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Relato Erótico. El Convento por Luis Cabello Muñoz - muestra HTML

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EL CONVENTO

La mañana, procedente del día que comenzaba con duros trabajos en la

huerta del convento, tras las oraciones en la gótica capilla, cuando las

tinieblas aún dominaban en el húmedo ambiente de finales de otoño, era

fría y desapacible.

La hermana María manejaba con destreza y con premura el pequeño

azadón, para procurarse algo de calor con el duro ejercicio de la rústica

labranza practicada en el arcilloso suelo del huerto comunal.

En su próxima onomástica, mientras corría el año de nuestro señor de mil

novecientos setenta y dos, la hermana María cumpliría cuarenta y siete

años, circunstancia que unida al abandono en su cuidado personal, la

hacían parecer una vieja a la vista de un observador imparcial; no había

tenido la misma opinión sobre el tema, el viejo sacerdote que había sido su

confesor y el de toda la congregación durante los últimos treinta años,

hasta su muerte; el padre Ambrosio, entendió bien sus más escondidos

anhelos, incluso aquellos que ni siquiera a él se habría atrevido a confesar.

Pensaba la hermana María, que con el paso del tiempo y de su edad, esos

deseos dominados por su instinto, irían diluyéndose a la vez que su belleza

serena de mujer llana; se cumplió lo de su belleza, pero no descendieron ni

un ápice sus deseos, los que se transformaban en orgasmos desenfrenados

en las tibias noches de primavera, y que le hacían sentir extrañas

sensaciones, los que le traían voluptuosos recuerdos cada vez que

empuñaba el mango del azadón; tan parecido en su grosor al viril miembro

del padre Ambrosio.

Pero aquellos eran otros tiempos, el padre Ambrosio hacía ya un año que

había muerto, y desde entonces no habían tenido un confesor fijo; algún

párroco de las cercanas parroquias había ocupado el puesto, pero al ser de

forma alternada, no daba tiempo a tomar confianza con ellos, y desde hacía

un año, la hermana María siempre mentía en sus confesiones, pasaba por

alto los pecados contra el sexto mandamiento, cometidos siempre con el

pensamiento.

El frío viento del norte que acariciaba su cutis, apenas conseguía enfriar

su animo de mujer, no podía evitar el deslizar sus manos sobre el duró cabo

de la azada mientras los recuerdos pasaban por su mente cada vez más

encendida.

Pero hoy era un día que traía novedades, un nuevo capellán se haría

cargo de la capellanía del convento, el obispo les había asignado un joven

sacerdote para que hiciera las veces de capellán y confesor de la

congregación, esa noticia traía de cabeza a las hermanas, aunque ninguna

demostraba exteriormente demasiado interés, todas, en su interior, estaban

deseosas de conocer a su nuevo confesor y confidente, su nuevo director

espiritual.

Con habilidad, la hermana María, habría los surcos sobre los que otra

hermana caminaba tras ella dejando los trozos de patata, para que una

tercera viniera enterrándolos, dejando expedito el surco para los posteriores

riegos a boquera que también realizarían las hermanas en cualquiera otro

de los días de labor en el amplio huerto del convento; quizás demasiado

amplio para las veinte hermanas que componían la congregación; de las que

solo doce tenían cuerpos que fueran útiles para tales menesteres agrícolas.

La mole pétrea del edificio, extendía su sombra sobre las húmedas tierras

del huerto y las figuras luctuosas de las monjas, agachadas sobre la labor

incipiente, se refugiaban del frío como podían dentro de sus espartanas

túnicas, mientras esperaban que el tímido sol calentara algo el ambiente;

cuando el cálido astro, por fin consiguiera erguirse sobre los altos muros del

vetusto convento.

Aquél sería un día especial, todas esperaban el repique de campanas que

las llamara a conocer al coadjutor, al esperado y ansiado hombre que las

escuchara y les diera su santa opinión a cerca de sus más intimas

inquietudes, sobre los turbadores pensamientos que llenaban sus solitarias

noches; aquellas noches que aterraban a su espíritu con voluptuosos deseos.

La hermana María recordó como esos pensamientos habían evolucionado

a lo largo de los años, de aquellos largos años pasados en la cautividad de

aquél claustro; sin dejar de faenar con la tosca herramienta que portaban

sus manos, fueron los recuerdos invadiendo su mente, aquellos candidos

recuerdos de su juventud, en los que confundía siempre el deseo carnal con

el inseparable anhelo de amor; en aquellos días no dudaba en confundir el

sentimiento de amor juvenil, plagado de visiones idílicas, con el calido deseo

hormonal que humedecía su entrepierna hasta el limite de tener que

cambiarse ropa interior y tener que lavarla a escondidas para que sus

hermanas no apreciaran el hecho fisiológico; aunque siempre pensó que a

sus compañeras de destino y de edad, debía sucederles algo parecido.

La hermana María ingresó con doce años en el convento, y en él sufrió

todos los cambios hormonales y físicos propios de su edad; y fue su

imaginación y su pertinaz deseo, el que hubo de conducirla hasta conseguir

seducir a un no tan joven sacerdote que en aquellos momentos se ocupaba

de la dirección espiritual del convento. A los quince años, la hermana María

urdió un elaborado plan; mediante sus confesiones, que ella llenaba de

candidez y de escondido erotismo, produjo la inquietud en el sacerdote, que

ya no cumpliría los cuarenta y que fue seducido por la hermana María allí

en aquel mismo huerto, tras unos setos que ocultaban el muro sur.

Andaba la mente de la hermana María absorta en aquellos voluptuosos

recuerdos, de los que la arrancaron el repique de campanas que las llamaba

a reunión en el claustro. Todas dejaron, no sin cierta premura, las

herramientas sobre el mismo tajo; lavaron sus manos en el bidón que había

junto al pozo y que contenía una heladora agua en la que a veces había que

romper el carámbano que la cubría y se dirigieron con recogimiento y en

silencio al claustro.

La Superiora, una viejecita de sonrisa picarona y autoritaria, que no

sobrepasaba el metro cincuenta de estatura, estaba bajo el soportal,

delante de la puerta principal, erguida, junto a un mocetón de un metro

ochenta y de no más de treinta y cinco años, que turbó con su aspecto el

espíritu de todos las religiosas; fue la superiora la que hizo las

presentaciones de rigor, aunque ya no hacía falta, su sotana y su alzacuello

lo delataban, sin duda era su nuevo capellán.

- Hermanas, el padre Santiago será nuestro nuevo director espiritual, él

se ocupará de todos los menesteres propios de su oficio; os aseguro que a

pesar de su juventud es un hombre sabio y prudente que sabrá dirigir

nuestros espíritus por el camino de la salvación eterna. Dejo que él os dirija

unas palabras.

- Amadísimas hermanas en Cristo nuestro Señor….

De esta manera inició su corto discurso el cura, pero la hermana María, y

junto a ella la mayoría de las hermanas, no escucharon nada más; aquella

viril voz que atronó el claustro, llenó de inquietud sus espíritus e hizo

zozobrar sus voluntades, que volaron con lascivia por entre las sotanas del

cura.

La que más y la que menos, en aquel mismo instante pecó de pensamiento

con el joven y fornido sacerdote. Incluso a la hermana María le pareció que

aquello era demasiado, ¿En qué estaría pensando el señor Obispo cuando

designó a este cura como coadjutor del convento? ¿Es qué pretendía

ponerlas a prueba? Puede que tal vez no hubiera otro, o que quizás el señor

Obispo no lo había visto personalmente.

Todas las mañanas, el padre Santiago decía misa en la capilla principal

del convento, y las hermanas, por turno, le ayudaban en tales menesteres;

pero media hora antes de que comenzara la misa, el cura ocupaba su lugar

en el confesionario, por si alguna hermana había menester de sus servicios

antes de comulgar; estos menesteres los realizaba el cura mientras las

hermanas realizaban su aseo personal en el baño comunitario, unos aseos y

unas duchas que habían de compartir por no tener las celdas ningún medio

privado para tales menesteres.

El agua de las duchas era templada en invierno por los mismos fogones de

la cocina, por lo que estos había que encenderlos al menos media hora

antes, de esto se encargaba la hermana Casilda, la cocinera, una anciana

de no menos de ochenta años. Las duchas tenían unas discretas cortinas

que la superiora recordaba a todas horas que debían estar cerradas para

no “dar tres cuartos al pregonero” ni posibles a Satán y sus secuaces.

Esa mañana decidió la hermana María que era hora de tomar un primer

contacto con el nuevo cura y comenzar a probarlo, lanzarle un primer

anzuelo.

- !Ave María Purísima!

- Sin pecado concebida; contestó el sacerdote.

- Soy la hermana María padre, y a pesar de mi edad, mi gran silicio

sigue siendo el sexto mandamiento.

- Pero, ¿Ha pecado contra ese mandamiento?

- Eso no es fácil de saber, mi imaginación siempre vuela como una loca

mariposa, y mi voluntad anda siempre tras ella para reprimirla. Nunca sé

bien cuando la he reprimido a tiempo y cuando no.

Continuaron la conversación un corto espacio de tiempo, en el que la

hermana no aclaró gran cosa al sacerdote; solo pretendía despertar su

curiosidad.

- Padre, no creo haber pecado en los últimos días, pero me gustaría

poder explicarle mi problema más despacio; durante las horas que dedica

usted por las tardes, a la dirección espiritual de la congregación.

- Eso me parece muy bien hermana, será mejor que hablemos con

tiempo de este problema suyo sin interrumpir la confesión de las demás

hermanas; vaya a verme después de las cinco a mi despacho, la atenderé

con más tiempo.

El día transcurrió entre “ora et labora” y no veía la hermana María la

hora de tener la ansiada entrevista con el sacerdote; esperó María a que

pasaran las otras hermanas deseosas de dirección espiritual y cuando

comprendió que el padre Santiago había quedado definitivamente solo, se

decidió a entrar en su despacho.

- Buenas tardes tenga usted padre, aquí estoy como convinimos esta

mañana.

- Pase y cierre la puerta hermana; tome asiento y comience a contarme

su problema, tenemos toda la tarde para nosotros.

- Mire padre, todo comenzó hace muchísimos años, al poco tiempo de

entrar yo en este convento siendo aún una niña. No habría yo aún cumplido

los catorce años cuando comenzaron a presentarse lo que podríamos llamar

pesadillas; todos mis sueños comenzaron a girar en torno a un único tema.

Había visto yo en el corral del convento, como un gallo caporal pisaba a

algunas gallinas del corral, tras subirse encima de ellas, aproximaban sus

colas con mucho alboroto y luego cada uno seguía su camino sacudiendo su

plumaje; creí primero que esta era una forma en la que el macho dominante

mostraba su dominio a las gallinas, pero pronto comprobé que eran las

gallinas las que se humillaban en el suelo y solicitaban que el gallo se les

subiera encima. No entendiendo yo bien lo que sucedía le consulté al viejo

sacerdote que nos guiaba entonces y él me explicó que se trataba de la

cubrición de la gallina para que luego el huevo pudiera dar pollitos.

A raíz de aquella parca explicación, presté más atención al fenómeno

observando que la satisfacción de la gallina era grande, a pesar de que el

gallo, podíamos suponer que la maltrataba.

Regresé a pedir más explicaciones al padre Ambrosio, nuestro anciano

coadjutor, y este amplió algo su explicación anterior, dándome algunas

explicaciones sobre la sexualidad en los animales y sobre el placer que estos

pueden sentir al ejercerla; cuando le pregunté que si sucedía lo mismo en los

seres humanos, me contestó con ciertas evasivas y apeló al alma para

decirme que en los seres humanos todo esto estaba santificado por un

divino sentimiento que era el amor, y que este era santificado y

institucionalizado en el santo matrimonio.

Tras esta explicación, presté mucha más atención a este acto entre otros

animales, y pude verlo en los pájaros, en los perros, en los cerdos y en otros

más; pero fue ya el cenit cuando tuve la oportunidad de verlo entre dos

asnos, aquel acto salvaje y brutal me sobrecogió y me impactó de tal

manera, que desde entonces todos mis sueños giraban en torno al asunto;

preguntándome como sería entre un hombre y una mujer.

Tanto me obsesionaba el tema, y tan frecuentes y placenteros mis sueños,

que siempre eran el tema principal de mis confesiones con el padre

Ambrosio. Un día me pregunto el padre que cuantas veces sentía placer en

esos sueños, y le prometí contarlas al día siguiente.

Se sorprendió mucho el padre, cuando le dije que esa noche había contado

siete orgasmos, al parecer le parecieron demasiados para mis escasos

catorce años.

Creo que fue ese día cuando le pedí al padre Ambrosio, que tendría ya

cuarenta años, edad que me parecía a mí la de un anciano, que me

enseñase el órgano masculino, cosa que yo no había visto nunca.

El sacerdote, primero se negó en redondo, pero poco a poco fue cediendo,

y un buen día en este mismo despacho me lo enseñó. Imagine padre cual fue

mi sorpresa, quedé perpleja.

Desde aquel momento terminaron mis pesadillas, ya que el padre accedió

a que lo visitara una o dos veces por semana y en estas ocasiones el viejo

padre me penetraba de la misma forma a como lo había visto hacer al asno;

aunque sin duda el órgano del viejo cura poco tenía que ver con el del asno,

a mí me dejaba satisfecha y tranquila.

- Me deja usted de piedra hermana María, ¿Y cuanto tiempo duró esa

relación entre usted y el padre Ambrosio?

- Pues hasta que murió, ya que el padre no estuvo enfermo, murió de

repente a los setenta y un años. En algunas ocasiones jugábamos a juegos

que nos divertían muchísimo; por ejemplo en el confesionario, donde el

padre practicó una abertura que me permitía meter mis manos mientras

me confesaba, y allí mismo lo masturbaba.

El padre Santiago quedó un momento pensativo, luego caminó de un lado

a otro de la pequeña habitación, mientras se acariciaba el mentón o

introducía las manos hasta el fondo de los grandes bolsillos de su sotana.

- Creo que necesito reflexionar sobre todo esto que me ha contado antes

de darle ningún consejo, así que déjeme solo y yo le contestaré cuando haya

pensado algo.

Las mañanas seguían siendo heladoras, en alguna ocasión habían tenido

que romper el carámbano de la pila con algún azadón pesado, para que

pudieran beber los animales; aquel comienzo de invierno estaba resultando

especialmente duro, la escarcha endurecía la capa superficial de la tierra

haciéndola quebradiza al contacto con la azada, produciendo un

característico crujido cada vez que la monja dejaba caer su azadón con

pesada cadencia, abriendo un profundo surco en el que dejar caer la

simiente que daría lugar a la nueva cosecha en primavera.

El dorso de su cintura se resentía por su persistente doblez y por el frío

que conseguía calar sus gruesos vestidos y su consistente capa de grasa;

aquel trabajo comenzaba a ser demasiado duro para ella, pero la superiora

aún la consideraba apta para tales esfuerzos, solo su pensamiento, que

volaba sobre los campos y sobre los muros de aquel duro claustro,

conseguía darle esperanzas de mejores tardes y de placenteras mañanas,

talvez de clímax nunca alcanzados hasta ahora.

Aquella mañana del mes de diciembre, cuando aun la noche dominaba con

su oscuridad la lúgubre capilla, estaba la hermana María en la cola que

conducía al confesionario, solo tres hermanas estaban por delante de ella, y

aún quedaba más de media hora para que comenzara la santa misa

orquestada por el padre Santiago, era esa una situación que convenía a sus

planes; antes de que transcurrieran diez minutos, la hermana estaba

arrodillada en uno de los laterales del mueble de gruesa madera que

constituía el confesionario.

- !Ave María Purísima!

- !Sin pecado concebida! Hermana María; he pensado mucho en lo que

me contó hace tres días, creo que el padre Ambrosio era alguien muy

inteligente, que comprendió que todo es relativo, incluso en el dogma

religioso, y que su naturaleza hermana, estaba dominada por las

hormonas, y que ellas ejercían un mandato sobre su voluntad impidiendo su

libertad; por lo tanto necesitaba usted de una relajación, de un darle salida

a su ímpetu juvenil; quizás lo que hacía el padre Ambrosio era

absolutamente necesario, la única forma de serenar su espíritu apasionado,

de liberar su alma de la presión y permitirle ser libre para dedicarse a Dios

sin otras trabas terrenales; una forma de sublimación espiritual.

- !Gracias por su comprensión padre! Le enseñaré el butrino que hizo en

el confesionario para facilitar el movimiento de mis manos.

Las manos de la hermana María se introdujeron con maestría y precisión

por debajo de la encimera que servía de apoyo a sus codos en el

confesionario, un segundo después estaban bajo la sotana del padre

Santiago, acariciando sus muslos.

El padre quedó extasiado bajo las caricias de la monja, que pronto

encontró su duro miembro viril que peleaba por salir de la contención de sus

pantalones; tras algunas caricias abrió la cremallera de su bragueta

dejándolo libre bajo la sotana. Algunas caricias de sus manos, algo ásperas

por el roce con la azada, bastaron para conseguir la relajación del

sacerdote.

La monja continuó con su rítmico trabajo, y cuando comprendió que la

eyaculación estaba próxima, introdujo un pañuelo que llevaba preparado en

su faldiquera, con el que contuvo el espeso y cálido brebaje e impidió que

manchar la sotana.

La monja limpió todo con suma delicadeza y regresó a su lugar el

miembro, ya mucho más dócil y obediente.

- He pensado padre, que hay una hermana, joven y de no muy claras

luces en su inteligencia, pero de cuerpo grácil y rostro agraciado, con

pequeño pero proporcionado cuerpo, que podría servir a nuestros

propósitos, de forma que sea la que despierte su libido y sus naturales

deseos, ya que mi cuerpo ya no es el que era y podría enfriar su ardor viril.

Todo ello si a usted le agrada, yo me encargaría de encelarla y atraerla;

pero primero quiero someterla a su consideración, se trata de la hermana

Clara, repare en ella padre, y mañana, cuando pase por su despacho a la

hora de la dirección espiritual, me dice usted lo que piensa.

La hermana María se levantó del confesionario y se dirigió a su lugar en la

capilla, procurando aproximar su asiento al de la hermana Clara, desde

ahora se había convertido en su objetivo, aunque el padre Santiago debía

dar su visto bueno a la elección de la hermana.

Tras la misa, la hermana María se dirigió a su trabajo en la granja, era la

faena que le correspondía en ese día. Fue en busca de la superiora y le pidió

que le asignara una ayudante para las faenas y le sugirió que fuera la

hermana Clara, por que le parecía la más adecuada y con mejor actitud con

los animales; la superiora estuvo conforme, por lo que desde ese momento

pasaba a ser su pupila y la llevaría con ella a todas las faenas que tuviera

que realizar.

Estando las dos mujeres en el coral de las gallinas, María puso en practica

su primera táctica. Había María, previendo este momento, mantenido

encerrado al único gallo del corral durante los tres últimos días; de esta

forma, las gallinas estaban sin cubrir, por lo que sus deseos de macho eran

grandes y las hacían sentir la necesidad imperiosa de copular.

- Debes arrojarles el grano de maíz cerca de la puerta, de esta forma

acudirán todas y nos será más fácil contarlas.

Cuando todas las gallinas hubieron acudido a las proximidades de la

puerta, y la hermana Clara arrojaba puñados de maíz parsimoniosamente

mientras trataba de contar las gallinas, María fue y soltó el gallo, que se fue

para ellas arrastrando sus alas y haciéndoles la rosca. Fue verlo y la

mayoría de las gallinas pegaron su pechuga al suelo en espera de que el

macho las montara, todas ellas llenas de ardor.

Cuando el macho comenzó a montarlas con gran estrépito, la hermana

Clara comenzó a llamar a gritos a la hermana María.

- !Hermana! !Hermana! El gallo le está pegando a las gallinas.

La hermana María acudió riendo con una sonrisa picarona y contenida.

- No Clara, el macho está cubriendo a las hembras; observa que a ellas

les gusta, mira como se le rinden a los pies y solicitan sus servicios, una vez

cubiertas, las hembras se sacuden de placer. Debes aprender mucho de la

vida, yo me encargaré de enseñarte algunas cosas, pero todo en su

momento.

La hermana Clara siguió observando a las gallinas y al gallo, cosa que le

producía regocijo y una cierta inquietud que no llegaba a comprender muy

bien.

María la mantuvo ocupada toda la mañana en las tareas de la granja,

debieron limpiar los establos de las vacas y las ordeñó María, que iba

enseñando a Clara; luego recogieron los huevos de los ponederos y los

colocaron en la gran cesta de mimbre; también limpiaron las cochineras de

los cerdos y luego les echaron de comer, todo en un orden preestablecido.

Observó María que una de las cerdas, una que había parido

recientemente, estaba en celo; por lo que decidió llevarla al macho, no sin

antes hacer saber a Clara como había reconocido en el sexo de la cerda el

que estuviera en celo; para llevar la hembra al macho, solo tuvo que abrir

una compuerta que daba acceso a un recinto común.

La hembra salió apresuradamente por la compuerta a sabiendas de lo que

le esperaba en el nuevo recinto. El macho que había visto la maniobra,

quería saltar el muro y olía el viento, que le traía los efluvios de la hembra.

- Mira que deseoso está el macho, pero no menos lo está la hembra,

mira como se acerca de la puerta por la que sabe que saldrá el macho.

Observa el vientre del macho, como comienza a sacar y meter en su funda

su extraño miembro en forma de sacacorchos. Verás como gozan los dos

hermana Clara.

María abrió la compuerta, el macho salió al recinto común, mientras

sacaba y metía en su funda la especie de tornillo sin fin que tenía por

miembro viril; no tardó en subirse encima de la hembra y poseerla,

mientras ella complacida parecía masticar algo inexistente en su babeante

boca entreabierta por el placer.

Cuando el macho sacó su miembro, este chorreaba aún el semen

sobrante. La hermana Clara miraba sorprendida, con la boca abierta y los

ojos que parecía se saldrían de sus orbitas.

De esta manera, y en los días siguientes, la hermana María fue mostrando

los pormenores de la granja a la hermana Clara, luego le daba

explicaciones del quehacer de los machos y de las hembras y de cual era su

papel. Según las preguntas que le hacía la novata, veía María la disposición

de esta a sus propósitos, y continuó con su trabajo hasta que Clara le hizo

la pregunta que estaba esperando.

Un día de los siguientes, le preguntó Clara.

- ¿Cómo podría yo ver, como es el miembro de un hombre?

- Quizás pueda yo resolver eso.

En eso que les tocó a ambas ir a la ducha, circunstancia que aprovechó

María para dar una ojeada al cuerpo de Clara desnudo, se valió para ello de

una estratagema simple; cuando escuchó que el agua corría en la ducha de

la novicia, lo que presuponía que la muchacha estaba desnuda, abrió María

la cortina que la ocultaba a su vista, y pudo ver a la muchacha en toda su

integridad sin ropa; su juvenil cuerpo era proporcionado, de corta estatura,

pero armonioso, con amplios hombros, pechos erguidos y duros, abundantes

aunque no demasiado, unas caderas anchas y fuertes aunque no excesivas,

unos glúteos redondos y prominentes que más bien caían hacia arriba,

sujetos por unas piernas fuertes y bien formadas. Comprendió María que

todo ello le gustaría al padre Santiago, y le permitiría a ella llevar acabo su

plan.

Cuando María entró en el despacho de el cura, este parecía estar

esperándola, pues fue el primero en hablar tras quedar fija su mirada en el

rostro de la monja.

- La hermana Clara, ya se ha confesado en dos ocasiones acusándose

de haber incumplido el sexto mandamiento; no puedo explicarle más sin

faltar al secreto de confesión.

- No es necesario que me explique nada, creo que la hermana está

dispuesta para la siguiente prueba. Hoy me ha pedido que le enseñe el

miembro de un hombre; he pensado contarle toda una historia sobre la

dificultad que he tenido en convencerlo a usted de que lo haga. Tenga en

cuenta que la hermana Clara, fue internada por su familia en el convento,

debido a que consideraron que con su inteligencia no podría valerse sola en

el mundo.

El día siguiente era fundamental, por la tarde pensaba llevar a la

hermana Clara al despacho del cura, pero primero quería tenerla toda la

mañana pensando en el sexo, incitando sus deseos carnales, para ello urdió

todo un plan que comprendía dos episodios; el primero consistió en llevarla

a la recogida de las cuestaciones del valle; esta era una misión que la

hermana María tenía encomendada desde hacía largo tiempo. Después de

pasar por todas las pequeñas parroquias en las que tenía el convento

repartidas pequeñas figuras y trípticos con huchas adjuntas en las que se

recogían las limosnas de los lugareños, después de recoger lo recaudado,

condujo la vieja monja a la novicia, por un pago en el que ella no pocas

veces se había solazado observando desde un lugar oculto a los leñadores,

hombres musculosos y sudorosos que realizaban su duro trabajo.

En este lugar, mientras los leñadores ejercían su trabajo hacha en mano,

de vez en cuando, se apartaban a un lugar algo escondido y solitario en el

que realizaban sus necesidades menores, es decir evacuaban sus vejigas.

Conocía la vieja monja un observatorio desde el que podían verlos desde lo

alto, muy cerca, y desde el que no podían ser vistas ellas; la hermana María,

en muchas ocasiones había pasado horas en este lugar, viendo las

interioridades de los leñadores de torso desnudo; hasta el, condujo a la

novicia, y le permitió que observara a varios de los musculosos obreros, con

su miembro en la mano y mientras evacuaban sus micciones.

Tras disfrutar las dos monjas de la escena y comentarla de camino al

convento, la hermana maría condujo a Clara hasta las cuadras, en ellas,

tras comprobar que una de las hembras de asno que utilizaban en las

labores agrícolas, y a la que ella había retirado el pollino de la mama hacía

unos días, estaba en celo, la soltó en la cerca adjunta al establo y tras ella

soltó al asno, que tras sacar su enorme miembro, negro, largo y ostensible,

montó a la hembra y la penetro con casi el metro de órgano que poseía. Las

muestras de satisfacción de la hembra, llamaron mucho la atención de la

hermana Clara, que recibió las oportunas explicaciones de María.

Mientras, en su despacho, nervioso y deseoso, el cura, que ya había

observado con atención a la hermana Clara y había dado su aprobado a lo

que podía ver sobre su hábito y a lo que adivinaba e intuía bajo el mismo; se

preguntaba por los planes de la hermana María, no imaginaba cuales

podían ser, pero sabía que ella misma procuraría sacar alguna satisfacción

del lance, algún provecho inmediato y carnal.

- He conseguido del padre Sebastián, que se preste a enseñarte su

miembro, todo ello lo he conseguido bajo la promesa de que nos

mantendremos respetuosas y dispuestas a todo lo que él nos ordene en todo

momento, y de que para que el miembro tome su turgencia, nos remitiremos

a lo que él mande, sin hacer nada que él no nos haya ordenado y permitido

previamente. Debes Clara obedecerme y seguir mis instrucciones en todo, y

así podrás ver el miembro de un hombre en su completa erección y sin

trabas ningunas.

- Te obedeceré en todo hermana María, estoy tan deseosa y tan

impaciente que no se me ocurrirá contradecirte en nada, a ti que has sido

mi profesora en todos estos menesteres, de los que tanta satisfacción

espero.

Cuando después de las cinco, una vez el padre Santiago había terminado

sus entrevistas con las hermanas que solicitaban su dirección y consejo

espiritual, las dos monjas entraron en el despacho del cura, fue la hermana

María la que tomó la iniciativa. Ordenó a Clara que tomase asiento en una

silla que había colocado en el centro de la pequeña estancia, mientras el

cura permanecía sentado en su sillón tras el pequeño escritorio, luego se

dirigió al cura.

- Padre Santiago, hágame el favor de ponerse en pie, aquí frente a la

hermana clara.

Cuando el cura, en pie, frente a la novicia, a menos de un metro de ella,

erguía su imponente figura a la que la sotana daba un aspecto demoníaco y

lúgubre, como el de un ciprés; la hermana María, ceremoniosamente se le

acercó y comenzó a desabotonar la negra sotana, de arriba a bajo,

lentamente, observando la expectante mirada de Clara que se llenaba de

deseo y de ardores juveniles; muchos eran los pequeños botones que

cerraban la sotana por fu parte delantera, y más parecían por la

parsimoniosa lentitud que imprimía la hermana María a sus movimientos.

Tuvo la hermana María que arrodillarse ante el cura para terminar de

desabotonar; cuando hubo terminado, separó ambas partes de la sotana y

bajo ella apareció el cuerpo desnudo del sacerdote, con su miembro en

erección, que quedó frente a la cara de María.

La monja permitió que Clara lo observara y luego practicó durante un

momento el sexo oral ante la sorprendida clara, a la que María incitó a que

acariciara con sus manos el miembro del cura.

- Hermana Clara, por respeto al padre, y como él está desnudo ante

nosotras, debemos desnudarnos nosotras también.

Cuando las dos monjas estuvieron desnudas, el cura se tendió en el suelo

sobre la alfombra, la hermana maría sentó a clara sobre el vientre desnudo

del cura, y luego María fue a sentarse detrás de ella, sobre su sexo erecto,

que la penetró, mientras el cura acariciaba con sus manos el cuerpo

desnudo de la joven novicia. El cura acariciaba a la joven pero fornicó a la

vieja; este era el plan de María.

De esta forma, los tres serenaron su espíritu y permitieron que su alma

pudiera en los años sucesivos dedicarse a la vida contemplativa y a la

alabanza del señor, estando liberada de los deseos carnales, pues

practicaban este tipo de maniobras al menos dos veces por semana.

Fin

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    May 2018

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