Amelia. El Caballero y el Monstruo por Precioso Daimon - muestra HTML

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3ª parte – El plan kishime

Cáp.1 – El valle, reaparece el poder.

Habían abandonado las tierras áridas y frías, y atravesado una cadena montañosa muy escarpada, una travesía que Amelia no se había creído capaz de hacer. Todavía lo seguía, lastimada, muy cansada y hambrienta, porque tenía más miedo de quedarse sola en medio de la nada que ser su prisionera. Grenio se encaminaba sin descanso a la región de donde procedían las piedras verdes, como las del adorno que le había entregado la jefa Vlogro. Creía que el secuestrador de Tobía lo había dejado como una invitación, o una provocación, de parte del kishime que lo había contratado.

Tener que llevar a la humana lo ponía bastante nervioso, pero no podía dejarla ya que en Frotsu-gra no la querían. Era lenta, débil y quejosa. No le gustaba la comida que él podía obtener pero no sabía conseguirse la propia y tampoco sabía encender un fuego. Por suerte, tenía de transporte al caballo, pues no podía seguirle el paso, se agotaba fácilmente y necesitaba dormir todos los días. Encima, casi se había congelado en el paso de montaña, a pesar de que tenía más ropa que él.

Ahora la observó, otra vez descansando, sentada contra el tronco de un árbol junto al arroyo. Se encontraban en un valle de tierra negra y hierba exuberante, en el cual abundaban las manadas de animales y los campos cubiertos de flores.

Amelia dormitaba. Se despertó al sentir una sombra que caía sobre ella y se levantó de un salto, asustada.

–¿Qué?

–Pogasa... –Grenio dijo en voz baja, aburrido de su expresión de sobresalto– ta go. Siguió la dirección de su brazo. Le señalaba un bosque a lo lejos, cruzando el río.

Amelia juntó sus cosas.

El valle de Vleni-gra, había sido en algún momento un lugar favorito para los trogas, en el pasado distante, cuando no se escondían de los humanos. Ahora, por todos lados se sentía su presencia: un puente rústico de madera, una pala abandonada, los cimientos de una casa. Pasando el bosque, estarían a un tiro de Tise, que siglos atrás fue uno de los centros más florecientes de los humanos. Amelia contempló boquiabierta sus ruinas, en cuanto pudo divisar entre el follaje y las ramas, los muros y altas torres blancas de la ciudad. Casi saltó de gusto, iba a ver caras humanas de nuevo.

Pero antes de acercarse, Grenio quería recopilar algo de información sobre quién la habitaba en el presente. Bajando la colina, se veía un pequeño campamento humano, unas cuantas chozas de donde salía humo y no muy lejos, una manada de garros, esos cuadrúpedos que los humanos domesticaban.

“¿Qué vinimos a hacer aquí?” se preguntó Amelia, los ojos clavados con anhelo en los muros blancos. Pero al notar unas casas ocupadas, su alegría volvió a nacer, esperando que le dieran un buen recibimiento. Mientras tanto, Grenio iba especulando que él entendía bastante bien la lengua humana, pero seguro iban a armar un escándalo al verlo. Se volvió hacia la joven y empezó a revolver entre sus cosas.

–Oye... –se quejó, perpleja, mientras él buscaba algo con que cubrirse.

Amelia al fin comprendió sus intenciones, en cuanto lo vio ponerse una de las capas de los tukés, y sonrió. Por su estatura y físico, sólo podía pasar por un humano superdesarrollado a base de esteroides.

–¿Eso es para disimular? –murmuró mientras lo seguía rumbo a la aldea, no muy confiada.

Grenio se acercó determinado y le habló a un jovencito que estaba distraído lijando un pedazo de madera con ahínco, frente a la puerta de su casa. El muchacho levantó el rostro para estudiar a los recién llegados. Primero, vio a Amelia llevando la brida del caballo, mientras esperaba su reacción. Entonces, sus ojos se dirigieron a este extraño personaje de figura impresionante, cubierto por una capa. Su rostro quedaba ensombrecido por la capucha, pero sus ojos refulgían y tenía la voz ronca. El muchacho se enderezó y, sin contestarle, salió corriendo gritando con todos sus pulmones que el monstruo había venido.

Exasperado, después de toda su precaución para que no entraran en pánico, Grenio tiró la capa al piso. El joven desapareció, pero de las casas surgieron como una docena de mujeres y hombres, algunos armados con picos y machetes, en alerta por los gritos y creyendo que el monstruo venía a robar su ganado.

–¿Quién es ese? ¿Qué quiere? ¡Que se vaya! –gritaron, rodeándolo.

–Sólo quiero preguntarles algo –gruñó Grenio, molesto.

Por un momento, los campesinos quedaron impresionados porque podía hablar su idioma. Después se percataron de la presencia de la muchacha y un anciano se dirigió Amelia, quien se quedó sin saber qué decir, y movió la cabeza en señal de que no les entendía.

–¿Es otro monstruo? –preguntó una mujer, que estiraba el cuello para ver por encima de los que habían rodeado a los dos viajeros.

–No... –respondió otra, tocando tímidamente un hombro de Amelia con la punta del dedo índice–. Parece que es una chica...

Al mismo tiempo, Grenio, que ya se había cansado de sus amenazas y de que no le contestaran de una vez, tomó a uno del hombro y le espetó:

–¿Hay alguien en la ciudad? ¿Quién vive ahí?

El hombre se estaba muriendo de miedo al notar sus manos con garras y el púrpura de sus ojos, en tanto el resto tomó su acción como un ataque. Uno cometió el error de pincharlo con su hoz y Grenio reaccionó: lo lanzó volando de un golpe. Tomó las herramientas de los otros de un manotazo y las quebró como si fueran escarbadientes.

–¡No! –exclamó Amelia, viendo desvanecerse su sueño de tener casa y comida caliente por lo menos un día.

Aunque hasta el momento no había hecho más que sacudirlos, si continuaba así, iba a matar a esas personas, que evidentemente no tenían idea de cómo defenderse y se sentían con la responsabilidad de enfrentar al monstruo. Amelia trató de interponerse entre ellos pero Grenio la apartó con un revés, y cayó al suelo sentada.

–¡Ouch... –exclamó– ¿Quién puede ser ese?

Alguien se aproximaba, caminando entre las hierbas altas con paso tranquilo. Parecía

llevar una túnica suelta gris pálido y se movía con la suavidad de un bailarín de ballet. La gente de la aldea no lo había visto y Grenio estaba de espaldas, esperando que se animaran a atacar. Por eso no se dieron cuenta de su presencia hasta que una bola de luz explotó en medio de todos. Amelia eludió el bombazo en el último momento, porque observó el gesto del extraño.

Grenio se volvió sorprendido, la energía no le había dado por muy poco. El suelo quedó calcinado sin fuego; los aldeanos habían salido despedidos por la onda expansiva.

Se trataba del mismo kishime que aparecía siempre para molestarlo. Había tenido suerte, ya que venía a él sin tener que rastrearlo.

–¿Me buscabas? –escuchó la voz de Bulen claramente en su cabeza.

Grenio tomó su daga. Amelia se había incorporado y contemplaba al kishime con una sonrisa.

–¡Eres tú! ¡Mandaste a Fretsa y a todos esos inútiles por mí! –rugió Grenio. Bulen hizo un gesto irónico.

–No grites. ¿Viniste a buscar las gemas, al tuké, o a la profecía?

Amelia advirtió que la actitud de Bulen hacia Grenio era burlona, que no le tenía miedo e incluso parecía despreciarlo. No tenía la cara de buena persona y la sensación cálida que había sentido antes con él. Esto la desconcertó.

–Vine a pelear contigo –respondió Grenio, lanzándose contra él.

Bulen también embistió y chocaron. A pesar de la frágil apariencia del kishime, sus fuerzas eran parejas. Bulen no llevaba un arma pero lo enfrentaba en igualdad de condiciones. Logró apretar su brazo en cierto punto y hacerle soltar la cuchilla. El troga trataba de empujarlo con todas sus fuerzas, apretando los dientes y gimiendo por el esfuerzo, mientras que él lo dominaba con absoluta calma.

Los hombres del pueblo murmuraron: esos no eran personas. Amelia se apartó de su camino, el caballo relinchó. Estaban tan compenetrados en su lucha que ni siquiera se daban cuenta de lo que pisaban. Bulen logró sacarse al troga de encima y le lanzó una bola de energía. Grenio la esquivó y esta fue a estrellarse contra una choza. El troga tomó una de las vigas que saltaron luego de que la casa voló en pedazos y la lanzó contra Bulen. Los aldeanos habían huido a refugiarse, clamando por misericordia. Amelia trató de esconderse detrás de un tronco caído hasta que se acercaron y tuvo que correr para el otro lado.

–Me da risa tu mentalidad simple –le dijo Bulen, satisfecho consigo mismo.

Decían que el troga había desarrollado poderes similares a los de un kishime pero él todavía podía ganarle. Grenio había tomado una astilla y la movió en el aire como un garrote. Con ligereza, Bulen se elevó y retrocedió unos metros. Sulei no podía decir que este era un ejemplar que valía la pena, no entendía a qué se refería.

Grenio lo vio acercarse y pretendió darle un garrotazo, pero se encontró con que Bulen no evitó el golpe sino que aprovechó y aferró su improvisado garrote. Una corriente pasó por sus manos y la madera se iluminó un instante, explotando al siguiente en su cara. Cegado por las astillas que lo rociaron, no pudo esquivar el siguiente ataque. El aire explotó y una onda de calor lo atravesó. Sintió que le habían clavado mil agujas en el cuerpo y se tambaleó.

Amelia miraba de lejos la pelea, con un corazón indeciso. Este era el kishime que la había salvado varias veces y que parecía tan amable, pero su poder era temible comparado con el de esa bestia. ¿Estaba de su lado o no? Si le ganaba a Grenio, ¿podía ayudarla?

Entre tanto, Grenio había caído al piso, debilitado por las heridas internas, y Bulen lo contemplaba en silencio. Se animó a aproximarse y en eso, el kishime levantó una hoz que los aldeanos habían dejado abandonada. La alzó como si fuera a ejecutarlo, y ella quedó helada.

–¡No! –gritó, tapándose al mismo tiempo la boca.

El troga sentía que algo andaba muy mal porque nunca había sido derrotado tan fácilmente. Bulen debía de haber golpeado algún punto vital con su explosión. Sabía que lo tenía encima y que iba a liquidarlo en cualquier momento. La humana gritó, al tiempo que oía el zumbido de un objeto que se dirigía a su cabeza a toda velocidad.

Levantó el brazo y atajó el mango de la herramienta antes de que la hoja de metal tocara su cuello. Si bien el golpe de gracia no había funcionado, Bulen usó la hoz como conductor de su energía. Sin embargo, ni la mano ni el cuello del troga explotaron. Como si tuviera un escudo, la energía rebotó en su puño y volvió para atrás. El kishime la retomó y retrocedió, un poco extrañado. ¿Cómo podía devolver su descarga? ¿Era verdad que tenía poderes?

Había abierto los ojos y trataba de incorporarse. Bulen lo miró con atención y le pareció que estaba distinto, más seguro, como si ahora pudiera levantarse y derrotarlo a él.

–¿Bulen? –dijo Amelia con voz insegura, interrumpiendo sus pensamientos.

Se volvió y pasó por su lado, sin detenerse ni posar los ojos en ella. Amelia se sintió perdida. La había ignorado por completo de nuevo. Luego se desvaneció en el aire. Con un dolor en el pecho y al borde de las lágrimas, despegó los ojos del lugar donde se había desvanecido.

Grenio había logrado sentarse, tosiendo, y notó con consternación que le salía un hilo de sangre por la boca. Se agachó junto a él y escuchó su penosa respiración.

–Eh... ¿Gre-nio? –dudó, pues seguro lo tomaría a mal.

Él la miró y en un primer momento le pareció que su mirada la atravesaba, como si estuviera viendo algo a lo lejos; luego la enfocó y trató de hablar. La piel bajo su camisa estaba horadada, como si lo hubieran agujereado con punzones. Sin embargo, no parecía tener miedo a morir, si es que podía decir lo que estaba pensando o sintiendo, con esa expresión suya. Parecía más tranquilo que de costumbre y no la miró con el mismo odio o disgusto de siempre.

–Falta poco –murmuró.

Se colocó una mano sobre el pecho, aguantando la respiración. El aire vibró, movido por una música sutil. Como por arte de magia, las heridas se fueron cerrando y el cuerpo recobró su funcionamiento habitual.

Amelia quedó pasmada, y no sólo por lo que había visto recién, sino porque sus palabras resonaron en su cabeza. Le había comprendido con claridad.

Cáp. 2 – Glidria

Grenio se agachó en la orilla del río para beber un poco, mientras ella caminaba de un lado a otro sin parar. Alguien los observaba, oculto entre unos árboles próximos.

Amelia se detuvo y se quedó mirándolo, enojada.

–¿Cómo que no me entiendes? Entonces, ¿qué fue lo que escuché antes? ¿Me estoy volviendo loca? Puedes hablar como los otros, como Bulen, en mi mente, pero todo el tiempo me ignoras. ¿Me escuchas?

El troga la miró sin comprender. Algo raro le había pasado después de que Bulen lo hirió en el pecho, una fuerza lo había protegido. Debió actuar medio desmayado. Por qué estaba tan agitada, no se lo podía imaginar. Tal vez quería irse con el kishime y estaba enojada porque no se lo había permitido.

Amelia esperaba una respuesta, pero de esa cara de estatua no podía sacar nada. De repente, notó un movimiento entre los arbustos y vio que alguien raro se acercaba.

–Esto no es algo que se vea todos los días...

Grenio se volvió al escuchar el saludo en su lenguaje. Se trataba de un viejo troga de piel gris apergaminada, y pelo blanco que le caía de los costados del cráneo hasta la cintura. Llevaba un manto marrón colgado de un hombro, un taparrabos de piel raído, y un báculo lustroso por el uso en la mano izquierda. A la joven le impresionaron sus ojos redondos, que parecían salirse de las cuencas ya que nunca parpadeaba. Cuando se fijaron en ella trató de ocultarse detrás de Grenio.

–Un humano y un troga que se llevan tan bien –terminó de decir el viejo.

–¿Quién eres? –bufó Grenio, preguntándose de dónde habría salido un tipo tan raro.

–Soy Glidria. Vivo en esa montaña –explicó, señalando un monte que se perdía en el cielo–. Hace rato noté tu esencia y la seguí, y después vi la pelea con ese kishime blanco... Hum... Perdiste muy fácilmente, ¿no crees? No deberías enfrentarte solo con quien no puedes vencer.

Grenio se adelantó un paso, listo a exprimirle el cuello, pero Glidria lo detuvo posando la punta del bastón en su pecho.

–Aunque estás vivo, ¿cómo es posible? –añadió.

Amelia se halló en compañía de dos trogas. Al menos el viejo no parecía tener el hábito de comer humanos, porque primero la miró con curiosidad, pero al explicarle Grenio que era su presa, ya no la molestó con sus ojos saltones. Ellos se sentaron en un claro del bosque. Glidria se desprendió el odre y una bolsa que llevaba atada a la cintura y ambos bebieron y almorzaron.

–¿Conoció a mi padre? –preguntó Grenio, admirado.

–Sí, desde pequeño –asintió el viejo apoyándose en el bastón y estudiándolo–. Pero él era un excelente guerrero y estratega. ¿Cómo es que tú eres un tonto?

–¿Qué?

–Dices que viniste hasta aquí a buscar al kishime que te está molestando, y luego lo enfrentas sin estar preparado, y sin un arma adecuada.

Grenio suspiró. Se levantó y caminó hasta donde Amelia estaba acariciando el morro de su caballo y dándole hierba en la boca, y metió mano en la alforja. Extrajo un disco de metal rojo incrustado con cuatro piedras verdes y se lo mostró a Glidria.

–Sí, ya veo. Seguiste la pista correctamente, porque ese adorno parece hecho en Tise y últimamente se han reunido allí un montón de kishimes, docenas tal vez. Ocuparon la ciudad abandonada... Claro que yo no me he acercado, pero he escuchado a los humanos hablar cuando pasan por el bosque.

–Eso es todo lo que quería saber... –replicó Grenio.

El viejo pasó junto a la humana y le clavó los ojos. Ella empezó a temblar automáticamente.

–Así que es una descendiente del gran guerrero Claudio –comentó, tomándole una mano con sus garfios largos y huesudos–. Deberías comértela.

Amelia sintió alivio cuando la soltó, y atónita, vio que le había dejado una fruta roja en su mano. Glidria se reunió con Grenio y le preguntó:

–¿Sabes usar una espada?

Siguiendo las indicaciones del anciano, se dirigieron hacia las montañas, al lugar donde antes funcionaba la herrería más importante que abastecía a Tise. Había sido abandonada junto con la ciudad, pero según Glidria, entre sus restos todavía quedaban piezas que jamás habían sido entregadas. El último maestro herrero había desaparecido misteriosamente, tras adquirir fama legendaria.

No les fue difícil encontrar la cascada, junto a la que una enorme casa de piedra se conservaba en pie, aunque invadida por la vegetación. Pasaron un puente de piedra que cruzaba el arroyo, y se detuvieron a contemplar el panorama en una explanada donde todavía podía apreciarse el piso de adoquines, comido por el musgo, y restos de mesas y aparatos para forjar metal.

El troga se paró frente a la entrada, un arco coronado por un escudo guarnecido con piedras verdes. Al poner los pies en el umbral, notó que en la penumbra interior las alimañas salían corriendo asustadas con su presencia.

Amelia miró el sol bajando y las sombras que se proyectaban desde la espesura, que prosperaba en ese ambiente fresco y húmedo. Sintió un escalofrío mientras espiaba el entorno, esperando que en cualquier momento saltara algún ser extraño, monstruo o duende, de entre los árboles y arbustos para demandar quién venía a perturbarlo. Oyó crujidos: eran los pasos del troga adentro. Esperó, paciente pero intrigada por saber qué venía a buscar en este sitio abandonado.

Ya había recorrido varias salas, revisando antiguos hornos y pilares que posiblemente usaban para colgar los instrumentos fabricados; hacía mucho que se habían llevado todo. Los humanos se habían apoderado de lo que quedó para sus utensilios de labranza. Se preguntó qué tramaría Glidria al mandarlo allí. Al fin, lo único que encontró al pisar por casualidad una grieta del piso, fue un arcón de madera cubierto de tierra. Lo sacó afuera.

En principio tenía un candado, pero lo habían forzado. Contempló el trozo de metal retorcido: no estaba roto o cortado sino derretido, quemado. Lo puso a un lado y levantó la tapa, esperando encontrar, por alguna vuelta del destino, una fabulosa hoja que esperara por él.

Sólo había algo de polvo en el fondo.

Enojado y preocupado, porque tal vez el troga en el que había confiado trabajaba para los kishime, volvió a poner la tapa en su lugar. Suponía, a partir de la idea troga de que un clan pasaba su conocimiento de generación en generación, que en algún lugar debía quedar algún herrero tan bueno como el anterior herrero de Tise.

Lo único que restaba de la herrería eran los adornos de las paredes y este exquisito cofre recubierto de símbolos. Algunos humanos usaban esos dibujos para enviarse mensajes y poner sus nombres, ya los había visto grabados en los edificios antiguos y en rollos de piel sobre los cuales pintaban. Si hubiera tenido al tuké habría sabido qué significaban. Grabó en su mente los símbolos representados sobre la entrada y en la tapa del arcón.

Mientras Grenio estudiaba la caja de madera, Amelia seguía con la inquietante sensación de que la vigilaban mil ojos ocultos en el bosque, y agotada tras una larga jornada. No había comido en todo el día, recordó, y tenía la fruta que le dio el troga. No la había probado por desconfianza, pero a esta hora prefería correr el riesgo. La lavó en el río y con gesto de quien va a la horca, la mordió. Era una fruta dulce, jugosa como un tomate. Podía ser veneno, pero estaba deliciosa. ¿Por qué se la había dado? Imaginó que el viejo la veía como un mono de circo o la mascota de un amigo. Bueno, le daba igual.

Se desperezó, y miró hacia el valle. Le extrañó la columna de humo que se alzaba poco más abajo, demasiado espesa para ser la fogata de un campamento o un hogar. Si no la engañaban sus ojos, también veía un resplandor rojizo detrás de la floresta.

Cáp. 3 – Kiren

De regreso, pasaron por una aldea humana que había sido atacada e incendiada.

Grenio había percibido el olor agrio del humo y la pestilencia de los cuerpos mucho antes de que la espesura del bosque les permitiera divisar las llamas. Algunas chozas ya habían ardido completamente y sólo quedaban carbones y ceniza. Amelia se tuvo que cubrir la boca y nariz con la manga de su casaca para no vomitar: por todos lados había cuerpos caídos, mutilados o quemados. Mujeres, hombres y niños; todos los habitantes de la aldea habían sido masacrados. Algunos habían sido asesinados de frente sin llegar a usar las azadas y palas tiradas junto a sus cadáveres, y otros mientras trataban de escapar.

–¿Quién hizo esto? –susurró Amelia, evitando mirar directamente las cruentas heridas–. ¿Humanos? ¿Trogas?

Grenio se volvió hacia ella y pareció negar esto último mediante un sacudón de cabeza enérgico:

–Fra.

El olor, además de las marcas, señalaba a un grupo bastante numeroso de kishime como causantes. Desconcertado, porque nunca había oído que atacaran en grupos, y menos a cualquier humano, revisó el lugar para ver si hallaba algo particular que quisieran obtener. Pero parecía un simple caserío de pastores pobres, sin armas ni herramientas sofisticadas.

Amelia quedó anonadada con la imagen en sus retinas, y ni todo el cansancio del

mundo le dejó cerrar los ojos. Permaneció arropada en su manta mirando el fuego que Grenio preparó en un claro, abierto a la luz lunar y libre de malos olores. Sentía el rumor de un arroyo y el ulular de los insectos o animalitos nocturnos, lo cual en otras noches le habría parecido agradable pero hoy sonaba tétrico.

Al final se durmió y soñó con el fuego que casi la había alcanzado en Frotsu-gra, pero en su pesadilla se veía a sí misma carbonizada, un cuerpo inmóvil que de pronto abría los ojos y pretendía salir caminando a pesar de que ya había muerto. Alguien la miraba con impotencia de no poder alcanzarla, y entonces un ser de ojos fríos, cabello largo y piel luminosa, le tendía los brazos.

–Deli, Sulei –se disculpó Bulen entrando en el salón del palacio elegido como cuartel general, un recinto sin salidas al exterior.

Contempló el artefacto que Sulei había ordenado desenterrar del subterráneo del edificio y trasladar allí. Tenía la forma de una pirámide trunca, de tres metros de alto y casi dos de base, con grabados sobre la piedra oscura, opaca de la que estaba hecho. En ese momento, su jefe tenía puestas sus manos encima, sintiendo la textura y frialdad del material.

–Algo no anda bien... –comentó, entrecerrando los ojos, luego retiró sus manos y le prestó atención a Bulen.

–¿Para qué piensa utilizar eso?

–Ah, más adelante verás, si lo puedo hacer funcionar. ¿Cómo les fue a los nuevos reclutas?

Bulen hizo un recuento detallado del desempeño de los kishime mandados por el Consejo. No sobrepasaban los doce años y tenían buenas cualidades, como era de esperar de un kishime que sobreviviera la infancia; pero todavía se mostraban inexpertos en la lucha y en seguir órdenes.

–Era de esperar –reconoció Sulei mientras salían de ese lugar oscuro y subían al hall–. Los jóvenes de hoy en día no han sido preparados para la guerra. Sólo mi Casa ha mantenido el ideal del soldado. El resto del Kishu sólo se contenta con subsistir, aburridos, en los rincones de este mundo, afirmando al mismo tiempo que somos la raza más poderosa y que al final prevaleceremos. ¡Hay que demostrarlo! ¡El tiempo es ahora! Después de todo, la profecía está cerca.

Bulen nunca le había visto un rostro tan serio y esa expresión enérgica. Pasaron por donde los kishime que recién habían vuelto de su práctica se alineaban para escuchar las evaluaciones de su instructor. Se trataba de una decena de muchachos pálidos, delgados, de rasgos delicados, que observaron con admiración a Sulei, el nuevo miembro del Kishu. Les habían dicho que ya tenía el doble de su edad y que podía acabar con cualquiera, no importaba cuan poderoso fuera.

Sulei saludó a los jóvenes con una sonrisa que les infundió confianza.

–¿Cuál fue el resultado, Sadin? –preguntó al instructor, quien parecía un doble de Bulen.

–Todos los humanos murieron en la acción. Después quemamos la aldea, como solicitó.

–Ya veo que les resultó fácil. Ningún herido.

–La resistencia fue nula, señor. Si fueran trogas...

–Pide demasiado, Sadin. Bulen les ordenará algún otro ejercicio, estén prontos –replicó Sulei, riendo, y les anunció a los jóvenes–: Si pasan mi entrenamiento, pueden tener una espada como esta.

Días antes se había traído las mejores armas que se podían encontrar, y estaban colocadas en exposición sobre una mesa larga. Las hojas metálicas refulgían con tonos rojos y verdes bajo los enornes candelabros que iluminaban el interior del palacio.

–¿Hay algo que quieras decir? –preguntó Sulei a su acompañante, notando su espíritu inquieto y mirada ausente.

En la terraza del primer piso, recibieron los primeros rayos del sol.

–Sí, pensaba en tus palabras –Bulen lo miró confuso–. No entiendo por qué ha decidido el Kishu pelear ahora, luego de permanecer quieto por mil años.

En la última guerra entre trogas y kishime, mil años atrás, generaciones enteras de su raza habían perecido. Más tarde se recuperaron, pero para entonces si querían dominar el mundo no sólo debían vencer a los trogas, sino también a los humanos, que tenían a su favor su número: se procreaban en cantidades, y vivían en ciudades bien defendidas con ejércitos eficaces.

–No es porque seamos pocos, como te habrán enseñado en la escuela comunal. Es que el Consejo se volvió perezoso, y atemorizado por creencias supersticiosas de las cuales no tienen ni idea... ¿Cuántos de ellos saben leer nuestros antiguos escritos y conocen nuestra historia? –Sulei chasqueó los dedos–. Se tranquilizaron con el cadáver de una humana cualquiera en lugar de la verdadera, creen que el sofu ya no existe. Era fácil convencerlos en ese momento.

–Es cierto que con nuestros poderes... –asintió Bulen, fijándose en los humanos que habitaban del otro lado del río–. Esos humanos decadentes... ni siquiera saben que estamos acá.

–Muchos no creen que existimos, ha pasado tanto tiempo desde que salimos a la luz del sol –se burló Sulei–. Bueno, peor para ellos.

Se despertó empapada en sudor, temblando. No podía deshacerse de los sueños, pero este había parecido tan real que creyó haber tocado a esa persona, u otra cosa, que trataba de comunicarse con ella, como si quisiera ayudarla o avisarle algo importante.

Había amanecido. Miró a su alrededor. Estaba sola por el momento, pero seguro que el troga no se había alejado mucho. A veces se iba, pero la seguía vigilando para que no se le escapara. En verdad, no la dejaría en paz nunca. Necesitaba volver a la Tierra para sentirse segura.

A veces le daba lástima lo que le sucedió a su familia, pero otras veces lo odiaba por haberla metido en este problema. Si estaba allí en un mundo extraño, era todo su culpa. Y encima, nada había salido bien. Cuando creyó tener un medio para retornar a su hogar, se lo robaron. Tobía la podía ayudar, y desapareció. Los trogas trataban de matarla y los kishime creían que significaba el fin del mundo. Había mucha muerte alrededor. “Esta mala suerte... ¿será obra de la tal profecía? Están todos asustados, excepto este terco que sólo piensa en vengarse. ¿Sabrá lo que veo en los sueños? Si pudiera contarle...”

No, era inútil. Aunque hablara con Grenio, no creía en que fueran a hacer las paces y ser felices por siempre.

Grenio había salido a recorrer el lugar para estar seguro de que estaban solos. Tenía que estar prevenido, ahora que los kishime sabían que había llegado. La luz matinal iluminaba con su gracia el follaje verde y las ardillas correteaban entre las ramas sin tenerle miedo. Un arroyo corría alegre entre las rocas brillantes. Los picos se alzaban en la lejanía, envueltos en una neblina azul.

Alguien se acercaba. Las hojas muertas crujieron y un par de criaturas del bosque huyeron lanzando gritos. Se mantuvo quieto contra el tronco de un árbol y esperó.

Una pequeña se acercó corriendo por el sendero, mirando cada tanto hacia atrás como si la persiguieran. Pasó por su lado sin percatarse de su presencia, pero se detuvo unos metros más allá, helada. La niña llevaba un vestido con el ruedo rasgado y manchas de tizne. Volteó la cabeza y lo miró con ojos dilatados por el miedo. Aunque Grenio no hizo ningún movimiento, su cuerpo esbelto se accionó como por un resorte, y la niña se perdió entre los arbustos. Supuso que provenía de una aldea del valle, y estaría asustada por haber presenciado el ataque de la noche anterior.

Volvió al campamento y se encontró con que la humana ya había recogido sus cosas, se había cambiado de ropa, y estaba sentada con la cabeza inclinada y las manos enlazadas sobre el regazo. Era una actitud extraña, como si lo esperara.

Ella alzó la cabeza, lo miró a los ojos, que era poco usual en ella, y le hizo una seña.

Grenio se acercó y se acuclilló a su nivel. Amelia lo miró con intensidad, quería que sus palabras entraran de alguna forma en su cabeza. Al final, señaló el lugar en su pecho donde lo habían herido y había sanado y alzó las cejas, inquisitiva. Grenio no movió un músculo. Amelia intentó tocando su propia cabeza y la del troga, indicándole que en aquel momento se habían entendido.

–Tre...? –preguntó Grenio, sabiendo que intentaba comunicarse pero sin entender. Amelia señaló de nuevo sus cabezas e hizo un ademán de estar dormida.

–Tatsa.

–En mis sueños... vi a Claudio –se señaló a sí misma.

–Jo-rri Claudio –repuso él, señalándola.

–Y al troga... pelearon y... había un bebé –Amelia no estaba segura de que toda su gesticulación fuera comprendida.

Grenio asintió, bajando la cabeza. Sabía perfectamente que en el mundo del sueño había visto a sus antepasados en medio de una batalla, porque compartía las mismas visiones cuando dormía cerca de ella. ¿Por qué sacaba eso ahora?

–¿Me entendiste?

Amelia sintió un tremendo alivio, iba a explotar por pasar tanto tiempo sin hablar con nadie.

Pero entonces, ¿cómo le explicaba que en la última noche, había visto a Claudio, una mujer quemada y en lugar del troga, a otra persona totalmente distinta?

–Sa... –murmuró Grenio, sobresaltado, y al seguir su mirada ella se percató de que estaban siendo observados fijamente por una niña.

Tendría siete, u ocho años, estaba flaca y medio sucia, y dura como una estatua, los miraba con ojos redondos, asombrados, mientras ellos estaban enfrascados en su intento de charla.

De inmediato se separaron, y Grenio amagó ir hacia la niña, que no atinó a moverse. Las piernas le temblaban. Amelia se apiadó de su aspecto frágil y temeroso, y se interpuso, colocando las manos sobre los hombros de la pequeña para tranquilizarla. La niña sollozó y miró de soslayo al troga, que cruzado de brazos, se preguntaba qué querría esa criatura.

–Sh... no le hagas caso –la consoló Amelia, pasándole un brazo por los hombros y secando sus lágrimas. Le sonrió y preguntó–. ¿Cómo te llamas? Yo soy Amelia, Amelia – se señaló.

La niña sorbió sus lágrimas y tartamudeó: –K-Kiren.

“Qué lindo nombre y qué tierna que es...”. Era una bonita niña debajo de todo el tizne.

Parecía maltratada. “¿Qué le habrá pasado?”

Grenio la interrogó, de dónde venía y dónde estaba su familia. La niña dudó en contestarle a ese monstruo, pero como la muchacha le daba confianza y estaba con él, le contó que venía huyendo de su aldea, y que todos estaban muertos luego de que vinieron unos muchachos malos, con espadas y fuego.

Por sus ademanes, y la tristeza en su rostro, Amelia se dio cuenta de que la pobre niña había sufrido peor suerte que la suya, y se hallaba sola. A pesar de la obvia molestia del troga, no iba a dejarla, por lo menos hasta llegar a una aldea, y como parecía que Grenio había decidido encaminarse hacia la ciudad de muros blancos, Amelia resolvió que la niña los acompañara e incluso le cedió su montura.

Para el troga sólo era un estorbo, pero al rato se dio cuenta de que la niña se refería a la ciudad con un constante “Dilut, Dilut”. Cuando salieron del bosque, los muros se alzaron ante sus ojos, imponentes sobre la campiña, y Kiren gritó asustada. Podía sacarle algo. Los malos se escondían allí en el palacio alto, dijo, escondiendo su cara entre las crines por las cuales se sujetaba del caballo. Amelia la calmó con unos golpecitos en la espalda, y le dio una fruta que había recogido en el camino, igual a la que le regaló Glidria.

Los ojos de Grenio ardieron al contemplar la torre que se erguía en el centro de la ciudad. Iba a averiguar qué tramaban y por qué se metían con él los kishime, pero sobre todo esperaba acabar con el tal Bulen.

Cáp. 4 – En el interior del Palacio

Sulei, luego de asegurarse de estar a solas, bajó unos escalones y caminó por el largo pasillo que se internaba en el subterráneo del palacio. Había prohibido que sus hombres se acercaran, y así lo habían cumplido. Sólo Bulen y un sirviente sabían que al final del oscuro y estrecho corredor, un humano languidecía en una de las celdas. Dos veces por día el sirviente le dejaba comida y agua, cuidándose de no ser visto por otros kishime.

Tobía sintió el quejido de la puerta oxidada y levantó la cabeza. La única luz entraba por una pequeña abertura redonda cerca del techo. El kishime que lo había recibido el primer día apareció en el umbral. Por un momento vio claramente que su rostro que lucía una ligera sonrisa, por el rayo de luz le daba directamente, luego Sulei se movió hacia las sombras y él se enderezó, incómodo.

–¿Cómo se encuentra? –le preguntó el kishime como si conversara con un viejo amigo. Tobía no le contestó. Sulei le daba escalofríos porque sonreía y hablaba afablemente,

lo que en su situación resultaba chocante.

–Tuké Tobía ¿cierto? –continuó Sulei, con gesto amable–. Supuse que estaba aburrido después de tantos días de encierro, así que vine a traerle novedades.

Tobía trató de distinguir su expresión en la penumbra. También miró la puerta, que había quedado entreabierta.

–No se preocupe por salir, ya que tenemos noticias de que han venido a rescatarlo.

–¿Han venido?

–Pero no creo que sólo un troga y una pobre chica humana puedan pasar por cincuenta de nosotros –agregó el kishime.

–Ella... –Tobía había estado pensando todo ese tiempo, y había llegado a la conclusión de que si lo habían atrapado en Frotsu-gra, tenía que ser una trampa con la finalidad de atraer a Grenio a un lugar donde corría con desventaja–. Ustedes quieren...

–Ya se habrá dado cuenta de que no nos interesa su vida, y que sólo nos sirve de carnada.

El corazón de Tobía comenzó a latir con fuerza.

–¡No! –exclamó–. Grenio no va a venir a rescatarme a mí... si viene es para hacerlos pedazos a Uds.

Sulei asintió, alegre:

–Así es. Pero tú quieres permanecer con vida, supongo... El kishime pasaba de la amenaza a un tono de tentación.

–¿Qué quiere? –replicó Tobía, frunciendo el ceño.

–No se ofenda por lo que voy a proponerle. Piénselo... Su vida y las valiosas piedras de su templo, a cambio de la humana. No, no se altere. Considere... recuperar algo que han cuidado por incontables generaciones a cambio de una joven que apenas conoce.

Sulei se retiró antes de que supiera responderle. Tobía permaneció turbado, demasiado enojado como para contradecirlo.

Esquivando con cuidado toda presencia, Grenio se escurrió por calles destruidas, cubiertas de polvo y escombros, y saltó por los techos hasta alcanzar su destino sin ser descubierto.

El palacio constaba de tres torres cilíndricas que se elevaban sobre una construcción formada por varios pisos de terrazas. Eso le daba una apariencia particular según la fachada por la que se lo observara. Grenio examinó el lugar desde edificios próximos y decidió evitar las terrazas del oeste, puesto que por las ventanas divisó señales de actividad, jóvenes que estaban practicando lucha. Al final, eligió la fachada sur para entrar, por una sección escalonada que terminaba en un estanque seco. Saltó rápidamente los cinco niveles hasta llegar arriba. Una fuente vacía, adornada con esculturas representando hojas, flores y animales, se abría en el centro de un balcón con piso de mosaico y rodeado de puertas que daban paso a la penumbra interior.

Esta parte del palacio estaba medio derruida y llena de humedad, tierra y musgo. Siguió su olfato y caminó por pasillos anchos que daban vueltas, finalizaban en escalinatas y salones, subían y bajaban, formando un gran laberinto.

Sulei emergió de las regiones más bajas y se sorprendió al encontrarse de frente con Bulen.

–¿Qué pasa?

–Están aquí, Sulei.

–Bien, déjalos que se aproximen un poco más y luego haz lo que te dije. Yo me ocupo de ella. Y que nadie interfiera.

Miró por la rendija de la ventana, para asegurarse de que la calle seguía vacía. Kiren seguía sentada y sacudiendo las piernas sobre una antigua mesada de piedra, al fondo del cuarto donde las había dejado Grenio. Amelia la envidió, ya que pasado el susto, jugaba como cualquier niña, con algo que había encontrado entre sus cosas. Miró afuera de nuevo, y segura de que nadie los había seguido y nadie las vigilaba, se dirigió hasta la niña a indagar qué objeto estaba revolviendo entre sus manos.

Sorprendida, Amelia le quitó el colgante. La niña la miró con grandes ojos asustados, por su movimiento brusco, pero al segundo se distrajo con un insecto que estaba anidando en una grieta de la mesa. Ella estudió el adorno, un círculo dividido en cuatro gajos, cada uno ocupado por una piedra verde, y se lo colgó del cuello. Grenio lo había puesto entre sus cosas, así que no lo consideraba importante. No había ido a la ciudad para buscar al secuestrador de Tobía, sino por un motivo personal. Lo único que le interesaba era pelear.

Miró a Kiren, indecisa, y al final se dirigió a la niña y le hizo una seña para que se quedara quieta, callada, sin salir de esa casa abandonada, y cuidara del caballo. Se despidió y tapó bien la entrada, no fuera que alguien pasara y la viera adentro. La casa estaba ubicada a la sombra de la muralla. Amelia comenzó a caminar mirando para todos lados y evitando separarse de los muros. Parecía un pueblo fantasma; ni un sonido, nada, excepto el rumor de sus propios pasos.

Cerca del centro, comenzó a sentir un murmullo. Al final de la calle, que desembocada en un espacio abierto, le pareció ver una sombra pasajera. Se apretó contra la pared, el corazón golpeándole en el pecho como para romperle las costillas. Miró de nuevo: nada. Pero no podía continuar en esa dirección, de la que provenía claramente un ruido de pies arrastrados. Se dio cuenta de que podía usar un muro destruido por el paso del tiempo como escalera para subir a la azotea de la vivienda contigua, y desde arriba, observar qué sucedía del otro lado.

Se arrastró sobre su vientre, con sigilo, hasta el borde de la vivienda, y espió por encima del pretil.

Un grupo de jóvenes formados en rectángulo hacían ejercicios marciales, guiados por un instructor también de apariencia juvenil y túnica gris. “Parecen humanos... son muy ágiles...” Los contempló por un rato: practicaban con una vara de madera, arrastrando los pies al avanzar y luego saltando y golpeando el aire, en imitación de los movimientos de su maestro. Lo extraño era que todos esos jóvenes de túnica blanca e inmaculada, no emitían sonidos, no jadeaban, ni respiraban fuerte, parecían incansables y su maestro no les daba órdenes. Sus brazos y piernas fluctuaban al unísono, y en sus rostros no se reflejaba ninguna emoción.

Amelia estaba sudando, inquieta. Se apartó de su puesto de observación, sintiendo que si se quedaba más tiempo se iban a percatar de su presencia.

Dio un rodeo por las calles y al mirar hacia arriba, notó que estaba muy cerca de las torres altas que había visto de lejos. Había algo ominoso en las tres torres blancas, lisas, que parecían intactas en medio de aquella ciudad ruinosa. Temió que el eco de sus pasos despertara a los habitantes fantasmales de esos palacios que parecían observarla desde las ventanas. Luego se rezongó, porque lo más temible que podía encontrarse era a uno de esos trogas o kishime, y eran seres de carne y hueso. Tenía que ser cuidadosa.

En eso, mientras dudaba en qué hacer a continuación, seguir o volver y esconderse, un hombre alto, vestido de gris hasta los pies y con cabello largo, pasó caminando a una cuadra de distancia. Sin apartarse de la galería que la protegía, Amelia siguió a la figura que tenía un aire similar al de Bulen.

Si era él, tenía la esperanza de que viéndolo a solas, se decidiera a ayudarla. ¿O qué podía haberlo cambiado tanto desde la vez que le salvó la vida? En el fondo, no podía creer que con ese rostro de ángel no fuera una buena persona. Debía tratarse de un malentendido.

Sin darse cuenta, cruzó la avenida en dirección al palacio.

La figura se había internado en su interior tras subir una amplia escalinata que se elevaba desde la calle. Amelia se detuvo al pie de los escalones, sintiéndose desnuda en ese espacio abierto. Pasmada, advirtió que sobre la enorme puerta de entrada había un relieve decorado con gemas verdes. Lo comparó con el colgante y comprobó que el diseño era idéntico. Una sensación de alegría la invadió, pues parecía que el destino la había guiado. No tenía ninguna razón para tomar el adorno y seguir a ese hombre y sin embargo, había llegado al lugar indicado.

Su instinto le había dicho que revisara abajo. Si quería descubrir que tramaban, las respuestas estarían en las profundidades. Logró desenredar su camino hasta las bodegas y pasillos del sótano; allí captó la esencia de un kishime.

Estaba oscuro, olía a moho y se oía un rumor de agua corriente. Una ráfaga de aire rancio lo guió hasta un salón circular del que partían cuatro pasillos. Trató de ubicar la pista pero en ese punto se confundía, así que optó por una puerta cualquiera, descendiendo una cantidad de peldaños estrechos excavados en la piedra. De repente se frenó. Un escalofrío recorrió su espalda y se clavó las garras en la palma de sus manos. Grenio nunca había tenido tanto pavor.

Había desembocado, al final de la escalera, en un recinto circular y abovedado, una cueva artificial. La luz de tinte verdoso provenía de una lámparas adosada a la pared, fabricada con lascas de cuarzo verde. En medio de ese ambiente turbio, habían colocado un gran armatoste negro, con grabados relucientes en sus cuatro costados. Grenio no supo definir qué podría ser aquello: tal vez una caja, pero no veía aberturas, o un adorno antiguo. Sin embargo, su piel se heló al contemplarla, presa de un inexplicable terror. Entonces, distinguió otra cosa colocada contra la pared detrás de la pirámide negra, un artefacto coronado de cables y tubos, formado por un cuerpo gran cilíndrico de vidrio y metal.

Sus ojos no necesitaban mucha luz. Pudo ver con claridad el contenido gracias al débil reflejo en la superficie. Dentro de ese recipiente exótico, en un líquido espeso, flotaba un cuerpo.

Se trataba de un troga y Grenio lo reconoció. No había imaginado encontrarlo allí, en ese estado. No le agradaba, pero ese final tan perverso, insólito, no lo merecía Tavlo a pesar de ser un vendido. Se acercó con recelo. El cuerpo, desnudo, estaba atravesado por varillas que lo sujetaban al soporte metálico del cilindro. Sus ojos entreabiertos y lechosos le daban una expresión melancólica a su rostro, como si lamentara lo que le había sucedido.

El troga nunca había escuchado que los kishime hicieran algo así. Sólo podía entender que a Tavlo lo habían asesinado para algún uso muy particular. Tenía que salir de allí y enfrentarse de una vez con el kishime. En ese lugar no iba a encontrar más respuestas.

Amelia pasó la entrada y se halló en un amplio salón abrazado por dos escalinatas. Podía ir a la derecha o a la izquierda. Se preguntó por donde se habría desvanecido el kishime. Notó que todo relucía, los pisos brillantes y las paredes pulidas demostraban un gran cuidado; aunque por fuera el edificio parecía abandonado. Por lo demás, estaba muy silencioso. Sus pasos resonaron en las paredes vacías.

Vacilante, ahora que ya estaba adentro, recapacitando que sería peligroso si la sorprendían allí, siguió la pared y descubrió que debajo de la escalera se abría una habitación alargada, donde había una mesa dispuesta con incontables armas blancas de todos los tipos y tamaños. Se dio cuenta de que se había precipitado al venir.

Guerreros entrenando, armas, ¿con quién pensaban luchar? Recordó la gente de la aldea, todos masacrados. Eran tan fuertes como para ganarle al troga, y los humanos no tenían oportunidad si los kishime decidían atacar. Pero Tobía le había dicho que hacía más de quinientos años que no había una guerra entre las distintas razas, porque los trogas eran poquitos comparados con los humanos, y a los kishime no parecía importarles el resto del mundo.

Algo interrumpió sus pensamientos, una sensación desagradable como si alguien la observara. Se dio vuelta, alarmada.

Un joven, calvo y vestido de pantalón y camisa negra, estaba parado en el otro extremo de la sala.

Cáp. 5 – Trampa

Grenio volvió sobre sus pasos, subió la escalera, y se encontró de nuevo en la confluencia de las cuatro puertas, al mismo tiempo que dos kishimes emergían de direcciones opuestas.

Uno era el sirviente que venía de llevarle el agua a Tobía, y se sorprendió al verlo. El otro era Sadin, encargado de inspeccionar el lugar en su busca, y enseguida se puso en guardia, sacando el látigo que traía enrollado en su cintura.

Antes de que se pudiera mover, Grenio se vio aprisionado por un lazo que parecía una

columna vertebral, compuesta de pequeños huesos hilados sobre la cinta de metal, de tan sólo un centímetro de diámetro. Dobló su brazo izquierdo e intentó romperla con sus garras, pero el hilo era indestructible. A la vez notó que el sirviente se le venía encima con un cuchillo que había sacado de entre sus ropas. De este se libró con un golpe en cuanto se arrimó, al tironear hacia delante al mismo tiempo con todo su cuerpo, arrastrando al otro. Sadin perdió el balance por la fuerza inesperada del troga, torció la muñeca y el látigo se aflojó.

Grenio había tomado al sirviente por el cuello y lo lanzó por una puerta. En su celda, Tobía sintió ruidos que provenían del pasillo y el quejido que emitió el kishime al rodar escaleras abajo. Por un momento, esperó que vinieran por él.

Sadin trató de enlazarle el cuello, mientras el troga ya estaba corriendo hacia la salida. Vio venir el ataque y cazó la punta del látigo en su mano. Este se enroscó en torno a su muñeca, salvando su cuello. Luego le dio un tirón, pero Sadin estaba preparado y se dejó guiar por el movimiento, saltando con ligereza hacia el propio Grenio a la vez que extendía un brazo. El troga se inclinó, esquivando el directo, y notó con admiración que al golpear la pared en lugar de su pecho, el puño del kishime se hundió dejando una cicatriz profunda en el muro.

–¡Jo fra to! –exclamó, dándole un codazo en la cabeza.

No le interesaba entretenerse con este kishime. Corrió escaleras arriba, emergiendo de las profundidades a una zona iluminada del palacio. Por suerte ahora llevaba la daga en su mano, porque al llegar al nivel de la calle, lo esperaban cinco jóvenes, avisados de que había una conmoción que atender. Expectantes, rodearon la puerta que les habían prohibido traspasar, esperando que también les tocara un poco de acción para demostrar su habilidad.

Grenio se detuvo y los examinó, tranquilo. Entre ellos no se encontraba Bulen. Les preguntó dónde estaba su jefe pero no le comprendieron o no les interesaba responder. Él levantó su brazo armado sobre el pecho en actitud defensiva. Los kishime permanecían inmóviles, con la mirada fija y casi sin respirar.

De pronto todos se pusieron en movimiento al unísono, atacando desde todas las direcciones. Eran rápidos, pretendían confundirlo y rodearlo. Pero Grenio no se dejó intimidar por su velocidad y sutiles movimientos, sino que se lanzó resuelto hacia delante, esquivando un golpe a la derecha y parando una estocada por la izquierda. Se zambulló, empujando a dos que lo atacaron de frente y lanzándolos contra sus otros compañeros. Giró, logró tomar a uno por el pelo y lo abatió contra el piso, mientras hería con una cuchillada rápida al que lo atacaba por arriba, dejando un tajo en su hombro.

Alguien gritó y se vio librado del molesto enjambre de niños. Una línea voló hacia el techo, y al impactar produjo una explosión de polvo y escombros. Grenio retrocedió de un salto, esquivando los pedazos que cayeron donde estaba parado un segundo antes. Al disiparse el polvo, vio a Sadin con el látigo colgando fláccido de su mano. Los otros kishime se reagruparon, humillados al haber sido sorprendidos en desventaja por su maestro.

Grenio inspiró una gran bocanada de aire y apretó los puños. Aceptó que iba a tener que vencer a todos estos, para avanzar y enfrentarse con Bulen.

Sulei la contemplaba con curiosidad y una sonrisa hipócrita. Amelia sintió un escalofrío cuando caminó hacia ella, las piernas le temblaron, y sin querer retrocedió. Tenía la sensación de que lo conocía, y le causaba desagrado, más que temor. Sulei se detuvo.

–No te asustes.

Amelia titubeó, porque lo comprendía: –¿No eres humano?

–No, como puedes notar, comunicarnos a través de nuestras mentes, aunque usemos las palabras también, es una facultad que tenemos algunos kishime –explicó.

Amelia chocó de espaldas contra la mesa, donde estaban las armas.

–Es peligroso que una humana esté aquí –siguió Sulei, acercándose lentamente–. Por ahora estamos ocupando este palacio y a la mayoría no les gustan los de tu especie.

Amelia lo miró con interés, preguntándose qué quería decir. ¿No pretendía hacerle daño? ¿A él no le disgustaban los humanos?

–Ven –le dijo, tendiéndole la mano–. Tienes que salir de aquí.

Aferró su mano y la guió hasta la puerta, deteniéndose allí para espiar el exterior. Ella lo siguió, aturdida, y al fin logró juntar el valor para preguntarle, susurrando, contagiada de su actitud aparente de precaución:

–¿No hay un humano aquí? ¿Un monje llamado Tobía? Sulei la remolcó por un corredor.

–Sí, creo que hay un humano encerrado por ahí.

–¿Está bien? –exclamó ella.

–Sí, está con vida. ¿Lo conoces?

Amelia suspiró, aliviada, y agregó: –Tengo que sacarlo.

Sulei sonrió con escepticismo. “No creerás que te voy a hacer las cosas tan fáciles...”

–Sola, no puedes enfrentarte con nosotros. Te dejaré ir por hoy... porque me simpatizas.

Un ruido fuerte les llegó de adentro. Ella se detuvo, sobresaltada.

–¿Qué pasa?

Sulei tiró de ella, contestando con una sonrisa: –Hay un troga causando problemas.

Se metió por una puerta que ella no había visto antes y traspasando un pasadizo oscuro y estrecho, terminaron en un jardín, seco y descuidado, a cierta distancia de la entrada principal. El kishime la empujó hacia la calle, y le advirtió que debía tener mucho cuidado en el camino.

Grenio miró a Sadin y a los otros. ¿Quién iba a atacarlo primero?

–No usen su poder dentro del palacio, por favor –dijo una voz–. Sulei se va a molestar por este estropicio.

Viendo por encima del hombro, el troga notó que Bulen los observaba con su habitual calma.

Los otros se retiraron en silencio.

Grenio lo miró, lleno de rabia al recordar lo que le habían hecho a Tavlo, y más porque creía que estaban jugando con él desde el principio.

–Supongo que has descubierto nuestros secretos... Es decir, podrías hacerlo si fueras lo bastante inteligente –ironizó Bulen–. Pero entonces no te meterías en una trampa.

El troga se abalanzó sobre él y le tiró un golpe de puño. Bulen se movió apenas lo suficiente para evitarlo y a la vez lo golpeó en la nuca con una mano, pasándole un poco de electricidad que lo dejó obnubilado. Grenio se tambaleó pero logró mantenerse en pie.

–¿Qué quieres? –gruñó, dándose la vuelta–. ¿Es por la profecía que me trajeron aquí? Bulen se detuvo un momento y después, lanzó un bufido.

–¿Piensas que tú nos interesas para algo? –exclamó con desdén y fingido asombro–.

Mientras te quedas jugando aquí, yo me quedaré con ella.

No iba a permitir que se burlara de él. Se tiró contra Bulen cuando comenzó a brillar, y tan sólo llegó a tiempo de abrazar el aire. Aturdido, se dirigió a la salida, y allí se enfrentó con Sadin que había permanecido vigilando afuera. El troga lo dominó antes de que pudiera usar su látigo y lo dejó fuera de combate con una llave en su cuello que lo asfixió.

Su olfato y oído le comunicaron que en esa dirección había más enemigos. No podía perder más tiempo, porque Bulen podía moverse instantáneamente de un lado a otro. Siguiendo su instinto, tomó el camino por el que había entrado, por corredores abandonados y salones sucios, corriendo tanto que al detenerse al fin en una terraza, su visión se nubló. ¿Por qué no podía usar el poder de transportarse, por qué no podía controlarlo? Deseaba salir de allí, y llegar rápido hasta ella, ¿qué más tenía que hacer?

Tuvo que utilizar el método tradicional, sus propias piernas para correr y saltar muros, logrando alcanzar su destino en poco tiempo. Se detuvo a inspeccionar. No parecía haber nadie en la cercanía, lo extraño era que esperaba encontrar a Bulen. Lo había engañado de nuevo. Siempre comenzaba una lucha y después se retiraba sin terminar. Como si no le interesara matarlo, tan sólo jugaba como un niño que se dedica a sacarle las patas a un insecto.

Encontró a la pequeña sola en el escondite. Todo parecía en orden, y la niña no mostraba miedo ni alarma. Le preguntó dónde estaba la mujer, y Kiren señaló la puerta.

–¿Se fue?

Tal vez se pensaba escapar. Le extrañó, sin embargo, que luego de insistir en traer a la niña con ellos, la dejara abandonada. Los humanos se comportaban de forma muy rara. Tenía que encontrarla, antes que Bulen. En ese momento, miró a Kiren, que se había metido en un rincón, y notó algo extraño.

Cáp. 6 – Amelia actúa

Mientras trataba de hallar su ruta entre calles y ruinas que se veían todas similares, Amelia recordó las palabras del kishime. Tobía estaba bien pero no podía rescatarlo. Necesitaba ayuda. Difícil de conseguir cuando no podía comunicarse con nadie en ese planeta. Del troga no podía esperar apoyo y ¿cuán dispuestos estarían los humanos a hacer algo? Y si quisieran ¿tenían la capacidad de enfrentarse a esos seres que ocupaban el palacio?

La puerta de la casa, que ella se había asegurado de tapar bien, estaba entreabierta. Se acercó, con recelo, sin hacer ruido, casi sin respirar. Por un instante escuchó, y del interior le llegó un sonido sofocado. No dudó en entrar por la pequeña.

–¡Kiren!

El caballo relinchó, mirando la escena desde su rincón con ojos acuosos y resoplando por la nariz. Kiren había buscado refugio contra la pared, estaba arrinconada y visiblemente atemorizada por Grenio, quien se inclinaba sobre ella sin prestar atención a la puerta. Amelia se quedó paralizada, al notar que amenazaba a la niña con su daga.

El troga notó su presencia cuando ella caminó, apurada, hasta su equipaje, y aplastó a Kiren con contra la pared, el filo aferrado con la izquierda en alto para terminar con ella.

–¡Déjala! –le ordenó Amelia, con voz ronca, parándose a su lado.

Grenio sabía por su respiración que estaba agitada y tal vez, enojada, pero no podía explicarle. Miró a Kiren con ojos encendidos de rabia, y ella le devolvió una mirada inocente. Sorprendido, notó un dolor agudo en el pecho, y al mirarse, advirtió que la punta de una espada sobresalía cerca de su corazón. Amelia había tomado la espada de Claudio, y en el momento en que vio que iba a matar a la niña, una fuerza en su interior le permitió levantarla y la hundió en su espalda.

Kiren, que había cerrado los ojos esperando lo peor, se sorprendió cuando la soltó, viva. De un salto se apartó del troga. Con gran esfuerzo, Amelia extrajo la espada, y la sangre brotó de su pecho inundando el suelo. Grenio dejó caer su arma para apretarse la herida y se dobló, terminando de rodillas.

Amelia profirió un grito, asustada de su propio acto, y la espada se escapó de sus manos temblorosas. Al parecer el troga no podía levantarse, y mientras tanto estaban a salvo. Pero no quería quedarse. Tenía que salir de allí.

Recogió sus cosas, logró poner la espada de nuevo en su funda, tomó la brida y sacó afuera al animal. Tuvo que volver, al notar que Kiren no estaba con ella. La niña seguía parada junto al troga, mirándolo. Murmuró algo, y Grenio le contestó con un gruñido. Sólo su voluntad lo mantenía arrodillado. Al fin el dolor y la pérdida de sangre pudieron más y se derrumbó. Queriendo huir lo más pronto posible de esa imagen, Amelia tomó a la niña de un brazo y la sacó a la fuerza.

Corrieron a la sombra de la muralla blanca, hasta llegar a un agujero por donde se podía ver el campo. La ciudad estaba rodeada de una campiña floreciente y suaves lomas que se extendían hacia el río. Del otro lado, se divisaba una mancha oscura donde los humanos habían levantado un caserío, despejando el terreno para poner sus corrales y plantar.

Amelia puso a Kiren sobre el caballo y ella caminó entre la hierba que le llegaba hasta el pecho, sudando y agitada, no por el ejercicio, sino por el miedo. No tenía idea de qué se le había metido al troga para atacar a esa niña, pero si esa era su naturaleza, ya no podía permanecer a su lado. Ahora se daba cuenta de que debía haber escapado mucho antes.

¿Qué iba a hacer ahora? No estaba muy segura, lo primero era poner suficiente distancia entre ellos, porque no confiaba en que su herida lo detuviera. Después de todo, era como un monstruo. A continuación, conseguir ayuda de los humanos o los kishime. Tal vez podía contar con Bulen. Encontrar a los tukés y contarles lo que había sucedido. Mateus tendría alguna idea de cómo rescatar a Tobía y a las gemas que la devolverían a su hogar.

Bueno, imaginarlo era fácil, pero no tenía idea de cómo llevar a cabo su plan.

–Ar la –señaló Kiren con emoción, y la sacó de su mundo.

Estaban cerca del río. Un poco más arriba, unas rocas que sobresalían del agua marcaban un vado por el que podían cruzar la corriente. Del otro lado, pastaban unos animales.

El agua era fría y las rocas resbaladizas. Amelia miró con asombro los peces que pasaban entre sus pies, como flechitas minúsculas de plata y oro.

Entraron en la aldea, silenciosa y desierta. ¿Nadie se encontraba en casa? Inquieta, se volvió hacia Kiren. La pequeña observaba todo con rostro serio, atenta.

Decició investigar y Amelia metió la cabeza por una puerta. Las chozas constaban de una sola habitación, y en esta no había ni un alma. Revisó las otras casas con igual resultado. Al final, se detuvo indecisa en medio del poblado. Había objetos tirados, recipientes llenos de comida y los animales andaban sueltos, como si todos hubieran desaparecido de golpe.

Aunque le parecía un delito, tomó algo de su comida y un cuerno que le podía servir para llevar agua. Le indicó a Kiren que la siguiera y se fueron a sentar a la orilla de un arroyo que desembocaba en el río, ocultas entre unos arbustos. Se sentó con la cabeza entre las manos, deprimida, mientras Kiren se dedicaba a dar cuenta de las provisiones.

No podía comer, recordando que había herido de muerte a alguien, aunque no fuera humano. A pesar de que la había sacado de su planeta, de su vida normal y había amenazado con asesinarla, no se sentía contenta con lo que había hecho. Esa espada estaba maldita, seguía clamando por la sangre del clan Grenio. Si estaba muerto, ella había acabado con la vendetta, pues ya no quedaba ni uno solo con ese nombre.

Un grito llegó desde la aldea. Se levantó de un salto. Kiren dejó de masticar un momento, miró en esa dirección, y luego siguió comiendo con tranquilidad.

Amelia se acercó a un arbusto y miró entre las hojas. Le hizo una seña a la niña para que se mantuviera callada, pero no era necesario porque Kiren no había pensado emitir ni un sonido. Si no la engañaban sus ojos, una línea de humo se levantaba hacia el cielo pasando el caserío. Tal vez los habitantes estaban reunidos allí en este momento, y por eso no había encontrado a nadie. Decidió acercarse.

Dio un rodeo y salió del otro lado del follaje. Corrió medio agachada por el campo, la aldea quedó a su derecha. Paró detrás de un árbol, para mirar con cautela quién había encendido la fogata.

Ante sus ojos se desarrollaba un espectáculo que le costó comprender. Había un montón de bultos en el suelo, que luego de un momento pudo reconocer, eran cuerpos. Sus ropas rústicas los identificaban como campesinos. Tirados unos sobre otros, en posiciones incómodas, como si los hubieran amontonado. No estaban vivos. Algunos yacían de cara al piso y de otros pudo ver sus rostros congelados en la máscara de la muerte, con expresión de sorpresa o sufrimiento según sus últimos momentos. El humo provenía de unas ropas que habían tomado fuego.

Rodeando la escena, cuatro muchachos, vestidos con largas túnicas azules y grises, parecían estudiar el producto de su exterminio. Amelia se apretó contra el tronco, temerosa de que notaran su presencia. Sin duda, se trataba de los mismos que había visto entrenar en Tise. Ahora portaban sables, no varas de madera, y uno se miraba la mano, extrañado, pues se había manchado de sangre y contaminado la tela de su vestido.

Reaccionando de pronto, Amelia dio la vuelta y corrió como loca. Tenían que alejarse de esa ciudad.

Corrió, cortó camino entre medio de los arbustos y se frenó, atónita, al llegar al claro donde había dejado a Kiren. La niña no estaba sola. Aparentaba calma, sentada en el suelo, mientras la figura blanca parada frente a ella le hablaba.

Bulen la había sentido llegar y se volteó sin prisas.

Por un momento, pensó en darle la bienvenida, pero algo quedó trancado en su garganta. Se sentía paralizada y no sabía si se iba a poner a llorar o a reír, por eso no dijo nada.

–He venido por ti –anunció él. Amelia vaciló.

–¿Qué quieres decir? –preguntó, frunciendo el ceño.

Su tono le daba miedo, porque Bulen no expresaba nada y parecía un desconocido, distinto al que había conocido. El kishime le tendió la mano a Kiren y esta no vaciló en pararse y tomarla. Se acercaron y Bulen dijo al pasar.

–Queremos que vengas al palacio.

–¿Como tu prisionera?

Se adelantaron un poco. Ella no se había movido, sólo meditaba mirando el piso, pero él la previno:

–Sígueme, por favor. Si intentas escapar, tendré que hacerte daño.

Su voz indicaba que le daba lo mismo que fuera por las buenas o por las malas. Ahorraba energía en sus movimientos y sus palabras. De hecho, tratar con humanos y trogas le parecía rebajarse, pero si Sulei se tomaba todas esas molestias sería por un buen motivo.

Desalentada, se resignó a hacer lo que ordenaba y Amelia guió a su caballo, no parecía contento con Bulen porque se resistió un poco a seguirla.

Cáp. 7 – Tobía

Cuando abrió los ojos, se encontró acostado sobre hierba mullida, a la sombra de unos árboles. Al intentar levantarse, notó que estaba tan débil que no podía moverse y entonces recordó lo que le había pasado.

–¿Cómo estás? –le preguntó Glidria, acuclillado junto a él, muy afanado moliendo unas semillas en un mortero.

El viejo lo había vendado con sumo cuidado y habilidad, ya que no sentía ningún dolor. A lo largo de doscientos sesenta años había visto muchas batallas y heridas, pero aún así se sorprendía de que Grenio siguiera con vida.

–No te muevas –lo sujetó, porque trataba de sentarse– o la herida comenzará a sangrar. Los de tu familia han muerto jóvenes ¿verdad? Pero esto es el colmo...

Grenio suspiró y se quedó quieto, resignado porque no tenía fuerzas. Glidria puso el polvo que había molido en un odre y lo removió. Luego probó un poco, tragando con aprobación, y lo puso a un lado. Se levantó y juntó ramas para encender una hoguera.

–Nos van a ubicar si haces humo –murmuró Grenio, que ahora descansaba con los ojos cerrados.

–¡Tú me vienes a dar consejos de táctica! Dime cuántos eran los kishime que te atacaron para dejarte en ese estado.

El viejo había tocado un punto sensible. Había perdido con su enemigo... No, nunca esperó que actuara así. La había subestimado, porque era humana y débil.

–¡Qué cara! –comentó Glidria, clavándole sus ojos saltones–. Supongo que fue ese kishime que estabas buscando.

–No... –su honor no le permitía mentir o agrandar el poder de su enemigo para no quedar mal, pero tampoco podía decir la verdad.

–Tampoco he oído que me agradezcas.

En verdad, este viejo lo había sacado de la casa en ruinas, lo había transportado inconsciente afuera de la ciudad y cuidado de su herida.

–Estás muy bien conservado ¿no?

Glidria tomó otro trago del odre. Se trataba sin duda de su destilado favorito, que siempre llevaba colgado de la cintura y sazonaba con semillas olorosas.

–No es forma de dar las gracias. Pero está bien, porque no fui yo quien te ayudó.

–¿Quién fue?

Escucharon susurros entre las hojas y dos trogas se aparecieron frente a sus ojos. Luego de un momento los reconoció. Estaban en el grupo de Fretsa cuando atacaron el monasterio tuké. Tenían la habilidad de mimetizarse en el ambiente y eran veloces.

–Trajimos lo necesario, cho Glidria –anunció Trevla, lanzándole cinco víboras negras que cayeron junto a sus pies y empezaron a enroscarse una sobre la otra.

Glidria fue tomándolas una a una y cortándole la cabeza, dejó caer su sangre en un bol. El otro troga había traído un cuarto trasero de garro, y con Trevla se pusieron a cortar lonjas que asarían para la cena.

Grenio los miró, inquieto.

–No te preocupes por el rastro –dijo el viejo troga, mientras mezclaba la sangre de víbora con un poco de su licor–. Luego de asaltar todas las aldeas humanas del valle, los kishime se han mantenido adentro de Tise. Toma esto, es bueno para reponer fuerzas – añadió, poniéndole el pote en la boca.

Accedieron a relatarle cómo lo habían encontrado.

Trevla y Vlojo viajaban para encontrarse con su jefa, quien se había separado de ellos para llegar antes a Frotsu-gra, cuando escucharon rumores de que los kishime se estaban congregando en Tise. Eso les sonó extraño, estando en un valle tan distante de las montañas que los kishime frecuentaban, por lo que decidieron revisar. Iban tras un rastro de muertos e incendios, hasta que alcanzaron a ver un grupo que entraba en la ciudad. Luego de cruzar la muralla por un punto apartado, estuvieron deambulando un rato por ruinas desiertas, hasta que vieron un kishime caminando con urgencia por la calle. Se frenó en la entrada de una casa; ellos lo acechaban. Al parecer, no se había percatado de su presencia hasta que lo siguieron adentro y lo sometieron. Allí encontraron al troga en el suelo, y en un antebrazo llevaba un brazalete que conocían bien. Luego de matar al kishime, lo cargaron hasta las montañas, donde se cruzaron por casualidad con Glidria. Habían pasado dos días.

Después de comer, los trogas apagaron el fuego. Se había hecho de noche y las estrellas brillaban, más allá de las copas oscuras. Trevla y Vlojo fueron a hacer un recorrido por el campo, para asegurarse de que no los vigilaban y tal vez espiar a los ocupantes de la ciudad.

–Er... si estuviste dentro de Tise, tendrás idea de qué piensan hacer los kishime –lo sondeó Glidria, una vez estuvieron solos.

Ya se podía sentar, recostado contra un madero. Grenio se apretó el vendaje y desvió la mirada.

–No sé que se proponen, pero tienen armas, andan en grupo, y han exterminado aldeas como preparación para algo. deberías mudarte, Glidria.

–¡Yo, dejar mi montaña! No; he vivido tanto tiempo en este lugar, y además, pienso terminar mis días aquí –refunfuñó el viejo, tomando un poco de su botella para darse ánimos–. Entonces ¿piensas que van a empezar una guerra o algo?

–Tal vez... No son amigos de los trogas. Y creo que buscan algo más que pelear – contestó Grenio recordando a Tavlo inerte, metido en un gran frasco.

–Entonces es por la profecía...

–¡Qué! Tú también mencionas eso... Dime si mi padre te dijo algo –exclamó Grenio, con tanta violencia que el viejo temió que se le saltaran las vendas–. ¿Qué sabes?

Luego de meditar un rato, le contestó con tono misterioso:

–No tengo idea. Pero de tanto oír cosas a lo largo de los años, pienso que debe ser algo muy malo para todos nosotros, como el fin del mundo o algo así.

Pasmado, Grenio reflexionó que todos actuaban como unos locos, y se tranquilizó diciéndose: “No puede haber una profecía porque nadie puede conocer el futuro”.

–Cuando yo era joven –continuó Glidria tras una pausa–, decían que sofu ocurriría cuando bajara la gente del cielo, los que viven en las estrellas. Los pequeños creíamos que iban a venir unos kishime muy poderosos a destruirnos, porque tú sabes, ellos tienen esa capacidad de viajar a través del aire. Muchos años después, conocí a tu padre y me contó la leyenda familiar.

–¿Leyenda? Hablas de Claudio y nuestra venganza.

–Sí, pero ahora que lo pienso... tu ancestro podía viajar como los kishime y ese humano del que buscas venganza venía de un lugar extraño. Otro mundo. Entonces, es cierto que tú estás conectado a la profecía –Glidria habló con asombro–. Y... ¿qué le pasó a la humana?

Sobresaltado, Grenio no contestó por un rato.

–Creo que aprovechó para huir... Tengo una pregunta que puede sonar curiosa – agregó–. ¿Estuve hablando dormido? ¿Escuchaste alguna palabra desconocida salir de mi boca?

Glidria sacudió la cabeza. “Entonces, algo le habrá pasado”. Porque desde el momento que la conoció, un lazo invisible los unía, sobre todo en sus sueños.

–Gracias –murmuró Grenio, cerrando los ojos–. Mañana tendré que ir a ocuparme de un asunto pendiente. Si pasa algo, dale mi gratitud a esos dos.

El viejo lo estudió con humor, pues dudaba de que en su condición pudiera levantarse, y mucho menos pelear.

Desde que la tenían en su poder, trasladaron a Tobía a un piso alto, rodeado de terrazas, a un cuarto sin barrotes y con más comodidades que su calabozo en el sótano. Le hacía compañía a Amelia y aunque sus condiciones no habían cambiado, por lo menos estaban juntos.

Luego de la alegría inicial de encontrarlo vivo y poder abrazarlo, y después de que se contaron sus peripecias, ella permaneció callada y taciturna casi todo el tiempo. Respondía a sus preguntas y comía lo que le traían, pero no parecía la misma. Su humor y el ánimo para sortear todas las dificultades, los había perdido.

–Vamos –trató de alentarla, viéndola tirada en un diván junto a la ventana, sin haber dormido más que un par de horas durante la noche–. Sé que no querías lastimar a nadie, pero fue necesario. Recuerda todas las veces que él te provocó, y su objetivo era matar a los descendientes de Claudio, a tu familia. Nadie te puede culpar.

Amelia se incorporó. Se pararon cerca de la terraza, junto a las cortinas que volaban con la brisa perfumada de la mañana.

“No es eso, es que parece que he perdido algo. Hay algo que extraño”.

–¿O es que en realidad te agradaba? ¿Lo extrañas?

–¿Qué? –Amelia casi se atragantó.

Entonces vio que estaba sonriendo. Se burlaba de ella, pero era cierto... Aunque no podía decir que le agradaba, ya se había acostumbrado a su presencia. Ya no le asustaba su apariencia, conocía más o menos sus reacciones, apreciaba el interés en su gente y entendía sus ansias de vengarse. Incluso podía pasar algunos de sus platos cuando no consistían en carne cruda.

Eso que le faltaba, eran sus sueños. No había tenido pesadillas sobre el pasado.

A Tobía se le descongeló la sonrisa porque no había logrado alegrarla, al contrario, parecía estar a punto de echarse a llorar. Ella se acariciaba las muñecas. Los kishime le habían colocado un par de pulseras, que evitaban que saliera del palacio. El tuké la obligó a acostarse en una de las suaves camas de las que hacía gala su su prisión, para que tratara de recuperar el sueño que perdía de noche. Tenían que estar preparados, y aprovechar el primer momento propicio para escapar.

Amelia comenzó a respirar regularmente, dormida. En eso, entró Sulei, caminando con ostentosidad hasta el centro del gran salón. Intrigado por su manera de moverse, como un rey que visitara los establos para hacerle un favor a un siervo, Tobía esperó que hablara:

–Tuké... Hermoso día ¿no? –comenzó Sulei, que hoy usaba una túnica color azul que resaltaba sus ojos, brillantes de malicia–. Espero que hayas pensado en mi propuesta, pues ya pasó un tiempo suficiente y me gustaría escuchar tu respuesta.

–Se refiere a... –susurró Tobía, mirando de reojo a Amelia.

–Sí, dije que teniéndola a ella Ud. quedaría libre junto con las gemas.

–¡Pero yo no hice nada! Uds. la capturaron –siguió susurrando Tobía.

–Es lo mismo. Hace tres días prefirió quedarse a hacerle compañía. Le repito la oferta, puesto que en realidad no lo necesitamos, Tuké.

Tobía consideró. Si no era una trampa, podía salir libre. Estaría dejando a la joven a su suerte, pero podía ir en busca de ayuda. Tenía que sopesar el riesgo que podía correr sola y cómo se iba a sentir abandonada, con la oportunidad de encontrar ayuda afuera.

–¿Puedo hablar con ella antes de decidir? Sulei lo miró con expresión pétrea.

–No, es ahora o nunca.

Tobía decidió aceptar su oferta.

En cuanto accedió, dos kishimes lo tomaron de los brazos y lo sacaron de la estancia. Sulei cerró la comitiva, echándole una ojeada a la joven, echada sobre las mantas, antes de salir.

En cuanto se fueron, Amelia se incorporó. Había simulado dormir y se sintió desolada, al quedarse sin su amigo. Pero las palabras de Sulei, que comprendía gracias a su telepatía, daban a entender que elegía marcharse por propia voluntad. Sin embargo, le extrañó su actitud, como si esperara que creyera que Tobía había decidido traicionarla.

Por su culpa lo habían secuestrado, pensó. Si se iba y no volvía a verlo, no podía quejarse. Pero era un buen hombre y no la iba a dejar sola.

Cáp. 8 – La máquina

Vlojo volvió trayendo agua del río y en el acto notó que faltaba el herido. Se apresuró a despertar a Glidria y Trevla. Mientras ellos dormían un poco, luego de haber hecho guardia toda la noche, Grenio había logrado levantarse y salir del campamento sin hacer ruido. Glidria estaba sorprendido, porque a pesar de su aviso de la noche anterior, no había imaginado que tuviera fuerzas para caminar. También estaba enfadado, porque se iba a meter en líos y los dejaba afuera.

Vlojo y Trevla se pusieron a discutir. Ese troga tenía el brazalete que le había entregado Fretsa. Si su jefa se enteraba de que lo habían dejado ir a enfrentarse con los kishime sin ayuda, se iba a enojar mucho.

–Oigan, jóvenes –interrumpió Glidria, echándose su capa al hombro y atándose el odre a la cintura–. Somos tres. Está bien auxiliar a Grenio, aunque su conducta demuestra que no quiere nuestra ayuda, pero también deben pensar en el resto de nuestra raza.

Mientras ellos resolvían qué hacer, Grenio iba subiendo trabajosamente una ladera rocosa. Había descendido por un campo verde y atravesado un frío arroyo. Todavía respiraba con dificultad por la herida del pecho, y no podía correr. Marchando le tomó toda la mañana llegar al pie del monte que le había indicado Kiren. Estaba aislado del resto, y sobresalía por su pico nevado coronando los planos azules, varios cientos de metros más arriba. A cierta distancia podía ver unas piedras blancas, vestigios de una construcción antigua.

“Si sobrevives, un mensaje de Bulen. Te esperará al mediodía...” Recordó las palabras que la niña murmuró mientras veía fríamente su sangre derramándose en el piso de tierra.

No había dedicado toda su vida para vengar el honor de su clan para que unos raros vinieran a interferir a último minuto. Era el único que quedaba para cumplir esa tarea, no podía morir, y tampoco ser vencido. Por eso no tenía miedo de enfrentarse con un enemigo poderoso en las peores condiciones, porque estaba seguro que al final iba a vencer.

¿Hasta donde pensaría acompañarlo? Tobía estaba ansioso por comenzar con sus propios planes, pero al llegar a la puerta del palacio, el sirviente de Sulei lo empujó, indicándole que siguiera caminando y se mantuvo pegado a él por las calles silenciosas, hasta la muralla. Encima, lo habían dejado sin sus cosas y sentía el sol, que ya estaba alto en el cielo, quemándole la cabeza.

Tobía no imaginaba que a plena luz del día, en esa ciudad que parecía dormir un sueño eterno, le fueran a hacer algo, aunque desconfiaba de la promesa del kishime. Pero se percató de que el sirviente pensaba seguirlo también fuera de Dilut. Decidió pararse allí en medio del camino y enfrentarlo, decirle que lo dejara en paz y que podía irse solo.

El kishime lo miró sin expresión, sin responder. De repente, algo brilló en su mano, y Tobía vio, paralizado, que había extraído de su ropa una cuchilla curva muy afilada. Se tiró para atrás, esquivando el cuchillazo que cortó el aire frente a su nariz, y cayó sentado. Tuvo que arrastrarse para huir del próximo golpe. El kishime avanzaba, inflexible pero sin prisa, zigzagueando la hoja en el aire como una máquina. Al girar a su derecha para evitar que lo clavara al piso, Tobía se salvó de milagro, ya que los pastos del costado del camino ocultaban una zanja y se fue rodando hasta el fondo.

Al levantar la cabeza, vio que el kishime lo observaba parado en lo alto del sendero, y comenzó a descender la zanja. Tobía se incorporó de un salto y salió a todo lo que daba, sin mirar atrás.

Iba surcando con dificultad la hierba que le llegaba al pecho, transpirando, con el corazón golpeándole el pecho, corriendo como loco. Un poco más atrás, el kishime lo seguía deslizándose entre el verde. Muy pronto, el humano se iba a cansar, y de todos modos no tenía adonde huir. Pero Tobía no pensaba eso. Veía el río más adelante y por alguna razón, creía que si lo cruzaba, tenía oportunidad de salvarse. Tal vez porque a lo lejos se veían unas casas de adobe con techos de paja y esperaba que alguien lo ayudara.

Por fin llegó a la orilla. Sus pies hicieron saltar la arena mientras el kishime apenas parecía hollar el suelo al correr. Tobía vio un borrón ante sus ojos y notó, estupefacto, que el kishime lo había sobrepasado. Intentó frenar y fue a dar a sus pies de cabeza. La hoja brilló con el sol y zumbó en las orejas de Tobía, que se encogió de miedo, y luego salió volando para clavarse en la arena, a unos metros.

Estaba tan sorprendido porque su cabeza todavía seguía pegada a su cuello, como el kishime por haber fallado. Quien había desviado la hoja con su espada, contemplaba la escena interrumpida. El kishime reaccionó, cuestionándose por qué no había visto aproximarse al troga, e intentó correr hacia su cuchilla.

Trevla no se preocupó en evitar que la tomara, pero en cuanto el kishime volteó y tomó velocidad, se interpuso en su camino, se afirmó con las piernas separadas, y en el último momento giró, decapitándolo con un corte limpio.

Notó que Tobía lo miraba con sentimientos mezclados, y le dijo:

–¿Nos conocemos?

Bulen los guió a un piso más alto, y abrió las puertas dobles de una sala que se mantenía en penumbras, protegida del sol por cortinajes negros. Amelia agradeció el quitarse de encima los doce pares de ojos de los kishime que se formaron a modo de guardia a la salida de su habitación, y parecía que nunca habían visto una humana. Además, esos niños vestidos de blanco le daban escalofríos por su forma de moverse, sin producir el más mínimo sonido, y sus rostros insensibles como máscaras.

Los dos que tenía a su espalda, la empujaron hacia adentro. Ella dio unos pasos, insegura, en la penumbra interior. Bulen se dio vuelta y le clavó una mirada tan aguda que resultaba cruel. Podía atravesar su alma si la veía así. ¿No tenía compasión?

Un guardia cerró la puerta, y la aseguró. El otro, un sirviente, encendió algunas lámparas, alumbrando el amplio recinto. Círculos concéntricos aparecían pintados en el piso, y los rodeaba una fila de columnas. En el centro de la sala habían colocado un artefacto en forma de caja alargada color ámbar, sostenido por patas torneadas, alto hasta la cintura de Bulen, quien pasó una mano por su superficie lisa, dejando un rastro de luz que se desvaneció al instante.

Amelia, que se había quedado parada, temerosa de moverse, se preguntó con languidez qué se proponían ahora y qué querían de ella. Por algún motivo sus sentidos estaban adormecidos, y tampoco podía sentir gran miedo ni otra emoción violenta.

Cerró los ojos cuando Bulen se paró frente a ella y tocó su cara con un dedo.

Permaneció rígida y sólo los abrió cuando sintió que le palpaba las manos.

El kishime estudiaba las manos que habían atravesado a Grenio. Se había sorprendido al oír esa noticia, y a la vez, decepcionado porque eso ponía fin al plan de Sulei. Pero este demostraba una confianza ciega en que todavía estaba vivo, y que podían seguir adelante, en especial porque el hombre que habían mandado a verificar nunca volvió.

–No te ves muy saludable –comentó Bulen, advirtiendo los ojos enrojecidos e hinchados por falta de descanso y muchas lágrimas, así como la piel quemada por el sol y el frío, y los kilos que había perdido en el viaje. Su ropa desgastada tampoco ayudaba.

Ella trató de desprender sus manos y él las dejó ir. Luego hizo una seña al guardia, que se acercó con una llave y le sacó las muñequeras.

El sol casi alcanzaba su cenit cuando se detuvo a descansar sobre una roca. La hora indicada para la cita se aproximaba. Tenía que recuperarse pronto de su fatiga.

Grenio se dejó resbalar hasta sentarse en la hierba y descansar a la sombra de un pedestal de piedra, que en otro tiempo había sostenido una escultura monumental de la cual sólo quedaban los enormes pies. Había también muchos bloques diseminados, cerca de los cimientos de un antiguo templo. El viento ululaba sobre la meseta soplando desde los espesos bosques que la cercaban. Aparte de eso no se sentían otros ruidos.

Bulen tocó la máquina y esta comenzó a resplandecer allí donde la superficie entraba en contacto con su piel. Él cerró los párpados y se preparó para pasarle una carga potente de su propio elán vital. El artefacto comenzó a pulsar, y él se vio empujado hacia atrás por la propia descarga, con sus manos y cara enrojecidos. Los otros escucharon el latido de la máquina, como un corazón que resonaba en todo el recinto.

La superficie color ámbar se volvió translúcida, dejando ver en su interior algunas partículas brillantes y unas fibras más oscuras, que parecían venas y órganos en lugar de cables y componentes.

–Acércate –ordenó Bulen.

Amelia no reaccionó, ni pensaba acercarse a esa cosa, pero fue arrastrada por el guardia. Notó con pavor que no tenía fuerzas para resistir, aunque iba recuperando sus sensaciones como si antes estuviera en un sueño y ahora despierta. Sus oídos captaron el zumbido eléctrico y el latido de la máquina, su piel se erizó y un escalofrío recorrió su espalda a la vez que su corazón se desbocaba. Cerró los ojos con fuerza cuando el kishime la empujó contra la superficie brillante. Estaba tibia.

–No tengas miedo, no es necesario –aclaró Bulen–. Sulei me ha encargado esta tarea para asegurarse de la profecía, pero él no piensa como los otros. No pretende matarlos.

No era lo que ella recordaba. No estaba segura. Titubeó al preguntar:

–¿Qué es lo que quiere?

Como respuesta, Bulen aferró la muñeca derecha de Amelia, y su otra mano tocó el borde del artefacto, lo que hizo que una parte se deslizara y apareciera una rendija redonda. Extrajo esa pieza, dejando un hueco que se perdía en el interior de la máquina, y luego sostuvo encima del mismo la mano de la joven. La pieza que sostenía en la otra mano consistía en un cono que terminaba en una punta de aguja. Con esto picó la parte carnosa de la palma de Amelia, y apretó su muñeca cuando ella trató de desprenderse de un tirón. Brotó un poco de sangre, que escurrió en espesas gotas por el orificio hacia el interior del aparato.

Bulen volvió a colocar la pieza en su lugar y toda señal de que algo se había removido desapareció.

–¿Qué... –exclamó ella, apretando su mano cortada y mirándolo con sorpresa.

Además del latido, ahora se escuchó un zumbido mecánico seguido de unos chasquidos. Después de una serie rápida, cesaron, y el artefacto empezó a emitir una energía luminosa. Amelia notó con asombro que sus propios latidos se acompasaban al sonido pulsante que venía del interior. No podía desprender los ojos de esa cosa, como si la luz que tocaba su piel fuera un imán.

Bulen tocó la frente de la joven con dos dedos y ella cayó, exánime, entre sus brazos. El sirviente se aproximó para llevarse su ropa. Bulen la depositó sobre el artefacto y se apartó. Todavía tenía los ojos abiertos, pero no reaccionaba, como hipnotizada.

La luz envolvió su cuerpo en un aura espesa y se fue cerrando hasta que sólo hubo un fulgor en torno a la silueta de la joven. En la superficie superior de la máquina aparecieron poros, por los cuales empezó a rezumar un líquido viscoso que parecía moverse con voluntad propia. Hilos de esta sustancia se esparcieron sobre la piel humana y se solidificaron, conectando la carne pálida con la carne ámbar por medio de filamentos del mismo color de los órganos internos. El proceso de conexión estaba completo.

La herida estaba punzando. La carne rasgada estaba tan cerca del corazón que cada vez que este latía rápido por el esfuerzo o por sus reflexiones, le dolía más. Grenio se paró porque temía perder el sentido. Estaba sintiendo náuseas. Tal vez tuviera un sangrado interno. Recordó haber oído que algunos guerreros morían semanas después de un enfrentamiento, las vísceras totalmente podridas, sin que se dieran cuenta de ello hasta el fin.

“¿Por qué me curé tan rápido de los aguijonazos de Bulen?” pensó, tocando el vendaje sobre su pecho. Se trataba casi del mismo lugar, pero entonces no había sentido el más mínimo sufrimiento. En cambio, la mujer le había atravesado cerca del corazón... No podía meditar sobre ello, el kishime ya estaba llegando.

Sulei apareció ladera abajo y caminó con elegancia, sin prisa. Venía con una mueca en su rostro, encantado de verlo.

–Dos días tuve que esperarlo –comentó al acercarse.

–¿Quién eres? –gruñó Grenio, decepcionado.

Tenía la misma ropa que Bulen pero de color azul y no tenía cabello.

–Soy Sulei. No te enojes, ya sé que querías a Bulen. Pero Bulen es mi subordinado, yo rijo lo que él hace, así que para tu propósito vale lo mismo.

Grenio inspiró, aferrando su daga. El kishime le daba una sensación desagradable, como la primera vez que conoció a Bulen. Su instinto le avisaba que estos seres llevaban la desgracia.

Sulei desenvainó. Poseía una hermosa cimitarra traslúcida, que Grenio admiró.

–¿Comenzamos? –exclamó el kishime.

Cáp. 9 – Duelo

El sol caía a pico sobre ellos. Desde esa alta explanada podía apreciarse un lindo paisaje, con el río, el valle verde, la ciudad rodeada de flores, las montañas boscosas y el cielo azul de fondo. Pero los dos estaban ocupados en mantener al rival alejado de sus gargantas y buscar el movimiento exacto que les diera la victoria.

Sulei comenzó con unos pases suaves, moviendo la hoja de su cimitarra sin intención de matarlo. En cambio, Grenio temía que si la lucha se prolongaba en ese discurrir lento, sus fuerzas se iban a acabar. Tenía que concluirla rápido. Se arrojó hacia delante, tratando de obligarlo a luchar cuerpo a cuerpo, aunque era muy arriesgado dada la diferencia del largo de sus armas. Además, no conocía la capacidad de esa espada fabricada de un material tan extraño. Grenio cerró el espacio entre los dos y abatió su mano izquierda sobre el kishime.

Sulei evitó su daga, elevándose liviano en el aire.

El troga se agachó para tomar impulso de nuevo. Un segundo antes de arrojarse contra el otro, tomó una roca del piso y se la lanzó. Sulei no se distrajo con el proyectil. Levantó la mano libre y la roca explotó en el aire, echa polvo. En el mismo instante, Grenio lo embistió y él lo frenó con sus manos. El troga se preguntó por qué no había intentado cortarlo antes de que se acercara. Sulei le dio un golpe en el pecho con la empuñadura, provocándole inmenso dolor, pero el troga había logrado asirlo de la ropa y no pensaba soltarlo. Rugió y lo revoleó. Sulei saltó en el aire, dio una voltereta y cayó parado a unos metros.

Grenio respiró con fuerza, sosteniéndose la herida. Sangraba, la venda estaba empapada.

Sulei cargó con el rostro serio. Grenio lo vio venir, y notó, con preocupación, que le costaba mover las piernas. En el último momento, se zambulló a un lado, obteniendo así sólo un corte en el brazo. Se volteó, y para su sorpresa, Sulei ya se encontraba frente a él, apoyándole la espada en su pecho.

–¿Qué esperas? –murmuró, aunque se resistía a darse por vencido.

–Ver si mi experimento funciona –sonrió Sulei, cortando el aire con su filo, sin herirlo.

¿A qué se refería? No podía ponerse a pensar ahora. Quería distraerlo. ¿Por qué jugaban con él? Grenio recordó que tenía la daga, que no había soltado a pesar de la sensación de entumecimiento que empezaba a bajar por su hombro izquierdo. Dio un rápido giro de cintura e impulsó el cuchillo hacia Sulei, quien se había quedado observándolo con curiosidad.

Sulei logró desviar la trayectoria con un golpe de canto y la daga se clavó en el suelo. Grenio saltó, con los brazos extendidos en su dirección. Sin darse cuenta el kishime retrocedió, un poco impresionado. A pesar de eso la hoja zumbó en el aire y las vendas cayeron del cuerpo del troga. Grenio dio aun otro paso adelante y golpeó el rostro del sorprendido kishime.

–Tienes espíritu para luchar –lo halagó Sulei, complacido–. Lástima que no podamos seguir mucho tiempo.

Extrañado, Grenio miró hacia abajo, y vio que la sangre se escurría lenta e irrevocablemente fuera de su cuerpo.

Estaba soñando. Lo extraño era que recordaba un lugar raro, donde estaba parada junto a Bulen, que con su rostro bello e impasible parecía un ángel de la muerte, y sentía miedo por algo que le iban a hacer, pero ahora estaba dormida, porque lo que veía no era real. Si estaba dormida, en cualquier momento podía despertar, y eso la tranquilizaba.

Esta vez era una espectadora. Como un espectro, se hallaba parada junto a Claudio, quien empuñaba su espada con ambas manos, su rostro lleno de fiereza que rayaba en la locura. Era el hombre que había exterminado un linaje entero y sólo le faltaba ese monstruo con pelos hirsutos en la espalda y ojos amarillos. Se llamaba Grenio, y también estaba en guardia pero con expresión tranquila y mirada apagada. No la veían. Amelia se animó a dar unos pasos, rodeándolos; parecían estatuas congelados en medio del movimiento inicial.

Se agachó. Cerca de la pared de la cueva, yacía de espaldas una mujer troga con cola de lagarto y piel escamosa. Su cráneo tenía marcas como los tigres, en un tono más claro que su piel oscura. Estaba enroscada, envolviendo con sus brazos un bulto. Amelia extendió un brazo para tocarlo. Sintió la tibieza de un cuerpo nuevo, lleno de vida, tierno. Al toque de sus dedos, la cabecita se movió, inquieta. La cría buscaba el calor y el alimento de su madre. Amelia retiró la mano, sintiendo un poco de repulsión ante este pequeño de apariencia exótica, que emitió un quejido. La joven se apiadó y volvió a colocar la mano sobre su cabecita. Entonces la escena cobró movimiento, como si hubiera pulsado el botón de play.

Claudio y Grenio chocaron espadas. Se apartaron de un empujón y volvieron a cargar. El encontronazo se repitió varias veces. El troga tenía fuerza y podía embestirlo, el otro tenía habilidad superior y podía esquivar, deslizar su hoja y atrapar su espada. Se movía con ímpetu, apareciendo de un lado y de otro. Grenio mantuvo su terreno sin apurarse, sin mostrar enojo ni ansias de aniquilar. Claudio se movía a base de odio, de desesperación. Amelia se mantuvo arrodillada junto al cuerpo inerte de la troga, observando atónita su combate. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué debía hacer? ¿Era un sueño, o eran reales? ¿Debía intervenir o despertar?

Usando una mano ensangrentada, Grenio lanzó un golpe al rostro de Sulei, que le partió la sonrisa. Enseguida reaccionó juntando energía en sus palmas, que usó para mandar al troga volando. Cayó pesadamente de espaldas.

–¿Qué haces? –exclamó el kishime, fastidiado con la actitud de Grenio, que lo provocaba y apresuraba su propia muerte.

En el suelo, el troga tomó su daga, la arrojó, y esta vez fue a clavarse en el muslo derecho de Sulei. Se miró, sorprendido, aunque no parecía sentir ningún dolor.

–Buen tiro –comentó, sacando la hoja y tirándola al piso.

–En general tengo buena puntería –Grenio se incorporó–. Lamento tener que pelear contigo en estas condiciones.

–Sí... yo también esperaba más del legendario guerrero de la profecía.

El tono sarcástico de Sulei era justo lo que necesitaba para olvidarse del dolor y la debilidad y arremeter en una lucha sacando fuerzas de pura rabia. Intercambiaron golpes, el kishime siempre ileso. Tenía la velocidad del rayo y podía prever por dónde lo iba a atacar. La hoja transparente tenía el filo de un bisturí, y las incisiones que le hizo en brazos y piernas ardían como fuego. El cuerpo de Grenio latía envuelto en dolor.

Sulei hizo una pausa, parándose a contemplar su cimitarra empañada de rojo. Su adversario luchaba por mantenerse en pie, pero se tambaleaba. Decidió terminar con esa espera y le lanzó una bola de energía. Grenio sólo percibió una luz cegadora y un tremendo golpe que lo impulsó hacia atrás, como si un puño gigantesco lo hubiera volteado.

–No exageres, si hubiera querido ya no tendrías cabeza –le dijo Sulei, observando su cuerpo caído con un hombro destrozado y el hueso expuesto.

Grenio no lo escuchó con claridad, sólo sentía un rumor adormecedor, que le recordó el mar batiente de Frotsu-gra.

Amelia se levantó, horrorizada. Quería detenerlos de alguna forma, aún cuando sólo se trataba de un sueño, porque los dos luchaban sin tregua con heridas impresionantes. Extendió un brazo, pero había olvidado la facultad del habla. Impotente, vio que Claudio hundía su espada en el pecho del troga. Grenio tosió y, con sangre en los dientes, pero manteniéndose en pie, tiró de la hoja, y la extrajo de su propio pecho. Claudio, cansado y con una mirada melancólica, perdido el sostén de la empuñadura, fue a dar contra la pared de la cueva. El troga dejó caer la espada. Se acercó lentamente, ahorrando sus últimas fuerzas.

Una mano se posó sobre su hombro y la sobresaltó. Había alguien parado detrás de ella, aunque un minuto antes estaba sola. Tenía forma humana, su piel era más que blanca, translúcida, y su carne, brillante. Sólo sus ojos parecían tener consistencia; grises como una nube de tormenta, la miraban con calma y le transmitían confianza. Lo conocía de algún lado.

–¿Quién eres?¿Cómo llegaste aquí?

–Esa es mi pregunta –contestó una voz que no salía de esa imagen luminosa sino de todas partes–. Pero puedo imaginarme quien eres, porque estás aquí. No te preocupes – añadió, viendo su ansiedad por los otros dos, que se habían congelado de nuevo, la espada de Grenio en el cuello del humano, sentado y abatido–. Son sólo sombras del pasado. ¿Quieres ver qué sucedió con ellos?

Ella miró.

–Debo matarte, es el único homenaje que les puedo ofrecer a todos los trogas del clan que asesinaste –dijo Grenio con voz temblorosa.

–Lo dices como si no quisieras –replicó Claudio, levantando hacia él sus ojos agotados, y con tono amargo agregó–. Vamos. No me importa mucho.

El troga retiró la espada un poco para tomar impulso y cortarle la cabeza, pero se detuvo, considerando. Por largo rato trató de imaginar qué pasaba por la mente de este humano, para que al final mostrara tanto hastío y desagrado. ¿Por qué lo había hecho? Sus palabras: “Venganza... lo que te prometí... matar a tu familia como tú mataste a la mía.”

–Ni siquiera sé a quien te refieres –suspiró, bajando la espada.

Grenio se arrodilló junto al humano. Claudio se endureció, incómodo por tenerlo tan cerca. El troga le aferró un brazo con una mano, y con la espada que empuñaba en la otra se hizo un corte en el cuello. La espada tintineó contra el suelo cuando la soltó. Claudio trató de zafarse de su apretón, asqueado, porque la sangre manaba del tajo a chorros, bañándolos. Con la cabeza gacha, Grenio se prendió con ambas manos de Claudio, que lo miraba con ojos desorbitados, manteniendo la mayor distancia posible, y sin entender por qué se acababa así.

–¿Él mismo se mató? –exclamó Amelia, buscando la respuesta en su compañero luminoso.

–Su herida ya era mortal. Necesitaba debilitarse más rápido –respondió la voz.

–¡¿Para qué?!

En lugar de responder, el ser luminoso le tomó las manos. A su alrededor, las paredes de la cueva se volvieron borrosas y comenzaron a escurrirse como pintura húmeda. Las figuras permanecieron inmóviles.

–No podemos hablar aquí –la voz que antes tronaba, sonaba lejana–. Porque no estamos solos.

Ella se asustó. Ahora la cueva y sus ocupantes habían desaparecido y sólo veía su silueta; ambos estaban flotando en la nada, en la oscuridad. En medio de la negrura, divisó estrellas, diminutas y opacas.

Él todavía le sostenía la mano, pero de pronto notó que perdía brillo y nitidez.

–¿Qué pasa?

–El cuerpo donde habito… está en peligro… me llama…

La joven miró su mano, lo último que quedó visible antes de que desapareciera por completo. Estaba sola, en un cielo nocturno que la rodeaba por arriba y abajo. No podía ser un sueño. Extendió los brazos, tratando de alcanzar algo. Sus manos chocaron contra una pared invisible, suave, mullida, fresca. No estaba en el medio de la nada, era una ilusión óptica. Estaba atrapada.

Cáp. 10 – Despertar

“Estoy aquí”.

“Estoy despierto”.

Sulei esperó unos segundos a ver si se recuperaba, si lograba levantarse. Si no, iba a estar muy decepcionado, porque ni siquiera llegó a ver los poderes que impresionaron a Bulen y Zilene.

El troga trató de incorporarse, apoyado en el brazo derecho sano, con la idea fija de que tenía que luchar. No podía perder, y por eso aunque no veía ni oía, y estaba rodeado de penumbras, casi inconsciente, logró sentarse. No tenía armas ni fortaleza física. Sólo le quedaba, pensó con tristeza, luchar y morir de pie.

“Grenio”.

La voz resonaba en su cabeza, como cuando el kishime se comunicaba con él, pero no se trataba de Sulei. Sin embargo, estaba demasiado concentrado en lo que tenía que hacer como para cuestionarse qué era esa voz.

Sulei contempló con un poco de admiración la tenacidad del troga para levantarse, sabiendo que no podía hacer nada. Era tonto, pero también le daba cierta dignidad que esperó tener cuando su hora llegase, algún día. Pero era tiempo de acabar con las dudas. Tenía que exterminarlo.

Concentrado, el kishime unió los brazos, las palmas juntas produciendo una magnitud de energía suficiente para borrarlo de la faz del planeta. Sólo quedaría polvo, partículas, de su cuerpo. La fuerza concentrada era tal que sus ropas flamearon. Sulei apretó los dientes, fijó sus ojos en el blanco y abrió sus palmas, mientras lanzaba un alarido.

El torrente de energía voló hacia Grenio y este levantó el brazo, por reflejo, queriendo pararlo o cubrirse. No quería morir, pensó temblando, porque nunca antes se había visto tan cerca del fin y porque tenía rabia de terminar así, sin saber para qué, sin honrar a su clan, sin detener a sus enemigos. Sus emociones sólo duraron un segundo, lo que tardó en envolverlo un gran huevo de energía.

Sulei vio que la onda lo golpeaba, seguro de que en un instante, brillaría y explotaría. En cambio, su energía permaneció flotando a su alrededor más tiempo de lo que era posible. Comenzó a preguntarse qué pasaba. Grenio, dentro del óvalo resplandeciente, estiró su brazo para tocarlo y la voz lo detuvo: “No”.

–¿Quién eres? –musitó Grenio, aunque no había nadie cerca–. ¿El de las visiones, el que salvó a la mujer del fuego? Eres una imagen del pasado, no puedes ser real...

“Tienes un enemigo adelante. No es hora de conversar”.

Esta voz se portaba muy mandona. Grenio vio caminar al kishime hacia él, y usó su mano derecha para golpear la pared de energía, pensando en romperla como un cascarón y temiendo que su mano quedara inutilizada para siempre. Un trozo de energía se desprendió del resto, se estiró como chicle y salió impulsado en dirección a Sulei, que lo reflejó con el filo de su arma.

Grenio probó de nuevo, pegando con mayor seguridad e ímpetu. Ahora se formó una pequeña bola, similar a la que le había arrojado Sulei para dejarlo sin hombro.

El kishime no pudo contener toda la onda y una parte impactó, haciéndolo retroceder un paso. De nuevo Grenio lo atacó, y él retrocedió dos. Aferró la cimitarra, la cual reflejó el sol como un espejo, y se lanzó corriendo hacia el enemigo.

El hilo atravesó la capa de energía y esta se disolvió en el aire como luciérnagas doradas.

–Esta hoja es maravillosa, es una shala –explicó Sulei con una sonrisa feroz, apoyando la cimitarra sobre su hombro–. Fabricada en Dilut ¿sabías? Lo más importante, corta de todo. Luz, materia, aire, agua o fuego.

Fuera del huevo protector, Grenio comenzó a sentir punzadas en la carne expuesta, y la sangre que corría lentamente de sus heridas. Si el otro podía cortar hasta energía, estaba igual que antes, porque no tenía con qué pararlo. La cimitarra descendió en un semicírculo mortal y la esquivó tirándose contra el dueño de costado y aferrando su brazo. Mientras lo sostuviera no podía cortar, era cuestión de mantener su fuerza. Por su parte, Sulei usó su otra mano para rodearle el cuello, pretendiendo quemarle el rostro o la garganta con su poder. Grenio lo mordió y Sulei apartó la mano con un alarido.

Tenía una marca de dientes profunda en la muñeca y sangraba.

–Muere –gruñó el kishime, blandiendo la punta de la cimitarra.

Grenio fue esquivando los golpes y retrocediendo en dirección a las ruinas del templo. Sulei lo atacó con furia. Su actitud había cambiado y ya no jugaba, parecía otro. No se comportaba como los otros kishime, consideró Grenio, era emocional.

Sulei se detuvo a tomar aliento. Había gastado demasiada energía en su último ataque. Sólo le faltaba comprobar algo más.

–¿Es verdad que puedes viajar por el espacio?

Grenio se había detenido junto a un pilar de piedra inclinado y enterrado en la tierra. Empezaba a entender que los kishime estaban muy interesados en su habilidad, eso era lo que les molestaba de él. Apoyó su mano derecha contra la piedra, para mantenerse en pie. De nuevo veía borroso, el efecto que lo había protegido ya no estaba funcionando.

–¿Es por la profecía, que están tan interesados en perseguirme? –preguntó, con voz calma, porque había aceptado que tenía pocas chances de sobrevivir.

–Claro. Desde hace quinientos años no es secreto que tu clan tiene que ser el destinado a convertirse en una fuerza destructiva. Pero aún no eres tan poderoso, sino ya me hubieras vencido –Sulei sonrió y se pasó la cimitarra a la mano izquierda, extendiendo la derecha para crear un poco de energía sobre su palma abierta–. Te falta algo... Si puedes usar tu habilidad, escapa de esto.

La energía bullía y giraba en forma de bola amarilla sobre su palma, y Grenio apenas podía sostenerse gracias a las garras clavadas en la piedra, el otro brazo todo inutilizado. Cayó en una rodilla, con punzadas de dolor en todo el cuerpo. No podía huir para salvarse, y no quería.

“Escapa”. Resonó la voz en su mente. Grenio sacudió la cabeza, molesto. No quería. “Huye y pelea después”. Aunque quisiera, no sabía como controlar esa habilidad.

Sulei lanzó la bola. El troga la vio venir. “Usa tus manos”. Extendió los brazos hacia delante, aun con el terrible dolor como si le arrancaran el izquierdo, a tiempo para recibir la bola y de alguna forma, reflejarla. Era caliente y le produjo un cosquilleo en todo el cuerpo. Sulei se sorprendió al recibir su energía de vuelta y apenas atinó a cubrirse con la cimitarra. La bola explotó contra la hoja cristalina y la onda expansiva le dio en pleno pecho y rostro, quemando su piel con un dolor imprevisto.

–¡Ah! –hacía muchísimos años que nadie lo hería, el dolor era una sensación peor de lo que recordaba.

Con rabia, se arrojó contra el troga, que se hallaba de rodillas, ocupado en apretar su brazo izquierdo. No podía usar su poder porque había aprendido a reflejarlo, así que aferró su cimitarra y le asestó un tremendo ataque. Grenio no pudo moverse a tiempo, sólo se hizo a un lado, sufriendo igual un corte profundo en un muslo. Ahora tenía otra herida abierta: le había arrancado un trozo de piel y carne. Cayó de lado, con pocas posibilidades de levantarse.

Pero Sulei tampoco estaba muy bien. Había usado su poder y realizado un esfuerzo físico sin tener más energía. Sintió un vahído y el latido irregular: corría el riesgo de que no le quedara nada para el viaje de vuelta. Usó la empuñadura como bastón para levantarse y le dio una última mirada:

–Espero que no mueras todavía –le hizo un saludo con la mano–. Nos veremos.

Desde el piso, Grenio lo vio desaparecer en un resplandor. Se sentía impotente, porque quería seguirlo y no tenía un gramo de fuerza. Tenía que haberlo vencido, sino para qué vino a ese encuentro. Junto a él, en la tierra, discernió unas trazas, las marcas de los dedos del kishime donde se agachó al dar su último ataque, y unas gotas de sangre.

Trató de incorporarse. “Debes usar el poder”, susurró alguien en su oído, “nadie te va a encontrar a tiempo para ayudarte con esas heridas”.

–No quiero ayuda –gruñó en respuesta, haciendo un terrible esfuerzo para levantarse sobre un codo, y esto lo dejó agotado en el piso.

“Vas a morir”.

–No... –tenía miedo aunque no quisiera admitirlo, y se lamentaba de no haber terminado sus asuntos–. Sal de mi cabeza –se quejó.

“Vas a morir, sin resolver tu venganza”.

Antes había probado a viajar adonde quería y no funcionó. Las veces que lo hizo fue casualidad, necesitaba ir a un lado y aparecía allí. Pero no podía controlarlo a voluntad.

“No pienses en el lugar. Lo que te hace falta es un ancla”.

–No sé que es...

“¿Adonde quieres ir?”

Tenía que seguirlo, porque ese kishime era líder de Bulen y por tanto el que estaba detrás de todos los procedimientos extraños: la persecución, el robo de las gemas y el rapto de Tobía, el cadáver de Tavlo. Estaban armando un pequeño ejército. La supuesta profecía.

“Imagina lo que hay en ese lugar”. Cerró los ojos. Sintió un escalofrío. Imaginó que las últimas fuerzas abandonaban su cuerpo. “No te des por vencido”.

Nunca. Se había dicho que no podía morir sin cumplir su trabajo como último miembro del clan, y no iba a desistir nunca. El frío subió por sus piernas y lo cubrió por completo como una sombra que se extendía sobre él, pero su cabeza todavía funcionaba con claridad. Lo envolvió una brisa, que se convirtió en olas de mar. En un movimiento ondulante el aire empezó a brillar. De pronto el suelo se abrió bajo su cuerpo y cayó al vacío, a la más absoluta oscuridad.

Cáp. 11 – En la oscuridad

Tobía estaba asombrado con su nueva compañía. Junto con uno de los trogas que lo atacaron en el monasterio, que ahora decía estar de parte de Grenio, y el viejo de piel arrugada y ojos saltones, que se les unió camino a la ciudad, los tres cruzaron la muralla medio derruida. Con mucha precaución, caminaron por las calles vacías y silenciosas. El troga con aspecto de reptil y ojos verdosos, le había dicho que si los kishime estaban tramando algo, quería verlo en persona. El viejo parecía más comprensivo con su causa, rescatar a Amelia.

–Ese palacio –señaló Tobía.

–Sí, he visto una de las torres iluminada por la noche –agregó Glidria.

En el acto, Trevla se confundió con los edificios de barro y piedra blanca, sobre las calles polvorientas. Lo divisaron como una mancha borrosa en el paisaje, mientras se perdía rumbo al palacio donde había estado encerrado el tuké.

–Supongo que irá delante de nosotros –comentó Tobía en voz baja.

–Sí... Pero nosotros debemos buscar una entrada mejor disimulada.

Glidria todavía tenía fuerza para saltar los muros cargando al delgado tuké y subir el terraplén de una fuente seca, que empezaba en una terraza unos pisos más arriba. Saltó otro piso y comenzó a escalar entre los complicados tejados del palacio hacia la torre oeste.

Trevla entró por la puerta principal, cruzándose con varios kishimes que no percibieron nada, salvo una brisa fría que atravesó la sala. Pasó la sala de armas y subió un piso por la gran escalinata. Llegó a una estancia recubierta de cerámicas blancas, iluminada por amplios ventanales, y ocupada por tres piscinas llenas de agua vaporosa. Saliendo de este baño por una arcada, había otro cuarto similar con pequeñas bañeras individuales de plata, que un sirviente rellenaba con baldes de agua fría.

El vapor de la habitación anterior se había pegado a su piel y su cubierta ya no era tan buena. El kishime vio una silueta difusa y extrañado, detuvo su tarea. Al instante,Trevla avanzó y antes de que pudiera avisarle a alguien, lo descalabró de un puñetazo. El kishime cayó de bruces en una bañera, con la cabeza sumergida en el líquido.

El tiempo parecía no transcurrir en ese ataúd blando y oscuro. Atrapada en un espacio apenas suficiente para permanecer de pie, Amelia se empezó a cuestionar cómo había llegado allí. Si se esforzaba, en su cabeza aparecían algunos recuerdos: distinguía a Kiren y Bulen en medio del bosque, luego se veía obligaba a seguirlo y ella estaba muy enojada con él, la recluía en una habitación enorme, y un kishime le ponía unos brazaletes en las muñecas. Luego, de nuevo aparecía Bulen junto a ella y entraban en un lugar raro, donde una especie de ataúd emitía un ruido y una vibración que invadía sus entrañas y le daba escalofríos, la premonición de algo espantoso. Le habían hecho algo, por eso estaba allí, en ninguna parte. ¿Cómo iba a volver?

Intentó golpear las paredes invisibles con sus puños. Parecía estar golpeando carne, porque sus manos se hundían y no producían ruido. En realidad, el único sonido era un murmullo muy apagado, como el pulso latiendo en sus oídos.

Necesitaba ayuda, que alguien la sacara de ahí. El ser que había aparecido antes...

¿cómo se llamaba? No le había dicho su nombre. Tenía que llamarlo.

–¡Hola! ¡Ey! –gritó con toda la fuerza de sus pulmones–. ¡Hola!

Sus gritos no salieron del reducido espacio que ocupaba, chocaron contra las paredes y reverberaron contra su propio cuerpo, taladrándole sus oídos hasta que sus ecos se desvanecieron.

“¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ¡Bulen! ¡Déjenme salir!”

Un temblor estremeció ese espacio, dándole un poco de vértigo. Tenía miedo de caer, porque más allá, por arriba y por abajo, sólo veía oscuridad y estrellas. Si estaba despierta, ¿cómo podía estar del lado de los sueños? ¿Estaba alucinando? ¿Drogada? Ahora podía pensar con más claridad, y por eso sentía más miedo. Cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa, pero lo único que venía a su mente eran las imágenes de una ensoñación, unos kishime caminando por una montaña cubierta de nieve, cielos azules, campos de batalla, una explosión poderosa que hacía volar la nieve, un sol rojo. No podía concentrarse y visualizar el rostro de su madre o su tía, o un recuerdo de su hogar, porque estas visiones interferían con fuerza.

Recordó que el ser brillante le dijo “no estamos solos”.

“¿Quién eres? ¿Por qué me tienes aquí encerrada?”

Trevla se detuvo en la punta del pasillo y calculó que si tenía que pasar por delante de cinco guardias, iba a encontrar algo interesante del otro lado.

Los dos primeros no supieron qué los golpeó. Cuando quisieron darse cuenta ya estaban en el piso, atravesados con sus propias lanzas. El resto se puso en guardia, apuntando sus armas hacia la amenaza invisible que venía por ese largo tramo de pasillo. Trevla corrió entre ellos, confiando en llegar antes de que su olor los alcanzara y pudieran localizarlo. Saltó para evitar la estocada del primero que barrió el aire con un corte horizontal, y enfrentó al segundo con un golpe en diagonal que cortó el pecho del kishime. Giró, usando su cola para derribar al otro, y detuvo una espada entre sus manos.

El troga se volvió visible ante los asombrados ojos de los dos kishime heridos.

El último, Sadin, observaba desde el fondo. Suspiró. Con todo su entrenamiento, había logrado un conjunto que exterminaba humanos con ansia feroz, pero no podía enfrentarse a un troga.

–¡Li mosi! –les ordenó, empuñando su látigo y marchando hacia Trevla–. E du. Mientras los jóvenes kishime le cerraban la salida, el troga se volvió hacia Sadin

sacando su arma, y esperando tener mejor suerte con este adversario. No quería ganarle a un montón de niños enclenques. Sintió un silbido y puso su espada en posición vertical, justo a tiempo de evitar que la delgada correa se enroscara en su cuello. El látigo se aferró a la hoja y Sadin tiró. La correa se tensó. Trevla mantuvo firmes sus manos en la empuñadura y ladeó la hoja, intentando cortarlo. Pero no tenía el filo necesario, y el látigo se le resbaló.

Sadin lo llamó, y con una rápida ondulación el látigo se depositó a sus pies.

–¡Le du kesi! –exclamó.

Trevla se dio vuelta, presintiendo que las palabras no iban dirigidas a él. Los otros dos corrieron y se lanzaron de un salto encima de él, cruzando en el último segundo sus lanzas, en un intento de cortar su cabeza de un tijeretazo. Trevla se agachó y extendió los brazos, sus puños impactaron con sus cuerpos y los dos kishime salieron volando. El que tenía la herida en el pecho, tosió, recostado contra la pared, y se miró la mano: había escupido sangre. Parecía más sorprendido que asustado o enojado, de que lo hubiera herido. Trevla los miró con desdén y echó un vistazo por encima de su hombro, sospechando de la quietud por ese lado.

Sadin contemplaba la lucha descontento. Trevla volvió a concentrarse al frente. El kishime que todavía estaba en pie, le apuntó con su lanza, inclinándose apenas, y permaneció inmóvil. “No voy a jugar a quien ataca primero con este niño”, pensó Trevla. Entonces, la lanza pareció temblar y desapareció de su vista, y al mismo tiempo el troga sintió el frío que atravesaba su hombro izquierdo. Atónito, comprobó que la misma lanza que se hallaba en manos del kishime, en menos de un segundo sobresalía de su cuerpo, y el otro ni siquiera había hecho un vaivén con su brazo. Sadin felicitó a su discípulo y caminó hacia el troga, en tanto este se arrancaba de su carne la punta, sin poder disimular un grito de dolor.

Detrás de Sadin, una puerta del pasillo se entreabrió y Tobía escudriñó el lugar. Vio que Trevla estaba ocupado con tres enemigos, y le hizo una seña a Glidria. Habían entrado a una habitación cualquiera por la ventana y tuvieron suerte. Ahora se dirigieron al final del pasillo, hacia la entrada que guardaba Sadin antes de distraerse con Trevla.

El viejo troga abrió la pesada puerta mientras el kishime enlazaba el brazo derecho de Trevla con su látigo, evitando que golpeara al discípulo que ahora lo atacaba con sus manos desnudas. Tobía y Glidria lo dejaron luchando por librarse de Sadin que intentaba ahorcarlo, mientras con su cola atacaba al joven, que saltaba sobre sus embates ágilmente.

Del otro lado de la puerta nacía una escalera de piedra en forma de caracol que se perdía en las alturas, un hueco sombrío sin ventanas. Comenzaron a subir, Tobía excitado y tembloroso, Glidria, sintiendo el presagio de algo impactante.

Había llegado al perímetro del palacio, sin poder coordinar el lugar exacto de su arribo. Un sirviente que lo encontró tirado en el piso, se apresuró a dar la órden de preparar una tina con agua salada y hierbas revitalizantes. Sulei recuperó la conciencia medio desorientado, y después de un minuto logró fijar la mirada en su sirviente y mandarle que recogiera su cimitarra. El sirviente lo ayudó a levantarse y lo llevó escaleras arriba. Entraron al palacio. Descansó en una otomana, mientras el otro colocaba la cimitarra en una caja de cristal en la sala de armas y buscaba ropa limpia para su señor. En eso, un kishime llegó bastante agitado y anunció que había encontrado a su colega medio ahogado en una tina, con signos de haber sido agredido.

–Cálmense –musitó Sulei–. Sadin se ocupará de nuestra seguridad. Mientras, Uds. vayan al sótano, al lugar donde les prohibí entrar, ¿recuerdan? Bajen por la primera puerta hasta el fondo. Encontrarán unas ruedas grandes que deben girar...

Su sirviente lo ayudó a entrar en una tina de plata y se sumergió completamente bajo las hierbas y semillas que flotaban en la superficie del agua fría. Sulei meditó: “¿Grenio no estaba solo? No constaba en lo que le habían contado. ¿Espías de Frotsu-gra?”.

La escalera de caracol les permitió revisar varios pisos, todos abandonados, hasta llegar a uno que Tobía reconoció. Abrió una puerta del otro lado del estrecho corredor y exclamó:

–¡Acá la tenían prisionera! –se internó unos pasos, dándose cuenta de que no había nadie aún antes de preguntar–. ¿Amelia?

Glidria posó los ojos en el diván donde todavía se notaba la huella de un cuerpo. El olor de la joven se percibía de forma sutil en el aire, e intentó seguir el rastro, pero allí desaparecía en el corredor. Tenía que haber usado la escalera. Glidria se detuvo, sorprendido, un pie en la escalera y otro en el umbral, percibiendo una vibración en el techo.

–¿Sientes eso? –le preguntó al tuké, que miró hacia todos lados, confuso.

–¿Qué?

En la oscuridad, seguía hablándole a un supuesto ser que por lo menos estaba en su mente. “¿Dónde estoy? ¿Estoy soñando o despierta? ¿Estoy en coma, o estoy alucinando? ¿Estoy fuera de mi cuerpo, como un viaje astral o algo paranormal?” Comenzaba a creer que las imágenes que la invadían de repente tenían un sentido. Tal vez era la forma en que se expresaba esa cosa.

Tal vez ni siquiera la entendiera. Necesitaba al ser brillante. Él parecía saber qué pasaba. “¿Por qué se fue sin darme aunque sea una pista?” Estaba confundida. Eso de no saber si tenía cuerpo o no, resultaba chocante. El tiempo seguiría pasando para el resto y ella estaba sola, flotando en la nada; era desesperante.

Las paredes se estremecieron. Esta vez lo sintió en su propio cuerpo. Este lugar, este universo en el que se hallaba, amenazaba derrumbarse. Lo que la sostenía perdió consistencia, se convirtió en una gelatina. Sus piernas estaban hundidas en lo negro, en las estrellas. Intentó aferrarse de algo, pero todo a su alrededor escurría. Ya estaba enterrada hasta la cintura.

Amelia gritó cuando todo su cuerpo fue succionado por la materia oscura. Cuando su cabeza se hundió, desapareció su conciencia.

Cáp. 12 – Rescate

Glidria subió y empujó la siguiente puerta, convencido de que había algo allí que producía un zumbido inquietante. Esperaba encontrar unos cuantos kishime, y se sorprendió al hallar un pasaje vacío. Los guardias habían bajado apenas Bulen cerró la puerta de la sala redonda, pues Sulei le había recomendado discreción. El viejo se acercó con determinación y se tiró contra la puerta en forma de arco con todas sus fuerzas.

La puerta permaneció incólume, pero del otro lado, Bulen y el guardia, e incluso el sirviente que los acompañaba, apartaron sus ojos del espectáculo que observaban. Alguien intentaba forzar la entrada. Bulen frunció el ceño. ¿Quién podía haber llegado hasta allí, teniendo en cuenta que estaban en uno de los últimos pisos de una torre, sobre cincuenta guardias kishime?

El zumbido cesó de repente. En realidad había cambiado de frecuencia. Bulen se aproximó al artefacto y dudó antes de tocar el fulgor que emitía el campo de energía. Sin embargo, el sonido lo alertó de que ya no estaba enviando ondas sincronizadas con la mujer, como al principio.

Tobía miró al troga, extrañado. Glidria se detuvo a escuchar, inquieto por ese súbito cambio, y se arrojó contra la puerta, que apenas comenzaba a astillarse, una vez más.

Contra sus expectativas, luego de que su cuerpo cayera por un agujero en la tierra, no apareció en otro lugar, sino que se quedó flotando en la oscuridad. No podía verse las manos ni los pies, ni sentía las heridas que deberían estar palpitando de dolor, ni olía a otros, ni veía nada a lo lejos. No tenía latido ni respiración. Estaba muerto.

“No te apures...” Escuchó. Sintió alegría; aunque no la había oído con sus orejas, la voz sólo había aparecido en su mente. “¿Dónde estoy?” Le preguntó.

“En el medio, entre el origen y el destino.”

O sea que había partido pero no había podido llegar a ningún lado.

“Te desmayaste en el último momento... creí que habías muerto, pero tal vez... Ya que estamos aquí, todo lo que tienes que hacer es surgir del otro lado”.

¿Cómo? Ya le había dicho a esa voz entrometida que no sabía cómo viajar. Lo hacía sin pensar. “Claro que piensas en algo, pero es tan rápido que ni tú lo percibes. Es como la intención, quieres algo y lo sabes, aunque no sepas cómo, por qué. Y como la voluntad, te diriges en una dirección u otra, porque así lo quieres.”

Esa voz no debía haberse percatado nunca de que sus explicaciones eran incomprensibles.

“En concreto, necesitas un ancla, una meta, como una luz en medio de la tempestad, para no terminar perdido en este lugar en cada ocasión. La dirección es otra persona, con la que compartes algo en la sangre. La otra persona produce una vibración que puedes reconocer entre millones. En tu caso, debes concentrarte en ella.”

Sorprendido, Grenio permaneció en blanco por unos momentos. La voz se impacientó. Si no colaboraba, iban a estar atascados allí largo tiempo y no creía que fuera seguro permanecer en ese estado inmaterial, disgregado, en medio de la nada.

El troga no era tan terco como para echar a la basura su vida, aunque tuviera que contar con ella para salvarse. Le parecía el colmo que fuera su brújula, pero al menos no tenía problemas para pensar en ella. El rencor por la caída de su linaje, sumado a lo que había pasado desde que la conoció, producían emociones que hacían difícil olvidarla o ignorarla. Sin embargo, por más que pensara en ir hacia ella, nada sucedió.

“Qué extraño. Hace un rato la percibía con claridad... hablé con ella... sus ondas

llegaban con claridad hasta la montaña.” Comentó la voz. Si le había sucedido algo grave, si había perdido la conciencia o peor, si estaba muerta, Grenio estaría en graves dificultades. La posibilidad de volver a algún sitio sería nula.

Trevla estaba enredado con el látigo de Sadin, que daba una vuelta a su cuello y cruzaba por su brazo derecho, manteniendo su mano inmovilizada junto a la cadera. Si intentaba moverse, el tirón lo asfixiaba. El kishime intentó golpearlo y Trevla lo paró tomándolo por la muñeca. El joven kishime que observaba, al notar que su maestro estaba trabado, aferró una lanza y la clavó en la cola del troga.

–¡Arg...

–Li pelu... –masculló Sadin, impresionado por la persistencia del troga.

El joven se preparó a darle el golpe de gracia, usando su puño abierto en un movimiento rápido que atravesaría su pecho y, si podía, le arrancaría el corazón para obtener su primer trofeo troga. Sadin lo contempló con un brillo de orgullo en sus ojos.

El golpe salió despedido, al tiempo que alguien se interponía empujando al joven kishime hacia la pared. Frustrado, chocó contra el muro y resbaló al piso. Miró y no había nadie.

–Llegas tarde –le dijo Trevla a su compañero.

Vlojo apareció junto a ellos empuñando una espada:

–No tanto... tuve que buscar por todo el palacio hasta encontrarte, hermano.

Estiró el brazo sin mirar y ensartó su espada en el hombro del kishime que se lanzaba hacia él. El kishime cayó sentado, asombrado, sosteniéndose la herida que manaba sangre: su visión se nublaba, no sentía el brazo.

Sadin había logrado liberar su mano. Calculó sus chances contra dos trogas. Podía ganar pero iba a salir herido. Al menos le gustaría saber por qué figuraban en la historia y qué tenían que ver con los planes de Sulei. Aflojó un poco el lazo y Trevla se soltó. El troga se detuvo un segundo a masajear su cuello y luego le señaló a su compañero:

–Glidria y un tuké se metieron por esa puerta. ¿Los seguimos?

–Sí, no queremos perdernos de nada.

Al unísono se lanzaron contra el kishime, que tenía poco lugar adonde moverse. Sus puños se cerraron sobre él y Sadin cayó noqueado. Los trogas llegaron al final del pasillo y siguieron tras el rastro de Glidria.

Después de un momento, Sadin se levantó del piso y fue a chequear el estado de sus alumnos. Ayudó a levantar a dos heridos y les encomendó que se llevaran a sus compañeros muertos. Luego se dirigió hacia la escalera.

Bulen trataba de averiguar qué le estaba pasando al artefacto y si esto podía interferir con los planes de Sulei. No tenía idea de que había vuelto y estaba unos pisos más abajo. Las ondas del aparato interferían con su percepción. Los otros dos kishime se habían apostado frente a la puerta, que cedió de repente con la fuerza del impacto combinado de los tres trogas.

Trevla y Vlojo irrumpieron en el salón, tomando cuenta de quienes ocupaban el lugar, y apuntaron sus armas hacia el guardia, considerando al sirviente inofensivo. Glidria y Tobía, que iban detrás, se quedaron estáticos contemplando el extraño objeto centelleante, con sus tentáculos carnosos envolviendo el cuerpo de la joven. Tobía avanzó, haciendo caso omiso de Bulen y los demás, absorto en el rostro aparentemente dormido de Amelia.

–¿Qué le hicieron? –balbuceó.

Bulen lo miró con indiferencia y comentó, fijando de nuevo sus ojos en la máquina, que comenzaba a palpitar con renovado ímpetu:

–Todavía vivo...

El brillo aumentó, iluminando con un color anaranjado hasta las columnas que rodeaban el salón. Glidria recurrió a su odre, Tobía retrocedió un paso.

–Lo que sea esa cosa... parece que no es seguro –dijo Vlojo a su compañero.

Pero antes que preocuparse por eso, tenían que ocuparse del kishime que no pensaba dejarlos pasar. El guardia se plantó frente a ellos, extendió los brazos, y mientras los trogas se preguntaban qué hacía, salieron despedidos por una tremenda descarga eléctrica.

Bulen dio un paso hacia Amelia, y al entrar en lo profundo de la luz, sintió una oleada repugnante que recorría todo su cuerpo, como si un líquido espeso lo invadiera corriendo por sus venas. Apoyó una mano en la frente de Amelia, que permanecía libre de hilos viscosos. Cerró los ojos y la llamó. No le contestó, pero pudo ver un campo negro lleno de estrellas que se acercaban tan rápido hacia él que parecían rayos dorados, y una flor roja de luz estalló en su mente. La explosión lo iba a alcanzar.

Asustado, quitó la mano y se apartó de la joven conectada al artefacto.

Dos niños delgados y ágiles corrían descalzos por la ladera de una montaña nevada, sus pies dejando ligeras huellas azules, apenas visibles. Uno de ellos se detuvo, a contemplar el disco rojo del sol que se elevaba sobre el horizonte. Su rostro se iluminó con una sonrisa. Su compañero había corrido más arriba, pero se dio vuelta a ver qué lo había detenido y también examinó la escena con interés. Un confuso color grisáceo revestía el cielo, mientras que del otro lado de la montaña el malva del amanecer aún no se había disipado. Lo embargó la emoción, porque el mundo era demasiado hermoso. Había tantos detalles que notar, como las facetas brillantes de uno de lo cristales de hielo junto a sus pies o los dientes que adornaban el borde de las hojas en el bosque. Aunque si hubiera estado solo, no se hubiera detenido ese instante, porque iban retrasados para la reunión de su Casa. Su amigo era un despistado. Tuvo que tirar de su brazo y sacarlo de su ensimismamiento.

Pero la montaña, la nieve, los dos niños, no existían hacía largo tiempo. La escena había ocurrido muchas eras antes, y ya no corría el riesgo de llegar tarde a ningún lado. El tiempo y el lugar no significaban nada para él. Pero por algún motivo, esos recuerdos se resistían a desaparecer. ¿Qué tenía que suceder para que se terminaran?

Amelia se encontró de pie sobre la baranda del balcón de una casa de piedra, al borde de un precipicio. El fondo era un borrón. La casa, cuadrada, gris, parecía pintada sobre el cielo azul, como si no tuviera espesor. Se sintió atrapada en una pintura. Junto a la balaustrada donde se había sentado había un copo de nieve. Lo tocó. No estaba frío, parecía un pedazo de goma.

“¿Qué es esto? Parece que estoy en un mundo de mentira, artificial”.

Se trataba de una imagen, como los niños que había visto antes, pero ahora estaba dentro de ella. Si pudiera hablar con el dueño de estos recuerdos, tal vez le enseñara la salida. El viento sopló. No había nadie alrededor. Se sentía sola. Le faltaba su cuerpo real y la sensación de lo material.

A su lado apareció un niño. La miró con expresión destrozada. Ella se preguntó qué le pasaría, parecía angustiado a punto de romper a llorar. El niño señaló el cielo. Amelia miró y vio el sol, rojo, hinchado, a punto de explotar. ¿Le tenía miedo? Quiso decirle que no les iba a pasar nada, que el sol estaría bien, pero ¿quién le iba a creer? El niño ya no estaba. Había saltado. Amelia lo miró y deseó seguirlo. Podía tirarse al fondo y ver que pasaba. De todas formas eso no era real, así que no podía estrellarse contra una roca. Se paró junto al borde y miró el vacío con aprehensión. Se necesitaba mucho valor para saltar, aunque fuera en un sueño. Pero tenía que ir a algún otro lugar.

Tobía intentó acercarse a Amelia para sacarla, pero Bulen se lo impidió, arrojándolo al piso. Miró a Glidria, suplicante:

–Haga algo –imploró el tuké.

Bulen se volvió hacia el viejo, imperturbable. Podía herirlo un poco antes de interrogarlo para saber qué hacían allí. Observó complacido que el guardia mantenía a los otros dos a raya, ya que después de haber sido quemados en el rostro y los brazos, no podían cambiar su piel y confundirse en el ambiente. Por su parte, Glidria se percató de que, irónicamente, no había hecho caso a su propio consejo, al ir a enfrentarse con un enemigo desconociendo su poder.

Iluminado por el fulgor anaranjado, Bulen dio un paso y levantó una mano hacia él.

En el artefacto, la mano de la joven se crispó un momento, volviendo a relajarse enseguida. Tobía notó el movimiento con alegría. Estaba viva. Se arrastró hacia ella y tomó su mano. Tenía que despertarla y luego salir de allí.

El aire vibró con violencia. El sonido pulsante se detuvo por un momento, como si hubieran bajado el volumen de golpe, y un viento sobrenatural barrió el recinto en círculos. Bulen se frenó a punto de atacar, prestando atención al artefacto; pero el centro de la fuerza centrífuga que parecía chupar el aire, el sonido, la luz, hacia sí mismo, no provenía de la caja sino de un punto hacia su derecha. En ese momento, la luz que había tragado fue expulsada de un fogonazo, el aire volvió a la normalidad, y Grenio se materializó junto a ellos.

Glidria tragó con dificultad. Intentaba encontrar su voz y poder alegrarse de verlo, pero estaba muy impresionado.

El recién llegado oteó el lugar, echó un rápido vistazo a quienes lo rodeaban, y por último se chequeó a sí mismo. Sentía la cabeza ligera. Sus heridas parecían haberse recuperado bastante; sólo tenía una ligera depresión donde su hombro había sido destrozado, y le faltaba además un pedazo de piel en un muslo, que todavía sangraba.

Reanudando su interrumpida acción, Bulen redirigió su ataque hacia Grenio y le tiró una descarga. Sin alarmarse, Grenio levantó un brazo como escudo, y le devolvió el ataque. Bulen se apartó a tiempo, pero la energía impactó contra su sirviente, que cayó muerto. El guardia, que vigilaba los movimientos de Trevla y Vlojo, aprovechó que estos habían quedado inmóviles de la sorpresa, se volteó y arrojó su lanza contra el troga.

Grenio le agradeció el gesto, atrapándola en el aire. Ahora tenía un arma. La hizo girar entre sus manos, y el kishime retrocedió, alarmado por su expresión. Pero a Grenio no le interesaba él, se lo dejaba a los otros. Tenía a Bulen delante y esta vez no se le podía escapar.

En cuanto el brillo del artefacto empezó a disminuir, Tobía se animó a volver, ya que aún se sentían esos latidos, pero no parecía a punto de explotar. Revisó la superficie brillante, en busca de algún interruptor o seña.

–¡Amelia! –la llamó, susurrando junto a su oreja–. ¡Amelia! Ella parpadeó, y abrió los ojos gritando desesperada.

Cáp. 13 – Derrumbe

Un minuto antes estaba cayendo a un precipicio, chillando de pavor y acercándose a velocidad creciente al fondo. Lo alcanzó. Era una bruma espesa y la atravesó. No había suelo. Al abrir los ojos, estaba de vuelta en el mundo real. Reconoció a Tobía y dejó de gritar. Inhaló aire, profundamente aliviada de volver a tocar, a ver, a respirar. Intentó levantarse; las hebras que unían sus tejidos al artefacto se disolvieron y cayeron sobre la superficie ambarina, que había cesado de resplandecer. Estaba feliz de sentir su piel de nuevo, pero se percató de que estaba desnuda y se apresuró a cubrirse con sus brazos.

–¿Qué pasa? –exclamó, saltando y ocultándose detrás del artefacto junto a Tobía.

Del otro lado, Grenio y Bulen luchaban, lanza contra espada, abstraídos de todo a su alrededor.

–¡Grenio! –murmuró, asombrada.

También sintió un alivio increíble, porque todavía estaba vivo. Pensar que había matado a alguien, la torturaba. Algo tibio cayó sobre sus hombros. Glidria le había arrojado la capa que llevaba colgada de un hombro, para que se cubriera. Le agradeció con una sonrisa, y se sorprendió porque también se alegraba de ver a este horrible anciano con ojos redondos sin párpados, que la miraba siempre fijo.

–Muchas cosas –le contestó al fin el tuké, muy agitado–. Pero antes que nada, tenemos que salir de aquí.

Sulei se levantó chorreando agua, salió de la bañera y tomó su ropa nueva, su habitual conjunto negro. Se dirigió al primer piso del palacio y les ordenó a todos los que aguardaban allí que tomaran sus armas y estuvieran listos para lo que fuera.

Sus sirvientes ya habían adelantado bastante cuando bajó al subterráneo. Primero, habían hecho un gran esfuerzo para girar unas enormes norias que abrían la salida al río. Luego tomaron una carretilla y se dirigieron al siguiente corredor. Habían colocado el armatoste en forma de pirámide sobre el tablón con ruedas y lo estaban llevando por un corredor que bajaba y luego subía, cuando Sulei tomó una antorcha y los acompañó. Al final del tortuoso túnel, descubrieron una caverna amplia y húmeda, donde las negras aguas de un lago esperaban ser perturbadas por primera vez en cientos de años. Sulei empujó un lanchón hacia el embarcadero y los sirvientes hicieron descender su carga en él.

El agua se desplazó con un sonido pegajoso, chocando contra el moho de las lejanas paredes. Sulei les entregó la antorcha y les indicó que los seguiría después. Uno de los sirvientes empujó la barcaza por medio de una larga pértiga hacia la salida, invisible del otro lado de la caverna.

Bulen advirtió que los movimientos del troga habían mejorado en velocidad y precisión. Cada estocada que intentaba, se encontraba con la lanza. Pensaba superarlo con su agilidad; pero a pesar de sus heridas, Grenio nunca le daba la espalda, siempre atento a sus movimientos. El kishime se detuvo a calibrar la situación. Sulei lo estaba llamando en ese momento, y le decía que llevara a la mujer.

Necesitaba derrotarlo ahora para encontrarse con su señor. A la vez que frenaba un lanzazo, Bulen comenzó a retroceder.

Grenio se interpuso en su camino, salvando de un salto el artefacto y parándose frente a los dos humanos.

–¿Es esto lo que quiere? –murmuró el troga, con voz grave, decidida.

Bulen permaneció en silencio. Todos los demás se habían detenido para escuchar.

–Sé que me entiendes –continuó Grenio–. ¿Dónde está el otro, tu jefe?

No podía hacerlo. Sintiéndose un fracasado por primera vez en su vida, Bulen se dio media vuelta sin contestar, y salió al corredor.

Grenio resopló y se dispuso a seguirlo, pero antes tomó el brazo de Amelia. Ella lo siguió a los tropezones mientras él corría a grandes zancadas y se lanzaba escaleras abajo. Trevla los escoltó, dejando a Vlojo el placer de reventar la cara del guardia de un codazo. Tobía y Glidria siguieron, pisando sobre el guardia desmayado.

Mientras trataban de alcanzarlo en vano, Bulen se había trasladado de la torre al primer piso en un parpadeo, encontrándose con Sulei en la sala de armas.

–Deli Sulei –se disculpó, bajando la cabeza–. Apareció Grenio y no pude derrotarlo.

Además, Sadin ha dejado que entren tres trogas al palacio.

Su instructor de lucha había resultado un inútil. No, un traidor. Sulei lo espió, escurriéndose hacia los sótanos. Sadin había dejado un grupo cuidando la salida de la torre, y luego se dedicó a averiguar qué tenía Sulei tan escondido en la bodega a la cual no le habían dejado entrar. La encontró vacía. Una cámara circular iluminada por luz tenue; en el centro se veían las marcas de algo pesado que había sido arrastrado hacia fuera, dejando huellas en el polvo a lo largo de un corredor. Por allí se percibía un olor a humedad y un sonido como de agua. Volvió arriba y se detuvo en la primer planta. Luego de pensarlo un rato, decidió salir al jardín.

Por fin habían dejado la torre y desembocaron en una larga galería que en cada extremo terminaba en una escalinata, y ambas abrazaban el salón principal del primer piso. Grenio disminuyó la velocidad y Amelia pudo recuperar el aire, mientras descendían lentamente los escalones. Adoró la luz del sol que fluía por todo el salón, luego de estar encerrada en un mundo oscuro. Al cabo de un rato, reconoció el lugar, por donde había salido con la ayuda del kishime vestido de negro.

–Él es... –susurró, viendo por primera vez que abajo los esperaban Sulei y Bulen.

Grenio la miró enojado, avisándole que no se le ocurriera acercarse a ellos.

Aquel kishime le había dicho que le simpatizaba, ¿quién era? Notó que Bulen se mantenía un paso detrás de él, con deferencia, y cuando hablaron lo miró con admiración, muy distinto al rostro frío que le había puesto a ella. Ahora se dio cuenta de que la amabilidad que le había atribuido era todo su imaginación; Bulen nunca la había mirado más que con desdén.

–No esperaba verte tan pronto –dijo Sulei, sonriente, lo que aumentó el mal humor del troga.

Antes de que posara sus pies en el suelo, por los costados del salón entraron dos filas de veinte kishime, armados, y los rodearon. Grenio los contó con calma, esos no le preocupaban.

Sumándose a la fiesta, Trevla y Vlojo emergieron en la cima de las escalinatas, listos a saltar a la batalla.

–Supongo que ya podemos sacarnos las máscaras –continuó el kishime, adoptando un tono más serio y con los ojos puestos en Amelia, quien se había ocultado detrás del troga, apretando la capa que la cubría con manos temblorosas–. Yo soy el consejero Sulei y estos son mis hombres. Ya conocen a Bulen, mi mano derecha. Uds. son sin ninguna duda, la profecía. Los demás –añadió, señalando a los otros trogas con un gesto de cabeza–, son interferencia. Pero, si salen con vida y llegan a su tierra, pueden decirle al resto que considere esto mi declaración de guerra.

Los kishime alzaron sus armas. Amelia se encogió, estupefacta. Grenio seguía con los ojos fijos en Sulei, los puños cerrados, y lleno de una ira que hacía brillar sus ojos color fuego. Cuando sintió un temblor ni siquiera se dio cuenta de que provenía del propio edificio.

Bulen levantó la cabeza hacia el techo, preocupado, percibiendo los temblores que sacudían las paredes por oleadas.

“¿Un terremoto?” se preguntó Amelia, sintiendo que el piso se volvía inestable.

Glidria se había detenido a ayudar a Tobía, que tropezó bajando de la torre y rodó unos cuantos escalones casi llegando al fondo. En ese momento, las paredes vibraron una vez y ellos quedaron quietos, pasmados, porque no sabían lo que era un terremoto. Luego los temblores se reanudaron, sacudiendo la torre, hasta que polvo y pedazos de escombro empezaron a caer sobre sus cabezas. Salieron huyendo de ese espacio reducido, pero el desastre se expandía también al resto del palacio. Cuando alcanzaron a los demás, hasta los kishime estaban bastante nerviosos, contemplando las grietas que se iban formando en los muros. El palacio tenía mil años, y había sido construido por segmentos. No resistiría el sacudón de una de sus partes.

–¡Esa cosa se está moviendo! –clamó Glidria, saltando en medio y haciendo caso omiso de la seriedad de la batalla por comenzar–. ¡La torre va a caer encima de sus cabezas! ¡Vayan a pelear a otra parte!

Amelia no había comprendido sus palabras pero compartía su agitación y las ganas de salir de ese lugar. Los temblores, percibió al fin, no venían de la tierra sino de la torre, donde estaba el artefacto que le daba escalofríos tan sólo recordar. Parecían ir en aumento. Iba a poner una mano en el hombro de Grenio para rogarle que huyeran, cuando vio una figura flotando a su lado. Una figura, porque no tenía la consistencia de un cuerpo; boquiabierta, reconoció al niño del sueño, translúcido, resplandeciente, flotando en el aire.

–¡Tú! ¿Qué haces aquí? –le preguntó, porque debía estar adentro de la máquina.

“Creo que salí contigo... una parte de mí... pudo escapar, un poco”, le contestó una voz profunda que no correspondía a esa imagen infantil. “Me di cuenta, cuando estuvimos unidos... los mismos sentimientos... extraño tener un cuerpo... quería salir”.

Exasperado, porque sentía crujir el adobe de la torre bajo la fuerza de las vibraciones y esto le haría retrasar sus planes, Sulei ordenó a sus hombres que salieran y a Bulen que retrocediera. Pero este no pretendía dejarlo solo.

–¿Tú estás causando los temblores? ¿porque estás adentro de la máquina? –Amelia preguntó con compasión, tendiendo una mano hacia la figura.

El niño intentó tocarla, pero sólo era un fantasma, sin carne, sin tacto. Su desesperación, sin embargo, era bien palpable. Su voz sonó más agitada: “no... yo soy eso... querían que me convirtiera en eso... para que mis habilidades duraran, siempre siempre”. Pero no sólo su poder había quedado atrapado en el artefacto mecánico, toda su carne, su espíritu, sus recuerdos, se habían metamorfoseado en una cosa que no moría, y no estaba viva. Estaba aburrido y cansado. No podía salir. Al final, se había dado cuenta de todo esto.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó Amelia con voz trémula, asustada porque ya imaginaba la respuesta, recordando el sol rojo que parecía estallar.

Grenio la miró con expresión rara, porque estaba hablando con alguien que no podía ver. Sólo ella lo veía, sólo con ella podía comunicarse. El niño pareció sonreírle y se esfumó.

Las vibraciones alcanzaron su máxima frecuencia y siguió un resplandor que podía ser visto a muchos kilómetros de la ciudad, saliendo de la torre. El brillo pareció disminuir, de blanco a amarillo y luego rojo. En realidad, su material ambarino ya no pudo contener dentro una energía enorme que pulseaba por salir y el artefacto reventó en una explosión escarlata que se llevó consigo la parte superior de la torre, arrojando piedras y polvo a cientos de metros. Mientras una grieta se abría a lo largo de lo que quedaba de torre, partiéndola en dos, Sulei y Grenio seguían detenidos en medio del salón, con la mampostería cayendo a su alrededor. Trevla y Vlojo pasaron por su lado, puesto que ya todos habían escapado, inclusive el viejo, y no tenía sentido quedarse para ser enterrados. Bulen miró nervioso a Sulei, en tanto media torre se despegó de su contraparte y se desplomó sobre el techo del salón produciendo un sonido estrepitoso.

Tobía abrazó a la joven, que temblaba incontrolablemente. Sulei cedió, pero antes de desvanecerse con Bulen, les dijo:

–Mi oferta sigue en pie, monje. Nos veremos después...

Saliendo de su mutismo, Grenio los empujó hacia la única salida que quedaba libre, una terraza bajo una ancha escalinata. Estaban a un segundo de que el techo cediera bajo el peso de los escombros. A sus espaldas, se elevó una columna de polvo y hubo un gran estruendo. Sin detenerse, bajaron a los jardines y siguieron corriendo. Perdido todo equilibrio, el palacio entero comenzó a resquebrajarse y hundirse sobre sí mismo.

Cáp. 14 – Escape

Sadin fue testigo de la explosión y del escape, pero no vio salir a Sulei. Sin embargo, no podía creer que no hubiera salido; tal vez usando el subterráneo, que él no se había atrevido a revisar hasta llegar al agua. Ahora se coló por las ruinas de la ciudad, evitando a los otros de su Casa. De pronto, vio por el rabillo del ojo una sombra que se despegaba de un muro y se volvió a enfrentarla, pensando que alguien lo seguía.

–Un espía... –comentó, acercándose látigo en mano.

La reconoció, era un íncubo que Bulen había usado para obtener información, sacándolo de entre sus filas de nuevos aprendices. Tenía la apariencia de una pequeña humana, así que era perfecto para infiltrarse sin causar sospecha. A él, se le ocurrió un nuevo uso. La presentaría como testigo ante el Kishu, comprobando que la verdadera humana de la profecía seguía viva, y que Sulei había engañado al consejo enviándoles un cadáver cualquiera.

Los trogas se detuvieron frente a la carcasa de un edificio y miraron alrededor, un poco avergonzados de que alguien hubiera sido testigo de su pavor al salir corriendo. En el momento de la confusión, entre el ruido y el polvo, todos habían huido entremezclados. Ahora, los kishime se reunían en pequeños grupos. Uno de estos conjuntos contemplaba el palacio derrumbado desde una azotea vecina.

Trevla se pasó una mano por la frente y suspiró, mientras Glidria se sentaba sobre una roca y sacaba su odre, que sacudió alarmado, pues ya no le quedaba ni una gota.

Amelia estaba parada mirando los restos de la torre, pensando en el niño que le había hablado. “¿Qué le habrá pasado? ¿Habrá logrado lo que quería? ¿Está muerto?”

Sintió una presencia a su lado que la sacó de su abstracción. Creyendo que era Tobía, se volteó, pero vio a Grenio que, cruzado de brazos, parecía ignorarla, mientras que el tuké estaba tirado a sus pies adonde había caído desfallecido.

–¡Tobía! –exclamó, alarmada.

–Déjalo. Está bien –Amelia miró fijamente a Grenio, que seguía en la misma posición, fascinado por el desastre.

–Gracias a ti, Grenio. Siempre supe que ibas a venir a salvarme –bromeó Tobía.

Ahora que no estaba ocupado con los kishime, caviló Amelia poniéndose nerviosa, seguro que querría vengarse de ella por lo sucedido. En cierta forma la había rescatado de los kishime, y se sentía profundamente agradecida. Pero recordaba con claridad su salvajismo al atacar a una niña indefensa. Sus motivos eran siempre egoístas y violentos.

–¡Espera! –exclamó, asombrada, al darse cuenta de que recién había entendido sus palabras, su lenguaje–. ¿Qué pasa? ¿Quién eres tú?

Tobía se reclinó sobre un hombro para escuchar mejor. Grenio, que había estado absorto en los sucesos del día, lamentando que esos dos se le habían escapado y cuándo los volvería a encontrar, recordando las habilidades que había usado con la ayuda de la voz, que ya no había oído desde que salió de la oscuridad, se encontró con una nueva sorpresa. Se volvió hacia la humana, la contempló, esperando que dijera algo más. Ella, en suspenso, todavía esperaba una respuesta. ¿Estaba confundida, o su mente se había descompuesto por haber sido conectada a esa cosa?

–To pu’pogasa... gonia ja –susurró él, aguardando con mucha expectativa algún signo de comprensión.

Amelia inspiró, cambiando lentamente su expresión de pasmo a una calma extraña.

Glidria se levantó, alarmado. Trevla y Vlojo, también se dieron cuenta de que unos kishime pasaban corriendo a su lado, aunque sin prestarles atención. Las bandas de kishime que hasta ese momento andaban esparcidas por la ciudad, se iban concentrando en dirección oeste, desapareciendo fuera de la muralla de Tise.

Cuando Amelia reaccionó, Grenio ya no tenía su curiosidad puesta en ella porque veía venir algo de muy lejos. Siguiendo la misma dirección que los kishime, como si los persiguiera, una nube de polvo y un eco de cascos se hicieron presentes, anunciando la llegada de un viejo conocido.

–¡Increíble! –exclamó ella, acercándose a recibir a su caballo, que creía perdido desde que los kishime se la llevaron. Aparentemente lo habían dejado libre y luego de la conmoción, el fiel animal había vuelto a ver qué había sido de su ama. Corcoveó, bufó, y luego ella acarició su morro con satisfacción–. Hola, bebé, ¿dónde te metieron, eh...?

¿Qué haces?

El caballo metió su cabeza en el hueco de su cuello, resopló por la nariz, y luego fue a saludar también a Grenio, quien le dio unas palmadas en el lomo.

Amelia se llevó una mano a la boca, preocupada, casi asustada. Al pasar por su lado, había visto que el animal todavía llevaba la espada ensangrentada colgada de la talega.

Ya que todos los kishime habían huido y Grenio no tenía interés en seguirlos, los guerreros de Fretsa decidieron reanudar el viaje para encontrarse con su jefa, y ahora llevarle importantes noticias sobre los planes de Sulei. Por su parte, Glidria volvía a su montaña, contento de haber salido con vida de ese nido kishime. Ya era de noche y estaban parados en una colina rodeada de arbustos espinosos, no muy lejos de donde había cuidado de sus heridas:

–Deberías irte con Trevla y Vlojo –le sugirió Grenio.

–¿Qué, crees que me voy a sentir solo, ahora que no hay más humanos? –replicó el viejo, observando las aldeas desiertas y los rebaños deambulando por el valle, puesto que sus cuidadores habían sido exterminados–. No soy como tú –se burló.

–Lo decía por los kishime –gruñó Grenio, enojado–. Recuerda que de aquí en adelante debemos considerarnos en guerra, y todo cuidado es poco. No subestimar al enemigo,

¿recuerdas?

–Ah... Pero eso es tu problema. Yo estoy muy viejo, ya no voy a pelear por nada, ni por nadie. Esos monstruos, además, ya dejaron este valle. Es un lugar seguro.

Como para desmentir sus palabras, en ese momento una lengua de fuego surgió de la ciudad y se expandió como una serpiente roja hacia el río, dispersándose luego en todas direcciones. Los pastos altos, secos, ardieron con facilidad. Pero no había sol que causara un incendio espontáneo. Al mismo tiempo, varios puntos del valle, donde antes había aldeas y chozas, comenzaron a arder, diez piras rojas iluminando la noche con su luz.

Tobía y Amelia vinieron corriendo, atraídos por el terrible espectáculo.

–Están destruyendo todo... –señaló ella, confundida.

–No puede ser –dijo Tobía, con cara de incredulidad–. Los kishime adoran la naturaleza, nunca harían algo así sólo por el placer de la destrucción.

–Entonces, ¿fue otra cosa? –preguntó ella, pensando en la destrucción de la torre.

Para Grenio, era obra de Sulei, pues él tenía designios que ni los otros kishime imaginaban, y no se detendría ante nada, ni aún ante sus propias creencias, si eso servía a lograr su propósito. Lo que le preocupaba era lo que guardaba en el subterráneo. Le hubiera gustado ir a revisar las ruinas, aunque le daba escalofríos volver a encontrar algún artefacto misterioso.

El valle ardió con furia y para la mañana, cuando llegaron al paso por donde cruzarían las montañas, y se detuvieron a contemplar el paisaje que iban a dejar atrás, lo que había sido verde y rebosante de vida, ahora estaba cubierto de humo y cenizas. Todavía quedaban bosques enteros, que serían consumidos antes de que la lluvia calmara el ansia devoradora del incendio.

Info: Los kishime

Biología: se parecen a un adolescente humano , de aspecto frágil y delicada piel. Viven hasta 40 años, pero en gral mueren mucho más jóvenes debido a sus fabulosas habilidades, que los desgastan. Estas se basan en el control de un elemento natural (agua, electricidad, metal, tierra, etc) Los kishime se nutren de las sales y minerales del agua, y necesitan aire fresco y sol. Los que nacen sin habilidades son muy débiles y en gral se convierten en sirvientes de otros.

Organización Social: un kishime puede tener un vástago en su vida, fruto de la maduración natural de su cuerpo. Al nacer son criados en una nursery y nunca se sabe de quién provienen, son todos hijos de la comunidad. Luego pasan a escuelas comunales y se esfuerzan por destacar en alguna habilidad para ser elegidos por un kishime mayor, el Señor de una Casa. Desde los 11 o 12 hasta su muerte viven bajo su dirección, y aunque no tienen obligación de obedecer sus órdenes, en gral lo hacen por respeto, para mantener el orden social, o para ser nombrados sucesores.

Organización política: el Consejo (Kishu) está formado por diez Señores, en base a su prestigio personal. El Kishu decide en materias que afectan a toda la raza, y dirime en caso de conflictos entre distintas Casas.

Glosario II (kishime)

deli – disculpe

se iku – saludo

file – honorable

zaleli – flores

geshidu – viaje al otro lado

demesu – por favor

di – eso,lo /li – el, este, los /ti – y

gosu – joven

kokume – humanos

osu – percibir

gekimi – gracias

sofu – profecía o "distante futuro"

pelüshi – matar

shaké – evitar en el futuro

laru – pobre, qué pena!

su – nuevo

shoko – gran señor

goshe – señores, amigos

fishi – cielo

fagakimi – tontos, inferiores

fagame – trogas

bü – hermoso

shala – espada espiritual

medu – olla, pote, vaso

delebo – aniquilación

kishu – consejo, autoridad máxima compuesta por 12 jefes elegidos por su notoriedad

Continúa en “Amelia: De tres, el poder del Elegido”

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