Alba de Tormes por Carlos Maza - muestra HTML

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En el reflejo del Tormes

 

Una visita a Alba

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2009

      Todos los derechos reservados

 

 

Índice

 

 

 

 

El viaje del autor ……………………………………..

5

Sobre el puente ……………………………………..

11

San Pedro …………………………………………..

21

Convento de la Anunciación ……………………….

27

En la muerte de Santa Teresa ………………………

39

Iglesia de San Juan de la Cruz ……………………..

47

La Plaza Mayor …………………………………….

51

Iglesia de San Juan …………………………………

55

La cerámica de Felipe Pérez ……………………….

63

Los primeros duques de Alba ………………………

71

La Torre del Homenaje …………………………….

77

Fernando Álvarez de Toledo ……………………….

85

Vistas desde la Torre ……………………………….

93

Amores difíciles ……………………………………

99

Iglesia de Santiago …………………………………

105

El Espolón y la Basílica ……………………………

111

Despedida en el Tormes ……………………………

119

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El viaje del autor

 

 

            En el mes de julio de 2008 viajé hasta la provincia de Salamanca. Seguía una costumbre que había comenzado tres años antes, cuando llegué hasta Soria, ciudad a la que seguiría un año después Zamora. Desde el principio viajé sin coche, dada mi aversión a hacer tantos kilómetros desde mi domicilio habitual, adoptando la alternativa de utilizar el transporte público para desplazarme limitadamente desde la capital de la provincia que visitaba.

            Por ello, cuando fui a Soria visité en un desplazamiento de sólo un día la localidad de Almazán. Igualmente, la prolongada estancia en Zamora capital fue salpicada por otras visitas, tanto a la cercana ciudad de Toro, como hasta la propia ciudad de Salamanca, por la que sentía mucha curiosidad dada su fama de lugar turístico y de grandes monumentos.

            Efectivamente, la ciudad helmántica es monumental hasta extremos que tarda uno en asimilar, sobre todo cuando vienes de una ciudad con preciosos templos románicos, como era la capital zamorana, pero todos construidos entre los siglos XII y XIII aproximadamente. El choque con la monumentalidad de la Clerecía, el situarse en la calle que la separa de la Casa de las Conchas, ese verse atrapado por fachadas ante las que hay que elevar mucho los ojos hace de Salamanca un lugar digno de visitar con pausa. Por ello, tras un paréntesis para explorar tierras extremeñas el año anterior me acerqué a esta ciudad castellana.

            La impresión que me llevé en una estancia de casi una semana matizó las impresiones de aquella excursión de dos años atrás. Era cierto que entonces me sentí abrumado por aquella impresionante monumentalidad pero también arrastrado por la incontenible marea turística que recorría las calles, desde la plaza Mayor hasta el río. Sentí aquella ciudad como excesiva y ajena. Varios días después de pasear por sus calles en días laborables, con mucha menor presencia del turismo extranjero, la ciudad de Salamanca se me fue haciendo más cercana pero sólo eso, no distante pero tampoco mía. Entré en todos los monumentos, subí a las más altas torres de la ciudad, me senté en las iglesias, curioseé en sus capillas, comí en diversos lugares. Pero ahora que tengo un tiempo disponible y deseo escribir de aquel viaje empiezo por Alba de Tormes, no por la cercana capital de la provincia.

            La experiencia fue amplia aquellos días de verano. Me cité allí con Ángel Luis, un compañero con el que compartía una página de fotografía y con el cual había mantenido un relación cordial pero esporádica. No sabía muy bien a qué atenerme con él pero finalmente resultó ser un hombre muy agradable con una mujer simpática, ambos muy acogedores. Tuvieron el detalle, que siempre agradeceré, de llevarme en una larga excursión por la zona norte de la provincia hasta visitar un lugar que había deseado conocer desde hacía mucho: los Arribes del Duero.

            Uno puede contentarse con estos comentarios para empezar el libro o cuaderno de viaje que pretendo escribir a continuación, pero quiero ir algo más allá. ¿Por qué elegir un pueblo humilde como Alba de Tormes frente a una ciudad espléndida como Salamanca, para empezar a contar de aquel verano? Cuando he repasado las ciudades por las que he viajado, las que elegí para visitar y hablar de ellas, he comprobado una curiosa relación numérica, no en vano mi profesión imprime cierto carácter matemático a la cuestión.

            La ciudad más grande de la que he escrito es Cáceres, al menos en cuanto al número de habitantes (84 mil). Después está Zamora (65 mil), Sanlúcar de Barrameda (64 mil), Segovia (54 mil) y Mérida (51 mil). Todas las demás tienen menos de cincuenta mil habitantes, desde los 47 mil de Ávila a los humildes cuatro mil de la onubense Niebla.

            Frente a ellas hay ciudades de las que quiero tal vez escribir en el futuro pero ante las que me retengo. Jerez de la Frontera tiene 187 mil habitantes, Salamanca, 156 mil. De la primera me planteo hablar solo de determinados períodos históricos o del casco histórico exclusivamente, mientras que para la segunda no sé si afrontar una mera relación de lo visto, sin tratar de ser exhaustivo, pese a la abundante información histórica, artística, que llena todo un cajón de mi mesa reclamando una atención que no me decido a darle. Así pues, llego a la conclusión con estos datos de que me siento más cómodo describiendo mis viajes a poblaciones medianas o pequeñas, la mayoría no demasiado turísticas, habría que añadir.

            La “comodidad” de mi estancia en estas pequeñas ciudades o pueblos tiene estrecha relación con mis objetivos a la hora de visitarlos. El deseo de no encontrar lugares invadidos por el turismo tiene también es un factor a tener en cuenta. El tamaño de la ciudad, el número limitado de sus habitantes, responde a mi deseo de conocer la población de que se trate, saber sus coordenadas geográficas más representativas (los barrios, las vías de comunicación, calles, plazas, monumentos, rincones para recordar) sin que se acumulen en exceso, sin perder su individualidad en la memoria. Naturalmente, todo ello tiene que ver con mi limitación mental a la hora de estructurar la información y guardarla visualmente. Dado que esas capacidades son medianas puedo suponer que mi sensación es la que puede tener cualquiera. Algo muy distinto sucede cuando recuerdo Salamanca, ciudad grande, con varios ejes de visita que se entrecruzan, monumentos que aparecen por todos lados de mi memoria en cierto grado de confusión sin que consiga precisar con claridad dónde estaban algunos en relación a otros, cuál era la verdadera distancia entre ellos.

            A esto se une el hecho de no desear una excesiva presencia turística que desarticule o simplemente condicione de forma poderosa la vida ciudadana. Porque voy llegando a la esencia de mis deseos a la hora de visitar un lugar. Quiero contemplar la vida de la ciudad y sus gentes, deseo saber de ella, inmiscuirme de forma limitada, hablar con sus vecinos, sentir su actitud como un elemento de juicio fundamental a la hora de valorar mi experiencia. De ahí lo reacio que soy a viajar al extranjero, dado mi desconocimiento de otros idiomas. Porque lo que quiero, lo que busco, es pasear por esas calles, visitar sus monumentos, sentarme en las plazas, comer sintiendo el bullicio alrededor, caminar de vuelta por la noche deseando que se abra un nuevo día en el que explorar nuevos rincones. Acostarme con algunas de las imágenes que me acompañarán por largo tiempo, lugares privilegiados del mirar, sentir la ciudad, imaginar otro tiempo en que sus calles contemplaron sucesos pasados.

            Pero si quiero encontrar esto aún busco más a las personas y sus historias. Ése es mi objetivo último, el principal. Para lo primero me contento con preguntar, hablar con los habitantes que se ponen a tiro de mis preguntas y curiosidades. Les interrogo sobre los monumentos, dónde están, quién los hizo, qué antigüedad tienen. También sobre qué sitios hay buenos para comer bien pero económicamente, de qué vive el pueblo, qué industria tiene, cómo depende del campo, dónde va la juventud si decide no quedarse allí, cómo marchan las cosas, los negocios, la vida toda en la ciudad.

            Como somos herederos de un pasado, la comprensión no acaba en esas impresiones, que en cualquier caso son fugaces o superficiales, tal vez poco representativas (aunque quiero pensar que no), sino que me sumerjo en los libros que hablan del pasado de aquella ciudad, sus historias de personas y épocas que la han llevado a ser como es ahora.

            De manera que necesito tener libros y entenderme con la gente de aquella población de cara a conocerla en sus aspectos más humanos. No sé cómo puede llamarse a este tipo de turismo que se alimenta de cultura pero la contempla como una obra humana y no sólo artística, que no descarta las fiestas del lugar ni sus dulces típicos ni su gastronomía, claro está, pero que lo entiende como una forma de acercarse a su forma de vida, a sus costumbres y festejos más populares.

            Busco aquello que deseo encontrar, otra forma de vivir, enfrentarse a las dificultades y obstáculos de la vida cotidiana, cosas en qué creer distintas de la mía, modos de relacionarse socialmente, oficios diferentes de aquel que me ha permitido vivir. De todo ello aprendo que la vida tiene una gran riqueza aunque tal vez se reduzca a deseos muy elementales (poder, dinero, religión, sexo) y a las formas elaboradas que construimos (gobiernos, trabajo y especulación, cultos y creencias, formas de cortejo) para satisfacerlos. Cada población presenta sus propias características frente a todo ello y deseo conocerlas sin juzgar su validez a priori, respetando aquello que veo y observo, pensando qué me aportan a mi propia forma de vivir, a todo aquello en lo que creo o me sostiene.

            Y ahora hablaré de Alba de Tormes, de aquella visita de apenas unas horas bajo un calor considerable que realicé en un mes de julio. Contaré de las imágenes que se me han quedado grabadas, de mis recorridos paso a paso por sus calles, ese hermoso puente sobre el Tormes, mi perplejidad ante el brazo conservado de Santa Teresa, el respeto ante su distante tumba, la visión magnífica del pueblo desde la elevada atalaya de la Torre del Homenaje en su castillo, el que aún es propiedad de la casa de Alba, de su basílica inacabada, fruto de un sueño imposible. Pero también hablaré de aquel hombre humilde que me enseñó con gran interés y en detalle la iglesia de San Juan, de aquel otro que se inclinaba sobre un torno en el cual una forma de barro iba cobrando forma, de todos los que conocí en sus calles, a la mayoría muy poco pero que me dejaron el recuerdo de una actitud cercana, servicial y amable. A ambas cosas, imágenes y actitudes, dedicaré las próximas páginas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el puente

 

 

            Tras sólo 21 km de recorrido, bajé del autobús que me había llevado desde Salamanca a una hora temprana. La estación de destino está junto al río, separado del mismo por un parque público en el que no me quise internar por no desviarme de mi primer objetivo, el puente sobre el Tormes. Pese a ello vi bastante gente que transitaba de manera algo festiva en sentido contrario al que yo seguía, pensé que habría alguna playa fluvial cercana dado que muchos jóvenes caminaban en bañador. Ciertamente, el día se anunciaba muy caluroso incluso a aquella hora de la mañana de un domingo de julio.

 

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Plano provincial

            De manera que retrocedí con mi plano lleno de dobleces en el bolsillo y tratando de encontrar las aceñas que se señalaban en él. No fue difícil. Había restos de esos molinos harineros medievales muy cerca del puente que se divisaba detrás de ellos. La corriente del río que pasaba bajo ellos estaba constituida por un brazo que posiblemente se excavara con ese destino, el de mover unas palas hidráulicas que dieran movimiento a la piedra de moler en el interior. Nada de eso se ha conservado salvo algunos muros derruidos de piedra que recuerdan vagamente aquel oficio de considerable importancia entonces. Contemplar estos restos me hace recordar las aceñas de Zamora, que sólo he podido observar por fuera, o aquel molino medieval que exploré en Córdoba, perfectamente restaurados para dar una idea de una actividad que solía estar dominada por el señor de turno en tierras de señorío.

 

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Aceñas

            Pues bien, poco después se llega a un pequeño cruce de caminos, el lugar donde antiguamente debía estar situada la Puerta del Río, lugar principal de acceso a la ciudad cuando Alba se mostraba amurallada contando con al menos cuatro puertas según las cuatro direcciones cardinales.

 

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Aceñas

 

            El único resto que sobrevive en este lugar es un imponente torreón situado junto a las aceñas, al otro lado de la carretera, y esta encrucijada al pie del puente. Habría de fotografiarlo mejor por la tarde, cuando regresara a la estación y el sol no me diera de frente.

            Este cruce de caminos permite dirigirse en cuatro sentidos hacia puntos importantes del pueblo. Uno de ellos atraviesa el puente en dirección a Salamanca. Si nos situamos como yo hice en el comienzo de dicho puente la calle de enfrente, que recuerda al sacerdote que quiso construir un imposible, el Padre Cámara, atraviesa el centro de la ciudad hasta desembocar en lo que debía ser la puerta de San Andrés. Hoy, como sucede en la misma Salamanca de manera evidente, la muralla medieval ha sido sustituida por una vía que circunvala la localidad y permite desplazarse en coche en torno a ella. En esa dirección se levanta una torre en ladrillo rojo que corresponde a la iglesia de San Pedro, un monumento importante que no pude visitar en su interior.

 

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Torreón de la antigua muralla

 

            El camino de la derecha desde la puerta del Río es precisamente el que había seguido para llegar hasta allí y nos llevaría por la calle Sol Alta hacia la parte más elevada de Alba, donde se alza el castillo de los duques de esta población, del que sobrevive casi intacta la torre de la Armería o del Homenaje como se la suele denominar.

 

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Puerta del Río

 

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El Castillo desde el puente

            Tomando el camino de la izquierda, junto al río, se llegaría al Espolón, un parque probablemente levantado en otra elevación en la que debía encontrarse el Alcázar de la villa. En el perfil de la ciudad que puede contemplarse tan bien situados en ese puente, vemos dos monumentos que sobresalen en el caserío: en primer plano, la imponente e inacabada basílica de Santa Teresa, la obra imposible a la que nos hemos referido antes. Más allá asoma la torre de la antigua iglesia de San Juan, en la plaza principal del pueblo, donde también se encuentra el Ayuntamiento.

 

 

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Basílica e iglesias de San Juan y San Pedro

 

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Alba de Tormes, desde el puente

 

            De manera que este puente medieval construido entre los siglos XII y XIII, aunque de origen probablemente romano en su diseño, que comunicaba la ciudad romana de Helmántica con la región abulense donde se encuentra Piedrahíta, camino romano por excelencia del que se ha encontrado próximos los restos de una calzada, se constituye en un punto privilegiado de Alba de Tormes. Dos son esos lugares imprescindibles para hacerse una idea de la disposición urbana: este puente nos permite observar el perfil del pueblo mientras que desde lo alto de la torre del Castillo podremos observar la disposición de sus monumentos de forma más plana al estar en altura.

            Caminaría a lo largo del puente por la tarde, me internaría en su orilla opuesta a la ciudad, buscaría los mejores ángulos para hacer una foto, admiraría su construcción bien cuidada, los veintitrés arcos por lo que atravesaba un río Tormes pacífico en el estío, la barandilla metálica con sus farolas. Al otro lado del puente hay algunas casas, arboleda, pero en general la población no parece haberse extendido en esa dirección y no me entretuve demasiado recorriendo aquella ribera.

 

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La otra ribera del Tormes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Plano general de Alba

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Pedro

 

 

            La parroquia de Alba se encuentra, como he dicho, en la calle del Padre Cámara, junto a la puerta del Río. Sólo pude caminar a su alrededor aunque su torre de ladrillo rojo, moderna al construirse en el siglo XX, me iba siguiendo en mis pasos por el pueblo ya que sobresale a gran altura. Sin embargo, lo más bonito de su exterior, también lo más antiguo, es la portada gótica que se observa en la fachada principal, tras subir una escalera de piedra.

 

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Desde el río a la Plaza Mayor

 

            En 1512 un incendio casi destruyó la totalidad de esta iglesia. Hubo que esperar a 1577 para que Fadrique Álvarez de Toledo, IV duque de Alba, por entonces de cuarenta años de edad, sufragara la reconstrucción del templo conservándose dicha portada, además de una escalera interior y el coro.

            Fue este Fadrique un hombre de agitada vida, tanto militar como sentimental. De lo primero se encargó su padre, el III duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, el más famoso de esta familia, al que acompañó en numerosas campañas militares por los Países Bajos, como la toma de Malinas en 1572 y el posterior asedio sobre Haarlem, de gran dureza y crueldad por ambas partes. Conocido es el episodio en que Fadrique hizo lanzar al interior de la fortaleza la cabeza de un prisionero, gesto que fue contestado por los asediados con el lanzamiento a campo contrario de once cabezas de otros tantos enemigos castellanos. La toma final de la ciudad de Haarlem no fue especialmente cruenta ya que no hubo saqueo gracias al pago de un cuarto de millón de florines, pero eso no fue óbice para que Fadrique hiciera ahorcar hasta a dos mil holandeses que se habían significado en la defensa de la ciudad.

            Así se las gastaban militarmente en aquella época. Su padre, el famoso general, le superaba al parecer en arrojo y perseverancia. También se conoce de aquel tiempo que, ante la posibilidad de que su hijo flaqueara en este cerco, le mandó un mensaje de que tomara Haarlem o muriera en el intento, que si era esto último él iría bajo las mismas condiciones y que, de morir él, sería su viuda la que capitanearía el asedio.

            Si militarmente fue figura destacada en el período que le tocó vivir, bajo reinado de Felipe II, el aspecto matrimonial no le deparó gran fortuna. Primero se casó en 1555, con 18 años, con María Guiomar, fallecida sólo dos años después, cuando contaba 17. De manera que algún tiempo después, en 1562, casó con María Pimentel, hija del conde de Benavente, que también murió poco después sin darle descendencia.

 

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San Pedro, fachada principal

 

            En esos años, 1566 aproximadamente, se sitúa la exigencia del rey de que casara con Magdalena de Guzmán, dama de la reina Isabel de Valois. Pero Fadrique, apoyado por su padre, se negó tajantemente a ello insistiendo en su actitud frente a la amenaza real de ajusticiarle y pese a que, sin llegar a tal extremo, el rey le hiciera encerrar varios meses en el castillo de la Mota, junto a Medina del Campo, en Valladolid. Parece que la mencionada dama tenía una virtud más que cuestionable en la Corte y además, tal vez esto resultara lo principal, era notoria su ascendencia judía.

            Finalmente, Fadrique se salió con la suya y, con el amparo paterno, terminó casándose por tercera vez con su prima María de Toledo, en esta ocasión en secreto. Para ello tuvo incluso que falsificar el consentimiento real, hecho muy grave que le llevó de nuevo a prisión en el castillo de la Mota y al exilio de la Corte para su padre, el propio duque de Alba.

            Cuando Fadrique mandó restaurar esta iglesia de San Pedro aún no había concluido el proceso que el rey le abrió por su actitud pero el caso ya iba declinando, de manera que en 1578 casó finalmente con María de Toledo, esta vez de manera oficial. Ignoro si el matrimonio tuvo lugar en esta iglesia, posiblemente no pero tampoco es descartable.

            La única descendencia que llegó a tener el IV duque de Alba, con dicho nombramiento desde 1580 a la muerte de su padre, fue un niño nacido en 1582 que falleció prematuramente poco antes de que su propio padre también lo hiciera con cuarenta y seis años. El ducado quedó entonces en manos de un sobrino, Antonio de Toledo y Beaumont, V duque.

            La iglesia que observamos fue también reformada en 1688 quedando los elementos originales que hemos mencionado y un interior de planta de salón con tres naves que terminaría siendo uno de los refugios, junto al Castillo, de las tropas francesas que a principios del siglo XIX ocuparon la localidad.

 

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Torre de la iglesia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Convento de la Anunciación

 

 

            Después de pasar junto a la iglesia de San Pedro se gira hacia la izquierda en ángulo casi recto, por la calle Pizarro, para alcanzar enseguida una plaza que puede entenderse como el centro religioso de Alba: la de Santa Teresa o las Madres, como también se la conoce.

            Es pequeña pero bonita y recogida. Apenas unas cuantas calles estrechas separan los diversos edificios que la componen, no hay más que tráfico peatonal y se puede pasear por el lugar silencioso hasta que una nube de chavales de un campamento cercano acertaron a ir justamente a esa hora cantando, aparentemente muy divertidos, loas a Santa Teresa. Porque éste es un lugar carmelita por excelencia.

 

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Plaza de Santa Teresa

            Según se entra en la plaza se observan tres edificios que visitaremos en estas páginas: a la izquierda el más importante, el convento e iglesia de la Anunciación. A la derecha la iglesia de San Juan de la Cruz y, junto a él, el museo carmelita donde se guardan recuerdos de ambos santos.

 

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Excursionistas, cantando por las calles de Alba

 

            Eludiendo a los chicos que se habían sentado en las gradas del segundo de los edificios a comerse un merecido bocadillo (derrochaban energías, indudablemente), me dirigí a la iglesia de la Anunciación. El sol daba suavemente aquel día sobre su fachada principal. Quizá fuera esa luz la que provocaba que sus relieves y detalles apareciesen con una gran belleza. Tal vez por eso fotografié repetidamente esos motivos, me quedé mirando un buen rato admirando los tres cuerpos de la portada.

            Dos columnas corintias enmarcan un arco de medio punto bajo el cual se abre la puerta de entrada. Encima de ellas aparecen dos imágenes sucesivas: una representación de la Encarnación y, más arriba, en el tímpano, una imagen de Dios que contempla la anterior, amparándola. En la parte superior hay un cartel que habla de los dos fundadores de este convento e iglesia, Francisco Velázquez y Teresa de Laíz, coronando una cruz todo el conjunto, parece que obra de Juan de Montejo.

 

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Convento de la Anunciación

 

            Santa Teresa, cuyo sepulcro había de visitar poco después, narra en el capítulo XX de las Fundaciones la correspondiente a este monasterio. En él menciona largamente a Teresa de Laíz, natural de un pueblecito llamado Tordillos, a escasa distancia de Alba. Además de una cruel historia que comenta sobre su abandono por parte de sus padres (hartos de tener niñas) y su recogida por una vecina, el momento importante de la vida de esta Teresa es cuando contrae matrimonio con Francisco Velázquez, natural de Alba y que debía ser hombre trabajador y honrado, además de disponer de una regular fortuna.

 

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Iglesia de la Anunciación

 

            En primer lugar se trasladaron a este pueblo sobre el Tormes donde la santa, en su narración, sugiere la existencia de unas tentaciones que sufrió la muchacha ante la presencia de un mancebo alojado en la casa por su marido. Lo que hubo o pudo haber nadie lo sabrá nunca pero fue el caso que ella pidió a su esposo que se fueran lejos de Alba. La posterior renuencia de Teresa de Laíz a volver desde la más mundana Salamanca de nuevo a Alba pudo tener que ver también con los rumores que esa sospechosa relación provocó en su tiempo en un pueblo pequeño como era éste.

 

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Portada de la iglesia, detalle

 

            En fin, el caso es que se establecieron en Salamanca y Teresa fue creciendo en edad sin llegar a tener hijos, pese a los ruegos y oraciones que dirigía tanto a Dios como a San Andrés, al que se encomendaba con frecuencia. Como tantas mujeres estériles por aquel entonces su deseo de descendencia se convertiría fácilmente en obsesión. Llegó un momento en que pareció resignada, sobre todo tras tener un sueño en que San Andrés, junto a un pozo, le dijo: “Otros hijos son estos que los que tú quieres”.

            De manera que se le metió en la cabeza que, dado que no tenía descendencia ni la habría de tener, su objetivo podría ser construir un monasterio, actividad por otra parte nada extraña tanto en parejas sin descendencia como en viudas adineradas de la pequeña o alta nobleza. Cuando trataban los esposos cuál sería el lugar de la fundación, negándose el marido a que fuera en Tordillos por su escasa población, llegó el recado del duque de Alba para que volviese aquí como Contador ducal. Así lo hizo él primero, comprando casa, y mandando por su mujer que, tras mostrarse contraria a fundar el monasterio en la modesta casa adquirida por su marido, consiguió que comprase varias casas colindantes hasta contar con un espacio suficientemente amplio para la fundación del monasterio.

            Entonces le empezaron a entrar dudas. Hacer una fundación tal conllevaba una serie de obligaciones y rentas, por una parte, pero sobre todo marcar unas reglas de convivencia conventual. Algunos sacerdotes amigos le advirtieron de las dificultades que tales cosas comportaban por la imprevisible reacción de las monjas, el descontento al que tendría que enfrentarse, las protestas en no pocas ocasiones.

            En vista de todo ello Teresa de Laíz desistió inicialmente de su empeño, otorgando parte de las casas adquiridas a un sobrino que se iba a casar. Una vez acordada la cesión el sobrino murió al cabo de diez días, hecho que además de impresionar a su tía le hizo sentirse culpable de haberse echado para atrás en su empeño inicial. Así que volvió a la idea del monasterio o convento, pero no sabía quién podía ayudarle en ello.

 

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Interior de la iglesia

            Por entonces (1570) andaba fundando un nuevo convento en Salamanca Teresa de Ahumada, la que sería santa abulense, ya por entonces de cierta edad y con mucha experiencia en eso de las fundaciones. Un fraile franciscano amigo puso en contacto a Teresa de Laíz con su tocaya carmelita descalza. Ésta no vio inicialmente con buenos ojos la fundación en un pueblo donde previsiblemente las monjas no tendrían apenas rentas propias con las que sustentarse, base finalmente de muchas de las protestas que podían aparecer posteriormente. Cuando se las aseguraron vino hasta esta misma plaza, vio con agrado que el matrimonio fundador donaba todas sus casas al nuevo convento carmelita retirándose a vivir a una mucho más modesta, donde habían de fallecer pocos años después.

            Así, el 25 de enero de 1571 se llevó el Santísimo Sacramento hasta la iglesia, dándose por inaugurado el convento y su iglesia aledaña, el mismo lugar donde la santa viviría sus últimos días once años después.

            Finalmente entré en la iglesia que, como la portada, es de finales del siglo XVI. No debieron ser pocos los medios disponibles para construir un tan amplio templo, con su profunda nave central, su bóveda propia del Renacimiento. Mi atención primera se centró en el retablo del altar mayor, de finales del siglo XVII, en tres cuerpos, con importantes pinturas del taller madrileño de Rizi. Sin embargo, mi interés residía en contemplar el camarín donde se encuentran los restos de la santa, una urna de mármol negro en cuyo interior, al parecer, se conserva un arca de madera forrada en plata que los contiene.

            Estos pasaron por diversas vicisitudes hasta su emplazamiento definitivo en el lugar donde ahora se contemplan. Muerta en 1582 las monjas del convento de Alba de Tormes, seguramente inspiradas por la duquesa, la enterraron rápidamente en el suelo de esta iglesia, en el Coro bajo de la misma. Tres años después y, tras numerosos litigios con el convento central de San José en Ávila, el cuerpo fue trasladado hasta este último, no sin que fuera despojado de un brazo y el corazón que las monjas de Alba querían al menos conservar. Tras numerosas gestiones y presiones políticas el duque de Alba, figura señera en aquel tiempo de la España de Felipe II, consiguió un año después la vuelta de los restos.

 

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Antiguo enterramiento de Santa Teresa

 

            Pasados unos años, en 1602, se colocó en una caja noble trasladándose hasta el Coro alto, en un lugar donde ahora hay un cuadro de la enfermedad final de la santa que se puede contemplar en un costado de la amplia nave central. Bajo este cuadro sobresale una urna en piedra de gran lujo, obra de Juan de Montejo también, donde el cuerpo de la santa descansó desde 1615 hasta 1677, en que las obras de ampliación de la iglesia se completaron con el traslado del arca de madera hasta el centro del retablo en el altar mayor.

 

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Altar mayor y urna de Santa Teresa

            Las mismas obras de remodelación de la nave principal, para dotarla de más anchura y reformar su recorrido, hizo que los restos de los fundadores, Francisco Velázquez y Teresa Laíz, fueran trasladados a un hueco en el muro donde hoy se pueden contemplar.

 

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Sepulcro de los fundadores del convento

 

            Sin embargo, el sepulcro más llamativo es el de Simón de Galarza y su esposa, herederos del Patronazgo de los fundadores. Los dos personajes se representan con gran detalle, él embutido en una armadura mientras ella, en cierto ángulo respecto al primero, lee un libro. Un paje aparece pensativo a sus pies.

            Más hacia los pies de la nave se haya otro modesto sepulcro tras un enrejado: el de Juana de Ahumada, hermana menor de la santa, y su marido Juan de Ovalle.

 

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Sepulcro de Juana de Ahumada y Juan de Ovalle

 

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Sepulcro de Simón de Galarza y esposa

 

En la muerte de Santa Teresa

 

 

            A los pies de la nave principal de la iglesia se encuentra, tras una puerta, la habitación donde Santa Teresa fue trasladada en los últimos días de su vida. Corría por entonces el verano de 1582 y había fundado su último convento en Burgos. Aunque deseaba volver a Ávila por sentirse bastante quebrantada en su salud recibió una petición de María Enríquez, duquesa de Alba, para que la acompañara.

 

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Celda donde murió Santa Teresa

 

            Teresa, siempre atenta a disponerse bien con la nobleza (también a cantarles las cuarenta si hacía falta, como pasó con la princesa de Éboli, Ana Mendoza de la Cerda), tomó el camino de Alba de Tormes que, en aquel mes aún caluroso de septiembre, se hizo particularmente ingrato. Cuando llegó a este convento hubo de acostarse de inmediato. Poco a poco se apreció la gravedad de su estado que habría de llevarla al fallecimiento quince días después. Fue el padre Antonio de Heredia, en el lecho de muerte, quien le preguntó dónde deseaba ser enterrada, a lo que replicó: “¿Tengo que decidirlo yo? ¿Me van a negar aquí un agujero para mi cuerpo?”. Era indiferente a lo que habría de suceder después, las reclamaciones y la partición de su cuerpo para quedarse con las reliquias de esta santa.

 

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El brazo de la santa

 

            En fin, el caso es que me asomé a dicha habitación. Es modesta aunque obviamente ahora aparece muy bien arreglada, con un Cristo que mira al maniquí que representa a la santa mientras muere, con un crucifijo en la mano. Me hubiera gustado ver la habitación desnuda de adornos, sin ese maniquí que no añade nada a la imaginación de cómo fueron las últimas horas, su muerte aquel 4 de octubre en brazos de la beata Ana, el reloj dando las nueve campanadas de aquella noche mientras la santa expiraba.

 

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El corazón de la santa

 

            Luego continué mi recorrido por aquellas salas girando a la derecha y contemplando con cierto estupor y curiosidad el brazo y el corazón de la santa tras una vitrina. Su apariencia me pareció penosa, el corazón está reseco como es natural, el brazo, doblado por el codo y pese al recipiente tan lujoso que lo contiene, tiene una apariencia cruda y desagradable. Pensé que más valdría a estas alturas enterrar esos restos junto a los de la santa en la urna que tenían en el retablo.

 

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Acceso al convento

 

 

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Fachada del convento, detalle

 

            Como en el caso de la tumba de su amigo San Juan de la Cruz en Segovia tuve la impresión de que su vida estaba muy por encima de su muerte, por más que elevaran los restos hasta una altura física que nunca tuvieron en vida. Si Santa Teresa fue algo, en mi opinión, fue una mujer con los pies en la tierra, con el corazón en el cielo, tozuda, voluntariosa como pocas, arrebatada, generosa pero firme, una mujer de mucha valía en su empeño que llevó adelante contra viento y marea, superando toda clase de obstáculos dentro de la política de su época así como evitando las muchas zancadillas e intrigas de los propios religiosos carmelitas calzados.

            Seguidamente me trasladé hasta el convento aledaño en el que casi no pude más que entrar a ver una pequeña sala donde se exponían algunos elementos de artesanía relacionados con la santa. Del mismo modo, el museo que se abre frente a la iglesia, al otro lado de la plaza, me permitió pasear entre recuerdos de ambos carmelitas, esculturas antiguas de Santa Teresa, un arca donde permanecieron los restos de San Juan de la Cruz en algún momento, su dedo encorvado, casi un garfio, que observé con cierta repugnancia tras una urna cilíndrica de cristal, el mismo que había escrito cosas tan bellas como su Cántico espiritual. Me fijé en otra reliquia, un trozo de carne y un paño manchado de sangre de Santa Teresa, probablemente extraídos en su lecho de muerte. Lo miré todo con cierto espanto, quiero comprender que se dote a esos recuerdos corporales del poder taumatúrgico que se les asignó a su muerte pero tal vez sea por mi falta de creencias en esas cuestiones o por mi admiración hacia las figuras humanas de ambos, mi respeto a su obra y actitudes, que no puedo dejar de recordar con desagrado la exposición de esos restos.

 

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Primera sala del museo, imágenes de los santos

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Arca que contuvo los restos de San Juan

 

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Imagen de Santa Teresa

 

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Reliquias: El dedo de San Juan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iglesia de San Juan de la Cruz

 

 

            En una esquina de la plaza, sobre unas gradas donde se sentaban a tomar el bocadillo de media mañana el grupo de jóvenes, se abre una pequeña y modesta iglesia. Dada su sencillez arquitectónica se la describe, no tanto por sus magnificencias, como por ser la primera del mundo dedicada al santo carmelitano por excelencia, San Juan de la Cruz.

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Fachada de la iglesia

 

            Fue levantada en 1695 sobre el solar donde se habían asentado unas casas de Juan de Ovalle, cuñado de Santa Teresa, el mismo que está enterrado en la iglesia aledaña. Hizo las trazas otro carmelita, fray Alonso de la Madre de Dios, para que allí se construyera un convento masculino que diera réplica al femenino que se levanta junto a la iglesia de la Anunciación.

 

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Entrada al museo, junto a la iglesia

 

            Su importancia no debió ser grande, no al menos tanta como la de su convento vecino en cuyo seno había muerto la santa y que albergaba sus restos. Es por ello que, con la exclaustración, fueron los monjes carmelitas los que tuvieron que abandonar el convento masculino que fue destinado a principios del siglo XIX a cárcel, escuelas públicas y cuartel de la guardia civil posteriormente.

            Al final, fue devuelto a la Orden carmelitana en 1877 no sin dejarlo reducido a la iglesia que pude visitar. Caminé por su nave principal disfrutando del silencio que al fin se había adueñado de la plaza de las Madres, observando algunas imágenes, realmente no parece tener grandes joyas escultóricas en la línea de la modestia arquitectónica que la caracteriza.

 

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Interior de la iglesia de San Juan de la Cruz

 

            Por eso, tras un rápido recorrido bajé las escaleras que me llevaban hasta el nivel de la plaza preguntando cómo llegar hasta la Plaza Mayor del pueblo. Realmente, en el plano la hubiera encontrado enseguida pero lo cierto es que me gusta preguntar, voy calibrando la amabilidad de la gente, la posibilidad de deslizar algunas preguntas sobre el pueblo, la vida allí. Fue ya por entonces cuando encontré las primeras muestras de una sencilla amabilidad que habría de ser la tónica durante todos los recorridos por Alba de Tormes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Plaza Mayor

 

 

            De manera que subí por una corta calle en cuesta poco pronunciada, Sánchez Rojas, pasé junto a la puerta de un restaurante que luego me recomendaron pero que terminé por desechar debido a unos precios algo elevados para lo que pensaba. Poco después, se abría la Plaza Mayor del pueblo frente a mí. Decidí tomarme un descanso de manera que me senté a la mesa de un bar llamado ampulosamente “Venecia 77”, pedí un café y fui haciendo las primeras fotos del lugar a medida que lo iba observando.

 

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El bar Venecia 77

 

            Me he sentado en muchas plazas de este tipo. Cada ciudad y pueblo tiene una. En ella, como en ésta de Alba de Tormes, se levanta un Ayuntamiento de entre los siglos XVII y XVIII, el momento en que las reuniones consistoriales dejaron de tener acomodo provisional en los pórticos de las iglesias, en salas de casas nobles, y la administración local fue favorecida por la política más moderna de Carlos III. Es por ello que los edificios del Cabildo suelen mostrar un estilo arquitectónico semejante, desde lo renacentista hasta el estilo neoclásico.

 

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Plaza Mayor, al fondo la iglesia de San Juan

 

            En el caso de Alba su Ayuntamiento se levantó pronto, entre los años 1556 y 1570, el tiempo que no en vano coincide con el mayor esplendor de la casa de Alba, unos duques que aún no habían abandonado la localidad como harían tiempo después.

            Apenas he encontrado datos sobre este edificio, entre otras cosas por la modestia de su fachada, con un reloj en la parte superior y un extraño campanario en forma de jaula de metal, indudablemente posterior a aquel tiempo. Pero da igual que el Ayuntamiento sea más noble o menos noble en su constitución, allí se estaba muy bien viendo pasar a la gente, charlando brevemente con el camarero sobre un hojaldre que llegó a servirme, observando a los que tomaban café, una cerveza de media mañana (el calor aumentaba), pocos turistas, la mayoría gente del propio pueblo. Frente a mí un edificio con una joyería amplia separaba el Ayuntamiento de la iglesia de San Juan, que habría de visitar después. Tuve suerte en ello porque posteriormente, cuando buscara un lugar donde comer, vería salir a los integrantes de una boda que habían ocupado el templo después de que yo lo abandonara.

 

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Ayuntamiento

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Iglesia de San Juan al fondo