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La Universitaria por Luis Cabello Muñoz - muestra HTML

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  LA UNIVERSITARIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

              LA UNIVERSITARIA

 

 

                              CAPITULO I

 

 

 

   La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la ventana de su pequeña habitación de estudiante; habitación que pertenecía a un piso de los compartidos, de esos que suelen utilizar los universitarios, para que la estancia en la ciudad, le resulte más barata, más ajustada a sus posibilidades económicas, las de una hija de una familia de clase obrera.

   Los temas que estaba estudiando, lejos de motivarla, de fomentar su curiosidad, solo conseguían aburrirla; pero su fuerza de voluntad era poderosa y conseguía mantener su atención en los apuntes; tenía que prepararse aquellos temas, tan nuevos para ella, pero tan necesarios para introducirla en la rutina de su curso.

   Las noticias que le habían dado en su casa este último fin de semana, sobre la situación económica familiar, no habían sido buenas; su padre, sostén único de la economía familiar, se había quedado en el paro; la empresa, en la que llevaba veinte años trabajando, había cerrado sin perspectivas de volver a abrir; aquello suponía, que no podría continuar sus estudios.

   Sin poder contar con los escasos medios que le proporcionaba su padre, le resultaría imposible mantenerse en la ciudad, pagar la parte que le correspondía del piso, ni poder comprar lo necesario para alimentarse, ni para los transportes públicos; es decir, no podría continuar sus estudios; la situación era desesperada.

   Ante la imposibilidad de concentrarse en los estudios, decidió dar un paseo, más tarde seguiría estudiando, ahora quizás tomara un café con su amiga Paloma, una recién licenciada, que ya había solucionado sus problemas económicos más inmediatos, trabajaba para un despacho de abogados de cierto prestigio, lo que le permitía tener un nivel de vida suficiente; sin duda, su amiga Paloma era la voz de la experiencia.

   Estando ya en el portal del edificio, bajo la placa de cobre que anunciaba el despacho de abogados al que pertenecía Paloma, todavía dudó Cristina, si debía entrar a verla o si era razonable visitarla a aquella hora, en pleno horario de trabajo; pero la gravedad de su situación, la hizo decidirse.

   La oficina, situada en el principal del enorme edificio, era muy funcional, con muebles muy prácticos, nada lujosos ni recargados; a la entrada, había una recepcionista, sentada a una mesa acristalada, provista de un enorme teléfono que era la centralita del despacho; desde ella, la muchacha distribuía las llamadas y los clientes a los diferentes despachos; a ella se dirigió Cristina, ya la había visto en otras ocasiones, pero no le resultaba demasiado simpática.

   Le dijo a la recepcionista que quería ver a Paloma, pero esta le comunicó que en aquel momento estaba reunida con un cliente; que si quería esperar, podía sentarse; así lo hizo, no tenía prisa y no le importaba esperar, ya que había decidido ver a su amiga.

   Unos minutos después, salió el cliente, la recepcionista llamó por el teléfono interior a Paloma y le dijo que la esperaba Cristina; la recepcionista le hizo una señal a la muchacha, indicándole que podía pasar al despacho.

   Paloma estaba de pie junto a la puerta, esperándola; la verdad es que Paloma era una mujer de gran belleza, espectacular podría decirse, a sus treinta años, estaba en pleno esplendor de su cuerpo y de su rostro; su estatura, superior al metro setenta centímetros, su larga melena negra, sus ojos del mismo color, grandes y rasgados hacia sus sienes, su rostro redondo y armonioso; contribuían sin duda a su espectacular belleza.

   Vestida con un suéter azul claro, muy ajustado a sus grandes pechos erectos y amenazantes, ceñido a sus hombros fuertes, anchos, insultantes por su rectitud sorprendente; en su cintura, se ceñía un cinturón ancho, negro, rematado por una gran hebilla.

   Cubriendo sus poderosos muslos, extraordinariamente cincelados, unos pantalones negros que se ajustaban de forma agobiante a sus caderas, resaltando su anchura y la prominencia de sus nalgas; sin duda una mujer excepcional.

   Se besaron y Paloma, pasó su brazo derecho sobre los hombros de Cristina, llevándola hasta la silla que había frente a la mesa; ella se sentó al otro lado de la mesa, en su sillón giratorio.

-     Cuéntame, Cristina, cariño ¿Qué te trae por aquí?

-     Tengo que hablar contigo Paloma, necesito consejo y como sin duda eres mi amiga con más experiencia, recurro a ti; tengo un grave problema; mi padre se ha quedado en paro y ya no puede ayudarme, así que necesito un trabajo y tu consejo.

-     Lo siento Cristina, sabes que tus padres me caen muy bien; no te quepa la menor duda de que haré lo que pueda; pero sabes que el tema del trabajo está muy malo.

-     Tengo que hacer algo Paloma, no me queda más remedio, haré lo que sea necesario, quiero seguir estudiando.

-     Te veo muy decidida Cristina; voy a contarte una historia, pero te exijo dos condiciones, la primera, tu compromiso de que no se la vas a contar a nadie y la segunda, que en el caso de no decidirte, la olvidarás por completo; si acaso lo cuentas, perderás mi amistad y yo siempre negaré habértelo contado ¿Estas de acuerdo?

-     Estoy de acuerdo, ya me conoces, tienes mi palabra.

-     Hace algunos años, cuando yo empezaba en la facultad, me sucedió algo parecido a lo que te ha pasado a ti; por razones diferentes, en mi caso fue una separación; pero la consecuencia fue, que me quedé sin ingresos, en los comienzos de mis estudios y sin medios; pero tuve la suerte de conocer a una persona que me propuso algo, me sorprendió, incluso tardé en decidirme, pero no me quedó otro remedio; gracias a aquella decisión, pude terminar mis estudios.

-     Cuéntame de lo que se trata, nunca lo contaré Paloma.

-     Pues esta persona me propuso prostituirme, desde luego no en la calle ni en lugares de mal gusto; ella dirige a un grupo de muchachas, universitarias en su mayoría, ella las llama “sus ángeles de Charly”, chicas de buena educación, discretas, a las que ella les proporciona clientes que las requieren para fiestas, cenas de negocios, asistencia a recepciones y para otras cosas de las más pintorescas; pero siempre se trata de gente de muy buena educación y que exigen discreción, todo está muy bien pagado.

-     ¿Podías tú decidir si acudías a una cita o no?

-     Por supuesto, yo siempre decidía; ella tiene unas fichas de clientes en las que ves al interesado y sabes sus costumbres y apetencias, los hay de los más variados, pero tú eliges.

-     Me has sorprendido Paloma, tengo que pensarlo ¿Puedo?

-     Claro que puedes, tú decides; si aceptas, te presentaré a esa señora; lo que te pido es que te lo pienses bien; solo te la presentaré si estas decidida.

-     ¿Tendré que acostarme con mucha gente?

-     Solo con quien quieras; ten en cuenta que a mí me daba trescientos euros por cada encuentro; depende de la necesidad de dinero que tengas, puedes ser más o menos selectiva.

-     Es decir, que ¿Podría elegir la persona y el momento?

-     Siempre tienes la libertad de elegir, tanto el cuando, como con quien y cuanto.

-     ¿No sabes de otro trabajo?

-     Quizás pudiera buscarte algo, pero ten en cuenta, el tiempo que tendrías que dedicarle a ese trabajo, para obtener un dinero similar; por lo tanto, el tiempo que te quedaría para ir a clase y para estudiar.

   Se marchó Cristina; se despidió de Paloma, prometiéndole que se lo pensaría y que no diría nada a nadie; tomó el camino del parque para regresar a su casa; aquello no podía consultarlo con nadie, la decisión era suya y solo suya.

   Mientras caminaba por el parque, cruzando bajo los frondosos álamos, le daba Cristina mil vueltas a su cabeza; si se decidiera por aquello y sus padres se enteraran, esto podría matarlos; pero mientras caminaba por el parque, recordó que su amiga Adela vivía allí cerca; recordó que esta, el año pasado, también tuvo un grave problema económico y que se puso a trabajar, creía recordar, que en un supermercado o algo parecido.

   La verdad es que el bloque de pisos en el que vivía su amiga, dejaba mucho que desear, bastante viejo y ajado, con escaso mantenimiento de pintura y poca limpieza, unas escaleras que discurrían entre dos bloques y que no podía saberse bien si eran interiores o exteriores.

   En el tercer piso, casi el último, una puerta pequeña y de la que no podía saberse muy bien su color, le dio acceso al piso de su amiga, al que compartía con varias compañeras.

   Salió su amiga a abrirle la puerta, Adela traía puesta una  bata y una gastada toalla liada a la cabeza, su aspecto dejaba bastante que desear, causó una devastadora impresión en el espíritu de Cristina; pero Adela se alegró mucho de verla.

-     ¡Que alegría tía! Estaba deseando verte Cristina ¿Qué te trae por mi “chabolo”?

-     Venía a consultarte sobre un problema, he recordado que el curso pasado te pusiste a trabajar; me veo obligada a buscar trabajo, un problema familiar, me obliga a currar; en mi casa, nos hemos quedado sin ingresos; así que vengo a pedirte consejo.

-     Pues mi consejo es muy sencillo, no intentes mezclar estudio y trabajo, es imposible, no harás ni una cosa ni la otra; decide lo que puedes o quieres hacer; te explico mi caso, para sostener esta mísera vida que llevo, tengo que trabajar todos los días, nueve o diez horas, en jornada partida, no hay tiempo para nada más, no es posible, la que te diga lo contrario, te está engañando; si lo intentas no harás ni una cosa ni la otra y te agobiarás.

-     ¡Pero Adela! ¿Tú lo has intentado de verdad?

-     Con todas mis fuerzas, te lo digo  Cristina, es imposible, no hay ni tiempo ni dinero.

   Continuaron las amigas hablando de este tema, le dieron mil vueltas, buscaron distintas posibilidades, pero ninguna se adaptaba a la realidad de un trabajo, las empresas no quieren saber nada de estudios ni de zarandajas, solo trabajo.

   Tras dejar a su amiga Adela, que tenía que arreglarse y retornar a su trabajo, Cristina continuó su caminar hasta su casa, cabizbaja, meditabunda, sumida en sus más profundos pensamientos; aunque intentó, cuando llegó a su casa, concentrarse en los estudios, en sus apuntes, no lo consiguió, así que decidió acostarse, irse a la cama, ya que el día había vuelto a sus comienzos y volvía a llover.

   Cuando decidió Cristina meterse en la cama, se acordó de su amiga Paloma, de su cuerpo espectacular; era cierto que llevaba una ropa cara y que ella sabía sacar partido a lo que la naturaleza le había dado, pero ¿Tenía ella un cuerpo como el de su amiga? ¿Un cuerpo que llamase la atención de los hombres? Decidió desnudarse delante del espejo del armario de su cuarto, hacerse un profundo examen.

   Era evidente, que su rostro era agraciado, siempre se lo habían dicho, era redondeado, de anchos pómulos, algo marcados; sus ojos de un verde intenso, muy rajados y expresivos, enmarcados en dos cejas finas que resaltaban su expresión; era su boca un poco grande, pero de labios muy carnosos y deseables; en cuanto a su nariz, era perfecta, ni grande ni pequeña, recta.

   La ropa que llevaba, solo tapaba, cubría, no resaltaba nada; más bien, disimulaba todas sus formas; comenzó Cristina por desprenderse de la amplia camisa, al dejarla caer, aparecieron dos tetas, apretadas y disimuladas por un sujetador con muy poca gracia; enseguida se desprendió del nefasto sujetador y aparecieron dos mamas grandes, erectas, con dos pezones pequeños, rodeados de unas rojísimas aureolas, ruborizadas por una continua excitación, propia de su juventud aún incipiente e insultante.

   Su estrecha y marcada cintura, cincelada por el deporte, se abría y daba paso a unas caderas anchas, pero no en exceso, que sostenían en su lugar a unas nalgas apretadas y redondas, graciosamente levantadas por la curva de su columna vertebral; que las alzaba, de forma que parecía ofrecerlas.

   Sus muslos, rectos y agraciados, largos y bien formados, de formas fuertes y sensuales; el ver todo aquello la animó, le dio fuerza para intentarlo; se puso un amplio pijama de franela y se fue a la cama.

   La noche estuvo llena de sueños de todo tipo; primero, soñó en una vida anodina como compañera de trabajo de Adela, trabajando con ella, como cajera de un supermercado; aquella pesadilla llegó a despertarla, sobre saltada, angustiada.

   Hubo otro sueño, este llegó cuando la mañana estaba ya cerca; quizás traído por las primeras luces del día; en él, pudo verse estudiando en su facultad, sin problemas económicos, vestida con ropa elegante y cara, cosa que nunca había tenido, no se lo había podido permitir; en su sueño, aparecía un hombre maduro, de unos cincuenta años, de aspecto atlético y elegante que acababa metiéndose en su cama, el sueño adquirió tal apariencia de realidad, que Cristina llegó a sentir sus caricias y sus besos.

   Las manos de aquel hombre era hábiles y expertas y sabían buscar los lugares de su cuerpo que más placer le producían; se afanaron aquellas manos fuertes y suaves al tacto, en palpar sus pechos, en llenarlos de caricias, centrándolas en sus pezones y sus aureolas; también procuraba agarrarlos en su totalidad; aunque para ello, necesitaba ambas manos; por fin empleo sus labios y toda su boca, chupando y succionando como si quisiera amamantarse, mientras sostenía la teta con ambas manos, estrujándola con suavidad; ahí llegó el primer orgasmo de la muchacha.

   Aquel hombre, robusto, grande, atlético, de manos grandes y suaves, tomó las manos de Cristina y las llevó hasta su entrepierna; allí descubrió la muchacha un pene grande, duro, de punta suave y blanda; aquello le trajo a la memoria, la vez que vio a un muchacho, a un albañil que trabajaba en su casa; que hacía un pequeño arreglo en su patio y que al terminar, fue a ducharse al cuarto de baño; ella subió a la pequeña terraza, donde había una pequeñísima ventana, que servía de respiradero; desde allí, sin ser vista; pudo ver al muchacho completamente desnudo, que blandía entre sus piernas un enorme miembro erecto por el agua templada.

   Recordaba perfectamente, que aquella fue la primera vez que sintió un orgasmo, que entonces no sabía lo que era, pero se lo explicó una amiga más puesta en esos menesteres, que tenía un novio al que masturbaba todas las tardes.

   En el sueño, se aplicó Cristina en las caricias, de forma que sintió un segundo orgasmo, tan fuerte, que cuando perecía que aquello se culminaría de inmediato, se despertó.

   Como siempre, tuvo que esperar turno para ducharse, luego regresó a su dormitorio y se vistió, estaba decidida a ir a ver a su amiga Paloma y darle la contestación, quería probar aquello, deseaba que su amiga le presentara a la señora que se encargaba de las citas; no quería dejar de estudiar por ninguna circunstancia, lo tenía que evitar.

   Cuando Paloma la vio llegar a su despacho, sobretodo, cuando vio la sonrisa que adornaba su boca, estuvo segura de lo que le pediría, de la decisión que había tomado; deseó Paloma no haberse equivocado, esperaba que Cristina supiera enfocar con discreción el asunto.

   Se trataba de una casa clásica en el centro de la ciudad, una casa de apariencia señorial; provista de un enorme portón de madera, labrado con motivos florales y de plantas exóticas, puerta gruesa, remachada con clavos de bronce, provista de dos aldabas doradas; al entrar, un zaguán con zócalo de azulejos decorados a mano, de estilo sevillano, que remataba una cancela de hierro forjado que daba acceso a la casa y que enmarcaba unos preciosos cristales en vidriera.

   Tiró Paloma de una fina cadena, que hizo sonar una campana en el interior; no tardó en salir Remedios, una señora de unos cincuenta años, que conservaba una buena presencia; sin duda rescoldo de lo que fue; de lo que llegó a ser como mujer pública.

   Una señora corpulenta, muy alta, pero bastante pasada de peso; dueña de una gran melena negra recogida en un moño italiano, muy bien peinado; mantenía, a pesar de su exceso de peso, unas formas muy femeninas y agraciadas; su rostro se alegró con una amplia sonrisa al ver a las jóvenes y reconocer a Paloma.

-     ¡Dichosos los ojos que te ven Paloma! Cuanto tiempo sin vernos ¿Qué me traes?

-     ¡Hola Remedios! Yo también me alegro de verte; te traigo un diamante en bruto, para que lo talles a tu gusto.

-     Pasemos a mi despacho, allí podremos hablar de negocios con toda tranquilidad.

   Las condujo Remedios por un largo pasillo, alicatado con azulejos de cerámica sevillana, las llevó hasta un amplio cuarto, muy apartado de la zona más social de la casa.

   Una mesa muy funcional ocupaba la zona central del despacho; tras ella, una estantería igual de funcional, repleta de carpetas; a la izquierda de la mesa un amplio sofá, tapizado en tonos muy claros, amplio, cómodo; al lado contrario, una pantalla con el correspondiente proyector y una pequeña mesa, con cámaras fotográficas de diferentes tamaños y algunos otro útiles para la fotografía.

-     ¿Por qué quieres dedicarte a esto Cristina?

-     Necesito dinero para poder seguir estudiando.

-     Esa es una buena razón querida; pero esto es como todo, una profesión, que tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

-     Ya me lo imagino doña Remedios, lo que espero, es que me proporcione algo de dinero y tiempo para estudiar.

-     Eso es posible, pero depende de ti, en cuanto al dinero, puedes ganar casi lo que quieras, depende del tiempo que le dediques y de la voluntad que le pongas.

-     Yo no necesito mucho dinero, pero sí necesito tiempo libre.

-     Veamos tus posibilidades amiga Cristina ¡Desnúdate, quédate en ropa interior!

   Su rostro enrojeció, sus mejillas parecían arder; pero no lo dudó, se quitó el jersey y la camisa; luego se desprendió de los pantalones; la señora se le quedó mirando, la hizo girarse en varias ocasiones, en distintos sentidos, luego, mientras abría uno de los cajones de la mesa, del que sacó una cajita con un conjunto de braga y sujetador, le dijo:

-     Creo Cristina, que estas serán de tu talla, debes tirar con mucho cuidado, el conjunto que llevas puesto, tíralo en la papelera y ponte estas, te sentarán mucho mejor.

-     Pero perecen muy pequeñas señora.

-     No me llames señora, eso solo lo hace la criada y no siempre, tú debes llamarme Remedios; lo de pequeñas, eso es relativo, pruébatelas y ya decidiremos, no queremos tapar.

   No sabía Cristina como ponerse, que ángulo ofrecer a sus acompañantes, para taparse algo; pero finalmente, se desprendió de la ropa vieja, que en nada la favorecía; luego se colocó la nueva muda que le había dado Remedios; la diferencia resultó evidente; hasta ella, no pudo evitar mirarse en el espejo; sin duda, aquellas prendas, de un tono mucho más claro que las que ella llevaba, de color carne, conseguían resaltar sus formas y sus encantos.

   La braga, un tanga que desaparecía entre sus glúteos y apenas podía verse en su cintura y en su pubis, sin conseguir tapar completamente su exuberante mata de pelo.

  En cuanto al sujetador, más que sujetar, resaltaba sus grandes tetas, prietas y turgentes, queriéndose escapar del encierro impuesto.

-     Está bien niña, vamos a sentarnos y hablar de esto ¡No te vistas aún! Puede incluso que tenga por ahí algo que pueda servirte.

-     Pero yo no sé como puedo pagarte esto Remedios.

-     No te preocupes de esto ahora; esto es como un uniforme de trabajo, lo necesitas, no puedes trabajar para mí y vestir con esos harapos, eso habrá que cambiarlo.

-     Estoy dispuesta a trabajar para ti Remedios, pero cuéntame algo más.

-     Empezaremos por lo más sencillo, por el acompañamiento a fiestas o a cenas de negocios; así romperemos el hielo y veremos si sirves; se tratará de acompañar a señores maduros a una fiesta, de ser su pareja, ser educada y cariñosa y terminar acostándose con él en su hotel; puede ser que en vez de una fiesta, se trate de una cena de negocios, pero el fin es el mismo; para ello debes aprender a comer con corrección y sabiendo usar los cubiertos.

-     Me interesa saber dos cosas ¿Podré elegir o rechazar a mi acompañante? Y también ¿Cuánto cobraré por eso?

-     Antes de asignarte a alguien, te lo mostraré en fotografía y te haré una descripción de cómo es; en ese momento, puedes decir sí o no, luego ya no puedes rechazarlo; por este trabajo cobrarás cuatrocientos euros por cada noche.

-     Estoy de acuerdo ¿cuando empezamos?

-     Empezaremos por hacerte unas fotografías, pasarás a tener una carpeta en mi archivo; en las primeras fotografías que muestro al cliente, no te ve el rostro, solo el cuerpo; una vez que elije, entonces y solo entonces le muestro el rostro.

-     Eso me parece muy bien Remedios ¿Dónde tengo que hacerme las fotografías?

-     Las fotografías te las haré yo; nadie más debe intervenir en esto; además, solo yo podré utilizarlas, siempre con tu permiso.

   Comenzó Remedios a ordenar a Cristina, diferentes poses y a realizarle fotografías con su cámara digital; sabía la señora exactamente lo que debía resaltar de la niña, fotografió sus pechos, sus nalgas, sus caderas, mostrando sus principales encantos; hizo mucho hincapié en fotografiar su sexo, con el vello rebosante, lo hizo por delante, obligándola a alzar las piernas y por detrás, mostrando su sexo enmarcado entre sus grandes nalgas y sus muslos; para ello se ayudó del practico sofá; para finalizar, fotografió su rostro.

   Terminado el trabajo fotográfico, le entregó quinientos euros para que se comprase alguna ropa; le aclaró que aquello era solo un adelanto para ropa y por si tenía alguna necesidad inminente; También le entregó un teléfono móvil, nuevo sin estrenar, y con el que se pondrían en comunicación; le pidió que solo lo usara para comunicarse con ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                            CAPITULO II

 

 

   No habían pasado dos días desde la reunión con Remedios; Cristina, no apagaba el teléfono ni de día ni de noche; a mediodía, sonó el teléfono, su sonido sorprendió a la muchacha, cuando acababa de salir de clase, vestida con sus nuevas ropas, que habían cambiado su aspecto, aunque procuró que su indumentaria, no chocara con lo que llevaban sus compañeras.

-     ¡Dime Remedios!

-     Ya sabemos como nos llamamos, no es necesario que digamos nuestros nombres por teléfono; necesito verte esta tarde a primera hora ¿Puedes estar en mi casa a las cuatro?

-     Allí estaré.

   El corazón de Cristina, golpeaba su pecho como un tambor dislocado, parecía querer salirse de su encierro y buscar cualquier salida, tal era su excitación, provocada sin duda por el aviso de Remedios y por lo que eso significaba.

   A las cuatro en punto, llamaba Cristina a la puerta de la casa; tiraba de la fina cadena que hacía sonar la campana en el interior; Remedios abrió la cancela de hierro forjado y cristal profusamente colorido.

-     Pasa Cristina; sin duda tu aspecto ha cambiado, vamos al despacho, tengo que hablar contigo.

-     Estoy a tus ordenes Remedios, aunque estoy muy nerviosa.

-     Eso es normal, ya lo esperaba, pero solo sucede las primeras veces, creo que te adaptarás pronto.

   Delante caminaba Remedios, recorriendo con autoridad, el largo pasillo alicatado con azulejos decorados a mano; caminaba seguida muy de cerca por Cristina, que procuraba dominar sus nervios y mantener la serenidad a pesar de las circunstancias.

   Cuando entraron en el despacho, le indicó Remedios a Cristina, que tomara asiento, mientras la señora, comenzó a buscar en sus carpetas del archivo, extrayendo una; con la carpeta en la mano, fue a colocarse al lado de Cristina; Remedios se mantenía de pie, pero inclinada sobre la mesa, lo que le permitió abrir la carpeta y mostrársela a la muchacha.

   En la primera página, había una fotografía de cuerpo entero, de un hombre maduro; aparentaba unos cincuenta años; de muy buena presencia, alto, atlético, elegante y con un rostro muy simpático, que mostraba una sonrisa franca y distendida.

-     Este es Manolo, don Manuel para sus empleados, un empresario que es cliente nuestro desde hace mucho tiempo; cuando le mostré ayer, tus fotografías, se declaró muy interesado; tanto que me ha pedido, que fueras tú quien lo acompañara esta tarde y noche, a una reunión de empresa; que fueras su pareja para hoy ¿Te gusta?

-     ¿Debe gustarme, es necesario?

-     Lo es, sobre todo la primera vez que trabajas; también lo he elegido muy bien; es un hombre atractivo y educado; sin desviaciones ni manías raras; sin duda el ideal para comenzar tu carrera profesional; no siempre encontraremos cosas como esta.

-     Me parece bien Remedios, haré mi trabajo.

-     Te aconsejo, que lo enfoques de otra forma; si consigues interesarte por tu cliente, sin sentimiento, solo deseo; no solo disfrutarás más de tu trabajo, si no que conseguirás sacar más beneficio; el cliente, cuando se siente deseado, se vuelve muy generoso y suele dejar muy buenas propinas.

-     ¿Lo de las propinas es aparte de mis honorarios?

-     Claro niña, las propinas me las dejan también a mí, pero son para ti; además, si quedan contentos, requieren tus servicios con mayor frecuencia; una buena profesional es un tesoro, para mí y sobre todo para ellos.

-     Creo que debes enseñarme muchas cosas, yo no se nada de esto; tienes que ayudarme.

-     Por supuesto que te ayudaré, pero no tengas prisa; por eso elijo con mucho cuidado los que van a ser tus primeros trabajos; cuando los vayas haciendo, comentaremos cada cosa cada detalle, yo te iré corrigiendo.

-     ¿Cómo es este Paco, explícame? Yo acepto el trabajo.

-     Ya te he dicho que es un hombre delicado, educado y respetuoso; estará más pendiente de que tú sientas placer, que del suyo propio; así debe ser, tú debes mostrarle estar sintiendo placer, sin exagerar; incluso si puedes sentirlo, mucho mejor, pero sin pasarte, sin alharacas.

-     Lo procuraré Remedios ¿Como debo vestirme?

-     Ahora, una vez que lo has aceptado, iremos a comprarte ropa; él me hadado las instrucciones de cómo debes ir y me ha dado dinero para que te compres ropa; también me ha dicho, que espera de ti un servicio, aparte del sexual; él te lo explicará, si lo haces bien, habrá propina, Has quedado con él a las nueve en la cafetería de su hotel.

   Después de todas estas explicaciones, ambas mujeres salieron del despacho y de la casa; se dirigieron a la zona de tiendas; sabía ya Remedios lo que buscaba; la ropa que necesitaba Cristina y donde podía encontrarla, solo tenía que hacerse algunas pruebas.