Alienígenas Ilegales #3 Desamparadas por Noel Valle - muestra HTML

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AGRADECIMIENTOS

Para este número han sido vitales las ilustraciones de Sergey Skachkov

sobre suburbios coloniales.

“Helpless” es una canción escrita por Neil Young en 1969 y editada en el

disco “Deja Vu” de Crosby, Still, Nash & Young en 1970.

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na trémula mano humana salió de la penumbra para

sumergirse en el pálido haz de luz blanquecina que

Uescudriñaba por el depósito de cadáveres.

Allí solo había dos camillas, cada una de ellas ocupada por un

cuerpo inerte cubierto con una vieja y sucia sábana. La mano

descendió despacio sobre la camilla a cuyo pie asomaban, brillantes

bajo el tenue resplandor que penetraba por el estrecho ventanuco,

dos negras botas de largo tacón. Con un lento movimiento, unos

delgados dedos alzaron la sábana para descubrir un cabello lacio y

negro sujeto en largas trenzas, unos párpados serenos de extensas

pestañas que se cerraban sobre unos ojos oblicuos y separados por

una abovedada frente ancha, una pequeña nariz cuyo puntiagudo

extremo se curvaba delicadamente hacia arriba, una boca menuda de

carnosos labios apretados que parecía un rojo capullo de rosa en

medio de aquella tez lívida y sin vida, y, por fin, un profundo hoyuelo

horadado en una barbilla redonda y afilada.

Aquel era, sin duda, el perfil que Loreczka Beatriczka había

visto en la sala de calderas del laboratorio de Menguelczik y Orteczik,

asociados, y, al reconocerlo, no pudo reprimir un sollozo. Hubiera

deseado encontrarse a cualquier otro ser bajo aquella mugrienta

mortaja pero, ahora, los rumores que la habían traído junto a Carczik

Puczik a aquel tétrico lugar demostraban ser ciertos.

Y lo que debería haberle aliviado le provocó, en cambio, una

insufrible congoja.

De pronto, un susurro arrancó a Loreczka de sus pesares.

—Bienvenida —dijo la voz en tono afable—. No te asustes: en

un sitio como este, lo que voy a hacer ahora puede resultar algo

inquietante.

Pese a la advertencia, Loreczka dio un violento respingo al ver

incorporarse al cuerpo de la otra camilla. Al deslizarse la sábana que

lo cubría se dibujó entre las sombras un rostro anguloso de oscura

melena que le llegaba por debajo del maxilar. Con una cálida sonrisa

inocente, el desconocido volvió hacia Loreczka una mirada gris y

penetrante. La muchacha se la devolvió con sus verdes ojos abiertos

como platos. Su sorpresa produjo un grito ahogado.

— ¿Lorczka? —Preguntó una voz gutural desde el otro lado del

ventanuco que daba a la calle.

— ¿Quién eres? —Le preguntó Loreczka al desconocido.

Este sacó de debajo de la sábana un sombrero negro tan raído

como su harapienta chaqueta oscura y su camiseta a rayas negras y

naranjas. Procuraba mantener oculto su brazo derecho pero, por lo

demás, su actitud era tan tranquila como si esperase un tranvía en

vez de estar tumbado en la camilla de una morgue.

—Mi nombre es Al Dovenciaux —respondió—, y digamos que

soy un amigo de Eleutheczka Artemczka, de cuerpo aquí presente.

Mientras hablaba señaló al cuerpo que yacía en la otra camilla.

— ¿La…? ¿La conocías? —Dijo Loreczka con voz temblorosa.

—Más o menos. Es Administradora de Voluntad Pública, pero

supongo que eso ya lo sabes, si no, no estarías en un lugar tan poco

apropiado para pasar la noche.

El haz de luz recorrió la fría sala escrutando los rincones.

— ¡Lorczka! —Insistió la voz que venía del exterior— ¿Va todo

bien? ¿Estás hablando con alguien?

— ¡Todo está bien, Carczik! —Se apresuró a responder ella—

¡No pasa nada! ¡Tranquilo!

Se volvió hacia Al Dovenciaux con rostro severo.

—Mi amigo es un Teknoliczik con muy malas pulgas —advirtió—,

así que te sugiero que no intentes nada.

—Si quisiera hacerte daño no hubiera empezado esta

conversación —replicó Al—, de hecho, te estaba esperando. Yo fui

quien propagó por las calles el rumor de que aquí está el cadáver de

una Administradora con mente humana.

— ¿Por qué?

—Porque, como puedes ver, yo también soy humano. Solo

quería hablar con alguien de mi especie.

Loreczka retrocedió.

— ¡Yo no soy humana! —Exclamó con rabia.

—Pelo rizado, ojos rasgados y verdes, nariz recta, cara

alargada… —enumeró Al despacio—, y eso por no hablar de tu

cuerpo…

Al decir esto, sus ojos grises emitieron un vivo resplandor que

ocultó con rapidez entornando los párpados.

—Quizá tu mente aun no lo sea —prosiguió—, pero tu cuerpo sí

lo es, y pronto él te hará pensar y actuar como una humana. Así

funcionan las cosas. Es algo muy natural, querida. Por cierto, ¿cómo

te llamas?

Loreczka dudó. No sabía qué responder.

— ¡Vamos! —La animó Al Dovenciaux— Por tu apariencia ya

eres una proscrita, una alienígena ilegal, da igual que digas tu

verdadero nombre o el de la antigua propietaria de ese cuerpo tuyo,

¿cómo se llamaba…? —Hizo una pausa burlona— ¡Ah, sí! Rita Maid.

Al oír el nombre, la muchacha retrocedió. Nunca antes lo había

oído, pero, por algún motivo, su sola mención le hizo estremecer.

— ¿Qué pasa? —Preguntó Al— ¿No te suena? ¡Claro!, seguro

que tú no conoces toda la historia.

Se puso el sombrero y ello le dio un aspecto aun más siniestro.

—Verás —continuó—, yo trabajaba para dos tipos llamados

Menguelczik y Orteczik, asociados, eso fue hasta que se toparon con

una barra de plomo que blandía nuestra amiga Eleutheczka. El caso

es que esos dos fontaneros se dedicaban a replicar cuerpos humanos,

y estaban muy entusiasmados por replicar uno en concreto, el cuerpo

de una Diferente, ¿sabes lo que es eso?

Ella guardó silencio. No estaba segura de querer escuchar lo

que aquel desconocido le estaba contando.

—Se trata de un humano con características especiales, algún

don que no es propio de su especie, pero desconocido hasta el

momento en que su cuerpo sea replicado —explicó Al—. Este ser

humano en concreto se llamaba Rita Maid en la Tierra, y los doctores

ya habían conseguido replicar su cuerpo y se disponían a meterlo en

el agua para devolverle su mente. Al parecer, convertían las pautas

cerebrales en impulsos eléctricos con los que bombardeaban el

cerebro hasta darle la forma original, algo así como moldear arcilla,

¿me sigues?

Esperó un breve instante la respuesta y luego prosiguió.

—Sin embargo, los dos doctores tenían un guardaespaldas que

se trajeron de Zbreczik, un Teknoliczik gigante y violeta con un

enorme ojo luminoso, quizá le conozcas.

Loreczka se delató con una fugaz mirada hacia el ventanuco por

el que penetraba el blanco haz de luz. Al fingió no darse cuenta.

—Ese gigantón fue el que empezó todo el lío, ¿sabes? Sin que

Menguelczik y Orteczik se enterasen cambió las pautas cerebrales de

Rita Maid por las de algún otro, yo no sé quién, y, en consecuencia,

esa otra mente fue a parar al cuerpo de Rita.

Un nudo de saliva se escurrió con dificultad por la estrecha

garganta de la muchacha. Ahora ya comprendía por qué aquel

nombre le producía escalofríos. Pero el rumor propagado por Al decía

que en el depósito había una Administradora con mente humana, y la

única Administradora allí presente era Eleutheczka.

— ¿Y ella? —Se atrevió a preguntar débilmente.

Al se levantó despacio de la camilla. Llevaba su mano derecha

metida en una especie de gran estuche de guitarra.

—Oh, sí, ella… —Se aproximó a Eleutheczka y la contempló

pensativo. Con la yema del dedo corazón apartó un lánguido cabello

que caía sobre aquella frente abombada y limpia, después, deslizó su

mano hasta dos pequeñas heridas que la Administradora tenía en su

largo cuello, a la altura de la yugular— Ella llevaba tiempo

persiguiendo a los doctores, pero se decidió a actuar justo cuando

ellos iban a sumergir de nuevo el cuerpo de Rita para bombardearlo

con las pautas correctas. Hubo un forcejeo mientras el proceso

estaba en marcha y Eleutheczka, por accidente, cayó al estanque y

no pudo salir de él antes de recibir la descarga de las pautas

cerebrales de Rita. Esto provocó un cortocircuito, el laboratorio se fue

a hacer gárgaras y, entonces… —miró a Loreczka con fijeza— tú

conseguiste huir.

El relato tenía sentido, pensó ella, y además coincidía bastante

con sus propios recuerdos. Bajó su afligida mirada hacia el cuerpo

inerte de Eleutheczka.

—Entonces… —dijo con un hilo de voz— ¿ella era Rita Maid?

—Por lo que he podido comprobar, unas veces es Rita y otras

Eleutheczka. Parece que, al menos por ahora, las dos comparten la

misma cabeza, pero quizá ni siquiera se conozcan la una a la otra.

Loreczka levantó la cabeza.

— ¿Por qué hablas en presente? ¿No está…? ¿No ha muerto?

Al rodeó despacio la camilla de la Administradora.

—Depende —respondió con calma—. Ahora mismo está o,

mejor dicho, están en coma inducido. El que sigan vivas o no

depende de que se recuperen antes de que el forense entre por esa

puerta y les abra el cuerpo en canal para extraerles los órganos.

Como comprenderás, una vez que suceda tal cosa podremos darlas

definitivamente por muertas, pero hasta entonces… quién sabe…

Ante su avance, la muchacha retrocedió por instinto.

— ¿Qué es lo que quieres? —Le preguntó con voz ronca.

—Te quiero a ti —fue la lacónica respuesta.

Loreczka intentó huir, pero Al la agarró con fuerza por el brazo

para atraerla hacia si.

—Te guste o no ahora eres humana —le dijo—, y tu sitio está

con los humanos, ¡conmigo! ¡No con ese monstruo de ahí fuera!

— ¡No! —Exigió Loreczka— ¡Suéltame!

— ¡Es un Fuerza Bruta! ¿No lo comprendes? ¡Odian a los

humanos! ¡Los matan! ¡Eso es lo que te hará cuando se dé cuenta de

en qué te ha convertido! ¡No tienes dónde huir, ni dónde esconderte!

¡Yo soy el único que te puede proteger!

Los horrorizados ojos verdes de Loreczka se clavaron en los

grises y crueles de Al Dovenciaux. Muy a pesar suyo, cada palabra

que él decía la golpeaba con la fuerza de un martillo.

— ¿Y qué hay de ellas? —Prosiguió Al en tono cada vez más

fiero al tiempo que señalaba a Eleutheczka— ¡Si yo las dejo vivir no

tardarán en saber lo que pasa y se unirán contra ti para recuperar lo

que les pertenece! ¡Una Administradora y una Diferente! ¿De verdad

crees que tendrás alguna oportunidad contra ellas?

Loreczka no pudo soportarlo más.

— ¡Suéltame! —Gritó— ¡Tú no sabes nada de mí! ¡Suéltame!

La luz blanca inundó deslumbrante toda la sala.

— ¡Lorczka! —Exclamó la voz gutural— ¿Qué sucede?

Aquella voz amenazaba con una drástica intervención de

Carczik Puczik. Al, que ya le había visto actuar en la sala de calderas

del laboratorio de Menguelczik y Orteczik, asociados, consideró que

con semejante demostración ya había tenido más que suficiente.

Soltó a Loreczka y la dejó correr y escabullirse por el mismo

ventanuco que había usado para entrar en el depósito de cadáveres.

Al momento, la luz se desvaneció y el humano quedó a solas en la

penumbra, sumido en un repentino silencio. Aquel primer encuentro,

sin duda, no había respondido del todo a las expectativas del Chico

Malo, pero sabía que las relaciones sociales no solían dársele bien.

Regresó despacio a su camilla. La chica volvería, desde luego,

porque él tenía la vida de Eleutheczka en sus manos y ella y Rita

Maid eran un único ser, indivisible. Donde una estuviera, siempre

estaría la otra.

Eleutheczka Artemczka abrió los ojos para ver dónde estaba. Sin

embargo, por la fuerte conmoción tardó un buen rato en situarse.

— ¡Rita! ¡Rita! —Oyó llamar en la distancia, como si aquella voz

le llegase desde el extremo lejano de un túnel— ¿Estás bien, hija?

¡Nos has dado un susto de muerte!

Eleutheczka intentó moverse, pero algo sujetaba con fuerza sus

miembros a los brazos de una silla. Al mirar a su alrededor, lo

primero que vislumbró fueron un par de desencajados rostros

humanos, uno de un hombre y el otro de una mujer, tan próximos a

ella que podía sentir sus alientos saturados de ansiedad.

Y, entonces, no alcanzó a decir más que: “¿Mamá? ¿Papá?

La mujer aplastó su cara contra el pecho del hombre mientras

él trataba sin éxito conservar una expresión de calma.

—Sabes que hacemos esto porque es necesario, Rita —le dijo él

con un temblor en la voz—, lo hemos hablado, ¿no es verdad? No hay

otra solución.

De nuevo, Eleutheczka habló sin pretenderlo.

¡No quiero morir!

Parecía una súplica, pero el rostro del hombre se endureció

mientras el llanto de la mujer arreciaba.

— ¿Cómo puedes decirnos eso? —Bramó indignado— ¡Sabes

que no es culpa nuestra! ¡Ya no se puede vivir en la Tierra! ¡Te damos

la oportunidad de empezar de nuevo en otro mundo! ¿Y así nos lo

agradeces?

—Típico de la juventud, señores Maid —dijo alguien con desdén

—, nunca reconocen que hacemos esto por su propio bien.

Tras aquellos que Eleutheczka tenía tan cerca apareció, con un

inhalador de gas sujeto en sus manos enguantadas, un hombre gordo

con bata azul y mascarilla de cirujano.

El señor Maid se apartó. La señora Maid, en cambio, se quedó

mirando a Eleutheczka con lágrimas en los ojos.

—Lo siento, lo siento mucho, cariño —sollozó—. Ojalá te

hubiéramos dado un mundo mejor. Sabes que… Te quiero…

La emoción le impidió seguir. Intentó besar a Eleutheczka en su

frente cubierta por ventosas y cables, pero más manos enguantadas

acudieron raudas a apartarla.

— ¡No haga eso! —Exclamaron varias voces al unísono— ¡Si

arranca algún sensor no podremos extraerle las pautas cerebrales!

Lograron hacer a un lado a la mujer a pesar de su resistencia.

— ¡Te quiero, hija! ¡Te quiero mucho! —Repetía sin cesar entre

lágrimas— ¡Acuérdate de mamá, y de papá, y de Niki! ¡Te queremos!

Eleutheczka respondió con un débil hilo de voz:

“Yo también te quiero” .

El hombre gordo se agachó delante de ella y le puso el

inhalador en la cara.

—Esto no te dolerá, y será rápido —le dijo—. Cuando todo

termine extraeremos tus pautas y tu mapa genético y los enviaremos

al espacio. Alguien os recogerá y os replicará allí arriba, ya lo verás.

Hablaba con el tono vacío de un médico habituado a recetar

pastillas contra el cáncer terminal.

—Será una nueva vida maravillosa, te lo prometo, Rita.

Se oyó el siseo de un gas al circular por las tuberías y un fuerte

olor ácido saturó las vías nasales de Eleutheczka. Quiso decir algo

más, protestar, pero el efecto de aquel veneno embotellado en

pequeñas cápsulas con la retorcida cruz de la corporación “Yerba” era

inmediato. Sintió un profundo mareo antes de desvanecerse. La

última imagen que pudo percibir fue la del señor y la señora Maid,

abrazados y mirándola con una mezcla de impotencia y desconsuelo;

luego, ellos mismos se transformaron en sombras disueltas en medio

de un cegador resplandor blanco.

Y aquella fue su última sensación en cientos de miles de años.

El azul tapiz de estrellas se iba oscureciendo a medida que

Neptunczik se precipitaba en su ocaso y los grandes cuerpos

escamosos de las manczek raczek abandonaban los cielos para ir a

enterrarse bajo la fría arena de Felguerczka. Al desaparecer,

concluían la jornada de pesca para los pequeños barcos de chapa mal

remachados, los cuales ya regresaban del gélido desierto a sus

elevados muelles suspendidos en el vacío. Gran parte de estos

muelles habían sido abandonados, como restos de épocas mejores en

las que las capturas eran más abundantes.

Ahora, sobre la oscilante superficie invadida por la herrumbre

de uno de ellos, se hallaba sentado un gigante violeta sumido en

sombríos pensamientos.

— ¿Por qué no me lo dijiste, Carczik? —Le preguntaba una

pequeña figura que se encontraba de pie a su espalda— ¿Por qué no

me hablaste de Rita Maid? ¿Por qué no me dijiste que era Diferente?

— Porque yo no lo sabía, Lorczka —respondió él.

Suspiró con su gran ojo blanco luminoso clavado en los tejados

de las chabolas que se extendían a sus pies.

—Menguelczik y Orteczik solo me encargaron hacerme con las

pautas cerebrales y el mapa genético de una humana que un par de

estúpidos gokuczek habían encontrado en el desierto de Zbreczik —

continuó—. Era la oportunidad que yo estaba esperando para

conseguirte un cuerpo. Pensé que te sería más fácil ocupar el de una

humana, pero ellos siempre replicaban cuerpos de hombres, decían

que eran mejores para los combates.

— ¿Y a eso te dedicabas? —Repuso ella en tono de reproche—

¿A qué combates te refieres, Carczik? ¿Peleas en las que los humanos

tienen que enfrentarse a muerte para divertir a Altos Directivos de la

Corporación? ¿Les suministrabas material para sus carnicerías?

Carczik se puso en pie con impaciencia.

— ¿Y eso qué importa? —Bramó— ¡Tenía que devolverte la vida,

y al fin y al cabo solo eran humanos, menos que animales!

— ¡Pero yo ahora también soy una humana! Entonces, ¿también

soy menos que un animal?

Irritado, Carczik avanzó hacia Loreczka, que dio un paso atrás.

— ¡No digas eso! —Exclamó él— ¡Tú no eres humana! ¡No

importa que lo parezcas, tú y yo sabemos que no lo eres! ¿No lo

dijiste tú misma? ¿No dijiste que no importaba en qué nos

hubiéramos convertido?

—No importará si nos aceptamos el uno al otro tal y como

somos, cariño —respondió ella—. Eso es lo que quise decir.

Carczik dudó un momento, confuso ante la humedad que

afloraba a aquellos ojos verdes, y al final se llevó su enorme mano a

la cabeza. Tras tantas esperanzas y esfuerzos sospechaba haber

acabado cometiendo un gran error.

—No… —balbuceó—, no es cierto. Por dentro seguimos siendo

los mismos.

Unos dedos gráciles, demasiado delgados, se posaron sobre su

hombro fornido, sobre el tatuaje insignia de Fuerza Bruta.

—Este cuerpo nuevo me hace sentir cosas nuevas —dijo

Loreczka—, no puedo evitarlo. Los sonidos, los colores, todo es

distinto… incluso mis sentimientos… Es como si viviera en un mundo

extraño, como tú ahora. ¿Por qué te hiciste Teknoliczik?

—No había otra opción, los Fuerza Bruta eran los únicos que

podían extraer tus pautas cerebrales antes de que… —la voz se le

quebró— antes de que te fueras.

—Pero a cambio de que tú fueses uno de ellos, ¿verdad?

El ojo blanco de Carczik brilló con frialdad.

—Sí —respondió—, soy uno de ellos.

—Pero ellos odian a los humanos —dijo Loreczka con un

temblor en la voz— ¿Qué vas a sentir hacia mí si resulta que me he

vuelto humana?

Él dudó un instante y acabó apartando a Loreczka con un

violento empujón.

— ¡No! —Sentenció— ¡Tú nunca serás humana! ¡Eres mi

esposa, la de siempre, y se acabó!

—Eso —replicó Loreczka con una mezcla de inquietud y de

orgullo— ya no depende ni de ti ni de mí.

Y, dicho esto, se dio la vuelta y emprendió un ágil descenso

hacia las sucias calles cubiertas de arena y deshechos mientras

Carczik recuperaba el control de si mismo con demasiada lentitud.

— ¡Lorczka! —Gritó al darse cuenta de que ella se marchaba—

¡No! ¡Espérame!

Se dejó caer del muelle con un salto e hizo estremecerse al

suelo al impactar contra él. Luego echó a correr entre los

destartalados edificios que, poco a poco, iban volviendo a la vida,

pero la muchacha ya se había fundido con las sombras aún más

tenebrosas que las de la misma noche en Felguerczka.

« ¿Cuánto llevo esperando?» pensaba el Chico Malo tumbado en su

camilla del depósito de cadáveres. «Quizá estaba equivocado sobre

ella y no va a volver».

Más allá del ventanuco del depósito, la tenue luz azulada de la

noche era engullida por las negras tinieblas del día. Estaba

amaneciendo, y ello implicaba que se acababa el tiempo para tomar

decisiones. El Chico Malo se incorporó, abrió el estuche que envolvía

su brazo derecho y extrajo de él la imponente pistola de cincuenta

milímetros que llevaba implantada. Bien, si el cuerpo de Rita Maid no

había mordido el anzuelo, siempre le quedaba la mente de Rita Maid,

tumbada allí mismo, a su lado, en la otra camilla del depósito.

Conectó el largo cable de la pistola a la toma de corriente de la

morgue. De inmediato, los adormilados funcionarios que iban

ocupando sus puestos dentro de la Central de Administración de

Voluntad Pública notaron parpadear las luces de sus despachos. Lo

atribuyeron a un simple descenso de tensión en los generadores. La

realidad, en cambio, era que un formidable cañón de plasma se

recargaba en el sótano bajo sus pies. Peor aun: el dueño de aquel

cañón estaba deseando usarlo, y con él era todo un virtuoso.

Acuclillado junto a la toma de corriente, el Chico Malo volvió a

mirar a la yaciente Eleutheczka Artemczka y sonrió con picardía.

Imaginó que, sin duda, ella estaría ahora soñando con aquel

guapo muchacho que había conocido la pasada noche en la sala de

calderas del laboratorio de Menguelczik y Orteczik, asociados.

Eleutheczka Artemczka abrió los ojos para ver dónde estaba. Sin

embargo, esta vez no pudo distinguir nada salvo una impenetrable

oscuridad. Ya que la vista no le servía quiso oír, oler, hablar,

moverse… pero fue incapaz de hacer ninguna de esas cosas. Su

sensación en aquel momento era de una inexistencia total. Algo

parecido a la muerte, supuso, aunque sin la paz propia de tal estado.

Al contrario, tenía la agobiante impresión de estar encerrada en algún

lugar muy reducido y sentía la imperiosa necesidad de escapar de él

como fuera.

De pronto, se abrió una grieta de luz. Su resplandor era leve,

pero se iba agrandando con rapidez, como si algo afilado golpease

desde el exterior una dura corteza. Por fin, hubo la suficiente

abertura para dejar pasar seis dedos regordetes que se aferraron a

los bordes con un decidido afán de abrirla del todo. Una vez

consiguieron su propósito, apareció un enorme rostro verde de

insecto. Los palpos maxilares de aquel ser se abrían y cerraban

movidos por la misma ansiedad que hacía girar sus negras córneas

redondas por las ovaladas cuencas de sus saltones ojos sin párpados.

— ¡Tenemos algo aquí! ¿Sí? —Exclamó mientras inspeccionaba

las sombras— ¿Qué es? ¿Qué es?

Pasó sus cortos dedos por la suave superficie gris y acolchada

del interior de la esfera metálica que acababa de abrir. En sendas

ranuras halló dos diminutas tarjetas azules con microcircuito

insertado. Las alzó para examinarlas.

— ¿Qué dirías tú, Zeppelinczik? —Preguntó con su voz aguda y

ronca— ¿Un humano quizás, puede ser?

Otro ser igual de gordo y bajito, pero con el rostro menos

prominente y los ojos más grandes y amarillos, atisbó por encima de

la hombrera de un elegante traje morado.

—Humano, sin duda —afirmó—. Humano caído jardín Jedenczik.

Señaló las tarjetas de memoria que sostenía su amigo.

—Una pautas cerebrales, otra mapa genético —añadió—.

Jedenczik mucha suerte, ¿sí?

— ¿Ahora qué? —Preguntó Jedenczik Neuronczik— Jedenczik no

créditos réplica humano. Jedenczik problema.

— ¡Nada problema! —Replicó Zeppelinczik Colesterolczik—

Pautas cerebrales insertan consola datos. Humano acceso Red

Galáctica para nada aburrir, no problema.

—Pero réplica cuerpo muy caro —volvió a objetar Jedenczik—.

Jedenczik nada créditos, Zeppelinczik sabe.

—Humano vale muchos créditos —dijo Zeppelinczik—. Alguien

muchos créditos encuentra humano Red Galáctica, simple. Jedenczik

muchos créditos, humano cuerpo, todo fácil, nada problema.

Eleutheczka atravesó un modesto jardín mal cuidado en medio

de un árido desierto. A un lado de los retorcidos árboles estériles con

aspecto enfermizo y las plantas de tallo leñoso se alzaba una

pequeña casa de adobe como una minúscula cúpula plantada bajo un

sol de un rojo intenso. A su puerta, apretujados bajo un toldo

harapiento, los dos gokuczek, uno con su impecable traje morado y el

otro con su flamante cazadora marrón de piloto, trasteaban

ensimismados una vieja consola de datos. Hundiendo sus largos

tacones de aguja en la arena, Eleutheczka se acercó a ellos.

— ¿Qué hacéis? —Les preguntó.

Sin apartar sus grandes ojos de la tarea que realizaban,

Jedenczik le hizo un nervioso ademán con la mano.

— ¡Insertamos pautas cerebrales humano consola! —Respondió,

luego se echó hacia atrás en su taburete con la satisfacción propia de

quien se ha superado a si mismo. Alzó su mirada hacia Eleutheczka—

¡Mira! ¿Conoces ella?

Lo que le mostró a Eleutheczka no fue una obsoleta consola de

datos, sino un espejo de marco dorado en el que aparecía una

adolescente humana de revuelta melena roja y ojos verdes.

— ¿Quién es? —Inquirió Eleutheczka, aterrada, sin saber el

motivo, por el reflejo que tenía enfrente.

—Rita Maid —Respondió Zeppelinczik, tan pletórico por su logro

como su amigo— ¿Conoces tú Rita Maid? Amiga nosotros, siempre,

simpática, adorable Rita Maid.

Y, aunque la queratina que acorazaba su cuerpo lo hacía

imposible, aquel ser pareció sonrojarse mientras hablaba.

Eleutheczka se estremeció. De algún modo, tenía la certeza de

que la imagen del espejo era la suya y, sobretodo, que era una

imagen real.

— ¡Dame eso! —Ordenó con vehemencia— ¡Es mío!

Arrebató el espejo de las manos de Jedenczik y echó a correr

con él bajo el brazo. Los dos gokuczek abandonaron sus taburetes

gesticulando alarmados.

— ¡No, Rita! —Gritaban con sus estridentes voces— ¡Cuidado!

¡Él está esperando!

De repente, una formidable sombra se cernió sobre Eleutheczka

y su desesperada carrera fue interrumpida por unos músculos más

duros que el cemento. Cayó de espaldas entre una densa nube de

polvo, pero antes de tocar el suelo vio ante sí a un gigante violeta con

un solo ojo luminoso. Aquel monstruo no dijo nada, se limitó a aferrar

con sus manos imponentes el espejo que, sin posibilidad alguna,

trataba de retener consigo Eleutheczka.

— ¡No! —Chilló ella— ¡Déjalo! ¡Es mío!

Pero el gigante ni siquiera pareció escucharla. Le arrancó de las

manos aquel espejo que, de nuevo, volvía a ser una mísera consola

de datos. Aquel único ojo se clavó en ella, y parecía expresar una

especie de remordimiento o, más bien, la confusión propia de un acto

desesperado. Permaneció así un instante para, después, alejarse con

un formidable salto de más de un kilómetro. Antes de que

Eleutheczka pudiera reaccionar, el ladrón ya había desaparecido tras

el horizonte.

Ella volvió a dejarse caer, abrumada por una súbita

desesperanza. Presentía que lo perdido tenía un valor incalculable y

que aquella imagen pelirroja de ojos verdes era lo único capaz de

devolverle la vida.

Y una muchacha pelirroja de ojos verdes se agazapaba bajo un

pequeño puente destartalado, a la vera de un río negro y pestilente.

Sobre su cabeza llovían gravilla y polvo mientras oía a la vieja

estructura de madera crujir bajo el pesado cuerpo de Carczik Puczik.

Su marido la estaba buscando con desesperación, pero Loreczka no

iba a hacer ningún ruido que pudiera revelar su escondite. No quería

que él la confundiese aun más con sus prejuicios implantados.

Pronto, cuando las callejuelas de la colonia se llenasen de

mercaderes y transeúntes, el propio Teknoliczik tendría que buscar un

refugio lejos de los Administradores de Voluntad Pública o, peor aun,

de los Sanitarios de la Corporación armados con potentes cañones de

plasma. La misma muchacha debería andarse con gran cuidado a

partir de entonces, pero pensaba deslizarse por las sombras hasta

localizar, en medio de aquel intrincado laberinto de barracas

maltrechas, las altas agujas de la Central de Administración en cuyo

sótano aun debía de esperarla Al Dovenciaux con la inerte

Eleutheczka Artemczka. Si a algo estaba decidida Loreczka tras huir

de Carczik era a no permitir que Rita Maid fuera asesinada dentro de

aquel cuerpo que no era el suyo. Si tal cosa llegara a suceder, sería

incapaz de seguir viviendo bajo el peso de su conciencia.

En tal caso, morir le hubiera parecido preferible.

De hecho, Loreczka ya había estado muerta una vez, y la única

sensación que de ello recordaba, aunque indefinible, no le daba

ningún miedo.

El miedo apenas se reflejó un segundo en los ojos saltones del

ayudante del forense; luego, un súbito fogonazo y un ruido atronador

se los cerraron para siempre. Mejor dicho, los desintegraron junto con

el resto de su expresión asombrada.

El Chico Malo había apretado el gatillo por primera vez aquel día

y, como de costumbre, cuando empezó a hacerlo ya no pudo parar.

Cargó sobre sus hombros el cuerpo inconsciente de Eleutheczka

y con ella a cuestas se dirigió a la salida del depósito de cadáveres.

Podría haber huido por el mismo ventanuco que había usado

Loreczka, pero el escabullirse por un agujero como una vulgar rata le

pareció indigno de alguien como él.

En cambio, salir por la puerta principal de una Central de

Administración Pública, llevándose de paso a unos cuantos

funcionarios por delante, eso sí que daría que hablar.

Así que, con el cañón de su arma de calibre cincuenta aun

humeante, se puso a subir las escaleras del sótano hacia la primera

planta del edificio.

El siguiente en caer fue el forense, un anciano de pelo canoso y

nariz larga y retorcida, que bajaba adormilado al depósito con la falsa

certeza de que su ayudante ya había desnudado y lavado al cadáver

que él debía examinar. Para su desgracia, su sorpresa al ver a un

humano avanzar hacia él por la escalera fue tan grande que no tuvo

tiempo a reaccionar. Los Administradores de la primera planta oyeron

la tremenda detonación que hizo temblar las paredes y,

desconcertados, se miraron unos a otros. Todos ellos pensaron que

había reventado una caldera del sótano, por lo que no se les ocurrió

acudir raudos a la armería a por algo que, al menos, les permitiera

defenderse de un ataque.

Por lo tanto, el Chico Malo pudo divertirse de lo lindo una vez

llegó al vestíbulo.

Ya desde niño, armado con la escopeta de su padre, le

encantaba jugar al tiro al blanco con las ratas de su barrio. Ahora las

dianas eran extraterrestres de múltiples formas y colores aunque, eso

si, todos con los rostros congestionados por el terror. Cada disparo de

aquel pistolón hacía saltar vísceras y sangre por los aires, mientras

en las aniñadas facciones del muchacho se dibujaba aquella

seductora sonrisa de angelito que, allá en la lejana e inhabitable

Tierra, tanto había encandilado a la Abuelita. Después de la larga

espera en aquella sórdida morgue, tan súbita explosión de violencia

le supuso un gran alivio.

Y es que, mientras le durasen las víctimas al Chico Malo, el

Espantapájaros no pensaría en Rita Maid.

Rita Maid abrió los ojos para ver dónde estaba.

En medio de una nada absoluta, sin escenario alguno, allí fue

donde se encontró. Aquel lugar le recordaba a los últimos cien mil

años de su vida. Solo había un cambio, aunque no estaba segura de

si se encontraba fuera o dentro de su propia conciencia: Eleutheczka,

con su vestido negro y sus medias a rayas, estaba tendida a sus pies,

inmóvil, como muerta. Curiosamente, Rita incluso tuvo la impresión

de que ambas se parecían… al menos un poco.

Un agónico ataque de paramnesia la asaltó al momento. No

estaba dispuesta a quedar reducida de nuevo a la soledad y al olvido,

pero sabía que Eleutheczka era la única que podía evitarlo. Ahora

bien, para ello la necesitaba viva, no siendo un cadáver que debiera

acarrear a sus espaldas allá a donde fuera. Se arrodilló junto a la

Administradora, gritó su nombre —sin preguntarse cómo lo sabía—,

la sacudió con rabia e incluso llegó a golpearla con sus puños

apretados, pero no obtuvo ninguna respuesta. Eleutheczka respiraba,

su pecho plano subía y bajaba con un ritmo demasiado mecánico, y,

sin embargo, al abrirle con los dedos sus párpados de largas pestañas

negras, los ojos aparecían vacíos, sin iris ni pupila, cubiertos por un

velo opaco, cristalino y lechoso. Su corazón aun latía, sí, pero le

faltaba la vida, el contacto con el mundo real a través de unos

nervios dormidos.

Y, al mismo tiempo, ella, Rita, sentía a su vez que las fuerzas la

abandonaban como arena entre los dedos. No importaba con cuánta

determinación tratase de retenerlas en su mano: su destino era el

mismo que el de Eleutheczka, sin remedio.

Ya no quedaba nadie vivo en el vestíbulo, con la excepción, claro, de

Al Dovenciaux y la propia Eleutheczka.

Él se imaginaba entonces al resto de los Administradores

corriendo a la armería de la segunda planta para coger las pistolas

que el Reglamento les prohibía llevar sin autorización expresa de sus

jefes. En aquel momento, todos ellos estarían haciendo cola delante

del mostrador, ansiosos por rellenar los interminables formularios que

les daban derecho a un arma propiedad de la Corporación. Nombre,

número de placa, fecha de nacimiento, motivo por el que se

reclamaba el arma, firma del Jefe de Departamento, declaración

jurada de al menos dos testigos, certificado del Operario de

Suministros, número de serie y bastidor, número de balas… por cada

casilla a rellenar por un solo funcionario, el Chico Malo subiría un

peldaño de la escalera. Podría haber escalado hasta el mismo

Neptunczik y aun le sobraría tiempo para masacrar a todos los

Administradores desarmados, pero Al Dovenciaux supo controlarse a

tiempo. No había cargado lo suficiente su propia arma como para

poder hacer tantos disparos y, como su principal propósito era

largarse de allí, también tenía que pensar en lo que le esperaba en

las calles. Recordaba muy bien a los Homicidas que había visto

aquella noche, y aquellos cziczek no tenían que rellenar formularios…

Si se limitaba a marcharse sin más, los supervivientes de la Central le

dejarían irse y luego se pondrían a redactar un informe que, por los

cauces oficiales, tardaría meses en ser leído por alguien con autoridad

para tomar decisiones.

Miró a su alrededor: había suficientes pedazos sanguinolentos

esparcidos por el vestíbulo como para mantener viva su leyenda. Le

era penoso asumir que la diversión se hubiera acabado tan pronto

pero, después de todo, la carga que llevaba, aun sin ser el cuerpo

auténtico de Rita Maid, resultaba un buen botín.

Como el Chico Malo era todo un profesional, sabía que la sangre

solo es una pequeña parte del trabajo. El resto son cálculos

matemáticos que uno debe ir resolviendo para que el negocio siga

viento en popa.

Le disparó a un Administrador que se había dado demasiada

prisa en cubrir su formulario y luego se volvió para dirigirse con toda

calma hacia la puerta principal. Llevaba a una Diferente sobre sus

hombros. Sería preciso matarla, desde luego, para extraerle las

pautas cerebrales y después tamizarlas para quedarse con las de Rita

y deshacerse de las de Eleutheczka. No debía ser fácil, pero estaba

seguro de que en alguna parte habría alguien capaz de hacerlo. En

cualquier mundo, de cualquier modo, por el interés adecuado todo se

puede hacer.

Rita y Eleutheczka abrieron los ojos, aunque las dos sabían que

estaban en ninguna parte. No obstante, vieron ante ellas una forma

alada y bella que flotaba en medio del vacío impenetrable. Aquel

ángel —pues ambas lo tomaron por tal— era de largo cabello rojizo,

brillantes ojos verdes y grandes alas blancas trenzadas con infinidad

de plumas sedosas. Sus ropas, en cambio, no tenían nada de

celestiales, sino que más bien parecían el uniforme típico de las

colegialas en la C.C.C.B., con una modesta camiseta verde, un

pantalón corto y negro con peto y dos gruesas botas muy adecuadas

para pisar los agrestes territorios de la Corporación. No obstante, su

forma era la de una muchacha humana, muy joven, que provenía sin

duda de algún remoto lugar en el común inconsciente de las dos. Sus

propósitos, quizá, eran redimirlas o algo por el estilo, pero

Eleutheczka no estaba dispuesta a exponerse a nuevos engaños.

— ¡Aléjate de mí, te lo advierto! —Amenazó a la aparición— ¡No

quiero saber nada contigo!

— ¡Espera! —Gritó Rita— ¡Ella es nuestra única oportunidad!

— ¿Ah sí? —Replicó Eleutheczka con amargo sarcasmo—

¿Nuestra única oportunidad para qué? ¿Y por qué tengo que

permitirte hablar en plural cuando esta es mi cabeza? ¡Aquí sobráis

las dos, así que largaros por donde vinisteis!

— ¿Y por qué es tu cabeza y no la mía? —Repuso Rita furiosa—

¡Tú eres la culpable de todo esto por caerte al estanque! ¡Se necesita

ser idiota!

— ¡No me hables en ese tono, maldita biczka repugnante! ¡Fui a

ese laboratorio para cumplir con mi deber!

— ¡No! —Exclamó Rita en tono tajante— ¡Solo fuiste a

estropearlo todo!

Ambas se volvieron hacia el ángel, que ahora hacía gestos

desesperados como si intentara mediar entre ellas. Sus labios

rosados se abrían y cerraban con desesperado esfuerzo, pero eran

incapaces de pronunciar ni una sola palabra.

— ¡Genial! —Protestó Eleutheczka— ¿Encima debo soportar a

este fantoche haciendo muecas?

— ¡No hables así de ella! —Le reprochó Rita— ¡Intenta

comunicarse con nosotras! ¡Es lo único que nos queda ahí fuera! ¿No

lo comprendes?

—No es que no lo comprenda —respondió Eleutheczka—, es que

no me importa.

Y así era, en efecto. No estaba dispuesta a volver a la vida si

debía compartirla con un ser al que despreciaba, si no era su propia

voluntad, única y exclusivamente, la que estaba al mando. Volvió,

pues, a tenderse en medio de aquel limbo etéreo e ilimitado.

Rita lo comprendió de inmediato y comenzó a gritarle, a

zarandearla con todas sus fuerzas, pero tales fuerzas fueron

menguando de nuevo a medida que el ángel se desvanecía.

También Eleutheczka sintió apagarse su fuego interior y, con él,

todo deseo, todo recuerdo de que hubiera algo que experimentar o

perseguir. La simple idea de obedecer de nuevo a cualquier necesidad

le provocaba una pereza invencible.

Rita cayó a su lado, de igual modo vaciada de energía, pero su

situación era mucho peor: no importaba cuánto deseara regresar al

mundo real a perseguir lo que era suyo, porque la voluntad de morir

de Eleutheczka se imponía sin remedio, dejándolas desamparadas.

El Chico Malo notó que el cuerpo que cargaba sobre sus hombros se

ponía rígido como un cadáver, pero también notaba que aun seguía

respirando, y por ello siguió caminando con él a cuestas por las

estrechas callejuelas, bajo la pálida luz de la diminuta enana blanca,

la cual, con lentitud, se iba distanciando del tedioso horizonte.

La matanza de la Central de Administración de Voluntad Pública

había despertado el hambre del Chico Malo. Estaba más que

dispuesto a adueñarse de aquella apestosa colonia entera e, incluso,

a arrasarla hasta los cimientos de ser preciso.

¿”Preciso”?

No, mejor dicho: por la simple satisfacción de hacerlo. Él era

quien mandaba ahora, no lo olvidemos, y Abuelita se encontraba

lejos, muy lejos, tanto que su voz ni siquiera llegaba a oírse.