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Alter Ego

Iñaki Santamaría

© 2006: Iñaki Santamaría.

© Del texto: Iñaki Santamaría.

© Fotografía de portada: Iñaki Santamaría.

La difusión de esta obra será permitida, excepto con fi-

nes lucrativos, siempre que se acredite a su autor origi-

nal. Esta obra no podrá ser reproducida, ni parcial ni to-

talmente, sin el permiso escrito del autor. Todos los de-

rechos reservados.

A todos aquéllos que hayan amado alguna vez en

su vida, les deseo que no hayan perdido el tiempo.

A Sabine, por su último día

Iñaki Santamaría

Oh, misericordia.

LANCA NIEVE caía sobre las calles londi-

nenses. La capital inglesa llevaba bajo un

B manto de fría pureza hacía ya tres semanas.

El río Támesis recorría toda la ciudad con sus

aguas heladas, a varios grados bajo cero. Mientras,

aquella mañana, la del 22 de abril del 2006, la nie-

ve seguía cayendo desde un cielo azul, con espon-

josas nubes blancas, en grandes y gruesos copos.

La campana del Big Ben sonó, dando las doce del

mediodía. Era domingo, y pocos comercios perma-

necían con sus puertas abiertas. Lo que no era nin-

gún obstáculo para que un nutrido grupo de niños

y adolescentes llenasen cada esquina de Trafalgar

Square con muñecos de nieve, batallas de bolas de

nieve, y los ángeles que dibujaban en la abundante

capa de nieve que cubría hasta el último centímetro

cuadrado de un Londres tan blanco, tan puro, que

parecía haber limpiado con toda aquella nieve to-

dos los asesinatos que sus callejones habían presen-

ciado en toda su larga historia.

En toda esta estampa no faltaba quien, de espaldas

a la National Gallery, y bajo la mirada escrutadora,

victoriosa e inmortal del general Lord Nelson, se

arrodillaba y daba gracias a Dios por haber derra-

mado sus bendiciones y su perdón sobre la ciudad.

Por supuesto, tampoco faltaba en la helada ciudad

quien veía en este blanco milagro negros augurios

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Alter Ego

de terribles sucesos que estaban destinados a suce-

der en este día, y no en ningún otro. Había la segu-

ridad casi absoluta de que, si algo tenía que pasar,

iba a ser en este día, y nunca en otro.

Melissa Ackland suspiró, y echó un vistazo por la

habitación: desde la ventana de su dormitorio, en su

casa del 274 de Eversholt Street, justo donde la ca-

lle se juntaba con Euston Road y Upper Woburn

Place, la City se extendía, blanca y silenciosa, co-

mo un fantasma dormido; esperando la menor

oportunidad que se le presentase para despertar.

Pasó unos segundos con sus ojos de color verde es-

meralda perdidos, mirando más allá de donde la

ciudad londinense se perdía en el horizonte. Negó

con la cabeza, varias veces, y se alejó de la venta-

na. Cruzó la habitación de un extremo a otro, y se

detuvo enfrente del enorme espejo de la pared.

Ataviada con un vestido blanco, que le dejaba al

descubierto los hombros, complementado con un

par de guantes blancos que le llegaban hasta el an-

tebrazo, y una chaquetilla blanca, decorada con flo-

res, y con el borde de color granate, y que ahora

descansaba sobre el edredón de color rosa claro de

la cama, no pudo evitar dejar escapar una lágrima

de sus ojos al observar la fotografía que había so-

bre el cristal, en la que la hermosa joven morena

era abrazada por un chico rubio, con ojos grises y

con perilla.

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Iñaki Santamaría

El joven de la imagen era Erich Hindelsheimer, de

quien había sido novia hasta hacía dos años; tiempo

en el que no había sabido nada de su ex novio ale-

mán, originario de Munich.

Unas horas la separaban de su boda, y ahora se en-

contraba llorando un amor ya perdido, recordando

promesas de amor de los viejos tiempos; tan viejos

como para que pudieran calificarse de buenos.

En la calle, la bocina de un coche sonó, haciendo

que Melissa volviese de forma abrupta a la reali-

dad. Y la realidad era simple: era el día de su boda,

y en dos años no había podido olvidar a Hindelshe-

imer.

Así de fácil; así de cruel.

Un segundo bocinazo la apremió. Se secó las lágri-

mas de su rostro, se puso y abrochó la chaquetilla

blanca con flores, recogió el ramo de rosas y lirios,

y, tras calzarse los zapatos blancos, corrió hacia la

puerta de su dormitorio. La abrió, y, antes de salir,

se giró, y miró la habitación tan sólo una vez más

antes de salir y cerrar la puerta a sus espaldas.

Toda la estancia pareció quedar envuelta por la os-

curidad. Tan sólo permanecían iluminadas la foto-

grafía en el espejo y las dos cortinas blancas que

colgaban a ambos lados de la ventana.

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Alter Ego

De pronto, el viento sopló con tanta fuerza que

abrió la ventana con un fuerte golpe. El aire mecía

con gran violencia las dos cortinas blancas, que se

movían con el sedoso ondular del fantasma que ca-

mina. Aquellos dos blancos fantasmas la miraban,

y parecían alargar sus brazos para querer cogerla.

Ackland pestañeó dos veces, y tragó saliva. El vi-

ento cesó de forma tan abrupta como había empe-

zado, los fantasmas que la miraban con burlescas

sonrisas se tornaron en dos inertes cortinas, la ven-

tana se cerró, y todo el dormitorio volvió a quedar

iluminado. La bella joven negó con la cabeza, y

abandonó su habitación; cerrando la puerta a sus

espaldas.

Enfrente de la puerta de la casa, aguardaba un Audi

RS4 V8 4.2 420 CV quattro de color negro. Junto

a la puerta delantera derecha permanecía, mirando

su reloj, Isabel Ackland, la hermana mayor de Me-

lissa.

Isabel Ackland llevaba un vestido de color amarillo

oro, mate, con unos zapatos negros de tacón, y un

bolso de color negro, que descansaba en el asiento

trasero del coche.

Transcurridos unos segundos, Melissa salió de su

casa. Su hermana le señaló el reloj con el dedo ín-

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Iñaki Santamaría

dice. La joven morena no dijo ni una palabra; se li-

mitó a mirarla, seria, y a entrar en el coche. Apartó

el bolso de Isabel de forma bastante brusca, dejó el

ramo de flores sobre el asiento trasero, a un lado,

bastante enfadada, y miró por la ventanilla. Su her-

mana subió al coche, cerró la puerta, y, tras arran-

car, se pusieron en camino hacia la catedral de Ely,

en Cambridgeshire; donde tendría lugar la boda.

Todo el trayecto se produjo en el más sepulcral y

absoluto de los silencios. Isabel miraba de vez en

cuando a su hermana a través del espejo retrovisor.

Las pupilas de color verde de la novia no dejaban

de mirar por la ventanilla de la puerta. El coche no

iba muy deprisa, debido a la fina capa de hielo que

cubría la carretera, y las cadenas de las ruedas; por

lo que Melissa pudo disfrutar de las vistas de Lon-

dres como si estuviera en un recorrido turístico por

la ciudad.

El Audi RS4 giró, y enfiló por todo el lateral de

Hyde Park. La joven morena observó a la gente pa-

tinando sobre el hielo que cubría The Serpentine y

Round Pond, los dos estanques del gran parque. Le

divirtió ver a los niños tirándose bolas de nieve, y,

luego, ir corriendo hacia sus madres, y tomar una

taza caliente de chocolate. Por primera vez desde

que había comenzado el día, esbozó una sonrisa en

su rostro.

Sonrisa que se tornó en la más extrema de las preo-

cupaciones, al ver a una silueta que resaltaba sobre

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Alter Ego

manera entre la nieve de su alrededor.

Aquel extraño personaje iba vestido por completo

de negro, unos guantes de piel cubrían sus manos, y

un largo abrigo le cubría toda su figura. Su rostro

se hallaba cubierto con una máscara blanca, excep-

to en la zona de la nariz y la boca, de color negro,

junto con la línea que le rodeaba el color rojo de la

zona de los ojos ; de cuyos extremos salían dos lí-

neas, una hacia la izquierda a modo de lágrima, y

otra hacia la derecha, en media espiral.

Lo que hizo que Melissa cambiase la expresión de

su bello rostro fue, aparte de su aspecto siniestro,

percatarse del hecho de que, sin importar cuánto

avanzase el coche, la silueta seguía allí, de pie, jus-

to enfrente de ella, mirándola con espectral silencio

y frialdad.

El trayecto por Kensington Road fue una larga pe-

sadilla. El hombre enmascarado seguía mirando a

Melissa, y ésta, por alguna extraña razón, no podía

apartar su mirada de él. Durante unos segundos, to-

do quedó sumido en la oscuridad. Tan sólo estaban

ellos dos en el Mundo.

El vehículo pilló un bache, y el bote de la rueda

volvió al Mundo a la luz del día. Melissa parpadeó,

incrédula: el extraño personaje de la máscara blan-

ca ya no estaba. Miró hacia atrás, y vio cómo Hyde

Park se iba alejando detrás suyo. Volvió a mirar por

la ventanilla, y suspiró, aliviada; pero, también, con

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Iñaki Santamaría

ligera pena en su ánimo.

El Audi negro se detuvo con un chirrido de neumá-

ticos. Isabel bajó del vehículo. Melissa bajó tam-

bién al de unos segundos. Sus pupilas miraron ha-

cia arriba: cientos de cuervos estaban posados, in-

móviles, sobre las ramas de los árboles próximos

a la catedral. La hermosa novia tragó saliva, cogió

a su hermana del brazo, y se dirigieron hacia la Ca-

tedral de Ely; bajo la atenta y silenciosa mirada de

los centenares de cuervos que vigilaban con sumo

cuidado cada paso que las dos hermanas Ackland

daban.

A medida que se iban dirigiendo hacia el magnífico

edificio, Melissa cada vez estaba más segura de

que algo malo iba a pasar. No podía quitarse de la

cabeza a su ex novio, Erich Hindelsheimer, ni a

aquel misterioso personaje enmascarado que había

visto a lo largo de Hyde Park. Luego, miró a los

cuervos sobre los árboles, mirándolas con gran fije-

za, y en un silencio total, y el velo de niebla que

comenzaba a formarse detrás de la catedral. Todos

estos aspectos, junto con la nevada de las tres últi-

mas semanas, y que todo hubiese coincidido el día

de su boda, hacían imposible pensar en que pudie-

ra pasar algo bueno.

Salvo la acertada decisión de que su vestido

de novia le llegase hasta las rodillas.

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Alter Ego

Por fin, se detuvieron en la puerta. Melissa sonrió

al ver a un perro atado en la puerta, esperando fue-

ra, que sólo podía pertenecer a los McDermott;

uno de los matrimonios más pedantes y petulantes

que había conocido. La marcha nupcial, originaria

de Félix Mendelsshon (1809 – 1947), y compuesta

para su magnífica obra “A Midsummer Nightś

Dream”, comenzó a sonar al de unos pocos segun-

dos, y las dos chicas entraron en la catedral de Ely.

La catedral de Ely es una de las mayores iglesias

románicas que se conservan en Inglaterra. El tem-

plo fue consagrado a la Santísima Trinidad. El

obispado de Ely (Cambridgeshire, en la zona orien-

tal de Inglaterra) se fundó en 1109, aunque ya exis-

tía un monasterio desde el año 670, que en un prin-

cipio fue convento y más tarde estuvo ocupado por

monjes benedictinos, expulsados en 1540. El edifi-

cio normando - nombre genérico del románico bri-

tánico e irlandés - se construyó entre 1083 y 1130,

aunque aproximadamente entre los años 1174 y

1197 se añadieron el transepto y la única torre en

la parte occidental. El coro y el ábside oriental se

reformaron en la década de 1240, pero el hundimi-

ento de la torre central en 1322 obligó a otra re-

construcción, caracterizada por el llamado Octágo-

no, una obra maestra de las estructuras de madera

sin parangón en toda la arquitectura gótica inglesa,

con toda probabilidad proyectada por el monje

Alan de Walsingham.

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Iñaki Santamaría

En el interior de la catedral, los asistentes, que lle-

naban los tres cuartos del aforo del edificio, mur-

muraban entre sí, nerviosos y expectantes. Atavia-

do con un traje de color granate oscuro, con bri-

llos, del mismo color que el chaleco y la corbata, y

con una camisa blanca y unos zapatos de color ne-

gro, Bernard Elder aguardaba en el altar, junto con

el cura, Monseñor Broadbent, la llegada de la no-

via.

Cuando, al fin, la marcha nupcial comenzó a sonar,

Elder suspiró aliviado. La puerta se abrió, y todos

los presentes se giraron para ver a Melissa entrar

en la catedral, del brazo de su hermana, y, detrás

de ellas, a su sobrina de once años, Michelle, lle-

vando los anillos sobre un almohadón de terciopelo

púrpura, con ribetes dorados.

Bernard observaba, sonriente, a su radiante novia

caminando por el largo pasillo que conducía hasta

el altar. Todo su porte se relajó cuando Isabel se

sentó en la primera fila de asientos, Melissa se de-

tuvo a su lado, y Michelle sostenía el almohadón

con los anillos entre los dos, un par de pasos más

atrasada. La marcha nupcial dejó de sonar, y Mon-

señor Broadbent se dispuso a dar comienzo a la ce-

remonia.

Un denso velo de niebla envolvía toda la catedra l

de Ely. A su alrededor, todos los árboles estaban

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Alter Ego

poblados por miles de cuervos, que aguardaban en

el exterior, silenciosos y respetuosos, sobre las ra-

mas.

Una silueta se acercó al edificio envuelta por la nie-

bla. Sus zapatos negros hacían crujir la nieve a cada

paso que daba. El perro de los McDermott, nervio-

so, comenzó a ladrar. Los ladridos del apestoso

animal fueron haciéndose más altos a medida que

aquel hombre se iba acercando a la puerta de la Ca-

tedral.

Monseñor Broadbent guardó silencio de repente.

Un enorme estruendo en el exterior había obligado

a interrumpir la ceremonia. Melissa levantó la ca-

beza, sobresaltada. Sabía que aquel estruendo era

causado por los cuervos de afuera, que ahora ha-

bían levantado el vuelo, graznando todos al uníso-

no. La hermosa joven morena miró a Bernard, tragó

saliva, y giró la cabeza muy despacio, posando toda

la atención de sus ojos en la puerta del otro extremo

del pasillo.

Un fuerte viento abrió la puerta con un violento

golpe. Todos los asistentes se giraron, expectantes.

Una silueta de color blanco y rojo atravesó la puer-

ta por el aire, y se deslizó por el pasillo varios me-

tros, hasta que se detuvo. Los McDermott palideci-

eron de horror: aquél era el cuerpo ensangrentado

y sin vida de su perro. Desde la puerta, un reguero

de sangre conducía hasta el cuerpo inerte del ani-

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Iñaki Santamaría

mal.

Acto seguido, unos pasos se oyeron sobre la made-

ra. Un hombre rubio, vestido por completo de ne-

gro, y con la cabeza bajada, cruzó la puerta, y se

quedó allí, de pie, inmóvil, bajo la mirada de todos.

Un cuervo se posó sobre su hombro.

El rostro de Melissa palideció al ver aquella figura

tétrica en el interior de la catedral, el día de su bo-

da. No le había visto todavía la cara, pero no necesi-

taba hacerlo. Sabía de sobra que aquel extraño y si-

niestro hombre no era otro que Erich Hindelshei-

mer, su ex novio.

Con un rápido vuelo, el cuervo se dirigió desde el

hombro derecho del joven alemán hasta la parte

más alta del altar, donde se posó de nuevo, y graz-

nó.

Pasados unos breves segundos en silencio, Hindel-

sheimer levantó la cabeza. Desde su rostro serio y

salpicado de sangre, sus ojos grises abarcaron toda

la estancia, y se detuvieron sobre Melissa. Sus dos

manos, cubiertas por guantes negros, empuñaron

con fuerza las dos dagas que llevaba, ambas con la

hoja manchada de sangre.

Erich Hindelsheimer -. Yo me opongo.

Con paso calmado, comenzó a andar por el pasillo

hacia el altar. Se detuvo unos segundos donde yacía

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Alter Ego

el perro muerto, y lo apartó, con desprecio, con el

pie, a un lado, y continuó su camino hacia la pa-

reja de novios.

Al llegar a la primera fila de asientos, Daniel Ack-

land, el hermano de Melissa, le salió al paso; cor-

tándole el avance. Las pupilas grises de Erich se

despegaron de la hermosa morena, y se posaron so-

bre el hombre que le cortaba el paso.

Daniel Ackland -. ¿Dónde te crees que vas?

Hindelsheimer le miró, serio, con un gesto despec-

tivo en su cara ensangrentada.

Erich Hindelsheimer -. ¿Y tú, hombrecillo?

Con un rápido movimiento, el joven muniqués le

clavó una de las dagas en el pecho, y con la otra le

cortó el cuello. Tras desclavar la daga del pecho, le

propinó un profundo corte en el abdomen, y la otra

daga se clavó con fuerza en la espalda. Bañado en

sangre, el cuerpo de Daniel se desplomó sobre el

suelo de la catedral. Erich volvió a empuñar las

dos dagas, y se detuvo al lado de la pequeña Mi-

chelle.

Mientras, en la catedral, cundía el

pánico entre todos los presentes .

El joven rubio se agachó, y se puso a la altura de la

pequeña. Le acarició con ternura las mejillas, y le

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Iñaki Santamaría

puso la mano sobre la cabeza.

Erich Hindelsheimer -. Bien, pequeña. Esto es sólo

entre tu tía, Bernard y yo. ¿Qué te parece si vas

donde tu madre, y nos dejas hablar a los tres?

Michelle McGill -. Vale, tío Erich.

La rubia niña dejó el almohadón púrpura con los

anillos en el suelo, y fue andando con calma hacia

Isabel Ackland, quien la estrechó entre sus brazos.

Hindelsheimer se incorporó, y suspiró.

Erich Hindelsheimer -. Buena niña.

El cuervo graznó desde la parte más elevada del al-

tar, y Erich dio un par de pasos, hasta detenerse

junto a Melissa. El almohadón púrpura con ribetes

dorados tembló un poco, y los dos anillos cayeron

al suelo, rodando sobre el suelo hasta perderse de

vista. La joven tenía su rostro pálido, y sus grandes

ojos verdes clavados en su ex novio.

Bernard Elder -. ¿Qué demonios estás haciendo tú

aquí, Erich?

Sin dejar de mirar a la hermosa chica morena que

tenía ante él, Hindelsheimer se cambió la daga de

la mano derecha de lado, y le soltó un fuerte puñe-

tazo a Elder; rompiéndole la nariz. La sangre man-

chó el rostro del joven escocés.

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Alter Ego

Erich Hindelsheimer -. No he venido a hablar con-

tigo. No interrumpas.

Melissa Ackland -. No sabía que tuviéramos más

cosas de las que hablar.

Erich Hindelsheimer -. Mi querida Melissa. ¿Estás

intentando convencerme a mí, o a ti?

Melissa Ackland -. ¿De veras importa eso ahora?

Erich Hindelsheimer -. Todo importa, ahora y en

cualquier momento, ya que todo influye en los de-

más.

Melissa Ackland -. Ignoraba tener tanto poder de

influencia.

Erich Hindelsheimer -. Ninguno de nosotros lo tie-

ne. No obstante, nuestras decisiones, sí.

Melissa Ackland -. Tomé mi decisión hace ya mu-

cho tiempo, Erich. Asúmelo de una vez.

Erich Hindelsheimer -. Es por esa decisión que hoy

estoy aquí, Melissa.

Ackland miró a Bernard, quien seguía sangrando de

la nariz. Luego, observó la catedral vacía, salvo por

los cuerpos sin vida del perro y de su hermano,

Daniel. Por último, miró las dos dagas en las manos

de Erich.

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Iñaki Santamaría

Melissa Ackland -. ¿Has venido a matarme?

Erich Hindelsheimer -. ¿Qué? ¡No! Sabes que nun-

ca te haría daño. Pero hay cosas que ni el cielo pue-

de perdonar.

Con un gesto apartó a la chica hacia un lado, agarró

con fuerza las dos dagas, y se dirigió con paso fir-

me y decidido hacia Bernard.

Elder lanzó un quejido al colocarse de nuevo el ta-

bique nasal en su sitio. Cuando se hubo recuperado,

vio a Erich, que venía hacia él. Intentó detenerle

propinándole un puñetazo, pero las dos hojas de

las dagas detuvieron la mano. Hindelsheimer le

miró sonriente, mientras el chico moreno negaba

con la cabeza.

Las dos dagas unieron sus filos, y la mano cercena-

da de Elder flotó, etérea y cerrada, unos intermina-

bles segundos, hasta que cayó sobre el ensangrenta-

do suelo. Bernard chillaba y se retorcía de dolor.

Melissa le suplicaba a Erich que parase, mientras

éste cogía de los pelos al joven escocés, y le tiraba

al suelo, boca arriba. Le puso un pie sobre el pecho,

y cruzó las dos dagas, haciendo una X con ellas.

Luego, las bajó con fuerza.

Melissa se desplomó sobre el suelo, destrozada. Se

oyó un ligero ruido por el suelo, hasta que la cabe-

za cortada se detuvo al lado de la joven morena,

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Alter Ego

mirándola con su mirada vacía, fija y muerta. Erich

sintió el tacto cálido y espeso de la sangre en su ca-

ra, se agachó, y recogió las dos dagas. Al girarse,

vio a la preciosa joven llorando desconsolada.

Erich Hindelsheimer -. ¿En serio crees que alguien

merece tantas lágrimas? Y, sobre todo, ¿las merece

él?

Melissa Ackland -. ¿Acaso… acaso tú no llorarías

por mí?

Erich Hindelsheimer -. Dime: ¿Cuántas lágrimas

derramaste tú por mí, Melissa? Yo ya he derramado

demasiadas. Sólo me quedan dos lágrimas por de-

rramar. Y no las derramaré hoy.

Melissa Ackland -. Dijiste que nunca me harías da-

ño. Pero, al matarle a él, me has matado a mí tam-

bién.

Erich Hindelsheimer -. Yo morí antes que los dos

cuando me dejaste, Melissa. No lo olvides. No te

atrevas a olvidarlo.

Melissa Ackland -. Espero que no te atrevas a espe-

rar mi perdón después de esto.

Erich envainó las dos dagas, y las guardó en los

bolsillos interiores de su abrigo negro. Sacó una

pistola plateada, puso una bala en el tambor, y lo

cerró.

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Iñaki Santamaría

Erich Hindelsheimer -. ¿Tu perdón? ¿Yo? Oh, no.

Este día no esperaré tu perdón. Ni ningún otro día.

Porque, ¿sabes qué? Yo no hice nada. No soy yo

quien tiene que pedir perdón. Yo soy el que tiene

que concederlo.

Melissa Ackland -. Y eso, ¿Cuándo sucederá?

Ante la atónita mirada de la chica, Hindelsheimer

se apuntó con la pistola a la cabeza.

Erich Hindelsheimer -. En otra vida.

Acto seguido, su dedo apretó el gatillo, el tambor

giró, y una bala salió rauda y veloz; atravesándole

la cabeza de un extremo a otro, y salpicando el ves-

tido de Melissa de sangre. El cuerpo sin vida del jo-

ven muniqués se desplomó, pero Ackland lo cogió

entre sus brazos y lo depositó con cuidado sobre el

suelo. El cuervo graznó, y, con un rápido vuelo,

abandonó la catedral.

Melissa se quedó mirando a Erich. Los ojos sin vi-

da del joven alemán miraban fijos a la hermosa chi-

ca, que, arrodillada junto a él, y estrechándole entre

sus brazos, le seguía mirando. Con sus zapatos dio

un ligero golpe a la cabeza de Elder, que cayó ro-

dando por las escaleras que conducían al altar.

Ackland no dijo nada; tan sólo se quedó allí, inmó-

vil, mirándole; mientras las velas que iluminaban

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Alter Ego

el interior de la catedral de Ely fueron apagándose;

hasta quedar todo envuelto por la oscuridad.

Dos años y medio antes, a finales de octubre del

2003, Erich regresaba a su casa de Londres, des-

pués de una larga jornada de trabajo. Cerró la puer-

ta a sus espaldas, dejó las llaves sobre la mesilla

del recibidor, cruzó el pasillo de madera, y subió

las escaleras hacia la planta superior.

Arriba, el pasillo conducía a tres puertas: la de la

izquierda llevaba al cuarto de baño; la del medio

era el dormitorio; y la de la derecha llevaba a su es-

tudio. El joven muniqués entró en su estudio, y ce-

rró la puerta.

El amplio estudio constaba de dos altas y alargadas

estanterías de madera. Una tenía sus baldas llenas

de discos de música, la mayoría de ellos de música

clásica. La otra, justo al lado de la anterior, conte-

nía centenares de libros, en los que se mezclaban

los grandes autores clásicos, junto con libros de ci-

tas, poesías, mitologías, e históricos. Entre estos

últimos destacaban siete anchos tomos sobre dife-

rentes aspectos del Tercer Reich, adquiridos, no

por simpatía ni identificación con la ideología nazi,

sino para ser usados a modo de documentación para

la escritura de un próximo libro.

Enfrente de las estanterías había una cama; hecho

éste muy útil cuando la escritura de un libro se de-

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Iñaki Santamaría

moraba hasta altas horas de la noche. Al lado de la

cama, una vitrina con puertas de cristal guardaba

variadas y diversas curiosidades coleccionadas por

Erich: unas decenas de pistolas antiguas, distintas

dagas, espadas y hachas, una colección de figuras

mitológicas, representando a distintos dioses y hé-

roes de la antigüedad…

A la altura de donde acababa la vitrina, en una es-

quina de la pared de enfrente, una pequeña mesa

de madera sostenía un monitor plano, y un alargado

escáner. En la repisa de abajo, había un teclado y

un ratón, ambos de color negro, e inalámbricos.

Debajo de ellos, una impresora y la CPU. Sobre el

monitor se alzaba un mueble con dos baldas: en la

inferior, estaba la cadena de música; en la superior,

distintos programas informáticos, y varios discos

para grabar.

Justo enfrente de la puerta, al otro extremo de la

habitación, se erigía, orgullosa y majestuosa, una

alargada mesa de madera oscura. Sobre esta mesa

se hallaban una pila de libros, uno de los cuales es-

taba abierto, un pisapapeles en forma de calavera,

una figura representando a la Muerte, un cuaderno

abierto con un bolígrafo negro encima, y un marco

de madera con una foto de Melissa Ackland, su no-

via, en su interior.

Hindelsheimer caminó hasta la cama, y dejó sobre

ella la bolsa azul marino que llevaba colgada al

hombro. La abrió, y sacó de su interior una cámara

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Alter Ego

Nikon Coolpix 7900 de color negro; tras lo cual fue

hacia la mesa del ordenador.

Tras poner en marcha la cadena de música, donde

empezó a sonar la obra “Enigma Variations; Pomp

And Circunstance – Macrches Nos. 1 – 5” de Ed-

ward Elgar, se sentó en la silla que había enfrente

de la mesa, encendió el ordenador, y, tras varios

segundos hasta que terminó de arrancar, sacó la tar-

jeta de la cámara digital, la introdujo en el lector de

tarjetas, y las volcó en el disco duro.

Pasadas varias horas, Erich terminó de retocar la

última foto. Tras guardar los cambios efectuados en

el archivo, cerró el programa, y apagó el ordenador.

Se levantó de la silla, se estiró, se colocó el cuello

en su sitio con dos movimientos que le hicieron

crujir todas las cervicales, y miró el reloj: eran casi

las once y media de la noche. Frunció el ceño, y

volvió a mirar la hora: las once y media. Suspiró y

guardó silencio, expectante, como si estuviese es-

perando a que algo sucediese.

Al de unos segundos, sonó su teléfono móvil. En su

rostro se dibujó una sonrisa mientras su Siemens

SF 65, con tapa, de color negro, seguía sonando.

Cogió el teléfono, abrió la tapa, y contestó.

Erich Hindelsheimer -. Hola, mi niña bonita. Ya

pensaba que no me ibas a llamar.

Melissa Ackland -. Hola, Erich. ¿Qué tal te ha ido

28

Iñaki Santamaría

el día?

Erich Hindelsheimer -. Pues he llegado a las ocho y

media a casa, y acabo de terminar hace nada con

las fotos. ¿Y tú qué tal?

Melissa Ackland -. Oh, muy bien. Hoy he hecho

cinco contratos simples, y tres dobles.

Erich Hindelsheimer -. Eso está muy bien. Me ale-

gro por ti. ¿Con quien te han mandado hoy?

Melissa Ackland -. Con Ethan y Bernard Elder, y

con Jessica Ryack, la novia de Ethan.

Erich Hindelsheimer -. El clan Elder al completo,

más una. Qué algarabía.

Melissa Ackland -. ¿Son cosas mías, o en esa frase

hay cierto tono sarcástico? Ya sabes que los tres

son muy majos.

Erich Hindelsheimer -. Todas las personas lo son,

hasta que les conoces, y puedes ver cómo son en

realidad.

Melissa Ackland -. Suenas como un novio celoso,

Erich.

Hindelsheimer dejó escapar una sonora carcajada.

Erich Hindelsheimer -. Ya sabes, mi querida Meli-

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Alter Ego

ssa, que yo nunca tengo envidia. De nada, ni de na-

die. Soy una persona muy sana. Lo que sí tengo es

mucha experiencia en tratar con el ser humano, y

éste es muy proclive a decepcionarme.

Melissa Ackland -. Con el que mejor me llevo es

con Bernard. Es muy majo, y coincidimos en mu-

chas cosas. Si no estuviese contigo, me liaría con

él.

Unos heladores segundos en silencio siguieron a

esta frase. Al otro lado de la línea no se oía el más

mínimo ruido.

Erich Hindelsheimer -. Perdona el silencio. Estaba

recordando las monumentales broncas que me si-

gues echando por haber dicho, hace ya mucho ti-

empo, esa frase, que tú acabas de decir, de una chi-

ca. Nada más. Tan sólo lo menciono como una cosa

curiosa.

Melissa Ackland -. Ya, bueno. Es que me hizo mu-

cho daño aquella frase.

Erich Hindelsheimer -. Bueno, dejemos un tema ya

zanjado, y explicado. Me alegro de que te lleves

bien con Bernard.

Melissa Ackland -. Confío en que no te importe.

Erich Hindelsheimer -. No, para nada. Mientras no

haya nada más…

30

Iñaki Santamaría

Melissa Ackland -. ¿Y si lo hubiera? ¿Qué harías?

Erich Hindelsheimer -. Pues, lo más seguro es que

haría aquello que considerase oportuno hacer. Tan

sencillo como eso.

Melissa Ackland -. ¿Incluiría eso dejarme?

Erich Hindelsheimer -. Tendría que analizar la si-

tuación antes de tomar una decisión.

Melissa Ackland -. No has respondido a la pregun-

ta.

Erich Hindelsheimer -. Acabo de hacerlo, Melissa.

Otra cosa es ya lo que tú quieras creer. Además, es

ya muy tarde. Si quieres, seguimos con esta charla

mañana. O, si quieres, damos el asunto por zanjado.

Eso ya como tú quieras.

Melissa Ackland -. Vale; hasta luego.

La hermosa joven colgó antes de que su novio pu-

diera despedirse. Erich se quedó mirando la panta-

lla del teléfono móvil, con la profunda sensación de

que a su alrededor pasaba algo, y no terminaba de

enterarse muy bien de qué era.

Miró su reloj: eran casi las doce de la noche, y su

cabeza estaba llena de preguntas, teorías y suposici-

ones, de tal forma que un lacerante dolor le cruzó

31

Alter Ego

de una sien a la otra. Caminó con dificultad hasta

la cama, dejó la bolsa de la cámara en el suelo, y

se dejó caer sobre la cama.

Estuvo unos minutos repasando, pensando y dándo-

le vueltas a la charla que había tenido con Melissa.

El dolor de cabeza pareció multiplicarse por cien.

Pensó que, si aquello duraba un solo segundo más,

la cabeza le estallaría. Cerró los ojos un momento,

para ver si se le pasaba, y lograba pensar con ma-

yor claridad.

Para cuando la campana del Big Ben había sonado,

dando las doce de la noche, Erich yacía sobre la ca-

ma, sumido en un profundo sueño.

Las cuatro semanas que siguieron a aquella noche

pasaron como cuatro eternidades. El Siemens SF

65 guardó silencio durante el mes entero, y al otro

lado de la línea la única voz de mujer que se pudo

oír fue la que comunicaba que el teléfono de Meli-

ssa estaba apagado, o fuera de cobertura. Llamando

a su casa tampoco obtuvo respuesta. La voz de

Ackland al salir del contestador, se convirtió en un

chirriante estruendo en los oídos de Hindelshei-

mer, quien apenas durmió en esas treinta y un no-

ches.

Cuando el mes de noviembre tocaba a su fin, la sor-

presa fue en busca de Erich.

32

Iñaki Santamaría

Tumbado en el sofá del salón, boca arriba, con los

brazos colgando sin fuerzas en el aire; el joven mu-

niqués pasaba así los días enteros desde la última

vez que había tenido noticias de su novia. Las pare-

des parecían desmoronarse sobre él a cada segundo

que pasaba.

De pronto, sus ojos grises se movieron, dejando de

mirar por unos instantes el techo de la estancia. Se

levantó, salió del salón, y se quedo de pie, inmóvil,

mirando a la puerta principal. Bajó un poco la mira-

da, y sus pupilas se clavaron en el sobre que había

sobre el suelo, a escasos centímetros de la puerta.

Durante aquellos interminables segundos, sus ojos

no dejaron de mirar aquel sobre blanco, con su

nombre escrito en el reverso con letra de trazo fino,

allí, en el suelo, enfrente de él. Tragó saliva, suspi-

ró, dio un par de pasos, y recogió el sobre del suelo.

Erich Hindelsheimer -. Temo a los griegos, sobre

todo cuando traen regalos.

Hindelsheimer abrió el sobre, sacó la carta de su in-

terior, y la leyó con gran detenimiento. Sus ojos le-

yeron de forma escrutadora cada letra que confor-

maba todas y cada una de las palabras que sobre

aquella hoja de color rosa claro había escritas.

Una vez hubo terminado de leerla, el joven germa-

33

Alter Ego

no se quedó inmóvil, de pie, enfrente de la puerta

principal. Ni habló, ni se movió. Tan sólo se quedó

allí de pie, quieto, con la carta en su mano derecha,

sus ojos inundados en lágrimas, y el alma deshecha.

De sus ojos cayó una lágrima, al tiempo que su ma-

no derecha se abría. La lágrima le bajó por la meji-

lla y flotó etérea en el aire unos segundos, junto

con la carta. Ambas cayeron sobre el suelo al mis-

mo tiempo.

Y fue en ese preciso instante cuando Erich sintió

cómo su alma se separaba de su cuerpo, y desapare-

cía, esfumándose en el aire; lanzando un escalofri-

ante grito de dolor y furia.

Transcurrieron unos minutos hasta que las piernas

del joven rubio se movieron, se giró y subió, con la

cabeza bajada, el ánimo derruido, el alma desapare-

cida, el corazón llorando y el espíritu sangrando,

las escaleras que conducían hacia la planta supe-

rior.

Cuando hubo llegado arriba, entró en su estudio, y,

tras cerrar con un fuerte portazo, se encerró con lla-

ve.

Transcurrió casi un año hasta que Melissa Ackland

volvió a tener noticias de Erich Hindelsheimer.

34

Iñaki Santamaría

La mañana del 20 de octubre del 2004 amanecía

con un sol radiante en lo alto de un cielo de un co-

lor azul intenso, jalonado con esponjosas y sedosas

nubes.

Eran las doce del mediodía. Ataviada con una blusa

granate, una falda negra y unas botas de cuero de

color marrón, Melissa cruzaba, con una bolsa en su

mano izquierda, Camden High Street, en dirección

a su casa, en el número 264 de Eversholt Street.

Las botas de tacón de color marrón se detuvieron

de pronto. Una brisa gélida había atravesado su al-

ma al soplar en su nuca, y había congelado su alma

y su cuerpo.

Ackland observaba inmóvil, con su rostro pálido,

cómo ante ella pasaba un coche fúnebre. El sinies-

tro vehículo giró a la derecha, y se perdió de vista

al de poco de entrar en Hamstead Road. Una vez

recuperada, la hermosa morena reanudó la marcha

hacia su casa.

Nada más entrar en Eversholt Street, le aturdió un

poco ver un coche detenido a la altura de su casa.

Según iba avanzando, se percató de que el coche

estaba justo enfrente del 264.

Melissa se detuvo a escasos metros del primer esca-

lón de la media docena que conducían hasta la pu-

erta principal. Una mujer rubia y con ojos azules

salió del vehículo, un Rover 620 SDI de color gra-

35

Alter Ego

nate intenso, y se dirigió hacia la joven. Al llegar a

su altura, se presentó como la detective Erika Sil-

ver.

Ackland miró a la detective de arriba a abajo: lleva-

ba una falda vaquera, una camisa blanca, anudada

a la mitad, dejando al descubierto su plano abdo-

men y el piercing de su ombligo, unas botas de ta-

cón negras, y una gabardina.

Melissa Ackland -. Dígame, detective Silver. ¿Pue-

do ayudarle en algo?

Erika Silver -. Eso espero. ¿Conoce a Erich Hindel-

sheimer?

Melissa Ackland -. Por supuesto. Es… quiero de-

cir, era mi novio. Cortamos hace tiempo.

Erika Silver -. Espero que por lo menos se sigan

hablando.

Melissa Ackland -. Verá, detective Silver. Hace ya

casi un año que no sé nada de él.

Erika Silver -. Por lo menos se habrán visto alguna

vez en este año.

Melissa Ackland -. No sé si no me entiende, o no

me explico todo lo bien que debiera. En casi un año

no he sabido nada de Erich. Ni le he visto, ni he ha-

blado con él, ni nada. No he sabido nada en absolu-

36

Iñaki Santamaría

to de él.

Silver frunció el ceño, y se apartó un mechón riza-

do de pelo de la cara.

Erika Silver -. Cuando cortaron, ¿cómo diría usted

que se lo tomó?

Melissa Ackland -. Teniendo en cuenta que no sé

nada de él desde hace casi un año, diría que peor de

lo que me imaginaba.

Al notar cierta sorpresa en la detective, le explicó la

carta que le había mandado a Erich una fría mañana

de noviembre de hace un año, y que, desde enton-

ces, no había tenido noticias del joven germano.

Luego, le preguntó a Erika por la caja que llevaba

bajo el brazo.

Erika Silver -. Verá, señorita Ackland. Esta caja es

la causa de que yo esté ahora con usted enfrente de

su casa, haciendo preguntas sobre su ex novio.

Melissa Ackland -. No me diga que se la ha dado

Erich, y le ha dicho que me le entregue usted.

Erika Silver -. En cierto modo, sí. Me dio instrucci-

ones para que esta caja le fuera entregada cuanto

antes.

La bella detective miró a la joven, y calló de repen-

te. Un nudo se le hizo en la garganta, y las palabras

37

Alter Ego

tardaron varios segundos en terminar de salir.

Erika Silver -. Las dejó escritas en el reverso de la

carta que usted le escribió. Dejó la hoja sobre el es-

critorio, al lado del pisapapeles con forma de cala-

vera. La dejó antes de quitarse la vida, disparándo-

se en la cabeza. Lo siento.

Las pupilas de los verdes ojos de Melissa se dilata-

ron al máximo, y se sintió cayendo a plomo por un

abismo de oscuridad. El Mundo dejó de girar de

repente, y muy pocas cosas parecían ya tener senti-

do.

Pero el tiempo y el Mundo reanudaron de nuevo su

marcha, y Ackland se encontró de nuevo en la rea-

lidad. Algo que no podía creerse; algo que, tan só-

lo, no quería creerse, pero algo a lo que no quedaba

más remedio que enfrentarse. Y es que la realidad,

por dolorosa que le resultara, era sencilla en una

forma extrema: Erich, su ex novio, al que ella había

dejado por Bernard, se había suicidado en su estu-

dio, pegándose un tiro en la cabeza.

Su rostro recobró de nuevo el color, aunque no de

forma completa, cuando pudo comenzar a asimilar

esa realidad que ahora estaba por todo su derredor,

queriendo envolverla. Sus sedosos labios abrieron

una pequeña ranura, y las palabras, tras varios in-

tentos, salieron de forma apagada y sesgada; casi

imperceptibles.

38

Iñaki Santamaría

Melissa Ackland -. ¿Se… se sabe qué hay en la ca-

ja?

Erika Silver -. En las indicaciones de Erich Hindel-

sheimer se exponía, de forma explicita, que la caja

y su contenido eran, de forma exclusiva, incumben-

cia suya. Le traigo la caja tal y como fue encontra-

da sobre el escritorio. Ni se ha abierto, ni se ha sa-

cado nada de su interior. Si la quiere, es toda suya.

Melissa Ackland -. Se lo agradezco.

Erika le entregó la caja a la hermosa morena, y ésta

se quedó mirándola con incredulidad: Erich quería

que ella tuviera esa caja. Sus últimas instrucciones,

antes de suicidarse, habían sido asegurarse de que

aquella caja le llegara a ella. Y, ahora que lo sabía,

y, sobre todo, ahora que la tenía, le parecía tan fue-

ra de lugar, que se había quedado sin palabras.

Erika Silver -. Aquí tiene mi número. Si quiere co-

mentarme algo, llámeme.

Melissa Ackland -. Le agradezco las molestias, de-

tective Silver. De verdad.

Erika Silver -. Es mi trabajo, señorita Ackland. No

hay nada que agradecer.

Silver se giró, y se dirigía hacia su coche, cuando

Ackland detuvo su marcha, y le hizo darse media

vuelta.

39

Alter Ego

Melissa Ackland -. Perdone que le moleste, pero

necesito saberlo. ¿Llevaba mucho tiempo muerto

cuando le encontraron?

Erika Silver -. Unos seis meses, día arriba, día aba-

jo. Alguien denunció el olor que desprendía la casa.

Le encontramos sentado en su escritorio, con la

puerta cerrada con llave desde dentro, y se hallaba

en avanzado estado de descomposición. No fue

agradable, la verdad. Aunque la muerte nunca lo es.

Melissa Ackland -. No podría estar más de acuerdo

con usted. De nuevo, le agradezco las molestias

que se ha tomado.

Las dos chicas se despidieron con un apretón de

manos. Silver subió a su coche, y Ackland entró en

su casa, con la caja debajo del brazo.

Una vez dentro, cerró la puerta a sus espaldas, dejó

la caja sobre la mesilla del recibidor, y, mientras la

más terrible de las soledades se cernía sobre ella,

no pudo aguantarlo más, y se derrumbó. Cayó de

rodillas sobre la moqueta que cubría el suelo de

madera, y se tapó la cara con las dos manos mien-

tras lloraba con gran amargura.

Melissa Ackland -. ¡Maldito seas, Erich! ¡Para una

vez que tomas el camino fácil, tienes que dejarme

sin ti en mi vida! ¡Maldito el momento que has

elegido para renunciar a tus principios!

40

Iñaki Santamaría

Cuando se hubo calmado, se incorporó, cogió la ca-

ja, y se dirigió hacia el salón. Se sentó en el sofá,

abrió la caja, y la dejó a un lado. Retiró la tapa, y

miró en su interior, para ver qué contenía.

Lo primero que sus aterciopeladas manos extraje-

ron fue un sobre cerrado, con su nombre escrito en

el reverso. Nerviosa, lo abrió presurosa, y sacó la

hoja que había en su interior. En ella apenas había

unas pocas líneas escritas. Las leyó a toda veloci-

dad.

“Melissa:

Aquí te devuelvo estos recuerdos tuyos, acompaña-

dos, en el momento de su entrega, con tan amables

palabras y promesas, que acrecentaron en gran mane-

ra su valor.

Pero, ahora que su perfume se ha desvanecido, tóma-

los de nuevo; porque, para un corazón noble, el más

precioso de los dones se hace insignificante cuando se

ha perdido el afecto de quien nos lo ofreció.

Tómalos; aquí los tienes.

Erich.”