VIP Membership

Alexias por MR - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
La edad de oro de la Atenas de Pericles llega a su fin con las guerras del Peloponeso.

Atenas se rinde ante su enemiga Esparta

como un noble y poderoso animal

acostumbrado a señorear sabiamente

su territorio. Pero el siglo y a.C. es también una época de exuberancia creadora

y brillantez intelectual, Platón, Sócrates, Jenofonte, serán personajes de excepción

en la juventud de Alexias, un muchacho

ateniense que cobra vida gracias a la pluma de Mary Renault. Alexias de Atenas

es una soberbia recreación de la vida

cotidiana en la Grecia clásica, un canto

a la amistad y al amor entre los jóvenes

guerreros griegos, agridulce como el último vino que se comparte con amigos

antes del combate.

Mary Renault (1905-1983), seudónimo

de la famosa autora de novela histórica

Mary Challans, nació en Inglaterra, recibió una esmerada formación en Oxford

y se afincó en Sudáfrica al término

de la Segunda Guerra Mundial. Aplicó

su erudición y calidad literaria a la recreación de la vida en la Antigüedad clásica

«como si realmente hubiera estado allí».

Un buen ejemplo de ello es la excelente

trilogía dedicada a Alejandro Magno

-Fuego del paraíso, El muchacho persa

y Juegos funerarios- y publicada también

en esta colección.

Alexias de Atenas

Una juventud en la Grecia clásica

Novela Histórica

Alexias

de Atenas

Una juventud en la Grecia clásica

Mary Renault

SALVAT

Diseflo de cubierta: Ferran Cartes/Montse Plass Traducción: Elena Rius

Traducción cedida por Editorial Edhasa

Título original: The Lan of the Wine

Cuando era niño, si estaba enfermo o me sucedía algo desagradable, o me habían azotado en la escuela, acostumbraba recordar que el día en que nací mi padre había querido matarme.

Diréis que no hay nada de extraordinario en eso. Sin embargo, creo que es menos corriente de lo que cabría suponer, pues, por regla general, cuando un padre decide abandonar a un hijo, lo hace, simplemente, y la cuestión acaba así. Y muy raramente puede un hombre decir de los espartanos, o de la peste, que a ellos debe la vida en lugar de la muerte.

Fue al principio de la Gran Guerra, cuando los espartanos estaban en el Ática, incendiando granjas. Existía la creencia en aquellos tiempos de que ningún ejército podía enfrentarse con ellos y sobrevivir; por tanto, nosotros teníamos sólo la Ciudad, y El Pireo y los Muros Largos, como había aconsejado Pericles. Cuando yo nací él aún vivía, aunque estaba ya enfermo; algunos jóvenes estúpidos me preguntan, como hizo uno recientemente, si le recuerdo.

Los campesinos cuyas granjas eran incendiadas llegaban a la ciudad, y vivían como animales donde podían poner un techo de piel de res sobre unos palos. Incluso dormían y cocinaban en los tempíos y en las columnatas de las escuelas de lucha. Los Muros Largos estaban bordeados de apestosas chozas, hasta la bahía. La peste empezó allí, en algún lugar, y se extendió como el fuego en la maleza.

Algunos dijeron que los espartanos habían invocado a Apolo, y otros aseguraron que habían logrado envenenar los manantiales.

Algunas mujeres, según creo, culpaban a los campesinos de haber traído con ellos una maldición; como si fuese posible que los dioses castigasen a un Estado por tratar con justicia a sus ciudadanos. Pero como las mujeres ignoran la filosofia y la lógica y temen más a los adivinos que al inmortal Zeus, siempre creen que lo que les causa aflicción debe ser maligno.

Printed in Spain - Impreso en Espafta

7

La peste causó muchas víctimas en mi familia, como lo hizo en casi todas. Daniisco, el corredor olímpico, padre de mi madre, fue enterrado con sus viejos trofeos y su corona de olivo. Mi padre se encontró entre quienes enfermaron y sobrevivieron, pero durante algún tiempo sufrió una fluxión sanguinolenta, que le impedía tomar parte en la guerra. Cuando yo nací, acababa justamente de recobrar sus fuerzas.

El día de mi nacimiento, murió Alexias, hermano menor de mi padre, que contaba veinticuatro años de edad. Tuvo noticias de que un joven llamado Filón, a quien amaba, había caído enfermo, y fue inmediatamente a su lado, encontrando, según me dijeron, no sólo a los esclavos del joven, sino a su propia hermana, que huían, abandonándole. Su padre y su madre habían ya perecido. Alexias halló al joven solo, echado junto a la fuente del patio, hasta donde se había arrastrado para calmar su fiebre. No le había pedido a nadie que fuera en busca de su amigo, pues no deseaba ponerle en peligro; pero algunos transeúntes, que no habían osado acercarse demasiado, dijeron haber visto que Alexias le llevaba al interior de la casa.

Estas noticias llegaron hasta mi padre algo después, mientras mi madre me daba a luz. Mandó a un servidor de confianza, que había sufrido ya la peste, el cual encontró a los dos jóvenes muertos. Por la forma en que yacían, parece que en el momento de la muerte de Filón, Alexias se había sentido enfermo, y, sabiendo el fin que le esperaba, tomó cicuta, para hacer el viaje juntos. La copa estaba en el suelo, a su lado; había derramado el sedimento, escribiendo FILÓN

con el dedo, como se hace después de la cena, con el último vino.

Tras recibir por la noche estas noticias, mi padre salió con antorchas en busca de los cadáveres, para mezclar sus cenizas en la misma urna y mandar erigir un monumento fúnebre. Habían desaparecido ya, arrojados a una pira común en la calle; pero más tarde, mi abuelo erigió una lápida para Alexias, en la calle de las Tumbas, con un relieve en el que aparecían los amigos con las manos unidas en despedida, y una copa junto a ellos, en un pedestal. Cada año, el día de la Fiesta de las Familias, hacíamos sacrificios por Alexias en el al.

tar de la casa. Esta es una de las primeras historias que recuerdo. Mi padre solía decir que en la Ciudad quienes murieron de la peste fueron los hermosos y buenos.

Como Alexias había muerto sin haber contraído matrimonio, mi padre decidió dar su nombre al hijo que nacía, si era varón. Mi hermano mayor, Fiocles, que contaba entonces dos años, había sido un muchacho particularmente fuerte al nacer; pero cuando la comadrona me sostuvo en el aíre, vieron que yo era pequeño, arrugado y feo, pues mi madre me había alumbrado casi un mes antes de tiempo, quizá por una debilidad de su cuerpo o por la presciencia de un dios. Mi padre decidió inmediatamente que sería indigno para Alexias imponerme su nombre; que yo había nacido en tiempos de mala fortuna, y estaba marcado por la ira de los dioses, por lo que sería mejor no criarme.

Nací mientras mi padre estaba ausente, buscando los cadáveres, y la comadrona me había entregado a mi madre, para que me ama-mantara. Esto molestó a mi padre, pues mi madre se había encari-

ñado conmigo, como hacen las mujeres, y, enferma y febril, le pidió mi vida con lágrimas en los ojos. Mi padre estaba razonando con ella, pues no quería arrancarme de sus brazos a la fuerza, cuando el heraldo hizo sonar la trompeta llamando a la caballería porque se veía a los espartanos dirigiéndose a la Ciudad.

En aquellos tiempos éramos una familia bastante rica; mi padre tenía dos o tres caballos, y, por tanto, debía armarse y formar con su escuadrón. Se despidió de mi madre, sin anular sus órdenes, pero tal vez debido a la prisa o a la conmiseración, no encargó su cumpli-miento a nadie. Nunca hay gran rivalidad para ejecutar semejante trabajo, por lo que la cuestión quedó pendiente hasta algunos días más tarde, cuando los espartanos se retiraron y mi padre regresó a nuestra casa.

Encontró a la familia sumida en la aflicción. Mi hermano Fiocles había muerto y mi madre exhalaba su último suspiro. Desde el primer momento había ordenado que me mantuvieran alejado de ella, y fui entregado a una nodriza que buscó un esclavo.

Al regresar de la ceremonia fúnebre con el cabello rapado, mi padre hizo que me llevaran a él, y viendo que la nodriza era mujer decente, me dejó a su cuidado. Creo que había querido a mi madre; y supongo que debió pensar en la incertidumbre de la vida, diciéndose que sería menos deshonroso para él dejar a un hijo como yo, que morir sin sucesión, como si jamás hubiese existido. Más adelante, al ver que engordaba y parecía más fuerte y tenía mejor aspecto, me impuso el nombre de Alexias, como había sido su intención antes de mi nacm?uento.

8

2

Nuestra casa estaba en Kerameikos interior, no lejos de la Puerta del Dipilón. En el patio había un pequeño peristilo de columnas pintadas, una higuera y una parra. En la parte posterior estaban los establos, donde mi padre tenía sus dos caballos y una mula. Era fácil trepar al tejado del establo y de allí al de la casa.

El tejado tenía un borde de tejas de acanto y no era muy inclinado. Poniéndose a horcajadas en el caballete del tejado era posible ver más allá de las murallas de la Ciudad y de las puertas del Dipilón, hasta el Camino Sagrado, donde se curva hacia Eleusis, entre jardines y tumbas. En verano alcanzaba a ver el cipo de mi tío Alexias y su amigo, junto a una gran adelfa. Luego me volvía hacia el sur, donde la Ciudad Alta se levanta como gran altar de piedra contra el cielo, y buscaba, entre los alados tejados de los templos, el punto de oro donde la alta Atenea de la Vanguardia señala con su lanza hacia los barcos en el mar.

Pero me gustaba más mirar al norte, a la cima cubierta de nieve del Monte Pamaso, requemado en verano, o gris y verde en primavera, vigilando la aparición de los espartanos. Hasta que cumplí seis años, llegaban casi cada año, cruzando el paso de Dekeleia- Generalmente, algún jinete traía la noticia de su llegada; pero algunas veces nos enterábamos en la Ciudad cuando en las colinas se levantaban las columnas de humo de las granjas incendiadas.

Nuestra casa solariega está en las colinas, más allá de Acamas.

Nuestra familia ha estado allí desde la llegada de los saltamontes, como reza el dicho popular. La falda de la colina sobre el valle está terraplenada para viñas, pero la mejor cosecha la dan los olivos, y la avena sembrada en los olivares. Creo que algunos de los olivos son tan viejos como la propia tierra- Sus troncos tienen el grosor de tres cuerpos humanos y son nudosos y retorcidos. Se dice que los plantó la propia Atenea, cuando dio el olivo a la tierra. Dos o tres de ellos están en pie aún. Hacíamos sacrificios allí en el tiempo de la cosecha; es decir, cuando había cosecha.

Acostumbraban mandarme a la granja al principio de la primavera, para que respirara el aire del campo, e iban en mi busca cuando se acercaba la llegada de los espartanos. Pero una vez, cuando yo tenía cuatro o cinco años, llegaron antes, y debimos apresuramos en huir de allí. Recuerdo que estaba sentado en la carreta, con las esclavas y los utensilios de la casa; mi padre cabalgaba junto a nosotros y los esclavos azuzaban a los bueyes. Traqueteaba la carreta, y todos tosíamos a causa del humo de los campos mcen-diados. Todo fue quemado aquel año; todo, excepto las paredes de la casa y el olivar sagrado, que piadosamente no tocaron.

Puesto que era demasiado joven para comprender las cosas serias, solía esperar el momento de su retirada, para ver lo que habían hecho. Cierto año un escuadrón de espartanos fue acuartelado en la granja. Aquellos de entre ellos que sabían escribir habían inscrito los nombres de sus amigos en las paredes, junto con diversos tributos a su belleza y virtud. Recuerdo a mi padre borrando irritadamente las inscripciones hechas con carbón, mientras decía:

-Blanquead esos burdos garabatos. El muchacho nunca aprenderá a deletrear debidamente o a escribir con propiedad, teniendo esto ante sí.

Uno de los espartanos había olvidado su peine. Constituía un tesoro para mí, pero mi padre dijo que estaba sucio y lo tiró.

Por mí parte, creo que no supe lo que era la desgracia hasta que cumplí los seis años. Mi abuela, que se hacía cargo de mí cuando mí padre estaba en la guerra, murió entonces. La salud de mi abuelo Fi-boles (anciano alto, de hermosa barba, siempre bien cuidada y de una blancura que rayaba en lo azul, en cuya imagen incluso hoy veo al dios Poseidón) no era muy buena, y mi presencia le molestaba, por lo que mi padre contrató un ama, una mujer libre de Rodas.

Era esbelta y atezada, y parecía que por sus venas corría algo de sangre egipcia. Más tarde supe, sin saber lo que significaba, que era la concubina de mi padre. Nunca dejaba mí padre de portarse debidamente en mi presencia, pero algunas veces oía lo que decían los esclavos, que tenían sus propias razones para odiarla.

Si hubiera sido algo mayor, habría podido consolarme, cuando la mano de la mujer caía pesadamente sobre mí, diciéndome que mí padre pronto se cansaría de ella. No poseía ninguna de las gracias Ix

'o

t

U

que él hubiese podido encontrar en una hetaira de clase muy modesta, y en aquellos tiempos podía permitirse lo mejor en todo. Pero aquella mujer me parecía tan parte integrante de la casa como el pórtico o el pozo. Creo que ella había empezado a suponer que cuando yo fuera lo bastante mayor para ir a la escuela con un pedagogo, mi padre aprovecharía la oportunidad para deshacerse de ella; por tanto, mis progresos la irritaban.

Yo buscaba compañía, y un esclavo me dio un gatito, al cual la mujer le retorció el cuello en mi presencia, cuando lo vio. La mordí en un brazo, mientras intentaba quitárselo de las manos, y entonces ella me contó, a su manera, la historia de mi nacimiento, de la que se había enterado por los esclavos. Por ello, cuando me pegaba, nunca pensaba en decírselo a mi padre, ni en pedirle ayuda. Y supongo que él, por su parte, al yerme cada día más taimado y hosco, y de acentuada palidez, debió preguntarse algunas veces si el primer pensaimento no es siempre el mejor.

Cuando llegaba, al anochecer, se vestía para la cena. Entonces yo le miraba, preguntándome qué sentiría al ser tan hermoso. Tenía más de seis pies de altura, ojos grises, piel atezada y cabello dorado.

Era como uno de los grandes Apolos que salían del taller de Fidias, en los tiempos en que los estatuarios no esculpían aún Apolos suaves y blandos. En cuanto a mí, yo era de los que tardan en crecer, y bajo para mi edad. Veíase ya claramente que sería como los hombres de la familia de mi madre, de cabello oscuro y ojos azules, con tendencia a ser corredores y saltadores, en lugar de luchadores y pancraciastas. La rodiota me había dicho claramente que yo era el redrojo de una buena jauría. Y nadie me había afirmado lo contrario.

Me complacía, sin embargo, verle con su mejor manto azul con la orla dorada, desnudos el atezado pecho y el hombro izquierdo, bañado y peinado y frotado con aceite dulce, arreglado el cabello en guirnalda y recortada la puntiaguda barba. Aquello significaba una cena seguida de fiesta. Al acostarme solo y sin lavarme, mientras la rodiota estaba ocupada en la cocina, yacía en mi lecho escuchando las flautas y las risas, la elevación y caída de las voces al conversar, o a alguien que cantaba, acompañándose con una lira. Algunas veces, cuando se había contratado una bailarina o un juglar, acostumbraba trepar al tejado y mirar desde allí al otro lado del patio.

En cierta ocasión dio una fiesta a la que asistió el dios Hermes.

Así lo creí al principio, no sólo porque el hombre parecía demasiado alto y hermoso para no ser un dios, y tenía aspecto de estar acostumbrado a la adoración, sino también debido a que era tan igual a la herma que había ante la casa nueva de un rico, que parecía haber servido de modelo para ella, como así había sido en realidad. Sólo salí de mi admiración cuando él apareció e hizo aguas en el patio, lo cual me dio casi el convencimiento de que era hombre. Entonces, alguien desde dentro gritó:

- ¿Dónde estás, Alcibíades?

Y él regresó al cenáculo.

Mi padre tenía entonces preocupaciones propias, por lo que rara vez se acordaba de mí, pero en algunas ocasiones recordaba que te-nía un hijo, y cumplía con sus deberes paternos. Por ejemplo, el día que nuestro mayordomo me sorprendió robando maíz para arrojárselo a las palomas, y me lo quitó, pues el grano escaseaba aquel año.

Haciendo gala de los modales que había aprendido de mi ama, golpeé el suelo con el pie y le dije que no tenía el menor derecho de prohibirme nada, puesto que sólo era un esclavo. Entonces, mi padre, que me había oído, entró en la habitación, despidió al hombre con una palabra amable y me llamó a su lado.

-Alexias -dijo-, mi escudo está allí, en aquel rincón. Cógelo y tráemelo.

Fui hasta donde el escudo estaba apoyado contra la pared, y, co-giéndolo por el borde, empecé a rodarlo, puesto que era demasiado pesado para que pudiera levantarlo.

-Así no -observó mi padre-. Pasa el brazo por las bandas, y llé-

valo como lo hago yo.

Pasé el brazo por una de las bandas y logré enderezarlo, pero no levantarlo. Era casi tan alto como yo.

-¿No puedes levantarlo? -preguntó-. ¿Es que no sabes que cuando combato a pie debo llevar no sólo el escudo, sino una lanza también?

-Pero, padre -repuse-, no soy hombre aún.

-Déjalo en el rincón, pues -me ordenó-; y ven aquí.

Le obedecí.

-Y ahora -prosiguió-, préstame atención. Cuando seas lo bastante hombre como para llevar un escudo, sabrás por qué se venden hombres como esclavos, y sus hijos al nacer tienen también esa condición. Hasta entonces, te basta con saber que Amasis y los demás 12

'3

son esclavos, no debido a méritos tuyos, sino por la voluntad del cielo. Te abstendrás de actitudes airadas, que los dioses odian, y te portarás como señor. Y silo olvidas, yo mismo te azotaré.

Semejantes señales de interés por parte de mi padre eran odiosas a la rodiota, pues veía que tanto el padre como el hijo escapaban de su rota red. A la primera oportunidad quiso convertir una travesura mía en falta grave, haciéndome aparecer como mentiroso cuando lo negué. Pero se excedió algo. Mi padre dijo que ya era tiempo de que fuera a la escuela.

Poco después mi padre partió para la guerra, por lo que la rodiota no marchó sino hasta dos meses más tarde. He vivido días penosos, pero aquéllos son quizá los peores que recuerdo. Ignoro cómo hubiera podido soportarlos, de no haber sido por una amistad que trabé en la escuela en una época en que me había tornado silencioso y furtivo y no tenía amigos.

Una mañana, al llegar, encontré a los discípulos riendo y dándose unos a otros con el codo, al mismo tiempo que les oí llamar Maestro del Viejo al preceptor. En efecto, allí, en uno de los bancos del aula, estaba sentado un hombre, el cual, por contar unos cuarenta y cinco años y lucir barba gris, parecía ciertamente demasiado viejo para estudiar lo que aprenden los niños. Inmediatamente comprendí que yo, que estaba siempre solo, sería objeto de las burlas de mis condiscípulos, por tener que compartir aquel banco. Por ello, fingí que no me importaba, y me senté a su lado por iniciativa propia. El hombre me saludó con una inclinación de cabeza, y yo le miré, maravillado. Al principio, porque era el hombre más feo que jamás había visto y, después, porque creí reconocerle, pues era la viva imagen del Sileno pintado en el mezclador de vino que teníamos en casa, con la nariz respingona, boca grande de gruesos labios, ojos salientes, anchos hombros y cabeza grande. Su actitud parecía amistosa, por lo que me acerqué más a él y le pregunté, a media voz, si su nombre era Sileno. Se volvió, para contestarme, y sentí una un-presión extraña, como si una brillante luz proyectara sus rayos a mi corazón, pues no me miró en la forma en que la gente suele hacerlo con un niño, como si pensara en otra cosa. Después de decirme su nombre, me preguntó cómo debía afinar la lira.

Me sentí satisfecho de hacer gala de mis pocos conocimientos.

Luego, sintiéndome a gusto a su lado, le pregunté por qué quería un viejo como él asistir a la escuela. Me contestó, mesuradamente, que era mucho más deshonroso para un viejo que para un joven no aprender aquello que podría hacerle mejor.

-Además - añadió-, recientemente se me apareció un dios en sueños, diciéndome que hiciera música, pero no me dijo si debía hacerla con las manos o en mi corazón. Comprende, pues, que no debo descuidar ninguna de las dos formas.

Quise que me contara algo más acerca de su sueño, y relatarle uno mío, pero observó:

- El maestro llega.

Me sentía tan intrigado, que al día siguiente cubrí corriendo el trayecto hasta la escuela, en lugar de hacerlo reposadamente, para llegar allí temprano y hablar con él. Llegó justamente al principiar la clase, pero debió de haber observado que yo le había estado buscando, y al día siguiente apareció algo más temprano.

Yo me encontraba en aquella edad en que los niños lo preguntan todo. En casa, mi padre no tenía apenas tiempo para contestar mis preguntas; la rodiota no quería hacerlo y los esclavos no podían.

Se las hacia todas a mi vecino de banco en la escuela de música, que jamás dejó de contestarlas en forma sensata, por lo que algunos de los muchachos, que se habían burlado de nuestra amistad, empezaron a estirar el cuello para escucharle. Algunas veces, cuando le preguntaba por qué calienta el sol o por qué no caen las estrellas sobre la tierra, me contestaba diciendo que lo ignoraba y que sólo los dioses conocían la contestación a mi pregunta.

Cierto día observé el nido de un pájaro en un árbol alto, cerca de la escuela. Cuando mi amigo llegó le dije que al terminar la clase treparía al árbol para ver si había huevos en el nido. Me pareció que no me escuchaba, pues aquella mañana tenía aspecto de estar ocupado con sus propios pensamientos. Sin embargo, de pronto volvió los ojos hacia mí y me miró fijamente, desconcertándome aquella actitud.

-No, muchacho. Te prohibo que lo hagas -dijo.

- ¿Por qué? -repuse, pues al hablar con él era natural hacerle una pregunta.

Me dijo que desde que fuera niño como yo, cada vez que él o sus amigos se disponían a hacer algo que no estaba bien, percibía una señal que jamás le había engañado. Y volvió a prohibirme que tre-para al árbol para ver si había huevos en el nido. Me sentí abrumado, percibiendo por vez primera la fuerza de su naturaleza, y ja-

'4

más pensé desobedecerle. Poco después, la rama en la que estaba el nido cayó al suelo, pues estaba podrida.

Aunque nunca tocó tan bien como yo, pues sus dedos eran menos flexibles que los míos, aprendió las notas rápidamente, y el maestro no pudo enseñarle ya más. Le eché mucho en falta cuando dejó la escuela, porque tal vez yo había pensado: «He ahí un padre que jamás se avergonzaría de mí (pues él mismo es feo), sino que me amaría, y nunca querría abandonarme en las montañas». No lo sé.

Quien se acercaba a Sócrates, por absurda que fuera la razón de ello, sentía después que había sido aconsejado por un dios.

Poco tiempo después mi padre se casó con su segunda esposa, Arete, hija de Arcágoras.

3

Cuando los otros muchachos de mi edad y yo fuimos efebos, se de-cía algunas veces de nosotros que no respetábamos ni a nuestros mayores ni a las costumbres, que no confiábamos en nada y nos erigíamos en jueces de todo. El hombre sólo puede hablar por si mismo. Recuerdo que creía que la mayor parte de los hombres mayores eran sensatos, hasta cierto día, cuando tenía quince años.

Mi padre esperaba a sus amigos para cenar juntos, y necesitaba coronas para los invitados. El día antes yo le había dicho que conseguiría las mejores flores, si iba a buscarlas temprano, antes de la hora de la escuela. Él rió, sabiendo que yo quería una excusa para yerme libre de mi tutor, pero me dio su permiso~ porque asimismo sabía que a aquella hora no encontraría muchas tentaciones- Bien sabido es que en su juventud a mi padre le llamaban Miron el Hermoso, de la misma forma que podría decirse Miron hijo de Fiocles.

Pero, como todos los padres, pensaba que yo era más joven y tonto que él cuando contaba mi edad.

Estaba en lo cierto aquel día al suponer que lo yo quería era ir a ver la flota que se reunía para la guerra. «La guerra)), la llamábamos nosotros, como si no hubiera habido ninguna desde nuestro nacimiento, pues aquello era una nueva aventura de la Ciudad, y aquel gran armamento realmente nos parecía como si fuera una guerra.

En la palestra, alrededor del terreno de lucha, veíanse hombres di-bujando pequeños mapas en la arena: de Sicilia, que el ejército iba a conquistar, de las ciudades amigas y las dóricas, y del gran puerto de Siracusa.

Mi padre no iba, lo cual constituyó una sorpresa para mí. La caballería no había sido llamada, pero muchos de sus componentes se habían alistado voluntariamente en la infantería pesada. Cierto era que hacía poco había regresado de una campaña, para la que embarcó con Filócrates hacia la isla de Milo, que nos había negado su

'7

1

tributo. Los atenienses triunfaron, infligiendo una derrota total a los rebeldes. Yo había esperado que él me hiciera el relato de la campaña, para poder decirles a los muchachos en la escuela: «Mi padre, que estuvo allí, lo dice)). Pero se irritaba cuando le hacia preguntas.

Me levanté con el canto del segundo gallo, cuando aún brillaban las estrellas en el firmamento, y procuré no hacer ruido, para no irritarle, pues nos habían despertado por la noche. Los perros ladraron ruidosamente y nos levantamos para cerciorarnos de que todo estaba debidamente cerrado y atrancado, pero, de todos modos, nadie había intentado penetrar en nuestra casa.

Desperté al portero para que cerrara al salir yo. En mi juventud iba siempre descalzo, como correspondía a los corredores. Al salir del patio delantero hacia la calle, pisé algo puntiagudo, pero como tenía las plantas de los pies duras como si fueran de piel de buey, no sangré y no me detuve para mirarlo. Aquel año me había inscrito para la carrera de muchachos en las Fiestas Panateneas; por ello, mientras corría recordaba los preceptos de mi preparador. Mis pisadas eran ligeras en el polvo de la calle, después de ho-llar la gruesa arena en la pista de entrenamiento.

A pesar de la temprana hora, las lámparas estaban encendidas en la calle de los Armeros, y el humo era rojizo en las bajas chime-neas junto a las tiendas. Sonaban los martillos; los grandes, apla-nando las planchas; los medianos, afirmando los remaches, y los pequeños, golpeando los adornos de oro, encargados por quienes los querían en sus armaduras. Mi padre era enemigo de ellos, pues afirmaba que muchas veces absorbían las puntas de las flechas, en lugar de rechazarlas. Me hubiese gustado entrar y contemplar aquel trabajo, pero tenía el tiempo justo para subir a la Ciudad Alta y mirar los barcos.

Jamás había estado allí a hora tan temprana. Desde abajo, las murallas parecían enormes, como farallones negros; las grandes piedras de la parte inferior conservaban aún las manchas producidas por los fuegos de los medas. Pasé frente a la atalaya y el bastión y subí las gradas hasta el propileo. Al encontrarme allí por primera vez, solo, me sentí sobrecogido por su altura y anchura, y los grandes espacios que se perdían en la oscuridad. Me parecía estar pisando el umbral de los dioses. La noche aclaraba, como el vino oscuro cuando se le mezcla agua; alcanzaba a ver los colores x8

con que estaba pintada la bóveda, cambiados y más profundos en la penumbra anterior al alba.

Llegué junto al Altar de la Salud y vi las alas y los trípodes bajo las bóvedas del templo, negros contra un cielo como perla gris. Acá y acullá se levantaba un poco de humo, en los lugares donde alguien hacia una ofrenda o un sacerdote estudiaba los presagios, pero no se veía a nadie. En lo alto, sobre mí, lagran Atenea de la Vanguardia se erguía con su yelmo de triple penacho. El aire olia a incienso y a ro-cío. Fui hacia la muralla meridional y miré hacia el mar.

Había una ligera neblina, pero, a pesar de ella, alcancé a ver los barcos, pues todas sus luces estaban encendidas. Los que estaban atracados las encendieron para los celadores, mientras que aquellos que estaban anclados en la bahía lo hicieron por su propia seguridad, tanto era el número de ellos que allí había. Se hubiera creído que Poseidón había ganado su vieja disputa con Atenea, y colocado la Ciudad sobre el mar. Empecé a contarlos: los apiñados en El Pireo, los que se encontraban ante la curvada costa de Falero, y aquellos anclados en la bahía; pero pronto dejé de contar, debido al gran número de ellos que veía.

Jamás había navegado más allá de Delos, donde fui con un coro de muchachos para danzar ante Apolo. Me sentía lleno de envidia por los hombres del ejército, que iban a apurar la copa de la gloria, sin dejar nada para mi. Así debió de haber visto mi abuelo la concentración de la flota en Salamina, donde el pico de bronce de su trirreme cayó como el águila de Zeus sobre los barcos de Medas, el de los largos cabellos.

Hubo un cambio en el cielo; me volví y vi las primeras luces de la aurora detrás de Himeto. Las luces se apagaron, una tras otra, y aparecieron los barcos, posados en las aguas como pájaros grises.

Cuando de la punta de la lanza de Atenea salió una chispa de fuego, supe que debía partir o llegaría tarde a la escuela. La pintura de estatuas y frisos se hacia brillante, y había calor en el mármol. Era como si en aquel momento hubiera salido el orden del caos y de la noche.

Sentí que mi corazón se henchia. Al ver los barcos tan espesos en el agua, me dije que ellos nos habían hecho lo que éramos: los conductores de todos los helenos. Hice una pausa, y al mirar a mi alrededor pensé: «No, no es así; pero sólo nosotros hemos dado a los dioses cosas que se les parecen)).

La amanecida había desplegado un ala de fuego, pero Helios es-

'9

L

taba aún bajo el mar. Todas las cosas parecían ligeras e incorpóreas y el mundo estaba quieto. Pensé rezar antes de marchar, pero no sabia hacia qué altar volverme, pues los dioses parecían estar en todas partes, diciéndome todos ellos la misma palabra, como si no hubie.

sen sido doce, sino uno. Sentí como si hubiera visto un misterio. Era feliz. Deseando alabar a todos los dioses por igual, permanecí donde estaba y elevé los brazos al cielo.

Al bajar las gradas volví en mí y supe que llegaría tarde. Corrí lo más velozmente que pude hacia el mercado, y gastando rápidamente el dinero de mi padre, compré violetas, arregladas ya en forma de guirnalda, y algunos estefanotes; la mujer me dio un cesto de junco, sin cobrarme nada por él. En otro tenderete había jacintos azul oscuro, para los cuales había guardado algún dinero. Un hombre que estaba escogiendo mirto me sonrió.

-Debiste haber comprado esto primero -me dijo.

Pero yo enarqué las cejas y me marché, sin hablar.

El mercado estaba atestado y la gente hablaba animadamente.

Me gusta, como a todo el mundo, enterarme de algo nuevo; pero vi al hombre del mirto que empezaba a seguirme, y, además, no quería excitar la ira de mi padre. Por ello me apresuré cuanto pude, sin es-tropear las flores, y así, preocupado, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, anduve hasta llegar a mi casa.

Había comprado una corona de mirto para adornar a nuestro herma guardián para la fiesta. Era un herma muy viejo, que estaba junto a nuestra puerta incluso antes de la invasión de los medas; te-nía la cara de las imágenes más viejas, con una sonriente boca de labios cerrados, como una luna nueva, un sombrero de viajero en la cabeza, y barba. Sin embargo, habiéndole conocido desde mi infancia, le quería, sin que me importara su rústico aspecto. Me acerqué entonces a él, buscando en el cesto la guirnalda de mirto, y levanté los ojos, con ella en la mano. El claro sol de la mañana caía sobre él.

Retrocedí, temeroso, e hice la señal contra la mala suerte.

Alguien había estado allí por la noche, golpeándole la cara con un martillo. Le faltaban la barba y la nariz, y el ala del sombrero, y el falo de la columna; media boca había desaparecido, como comida por la lepra. Sólo estaban intactos sus ojos pintados de azul, que miraban fieramente, como si quisieran hablar. El suelo estaba lleno de desportilladuras; debió de ser uno de aquellos pedazos lo que pisé por la mañana.

y

En mi primer horror, pensé que el propio dios debió de haberlo hecho, para maldecir a nuestra casa por algún horrible pecado; pero me pareció que un dios hubiera partido en dos la imagen, lanzando sobre ella un rayo. Aquello era obra de hombres. Luego recordé los perros que ladraron durante la noche.

Encontré a mi padre vestido, repasando algunas cuentas en unos rollos. Empezó por rechazarme, porque el sol había salido ya y estaba alto, pero corrió hacia afuera cuando supo la noticia. Primero hizo la señal contra el mal aguero; luego guardó silencio durante al-gún tiempo.

-La casa tendrá que ser purificada -dijo, finalmente- - Algún loco debe de haberlo hecho.

Entonces oímos unas voces que se acercaban. Nuestro vecino Falino, con su mayordomo y dos o tres transeúntes, hablando todos a la vez, comentaban que todos los hermas de aquella calle habían sido profanados, y en otras calles también.

-Debe de ser una conspiración contra la Ciudad, por medio de sus dioses -dijo mi padre, cuando el clamor disminuyó- - El enemigo está detrás de ello.

-¿Qué enemigo? -preguntó Fauno-. QIlerrás decir que la ini-piedad ha conspirado con el vino. ¿Qué hombre, sino uno, desafia a la ley por insolencia, y a los dioses para divertirse? Pero esto es demasiado, en vísperas de la guerra. Los dioses mandan que sólo los culpables sufran.

- Supongo a quién te refieres - repuso mi padre-, pero creo que estás equivocado. Hemos visto que el vino le vuelve extravagante, pero no estúpido. Tengo fe en los oráculos de Dioniso.

-Ésa puede ser tu opinión -objetó Falino, a quien le disgustaba incluso el más cortés desacuerdo - - Sabemos que todo le es perdonado a Alcibíades por aquellos que han gozado de sus buenas gracias, aunque brevemente.

Ignoro lo que mi padre contestó a esto, pues vio que yo estaba allí, y, volviéndose irritado, me preguntó si iba a pasarme el día va-gabundeando por las calles.

Desayuné, llamé a mi tutor, y partí para la escuela. Podéis imaginar que tuvimos mucho de qué hablar por el camino. Mi tutor era un lidio llamado Midas, que sabia leer y escribir; era un esclavo caro para emplearlo como pedagogo, pero mi padre no era partidario de poner a los niños a cargo de esclavos que no sirven para nada más.

u

20

L

Midas había estado ahorrando durante algún tiempo para comprar su libertad, copiando discursos para los tribunales durante su tiempo libre; pero había costado mucho dinero, creo que diez minas, y no había reunido aún la mitad. Últimamente mi padre le ha-bía prometido que si cuidaba bien de mi hasta que yo cumpliera los diecisiete años, le daría la libertad como ofrenda a los dioses.

En cada calle había hermas rotos. Algunas gentes decían que de-bía de haberse contratado a un ejército para aquella obra; pero otros afirmaban que se trataba de una banda de borrachos, al regresar tumultuosamente a sus casas, después de una fiesta. Y volvimos a oír el nombre de Alcibíades.

Frente a la escuela, un grupo de muchachos contemplaba al herma. Había sido uno muy bueno, regalado por Pericles. Algunos de los niños más pequeños reían y chillaban, señalándolo; entonces uno de los mayores fue hasta ellos, mandándoles que se portaran debidamente. Al reconocer a un amigo mío, Jenofonte, hijo de Grillos, le llamé. Se acercó, con aspecto grave. Era un muchacho apuesto, muy crecido para su edad, de oscuro cabello rojizo y ojos grises. Su tutor no se separaba de él, pues llamaba ya la atención.

-Deben de haber sido los corintios -me dijo-, en un intento de hacer que los dioses nos sean adversos en la guerra.

-Pues entonces, seguramente son simples -repuse- - ¿No creen ellos que los dioses ven en la oscuridad?

-Algunos de los campesinos cerca de nuestra granja apenas si distinguen al dios de la imagen en que vive. Una cosa así jamás hubiera podido suceder en Esparta.

-Naturalmente- Cuanto tienen en el exterior de sus sucias caba-

ñas es un montón de piedras, en lugar de un herma. Deja tranquilos a tus espartanos, por un momento. - Se trataba de una vieja disputa entre nosotros, por lo que no pude poic menos que añadir: - O tal vez lo hicieron ellos; después de todo, son aliados de Siracusa.

-¡Los espartanos! -exclamó él, mirándome fijamente-. ¿Ellos, el pueblo más temeroso de los dioses en la Hélade? Sabes muy bien que jamás tocan nada sagrado, ni siquiera en la guerra; y ahora tenemos un armisticio con ellos. ¿Estás loco?

Recordando que en otra ocasión nos habíamos peleado hasta hacernos sangre, a causa de los espartanos, guardé silencio. Jenofonte no hacia sino repetir lo que le había oído decir a su padre, a quien quería mucho, cuyos puntos de vista habían sido los mismos que sostuvo mi abuelo hasta el día de su muerte. Todas las casas gobernantes de los días pasados, que odiaban la intrusión de los comunes en los negocios públicos, querían la paz y una alianza con los espartanos. Esto sucedía no sólo en Atenas, sino en toda la Hélade.

Los espartanos no habían cambiado sus leyes durante tres siglos, y sus ilotas conservaban la situación que los dioses habían dispuesto para ellos. Pero no era posible enfadarse con Jenofonte. Era un muchacho de buen corazón, dispuesto siempre a compartir lo que tuviera.

-Creo que tienes razón -dije-, si su rey es un ejemplo. ¿Has oído hablar de las bodas del rey Agis? La desposada estaba en cama y él cruzaba el umbral del aposento, cuando la tierra tembló. Obediente ante el augurio, se volvió, salió y ofreció no volver a entrar durante un año. Si eso no es piedad, ¿cómo puede llamarse?

Había esperado hacerle reír, pues le gustaba siempre una broma; pero no vio nada cómico en mis palabras.

Entonces, Micco, el maestro, salió, enfadado, para llamamos al aula. Debido a los desórdenes públicos, y al nuestro, estaba de muy mal humor, y no tardó en sacar la correa.

Después de la lección de música, que seguía, colgamos apresuradamente las liras y corrimos hacia el gimnasio. Vimos el peristilo lleno de gente, mientras nos desnudábamos; luego nos enteraríamos de las últimas noticias. Nuestro preparador había mandado una compañía en Delio, pero aquel día casi no podía hacerse oír, y la flauta para los ejercicios quedaba ahogada. Por tanto, eligió algunos de los mejores luchadores, para entrenarlos, y nos puso a los demás a hacer prácticas. Nuestros tutores charlaban animadamente, al ver que nosotros escuchábamos a los hoñibres del peristilo; pero estos últimos hablaban de politica. Siempre lo sabíamos, sin acercamos a ellos; cuando discutían acerca de alguno de los muchachos, lo ha-cían sin levantar la voz.

Todos parecían saber a ciencia cierta quiénes eran los culpables, y no había dos entre ellos que coincidieran en sus apreciaciones.

Uno dijo que los corintios querían demorar la guerra.

-No hay tal cosa -repuso otro- - Eso ha sido hecho por gentes que conocen la ciudad como el patio de su propia casa.

-Algunos extranjeros venderían a sus padres por cinco óbolos.

-Trabajan mucho y ganan dinero, lo cual es crimen suficiente para los injustos.

22

23

Y así, personas que eran rivales en amor o en política, pero lo ha-bían mantenido en secreto, sacaban públicamente a la luz su rivalidad. Jamás con anterioridad había estado yo rodeado de hombres asustados, y era demasiado joven para no impresionarme. Hasta entonces no había pensado que tan enorme impiedad podría atraer una maldición sobre la Ciudad, si había sido obra de alguien que en ella habitaba.

Junto a mí, algunos jóvenes culpaban a los oligarcas.

-Esperad; veréis cómo tratan de acusar de ello a los demócratas, y luego pedirán llevar armas para su protección. Es el truco de Pisístrato el tirano. Pero éste por lo menos hirió su propia cabeza, y no la de un dios.

Naturalmente, los oligarcas decían que eso era pura demagogia, y las voces se alzaban, hasta que alguien dijo:

-No culpéis ni a los oligarcas ni a los demócratas, sino a un solo hombre. Conozco un testig9 que ha buscado santuario, temiendo por su vida. Jura que Alcibíades. - -

Al mencionarse ese nombre, los murmullos fueron más fuertes que nunca. La gente empezó a relatar sus hazañas eróticas, muy poco edificantes para nosotros, los muchachos, que escuchábamos atentamente. Otros hablaban de su extravagancia, sus siete trigas en Olimpia, sus caballos de carrera, sus muchachas flautistas y sus hetairas; de cómo cuando organizaba una representación o un coro excedía a todos en elegancia y esplendor.

-Empezó la guerra de Sicilia sólo por el oro y el botín.

-Entonces, ¿por qué había de hacer esto, para entorpecerla.~

- Mayor provecho sacaría aún de una tiranía.

La Ciudad jamás se cansaba de murmurar de Alcibíades. Se recordaban historias de veinte años antes, acerca de su insolencia para con sus pretendientes cuando era muchacho.

-Ha hecho que la guerra continuara, para su propia gloria

-dijo alguien-. Si no hubiese engañado a los enviados espartanos cuando vinieron para concertar la paz, ahora la tendríamos.

Pero una voz irritada, que durante largo rato había intentado hacerse oír, gritó:

- ¿Queréis que os diga cuál es el pecado de Alcibíades? Nació demasiado tarde en una Ciudad de enanos. ¿Por qué proscribió la multitud a Arístides elJusto? Porque estaba cansada de oír alabar su virtud. La admitían, y les avergonzaba. Ahora odian ver belleza e inteligencias valor y cuna y riqueza, todo ello reunido en un solo hombre- ¿Qué mantiene viva a la democracia, sino el odio por la excelencia, el deseo de los villanos de no ver cabeza alguna más alta que la suya propia?

-No es así, por todos los dioses. Es la justicia, el regalo de Zeus a los hombres-

- ¿La justicia? ¿Debe el hombre a quien los dioses han concedido la sabiduría, o la presciencia, o la habilidad, ser rebajado, como si hubiese obtenido esos dones robándolos? Pronto desgraciaremos a nuestros mejores atletas, para complacer a los peores, en nombre de la justicia. O algún ciudadano marcado por la viruela y bizco presentará una queja contra un muchacho como éste (el hombre me se-

ñaló, súbitamente) y se le romperá la nariz, supongo que en nombre de la justicia.

Las risas provocadas por estas palabras acabaron la discusión. Al yerme confuso, los mejor educados de entre ellos apartaron los ojos, pero uno o dos continuaron mirándome. Vi a Midas fruncir los labios, y me alejé de ellos.

Jenofonte era uno de los pocos muchachos que habían hecho algunos ejercicios gimnásticos. Al acabarlos, se acercó a mí. Pensé que me diría que en Esparta hubieran hecho menos ruido por aquello.

Pero dijo:

- ¿Has estado escuchando? Te diré algo curioso. Cuantos culpan a los corintios o a los oligarcas, dicen que su aseveración es sensata, o que todo indica la culpabilidad de éstos. Pero todos los que acusan a Alcibíades manifiestan que alguien se lo dijo en la calle.

-Así es. Entonces, tal vez haya algo de cierto en sus palabras.

- Si, a menos que alguien haya hecho correr esos rumores.

Jenofonte tenía rostro abierto y era de modales sencillos. Había que conocerle bien para saber que tenía una cabeza sobre los hombros. Quedó mirando el peristilo, y luego rió para sí.

-A propósito, si después quieres estudiar con un sofista, ahora es el momento de elegir uno.

No podía reprochársele su risa. Había olvidado, hasta que él me lo recordó, que los sofistas estaban allí. En cualquier otro día, cada uno de ellos hubiera aparecido rodeado por sus discípulos, como una flor entre abejas. En aquellos momentos, sentados en los bancos o paseando por el peristilo, interrogaban, al igual que los demás, a cuantos afirmaban saber algo, algunos de ellos con mayor decoro 24

25

1

que cuantos los rodeaban; otros, no. Zenón expresaba fieramente sus opiniones democráticas; Hipias, que estaba acostumbrado a tratar a sus discípulos como si estuvieran aún en la escuela, les había dejado que discutieran entre ellos, y estaba enrojecido de tanto llamarlos al orden; Dionísodoro y su hermano, sofista de poca monta, que enseñaban cualquier cosa, desde virtud a bailar en la cuerda floja, a bajo precio, gritaban como vendedoras del mercado, denunciando a Alcibíades, y enfureciéndose con quienes reían, pues bien sabido era que Alcibíades se había enfrentado con los dos a la vez, acallándolos con media docena de respuestas. Sólo Gorgias, con su larga barba blanca y su voz de oro, aunque era siciliano, aparecía tan tranquilo como Saturno. Estaba sentado con las manos cogidas, rodeado de jóvenes de aspecto grave, la gracia de cuyas posturas re-velaba su buena cuna. Las pocas palabras que se percibían de su discusión decían claramente que hablaban de filosofia.

-Mi padre me dijo -observó Jenofonte- que podía elegir entre Hipias y Gorgias; creo que prefiero a Gorgias.

Miré a mi alrededor en la palestra.

-No están todos aquí, aún -dije.

No le había confiado mis propias ambiciones. Jenofonte compartía la opinión de mi padre de que los filósofos deberían vestir y comportarse decorosamente, de acuerdo a su rango. Pero Midas me había descubierto. Tomaba su trabajo en serio. Mi padre le había ordenado, además de rechazar a los pretendientes, que me mantuviera alejado de los sofistas y retóricos. Era demasiado joven, decía, para sacar algo sólido de la filosofia, que sólo me enseñaría a discutir con mis mayores y ser sensato en mi propio engremuento.

En aquel momento el preparador gritó que estábamos allí para luchar, y no para parlotear como muchachas en una boda, y que lo lamentaríamos, si tenía que llamarnos nuevamente al orden. Mientras buscábamos pareja, oi una fuerte conmoción a un extremo del~

peristilo. Percibí una voz que conocía. Ignoro por qué no permanecí donde estaba. Un muchacho, al igual que un perro, es más feliz cuando le sigue la jauría. Cuando sus dioses han sido burlados, baja las orejas y el rabo. Pero yo me sentí impulsado a correr hacia aquel extremo de la palestra, fingiendo buscar pareja, y evitar al mismo tiempo, a los que estaban libres.

Sócrates estaba discutiendo a voz en grito con un hombre que trataba de acallarle chillando más que él.

26

- Muy bien; así, tú respetas los dioses de la Ciudad - decía cuando yo llegué-. ¿Y también las leyes?

-¿Por qué no? -gritó el hombre-. Eso debes preguntárselo a tu amigo Alcibíades, y no a ¡ni.

- ¿La ley de la evidencia, por ejemplo?

-No intentes salirte de la cuestión -repuso el hombre sin dejar de gritar.

-No, no, la pregunta es justa -intervinieron algunos de cuantos los rodeaban-. Debieras contestarla.

-Muy bien; cualquier ley que quieras, y debiera haber una contra las personas como tú.

-Bien. Entonces, silo que has estado diciéndonos te parece una evidencia, ¿por qué no vas con ella a los arcontes? Si algo vale, incluso te pagarán. Tú confias en las leyes; ¿confias también en la evidencia? Habla.

El hombre habló, llamando a Sócrates artificiosa serpiente que afirmaba que lo blanco era negro, y que estaba a sueldo de los corintios. No alcancé a oír la contestación de Sócrates, pero el hombre, súbitamente, le golpeó en un lado de la cabeza, echándole contra Critón, que estaba de pie a su lado. Todos gritaron.

-Lamentarás lo que has hecho, señor -dijo Critón, que estaba fuera de sí-. Has golpeado a un ciudadano libre. Pagarás daños y perjuicios por esto.

Sócrates había ya recobrado el equilibrio. Hizo al hombre un gesto de asentimiento con la cabeza.

-Gracias -le dijo-. Ahora todos hemos podido ver la fuerza de tu argumento.

El hombre juró y levantó el puño. Entonces pensé: «Esta vez le matará)).

Casi sin saber lo que hacía, empecé a correr hacia adelante. Entonces vi que uno de los jóvenes que había estado caminando detrás de Sócrates daba un paso hacia adelante, cogiendo al camorrista por la muñeca. Sabía quién era, no sólo de verle con Sócrates o por la Ciudad, sino porque había una estatuilla suya, de bronce, en el vestí-

bulo de Micco, hecha cuando tenía unos dieciséis años. Era un antiguo discipulo, que había ganado una corona luchando en las Fiestas Panateneas, cuando estaba aún en la escuela. Se decía también que había estado entre las bellezas notables de su año, lo cual podía fácilmente creerse aun. Todos los días veía su nombre, puesto que es-27

L

taba escrito en la base de la estatua: Lisias, hijo de Demócrates de Exone.

El enemigo de Sócrates era un hombre corpulento. Lisias era más alto, pero menos fornido. Sin embargo, le había visto en la lucha. Dobló el brazo del hombre hacia atrás, con aspecto grave y cuidadoso, como si estuviera ofreciendo un sacrificio. El puño del hombre se abrió; cuando hubo perdido el equilibrio, Lisias le dio una rápida sacudida, haciéndole caer limpiamente por las gradas hasta el polvo de la palestra, que le llenó la boca, causando la risa de todos los muchachos, que sonó deliciosamente a mis oídos. Lisias miró a Sócrates como pidiéndole perdón por su intrusión, y retrocedió entre los jóvenes. No había pronunciado palabra alguna. En verdad, yo casi nunca había oído su voz, excepto en la carrera de antorchas, a caballo, cuando animaba a su equipo. Entonces se sobreponía a los gritos, al ruido de los caballos y a todo.

Había una señal roja en la cara de Sócrates. Critón le instaba a que presentara una queja, ofreciéndole pagar el estipendio del escritor de discursos.

-Viejo amigo -dijo Sócrates-, el año pasado un asno se des-mandó en la calle y te coceó; pero no recuerdo que presentaras pleito contra él. En cuanto a ti, mi querido Lisias, gracias por tus buenas intenciones. En el momento en que él empezaba a dudar de la fuerza de su argumento, tú se la afirmaste con elocuencia y con-vicción. Y ahora, ¿os parece que volvamos a lo que estábamos diciendo sobre las funciones de la música?

Sus razonamientos eran demasiado incomprensibles para mí, pero quedé allí, en el polvo, mirándolos en el pavimento sobre mí.

Lisias era el más próximo, pues estaba algo detrás de los demás.

Mentalmente le coloqué junto a su estatua en el vestíbulo. La comparación era fácil, porque su rostro estaba afeitado, moda nueva, entonces, que los atletas habían impuesto últimamente. Me pareció una lástima que alguien no hiciera otro bronce de él, en su virilidad.

El cabello, que llevaba corto, algo rizado, y como en él se mezclaban hebras doradas y broncíneas, brillaba como un casco de bronce con incrustaciones de oro. Mientras yo pensaba en él, Lisias miró a su alrededor. Era evidente que no recordaba haberme visto anteriormente; sin embargo, me sonrió como diciéndome: «Acércate, si quieres; nadie te comerá)).

Me animé y di un paso hacia adelante. Pero Midas, que nunca permanecía ocioso durante mucho tiempo, me vio y se acercó rápidamente. Incluso me cogió por el brazo, y yo, para ahorrarme mayor indignidad, fui tranquilamente con él. Sócrates, que estaba hablando a Critón, nada observó. Vi a Lisias mirarme mientras me alejaba, pero ignoro si aprobaba mi obediencia o despreciaba mi do-cilidad.

-Hijo de Miron -me dijo Midas, camino de nuestra casa-, un muchacho de tu edad no debiera necesitar que le vigilaran continua-mente. ¿Por qué corrías tras Sócrates, después de cuanto te he dicho? Especialmente hoy.. -

-¿Por qué hoy? -pregunté.

-¿Has olvidado que él enseñó a Alcibíades?

-¿Y qué?

- Sócrates se ha negado siempre a ser iniciado en los sagrados misterios. Por tanto, ¿quién supones que enseñó a Alcibíades a burlarse de ellos?

-¿Burlarse de ellos? -pregunté-. ¿Eso hace él?

-Ya has oído lo que decían todos los ciudadanos.

Era lo primero que oía de aquello, pero sabia que los esclavos se cuentan cosas los unos a los otros.

- Pues si lo hace, es absurdo culpar a Sócrates por ello. No he visto a Alcibíades acercársele durante varios años, o hablarle más que las frases de saludo, al cruzarse con él en la calle.

- El maestro es responsable de su discipulo. Si Alcibíades dejó justamente a Sócrates, entonces Sócrates le dio causa para ello y es culpable; si lo hizo injustamente, entonces Sócrates no le enseñó justicia. Por tanto, ¿cómo puede asegurarse que hace mejores a sus discípulos?