Alter ego por Iñaki Santamaría - muestra HTML

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Melissa volvió a guardar la hoja en el sobre, y si-

guió buscando en la caja. Sólo encontró un paquete

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Alter Ego

que, una vez abierto, reveló su contenido: más de

doscientas fotografías de la hermosa joven británi-

ca, que Erich le había hecho desde que habían co-

menzado a salir. La chica miró las fotos sin com-

prender, hasta que vio una hoja que las acompaña-

ba. La cogió y la leyó.

“Siempre te he dicho que, para mí, tú eras el mejor

regalo que me podías haber hecho. Por eso, te devu-

elvo tu regalo, convertido más en una dolorosa tortu-

ra.

Erich.”

La hermosa morena se desplomó en el sofá, espar-

ciendo las fotos por el suelo. Aquello superaba to-

do lo que podía ser capaz de asimilar en un mismo

día. No sólo Erich se había suicidado, si no que sus

últimas palabras hacia ella eran un severo repro-

che.

Un reproche del Infierno.

Terrorífico y frío era el velo de oscuridad que cu-

bría con su manto la noche de Londres. Melissa

dormía sobre el sofá del salón, con las fotos que

Erich le había devuelto todavía por el suelo.

Sus ojos de color verde esmeralda se abrieron de

golpe. Le había parecido oír un ruido en el piso in-

terior. Se levantó del sofá, y sintió una extraña sen-

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Iñaki Santamaría

sación de calidez y frescor en sus pies. Miró hacia

abajo, y observó sus pies descalzos sobre la moque-

ta. Además, se vio vestida tan sólo con un camisón

de color rosa claro.

Oyó el sonido de las gotas de la lluvia al golpear

sobre el cristal de la ventana. Oyó, también, el rui-

do de los truenos que retumbaban majestuosos en el

oscuro cielo. Luego, proveniente de arriba, oyó có-

mo la puerta de su dormitorio se cerraba con un fu-

erte golpe.

Tras armarse de valor, subió las escaleras, y, al lle-

gar a la planta de arriba, se detuvo enfrente de la

puerta de su dormitorio. Asió el pomo con la mano

y, tras suspirar, la abrió.

Desde la puerta, sin pasar dentro de la habitación,

pudo ver, justo enfrente suyo, a dos siluetas, ambas

vestidas de negro. La primera pertenecía a Erich

Hindelsheimer, quien tenía su cabeza girada hacia

un lado, ocultando su rostro.

La segunda se encontraba mirándola de frente, aun-

que su rostro se encontraba oculto por una máscara

blanca, salvo en la zona de la boca y de la nariz, de

color negro, junto con la línea que le rodeaba el

color rojo de la parte de los ojos; de cuyos extre-

mos salían dos líneas negras: una a modo de lágri-

ma, y otra en forma de media espiral.

El cuerpo de la hermosa morena se quedó petrifica-

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Alter Ego

do al observar a aquellas dos siluetas en su dormi-

torio. Esa petrificación desapareció cuando Erich

giró la cabeza, y sus ojos grises se clavaron en las

pupilas verdes de la chica, que retrocedió unos pa-

sos, asustada.

Con el rostro serio, Hindelsheimer alargó su brazo

izquierdo, y le señaló con el dedo índice. La mano

derecha subió la pistola que empuñaba a la altura

de la cabeza con un rápido movimiento, y apretó el

gatillo. La bala que salió del cañón del arma le

atravesó la cabeza a toda velocidad, salpicando to-

do de sangre.

Profiriendo un grito de horror, Melissa intentó co-

rrer hacia el cuerpo de su ex novio, que ya se había

empezado a desplomar hacia el suelo. Pero sus pi-

ernas no se movieron ni un milímetro de donde es-

taban. Miró al hombre enmascarado, y le vio con

una de sus manos extendidas, con la que le estaba

frenando, y negando con la otra.

El cuerpo inerte de Erich cayó sobre el ensangren-

tado suelo. El extraño le miró de nuevo a la chica,

y chasqueó los dedos. Al instante, un fuerte viento

comenzó a soplar, abriendo con un violento golpe

la ventana de la habitación; haciendo que la joven

inglesa girase la cabeza unos segundos.

El viento terminó de soplar, y la ventana del dormi-

torio volvió a cerrarse. Melissa giró de nuevo su ca-

beza, y observó, perpleja, que los dos, tanto el cu-

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Iñaki Santamaría

erpo sin vida de Hindelsheimer, como el hombre

enmascarado, habían desaparecido. Estuvo pensati-

va unos segundos, y se giró, encogiéndose de hom-

bros; convencida de que toda aquella escena había

sido producto de la imaginación inquieta de su

mente, maltrecha por tantas malas noticias recibi-

das en un solo día. Dio media vuelta, apagó la luz,

y cerró la puerta. El golpe de ésta al cerrarse hizo

que, de un agujero de la pared, cayese un pequeño

objeto de metal.

El objeto metálico sonó al impactar contra el suelo

de madera, y fue rodando hasta que se detuvo al

llegar debajo de la cama: era el casquillo ensan-

grentado de una bala. El calor que aún desprendía

había hecho unas quemaduras en la madera del sue-

lo al ir rodando sobre ella.

Mientras, abajo, Melissa recogió las fotos del suelo,

las metió en la caja, y la cerró. Se acomodó en el

sofá, y cerró los ojos: quedándose dormida en bre-

ves ins tantes.

Mayo del 2006. El primer día del mes amanecía

con grandes nubes grises cubriendo todo el cielo.

Melissa se hallaba en su dormitorio, oyendo mien-

tras las gotas de lluvia caían golpeando los cristales

de la ventana. La joven inglesa suspiró: desde la

ventana de su habitación apenas sí podía ver más

allá de la Universidad de Londres. La niebla lo cu-

bría todo con su frío y denso velo, y un escalofrío

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Alter Ego

le recorrió la espalda al venir a su mente recuerdos

de tiempos pasados, dedicados a amores olvidados.

Volvió a suspirar, y, mientras su aliento se desva-

necía en el cristal de la ventana, dio media vuelta, y

se alejó.

Lejos de Londres, en Cambridgeshire, en la zona

oriental del país, un Rover granate se detuvo en-

frente de la puerta de entrada a la catedral de Ely.

La puerta delantera derecha se abrió, y la detective

Erika Silver bajó del vehículo. Cerró la puerta, y

observó el impresionante edificio, mientras parpa-

deaba, sintiendo la lluvia cayendo en pesadas gotas

que martilleaban sobre la cabeza y los hombros de

la detective.

La puerta de la catedral de Ely estaba rodeada por

el cordón policial, que cortaba el paso, y un agente

de policía se aseguraba de que no entrase nadie que

no debiera estar allí.

Silver resopló, y caminó hacia donde estaba e l

agente, quien se hizo a un lado; permitiéndole en-

trar.

En el interior del edificio religioso, una media do-

cena de agentes registraban el lugar. Mientras, Ka-

theryne OĆonnor, quien estaba al mando del equi-

po de forenses, sacaba fotos al cadáver que yacía a

pocos metros del púlpito. La detective cruzó el pa-

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Iñaki Santamaría

sillo de madera, y se detuvo junto a la forense.

Erika Silver -. Erika Silver. Homicidios.

Katheryne OĆonnor -. Katheryne OĆonnor, fo-

rense. Perdone que no le dé la mano, pero tengo

que ultimar las fotos del cuerpo antes de que se lo

lleven al depósito.

Erika Silver -. Tranquila; no seré yo quien le mo-

leste. ¿Algo que pueda decirme del retratado?

Katheryne OĆonnor -. Varón de raza blanca, trein-

ta y pocos años. Aún no sabemos quién es.

Erika Silver -. ¿Alguna pista sobre la causa de la

muerte?

Katheryne OĆonnor -. Presenta cuatro heridas de

arma blanca. Lo más probable es que sea una daga,

o un puñal. Tiene dos incisiones: una en el cuello

y otra en el abdomen; y dos heridas más profundas:

en el pecho y en la espalda.

Erika Silver -. Parece que quien lo hizo le tenía ga-

nas. ¿Algo más sobre las heridas?

Katheryne OĆonnor -. Un detalle extraño: las cua-

tro heridas están cauterizadas.

Silver observó el charco de sangre reseca que cu-

bría el cadáver, y frunció el ceño.

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Alter Ego

Erika Silver -. ¿Cauterizadas? ¿Con toda esta san-

gre?

Katheryne OĆonnor -. Ya le dije que era algo ex-

traño. Por lo normal, con la herida cauterizada, no

se pierde apenas sangre. Parece como si la cauteri-

zación hubiera tenido lugar después de la muerte.

Erika Silver -. ¿Qué sentido tendría eso?

OĆonnor se encogió de hombros.

Katheryne OĆonnor -. No puedo decírselo aún. En

cuanto lo sepamos, se lo haremos saber.

Erika Silver -. Así lo espero. ¿Quién encontró el

cuerpo?

Katheryne OĆonnor -. Fue el cura: Monseñor

Broadbent. Lo encontró a primera hora de la maña-

na, y nos avisó de inmediato.

Erika Silver -. Hace ya demasiado tiempo que no

entro en una iglesia. ¿Es habitual ese olor?

Katheryne OĆonnor -. A decir verdad, esto es una

catedral. Pero el olor viene del cuerpo. Pese a lo

bien conservado que lo hemos hallado, a juzgar por

el rigor mortis, y el color que había empezado a ad-

quirir, llevará aquí más de una semana.

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Iñaki Santamaría

Erika Silver -. ¿Y lo han encontrado hoy? ¿Qué de-

lirio es éste?

Katheryne OĆonnor -. Monseñor ha estado enfer-

mo unos cuantos días. Hasta los siervos del Señor

sufren enfermedades. Son cosas que pasan.

Erika Silver -. ¿Alguien ha tocado algo de la escena

del crimen?

Katheryne OĆonnor -. Todo está según lo encon-

tramos. No hemos tocado nada.

Erika Silver -. Perfecto. Muy bien. Lo dicho: le

agradecería que me informase en cuanto encontra-

sen algo.

Katheryne OĆonnor -. Yo también se lo agradece-

ría, detective Silver.

Erika Silver -. Bien. Estaremos en contacto.

La detective dio media vuelta, y abandonó la cate-

dral de Ely. Por su parte, la forense siguió sacando

fotos.

Al salir de la construcción religiosa, Erika se quedó

unos instantes pensativa, intentando entrelazar los

datos que tenía por el momento. Al de un rato, un

cuervo graznó, y abandonó su lugar entre las ramas

de los árboles que rodeaban la zona.

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Alter Ego

La rubia detective sacudió la cabeza, y caminó ha-

cia el coche. Subió al Rover 620 SDI de color gra-

nate, y se alejó del lugar.

En el interior del edificio, un agente le entregó una

cartera ensangrentada a OĆonnor. La chica la

abrió, y la observó con detenimiento. Le dio las

gracias al agente, sacó su teléfono móvil de uno de

sus bolsillos, y marcó un número.

La pantalla del móvil de Erika se iluminó, y en ella

apareció un número de teléfono. El vehículo se de-

tuvo a un lado de la carretera, y la detective contes-

tó.

Erika Silver -. No esperaba tener noticias suyas tan

pronto.

Katheryne OĆonnor -. Hemos encontrado la carte-

ra del cadáver. Alguien parece haberla querido es-

conder. Estaba en uno de los confesionarios.

Erika Silver -. No creo que al asesino le entrara un

repentino ataque de conciencia. ¿Falta algo?

Katheryne OĆonnor -. Dinero, tarjetas de crédito,

permiso de conducir… Está todo. No falta nada.

Erika Silver -. ¿Cómo se llamaba nuestro descono-

cido amigo?

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Iñaki Santamaría

Katheryne OĆonnor -. Un momento… Ah, sí.

Aquí está: Daniel Ackland, del número 24 A de Gt.

Eastern Street.

El rostro de Silver adoptó un tono de seria preocu-

pación.

Erika Silver -. ¿Ha dicho Daniel Ackland?

Katheryne OĆonnor -. Sí. ¿Por qué?

Erika Silver -. Yo conozco a alguien con ese apelli-

do. Luego le llamo.

La detective colgó, arrancó el coche y se dirigió a

toda velocidad hacia Londres.

OĆonnor miraba el teléfono, perpleja.

Katheryne OĆonnor -. Me ha colgado.

Melissa Ackland se levantó del sofá, y miró por la

ventana del salón. Pudo ver cómo un coche de co-

lor granate cruzaba la calle a toda velocidad, y se

detenía con un chirrido de neumáticos enfrente de

su casa; dejando la marca de las ruedas grabada en

el asfalto. Observó a la detective Silver bajar del

vehículo, y dirigirse hacia la puerta principal. La

joven morena dejó de mirar por la ventana, y fue

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Alter Ego

corriendo a abrir la puerta; donde ya estaba Erika

preparada para llamar.

Erika Silver -. Perdone que le moleste de nuevo, se-

ñorita Ackland.

Melissa Ackland -. Ha pasado ya bastante tiempo,

detective Silver. Usted dirá.

Erika Silver -. ¿Tiene usted un hermano llamado

Daniel Ackland?

Melissa Ackland -. Sí, aunque hace tiempo que no

sé nada de él. No teníamos una buena relación, la

verdad. Se mudó a Gt. Eastern Street hará como un

par de años, y eso fue lo último que supe de él.

Erika Silver -. Hasta hoy, me temo. Han encontrado

su cuerpo en el interior de la catedral de Ely. Lo si-

ento.

Melissa Ackland -. ¿Daniel, muerto? Parece que las

desgracias nunca vienen solas.

Erika Silver -. No se ofenda, pero no parece muy

afectada.

Melissa Ackland -. Ya le he dicho antes que no te-

níamos una relación muy estrecha. No me malin-

terprete: era mi hermano, y me apena que haya mu-

erto. Pero no demasiado. La verdad, era algo que se

veía venir. No era la mejor persona del Mundo, ni

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Iñaki Santamaría

tampoco el mejor hermano.

Erika Silver -. No tiene usted que darme explicaci-

ones. Era tan sólo una observación. Por cierto, no

me ha preguntado de qué ha muerto.

Melissa Ackland -. No soy tan macabra, detective

Silver. Además, tampoco es una persona de la que

me interese saber mucho.

Erika Silver -. Bueno, como usted quiera. Ya tiene

mi número. Si cambia de idea, o quiere contarme

algo, ya sabe.

Melissa Ackland -. Se lo haré saber. De nuevo, le

agradezco las molestias que se ha tomado.

Erika Silver -. Es mi trabajo, señorita Ackland. Si

no hubiera venido yo, otra persona hubiera venido

a decírselo.

Las dos chicas se despidieron. Melissa entró en ca-

sa, mientras que Erika caminó hacia su coche.

Cuando llegó al Rover granate, su teléfono volvió a

sonar. Lo sacó, y, tras ver que era OĆonnor, res-

pondió.

Erika Silver -. Le dije que le llamaría.

Katheryne OĆonnor -. Es una pésima muestra de

educación dejarle a alguien con la palabra en la bo-

ca. Sobre todo, si es una chica. Y, sobre todo, si

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Alter Ego

esa chica soy yo. ¿Se puede saber a qué venía tanta

prisa?

Erika Silver -. He ido a ver a Melissa Ackland, la

hermana del fiambre que tiene ahí.

Katheryne OĆonnor -. Ya no. Se lo han llevado al

depósito. Así que la hermana. ¿La conocía de an-

tes?

Erika Silver -. Hace tiempo, tuve que ir a verla, pa-

ra comunicarle que su novio… que su ex novio se

había suicidado.

Katheryne OĆonnor -. Oh; vaya. Y, ¿Qué tal se ha

tomado la buena nueva?

Erika Silver -. Ha estado muy entera. Hacía tiempo

que no sabía nada de él. Eso ayuda. Por cierto, le

oigo como con eco. ¿Sigue en la catedral?

Katheryne OĆonnor -. Pues sí, la verdad. Segui-

mos buscando las armas.

Erika Silver -. ¿Las armas? ¿Desde cuándo son más

de una?

Katheryne OĆonnor -. Desde que los cortes del

cuello y del abdomen son diferentes. Además, van

en distinto sentido. El del cuello va de izquierda a

derecha. El del abdomen, por el contrario, va de de-

recha a izquierda.

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Iñaki Santamaría

Erika Silver -. Manténgame informada de todo lo

que averigüe. Ya le llamaré.

Katheryne OĆonnor -. Eso dicen todas.

Silver colgó y subió al vehículo. Arrancó, y aban-

donó Eversholt Street.

Ataviado con un traje de color marrón claro, Ber-

nard Elder abrió la puerta, y entró en la casa. Eran

cerca de las siete y media de la tarde, y acababa de

salir de su trabajo como comercial de una impar-

tante empresa de energía.

El joven moreno miró a su alrededor unos instan-

tes.

Bernard Elder -. ¿Melissa? ¿Estás en casa?

Hubo unos segundos en silencio.

Melissa Ackland -. En la cocina, Bern.

Elder se aflojó la corbata, y se dirigió hacia la coci-

na.

Melissa y Bernard eran novios desde hacía ya más

de dos años. En concreto, desde noviembre del año

2003, cuando ella decidió abandonar a Erich Hin-

delsheimer por su actual pareja.

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Alter Ego

Pese a llevar ya bastante tiempo saliendo, los senti-

mientos de culpa de la joven pesaban sobre su áni-

mo como la lápida de mármol que señalaba, en el

cementerio de Highgate, el lugar donde descansaba

el cadáver del joven muniqués. Era por ello que

Ackland y Elder no vivían juntos aún.

Lo que no quitaba para que la atractiva morena re-

cibiese en su hogar la visita de su novio cuando és-

te disponía de tiempo libre después de una agotado-

ra jornada de trabajo.

Son cosas que pasan.

En la memoria, siempre pesan más

los muertos que los vivos.

Bernard entró en la cocina, y vio a su novia sentada

en la silla que había enfrente de la mesa de madera.

Se encontraba leyendo un libro, con un vaso de vi-

no lleno hasta la mitad, y una botella medio vacía a

un poco más de distancia.

Bernard Elder -. Buenas tardes, mi niña.

Melissa dejó el libro abierto sobre la mesa, y se gi-

ró.

Melissa Ackland -. Buenas tardes, Bern. ¿Qué tal

hoy en el trabajo?

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Iñaki Santamaría

Bernard Elder -. Bastante bien, aunque estoy agota-

do. Ha sido una tarde muy larga. Encima, un coche

casi me atropella al salir de la calle.

Melissa Ackland -. Sería la detective Silver. Ha es-

tado aquí esta tarde.

Bernard Elder -. ¿La detective Silver? Y, ¿Qué que-

ría?

Melissa Ackland -. Nada. Informarme de que han

encontrado a mi hermano Daniel muerto en la cate-

dral de Ely.

Bernard Elder -. Vaya. Lo siento, Mel. En serio.

Melissa Ackland -. No pasa nada. Tampoco nos lle-

vábamos tan bien. Ni tan mal. Tan sólo no nos lle-

vábamos.

Bernard Elder -. A pesar de ello, te reitero mi pésa-

me. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.

Melissa Ackland -. Gracias, Bernard. No te lo to-

mes a mal, pero necesito estar sola un rato. Tengo

que asimilar un par de cosas que me han pasado.

Bernard Elder -. ¿Qué más ha pasado?

Melissa Ackland -. Cierto. No te lo conté. El otro

día tuve una pesadilla. Era el día de nuestra boda,

y nosotros estábamos en el altar. Entonces, apare-

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Alter Ego

ció Erich, con una daga en cada mano, y un cuervo

sobre el hombro. Fue bastante angustioso, la ver-

dad.

Su novio la miraba boquiabierto.

Bernard Elder -. Ah. Y, ¿Cuándo tenías pensado

contármelo?

Melissa Ackland -. Como tú comprenderás, no ha

sido un sueño que me guste estar rememorando una

y otra vez.

Bernard Elder -. No, si lo entiendo. Sólo digo que

creo que tenías que habérmelo contado. Nada más.

Melissa Ackland -. Intentaré tenerlo en cuenta para

posteriores ocasiones.

Bernard Elder -. Se te agradecerá. Bueno, con tu

permiso, no quiero robarte más tiempo. Procura

calmarte un poco.

Melissa Ackland -. Se intentará. Hasta la vista.

Elder se levantó de la silla, y salió de casa de su no-

via. Ésta volvió a coger el libro, y, después de be-

ber un trago de su vaso de vino, lo continuó leyen-

do.

Fue a una hora ya avanzada de la noche cuando se

metió en la cama. A solas en la oscuridad de su

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Iñaki Santamaría

dormitorio, y en la soledad de su alma, una lágrima

de amor brotó de sus verdes ojos, le recorrió el ros-

tro, y cayó desde la punta de su hermosa y respin-

gona nariz.

Melissa Ackland -. Te necesito. Si tan sólo estuvie-

ras aquí…

Suspiró, cerró los ojos, y se durmió.

Un denso velo de niebla cubría toda la ciudad de

Londres aquella fría y estrellada noche, del 4 de

mayo del 2006. Todas las calles de la capital ingle-

sa yacían, a excepción de deshonrosas excepcio-

nes, desiertas. Las bajas temperaturas y la niebla

no acompañaban a hacer un recorrido turístico por

los suburbios de la ciudad londinense.

Pese a ello, no faltaban pequeños grupos de turis-

tas, fotografiando la imponente belleza nocturna de

la ciudad; borrachos dando tumbos por las calles y

entablando animadas charlas con las farolas y los

cubos de basura; prostitutas ofreciendo a sus clien-

tes, y, mediante éstos, también a ellas mismas, un

poco de calor en aquella helada noche; y un buen

número de pobres desgraciados, paseando a sus es-

túpidos perros; de los que, con un poco de suerte,

alguno morirá de frío esta noche.

La campana que da nombre al reloj más sublime de

toda Gran Bretaña sonó, dando las doce de la no-

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Alter Ego

che. En uno de los árboles del bosque que rodeaba

la catedral de Ely, un cuervo graznó, remontó el

vuelo, y, con rápido batir de alas, cruzó los cielos

atravesando la niebla, y se posó, con suavidad, so-

bre una lápida en un cementerio.

El ave ladrona picoteó varias veces la marmórea lá-

pida, y remontó el vuelo. Al de unos instantes, unos

fuertes temblores comenzaron a sacudir la tierra.

Unas grandes nubes grises cubrieron el cielo, y una

fuerte lluvia comenzó a caer sobre el cementerio.

Un rayo brilló en el cielo, siendo visto su resplan-

dor de un extremo de la Tierra al otro, y golpeó de

pleno contra la lápida; haciéndola añicos. Los tem-

blores que sacudían con violencia la tierra aumen-

taron en su intensidad.

De pronto, de las mismas entrañas de la tierra sur-

gió una mano, con la palma abierta por completo.

La mano buscó a ciegas por su alrededor, hasta

que, por fin, halló donde poder agarrarse. Una vez

se asió con fuerza, su compañera salió a la superfi-

cie, y se apoyó sobre el lado opuesto.

Los diez dedos se clavaron con fuerza en la húme-

da y verde hierba, y, haciendo un esfuerzo sobrehu-

mano, un hombre salió de su propia tumba; lanzan-

do un fuerte grito.

La verja que servía de entrada al cementerio se

abrió con un fuerte golpe, y por ella entró una chica

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Iñaki Santamaría

con un vestido negro que le llegaba por encima de

las rodillas, una larga y rizada melena morena que

le caía por toda la espalda como una enredadera, y

unos ojos de color azul intenso en su pecoso rostro.

Sus botas de tacón, que le llegaban hasta la rodilla,

se deslizaron sobre la hierba, entre la que crecían

las lápidas, y se detuvo junto al hombre que había

abandonado su tumba. Las pupilas azules de la

preciosa chica lo observaron con detenimiento: co-

mo ella, iba vestido por completo de negro. Al lle-

gar a sus manos, toda su atención se centró en el

anillo en forma de serpiente que llevaba en uno de

los dedos de su mano izquierda.

La lluvia se detuvo de repente. Las aterciopeladas

manos de la mujer se deslizaron sobre los dorados

cabellos de aquel hombre, que yacía boca abajo, a

un lado de los todavía humeantes trozos de la des-

truida lápida. Se agachó, acercó sus sedosos labios

al oído de su inconsciente acompañante, y, con la

más suave de las voces jamás oídas por hombre al-

guno en la Historia de la Humanidad, le susurró un

nombre: Neoldian.

El extraño se giró, y la miró con fijeza: su rostro es-

taba cubierto por una máscara blanca, con la zona

de los ojos en color rojo fuego, y la zona de la boca

y la nariz, junto con la lágrima y la media espiral

que le rodeaban los ojos, en color negro. La joven

morena sonrió de forma amplia, enseñando los di-

entes, cuando el misterioso enmascarado pronun-

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Alter Ego

ció, con una voz sesgada, casi hecha jirones, su

nombre mientras la miraba: Elbony.

La lluvia volvió a caer con fuerza. Bajo las pesadas

gotas que martilleaban sobre sus cabezas, Neoldian

y Elbony se fundieron en un cálido abrazo.

Era una hora ya avanzada en la noche del 5 de ma-

yo. La niebla cubría por completo toda la ciudad

del Támesis, aunque, todo hay que decirlo, ya no

llovía.

La puerta del número 22 de Gt. Queen Street se

abrió, y por ella salió Lizza Dussollier, precedida

de un perro de pelaje claro. El animal bajó los pel-

daños que conducían a la calle. Su dueña se abro-

chó los botones de la chaqueta de color morado

que llevaba, y, tras resoplar resignada, comenzó a

pasear a la molesta mascota.

Dussollier llevaba residiendo en Londres desde ha-

cía unos seis meses; poco después de que conociera

a su actual novio, Samuel Powell, un abogado nor-

teamericano afincado en Londres desde hacía tres

años.

La feliz pareja había estado disfrutando de un tran-

quilo día juntos. Después de un apacible paseo por

Regent Park al atardecer, habían pasado la tarde ha-

ciendo compras, y una apacible cena en casa había

marcado el final de la velada. Una vez que Powell

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Iñaki Santamaría

se hubo despedido de su novia, la joven francesa

se disponía a descansar de un día tranquilo, pero

agotador.

Pero, antes, tenía que sacar a pasear a su perro.

El Big Ben marcó las once de la noche con sus agu-

jas, y su enorme campana sonó, dando las once

campanadas. Dussollier entró con el animal en la

calle donde estaba su casa. El velo de niebla que

cubría la calle había desaparecido, estando por

completo despejada.

Ama y mascota comenzaron a andar hacia el núme-

ro 22. No habían pasado sino escasos segundos,

cuando la marcha del can se detuvo por imperativo

de su dueña.

Con la tensión al máximo en todo su cuerpo, Lizza

miraba, recelosa, a la media docena de palomas que

había enfrente suyo; a escasos veinte metros de

distancia. El perro, como corresponde a su especie,

miraba a las aves sin comprender, viendo su mar-

cha interrumpida por la correa que tiraba de él ha-

cia atrás con fuerza.

Un cuervo se posó, revoloteando, sobre una de las

farolas de la calle, y graznó una vez. El cánido la-

dró, asustando a las palomas, que, en su retirada, se

abalanzaron sobre la chica francesa; quien las es-

quivó como pudo; viéndolas pasar sobre su cabeza,

a escasos centímetros de ella. Una vez que las ratas

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Alter Ego

aladas se hubieron perdido de vista, Dussollier re-

sopló, aliviada, y ambos reanudaron la marcha, ba-

jo la atenta mirada del cuervo.

Lizza se detuvo de nuevo al de unos pocos metros.

Había oído un ruido, que rechinaba en sus oídos, y

que se aproximaba hacia allí desde Kingsway.

Al final de la calle, surgido de la nada, había apare-

cido un denso manto de niebla.

De manera repentina, el animal comenzó a ladrar

con gran fuerza. Su dueña apenas podía sujetar la

correa para evitar que se fuera hacia la niebla.

Mientras, el ruido iba en aumento. Debía estar a

punto de abandonar Kingsway, y entrar en Gt.

Queen Street.

La correa se escurrió de entre los dedos de Dusso-

llier. Libre de sus ataduras, el perro emprendió rá-

pida carrera, adentrándose en la niebla ladrando.

Su dueña aguardó unos minutos, expectante. El rui-

do había desaparecido, y tan sólo se oían los ladri-

dos de su perro. Pronto, tan sólo hubo silencio. La

joven francesa permaneció inmóvil, esperando ave-

riguar qué pasaba.

La niebla desapareció de pronto. Con una mueca de

horror en su rostro, pudo ver a un hombre vestido

de negro, de rubios cabellos, con la cabeza bajada,

64

Iñaki Santamaría

y agachado detrás del cuerpo ensangrentado del

animal; del que sobresalían las empuñaduras de dos

dagas.

El hombre levantó la cabeza, pudiéndose ver con

claridad su blanca máscara salpicada de sangre. Ex-

tendió sus manos, y, tras sacar las dos dagas del

cadáver del perro, dirigió sus pasos hacia donde

estaba la chica; paralizada de terror, e incapaz de

dar un solo paso; con dos manos surgidas de las

sombras agarrándole con fuerza de las piernas.

Mientras caminaba hacia ella con las dagas en sus

manos extendidas, pudo, por fin, averiguar que el

ruido que había estado rechinando en sus tímpanos

era la hoja de una de las armas al arrastrarse contra

los ladrillos de las casas, y de la otra al rayar las fa-

rolas de la calle.

También averiguó que era a ella a quien buscaba

aquella noche; sólo a ella, y a nadie más, y que no

había nada que pudiera hacer para escapar; y, al ho-

rror del descubrimiento de esa sombría inevitabili-

dad, le sucedió un deseo final de que todo acabara

pronto.

Los pasos se detuvieron, y el ruido que los había

acompañado cesó. Lizza Dussollier vio a aquel

hombre de pie, enfrente suyo, mirándole desde de-

trás de aquella máscara blanca salpicada de sangre.

No dijo nada; tan sólo la miró unos segundos. Una

gota de sudor frío recorrió el rostro de la chica.

65

Alter Ego

El hombre enmascarado agarró con fuerza las em-

puñaduras de sus dos dagas, y, con un rápido mo-

vimiento, se las clavó a la chica francesa en el pe-

cho. Mientras la sangre recorría el cuerpo de Du-

ssollier, el hombre de la máscara blanca salpicada

de sangre sacó las dos armas, y, tras guardarlas en

los bolsillos interiores de su embarrado abrigo ne-

gro de cuero, señaló con el dedo índice a la joven,

y se acercó a ella hasta tocar con su dedo en su

frente.

Una “E” se grabó con fuego en la parte de la frente

donde el dedo del hombre había tocado. El cuerpo

sin vida de la chica se derrumbó sobre el frío y hú-

medo suelo de Gt. Queen Street. La niebla avanzó

por la calle, cubriéndola por completo. El cuervo

graznó, dispersando la niebla. Cuando se hubo di-

seminado, el extraño ya había desaparecido.

Los curiosos se agolpaban al final de Kingsway, a

la altura del cordón policial que cortaba la calle. El

Rover 620 SDI granate de la detective Silver se de-

tuvo de un frenazo. Erika bajó del vehículo, y par-

padeó varias veces bajo el sol. Observó el cadáver

que yacía ensangrentado en la acera, y luego vio a

Katheryne acercándose hacia ella, con su cámara

Nikon colgando del cuello.

Katheryne OĆonnor -. Buenos días, detective Sil-

ver. ¿Ha dormido bien?

66

Iñaki Santamaría

La detective miró a la forense por encima de las ga-

fas de sol.

Erika Silver -. ¿Tengo cara de haber dormido bien?

Katheryne OĆonnor -. Será mejor para las dos que

no me haga decirle de qué tiene cara.

Erika Silver -. ¿Por qué no se deja de zarandajas, y

me dice qué demonios ha pasado?

Katheryne OĆonnor -. Tan agradable como siem-

pre. Si me acompaña, la pondré al día.

Erika Silver -. Después de usted.

OĆonnor condujo a Silver hasta el cuerpo sin vida

que yacía en la acera.

Katheryne OĆonnor -. La muerta respondía al

nombre de Lizza Dussollier. Francesa. No llegaba a

los treinta años de edad. Vivía en el número 22.

Erika Silver -. ¿Causa de la muerte?

Katheryne OĆonnor -. Dos heridas por arma blan-

ca en el pecho.

Erika Silver -. Heridas que casan con las del cuerpo

encontrado en la catedral de Ely, imagino.

67

Alter Ego

Katheryne OĆonnor se encogió de hombros.

Katheryne OĆonnor -. Tanto como eso aún no le

puedo decir.

Silver se quitó las gafas de sol, y se agachó a exa-

minar el cadáver de Dussollier.

Erika Silver -. Las dos heridas cauterizadas.

Katheryne OĆonnor -. En eso sí coinciden. Como

también coinciden en la exagerada cantidad de

sangre que rodeaba los dos cuerpos. Resulta excesi-

va en los dos casos, teniendo en cuenta la cauteriza-

ción de las heridas.

Erika Silver -. Las dos heridas están a escasos cen-

tímetros la una de la otra.

Katheryne OĆonnor -. Pero no llegan a tocarse.

Erika Silver -. Exacto.

Katheryne OĆonnor -. ¿Dos armas?

Erika Silver -. De hoja afilada, y usadas las dos a la

vez. Bien, imaginemos un poco. Alguien, por las

razones que sólo él sabe, quiere cargarse a esta

chica. La espera por la noche, acechándola; se acer-

ca a ella, y le clava dos dagas, o puñales, en el pe-

cho.

68

Iñaki Santamaría

La detective se incorporó, se puso las gafas de sol,

y miró el cuerpo sin vida que tenía ante ella. Luego,

dirigió su mirada unos metros hacia abajo, hacia

donde estaba la casa de la joven francesa, y, luego,

al perro muerto que yacía al final de la calle.

Erika Silver -. Doy por supuesto que todo está co-

mo se ha encontrado.

Katheryne OĆonnor -. ¿Por el perro? Está justo

donde lo hemos encontrado. Era de la fallecida.

Hay unas marcas de sangre en las paredes de las ca-

sas y en las farolas, como de rozaduras con sangre.

En el laboratorio las están analizando, pero, dado

que vienen desde el final de la calle hasta aquí, es

casi seguro que, después del perro, haya ido a por

la dueña.

La mente de Erika Silver trataba de ir encajando to-

das las piezas que tenía en la calle. Dussollier esta-

ba muerta a pocos metros de haber entrado en Gt.

Queen Street, a varios metros de su casa; su perro,

muerto al final de la calle; las heridas del pecho de

la chica francesa, cauterizadas; y una especie de ro-

zaduras en las farolas y en las paredes, junto con

sangre, que iban desde el animal hasta su dueña.

Erika Silver -. Partamos de esa teoría. La chica se

dirigía ya hacia su casa. De pronto, en el otro extre-

mo de la calle, aparece el atacante. Ella le suelta al

perro, o, más seguro, se le escapa; llegando hasta

el extraño. Éste se carga al animal con las dos da-

69

Alter Ego

gas, o puñales, y, luego, se dirige hacia la chica,

arrastrando las hojas de las armas por las paredes y

las farolas, se detiene enfrente de ella, y se las clava

en el pecho.

Katheryne OĆonnor -. Y, entonces, surge la pre-

gunta…

Erika Silver -. Si le vio matar al perro, o, como po-

co, al animal ya muerto; si, además, le vio acercar-

se hacia ella con las dos armas, arrastrando sus ho-

jas contra las paredes y las farolas; si le vio dete-

nerse enfrente suyo… ¿Por qué demonios se quedó

ahí quieta?

Katheryne OĆonnor -. Puede ser que le conociera,

pero eso no es excusa. Además, tampoco había

pruebas de que se defendiera del ataque. Ninguna

de las manos presenta marcas de que se hubiera

defendido.

Erika Silver -. Así que se limitó a quedarse quieta

en medio de la calle, mientras el desconocido venía

desde el otro extremo después de haberse cargado

al perro, se detenía a su lado, y le clavaba dos da-

gas en el pecho.

Katheryne OĆonnor -. No creo que hubiera hecho

nada que le hubiera inducido a pensar que debía

merecer semejante castigo. Eso, partiendo de la ba-

se de que le conociera.

70

Iñaki Santamaría

Erika Silver -. Aquí está pasando algo que nos su-

pera. Hay algo en toda esta historia que no sabe-

mos; y nos lleva justo donde estamos ahora.

Katheryne OĆonnor -. O eso, o es tan tonta como

aparenta. ¡Mire que llevar una blusa rosa! ¿Quiere

que investigue algo de la “Pantera Rosa” ésta, a ver

si tiene novio, y nos cuenta algo?

Erika Silver -. Claro que tiene novio. Es el oso hor-

miguero. Investigue si tiene algún familiar por Lon-

dres, a ver qué más nos pueden contar de ella.

Katheryne OĆonnor -. Le avisaré en cuanto sepa

algo. Ah, el cuerpo de Daniel Ackland está en el

depósito. Puede pasarse, si quiere. Igual el doctor le

cuenta algo que sea de interés sobre él.

La detective frunció el ceño.

Erika Silver -. Habíamos quedado en que me avisa-

ría si había alguna novedad.

Katheryne OĆonnor -. Si hay que ponerse técni-

cos, me dijo que la llamara si encontrábamos algo

en la catedral. Y así lo hice.

Erika no dijo nada; tan sólo dio media vuelta, y sa-

lió de la calle. Katheryne se encogió de hombros, y

se dirigió hacia el cuerpo sin vida del perro.

71

Alter Ego

Una radiante y esplendorosa Luna llena brillaba en

lo alto de un cielo jalonado de una alfombra de es-

trellas. Una suave brisa nocturna mecía con suavi-

dad las hojas en las ramas de los árboles, y desliza-

ba las gotas de rocío sobre las verdes briznas de hi-

erba.

La puerta del restaurante se abrió, y Melissa Ack-

land y su novio, Bernard Elder, salieron. La joven

llevaba un vestido de color azul oscuro, con unos

dibujos de flores de color blanco. El chico, por su

parte, llevaba un traje de color gris oscuro y una ca-

misa blanca. Los zapatos de ambos eran de color

negro.

Melissa Ackland -. Muchas gracias por la invita-

ción, Bernard. He pasado una velada muy agrada-

ble.

Bernard Elder -. No hay por qué darlas. Después de

tan mala serie de catastróficas desdichas, sienta

bien desconectar de vez en cuando.

Melissa se abrigó con una chaqueta de color blan-

co.

Melissa Ackland -. La verdad es que lo necesitaba.

Tenía el á nimo destro za do.

Bernard Elder -. Me alegra ver que ya estás mejor.

Melissa Ackland -. Creo que tan sólo necesitaba

72

Iñaki Santamaría

dormir unas cuantas noches; recuperar horas de su-

eño perdido. Espero que la racha no se corte ahora,

que he vuelto a poder dormir.

Un escalofrío recorrió la espalda de Elder cuando

sintió el aire frío soplándole en el cogote.

Bernard Elder -. Está empezando a refrescar. Será

mejor que vayamos a casa.

Melissa Ackland -. Buena sugerencia. Vamos.

La pareja de novios se cogió del brazo, y abandona-

ron Middlesex Street.

El Big Ben sonó, dando las once de la noche. Tras

algo más de una hora caminando, Ackland y Elder

llegaron a Guilford Street.

Melissa Ackland -. Teníamos que haber cogido un

taxi.

Bernard Elder -. ¿Qué? ¿Y habernos perdido este

paseo? Además, ya casi estamos llegando a casa.

Melissa Ackland -. Sí, pero a mi casa. La tuya está

casi en la otra punta. Y no son horas muy prudentes

para ir caminando desde Eversholt Street hasta Old

Bond Street. ¿Puede saberse cómo demonios vas a

ir a tu casa, Bernard?

Bernard Elder -. Muy fácil: cogeré un taxi.

73

Alter Ego

La hermosa morena rió, y le dio un manotazo a su

novio en el brazo.

La risa de Melissa paró de repente. Sus oídos ha-

bían captado un ruido. Giró la cabeza hacia el otro

extremo de la calle, sobresaltada.

Melissa Ackland -. Escucha.

Bernard Elder -. Créeme, la oigo.

Melissa Ackland -. No… ¡Escucha!

Y, entonces, lo pudieron oír: otro sonido, mezclado

con las primeras gotas de la lluvia que había co-

menzado a caer. El sonido tenía un tono melódico,

a la vez que cortaba el aire, y se expandía por toda

la calle.

Melissa Ackland -. ¡Alguien está tocando el violín!

El sonido era ya audible a la perfección. Una meló-

dica y desgarradora música llenaba ahora toda la

calle. Preguntándose quién podía estar tocando

aquella maravillosa, y, a la vez, rompedora Melo-

día, Melissa echó a correr hacia el final de Guilford

Street; donde estaba sonando el violín. Bernard sa-

lió corriendo detrás de ella.

Bernard Elder -. Melissa. ¡Espera! ¡Melissa!

74

Iñaki Santamaría

Los pies de la chica se deslizaban con gran sutileza

sobre la calle, mientras sentía en su rostro cada gota

de lluvia que le caía, y cada nota que escuchaba le

envolvía el alma con un velo de calidez y paz.

Sus pasos cesaron. Sus ojos de color verde captaron

una silueta recortada contra el velo de niebla del fi-

nal de la calle. La silueta tocaba el violín de espal-

das a ella.

Elder se detuvo al lado de su novia. Ambos estuvie-

ron escuchando, de forma tranquila y sosegada, a

aquella silueta de cabellos dorados, y vestida con

un traje de color marrón oscuro, que tocaba el vio-

lín de espaldas a ellos.

Los ojos de la chica morena se llenaban de paz, y

brillaban, radiantes, mientras oía en silencio cada

nota que llenaba toda aquella calle; en cuyo final la

niebla era mecida por la brisa, y en ella iban adqui-

riendo forma distintas aves, como cuervos, halco-

nes y águilas; animales, como tigres, lobos y leo-

nes; y grotescas criaturas surgidas del lado más os-

curo de la imaginación del hombre.

El violinista callejero terminó su interpretación, y,

con los brazos extendidos, sujetaba en lo alto el

violín con la mano izquierda, y el arco en la mano

derecha; mientras sus dos espectadores le brinda-

ban una fuerte ovación de varios segundos.

De pronto, el rostro de la hermosa morena cambió

75

Alter Ego

por completo su expresión, y palideció a tal extre-

mo que se confundía con una calavera. Sus ojos

verdes miraban, desorbitados, al brillo dorado mate

del extremo inferior del arco del violín. Sus labios

se abrieron, y de su garganta salió tan sólo una pa-

labra, en un tono sesgado y desgarrado; como la

melodía del violín que hace unos minutos habían

estado escuchando; y que le había atravesado el al-

ma.

Melissa Ackland -. Erich.

El violinista se giró, y la luz de la Luna llena le ilu-

minó el rostro de forma parcial. Melissa sintió có-

mo todas las criaturas formadas por la brisa aban-

donaban la niebla, y se abalanzaban sobre ella con

un feroz rugido; atravesándola de un lado a otro.

Enfrente de ella, a pocos metros de distancia, Erich

Hindelsheimer, su ex novio, empuñaba el arco con

la mano derecha, y el violín en la izquierda, vestido

con un traje de color marrón oscuro y con una

mueca grotesca en su rostro adornado con una pe-

rilla, desde donde sus ojos grises la miraban con

gran fijeza; fijos en ella como dos afiladas flechas

grises listas para ser disparadas en cualquier mo-

mento.

Sin articular palabra alguna, Hindelsheimer cerró

su mano derecha sobre el extremo dorado del arco,

que, en realidad, era una daga, y la lanzó. El afila-

da daga voló recta en el aire, hasta que su hoja se

clavó hasta la empuñadura en el pecho de Elder. El

76

Iñaki Santamaría

cuerpo del joven moreno se desplomó hacia atrás

salpicado de sangre, ante la mirada horrorizada de

Ackland.

El cuerpo sin vida de Bernard aterrizó con la espal-

da sobre el frío suelo de Guilford Street. Erich dejó

el violín sobre el suelo, y se acercó hasta el ensan-

grentado cadáver. Pisó con su pie el abdomen, y,

con su mano derecha, agarró la empuñadura de la

daga, y, con un violento grito, la extrajo del pecho

del fallecido. Limpió con la palma de la mano la

sangre de la hoja, que cayó sobre el cuerpo del que

había salido, y se giró con gran rapidez hacia

Melissa, apuntándola con el arma.

Melissa Ackland -. ¿Vas a matarme a mí ahora,

Erich?

El chico germano guardó el arma en uno de los bol-

sillos interiores de la chaqueta.

Erich Hindelsheimer -. Cada uno debe vivir con las

consecuencias de sus decisiones. No creas que te

será tan fácil librarte de la culpa de lo que hiciste.

Melissa Ackland -. No es fácil perdonarte lo que hi-

ciste, Erich.

Una sonora carcajada resonó en la calle.

Erich Hindelsheimer -. Otra vez equivocada. Yo no

soy el que tiene que recibir tu perdón, Melissa. Yo

77

Alter Ego

no te hice nada. Yo soy el que tiene que otorgar el

perdón; perdón por aquello que hiciste tú, Melissa.

Algo tan sencillo como eso.

Melissa Ackland -. ¡¿Cómo te atreves, Erich?! Ha-

ce tiempo que tomé mi decisión. Asúmelo de una

vez.

La mano derecha de Hindelsheimer sacó, con rapi-

dez, una daga con una empuñadura plateada. La

empuñó con fuerza en lo alto, y miró con gran in-

tensidad a Melissa.

Erich Hindelsheimer -. Y tú, Melissa, asume las

consecuencias de tus decisiones.

La daga bajó a toda velocidad, clavándose en el co-

razón del rubio alemán. Mientras su cuerpo caía,

volando ingrávido en el aire, la morena chica se de-

jaba caer sobre el suelo, y rompía a llorar, des-

consolada; mientras las gotas de lluvia caían de for-

ma pesada sobre su rostro.

Erika Silver abrió la puerta, y entró en la morgue.

En el centro de la estancia, de un color blanco in-

maculado que hacía daño a la vista, había, dispues-

tas una al lado de la otra, tres mesas de operacio-

nes. La mesa del extremo derecho estaba salpicada

de sangre, que se extendía como un macabro to-

rrente a los pies de la mesa.

78

Iñaki Santamaría

Erika Silver -. ¿Doctor Trapt? Soy la detective Eri-

ka Silver. ¿Tiene un momento?

Un ruido sordo se oyó más allá del arco de piedra

que servía de entrada a las cámaras frigoríficas.

Unos pasos caminaron hacia el arco, hasta que el

doctor David Trapt salió de la habitación contigua.

Llevaba unos guantes cubriendo sus manos, y la

bata blanca salpicada de sangre.

David Trapt -. ¿Detective Silver, ha dicho? La que

ayuda a OĆonnor en el caso de los asesinatos, su-

pongo.

La detective se apartó un mechón de la cara, y sus-

piró.

Erika Silver -. Es una forma en verdad curiosa de

decirlo. OĆonnor me dijo que tenía información

relativa al cadáver de Dussollier que puede serme

de interés.

David Trapt -. Acabo de guardar el cuerpo en la ne-

vera. ¿Quiere echarle un vistazo?

Erika Silver -. Ya lo vi en la escena del crimen, y

no fue agradable. ¿Qué puede decirme usted de

ella?

Trapt le entregó una carpeta de color marrón.

David Trapt -. Ésa es una copia del informe de la

79

Alter Ego

autopsia, hecha para usted por petición de la foren-

se OĆonnor.

Erika Silver -. Cuando le vea, le daré las gracias.

Aparte de las heridas en el pecho, ¿Qué puede de-