Un Hombre de Respeto por Luis Cabello Muñoz - muestra HTML

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CAPITULO I

En el puerto de Málaga, los indicadores marcaban la

dirección a seguir para embarcar en el Ferry que navega hasta

Melilla, el barco zarpaba a las doce del mediodía, Juan solo

tenía que seguir la cola de automóviles que rodeaba la

estación marítima. Al fondo, el gran barco, casi cuadrado,

quizás cúbico, blanco y azul.

Un guardia Civil, al final de la cola, miraba la documentación,

y un empleado de la compañía Trasmediterránea cortaba los

tiques de embarque.

Juan tenía la sensación de ser engullido por una enorme

ballena metálica, cúbica, blanca y azul. La rampa de acceso

era ruidosa, chillona, se quejaba como una embarazada al

paso de cada vehículo. Tras ella, un empleado dirigía la

maniobra de estiba, los camiones eran colocados en la

cubierta inferior, los coches en las superiores. Unas estrechas

escaleras daban acceso a las plantas superiores, en ellas se

encontraban los salones y las cafeterías, ruidosamente

ocupadas por el pasaje.

Juan se acomodó en el salón de proa, con una amplia

cafetería limitada por el mamparo más a popa, y las amplias

cristaleras de proa, que permitían ver el azul del cielo y del

mar; las bandas de babor y estribor, estaban ocupadas por

asientos corridos, a modo de sofás. El centro del salón con

butacas y mesas esparcidas al azar, el suelo enmoquetado de

azul y el techo forrado con plaqué crema muy claro, salteado

de luces empotradas, redondas, pequeñas y siempre

encendidas.

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Se acercó a la barra de la cafetería y pidió Juan una cerveza,

le dieron una lata de “Cruzcampo” y un vaso de plástico, antes

de tocarla, tuvo que pagar doscientas veinticinco pesetas.

Caro y malo el servicio, pero lo de la libre competencia era

difícil de llevar a cabo en aquel lugar, donde el capitán era

dueño y señor como un noble en la época feudal.

Un golpe de sirena y el barco se puso en movimiento, Juan

tomaba su cerveza y observaba el variopinto pasaje; moros

cargados de paquetes, eran mayoría, o al menos se les veía

más. Trabajadores ruidosos con sus mochilas, ejecutivos con

portafolios, bien trajeados, que simulaban resolver cosas a un

lado y a otro del Mediterráneo. Militares jóvenes, rapados,

pertenecientes a la “Legión” o a “Regulares”, a ellos se les

distinguía por sus petates, y por las insignias grabadas en sus

ropas y equipajes. Gruesos conductores de camiones, con mil

acentos y varias nacionalidades, que transportaban diferentes

mercancías y que lo contaban a todo el que quería

escucharlos. Locuaces y deseosos de compañía, quizás fuera

culpa de la soledad del camión.

A las dos, la megafonía anunciaba en español, francés y

árabe, que el comedor estaba abierto. Hacía algún tiempo que

la costa española se había perdido de vista, desdibujándose

entre la mar y el cielo, el barco marchaba por mar abierto.

Juan decidió comer alguna cosa y tomar una botella de rioja.

El comedor, un pequeño salón a estribor, con capacidad para

cincuenta comensales, se accedía a él por el pasillo de

estribor, separado de cubierta por unas cristaleras; al entrar,

un estrecho corredor, formado por la barra del autoservicio,

que no era tal autoservicio, y una barandilla de fuertes tubos

de acero inoxidable. Al final, la caja registradora, en la que un

empleado marcaba lo que la bandeja portaba. La comida, mal

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traída, aunque la cobraban como buena, podríamos decir más

bien como excelente. Comió Juan y bebió; lo mejor sin ninguna

duda fue el vino.

Sobre las mesas del salón de proa, no muy lejos del

comedor, los musulmanes habían sacado sus viandas y

estaban de merendola, con su particular forma de comer, todo

manual, escupiendo continuamente sobre la mesa, los

pequeños restos de comida, las espinas del pescado, los

huesecillos del pollo. Formando pequeños montones de

desperdicios, que al final tirarían, “posiblemente”, en las

papeleras. Todo aquello le recordó a Juan su niñez, los vagones

de tren de tercera clase, aunque eso de escupir, en los

vagones de tren no sucedía, o al menos él no lo recordaba.

Juan, después de abandonar el pequeño comedor, fue de

nuevo al salón de proa, tomaba café en la barra y recordaba

sensaciones de sus últimos viajes por Marruecos. Sus viajes

por esta franja norte de África, siempre habían estado llenos

de sorpresas, las unas agradables y otras desagradables,

siempre le había parecido que al traspasar la frontera por

Beni-Enzar, traspasaba la barrera que separa la realidad de la

ficción; introduciéndose en un mundo imprevisible,

sorprendente, que le proporcionaba grandes sensaciones

placenteras, pero a la vez una sensación de miedo quizás

irracional. Miedo, que cuando ya se encontraba inmerso en

este mundo, desaparecía, pero que antes de llegar a tocarlo,

de llenarse de él, no podía reprimir.

Juan vio la mar a través de los ventanales y quiso salir a

cubierta, terminó pronto su café y salió por la puerta de babor,

solo agua, la mar estaba en calma, el horizonte se difuminaba

entre la bruma y la calima. Durante las próximas tres o cuatro

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horas solo vería agua, solo la mar llenándolo todo. Aunque

dependía de la nitidez del día, tardaría en ver la costa africana.

Pasada media hora sintió frío, la humedad era penetrante y

la brisa traspasaba su ropa. Al entrar de nuevo en el salón de

proa, la mayoría de los musulmanes habían terminado de

comer y se habían tumbado, se habían literalmente

derrumbado sobre los sillones y sofás, sin zapatos, tapados

con alguna mugrienta chilaba o abrigo, tal vez alguna ajada

manta.

Algo después de las siete de la tarde, comenzaron a verse

las costas de África, en el mismo momento que el sol se

aproximaba al horizonte de poniente. Salió Juan por estribor a

cubierta y se dispuso a ver una puesta de sol en el

Mediterráneo, mientras tanto, por la proa comenzaban a

dibujarse perfiles de África.

El sol se enrojecía más y más, sus reflejos teñían las

tranquilas aguas, parecía un espejo azulado, que recibiera

reflejos de un rojo farol.

Cuando el sol tocó la superficie del agua, sus sentimientos,

desobedientes a su cerebro, esperaban que el agua humease y

chirriase; como cuando en la fragua, el forjador mete un hierro

al rojo en la pila para templarlo. No fue así, en silencio, el rojo

y luminoso disco, fue introduciéndose en el horizonte de agua,

dejando la superficie llena de rojos, amarillos y azules. Cuando

se ocultó, algún triste sentimiento lo invadió todo, el principio,

el fin, la energía, se había tapado; solo alguna nube

deshilachada, seguía reflejando el fuego rojo, el resplandor del

Dios de nuestros mayores.

El cabo “Tres Forcas” apareció por proa, altivo y punzante,

como una aguja oscura, amenazante y rocosa, clavada en la

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mar. Juan, pasó de proa a estribor mientras sobre la mar caía

la noche. El barco ganó la bocana del puerto e inició la

maniobra de atraque, la ciudad podía verse claramente,

estaba dividida en dos, la ciudad modernista y europeísta, y la

Melilla antigua.

El barco atracó bajo la vetusta y pétrea muralla, que

constituía la antigua fortaleza, aquella que conquistó don

Pedro de Estopiñán, el almirante de los Duques de Medina–

Sidonia. Melilla fue andaluza, antes de que España fuera un

solo país, cuando aun reinaban Isabel y Fernando.

La ciudadela lucía esplendorosa, iluminada por potentes

focos, su resplandor contrastaba con las tristes lucecitas, que

en la otra orilla, mostraba el puerto marroquí.

Al desembarcar Juan, cuando salía de la barriga del Ferry con

el coche, un musulmán con chilaba blanca, de pañete, le hizo

señas desde el muelle; Juan paró el coche a la derecha, se

salió de la cola de los coches que desembarcaban para no

estorbar. El moro subió al asiento delantero, saludó muy cortes

y sumiso, le preguntó por toda la familia, y luego se llevó la

mano al pecho, a la altura del corazón. Juan dio gracias de que

no lo besase, es su costumbre, este en particular era un

besucón.

-

Monsieur Juan, iremos a cenar a “Los Salazones”, nos

esperan Mohatar y Abdelkader.

-

¿Me has reservado hotel?

-

Claro, en el Parador, como a usted le gusta monsieur

Juan.

El Parador, es el hotel más caro y más tranquilo de la ciudad,

cosa que en Melilla ha de tenerse muy en cuenta.

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Una vez cruzado el “Río de Oro”, giraron a la izquierda, para

luego tomar el paseo marítimo. En este lugar, pudieron ser

testigos de la carga de unos policías antidisturbios, sobre unos

moros zarrapastrosos, que intentaban esconderse bajo el puente.

Uno de los moros, saltó el muro de hormigón del canal, más de

dos metros de altura y con suelo resbaladizo por la verdina del

agua. Un golpe enorme, seguramente se había fracturado algo. El

policía dio la vuelta al muro, por la cercana desembocadura, llegó

hasta él y le dio una brutal paliza con la porra reglamentaria. Juan

paró el coche algo extrañado primero, y luego muy indignado.

Mustafa le dijo.

-

Esto es Melilla monsieur Juan, y ese es un “moro”.

Cuando Mustafa decía que era un moro, en tono despectivo, se

refería a que era un “sin papeles”, alguno de Marruecos, luego

continuaron su marcha.

El paseo marítimo, en la noche, tomó tintes de arrabal, por

cualquier calleja se veían cruzar grupos de moros que se

escondían de la policía. Los marroquíes pobres, deben abandonar

la ciudad al anochecer, pero intentan quedarse en Melilla y robar

algo durante la noche. Para los marroquíes ricos es diferente, hay

que tener en cuenta que vienen a Melilla a beber alcohol y por lo

tanto dejan mucho dinero, gracias a esto pueden quedarse hasta

más tarde.

El paseo está demasiado cerca de la frontera de Beni-Enzar,

desde él se ven los pesqueros marroquíes, se escuchan en el

silencio de la noche sus ruidosos motores, salen a faenar.

También se pueden ver algunas que otras lanchas rápidas cruzar

desde el puerto de Melilla al de Beni-Enzar, luces apagadas,

motor rugiente, con su carga de tabaco o alcohol si es en sentido

de levante a poniente, y con “Hachis”, si el sentido es contrario;

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el contrabando en esta zona es amplio y diverso, pagando todo

está permitido.

“Los Salazones” es un amplio restaurante bien repleto de

pescados y mariscos, a la entrada del mismo, encontramos varias

vitrinas con una gran colección de fósiles, la mayoría falsa, son

tallas en mármol, pero entre ellas hay algunas que otras joyas

verdaderas.

Tenía el restaurante varios salones de diferentes tamaños,

también tenía expositores frigoríficos a rebosar de fresquísimos

pescados y mariscos. En este restaurante, se reunían hombres de

negocios cristianos y musulmanes, peninsulares y de Melilla,

incluso había algunos que trataban de negocios legales, pero

indudablemente, la mayoría eran contrabandistas de mil

diferentes mercancías. Se da el caso de que un negocio es legal a

este lado de la frontera y es mercancía de contrabando en el

otro.

Melilla como otras tantas ciudades del mundo, por su situación

geográfica, estatus político y tradición, ha sido y es, una ciudad

de contrabando. Muchas veces los negocios legales, son

tapaderas; la mayoría de sus mercancías, o van de contrabando

hacia Marruecos, o vienen de contrabando desde Marruecos.

De España para Marruecos se hace contrabando de Alcohol,

ropas deportivas, vajillas, leche, zumos, tabaco,

electrodomésticos y un largo etc. De Marruecos a España las

mercancías son fundamentalmente algo de artesanía en cuero o

madera, “Hachis” y putas.

Juan y Mustafa, fueron primero a la pequeña barra de espera

del restaurante y pidieron dos cervezas y un plato de “Ortigas de

Mar”. Este plato está hecho a base de Actinias, la Actinia equina

es un cnidario que vive sujeta a las rocas y que queda al

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descubierto en la bajamar, tiene muchos pequeños tentáculos

repletos de células urticantes, de aquí su sabor agrio y su

nombre.

Después de la cerveza, Juan se pasó al rioja, el moro continuó

con la cerveza, ellos no tienen la costumbre de beber vino;

pidieron una ración de gambas y otra de langostinos de la “Mar

Chica”. Una especie autóctona, que se pesca en un lago marino

con poca comunicación con el mar Mediterráneo; debido a la

poca profundidad de sus aguas, y a su aislamiento casi total,

mantiene este lago una altísima salinidad.

Aseguran los pescadores españoles, que esta especie de

langostinos, fue traída por los pescadores murcianos desde el

“Mar Menor”, que se encuentra en los términos murcianos de

Cartagena y San Javier, y que es físicamente muy parecido a la

“Mar Chica” de Nador.

A las nueve de la noche, abandonaron la barra, para pasar a un

reservado en el que tenían una mesa preparada para cuatro

comensales. Juan llevó su copa a la mesa, pero Mustafa

abandonó la cerveza y pidió un refresco de cola, para esperar a

los otros musulmanes; como el alcohol está prohibido por su

religión, ellos no beben delante de sus correligionarios.

Poco tiempo después llegaron Abdelkader y Mohatar, dos

musulmanes dueños de algunas de las fincas que Juan debía

visitar. Saludaron a “Monsieur Juan”, preguntaron por toda su

familia, se llevaron la mano al pecho, a la altura del corazón, y

tomaron asiento entre sonrisas teatrales y reverencias.

Juan es un ingeniero industrial, de mediana edad, cuarenta y

siete años, trabaja para una empresa de extracción de esencias,

y parte de su trabajo consiste en visitar Marruecos cada seis

meses, para tomar muestras, comprobar calidad, hacer previsión

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de cosecha, ver infraestructuras y tomar diferentes medidas

sobre determinados productos agrícolas, como naranjas verdes

del tamaño de un huevo de paloma o menores, hinojos, jara,

tomillo y otras hierbas aromáticas y medicinales, que después

importará su empresa.

El buscar estos productos en Marruecos, fundamentalmente se

debe, al precio de la mano de obra, unas diez veces más barata

que en España; esto hace posible una recolección rentable.

Pidieron la comida, de primero, unas cigalas de mediano

tamaño, abiertas y a la plancha. Juan fue el único que pidió vino

blanco para comer, los otros tres se declararon abstemios y solo

bebían agua. De segundo, ellos pidieron dorada a la sal, una

pieza de más de un kilo para los tres musulmanes. Juan tuvo que

insistir para que le trajeran unos “Armaos”, también abiertos y a

la plancha, es este un pescado típico de la zona, poco

comercializado y que consiste en un pez de la especie del

“Rubio”, pero recubierto de una coraza como si fuese una cigala,

con muchos pinchos.

Mientras comían, concretaron el plan para el día siguiente, se

reunirían en el parador a las ocho de la mañana, desayunarían y

saldrían hacia la frontera de Beni-Enzar, irían primero a Berkane,

luego a Oujda. Esta ultima ciudad, situada en la frontera con

Argelia, después pasarían por Taza y llegarían hasta Fez para

dormir en esta ciudad, capital del antiguo reino del mismo

nombre.

Terminada la opípara cena, se despidieron Abdelkader y

Mohatar, que fueron a pagar a la caja registradora situada en la

barra; Mustafa se quedó para acompañarlo después hasta el

Parador.

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De camino al hotel, al pasar por la plaza de Pedro de Estopiñán,

Juan paró el coche y preguntó a Mustafa donde quería quedarse,

que él sabía llegar hasta el Parador.

-

No monsieur Juan, lo acompaño a su hotel, después

tomaré un taxi.

-

Bien, como tú quieras.

Juan sabía lo que quería el moro, llegaron al Parador,

confirmaron la reserva y fueron a la cafetería. Juan pidió un

güisqui y Mustafa otro; eso quería el hipócrita, beber en el

Parador, sabía que nadie lo conocería en ese lugar. Media hora

después, Juan aun seguía con la misma copa, Mustafa ya iba por

la tercera. Juan pidió la cuenta, firmó la nota para que la cargaran

a la habitación, pero Mustafa dijo al camarero.

-

Pónganos otras dos, antes de hacer la cuenta.

Siempre hacía lo mismo, Juan permitió que pusieran las otras

copas, pero advirtió que ninguna más, que estaba cansado y

tenía que dormir, mañana le esperaba un día duro. Cinco minutos

después, el moro se había tomado la copa, a esas horas tenía ya

la “boca caliente”, se levantó, se despidió con una sumisa

reverencia y se fue, su caminar, dejaba claro que el alcohol había

llegado en abundancia a su pequeño cerebro; seguramente

buscaría otro lugar para seguir bebiendo hasta desplomarse,

elegiría algún tugurio de su barrio, “El Real”.

Por la mañana, a las ocho en punto, Juan desayunaba en la

cafetería; al terminar de comer, pidió un segundo café, este solo

y cargado, a las ocho y media aun esperaba. No le cogía de

sorpresa, no es la puntualidad una virtud de los moros.

Aparecieron a las nueve menos cuarto, no hicieron referencia a la

tardanza, desayunaron mientras comentaban que en Marruecos,

aún eran las siete de la mañana. A las nueve y media, Juan,

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Mustafa y Mohatar, subieron al Citroën Xantia de Juan y tomaron

camino de la frontera.

Desde quinientos o seiscientos metros antes de llegar a la línea

fronteriza, comenzaron a ver individuos y escenas pintorescas.

Señoras enormes, como mesas camillas, cargadas de

contrabando de la cabeza a los pies, que caminaban

dificultosamente con su ilegal carga. Bicicletas que trasportaban

en el asiento trasero un frigorífico de dos puertas, una

motocicleta de pequeña cilindrada, cargando un sillón orejero, y

con una anciana de no menos de ochenta años, sentada en el

sillón.

A esta hora, la cola de coches no era pequeña, los pequeños

comercios, flanqueando ambas aceras, estaban abarrotados de

gentes que alijaban sus mercancías, y las preparaban para cruzar

la frontera. Mustafa, se bajó del coche con los tres pasaportes en

la mano, y se dirigió a la ventanilla en la que se sellaban, en ella

estaba agolpada la gente que peleaba por entregar los unos, o

por recoger los otros, los documentos que habían ya entregado.

Llamó a un guardia de la gendarmería y le entregó los

pasaportes junto a un billete de mil pesetas, el guardia era

gordito, de cara redonda, de bigote negro como el carbón, un

bigote que le tapaba la boca, pero con una agilidad envidiable en

asuntos burocráticos, sobre todo cuando había dinero por medio.

Entró el guardia por una puerta lateral en la caseta de sellado,

de las prefabricadas, de las que se colocan en las obras. En dos

minutos salía el guardia gordito con los tres pasaportes sellados,

les había ahorrado casi media hora. Mustafa, con los pasaportes

sellados se incorporó al coche de Juan, habían ganado muchos

puestos en la cola.

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Por la acera derecha, en fila, cargados como burros en época

de recolección, iniciaban su día los porteadores. Los hombres y

mujeres que realizan físicamente el contrabando, encauzados por

unas vallas metálicas desvencijadas y mugrientas, eran estos los

porteadores más madrugadores, ellos y otros trabajaran durante

todo el día, haciendo un mínimo de cuatro portes por persona.

Los guardias los golpeaban de vez en cuando con la porra,

como a ganado entrando en el redil, ganado que entraba, pero

después de haber pasado por taquilla y dar la “Rasca”, una

especie de impuesto, que después tiene un curioso reparto

jerarquizado. Desde el guardia al capitán, luego hasta el coronel y

este debe recompensar al gobernador para mantener su puesto;

como siempre en Marruecos, al final de la pirámide está el Rey.

Esto ultimo nunca está claro, es una forma de legalizar o

institucionalizar la corrupción, el contrabando y no sé que más.

Por la otra acera, la de la izquierda, otra fila de hombres y de

mujeres intentaban entrar en Melilla, el atasco era ahora en la

ventanilla de la policía española; parecidas vallas, parecidos

golpes y empujones, aquí se comprueba la documentación, son

los mismos que unas horas después estarán en la otra fila,

cargados y con más golpes.

El ultimo control de la frontera, un guardia comprueba el

sellado de los pasaportes y el seguro del coche, los papeles en la

mano.

-

¿Carta verde?

Juan le dijo que la tenía en la mano, entre los papeles.

-

¿Carta verde?

Mohatar sacó un billete de mil pesetas, “verde”, lo puso sobre

los papeles, el guardia saludó con cortesía y amabilidad, les dio

paso, devolvió los papeles, pero no “La carta verde”.

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Habían entrado en el tercer mundo, tomaron la carretera de

Nador, las dos aceras repletas de gentes con enormes paquetes,

coches cargados hasta el tope de la amortiguación, y mucha

suciedad en las calles, suciedad en las tiendas, gentes sucias.

A cinco kilómetros de la frontera, en dirección a Nador, un

control policial, los coches, particularmente los taxis y todos los

autobuses, son parados en el arcén terrizo que parece preparado

al efecto. Son registrados, de ello resultan nuevas tasas que

deben seguir el mismo conducto de las anteriores. Los coches

particulares no suelen pararlos, sobre todo si son extranjeros.

Muchos taxis paran cien metros antes del control, algunos de

sus ocupantes, corren campo traviesa intentando evitar el pago

de las tasas impuestas por los controles. Una vez rebasado el

control, los coches vuelven a parar en la cuneta, recuperando a

sus pasajeros. Verlos correr por aquellas escalpadas laderas es

todo un espectáculo.

Pasado el control, antes de llegar a Nador, a la derecha sobre

un monte que domina la “Mar Chica”. Una magnifica construcción

rodeada de una grandiosa muralla de piedra, cierra al menos diez

hectáreas, es el palacio real. El Rey tuvo el grandioso detalle de

visitarlo hace diez años, la única vez que lo ha habitado desde su

construcción. Todo este grandioso palacio, fue construido por

suscripción popular, claro está, que la lista de la suscripción la

hizo el Gobernador de Nador.

Cruzaron Nador, una ciudad como a medio acabar, resulta difícil

ver algún edificio acabado, todos están escasos de pintura, las

persianas descolgadas, el firme de la carretera destrozado, un

puro bache, mucha suciedad, muchas banderas rojas con una

estrella en el centro. Carros llenos con todo tipo de cosas,

verduras, frutas, dulces, corren de un lado a otro sin orden, unos

tirados por asnos, otros por hombres, también por mujeres

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cubiertas de negro de pies a cabeza. Había que conducir con

mucho cuidado, porque salían de todos lados y no respetan nada.

Dejando atrás Nador, pasaron frente a los antiguos cuarteles de

Tahuima, sede de los “Regulares”, dejaron a su izquierda un

aeropuerto abandonado y continuaron en dirección a Selouane,

donde tomaron la desviación a Berkane. En el Stop, dos guardias

se les acercaron haciendo que Mohatar sacara otro billete, este

de diez dirhams. Cruzaron después un poblado lleno de polvo y

moscas, llamado el Zaïo. A la orilla de la carretera, se veían las

antiguas conducciones de agua, rotas o mal reparadas, que

construyeron los españoles en tiempos del protectorado.

En la cuneta, algunos puestos de gasolina, dos muchachos con

dos botellas cada uno, botellas de plástico, de un litro, llenas de

un liquido que ellos llaman gasolina de Argelia, de contrabando.

También llevan un embudo y un trapo, este trapo lo colocan

dentro del embudo cuando echan la gasolina al deposito del

automóvil, supuestamente para filtrarla.

Sobre las diez de la mañana, hora marroquí, mediodía en

España, llegaron a Berkane, abandonaron la carretera y se

metieron por diversas calles polvorientas, que los condujeron

hasta una nave industrial.

Esta era la nave donde se confeccionaban los productos

agrícolas que llegan del campo, en ella había cintas

transportadoras y clasificadoras, clasifican por peso y por

tamaños, también había en la nave cámaras frigoríficas y todas

estas maquinarias, parecían en un estado de conservación

aceptable.

Juan sacó su libreta del portafolios, y tomó nota de datos

técnicos, como la capacidad de confección, la capacidad de las

cámaras, así como su potencia en frigorías. La facilidad de acceso

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de los camiones, tanto de los que llegan del campo con el genero

en bruto, como de los grandes camiones articulados, que

cargarán la mercancía confeccionada.

Después, una vez terminada la entrevista, el dueño de la nave,

sin alterar su ritmo vital, continuó sentado, casi tumbado en su

cómoda hamaca.

Por calles polvorientas, que jamás habían visto el asfalto,

abandonaron Berkane y tomaron dirección a Cabo de Aguas. Una

vez en la carretera, y a cuatro o cinco kilómetros de la capital de

la provincia, Berkane es la capital de la provincia de su mismo

nombre, se encontraron dos fincas casi gemelas, que tenían que

visitar.

Estaban a la izquierda de la carretera, bien cercadas con malla

metálica, y con un cierto orden que podría creerse europeo, las

dos fincas no pasaban inadvertidas a las curiosas miradas.

Estaban divididas en tres sectores cada una, cada sector con una

diferente variedad de naranja, equipados con riego localizado y

con una aceptable central de riego. Los propietarios, dos

hermanos argelinos, habían confiado la dirección y el montaje a

un ingeniero francés.

El encargado era un musulmán de mediana edad, de apacible

carácter, algo zalamero y que fue el responsable de enseñar a

Juan todas las instalaciones y plantaciones. En un vehículo

todoterreno propiedad de la finca, hicieron el recorrido,

comprobaron el estado fitosanitario de los árboles y de las frutas.

Hicieron previsión de cosecha con especial atención a calibres

y fechas, tomaron muestras para su posterior análisis en España,

comprobaron accesos de carga y demás especificaciones técnicas

necesarias. De todo ello tomó nota Juan en su cuaderno para su

posterior informe.

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Terminada la visita, se encaminaron a Oujda, donde tenían

previsto parar a comer. A las doce llegaron a la capital de

provincias más cercana a Argelia, es prácticamente una ciudad

fronteriza. La ciudad conserva cierto aire francés. Aparcaron el

coche en una amplia y despejada plaza, cuyos principales

edificios, no podían ni querían, ocultar su procedencia de la época

del protectorado francés.

Mohatar eligió un restaurante muy céntrico, seguro que uno de

los mejores de la ciudad, también de los más limpios. Antes de

entrar a comer, Juan vio a lo lejos el Zoco o Souk, es decir el

mercado, y decidió visitarlo para dar tiempo a la comida. En él

había cosas de guarnicionería que le interesaban, y que estaban

colgadas en tenderetes casi al aire libre.

Cuando Juan estaba enfrascado en la observación de una

montura árabe, saturada de repujados y otros trabajos manuales

sobre el cuero, se formó un revuelo. La gente comenzó a correr y

a gritar, se abrió un espacio ante él, y en el centro, una pareja de

hombres peleaba encarnizadamente. Uno era de aspecto

negroide, y tenía agarrado al otro con su mano izquierda por el

cuello de la chaqueta, tras la cabeza, lo sujetaba mientras

golpeaba su cara con la mano derecha.

El que recibía los golpes, cayó al suelo, tenía toda la cara

destrozada, se había convertido en una masa informe de carne.

El negroide, quedaba frente a Juan, a menos de dos metros. Pudo

ver Juan en su mano derecha, unos nudillos metálicos de

fabricación casera. Sobre los nudillos, unas puyas afiladas de

cuatro centímetros cada una, la mano llena de sangre hasta tal

punto, que era difícil distinguir la mano de los nudillos metálicos.

El negroide, corrió rozando a Juan en el hombro mientras huía,

el moro herido, quedó tendido en el suelo en un charco de

sangre. Mustafa tiró con fuerza de Juan que había quedado

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perplejo, se le cayeron los accesorios de cuero que tenía en las

manos, y se sintió arrastrado por Mustafa fuera del tumulto.

-

Monsieur Juan, tenemos que salir de aquí o nos olvidamos

del viaje. Como aparezca la policía, nos retendrán para

interrogarnos, serán horas.

Pocos metros más adelante, se les unió Mohatar, caminaron los

tres hasta el restaurante, al otro lado de la plaza, se sentaron en

una mesa en silencio, los dos moros pidieron la comida,

pretendían dar la impresión de no haberse enterado de nada.

Juan apenas pudo comer, solo bebía agua, hubiera agradecido

un vaso de vino, pero en los restaurantes marroquíes no lo sirven.

Por eso de la prohibición religiosa; solo en algunos,

especialmente dedicados a los extranjeros. Picó Juan dos cosas

que tragó con dificultad. Tanto Mustafa como Mohatar

procuraban disimular, comían algo mientras charlaban de cosas

intranscendentes, y pretendían no prestar atención a lo que

sucedía en la calle. Intentaban no ser relacionados, el tumulto fue

desapareciendo, así como la presencia policial; tomaron

tranquilamente café y decidieron que ya era hora de

reemprender el viaje.

Era la una de la tarde cuando subían al coche, Juan aún estaba

blanco, pero procuraba sobreponerse y mantener el tipo. Mustafa

le indicaba las direcciones que debía tomar.

Era Oujda, la ciudad con un corte más europeo de las que

habían cruzado hasta ahora, calles bien trazadas, plazas limpias y

edificios relativamente cuidados. Abandonaron el centro urbano y

apareció la suciedad y el desorden. Los indicadores marcaban

con insistencia la salida para Rabat, pronto estuvieron en la

carretera general.

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El paisaje era monótono, las tierras llanas, tierras de secano,

tierra fértil que solo se dedica al cultivo de cereales y que espera

la escasa lluvia del cielo. El citroën Xantia recorría tierras ya

interiores, separadas de la costa. Esta zona está en línea recta a

más de cien kilómetros del mar.

El coche continuaba rumbo a poniente, el rumbo marcado por

el GPS oscila entre los doscientos cincuenta y doscientos sesenta

grados. De esta forma, se alejan lentamente de la costa y la

carretera los llevaba a un clima continental, que sobrepasa los

cuarenta y seis grados centígrados en verano. Este clima solo

permite el cultivo de cereales y olivos. Los cítricos han

desaparecido del paisaje.

En esta zona, en sus dehesas, se encuentran plantas

medicinales y aromáticas, su plan era parar en Taza, para

reunirse con un recolector de plantas del lugar. Pasaron El-aïoun,

seguían viendo niños con baberos a rayas y carteras escolares,

los llevaban viendo todo el día, esta circunstancia llama la

atención al visitante, si no se sabe que en las escuelas

marroquíes hay tres turnos de estudio. Puede extrañar, pero lo

hacen de esta forma, para paliar el problema de escasez de

edificios y de maestros. Esto, también obliga a los niños a ir y

venir todo el día del colegio. Si lo sumamos a las grandes

distancias que tienen que recorrer, y a que lo hacen a pie,

tendremos la sensación de que las carreteras están llenas de

escolares todo el día.

Atravesaron la vía del tren en Guercíf, más miseria, mucha

gente caminando por la cuneta. También por la carretera, con

asnos o mulas, carretas tiradas por todo tipo de artilugios; esto

hace la conducción sumamente peligrosa incluso de día, cuando

llega la noche, el trafico no cesa, incluso se incrementa y

entonces la conducción no es peligrosa, es temeraria.

18

Cuando entraron en Taza, eran las cinco de la tarde, pararon en

una cafetería céntrica, y pidieron café con algunos dulces de miel

y almendras, Juan, pasada la impresión, tenía hambre, comió

algunos dulces a pesar del asco que le producía el haberlos visto

preparar en otras ocasiones. Mustafa se acercó a llamar por

teléfono a una tele boutique que había en la otra acera, Llamó al

empresario de las plantas aromáticas.

La reunión fue corta y productiva, concretaron mil detalles,

tipos de plantas, épocas de recolección, cantidades,

rendimientos.

Juan tomaba nota en su libreta y corregía con frecuencia a Said,

que así se llamaba el musulmán de Taza.

Se despidieron de Said y reanudaron su marcha hacia Fez,

habían estado casi una hora en Taza, tenían que cumplir el

horario que se habían propuesto por la mañana.

La carretera ahora era mucho más peligrosa, el caminar más

lento. Aunque las carreteras de Marruecos son siempre muy

peligrosas, a estas horas, ya de noche, con mal firme, peor

señalización y llenas de moros andando, otros en burro, algunos

con carro, muchos en bicicletas, pero todos sin luces; se

producen escenas realmente increíbles. Salen de todas partes,

Juan se preguntaba, ¿dónde irán? Y tantos, unos en grupo y otros

en solitario.

Juan sonreía sin gestos ostensibles, se acordó de un amigo, de

un murciano, que visitó con él una vez Marruecos y que

respondiendo a esta pregunta decía.

-

No ves que van cogidos de la mano, observa, no hay

ninguna mujer, estos maricones se matan a pajas entre

esos matojos.

19

Juan sonrió de nuevo recordando al murciano, estaba realmente

cansado, la atención que le requería todo aquel trajinar de

animales y personas, lo mantenía excitado, con los nervios de

punta y el pie presto al freno.

Siempre alerta, mil toques al freno, un burro que cruza, una

vaca suelta en el arcén, moros y más moros caminando quien

sabe a donde. Camiones con un solo faro y otras circunstancias

que le hacían mantener los ojos clavados en la carretera.

Enredada en las penumbras del anochecer, al fondo de una

gran llanura y elevada sobre unas colinas rocosas, apareció Fez.

Fez, la capital del antiguo reino de Fez, amurallada ciudad que

debió ser bellísima. Es esta, la ciudad más antigua del país; fue

refugio de las familias musulmanas expulsadas de Córdoba por

los Omeyas.

Pasaron frente a la puerta principal de la Medina, la puerta de

Bab Bu Yelud, esta puerta bulliciosa y monumental, siempre

atraía la atención de Juan. A pesar de haberla visto en tantas

ocasiones, cada vez conseguía atrapar su imaginación; para Juan

era la puerta de entrada a la fantasía, como entrar en el reino de

las “Mil y una noches”.

La medina de Fez, es inmensa y laberíntica y aunque no se

puede entrar en ella con el coche, solo el pasar por sus

proximidades, enreda en su bullicio, en su gentío, en su ir y venir

de gentes, que aunque ociosas, bien podría pensarse que van a

algún sitio; yendo y viniendo por sus callejas rebosantes de olores

exóticos.

Recordó Juan, una visita suya a las Madrazas, una especie de

Colegio Mayor para estudiantes del Corán, situada en pleno

centro de la medina; producen en el visitante, la misma

20

sensación que un convento de clausura, su recogimiento, su

espiritualidad.

Algunas calles de la medina, estaban cubiertas con lonas o con

cañas, especie de toldos muy útiles contra los rigores del sol en

estas latitudes. Bajo sus toldos, había vendedores de casi todo,

especias, henna, artesanía y otras más útiles, como la carne o el

pescado.

Desviando la mirada del bullicio, pronto se advierte el

abandono y la miseria. Eran las ocho de la noche, y Mustafa le

indicaba cada calle, cada desvío en busca del hotel.

Puede dividirse Fez, en tres ciudades bien diferenciadas, Fez el

Balí, la más antigua, construida en el siglo XI, Fez el Jedid del

siglo XIV, y la Fez europea, sin interés alguno.

Fez el Balí, es la ciudad antigua, lo que podemos ver, procede

del siglo XI, fundada poco después de la muerte del Profeta

Mahoma, luego fue destruida y vuelta a construir. En ella

podemos destacar, las tumbas Meridinas, una enorme puerta de

azulejos llamada Bab Boujeloud, que abre la ciudad por su

esquina suroccidental; también está el museo de arte marroquí

llamado Dar Batha, la mezquita mayor del norte de África

llamada Kairaouine. Fue la mayor hasta la inauguración por

Hassan II de la mezquita de Rabat.

Fez el Jedid, está ocupada en más del cincuenta por ciento, por

el Palacio Real, son interesantes, la puerta de la Plaza de los

Aluitas, el viejo Mechouar, donde se reúnen los cuenta-cuentos,

adivinos, músicos y acróbatas. También el barrio judío lleno de

antiguas joyerías que aún conservan su ancestral ambiente

sefardí.

Pasaron cerca del barrio de curtidores, el olor los alertó de la

presencia de los pozos; tienen un metro de profundidad, abiertos

21

en el suelo y enlucidos con cemento. Se utilizan para lavar las

pieles. Pudieron ver y oler las lamentables condiciones de vida de

sus operarios. Muy cerca de este barrio, está la plaza Seffarine en

cuyas proximidades se encuentra el barrio de los tintoreros.

Hay que tener en cuenta que Fez el Balí es complicado de

visitar sin un guía del lugar, tan difícil es encontrar algo en él,

como poder salir. Un viejo lugareño dijo a Juan, que este barrio

tiene cuarenta y dos kilómetros de callejas sin salida. En total, la

medina tiene trescientos barrios, cada uno con su mezquita sus

oficios y su escuela Coránica.

Eligieron un hotel céntrico, Hotel Cascades, desde las terrazas

de sus habitaciones puede verse el mar de tejados ocres de la

medina, Hotel de cuatro estrellas. No debemos confundirlas con

las categorías en Europa. Después de pasar por recepción y

formalizar la inscripción, fueron al comedor.

Cenaron de forma frugal, Juan se despidió de Mohatar y de

Mustafa, pasó por recepción y dio orden de que los llamasen a las

ocho de la mañana, necesitaba descansar. Había que tener en

cuenta que las ocho en Marruecos, eran las seis en España.

A las ocho y media Juan tomaba café en la cafetería del hotel,

tomó dos cafés esperando a sus acompañantes, luego tomaron

más café y algunos dulces ya los tres juntos; Juan pagó la cuenta

exigiendo factura a pesar de pagar con tarjeta.

Abandonaron la ciudad de Fez con rumbo a poniente, con

dirección a Meknes y a Rabat, dejaron atrás las terrosas murallas

ocres, que aún en ruinas, daban la sensación de proteger la

milenaria ciudad.

En Douyét, tomaron la carretera secundaria con dirección a

Kenitra, el paisaje era semidesértico, con escasa vegetación y

propio del clima continental.

22

A las nueve y media de la mañana, llegaron a Sidi-Kacen y

tomaron la desviación hacia Kenitra, a ocho kilómetros en

dirección a Sidi-Slimane, de nuevo la carretera transcurría entre

naranjos y otros árboles frutales. Se apreciaba el cambio de clima

debido a la mayor proximidad del océano Atlántico, salieron de la

carretera por un camino a la izquierda y se encontraron con una

gran edificación rural rodeada de naranjos, aquí les espera el

encargado, y de nuevo visita de inspección, y toma de datos que

Juan anotaba en su libreta de trabajo.

Retornaron a la carretera principal con dirección a Souk-el-Arba,

los frutales les acompañaron durante muchos kilómetros, poco

antes de llegar al Souk, entraron en otra finca donde repitieron la

inspección. Como en todos los casos tuvieron que hacer sonar el

claxon para avisar de su presencia y dar tiempo a que las

mujeres se ocultaran en el interior de las casas. El dueño los

invitó a tomar café bajo un magnifico porche de arcos árabes,

volado sobre el campo de naranjos.

Muy cordial, rayando en lo zalamero, el dueño de la finca quería

retenerles. No fue posible, el trabajo tenía sus exigencias.

Ni una mujer, por ninguna parte conseguía Juan ver una mujer,

como si se las hubiera tragado la tierra. Cuando llegan visitas, las

mujeres se retiran a estancias apartadas, no se pueden dejar ver.

Alguna vez tras alguna puerta se adivina más que se ve, el rostro

de alguna niña sonriente y curiosa.

Continuaron viaje, a las diez de la mañana, pasaron de largo

por Ksar-el-.Kebir, con dirección a Larache.

La visión del mar, confortó a Juan. Larache, está situada en un

acantilado sobre el Atlántico, ciudad amurallada con abundantes

recuerdos españoles, las formas de cultivo de sus campos, los

principales edificios de la ciudad, recuerdan cualquier ciudad del

23

sur de España; desde determinadas perspectivas y en

determinados lugares de la ciudad, podría el visitante creer que

se encuentra en España. La gran diferencia es la sensación de

abandono, todo a medio pintar, sucio.

En el centro de Larache, cerca de un bonito mirador con

barandilla de hierro y piedra, está “La Casa de España”, muy

cerca de este lugar, aparcaron el coche, luego fueron a tomar té

a una cafetería de la plaza de España, blanca y luminosa. Desde

ella, puede bajarse al puerto a través de las tortuosas y

empinadas calles del bario de pescadores.

Junto con el té. Tomaron unas tortas de pan integral, que

untaron con mantequilla de leche de vaca y con miel. Realmente

su trabajo había terminado; decidieron comer en Tetuán para

poder pasar a Ceuta a primeras horas de la tarde.

Propuso Mustafa comer en el restaurante de un amigo, llamaría

por teléfono y le tendrían preparado un Cus-Cus. Esta idea le

pareció muy bien a Juan, Mustafa se dirigió a la tele-boutique más

cercana y llamó a su amigo, mientras los demás terminaban el té.

Desde la carretera, podían ver la mar a la izquierda; el

majestuoso Atlántico, se dejaba ver de trecho en trecho. Grandes

llanos en tierras de secano por los que corría una carretera

estrecha y sin arcenes.

Las conversaciones en el coche se dirigieron a concretar los

planes de la tarde. Después de comer se separarían, Juan

continuaría para Ceuta, y Mohatar y Mustafa tomarían un taxi

para Melilla. Seguirían la ruta de Ketama, la más cercana pero la

más agreste y peligrosa, cruzarían la zona de plantaciones de

Cannabis que en esa fecha, aun seguirían en recolección.

A veinticinco kilómetros de Larache, tomaron el desvío de

Tetuán, a partir de aquí, la carretera aun se estrechaba más.

24

Jalonada de baldíos y plantaciones de almendros, se podía

percibir el alejamiento del mar. Las tierras se hacían más

ásperas, el secano lo invadía todo, el terreno se quebraba y se

tornaba árido.

Al llegar al cruce de la carretera general de Tánger a Tetuán, un

nuevo control de aduanas, este control solo tenía ojos para los

autobuses y taxis que procedían de Ceuta. A un coche español, y

en dirección a Ceuta, ni caso, buscaban el pequeño contrabando,

el contrabando de subsistencia familiar, para sacarles “la rasca”.

Era la una de la tarde cuando entraron en Tetuán dirigidos por

Mustafa, buscaron el centro de la ciudad, subieron por una

avenida paralela a la muralla, que rodea a la colina de Darsa,

sobre la que se asienta la ciudad. Pasaron bajo sus murallas en

ruinas y entraron en el centro de la ciudad moderna, atravesaron

la plaza “Primo”, o plaza de Mulay Mehdí, en la que se

encontraron la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria,

construida en 1.919 con su casa misión.

Pasaron frente a la calle Mohamed V, y luego callejearon por el

casco antiguo, frente al palacio Real, y la plaza Feddan, que está

dominada por la alcazaba. Junto a ella, había una zona de

reciente derribo, un solar que hacía las veces de aparcamiento,

cerca de él, una plaza, todo polvoriento, seco y sucio. Este

aparcamiento, estaba vigilado por un cojo, que muy

humildemente pidió unas monedas.

El cojo se alejó con su balanceo cadencial, en busca de otro

coche que aparcar y de otras monedas.

El restaurante estaba al lado del aparcamiento, tanto que

desde su salón, Juan podía ver el coche. Había una terraza en el

exterior, con mesas y sombrillas que se extendían sobre la plaza

y dominaban el aparcamiento. También estaban repletas de

25

polvo, tanto las mesas como las sillas; esto los decidió por el

interior, que aunque atiborrado de olores de cocina, al menos,

estaba algo más limpio.

Todo lo tenían preparado, les pusieron en el centro de la mesa

una fuente grande de Cus-Cus. La mesa la habían cubierto con un

hule de cuadros rojos y blancos.

Sobre la sémola, había en el Cus-Cus trozos de carne de

cordero, a esta carne en España la llamaríamos borrego. También

había zanahorias, nabos, calabaza, calabacín y algunas verduras

más, que habían cocido con la carne. Bajo la sémola, en una olla

preparada a tal efecto, con dos pisos que encajan, que se pueden

separar, que se comunican a través de los finos agujeros

practicados en el fondo de la superior, y que permite que la

sémola, no entre en contacto con el agua, si no que se cueza con

el vapor que desprenden las verduras y la carne. El vapor pasa al

segundo piso de esta olla, a través de los pequeños agujeros,

siendo realmente una vasija especifica para este guiso, suele

estar realizada en aluminio y es de gran tamaño.

Tuvo Mustafa que pedir unos platos, ya que en Marruecos

comen todos del centro, de la bandeja, cada uno de su zona y con

las manos, tanto la sémola como la carne y las verduras.

A Juan le trajeron además del plato, unos cubiertos, también

trajeron una marmita con el caldo para quien quisiera servirse.

Después del Cus-Cus, trajeron una bandeja con pescado frito

variado, lenguados, calamares, pijotas, huevas de merluza,

salmonetes, y algunos otros. Pensó Juan en lo adecuado que

hubiera sido un buen vino, pero no era el caso, solo agua, no

había de beber más que agua, refrescos de naranja, de limón o

de cola.

26

Un joven de aspecto algo harapiento, se acercó a Mustafa, le

susurró unas palabras al oído, que este escuchó con atención,

luego le hizo señas de que esperara.

-

Monsieur Juan, me dice el niño que tenemos una rueda

pinchada.

- ¡No me jodas!

Juan se asomó a la ventana, efectivamente, la rueda trasera

derecha estaba en el suelo, sin aire.

-

¡Bueno! Tendremos que cambiarla.

-

No Monsieur Juan, el muchacho la cambiará, mientras

terminamos de comer.

-

¿Él sabe como va este coche?

-

Claro, no se preocupe, dele las llaves y desde aquí lo

vigilamos.

Juan le dio las llaves y siguió comiendo, se asomaba de vez en

cuando, todo estaba bien, el muchacho lo manejaba todo con

destreza. Primero subió la suspensión a tope, luego puso el gato,

se notaba que no era la primera rueda que cambiaba en un

citroën. Juan se relajó, poco después llegó el muchacho de nuevo

a la mesa, habló a Mustafa y este le hizo un gesto afirmativo y le

dijo que se fuera.

-

Monsieur Juan, la rueda está cambiada, ahora va a

llevarla al taller para arreglar el pinchazo; no puede ir sin

repuesto, si volviera a pinchar sería desastroso, y ya sabe

como están aquí las carreteras.

Tomaban café y unos dulces cuando llegó el muchacho y les

entregó las llaves. Todo resuelto, Mustafa sacó un billete de

cincuenta Dirhams y se lo dio al muchacho, este se despidió

agradecido y sonriente.

27

Los tres se dirigieron al coche, Juan comprobó que todo estaba

en orden, efectivamente lo estaba. Se pusieron en marcha

dirigiéndose a la salida de Tetuán.

Mustafa y Mohatar se bajaron en la parada de taxis, de aquí en

adelante, Juan iría solo hacia Ceuta, y los dos musulmanes,

viajarían a Melilla por la ruta de Ketama. Se despidieron y

quedaron en verse dentro de algunos meses.

Las tres de la tarde. Las cinco en España, con algo de suerte

llegaría al puerto de Ceuta a las siete de España y a las once de

la noche podría estar en casa, cenando con su mujer. Un

escalofrío recorrió su cuerpo y le puso el vello de punta, quizás el

recuerdo de sus hijas, hacía todo este trabajo por ellas, siempre

buscando algo más, así era y así debía ser.

Pronto cruzó el “Rincón de Mdiq”, pueblo de pescadores, playa

al mediterráneo, llena de pateras preparadas para el contrabando

de “Hachis” o de personas, los pequeños botes de madera

tendidos al sol, sobre la arena de la playa, esperaban un flete,

decididas a cualquier cosa.

La playa de Rincón, es amplia, de aguas limpias, arena fina y

clara, salpicada por algunos sistemas dunares, que llegan hasta

“Cabo Negro”.

En Rincón, pudo ver la iglesia española que se encuentra

frente a la playa, todo aquello le olía a España, a su Andalucía

El puerto deportivo de “Marina Smir”casi europeo, bien situado

para determinados negocios, parecía aguardar su oportunidad

para despertar.

La carretera serpenteaba pegada a la playa, cruzó varios

controles que solo inspeccionaban vehículos públicos y algunos

coches privados marroquíes, a los aduaneros, solo les preocupa

cobrar esa especie de impuesto revolucionario por contrabando.

28

A cada kilómetro que se acercaba a la frontera, se hacía más

intenso el trafico, entró en “Castillejos” ciudad fronteriza. En ella

se podían ver los restos de antiguos cuarteles militares

españoles, ajados, decrépitos. El nombre de “Castillejos, le viene

de unas construcciones ruinosas, anteriores a la construcción de

la ciudad por parte de los españoles. Su nombre árabe es Fnideq,

que significa pequeña fonda, hay que tener en cuenta, que la

ciudad está junto a la desembocadura del río Fnideq.

El día uno de enero de 1.860, las tropas españolas mandadas

por el general O´Donnel libraron la batalla de Castillejos, la

primera gran batalla de la primera guerra de África.

En 1.911 se volvió a ocupar la zona por tropas españolas al

mando del general Alfau, esto fue al principio del “protectorado”.

Después de la independencia de Marruecos, en 1.956, la ciudad

se convirtió en lo que es actualmente, un centro comercial

transfronterizo, siendo la ciudad que distribuye el contrabando

procedente de Ceuta. Desde entonces su desarrollo es anárquico

y espectacular, con un crecimiento masivo y desordenado.

“Castillejos” es solo contrabando, se trafica con cualquier cosa,

miseria y más miseria.

La frontera del Tarajal, bulle de actividad, taxis cargados hasta

el infinito, personas con enormes paquetes, andando, en carros,

con carretillas de mano, cualquier artilugio es valido.

Cuando Juan llegó a la frontera marroquí, aparcó el coche, bajó

y buscó a uno de los muchos moros que andan repartiendo

octavillas, de las que hay que rellenar y entregar en el control de

pasaportes.

Le dijo al moro que tenía prisa, le dio su pasaporte y un billete

de cien Dirhams, en cinco minutos todo arreglado. El moro entró

por una puerta lateral a la oficina donde sellan los pasaportes,

29

compartió el billete con el funcionario, y el pasaporte fue sellado

sin esperar cola.

Juan incorporó su coche a la cola que lentamente iba superando

los diferentes controles y registros, a Juan no lo miraron, continuó

la cola hasta la frontera española, aquí solo enseñó el pasaporte

por la ventanilla, con lo que le dieron paso. En la zona española le

llamó la atención unos pasillos de fuerte tela metálica a modo de

largas jaulas, construidas con fuertes tubos y mallas, en los que

se intercalan puertas giratorias.

Estos largos pasillos estaban cerrados incluso por el techo, con

lo que Juan se preguntó lo que sucedería en caso de un tumulto,

de peleas o cargas policiales, aquello se convertiría en una

trampa mortal.

La playa quedaba atrás por su derecha, mientras que la

carretera corría paralela y elevada sobre ella. A la izquierda

aparecían los primeros barrios de la ciudad, arriba, encima del

cerro, el barrio del “Príncipe”, barrio de mayoría musulmana y

pobre.

Más adelante, cruza la carretera el antiguo foso, que en otros

tiempos defendía la ciudadela, tras pasar sobre él, entró Juan en

el centro histórico, giró a la izquierda y ante él, apareció el puerto

y la estación marítima.

Aparcó el coche y fue a comprar el pasaje, le dijeron en la

ventanilla que si se daba prisa, aun podría coger el barco de las

siete y media. Juan regresó al coche, lo puso en marcha y se

incorporó a la cola de embarque.

Juan entró en la bodega del catamarán, aparcó su coche donde

le indicaron los operarios de Trasmediterránea y subió a la planta

alta del “buque rápido”. En menos de una hora, estarían en

Algeciras.

30

El barco estaba lleno de personajes pintorescos, se sentó en la

barra de la cafetería y pidió una cerveza, la bebió mientras

observaba con atención a algunos de los viajeros. Muchos,

cargados con enormes paquetes, señoras enormes tiraban de

cargas que hubieran asustado a un mulo; bolsas negras de

plástico, otras con asas y a cuadros blancos y azules. Un grupo de

mujeres jóvenes, todas musulmanas, llenaban la estancia de

gritos, todas vestidas como de uniforme, y sin duda todas ellas

trabajadoras de alguna güisquería en España.

Solo la estela ancha y blanca, quedaba por la popa, le

recordaba los trazos de tiza sobre el encerado que hacía don

Pablo, su profesor de gramática. La mar estaba negra como aquel

encerado de su colegio. En el horizonte comenzaban a verse

parpadeantes, las luces de Gibraltar, todas como en un

montoncito, y a su izquierda otras luces en una fina línea sobre el

horizonte, aparecieron tímidas entre la bruma, era Algeciras, su

destino.

El Ferry giró a babor, dejando por popa Gibraltar, maniobraba

para entrar en el puerto, su marcha se hizo lenta; cruzaba entre

barcos, grúas, contenedores, todo quedaba atrás, el Catamarán

buscaba su atraque.

Juan bajó a la bodega para subir a su coche y salir cuanto antes

del puerto, en dos horas estaría sentado en su patio, cenando,

rodeado del bullicio de sus hijas y servido por el cariño de su

mujer, lo deseaba.

Terminada la maniobra de atraque, se abrió la compuerta del

barco, el enorme portón se transforma en una rampa para la

salida de los vehículos, Juan siguió la cola de salida hacia los

controles de aduanas, en ellos eligió la cola más corta, la de la

derecha; se dirigió a él un Guardia Civil con un perro.

31

-

Buenas noches, ¿algo que declarar?

-

Nada.

El perro pegó un tirón de la correa que lo sujetaba y se dirigió a

la parte trasera del coche, olisqueó bajo el maletero y comenzó a

ladrar primero y a excitarse después. Mordía el animal la rueda

de repuesto. En el maletero solo estaba su pequeña maleta; la

bajaron y se la pusieron en el suelo al perro, pero este no le hizo

ni caso, seguía con la rueda de repuesto.

-

En la rueda de repuesto. ¡Trae un peso!

El guardia se puso manos a la obra y extrajo la rueda por el

exterior, desenroscando el tornillo que la sujetaba. Luego pesaron

la rueda.

-

Lleva por lo menos quince kilos.

Juan estaba perplejo, le comunicaron que estaba detenido, que

los acompañara a las dependencias de aduanas. Desmontaron

delante de él la rueda y comenzaron a salir pastillas de “Hachis”.

Juan no podía ni hablar, no le salían las palabras, no sabía que

hacer ni decir, permanecía sentado, sudando.

Le leyeron sus derechos, pesaron la droga delante de él, quince

kilos y doscientos gramos. Los guardias estaban atareados

rellenando papeles, tomaban datos de su documentación y le

hacían preguntas que Juan no sabía responder. En ese momento

era incapaz de decir su nombre, se equivocó incluso en su

dirección.

Le comunicaron que antes de media hora, y antes de declarar,

estaría con él un abogado de oficio. También le dijeron que podía

hacer una llamada.

Juan llamó a su casa, en realidad el que llamó fue el sargento;

hablo con su mujer y le comunicó que la Guardia Civil había

32

encontrado algo escondido en su coche, que Juan estaba bien,

pero que quedaría detenido y por lo tanto no podría ir esta noche

a su casa.

Le retiraron el cinturón, los cordones de los zapatos, y todo

objeto metálico, también le quitaron veinte mil pesetas en

billetes, alegaron que eran producto de la droga. Solo le dejaron

las monedas, y lo introdujeron en una celda.

En la celda vecina, gritos, palabrotas, insultos.

-

Sácame otra vez, quiero cagar.

-

Escúchame, no me hagas perder el tiempo, ¿tienes ganas

de verdad? Hasta que lo eches todo no sales de aquí, ¿te

traigo otro café? – Preguntó el guardia

-

No quiero más café, déjame cagar, ya queda poco.

Unos entraban y otros salían, a Juan la cabeza le daba vueltas,

no era capaz de ver la realidad, le parecía estar soñando; varias

veces llegó a pensarlo.

-

Ha llegado su abogado.

Le dijo un guardia mientras le abría la celda, y le conducía a

una pequeña sala interior, luego los guardias los dejaron solos.

-

Me dicen que es usted Ingeniero.

-

Sí señor.

-

Me llamo José María, dígame como y porqué se le ha

ocurrido esto.

-

A mí no se me ha ocurrido nada, esto me lo han puesto.

-

¿Quién se lo ha puesto?

-

Ni idea, no se me ocurre nada.

33

El abogado revisaba los documentos de Juan que había sobre la

mesa, tomó una tarjeta de visita, de las que había entre la

documentación.

-

¿Me la puedo quedar? Para los teléfonos de la casa y de la

oficina.

-

Claro.

-

Bien, esta noche poco podemos hacer, ahora lo llevaran a

la Comandancia, estará mejor que aquí, y mañana pasará

ante el Juez. Debe mantener esa historia que me ha

contado, no declare nada, acójase a su derecho

constitucional y niéguese a declarar hasta que esté ante

el Juez; entonces intente añadirle algún detalle, lo

intentaré sacar bajo fianza. Hasta mañana Juan.

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