¡Policía! ¡detenga a ese libro! por Albert Segurana - muestra HTML

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¡POLICíA!

¡DETENGA A ESE  LIBRO!

 

ALBERT SEGURANA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

      © Albert Segurana Xarpell

© 2010 Bubok Publishing S.L.

Ilustración: Albert Segurana

1ª edición

ISBN:

DL:

Impreso en España / Printed in Spain

Impreso por Bubok

 

 

 

A mis amigos, que sufrieron mis faltas de ortografía y que, afortunadamente, no se enfadaron cuando usé algunos de sus nombres para los personajes de esta historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El libro es nuestro

 

 

    

 

 

                                    

Sentado en un pupitre viejo y desvencijado, arañado por miles de aburridos bolígrafos, intento quitar al tiempo sus horas a base de disimulados bostezos. Mis ojos se desentienden de la pizarra y mis oídos de la implacable lección. Desearía estar solo a unos metros de donde estoy, fuera, en la calle, jugando con el sol y el viento. Pero me resigno a estar lejos, muy lejos, en el mundo de los malos estudiantes... el país de la imaginación. ¿Queréis ver lo que yo estoy viendo? Bajad entonces el asiento abatible de mi pupitre, sentaros a mi lado, y prepararos para escuchar un cuento.  

 

                Érase una vez una chica que se llamaba María. Le encantaban los libros; tocar sus hojas, oler sus páginas, embriagarse con sus historias. Tal era su pasión, que cuando le ofrecieron el trabajo en la editorial no se lo pensó dos veces. Éste consistía en leer las decenas de manuscritos que llegaban cada día, descartar los que no le gustaran, y seleccionar los mejores; sería, por así decirlo, una descubridora de historias. Ella pensó que en la editorial se sentiría como un niño en una fábrica de golosinas, y como si de caramelos se tratase, engulliría todos aquellos fantásticos textos sin parar. Pero tardó pocos días en darse cuenta de que no era un trabajo tan bonito: los textos que llegaban eran pesados de leer, poco originales, muy repetitivos... tan mal hechos!. Entregaba algunos a su jefe a regañadientes para que no pensara que no se los leía, o que era demasiado exigente; pero María sabía que esos seleccionados nunca llegarían a ser grandes libros. Al cabo de algunos meses pensó en dejarlo; no entendía cómo entre tantas historias que recibían diariamente no hubiese ninguna que le gustase. Pero ella no sabía que...

 

                Era un miércoles por la noche y María estaba sentada en su sofá preferido junto a la ventana. La luna nueva iluminaba mágicamente la habitación, y las veces que eso ocurría, la joven lectora leía los textos a revisar abriendo sólo la pequeña luz de la mesita. Pero esa noche estaba demasiado cansada; así que decidió que acabaría de leer un último manuscrito, recogería todos los demás, que había inconscientemente repartido por toda la habitación, y mañana seguiría. A las dos líneas, se dio cuenta de que esa historia tampoco llegaría a ninguna parte y se abalanzó sobre el otro grupo de papeles que tenía más cerca. Cuál fue su sorpresa al ver que ese fajo de folios encuadernados se movía rápidamente por el suelo de parquet. Se levantó asustadísima, pensando que una rata había entrado en la habitación, miró fijamente cómo se alejaba, y en un acto de heroicidad lanzó el pequeño taburete que usaba de reposapiés. Éste impactó contra los folios deteniendo su avance. Sin pensarlo, corrió hacia aquella zona y levantó con el pie el taburete, luego el fajo de folios, pero allí no había nada. Lentamente acercó el trabajo a sus ojos, lo abrió y empezó a leer. Era una historia preciosa, magníficamente escrita, como nunca en tantos meses había leído... no lo podía creer. Sin darse cuenta, se pasó leyendo aquel texto, de pie, hasta las cuatro de la madrugada. Emocionada, dejó ese precioso hallazgo encima del sofá y pensó que al día siguiente correría a la editorial para entregarlo con los honores que se merecía. Cerró la luz de la habitación y se fue a dormir. Por la mañana los folios habían desaparecido.

 

                María no entendía nada. Buscaba por todo su ático pensando que, despistadamente, había dejado ese boceto de libro en algún rincón, y mientras lo hacía, llegó incluso a creer que todo había sido un sueño, que aquello no había sucedido jamás. Pero no era posible, se acordaba perfectamente de la historia que leyó y casi podría jurar que el último sitio donde lo dejó fue encima del sofá. Después de pasarse dos horas buscando sin cesar, decidió que iría a la editorial, entregaría los dos textos que ya había seleccionado, y volvería a su casa para continuar registrándola.

 

                Descendía por la calle de Fuencarral en dirección al centro. Sin atender al intenso tráfico cruzaba los arcenes sin mirar; su mente no trazaba en ese momento un mapa de Madrid, pero sí uno detalladísimo de su piso. Así que cuando llegó a la editorial sin acordarse del recorrido que había hecho, se asustó. Saludó con afabilidad artificial a la recepcionista y se dirigió corriendo al segundo piso. Pero justo cuando pisaba el rellano, Javier, un simple administrativo de la empresa al que ella odiaba por tener el don de dejarla siempre en ridículo, la interceptó.

                Ey, preciosa princesa del castillo de los libros encantados, ¿dónde vas con esa cara de sueño? ¿Acaso no has podido dormir pensando en los remordimientos que te produce rechazar mis guiños?              

                Déjame, Javi, tengo trabajo.  

                ¿Trabajo, tú? ¡Anda ya! si el único trabajo que tienes es el de esconderte de mí. Ni que fuese un dragón que viene a comerte, prin-ce-sa.  

                Te vas a ganar un puñetazo como sigas así.  

                Eso, eso, pégame, que me pone.  

                Furiosa, María le apartó con la pesada cartera y se alejó balbuceando insultos. Una vez delante de la puerta del editor, ésta se abrió y un hombre alto, con mirada penetrante y delgadez extrema, la invitó a entrar.

                Hola.                                                Ah, María, te presento al señor Francisco Sanchiz dijo el editor jefe, mientras apuntaba con la mano al inquietante hombre que le había abierto la puerta—. Es un importante escritor de novela fantástica, pero, qué estúpido, con lo que llegas a leer, seguro que ya lo conocías.

                La verdad es que no. ¿Qué libros ha escrito?

                ¿Cómo? interrumpió el editor mientras la miraba sorprendido¿No conoces al escritor de "El sentimiento de los libros" o "El Tesoro de las tumbas"?

                Em...la verdad es que norespondió instantáneamente.

                Bueno, pues ya sabes qué dos nuevos libros has de leer. Pero, dejémonos de presentaciones y dime, ¿qué me traes hoy?  

                Tengo estos dos trabajos. No son para tirar cohetes, pero con un par de retoques tienen potencial. Y tenía otro, pero... María reflexionó y pensó que sería mejor callar. Pero cuando estaba a punto de desmentir el hallazgo del tercer libro, el señor Sanchiz añadió. 

                Pero ha desaparecido inexplicablemente y con la seguridad de que lo había dejado a buen recaudo.

                María se quedó petrificada. ¿Acaso ese hombre le había leído la mente?

                Por su rostro deduzco que he acertado —dijo el señor Sanchiz mientras se sentaba en el pequeño sofá del despacho—. No se preocupe, no es usted a la única a la que le sucede. 

                La joven lectora no sabía qué hacer. Si desmentía cualquier pérdida o desaparición, cerraría la puerta a su ahora despertada curiosidad. Pero si afirmaba que un buen texto había desaparecido, o mejor dicho, que lo había perdido, el editor se fijaría en su yugular. Así que optó por callar.

                Sanchiz recogió una taza de té que había en la mesa, reposó los labios lentamente en su borde, hizo ademán de sorber, y después continuó hablando.

                Como esto continúe a este ritmo, los buenos libros desaparecerán.

                ¿Nos está insinuando que están desapareciendo los libros? interrumpió María, desbordada de la mayor de las curiosidades que anulaban cualquier atisbo de prudencia.

                No, los libros no... los futuros libros. Pero antes que diga nada, déjeme que le explique... ¿Usted escribe? 

                Sí, a menudo, después de leer, es mi segunda afición. ¿Por qué me lo pregunta?

                Estoy haciendo una pequeña introducción sonrió mientras observaba el rostro de absoluta confusión del editor. Pues bien, si a usted le gusta escribir, seguramente querría que ese texto apareciese encuadernado en un precioso libro, y para que eso ocurra, lo más lógico es que lo envié a diversas editoriales y a concursos, ¿cierto?

                Sí, claro, son dos formas normales de conseguir este objetivo, aunque yo no...

                El escritor la interrumpió.

                Es sólo un ejemplo, espere. Imagine que no gana ningún concurso, que ninguna editorial se interesa por su trabajo... dígame: ¿qué pensaría?

                Pues sinceramente, que mi trabajo no gusta, que no soy una buena escritora.

                Veo que usted da por hecho que ese trabajo llega siempre a su destino.

                Evidentemente. Se puede perder alguno por el camino, pero todos es imposible.

                ¿Y si no fuese así? ¿Y si ese excelente libro se extraviara una y otra vez?

                La joven lectora sonrió, nunca había oído semejante estupidez.

                Eso es imposible.

                Imposible... me encanta la seguridad con la que pronuncia esa palabra, veo que la humanidad sigue tan radical como siempre.

                El señor Francisco sorbió un poco más de su taza de té, la dejó lentamente en el lugar de donde anteriormente la había recogido, cogió su cartera, de la que extrajo unos papeles, y se los ofreció Miguel.

                Se los entrego en mano, ya que veo que no consigo hacerlo por ningún otro medio.

                ¿Perdón? preguntó el editor jefe mientras recogía una abultada pila de folios escritos.

                Supongo que después de mandar diecisiete veces mi último libro de todas las formas posibles, ésta me parece la más segura.

                En la cabeza de María casi resonaron dos de las últimas palabras que había pronunciado el escritor

                "¿Diecisiete veces? ¿Había intentado enviar su último libro diecisiete veces y nadie se lo había entregado a Miguel? Una de dos: o el señor Sanchiz era un embustero, o el personal de esta editorial era increíblemente ineficiente. "

                Um, me da que alguien de esta oficina me está entorpeciendo más de lo admisible, y creo que hoy me siento con unas descontroladas ganas de dejar sin trabajo a esa persona.

                Como ya he dicho antes, no soy el único perjudicado. De hecho, últimamente las editoriales se ven faltas de buenas historias. Y corre un divertido rumor entre los sufridos seleccionadores de nuevos valores Sanchiz  miró a María con complicidad—. El rumor dice que los libros andan solos por la casa, se esconden y desaparecen.

                María se sobresaltó. "¿Cómo podía haber olvidado la anécdota de ayer? Su precioso y desaparecido texto anduvo por el suelo". Y después del sobresalto, un inquietante misterio se adueñó del momento. Por lo visto, el señor Francisco estaba afirmando que ese libro andarín no fue producto de su imaginación, y peor aún, no era en absoluto un caso aislado.

                Sí, claro, y los mejillones nacen en campos de trigo. Lo que les pase al resto de editoriales me trae sin cuidado, pero que en mi editorial los listillos hagan su agosto es totalmente inadmisible. Quiero cabezas y las quiero ¡ya! dijo el editor mientras salía furibundo de su despacho, pero una mano le sujetó el brazo con fuerza.

                Mi amigo Miguel, así lo único que conseguirá es perder tiempo, salud y algún que otro buen empleado sin motivo alguno. Hagamos una cosa, yo averiguo quién es el ladrón y usted intenta que mi libro no vuelva a desaparecer. ¿Le parece bien?

                Porque sé que tiene razón y lo único que conseguiré es perder tiempo, le dejo hacer, y no se preocupe, que a partir de ahora dormiré si es necesario con estos folios, pero que conste que ganas de salir con una metralleta y matarlos a todos no me faltan.

                Y no lo dudo sonrió Sanchiz. Y en cuanto a eso que ha dicho de dormir con mi libro, no estaría mal, aunque prefiero que lo guarde en su caja fuerte, eso será suficiente.

                Mire, lo voy a hacer ahora mismo, no me fío ya de nadie.

                El editor jefe se adentró en una pequeña habitación adjunta y eso provocó que el señor Francisco y María tuviesen un pequeño lapso de intimidad.

                María, tiene que encontrar su libro susurró Sanchiz.

                No se preocupe, de hecho es lo que quería hacer al salir de aquí.

                Por mucho que lo intente, no lo va a encontrar en casa, ese libro ya está perdido. Lo que tiene que hacer es conseguir una cita con el escritor para que le entregue una copia.

                ¿Pero cómo voy a hacer eso? No sé quién es, ni dónde vive... sólo recuerdo la historia que escribió.

                Piense un poco, tiene que buscar el sobre con el que llegó.

                María iba a disculparse por no haberlo pensado, pero el señor Miguel los interrumpió.

                Bueno, su libro ya está más guardado que el tesoro de la reina.

                Estupendo, pues yo me tengo que ir, ya sabe, me esperan en la radio.

                Sí, claro, claro, váyase, váyase. Ya quedaremos más tarde para hablar.

                Francisco recogió su cartera, se puso la gorra y se alejó del despacho como si de un gentleman inglés se tratara.

                María, va, volvamos al trabajo. La recepcionista tiene unos textos más para que te los leas, pero preferiría que antes me explicaras que es eso de un libro desaparecido.

                La joven lectora notó como si la sangre de todo su cuerpo se volviese pesada y se precipitase hasta el suelo.

                Lo siento señor Miguel, ahora mismo voy a mi casa y mañana se la traeré, no se preocupe.

                Eso espero, no me gustaría ver cómo entra en el club de los "empleados prescindibles".

                María se despidió del editor y se alejó del despacho a una velocidad inusual para ella. Bajó rápidamente las escaleras hasta llegar al hall. La recepcionista intentó advertirle de que se dejaba los trabajos para mañana, pero ella sabía que el libro desaparecido tenía prioridad absoluta. El señor Sanchiz le había dado la solución, así que intentaría llegar a su casa lo antes posible, buscaría el sobre, y quedaría con el escritor.

 

                Aunque no le gustaran, cogió un taxi en Gran Vía. El sol del verano impactaba sobre las blancas y abigarradas fachadas de la avenida provocando que las sombras de los edificios huyeran despavoridas. Nada ni nadie se quedaba sin su porción de luz, todo era visible y misteriosamente realzado, era como si a esa hora el sol se convirtiese en un sultán y Madrid en su concubina preferida... y tocaba cama.

 

                Llegada a su piso, se abalanzó sobre la papelera y no tardó mucho en seleccionar qué eran trozos de sobre y qué no. Buscó entonces todas las partes con letra y, cuando tuvo los membretes reconstruidos, se fue hacia su despacho donde estaban los borradores de los libros. Al final, sólo quedaban tres sin dueño; dos eran los que había entregado a su jefe, y por eliminación encontró al escritor.

                Ya te tengo, así que te llamas Elvira.

                Sin saber la causa de su delito, el auricular fue salvajemente arrebatado de su asidero y las teclas de éste fueron pulsadas con crueldad inusitada.

                ¿Diga?

                ¿Es usted Elvira Font?

                Sí, yo misma, pero no gracias, no quiero Internet en...

                ¡No! No cuelgue, soy de la editorial.

                ¡De la editorial! Madre mía, yo...

                Perdone que la moleste pero nos hemos leído su libro y nos ha gustado, o mejor dicho, nos ha encantado. ¿Podríamos quedar?

                Por supuesto que sí.

                Perfecto, que le parece hoy a las nueve.

                ¿Cómo dice? ¿Hoy mismo? Pero...

                Ya sé que es muy precipitado, pero es que estamos lanzando una nueva colección y su texto nos encaja perfectamente.

                Ningún problema, ningún problema, oh, Dios mío.

                Perfecto. ¿Le apetecería que la invitase a cenar en un sitio informal? No sé, ¿qué tal en las terrazas de la plaza Odalvide?

                Sí, sí, estupendo.

                Ah, y otra cosa, tendría que traerme una copia de su libro; el que nos envió ya está en edición y yo necesitaría uno para comentar algunos puntos que me parece importante modificar. Por cierto, qué maleducada soy, me llamo María.

                Se lo traeré, no se preocupe.

                Bien, pues nos vemos a las nueve.

                María estaba eufórica, no pensaba que sería tan sencillo. Miró a su alrededor la cantidad de papeles esparcidos por el suelo y se rió de sí misma. Pero cuando empezaba a recogerlos, el teléfono sonó.

                ¿Diga?

                Del otro lado del auricular no se escuchaba nada, de hecho parecía como si nadie hubiese llamado. Al cabo de unos segundos, decidió colgar. Pero cuando se dio la vuelta, María gritó: los trozos de papel que habían esparcidos en el suelo se habían unido para formar una frase en la que ponía.

               

                "El libro es nuestro"

 

                Pudo seguir gritando, huir, esparcir furiosamente la frase hecha con trocitos de papel o llamar a alguien. Pero con todo el cuerpo paralizado de terror era difícil decidirse por cualquiera de las opciones posibles. Por si todo eso fuera poco, a alguien se le ocurrió asustarla aún más llamando a la puerta.

                ¡María!, ¿estás aquí?, ¿me oyes? Ábreme.

                La puerta era aporreada una y otra vez mientras el corazón de María retumbaba.

                ¡María! Soy Francisco, el escritor ¡Ábreme!

                Esa última frase hizo reaccionar a María, que corrió hacia la puerta para abrirla y lanzarse a los brazos de su salvador.

                Los sobres... una frase... fantasmas...

                María, tranquila, no entiendo lo que me quieres decir, y por favor, deja de sujetarme con tanta fuerza que no puedo respirar.

                ...llamaron al teléfono y los sobres formaron un mensaje, y no sabia que hacer, y...

                Um, por lo visto tu texto andarín era realmente bueno.

                ¡¿Quienes son?! ¡¿Qué hacen en mi ático?! ¡Que se vayan!

                No es tan sencillo, ahora saben que quieres recuperarlo y van a luchar para que eso no suceda.

                ¡Pero yo no he hecho nada!

                Lo sé, lo sé, pero es preciso que recuperes el texto. Hay que publicarlo antes de que lo puedan esconder para siempre.

                ¡¿Pero quiénes son?!

                Delicadamente, Sanchiz la apartó de sus brazos para verle la cara con claridad.

                No lo sabemos.

                ¿No lo sabéis?¿Y por qué lo has dicho en plural? dijo María aún temblando de miedo.

                Es largo de explicar, pero antes necesitamos que recuperes el libro para ponerlo a buen recaudo. ¿Ya sabes quién es el escritor?

                Más que eso, he quedado con ella hoy mismo.  Se llama Elvira Font.

                Fantástico, cuanto antes lo tengamos mejor.

                Por cierto ¿Qué haces aquí? ¿No tendrías que estar en la radio?

                No. Era una excusa para salir del despacho y poder hablar contigo a solas. Como puedes comprender, no podía con el editor delante. Pero en lugar de hablar en el rellano, ¿podemos entrar en tu bonito ático?

                Aún asustada, María le invitó a entrar, con la condición que Francisco fuese el primero. Cuando llegaron al comedor, los papeles seguían esparcidos por el suelo, pero para sorpresa de María ya no formaban ninguna frase.

                ¿Quieres alguna cosa? Tengo té, algo para picar, no sé...

                Gracias, pero no quiero nada.

                Por norma general, suelo ser muy ordenada, pero por lo visto hoy mi casa parece una leonera María, avergonzada por el desorden, empezó a recoger compulsivamente papeles del suelo.

                No te preocupes, empiezo a estar acostumbrado a entrar en habitaciones llenas de papeles esparcidos.

                Entonces, esto que me ha ocurrido a mi ya a pasado otras veces.

                Cientos de veces.

                ¿Cientos de veces?

                Sí, en cosa de unos meses, todos los que seleccionan libros han pasado por lo que has pasado tú. Y por el momento, hemos perdido todos los libros, no hemos sido capaces de recuperar ninguno.

                ¿Te encargas tú solo de intentar recuperarlos?

                En absoluto. Muchos escritores nos hemos unido para intentar averiguar quien roba los futuros libros. De hecho, he venido hoy a la editorial para verte a ti y preguntarte si habías visto la desaparición de alguno de los textos que seleccionabas. Pero no ha hecho falta, te has delatado antes de tiempo.

                ¿Y tu libro, también corre?

                Mi libro ya no les interesa tanto, hay demasiada gente que sabe de su existencia y es como si lo hubiese publicado. Todo y así, aún puede desaparecer otra vez, sólo para fastidiarme.

                ¿Tan persistentes son?

                No lo sabes bien. Prepárate a perseguir libros,  jovencita.

 

                Francisco comenzó a contarle la historia desde el principio. Todo empezó en una de las editoriales más grandes de Madrid donde, de pronto, muchos los mejores textos se extraviaban misteriosamente. Pensaron que algún empleado de la empresa se empeñaba en boicotearles, así que se decidieron secretamente instalar un sistema de vigilancia las veinticuatro horas del día. Pero fue totalmente infructuoso; decididamente, los trabajos no desaparecían en la editorial. Se investigó entonces el correo, pero tampoco descubrieron nada. Todo resultó inútil, hasta que un día un lector tuvo que perseguir su trabajo por toda la casa hasta que éste consiguió escapar por el balcón. Cuando explicó lo sucedido a sus superiores, le tomaron por loco. Días después, y tras difundirse el rumor de los folios que andaban, los demás lectores confesaron que también les había ocurrido a ellos. Después de contrastar experiencias y viendo que todos relataban historias similares, a la empresa de vigilancia se le ocurrió preguntar a los lectores de otras editoriales si les había ocurrido lo mismo, y cuál fue su sorpresa al comprobar que las persecuciones de trabajos eran algo común. Pero los directivos de las editoriales eran reacios a creerse semejante barbaridad, así que decidieron seguir investigando. Pero los lectores y algún que otro escritor, convencidos que aquello no era fruto de su imaginación, se unieron para averiguar quién robaba los libros.

                María se quedó absorta escuchando la extraña historia, su mente le decía que eso era totalmente absurdo, pero su experiencia le indicaba que no era así.

                Es de vital importancia que el futuro libro de Elvira no se pierda, lo necesitamos como señuelo. ¿Lo entiendes?

                Perfectamente.

                Ahora me tengo que ir, estamos vigilando otro señuelo y cuantos más seamos, mejor, pero si quieres me quedo a hacerte compañía.

                No te niego que estoy asustadísima, pero si me dices que no corro peligro, me lo creeré.

                Bien, te dejo el número de mi teléfono móvil, no tengas reparo en llamarme.

                Entendido, si ocurre algo, te llamo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El jardín de Muhammad

 

 

 

 

 

 

A las ocho y media, María estaba vestida y dispuesta a acudir a su cita. Esa noche el cielo estaba otra vez iluminado, pero no por la luna, ni por las estrellas, sino por esa artificial luz ocre que invade Madrid en verano. Ocre que se mimetiza en las calles antiguas, se vuelve hostil en las avenidas y luminosa en las plazas. Plazas donde marañas de sillas, mesas, gente y palabras consiguen atraerte hacia ellas como si un extraño encantamiento les otorgase ese poder.

                María llegó caminando a Odalvide. La plaza estaba llena de gente cenando, así que decidió que sería mejor guardar sitio. Se adentró en el bosque de metal donde pequeños duendes llamados niños reían y corrían, donde grandes tesoros llamados bolsos eran custodiados por recelosas mujeres, donde el perfume de la cerveza, de la tortilla y de algún que otro cigarro era esparcido por una imperceptible brisa, donde aparentemente nadie la miraba. Una vez sentada, llamó a Elvira por el móvil. Ésta no tardó nada en contestar, y aún menos en aparecer por la plaza. María vio cómo una chica bajita, con un ondulado cabello largo y pelirrojo miraba por entre la maleza de mesas. "Es ella" pensó, y se levantó para llamarla e invitarla a sentarse.

                Hola, usted es Elvira ¿cierto?

                Sí, sí, sí respondió con una voz aguda y algo precipitada.

                Encantada, me he tomado la molestia de sentarme aquí, ¿le parece bien?

                Me parece perfecto.

                Bien, pues pidamos algo para cenar.

                María dirigió su mirada a las casas que hay alrededor de la plaza donde un hombre sentado en un taburete controlaba las mesas de su bar. Levantó el brazo y éste ordenó a uno de los camareros para que se dirigiera hacia ellas.

                ¿Ha traído la copia de su trabajo?

                Aquí la tengo. Perdone que esté escrito a mano, pero no sé cómo he perdido todas las copias.

                ¿Cómo dice?

                Que últimamente ando un poco despistada y pierdo los trabajos Elvira rió para quitarle importancia, a María no le pareció tan gracioso.

                Mientras la joven lectora le explicaba a Elvira lo que creía que había que modificar en su libro, aunque ella sabía que no era necesaria ninguna corrección, los platos se sucedían encima de su mesa: ensaladas aliñadas con buen aceite de oliva, una tortilla recién hecha y aún crujiente, algunos también recién hechos pimientos de Padrón, cerveza en jarras llorosas, y alguna que otra croqueta casera.

 

                Pasaron las horas, pero parecía como si el tiempo se hubiese detenido. Nadie se iba, todos continuaban con sus conversaciones. Ni tan siquiera el incesante sonido de las fuentes entorpecía la velada.

                Oh, qué tarde es, creo que sería hora de irnos ya. Mañana, si no tiene ningún compromiso, iremos a la editorial y acabaremos de pulir lo que hemos hablado

                María volvió a levantar la mano y el camarero apareció rápidamente. Pagó la cuenta y se dispusieron a irse.

                Yo vivo aquí cerca, ¿usted dónde vive?

                Junto al parque del Retiro.

                Ah, pues espere, la llevaré en mi coche, lo tengo aquí mismo.

 

                A esa hora, los amos de Madrid eran los autobuses. Corrían arriba y abajo por las avenidas, cruzándose con los rezagados automóviles. Elvira miraba a través de la ventanilla del coche de María eso y la multitud de transeúntes que invadían lo que por la mañana les es absolutamente vetado, una amnistía que en fin de semana se alargaba hasta muy entrada la mañana. Siempre hay un tiempo para todo y esta ciudad lo reparte como ninguna. Con las calles casi desiertas de automóviles, no tardaron mucho en llegar a la avenida Alfonso XII, donde Elvira le indicó dónde pararse.

                Bueno, gracias por la cena, nos vemos mañana. Uy, que tonta, tenga el libro.

                 Elvira fue a darle los folios, pero justo en ese mismo instante, saltaron de sus manos y empezaron a correr por la calle. La joven lectora abrió instantáneamente la puerta de su coche y empezó a perseguirlos. Corría por la avenida pensando que si el libro entraba en el parque lo perdería para siempre. Custodiando la puerta de acceso al muro del Retiro había un policía,  y María no lo dudó ni un instante.

                ¡Policía! ¡Detenga a ese libro!

                El policía no reaccionó a tiempo y vio cómo un montón de folios encuadernados le pasaban por entre las piernas y entraban por la puerta del muro exterior del parque. María pasó unos segundos después detrás de ellos y estampó una mirada asesina al policía. Después pasó Elvira que aún no sabía porque corría. Al final, el policía decidió correr detrás de esa sospechosa maratón.

 

                Afortunadamente, el fajo de folios se desplazaba como una paloma con las alas rotas y su inconfundible color blanco contrastaba con la oscuridad del follaje del parque. El libro insistía en darles esquinazo, pero los setos del retiro no son precisamente tupidos y siempre acababa siendo avistado por alguno de sus perseguidores.

                Sin darse cuenta, se acercaban a un punto con más luz: La parte trasera de un edificio con paredes transparentes que reflectaba con un suave tono dorado todas las luces que sobre él se proyectaban. El libro no tardó en rodearlo y María casi pudo cogerlo, pero alguien se lo impidió, o mejor dicho, chocó con ella. Era una chica muy alta, bastante delgada y con unos grandes y profundos ojos.

                ¡El libro! gritaron al unísono.

                Mientras las dos se miraban sorprendidas, Elvira pasó corriendo detrás de los folios, el policía detrás de ella, e inexplicablemente después apareció Francisco Sanchiz, corriendo detrás de los dos. María entonces susurró:

                ¿Qué hace Francisco aquí? ¿También persigue el libro de Elvira?

                No, persigue el mío respondió la chica que había chocado con ella

                ¿Tu libro?

                Si, mi libro. Tú debes de ser María, ¿verdad?

                ¿Cómo sabes mi nombre?

                Hola, me llamo Cristina se presentó la desconocida ofreciéndole la mano—. Soy escritora y estoy persiguiendo mi manuscrito junto al señor Sanchiz. Y sospecho que vosotras estáis intentando atrapar el vuestro.

                La joven lectora recordó entonces que Francisco le había dicho que estaba persiguiendo un señuelo, y empezó a atar cabos.

                Ah, entiendo, eso significa que hay dos libros correteando por la zona.

                Y si no ayudamos a atraparlos, serán dos libros desaparecidos.

                Se levantaron rápidamente y acabaron de rodear el Palacio de Cristal. El lago, con esos misteriosos árboles flotantes, reflejaba a los pocos transeúntes que en ese momento paseaban por la zona, pero ninguno de ellos destacaba tanto como Elvira, Francisco y el policía saltando y gritando detrás de un montón de folios escritos. Éstos, viéndose acorralados, empezaron a subir las escaleras y entraron en el palacio. Los cinco corrieron detrás de ellos, pero cuando estuvieron en el interior del edificio no vieron nada, estaba vacío.

                Bueno, bueno, bueno, ya me podéis explicar qué rediantres era eso que perseguíamos, y no me voy de aquí hasta que no me lo expliquéis, pensad que tengo muchísimo tiempo dijo el sofocado policía. Entonces Sanchiz contestó.

                Como puede usted ver, aquí ya no hay nada, pero si quiere vamos a comisaría y les contamos cómo perseguíamos unos folios por el parque.

                El policía se quedó en silencio, y después de reflexionar, pensó que no sería prudente perder el tiempo en cosas absurdas.

                Está bien, digamos que no les he visto. Pero recuerden que si vuelven a hacerme correr, los llevo a comisaría después de decir esto, el policía se marchó mientras balbuceaba un listado de frases que no parecían muy decorosas.

 

                El instinto de seguir buscando seguía entre los cuatro, aunque hacerlo dentro de un recinto con las cuatro paredes y el techo transparente, reposando sobre un suelo liso de baldosas blancas, no ayudaba en absoluto. Francisco Sanchiz se agachó y empezó a palparlas y María le imitó.

                Lo siento mucho, no pensaba que fuese tan escurridizo.

                No te preocupes María, ya has visto que nosotros también hemos perdido el nuestro, y eso que lo usábamos de señuelo. Además, no es del todo malo lo que ha ocurrido, los dos libros han coincidido en esconderse en el mismo lugar, eso es demasiada casualidad, teniendo en cuenta que nosotros veníamos de la Avenida de la Castellana, cerca de Nuevos Ministerios.

                Y si no recuerdo mal, hace poco otro libro también desapareció en este parque añadió Cristina mientras miraba entre los resquicios del entramado de metal.

                ¿Se puede saber de qué estáis hablando?

                La última frase de Elvira hizo detener la búsqueda a los demás; era evidente que entre ellos había una persona que no entendía nada de lo que estaba pasando. Francisco se levantó del suelo y cogió a Elvira por el hombro, se la llevó fuera del palacio y empezó a contarle la historia que a María tanto la había confundido.

                Es inútil, aquí no hay nada, yo desisto dicho esto, Cristina se sentó en el suelo mientras contemplaba cómo María golpeaba las baldosas una a una.

                ¿Conoces la historia de este palacio?

                Creo que se construyó para la exposición de las islas Filipinas.

                Bueno, si hablamos del edificio ésa es. Pero yo me refiero a la historia del motivo de su construcción.

                El repiqueteo de las baldosas se detuvo; un relato estaba apunto de ser contado y la joven lectora, ávida de buenas historias, paró todo para escucharlo.

                Pues no, no la conozco.

                Dicen que, hace mucho tiempo, el emir de Córdoba, Muhammad I, visitó la fortaleza que existió en Madrid. Una vez en sus aposentos, una joven sirviente dejó en el alfeizar de su ventana una hermosa planta. Muhammad le preguntó por qué había hecho eso y ella le contestó que intentaba que se sintiera como en casa, pero como en la fortaleza no había jardín alguno, eso era lo único que podía hacer. El emir se enamoró del gesto de la joven y se propuso complacerla. Llamó a los mejores jardineros de Córdoba y planificó un pequeño pero bello jardín cerca de la fortaleza. Distribuyó en él una representación de las mejores plantas y en el centro dispuso un inesperado estanque. Una vez terminado, ordenó que nadie entrara en él sin su permiso. Al cabo de un tiempo, Muhammad regresó a Madrid y requirió expresamente que aquella sirvienta le acompañara a pasear por el nuevo jardín. Ella empezó a admirar una a una todas las flores hasta llegar al estanque. Maravillada, rodeó su orilla hasta percatarse de que en una zona no había planta o flor alguna. Le preguntó al emir si quería plantar algo allí, y Muhammad le respondió que ya había algo en ese solar: la flor más bonita de todo Madrid. La sirvienta miró detenidamente el suelo pero no vio nada.

                Pasaron los años y el emir siguió visitando la fortaleza. Cuando lo hacía, el ritual se repetía: Llamaba a la sirvienta, iban al jardín, recorrían el estanque, y la sirvienta insistía en que en el solar no crecía nada, pero él siempre le respondía que si había algo, la flor más bonita de todo Madrid.

                Muhammad murió, y antes de que el jardín pasara a manos de otro emir, la sirvienta fue a visitarlo por última vez. Cuando llegó al estanque, observó detenidamente el solar donde nunca vio flor alguna, se sentó en él y empezó a llorar como nunca lo había hecho. Entendió que la flor más bonita que el emir decía ver era ella misma.

                Durante la Reconquista, el jardín desapareció, pero dice la leyenda que la gente de Madrid nunca olvidó la historia y lucharon para reconstruirlo. Al final lo consiguieron, y en el lugar donde el emir vio la flor más hermosa levantaron un hermoso palacio de cristal. Y aunque parezca que en su interior no hay nada, en el momento que entra una chica contiene la mejor flor que existe.

                Qué historia más bonita.

                Me la acabo de inventar.

                ¿En serio?

                Si,  en serio.

                Deberías escribirla.

                No puedo.

                ¿Por qué no puedes?

                Porque una vez escrito, los folios empezarán a correr como locos.

                Las dos rieron al unísono y entre grandes carcajadas quedaron tumbadas boca arriba mirando el techo. Las risas paulatinamente se detuvieron hasta que el silencio de la noche invadió el espacio.

                Cristina, ¿tú crees que resolveremos este misterio?

                Ni idea, pero mientras me lo estoy pasando en grande.

                Empezaron otra vez a reír hasta que un grito las acalló.

                ¡Ey, chicas! Mirad esto.

                La voz de Francisco las hizo levantar del frío suelo y precipitarse hacia las escaleras. Un inexplicable viento impactó contra sus cuerpos y las hizo retroceder unos centímetros, pero eso no las detuvo, y consiguieron bajar las escaleras para contemplar mejor la escena. Los cipreses erguidos en el centro del lago se mecían con brusquedad, los patos habían desaparecido, el ruido del viento atravesando el follaje era ensordecedor, y las luces de las farolas parpadeaban.

                ¿Qué demonios está pasando?

                No lo sé, María dijo asustada Elvira—. Ha empezado a soplar el viento de esta manera, los patos han salido volando y hasta los peces parece que intentan huir.

                El viento envistió otra vez con fuerza, y al hacerlo, hojas, ramas y basura pasaron por sus cabezas. Después la grava barrió la zona e hizo casi imposible la visión. Por suerte, duró poco y del mismo modo que había aparecido, la tormenta desapareció.

                Estoy empezando a asustarme. Creo que por hoy hemos tenido bastante, así que mejor nos vamos y mañana, con luz y calma, intentaremos averiguar algo más. ¿Estáis de acuerdo chicas?

                María y Elvira respondieron un sí casi simultáneamente, pero el silencio de Cristina provocó que los tres dirigieran sus miradas hacia ella.

                Cristina, ¿te ocurre algo?

                A estas alturas me puedo creer cualquier cosa, así que casi apostaría que esto no es producto del azar señaló dos piezas de basura que tenía a sus pies:  una hoja en blanco un poco arrugada y un bolígrafo casi consumido—. Por lo visto alguien tiene interés en que le entregue otro escrito.

                El rostro de María se iluminó y apremió a Cristina a que escribiera.

                El cuento que me has explicado dentro del Palacio, escríbelo aquí, rápido.

                Ella entendió el objetivo del plan de María y se apresuró a buscar una base con suficiente luz donde poder escribir el pequeño cuento antes contado. Una vez hecho, lo enseñó al grupo. Pero cuando Sanchiz intentó asirlo para leerlo, la hoja tiró de la mano de Cristina hasta liberarse y empezar a correr en dirección al palacio. Los cuatro sonrieron y volvieron al interior del edificio acristalado, pero como en la vez anterior, allí no había nada.

                ¡Eureka! gritó Francisco aquí hay gato encerrado.

                Más bien diría libro encerrado rectificó hábilmente Cristina.

                Esto es un triunfo, pero como ya he dicho antes, a estas horas y con esta luz no vamos a encontrar nada más. Propongo irnos a casa y mañana reanudamos la búsqueda, pero antes os invito a unas copas para celebrarlo.

                ¿A estas horas quieres ir a tomar algo?

                Por supuesto, ¡Esto es Madrid!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un vestido inapropiado

 

 

 

 

 

 

 

 

Por la mañana, las golondrinas se precipitaban desde las azoteas hasta casi llegar al suelo para virar bruscamente y volver a remontar el vuelo con pasmosa facilidad. Sus gritos inundaban a esa hora la ciudad, y solo el sonido de alguna despistada campana rompía momentáneamente su sinfonía.

                Para la joven lectora, ninguno de esos ruidos era capaz de despertarla, más aún cuando fue obligada a ser un gato más de Madrid. Solo el estrepitoso ruido de un maléfico e indeseado teléfono la obligó a desperezarse y caminar hacia el comedor. Cogió el auricular para levantarlo, aunque el recuerdo de la anterior llamada la atenazaba.

                ¿Diga?

                Hola María. Soy Marta, de la editorial.

                ¿Ocurre algo?

                Si estuviéramos hablando de terremotos estaríamos en un ocho.

                No me asustes, dime qué pasa.

                Mejor vienes y te enteras tú misma.

                Medio tambaleándose, María se vistió con lo primero que se encontró en el armario, ignoró por completo el cuarto de baño, y con los zapatos en las manos, abrió la puerta de su casa y se detuvo delante del ascensor. Aprovechando el tiempo que tarda éste en subir del primer piso hasta su ático, cogió el móvil y llamó a Sanchiz para explicarle que tenía que ir a la editorial y que volvería a llamarle más tarde para quedar.

                Corrió por las calles con la intención de parar el primer taxi que encontrase, cosa que consiguió con bastante rapidez. Rebuscó en su bolso para encontrar un peine y algún colorete para maquillarse, pero con un alarido contenido anunció al taxista que ese no era su bolso habitual y que, por tanto, no había utensilio alguno para acicalarse.

                En la puerta de la editorial se encontró a Javi fumando, y como de costumbre, éste la interceptó.

                Nena ¿Desde cuando ese look de loba?

                —¡Ya estamos! Anda, déjame pasar.

                ¿Estas segura de querer entrar? Tú no sabes lo que te espera.

                —¿A qué te refieres?

                En el segundo piso hay un Tiranosaurio Rex, con unas ganas terribles de devorarse a todo el personal, insistiendo en que es nuestro jefe.

                A saber qué burrada habréis hecho.

                ¿Nosotros? nada de nada. Guardó no sé qué documento y ahora dice que alguien lo ha robado, no veas qué cabreo lleva. Y por lo visto, el documento era muy importante, porque ha hecho venir hasta la policía.