Las Brujas de Salem por Arthur Miller - muestra HTML

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LAS BRUJAS DE SALEM

DRAMA EN CUATRO ACTOS

por

ARTHUR MILLER

Segunda edición

JACOBO MUCHNIK EDITOR

Buenos Aires 1955

Título de la obra en inglés:

"THE CRUCIBLE"

Traducción de

JACOBO Y MARIO MUCHNIK

Primera edición: abril 1955

Segunda edición: septiembre 1955

IMPRESO EN LA ARGENTINA

PRINTED IN ARGENTINE

Queda hecho el depósito que previene la ley Nº 11.723

Copyright by JACOBO MUCHNIK - EDITOR - BUENOS AIRES, 1955

A Mary

ACERCA DE LA FIDELIDAD HISTÓRICA DE ESTE DRAMA

Esta obra no es historia en el sentido en que el vocablo es usado por el historiador académico.

Fines de orden dramático han requerido a veces que varios personajes se fundieran en uno; el número de muchachas complicadas en la "delación" ha sido reducido; la edad de Abigail ha sido aumentada; aunque hubo varios jueces de casi igual autoridad, los he simbolizado a todos en las personas de Hathorne y Danforth. No obstante, creo que el lector descubrirá aquí la naturaleza esencial de uno de los más extraños y terribles capítulos de la historia humana. La suerte de cada personaje es exactamente la de su modelo histórico, y no hay nadie en el drama que no haya desempeñado un papel similar, y a veces exactamente igual, en el hecho real.

En cuanto al carácter de los personajes, poco se sabe de la mayoría de ellos, exceptuando lo que se puede conjeturar de algunas cartas, las actas del proceso, ciertos volantes escritos en la época y referencias a su conducta provenientes de fuentes más o menos fidedignas. Por lo tanto, pueden tomarse como creaciones mías, logradas en la medida de mi capacidad y de conformidad con su comportamiento conocido, excepto lo que se indica en el comentario que he escrito para el presente texto.

A. M.

LAS BRUJAS DE SALEM

Drama por ARTHUR MILLER

PERSONAJES

por orden de aparición:

El Reverendo Parris Betty Parris

Títuba

Abigail Williams Susanna Walcott

Ann Putnam

Thomas Putnam

Mercy Lewis

Mary Warren

John Proctor

Rebecca Nurse

Giles Corey

El Reverendo John Hale

Elizabeth Proctor

Francis Nurse

Ezekiel Cheever

El Alguacil Herrick

El Juez Hathorne

El Comisionado del gobernador, Danforth

Sarah Good

Hopkins

ACTO PRIMERO

(Obertura)

Un pequeño dormitorio en el piso alto de la casa del reverendo Samuel Parris, en Salem, Massachusetts, en la primavera del año 1692.

A la izquierda, una angosta ventana; a través de sus paneles cuadriculados fluye el sol matutino. Aún arde una vela cerca de la cama, a la derecha. Un arcón, una silla y una pequeña mesa completan el mobiliario. En el foro, una puerta conduce al descanso de la escalera que lleva a la planta baja. En la aseada habitación reina una atmósfera austera. Las vigas del techo están a la vista y los colores de la madera son naturales y sin lustre. Al levantarse el telón, el reverendo Parris está arrodillado junto al lecho, en el que yace, inmóvil, su hija Betty, de diez años.

En la época de estos sucesos, Parris tendría unos cuarenta y cinco años. Dejó una huella repugnante en la historia y es muy poco lo bueno que se puede, decir de él.

Dondequiera que fuese, creía ser perseguido a pesar de sus esfuerzos por ganarse la voluntad de Dios y la gente. En reunión se sentía ofendido si alguien se levantaba para cerrar la puerta sin antes pedirle permiso. Era viudo, sin interés en los niños ni talento para tratarlos. Los consideraba como adultos jóvenes y, hasta producirse esta extraña crisis, él como el resto de Salem, jamás concibió que los niños debieran sino agradecer que se les permitiese caminar erguidos,con la mirada baja, los brazos a los costados y la boca cerrada hasta que se les mandase hablar.

Su casa estaba en el "pueblo" aunque hoy apenas lo llamaríamos aldea—. La capilla estaba cerca y desde este punto hacia la bahía o hacia tierra adentrohabía unas pocas casas, oscuras, de pequeñas ventanas, apretujándose contra el crudo invierno de Massachusetts. Salem había sido fundada apenas cuarenta años antes. Para el mundo europeo toda la provincia era una frontera bárbara, habitada por una secta de fanáticos que, a pesar de todo, exportaban productos en cantidad creciente y de valor en paulatino aumento.

Nadie puede saber realmente cómo eran sus vidas. No tenían novelistas, y aunque hubiese habido uno a mano, no hubieran permitido a nadie leer una novela. Su credo les vedaba toda cosa que se pareciese a un teatro o "placer vano". No festejaban la Navidad, y un día de descanso sólo significaba que debían concentrarse aún más en la oración.

Lo cual no quiere decir que nada rompiese esta rígida y sombría manera de vivir.

Cuando se construía una nueva granja los amigos se reunían para "levantar el techo", se preparaban comidas especiales y probablemente se hacía circular alguna poderosa sidra. Había en Salem una buena provisión de inútiles que se entretenían jugando al tejo en la taberna de Bridget Bishop. Probablemente el trabajo duro, más que el credo, impidió que, se deteriorase la moral del lugar. La gente se veía obligada a luchar con la tierra, heroicamente, por cada grano de cereal y nadie disponía de mucho tiempo para holgazanear.

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Que había algunos bromistas está indicado, sin embargo, por la costumbre de designar una patrulla de dos hombres cuya obligación era "marchar durante las horas del culto de Dios para tomar nota ya sea de quienes permanecieren cerca de la capilla sin concurrir al rito y la oración, o de aquellos que permanecieren en sus casas o en el campo sin justificarlo debidamente, y tomar los nombres de dichas personas y presentarlos a los magistrados a fin de que éstos puedan obrar en consecuencia". Esta predilección por meterse en asuntos ajenos fue tradicional entre la gente de Salem e indudablemente creó muchas de las sospechas que alimentarían la locura que estaba próxima. Fue también, a mi juicio, una de las cosas contra las que se rebelaría un John Proctor, pues la época del campo armado casi había pasado y, desde que el país estaba razonablemente aunque no totalmenteseguro, las antiguas disciplinas comenzaban a resentirse. Pero, como en todos estos asuntos, la cuestión no estaba resuelta pues el peligro continuaba siendo una posibilidad y era en la unidad, todavía, donde se hallaba la mejor promesa de seguridad.

El extremo del desierto estaba cerca. El continente americano se extendía interminablemente hacia el oeste y estaba, para ellos, lleno de misterio. Oscuro y amenazador, se alzaba sobre sus cabezas noche y día, pues de allí, de tiempo en tiempo, venían a merodear tribus de indios y el reverendo Parris inclusive tenía algunos feligreses que habían perdido familiares a manos de esos paganos.

La parroquial petulancia de esta gente fue responsable, en parte, de su fracaso en convertir a los indios. También es probable que prefirieran arrebatarle tierra a paganos y no a correligionarios. .. De cualquier modo, muy pocos indios fueron convertidos y la gente de Salem creía que la selva virgen era la morada del Diablo, su último refugio, la ciudadela para su defensa final. Para ellos, la selva americana era el último refugio de la tierra en el que no se rendía tributo a Dios.

Por estas razones, entre otras, ostentaban un aire de innata resistencia, hasta de persecución. Sus padres habían sido, por supuesto, perseguidos en Inglaterra. De modo que ahora, ellos y su iglesia, encontraban necesario negarle su libertad a cualquier otra secta, para que su nueva Jerusalén no fuese profanada y corrompida por comportamientos equivocados e ideas engañosas.

Creían, en resumen, que ellos sostenían en sus firmes manos la bujía que iluminaría al mundo. Nosotros hemos heredado esa creencia y ella nos ha ayudado y dañado. A ellos, con la disciplina que les dio, les ayudó. Fueron, en general, gentes aplicadas; y tuvieron que serlo para afrontar la vida que habían elegido —o a la que habían nacidoen este país.

La prueba del valor que para ellos tuvo su creencia puede hallarse en el carácter opuesto de la primera colonia de Jamestown, más al sud, en Virginia. Los ingleses que desembarcaron allí eran impulsados principalmente por un afán de ganancias. Habían pensado alzarse con los bienes del nuevo país y regresar, ricos, a Inglaterra. Eran una banda de individualistas y un grupo mucho más simpático que los hombres de Massachusetts. Pero Virginia los destruyó. También Massachusetts trató de matar a los Puritanos, pero ellos se aliaron; establecieron una sociedad comunal que, en el comienzo, fue poco más que un campo armado bajo una dirección autocrática y muy devota. fue, empero, una autocracia por consentimiento, pues estaban unidos de arriba abajo por una ideología común cuya perpetuación era la razón y justificación de todos sus sufrimientos. Así, pues, su abnegación, su resolución, su desconfianza hacia todo propósito vano, su despótica justicia, fueron en conjunto instrumentos perfectos para la 7

conquista de este espacio tan hostil al hombre.

Pero el pueblo de Salem en 1692 no era precisamente la gente aplicada que arribara en el Mayflower. Había tenido lugar un gran cambio y, en esa misma época, una revolución había depuesto al gobierno real reemplazándolo por una junta que en este momento estaba en el poder. A los ojos de ellos, ésos debían parecer tiempos dislocados y para la gente común deben de haber sido tan insolubles y complicados como lo es nuestra época hoy.

Es notable la facilidad con que pudo convencerse a muchos de que esa era de confusión les había sido infligida por fuerzas subterráneas y tenebrosas. No es que aparezca indicio de tal especulación en las actas del tribunal, pero el desorden social en cualquier época alienta semejantes sospechas místicas y cuando, como en Salem, se extraen milagros de debajo de la superficie social, es demasiado pretender que la gente se abstenga durante mucho tiempo de caer sobre las víctimas con toda la fuerza de sus frustraciones.

La tragedia de Salem, que está por comenzar en estas páginas, fue el producto de una paradoja. Es una paradoja en cuyas garras vivimos aún y todavía no hay perspectivas de que descubramos su resolución. Simplemente, era esto: con buenos propósitos, hasta con elevados propósitos, el pueblo de Salem desarrolló una teocracia, una combinación de estado y poder religioso, cuya función era mantener unida a la comunidad y evitar cualquier clase de desunión que pudiese exponerla a la destrucción por obra de enemigos materiales o ideológicos. Fue forjada para un fin necesario y logró ese fin.

Pero toda organización es y debe ser fundada en una idea de exclusión y prohibición, por la misma razón por la que dos objetos no pueden ocupar el mismo espacio.

Evidentemente, llegó un momento en que las represiones en Nueva Inglaterra fueron más severas de lo que parecían justificar los peligros contra los que se había organizado ese orden. La "caza de brujas" fue una perversa manifestación del pánico que se había adueñado de todas las clases cuando el equilibrio empezó a inclinarse hacia una mayor libertad individual.

Si uno se eleva por encima de aquel despliegue de maldad individual, sólo puede compadecerlos a todos, así como nosotros seremos compadecidos algún día. Todavía le es imposible al hombre organizar su vida social sin represiones, y el equilibrio entre orden y libertad aún está por encontrarse.

La "caza de brujas" no fue, sin embargo, una mera represión. Fue también, y con igual importancia, una oportunidad largamente demorada para que todo aquel inclinado a ello expresase públicamente sus culpas y pecados cobijándose en acusaciones contra las víctimas. Repentinamente se hizo posible patriótico y sagradoque un hombre dijese que Martha Corey había acudido a su habitación durante la noche y que, mientras su esposa dormía a su lado, Martha se había acostado sobre su pecho y "casi lo había sofocado". Por supuesto, sólo era el espíritu de Martha, pero la satisfacción del hombre al confesarse no fue menor que si se hubiese tratado de Martha misma. De ordinario, no podía uno decir tales cosas en público.

Viejos odios de vecinos, largamente reprimidos, ahora podían expresarse abiertamente, y vengarse a despecho de los caritativos mandamientos de la Biblia. La codicia de tierras, antes puesta de manifiesto en continuos altercados por cuestiones de límites y testamentos, pudo ahora elevarse a la arena de la moralidad; era posible acusar de brujería a un vecino y sentirse perfectamente justificado por la ganga 8

obtenida. Viejas cuentas podían ajustarse en un plano de celestial combate entre Lucifer y el Señor; las sospechas y la envidia del infeliz hacia el dichoso podían desencadenarse, y se desencadenaron, en la general venganza.

Parris reza ahora y aunque no podemos escuchar sus palabras, percibimos que es presa de la confusión. Murmura, parece estar a punto de sollozar; luego solloza y entonces reza de nuevo, pero su hija no se mueve.

Se abre la puerta y entra su esclava negra. Títuba tiene más de cuarenta años. Parris la trajo de Barbados, donde él había vivido varios años como comerciante antes de incorporarse a la Iglesia. Títuba entra como quien ya no soporta la separación de su ser más querido, pero también muy asustada pues su instinto de esclava le ha advertido que, como siempre, las dificultades en esta casa terminan por caer sobre ella.

TÍTUBA (dando ya un paso atrás): ¿Mi Betty, sanita pronto?

PARRIS: ¡Fuera de aquí!

TÍTUBA (retrocediendo hacia la puerta): Mi Betty no morir...

PARRIS (incorporándose, furioso): ¡Fuera de mi vista! (Ella ya se ha ido.) Fuera de mi... (Es dominado por los sollozos. Los acalla apretando los dientes; cierra la puerta y se apoya en ella, exhausto.) ¡Dios mío! ¡Dios, ayúdame! (Temblando de miedo, murmurando para sí entre sollozos, va hacia el lecho y toma suavemente la mano de Betty.) Betty. Criatura. Niña querida. ¿Despertarás, abrirás tus ojos? Betty, pequeña...

(Se inclina para arrodillarse nuevamente, cuando entra su sobrina Abigail Williams, de 17 años, muchacha de llamativa belleza, huérfana, con una infinita capacidad para simular. Ahora rebosa preocupación, aprensión y compostura.) ABIGAIL: Tío. (El la mira.) Susanna Walcott viene de lo del doctor Griggs.

PARRIS: ¿Sí? Que entre, que entre.

ABIGAIL (Asomándose a la puerta para llamar a Susanna, que está unos escalones más abajo): Entra, Susanna.

(Entra Susanna Walcott, muchacha nerviosa, apresurada, algo más joven que Abigail.)

PARRIS (ansiosamente): Hija, ¿qué dice el médico?

SUSANNA (empinándose para ver a Betty por encima de Parris): Me manda venir a deciros, reverendo señor, que para eso no puede encontrar en sus libros ninguna medicina.

PARRIS: Debe seguir buscando, entonces.

SUSANNA: Sí, señor; ha estado buscando en sus libros desde que lo dejasteis, señor.

Pero me manda deciros que podríais buscar vos la causa de esto en algo antinatural.

PARRIS (dilatándosele los ojos): No... no. Nada de causas antinaturales. Dile que he enviado por el reverendo Hale, de Beverly y el señor Hale seguramente lo confirmará.

Que busque en la medicina y deseche toda idea de causas antinaturales, que aquí no las hay.

SUSANNA: Sí, señor. Es él quien me manda deciros... (Se vuelve para salir.) 9

ABIGAIL: No digas nada de esto en el pueblo, Susanna.

PARRIS: Ve directamente a casa y no hables de causas antinaturales.

SUSANNA: Sí, señor. Rogaré por ella. (Vase.)

ABIGAIL: Tío, cunde el rumor de que es brujería; creo que lo mejor será que bajéis y lo neguéis vos mismo. La sala está llena de gente, señor. Yo me quedaré con ella.

PARRIS (abrumado, se vuelve hacia ella): ¿Y qué he de decirles? ¿Que en el bosque descubrí a mi hija y mi sobrina, bailando como herejes?

ABIGAIL: Sí, tío, bailamos. Habréis de decirles que yo lo confesé. Y seré azotada si debo serlo. Pero hablan de brujería. Betty no está embrujada.

PARRIS: Abigail, no puedo presentarme ante la congregación sabiendo que no te has franqueado conmigo. ¿Qué habéis hecho con ella en el bosque?

ABIGAIL: Bailamos, tío. Y cuando aparecisteis de entre los arbustos, tan repentinamente, Betty se asustó y se desmayó. Y eso fue todo.

PARRIS: Hija, siéntate.

ABIGAIL (temblando al sentarse): Yo jamás le haría daño a Betty. La amo tiernamente.

PARRIS: Atiéndeme, criatura. Tu castigo vendrá a su tiempo. Pero si en el bosque habéis traficado con espíritus, debo saberlo ahora, pues sin duda llegarán a saberlo mis enemigos y con ello me arruinarán.

ABIGAIL: Pero es que no conjuramos espíritus...

PARRIS: ¿Entonces por qué desde la medianoche no puede moverse? La chica no tiene remedio. (Abigail baja la vista.) Esto saldrá a la luz, forzosamente ...; mis enemigos lo pondrán en descubierto. Dime qué es lo que habéis hecho allí. Abigail, ¿te das cuenta de que tengo muchos enemigos?

ABIGAIL: Oí decirlo así, tío.

PARRIS: Hay un bando que ha jurado arrojarme de mi púlpito. ¿Comprendes esto?

ABIGAIL: Así lo creo, señor.

PARRIS: Y bien; en medio de semejante embrollo, mis propios familiares resultan ser el mismo centro de no sé qué práctica obscena. En el bosque se hacen barbaridades...

ABIGAIL: ¡Jugábamos, tío!

PARRIS (señalando a Betty): ¿A esto le llamas jugar? (Ella baja la mirada. El suplica.) Abigail, si sabes algo que pueda ayudar al médico, por amor de Dios, dímelo. (Ella calla.) Al sorprenderos, vi a Títuba agitando sus brazos sobre el fuego. ¿Por qué hacía eso? Y oí cómo, de su boca, salía una chillona jerigonza. ¡Se bamboleaba como una bestia estúpida sobre esa fogata!

ABIGAIL: Siempre canta sus cantos de Barbados, y nosotras bailamos.

PARRIS: No puedo cerrar los ojos a lo que vi, Abigail, pues no han de cerrarlos mis 10

enemigos. Vi un vestido tirado sobre la hierba.

ABIGAIL (inocentemente): ¿Un vestido?

PARRIS (...es muy duro decirlo): Sí, un vestido. ¡Y me pareció ver... a alguien desnudo, corriendo entre los árboles!

ABIGAIL (aterrorizada): ¡Nadie estaba desnudo! ¡Os engañáis, tío!

PARRIS (con enojo): ¡Yo lo vi! (Se aleja de ella. Con resolución): Sé sincera conmigo, Abigail. Y te imploro, doblégate bajo el peso de la verdad, pues lo que está en juego es mi ministerio...; mi ministerio y tal vez la vida de tu prima. Cualquiera haya sido la enormidad que habéis consumado, dímelo todo ahora, pues no me atrevo a presentarme ante ellos, allí abajo, sin conocer la verdad.

ABIGAIL: No hay nada más. Lo juro tío.

PARRIS (la observa: luego asiente con la cabeza, convencido a medias): Abigail, he luchado aquí durante tres largos años para que esta gente testaruda se me someta y ahora, justamente ahora cuando la parroquia comienza a dar señales de algún respeto hacia mí, tú comprometes nada menos que mi reputación. Te he dado un hogar, criatura, te he cubierto de ropas...; dame ahora una honrada respuesta. En el pueblo..., ¿tu nombre es completamente inmaculado?

ABIGAIL (con una pizca de resentimiento): Claro, estoy segura de que sí, señor. Mi nombre no tiene de qué avergonzarse.

PARRIS (concretando): Abigail, aparte de lo que me has dicho, ¿hay alguna otra causa por la que te han despedido del servicio de la señora Proctor? He oído decir, y tal como lo dijeron te lo cuento, que este año ella viene a la iglesia tan raras veces sólo por no sentarse tan cerca de algo sucio. ¿Qué querían decir con eso?

ABIGAIL: Me odia; sin duda, tío, porque no quise ser su esclava. Es una mujer cruel, una mujer mentirosa, insensible, llorona, y yo no quiero trabajar para semejante mujer.

PARRIS: Tal vez lo sea. Y sin embargo me ha preocupado que estés fuera de esa casa desde hace siete meses y que en todo este tiempo ninguna otra familia haya pedido tus servicios.

ABIGAIL: Quieren esclavos, no gente como yo. Que vayan a buscarlos a Barbados.

¡No me ensuciaré la cara por ninguno de ellos! (Con mal disimulado resentimiento hacia él): ¿Me regateas mi cama, tío?

PARRIS; No... No.

ABIGAIL (con arrebato): Tengo buen nombre en el pueblo. No permitiré que se diga que mi nombre está sucio. ¡La señora Proctor es una charlatana embustera! (Entra Ann Putnam. Es una mujer de cuarenta y cinco años, de alma atormentada, obsesionada por la muerte, acosada por los sueños.)

PARRIS (apenas comienza a abrirse la puerta): No... no. No puedo recibir a nadie. (La ve y en él surge cierta deferencia aunque sin disipar su ansiedad): Ah, señora Putnam, entrad.

ANN (agitada, con los ojos encendidos): Es un prodigio, no cabe duda de que os ha 11

tocado un rayo del Infierno.

PARRIS: No, señora Putnam, es...

ANN (aludiendo a Betty): ¿Hasta qué altura voló, hasta qué altura?

PARRIS: No, no... no voló...

ANN (muy satisfecha de ello): ¡Cómo! ¡Seguro que voló! ¡El señor Collins la vio pasar sobre el granero de Ingersoll, y descender con la ligereza de un pájaro, dice!

PARRIS: No, señora Putnam, escuchad, ella no ha... (Entra Thomas Putnam, un duro terrateniente acomodado, cincuentón.) Ah, buenos días, señor Putnam.

PUTNAM: ¡Es una suerte que la cosa haya brotado, por fin! ¡Es providencial! (Va directamente hacia el lecho.)

PARRIS: ¿Qué cosa ha brotado, señor, qué...? (Ann va hacia la cama.) PUTNAM (mirando a Betty): ¡Pero sus ojos están cerrados! Mira tú, Ann.

ANN: Sí que es extraño. (A Parris): Los de la nuestra están abiertos.

PARRIS (sobresaltado): ¿Vuestra Ruth está enferma?

ANN (con maligna certidumbre): Yo no diría enferma; el toque del Diablo es más grave que estar enferma. Es la muerte, sabéis, es la muerte diabólica que se mete en ellas, con horquilla y con pezuñas.

PARRIS: ¡Oh, no, por favor! ¿Por qué, qué es lo que tiene Ruth?

ANN: Tiene lo que se merece... No se despertó esta mañana, pero sus ojos están abiertos y camina, y nada oye, nada ve, y nada puede comer. Su alma está poseída, seguramente. (Parris queda paralizado.)

PUTNAM (como pidiendo más detalles): Dicen que habéis enviado por el reverendo Hale, de Beverly...

PARRIS (con menos convicción ahora): Es sólo una precaución. Posee gran experiencia en todas las artes demoníacas, y yo...

ANN: Ya lo creo; y el año pasado encontró una bruja en Beverly, recordadlo bien.

PARRIS: Vamos, señora Ann, sólo pensaron que era una bruja, y estoy seguro de que aquí no hay nada de brujería.

PUTNAM: ¡Nada de brujería! Vamos señor Parris, ved que...

PARRIS: Thomas, Thomas, os ruego, no habléis de brujería. Sé que vos no me desearíais, y vos menos que nadie, Thomas, tan desastrosa acusación. No podemos pensar en brujería. A gritos me echarán de Salem por semejante corrupción en mi casa.

(Dos palabras acerca de Thomas Putnam. Era un hombre con muchos rencores, de los que, por lo menos uno, parece justificado. Tiempo atrás, el cuñado de su esposa, James Bayley, había sido rechazado como ministro de Salem. Bayley llenaba todos los requisitos y contaba con dos tercios de los votos necesarios, pero un sector impidió su designación por razones que no son claras.

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Thomas Putnam era el hijo mayor del hombre más rico del lugar. Había peleado contra los indios en Narragansett y se interesaba profundamente por los asuntos parroquiales. Indudablemente, se sintió mal retribuido por la comunidad que tan escandalosamente desairaba a su candidato para uno de los cargos más importantes del pueblo, tanto más cuanto que él mismo se consideraba intelectualmente superior a la mayoría de la gente que había a su alrededor.

Su naturaleza vengativa quedó demostrada mucho antes de que comenzara la "caza de brujas". George Burroughs, otro ex párroco de Salem, había tenido que obtener dinero prestado para pagar el entierro de su esposa y como la parroquia se atrasaba en el pago de su salario, pronto se encontró en bancarrota. Thomas y su hermano John hicieron encarcelar a Burroughs por deudas que el hombre no debía.

El incidente es importante sólo porque Burroughs consiguió ser párroco allí donde Bayley, cuñado de Thomas Putnam, fue rechazado; el motivo de resentimiento es aquí claro. Thomas Putnam sintió que su propio nombre y el honor de su familia habían sido mancillados por el pueblo y se propuso desquitarse como pudiera.

Otra razón para creerlo un hombre profundamente amargado fue su intento de destruir el testamento de su padre, quien había legado una suma desproporcionada a un hermanastro. Como en todos los pleitos públicos en que trató de forzar las cosas, también fracasó en éste.

No es sorprendente, pues, hallar tantas acusaciones de puño y letra de Thomas Putnam, o que tan frecuentemente se haya encontrado su nombre en calidad de testigo, corroborando los testimonios destinados a probar lo sobrenatural, o que su hija iniciase el griterío en los trances más oportunos durante los procesos, especialmente cuando... Pero ya hablaremos de esto a su tiempo.) PUTNAM (en este momento está decidido a empujar al abismo a Parris, por quien siente desprecio) : Señor Parris, en todas las disputas aquí habidas he estado de vuestra parte, y así continuaría; pero no puedo, si os resistís en esto. Espíritus dañinos, vengativos, están arrebatando a estas criaturas.

PARRIS: Pero Thomas, no podéis...

PUTNAM: ¡Ann! Dile al señor Parris lo que has hecho.

ANN: Reverendo Parris, he dejado bajo tierra a siete niños sin bautizar. Creedme, señor, jamás habéis visto nacer niños más robustos. Y sin embargo, cada uno de ellos estaba destinado a marchitarse en mis brazos la misma noche de su nacimiento. Yo nada he dicho, pero es mi corazón el que ha insinuado a voces. Y ahora, este año, mi Ruth, mi única..., la veo tornarse extraña: taciturna criatura se ha vuelto este año y se está encogiendo como si una boca sedienta le sorbiese hasta la vida. Y entonces pensé en que fuese a ver a vuestra Títuba.

PARRIS: ¡A Títuba! ¿Qué podría Títuba...?

ANN: Títuba sabe cómo hablar a los muertos, señor Parris.

PARRIS: ¡Señora Ann..., es un enorme pecado invocar a los muertos!

ANN: Mi alma cargue con ello; ¿pero quién, si no, podría decirnos con certeza qué persona mató a mis niños?

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PARRIS (horrorizado): ¡Mujer!

ANN: ¡Fueron asesinados, señor Parris! ¡Y tomad nota de esta prueba! ¡Tomad nota!

Anoche, mi Ruth estuvo más cerca que nunca de sus almitas; lo sé, señor. ¿Pues cómo es que ha enmudecido ahora, si no porque algún poder de las tinieblas le ha paralizado la boca? ¡Es una señal prodigiosa, señor Parris!

PUTNAM: ¿NO comprendéis, señor? Hay entre nosotros una bruja asesina, decidida a mantenerse en las sombras. (Parris se vuelve hacia Betty evidenciando un creciente terror frenético.) Dejad que vuestros enemigos piensen lo que quieran, vos no lo podéis ignorar.

PARRIS (a Abigail): Entonces, invocabais espíritus, anoche.

ABIGAIL (en un susurro): Yo no, señor... Títuba y Ruth.

PARRIS (se vuelve ahora, con nuevo temor; va hacia Betty, la observa y luego, con la mirada fija en el vacío): ¡Oh, Abigail, qué adecuada retribución a mi generosidad!

Ahora estoy perdido.

PUTNAM: No estáis perdido. Haceos fuerte, ahora. No esperéis a que nadie os acuse.

Declaradlo vos mismo. Habéis descubierto una brujería...

PARRIS: ¿En mi casa? ¿En mi casa, Thomas? Me derribarán con esto. Harán de ello una... (Entra Mercy Lewis, la sirvienta de los Putnam, una muchacha de diez y ocho años, gorda, taimada y despiadada.)

MERCY: Con vuestro perdón. Sólo quise ver cómo está Betty.

PUTNAM: ¿Cómo es que no estás en casa? ¿Quién está con Ruth?

MERCY: Vino la abuela. Mejoró algo, creo... Antes, dió un tremendo estornudo.

ANN: ¡Ah, es un signo de vida!

MERCY: YO ya no temería, señora Putnam. Fue un gran estornudo; otro así y estoy segura que del sacudón le vuelve el juicio. (Va al lecho a mirar.) PARRIS: ¿Queréis dejarme ahora, Thomas? Rezaría un momento a solas.

ABIGAIL: TÍO, habéis rezado desde medianoche. Por qué no bajáis y...

PARRIS: No... no. (A Putnam): No tengo respuesta para esa multitud. Esperaré hasta que llegue Hale. (Invitando a Ann a salir): Tened a bien, señora Ann...

PUTNAM: Y bien, señor. ¡Lanzaos contra el Diablo y el pueblo os bendecirá por ello!

Bajad, habladles..., orad con ellos. Están sedientos de vuestra palabra, señor. Confío en que oraréis con ellos.

PARRIS (dominado): Los guiaré en un salmo, pero nada digáis de brujería por ahora.

No he de discutirlo. La causa es aún desconocida. He tenido bastantes disputas desde que llegué. No quiero más.

ANN: Mercy, tú vas a casa a acompañar a Ruth, ¿me oyes?

MERCY: SÍ, señora. (Sale Ann Putnam.)

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PARRIS (a Abigail): Si se lanza a la ventana, llámame en seguida.

ABIGAIL: Lo haré, tío.

PARRIS (a Putnam): Hay una fuerza terrible, hoy, en sus brazos. (Sale con Putnam.) ABIGAIL (con contenido azoramiento): ¿Qué tiene Ruth?

MERCY: Es espeluznante, no sé...; desde anoche parece caminar como una muerta.

ABIGAIL (se vuelve súbitamente y va hacia Betty; con temor en la voz): ¡Betty! (Betty no se mueve. La sacude): ¡Acaba de una vez! ¡Betty! ¡Levántate! (Betty no se mueve.

Mercy se acerca.)

MERCY: ¿Ensayaste golpearla? Yo le di a Ruth una buena y eso la despertó por un rato. Anda, déjame a mí.

ABIGAIL (rechazando a Mercy): No, él subirá en seguida. Escúchame. Si nos interrogan, diles que bailábamos... Eso es todo lo que yo le dije.

MERCY: Bueno. ¿Y qué más?

ABIGAIL: El sabe que Títuba conjuró a las hermanas de Ruth a levantarse de la tumba.

MERCY: ¿Y qué más?

ABIGAIL: Te vio desnuda.

MERCY (batiendo palmas, con una risita asustada): ¡Jesús!

(Entra Mary Warren, sin aliento. Es una muchacha de diez y siete años, servil, simple, triste.)

MARY: ¿Qué haremos? ¡El pueblo está en la calle! ¡Recién llego de la granja; toda la comarca habla de brujería! ¡Abby, nos acusarán de brujas!

MERCY (apuntando y mirando a Mary): Ella piensa confesar, lo sé.

MARY: Tenemos que confesar, Abby. Por brujería ahorcan..., ¡ahorcan como en Boston hace dos años! ¡Abby, debemos decir la verdad! Por bailar y las otras cosas, sólo te azotarán.

ABIGAIL: ¡Oh... NOS azotarán!

MARY: Yo no hice nada de eso, Abby. Yo miraba solamente.

MERCY (yendo amenazadora hacia Mary): ¡Ah! Tú eres especial para mirar, ¿no es cierto Mary Warren? Para espiar sí que eres valiente. (Betty, en la cama, se queja.

Abigail se vuelve instantáneamente.)

ABIGAIL: Betty. (Va hacia Betty): Vamos querida, Betty, despierta ya. Es Abigail. (La incorpora y la sacude furiosamente): ¡Betty, voy a pegarte! (Betty se queja): Ahá, parece que mejoras. Hablé con tu papá y le conté todo. De modo que no hay nada que...

BETTY (asustada de Abigail, salta de la cama como una luz y pegada de espaldas a la pared): ¡Quiero a mi mamá!

ABIGAIL (con alarma, mientras se aproxima cautelosamente a Betty): Betty, ¿qué te 15

pasa? Tu mamá está muerta y enterrada.

BETTY: ¡Quiero volar hacia mamá! ¡Dejadme volar! (Extiende los brazos como para volar, largándose hacia la ventana por donde alcanza a pasar una pierna.) ABIGAIL (arrastrándola lejos de la ventana): Le conté todo; él ya sabe, ahora ya sabe todo lo que nosotras...

BETTY: Tú bebiste sangre, Abigail, eso no se lo contaste.

ABIGAIL: ¡Betty, no volverás a decir eso! Nunca, jamás...

BETTY: ¡Lo hiciste, lo hiciste! ¡Bebiste un encantamiento para que muera la mujer de John Proctor! ¡Sí! ¡Bebiste un encantamiento para matar a la señora Proctor!

ABIGAIL (la abofetea): ¡Calla! ¡Basta ya!

BETTY (desplomándose en el lecho): ¡Mamá, mamá! (Se deshace en sollozos.) ABIGAIL: Atended. Vosotras todas. Bailábamos. Y Títuba invocó a las hermanas de Ruth Putnam. Y eso es todo. Y acordaos de esto: que se os escape una palabra, a cualquiera de vosotras, o la sombra de una palabra acerca de las otras cosas, y apareceré en lo más negro de una noche horrible y os ajustaré las cuentas hasta el escalofrío. ¡Y

vosotras sabéis que yo puedo hacerlo; he visto cómo, sobre la almohada junto a la mía, los indios destrozaban las cabezas de mis pobres padres, y he visto algunas otras sangrientas faenas realizadas en la noche, y puedo hacer que vosotras os lamentéis de haber visto siquiera que se puso el sol! (Va hacia Betty y rudamente la incorpora):

¡Vamos, tú... siéntate y acaba con esto! (Pero Betty se desploma en sus brazos y yace inerte en el lecho.)

MARY (histéricamente asustada): ¡Qué le dio! (Mirando despavorida a Betty): ¡Abby, se va a morir! Conjurar es un pecado y nosotras...

ABIGAIL (yendo hacia Mary): ¡Mary Warren, te he dicho que te calles!

(Entra John Proctor. Al verlo, Mary retrocede asustada.) (Proctor era un agricultor de unos treinta y cinco años. No tiene por qué haber sido miembro de ningún bando del pueblo, pero hay indicios que sugieren que era violento y mordaz con los hipócritas. Era la clase de hombre poderoso de cuerpo, bien dispuesto y difícilmente dominable— que no puede rehusar su apoyo a militantes de ningún partido sin provocar su más hondo resentimiento. En presencia de Proctor todo necio sentía instantáneamente su necedad... y por cosas así, un Proctor siempre está expuesto a la calumnia.

Pero, como veremos, las tranquilas maneras que él exhibe no surgen de un alma libre de tormentos. Es un pecador, un pecador no sólo ante la moral imperante en la época, sino ante su propia visión de lo que es una conducta decente. Aquella gente no disponía de un ritual para lavar sus pecados. Es otro rasgo que hemos heredado de ellos, y que lo mismo nos ha ayudado a disciplinarnos como a fomentar entre nosotros la hipocresía. Proctor, respetado y hasta temido en Salem, ha llegado a considerarse a sí mismo una especie de fraude. Pero nada de esto ha aparecido todavía en la superficie; y cuando entra, viniendo de la concurrida sala de abajo, lo que vemos es un hombre en la flor de la vida, con una tranquila confianza y una inexpresada fuerza oculta. Mary Warren, su sirvienta, apenas puede hablar por la turbación y el miedo.) 16

MARY: ¡Oh! Ya me estoy marchando a casa, señor Proctor.

PROCTOR: ¿Eres boba, Mary Warren? ¿Eres sorda? Te prohibí dejar la casa, ¿no es cierto? ¿Para qué te pago? Tengo que vigilarte más que a mis vacas.

MARY: Sólo vine a ver los grandes acontecimientos del mundo.

PROCTOR: Grandes acontecimientos en el traste voy a darte yo uno de estos días. ¡Vete a casa; mi mujer tiene tarea para ti! (Ella sale lentamente, tratando de conservar un resto de dignidad.)

MERCY (extrañamente fascinada y a la vez atemorizada): Es mejor que me vaya.

Debo atender a mi Ruth. Buenos días, señor Proctor.

(Evitando la proximidad de Proctor, Mercy sale rápidamente. Desde la aparición de Proctor, Abigail ha permanecido como en punta de pies, bebiendo su figura, con ojos dilatados. El le echa una mirada y va hacia el lecho de Betty.) ABIGAIL: ¡POR Dios! ¡Ya casi había olvidado lo fuerte que eres, John Proctor!

PROCTOR (mirando a Abigail con una vaga sonrisa de inteligencia apenas esbozada en el rostro): ¿Qué diablura es ésta?

ABIGAIL (con una risita nerviosa): Nada; sólo está medio tonta.

PROCTOR: Desde la mañana, el camino de mi casa se ha convertido en una peregrinación a Salem. El pueblo entero habla de brujería.

ABIGAIL: ¡Bah, cuentos! (Se le acerca, persuasiva, con un aire confidencial y travieso): Anoche estábamos bailando en el bosque y mi tío nos sorprendió. Ella se asustó. Eso es todo.

PROCTOR (ensanchando su sonrisa): ¡Ah, traviesa como siempre, no? (Esperanzada, Abigail deja escapar una risita y se atreve a acercársele, mirándole febrilmente en los ojos.) Te meterán en el cepo antes de que cumplas los veinte. (Hace ademán de irse pero ella se interpone.)

ABIGAIL: Dime algo, John. Algo tierno. (Su vehemencia destruye la sonrisa de Proctor.)

PROCTOR: No, Abby, no, eso ha terminado.

ABIGAIL (insultante): ¿Cinco millas viajas tú por ver volar a una tonta? Te conozco...

PROCTOR (apartándola con firmeza): Vengo a ver qué enredo está tramando tu tío ahora. (Categórico.) Quítatelo de la cabeza, Abby.

ABIGAIL (asiéndole una mano antes de que él la haya soltado): John..., me paso las noches esperándote.

PROCTOR: Nunca he prometido venir a verte, Abby.

ABIGAIL (no puede creerle; con cólera creciente): ¡Creo tener algo más que promesas!

PROCTOR: Abby, te quitarás eso de la cabeza. No vendré más por ti.

17

ABIGAIL: Te estás burlando de mí.

PROCTOR: Tú sabes que no.

ABIGAIL: Lo que sé es cómo me estrechabas en los fondos de tu casa, y sudabas como un caballo cada vez que me acercaba. ¿O es que lo he soñado? Quien me echó fue ella, no puedes simular que fuiste tú. Te vi el rostro cuando ella me echó, y me amabas entonces y me amas ahora.

PROCTOR: Abby, eso es decir una salvajada.

ABIGAIL: Una salvaje puede decir salvajadas. Pero no tanta salvajada, creo. Te he visto desde que ella me echó; te he visto por las noches.

PROCTOR: En estos siete meses apenas si he salido de mi granja.

ABIGAIL: Soy sensible al calor, John, y el tuyo me ha arrastrado hasta mi ventana y te he visto mirando hacia arriba, ardiendo en tu soledad. ¿Vas a decirme que no has mirado hacia mi ventana?

PROCTOR: Puede haber mirado.

ABIGAIL (ablandándose): Con seguridad, John. No eres de invernadero. Te conozco, John. Yo te conozco. (Está llorando.) Los sueños no me dejan dormir; en cuanto empiezo a soñar me despierto y camino por la casa como si fuera a encontrarte viniendo por alguna puerta. (Lo abraza desesperadamente.) PROCTOR (apartándola suavemente, con gran compasión pero firmemente): Niña...

ABIGAIL (en un arranque de ira): ¡Cómo me llamas niña!

PROCTOR: Puede que te recuerde con dulzura de cuando en cuando, Abby. Pero me cortaré una mano antes que volver a tocarte. Bórralo de la mente. Nunca nos hemos tocado, Abby.

ABIGAIL: ES que sí nos tocamos.

PROCTOR: ES que no nos tocamos.

ABIGAIL (con amargo enojo): Oh, me admira que un hombre tan fuerte pueda permitir que una esposa tan débil...

PROCTOR (enojado..., como si también se lo dijese a sí mismo): ¡No dirás nada de Elizabeth!

ABIGAIL: ¡Ella está ensuciando mi nombre en el pueblo! ¡Anda diciendo mentiras de mí! ¡Es una mujer fría y llorona, y tú te sometes a ella! Deja que te convierta en...

PROCTOR (sacudiéndola): ¿Quieres que te azote? (De abajo llegan voces entonando un salmo.)

ABIGAIL (entre lágrimas): ¡Quiero a John Proctor, el que interrumpió mi sueño y abrió los ojos de mi corazón! Yo no sabía lo hipócrita que era Salem, ni me daba cuenta de las mentiras que me enseñaban todas esas mujeres beatas y sus aliados esposos. Y ahora pretendes que me arranque esa luz de los ojos. ¡No lo haré, no puedo! ¡Me amaste, John Proctor, y por más pecado que sea, aún me amas! (El se vuelve bruscamente para salir.

Ella corre tras él.) ¡John, piedad...; ten piedad de mí!

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(Al oírse las palabras del salmo "yendo hacia Jesús", Betty se tapa súbitamente los oídos y se queja en voz alta.)

ABIGAIL: ¡Betty! (Corre hacia Betty que ahora está sentada, chillando. Mientras Abigail trata de bajarle las manos, Proctor se acerca diciendo "Betty!") PROCTOR (con creciente nerviosidad): ¿Qué estás haciendo? Niña, ¿qué te ocurre?

¡No grites así! (El canto se ha detenido y ahora irrumpe Parris en la habitación.) PARRIS: ¿Qué ocurrió? ¿Qué le estáis haciendo? ¡Betty! (Corre hacia el lecho gritando "¡Betty, Betty!" Entra Ann Putnam, con curiosidad febril y, tras ella, Thomas Putnam y Mercy Lewis. Parris, junto al lecho, palmotea suavemente el rostro de Betty, mientras ella gime y trata de levantarse.)

ABIGAIL: Os oyó cantar y de pronto se levantó gritando.

ANN: ¡El salmo, el salmo! ¡No soporta que se pronuncie el nombre del Señor!

PARRIS: No, no lo permita Dios. ¡Mercy, corre a lo del médico! ¡Cuéntale lo que ocurrió aquí! (Mercy Lewis sale corriendo.)

ANN: ¡Un indicio! ¡Ved en ello un indicio!

(Entra Rebecca Nurse, de setenta y dos años de edad, de cabellera blanca, apoyándose en su bastón.)

PUTNAM (señalando a la sollozante Betty): ¡Este es un evidente indicio de brujería desatada, Rebecca Nurse, un prodigioso indicio!

ANN: ¡Mi madre me lo dijo! Cuando no pueden soportar que el nombre del Señor sea...

PARRIS (temblando): Rebecca, Rebecca, acude a ella, estamos perdidos.

Repentinamente, no soporta que el nombre del Señor sea...

(Entra Giles Corey, de ochenta y tres años, musculoso, digno, inquisitivo, poderoso todavía.)

REBECCA: Hay un enfermo grave aquí, Giles Corey, haz el favor de guardar silencio, pues.

GILES: No he dicho una palabra. Ninguno de los presentes puede acusarme de haber dicho una palabra. ¿Va a volar otra vez? Dicen que vuela.

PUTNAM: ¡Cállate, hombre!

(Todo es silencio. Rebecca cruza la habitación hacia el lecho; rebosa dulzura. Betty, con los ojos cerrados, solloza quedamente. Rebecca simplemente se ha plantado ante la niña, quien se aquieta gradualmente.)

(Y mientras están tan absortos, podemos decir algo sobre Rebecca.

Rebecca era la esposa de Francis Nurse quien, según todas las referencias, era uno de esos hombres a quien las dos partes de una discusión tienen que respetar. Era llamado, cual si fuese un juez extraoficial, para intervenir como árbitro en las disputas y Rebecca también gozaba de la alta opinión que la gente tenía de él.

19

Por la época del drama, poseían doscientas hectáreas y sus hijos estaban instalados en casas separadas dentro de la misma propiedad. Originariamente, Francis había arrendado el lugar y hay una teoría que sostiene que mientras lo fue pagando, y de este modo elevando su condición, hubo quienes vieron su progreso con resentimiento.

Otra sugerencia para explicar la sistemática campaña contra los Nurse se encuentra en la guerra que, por sus tierras, sostuvieron contra sus vecinos, uno de los cuales era un Putnam. Esta pendencia creció hasta adquirir proporciones de batalla en un encuentro entre partidarios de ambos bandos y se dice que duró dos días.

En cuanto a Rebecca misma, era tan elevada la opinión general acerca de su carácter, que para explicar cómo se atrevió alguien a acusarla de bruja y más, cómo es que gente adulta pudo llegar a ponerle la mano encima, debemos fijarnos en las tierras de aquel tiempo y sus divisiones.

Como hemos visto, el candidato de Thomas Putnam para el ministerio de Salem, era Bayley. El plan de Nurse había figurado en la facción que impidió el nombramiento de Bayley. Por añadidura, ciertas familias vinculadas a los Nurse por lazos de sangre o por amistad, y cuyas granjas eran contiguas o vecinas de la de Nurse, se aliaron para romper con la autoridad municipal de Salem, y fundaron una entidad nueva e independiente, Topsfield, cuya existencia provocó el enojo de los viejos salemitas.

Que la mano que movía los hilos del escándalo era la de Putnam, queda indicado por el hecho de que, tan pronto como el mismo empezó, esa facción Topsfield-Nurse se ausentó de la iglesia en señal de protesta e incredulidad. Fueron Edward y Jonathan Putnam quienes firmaron la primera demanda contra Rebecca; y la pequeña hija de Thomas Putnam fue la que cayó en trance durante la audiencia y señaló a Rebecca como su atacante.

Como culminación de todo eso, la señora Putnam que ahora está con la mirada fija en la embrujada niña del lecho—, pronto acusó al espíritu de Rebecca de "tentarla a la iniquidad", acusación que encerraba más verdad de la que la señora Putnam podía sospechar.)

ANN (atónita): ¿Qué has hecho? (Rebecca, pensativa, se aleja del lecho y se sienta.) PARRIS (maravillado y aliviado): ¿Qué piensas de esto, Rebecca?

PUTNAM (ansiosamente): Rebecca Nurse, ¿irás a ver a mi Ruth y tratarás de despertarla?

REBECCA (sentada): Creo que despertará a su tiempo. Por favor, calmaos. Tengo once hijos y soy veintiséis veces abuela y los he acompañado a todos en sus temporadas bobas y cada vez que les agarraba, sus diabluras dejaban chiquito al mismo Demonio.

Creo que despertará cuando se canse de esto. El alma de una criatura es como una criatura, nunca podréis alcanzarla corriendo tras ella; hay que quedarse quieto y pronto volverá por sí misma, en busca de cariño.

PROCTOR: SÍ, Rebecca, ahí está la verdad.

ANN: Rebecca, esto no es ninguna temporada boba. Mi Ruth está aturdida, Rebecca; no puede comer.

REBECCA: Tal vez no esté hambrienta todavía. (A Parris.) Espero que no estéis 20

decidido a salir en busca de espíritus errantes, señor Parris. He oído anunciarlo afuera.

PARRIS: En la parroquia se extiende la creencia de que el Diablo puede hallarse entre nosotros y estoy dispuesto a cumplir con ellos demostrándoles que están equivocados.

PROCTOR: Entonces hablad claro y decidles que están equivocados. Antes de llamar a ese ministro a que busque demonios, ¿habéis consultado con los consejeros?

PARRIS: ¡NO viene a buscar demonios!

PROCTOR: Entonces, ¿a qué viene?

PUTNAM: ¡En el pueblo hay niños muñéndose, caballero!

PROCTOR: No veo morirse a ninguno. Esta comunidad no ha de ser un juguete para que lo agitéis a vuestro gusto, señor Putnam. (A Parris.) ¿Habéis convocado a sesión antes de...

PUTNAM: ¡Estoy harto de sesiones! ¿Es que el pobre hombre no puede volver la cabeza sin tener que convocar a sesión?

PROCTOR: Puede volver la cabeza, pero no hacia el Infierno.

REBECCA: Te ruego, John, cálmate. (Pausa. El cede ante ella.) Señor Parris, creo que lo mejor será que, tan pronto como venga, mandéis al reverendo Hale de vuelta. Esto nos va a traer nuevas disputas en la comunidad y habíamos quedado en que este año habría paz. Creo que ahora deberíamos confiar en el médico y en una buena plegaria.

ANN: ¡Rebecca, el doctor está desconcertado!

REBECCA: Entonces, si lo está, acudamos a Dios. Hay un peligro monstruoso en ponerse a buscar espíritus errantes. Lo temo, lo temo. Es mejor que busquemos la culpa en nosotros y que...

PUTNAM: ¿Cómo hemos de culparnos a nosotros? Yo soy uno de nueve hijos; la semilla de los Putnam ha poblado esta región. Y sin embargo, de ocho criaturas sólo me queda una... y esa una se está marchitando.

REBECCA: Esto no puedo desentrañarlo yo.

ANN (con un creciente dejo de sarcasmo): ¡En cambio yo debo! ¿Crees que es obra de Dios el que tú jamás pierdas un hijo, ni un nieto, y que yo en cambio deba enterrarlos a todos menos a uno? Hay ruedas moviendo ruedas en este pueblo, y fuegos nutriendo fuegos.

PUTNAM (a Parris): Cuando llegue el reverendo Hale, procederéis a buscar rastros de brujería en esto.

PROCTOR (a Putnam): No podéis dar órdenes al señor Parris. En esta comunidad el voto es por persona y no por hectárea.

PUTNAM: Nunca os he notado tan preocupado por esta comunidad, señor Proctor. No creo haberos visto en nuestras reuniones sabáticas desde las últimas nevadas.

PROCTOR: Bastantes preocupaciones tengo sin viajar cinco millas para escucharle predicar no más que tormentos infernales y condenación eterna.

21

Creed en lo que os digo, señor Parris. Hay muchos otros que hoy se apartan de la iglesia porque ya casi nunca mencionáis a Dios.

PARRIS (excitado): ¡Cómo! ¡Esta es una acusación muy grave!

REBECCA: Hasta cierto punto es verdad; hay muchos que no se animan a traer a sus hijos...

PARRIS: No predico para niños, Rebecca. No son los niños quienes descuidan sus obligaciones para con este ministerio.

REBECCA: ¿Realmente hay quienes las descuidan?

PARRIS: Yo diría que más de la mitad del pueblo de Salem...

PUTNAM (interrumpiendo): Y más que eso...

PARRIS: ¿Dónde está mi leña? Mi contrato estipula que se me provea de toda mi leña.

¡Desde noviembre estoy esperando una astilla, y aún en noviembre mismo tuve que andar exhibiendo mis manos heladas como un mendigo cualquiera!

GILES: Se os asigna seis libras anuales para comprar vuestra leña, señor Parris.

PARRIS: Considero esas seis libras como parte de mi salario. Bastante poco se me paga sin que gaste seis libras en leña...

PROCTOR: Sesenta, más seis para leña...

PARRIS (interrumpiéndolo): ¡El salario es de sesenta y seis libras, señor Proctor! No soy ningún predicador de campaña con el librito bajo el brazo; soy diplomado del colegio de Harvard.

GILES: ¡ASÍ es, y bien versado en aritmética!

PARRIS: ¡Señor Corey, deberéis buscar mucho para encontrar un hombre de mi clase por sesenta libras anuales! No estoy acostumbrado a esta miseria; abandoné un buen negocio en Barbados para servir al Señor. No alcanzo a desentrañarlo: ¿por qué se me persigue aquí? No puedo proponer nada sin que se produzca un alboroto de gritos y discusiones. Me he preguntado a menudo si no estaría el Diablo en esto; de otro modo no puedo comprenderos.

PROCTOR: Señor Parris, sois el primer párroco que ha exigido el título de propiedad de esta casa...

PARRIS (interrumpiendo): ¡Hombre! ¿Es que un párroco no merece una casa donde vivir?

PROCTOR: En donde vivir, sí. Pero pretender la propiedad es como si fueseis dueño de la misma capilla; en la última asamblea a la que acudí hablasteis tanto de escrituras e hipotecas que creí estar en un remate.

PARRIS: ¡Pretendo una prueba de confianza, eso es todo! Soy vuestro tercer predicador en siete años. No quiero ser echado como el gato cada vez que ése sea el capricho de cualquier mayoría. Vosotros parecéis no comprender que un ministro es el representante del Señor en la parroquia; a un ministro no se le ha de perturbar ni contradecir con tanta ligereza.

22

PUTNAM: ¡ESO es!

PARRIS: ¡Habrá obediencia, o la Iglesia arderá como arde el Infierno!

PROCTOR: ¿ES que no podéis hablar un minuto sin que vayamos a parar al Infierno nuevamente? ¡Estoy harto del Infierno!

PARRIS: No sois vos quien decidirá lo que os conviene oír.

PROCTOR: ¡Creo que puedo decir lo que pienso!

PARRIS (furioso): ¿Qué, somos cuáqueros acaso? Todavía no somos cuáqueros aquí, señor Proctor. Y podéis decírselo así a vuestros partidarios.

PROCTOR: ¡Mis partidarios!

PARRIS (por fin se desahoga): En esta iglesia hay un partido. No estoy ciego; hay un bando y un partido.

PROCTOR: ¿Contra vos?

PUTNAM: ¡Contra él y toda autoridad!

PROCTOR: ¡Ah! Si es así, debo encontrarlo y unirme a él. (Hay conmoción entre los demás.)

REBECCA: No quiso decir eso.

PUTNAM: ¡Acaba de decirlo!

PROCTOR: Lo sostengo solemnemente, Rebecca; no me huele bien esta "autoridad".

REBECCA: No, no puedes quitarle el apoyo a tu párroco. Tú no eres de ésos, John.

Estrecha su mano. Haced las paces.

PROCTOR: Tengo grano que sembrar y leña que arrastrar a casa. (Va enojado hacia la puerta y se vuelve hacia Corey con una sonrisa.) Qué te parece, Giles, encontremos ese partido. Dice que hay un partido.

GILES: John, he cambiado mi opinión sobre este hombre. Os ruego que me perdonéis, señor Parris; nunca pensé que en vos hubiese tanta fortaleza.

PARRIS (sorprendido): ¡Cómo... gracias, Giles!

GILES: Esto le hace pensar a uno en cuál ha sido la dificultad entre nosotros todos estos años. (A todos.) Pensadlo. ¿A qué se debe que todos andemos demandándonos los unos a los otros? Pensadlo bien. Es algo profundo y negro como un pozo. Este año he comparecido seis veces ante la justicia...

PROCTOR (interrumpiéndolo familiarmente, cordialmente, aunque sabe que con esto se acerca al límite de la paciencia de Giles): ¿Es culpa del Diablo que uno no pueda decirte buen día sin que lo demandes por calumnia? Estás viejo, Giles, y no oyes tan bien como antes.

GILES (no puede ser desviado): John Proctor, hace apenas un mes que cobré cuatro libras de daños y perjuicios porque decías en público que yo quemé el techo de tu casa, y yo...

23

PROCTOR (riendo): Nunca dije tal cosa, pero te he pagado por ello, de modo que puedo llamarte sordo sin que me cueste. Ven, acompáñame Giles y ayúdame a arrastrar mi leña a casa.

PUTNAM: Un momento señor Proctor, ¿qué leña es esa que arrastráis, si puedo preguntaros?

PROCTOR: ES mi leña. De mi monte junto al río.

PUTNAM: Vamos, nos hemos vuelto locos este año. ¿Qué anarquía es ésta? Ese trecho está dentro de mis límites, dentro de mis límites, señor Proctor.

PROCTOR: ¡De vuestros límites! (Indicando a Rebecca.) Le compré ese pedazo al marido de la señora Nurse hace cinco meses.

PUTNAM: El no tenía derecho a venderlo. En el testamento de mi abuelo dice claramente que todo el terreno entre el río y...

PROCTOR: Vuestro abuelo tenía por costumbre legar tierras que nunca le pertenecieron, si es que puedo decirlo sin rodeos.

GILES: Esta es la pura verdad; también había cedido mi pradera del norte; pero sabía que, antes de que alcanzase a firmar ese testamento, yo le hubiera roto los dedos.

Vamos a llevar tu leña a casa, John. Siento que me vienen unas tremendas ganas de trabajar.

PUTNAM: ¡Cargad uno solo de mis robles y tendréis que pelear para arrastrarlo a casa!

GILES: Está bien, y además venceremos, Putnam. .. este bobo y yo. ¡Vamos! (Se vuelve a Proctor e inicia la salida.)

PUTNAM: ¡Tendrás que vértelas con mis hombres. Corey! ¡Te encajaré una denuncia!

(Entra el reverendo John Hale, de Beverly. Aparece abrumado bajo el peso de media docena de voluminosos libros.)

(El señor Hale, intelectual de ojos ávidos y terso cutis, tiene cerca de cuarenta años.

La presente es una grata diligencia para él: al ser invitado a comprobar si aquí hay brujería, sintió el orgullo del especialista cuya singular sabiduría es, por fin, reconocida públicamente. Como casi todos los estudiosos, dedicó buena parte de su tiempo a reflexionar acerca del mundo invisible, especialmente desde que él mismo, no hace mucho, descubrió una bruja en su parroquia. Sin embargo, bajo su penetrante escrutinio, esa mujer resultó ser una simple charlatana y la criatura a la que pretendidamente había estado afligiendo recuperó su conducta normal después de que Hale le brindara su bondad y unos días de reposo en su propia casa. Pero esa experiencia no provocó en su mente la menor duda en cuanto a la realidad del trasmundo o la existencia de los multifacéticos lugartenientes de Lucifer. Fe que no lo desprestigia. Mejores cabezas que la de Hale hubo y aún las hay—, convencidas de que más allá existe una sociedad de espíritus. No puedo dejar de señalar que una de sus frases no ha provocado risas en ningún público que ha visto esta obra; es su afirmación de que "No podemos caer en supersticiones. El Diablo es preciso". Evidentemente, ni siquiera hoy estamos muy seguros de que el diabolismo no sea cosa sagrada y de la que no hay que mofarse. Y no es por casualidad que estamos tan confundidos.

Al igual que el reverendo Hale y los demás personajes de este tablado, concebimos al 24

Diablo como una parte necesaria a un enfoque respetable de la cosmología. El nuestro es un imperio dividido en el que ciertas ideas y emociones y acciones son de Dios, y las opuestas, de Lucifer. Es tan imposible para la mayoría de los hombres concebir una moralidad sin pecado como una tierra sin "cielo". Desde 1692 un cambio grande pero superficial borró las barbas de Dios y los cuernos del Diablo, pero el mundo continúa oprimido entre dos absolutos diametralmente opuestos. El concepto de unidad, en el que lo positivo y lo negativo son atributos de la misma fuerza, en el que el bien y el mal son relativos, eternamente cambiantes, y siempre unidos al mismo fenómeno, tal concepto continúa reservado a las ciencias físicas y a los pocos que han captado la historia de las ideas. Cuando se recuerda que hasta la era cristiana el Averno nunca fue considerado como un área hostil, que a despecho de traspiés ocasionales todos los dioses eran útiles y esencialmente amistosos para el hombre; cuando vemos la continua y metódica inculcación en la humanidad de la idea de la inutilidad del hombre hasta su redención—, puede hacerse evidente la necesidad del Diablo como arma, arma ideada y utilizada una y otra vez, en toda época, para obligar a los hombres a someterse a una determinada iglesia o estado-iglesia.

Nuestra dificultad para creer —a cambio de una palabra mejor—, en la inspiración política del Diablo, se debe en gran parte al hecho de que él es invocado y condenado no sólo por nuestros antagonistas sociales sino por nuestro propio sector, cualquiera que sea. La iglesia católica, mediante su Inquisición, es famosa por cultivar a Lucifer como el archi-enemigo, pero los enemigos de la Iglesia no se apoyaron menos en el Diablo para mantener sojuzgada la mente humana.

Lutero mismo fue acusado de alianza con el Infierno y él a su vez acusó a sus enemigos. Para complicar más las cosas, creyó que había tenido contacto con el Diablo y que con él había discutido sobre teología. No me sorprende, porque en mi propia universidad, un profesor de historia luterano, dicho sea de paso—, acostumbraba a congregar a sus discípulos graduados, correr las persianas y platicar en el aula con Erasmo. Por lo que sé, nunca fue oficialmente escarnecido por ello, pues, como la mayoría de nosotros, los funcionarios de la universidad son hijos de una historia que todavía chupa las tetillas del Diablo.

En el momento en que estoy escribiendo, sólo Inglaterra se ha detenido ante las tentaciones del diabolismo contemporáneo. En los países de ideología comunista, toda resistencia de cualquier origen es vinculada a los totalmente malignos súcubos capitalistas y en Norteamérica cualquier persona que no es reaccionaria en sus opiniones está expuesta a la acusación de alianza con el infierno rojo. Por lo tanto, a la oposición política se le da un baño de inhumanidad que justifica entonces la abrogación de todos los hábitos normalmente aplicados en las relaciones civilizadas.

La norma política es igualada con el derecho moral, y la oposición a aquélla, con malevolencia diabólica. Una vez que tal ecuación es hecha efectiva, la sociedad se convierte en un cúmulo de conspiraciones y contraconspiraciones y el principal papel del gobierno cambia para transformarse de árbitro en azote de Dios.

Los resultados de este proceso no son diferentes hoy de lo que siempre fueron, salvo a veces en el grado de crueldad infligido y ni siquiera siempre en este orden.

Normalmente, todo lo que la sociedad se permitía juzgar eran las acciones y los hechos de un hombre. La intención secreta de una acción se dejaba para los ministros, sacerdotes y rabinos. Pero cuando el diabolismo crece, las acciones son las manifestaciones menos importantes de la verdadera naturaleza de un hombre. El 25

Diablo, como dijo el reverendo Hale, es astuto y, hasta una hora antes de caer, Dios mismo lo creyó hermoso en el Cielo.

La analogía, sin embargo, parece tambalear cuando uno considera que, mientras entonces no había brujas, sí hay comunistas y capitalistas ahora y en ambos campos hay algunas pruebas de que andan espías ocupados en minar al contrario. Pero ésta es una objeción petulante y para nada apoyada por los hechos. Yo no dudo de que la gente en Salem, sí platicaba con el Diablo y hasta lo adoraba, y si pudiese conocer toda la verdad en este caso, como sucede en otros, descubriríamos una regular y convencional propiciación del espíritu negro. Prueba innegable de esto es la confesión de Títuba, la esclava del reverendo Parris, y también lo es el comportamiento de las chicas que se asociaron a sus brujerías...

Se cuenta de klatches similares en Europa, en donde, por la noche, las hijas de las ciudades se reunían, a veces con fetiches y a veces con algún joven seleccionado, y se entregaban al amor con determinados resultados bastardos. La Iglesia, avizora como debe serlo cuando se trae a la vida dioses muertos hace tiempo, condenó esas orgías como brujerías y las interpretó correctamente como un resurgimiento de las fuerzas dionisíacas que había aplastado mucho antes. El sexo, el pecado y el Diablo fueron vinculados desde la antigüedad y así continuaron en Salem y así continúan hoy.

Según todas las noticias, no hay en el mundo costumbres más puritanas que las impuestas por los comunistas en Rusia donde la moda femenina, por ejemplo, es tan prudente y púdica como podría desearlo cualquier bautista norteamericano. Las leyes de divorcio imponen una tremenda responsabilidad sobre el padre, en cuanto al cuidado de los hijos. Hasta la suavidad de los reglamentos de divorcio, en los primeros años de la revolución, fue indudablemente una reacción de la inmovilidad victoriana del matrimonio del siglo XIX y la hipocresía que consecuentemente se derivó de ella. Si no por otras razones, un estado tan poderoso, tan celoso de la uniformidad de sus ciudadanos, no puede tolerar por mucho tiempo la atomización de la familia. Y sin embargo, por lo menos a los ojos norteamericanos, persiste la convicción de que la actitud rusa hacia las mujeres es lasciva. De nuevo es el Diablo trabajando, tal como trabaja en la mente del eslavo que es sacudido por la mera idea de que una mujer se desvista en un espectáculo picaresco.

Nuestros adversarios siempre están envueltos en pecado sexual y es de esta convicción inconsciente de donde obtiene la demoniología su atractiva sensualidad así como su capacidad de enfurecer y asustar.

Volviendo a Salem ahora; el reverendo Hale se ve a sí mismo como un joven médico en su primera visita. Su penosamente adquirido arsenal de síntomas, palabras mágicas y procedimientos para el diagnóstico, por fin van a ponerse en uso. El camino de Beverly está inusitadamente concurrido esta mañana y él se ha cruzado con cien rumores que le hacen sonreír pensando en la ignorancia de la plebe acerca de esta ciencia tan exacta. Se siente aliado con las mejores mentalidades de Europa...: reyes, filósofos, hombres de ciencia y eclesiásticos de todas las iglesias. Su objetivo es la luz, la bondad y su preservación, y conoce la exaltación de los benditos cuya inteligencia, afinada por el minucioso examen de comarcas inmensas, es finalmente convocada para afrontar lo que tal vez sea una cruenta lucha con el Enemigo en persona.) HALE: Por favor, alguien que me ayude.

PARRIS (complacido): Señor Hale..., es bueno veros de nuevo. (Tomando algunos 26

libros): ¡Oh, qué pesados!

HALE (depositando sus libros): Así deben ser: tienen todo el peso de la autoridad.

PARRIS (algo asustado): Ah, venís preparado, por lo que veo.

HALE: Tendremos mucho que estudiar, si se trata de encontrar la pista del Viejo.

(Advirtiendo a Rebecca): ¿No seréis Rebecca Nurse, por ventura?

REBECCA: Lo soy, señor. ¿Me conocéis?

HALE: ES extraño que os reconociera; pero supongo que será porque vuestro semblante refleja la bondad de vuestra alma. En Beverly, todos hemos oído hablar de vuestra generosidad.

PARRIS: ¿Conocéis a este caballero? El señor Thomas Putnam. Y su buena esposa Ann.

HALE: ¡Putnam! No esperaba compañía tan distinguida, señor.

PUTNAM (complacido): Hoy, esto no parece sernos muy útil, señor Hale. Confiamos en vos para que vengáis a casa a salvar a nuestra hija.

HALE: ¿Vuestra niña también está enferma?

ANN: Su alma, su alma parece haberse volado. Duerme, y sin embargo camina...

PUTNAM: No puede comer.

HALE: ¡No puede comer! (Lo piensa. Luego, a Proctor y Giles Corey): ¿Tenéis, vosotros, hijos enfermos?

PARRIS: No, no, éstos son campesinos. John Proctor...

GILES: ...que no cree en brujas.

PROCTOR (a Hale): Nunca hablé de brujas en un sentido ni en otro. ¿Vienes, Giles?

GILES: No, no, John, creo que no. Tengo algunas preguntas especiales que hacerle a este tipo.

PROCTOR: He oído decir que sois una persona sensata, señor Hale. Espero que dejéis algo de ello en Salem. (Proctor sale. Hale permanece embarazado un momento.) PARRIS (rápidamente): ¿Queréis examinar a mi hija, señor? (Guía a Hale hacia el lecho.) Trató de saltar por la ventana; la descubrimos esta mañana en el camino, agitando los brazos como si fuera a volar.

HALE (entrecerrando los ojos): Trata de volar.

PUTNAM: No puede soportar que se pronuncie el nombre del Señor; esto es un claro indicio de que hay brujería, señor Hale.

HALE (levantando las manos): No, no. Permitidme que os instruya. No podemos caer en supersticiones. El Diablo es preciso; los rastros de su presencia son tan definidos como la piedra, y debo preveniros que no pondré manos a la obra si no estáis dispuestos a creerme en caso de que no la encuentre (por Betty) chamuscada por el fuego del Infierno.

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PARRIS: Está convenido, señor...; está convenido...; nos someteremos a vuestro juicio.

HALE: Bien entonces. (Va hacia el lecho y observa a Betty. A Parris): Decidme, ¿cuál fue el primer síntoma que advertisteis en este extraño caso?

PARRIS: OS diré, señor...; la descubrí a ella (indicando a Abigail)... y a mi sobrina y a diez o doce de las otras muchachas, bailando en el bosque, anoche.

HALE (sorprendido): ¿Vosotros permitís la danza?

PARRIS: No, no, era en secreto...

ANN (incapaz de esperar): La esclava del señor Parris sabe cómo conjurar.

PARRIS (a Ann): No podemos estar seguros de eso, señora Putnam...

ANN (asustada, muy suavemente): Yo lo sé, señor. Envié a mi hija... para que Títuba le dijera quién mató a sus hermanitas.

REBECCA (horrorizada): ¡Ann! ¿Enviaste a una niña a invocar muertos?

ANN: ¡Cúlpeme Dios, Rebecca, pero no tú, no tú! ¡No dejaré que tú me juzgues más!

(A Hale): ¿Es cosa natural perder siete hijos antes de que alcancen a vivir un día?

PARRIS: ¡Shhh!

(Rebecca, muy dolorida, vuelve el rostro. Hay una pausa.) HALE: Siete muertos al nacer.

ANN (suavemente): Así es. (Su voz se quiebra; lo contempla. Silencio. Hale está impresionado. Parris lo mira. Hale va hacia sus libros, abre uno, lo hojea, y luego lee.

Todos esperan ávidamente.)

PARRIS (en voz baja): ¿Qué libro es ése?

ANN: ¿Qué dice allí, señor?

HALE (con la fruición de quien saborea un ejercicio intelectual): Aquí está todo el mundo invisible, atrapado, definido y calculado. En estos libros está el Diablo desnudado de todos sus torpes disfraces. Aquí están todos los espíritus que os son familiares; vuestros íncubos y súcubos; vuestras brujas que viajan por tierra, por aire y por mar; vuestros hechiceros de la noche y del día. No temáis...; lo encontraremos si es que se ha mezclado entre nosotros, y me propongo destrozarlo por completo en cuanto muestre la cara! (Va hacia el lecho.)

REBECCA: ¿Dañará a la niña, señor?

HALE: No puedo decirlo. Si realmente está en las garras del Diablo, tal vez haya que rasgar y arrancar para poder liberarla.

REBECCA: Entonces creo que me iré. Soy demasiado vieja para esto. (Se levanta.) PARRIS (tratando de ser convincente): ¡Vamos, Rebecca, hoy podemos dar con la clave de todos nuestros trastornos!

REBECCA: Esperémoslo así. Rogaré a Dios por vos, señor.

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PARRIS (con agitación y resentimiento): ¡Supongo que no quieres decir que aquí rogamos al Diablo! (Breve pausa.)

REBECCA: Ojalá lo supiera. (Sale; los demás se sienten resentidos por su nota de superioridad moral.)

PUTNAM (bruscamente): Venid, señor Hale, prosigamos. Sentaos aquí.

GILES: Señor Hale, siempre quise preguntarle a un hombre ilustrado... qué significa la lectura de libros extraños.

HALE: ¿Qué libros?

GILES: No podría decirlo; ella los esconde.

HALE: ¿Quién los esconde?

GILES: Martha, mi mujer. Me he despertado más de una noche y la he sorprendido leyendo un libro. ¿Qué opináis vos de esto?

HALE: Bueno, esto no es necesariamente...

GILES: Me incomoda. Anoche..., notad esto..., lo intentaba y lo intentaba y no podía decir mis oraciones, y entonces ella cierra su libro y sale de la casa y de repente..., notad esto..., ¡de repente puedo rezar nuevamente!

(El viejo Giles debe ser presentado aunque sólo sea porque su destino fue tan notable y tan diferente del de los demás. En esta época había pasado los ochenta y fue el héroe más gracioso de la historia. Nadie fue jamás culpado de tanto. Si faltaba una vaca, la primera idea era buscarla cerca de la casa de Corey; un incendio provocado en la noche, trajo hasta su puerta la sospecha de que fuera incendiario. Se le importaba un pito la opinión pública y sólo en sus últimos años después de que se casó con Martha—, prestó alguna atención a la iglesia. Es muy probable que Martha le interrumpiese cuando rezaba, pero él se olvidó de decir que hacía bien poco tiempo que había aprendido sus oraciones y que no se requería mucha cosa para hacerlo tropezar en ellas. Era un maniático y un fastidioso pero, con todo, un hombre valiente y profundamente inocente. En el tribunal le preguntaron una vez si era verdad que había sido alarmado por la extraña conducta de un cerdo y él contestó que sabía que se trataba del Diablo en forma de animal. "¿Qué fue lo que os asustó?", se le preguntó. Y

él olvidó todo, menos la palabra "asustó" y replicó instantáneamente: "Que yo sepa, no he dicho esa palabra en toda mi vida".)

HALE: Ah, oración interrumpida... es raro. Hablaré con vos de esto.

GILES: Aclaremos; no digo que ella haya sido tocada por el Diablo, pero me gustaría saber qué libros lee y por qué los esconde. A mí no me contesta, ¿sabéis?

HALE: Comprendo; ya lo discutiremos. (A todos): Ahora escuchadme: si el Diablo está en ella seréis testigos, en esta habitación, de algunos portentos indecibles; conque os ruego que os mantengáis serenos. Señor Putnam, permaneced cerca por si vuela. Y

ahora, Betty querida, ¿quieres sentarte? (Putnam se acerca, listo para ayudar. Hale sienta a Betty, pero ella yace inerte en sus manos.) Humm. (La observa atentamente.

Los otros miran sin aliento.) ¿Me oyes? Soy John Hale, párroco de Beverly. He venido para ayudarte, querida. ¿Recuerdas a mis dos hijitas, en Beverly? (Ella no se mueve.) 29