Acuerdos Inconfensables por Antonio Blázquez Madrid - muestra HTML

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ACUERDOS

INCONFESABLES

Antonio Blázquez Madrid

1

Primera edición

Noviembre 2011

© Antonio Blázquez Madrid

ablazquezmadrid@gmail.com

www.ablazquezmadrid.blogspot.com.es

ISBN: 978-84-939529-6-9

Depósito Legal: M-44990-2011

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CAPÍTULO 1

e encontraba en la cúpula del poder. Ocupaba el

puesto más alto entre los poderosos de la nación.

S Dominaba el sector inmobiliario, tenía importante

presencia en el mundo financiero y, además, controlaba una

buena parte de los medios de comunicación, lo que le permitía

contar con la información más precisa y sensible para ejercer un

gran poder entre las sombras. A todo esto, habría que añadir lo

que más fortaleza le proporcionaba: un gran número de

“dossiers” que tenía guardados en su caja fuerte, no solo de

aquellos a los que consideraba sus enemigos, sino también de

los que se creían sus amigos. “El poder está en la información”,

era uno de sus lemas más queridos, y nunca dudó en comprar

todo lo que le sirviera para negociar o, incluso, chantajear, si era

preciso, a cualquiera que se interpusiera en su camino. Un

hombre hecho a sí mismo, le alababan unos; un hombre hecho

con los destrozos de muchos, rumoreaban, por lo bajo, los otros.

Ya no quedaba casi nada de aquel joven que, un lejano día,

abandonó su ciudad con subrepticias prisas. Casi treinta años

habían pasado desde entonces.

Comenzó a amasar su fortuna como ‘correveidile’ de los

intermediarios de terrenos, a los que, pronto, fue sustituyendo:

unas veces, por habilidad y otras muchas con apaños y engaños.

No tardó demasiado en convertirse en uno de los más hábiles

agentes inmobiliarios, ni fue mucho el tiempo que trascurrió

hasta que traicionó a su primer socio: un honrado y pequeño

constructor, que vio cómo la empresa, que había creado y

mantenido durante casi toda su vida, dejó de ser suya sin cobrar

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ni un euro y pasó a manos del que, meses antes, le había

convencido de que se asociara con él, con la promesa de grandes

negocios.

Esa había sido la primera empresa que tuvo en sus manos,

el germen de su imperio económico, y nunca se reprochó haber

dejado abandonado en la miseria a quien confió en él. El mundo

de los negocios es para listos, se decía a sí mismo.

Le gustaba contar sus comienzos, mientras se reía a

carcajadas, y se jactaba de su habilidad para llevarse los

negocios ajenos: “Yo tenía mis experiencias, y ellos sus dineros,

y, al final, yo me quedaba con sus dineros, y ellos con mis

experiencias”, comentaba sin rubor ante cualquier interlocutor

que quisiera escucharle.

Sin más preparación que lo poco que había aprendido en el

bachillerato, terminado más por desesperación de los profesores,

que por sus propios conocimientos, se fue haciendo con un

negocio aquí y una empresa allá; unas veces, con astucia; otras,

mediante presiones que, en más de una ocasión, hubieran podido

considerarse como puros chantajes. Al final, el gran número de

empresas que estaba en sus manos le proporcionó ese especial

respeto social que se adquiere cuando la riqueza comienza a

fluir con abundancia y ese dominio que da el dinero cuando

empieza a quebrar comportamientos honorables e, incluso, a

corromper voluntades hasta entonces inquebrantables.

Pronto empezó a saborear los momentos en los que el

director del banco le saludaba anteponiendo el ‘Don’ a su

nombre. Algo que le resultaba extraño al principio pero que

aceptó con el agrado propio del que se toma la revancha por las

muchas horas de espera que antes le habían hecho pasar para

conseguir un pequeño descubierto en su cuenta corriente. El

poder del dinero: ese dinero que llegaba, cada vez más deprisa,

desde sus empresas y que le proporcionaba el reconocimiento

que antes no tenía. Los arquitectos venían a él con la esperanza

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de ser sus empleados, los abogados le ofrecían sus servicios

esperando, como favor especial, que él los contratara y hasta los

matones se ponían a sus órdenes bajo la figura de colaboradores

persuasivos. Sintió el poder correr entre sus dedos y no tuvo

escrúpulos en aprovecharlo para engordar sus negocios.

Nadie nunca pudo demostrar que aquellas visitas a los

despachos de los alcaldes y responsables de urbanismo (unas

veces con maletines llenos de billetes, que ya no volvían, y

otras, acompañado de algunos de esos, a los que él llamaba

persuasivos colaboradores, siempre vestidos de riguroso negro y

con sus manos sospechosamente ocultas entre sus chaquetas y

gabanes) fueron la mejor y mayor fuente de sus ingresos. Pero

siempre sucedía que, después de aquellas reuniones, los terrenos

rústicos, comprados a precios ridículamente bajos, se

trasformaban en espacios legalmente urbanizables que, al poco

tiempo, estaban llenos de viviendas y oficinas rodeadas de

algunos jardines que les daban colorido.

Pronto entendió que a su poderío empresarial tenía que

añadirle la fuerza del control financiero, y no dudó en utilizar

sus influencias políticas, que ya habían alcanzado el máximo

nivel, para controlar algunos de los bancos, sin que ello le

exigiera un excesivo desembolso económico. Control sin

demasiada exposición económica, había sido la táctica que había

utilizado en las operaciones de asalto al poder bancario.

Aprovechándose de las disputas y discrepancias entre los

oponentes políticos consiguió introducir a su gente en la cúpula

de una de las mayores entidades financieras del país, lo que le

permitió, desde ese momento, tener asegurada la financiación de

su grupo empresarial, además de incrementar su poder.

Todo aquel entramado económico y empresarial le hubiera

satisfecho si no hubiera sido porque, en ocasiones, alguna

noticia le amargaba el café de primera hora de la mañana:

periodistas que investigaban más de lo conveniente; tertulianos

5

que contaban lo que debería permanecer en secreto;

informaciones que dejaban al descubierto algunas operaciones

poco limpias. Todo esto le impulsó a comprar diversos medios

de comunicación, con un lema: “si la información no te ayuda,

compra la información y utilízala en tu favor”. Primero fue una

nueva cadena de televisión la que llevó su nombre, después

fueron unas concesiones radiofónicas las que se incorporaron a

sus dominios, más tarde se hizo con la propiedad de un

periódico que, previamente, había ahogado económicamente.

Una jugada maestra, según su corrompido criterio.

Casi treinta años habían pasado desde que abandonó su

ciudad con prisas nunca aclaradas y, durante ese tiempo, había

conseguido formar todo un imperio económico bajo el nombre

de Corporación Empresarial y Financiera Internacional,

Holding, conocida popularmente como la C.E.F.I.

Siempre había procurado tener bien ocultos los lejanos

años de su juventud, hasta que una noche, cuando menos podía

esperarlo, sonó el teléfono de su casa y una voz conocida le

propuso una reunión urgente a lo que no pudo negarse. Todos

los fantasmas del pasado se le aparecieron de pronto y, desde ese

momento,

los

viejos

recuerdos

volvieron

a

influir,

decisivamente, en su vida.

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CAPÍTULO 2

a llamada recibida la noche anterior le hizo recordar lo

que ya tenía casi olvidado. Eran ya tantos años los que

L habían pasado que había llegado a creer que aquel

negro asunto estaba enterrado para siempre, aunque, en su

interior, estaba temiendo que algún día podía volver a emerger, a

pesar de que la mitad de los implicados ya habían desaparecido.

En el fondo, sin que ello le quitara el sueño, pensaba que algún

día tendría que pagar por lo que sucedió entonces, aunque la

verdad es que nunca llegó a considerarlo un problema

irresoluble. Siempre creyó que podría taparse con un montante

económico más o menos alto, asumible en su posición actual y

más cuando solamente quedaban dos de los protagonistas de

aquella lamentable y trágica noche, en la que ocurrió aquel

suceso que pretendía olvidar sin llegar a conseguirlo nunca.

Quizá por eso no le sorprendió en exceso aquella llamada,

pero sí le preocupó que quien le hablaba le conminara a una

reunión urgente a la mañana siguiente. El tono de su

interlocutor, si no amenazante, que no lo era, sí le pareció

acuciante, lo cual, aunque no le produjo temor, sí una cierta

inquietud. La experiencia de los muchos avatares que había

vivido le habían enseñado que los mayores males nunca los

acarrean los grandes problemas, que antes o después tienen

solución, sino las urgencias incontroladas que llevan a los que

las padecen a cometer errores con un complicado desenlace, no

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tanto por el problema en sí mismo, sino por las consecuencias a

que llevan las decisiones que, de forma precipitada, se toman.

Después de largos años coronando la cúspide del

empresariado nacional; después de ocupar los cargos más

importantes en el mundo de los negocios; después de haberse

convertido en el empresario más respetado y, a la vez, más

temido; después de todo esto había comprobado que los grandes

disgustos y los peores tropiezos nunca le llegaron por

operaciones de cientos de millones, ni por los extraños negocios

societarios que se había visto obligado a hacer en el largo

transcurso de su vida empresarial. Sus mayores preocupaciones,

las situaciones más comprometidas y difíciles de resolver,

siempre estuvieron motivadas por esas pequeñas denuncias de

mediocres políticos o personajes sin importancia que,

descontentos por no recibir lo que consideraban un derecho

(míseras comisiones), o deseosos de ocupar algún puestecillo de

cierta relevancia política o social (que creían haberse ganado),

abrían la boca y ‘cantaban’ con ánimo de ejercer una estúpida

venganza, sin darse cuenta de que las primeras víctimas de esa

venganza siempre eran ellos mismos.

Él sabía muy bien que las noches de insomnio que a veces

tuvo no fueron provocadas por las grandes y complicadas

operaciones financieras en las que había intervenido —que para

eso ya tenía contratados a los mejores economistas—; ni por los

importantes litigios judiciales en que se había visto envuelto

—pues en su plantilla estaban los mejores abogados—; ni

tampoco le quitaron nunca el sueño las amenazas de los

poderosos —pues él era el más fuerte y, además, a sus ordenes

tenía a algunos personajes ‘especialmente convincentes’ que,

con unas u otras artimañas (algunas de ellas no confesables) le

solucionaban los problemas cuando con otras vías más legales

no lograba hacerlo—. Clavada en la pared, colgada sobre su

cabeza, detrás de su sillón presidencial, había una pequeña placa

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donde había mandado grabar: “Los grandes problemas, creados

por personas con gran poder, siempre se solucionan; los

pequeños problemas, creados por gentes mediocres y con escasa

influencia, pueden arruinar tu vida”. Y lo mandó poner sobre

una lámina de oro para no olvidarlo nunca, pues si alguna vez

vio de cerca su ruina económica o temió que pudiera acabar sus

días entre las rejas de una celda, fue por culpa de simples

denuncias de mediocres o de algún que otro politiquillo de no

muy alto reconocimiento social, que habían contado lo que

nunca hay que contar o descubierto lo que es conveniente que

permanezca oculto. Eso le había creado situaciones realmente

complicadas, aunque él las había sabido resolver en cada

momento con rapidez y contundencia.

Pero la llamada recibida la noche anterior era distinta a

cualquier otra. Hay asuntos ocultos que están enterrados, pero

siguen vivos, y que si alguien los destapa, nada se puede hacer

para resolverlos favorablemente. Y uno de esos secretos sobre

los que no tienes defensa ninguna, ni legal ni tampoco de otro

tipo más expeditivo, era conocido por “El Candidato” (como él

lo llamaba), el mismo que le había convocado la noche anterior

para aquella reunión un tanto precipitada. Sabía que El

Candidato y él eran las dos únicas personas vivas que conocían

unos hechos, lejanos y espeluznantes, que convenía mantener en

la más absoluta de las oscuridades y por eso, acostumbrado a

resolver sin demora los situaciones difíciles que se le

presentaban, no dudó ni un solo momento en acceder a aquella

petición.

Llegó al despacho a hora temprana, lo que hacía pensar

que el sueño de la noche anterior había sido ligero y

entrecortado. Nada más llegar dio instrucciones a la secretaria

para que nadie le molestara y le dijo que hiciera pasar de

inmediato a la persona que estaba esperando, con la que había

convenido una reunión fuera de agenda.

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En la calle, frente a la entrada del edificio de la

Corporación Empresarial y Financiera Internacional Holding

(CEFI), El Candidato paseaba inquieto mirando a la última

planta del edificio, donde le esperaban. Estaba seguro de que su

antiguo amigo no faltaría a la reunión, pues, tal vez, él era la

única persona que, con la información que tenía, podría poder en

apuros y hacer tambalear todo el imperio económico que el

empresario había conseguido con métodos, en muchas

ocasiones, poco éticos, aunque procurando estar siempre

agarrado a un punto de legalidad para no tener problemas y,

cuando la legalidad se había quedado lejos de sus objetivos, era

conocido por todos que no había dudado, ni un momento, en

utilizar y cubrirse con el mejor de los mantos: el miedo. Eso sí,

manteniendo hábilmente, al mismo tiempo, una considerable y

buena imagen social. Todos los rumores apuntaban a que los

dossiers que se controlaban en la planta alta de aquel edificio,

delante del que estaba ahora, habían conseguido acallar muchas

voces, domesticar muchas voluntades y tapar muchas acciones

ilegales.

A pesar del nerviosismo, que le hacía dar vueltas sin

destino delante de la puerta de entrada, El Candidato era

consciente de que quizá era la única persona a la que el

empresario podía temer, pues tenía las pruebas de aquel hecho

que solo los dos conocían. Y, si bien es cierto que los

acontecimientos pasados les incriminaba por igual a ambos, sin

necesidad de hacer un análisis profundo, era fácil adivinar quién

tenía más que perder en la situación actual. Por eso, cuando ya

no encontró ninguna solución a la agónica situación económica

en la que se hallaba y que comprometía al patrimonio de toda su

familia, se decidió a llamar a su antiguo amigo para mantener

una reunión con urgencia.

Hacía ya tantos años que no se habían visto personalmente

que le resultaba extraño este encuentro que él mismo había

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provocado. Ni siquiera coincidieron en los funerales de los otros

dos amigos que, junto a ellos, fueron protagonistas de aquella

ignominiosa noche que ninguno quería recordar, pero que

siempre permanecería presente en sus vidas: demasiado horror

para que el tiempo lo borrase.

Al empresario no se le vio en las exequias de los antiguos

compañeros y ni siquiera una simple corona de flores en su

nombre apareció delante de los féretros. Es muy posible que no

quisiera que nada ni nadie los relacionara. El Candidato, a pesar

de que las muertes de aquellos amigos de juventud se habían

producido en circunstancias extrañas, quería creer que había

sido el negro destino el que les llevó a ese punto final, y no la

mano del empresario, tan dado a intervenir en otras ocasiones

cuando algo podía perjudicarle. Esas muertes, sin duda alguna,

habían eliminado algunas incertidumbres, pues un secreto

conocido por cuatro personas es un potencial peligro

incontrolable y se guarda mucho mejor si los depositarios son

solamente dos. Por eso, El Candidato, cuando llamó la noche

anterior para concertar la reunión, sabía que la respuesta iba a

ser positiva y hasta le gustó sentir en la voz del poderoso

empresario un punto de debilidad cuando aceptó su petición:

“Cuando tú quieras, amigo, mañana a primera hora te estaré

esperando en mi despacho. Ya sabes, en la planta 18 del edificio

de la Corporación Empresarial y Financiera”. Al escuchar

aquella contestación con una inflexión casi de sumisión en el

tono de la voz supo que podía tener éxito en conseguir la ayuda

que necesitaba para salir de la delicada y difícil situación

económica en la que se encontraba.

Aunque se sabía fuerte ante el empresario, el temor que le

producía el ingente poder de este, hizo que, en los minutos que

pasó delante del edificio de la CEFI, dejase sobre la acera los

restos de media docena de cigarrillos, encendidos uno detrás de

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otro y apagados sobre las baldosas con pisadas nerviosas y casi

violentas, hasta que al fin se decidió a entrar por la puerta.

Solo tuvo que mencionar su nombre para que la

recepcionista, con una amplia sonrisa en los labios recién

pintados y una amabilidad tan excesiva que fácilmente se intuía

forzada, lo acompañara al ascensor, seguidos de un guarda de

seguridad. Entre aquellas paredes, cubiertas de mármol y cristal,

y los suelos enmoquetados, se llegó a sentir importante durante

unos momentos, al ver la obligada atención que hacia él tenían

tanto la amable recepcionista como el serio guarda de seguridad.

El ascensor subió directamente a la planta 18. La

secretaria personal salió a su encuentro: “Buenos días, señor.

Acompáñeme, por favor, le está esperando”. A él, que también

estaba acostumbrado a vivir entre ambientes de relativo alto

nivel, le sorprendió la extrema riqueza que le rodeaba: cada

cuadro, cada figura, cada mueble bien pudieran estar en

cualquiera de los mejores museos de los que había visitado. Esto

menguó su autoestima y lo dejó un tanto empequeñecido, antes

de entrar en el despacho.

La secretaria abrió la puerta y le anunció. Al fondo, detrás

de un grandioso escritorio, una voz potente lo recibió con un

falso tono intencionadamente amigable:

—Hombre, amigo, qué alegría. Hacía ya tanto tiempo

que... Pero pasa, pasa y siéntate.

El Candidato se quedó algo confuso ante tales muestras de

cordialidad. Tendió su mano sin decir nada y después se sentó en

el sillón que había al otro lado del escritorio y que le estaba

señalando con la mano el empresario.

Llevado por el desconcierto comenzó a hablar sin mirar a

ninguna parte y sin saber bien cómo contestar a aquel amable

recibimiento no esperado.

—Pues sí, ha pasado mucho tiempo. El tiempo pasa rápido

y por unas cosas o por otras nunca vi el momento oportuno de

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enviarte un mensaje o hacer una llamada para hablar contigo.

Aunque la verdad, eres tan conocido en el mundo de los

negocios y en el mundo financiero, que es difícil no saber de ti.

Pero, quizá, hubiera sido bueno que alguna vez nos hubiéramos

visto en todos estos años, o puede que no. La verdad que no sé

qué hubiera sido mejor. A veces me lo he preguntado y no he

sabido encontrar una respuesta.

El Candidato dejó de hablar y se quedó mirando fijamente

al empresario. No sabía cómo le había salido toda aquella

parrafada, aunque bien pudiera ser que el propio nerviosismo del

momento le hubiera llevado a ello. Él nunca había sido un

personaje plano, a los que apenas se les escucha en las reuniones

o tertulias, pero debía reconocer que aquella mañana estaba

especialmente tenso y no creía que fuera por lo que le pensaba

pedir, o mejor dicho, exigir a su antiguo amigo. Sabía que tenía

un grave problema y era muy consciente de que con sus propios

medios nada podía hacer para solucionarlo, solo le quedaba un

último recurso y por eso estaba sentado en aquel despacho.

La voz del empresario rompió el molesto silencio que se

había abierto entre los dos.

—¿Qué tal te va en la vida? Seguro que te irá muy bien

porque tú siempre supiste sacar provecho a cada momento y

disfrutar de cada segundo. No como yo, que no abandono este

despacho ni para tomar unas cañitas con los viejos amigos. El

mundo de los negocios es muy cruel, amigo.

—La verdad es que no debería quejarme, pues la vida me

trató bien y yo supe sacarle su jugo, pero todo se rompió hace

poco tiempo, y por eso estoy aquí, para contártelo y porque

estoy seguro que me ayudarás a superar este bache, por nuestra

vieja amistad.

—Siempre se agradece que se acuerden de uno en los

malos momentos —dijo el empresario en un tono irónico

cargado con una mueca que pretendía ser una sonrisa.

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El Candidato no quiso darse por aludido y siguió su relato

para ir al punto a donde él quería llegar y que era el fin único de

aquella reunión. Nada le interesaban los sentimientos del

empresario, pues bien sabía que a su interlocutor tampoco le

importa realmente su vida y era consciente de que, únicamente,

le había recibido por lo que sabía. Decidió ir derecho a la

propuesta que había ido a hacerle.

—He tenido un mal traspiés económico. Ya sabes, la bolsa

y unas desafortunadas inversiones —miró unos instantes a los

ojos de su interlocutor que permanecía atento a lo que le decía—.

Si esto me afectara solo a mí no hubiera recurrido a tu ayuda,

pues bien sabes que siempre supe levantarme y luchar cuando

alguna dificultad se cruzó en mi vida. Pero esta vez no, esta vez

el problema me supera, pues es el patrimonio de toda mi familia

lo que está en juego o, para ser más exacto, son todos los bienes

familiares los que han quedado convertidos en papelillos con un

escaso valor y sin posibilidades de realizarlos en un corto plazo

de tiempo. Y necesito tu ayuda.

—¿Y qué esperas de mí?, ya sabes que la situación bursátil

nos tiene apuradillos a todos —dijo el empresario.

—Tú puedes aguantar los títulos hasta que esto vuelva a la

normalidad, pero yo no porque voy a llevar a la ruina a todos lo

que me rodean si no repongo los fondos en unos días. Mi madre

ya es muy mayor y mi padre no se merece esto. Y además están

mis hijos y mi mujer y también los padres de ella. Estoy seguro

que tú puedes hacerme este favor ahora —el Candidato puso

toda la frialdad y dureza en las palabras para que no hubiera

dudas de que estaba dispuesto a conseguir lo que se había

propuesto.

—¿Es una petición o una exigencia?

—Me veo en la necesidad de pedírtelo, aunque si no me

queda más remedio me veré en la obligación de exigírtelo por

los viejos tiempos —le contestó tenso.

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—Amigo mío, tranquilo, tú sabes que siempre podrás

contar conmigo, pero deberías saber que no me gustan las

amenazas. Yo, como amigo, el mejor; pero como enemigo, el

peor —la cara del empresario se puso seria mientras hablaba.

—A mí tampoco me gustan las amenazas, pero los dos

conocemos lo que nadie más sabe, y eso creo que se merece algo

de generosidad por tu parte y… por supuesto, sin amenazas, ni

tuyas ni mías, como si de verdad fuéramos los dos amigos que

dejaron de verse después de aquella maldita noche. Yo hoy te

necesito y por eso estoy aquí.

—Tú mismo lo has dicho, nada nos une desde hace

muchos años. Solo nos quedan algunos recuerdos, que estoy

seguro que ninguno queremos rememorar. Nuestra relación es

mejor que sea distante. Tú bien lo sabes. Los dos podemos

perder todo y hasta ahora nos fue bien a cada uno por nuestro

lado —el empresario tranquilizó su voz e intentó ser

convincente por la vía del dialogo.

—¿Acaso crees que me hubiera rebajado a venir a este

despacho si hubiera tenido otra puerta donde llamar? —la voz

del Candidato mostraba una indignación ya no disimulada—.

Siempre fui orgulloso, lo reconozco, y aún lo sigo siendo y

pretendo seguir con este orgullo que me gusta tener, pero debo

mantener mi posición social y la de mi familia y la de mis hijos,

que son sagrados para mí y por ellos he venido a pedir tu ayuda.

—¿Y qué me propones?

—Quédate con mis títulos y los valores y los contratos que

tengo firmados, a cambio del importe que yo invertí, de modo

que me permita reponer los fondos en las cuentas de mi familia.

Puedes mantenerlos en tus balances sin que te suponga ningún

contratiempo importante, y todo por mi silencio. Sí, por mi

silencio de años pasados y por mi silencio futuro. Yo sé que los

dos tenemos algo que perder si se rompe el secreto, pero ahora

mismo tú tienes mucho más que perder que yo. Me encuentro

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casi en la ruina y estoy llevando a los que más quiero a ese

mismo destino, como puedes imaginar, ahora nada me importa.

Las manos inquietas del empresario mostraban una

preocupación no habitual en él. Se levantó y fue a sentarse en el

sillón contiguo al que ocupaba El Candidato y, con un gesto de

pretendida serenidad, le puso la mano sobre el hombro.

—Tranquilo, amigo, tranquilo. Todo tiene solución y más

si se puede resolver, simplemente, con dinero. No creo que

tengamos que ponernos nerviosos. Vamos a analizar la situación

entre los dos, vamos a buscar las soluciones más adecuadas y

vamos a dejar arreglado este asunto como se hace entre amigos.

Yo te cubro y tú me cubres. Eso fue lo que pactamos aquella

noche y hasta ahora nos ha ido bien así. Sigamos haciendo lo

mismo. ¿De acuerdo?

El Candidato relajó los músculos de su cara y dejó escapar

una leve sonrisa. Respiró hondo antes de que las palabras

volvieran a su boca.

—Opino lo mismo y… perdona si me he mostrado un

tanto… violento con mis palabras. Lo siento, no pretendía llegar

a ese punto, pero el nerviosismo y la necesidad me han podido.

—No te preocupes, amigo, a todos nos pasa alguna vez.

Ahora llamaré al director financiero para que se ocupe de todo.

Déjalo de mi cuenta.

—No sé cómo podré agradecerte esto que haces por mí.

—Siempre habrá un momento para hacerlo. Por cierto,

¿me han dicho que andas metido en eso de la política? Tú tienes

buena madera: presencia, dotes de orador, honorable familia de

procedencia. Podrías ser un buen candidato para ocupar algún

puesto importante, siempre y cuando no salga a la luz lo de

antaño. Como ves, a ninguno nos conviene.

El teléfono sonó al otro lado de la mesa. El empresario se

levantó y se acercó despacio, como midiendo el tiempo hasta

llegar a donde estaba el auricular. Lo levantó y permaneció

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durante unos segundos a la escucha, después, sin soltarlo,

haciendo un gesto de disculpa con la mano, se despidió del

Candidato

—Te tengo que dejar. Un asunto urgente. Dame un tiempo

para que mi director financiero se ponga en contacto contigo y

prepare todo. Si te parece bien, volvemos a vernos dentro de un

mes. Y no te preocupes, dalo por solucionado —y le tendió la

mano.

El Candidato se la estrechó con blandura y salió del

despacho confuso por la fría despedida, pero despreocupado y

contento, sabiendo que el fin principal y único de aquella

reunión estaba conseguido.

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CAPÍTULO 3

o llamaban “El Candidato”. El apodo se lo habían

puesto cuando aún era casi un niño. Como candidato

L se había presentado para ser el delegado de la clase,

cuando estudiaba los primeros cursos del bachillerato, pero otro

fue el elegido. También quiso ser, al llegar a la universidad, el

portavoz de los alumnos en la Facultad de Filología Hispánica,

pero el cargo tampoco fue para él. Volvió a ser el candidato

cuando decidió dejar la filología y pasarse a empresariales, con

el mismo resultado. Siempre había sido candidato, pero nunca

llegó a conseguir el puesto o cargo para los que se presentaba, y

de ahí que entre sus amigos se quedó con ese mote.

Curiosamente, a él nunca le importó que lo llamaran así e

incluso provocaba para que así lo hicieran, o al menos eso

parecía.

El Candidato era el hijo mayor de una familia de clase

media-alta en una ciudad provinciana del interior del Estado. Su

padre era un médico de reputado prestigio, bien relacionado

socialmente y con una desahogada posición económica. Dos

hermanas y su madre componían el resto de la familia. Una

familia de corte tradicional y de profundas costumbres

religiosas. Sin embargo, a él le gustaba más la vida un tanto

disoluta. Consiguió el título de bachiller más por las buenas

relaciones familiares que por lo estudiado en los libros. En la

universidad no fue distinto, pasó de una facultad a otra como el

que cambia de traje por una simple cuestión de moda: comenzó

18

en la Facultad de Filología Hispánica porque, según aseguraba,

quería ser algún día catedrático, pero pronto cambió esa

vocación por la de experto dirigente de empresas y antes de

acabar el primer curso, decidió matricularse en empresariales

para cumplir con sus nuevos propósitos. Mas tampoco ese

interés por la dirección empresarial duró mucho en su cabeza y

terminó cayendo en otra nueva facultad para cumplir con sus

nuevas y rebuscadas vocaciones, que iban y venían según le

convenía a su estado de ánimo. Si algún título tuvo al final de

los muchos años que anduvo por el campus universitario, ese

título fue el de candidato: candidato a catedrático, candidato a

director de empresas, incluso llegó a ser candidato a médico

como su padre, aunque eso solo duro unos escasos meses.

Por eso no es de extrañar que el apodo con el que le

habían bautizado sus más directos amigos, se convirtiera en el

nombre genérico con el que se le llegó a conocer en la ciudad e

incluso en su familia llegaron a utilizar el apodo, cuando

comprobaban que todo lo empezaba y nada terminaba.

Pero el Candidato, a sus veintiséis años, no era un hombre

desgraciado, ni tenía problemas de relaciones sociales, ni era

corto en conquistas femeninas, sino todo lo contrario. Era

apuesto, alto, guapo (según criterio de la mayoría de las

mujeres), elegante en el vestir, buen conversador y chistoso sin

ser vulgar, lo cual le hacía un personaje atractivo entre la selecta

sociedad provinciana y le proporcionaba una importante vida

social, que él se encargaba de convertir en intensas relaciones

placenteras. Nunca le faltó el dinero, aunque nadie le conoció

por entonces trabajo estable: unas veces la fuente era la propia

familia, bien acomodada, y en otras ocasiones, los billetes

venían de bolsillos ajenos, lo que él solía calificar como:

“donaciones interesadas”, conseguidos, o bien por saber guardar

de manera discreta los secretos de algunas damas o por silencios

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cómplices de ciertas andanzas que algunos ilustres y respetables

personajes no querían que se conocieran.

Nadie en su entorno lo hubiera clasificado en el grupo de

los golfos, ni en el de los aprovechados, ni mucho menos lo

hubiera incluido entre los odiosos sableadores: esos personajes

que van dando sablazos a los amigos abusando de la amistad o

arrimándose para convertirse en verdaderos parásitos. Es más,

era esperada e incluso deseada su presencia en la mayoría de las

fiestas sociales de importancia. Se había convertido en un

personaje querido y admirado, a pesar de ser un simple

“candidato” sin nada conseguido.

Cuatro amigos eran los que formaban su grupo. Cuatro

amigos que comenzaron sus correrías desde los primeros días de

colegio: inquietos, traviesos, e incluso, a veces, un tanto

provocadores. Al mismo tiempo eran joviales, simpáticos y con

buena imagen social.

Se habían convertido en una pandilla inseparable: las

mismas aficiones, los mismos gustos, los mismos días faltando a

clase, las mismas chicas en su entorno. Ni siquiera los destinos

opuestos a la hora de seguir sus estudios fueron motivo

suficiente para separarlos. Si El Candidato probó suerte en la

universidad, sin mucho éxito, los otros tres no pasaron de los

estudios elementales o, en el mejor de los casos, de un título de

formación profesional, pero esto no dispersó a los cuatro

amigos. El sitio habitual de reunión era la Cafetería Nueva de la

calle Mayor. Todos los días, a eso de las cinco de la tarde,

quedaban en aquel local y desde allí seguían la juerga hasta las

primeras horas de la madrugada. Eso sí, siempre impecables en

el vestir, siempre engominado su pelo a la última moda, siempre

manteniendo una buena imagen para no ser confundidos con los

‘mataíllos’ que pululaban de fiesta en fiesta. En la ciudad se oían

cuchicheos sobre algunos excesos en los que habían participado,

y, a veces, se comentaba en conversaciones confidenciales y con

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voces apagadas, que no todo lo que hacían era confesable. Pero

podía más su buena imagen y todos los rumores se deshacían al

instante. Siempre se les consideró como el grupo que mantenía

una amistad perfecta. Tal vez por eso sorprendió el repentino

abandono de la ciudad por parte de tres de ellos, sin que al

parecer hubiera motivos o razones lógicas que lo justificara.

Solo El Candidato permaneció en la ciudad manteniendo su tipo

de vida disoluta y complaciente. Lo más llamativo, para los que

les conocían, no fue la marcha de los tres al mismo tiempo, que

parecía hecha con urgencia, si no el hecho de que no se les

volviera a ver por allí y, sobre todo, que El Candidato nunca más

volviera a hablar de ellos. Tanto extrañó aquello que

comentarios de todo tipo ocuparon algunas tertulias y corrillos,

pero nadie supo nunca el motivo de aquellas partidas, que tenían

la característica de una huida. Mas, rápidamente, se fueron

disipando esos rumores, pues unos hechos sangrientos, duros y

horripilantes, que se habían producido por aquellas mismas

fechas en la ciudad, de los que nunca se llegó a conocer el autor

o autores y que pasaron a ocupar todas las primeras portadas de

los periódicos y todos los comentarios de la gente, hicieron que

pronto se olvidaran de ellos.

El Candidato, si en algo, al fin, consiguió ser el

protagonista, fue quizá en lo más inesperado. Poco tiempo

después de la marcha de sus amigos anunció a bombo y platillo

que se casaba. Casi nadie lo creyó al principio, pues no parecía

hombre con intención de estar en el salón de su casa leyendo

tranquilamente o conversando con una esposa sobre las

incidencias del día. Pero sí, la boda era cierta. La novia era de

buena familia, hija única y heredera de una fortuna lo

suficientemente alta para vivir desahogado. No era fea la chica

con la que se había prometido, ni de él se podía decir que

estuviera en la miseria económica, por lo que nadie se atrevió a

poner el adjetivo de braguetazo a aquella boda, aunque es bien

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cierto que aquella unión le proporcionaba una excelente

estabilidad económica, que le permitía dejar la dependencia

paterna y, al mismo tiempo, seguir manteniendo un apreciable y

alto nivel de vida.

La boda se celebró con el beneplácito de ambas familias y

con una gran fiesta a la que estuvo invitada toda la alta sociedad

de la región.

Una vez convertido en marido se arrimó a su suegro para

entrar en los ambientes políticos, donde este ocupaba ya cargos

de importancia en el ámbito regional. Nuevamente candidato,

esta vez a político, y con aspiraciones de llegar a ser diputado

nacional, o eso, al menos, se propuso como meta.

A los veinticinco años parecía que la vida había cambiado

para él: un hijo correteaba entre las paredes del chalet que les

había regalado el padre de su mujer el día de la boda, y sus

correrías y fiestas, que no dejaron de existir, dejaron de ser

públicas para convertirse en privadas y, a veces, secretas.

Y así fue transcurriendo su vida, una vida provinciana sin

grandes responsabilidades, sin apuros económicos que limitaran

sus andanzas y conquistas personales, ahora discretas, y con el

único deseo de llegar a ser algún día candidato a diputado

nacional por el partido en el que militaba. Eterno candidato,

como casi siempre.

Nadie supo bien el porqué: unos decían que por las juergas

privadas que organizaba y generosamente pagaba, otros

comentaban que por unas malas inversiones y algunos se

atrevían a insinuar que todo se debía a asuntos difícilmente

confesables; pero el caso es que El Candidato se situó en una

difícil situación económica cuando ya las canas de su pelo

insinuaban los cincuenta, años que ocultaba entre tintes y

gominas. Y lo que es peor, el problema económico que había

creado afectaba a su familia y a la familia de su mujer, pues el

patrimonio de ambas estaba comprometido y casi perdido por

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culpa de algunos anómalos negocios que había gestionado a su

particular manera y de las ingentes deudas acumuladas en

casinos privados y lugares de fiestas.

Fue entonces cuando se acordó de uno de aquellos cuatro

amigos, que había abandonado la ciudad de forma precipitada

hacía ya casi treinta años y que se había convertido en el

empresario más importante del país. Y pensó que, en aquel

olvidado amigo, podría encontrar la solución a su precaria y

ruinosa economía.