

 

En el engalanado cine El Retiro de Sitges tiene lugar el IX Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror. En la primera sesión de la tarde se está proyectando una película que el escaso público asistente acoge con verdadero cachondeo. Una música estridente, con aires circenses, acompaña a un trío de lugareños armados con escopetas de perdigones. La cámara se desplaza rápidamente hacia la izquierda y aparece en cuadro un extraño fantoche. Zoom. El fantoche aparece ya encuadrado en un primer plano lanzando un grito terrorífico.

- ¡Aurghhhhhh! -grita el fantoche desde la pantalla.

El público estalla en carcajadas. En el palco de honor un anciano está contemplando el espectáculo. Es un gentleman característicamente británico de muy corta estatura, pelo ya blanco, nariz aguileña, ojos saltones y sonrisa grata. Lleva gafas con una montura gruesa y muy negra. Sus años le obligan a llevar bastón porque camina con mucha dificultad y se siente cansado y enfermo. En su madurez fue uno de los mejores, sino el mejor, realizador de cine fantástico. Autor de películas inolvidables como Drácula, Curse of the Werewolf, Drácula, príncipe de las tinieblas, La momia, La Gorgona y una serie sobre el doctor Frankenstein que protagonizara Peter Cushing. Terence Fisher es el nombre de este caballero inglés quién oficiando de Presidente del Jurado Internacional se había dormido en la butaca. La película no le interesaba en absoluto ya que para él carecía de valores cinematográficos. El público se tomaba a broma la proyección. Sus carcajadas despiertan bruscamente al fatigado Presidente del Jurado, quién se queda perplejo por la escasa calidad de la película que se está proyectando.

What it this! -dice para sí- Is awful!

Un contraplano de la película muestra a los lugareños asustados por el grotesco fantoche que se les ha aparecido en un cementerio de cartón piedra. Tienen que defenderse y todos a la vez disparan contra el imposible espectro de las tinieblas. Sus cartuchos ni siquiera le causan un simple rasguño. Aquel espantoso ser emite un estridente aullido.

- ¡Auuuuhhhhhhh! -aúlla agudamente, mientras un tatachín de música de archivo subraya la acción. Las carcajadas del público arrecian. El grotesco fantoche está encarnado por Erich Oswald en la plenitud de sus fuerzas físicas. Aquí es un hombre joven, alrededor de los treinta y pico de años. Su fortaleza está aún entera pero su físico resulta escasamente fotogénico. No está a la altura de lo que pretende ser y al carecer de convicción cae en el ridículo más absoluto.

- My God! -exclama atónito Terence Fisher.

El fantoche se abalanza sobre un lugareño y le destroza sin piedad. Sus dos compañeros no se inmutan. No tratan de huir, ni de abalanzarse contra la criatura espectral. Se quedan ahí quietos mientras el monstruo de opereta destroza a su compañero, quién una vez asesinado se queda tumbado en el suelo con una gran porción de salsa de tomate desparramada a su alrededor. Aquel grotesco fantoche se pone de pie y ataca a un segundo lugareño, destrozándolo como al anterior, mientras el tercero se queda allí de pie mirando como un idiota sin hacer nada para huir o defenderse.

Las carcajadas del público llegan a su delirio. Terence Fisher se siente ofendido por aquel espectáculo. Hace un gran esfuerzo para ponerse de pie y ayudado por su bastón abandona discretamente la sala. Se siente apenado por aquel bodrio que degrada un tipo de cine que él sublimó con sus obras. Caminando no sin dificultad debida a una enfermedad senil, se dirige hacia la puerta del cine El Retiro para dirigirse a la cafetería y esperar ahí la próxima proyección.

El público ríe y ríe. Aquel fantoche ya está destrozando al tercer lugareño de la película. Una chirriante musiquita acentúa el carácter grotesco de una obra que jamás debería haberse producido.

 

 

Mañana, 3 de agosto de 1987

 

Unos jadeos entrecortados y escasamente convincentes resuenan entre las cuatro paredes del plató. Erich Oswald está sobre un lecho barroco sito en una cámara roja de rebuscada ornamentación, en la cual diversos elementos eróticos dan una nota morbosa que acentúan un aire malsano que condiciona el ambiente.

El equipo cinematográfico está pendiente de la interpretación de los actores, simulando un coito ante una Arriflex a la que se le ha colocado un objetivo 25. El cámara observa por el visor los acontecimientos que se filman. Esteban, el ayudante de dirección, se siente a disgusto con la escena que le está poniendo nervioso.

La actriz es muy bonita. Pelo castaño, rostro de muñeca de porcelana, es inglesa y no se siente a gusto con lo que se está rodando. El cuerpo del actor le causa repulsión, repulsión que intenta disimular como puede aunque le cuesta un evidente esfuerzo.

Esteban corta el rodaje, según sus instrucciones.

- ¡Ya! -grita con su amariconada voz. El rodaje se para de inmediato. La actriz inglesa se separa apresuradamente del cuerpo de su compañero con evidente nausea. Erich observa al cámara.

- ¿Ha salido bien? -pregunta con cierta sorna.

- Hay que repetir -responde el cámara con escasa sinceridad. Una mirada de complicidad se intercambian ambos compinches. La actriz inglesa está desesperada.

- Oh, my God!. This is the seventh time! -exclama indignada. El cámara se encoge de hombros. Erich la interpela bruscamente.

- Aquí yo soy el director y tú haces lo que yo te diga. ¿Está claro? Somos profesionales y aquí venimos a trabajar. ¿Está todo a punto? -le dice al cámara quién le mira conteniéndose l a risa.

- Un momento, jefe, estoy cambiando el chasis -responde.

Erich agarra a la actriz inglesa y la arrastra hacia sí. La pone en posición, como si la estuviera haciendo el amor. Ella se siente molesta. El director sonríe mezquinamente.

- Así es, golfa, éste es tu sitio -le susurra impertinente al oído. La actriz está abochornada.

El foquista trae un chasis nuevo para colocar en la Arriflex. Por lo bajo intercambia unas palabras con su superior el cámara, mientras realiza su trabajo.

- La escena ha salido bien ¿por qué la repetimos? -pregunta ingenuamente.

-Son órdenes del jefe... se está cepillando a la inglesa.

Juanito, el foquista, comprende.

- Entonces ¿por qué no se la cepilla fuera del plató y no nos hace perder el tiempo de esta manera?

- ¡Cállate! -ordena bruscamente el cámara. El foquista se calla. Ahí está para obedecer y nada puede hacer al respecto. Se limita a medir las distancias entre los actores y el objetivo.

 

En el exterior del plató, un grupo de jovencitos manipulan una máquina de 16 milímetros. Son estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Información, rama de Imagen, quienes se ganan unas pesetas filmando un documental sobre el rodaje.

- Este hombre es un cerdo... Lo que le está haciendo a la inglesa me parece alucinante.

Una chiquita menudita es quién ha hecho este comentario. Aprende para script y está tomando notas sobre el material que están filmando. Un compañero la apoya.

- Pensar que Orson Welles se pasó años sin poder dirigir ninguna película... Luego vienen personas como esas para rodar esos subproductos alienantes y embrutecedores... El cine está cada vez peor... Me pregunto qué hacemos aquí filmando este documental para enseñar cine en las escuelas... ¡Qué risa!... Enseñar ¿qué?

- ¡Está claro!... Enseñar todo aquello que no se ha de hacer.... A su modo, ésta es una excelente escuela. Cuando te llegue tu hora, haces todo lo contrario y seguro que triunfas ¿verdad?

Todos se echan a reír. Esteban Peláez sale indignado, gritando como una furia.

- ¡Callaros!... ¡callaros todos! -grita amariconadamente-¡Esta es una película seria!

El ayudante de dirección vuelve a entrar en el plató. Los estudiantes de cine se quedan perplejos. No saben que hacer por contener la risa. Sus rostros se vuelven rojizos, por lo que deciden irse a otro lugar indicando sus intenciones con evidentes gestos.

Una vez lejos de aquel lugar estallan en irreprimibles carcajadas. Carcajadas que resuenan a lo largo del paisaje serrano en el cual tiene lugar el rodaje de la película.

 

- ¡Arghhh! -grita la actriz inglesa con evidente nausea. Erich le ha introducido la lengua en su boca. La chica de cara de muñeca de porcelana no puede soportar más aquella humillación. Estalla indignada por el abuso al cual es sometida.

- You are a pig! -exclama furiosa. Sale de la cama dirigiéndose hacia la puerta. La sastra Carmen Rovira le da una bata que la actriz se pone rápidamente saliendo de inmediato del plató. No más irse ella, tanto el director como el cámara estallan en carcajadas.

 

La inglesa sale hacia el exterior. Corre con su batín por la Sierra madrileña en un paisaje árido y duro sin apenas color. Se siente desesperada e indefensa. Los estudiantes corren hacia ella. La ven llorar desconsoladamente y uno la coge de la mano. Ella abre los ojos y su mirada se clava en la de los muchachos cineastas. Una corriente de comprensión y simpatía se intercambia entre todos ellos.

- No llores más.. Nosotros somos friends.. amigos... W’aren your friends!, OK? -le dicen tímidamente los estudiantes. La inglesa se siente consolada y les responde graciosamente con su bella y femenina voz.

- OK, my friends!

 

 

Mañana, 4 de octubre de 1976

 

Hace una soleada mañana en el hall del concurrido Hotel Calípolis donde se alojan los invitados al Festival de Sitges. En la barra de un elegante bar, Freddie Francis y Juan López Moctezuma discuten sobre las películas que han presentado a concurso. El primero, un gentleman muy británico, muy distinguido y elegante, es de finos modales aunque de carácter extremadamente seco, tal vez distante, mientras que el corpulento Moctezuma con su rostro típicamente azteca es más alegre y dicharachero.

Por allí deambulan a la caza de la noticia periodistas internacionales especializados en el género fantástico. Alain Schlockoff es el más célebre por dirigir la prestigiosa revista L’Ecran Fantastique quién discute con el director del Certamen la selección de películas. Éste es Antonio Ráfales, hombre extrovertido y dinámico, caracterizado por su espeso bigote y su elevado tono de voz. Su hombre de confianza, Fernando Montejano, es además el public relations del Festival. Su poderosa humanidad se impone y su alegre carácter seduce a los presentes.

Terence Fisher está sentado en una butaca del hall. Unos jóvenes reporteros le están haciendo una entrevista. Se trata de un grupo de amigos asiduos al Festival de Sitges por su adición al género fantástico por el cual sienten un profundo amor. Fisher es para ellos una leyenda viviente del cine. La oportunidad que disfrutan en aquellos mágicos instantes es irrepetible.

- De mis películas, las que más me gustan -dice el maestro Fisher con su marcado acento británico- son Drácula y Curse of the Werewolf. La primera porque es una película compacta, la segunda porque es una historia de amor.

Fisher habla de sus películas ante un auditorio que le mira embobado. El realizador inglés les ha hecho pasar muy buenos ratos en las salas cinematográficas. Ahora ya no tiene edad para dirigir más y está retirado de la profesión a la que ha pertenecido desde muy niño. Trabajó duro y fue subiendo el escalafón profesional peldaño a peldaño. En su momento llegó a la realización y consiguió excelentes muestras del género.

- Christopher Lee -prosigue Fisher- fue un soberbio Drácula, mejor que Bela Lugosi. Éste no tenía sex appeal, pero en cambio Lee tenía un gran atractivo sexual. Lugosi era todo melodrama, Lee era todo verdad. El mal tiene siempre su atractivo y Lee supo comunicarlo al espectador.

Los jóvenes aficionados le miran con gran atención. Uno de ellos es andaluz, se llama Angel y viene con su novia Palma, chica atractiva de tez morena, que se dedica a hacer fotografías de la entrevista. Los otros dos amigos de Angel son catalanes. Uno es muy alto y delgado, cara muy pálida y rostro anguloso, quién da bocanadas a su pipa y reflexiona sobre las palabras del maestro Fisher. Su nombre es Narciso. El otro es también muy alto, pero de complexión robusta y corpulento. Sus ojos azules, escondidos tras unas gafas de miopía, observan fijamente al maestro Fisher. Se llama Pedro Rius, es prácticamente quién lleva la entrevista porque colabora asiduamente en revistas cinematográficas y ya está más profesionalizado.

Fuera del hall hay una sala de estar mas pequeña y reservada. En ella tiene lugar una exposición dedicada al comic en la que figuran dibujos de Pepe González, Enric Sió, Esteban Maroto, Luis Ortiz, Fernando Fernández y otros dibujantes españoles de fama mundial. Allí está el actor Erich Oswald, entonces más joven y más vivaz. Muy seguro de sí mismo, con exceso quizá, camina orgullosamente por la salita mientras observa los dibujos allí expuestos.

Un par de niños que aún llevan pantalón corto se le acercan tímidamente... No saben que decir para romper el hielo y entablar conversación con un actor al que tanto admiran.

- ¿Me firma un autógrafo? -dice uno de ellos mostrándole una tarjeta del Festival. Erich la coge y estampa ahí su firma, no sin antes hacer una pregunta rutinaria.

- ¿Cómo te llamas? -pregunta con su voz de tonalidad grave que parece retumbar en las cuatro paredes de la salita.

- Yo me llamo Javier -responde el niño con timidez-.... A mí me gusta mucho el cine ¿sabe?... ¡Y veo sus películas!.. No sabe lo mucho que me gustan.

Erich acoge orgullosamente los cumplidos de aquellos chavales timoratos y sensibles. Hasta que uno de ellos deja escapar una frase.

- Mi amigo y yo hemos rodado un corto amateur en súper 8 -dice con voz entrecortada por la emoción. Erich se encoleriza súbitamente dejando a los dos niños perplejos.

- ¡Muy mal hecho! -grita inesperadamente. Los dos niños le miran con verdadera sorpresa.

- Pero ¿por qué?... Sólo es una peliculita en súper 8 -le dicen asustados.

- ¡Ni aún así! -sentencia gritando- ¡Vosotros no tenéis por qué hacer cine!... Debéis dedicaros al estudio y a la erudición...

Erich entrega la tarjeta a los dos niños cuyos rostros se han quedado pálidos como una hoja de papel. El irascible actor se marcha enfurruñando dejándoles solos y asustados. Los dos amigos se miran entre sí con verdadero estupor.

 

 

Tarde, 3 de agosto de 1987

 

Stella Hyde, la bella actriz británica con rostro de muñeca de porcelana, está sumamente irritada y muestra su enojo ante el productor de la película que rueda a las órdenes de Erich Oswald.

- Esto no me ha pasado nunca -grita enojada ante la mirada helada de un orondo y menudo personaje que no sabe que cartas jugar en el conflicto.

- Llevo diez años en la profesión -continúa la irritada actriz- y he trabajado con realizadores importantes... Empecé en la Hammer con una película de Drácula con Christopher Lee, trabajé con Ray Harryhausen en una aventura de Simbad y fui una Bond girl. En ningún sitio se me ha humillado de forma tan asquerosa....

El productor se siente molesto por el comentario de la irascible estrella quién, indignada, rompe su imagen de muñeca frágil que su bello físico inspira en sus admiradores.

- No será para tanto -replica el orondo productor con su voz de pito.

- ¿Que no será para tanto? -grita aún más enojada Stella-. ¿Cómo puede decir esto?. Ese hombre es un cerdo, huele como una mofeta y me ha hecho repetir innecesariamente las escenas íntimas de esa pretendida película que estamos rodando... Además, por si fuera poco, ha osado meterme su repulsiva lengua en mi boca.....

- ¡Santo Cristo! -exclama escandalizado el orondo productor, mirando atónito a la esbelta actriz.

- .... ¡Yo soy una actriz, no una prostituta! -Stella finaliza irritada toda su serie de quejas. El productor silencioso medita y tras una pausa adopta una sucesión.

- No te preocupes, Stella, voy a tomar cartas en el asunto. No voy a permitir que se trate así a una señorita de su categoría. Esto es el cine, es una película, no un burdel de ambiente sórdido para que se refocile ese sinvergüenza cuyos caprichos ya me están hartando y amargando este rodaje.

Stella Hyde, al oír estas palabras del productor, se siente más segura de sí misma y lanza un respiro de alivio. No más irse del despacho del productor, éste, quedándose sólo y pensativo medita ante la dificil papeleta que tiene entre manos.

- Y ahora ¿quién le pone el cascabel al gato?

La idea de enfrentarse a los músculos de Erich Oswald le perturban. Un hombre tan irascible, de tan mal carácter y fuerte complexión muscular no es un buen adversario para un enfrentamiento. Pero, piensa por otro lado, una dama es una dama y no es de caballeros tratarla de una forma tan poco decorosa como lo ha hecho el personaje que le está llevando por la calle de la amargura. Decide armarse de valor y proceder con contundencia...

 

- ¿Que yo he abusado de ella? -pregunta indignado Erich Oswald. El menudo productor está aterrado, cuando el musculoso director levanta su potente voz. Con su vocecita de pito trata de imponérsele como puede.

- Pero hombreeee... Las cosas las has llevado un poco lejos.. Bien está que saquemos chiquitas en porretas para vender la película, pero hacerla repetir ocho veces las escenas eróticas son una pasada, digo yo.

- ¡Claro!... Es que salieron desenfocadas.

- ¿Desenfocadas?... ¿Acaso te crees que soy gilipollas? Todas las escenas de esta pretendida película se rodaron a la primera o segunda toma como es habitual... Solo las escenitas esas salen desenfocadas y por ello se tienen que repetir ocho veces. O sea que ya es demasiada casualidad. Una de dos: o me estás tomando el pelo o tu equipo de cámara es de una inepcia proverbial. En tal caso ya les estás buscando sustitutos ahora mismo porque no pueden desperdiciar un material virgen que me está costando sus buenos cuartos.

- ¿Despedirlos? -grita desesperado Erich- ¡No les puedo despedir en pleno rodaje!... ¿Dónde encontraría unos técnicos de su categoría en esos momentos?... ¡Todos están ocupados en otras películas!.. Y los demás son demasiado caros para nosotros.

- En primer lugar si son tan buenos ¿cómo es que desenfocan en las escenas eróticas?... ¿Acaso no son profesionales?.. Pues que enfoquen bien o les echo a la calle sin contemplaciones.. Y en cuanto a los metros de cinta virgen gastados de más le dices a Flor Abad, la script, que me pase las hojas de rodaje... Averiguaré cuantos son los metros que se han desperdiciado por tan oportuno desenfoque y os los voy a descontar de vuestros sueldos.

- ¡No puedes hacernos esto! -grita encolerizado Erich. El timorato productor, ya envalentonado apostilla:

- ¡Sí que puedo!

Tras decir esto se da media vuelta y se va. Erich Oswald se queda sólo con sus resentimientos que tienen por escenario el plató vacío tras el rodaje. Mira el material que los técnicos han recogido en espera del rodaje para el día siguiente... Frustrado, amargado y totalmente cabreado masculla palabrotas de rabia.

- ¡Hija de puta!... Eso me lo pagarás caro.

Su cerebro comienza a maquinar probables medios para vengarse de Stella... Duda... Recapacita... Finalmente sonríe malévolamente pues mentalmente ya ha encontrado la manera adecuada de dar rienda suelta a sus instintos revanchistas....

 

 

Mañana, 4 de agosto 1987

 

Francisco Iglesias está dando los últimos retoques en el bello rostro de Stella Hyde. La actriz tiene el rostro descompuesto por la inquietud y el desagrado. El anciano maquillador fuma como una chimenea y el humo de su habano molesta ostensiblemente a la desesperada muñeca de porcelana, quién tose al absorber sus fosas nasales el nada agradable aroma del tabaco. Francisco al darse cuenta de que molesta, se excusa y se apresura a alejar rápidamente el poco aromático habano.

- Lo siento, Stella -dice avergonzado.

Stella sonríe para no darle importancia.

- No es ésto lo que más me molesta de este rodaje -replica con un dulce gesto de comprensión.

El veterano maquillador comprende.

- Desde luego yo también tengo ganas de que se termine.... Hacía tiempo que no he vivido uno igual... Este ambiente es desagradable -gruñe desesperado el veterano maquillador-.... Ese mariconcito del ayudante de dirección, la inquisitiva script, la retorcida sastra, ese jefe de prensa tan subnormal y, por si fuera poco, los aires de prima donna de la estrella de esa cosa que pretende dirigir y protagonizar esta absurda película... Llevo años en la profesión y nunca he visto nada peor...

- Francisco..

- ¿Si, mi amor? -pregunta el anciano maquillador.

La actriz esboza una complaciente sonrisa por el piropo de su otoñal galán.

- ¿Tienen mucho éxito las películas de Erich Oswald en España?

El maquillador se calla... No sabe cómo responder, se lo piensa con detalle y busca en su mente una respuesta ingeniosa a la pregunta de la actriz.

- ¿Éxito las películas de Erich Oswald?... ¡Hum!.. En el salón de su casa, en la pantalla de video de su televisor y cuando él es el único espectador, sí que tienen mucho éxito.

- ¿Cómo dices?.. -Stella se ha quedado sorprendida, no tarda en captar la gracia de su maquillador. Estalla en una sonada carcajada que resuena en todo el plató... Al otro lado de la puerta está el ayudante de dirección que ha venido para avisarla. Escucha atentamente todo lo que se ha dicho hasta el menor detalle....

 

En la Sierra madrileña todo el equipo está ya preparado... Erich Oswald da instrucciones al cámara y a un actor que lleva en sus manos una máscara y una sierra mecánica. La máscara es de goma, mal cortada, para cubrir torpemente el rostro de un voluminoso cuerpo que recuerda al Leatherface de La matanza de Texas.

Los estudiantes de cine que realizan un documental sobre el rodaje contienen como pueden la risa por los comentarios de tan creído realizador. El jefe de prensa, Carlos Azcárate, es un personaje de aspecto afeminado, voz finita y frente despejada en un cabezón de grandes proporciones que recuerda a los de los negros africanos pertenecientes a la tribu de los cafres. Carlos, muy engreído, trata de atajar las risitas de sus compañeros de rodaje.

- A ver si os calláis de una vez o se lo digo al jefe para que os eche de la película -grita con su finita voz.

- ¡Cállate tú, mariquita! -le responden los estudiantes.

El jefe de prensa comienza a hacer aspavientos de folklórica mal educada.

- ¿Mariquita yo? para que lo sepáis yo me codeo con la flor y nata de la crítica cinematográfica española.

Ante tal comentario, los estudiantes se echan a reír estrepitosamente... Erich Oswald les echa una mirada de reprobación y todos se callan atemorizados.

 

 

Mañana, 8 de octubre de 1984

 

El cine El Retiro de Sitges está casi vacío en la primera sesión matinal del día... Estamos ya en el XVII Festival Internacional de Cinéma Fantàstic de Sitges. En estos momentos están programando una película de nacionalidad soviética titulada Stalker que dirigió en 1979 Andrei Tarkovski. La proyección es larga, muy larga. En la pantalla aparecen unos individuos que viajan en una vagoneta por la via ferroviaria. Viajan, viajan y viajan.

Hay muy pocos espectadores en la sala... Una pareja solitaria, que se había metido en el cine ignorando el contenido de la película, está muy decepcionada.

- ¡Vámonos! ¡Esto es un rollo! -dice la novia.

- ¿Y qué importa la película? ¿Por qué no nos quedamos para hacer manitas? -replica el novio. Ella asiente y le susurra al oído:

- ¡Vale!

En las primeras filas hay otros espectadores. Los únicos exceptuando a los novios..... Son un grupo de críticos de cine que están durmiendo a pierna suelta. Sus ronquidos suenan a veces mucho más fuerte que el sonido de la película. Entre los adormilados espectadores está Carlos Azcárate, sumido en el más espeso de los sueños. El tiempo pasa y pasa. La larga proyección finaliza y las luces se encienden..... La pareja de novios se queda sorprendida.

- ¡Las luces! -exclama la novia que estaba morreándose con su acompañante.

La pareja trata de recomponer su compostura y se aleja disimuladamente del local. En las primeras filas, los críticos, siguen durmiendo a pierna suelta... Unos acomodadores, visiblemente disgustados al verles dormir acuden para despertarles... Zarandean fuertemente a los críticos que retornan súbitamente del país de los sueños.

- ¿Eh? ¿qué? -se pregunta Carlos, desperezándose.

Todos se dan cuenta de que están en una sala de proyección y de que han estado todo el rato durmiendo como marmotas. Se miran entre sí. Todos son críticos ilustres que escriben en revistas intelectualizadas y muy cultas. Al intercambiar sus miradas, se preguntan:

- ¿Qué os ha parecido la película? -pregunta Carlos con verdadero interés.

- ¡Genial! -dice un crítico.

- ¡Una obra maestra! -dice otro.

Todos juntos se van de la sala lanzando piropos al film que acaban de proyectar.

Uno de ellos comenta con gran agudeza intelectual los símbolos subyacentes en el discurso narrativo de Stalker.

- La paráfisis del conjunto que nos muestra una sociedad subdividida en estratos policlínicos -teoriza el más enterado de todos, mientras el resto le sigue con gran interés sus palabras.

- ¡Qué interesante! -comenta Carlos. El enterado sigue pontificando según su costumbre.

- Tarkovski profundiza en los entresijos de una trama sólida que nos envuelve en un manto seductor y nos revela todos los misterios ambivalentes de nuestra sociedad.

Muy convencidos de sus teorías, salen todos a la calle dejando a los acomodadores mirándose sorprendidos entre sí.

- Esos memos no se enteran de nada -dice uno.

- ¡Déjalos!.. Los pobrecitos no saben lo que dicen.

Resignados, comienzan su trabajo para dejar presentable la sala para la próxima sesión.

Los críticos se cruzan en el Cap de la Vila con los escritores Pedro Rius y Julio Zúñiga, amigos inseparables y amantes del género fantástico.

Ambos grupos ni se miran siquiera, ignorándose mutuamente, siguiendo cada cual su camino.

- Esos pedantes me revientan -comenta Pedro- No dicen más que bobadas y encima pretenden pasar por unos intelectuales profundos....

- Creo que le das demasiada importancia a esa gente, Pedro -le responde Julio-. Deberías hacer como yo, jamás les leo y paso de ellos olímpicamente. Así me ahorro problemas y quebraderos de cabeza... Lo mejor es dedicar tu tiempo sólo a la buena literatura y a las buenas películas....

- Tal vez tengas razón, Julio.

Ambos amigos siguen su caminata olvidándose del tema inmediatamente.

 

 

Mañana, 4 de agosto de 1988

 

Esteban Peláez se acerca sonriente a su director Erich Oswald, quién sigue dando las oportunas instrucciones al equipo de cámara y al actor alto y corpulento de la máscara de goma. Erich al ver a su ayudante de dirección, le interroga:

- ¿Bien? ¿Qué te ha dicho la estrella? -pregunta con evidente sorna.

- Que ya está lista -responde Esteban, aunque quedando algo dubitativo. Erich nota ese gesto en su ayudante y se le acerca para averiguar los motivos de su preocupación.

- ¿Pasa algo? -le pregunta con curiosidad.

- Ahí arriba hacían comentarios muy despectivos sobre ti. El maquillador dice que tus películas sólo tienen éxito en el salón de tu casa, cuando las pasas en video y tú eres el único espectador... -le explica con sumo detalle su ayudante. Erich se irrita.

- ¿Cómo? ¿Eso dicen?.... ¡Los muy cerdos!... Ya les arreglaré yo las cuentas a esos pajarracos de mal agüero -comenta indignado.

Stella Hyde se acerca maquillada al plató... Su director la mira con sorna, motivando la turbación de la actriz que sin decir nada, con evidente frialdad, se dirige hacia el lugar que le corresponde. Muy profesional, sabe lo que tiene que hacer de antemano. Esteban se dirige hacia ella para darle las oportunas explicaciones de cómo se va a desarrollar la siguiente secuencia.

A una orden de Erich, el actor se coloca la máscara de goma, intentando recordar al Leatherface de La matanza de Texas aunque con la tosquedad propia de los films de Oswald. Todos los técnicos se colocan en sus puestos para iniciar ya el rodaje del siguiente plano. Todo está ya a punto. El actor pone en marcha la sierra mecánica cuyo estruendoso ruido irrita los oídos de los cineastas que tratan de ignorar como pueden para realizar correctamente su trabajo. Erich no tarda en gritar:

- ¡Acción!

Al ruido de la sierra mecánica, se le suma el del motor de la cámara cinematográfica. en la ficción El asesino de la máscara amenaza con la sierra a la guapa joven con cara de muñeca de porcelana. La actriz esboza una expresión de horror ante el peligro que se le avecina. El director no se siente satisfecho.

- ¡Corten! -grita airado.

El rodaje se paraliza de inmediato. Erich, irritado, se acerca a la actriz.

- ¡No vale!... ¡Has puesto muy poco sentimiento!... ¡Debes gritar horrorizada!.. ¡Has de sentir cómo si te helara la sangre ante la amenaza de una muerte inminente! -grita autoritariamente.

- I’m sorry! -responde la estrella.

- ¡Empecemos de nuevo! ¡Todos a su sitio! ¡Preparados! -vocifera el irascible Erich. El actor vuelve a poner en marcha la sierra mecánica cuyo ruido molesta a todo el equipo. Todos se preparan para rodar de inmediato: Flor Abad, la script, se apresura en apuntar los metros malgastados en la primera toma y el auxiliar de eléctricos pone la claqueta ante el objetivo para facilitar el posterior montaje de la película. El cámara rueda unos pocos centímetros con la claqueta y ya está listo para reiniciar el rodaje.

- ¿Listos? ¡Ya! -grita el director. Inmediatamente el asesino de la máscara ataca a la bella muñeca de porcelana. Esta vez la actriz está más centrada y adquiere una expresión de horror mucho más convincente. El asesino se le va acercando, amenazándola con la sierra mecánica.. Alrededor de la chica hay varios árboles... Retrocediendo de espaldas se coloca detrás de unas ramas... El asesino las corta con la sierra para facilitar el acceso al cuerpo de su víctima. Pero al cortar las ramas, la actriz descubre horrorizada que ¡la sierra no está trucada!... ¡Se la está amenazando con una sierra mecánica auténtica!.

Varios miembros del equipo se sienten inquietos al descubrir que alguien había cambiado la sierra trucada por la auténtica. Se les hiela la sangre no más pensar lo que le puede ocurrir a la joven actriz si los metálicos dientes hirieran su bella y aterciopelada piel.

En cambio, Erich Oswald y su ayudante Esteban Peláez se sentían muy satisfechos pues sabían que el sufrimiento que expresaba Stella Hyde era auténtico y no pertenecía a la ficción cinematográfica. Ellos habían cambiado deliberadamente la sierra trucada por la auténtica como represalia por las quejas de la actriz sobre su actitud. Sentían gran satisfacción al observar detenidamente la expresión de horror de Stella al comprobar que aquellos metálicos dientes podían desgarrar aquella piel tan deseada.

Uno de los jóvenes estudiantes de cine sale angustiado del lugar de rodaje. La sierra trucada debía estar en algún sitio. Era necesario encontrarla.

El actor que interpretaba al asesino enmascarado seguía amenazando a la bella actriz, quién no se había repuesto aún de la sorpresa al comprobar que la estaban atacando de verdad.

- ¡Corten! -grita divertido Erich- ¿La toma es buena?

El cámara asiente.

- Bueno, pasemos al contraplano. Debemos filmar ahora al asesino de cara y a la chica de espaldas.

El aprendiz de cineasta aparece con la sierra mecánica trucada. Tanto Erich como Carlos y Esteban le miran con evidente disgusto.

- ¡Aquí está la sierra trucada! -dice ingenuamente el muchacho.

- Sierra trucada ¿para qué? -pregunta el amariconado Esteban.

- No es necesario que la chica sufra -argumenta el joven.

- Pero ¿es que no te has dado cuenta de que hay racord? -sentencia Esteban con su amariconado tono- ¿Acaso no te han enseñado en el Taller de Cine que en dos planos contiguos no se pueden mostrar objetos distintos?. Si quieres convertirte en un profesional del cine debes saberlo.

- Exteriormente las sierras son iguales. Nadie notará la diferencia.

El muchacho prosigue con su ingenuidad. Carlos, le coge la sierra trucada y se dirige con ella hacia el actor enmascarado. Al acercarse a un pedrusco la deja caer, destrozándola.

- Se ha caido, lástima -Carlos habla en un tono suave, cínico, ante la complacencia de Erich y Esteban y del disgusto del resto del equipo.

- Stella es una profesional -argumenta Erich- y sabe a lo que se expone. Así es el mundo del cine. Yo ya tengo ochenta películas y veinticinco premios en Festivales de Cine. Tengo un prestigio y sé lo que me hago ¿entiendes?

El muchacho calla conteniéndose la rabia en su interior. Stella se le acerca y le besa en la mejilla agradeciéndole la nobleza de sus intenciones.

El cámara y sus ayudantes se están instalando en su nueva posición. Carmen Rovira, la sastra, mira con su sonrisa burlona al muchacho que se siente impotente ante la situación que se ha creado y que considera repugnante. Sus compañeros del documental miran furiosos a Carlos y no se esfuerzan en disimular una expresión de desprecio.

Ya todo el equipo está en sus nuevas posiciones. Todos están en su sitio para desempeñar su función en la escena que a continuación se va a rodar. Stella parece armarse de valor y los estudiantes de rabia y frustración. Muy altanero, Erich Oswald, les dirige unas palabras.

- ¡A vosotros me dirijo! -recalca con evidente chulería ante las miradas despectivas de sus alumnos-. Ahora veréis cómo trabaja un gran director.

La indignación está a punto de dar paso a las carcajadas ante tan estúpida sentencia. Pero no pueden manifestar sus sentimientos porque la situación de uno y de otros es muy diversa y en esta profesión, por desgracia, aún hay clases.

 

 

Noche, 9 de octubre  de 1976

 

La platea del cine El Retiro de Sitges se ha puesto sus mejores galas ya que se está clausurando el IX Festival de Cine Fantástico y de Terror de la Villa de Sitges. Todo el público luce sus mejores vestidos para observar la etiqueta impuesta por el Ministerio de Información y Turismo patrocinador del certamen cinematográfico. Banderas españolas, catalanas, americanas, rusas y de otros países dan color a ambos lados de la pantalla mientras que en la sala todavía iluminada, Fernando Montejano, orondo maestro de ceremonias, lee ante los micrófonos las decisiones del Jurado Internacional.

El presidente del jurado, Terence Fisher, está descontento. Se siente incómodo en aquel lugar y se prepara para soportar con británico estoicismo las latinas broncas por unas decisiones que considera no se deberían haber tomado.

Fernando Montejano va leyendo la lista de ganadores en cada apartado hasta llegar a la de mejor actor. Se queda helado al leer el nombre correspondiente. Frunce el entrecejo y armándose de valor pronuncia el nombre del afortunado.

- ¡Erich Oswald por Aullidos en la noche llena! -lee temiéndose lo peor.

Y lo peor acontece de inmediato pues el público ruge de indignación. Silbidos, pataleos, gritos de fuera, fuera y de tongo resuenan estrepitosamente en la sala. Erich Oswald entra en aquellos instantes y ni siquiera parpadea cuando el público le brinda semejante bronca. Sólo pronuncia una frase que devuelve con desprecio el desprecio que recibe en aquellos instantes:

- ¡Cómo me pitan esos cabrones!

 

 

Mañana, 4 de agosto de 1987

 

El equipo está en una pausa del rodaje. Es la hora de desayunar. En aquellos instantes se está haciendo patente la división existente en el seno del mismo porque comen en dos mesas distintas. En una está el bando de Erich Oswald, al que le acompañan todos sus compinches como el cámara Julius Osma, el jefe de prensa Carlos Azcárate, el ayudante de dirección Esteban Peláez, la sastra Carmen Rovira y Flor Abad la script. En la otra mesa está Stella Hyde junto a los muchachos del documental y el maquillador Francisco que huye de la ingrata compañía del ayudante de dirección que tan mal le cae. Refunfuñando siempre, en el fondo es un hombre de buen corazón y los estudiantes de cine le tienen simpatía.

Erich Oswald, quisquilloso e impertinente, siempre les está lanzando puyas a sus segregados colaboradores:

- ¡Os lo digo a vosotros! -les grita señalándoles-. Mi cine es muy importante y mi obra ha sido objeto de profundos estudios sociológicos. Aquí no hay sitio para la frustración, ni para la amargura, ni para las caras largas. Estamos realizando una obra importante que figurará en todas las Historias del Cine Fantástico.

Los muchachos ni le escuchan siquiera. Se lanzan entre sí miradas de complicidad. Parece que interiormente se están riendo de aquel personaje tan extraño. Uno comenta con sorna:

- Ya podría interpretar al hombre invisible.

- ¿Por qué? -le responde otro.

- Porque no le veríamos el pelo en todo el día -responde con fina ironía. Los muchachos irrumpen en carcajadas que mosquean aún más a Erich Oswald.

El foquista viene a desayunar tras haber dejado en sitio seguro el material antes filmado. Se sienta con los estudiantes ya que tampoco siente simpatía por el clan de Erich Oswald y mucho menos por el cámara Julius. Juanito, así se llama, se siente más próximo de los estudiantes de cine y de sus nuevas concepciones del arte cinematográfico.

- Habéis de saber -prosigue Erich en voz alta- que el teórico Gerard Lenne ha alabado de mis películas su peculiar puesta en escena, su primitivismo barroco. Llegó a decir que es más interesante estudiar la Historia de España a través de mis películas que a través de las de Carlos Saura. Dijo que mis monstruos son seres subversivos que simbolizan a los anarquistas que luchaban contra Franco.

Los muchachos estallan en sonoras carcajadas dada la gracia que les hace el speach que les está dedicando el director de la película. Stella Hyde no entiende muy bien el idioma y no sabe de qué va la fiesta, pero por la expresión de sus compañeros deduce que el jefe está diciendo muchas tonterías.

Erich Oswald, indignado por las carcajadas, golpea furiosamente la mesa asustando a los demás comensales quienes se quedan petrificados por la rabia del director. Se les ha quedado la cara más blanca que el papel. Erich lanza una gama de temibles alaridos que impresionan por su primitiva barbarie. Julius, que no tiene muchas ganas de soportar aquella desagradable escena, se excusa para ausentarse.

- Voy a coger el material para la próxima escena -dice temblorosamente y después hace mutis por el foro.

El cámara se dirige raudo al cuarto donde guarda el material ya rodado, almacenado para ser llevado al laboratorio una vez acabado el rodaje del día. Al encender la luz se lleva una gran sorpresa. Todo el material virgen ha sido sacado de sus latas y esparcidos por la habitación, velándolo e inutilizándolo. Aquello da la impresión de haber sido provocado ya que además, en una pared, encuentra una pintada con spray.

“Dejad en paz a Stella”

Julius se queda sorprendido y asustado. No sabe cómo reaccionar ante tal descubrimiento y se apresura de inmediato a dar parte del suceso al director de la película.

 

Han pasado unas horas desde que se descubrió el sabotaje a la película. Erich ha reunido de nuevo al equipo. Está sumamente indignado y decidido a rodar de nuevo la escena del ataque del enmascarado a la bella Stella.

- ¡Habéis sido vosotros! -grita maliciosamente al equipo-. Me habéis saboteado deliberadamente la película para vengaros... Queríais proteger a vuestra estrella, pero muchachos se os ha caido el pelo. Primero porque pagaréis de vuestro sueldo los perjuicios causados por vuestra miserable acción. Esa marranada os costará pasta gansa y se os acabarán las chulerías de una vez por todas. Aquí soy yo el jefe y se hará lo que yo os diga.

El actor enmascarado ha vuelto al plató para rodar su escena. Esteban ha tenido que volver a Madrid para recogerle de nuevo ya que se había marchado tras rodar su escena. Exhibe de nuevo la sierra mecánica con la que amenazaba a Stella en la ficción cinematográfica y en la realidad.

- ¡Además! -grita furiosamente Erich a los muchachos que cree autores del sabotaje-, por culpa vuestra Stella volverá a sufrir el rodaje de esta escena que tanto os impresiona.

Erich sonríe, en el fondo le divierte lo ocurrido porque le da la oportunidad de volver atormentar a la bella actriz y, al mismo tiempo, castigar a los elementos más rebeldes de su equipo. Esteban, satisfecho asimismo por los reveses que sufrirán sus enemigos en el rodaje, prepara con sumo cuidado la escena que se va a repetir. Se deleita imaginando el sufrimiento que de inmediato volverá a tener la actriz a la que tanto odia.

El actor enmascarado comprueba el correcto funcionamiento de la sierra mecánica. Tirando del cordel, el motor se pone en marcha provocando un estruendo ensordecedor. Pero al mismo tiempo aparece un espectacular humo que sale del motor. El actor se queda sorprendido por tan inesperada humareda.

- ¡Han echado azúcar al motor! -grita desesperadamente.

La humareda es impresionante y tanto Oswald como sus comparsas se llevan un gran disgusto.

- ¡Otro sabotaje! -grita Erich amenazando a los estudiantes. ¡Me lo pagaréis muy caro!

Los muchachos se han quedado de piedra, al igual que Stella, ya que para ellos aquello es una novedad y no comprenden bien lo que está ocurriendo en aquellos instantes. Un fenomenal escándalo se ha formado en el plató.

El actor enmascarado corre asustado. Ni se le ocurre soltar la sierra mecánica que despide un espeso humo negro y emite un desagradable olor a quemado. Aquello más que una película de terror parecía una comedia de Mac Sennett. Lo trágico se convierte en grotesco y lo dramático en hilarante en cuestión de unos instantes.

A lo lejos, un hombre alto, cubierto con una gabardina blanca y vistiendo en su interior un traje negro les observa muy divertido. Su ropa no está acorde con la estación veraniega ni con el sofocante calor de la Sierra madrileña.

Aquel enigmático personaje cubre su cabeza con un sombrero de color claro y oculta su rostro con una capucha negra. Sus manos llevan guantes de cuero, también negros. En una mano lleva la bolsa con el spray utilizado para redactar su amenaza y el resto del azúcar utilizado para el sabotaje de la sierra. Muy misterioso, arroja la bolsa y se aleja de aquel lugar lo más rápido posible.

 

Es ya de noche. Stella regresa al hotel fatigada por el stress y la sucesión de incidentes acontecidos a lo largo del rodaje. Muchas emociones en un solo día. Al llegar a su habitación se encuentra una nueva sorpresa. En su mesita de noche alguien ha depositado un ramo de violetas. Le sorprende ese detalle de algún admirador. Busca entre las flores el indicio que pueda aclarar la identidad de quién le haya hecho tal gentil regalo. Sólo encuentra una tarjeta que dice “I love you”. Nada más, ningún nombre.

Extrañada telefonea a recepción:

- ¿Recepción?... Soy Stella Hyde. Al volver me he encontrado con un ramo de violetas. en la tarjeta no hay ningún nombre...... ¿Saben algo de ésto?

- ¿Un ramo de violetas?.... Es extraño, nadie ha traido nada a recepción. Si le hubieran enviado flores las hubieran entregado primero a recepción para que después se las subiéramos a la habitación.... Pero no ha sido así. Nadie le ha dejado flores en recepción....

- Muchas gracias -dice Stella colgando el teléfono.

Stella se siente extraña. Aquellas flores no han pasado por recepción, pero ¿cómo han llegado allí? ¿Quién se las ha enviado y por qué?. Su intuición le dice que la misma persona que saboteó el rodaje es el admirador secreto que le ha dado muestras de ternura con el envío de las flores. Alguien que dice que la quiere.

Turbada pero al mismo tiempo halagada, la bella actriz, se da cuenta de que ya no está sola rodando en este inhóspito y extraño país.

 

El enmascarado personaje se quita la gabardina blanca y su sombrero negro al regresar a su chalet. Deambula nervioso mientras se va quitando la ropa para acomodarse. En su hall todo son posters y fotos de las películas de Alfred Hitchcock y del orondo director inglés.

Con sus manos temblorosas coge una cinta de video para colocarla en su correspondiente ranura. Todo en su hábitat es, en realidad, una especie de santuario dedicado a la figura de Hitchcock y de sus películas. Su presencia es obsesiva en todo el chalet serrano y toda su videoteca está también dedicada a este cineasta.

En la pantalla del televisor aparecen los títulos de Recuerda. El personaje ha dejado en penumbra toda la habitación y acomodado en un sofá devora ansiosamente su proyección. En sus manos lleva además un retrato de Stella Hyde. Mientras visiona la película se dedica a acariciar suavemente la fotografía de la actriz inglesa con máxima delicadeza. Su tierna mirada refleja un profundo amor hacia aquel bello rostro de piel aterciopelada, nariz respingona y facciones de frágil muñeca. Instintivamente sueña despierto en una felicidad que tal vez nunca consiga.

 

Stella Hyde ya se ha acostado. Su corto camisón muestra generosamente los más bellos rincones de su hermosa anatomía femenina. Stella, ya con la luz apagada, trata de reconciliar el sueño. Mientras tanto trata de oler la dulce fragancia de las violetas que su enamorado anónimo le ha enviado. Se lee una y otra vez la tarjeta: I love you, I love you..... No se cansa una y otra vez de leer siempre aquel mismo texto. Su cerebro se está haciendo preguntas acerca de la identidad de su anónimo admirador que tiene tales pensamientos de ella. Stella sueña en una aventura con un misterioso galán que la haga sentirse deseada de verdad.

La tarjeta está escrita a mano. Tal vez sea un miembro del equipo, lo cual implicaría una posibilidad de descubrir su identidad de algún modo. Stella se concentra en sus pensamientos y así se duerme dulcemente.

 

 

Mañana, 5 de agosto de 1988

 

Pascual, el joven regidor, es aquel muchacho para todo que siempre resuelve las papeletas más difíciles al jefe de producción. De corta estatura pero de características amables procura complacer la petición que le hace la estrella inglesa.

- No debería hacer esto -le dice algo asustado, trayendo todas las tarjetas de la Seguridad Social que aún no había entregado al Ministerio del Trabajo.

- Nadie se enterará, Pascual -la dulce Stella tranquiliza al regidor mientras va comprobando una a una las tarjetas escritas a mano por los miembros del equipo. Comparando la letra con la nota anónima que se encontró en el hotel, la bella actriz descubre que ninguna se le parece. Algo decepcionada quizá devuelve las tarjetas a su menudo amigo quién le habla con voz temblorosa:

- No le digas nada a nadie, podría costarme mi puesto de trabajo.

- No te preocupes, Pascual. Nadie sabrá que me has dejado hacer esta comprobación. Eres una persona muy amable y gracias a ti he descubierto que quién me envió las flores al hotel no es del equipo.

Stella se marcha preocupada e intrigada por conocer la identidad de su tímido galán. Un admirador secreto es algo que le fascina y le inquieta a la vez.

 

- Pues yo creo que es alguien ajeno al equipo el autor de este desaguisado.

El orondo productor de la voz de pito parece estar muy seguro de sus deducciones.

- Y yo creo que ha sido un complot de esos niñatos del Taller de Cine. Me tienen atravesado no sé por qué, me tendrán envidia y querrán destruir mi película -grita furioso Erich Oswald.

Pero el productor no está tan seguro de las opiniones del director.

- No estoy de acuerdo. Imagino que te sientes perseguido y aprovechas cualquier ocasión para culpar a los chicos del más mínimo incidente. No. No creo que sean los responsables. No hay más que mirarles a la cara, están aterrorizados. La experiencia ha sido muy dura para ellos.

- ¿Y el dinero perdido? ¿y el material estropeado?

- El seguro lo pagará. Esta es su misión. Unas veces se gana y otras se pierde... Unas veces se hace negocio y otras no. Ahora les corresponde a ellos investigar lo sucedido y demandar al autor del sabotaje . ¡Ah!, se me olvidaba..... Cuando repitas la escena, por favor, utiliza la sierra mecánica trucada. No vaya a ser que volvamos a tener problemas.....

El productor está muy tranquilo y procura restar importancia al incidente. Observa la pintada escrita en la pared del cuarto oscuro.

- Algo folletinesco ya es ese individuo. Me pregunto quién puede ser....

Erich Oswald no dice nada. Procura contener su rabia, su ira porque no puede tomar represalia contra los elementos hostiles de su equipo.... y se siente impotente y frustrado al mismo tiempo.

Stella Hyde acaba de llegar al cuarto oscuro. Descubre la pintada que parece impresionarla.

- Necesito estar sola para cambiarme, por favor.....

Erich y el productor se marchan. No más irse, la actriz británica cierra la puerta con llave para aislarse del exterior. Dirige su mirada hacia la pintada de la pared y con la tarjeta comprueba si es la misma letra. Sin duda alguna sí es. Su admirador secreto es el autor de los sabotajes y Stella comprende que los ha hecho por ella, para protegerla de las iras del iracundo Erich y de sus insidiosos colaboradores. Con una mano acaricia la pared suavemente porque imagina que ese alguien la desea proteger de quién desea hacerle daño y ello le inspira simpatía, así cómo una gran curiosidad por conocer la identidad de tan misterioso amante.

 

 

Noche, 5 de agosto de 1987