1972 por H - muestra HTML

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1972

Cuando Ernesto salió de su casa ese lunes por la mañana, no se imaginó que lo que había soñado varias noches atrás, iba a convertirse en realidad. Valeria lo acompañó durante todo el día; habían preparado cuidadosamente las pocas maletas necesarias, habían comido a las horas que acostumbraban y hasta pudieron salirse de la rutina, cuando se detuvieron en una calle concurrida a media tarde y juntos tomaron un café, mientras repasaban los detalles más pequeños para no dejar nada olvidado.

-Acordáte que estamos en junio, y hace un frío horrible. Ya tenés los papeles listos y te aseguraron que esos funcionan, ya varios amigos tuyos se han ido de esa forma, no tenés porque preocuparte- le dijo Valeria, mientras agitaba ansiosamente la pequeña cuchara de plata dentro de su taza de café.

-Yo no estoy preocupado- respondió Ernesto, mirándola como si viera una vieja foto y no apreciara más que un recuerdo lejano con nostalgia. -Es más bien un trámite lo que debo hacer, -continuó diciéndole- y no una travesía fuera de este mundo. Vos tenés que estar tranquila, es a mí a quien buscan en todo caso, y eso no es seguro, según nos dijo Alberto es posible que ni siquiera me vinculen con alguno de esos grupos insurgentes que se acaban de formar-.

-Pero estas vinculado y esa información no sabes si ellos la tengan o no, por eso te digo que vayas con cuidado, no podría imaginar despertar una mañana y no tenerte cerca- respondió Valeria, agitando más fuertemente la pequeña cuchara y derramando unas cuantas gotas de café sobre la servilleta a su derecha. Ernesto la vio y en ese momento se sintió tranquilo pero se llenó de las mismas dudas que Valeria tenía respecto a todo el plan que venían urdiendo juntos desde hacía varias semanas atrás.

El plan era simple, tomar de noche la calle menos transitada de la ciudad y embarcarse en un pequeño vagón que transportaba leña y piedras. El vagón salía puntualmente todos los lunes a las diez de la noche y pasaba por un pequeño pueblo vecino del cual no se sabía mucho. Era un pueblo tan pequeño y olvidado, que lo llegaron a dejar fuera del mapa varias veces todos los cartógrafos europeos que habían venido a promover la civilización en las Américas, muchos años atrás.

Horas más tarde, cuando el sol ya se había ocultado, Ernesto tomó las pocas cosas que necesitaba, algunas cuantas precauciones extra y la contraseña que tenía que entregar una vez llegado a su destino; se despidió de Valeria dejándole un sobre cerrado con la única instrucción de que lo abriera hasta el día siguiente y se dirigió hacia la pequeña estación de tren, antigua y maltrecha, que servía ahora únicamente para transportar mercancías.

Al salir de su apartamento, en la zona norte de la ciudad, sintió un frío que acompañaba a la noche que se posaba ya enteramente sobre la ciudad y decidió recortar el camino por entre un pequeño parque oscuro, que pensó lo cubriría de cualquier seguidor no deseado. No le había contado a Valeria, para no preocuparla más, que desde hace algunos días había empezado a oír voces y a ver sombras fantasmales que lo perseguían; veía vehículos estacionados con pilotos sin rostro que se detenían por donde el pasaba y extraños que dejaban de conversar cuando él volteaba a verlos. No parecía entonces una idea acertada el haber recortado por ese parque oscuro, en donde las sombras eran indetectables, y solo podía suponer que lo seguían, de cerca o de lejos, mediante cualquier sonido extraño que advirtiera, pero en su momento parecía una buena idea. Avanzó sigilosa pero rápidamente y se detuvo frente a un claro en medio del parque. En ese claro no había árboles ni sombras y lo único que Ernesto podía divisar era el reflejo de la luz de la luna sobre el césped cubierto del rocío fuerte de junio. Dio un paso y se refugió en el tronco de un árbol y de pronto oyó un sonido estruendoso, similar al de una rama gruesa quebrándose bajo el peso inmenso de cientos de hombres; subió la mirada y se separó del mundo que lo rodeaba, absorto contempló una hoja grande y marrón cayendo desde la copa del árbol más alto que tenía enfrente. No importaban ya los sonidos a su alrededor, porque a él le parecieron eternos los segundos en los que la hoja descendía mecida por el viento y se paseaba por entre el claro, dibujando patrones circulares que hacían infinita su caída. En todo momento la hoja parecía caer hacia su dirección. Entonces pensó en Valeria.

Despertó y era martes; el vagón había llegado al pueblo y entonces descendió sin ser visto por nadie. Ese martes tenía un aire severo que lo hacía parecer un domingo de misa, como los que guardaban con celo estoico las ancianas del pueblo. Los más viejos parecían acariciar con cuidado a la muerte y los jóvenes la buscaban imprudentemente, sabiendo que no se la iban a topar ni en esta esquina ni en la siguiente. Era tanto el olvido que recaía sobre aquel viejo pueblo que la muerte lo pasaba por alto. Parecía un buen refugio y una casualidad enorme haberse encontrado en aquel lugar mágicamente aislado. Las personas se escondían del frío, encontrándose unas a otras en los lugares menos esperados, junto a algún fuego a orillas de una casa en ruinas o en una cama repleta de sábanas viejas e historias de amor tan inmortales como escurridizas.

Cada paso que daba le hacía sentir más frío y de súbito una extraña familiaridad con el entorno se iba apoderando de él. Buscó entonces la pequeña casa con una puerta de hierro negra, cubierta por unas maderas viejas de color gris, que servía de refugio a insurgentes en fuga y personas sin otro lugar en el cuál esconderse. Tenía que pasar unos cuantos meses allí, refugiándose, hasta que pudiera salir del país y embarcarse a otro más amigable. La idea del exilio no le atormentaba, porque para él era el mejor precio que podía pagar por la lucha que había decidido llevar. El otro precio sería la muerte y ese aún sonaba mejor a tener que renunciar a sus ideales.

Un instante de lucidez le ayudó a divisar a lo lejos una luz tenue pero viva, que se mecía con el viento y bailaba frente a sus ojos. Vio la puerta negra y las maderas grises y la señal inequívoca de que por ahí solo estaban invitados aquellos a quienes no se esperaba. Por un momento se sintió tranquilo porque desde que bajó del vagón no había oído ninguna otra señal de voces fugaces, ni sombras escurridizas. Apresuró el paso y el sonido de sus pisadas contra el suelo de piedra hicieron resonar un eco que rompía con el silencio circundante, eso a él le parecía mucho más reconfortante que no escuchar ni un solo sonido a su alrededor, en ese pueblo que parecía haber visto antes pero que no reconocía.

Ernesto sabía que no estaba llegando atrasado, pero su reloj marcaba aún las nueve y diez, justo como lo vio por última vez en el claro antes de quedarse perdido por la extraña visión de la hoja cayendo sobre él. Aún así, él sentía que tenía tiempo de sobra, todo parecía estar en orden, corría un extraño aire otoñal por las calles, navegando por entre los árboles y atravesaba su grueso abrigo. A medida que iba avanzando empezó a oír pasos que no le pertenecían y a sentir que el sol reflejaba sombras que solo él podía ver. Se detuvo en una esquina y se refugió bajo el dintel de una puerta grande de madera, desde donde podía divisar fácilmente el lugar que lo iba a refugiar; metió su mano derecha dentro de su abrigo y sacó un cigarro que encendió con todas las precauciones necesarias. Con cada bocanada de humo buscaba encontrar el valor necesario para avanzar los últimos metros que lo separaban del peligro y la incertidumbre de no saber si estaba por fin a salvo o no.

Destrozó la colilla del cigarro contra la pared y caminó de prisa hasta llegar a la puerta, los segundos se le hacían eternos, pero logró llegar y la abrió con empujón firme, entró y se encerró. Un cuarto cubierto de polvo y en penumbras era lo que tenía enfrente. Cerró los ojos y respiró un aire distinto, liviano y fresco. Las tablas de madera que formaban las paredes dejaban espacio suficiente para que se colaran hilos de luz provenientes del exterior. No había nadie dentro y Ernesto no encontró ninguna señal de que alguien le estuviera esperando, pero se sintió aliviado, como no se había sentido desde que estuvo tomando el café junto a Valeria la tarde anterior.

Lo único que podía hacer ahora era acomodar los pequeños restos que llevaba de su vida previa y descansar. Sacó de su abrigo la contraseña y la dejó sobre una mesa de madera pálida que tenía cerca. A pesar de haber llegado recientemente al pueblo, Ernesto sentía un cansancio que se apoderaba de cada rincón de su cuerpo, así que se acomodó en un pequeño sofá que encontró a medio cuarto y se recostó. Soñó con Valeria. La vio en su habitación leyendo la carta que le había dejado y sintió un frío que le subía por los brazos y le abrazaba el pecho, recordó entonces lo que había soñado varias noches atrás. La pequeña carta que le había dejado a Valeria detallaba ese mismo sueño, ella la leyó desesperadamente esa misma noche y repasó una y otra vez esas pocas líneas, que parecían ser una despedida y una premonición: “Soñé con una hoja que caía por entre los árboles verdes del jardín botánico. Hace tanto que no iba al jardín botánico. Nunca vi que esa hoja tocará el suelo y un viento ajeno a la época la mantenía nadando por entre las ramas, alejada del suelo. El cielo pintaba un azul fuerte y vivo, pero de un instante a otro cambió el color. Un rojo intenso que se transformó en un negro denso cubrió el cielo. Estaba recostado sobre la grama húmeda y sentía un ardor que venía de mi pecho y avanzaba por todo mi cuerpo. Las voces y las sombras que tenía tanto tiempo escuchando se hicieron presentes al fin, eran cuerpos sin rostro y voces que no entendía, se acercaron a mí y entonces entendí que estaban felices de haber podido atraparme y terminar con mi vida al fin. Tenía el rostro mojado y estando ahí, recostado sobre el césped del jardín botánico, no hacía más que recordarte.”

Ernesto quería despertar y darse cuenta de que estaba aún recostado en el sofá de aquel pueblo extraño y privado de vida, esperando refugiarse en algún futuro en cualquier lugar paradisiaco, aferrándose a la esperanza que le había dado fuerza para escapar la noche anterior. Volvió a encontrarse en el cuarto de Valeria y la vio sentada llorando sobre un pedazo de papel. Cerró los ojos y se despertó.

Sintió sobre su rostro el tacto de miles de gotas de lluvia subiendo y observó la misma hoja marrón deslizándose hacia él. El cielo negro cubría el parque y la luna se reflejaba únicamente en el claro que tenía enfrente. Entendió entonces la similitud casi exacta del sonido de una rama gruesa rompiéndose bajo un peso inmenso y el del cañón de un arma húmeda y vieja disparando de lejos.

Ernesto deslizó su brazo hasta su pecho y sintió el calor de su vida escaparse. Entre su abrigo y su camisa estaba la contraseña envuelta aún en su intacto forro negro y volvió a pensar en Valeria; su reloj marcaba las nueve y diez.

 

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