Adivina por Magali Pacheco - muestra HTML

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Desde esa ventana se podían ver los techos de las cúpulas y casas antiguas.  El clima era calurosos y húmedo, vivía en una buhardilla, no se quejaba, pues luego de compartir su espacio con 12 hermanos, le parecía qué cualquier incomodidad valía la pena.  Tenía 21 años, pero la mirada y la conciencia de una anciana.  Muchas veces era confundida con una Mora, por el color de sus ojos como la miel y sus facciones.  Podía ver, cómo ella decía, vivía la vida doble, veía lo que todos y veía lo qué sólo ella alcanzaba a ver.

Cuándo saludaba, lo hacía al dirigiéndose al ser qué físicamente estaba frente a ella, pero también lo hacía, a ese otro, que sin distingo de edad lo acompañaba.  Para ella eso era normal, sólo y en los casos, de que dicho acompañante fuese monstruoso (y los había, más de los qué quisiera), bajaba la mirada y hablaba sin levantarla.  En esos casos nunca se colocaba de frente al saludar y trataba de esquivarlos, en la medida de lo posible, no era para nada agradable.

Luego de muchas experiencias y encuentros con la muerte, comprendió qué lo último que estemos pensando, haciendo, temiendo, nos mantendrá atados en esa otra dimensión, esa a la cual la mayoría llama fantasmal.  Muchas veces, quienes trascienden de dimensión, no están claros de los qué les ha ocurrido y por eso, se pueden ver en lugares antes habitados por ellos, ellos siguen en esa otra dimensión, viviendo y repitiendo, de manera interminable, las últimas acciones que cometieron.

Comprendió qué se da mucho más fuerte, cuándo la persona qué trasciende, se suicida, está terriblemente atado a algo material, a aquello qué atesora y qué piensa y siente qué no podría seguir sin eso.

Comprendió a través de la información recibida, que existe otra dimensión. Otra qué se mueve a una velocidad, tan enorme, que se nos hace difícil ver.

Comprendió que cuándo tenemos la posibilidad de ver una figura trasparente, cerca de nosotros o a la distancia, en realidad, lo qué ocurre es que esos seres se detienen (haciendo un gran esfuerzo, para bajar sus revoluciones de movimiento) para poder observarnos.

Comunicarse con otros, se había convertido en toda una proeza, escuchaba lo qué esa persona decía y también podía escuchar lo qué el inconsciente tenía qué decir.  Aprendió a poder dividir, ambas conversaciones y al final entender, la razón oculta y el por qué de la actitud, conducta, etc.

Ella era una chica común, sin ninguna diferencia, jugaba con sus hermanos, corría por esos campos, se bañaban en los ríos, nunca se había sentido diferente.  Hasta ese día qué cómo nunca sintió mucho miedo de subir el árbol, qué siempre subía.  Pero no podía quedar cómo cobarde delante de sus hermanos, logró subir pero no lo hizo a la rama, qué acostumbraba a hacerlo, llegó a una que estaba más baja y delgada.  Sólo posarse en ella, se quebró, eso fue lo último qué recordaba.   Sus hermanos despavoridos, corrieron a su casa y a voces, hicieron qué sus padres y algunos trabajadores, corrieran hasta el lugar dónde había caído.

Fue llevada hasta la casa, dada por muerta, no se movía, su respiración se había hecho suave, casi imperceptible. Lloraban, gritaban el dolor de la pérdida los arropaba.  Ella desde ese lugar desconocido, podía observarlos a todos, no comprendiendo la razón de su llanto y tristeza.  Ella estaba allí, tranquila, despreocupada, respiraba acompasada con el movimiento de las plantas y las nubes. Todo brillaba ante su mirada, asombrada se dio cuenta qué podía elevarse por sobre la casa, la siembra, se hizo de noche y las plantas comenzaron a emitir un brillo, qué la dejaba maravillada, se dio cuenta qué todo tenía vida, los animales, el suelo, hasta las astillas de madera brillaban, pero ese brillo no molestaba sus ojos, estaba en paz, un sentimiento tan inconmensurablemente grande, qué para su corta edad no podía comprender. Pero ese tiempo bastó, para cambiar radicalmente, sabía cosas, la razón del núcleo de la tierra, las capas de ella, el viento, la salinidad del agua, sabía todo de todo.  Hasta qué se sintió alada con fuerza y abrió los ojos en una habitación desconocida, con gente vestida de blanco, tubos, mangueras en su cuerpo.  Impidieron qué se sentara, tranquila, tranquila, todo está bien.  No hacía falta qué se lo dijeran, ella ya lo sabía.

Se quedó dormida profundamente, ya en otra habitación volvió a abrir sus ojos y cómo figuras de cuento, fueron apareciendo poco a poco, un grupo de personas, su familia, su madre al verla abrir los ojos, agradeció al altísimo y comenzó a llorar.  Pasaron varias semanas, para volver a su casa, se había roto unas costillas, tenía algo qué la comprimía, para evitar movimientos y darle chance a qué se pegaran nuevamente.  Hasta ese día esperado, qué pudo volver a su casa, pero ella sabía qué ya no era la misma niña, se sentía mayor, comenzó a escuchar voces, voces qué le decían cómo actuar.  Desde ese momento no pudo volver a ponerse brava, una de esas voces le decía: qué vas a lograr con eso, quédate tranquila, ya va a pasar todo, no pelees. Y así fue viviendo, sabiendo cosas antes de que ocurrieran, visitando a aquellos qué estaban por morirse, o en el trance de hacerlo, sin saber cómo, se ponía en contacto mental con ese ser y lo convencía de entregar su cuerpo y la gente descansaba.  Eso le fue creando una fama, que no era de su gusto, la gente comenzó a ir a su casa a decirle a su madre, que querían qué ella fuese a ayudar a “bien morir” a alguna persona.  Un día luego de hablar y analizar, con esas voces, qué desde muy pequeña la guiaban, tomó la determinación de irse de su pueblo natal.  Pensó qué no podía ser qué estuviese en la vida para hacer éste tipo de cosas. Qué equivocada estaba.

 

 

 

Comenzó a pintar, compró lienzos, creyones. Pero jamás los tocó, los rostros aparecían en las paredes, en el piso y hasta en el techo, lo cuál se le hizo muy difícil.

Caminaba largos tramos, sin razón alguna, no se cansaba, pero había algo qué la dirigía y sabía exactamente a dónde dirigirse, llegaba saludaba y se sentaba, las personas qué allí estaban le sonreían y no le hablaban.  Ella iba a encontrarse, con seres de esa otra dimensión, ellos si contaban todo lo qué esas personas callaban, sus amores, sus pérdidas, sus rabias, sus odios, sus secretos.  

En uno de sus encuentros, pudo escuchar mentalmente, todo lo que se avecinaba para esa pequeña aldea, el dueño de las tierras, se había raptado a la fuerza a la hija menor de uno de los capataces. Éste sabiendo qué su tardanza traería dolor e infortunio a su pobre hija y a ellos, sus padres, estaba planeando cómo vengarse de éste malvado, ella trató de mediar, pero ya los acompañantes de cada uno de los seres, había decidido. Inclusive, ya sabían cuál era el final de cada una de las personas que formaban parte de éste drama.  Estaba anocheciendo y una de sus voces le pidió qué se refugiará, lo hizo, se escondió detrás de unas cajas, qué estaban en el almacén donde se encontraba, pasarían minutos y llegó el padre ofendido y dolido, llegó en silencio y se sentó en uno de los rincones más oscuros y escondido. Colocó un gran cuchillo sobre la mesa, mientras esto ocurría, ella podía ver cómo el acompañante del padre, le azuzaba, le hacía ver lo cobarde qué sería si no defendía la honra de su hija.

En otro lugar, en la casa del dueño de las tierras, se daba una situación de desazón. El hombre no quería salir de su casa para nada, corría peligro, no había actuado de ley. Su acompañante, qué sabía lo qué iba a ocurrir, le instaba a moverse a aceptar esa cita qué ya en los tiempos, estaba fijada. Pasó todo el día, caminando de un lado al otro. Hasta qué por fin, esa atracción qué se tiene, cuándo algo va a ocurrir, qué debemos salir, ir al encuentro de las situaciones, lo obligaron a salir.  Se colocó su cuchillo al cinto y se fue al almacén, no sabía (conscientemente a qué?), es una fuerza qué te impele a moverte y así lo hizo.

Entró al lugar, veía hacia todos lados, estaba nervioso, sabía qué iba a ocurrir lo peor, para él, pero tenía que estar allí para qué eso ocurriera. Pidió un trago, bebió varios, ya se sentía aliviado, lo qué hace el licor en el cerebro, nos desconecta y nos hace sentir alegres.  De pronto se voltea pues siente un golpe en su espalda, a su lado está el padre de la chica, no lo está viendo a él, está viendo hacia el piso.  El hombre da dos pasos hacia atrás y se da cuenta, qué lo que está viendo el otro, es su cuerpo desangrándose en el piso, en ese momento pudo ver a alguien qué le seguía hablando, ahora podía ver a su acompañante, éste lo abrazó por los hombros y lo saco de allí.

 

 

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