A la Mañana por Miriam - muestra HTML

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Mira Lyn Sperl. Todos los derechos reservados.

A LA MAÑANA SIGUIENTE, Nº 1999 - octubre 2013

Título original: Waking Up Married

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o

parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin

Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con

alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Julia son marcas registradas por

Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus

filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas

en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3835-2

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

Obligado a escuchar las arcadas que resonaban en el elegante cuarto de

baño con suelos y paredes de mármol, Connor Reed maldijo en silencio a

su conciencia.

Aunque se le estuviese revolviendo el estómago y le doliese la cabeza,

no podía dejarla sola. Apartó la vista del espejo, que reflejaba su rostro

algo amarillento, cerró el grifo, y escurrió la toallita que había empapado.

—Eh, preciosa —llamó a la pobre criatura que estaba de rodillas junto al

inodoro—. ¿Te encuentras un poco mejor?

La joven levantó la cabeza y bajo el revuelto cabello rubio sus ojos lo

miraron antes de tomar la toallita empapada que le estaba tendiendo.

—Carter...

—Connor —la corrigió él, reprimiendo una sonrisa a pesar de lo irritado

que estaba consigo mismo.

Ella apenas tuvo tiempo de decir «Necesitamos un abogado» antes de

que le sobreviniera una nueva arcada.

Una visita a un abogado no era la mejor manera de empezar una luna de

miel, pero aquella tampoco era una situación normal. Habían pasado varios

minutos desde que el cálido cuerpo acurrucado en la cama junto a él

emitiera un gemido, no precisamente de placer, y saliera corriendo al baño,

pero no acababa de encajar los borrosos recuerdos de la noche anterior.

Sin embargo, a juzgar por el anillo en su dedo y el anillo en el de ella,

aquello era una pesadilla hecha realidad.

—Cada cosa a su tiempo, nena. Cuando te encuentres mejor ya nos

preocuparemos de eso.

Ella asintió antes de vomitar de nuevo.

Dios... ¡menudo desastre!, pensó Connor masajeándose la nuca con la

mano mientras miraba a su «esposa» de arriba abajo.

Doce horas atrás su sonrisa y la frescura de su belleza lo habían

cautivado y, aunque en ese momento la pobre estaba hecha un desastre,

acudieron a su mente recuerdos fragmentados de la noche anterior. Una

chica normal y corriente que parecía haber escogido esa noche para

soltarse el pelo; le había parecido que podrían divertirse un poco.

Lo que no acababa de entender era cómo había acabado echándosela al

hombro, con ella riéndose y diciéndole que estaba loco, y la había llevado a

una de esas capillas por las que era famosa Las Vegas, y se había casado

con ella. Había tomado unas cuantas copas de más, sí, pero...

Megan se giró en ese momento, y Connor bajó la vista a la ceñida

camiseta fucsia que llevaba, la misma que había llevado la noche anterior,

cuando se había chocado con ella. Estampado en blanco y con letras bien

grandes la camiseta decía: QUIERO UN HIJO TUYO. Eso era lo que había

llamado su atención.

Megan alzó la vista vacilante hacia Carter... Connor, que tenía el ceño

fruncido, volvió a bajarla para mirar el anillo de diamantes en su dedo... y

volvió a vomitar en la taza del inodoro.

¡Se había casado con un extraño! ¡Y se había acostado con él! Y lo único

que recordaba de su «noche de bodas» era el peso de él sobre ella y su

frustración intentando desanudarle la corbata mientras se desvestían el uno

al otro.

Y allí estaba, de rodillas en el cuarto de baño de una suite de hotel,

echando hasta la última papilla, con aquel hombre de espectador. ¿Podía

haber una situación más humillante? Le había dicho que la dejara sola,

pero se había quedado para asegurarse de que estaba bien, como si sintiese

que tenía que interpretar el papel de buen marido.

Aquel pensamiento casi la habría hecho reír si no fuera porque aquello

no tenía ni pizca de gracia, y porque no podía dejar de vomitar.

—Ya no puede quedarte mucho dentro —dijo él a sus espaldas.

—Yo diría que no queda nada —gimió ella—; ahora solo he echado

líquido. Imagino que será la forma de protestar de mi estómago.

—Bueno, desde luego está dejando bien claro que está molesto.

Aquel toque de humor hizo que Megan volviera a mirarlo. Era alto, y no

porque ella estuviera arrodillada en el suelo. Y estaba fuerte, como los

músculos del pecho, el abdomen, los hombros, los brazos y las piernas bien

definidos, pero sin parecer un toro inflado, como un culturista. En

cualquier caso, estaba en forma, de eso no había duda. Y encima tenía esa

clase de belleza clásica, de nariz recta, pómulos elevados y, en conjunto,

unas facciones tan atractivas que de pronto se encontró preguntándose

cuánto tiempo llevaba mirándolo... arrodillada junto al inodoro en el que

había estado vomitando.

No, aquello difícilmente podría ser más humillante. Pero daba igual.

Aquel tipo con su cara de Adonis no entraba en sus planes. ¿Y qué si era

guapo, o tenía sentido del humor, o que se hubiese casado con él?

El orgullo la hizo levantarse del suelo, aunque con cierta torpeza porque

estaba deshidratada de tanto vomitar y porque llevaba demasiado rato

arrodillada. Las piernas no le respondían como debían, y sintió que las

rodillas le cedían antes de que dos fuertes manos la agarrasen por debajo

de los brazos, sujetándola para que no se cayese.

—Gracias —murmuró azorada cuando hubo recobrado el equilibrio.

—No hay de qué —respondió él, y tras una pausa añadió—: Supongo

que es una de las ventajas de tener un marido cerca.

Ella asintió. Estaba exhausta y abrumada por la situación, y aunque

tenían que hablar no se sentía preparada para hablar de lo ocurrido la noche

anterior, de los tramites que tendrían que hacer para conseguir la anulación

de su matrimonio.

Antes necesitaba darse una ducha, enjuagarse la boca y lavarse los

dientes. Y cambiarse de ropa, pensó bajando la vista a su camiseta.

Luego, por seguirle la broma, respondió:

—Sabía que había alguna razón por la que me había casado.

La suave risa de él hizo que girara la cabeza para mirarlo y, al ver la

sonrisa en sus labios, dejó de ser el extraño junto al que se había

despertado esa mañana para transformarse en el hombre con el que tenía el

vago recuerdo de haber compartido la cama la noche anterior.

¡Ay, Dios...! ¡En menudo lío se había metido! Lo único en lo que podía

pensar era en que tenía que conseguir, y cuanto antes, salir de él.

Capítulo 2

Doce horas antes...

—¡Oh, venga ya! Estamos hablando de inseminación artificial —dijo

Tina parpadeando con incredulidad—. Eso hace que se pierda toda la

diversión.

Megan Scott apuró su martini y se echó hacia atrás en el mullido sofá de

cuero del casino. Mientras consideraba tomarse otra copa ignoró como

pudo la discusión de las otras dos damas de honor.

Parecía que les era indiferente que fuera de ella de quien estaban

hablando, y de que ya hubiese tomado una decisión.

—La diversión viene nueve meses después —replicó Jodie—: una

personita con su pijamita, su gorrito de lana y su chupete. Y sin ninguno de

los «efectos secundarios» indeseados que tendría tu plan.

El «plan» de Tina, si Megan no lo había entendido mal, giraba en torno a

la camiseta que había doblada sobre la mesita baja entre ellas. Una

camiseta rosa fucsia que tenía escrito: QUIERO UN HIJO TUYO.

—Porque, a ver, hablando en serio —continuó Jodie—: imaginemos que

Megan se la pone. ¿Quién te dice que el primer tipo que la aborde, atraído

por esa camiseta tuya, no tenga el virus del Ébola o algo peor? Es una

locura practicar el sexo con un desconocido y sin preservativo y estás

intentando convencer a Megan de que lo haga.

Megan levantó de nuevo su vaso, lo puso boca abajo, y observó cómo se

deslizaba hasta el borde la última gota de martini. La atrapó con la lengua

y rogó por que la camarera lo interpretase como un ruego desesperado de

que necesitaba otra copa. Y pronto.

—Eres una puritana; es patético —le contestó Tina.

—Lo que soy es una dama y por eso no voy a decir lo que eres tú —le

espetó Jodie.

—Chicas, por favor —intervino Megan antes de que llegara la sangre al

río—. Agradezco que os preocupéis por mí, pero no quiero que discutáis.

No era verdad que lo agradeciese. Habría preferido parecerles tan sosa

que no hubiesen sido capaces de recordar su nombre en todo el fin de

semana y que la hubiesen ignorado durante toda la cena. Pero como su

madre era incapaz de guardar un secreto, toda la familia se había enterado

de que iba a someterse a una inseminación artificial dentro de dos meses,

y, al llegar a Las Vegas para la boda de su prima Gail, se había encontrado

con una tempestad de opiniones encontradas con respecto a su decisión.

—Tina, me encanta, de verdad que me encanta esta camiseta, pero donde

va a ir es a mi baúl de los recuerdos. Y Jodie, agradezco tu apoyo, pero...

Jodie levantó una mano para interrumpirla.

—En realidad no es que apoye lo que has decidido hacer; pienso que

deberías esperar a encontrar un marido, como el resto de nosotras.

Los recuerdos de los dos años que había estado saliendo con Barry

asaltaron a Megan, y sintió que el remolino de emociones descarnadas,

vergüenza, ira, frustración, impotencia, amenazaba con absorberla. No

podía dejar que eso ocurriera.

Las palabras de Barry acudieron a su mente: «Megan, te juro que yo

mismo no podía imaginar que esto fuera a pasar. De repente me di cuenta

de que seguía enamorado de ella».

No iba a volver a darle vueltas otra vez a eso, no iba a perder ni un

segundo más de su vida desperdiciando un solo pensamiento en el hombre

que se había marchado a una conferencia hablando de formar una familia

con ella y había vuelto casado con otra.

Se irguió y tomó las riendas de sus pensamientos. No necesitaba a Barry.

No necesitaba a ningún hombre para tener el hijo que siempre había

deseado. Bueno, solo necesitaba a uno que hubiese pasado cinco minutos a

solas con un vaso de plástico en un banco de semen.

Jodie suspiró y le dijo:

—Criar a un hijo es algo muy especial, pero, si esperas a que aparezca tu

príncipe azul, tendrás a alguien con quien compartirlo, y será aún más

dulce.

—Bueno, en realidad... —comenzó a responder Megan, pero Jodie no

había terminado.

—Tú y toda la gente como tú sois el problema que tiene nuestra

sociedad. La vida no es obtener lo que quieres en el instante en el que tú

quieres; hay cosas por las que merece la pena esperar. Pero dicho eso, entre

acostarte con un extraño que podría tener algo contagioso y lo de la

inseminación artificial, respaldo lo segundo.

Megan sintió que le ardían las mejillas de ira, pero pensó en su prima

Gail, y en cómo se sentiría si sus tres damas de honor se pusieran a tirarse

de los pelos y se mordió la lengua.

—Ya veo. Bueno, pues gracias por... por darme tu opinión al respecto.

A Tina se le escapó la risa por la nariz y Megan estiró el cuello,

intentando avistar a la camarera. Sin embargo, lo que captó su atención fue

el hombre que pasó por delante de su mesa en ese momento con una mano

levantada, como saludando a alguien.

Era alto, moreno, y guapo en el sentido más tradicional de la palabra:

anchos hombros, atlético... La simetría de sus facciones era tan perfecta

que habría sido un rostro casi anodino de no ser por la boca.

Tenía una sonrisa seductora de truhán, de esas en las que solo la mitad

de la boca se molesta en sonreír. Era la clase de sonrisa que hacía que una

mujer perdiese el norte intentando desentrañar los misterios que escondía.

Pero Megan ya estaba escarmentada, y apartó la vista de la mesa en la

que el tipo se sentó con un amigo, o socio, o lo que fuera, y giró de nuevo

la cabeza hacia Tina y Jodie... que estaban mirándola fijamente.

Tina se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

—¿Buscando un espécimen con los genes apropiados para que haga de

donante, Megan? —le preguntó con una sonrisa burlona y una ceja

enarcada—. Ese que ha pasado, ¿te parece que podría dar la talla?

Jodie entornó los ojos.

—El traje que lleva le queda demasiado bien; tiene que ser hecho a

medida —murmuró—. Y mirad ese reloj, y los gemelos... Ese tipo es un

buen partido, está claro. Megan, deprisa, cruza las piernas y súbete un poco

la falda del vestido para enseñar muslo. Tina, haz que mire hacia aquí.

Megan abrió la boca para protestar, pero Tina era una mujer de acción y

no se hizo de rogar.

—¡Vaya, Megan! —exclamó—. ¡Sabía que eras gimnasta, pero no tenía

ni idea de que alguien pudiera hacer eso con las piernas! —luego esbozó

una sonrisa insolente y se cruzó de brazos, echándose hacia atrás en su

asiento—. No hace falta que me des las gracias.

Jodie y ella se echaron a reír, y Megan se puso roja como una amapola y

bajó la vista a la mesa deseando que se la tragara la tierra, o que su vaso

vacío se rellenase solo por arte de magia.

—Puede que ahora no lo veas así, pero estás mejor sin ella.

Irritado, Connor Reed se irguió en su asiento y removió el whisky con

hielo de su vaso con un giro de muñeca mientras escuchaba a su mejor

amigo, Jeff Norton, al que conocía desde hacía años.

—Ya. Intentaré recordármelo.

—Caro y tú llevabais casi un año juntos; es normal que estés dolido.

¿Dolido? Connor apretó la mandíbula. Aquello no era lo que había

esperado cuando Jeff lo había convencido de ir a Las Vegas esa noche para

que se olvidara de todo.

—Sería un golpe al ego de cualquier hombre —continuó Jeff—, y con un

ego como el tuyo...

Connor resopló molesto.

—Si vamos a hablar de egos, tú tampoco te quedas corto.

—Sí, bueno, de acuerdo. Lo único que estoy diciendo es que hace dos

semanas estabas dispuesto a casarte con ella, así que no me creo que el

hecho de que te haya dejado te dé igual, como intentas hacer ver.

Connor sonrió.

—Estoy bien, Jeff, en serio. Caro era una chica estupenda, pero cuando

me dijo lo que tenía que decirme... me sentí más aliviado que otra cosa.

Por el gruñido que soltó Jeff era evidente que no se lo tragaba. Y, bueno,

hasta cierto punto podía ser que tuviera razón, pero no en el sentido que

imaginaba.

No estaba destrozado porque se hubiese acabado su relación. No podía

estarlo porque no había dejado que su corazón pasara a ser parte de la

ecuación. Podía parecer cruel, pero era la verdad. Y era algo que Caro

había entendido desde el principio.

Lo del amor no iba con él. Conocía demasiado bien lo destructivo que

podía llegar a ser, porque lo había experimentado en sus propias carnes.

Lo que él quería era formar una familia. La clase de familia de la que él

no había podido formar parte, aunque era lo que siempre había deseado. La

clase de familia de la que su padre no le había considerado digno de formar

parte porque era un hijo bastardo.

Había muchas cosas sin las que había pasado en su infancia, cosas que se

había volcado en conseguir ya de adulto: dinero, respeto, su propia casa... y

el próspero negocio que dirigía con mano férrea.

Sin embargo, para formar una familia necesitaba una compañera. Creía

haberla encontrado en Caro, que tenía estudios, pertenecía a una buena

familia, era una mujer con la cabeza en su sitio y no tenía esa dependencia

emocional que mostraban otras mujeres. Parecía la elección perfecta. O eso

había pensado hasta el día en que, cuando estaban comiendo, había doblado

su servilleta, la había dejado junto al plato, y le había dicho sin alterarse

que quería un matrimonio basado en algo más que lo que había entre ellos.

Había pensado que podría conformarse con lo que él le ofrecía, pero se

había dado cuenta de que no.

Él lo había aceptado. La honraba que hubiese tenido el buen juicio de

decírselo a tiempo, antes de que pronunciaran sus votos.

De modo que no, no le había roto el corazón. ¿Que si estaba

decepcionado? Pues sí. Pero se sentía inmensamente aliviado de no haberse

casado con ella.

—Creo que te sientes solo, que estás triste —continuó diciendo Jeff.

Connor apuró su copa y notó como el alcohol le quemaba la garganta y

ese calor descendía hacia su estómago. Necesitaba otra copa.

—Recuerda que hay otros peces en el mar —añadió Jeff.

¿Dónde estaría la camarera?

—Como las tres chicas de esa mesa, sin ir más lejos. ¿No las has oído?

Parece que una de ella es una gimnasta. Seguro que es muy flexible en la

cama —dijo Jeff con una sonrisa lobuna.

Connor enarcó una ceja y giró un poco la cabeza.

—¿Cuál de ellas?

Connor se rio.

—No lo sé; lo he dicho para asegurarme de que estabas escuchándome.

Me preocupo por ti, tío.

Connor lo sabía. La amistad de Jeff había sido la única constante en su

vida desde el día en que había dejado atrás la pobreza entre la que se había

criado y había sido enviado al internado más exclusivo de la costa este a

los trece años. El ser un hijo ilegítimo lo había convertido en un chiquillo

resentido, y Jeff había tenido la mala suerte de que le tocara como

compañero de cuarto. No le había dado muchos motivos para caerle bien,

pero por alguna razón le había caído bien, y se habían hecho amigos.

—Lo sé —dijo esbozando una sonrisa—. Bueno, ¿dónde está esa

gimnasta?

Dos rondas y unos cuarenta minutos después, Connor se había quedado

solo en la mesa porque Jeff, que había estado flirteando con la camarera,

había acabado desapareciendo con ella.

Se sacó la cartera del bolsillo, dejó unos cuantos billetes en la mesa y

puso su vaso vacío encima. Todavía quedaba mucha noche por delante, y

no tenía ganas de volver a casa. Podría ir a una de las mesas en las que

estaban jugando a las cartas, o comer algo, o buscar compañía. O no.

Estaba de lo más apático y...

—Disculpe.

Connor alzó la vista, pensando que sería una camarera que se había

acercado a recoger y limpiar su mesa, pero en vez de eso se encontró con la

rubia que estaba con dos amigas en otra mesa, la que Jeff creía que era

gimnasta. A juzgar por su estatura y la curvilínea figura enfundada en

vestido corto azul oscuro, no parecía una gimnasta. No estaba nada mal.

—Hola —la saludó—. ¿Puedo hacer algo por ti?

La rubia, de grandes ojos azules, sonrió vergonzosa.

—Verás, me he dado cuenta de que estabas a punto de irte, y te estaría

muy agradecida si me dejaras salir de aquí contigo, como si nos

estuviésemos yendo juntos.

Vaya. Connor parpadeó.

—¿Solo «como si»? —inquirió decepcionado.

Ella sonrió de nuevo y se pasó una mano por el cabello.

—Sí, bueno, es que mis... amigas vieron que me fijé en ti cuando

llegaste y... en fin, no te imaginas lo pesadas que han estado todo el

tiempo, así que les he dicho que me acercaría para ver si estabas interesado

con tal de que me dejen tranquila.

De modo que se había fijado en él..., pensó Connor, permitiéndose

recorrer su esbelta figura con la mirada. Sí, no estaba nada mal, aunque

ella lo reprendiera moviendo el dedo cuando volvió a alzar la vista a su

rostro.

—Ah... ah... de eso nada —le advirtió—. Mira, eres guapo, pero yo lo

que quiero es salir de aquí.

Él sonrió divertido y al girar la cabeza vio que sus amigas estaban

mirándolos.

—No son muy sutiles.

La rubia se encogió de hombros.

—No, por lo que sé de ellas no parece que la palabra «sutil» forme parte

de su vocabulario.

Connor enarcó una ceja.

—¿Por lo que sabes de ellas? ¿Qué clase de amigas sois?

—En realidad no somos amigas; hemos venido a Las Vegas como damas

de honor para la boda de una prima mía. Pero el domingo por la mañana

nuestras obligaciones de damas de honor habrán terminado y espero no

tener más trato con ellas. Son las mejores amigas de mi prima; se conocen

desde que iban juntas a la guardería.

Ajá...

—¿Y se están entrometiendo en tu vida amorosa porque...?

Ella arrugó la nariz y puso los ojos en blanco.

—¿Hay alguna posibilidad de que me ayudes a salir de aquí? —le

preguntó impaciente.

Connor se echó hacia atrás en su asiento, y le indicó con un ademán el

que Jeff había dejado vacío.

—Si quieres que resulte convincente deberías sentarte un rato y charlar

conmigo; al menos diez minutos.

La mirada escéptica de ella le dijo que sospechaba que estaba pensando

en algo más que en ayudarla a zafarse de sus «amigas». Aunque no se

parecía a las mujeres que solían interesarle, podría ser justo la clase de

diversión que necesitaba. Además, parecía la clase de chica que no

acostumbraba a ligar con extraños, un reto, pensó, sintiéndose cada vez

menos apático.

—Vamos, solo diez minutos. Hablaremos, flirtearemos... Me puedes

tocar el brazo una o dos veces para que quede más realista. Y yo puedo

remeterte un mechón por detrás de la oreja. Tus «amigas» se lo tragarán. Y

luego me inclinaré y te susurraré al oído que nos vayamos de aquí. Quizá

podría decírtelo en un tono que te haga sonrojarte como una amapola. Tú

finges estar nerviosa y te muestras tímida, pero dejas que tome tu mano y

nos marchamos.

La expresión de la rubia no tenía precio. Parecía que la había puesto

nerviosa solo con detallarle el plan.

—Bueno, no sé... —balbució. Tragó saliva y bajó la vista un instante a

sus labios antes de que volviera a mirarlo a los ojos—. Suena convincente,

supongo. Pero... ¿qué sacas tú con esto? Algo me dice que no eres solo un

buen samaritano.

Connor esbozó una sonrisa lobuna.

—Lo que yo consigo son diez minutos para intentar convencerte de que

me des veinte. Y luego ya veremos.

Cuando ella sacudió ligeramente la cabeza, Connor se sintió aún más

decidido a seducirla. En esos pocos minutos había estado fantaseando con

cómo sería una sonrisa sensual de aquella rubia, y el que fuera a hacerle

sudar para conseguir que le diera una oportunidad no lo hizo darse por

vencido, sino todo lo contrario.

—Quizá sea mejor que lo dejemos estar y vuelva a mi mesa —dijo ella

—. No soy de esas chicas a las que les van los ligues de una noche. Y

aunque estuvieses buscando algo más tampoco estaría interesada.

El tono en que dijo eso último aumentó la curiosidad de Connor.

—¿Ah, no? ¿Y eso por qué?

Ella abrió la boca para responder, pero la cerró de inmediato, y después

de carraspear dijo:

—Perdona, pero es algo un poco... demasiado personal para una primera

cita fingida que ni siquiera es una cita.

Connor sonrió y encogió un hombro.

—Bueno, ¿y por qué no hacemos que sea una cita, aunque sea fingida?

Ya que estamos fingiendo, incluso podríamos tener una segunda y una

tercera cita, que es cuando empieza lo bueno.

Los labios de ella se curvaron en una sonrisa antes de que se echara a

reír.

—En serio, ¿por qué no puedes responder a mi pregunta?

Ella sacudió la cabeza, y Connor vio que estaba a punto de levantarse.

No podía dejar que se fuera así después de que se hubiera armado de valor

para acercarse a su mesa.

—Espera, te acompañaré hasta la salida —le ofreció, pero ella volvió a

sacudir la cabeza y sonrió.

—Gracias; me las apañaré para soportar las pullas de mis «amigas»

hasta que se cansen y nos vayamos.

—Como quieras. Por cierto, ya es un poco tarde para presentarnos, pero

me llamo Connor —dijo él tendiéndole la mano.

—Yo Megan —contestó ella estrechándosela.

Justo en ese momento algo de color fucsia apareció volando y cayó

sobre el regazo de Connor. Soltó la mano de Megan y al levantar aquella

cosa fucsia con las dos manos vio que era una camiseta. Lo que tenía

escrito con letras mayúsculas le hizo parpadear.

—Pero ¿qué...?

Unas cuantas mesas más allá se oyeron las voces de las otras dos damas

de honor. Miró a Megan a los ojos y le dijo:

—Ahora no es solo que sienta curiosidad, es que necesito saberlo.

Megan escrutó su rostro en silencio, como si estuvieran pasando mil

pensamientos por su mente, antes de claudicar con un suspiro.

—Está bien, Carter.

—Connor —la corrigió él.

Megan tragó saliva.

—Connor. Es verdad, perdona. De acuerdo, ahí va...

Capítulo 3

Nueve horas antes...

—Creo que tu subconsciente está intentando decirte algo.

Megan sonrió e intentó no reírse mientras tomaba otro sorbo de su

martini.

—¿Qué?

—Este viaje a Las Vegas —respondió Connor—. Tu subconsciente te

está gritando porque hay una necesidad reprimida en tu interior, está

diciéndote que hagas una locura.

Megan enarcó una ceja y sonrió divertida.

—Ya. O puede que simplemente haya venido a la boda de mi prima.

—¡Ah, el poder de la autonegación...!

—Olvídalo. Ya te lo he dicho, no voy a casarme contigo, ni vamos a

fugarnos, así que deja de suplicar.

Connor se rio. Los dos sabían que lo que tenía en mente era algo muy

distinto; igual que los dos sabían que no hablaba en serio.

Además, ahora ya sabía cuáles eran sus planes. Se había mostrado muy

interesado cuando se los había expuesto, explicándole por qué había optado

por la inseminación artificial con el semen de un donante. Pero, en vez de

poner tierra de por medio, había decidido que lo que necesitaban los dos

era un poco de diversión. Diversión de la sana, de la que no acarreaba

consecuencias indeseadas. La clase de diversión que implicaba charlar,

flirtear, y beber más de lo que la prudencia aconsejaba.

Megan se había dejado llevar, y desde ese momento casi no había podido

dejar de reír, mientras exploraban el casino y se divertían.

Connor le puso la palma de la mano en el hueco de la espalda y la

condujo a las máquinas tragaperras.

—No sé, Megan, me parece que tratándose de una decisión tan

importante deberías considerar todas las opciones antes de descartarlas.

—Puede que tengas razón —Megan señaló con un ademán a su

alrededor, y añadió con una sonrisa traviesa—: Hay muchos hombres a los

que considerar.

Connor sacudió la cabeza.

—No creo que encuentres al hombre adecuado aquí, entre estas

máquinas tragaperras —le dijo—. Un tipo que está ahí dale y dale a una

palanca de treinta centímetros apunta a que lo hace para compensar que la

tiene muy pequeña.

Megan contuvo la risa a duras penas y frunció el ceño, fingiendo estar

indignada.

—Apenas nos conocemos... ¿y crees que iría a por un tipo que se juega

el dinero en una de estas máquinas?

Connor sonrió.

—Es verdad, debería tener más fe en ti.

Ella asintió y paseó la mirada por el casino.

—Las mesas de la ruleta es donde se concentran los que no son meros

aficionados, ¿no crees? —dijo señalando en esa dirección.

—Me veo obligado a disentir. Cualquier tipo que se gaste los cuartos en

un juego que se basa solo en la suerte se engaña a sí mismo. Probablemente

cree en Santa Claus y en las hadas. No pinta muy bien en lo que se refiere a

su estabilidad mental. No querrás que haya un alto riesgo de probabilidad

de psicosis en los genes de tu bebé, ¿verdad?

Megan soltó una risita ahogada.

—No, desde luego que no. ¿Cómo puedo haber estado a punto de

cometer un error así?

—A veces me preocupas —bromeó él.

Megan no recordaba cuándo había sido la última vez que se había

divertido tanto, ni a otro tipo con el que se hubiese sentido así de cómoda

nada más conocerlo.

—Entonces... ¿qué me dices de los hombres que juegan al blackjack? —

inquirió señalando en esa dirección.

—También se engañan a sí mismos, creyendo que tienen el control

cuando es un juego de azar. A menos que haga trampas... en cuyo caso

tendrías que considerar que tal vez sea un delincuente.

Megan se rio.

—Está bien, está bien... Así que descartamos a los que juegan a las

máquinas tragaperras, a la ruleta y al blackjack. Si ninguno de ellos es el

hombre adecuado, ¿dónde se supone que debería ir a buscarlo?

Connor la miró a los ojos y esbozó una sonrisa arrogante.

—Yo te aconsejaría que evitaras a todos los hombres que frecuentan esta

clase de sitios y acaban siendo miembros de Ludópatas Anónimos. Es

evidente que yo soy tu mejor opción.

Megan se echó a reír de nuevo, y el sonido de su risa hizo que Connor

sintiera una sensación cálida en el pecho. Y, luego, cuando esos grandes

ojos azules pestañearon y sus mejillas se tiñeron de un suave rubor, una

fuerte atracción lo sacudió. Por suerte, ella, que estaba tomando la copa

que acababa de traerle la camarera, no pareció darse cuenta.

—Me temo que te va a costar convencerme de eso —le dijo Megan a

Connor, antes de tomar un sorbo.

—Bueno, tenemos toda la noche —contestó él, y tomó un trago de su

copa también.

Megan volvió a reírse. Tenía una risa adorable que hacía que le brillaran

los ojos.

—¿Sabes qué? —dijo deslizando un dedo lentamente por una de las

solapas de su chaqueta.

Sus ojos se encontraron, y cuando él bajó la vista a su boca, Megan se

mordió el labio inferior.

—¿Qué? —inquirió Connor, alzando la vista de nuevo.

Permanecieron así un momento, mirándose a los ojos, hasta que Megan

murmuró distraída:

—Estoy hambrienta.

Él también estaba hambriento, aunque no precisamente de comida. Se

aclaró la garganta y asintió.

—Pues entonces soy el hombre que necesitas.

Siete horas antes...

Hasta ese momento, Connor había pensado que Megan no podía ser más

adorable que cuando se reía. Sin embargo, tuvo que admitir que también le

gustaba oír sus grititos de placer y verla hacer una especie de baile de la

victoria meneando el trasero cuando las luces de la máquina en la que

estaba jugando se volvieron locas, anunciando que había ganado.

Habían estado comiendo algo en un bufé del casino que les había

recomendado un empleado, y Megan había decidido probar suerte con una

de esas máquinas.

Lo había sorprendido... otra vez. Hacía un rato, en medio de una

conversación intrascendente, se había abierto a él, contándole más acerca

de sí misma. Era una romántica en proceso de curación después de que le

hubieran roto el corazón, una mujer que había creído en el amor pero que

había descubierto que eso era algo que parecía estar fuera de su alcance. Lo

había aceptado, le había confesado, porque estaba cansada de perseguir

algo inalcanzable.

Era una belleza con cerebro: una programadora informática freelance

con confianza en sí misma pero a la vez modesta, lo que la hacía aún más

atractiva, independiente y sin miedo a desafiar los convencionalismos para

conseguir lo que quería. Y además era amable, divertida y sexy.

Connor, dejándose llevar por un repentino impulso posesivo, se quitó la

chaqueta, y se la echó a Megan sobre los hombros. Era absurdo, pero lo

volvía loco el solo pensar que algún otro hombre pudiese ver ese trasero

tan bonito que tenía.

—Toma, ponte mi chaqueta; con el aire acondicionado aquí hace un

poco de fresco —le dijo.

—¡No puedo creerlo! —exclamó Megan volviéndose hacia él—. Nunca

había ganado nada.

Connor sonrió mientras la ayudaba a meter los brazos en las mangas. Le

ajustó las solapas, diciéndose que estaba haciendo aquello solo porque no

quería que Megan se enfriase. Luego, en vez de dejar que sus manos

permanecieran tan cerca del tentador escote en uve, se dispuso a doblarle

los puños de la chaqueta para que las mangas no le quedasen tan largas, y

no pudo evitar quedarse admirando sus finas muñecas.

—Carter... —murmuró ella, observando cómo le acariciaba suavemente

con el pulgar la cara interna de la muñeca.

—Connor —la corrigió él, sin saber qué diablos estaba haciendo.

Megan alzó lentamente la vista hasta sus labios, y se quedó mirándolos

como si quisiese devorarlos. Connor se preguntó si tendría idea de lo

seductora que era. Sus ojos se encontraron.

—Connor —repitió ella en otro murmullo.

Dios... Le encantaba cómo decía su nombre. Sobre todo cuando no se

equivocaba y lo llamaba Carter. Se le estaba ocurriendo una idea estupenda

para ayudarla a recordarlo: repetición acompañada de refuerzo positivo,

del tipo que la dejaría sin aliento y la haría jadear y suplicar. Durante

horas.

Podría llevar las cosas un poco más allá. Había estado flirteando con

ella, pero a pesar de cada cumplido había mantenido las distancias, y había

evitado el contacto visual cada vez que le había dicho algo sugerente. Y lo

había hecho porque algo le decía que podían saltar chispas entre ellos. Sin

embargo, no podía negar que quería más.

Momentos después estaban fuera del casino, rodeados por las brillantes

luces de la ciudad.

—Fíjate, decías que no tenías suerte y has dejado secas dos máquinas de

esas, una detrás de otra —le dijo Connor a Megan—. Deberíamos volver

dentro para que probaras con otra cosa, como la ruleta.

Ella dejó escapar un suspiro.