Amor Paternal por Cristina Marín - muestra HTML

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El momento había llegado. Rafael cogió la mochila con sus pertenencias, entre las que se llevaba lo más importante para él: la foto, ajada por el paso del tiempo, de una mujer joven y guapa.

-Se acabaron las vacaciones. ¿Ves como quince años no eran para tanto? –le dijo con sarcasmo el carcelero.

En la entrada del centro penitenciario lo esperaba su amigo Guillermo. Llevaba un rato apoyado en su coche, mirando al reloj cada segundo, perdiendo la cuenta del número de cigarrillos que se había echado desde que estaba allí.

De pronto, dos guardias abrieron la puerta. Guillermo tiró el cigarro que acababa de encender, lo pisó deprisa, y los observó. Rafael salía despacio, con su mochila colgada de un hombro. Aunque había pasado allí mucho tiempo, se conservaba bien a sus treinta y cinco años.  

Rafael aún era joven, podía disfrutar de la vida, y recuperar lo que se había perdido. Respiró hondo, y miró hacia el cielo. Después, bajó la vista, observó a su alrededor, y vio a Guillermo. Suspiró una vez más.

No hicieron falta las palabras. Se abrazaron con una emoción incontrolable. Se miraban, y volvían a abrazar, como si todavía no lo creyeran.

Montaron en el coche, y Guillermo puso la música a todo volumen. La carretera era suya, al igual que la libertad que Rafael sentía en ese momento. Guillermo bajó las ventanillas y apretó el acelerador.

-¡Como en los viejos tiempos, Rafa! –estaban escuchando una canción de Madonna que ponían cuando iban de marcha por el barrio. Era el momento ideal para recordarla.

Guillermo seguía pisando el acelerador, y se adentraron en la autovía. No paraba de gritar y de golpear con las manos el volante al son de la música. Rafael lo observaba, y de vez en cuando volvía la vista hacia su lado de la ventanilla, miraba hacia arriba, y sonreía.

Se desviaron por una carretera que conducía a una urbanización de chalets. Frente a uno de ellos les esperaba Victoria, la mujer de Guillermo. Al verlos llegar, ella salió corriendo a abrirles la puerta. Aquel lugar era precioso. Alrededor de la casa había numerosos rosales, y destacaban por su gran cuidado.

El interior de la vivienda era impecable. Todo estaba muy limpio y ordenado. Rafael recorrió la casa estudiando cada hueco. Entró en cuartos como si nunca hubiera estado allí antes. Accedió en último lugar al comedor, y una vez dentro, sintió como si alguien hubiera cogido su corazón y lo hubiese apretado con fuerza. En el fondo de la habitación había un montón de cajas llenas de ropa, fotografías, libros, objetos personales. Rafael se acercó a una de ellas, se puso en cuclillas, y comenzó a sacar las cosas que se encontraban en su interior. Sin decir nada, una a una las colocaba en el suelo deprisa: un pantalón, una camisa, una bolsa de aseo. De pronto, halló una foto igual a la que había metido en su mochila antes de salir de la cárcel. Se puso en pie con ella en la mano, la observó muy atento y, sin poder evitarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas. Victoria se acercó a él, y apoyó una mano en el hombro:

-No te martirices más, tú no tuviste la culpa de nada.

-No he dejado de pensar en ella ni un solo día.

-Es hora de que mires hacia delante –dijo Guillermo al tiempo que quitaba la foto de sus manos y la volvía a meter en la caja-. Debes estar preparado para esto.

Rafael guardó silencio unos segundos, después, prosiguió:

-¿Tú crees que ella me reconocerá?

-Era muy pequeña cuando ocurrió, dudo que te recuerde, pero tienes que decirle la verdad -Guillermo lo miró con lástima, pero al mismo tiempo con seguridad. Abrió uno de los cajones del mueble que había junto a la televisión, y sacó un archivador lleno de papeles y documentos. Acto seguido, retiró el jarrón situado encima de la mesa enorme donde comían, y lo colocó sobre ella.

-¿Ahí está todo? -preguntó Rafael.

-Desde el primer día.

La pareja se miró mientras Rafael se sentaba en una de las sillas y cogía aquel archivador muy despacio. Lo abrió cuidadosamente, como si su vida dependiera de ello. Lo primero que pudo ver fue la fotografía de un bebé recién nacido; tomó aire. Siguió pasando y encontró un sobre lleno de cartas, apenas cabían en su interior, y al intentar cogerlas, una cayó. Sin pensárselo dos veces la cogió, y leyó para sí uno de los párrafos: “¡Embarazada! Ya hace cuatro meses y aún no me lo puedo creer. ¡Somos los más afortunados del mundo! Vamos a ser muy felices, ya lo verás”.

Rafael estrujó la carta contra su pecho y rompió a llorar. La rabia le comía por dentro. Guillermo se limitó a observarlo, y Victoria intentó quitarle la carta de sus manos:

-¡No! ¡Suéltala!

-Ya está bien, Rafa, esto no es necesario -añadió ella al tiempo que probó, sin éxito, alejar el archivador de él-. ¡Basta! No tienes por qué ver más.

-Debe asumir lo que pasó –dijo Guillermo.

Rafael lo miró sin saber qué decir, y volvió a observar la foto de la chica.

-Si ella estuviera aquí, todo sería más fácil –aseguró mirándolo tras aquella niebla que había empañado sus ojos.

-Rafa, no le des más vueltas. Ana murió hace años. Ahora lo que importa es…

-¡La mataron! –gritó dando un fuerte golpe en la mesa. 

-Vale, es cierto, y ese hombre ya está bajo tierra, ¿qué más puedes hacer?

-Nada, ya hice bastante. Si yo hubiera estado con ella…

-¿No hemos avanzado nada? -planteó Guillermo frunciendo el ceño. -Creía que estos años en la cárcel te habían hecho más fuerte, pero sigues siendo el mismo niñato que entró. Así no vamos a ninguna parte, joder.

Guillermo salió del comedor dando un portazo.

-Tiene razón –dijo Victoria. -De nada sirve lamentarte, no puedes cambiar las cosas. Aquel hombre fue el único responsable. Sólo él, nadie más.  

Rafael quedó pensativo, fijando la vista en el suelo.

-Ese día le dije que iba a ir a cenar a las nueve en punto, pero se me complicaron las cosas con el camión y tuve que trabajar hasta más tarde -miró a Victoria con rabia. -Ni siquiera la avisé.

-Vuelvo a repetirte que tú no disparaste a tu mujer. Quizás deberías agradecer que no estuvieras en casa con ella, porque tal vez ese hombre os hubiese matado a los dos.

-Hubiera preferido estar muerto que vivir el infierno de los últimos quince años. Ese “hombre”, como lo llamas tú, acabó con dos vidas aquella noche. Nos mató a los dos. No merecía vivir, no era justo. Y tampoco merecía que yo cumpliera pena por matarlo -guardó silencio, esperando que Victoria dijese algo, pero a ella no le salieron las palabras. -Me he sentido más culpable por la muerte de mi mujer que por la del tío que la mató.

-De cualquier modo, ya has salido, Rafa. Lo que tienes que hacer es pensar en el futuro. Ahora hay otra persona que te necesita, que no entiende ni de culpables ni de justicia. Simplemente merece saber quién eres, eso es todo. Y tú eres el único que debe contarle toda la verdad. Piénsalo. -Victoria le dio un beso en la mejilla, y lo dejó solo.

Recordó entonces aquella noche de septiembre de 1994, la peor de su vida. Ana había preparado la mesa para los dos, y llevaba puesto su mejor vestido. Se acomodó en el sofá, frente al reloj de pared, el cual marcaba las diez y cuarto, y respiró profundamente. Volvió a mirar el reloj, esta vez el de su muñeca, y se retocó el pelo. Después, mandó un mensaje al móvil de Rafael: “la niña ya está durmiendo. Podremos cenar tranquilos. No tardes. Un beso. Te quiero”. Pero los minutos transcurrían y no tenía noticias de él. Las diez y media, las once menos cuarto, las once, las once y cuarto. Entonces sonó el timbre. Ana se levantó del sillón, alisó su vestido y, riéndose, preguntó en voz alta: “¿otra vez se te han olvidado las llaves?”. Abrió la puerta sin comprobar quién había llamado, y su corazón dio un vuelco cuando encontró a un hombre con el rostro tapado. Ana intentó cerrar, pero fue inútil, éste se lanzó hacia ella brutalmente, y rodeó con un brazo su cuello. La arrastró hasta el comedor, cerrando la puerta a sus espaldas. Ana quiso por todos los medios soltarse de él, pero era demasiado corpulento. La arrojó contra el sillón, y acto seguido se puso encima de ella sujetándole los brazos e intentando separarle las piernas. Ana consiguió agarrar el pasamontañas y quitárselo.

-¡No debiste hacer eso! -gritó el hombre, al tiempo que sacaba una pistola del bolsillo trasero de su pantalón.

-¡Por favor, no me hagas daño!

En ese momento, se oyó llegar un coche. Era Rafael que volvía de su trabajo. El hombre se apartó de Ana y se dirigió hacia la ventana. Ella, sin perder tiempo, cogió el objeto más cercano que encontró y lo lanzó contra él, sin hacerle ni un rasguño. Fue entonces cuando volvió a apuntarle con su arma, y apretó dos veces el gatillo. El hombre quería escapar deprisa, y ni si siquiera se dio cuenta de que el revólver había caído sobre la alfombra. Siguió su camino sin mirar atrás, tratando de esconderse en algún lugar de la casa. Rafael entró y vio a su mujer tirada en el suelo, aún con vida.

-Protege a nuestra hija… Te quiero -fueron sus últimas palabras.

Rafael cogió la pistola, y corrió a la habitación de su pequeña. Tras comprobar que estaba a salvo, salió en busca del que había matado a su mujer, que ya había podido salir del cuarto en el que se encontraba y salió por la puerta huyendo campo a través en la oscuridad de la noche. Rafael lo siguió, tratando de no perderlo entre las sombras, y cuando lo tuvo a tan solo unos metros, le disparó en una pierna para que cayera. Después, se acercó a él.

-Nos has interrumpido, lo estábamos pasando muy bien -dijo el hombre con una sonrisa malévola.

Rafael no podía creer lo que estaba escuchando, y, en un acto reflejo, volvió a apretar el gatillo, esta vez sabiendo muy bien donde apuntar. El hombre murió en el acto. Seguidamente, Rafael tiró el arma al suelo, y entró en casa. Volvió con su mujer, aunque ya nada más pudo hacer por ella, le cogió una mano, y la apretó con fuerza entre las suyas. No podía dejar de llorar. Sentía rabia, desesperación, dolor. A continuación, le dio un beso en los labios, pensando en qué iba a ser de su vida sin ella. Empezó a oír, cada vez más cerca, la sirena de la policía.

-Quizás deberíamos ir a ver cómo se encuentra Rafa; pero no seas tan duro con él, lo ha pasado muy mal -Victoria estaba terminando de preparar unos sándwiches para almorzar.

-Sólo intento que haga lo correcto. Esa niña debe saber que su padre está vivo.

Interrumpiendo la conversación, Rafael entró en la cocina dejando caer sobre la encimera el archivador que había estado revisando. Parecía enfadado.

-¿Esto es todo? –preguntó insatisfecho.

Rafael miró fijamente a Guillermo. Sentía rabia, casi tanta como la que recorrió su cuerpo aquella noche. Lo que más le dolía, además de la pérdida del amor de su vida, era no haber podido disfrutar de su hija. Los familiares más directos eran los padres de Ana, y por eso obtuvieron la custodia. A pesar de que dos años antes la habían echado de casa por quedarse embarazada con diecisiete años, aceptaron la sentencia.

-Debes confiar en nosotros -ofreció Victoria al observar su semblante.

-Lo único que pido es una dirección –miró a Guillermo.

-¿Qué pretendes? Presentarte en su casa y decir: “Hola Julia, soy tu padre, tus abuelos te han dicho que estoy muerto, pero en realidad he pasado los últimos quince años en la cárcel, ¿no es maravilloso que volvamos a estar juntos?” -hizo una pausa y prosiguió. -Recuerda que tiene dieciséis años.

-Edad suficiente para hacerle entender todo esto.

-Su abuela nunca permitirá que te acerques a ella.

-¡Quiero saber dónde está mi hija!

Guillermo salió de repente de la cocina, y no tardó en volver con una agenda en la mano.

-Aquí tienes la dirección de su casa -dijo al tiempo que se la entregaba. -Tal y como me pediste. Vamos, hazlo. Ve a buscar a tu hija y dile que eres su padre.

Rafael se quedó pensativo unos segundos. Cogió la agenda, y la observó con detenimiento. En sus ojos se podía leer lo mucho que le asustaba aquella decisión. Durante los siete primeros años en la cárcel escribió cientos de cartas dirigidas a Julia, explicándole las ganas que tenía de verla. Un día, los guardias le dijeron que sus cartas venían devueltas. No vivía nadie en aquella dirección. La abuela de Julia, Isabel, tras la muerte de su marido, decidió irse a vivir con ella a otro lugar. Cuando Rafael supo que su hija ya no vivía allí, le pidió a Guillermo que averiguara su paradero.

-Quizás este paso tendrías que darlo más adelante, ¿no te parece? -dijo Victoria al notar su preocupación. -Tampoco hay prisa, Rafa.

-Lo primero que debes hacer es encontrar un trabajo -añadió Guillermo. -Demuestra lo que vales.

En las siguientes semanas, Rafael llamó a cientos de números de teléfono para trabajar en cualquier clase de oficio: camarero, albañil, mecánico, basurero, dependiente. Logró concertar varias entrevistas, pero todo se estropeaba cuando le pedían su currículum. Tenía experiencia, pero no la que se requería. Con veinte años había ingresado en la cárcel, y los quince que pasó en ella no le ayudaban demasiado. Ninguna empresa quería contratar a un ex presidiario.

Tras meses sin éxito, Rafael tomó la decisión de arriesgar. Sin contar con la aprobación de Guillermo ni de Victoria, pidió un taxi, y tomó rumbo hacia la calle de las Aguas, número dieciocho. No le hizo falta coger la agenda, pues recordaba la dirección perfectamente desde el primer instante en el que la leyó.

En ese momento estaba seguro de sí mismo. Se sentía con fuerzas de enfrentarse a la verdad. Julia no lo recordaría, era lo único que se planteó antes de tocar a la puerta, pero aún así se moría de ganas de ver su reacción. Quizás en el momento que se miraran a los ojos ella comprendería que él era su padre, y que no era verdad que estuviera muerto. La última imagen que tenía de ella fue la de aquella horrible noche en su cuna. Ahora, esa niña era una jovencita de dieciséis años.

Rafael decidió echar a un lado estos pensamientos, y tocó al timbre. Fue la abuela de Julia quien abrió la puerta. Le costó reconocerla, los años le habían jugado una mala pasada, pero sin lugar a dudas era Isabel. Había algo en ella que seguía igual, y era su desconfianza. Cuando abrió la puerta no retiró la cadena del cerrojo, y lo observó entre la pequeña abertura:

-Hola Isabel, ¿me recuerda?

Ella se quitó las gafas y entornó los ojos. Después, se las volvió a poner. Aquello no podía ser verdad, pensó. Frunció el ceño, y se puso muy nerviosa:

-No sé cómo has tenido el valor de presentarte en mi casa, ¡márchate por dónde has venido! -Isabel trató de cerrar la puerta, pero Rafael consiguió adelantarse, y lo evitó con su pie.

-Me gustaría hablar con Julia -pidió.

-¡No eres bienvenido en esta casa! -gritó con fuerza. -¡Asesino!

-¡Escuche! ¡Quiero hablar con ella! ¡Por favor, quiero verla! -insistía.

-No lo voy a repetir, ¡vete antes de que llame a la policía! -Rafael decidió retirar el pie, y dejar que Isabel cerrara la puerta.

No había sido una buena idea. Ahora estaba peor que nunca. Montó en el taxi, y se marchó de allí, confiando en que algún día las cosas cambiarían.

 

-Te lo advertí -dijo Guillermo enojado cuando le contó lo que había ocurrido.

-No ha querido escucharme. ¡Ni siquiera me ha dado la oportunidad de hablar con mi propia hija!

-Era de suponer que sucediera algo así. Isabel todavía te culpa por la muerte de Ana. No puedes luchar contra eso.

-Me habría gustado verla –fijó la vista en el suelo.

-Si de verdad estás preparado, tal vez deberías buscarla en otro lugar.

Rafael levantó la cabeza.

-¿De qué estás hablando? –la curiosidad le acechaba.

-Cuando me pediste que averiguara su paradero, también conseguí la dirección del instituto en el que estudia –Rafael guardaba silencio, impaciente. –He esperado a que llegara el momento para poder decírtelo.

Acto seguido, Guillermo fue a por las llaves del coche y, sin pensarlo más, ambos marcharon por la puerta. Eran casi las dos de la tarde y, si se daban prisa, tal vez verían a Julia salir de clase. A toda velocidad se dirigieron hacia el instituto “Los Naranjos”.

Aunque el tráfico no les ayudó demasiado, llegaron en el momento justo. Aparcaron en la puerta principal, y esperaron a que salieran todos los alumnos.

De pronto, Rafael sintió un pálpito en el pecho al ver que tres chicas salían y paraban a hablar al lado del coche:

-Es ella, ¿verdad? La que lleva una cinta roja en el pelo… -le dijo a Guillermo.

-Dijiste que no la reconocerías si la vieras, pero no has dudado ni un segundo.

-Supongo que el instinto paternal nunca desaparece del todo.

Rafael no dejaba de mirar a Julia, quedó inmóvil ante ella. Se parecía tanto a su madre, que fue como si no hubiera transcurrido el tiempo. Aquellos ojos color azabache eran inconfundibles. Recordaba su mirada así, profunda, y su cara risueña. Aunque apenas tenía dos años cuando la vio por última vez, había rasgos que reconoció sin ningún esfuerzo: esos labios finos, ese mentón redondo y pequeño, esa piel de porcelana… Era el vivo retrato de su esposa.

Cuando quiso darse cuenta, Julia ya se había despedido de sus compañeras y caminaba hacia la parada del autobús. Rafael no pudo acercarse a ella. Estaba muerto de miedo. Guillermo no dijo nada, arrancó el coche, y volvieron a casa.

Al día siguiente, Rafael decidió ir al instituto de nuevo, esta vez él solo. Montó en el autobús que le llevaba directo hasta allí, y se armó de valor para entrar en el edificio. Los pasillos estaban vacíos y silenciosos, las clases aún no habían terminado. Rafael caminaba de un lado a otro, sin saber dónde ir ni qué hacer. De repente, llegó hasta la cafetería, donde leyó un cartel que había en la pared.

-¿Te interesa? –preguntó el camarero.

Rafael lo miró sorprendido, y guardó silencio.

-Necesitamos una persona que pueda venir por las mañanas. La semana pasada se fue mi compañero, y la verdad es que cuatro manos trabajan más que dos. ¿Qué me dices?

-Estoy buscando trabajo, pero…

-Pues no se hable más. Pásate esta tarde para hablar con el jefe y, si estás de acuerdo con las condiciones, el puesto será tuyo.

Rafael no podía creer lo que estaba escuchando. Le dio las gracias, y se marchó de allí con una sonrisa. La vida quería darle otra oportunidad, pensó.

Días más tarde, Rafael ya se encontraba trabajando en la cafetería del instituto. Sabía que tarde o temprano iba a coincidir con Julia y, aunque le asustaba pensarlo, cada noche soñaba con aquel momento.

 

Una mañana, a la hora del recreo, Julia entró en la cafetería. Rafael la miró emocionado, sin habla, al tiempo que ella tomó asiento al lado de una compañera.

-Esto es injusto. ¡Solo tenemos dos semanas para hacer el trabajo! Y yo ni siquiera sé cómo empezarlo… -dijo Julia.

-Tienes razón. El tema de los presos es complicado, espero que esto te sirva de ayuda –dijo mientras sacaba tres libros de la mochila y los colocaba sobre la mesa.

-Gracias. Ya te los devolveré.

Acto seguido, su compañera pidió dos refrescos en la barra y los llevó a la mesa, a pesar de ofrecerse Rafael a hacerlo; No tuvo ocasión de dirigirse a Julia, pero estuvo atento a cada detalle.

Tras veinte minutos de estar allí, las chicas se despidieron. Julia se quedó metiendo los libros en su mochila. Rafael no perdió la oportunidad de acercarse a ella. Caminó con paso lento, pero firme. Se colocó justo enfrente, aún sin saber qué decir. Ella levantó la cabeza, y lo miró:

-Perdona, pero no he podido evitar escucharos... Estáis haciendo un trabajo sobre los presidiarios, ¿no es así? –no supo cómo, pero le salieron las palabras.

-Ella no. Yo soy la que tiene que hacerlo –contestó Julia; después, resopló.

-Y parece que no te gusta demasiado el tema.

-Me ha tocado el trabajo más difícil –se quejó.  

Rafael miró a su alrededor antes de seguir hablando.

-¿Puedo? –dijo retirando una de las sillas para sentarse. Julia asintió. –Verás. Quizás no debería contarte esto, porque tal vez pienses que he sido una mala persona… De todos modos quiero ayudarte, así que te lo diré.

Julia lo miraba en silencio.

-Debido a una injusticia, hace años me metieron en la cárcel. Desde que salí, he estado buscando trabajo, y este es el primero que me ofrecen en mucho tiempo –esperó a que ella dijera algo, pero no lo hizo. -Te aseguro que yo soy más apropiado para darte información sobre este tema que esos libros que tienes en la mochila. Si necesitas algo, puedes hacerme las preguntas que quieras.

Rafael le sonrió antes de levantarse, colocó la silla en su sitio, y volvió a la barra dejándole tiempo para pensar.

Julia lo meditó durante unos minutos. Rafael trataba de seguir con su trabajo con naturalidad, mirándola de vez en cuando. De pronto, Julia fue a la barra, y Rafael se acercó a ella.

-Si no te importa, me esperas esta tarde después de clase en la biblioteca. Este trabajo sube un montón la media, y te agradecería mucho que me ayudaras.

 

Cuando Julia salió de clase, Rafael ya se encontraba allí, con una emoción tan grande que ni siquiera podía compararse a la que sintió el día de su libertad.

Las preguntas fueron sencillas, y al mismo tiempo imaginativas. Estuvieron dos horas hablando y riendo; cualquiera hubiera dicho que se conocían de antes. Rafael le contó anécdotas de la cárcel, y Julia se rió como nunca lo había hecho.

-Tengo que irme. Mi abuela se enfadará si llego tarde. ¿Mañana podrás estar aquí?

-A la misma hora.

Ella le sonrió, le dio un beso en la mejilla, y se despidieron.

Lo cierto es que en tan solo una semana el trabajo estaba prácticamente terminado, pero cada día, tras una nueva charla, encontraban excusa para verse una vez más.

 

Un domingo por la mañana, Rafael recibió la visita de alguien que jamás hubiera imaginado ver en su casa. Abrió la puerta, y esta vez la situación había cambiado. Frente a él se encontraba Isabel, cabizbaja, ayudándose de un bastón para tenerse en pie, y un pañuelo en la otra mano con el que estaba limpiándose las lágrimas justo antes de llamar a la puerta:

-Imaginé que vivías aquí… Quiero hablar contigo.

Rafael la miró sorprendido de arriba abajo. No sabía qué pensar, ni qué hacer.

-No habría venido si no fuera importante -advirtió. Él, sin decir nada, le abrió paso, y ambos se acomodaron en el sofá del comedor.

-¿Julia está bien, no?

-Sí, no te preocupes. -De pronto, Isabel se tapó la cara con sus manos, y comenzó a llorar. -Creía que iba a poder con esto, pero no es así…

-¿Qué ocurre?

Isabel no podía decir una palabra debido al sofoco, y Rafael decidió esperar a que se calmara para preguntarle de nuevo.

-Hace ocho años me diagnosticaron un cáncer -señaló al fin. -Dijeron que con la quimioterapia saldría adelante, pero tras la muerte de Manuel todo empeoró. Sin saber por qué, el tratamiento dejó de funcionar, como si de repente mi cuerpo no aceptase la medicación. Estaba sola, y Julia acababa de cumplir catorce años…

-No sé qué decir. Desconocía por completo que estuviera enferma, y lo siento de verdad. Pero me sorprende que quiera contármelo hoy, ¿qué es lo que ha sucedido para que se presente ahora aquí y me explique todo esto?

-Al principio me negaba a aceptar que habías vuelto. Temía perder a Julia para siempre.

-¿Por qué no le habló de mí? ¿Tan difícil era decirle que algún día nos reencontraríamos?

-Demasiado duro fue el hacerle ver a una niña que sus padres no podían estar a su lado, como para explicarle que su padre estaba en la cárcel.

-¿Fue más sencillo hacerle creer que los dos habíamos muerto?

-No podía soportar el hecho de que mi hija hubiera sido asesinada…

-Sé que hubiera preferido que hubiese muerto yo en su lugar, pero no tenía derecho a negarme ante Julia de esa manera. Cada noche me dormía pensando en ella. Cuando se mudaron seguí escribiéndole muchísimas cartas a pesar de no poder enviárselas, con la esperanza de que algún día las leyera.

-La enfermedad me ha hecho recapacitar. Quizás ahora sea la ocasión de hablar con ella y decirle la verdad.

-Hay algo que usted no sabe -guardó silencio unos segundos y prosiguió. -Julia y yo nos conocimos hace un par de meses. Ella no tiene ni idea de quién soy, pero me ha cogido cariño. No quiero estropearlo, tengo que estar seguro de qué decir, y cómo hacerlo. Quizás no quiera saber nada de mí. Tal vez piense que la he engañado al no identificarme.

-Si ya has logrado conquistar su cariño, no será difícil que acepte quién eres. Pero debes decírselo cuanto antes, por favor. No quiero que se quede sola.

-¿A qué se refiere?

-Los médicos me han dicho que no me queda mucho tiempo de vida.

Tras aquellas palabras, Isabel se marchó, confiando en que él haría lo correcto.

 

Al día siguiente, Rafael y Julia se encontraron a la salida del colegio, como todas las tardes desde que ella había entregado su trabajo. Rafael la acompañaba hasta la parada del autobús, hablaban unos veinte minutos, y se despedían con un par de besos. Entonces ella le dio una de las mejores noticias que podía escuchar en aquel momento:

-¡Carmen me ha puesto un sobresaliente! No podría haberlo conseguido sin ti, ¡muchas gracias! -Julia se lanzó de repente sobre él y lo abrazó. 

-Me alegro de haberte ayudado -dijo apretándola con fuerza. –Ha merecido la pena esperar a que lo corrigiera. Me ha gustado compartir estas semanas contigo.

-¿Sabes? Estoy muy a gusto a tu lado, y me encantaría que siguiéramos viéndonos –fijó su vista en él. -Es como si necesitara verte todos los días.

-A mí me pasa lo mismo. Cuando estoy cerca de ti pienso que todo tiene sentido. Que la vida merece la pena.

Ambos volvieron a abrazarse aún más emocionados. Julia tuvo que limpiarse las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, y Rafael apretó con fuerza sus ojos para evitar las suyas. Cuando dejaron de abrazarse, Julia lo miró con dulzura, con inocencia, y con una sonrisa única. Desde que se conocieron, Rafael creyó saber lo que ella podía sentir en cada momento, pero aquel día se le pasó por alto. Julia le acarició la cara, lo miró a los ojos, y le pasó sus dedos por encima de los labios. Con la mirada perdida, y de manera incontrolable, acercó su boca a la de él. Rafael le cogió la mano, la apartó de su cara, y rechazó el beso. Ella sintió como si miles de puñales le atravesaran el vientre. Toda su ilusión se partió por la mitad.

-Creía que hablabas en serio al decir que estás bien conmigo -dijo al tiempo que se limpiaba las lágrimas que recorrían su cara.

-Julia, perdóname, pero no es esto lo que siento por ti.

-Has estado jugando conmigo desde el principio, ¿verdad? -sin esperar una respuesta se alejó de él dándole la espalda. Rafael consiguió alcanzarla, se colocó delante de ella y le agarró los brazos para evitar que siguiera andando.

-Mírame a los ojos, Julia, por favor -ella hizo lo que le pidió. -¿Qué sientes?

Tras unos segundos, contestó:

-¡Te odio! –Rafael dejó que ella se marchara corriendo.

Durante semanas, Julia pasó los días encerrada en su cuarto, llorando sin parar. Se sentía engañada, y muy ridícula. Su abuela Isabel no sabía qué era lo que pasaba, pero tomó una decisión. Durante los años que Rafael había estado en la cárcel, ella había guardado las cartas recibidas hasta la mudanza. Quizás en algún momento podía necesitarlas. Y la ocasión había llegado. Isabel desconocía el tiempo que le quedaba, y no podía retrasarlo más. Aquel sábado, llamó antes de entrar en su habitación, y le dejó un paquete encima de la cama.

-Sé que debí darte esto antes, pero no me sentía capaz. Puedes odiarme a mí, pero no lo culpes a él, ¿de acuerdo?

Isabel la dejó sola, y Julia, sin hacer una sola pregunta, se dispuso a abrir aquella caja, y vio en ella un montón de sobres, ordenados por fechas, con remite: “Rafael, tu padre”. Tomó uno, fechado en septiembre de 1994, y leyó la carta de su interior: 

“…Espero poder escribirte todos los días, aunque aquí la gente es un poco mandona; pero te aseguro que si no lo hago, eso no significa que deje de pensar en ti. Eres mi hija, y nadie lo va a cambiar jamás. Te prometo que cuando salga, iré a buscarte. Mil besos. Te quiero”.

Julia comenzó a entender muchas cosas. Pero quería saber más. Aquella tarde se dedicó a leer cada una de las cartas. Horas después, cuando terminó, toda la rabia y todo el rencor que le guardaba a Rafael habían desaparecido. Salió sonriendo de su habitación, y fue en busca de Isabel. Encontró a su abuela tumbada en el sillón, con la mirada perdida, como inconsciente. De pronto, abrió los ojos, y la miró:

-Llama a una ambulancia, Julia, por favor…

Ella hizo lo que le mandó. Muy asustada, marcó el número de urgencias, y pidió que fueran cuanto antes.

-He leído todas las cartas, abuela, y quiero que sepas que no te guardo rencor. -Isabel sonrió al oír sus palabras.

-Tu padre siempre te ha querido -dijo con dificultad.

La ambulancia llegó enseguida, y fueron rápidamente al hospital.

Julia observaba a su abuela luchando contra la enfermedad que la mataba por dentro. Estaba desesperada. Andaba por la habitación nerviosa, hundida, sin saber qué hacer. Salió de allí para coger aire.

Al fondo del pasillo, vio una silueta conocida. De pronto, sonrió. 

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