Los Relatos del Padre Brown por G.K. Chesterton. - muestra HTML

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G. K. CHEsTERToN

l o s R E lAT o s

D E l PA D R E B R o W N

tra ducción d e l i nglé s

de mi gu el te m pr ano ga rc í a

b a r c e l o n a 2 0 0 8

a c a n t i l a d o

Publicado por:

a c a n t i l a d o

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i s b n : 978-84-96834-89-7

d e p ó s i t o l e g a l : b. 2.671-2009

a i g u a d e v i d r e Gráfica

q u a d e r n s c r e m a Composición

r o m a n y à - v a l l s Impresión

b a r ó Encuadernación

p r i m e r a r e i m p r e s i ó n enero de 2009

s e g u n d a e d i c i ó n diciembre de 2008

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C o N T E N I D o

Nota a esta edición

8

El CANDoR DEl PADRE BRoWN

I. la cruz azul

1 1

II. El jardín secreto

3 5

III. Unos pasos extraños

60

Iv. las estrellas fugaces

84

v. El hombre invisible

1 0 1

vI. El honor de Israel Gow

1 2 2

vII. la forma anómala

1 4 1

vIII. los pecados del príncipe saradine

1 6 3

IX. El martillo de Dios

1 8 7

X. El ojo de Apolo

20 8

XI. El cartel de la espada rota

2 2 8

XII. las tres herramientas de la muerte

2 50

lA sAGACIDAD DEl PADRE BRoWN

I. la ausencia del señor Glass

269

II. El paraíso de los ladrones

2 8 8

III. El duelo del doctor Hirsch

3 09

Iv. El hombre del pasadizo

3 2 8

v. El error de la máquina

3 4 9

vI. la cabeza de César

3 6 8

vII. la peluca purpúrea

3 8 7

vIII. las muertes de los Pendragon

402

IX. El dios de los gongs

4 2 5

X. la ensalada del coronel Cray

444

XI. El extraño crimen de John Boulnois

4 6 1

XII. El cuento de hadas del padre Brown

4 8 0

lA INCREDUlIDAD DEl PADRE BRoWN

I. la resurrección del padre Brown

4 9 9

II. la flecha del cielo

5 2 0

III. El oráculo del perro

5 4 9

Iv. El milagro del creciente de la luna

5 7 4

v. la maldición de la cruz de oro

60 3

vI. El puñal alado

6 3 4

vII. la perdición de los Darnaway

660

vIII. El fantasma de Gideon Wise

6 8 9

El sECRETo DEl PADRE BRoWN

El secreto del padre Brown

7 1 5

I. El espejo del magistrado

7 2 5

II. El hombre de las dos barbas

7 4 8

III. la canción del pez volador

7 7 2

Iv. El actor y la coartada

7 9 5

v. la desaparición de vaudrey

8 1 7

vI. El peor crimen del mundo

8 4 0

vII. la luna roja de Meru

8 5 9

vIII. El dolor de Marne

8 8 0

El secreto de Flambeau

906

El EsCáNDAlo DEl PADRE BRoWN

I. El escándalo del padre Brown

9 1 7

II. El rápido

9 3 7

III. El poder maléfico del libro

9 6 4

Iv. El hombre verde

9 8 1

v. la persecución del señor azul

1 0 0 5

vI. El crimen del comunista

1 0 2 6

vII. la punta de un alfiler

1 0 4 8

vIII. El caso insoluble

1 0 7 2

la vampiresa del pueblo

1 0 9 3

TíTUlos No INClUIDos

EN NINGUNA ColECCIóN

El caso Donnington

1 1 1 7

El padre Brown resuelve el caso Donnington

1 1 3 8

la máscara de Midas

1 1 5 4

I

l A C R U Z A Z U l

Entre la cinta plateada de la mañana y la cinta verde y res-

plandeciente del mar, el barco arribó a Harwich y soltó,

como si fueran moscas, a un enjambre de gente entre la que

el hombre a quien debemos seguir no destacaba lo más mí-

nimo..., ni tampoco lo pretendía. No tenía nada de particu-

lar, salvo un leve contraste entre la alegría vacacional de su

atuendo y la seriedad oficial de su rostro. vestía una cha-

queta fina de color gris pálido, un chaleco blanco y un som-

brero de paja plateado con una cinta de color azul grisáceo.

su rostro delgado parecía moreno por contraste y termina-

ba en una barba negra bien recortada de aspecto español

que recordaba una gorguera isabelina. Estaba fumando un

cigarrillo con la seriedad de un ocioso. Nada hacía sospe-

char el hecho de que la chaqueta gris ocultase un revólver

cargado, el chaleco blanco una placa de policía o el sombre-

ro de paja uno de los intelectos más poderosos de Europa.

Y es que se trataba del mismísimo valentin, el jefe de la po-

licía de París y el investigador más famoso del mundo, llega-

do a londres desde Bruselas para realizar el mayor arresto

del siglo.

Flambeau estaba en Inglaterra. la policía de tres países

había seguido por fin el rastro del gran criminal desde Gan-

te hasta Bruselas, y desde allí hasta el Hoek van Holland, y

se conjeturaba que aprovecharía el desconcierto y la confu-

sión producidos por el Congreso Eucarístico que estaba ce-

lebrándose en londres. Probablemente, viajaría haciéndose

pasar por algún clérigo de poca monta o por su secretario.

Pero, por supuesto, valentin no podía estar seguro, nadie

podía estarlo tratándose de Flambeau.

1 1

e l c a n d o r d e l pa d r e b r ow n

Hace ya mucho que este coloso del crimen dejó de pron-

to de tener al mundo pendiente de sus fechorías, y cuando lo

hizo, se produjo, como dicen que ocurrió tras la muerte de

Rolando, un gran silencio sobre la Tierra. Pero en sus mejo-

res tiempos (y me refiero, por supuesto, a los peores) Flam-

beau fue una figura tan monumental e internacional como el

Káiser. Casi todas las mañanas, los diarios anunciaban que

había escapado a las consecuencias de algún crimen extraor-

dinario tras cometer algún otro. Era un gascón de una es-

tatura y osadía gigantescas, y se contaban las historias más

descabelladas sobre sus estallidos de humor atlético, cómo

había puesto cabeza abajo al juge d’instruction «para que se

le aclarasen las ideas», cómo había recorrido la Rue de Ri-

voli con un policía bajo cada brazo. Para hacerle justicia,

hay que reconocer que por lo general empleaba su fantásti-

ca fuerza física en estas escenas incruentas y humillantes, y

que sus auténticos crímenes eran sobre todo robos ingenio-

sos y productivos. Pero cada uno de sus robos casi era un

nuevo pecado y su historia podría contarse por separado.

Fue él quien dirigió la gran Compañía lechera del Tirol en

londres, sin lecherías, ni vacas, ni carretas, ni leche, aunque

con cerca de mil clientes a quienes servía mediante la senci-

lla operación de cambiar las botellas de leche de las puertas

de la gente a las puertas de sus propios parroquianos. Era él

quien había mantenido una inexplicable e íntima correspon-

dencia con una joven cuyo buzón estaba vigilado, mediante

el extraordinario truco de fotografiar sus mensajes infinitesi-

malmente pequeños sobre el portaobjetos de un microsco-

pio. No obstante, muchos de sus experimentos eran de una

sencillez abrumadora. se dice que en una ocasión repintó

todos los números de una calle en plena noche sólo para ten-

derle una trampa a un viajero. Está demostrado que inven-

tó un buzón de correos portátil que dejaba en las esquinas

de barrios tranquilos con la esperanza de que algún extraño

deposi tara en él un giro postal. Por último, era conocido por

1 2

l a c r u z a z u l

ser un acróbata consumado; pese a su corpulencia, era capaz

de brincar como un saltamontes y de fundirse con las co-

pas de los árboles como un mono. Por eso el Gran valentin,

cuando partió en busca de Flambeau, era muy consciente de

que sus aventuras no terminarían cuando lo encontrase.

Pero ¿cómo encontrarlo? las ideas del Gran valentin to -

davía estaban en proceso de asentamiento.

Había algo que Flambeau, pese a toda su habilidad para

el disfraz, no podía ocultar, y eso era su excepcional estatu-

ra. si el ojo inquisitivo de valentin hubiese visto una frutera

alta, un granadero alto, o incluso una duquesa pasablemen-

te alta, podría haberlos arrestado allí mismo. Pero entre los

que le rodeaban no había nadie que pudiese ser Flambeau

disfrazado más de lo que un gato podría ser una jirafa disfra-

zada. Ya se había asegurado de la gente del barco, y los que

habían subido al tren en Harwich, o durante el viaje, ascen-

dían con total seguridad a seis. Había un empleado bajito de

ferrocarriles que se dirigía a la última estación, tres jardine-

ros no muy altos que subieron dos estaciones más adelante,

una viuda muy bajita de una pequeña ciudad de Essex y un

cura católico y romano muy bajito de un pequeño pueblo de

Essex. Cuando llegó a este último, valentin lo dio por impo-

sible y casi se echó a reír. Aquel cura tan bajito era la esen-

cia de los llanos del Este: tenía la cara tan redonda y obtusa

como un budín de Norfolk, sus ojos estaban tan vacíos como

el mar del Norte, llevaba varias bolsas de papel de estraza

que no era capaz de sujetar al mismo tiempo. sin duda, el

Congreso Eucarístico había absorbido de su estancamiento

local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e indefen-

sas como topos desenterrados. valentin era un escéptico al

estilo severo de Francia y no tenía simpatía por los curas.

Pero le inspiraban lástima, y éste le habría inspirado lástima

a cualquiera. llevaba un paraguas grande y raído que se le

caía al suelo constantemente. No parecía distinguir el billete

de ida del de vuelta. Explicaba con una simplicidad anormal

1 3

e l c a n d o r d e l pa d r e b r ow n

a todos los ocupantes del vagón que tenía que ir con cuida-

do porque llevaba una cosa de plata auténtica «con piedras

azules» en una de sus bolsas de papel de estraza. su extra-

ña mezcla de la llaneza de Essex y una simplicidad de santo

siguió divirtiendo al francés hasta que el cura llegó (quién

sabe cómo) a stratford con todos sus paquetes y luego vol-

vió a buscar su paraguas. Cuando hizo esto último, valen-

tin incluso tuvo la amabilidad de advertirle que no cuidase

de la plata hablándole a todo el mundo de ella. Pero hablase

con quien hablase, valentin seguía ojo avizor: observaba fi-

jamente a cualquiera, rico o pobre, hombre o mujer, que mi-

diera al menos un metro ochenta, pues Flambeau medía diez

centímetros más.

No obstante, se apeó en liverpool street bastante con-

vencido de no haberle echado la vista encima al criminal

hasta ese momento. se dirigió a scotland Yard para regula-

rizar su situación y solicitar ayuda en caso de que fuese ne-

cesaria, luego encendió otro cigarrillo y se fue a dar un largo

paseo por las calles de londres. Al llegar a las calles y plazas

que hay detrás de la estación victoria, se detuvo de pronto

y se quedó allí plantado. Era una plaza tranquila y pintores-

ca, típicamente londinense, en la que reinaba una quietud

desacostumbrada. las casas sobrias y altas de alrededor pa-

recían prósperas y deshabitadas al mismo tiempo, el macizo

de arbustos del centro parecía tan desierto como un islote

verde del Pacífico. Uno de los cuatro lados era mucho más

alto que el resto, como un estrado, y la línea por esa parte la

interrumpía uno de los accidentes admirables de londres:

un restaurante que parecía haberse extraviado del soho.

Era un objeto irrazonablemente atractivo, con plantas ena-

nas en macetas y largas persianas pintadas a rayas de co-

lor blanco y amarillo limón. Estaba a una altura conside-

rable sobre la calle, y, con el habitual estilo abigarrado de

londres, un tramo de escalones subía desde la calle hasta la

puerta de entrada, casi como treparía una escalera de incen-

1 4

l a c r u z a z u l

dios hasta la ventana del primer piso. valentin se quedó fu-

mando frente a las persianas blancas y amarillas, y las obser-

vó durante un buen rato.

lo más increíble de los milagros es que ocurren. Unas

cuantas nubes en el cielo se juntan para formar un expectan-

te ojo humano. Un árbol se perfila en el paisaje de un viaje

incierto con la forma exacta y elaborada de un signo de inte-

rrogación. Yo mismo he visto ambas cosas en estos últimos

días. Nelson muere en el preciso instante de la victoria y un

hombre llamado Williams asesina por accidente a otro lla-

mado Williamson, de modo que parece una especie de in-

fanticidio.1 En suma, la vida tiene un elemento de diabólica

coincidencia que las personas demasiado inclinadas hacia lo

prosaico no llegarán a percibir nunca. Tal como lo expresó

muy bien Poe con su paradoja, la sabiduría tendría que con-

tar con lo imprevisto.

Aristide valentin era insondablemente francés, y la inte-

ligencia francesa es única y exclusivamente inteligencia. No

era una «máquina de pensar», pues ésa es una frase estúpi-

da del fatalismo y el materialismo modernos. Una máquina

sólo es una máquina porque no es capaz de pensar. Él era un

pensador y, al mismo tiempo, era un hombre directo. Todos

sus grandes éxitos, que parecían cosa de magia, los había lo-

grado gracias a una lógica meticulosa y al modo de pensar

claro y común de los franceses. los franceses electrizan al

mundo no ideando una paradoja, sino poniendo en prácti-

ca una perogrullada. llevan una perogrullada hasta las últi-

mas consecuencias, como en el caso de la Revolución fran-

cesa. Pero precisamente porque valentin comprendía la ra-

zón, en tendía los límites de la razón. sólo quien no tiene ni

idea de motores habla de conducir sin gasolina, sólo quien

1 se trata de un juego de palabras intraducible: el apellido inglés

«Williamson» significa «Hijo de Williams». ( Todas las notas a pie de página son del traductor).

1 5

e l c a n d o r d e l pa d r e b r ow n

no está familiarizado con la razón pretende razonar sin unos

principios básicos sólidos e indiscutibles. Ahora carecía

de principios básicos sólidos. Había perdido a Flambeau en

Harwich y, suponiendo que estuviera en londres, podía ser

cualquiera, desde un vagabundo alto en Wimbledon Com-

mon hasta un maestro de ceremonias alto en el hotel Metro-

pole. En semejantes estados desnudos de nesciencia, valen-

tin tenía opiniones y métodos propios.

En casos así, contaba con lo imprevisto. En casos así, en

los que no podía seguir la secuencia de lo razonable, seguía,

fría y cuidadosamente, la secuencia de lo irrazonable. En

vez de frecuentar los sitios adecuados: bancos, comisarías de

policía, centros de reunión..., acudía sistemáticamente a los

lugares inadecuados: llamaba a la puerta de las casas vacías,

subía por callejones sin salida, bajaba por callejas obstruidas

por la basura, rodeaba por plazuelas que le apartaban inútil-

mente del camino. Defendía aquel absurdo recorrido de una

manera muy lógica. Decía que si uno tenía una pista, aquél

era el peor sistema, pero que si no tenía ninguna, era el me-

jor, porque cabía la posibilidad de que alguna peculiaridad

que llamase la atención del perseguidor fuese la misma que

hubiese llamado la atención del perseguido. Por alguna par-

te había que empezar, y, ya puestos, era mejor hacerlo justo

donde pudiese haber terminado el otro. Algo de aquel tramo

de escalones, algo de la quietud y lo pintoresco del restau-

rante despertó la rara fantasía romántica del detective y le

impulsó a actuar sin pensárselo dos veces. subió los escalo-

nes, se sentó junto a la ventana y pidió un café solo.

Era media mañana y aún no había desayunado; en la

mesa estaban los escasos restos de otros desayunos para re-

cordarle que tenía hambre, así que añadió un huevo escalfa-

do a su pedido y procedió a echar con aire distraído un poco

de azúcar en el café sin dejar de pensar en Flambeau. Re-

cordaba cómo Flambeau se había escapado en una ocasión

gracias a unas tijeras, en otra a una casa en llamas, en otra

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l a c r u z a z u l

por tener que pagar el sello de una carta y en otra tras con-

vencer a la gente de que mirasen por un telescopio para ver

un cometa capaz de destruir el mundo. valentin considera-

ba su cerebro de detective tan bueno como el del criminal,

cosa que era cierta. Pero se daba perfecta cuenta de su des-

ventaja. «El criminal es el artista creativo; el detective sólo

el crítico», dijo con una sonrisa amarga; se llevó la taza a los

labios lentamente..., y volvió a dejarla en la mesa enseguida.

le había echado sal.

observó el recipiente de donde había salido el polvo

plateado; sin duda era un azucarero, tan inconfundiblemen-

te pensado para contener azúcar como una botella de cham-

pán para contener champán. se preguntó por qué lo habrían

llenado de sal. Echó un vistazo para ver si había algún otro

recipiente más ortodoxo. sí, había dos saleros bastante lle-

nos. Tal vez hubiese algún otro condimento en los saleros.

lo probó: era azúcar. luego, con interés renovado, le echó

un vistazo al restaurante en busca de otros indicios de aquel

singular gusto artístico que ponía azúcar en los saleros y sal

en los azucareros. salvo por una extraña salpicadura de un

fluido oscuro que había en una de las paredes empapeladas

de blanco, el lugar parecía limpio, alegre y normal. Pulsó el

timbre para llamar al camarero.

Cuando el empleado llegó desgreñado y con los ojos en-

rojecidos a aquella hora temprana, el detective (que no de-

jaba de apreciar las formas de humor más sencillas) le pidió

que probara el azúcar y viera si estaba a la altura de la famosa

reputación del restaurante. El resultado fue que el camarero

bostezó de pronto y se despertó.

—¿Gastan ustedes a sus clientes esta broma tan fina cada

mañana?—preguntó valentin—. ¿No les aburre cambiar el

azúcar por la sal?

El camarero, cuando la ironía se hizo más evidente, le

aseguró balbuciendo que no era ésa la intención del esta-

blecimiento y que debía de tratarse de algún error de lo más

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e l c a n d o r d e l pa d r e b r ow n

curioso. Cogió el azucarero y lo miró, cogió el salero y tam-

bién lo miró, mientras su rostro iba adoptando una expre-

sión cada vez más perpleja. Por fin, se excusó bruscamente,

desapareció a toda prisa y volvió a los pocos segundos con

el propietario. El propietario también inspeccionó primero el

azucarero y luego el salero; también parecía perplejo.

De pronto, el camarero pareció volverse más incoheren-

te y farfulló:

—Creo—balbució—, creo que han sido los dos curas.

—¿Qué dos curas?

—los dos curas—repitió el camarero—que salpicaron

de sopa la pared.

—¿salpicaron de sopa la pared?—preguntó valentin,

convencido de que debía de tratarse de alguna metáfora ita-

liana.

—sí, sí—dijo nervioso el sirviente, y señaló la salpicadu-

ra oscura en el papel blanco—, la echaron contra la pared.

valentin le preguntó con la mirada al propietario, que

acudió en su ayuda con un informe más completo.

—sí, señor, es cierto, aunque no creo que tenga nada que

ver con lo del azúcar y la sal. vinieron dos curas y tomaron

sopa muy temprano, nada más abrir. los dos eran muy tran-

quilos y respetables, uno de ellos pagó la cuenta y se marchó,

el otro, que parecía un poco más lento, tardó unos minutos

en recoger sus cosas. Pero por fin se fue. sólo que, justo an-

tes de salir a la calle, cogió su taza, que sólo había vaciado a

medias, y echó la sopa contra la pared. Yo estaba en la tras-

tienda, y el camarero también, así que, cuando salí, me en-

contré con la pared salpicada y el restaurante vacío. No cau-

saron daños mayores, aunque maldita la gracia que tiene, así

que traté de alcanzarlos en la calle. Pero ya estaban dema-

siado lejos, lo único que vi es que doblaban la esquina hacia

Carstairs street.

El detective estaba en pie con el sombrero puesto y el

bastón en la mano. Ya había decidido que, en la oscuridad

1 8

l a c r u z a z u l

universal de su imaginación, sólo podía seguir el primer in-

dicio extraño que encontrase, y aquel indicio era lo bastante

extraño. Pagó la cuenta, cerró tras él la puerta de cristal de

golpe y pronto estuvo doblando la esquina de la otra calle.

Era una suerte que, incluso en momentos tan febriles, su

mirada fuese fría y aguda. Algo en el mostrador de una tien-

da le llamó la atención como un fogonazo y se volvió para

mirarlo. la tienda era una popular verdulería y frutería que

exponía la mercancía claramente rotulada con el nombre y

el precio al aire libre. En las dos cajas más grandes había dos

montones de naranjas y nueces respectivamente. sobre el

montón de nueces había un trozo de cartón en el que estaba

escrito claramente con tiza azul: «Mandarinas de primera,

dos por un penique». En las naranjas había otra descripción

igualmente clara y exacta: «Nueces del Brasil de primera ca-

lidad, 4 peniques medio kilo». M. valentin miró los dos le-

treros y pensó que ya se había topado con aquel sutil sentido

del humor antes, y no hacía mucho. llamó la atención del

rubicundo frutero, que miraba calle arriba y abajo con hos-

quedad, sobre la inexactitud de sus anuncios. El frutero no

dijo nada, pero puso bruscamente cada letrero en su sitio. El

detective se apoyó con elegancia en su bastón y siguió escu-

driñando la tienda. Por fin dijo:

—le ruego que perdone mi aparente impertinencia, se-

ñor, pero querría plantearle una pregunta sobre psicología

experimental y la asociación de ideas.

El tendero rubicundo le lanzó una mirada amenazado-

ra, pero valentin siguió balanceando alegremente su bas-

tón.

—¿Por qué—prosiguió—, por qué hay dos letreros mal

colocados en una verdulería, como un sombrero de teja ve-

nido a londres de vacaciones? o, en caso de que no esté

siendo lo bastante claro, ¿cuál es la asociación mística que

relaciona la idea de unas nueces etiquetadas como naranjas

con la idea de dos curas, uno alto y otro bajito?

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