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Dedico este libro a mi madre, quien nunca ha dejado de creer en mí y ha sido la base

para la realización de todo en mi vida.

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Los sueños… ¿Cómo sé que no es la realidad uno? La muerte… decían que era otra

vida. Tenían razón”

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Índice

Sinopsis ......................................................................................................................................................5

Capítulo I ...................................................................................................................................................6

Capítulo II ................................................................................................................................................14

Capítulo III ...............................................................................................................................................21

Capítulo IV ..............................................................................................................................................33

Capítulo V ................................................................................................................................................41

Capítulo VI ..............................................................................................................................................53

Capítulo VII .............................................................................................................................................63

Capítulo VIII ............................................................................................................................................66

Capítulo IX ..............................................................................................................................................77

Capítulo X ................................................................................................................................................83

Capítulo XI ..............................................................................................................................................91

Capítulo XII ...........................................................................................................................................102

Capítulo XIII ..........................................................................................................................................109

Capítulo XIV ..........................................................................................................................................123

Capítulo XV ...........................................................................................................................................132

Capítulo XVI .........................................................................................................................................151

Capítulo XVII ........................................................................................................................................173

Capítulo XVIII .......................................................................................................................................184

Capítulo XIX .........................................................................................................................................191

Capítulo XX ...........................................................................................................................................201

Capítulo XXI .........................................................................................................................................205

Capítulo XXII ........................................................................................................................................210

Capítulo XXIII .......................................................................................................................................218

Capítulo XXIV .......................................................................................................................................223

Capítulo XXV ........................................................................................................................................226

Capítulo XXVI .......................................................................................................................................237

Capítulo XXVII .....................................................................................................................................243

Capítulo XXVIII ....................................................................................................................................263

Capítulo XXIX .......................................................................................................................................275

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Sinopsis

Matt es un chico de tan peculiar comportamiento y pensar que solo se siente a

gusto charlando con un árbol al que su pensamiento da vida, creando así un interesante

soliloquio que cobra existencia en un bosque de Saint Bernard, Irlanda, luego de haberse

mudado con su familia de Venezuela en donde vivió una infancia trágica debido a un

grave trastorno mental. Allí comienza a ajustarse a los extraños sucesos que poco a poco

van adhiriéndose a su vida, dejándolo prácticamente sin opciones, más que descubrir el

papel de los misteriosos sueños en los que con facilidad suele confundir con la realidad,

los cuales le dejan un mensaje cubierto por un importante aprendizaje sobre la existen-

cia; pero no está solo, contará con el apoyo de una hermosa chica pelirroja que aparece

de la nada y con la que irá involucrándose en un significativo enamoramiento, al igual

que el apoyo que le brindarán Thom y Robert, dos chicos fuera de lo común e infiltrados

en una burbuja de perturbaciones mentales. Ligado a esto, se suma el protagonismo de

un asesino de particular gusto por chicas de cabello rojo y que amenaza con su bienestar

mental, acercándolo de nuevo a una regresión de su infancia.

Así se refleja la carrera contra el tiempo y la exposición de conocimientos que

irán juntando las piezas de un rompecabezas abstracto, teniendo como reloj de arena la

vida de las chicas que poco a poco irán muriendo a merced de un asesino que incon-

scientemente cuenta con una ayuda paranormal en otro plano existencial, obligando a

Matt a empaparse con temas que van más allá de lo que acepta su racionabilidad; arro-

jándolo, a medida que profundiza el acercamiento con el homicida, a una vida de dolor,

sufrimiento y agonía que incluso cobra vida en sus sueños.

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Capítulo I

Art no decía nada al principio, se mantenía callado como el viento sereno que no

tenía ánimos de arrastrar las hojarascas, permanecía con una mirada impasible en oca-

siones en las que parecía estrellarse con un muro por sus propias palabras, exactamente

igual a un diente de león en lo alto de una campiña, yéndose con cada hilo de brisa.

Aunque yo era muy pequeño para entender de la cosmogonía, al menos lo más comple-

jo, Art y yo constituíamos un pequeño universo con el gran potencial de brillar más que

el Sol que conocíamos, pero era más prudente no hacer mucho alarde de nuestra luz, de

nuestros planetas, de nuestros anillos de rareza, de nuestras ondeantes y a veces turbu-

lentas corrientes gravitacionales. Le observé en varias ocasiones alejarse de mí como

atraído por una fuerza seductora sobrenatural potente y peculiar, ahora que tenía más

edad, comprendí que ese poderío era llamado “recuerdos”. Ellos hacían que el suelo que

pisabas sufriera una transfiguración, se hiciera espeso como la ciénaga y te absorbiera,

incluso el clima, y con él la temperatura, tenía la potencian de guiarnos como marionetas

atadas a hilos incandescentes hasta los aposentos de las imágenes recreadas por estas

memorias tan vívidas como si apenas estuviesen ocurriendo. Una vez le hice una pre-

gunta, y me sentí como adulto, solo porque mi cabeza repitió un patrón que los mayores

solían repasar en esos momentos condicionados por una atmosfera circunstancial. Le

había preguntado el porqué de su expresión, como si alguna vez hubiera pertenecido al

cielo, y ahora era un pedazo de firmamento vilipendiado y pintado de rosa suave como

el arrebol, mirando en ese instante el horizonte con la luz tenue del atardecer en sus ojos,

él contestó luego de un largo silencio en el que contemplábamos el ciclo natural, la

agonía del día y pronto el nacimiento de la noche.

- Solo son pensamientos de lo que pudo ser, no tienes que preocuparte por mí. Y

cuando sientas que algún día estás en mi lugar, recuérdame. Por ahora, vive los

sueños de la infancia.

No sabía si era bueno sentirme mal en ese instante fugaz, no comprendía mucho lo

que decía, porque aunque había dicho algo que sugería la exhortación de no preocu-

parme por cualquier tipo de problemas, aquellas palabras revolcaron en mí las llamas de

una tranquilidad sobre que siempre estaría cerca de mí. De cualquier modo, no me

gustaba que sonara como si algún día se marcharía.

Después de nuestros días de compañía, muchos años después de acostumbrarme a

él, a su extraña existencia en este mundo, a la especialidad que él tenía para solo ser vis-

ible a mis ojos, vinieron las pastillas antipsicóticas, los frascos que olían a hospital-

ización, las píldoras blancas que me recordaban a las cofias de las enfermeras y sobre

todo a sus zapatos blancos, quizás porque poco era cuando levantaba el rostro y veía los

gorros, y mucho lo que lo mantenía abajo, los potecitos como batas de doctor que me

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hablaban con voz chirriante de directora de primaria – ¡Tienes que tragarme si quieres

estar bien! ¡Debes hacerlo! ¡Papá y mamá así lo quieren, sé buen chico, haz lo que te di-

cen Matt! –y me parecía ver que una boca de labios rosas se contorsionaba como una

flor, o una falta de ondulas que escupía saliva en mi cara. Sabían amargas, me tragaba

las intranquilas figuras que algunas veces se transformaban en lombrices como las que

una vez vi que los indios de El Amazonas solían sacarla de los troncos de los árboles,

ellos golpeaban la madera para que las muy asustadas salieran, o metían minuciosa-

mente un palillo para extraerlas desde sus agujeros, la metían en sus bocas y masticaban

como si fuera un dulce, otros la mordían a la mitad y los órganos salían del cuerpo hasta

caerse, podría ser que mi mente se quería negar al efecto que me causaban, porque la

mayor parte de tiempo me hacían dormir, hacían que mis pupilas lo vieran todo en exce-

so soporífero, hasta el punto de catalogar mi entorno como una película de bajos recur-

sos y guion sin sentido, así que terminaba por mecerme de un lado a otro, ya fuera en la

orilla de la cama, el sofá, e incluso algunas ocasiones en clases y por eso dejé de asistir

algunas veces hasta casi perder el año de no ser porque mamá hacía mis tareas y las ll-

evaba, el nocaut me tiraba de un lado, al principio me recogían del suelo desmayado del

sueño, y cuando ya se hizo costumbre, tenía que buscar maneras de acostarme para no

tener que despertar con hematomas en la cara. A veces despertaba por la incomodidad

provocada por alguna extremidad en la que me posaba sobre ella hasta crear una presa

en la que la sangre luchaba por pasar, luego un cosquilleo y una molestia, después tenía

que levantar la parte para sentarme, y siempre lo hacía con un gruñido, o el *¡Ay!* de un

ventrílocuo. Los efectos secundarios variaron al principio, porque me hicieron probar

pequeñas dosis de antipsicóticos atípicos; prolixin, navane, hadol, y entre otros de nom-

bres poco fáciles de recordar para mí. El peor efecto, era el ya mencionado, otro, era la

dificultad para moverme, o me quedaba mirando la nada por extensos minutos casi sin

parpadear, también se resecaba mi boca y otras veces me provocaban náuseas. Al final,

la clozapina –la cual apodé Sra. Clozapina – fue el nombre que con más frecuencia veía

en un pote del que mi mamá extraía las píldoras y partía los gusanitos dándome una mi-

tad, pero personalmente, no sirvieron para nada, más que para mantenerme bobo, porque

siempre seguía alucinando e intentaba callar.

Mis hermanos me miraban de manera sardónica, pero la menor se esforzaba más

por parecer odiosa, cosa que también entendí más adelante. Si estaban untando el pan

con mantequilla, me daban su atención, y aunque yo mirara lo que estaban haciendo para

alertarles de que podían rebanarse la mano, ellos eran indiferentes de si se cortaban o no.

Yo tenía toda la atención de padres por mi “patología”, y ellos solo excusas en las que

mi nombre relucía como un pedazo de metal pulido a mitad del desierto, e incluso como

las mismas pirámides de Guiza.

Cuando salíamos al parque los sábados, muchos dedos índices indiscretamente me

señalaban, y visualizaba en aquellas manos conocidas armas de rayos laser que me per-

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foraban con prejuicios de cosas que sé que no era capaz de hacer, eras las mamás de mis

compañeros de escuela, y los fines de semana, amigos del parque. En ciertas ocasiones

en las que ellos a escondidas de los ojos vigilantes de sus madres se escapaban para ac-

ercarse a mí, me comentaban inocentemente de las patrañas que hablaban sus mamás;

cosas como que podía darme un ataque repentino y golpear a un niño, morderlo o patear-

lo, y en el más grave de los casos, empujarlos del tobogán y así causarles un daño terri-

ble, así que les habían prohibido la cercanía hacia mí, y yo no hacía más que sorpren-

derme ligeramente sin entender el por qué, tampoco le hacía mucha cabeza a eso de estar

solo, porque no era así, Art estaba a mi lado, y creía que podría tratarse de aquella lla-

mada patología, ¿la gente se podía convertir en pato? Pensaba muchas veces, y si era

posible ser un ganso, volaría al Ávila las veces que lo deseara, solo que no sería posible

patinar en la pista de hielo, me resbalaría.

El proceso para convertirse en ganso era extenuante porque tenía que ver al “su-

locogo”, como torpemente le llamaba a quien tenía que ver tres veces a la semana. Él me

hacía muchas preguntas, y me sentía obligado a responder, pero más que eso, era una

presión, el color de la silla, su escritorio negro que me llegaba al pecho, parecía que

tenían agujas y me movía mucho, también me sentía sofocado, era lo terrible de las con-

sultas, sentirse en un horno donde la temperatura excedía los trescientos grados, y si

fuera así realmente, estaría muerto, o formaría parte de un nuevo tapiz en la silla

acolchada de cuero inflexible. Al final de las cuestiones me hacían salir, y temía que

fuera porque Art a veces estaba a espaldas el psicólogo viendo a través de la ventana y

yo intentaba llamar su atención “moviendo” algún objeto, o haciendo tronas mis dedos,

entonces creía que él sujeto se molestaba y harto de mi conducta me saca de la

habitación, así que me decía tonto por no hacerle caso a Art y hacer como si él no estu-

viera allí, o me metería en problemas, otras veces se iba, pero yo lo llamaba murmuran-

do y aparecía. Dylan, que al principio ejerció de psicólogo y luego sus otros títulos de

psiquiatra y terapeuta, de apenas treinta años, me preguntaba frecuentemente por Art, y

aunque intentara en vano evadirlo, “moría en la orilla después de tanto nadar” y le con-

taba una que otra cosa mientras él solo asentía y no abandonaba su postura física, las

manos delante de él con los dedos entrelazados formando un nudo, su cuerpo erguido y

una expresión amigable que parecía forzada.

Los meses fueron pasando, me había quedado casi sin amigos desde que me

habían diagnosticado aquella enfermedad mental grave, y de eso solo unos meses, afor-

tunadamente, de la docena de allegados que siempre jugaban conmigo, solo tres se

quedaron a mi lado después de que en un tiempo intenté alejarlos, ellos eran Daniel,

César y Andrea.

Tontamente pensaba siempre –por querer ignorar que era algo grave – que mi pa-

tología era una metamorfosis, así sentía que no era tan malo, pero pasaron semanas, y

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luego meses, y no me habían crecido alas, no tenía un pico, no había membranas en mis

pies, solo había preocupación, incomodidad e inconformidad con un encierro al que ac-

cedí porque me habían comprado una playstation, y aunque mis papás nunca me habían

dicho que era para mantenerme en casa, la idea era obvia.

En clases nadie era capaz de hacerme algún tipo de daño físico, eso era lo bueno,

porque me temían, y víctimas de su ignorancia infantil y de sus comportamientos de

básica, hacían un círculo a mi alrededor que iba rotando con cada paso que daba, los

niños de uniforme parecían un harén, murmuraban tonterías hechas frases con una frase

que no podía faltas “loco”, pero no todo era gris en la vida, existía un color más obscuro,

uno falto de luz, la vida en la escuela también podía ser negra, y una de mis oscuridades,

el líder de hecho, llevaba anteojos como los de Harry Potter, pero él era un “dementor”,

un dientón frustrado por querer tener un buen trato de sus padres, y que por ser muy in-

teligente, descubrió que los rumores no eran tan ciertos, así que osaba a halarme del

cuello de la camisa hasta reventarme los botones, otras veces me daba patadas en el

trasero, o cuando salíamos de hacer deportes, me tomaba de los pies y me arrastraba por

el suelo, yo era muy tímido y no sabía pelear, no podía hacer mucho, y mi incapacidad

por hacerle frente me encerraba en un saloncito con una frase pintada en negro de con-

formidad “no es nada”. Art solía enroscar sus puños y ponerse rojo, se sentía indignado

y furioso por no hacer nada más que decirme las cosas que deseaba hacerles, eran ora-

ciones llenas de patadas, golpes, bofetadas y al final un “los voy a…” que jamás ter-

minaba de oír. Un día… no, de hecho, un perfecto día, Fabricio me había tomado del ca-

bello, él tenía un ojo morado, su padre le había dado una paliza, y yo era el desquite, así

que me llevó a un salón para como blanco de golpes. El primer puñetazo lo dio con to-

das sus fuerzas en mi boca, pero yo seguía firme, esa vez mi manera de retarlo fue la

menos convencional, así que me dio otro en la frente y mi cabeza se sacudió, él me decía

palabras que estaban prohibidas para nuestras edades, y continuó, pero esta vez no pude

sostenerme, y con un nuevo puño sobre el impacto del primero, caí boca abajo dando un

giro, y vi unos zapatos negros, relucían mucho, y los pantalones eran del mismo color, la

cuestión es que cuando comencé a subir la mirada para ver de quién se trataba, me des-

mayé por completo. Cuando desperté, aún seguía en el salón con la boca llena de sangre,

como la de un lobo al devorar a su presa, o un vampiro era la descripción más exacta,

pero yo era en realidad una víctima. Luego de limpiarme, la campana sonó varias veces

seguidas, yo seguía mirándome en el espejo del baño con la boca hinchada. El toque

consecutivo significaba la suspensión de clases, e inmediatamente el por qué fue un

tsunami entre los estudiantes, y que medio colegio lo vio. Fabricio estaba muerto, se lo

había llevado una ambulancia mientras yo estaba limpiándome, solo una cosa era divul-

gada con total credibilidad, él había salido corriendo de la nada, subió las escaleras a

trompicones y llegó a la azotea, se paró en el borde por menos de un minuto mientras

algunos profesores le gritaban que bajara, pero él súbitamente se lanzó de cabeza. Había

dejado un manchón de sangre que extrañamente jamás llegó a borrarse por completo del

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piso de la parte frontal de lugar. Mi odio no era de raíces fuertes. Todos, inclusive yo,

fuimos a su funeral y entierro, al que por cierto asistió una gran multitud, aunque inex-

plicablemente ya estaban en el cementerio cuando llegamos

Las escasas veces que se me permitía salir al parque, cuya modalidad era los

lunes, en el que estaba prácticamente “solo”, salía a pasear a nuestra perrita pekinés. No

nos quedábamos mucho tiempo porque sentía inquietud cuando de pronto muchas per-

sonas aparecían y se quedaban inmóviles observándome y señalándome, me veían sin

apartar la mirada de mí, por lo que era incomodísimo seguir allí apuntado por decenas de

pares de ojos, así que halaba a mi hermano de la camisa y le pedía marcharnos inmedi-

atamente, él como era mayor no tenía este tipo de miedos, y si los tenía, supongo que los

disimulaba muy bien. Una vez una ancianita muy arrugada de ropas muy anticuadas y

gorrito negro con plumas me tomó de la mano, pensé que quería dinero para comprar

algo que pudiera comer, por lo que saqué de mi bolsillo lo que era para comprar galletas

y se los di, su tacto era frío, muy frío y apretaba con fuerza, sus ojos eran muy expre-

sivos, casi sentía que me hablaban, ella había tirado el dinero y no me había percatado

en qué momento, pero allí estaban, sobre el suelo y luego la brisa se los llevó, la anciana

seguía sujetándome, asustado halé el brazo, pero ella seguía extendiendo los suyos como

queriendo algo más, y desde ese entonces desarrollé un miedo hecho incomodidad lla-

mado enoclofobia que fui regulando con el tiempo gracias a Dylan.

Algunas veces Art desaparecía por un par de días, no le preguntaba para no hacer-

lo sentir incómodo ya que las discusiones de mi padres parecía que lo metían en un pe-

queño cubo que rodaba a lo largo de una montaña. Era notable lo incómodo que se ponía

en esas situaciones, y llegué a experimentar lo mismo cuando en el futuro, iba a casa de

mis amigos y sus papás les daban una tremenda reprimenda delante de mí.

En medio de todas las paredes reforzadas con acero que me rodeaban, muros de

aislamiento social y personal, uno de muchos eventos terminó por validar mi supuesta

patología.

Íbamos a mudarnos de casa en la misma urbanización, tenía problemas con filtra-

ciones de agua, lo recuerdo bien. Había zonas cuyos pisos estaban siempre fríos, y en los

bordes inferiores de las paredes el moho era notable, ni hablar de que las cucarachas es-

taban construyendo su imperio allí.

En la nueva casa el transcurso de la vida era tranquilo, por un momento había

creído que nos mudaríamos a otra ciudad, hubiera sido mejor para mí entonces, y no

tendría que haber pasado por un terror inolvidable aquella noche.

Cada uno tenía su cuarto, como siempre había sido. Tenía mi pijama azul estam-

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pada con autos de carreras verdes. Art estuvo conmigo durante el día, teníamos un mes

de mudados, en todo momento me mantenía al pie del horario de los medicamentes, y

algunas veces en las que mis papás tenían que hacer diligencias como esa noche, deja-

ban a cargo al mayor para que me diera una píldora y un vaso de agua en las horas corre-

spondientes, pero distraído con un juego de cartas que estaba realizando con su amigo

Julián que pasaría la noche con nosotros, mi hermano había olvidado revisar el récipe

dispuesto en la nevera y sostenido por un racimo de bananas de masa flexible con un

imán, y aunque ahora yo tenía una buena memoria, en aquel tiempo era pésima, nada

distinta de imaginar al puente de Maracaibo con grandes huecos en medio y algunos ca-

bles desgastados que no resistirían mucho, y para llegar al sitio de un recuerdo, tenías

que valerte de tu capacidad para atar los nervios, y mantenerlos a raya para que no

hicieran que tus piernas pifiaran y te hicieran caer mientras ibas a mitad de un hueco

caminando sobre un tubo de poco diámetro, tal cual la bailarina de un circo en la cuerda

floja, la cosa es que no estabas atado a la cintura por una cuerda, si caías, o te noqueaba

el impacto con el agua y morías tragando agua sin darte cuenta, o te ahogabas sino

sabías nadar, y siempre prefería pensar que la muerte era inminente en esa situación ilu-

soria, creerlo a esta edad.

Para las once de la noche, tenía que haber tragado dos gusanos de la selva

amazónica con olor a hospital, y no había ingerido ninguno, estaban enfrascados

moviéndose en ondulas, círculos o zigzags, y yo también los había olvidado. Estaba muy

entretenido con uno de los doce rompecabezas que habíamos coleccionado un año antes,

cada mes llegaba uno, y esa noche me tocó construir las torres de Parque Central. Cloe

estaba dormida, usualmente era la primera en caer rendida ante el sueño, le había pedido

ayuda al comienzo del juego, pero tan pronto comenzamos, se fue a dormir, no me falta-

ba mucho para terminarlo, algunos pedazos de cielo y arbustos, nunca me aburría con-

struirlo decenas de veces ya que eran doscientas piezas.

Escuchaba los comentarios de ambos chicos en la sala, y hacían que perdiera mi

concentración, así que cerré la puerta y continué. Era casi ineludible no pensar, o mejor

dicho, reproducir algunas conversaciones que furtivamente escuchaba sin poder com-

prender del todo, decían que era posible que fingiera mi nuevo defecto, el sonambulismo

que semanas atrás había comenzado a aparecer. En ocasiones aparecía mitad de la coci-

na, y salía del trance por el grito de alguno de mis hermanos o padres, era cuando des-

pertaba y me halla en un lugar ajeno a mi recamara, otras veces estaba sentado en la ac-

erca de la casa a mitad de la noche y del frío, y desde esa vez ya no dejaban las llaves en

un perchero, las guardaban en la mesita de noche en su cuarto. Algunas veces Dylan

decía que yo estaba fingiendo, no sabía quién necesitaba ayuda, él o yo, porque yo no

estaba mintiendo y por eso rara vez me enojaba con él, todos me acusaban de acciones

que yo involuntariamente hacía, y ellos las hacían ver como que eran intencionales, a lo

mejor Dylan no quería poner su credibilidad como psiquiatra – era lo que pensaba es-

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tando molesto – y era mejor echarle la culpa al niño de problemas mentales. Aquella

noche terminé el rompecabezas de esa manera, repasando cosas que no entendía, pre-

guntándome qué era exactamente el sonambulismo y el por qué tenía mi cuerpo que an-

dar merodeando en las noches sin mi consentimiento, pero dejé de nadar de espaldas en

la piscina de dudas cuando de pronto el cuarto comenzó a hacerse frío sin razón

aparente. Miré hacia la ventana y estaba cerrada, el cristal estaba empañado y en la Cap-

ital no nevaba, cogí un cobertor y me cubrí, pero el frío se intensificaba más y me estaba

asustando, así que pensé en salir y estar con los chicos, pero la perilla estaba dura, no

giraba y mis respiraciones ahora estaban acompañadas de humo por la baja temperatura.

Estaba desesperándome, intentaba mover con todas mis fuerzas la esfera, pero no cedía.

Algo cayó del closet, y volteé para ver de qué se trataba, había sido una caja con bolas

de estambre de varios colores, fui acercándome despacio a los objetos con la cobija so-

bre mis hombros, la luz titilaba, me agaché, y sigo sin saber para qué iba a coger una

bola de estambre, cuando extendí mi mano para tomarla, otra mano que antes me había

sujetado en el mismo lugar, lo hizo de nuevo, había salido de la nada, no recuerdo cómo

me liberé de ella, lo cierto es que llegué a la puerta y comencé a patearla sin dejar de

gritar a asustado, volteando de vez en cuando viendo cómo la anciana se iba acercando

temblorosa sobre sus piernas llenas de varices y con los pliegues de su piel colgando,

ella sonreía, pero me causaba aún más terror. Mi hermano y Julián me decían que abriera

la puerta, pero no podía, y la última vez que me atreví a voltear, la mujer puso su mano

huesuda en mi cabeza y perdí el conocimiento, el mundo dio vueltas hasta hacerse os-

curo.

Debido a ese fuerte incidente, y después de que Art tomará una decisión que para

mí fue la más difícil, comencé a indagar en libros de psicología y a buscar en los índices

las descripciones, antes tenía vagas ideas, pero necesitaba respuestas concretas, y busqué

causas y consecuencias de mi enfermedad, incluso los tratamientos médicos. Mi cabeza

era una especie de mundo excesivamente abstracto, y terriblemente maravilloso que

trasladaba sus creaciones a la realidad y así podía confundirla sin mucho trabajo. Mi en-

fermedad, que no quiero nombrar aún, era una reina sentada en un trono descomunal y

pesado sobre el pequeño, delicado y verde pasto que era la razón. Veía cosas que otros

no podían, gentes que mencionaban mi nombre y que al prestarles atención empeoraban

mi situación, se acumulaban por cobrar vida en las noches mis etapas de sonambulismo,

y mis trances y ataques mentales se hacían más potentes. Solía quedarme “atrapado” en

el baño y los cuartos, y siempre aparecía una persona tras de mí, o salían desde el retrete,

y me paraba sobre la tapa mientras la golpeaban. Por todos estos episodios, comencé a

aislarme aún más de las únicas personas que me frecuentaban después de que supieran

de mi caso. Vivía más inconsciente que nada, y cuando ya la idea de internarme estaba

siendo considerada, mi vida giró considerablemente, y todo gracias a mi capacidad por

decodificar aquel lenguaje mental, por haber construido en mi cabeza una manera de so-

brellevar mi patología. Resulta que no me limite por lo que decían los libros, que iba

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desde siempre ir al terapeuta –nunca dejé de hacerlo –, pero pude ejercer un autocontrol

en mí, era una cosa de otro mundo, quisiera decir que lo que hice era algo que poco re-

sultado daba, pero pude descubrir un secreto que solo se ajustaba a mi conducta. Lo que

hice fue un esfuerzo realizado por mis propias ganas de ser normal, no era algo que es-

taba en libros, al contrario. Me repetí miles de veces que nada era real, nada de lo que

parecía del otro mundo, aquellas puertas que se cerraban solas, aquellos ascensos extra-

ordinarios de temperaturas, las personas saliendo de lugares privados, las voces en mis

oídos, mi nombre como eco en las calles, nada era cierto, pude tratarme a mí mismo, y

nunca dije nada, simplemente habían sido “el resultado de las pastillas”. Esto no me

tomó alrededor de dos meses en los que un par de veces me oriné encima, y apretaba mis

puños y dientes para no tener que salir huyendo y alertar de un ataque mental, de una

ilusión hecha vida en mí. No, no fue nada fácil, porque erradicar un pensamiento, era de

por sí algo malditamente difícil, imagínense lo que es desaparecer a un hombre cuyas

películas de terror creaban una figura espantosa en tu cabeza y luego la ponían frente a ti

en tu habitación oscura, y aunque ahora dormías con la puerta abierta, te repetías a cada

nanosegundo “no es real, no es real, está en mi cabeza, no es real”, pero el sujeto con la

cicatriz en la sien y la sangre brillante resbalándole por el rostro seguían allí parado,

viéndote con ojos de petróleo y sin parpadear, y ojalá fuera que solamente seguía allí sin

moverse, pero iba acercándose despacio hasta tu oído y susurrarte algo. ¿Fui alguien va-

liente? Lo fui, ustedes no podían permanecer así ante eso, y menos, a las semanas, a

causa de tu mente, y del gran método de autosugestión, edificar una torre que se perdía

en las nubes de tu cerebro y que cuyas letras doradas en la cumbre decían “No pierdas tu

tiempo ilusión, no existes, desaparece tan pronto como leas esta”. Y así tal cual resultó,

adiós a todas los seres proyectados en mi cabeza, a las puertas cerradas, a los objetos que

se caían “por si solos” y a las píldoras que a escondidas dejé de tomar, y que por cierto

rebelé años después a mis padres que había dejado de tragar a los gusanos de El Ama-

zonas hace mucho tiempo. Sobre el sonambulismo, también se había ido, y no sabía

cómo había pasado, pero pedí una vez que todo volvió a la normalidad de manera casi

mágica, que jamás mencionaran sobre lo que tenía, y sobre el pasado, ellos asintieron y

me abrazaron. Pero mamá, que era la más preocupada, no dejaría la situación así, y re-

torné a las consultas con Dylan, solo que de tres veces a la semana, fueron dos, después

una, y al final, solo iba una vez por mes.

El bachillerato fue un nuevo comienzo, aunque años después lo abandonaría

porque iríamos a otro país. Había tendido una alfombra roja en la que podía con tran-

quilidad pasearme, solo porque a final de sexto grado pude defenderme con argumentos

científicos sobre mi padecimiento, y así los chicos, ya cansados de hacerme bromas, de-

sistieron y aunque solo unos pocos gustaban de hablar de ello, otras personas se fueron

acercando a mí, quizás porque la madurez en el bachillerato trascendía al comportamien-

to casi irrazonable e impulsivo de los niños, algunos se hicieron muy cercanos y con el-

los ya no me sentía solo del todo, no a nivel social, no llenaban el espacio que mi amigo

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Art había dejado, pero hacían un buen trabajo estando allí. Pero tuve ayuda, gracias a mi

trío de amigos que me ayudaron a poner las cosas en los estantes correspondientes.

Capítulo II

La casa se encontraba repleta del peculiar olor del cartón y el periódico, mientras el

sonido del papel cernirse sobre los adornos de porcelana de mamá irrumpía el silencio.

Fui a mi habitación, donde me albergó el sentimiento de nostalgia el solo ver mis

pósteres de bandas, películas y videojuegos que había frecuentado durante mi estadía en

ese lugar. Las paredes estaban completamente pintadas de azul para brindar un aura de

tranquilidad y armonía al lugar donde había pasado parte de mi un tanto trágica y

perturbadora niñez y sobrevivido a mi pubertad. Lo único no desarmado y embalado era

mi cama, todo ya se encontraba en grandes cajas y en maletas, todo quedaría atrás, la

casa, mi habitación, mis recuerdos de este enigmático lugar; me encontraba triste, puesto

que era casi imposible no estarlo, pero más allá estaba emocionado de poder conocer

otro lugar, de empezar de nuevo, conocer una nueva cultura donde miraría el Sol desde

otro ángulo, pero sobre todo estaba dispuesto a construir nuevos recuerdos en dónde nos

mudaríamos, un pequeño pueblo en Irlanda.

Volteé a una esquina, estaban unos autos que había guardado en una bolsa

plástica, afuera había una caja enorme donde dejaríamos nuestros juguetes de niño y se

los darían a nuestros primos. Recordé que una vez estaban en la sala y comenzaron a

rodar despacio hasta mí, ya en ese entonces estaba atando las locuras de mi cabeza, y tan

pronto como cerré los ojos y me dije que no era cierto, al abrirlos seguían allí, en el

mismo lugar que antes. Aunque trabajosamente intentaba no pensar en el pasado, era

fácil no hablarlo, más revivirlo en mi cabeza ocurría casi todo el tiempo, y esperaba que

irnos del país me ayudara a enterrarlo en definitiva, o era en lo que me gustaba tener fe,

todo con tal de no ir al baño y pensar que golpearían la tapa del retrete, escuchar golpes

en las paredes o que los aparatos electrónicos de pronto se encenderían.

- Matthew, digo, Matt –escuché decir a mamá – No olvides que debes ir al

departamento de los chicos – me recordó asomando un ojo entre la puerta y el

marco blanco.

- Lo sé, mamá. Aún es temprano así que iré a caminar un rato – dije mientras me

levantaba de mi cama.

Andrea y César me esperarían a las seis de la tarde en su apartamento, dijeron que

!

14

querían mostrarme algo antes de que me fuera. Yo sospechaba de una segunda

intención. Faltaban tres horas para las seis así que decidí hacer un pequeño recorrido por

los alrededores de la urbanización de la que a partir de mañana no formaría parte.

Caminé despacio, pues no había motivo para apurarme. El clima era mi favorito,

temprano en la mañana la lluvia había besado la corteza terrestre así que el frío estaba

presente por toda la capital, y por eso me había puesto una sudadera de tela gruesa. Metí

mis manos frías en los bolsillos del suéter e hice uso de la capucha porque mis orejas

estaban frías también. Mientras caminaba observaba detalladamente las casas de mis

vecinos como si más bien acabara de mudarme al vecindario.

Pasé frente a la casa de Josefa y Luís, mis vecinos de unos setenta años. Ellos

solían contarme cosas que vivieron cuando eran niños. Eran unos ancianos muy sabios –

como todos los ancianos supongo–. A veces esperaban a que pasara frente a su casa

después de clases para tomar café con pan dulce. A medida que pasaba por allí recordé

una de las historias de Josefa, de hecho mi favorita, la cual relataba con mucha

añoranza: “Cuando era niña mi vida no fue nada fácil. Éramos nueve hermanos y no

todos podíamos estudiar porque nuestra pobreza nos limitaba. Desde los trece comencé a

trabajar en casas de familia. Llegué a conocer a un hombre español quien me propuso

irme de aquí, para ese entonces yo vivía en otra ciudad. Denegué la propuesta, no quería

irme y hasta el día de hoy no me arrepiento de mi elección porque conocí a Luís. De

seguro mi vida pudo haber sido mucho mejor que ahora, pero dudo haber adquirido

mediante una vida fácil las experiencias que he tenido. Yo sé lo que es trabajar duro,

otros desconocen esto. Creo que una buena vida se mide por muchas cosas, pero pienso

que se mide más por las experiencias que por lo que poseas”.

Josefa y Luís vivían con dos de sus cinco hijos en una enorme casa, ellos me

querían como a uno de los suyos. Desde niño siempre me encantó conversar con ellos,

me decían con frecuencia lo listo que era. Ahora ya no los vería. Pensar en eso hizo que

la nariz me ardiera y que lágrimas se deformaran en mis ojos empañándolos como los

vidrios de un auto en una noche fría de invierno, arrugué mis labios en un intento por

reprimir el llanto que se avecinaba, me funcionó.

Ya me había despedido de ellos, no quería volver a llorar así que me limité a solo

recordar. Crucé en una esquina, otra casa comenzó a crearme recuerdos, era la casa de

Daniel, uno de mis pocos mejores amigos, a quien vi y me vio crecer, con quien peleé y

a los segundos estábamos hablando, a quien un día asusté escondiéndome bajo su cama

e hice que se orinara del miedo.

A Daniel la noticia de mi mudanza le cayó como una patada en el hígado, me dijo

que no me mudara, trató de convencerme por más de un mes, pero la decisión no

!

15

dependía de mí. Siempre vi a Daniel llorar cuando éramos más jóvenes, llorar por

tonterías, pero verlo llorar por mí partida ya era otra cosa. Me dolía verlo así, entre

lágrimas dijo “Eres era un mal amigo, me estás dejando solo, no podría reemplazarte”,

yo le respondí que lo sentía mucho, que no era fácil para mí dejar esa parte de mi vida

aquí, dejar a mis amigos y a él quien era como un hermano. No pensé que fuera tan

difícil decir adiós, porque esa palabra venía cargada de sentimientos, del miedo de no

volver a ver a quienes dejamos atrás.

Caminé melancólicamente hasta llegar al parque que estaba a solo unas cuadras de

mi casa, me senté en uno de los columpios. El olor a hierro oxidado era leve, miré a mi

alrededor y no habían muchas personas, solo unas pocas paseando a sus mascotas y otras

que aprovechaban el frío del día para trotar. El lugar donde pasas los inicios de tu vida se

transforma mentalmente en una persona, en una madre que te enseña su cultura y solo

terminas dándote cuenta de su existencia el día en que la dejas, y yo me percaté de eso

un día antes de irme. Miré mi reloj y la hora me indicaba que tenía que irme, debía

prepararme para trasladarme al departamento de mis amigos.

Por suerte tenía la tarde libre porque casualmente había adelantado mi última cita

con Dylan. Mis padres estuvieron presentes. Mi historial médico era algo que no podía

sencillamente guardar en un bolsillo o romperlo y lanzarlo al mar, estaría conmigo por el

resto de mi existencia, mi prescripción era mi sentencia, no mi mente en ese presente.

Dylan nos dijo que tenía que hacer una autorización de traslado en el que constaba de mi

salud mental, o específicamente, de que podía hacer frente a la realidad y de que las

píldoras mantenían regulada mi condición, por supuesto, él había recetado pastillas que

desde hace años sabía que no ingería, y aunque intentó hasta el último día tratar de que

las tomara, decayó comentando algo sobre que aparentemente yo era un milagro y que

era algo que aunque normalmente en su campo era considerado una locura,

particularmente, creía de lleno en ellos, así que solo dijo que llevara un frasco siempre

en el bolso para disimular y que en caso de tener nuevos ataques –se persignó al decir

esto –, tendría que ver a un profesional, de igual forma en la autorización, luego de un

largo escrito donde constataba en lenguaje muy técnico que había pocas posibilidades de

que tuviera ataques, debería ir a un psiquiatra. Mis padres habían hecho muy buena

amistad con Dylan y su esposa, también con el pequeño Alberto de tres años, por lo que

no fue de extrañar que se pusieran sentimentales a la hora de la despedida, y yo no hice

omisión del sentimiento, ya no vería a mi sulocogo –así jamás dejé de decirle aunque en

realidad hacía de psiquiatra–, con los meses nos hicimos cercanos, y aunque le mentía,

no me sentía obligado a ir a sus consultas, se hizo una agradable costumbre porque

después bromeábamos sobre muchas cosas. Lo abracé y me deseó mucha suerte, y que

no dudara en llamarlo por skype en caso del mínimo problema o duda sobre las cosas.

Me sentía solo en el transcurso al inmueble de mis compañeros, aunque el metro

!

16

estuviera repleto como un panal de abejas, para mí no había nadie y ni siquiera los

tropiezos y empujones me hicieron sentir diferente, allí también había tenido ataques en

los que personas que no conocía, presionaban el botón de emergencia porque algún

sujeto intentaba tomarme de los brazos y susurrarme algo, extrañamente siempre eran

pordioseros los que veía en el subterráneo, parecía como si me esperaran en la entrada y

subían conmigo, se sentaban a un lado y aguardaban a que fijara mis ojos en ellos, lo

que era verdaderamente difícil de hacer al principio de mi propia terapia. Caminé

algunas cuadras desde la estación del metro; iba en contra de la brisa fresca, llegué a mi

destino luego de haber profundizado sobre cómo sería mi vida en otro país, mis nuevos

amigos – en caso de tenerlos – la nueva casa, las tediosas costumbres, el

comportamiento que debía adoptar, el idioma, aunque esto último era lo de menos ya

que la propuesta de trabajo a mis padres había sido presentada desde hace un año, por lo

que desde ese momento comenzamos a asistir a clases de inglés intensivo, el cuál

finalicé a los cuatro meses, el resto de mi familia permaneció seis meses.

Toqué la puerta y Andrea salió mostrando una sonrisa y diciendo que me estaban

esperando. Tardó unos diez segundos en abrir la puerta para luego escuchar un

“¡Sorpresa!” emitido por un gran grupo de personas que me ensordeció, detallé a todos

en el apartamento y perceptiblemente los conocía a todos, mi corazón quería ser

vomitado, eran palpitares de alegría. En seguida fui abrazando a todas las personas, el

reparto de abrazos me parecía interminable. Compañeros de todas las etapas escolares

por las que pasé y con quienes establecí una buena amistad estaban allí, amigos que no

había visto en años pero que aún no olvidaba, y todos ellos alguna vez fueron mis

verdugos, pero habían revertido su comportamiento en el bachillerato, Daniel también

estaba allí. Yo tenía la leve sospecha de que ellos estaban tramando algo y no estaba

equivocado.

Luego de cortas conversaciones con todos los presentes de sobre cómo estaban y

lo que pasó en el tiempo de nuestra ausencia, Andrea llamó la atención de todos sonando

una copa de cristal con una cuchara, dejando oír un sonido agudo difícil de ignorar.

-

¡Oigan todos!– dijo a través de un micrófono –. Llegó el momento de las palabras

cursis – soltó una risa con picardía.

No tuve que dar muchas vueltas para saber a qué se refería… Estas cosas eran

típicas en ella, a lo que se refería es que cada uno debía decirme algo mediante el

micrófono, palabras de despedida, anécdotas que vivimos, palabras cargadas de afectos,

etc. Lo que más temía, era que hicieran mención de mi comportamiento en el pasado.

El primero en hablar fue Daniel, quien obviamente, no faltaría. Aun no tenía el

micrófono entre manos y podía notar que estaba nervioso, lo delataban las gotas de

!

17

sudor en la frente y su innecesario movimiento de manos y pies, pero sabía que eso no

impediría que fueran sus más sinceras palabras hacia mí.

- Amigo… ¡Eres un maldito! – comenzó haciendo reír a todos, incluyéndome –

pero eres mi mejor amigo. Cuando establecemos una fuerte amistad con alguien le

confiamos algo, le confiamos una parte de nosotros, no un dedo, un brazo o un

pie, le confiamos un pedacito fantasmal de nuestro corazón. Esas personas

deciden qué hacer con él, pero pase lo que pase siempre lo llevarán a cualquier

parte que vayan. ¿Saben qué es lo que realmente nos hace sentir orgullosos de

eso? Es el simple hecho de dar una parte importante de nosotros a personas que

merecen poseer ese tesoro, y yo amigo, siempre estaré feliz de haber hecho eso,

¡Te quiero! – concluyó secándose algunas lágrimas que habían logrado

desparramarse por sus mejillas.

Y es esa la parte que odio de las despedidas, la parte en la que me siento miserable

por dejarlos, la parte en la que mi corazón se autodestruye para luego unirse con una

débil cinta adhesiva, y volver a comenzar el ciclo. El pecho se me contraía por escuchar

a Daniel decir eso, y no solo fue a él, otros hicieron que las lágrimas danzarán por mi

cara, otros hicieron que mis dedos deformaran las gotas saladas que salían de mis

lagrimeos, y para colmo, nadie tenía que ir lejos para hacerme llorar. Me encontraba

pesadamente sensible.

- ¡Matt! – comenzó a decir Andrea– La sola pronunciación de mi nombre hizo que

sus labios se apretujaran, iba a llorar. – Me sentiré como un cachorro abandonado

en una casa solitaria, con la esperanza de que su amado dueño regrese. Un vaso

roto puede ser reemplazado por otro exactamente igual, cualquier objeto puede ser

suplantado, pero ¿qué hay de las personas? ¿Qué hay de ti? Qué bueno que los

recuerdos sean como cintas mentales de películas, jamás se olvidan. Espero algún

día volver a encontrarme con esa parte que te llevas de mí en tu equipaje de los

sentimientos. – culminó para luego romper en llanto.

- Señor erudito… – dijo César – Me abstendré de decir frases cursis porque estaré

tranquilo en este continente confiando en que todo marchará bien en tu vida.

Pintaré un rostro sobre un balón de fútbol, le pondré “Wilson” y serás

reemplazado por él. Esa será la única manera en que el dolor de tu ausencia sea

soportable. No te olvides de nosotros, porque él día en que me olvide de ti será

porque estaré bajo tierra.

Para cualquier persona los discursos de mis amigos serían catalogados de

exagerados, pero yo diría “Triste sería no oír lo que sus mentes crean, deprimente sería

escuchar palabras vacías”. Corrí a abrazar como nunca a mis amigos. En el pasado

reíamos juntos, ahora llorábamos juntos, la forma en que me sentía era inefable, no

!

18

había palabras para dar una explicación precisa de lo que sentía.

Y cuando pensaba que todo había llegado a su fin, Andrea se había empeñado en

que me convirtiera en una Magdalena. Colocó en su pantalla plana una diapositiva con

fotos nuestras, de todos los allegados en mi infancia, fotos que en complicidad con mi

madre había logrado conseguir. Era muy conmovedor ver la sucesión de fotos cuya

canción de fondo era “Un segundo” de Los Mesoneros, para optimizar la depresión.

Era bueno tener que ver las gotas de felicidad que se filtraron a través del techo

aparentemente impenetrable de mi problema mental, de todo lo que me hizo padecer y

desligarme de la verdad, pero fue gracias a mi muy reducido séquito de amigos que se

empeñaron muchas veces en ir casa y tocar repetidas veces la puerta por largo rato

mientras yo le decía a mi familia que no les abrieran a la vez que veía oculto tras las

cortinas sus caras de tristeza porque sabían que quería evitarlos, y fue muy triste, porque

el pecho se me hundía en esos momentos, y yo no quería incluirlos en mi vorágine, no

deseaba arrastrarlos conmigo, sobre todo a Daniel, que era el más cercano a mí. Pero al

final, después de tantos días en los que perduraron en su constancia, en los que vi que

sus nudillos tenían banditas de colores por sus callos, decidí dejar de ser hermético, y les

permití entrar por un pequeño agujero, y fue gracias a ellos, que recuperé un cierto grado

de “normalidad” en el bachillerato después de que todo estaba calmándose, en cuanto a

mis lapsos de crisis, cuando sentía que se avecinaba uno, los despachaba súbitamente, y

ellos no hacían preguntas, sabían que sucedería algo en lo que era mejor no estar.

En algunas fotografías estaba con mi grupo, mis lapsos de amnesia del dolor,

Daniel, Andrea y César, como se podía notar… éramos inseparables, en otras ero yo de

pequeño, un poco rubio y más blanco de lo que ahora soy.

La fiesta de despedida tuvo su conclusión con baladas, botellas de alcohol y vasos

desparramados por doquier. Algunos globos fueron la distracción de los ebrios, y yo

estaba rodeado de jóvenes que balbuceaban obligándome a sentir sin saber lo que

decían. Al final, me fui en compañía de Daniel, llevándolo de hombros debido al efecto

del alcohol.

En el camino, sobre el borde del rio de asfalto, comenzó a entristecerse y sin saber

qué hacer, le pedí que se calmara sentándolo en un banco de metal. Me abrazó y allí se

echó a llorar, yo volteé los ojos porque ya había repetido por todo el camino lo mucho

que me quería, y me estaba volviendo intolerante a causa de que ya me sentía mal desde

la mañana.

Sentados sobre la acera, bajo la noche y la calle desértica soplada por el viento,

esperé a que Daniel vomitara lo poco que le quedaba en el estómago, y casi me hacía

!

19

imitarlo por el olor nauseabundo del vómito. Le golpeaba la espalda porque era lo que

todos hacían, los hilos de baba le colgaban de la boca, me hizo recordar al camino

brillante que dejan las babosas de jardín cuando salen en la noche, y que el Sol en la

mañana los hace brillar como si fueran pega y escarcha. Algunas personas les echan sal

para eliminarlas, lo que es estúpido porque dicen que “queman”, pero es falso, las he

tomado entre mis manos y mi piel ni siquiera se enrojece, si realmente quisieran liquidar

algo que queme, mojen los cerillos o desarmen y boten sus cocinas, eso sería más

razonable aunque no lo parezca, y en medio de la solitaria calle, pensé en que muchos

hacían daño a otros indefensos, y no a aquellos que eran realmente dañinos como el

fuego, era algo que oía de bocas de terceros, eran persona buenas y terminaban con los

sentimientos deshechos por causa de alguien poco justo, o ciego sin saber qué dañar

realmente. Y este tipo de cosas pude aprender por mí mismo sin necesidad de vivirlas, en

mi encierro, leer, ver, pensar, analizar y criticar era lo que mantenía distraído, viviendo

el mundo de una manera diferente ya que por mi irregularidad no podía, o eso me

imponía yo.

El fósil inmortal del espacio y tiempo, uno que nuestros cuerpos desde siempre se

ha acoplado a la perfección hasta conocerlo bien, se transgredió en ese lugar en el que

solo estábamos Daniel y yo. El sentimiento ya lo conocía, y nadie más que fuera como

yo podría describirlo o percibirlo, pero allí estaba, plagándose como un manto invisible

en el que la espesura de su materia hacía que hasta el movimiento las hojas y el tiempo

parecieran imperecederos, los mechones de cabello me pinchaban delicadamente, me

pareció ver que los empaques vacíos de dulces y botellas de plástico que la brisa barría

hacia el oeste, iban demasiado lentos. No iba a asustarme, ni a sorprenderme de algo con

lo que había crecido, mucho menos de algo que no estaba ocurriendo en realidad, de una

singularidad que estaba surcando mi cabeza como muchas otras veces, además,

seguramente eran ideas mías, y cuando decía ideas, era la capa sobre la acción de la

enfermedad. A través del rabillo del ojo, me pareció distinguir una silueta oscura que ni

siquiera el faro bajo ella iluminaba, cuando volteé para asegurarme de que no era un

error visual, había desaparecido, y creí haber detallado que en una de sus manos llevaba

algo blanco. Si no me equivocaba, aquella figura que parecía masculina la había visto en

varios sueños de manera tísica, pero su cara era difusa.

!

20

Capítulo III

Un día después del viaje, una agencia de mudanzas se encargaría de transportar

todas las cosas de la casa, al menos las que mis padres habían seleccionado, el resto se

quedaría y pasarían a pertenecer a su nuevo dueño.

El rocío de la mañana aún estaba presente a las seis, y casi no había podido dormir

por la ansiedad, solo por tres horas permanecieron cerrados mis ojos. Muchas preguntas

bailaron en mi cabeza al compás de una suave balada de dudas. No creo haber sido el

único al que le haya pasado, Cloe ya me había contados sus inquietudes y la emoción

que la albergaban.

Papá nos dijo días después de informarnos de la mudanza, que no nos pusiéramos

tristes, que podíamos volver de visita. Pero sabíamos que no sería igual hasta después de

un largo tiempo, y eso si lo considerábamos. Lo que si nos animaba era que

conoceríamos en persona el pueblo en el que nació nuestra abuela, la madre de nuestro

padre, quien nació y vivió en aquel lugar hasta los veinte años. Recorreríamos la

localidad que solo en fotos y relatos nos trasmitía ella, quien por cierto, fue la persona

que sugirió nuestros nombres. Casualmente, de todas las empresas a las que pudieron

enviarlos, se les asignó esa sucursal en el pequeño pueblo.

En el transcurso del viaje a El aeropuerto de Maiquetía, en el taxi, las costillas de

mi pecho se iban desintegrando, más lágrimas acompañaron a las pequeñas torrentes de

gotas de lluvia que se resbalaban por la ventana. Tuve que girar mi rostro al vidrio para

que Cloe y mi padre no pudieran verme, ya que estaban en los asientos traseros, aunque

ya sabía que ellas también estaban llorando por su interrumpida inhalación de aire. El

golpeteo de las gotas al caer sobre el cristal me distrajo un poco, al igual que las figuras

!

21

abstractas e inentendibles que iban formando mientras se deslizaban por la superficie

lisa, era poco usual que lloviera en esa época del año.

En el aeropuerto todo era agitado, personas iban y venían, unas se abrazaban y

otras lloraban. Solo en TV había visto el estilo de Carlos Cruz Diez en el piso de aquel

lugar, ese día me deleité detallando la composición mientras caminaba sobre las líneas

coloridas durante el tiempo en el que me disponía a esperar. La pantalla de vuelos

indicaba que el avión despegaría a las ocho y media de la mañana, aún faltaba una hora,

así que nos posamos sobre los asientos de espera.

Mis abuelos maternos acudieron al terminal media hora antes de nuestro vuelo,

allí otro momento de triste despedida se gestó. Por suerte, ya nos habíamos despedido de

nuestros abuelos paternos. Ellos tenían alrededor de los sesenta años, aunque su vida

activa y saludable lo disimulaba muy bien; parecía que venía en el gen lo de no

aparentar la edad, porque lo mismo ocurría con sus hijos y nietos.

La alfombra del túnel que nos conectaba al avión silenciaba el sonido de mis

pasos, se sentía extraño estar ahí, con cada pie en el avance me alejaba de mi familia y

amigos. Algunos asientos del avión estaban ocupados por personas que mostraban

tristeza en sus caras y no era necesario preguntar para saber qué les ocurría. Dejaban

atrás una esencia de las muchas que componían sus almas. Me senté cerca de la ventana,

quizás para torturarme mientras me alejaba del país en el que había nacido, del suelo que

pisaban aquellos a quienes amaba.

El despegue fue peor de lo que esperaba, por un momento sentí que iba a derramar

el desayuno sobre mis piernas a causa del movimiento del avión que me hacía vibrar y

recordar todas aquellas películas que documentaban accidentes aéreos. Poco a poco

Caracas, y luego Vargas se hacía más pequeña a través de la ventana hasta que las nubes

la taparon para mí, luego mis ojos lo hicieron por el sueño.

Desperté por el mismo brusco movimiento del avión, ya estábamos aterrizando

sobre Londres, pero el viaje aun no terminaba, debíamos tomar otro avión hasta el

aeropuerto de Killaloe y de allí solo el bus hasta nuestro futuro hogar.

Fue a los tres días de nuestra llegada a la casa que realmente terminamos de

instalarnos porque las cosas de nuestro antiguo hogar habían llegado luego. Mi madre

siempre quiso vivir cerca de un lago y seguro por eso la ubicación de la nueva casa, y yo

no me quejaba de ese gusto aunque realmente fue por razones laborales la causa del

traslado. El frío era un poco insoportable ya que veníamos de un país tropical y no

estábamos acostumbrados a una temperatura que llegaba hasta los ocho grados, aunque

también era debido a la estación invernal; pero de acuerdo al resto de las estaciones, la

!

22

temperatura se mantenía fresca.

Mi hermana Cloe compartía algunos gustos de mi madre, y a mi padre le

complacía satisfacerle ciertos caprichos que incluían a la familia. Mi hermano Ricardo

estaba de gira por España haciendo lecturas públicas de la última entrega de su exitosa

saga. La escritura era algo que mamá le había inculcado y que él disfrutaba, trató de

hacer lo mismo con mi hermana y conmigo, pero ella ama dibujar y yo la fotografía, así

que al final se rindió. Papá le decía “los dones no había que suprimirlos, más bien

enriquecerlos con ejercicios afines”.

La casa era peculiarmente un dúplex victoriano que rompían con el esquema de

las casas tradicionales del pueblo, ya que desde hace un par de años comenzaron a ser

construidos en la localidad. Tenía espaciosa sala, amplios cuartos y baños –el del

segundo piso estaba en reparación – de colores oscuros que hacían juego con la

mueblería y los cuadros. El patio trasero estaba cercado por un alambrado de dos metros

y medio de altura que daba hacia el bosque y uno de los hijos del río Shannon, el lago

Derg.

El pueblo de Saint Bernard que estaba situado en el condado de Clare era pequeño

y bastante tranquilo; su población no era mayor de tres mil personas, que a diferencia del

pueblo vecino, Killaloe, si rebasaba esta cifra aunque no considerablemente. Sus

habitantes eran personas aparentemente amables. Algo en particular que me gustaba de

aquel pintoresco lugar era que casi todos andaban en bicicleta y rara vez veías un auto

desplazarse por las brillantes calles, hasta mis padres optaron por unas bicicletas

abandonando el auto en el garaje de vez en cuando.

Comencé inmediatamente la secundaria, debía terminar el quinto año y ahora el

sexto, ya que en Irlanda eran seis años que se dividían en dos niveles, junior y sénior. Lo

bueno era que por ser enero, apenas estaban iniciando las clases y no tendría que

comenzar a mitad del trimestre. Todo ya estaba fríamente calculado y no representaría

para mí un problema estudiar arduamente para presentar el examen “Leaving

Certificate” que se realiza en los últimos años de estudios medios para optar por el cupo

en alguna universidad. Al fin un lugar donde absolutamente nadie más que la directora y

su secretaria conocerían de mi problema, y eso era suficiente. Si iba a comenzar de

nuevo, tenía que hacer un trabajoso esfuerzo por no proyectar mi pasado en los nuevos

lugares en los que moraría.

Era imposible quejarme de la nueva institución que suplantaba a un viejo castillo

–esto según una valla publicitaria en el patio de la secundaria –. No solo era su compleja

estructura de abundantes cristales que reemplazaban las paredes de concreto

demostrando que era una nueva construcción que connotaba el progreso y avance

embellecedor de la arquitectura, era lo amigable que eran las personas y eso hizo que

!

23

llegara a tener muchos amigos en solo un mes. Cloe ya se había graduado así que otra

ventaja era que en la inmensa universidad de ese pueblo –era la única –, estaban

incluyendo una nueva carrera que afortunadamente era la que ella quería cursar; la

arquitectura había sido su carrera de interés desde que estaba en tercer año, y en Saint

Bernard la estaban integrando, ya que en un futuro cercano iba a ser un lugar turístico

que debía disponer de hoteles y edificaciones que atrajeran la atención del público, más

o menos así lo reseñó un sujeto llamado Evans del que ella no paraba de hablar.

Hacer amigos no fue un problema cuando realmente pensaba lo contrario, solo

porque me hice una evaluación, y llegué a la conclusión de que siendo completamente

cerrado no contribuiría a ganar amigos que me distrajeran de los pocos rincones oscuros

que estaban en mis memorias. En los primeros días en el bachillerato me sentía como un

extraterrestre, sentía todas las miradas y murmullos sobre mí. Pero luego apareció

Tommy quien gracias a que vivía a una cuadra después de mi casa, sostuvimos

conversaciones en el transcurso a nuestras moradas, y jamás le conté sobre mi pasado,

luego aparecieron Kat, Sophia y Sebastian que fueron los últimos en ser mis amigos, y

no quería tener más, ellos eran suficientes. Tommy se convirtió en mi confidente,

extrañamente a veces me recordaba a Daniel pero eliminaba estos pensamientos porque

no quería sentir que lo convertía en mi mejor amigo por eso. Mi grupo de amigos y yo

solíamos distraernos jugando cualquier juego inventado por Sophia en el receso, todo

para matar el tiempo antes de volver a los salones.

- A mis dieciséis no he estado con ningún hombre – dijo primero Sophia ya que ella

propuso el juego. Sophia era una chica delgada, rubia y de sarcástica

personalidad.

- A mis dieciséis me he acostado con treinta chicas – dije bromeando.

- Sí, por supuesto, Matt– comentó Sophia – No bromees, di la verdad, de lo

contario tocará reto.

- Soy virgen – dije sin vacilar – Podemos hacernos un favor, Sophia – Bromeé

guiñándole un ojo dejando que pareciera natural en mí aquel tipo de bromas.

- Estás loco de remate, prefiero morir así – respondió entre risas.

- Me toca – dijo Sebastian – Solo he estado con tres chicas.

- Yo solo con un chico, – dijo Kat – con Tommy.

- Y yo solo con una...

- Déjanos adivinar, Tommy – lo interrumpió Sophia – Con Kat.

- ¡Vaya! O sea que...ambos se hicieron el favor, no puedo creerlo – comentó entre

carcajadas Sebastian– ¿Asistirán a la actividad del lago?– preguntó frunciendo el

ceño, y extinguiendo el juego.

- ¿Cuándo es?– pregunté.

- Finales de febrero. Creo que es mejor ir, es una evaluación – dijo Tommy.

- No tenemos opción – respondió Sebastian.

!

24

- Debemos ir chicos, recuerden que es para “estar en contacto directo con la

naturaleza”– dijo Kat imitando el tono de voz chillón de la profesora de biología

haciendo que todos estalláramos en risas.

- Creo que es la manera más indirecta de hacerlo – dije.

- ¿Por qué dice eso señor “Aristóteles”?– preguntó Tommy.

- ¿No lo ven? lo menos que haremos será estar en contacto con ella. Unos se

escaparan a follar en algún lugar, otros se irán a fumar hierba y algunos a orinar

en los troncos de los árboles. Somos el cáncer de la naturaleza y lo más idiota que

se le ocurrió a la profesora Anastasia fue acelerar el proceso de deterioro –

respondí exaltado.

- ¡Wow! Matt, parece que odias a la humanidad, ¿Por qué simplemente no te

suicidas?– sugirió Sebastian riendo.

- ¿Por qué no lo has hecho tú? Si fuera a suicidarme primero te mataría y luego me

suicidaría, eso sería más productivo – le respondí un poco serio y luego reí.

Las horas de clase culminaban a las cinco y media de la tarde, y solo me llevaba

catorce minutos llegar a casa en bicicleta, a Tommy un minuto más.

En los días de semana, las calles de Saint Bernard estaban solas desde el momento

en el que el Sol caía. Parecía que sus habitantes le temían a la noche, tal cual las

hormigas a las tormentas, como si le huyeran por alguna razón ajena a mi conocimiento.

Algo casi imposible de hacer era andar sin suéter en la mañana y a partir de las cinco de

la tarde. Cuando llegaba a casa lo primero que hacía era comer del almuerzo que mamá

me guardaba para cenar. Mis padres dormían desde las ocho, al igual que mi hermana,

yo me acostaba alrededor de las once, el internet me hacía olvidar del tiempo.

Fui a mi cuarto después de una ducha con agua caliente, cerré la ventana de mi

habitación que estaba en el segundo piso, el viento soplaba muy fuerte. Encendí mi

computador portátil, subí algunas imágenes de ornitorrincos a mi blog sobre

curiosidades, paisajes y animales, revisé twitter y me conecté a Facebook. Yo no era el

único que se acostaba tarde, en mi salón, todos lo hacían, aunque a veces lo hacía porque

conversaba con mis amigos de Venezuela.

– Fiesta mañana sábado – escribió Sophia en el chat grupal.

– ¿Donde? – Preguntó Sebastian.

– En casa de Cross – respondió.

– ¡¿Qué?! ¿Estás loca?– comentó Kat.

– ¡Vamos chicos!– protestó Sophia –. No tenemos a qué otro lugar recurrir para

divertirnos, además, estaremos agrupados en medio de toda esa gente.

– Me da igual el lugar si estamos reunidos – dije concluyendo la discusión.

– A las siete y media de la noche en mi casa – agregó Sophia.

!

25

Para el poco tiempo que llevaba en el pueblo y en la secundaria, sabía lo

suficiente sobre Cross, el chico de “aires de grandeza” y popular del instituto que había

repetido el último año. Comprendí la protesta de Kat, a ella no le simpatizaba el “chico

gusano” como ella solía llamarlo, y yo estaba de acuerdo con ella.

Apagué el computador, fui a la ventana y la cerré, la brisa ahora era más fría, al

cerrarla y darme la vuelta me detuve y pensé que ya la había cerrado, pero quizás fue

solo mi imaginación. Yo no era el tipo de chicos que creía en fantasmas y cosas

sobrenaturales porque realmente todo tenía una explicación, o eso solía creer, y la única

cosa que no me permitiría pensar que algo la había abierto, era aquel pedazo de

anomalía enterrada en mi cerebro como las raíces de una Ceiba. Me acosté y traté de

conciliar el sueño lo cual no fue fácil. Alrededor de las tres de la mañana me levanté en

busca de otro cobertor, el frío era intolerable, sentía los dedos insensibles y tiesos. No

estaba acostumbrado del todo a la temperatura, y trataba de no quejarme porque no me

adaptaría si me bloqueaba.

Ya sin poder dormir, y obstinado, bajé las escaleras con las pantuflas que

mantenían cálidos mis pies, llegué hasta la cocina y tanteé la pared en busca del

interruptor, lo accioné y la esfera central se iluminó como una estrella. Cogí agua en una

taza y la vertí en la máquina de hacer café. Me senté sobre un taburete cerca de la barra

y con los dedos entrelazos esperé paciente. A mi izquierda, se encontraba en la pared una

ventana en la que me pude ver reflejado, vestía una pillaba holgada de color verde

oscuro que resaltaba mi color casi excesivamente, o en realidad era así de pálido, tan

blanco como las nubes, mis labios, que deberían estar opacos por el frío, estaban rojizos,

casi como una manzana, mi cabello despeinado parecía lana de oveja. El fondo era la

noche que abarcaba el patio trasero; de momento, comencé a vagar entre recuerdos de

una tierra lejana en la que solitario me paseaba por sus calles sin rumbo, pensativo y

abstraído en pensamientos sobre por qué caminaba sin tener un lugar de destino, o por

qué solo existíamos sin más, sin una guía certera que haya venido innata en nuestras

memorias, sin una misión concreta que no haya sido inventada por los de mi especie o

un supuesto ser extraterrestre. Eso último sonó pesado, pero tal cual lo citaba de acuerdo

a como lo exhalaba mi mente. El gorgoteo del aparato hizo que perdiera el hilo de mi

alucinación, me levanté, cogí una taza, vacié el recipiente con café en ella y diluí el

azúcar con ayuda de una pequeña cucharilla que deformó mi rostro en su reluciente

metal.

De reojo vi una figura parada en el umbral, reconocí que era mi padre sin posar

del todo la mirada para verificar que se trataba de él, sus calzoncillos grises me dieron

una pista certera. Me disculpé en voz baja sin dejar de ver el remolino de líquido negro.

Quizás el tintineo al agitar la cucharilla lo despertó, o a lo mejor fue el burbujeo de la

!

26

máquina.

- Culparé al café, se metió por mi nariz – dijo mientras abría un cajón y sacaba una

taza de porcelana azul que llenó con agua –. Me gusta lo clásico – agregó luego de

coger un pocillo de peltre en el que derramó el contenido del vaso y lo puso a

hervir a fuego lento.

- Esperaré el tuyo para beber juntos – sugerí.

- Bien – dejó ir antes de estrujar sus parpados.

Ninguno parecía tener ganas de hablar, pero podía hablar por ambos al decir que

disfrutábamos compartir el silencio. Papá era alguien alegre y fuerte, muy decidido y

protector, no tanto como mamá, pero si lo suficiente como hacerte sentir que era buen

progenitor. Era la primera persona de todos en nuestra casa quien llegaba a mi cuarto

con los ojos bien abiertos al acudir a mis gritos de auxilio cuando la cama se movía

como si alguien la patease desde abajo, o caía en mi cara un líquido negro y maloliente

desde el techo, incluso gritaba si solo la puerta del armario chirriaba porque sabía que

algún personaje salía de pronto y caminaría hasta llegar a mí.

Le otorgué su silencio a la ansiedad que sentía por causa del traslado. Ya no iba a

salir con sus primos ni amigos los fines de semana, tampoco visitaría a sus medios

hermanos ni a mis abuelos frecuentemente. Me costaba acercarme a solo poder pensar lo

difícil que fue tomar la decisión de una mudanza a miles de kilómetros de distancia. Mis

padres trabajaban en una empresa muy reconocida de aparatos electrodomésticos, y

aunque lo hacía en áreas diferentes, la oferta de trabajo fue brindada en consideración de

ser un matrimonio; eran ingenieros excelentes, y gracias a sus experiencias laborales

fueron los ideales para prestar sus servicios en una extensión que requería de sus

conocimientos.

- ¿Cómo te ha ido en el trabajo? – mi voz sonó ronca.

- Es lo mismo con diferente idioma. Debo repasar las clases, hay cosas que de

pronto no recuerdo. Deberíamos tomar clases de Irlandés, bueno, tú ya sabes más.

Siempre tan estudioso y autodidacta.

- Inscríbete en un curso con mamá. Cloe debería hacerlo también– sugerí sin

ánimos.

- Aquí será difícil, aun siendo un lugar agradable y hermoso, tiene sus grandes

limitaciones.

- Cierto –concluí.

Entre cortos y no muy rápidos sorbos, se acabaron nuestros cafés, y sin más por

hacer, nos fuimos a nuestros respectivos cuartos. La cafeína pocas veces me hacía

efecto, por lo que en más de veinte minutos quedé rendido ante el sueño.

!

27

Aquella noche, sumergido en mi imaginación, en la parte inconsciente en la que

mi palabra no tenía poder, bailaron en las sombras figurillas amorfas de las que solo

distinguía pezuñas, y no eran cerdos aunque chillaran igual que ellos como si estuvieran

muriendo del hambre. Aquel fue el primero de los sueños abstractos que años atrás

habían desaparecido, ahora estaban volviendo, podría ser que mis deseos por olvidarlo

todo, por el contrario, solo hacía más fuerte mi miedo y la videocámara que

documentaba mi vida, estaba poniéndose en mi contra, y retrocedía despacio. Las

siluetas danzarinas se disolvieron en el espacio, y fui llevado a un peñasco donde mis

ojos chocaban plácidamente con un mar azul grisáceo, las olas parecían cachorros

indefensos, el Sol estaba apagándose, una anomalía de mi cabeza, casi podía confundirlo

con la luna. Bajé ligeramente la vista y vi un trío de cuerdas sujetas a unas grandes

estacas clavadas profundamente en la tierra, dos de las sogas se movían. Me fui

acercando poco a poco hasta llegar al despeñadero, incliné mi torso hacia adelante y vi

que dos chicos estaban aproximándose mediante las sogas, uno de ellos estaba muy

cerca de llegar, pero súbitamente la soga se rompió y se precipitó, afortunadamente el

otro sujeto, que estaba más abajo, lo cogió de la mano con un brazo, y luego la soga de

este comenzó a tensarse y a perder soporte. El que había caído, no quería que su amigo

lo sostuviera, pues era consciente de que la cuerda no dudaría mucho, sin embargo, el

otro muchacho no quería soltarlo, y allí la discusión de ambos, lo más razonable, era que

uno sobreviviera, en reemplazo de que ambos perecieran. Al final, el chico que estaba

sujeto del brazo del otro, comenzó a golpearlo para que lo soltara, y en conclusión,

terminó cayendo a la playa y muriendo por el impacto contra las rocas. Retrocedí

incomprensivo, a decir verdad, mi cuerpo se movía a su antojo, no tenía el control,

alguien caminó desde atrás y se puso a mi lado, quedamos hombro con hombro, y no

pude ver quien era, pero la sensación, una vez más era conocida, al igual que con

dificultad vi aquel par de zapatos negros.

Los sábados la pasaba solo en el día. Mis padres iban a trabajar y mi hermana a

casa de sus compañeros de clase. Para distraerme solo escribía, leía o le dedicaba tiempo

a mi blog. Habían pasado ya meses desde que no subía imágenes tomadas por mí

mismo, sino que las buscaba en la web y las subía, así que esto me dio una idea. Cogí la

cámara profesional que había recibido de obsequio al cumplir los quince. Me puse una

chaqueta impermeable y botas, ya que el clima amenazaba con llover. Cogí mi bolso y

metí algunas galletas y agua, vi el frasco de pastillas en la mesita de noche, dudé al

cogerlo, no lo necesitaría, pero era mejor seguirle el consejo a Dylan. Salí de casa por la

puerta trasera porque iba en dirección al lago. Pasé al lado de la piscina, llegué al

alambrado, metí la llave en el candado, lo abrí y salí dejando oír el chirrido de las

bisagras.

Las hojas marchitas en el suelo estaban húmedas, de hecho todo lo estaba a causa

!

28

del rocío, caminé con paso lento a través del sendero que conducía al lago, no era la

primera vez que entraba al bosque, pude haber llevado mi bicicleta, pero esta era una

expedición, quería tomarle fotos a cualquier cosa interesante que me encontrara en el

camino y especialmente si eran animales. El silencio era profundo, solo se escuchaba el

cantar de las aves. De vez en cuando las densas nubes grises dejaban que el Sol se

asomara para que sus rayos se colaran a través de las ramas de los altos árboles.

Un cuervo se posó en una rama a pocos metros de mí, saqué mi cámara y ajusté el

lente para el acercamiento, tomé unas cuantas fotos. Pensé que si me salía del sendero

adentrándome a los laterales del mismo, podría ver más animales, quizá algún mapache,

zorro o ardilla que era los animales que más podías encontrarte en el bosque, así que fui

a la parte izquierda del estrecho camino. Las hojas crujían levemente por mis pisadas,

las gotas que las humedecieron las volvieron más flexibles, mis pasos eran lentos y

silenciosos, no quería espantar a los animales.

Me detuve frente a un árbol de tronco gris y delgado, me di la vuelta y me recosté

sobre él, miré mi reloj y vi que habían pasado diez minutos desde que decidí salir del

camino, no había visto ningún animal desde que entré a excepción de aves. Busqué mis

llaves ya que de ellas colgaba una brújula, no iba a regresar al camino para ir al lago, iba

a ir por fuera. El lago estaba en la parte sur así que con ayuda de la brújula me iba a

dirigir hacia allá.

Mi cabeza iba de un lugar a otro, atento a cualquier sonido. Me paré al percatarme

de que frente a mí en un árbol, estaba una escolopendra, jamás había visto una tan

grande, sin titubear tomé la cámara que colgaba de mi cuello y le hice un par de fotos.

Llevaba conmigo material valioso, al menos para mí.

No faltaba mucho para llegar al lago, supuse. Mi garganta ya se estaba adhiriendo

a ella misma, estaba sediento, aunque no había corrido un maratón ya tenía algo de sed,

saqué de mi bolso el envase con agua y bebí un poco refrescándome para seguir

gustosamente, el frasco sonó con los gusanillos dentro, lo tomé entre mi puño leyendo la

posología, no eran somníferos, antes los tomaba, y también los había abandonado, pero

mamá había comprado unos antes de irnos, los tenías en su cuarto y los había

descubierto por que olvidó la factura en la mesa. Mordí mi labio inferior mientras

levantaba el potecito por encima de mi cabeza para arrojarlo y que se perdiera en las

hojarascas, respiraba hondo e irregularmente, temblaba mi mano presionando fuerte, me

impulsé y lo lancé hasta que se perdió de mi vista en el suelo, bajé mi rostro, como en el

funeral de un enemigo al que asistes para liberarte de remordimientos, yo jamás iba a

querer que ese contrincante se levantara de su féretro, lo quería a kilómetros bajo tierra.

Una gota de sangre cayó en mis jeans, se expandió al contacto con la tela, me pareció

una imagen preciosa, y tomé una foto, nuevamente cogí el termo con agua para enjuagar

!

29

mi boca del sabor agridulce de la sangre, me había mordido el labio y sentía la

hinchazón.

Reanudé la caminata, pero esta vez algo diferente estaba ocurriendo, sentí que

alguien o algo estaba detrás de mí, mi sentido sensorial así me lo hizo saber, es como

cuando sabes que estás solo y de pronto el espacio y tiempo a tu alrededor alberga otro

cuerpo o sientes que estás siendo observado. Inseguro al principio, me volteé

rápidamente girando sobre mis talones esperando encontrarme con algún zorro, o en el

peor de los casos con un oso, y en esa segunda posibilidad no había pensado antes de

entrar al bosque. Pero no había nada detrás de mí, más que árboles. Seguí caminando,

seguramente había sido mi imaginación la que jugó una mala pasada, y ya se estaba

volviendo una de mis frases más usadas, como la ropa favorita de un niño, que sin

importar lo sucia que estaba, la usaba y que todos de nuevo la vieran.

Llegué hasta un árbol notablemente extraño, no era nada igual a los árboles que

poblaban el bosque, este era de tronco más corto y grueso, similar al bonsái, con un tipo

de hojas con forma de corazones. La vegetación a su alrededor tenía hojas diferentes,

pues eran pinos. Para mí lo más peculiar estaba en el color de sus hojas, eran amarillas

manchadas de blanco y bordeadas con rojo brillante como la sangre. No era alto, al

menos lo suficiente para llegar a la altura de los otros. Se trataba de una extraña especie

que luego investigaría.

Algo tan raro como aquello no iba a ser ignorado por mi cámara, así que le tomé

varias fotos desde diferentes ángulos, como si se tratase de una modelo y yo un

fotógrafo profesional. Luego de la sesión me acerqué a él con paso lento, sentí que debía

tocar su húmeda corteza y así lo hice. Era más áspera en unas zonas que en otras, lo

inspeccioné detalladamente como si fuera el objeto más complejo del planeta, como si

jamás fuera a verlo de nuevo. Respiré hondo mientras cerraba los ojos y asimilaba el

aroma que expendía el silencioso ser vivo, su olor era marcadamente diferente al de

pino, era suave y similar al de las rosas. Podría jurar que sentía el vibrar de sus venas, y

que su corazón invisible palpitaba con regularidad. Al terminar el contacto, una súbita

oleada de brisa barrió nuestros cuerpos y cerré los ojos para evitar que entrara tierra en

mi vista. Me pregunté si los chicos por casualidad habían ido a ese sitio, pero tampoco lo

arruinaría anunciándoles mi descubrimiento para así tener que traerlos o venir de vez en

cuando con alguno de ellos por su petición.

Me fui de la presencia del árbol extraño, volteando cada vez que me iba alejando,

era raro, era como si fuera una persona que conociera y de la que ahora dejaba sola en

medio de desconocidos y en una profunda soledad sentimental. Solo una vez había

sentido semejante conexión, pensé que se trataba de materialismo, uno saludable y que

de intensificarse no me molestaría.

!

30

Después de tanto caminar, apuradamente llegué al lago al cual fotografié también.

Sentí la tentación de sumergirme en él, pero no estaba en mis planes y tampoco había

llevado conmigo traje de baño, otro factor que lo impedía era el frio, el agua debía estar

helada y no era de extrañarme el por qué no había visto ni escuchado a nadie cerca, así

que solo me limité a sentarme sobre una gran roca fría desde la que podía ver con mucha

dificultad por las nubes grises la cristalinidad del agua y todo bajo ella.

Había pasado ya rato desde que había llegado, y no me importaba estar solo,

amaba eso y podía permanecer así toda la vida, creo que era una comodidad a la que no

tuve opción y me acostumbré con el tiempo, aunque pensara que estar rodeado de

personas me distraería, en estos casos –Los cuales eran demasiado frecuentes – no iba a

salir corriendo en busca de alguien con quien hablar, en ese ámbito tenía que

conformarme, y sencillamente saber disfrutar de estar solo y acompañado.

Me recosté sobre la roca, mirando al cielo y viendo como emigraban las nubes por

los vientos procedentes del oeste. Pocas veces veía a través de las ranuras de las nubes el

azul del cielo. El plegado gris era un poco denso y no daba tregua a la luz solar.

Mi estomagó exigía un poco de comida, saqué mis provisiones y comí

apaciguando los regaños de mi órgano. La tentación se hacía con cada segundo más

insoportable, por lo que ya cansado de omitir el deseo, me saqué la chaqueta, la bufanda

y la franela, el frío se intensificó golpeándome la piel y causando que se erizaran mis

vellos, me abracé para generar un poco de calor. Luego procedí a quitarme las botas y

los pantalones quedando solo en ropa interior. Me dirigí a otra roca que estaba en gran

parte sumergida en el agua, era perfecta para hacer un clavado, me paré sobre ella aun

pensando si sería buena idea, pero fuera cuales fueran los resultados de la conclusión de

pensamientos, iba a hacerlo. Flexioné mis piernas para impulsarme, me incliné hacia

adelante y me lancé en clavado extendiendo mis manos por encima de mi cabeza

estando en el aire. El agua estaba jodidamente fría, mis dientes comenzaron a

castañetear rápidamente, pero de alguna forma era gratificante sentirse tan vivo, y vaya

manera la mía de hacerlo.

Nadé por cinco minutos aproximadamente, me sumergía y abría los ojos dentro

del agua para ver a donde me dirigía, mamá decía –Si abren los ojos en el agua se

podrán rojos, si Dios hubiera querido que hiciéramos eso nos habría hecho los ojos

como los de los cocodrilos o como cualquier otro animal acuático –. Recordarla decir

eso me hizo sonreír. Ya satisfecho y sin voluntad de seguir soportando el frío, salí como

alma que lleva el diablo. Mi piel estaba más sensible ahora, pero no sentía cuando pisaba

los filos de algunas rocas al salir, el frío hacía que no lo sintiera, cualquiera que me

hubiese visto en ese momento pensaría que fui creado de papel. De nuevo me coloqué la

!

31

ropa sin dejar de temblar y entorpecer por ello la ejecución de vestirme. Me dirigí al

camino que conducía al patio trasero de mi casa. Ya me había encargado anteriormente

de que no desapareciera aplastando los retoños que crecían en él, me sentía mal al

hacerlo, cada vez que los pisaba, en mi mente creaba el sonido de un niño llorando a

gritos, a veces intentaba no pensar en ello, pero no funcionaba hasta que dejaba de

hacerlo, Tommy me acompañaba en esa tarea.

Mientras me encontraba de camino a mi hogar no dejaba de pensar en volver al

árbol, pero descarté al idea cuando me comenzó a doler el estómago, las galletas solo

habían aumentado mi hambre, así que me apresuré a llegar lo más pronto posible.

- ¡Hijo! está frío allá afuera como para estar en la piscina, ni siquiera noté que

estuvieras allí – dijo mamá mientras cocinaba.

- Mamá, fui al lago.

- ¡¿Estás…!? – dijo sobresaltada sin terminar la oración–. Matthew te enfermarás.

- ¿Loco? No, solo fui a nadar. Mamá, prefiero Matt – le dije mostrando una sonrisa.

- Cierto, siempre se me olvida – dijo riendo mientras me pasaba una pastilla para

evitar un resfriado y aliviada de que la palabra no me hubiera afectado.

- Gracias mamá. Por cierto, ¿Puedo ir a una fiesta con los muchachos?

- ¿Hoy?– preguntó.

- Sí, hoy – respondí sonriendo y mostrando todos mis dientes como si fuera el gato

Chesire de “Alicia en el País de las Maravillas”.

- Puedes ir, pero sabes lo que siempre digo. “No...

- Bebas en exceso ni fumes hierba”– coreamos unísonamente una frase que solía

repetirme muchas veces. Ella sabía que no era de ese tipo de chicos, pero decir la

frase ya era una costumbre.

- De modo que, si no puedo fumar, puedo inyectarme o inhalar – le dije sarcástico.

- No es chistoso – dijo frunciendo el ceño.

- Está bien, no haré nada de eso que jamás...

- He hecho – me interrumpió y ambos reímos.

- Llegaste temprano – le dije.

- Me redujeron el horario, – dijo contenta – ahora es hasta las once los días sábados.

- Me alegra, ya no estaré tan solo y no tendré que cocinar.

- Es solo por eso que me quieres.

- Sabes que no – la abracé.

!

32

Capítulo IV

Eran las cinco de la tarde, aún faltaban dos horas para ir a casa de Sophia. Encendí

el computador y entré a mi blog. Saqué la memoria de la cámara y la introduje en la

laptop; subí las imágenes del cuervo, busqué información sobre su especie y la coloqué

en la descripción, lo mismo con la Escolopendra. No subía ciertas imágenes sin antes

colocar información sobre ellas. Era el turno del árbol. Tenía que buscar en la web algo

sobre esa especie, así que introduje la foto en el buscador para obtener algo de

información que postear. Imagen o referencias no encontradas decía la web, intenté de

nuevo y fue inútil, no iba a publicar algo sin información y dejé la búsqueda para

después. Ya eran las seis, me bañé y me vestí velozmente escogiendo un abrigo negro

que me ofreciera comodidad y calor a lo largo de la noche. Tommy iba a pasar por mí,

tenía que hacerlo para llegar hasta donde nuestra anfitriona.

- ¡Matt! ¡Mueve el trasero!– gritó desde su bicicleta.

!

33

- ¡Dame un minuto, olvidé la bufanda! – le pedí desde la ventana.

- ¡Está bien! – exclamó usando sus manos como parlante.

Marchamos en las bicicletas despacio mientras compartíamos nuestras

experiencias diarias. Tommy se alarmó cuando le comenté que había ido al lago,

omitiendo que había hallado un lugar donde podía tocarse la paz alrededor de un árbol

que jamás había visto ni en sueños.

A través de las ventanas de las casas se reflejaban las luces de los programas de

televisión a los que eran adictas las familias. La mía no acostumbraba a quedarse mucho

tiempo frente a la pantalla de un televisor, a lo mejor porque cada uno distribuía su

tiempo para determinadas actividades y dejábamos fuera esa distracción. Solo cuando

Cloe y yo íbamos a visitar a nuestros abuelos paternos, nos quedábamos viendo películas

de terror hasta el día siguiente, nos tocaba observarlas tarde ya que la abuela era muy

supersticiosa y decía que eran de “mala vibra” ese tipo de filmes.

Cuando llegamos a la casa de Sophia, Kat nos abrió la puerta a la cómoda sala

decorada femeninamente con papel tapiz de rosas. Había muebles blancos, fotos de

paisajes montados en marcos plateados que armonizaban con los adornos sobre una

mesa redonda de cristal en la que posaba un ramo de flores silvestres del jardín de la

madre de la anfitriona, quien después de varios minutos de nuestra llegada, entró a la

sala un con una bandeja de tazas con chocolate humeante que nos hizo entrar en calor.

Sebastian no había llegado aún, lo cual era de esperarse. Jamás había sido puntual

a la hora de reunirnos. Él no se tomaba muchos aspectos de la vida en serio, tanto los

compromisos como las situaciones. Era alguien que disfrutaba darle una cara

despreocupada a la vida y gracias a eso, nosotros tampoco lo tomábamos del todo en

serio.

- ¿Qué hiciste hoy, Matt?– preguntó Sophia.

- Nadé en el lago – dije sin vacilar.

- ¡¿Qué?! seguro se te aflojó una tuerca – dijo Kat haciendo círculos con sus dedos

sobre sus sienes.

- No morí, – dije – menos me dio un resfriado.

- Se te pusieron como nueces – bromeó Tommy riendo.

- Kat, controla a tu perro – le dije sonriendo al igual que todos.

Sebastian llegó a media hora después de nosotros. La casa de Cross estaba a unos

veinte minutos si caminábamos, así que nos enrumbamos sin apuro a través de las frías

calles de Saint Bernard, descifrando el tipo de personas que de seguro estaban en la

reunión, empapándonos con un calificativo prejuicioso que nos separaba del patrón

!

34

habitual de la mayoría de los jóvenes.

Mientras nos acercábamos podíamos escuchar débilmente la música, doblamos en

una esquina y solo estábamos a unas once casas, a lo lejos observábamos una

aglomeración que sin quitarles la vista de encima confirmamos en nuestro pensamientos

que no estábamos equivocados. No iba a estar allí para criticar lo incomodo e

inconforme que me sentiría. Fácil trataría de ignorar a los habitantes de mi entorno, y si

había llegado hasta allí, era para pasar tiempo con mis compañeros.

- No entraremos de lleno a esa jungla – dijo Kat.

- Querida, relájate en primer lugar – le dijo Sophia.

Llegamos y todas las miradas se posaron sobre nosotros. En sí, desde mucho antes

de las idas al parque en las que fui desarrollando una fobia a las aglomeraciones, ya en

clases, el preludio se había estado gestando con las excesivas, lacerantes y tristes burlas

de todo el colegio, la enoclofobia, según Dylan, también estaba asociada a mi

enfermedad, era como una maldita tachuela puesta en los “zapatos rojos” que

incandescentes por el fuego, se comían mis pies, pero él dijo que podíamos hacer frente

a esa incomodidad, y me ayudó después de varias terapias a solucionar mi diminuto, casi

inexistente problema en comparación al padre de todos.

Los amigos de mis amigos se fueron acercando a saludarlos, al tiempo que estos

pasaban delante de mí estrechando mi mano para formalizar la presentación que de

introducción Sophia articulaba.

Vasos rojos de plástico con bebidas iban de un lado a otro derramándose en manos

inseguras de un equilibrio a causa del licor; la música estaba fuerte, casi intolerable para

mí y baja para los cuerpos que alocados bailaban fuera del seno del alboroto. Podría

decirse exageradamente que toda la secundaria en la que cursaba y cuyo nombre

homologo al del pueblo estaba allí presente, al menos los estudiantes de último año.

Había culturas urbanas, por lo que estaba dividida una pequeña parte de la fiesta; skaters

en una parte, punks, hippies y algunos rockeros a los cuales se les unió Sebastian.

Sophia nos persuadió de entrar a la gran casa del chico gusano, dijo que era de

mala educación no hacerlo. Kat y Tommy le respondieron que lo harían si ella trapeaba

con la lengua el piso de sus casas. Al final, terminamos entrando para complacerla.

Dentro, la casa perecía estar incendiándose, el humo yacía por todas partes, aquello

parecía un recinto de fumadores, las lámparas estaban apagadas para apreciar mejor el

espectáculo de luces de diversos colores que se movían rápidamente de un lugar a otro.

Jamás estuve en una disco, pero aquello pretendía imitar a una. Los muebles de la casa

ya no parecían eso sino más bien camas, chicos estaban sobre ellos manoseándose y

!

35

besándose, logré reconocer a la chica que estaba siendo succionada, era Mary de cuarto

año, una chica cuyo aspecto solía ser de nerd, semblante que dejó en su casa, ahora era

otra, y es aquí donde aplica la frase “Los callados son los más peligrosos”. El humo ya

no pertenecía a la agonía de cigarrillos, ahora era marihuana lo que estaban fumando.

- ¡Sophi!– gritó Cross para ser oído – llevaba una chaqueta negra de capucha, blue

jeans y un peinado que estaba de moda.

- ¡Cross! – le respondió Sophia mientras él se acercaba y la abrazaba en saludo.

- Pensé que no venían.

- Por supuesto que íbamos a venir – le respondió.

- No teníamos opción – dijo Kat entre dientes.

- A ellos ya los conoces, pero creo que a Matt no – comentó presentándome.

- ¡Oye! ¡Eres el latino! – dijo Cross estrechándome la mano.

- ¡Vaya! , ya tengo reputación –comenté. Era lo más lógico, ya que venía de

Venezuela y Saint Bernard no escapada de ser un infierno grande por ser chico.

- ¡Es una locura! ¡¿Es una locura, no?!– dijo repetitivamente Cross –. Pasen al

patio trasero si lo desean. Yo debo revisar los cuartos, ya saben a qué me refiero. –

guiñó el ojo.

Cross parecía muy legre y atento. Su lado desagradable solo lo conocía por

comentarios. Cosas como que era arrogante, presumido y que su juego preferido era no

tomar en serio a las jóvenes del pueblo, aquello era lo que más se decía de su

personalidad. Una persona puede ser agradable solo contigo, siendo pedante con el resto

del mundo, y aun así no dejaría de ser mala persona. Para tachar con certeza a Cross,

tenía que tratarme indiferente y con desagrado, solo así daría crédito a los murmullos

sobre él. Y suponía que así tenía que ser con todos, la confirmación como prioridad, sin

embargo, no siempre lo aplicaba.

El patio trasero era dos veces más grande que el de mi casa, la piscina sí era del

mismo tamaño, allí habían menos personas zambullidas. La temperatura del agua

parecía ilusoria, aunque los jóvenes en ropa interior temblaban del frío, no se atrevían a

salir de los brazos y labios femeninos que los aferraban.

- Qué patético, claro que sabíamos a qué se refería, no somos imbéciles – dijo Kat

molesta – estaba convencido de que si ella tuviera poderes mentales, desde hace

mucho habría hecho que la cabeza de Cross volara por los aires.

- Relájate, Kat – dijo Tommy mirándola a los ojos y plantándole un beso.

- Creo que vomitaré – dijo Sebastian mientras se tapaba la boca y hacía que

vomitaba.

- Sophia, ¿Qué tal sí los imitamos?– le propuse sonriendo sabiendo que la

respuesta sería negativa. Sophia era hermosa, me atraía un poco y siempre le hacía

!

36

estas bromas con doble intención.

- Sigue soñando. Si algún día lo hago sería porque la raza humana estaría al borde

de la extinción. Aun así, creo que me suicidaría – me respondió un poco cortante.

Cuando logramos establecernos en unas sillas en el patio trasero, nos fue

invadiendo uno a uno personas que deseaban solo hablar. Parecía que todas sus

conversaciones giraban en torno al sexo, y cuando creía que el tema tomaba otro

camino, * ¡Boom! * Volvía al mismo lugar. Yo solo opinaba muy pocas veces porque no

era un experto en el tema que digamos, sin embargo, era bueno deduciendo.

Con frecuencia me preguntaba cómo era posible que la mayoría de los jóvenes

pensaran que sus vidas solo giraban alrededor de necesidades fisiológicas y algunas

pocas psicológicas. El sexo no es vital, de lo contrario yo estaría sepultado, la comida lo

es pero la gula está de más, sentirse seguro es confiar y esto no siempre lo consigues.

¿Qué hay de la obtención de conocimientos?, ¿qué hay de explorar el mundo?, ¿de

luchar por tus sueños aunque parezcan inalcanzables? y ¿qué sobre las ambiciones? En

mi mente solo pensaba que a Dios se le había estropeado la máquina que creaba cerebros

y en reemplazo de ellos colocaba nueces. Esa idea me hizo reír y tuve que reprimir la

carcajada mordiéndome el labio superior suavemente porque el inferior estaba un poco

inflamado. Salí de la agrupación que nos rodeaba, me alejé del patio y fui a la calle, me

eché a reír sobre la acera, las mejillas se me endurecían de tanta risa, presioné mi barriga

con ambos brazos como si esto fuera a curar la carcajada, me costaba respirar y

lógicamente aspiraba el aire a bocanadas cada poco que podía. Mis pies golpeaban el

asfalto, y mientras lo hacía me percaté de que estaba siendo observado por el grupo de

hippies cuyos dedos sostenían porros de marihuana, algunos me señalaban y reían, eso

solo aumento mi histérico ataque de risas. Al cabo de unos minutos pude calmarme, si

otros aparte de los hippies me hubiesen visto, creería que la hierba me había llegado a lo

más alto del cerebro.

- Me gustaría reír también – dijo una voz que provenía desde mi lado derecho, una

suave voz femenina –. Difusamente me resultas familiar.

Me volteé para fijarme de quién se trataba. Era una chica muy hermosa de cabello

rojo, largo y ondulado en las puntas, el color resaltaba de una manera deslumbrante

debido a las luces de la fiesta. Su piel era blanca y pálida con pequeñas pecas

adornándola, usaba un vestido verde claro que definía su figura, resaltando sus senos y

su delgada cintura. La parte baja del vestido no era ajustada y le llegaba hasta las

rodillas según mis cálculos, ya que ella estaba sentada a un metro de mí, nunca había

visto a alguien de semejante belleza, como si fuese la protagonista de alguna leyenda

irlandesa, y aburrida de ser revivida en labios crédulos y ordinarios, escapase del

folklore para indagar durante esa noche en busca de explorar y ¿por qué no? Atribuirle

!

37

realidad a su historia. Yo estaba en el momento y lugar indicado, atestiguaría de su

belleza y verdad.

- Es solo una idea tonta sobre jóvenes – le dije mirándola a los ojos – Soy nuevo

por aquí, si te hubiera visto jamás te habría olvidado – dije apenado sin

reflexionar antes de hablar.

- Quiero escucharla – dijo dibujando una sonrisa insistente y abandonado aquella

mirada achinada que solo se entorna cuando se busca algo en las memorias.

- Estaba pensando en que ahora los jóvenes de mi generación y los que están por

venir solo son un musculo lleno de impulsos instintivos que viven para satisfacer

las necesidades que demanda el “ello”– reí y agregué–. No es nada chistoso.

Ella dejó de mirarme para enfocarse en sus zapatos. Estaba muriendo por dentro

debido a semejante tontería la que me causaba una risa estúpida. Si se iba súbitamente

no la iba a culpar en absoluto porque estaba justificada, y como había pensado antes,

creería que estaba drogado hasta el tope y mis palabras no tenían sentido alguno. Pero

tan pronto como malinterpreté el desvío de su mirada, me respondió de manera

inteligente volviendo su cara vívida hacia mí.

- Creo que tienes razón, y a veces el “yo” no puede mediar. Ejemplo de ello es el

indebido comportamiento de las chicas que no son más que títeres de sus

hormonas. Los chicos se inclinan más a la necesidad y poder territorial innata que

tienen los animales, y al decir animales me refiero al ser humano también. No por

esto me creas una de esas chicas que dicen saber y creer en la ciencia más que en

Dios, digamos que... creo en muchas cosas.

Oírla decir todo eso había despertado mi interés, y no solo eso, era que teníamos

mucho en común aunque solo habíamos intercambiado escasos párrafos. La similitud de

ideas tan complejas decía mucho. Me quedé mirándola sin decir nada por más de un

minuto. Ella bajó nuevamente su rostro angelical y continuó mirando el suelo y pensé

que mi indiscreta observación la estaba incomodando, para romper el silencio le hice

una pregunta:

- ¿Cuál es tu nombre?

- S…– dijo sin terminar la palabra– Mejor llámame por mi segundo nombre, nunca

me gustó el primero. Soy Ariel, como la sirenita, solo que no soy tan optimista y

no tengo un padre tan severo. ¿Qué hay de ti? – me preguntó con una sonrisa de

lado.

- Mi nombre es Matthew, pero prefiero Matt – dije alargando mi mano para

estrechar la de ella, sintiendo lo fría que estaba –. Tengo diecisiete ¿y tú?

- También tengo diecisiete. Matt, tengo que irme – dijo repentinamente mientras se

!

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ponía de pie.

- ¿Por qué tan pronto? Toma mi abrigo – le ofrecí mientras comenzaba a

quitármelo.

- No es necesario. Lo necesitas. Debo irme porque… tengo que ir a dormir.

- ¿Estás segura? Vivo cerca, no me congelaré en el camino– insistí – ¿Dónde vives?

–pregunté interesado.

- Cerca, a solo pocos minutos.

- Puedo decirle a mis amigos para acompañarte.

- No, no te preocupes Matt, quiero ir sola. ¡Adiós! – terminó por decir.

- Adiós, espero verte pronto.

- Asintió y luego agregó – lo mismo digo.

Me quedé parado observándola mientras su figura se hacía cada vez más pequeña

y desaparecía al cruzar en una esquina. Como me sentía en ese momento ya lo había

experimentado, el sentimiento me era familiar, el sentimiento de abandono de algo o

alguien valioso que corre el riesgo de no aparecer de nuevo. Ansioso me dejaba por

saber más sobre ella. ¿Cómo haría para hallarla? Lo más probable era que ella me

hallara a mí.

Los chicos aparecieron luego de que Ariel se marchara. Sophia me preguntó que si

había fumado algo, pues le habían dicho que estaba muerto de risas en la calle, yo

negué, les dije que algo me había parecido tan gracioso que tuve que salir de la fiesta

para no escupirlos con mis risas. El resto la pasé conversando con los chicos, no les

conté de mi conversación con Ariel y menos sobre ella. La fiesta culminó a más de las

tres. Nos fuimos abrazados a causa del frío hasta que poco a poco nos fuimos

dispersando, las bicicletas las buscaríamos luego a casa de Sophia.

Silenciosamente abrí la puerta de la casa, no era que mis padres no me permitieran

andar a esas horas en la calle, era que no quería despertarlos. Pasé y me encaminé a la

cocina, abrí la nevera y saqué una manzana porque mi estómago ya estaba gruñendo y

raspando sus propias paredes. Subí con pies de plumas las escaleras, me acosté sobre mi

cama viendo el techo como si fuera la pantalla de un cine en el que se veía la figura de

Ariel alejándose de mí en cámara lenta. Así permanecí un rato, imaginándola,

detallándola y reproduciendo en mi memoria nuestra conversación y la dialéctica de su

filosofía. El sueño se apoderó haciendo que me olvidara de la chica y arrastrándome al

único lugar en el que la volví a ver en ese instante.

Estábamos en el lago sentados sobre la roca la cual un día antes me había servido

de cama para recostarme. Ella estaba a mi lado, descalza y vestida de blanco, parecía

estar cómoda, no me miraba, solo se limitaba a observar las siluetas que sus pies

dibujaban en la arena húmeda. Yo también estaba vestido de blanco y podía sentir la fina

!

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tela que llevaba puesta. La brisa era fresca y el Sol brillaba desde el cielo despejado

reluciendo un azul hermoso. La primera en hacer desaparecer el silencio fue ella

diciendo que era un buen día, le respondí que también pensaba lo mismo aunque prefería

los días grises.

- ¿Por qué los días grises? – preguntó arrugando sus cejas.

- Son frescos, el Sol no transmite calor, pero también se debe a algo más personal

esa preferencia – contesté.

- También tengo una opinión muy personal respecto al clima, es una observación

que va más allá del hecho natural – me dijo –. Pero quisiera escuchar tu opinión.

- Los días grises –comencé aclarando la garganta –son como las personas de

temperamento melancólico, ya sabes, tristes y soñadoras. Aunque ese

temperamento no siempre lo demuestro, está en mí. Así que en los días grises me

siento como en mi lugar favorito, es como “la abeja al polinizar una flor”. A veces

pienso que no siempre puedes vivir feliz, que puedes respirar ignorando el dolor o

pretender que no existe. De vez en cuando recuerdo eso y me siento de alguna

forma...vivo, lo que quiero decir es... que, sin embargo, el dolor es una manera en

la que la vida te dice que estás vivo.

- Bonito concepto sobre el clima nublado – dijo mientras me miraba –. Creo que en

esta conversación soy el lado inverso a ti. Opino que el Sol y el azul del cielo es

como visualmente vemos la figura de la felicidad, nos recuerda que aún si el dolor

yace sobre nosotros, la felicidad lo está por encima aún más. Así era como me

gustaba sentirme viva, hoy los días grises siempre están presentes.

- ¿A qué te refieres con eso?– pregunté frunciendo el ceño imitando la expresión

que ella acababa de hacer.

- Es un sueño, no hay algo vivo en ellos – me dijo mostrando con una sonrisa sus

dientes blancos.

- Lo bueno de que sea un sueño es que no tengo porque avergonzarme al decir que

no quiero despertar – dije.

- ¿Avergonzarte?– dijo – Al planeta le parece más importante observar la vida de

una hormiga y su colonia. Avergonzarte solo sirve de ladrillos para crearte una

pared en el laberinto de la moralidad, una limitación moral.

- No creo que sea así siempre. Parece que están más atentos en verte desfallecer en

la vergüenza ¿entonces no te cohíbes de nada?– pregunté.

- Lo hago, pero muy poco por vergüenza. De haber pensado así desde el momento

en que nací mi mente habría bloqueado tales sensaciones.

- A veces la pena te limita a realizar estúpidas acciones – dije.

- ¿Que hay sobre si esas acciones te satisfacen? ¿qué si te hacen sentir mejor?

¿Debería limitarme por ello? Piénsalo, aunque tienes razón en parte. Hay personas

cuyos actos las hacen ver patéticas e inspiran lastima si tratan mucho de llamar la

atención – añadió.