Amor en Secreto por Hellen B. - muestra HTML

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Amor en secreto

¡Seducida por su marido!

Ana siempre había tenido la esperanza de que su matrimonio de

conveniencia con Luc Dimitriades acabara convirtiéndose en algo de verdad. Sin

embargo, un año después de haber intercambiado los votos, él parecía seguir

rendido a los encantos de su antigua amante... Con la cabeza bien alta, Ana

admitió que lo único que podía hacer era marcharse.

Luc no estaba dispuesto a permitir que su esposa se alejara de él. De

hecho, parecía dispuesto a chantajearla para que regresara a su cama. Ana

intentó resistirse a aquellas técnicas de persuasión, pero Luc todavía guardaba un as en la manga: él sabía que Ana llevaba dentro un hijo suyo...

Capítulo 1

Luc Dimitriades no pudo dejar de rezongar al leer el informe detallado sobre

lo que su esposa hizo en los últimos nueve días.

La mayoría de los movimientos de ella estaba dentro de la rutina, pero uno de

ellos le llamó mucho la atención.

Sin pensar dos veces, tomó el celular e hizo la llamada.

-Llame a Marc Andreas —ordenó a la recepcionista, sin mayores explicaciones.

-El doctor está atendiendo un paciente en este momento.

-Es urgente —Luc dijo con firmeza, sin identificarse. — Llámelo y él atenderá.

Así era un ejecutivo acostumbrado apenas a ser obedecido. Se permitía cierto

abuso de poder, por lo menos cuando estaba muy ansioso.

Con el médico, Luc consiguió la confirmación oficial y tomó el teléfono interno

de su oficina. Pasó instrucciones claras y objetivas, queriendo colocar en ese mismo instante su plan en acción.

Casi no cabía en si cuando se levantó y caminó en dirección a la ventana, con la

esperanza que la bella vista que tenía allí lo calmase un poco.

Había un diseño moderno en los edificios comerciales que lo rodeaban,

mezclando concreto, acero, vidrio en una enorme variedad de formas y tamaños.

Entre ellos, las pocas mansiones que insistían en mantenerse firmes en su magnitud, esculpidas en las rocas, rodeadas por brillantes áreas verdes. Y, por fin, el mar, en su indescriptible tono azul.

Pero la realidad era que nada de aquello le importaba, en aquel momento.

Estaba preso en sus pensamientos.

Luc se casara temprano, a los 20 años, con una novia de infancia. La unión duró

muy poco. La muerte trágica de su mujer, en un accidente, ocurrió pocos meses

después del enlace.

Desde entonces, Luc se zambulló en el trabajo, pasando todo el tiempo

disponible en la oficina, construyendo una carrera de éxito, con competencia y

persistencia.

Casarse de nuevo era algo que ni siquiera se le ocurría. Amara tanto, y perdiera

tanto. No soportaría que aquello volviese a pasar. En aquellos últimos diez años, tuvo apenas algunas aventuras pasajeras. . Sin compromisos, sin promesas vacías. Hasta la llegada de Ana.

Ella era hija de uno de sus subordinados, y se convirtiera de a poco una gran

compañera de su madrastra, solitaria desde la muerte de su marido. Planeaban

paseos y viajes, y Ana parecía divertirse con ella.

Era una joven atractiva e inteligente, que poseía un delicioso sentido del

humor. Y más: no estaba interesada en él, en su estatus ó su riqueza. En honor a la verdad, lo ignoró. . Hasta que Luc comenzó a aproximarse a ella.

Estuvieron de novios algunos meses, se conocieron en la cama. Y, por primera

vez desde el fallecimiento de Emma, Luc tuvo conciencia de que también era mortal

y que estaba desperdiciando, sin percibirlo, su existencia.

Sintió renacer dentro de si el deseo de tener una compañera, y tener hijos con

ella, planear el futuro. .

¿Y quién mejor que Ana para ser su mujer? A Luc ella le importaba, podía darle

una posición envidiable. Y sin duda Ana era más que adecuada, en todos los sentidos.

El matrimonio fue celebrado sólo entre los familiares más próximos, seguido

por una luna de miel en Hawai. Después de eso, entraron con facilidad en la rutina diaria, siempre juntos.

Todo iba sobre ruedas por un año, hasta la reaparición de Celine Moore, una

antigua pareja, que, después que se divorciara, parecía decidida a causarle un dolor de cabeza.

Luc apretó los dientes al recordar las varias trampas de Celine para forzarlo a

estar con ella. Él siempre las trató como incidentes casuales, y, con su innegable diplomacia, hacía que se agotasen en si mismas.

Pero Celine, por alguna razón, se rehusaba a desistir, y acabó volviéndose un

problema para Ana, difícil de ser controlado.

Dos semanas antes, Luc y Ana tuvieron una gran discusión en el desayuno. ¡Cual

no fue la sorpresa al notar, cuando volvió a la noche a casa, que Ana había hecho las maletas y partido en un vuelo para Golden Coast!

Dejó una nota, en la cual decía apenas que precisaba algunos días para pensar.

Pero “algunos días” se convirtieron en nueve. Los mensajes que dejaba en su

celular no eran retribuidos.

El padre de ella, cuando fue confrontado, juraba que su hija tampoco respondía

a sus recados. Y él tendría varias razones para no mentir.

Rebekah, la hermana más joven y socia de ella en los negocios, también negaba

poseer cualquier información sobre el paradero de Ana, a no ser el hecho de que,

cuando partiera, hizo reservas en un resort de Golden Coast.

Luc no titubeó en contratar un detective privado. Todo lo que el profesional le

relatara por teléfono estaba en aquel momento registrado en un informe detallado,

encima de su escritorio.

Los movimientos de Ana sólo confirmaban las sospechas de Luc. Ella alquilara

un apartamento y consiguió un empleo, lo que indicaba que pretendía permanecer allí más que apenas algunos días para pensar

No obstante, él podía lidiar con aquello. Sólo que no sabía como hacerlo.

Era apenas eso lo que ocupaba su mente en los últimos días. Luchaba contra el

deseo de ir hasta ella, ponerla bajo su brazo y traerla de vuelta.

Debería haber hecho algo en el segundo ó tercer día, se recriminó, con rabia,

en vez de darle distancia y oportunidad, imaginando que iba a volver corriendo,

diciendo cuanto lo precisaba.

Y lo peor era que Ana hizo lo posible para no dejar rastros. Claro que sin éxito.

Pero seguramente Ana sabía que su marido no estaría de acuerdo con una

separación tan larga.

El teléfono en su escritorio sonó. El piloto ya había sido llamado, y su auto lo

esperaba. Era así: pagaba bien y exigía eficiencia.

Una hora después, Luc se encontraba a bordo de su jet privado, pronto para

despegar.

Ana cortó los gajos delicados en varios tamaños, los amarró y, con toda su

experiencia, diseñó un buqué armonioso.

Era su tercer día como asistente de una de las mejores florerías de Main

Beach. Entrara en la tienda apenas en busca de jarrones para la decoración de su

nuevo apartamento, pero el ambiente familiar la cautivó, y resolvió preguntar, en un tono de broma, si no estaban precisando una asistente. Cuando habló de su

experiencia como florista en una de las tiendas más renombradas de Sydney, el

propietario no titubeó.

Conseguir aquel empleo fue como estar en el lugar correcto, en la hora

apropiada.

La suerte le tendió la mano, ayudándola a alejarse de su conflictivo matrimonio

en Sydney.

Una pequeña sonrisa se esbozó en sus labios, al tomar su cartera y salir a la

calle, dispuesta a almorzar. Era un bonito día de verano, el sol no estaba tan caliente y había una brisa suave que venía del océano.

Se sentó, como en los últimos días, en uno de los muchos cafés que se alineaban

en Tedder Avenue. La semejanza con algunos de los cafés de Sydney no le pasó

desapercibida.

Era hasta fácil readaptarse a la ciudad en que nació. Pero no era tan simple

olvidar al hombre con el cual se casara.

Luc Dimitriades tenía todo lo que necesario para poner patas arriba la cabeza

de una mujer. Un encanto sofisticado, un aura de poder a su alrededor, un físico

estupendo. . El resultado era devastador.

Los padres de él eran griegos, pero Luc nació en Australia. Ya en la facultad,

comenzó a trabajar en el mercado financiero y, por su propia competencia, luego se volvió conocido y disputado para asumir cargos de dirigencia y liderazgo.

Agregando las posesiones de sus padres a un astuto genio, pasó a figurar entre

los hombres más ricos del mundo.

Ana necesitó solo una mirada para sentirse irremediablemente atraída por él.

No podía negar que había entre los dos una química sexual potente, electrizante.

Para ser franca, había más que eso. Mucho más.

Luc la afectaba como ningún otro lo consiguió, y ella se enamoró

profundamente de él.

Y fue por esa razón que aceptó su propuesta de casamiento, y se convenció a si

misma que sería suficiente si él jurase que se encargaría de ella y que le sería fiel.

Creía que con la convivencia el afecto de él podría transformarse en amor.

En el primer año de unión, se consideraba incluso feliz.

Tenía un marido atento, adquirieron una rutina placentera, ¡y el sexo entre

ellos era sensacional!

Hasta que Celine entrara en escena, cazadora, deseando sin ningún pudor a Luc

como su presa.

Era impresionante como era hábil en minar la confianza que Ana tenía en si

misma y en su marido. Parecía vivir para maquinar artimañas para atormentarla.

Bastaba que Luc llegase tarde después de una reunión de negocios, para que

insinuase que habían estado juntos. Creaba ocasiones para provocar a Ana y soltar

sus afiladas garras. Claro, en momentos en los cuales Luc no estaba cerca.

Dudas y sospechas, aliadas a la rabia y los celos, fueron poco a poco instigados

por ella durante semanas.

Aún en aquel momento, acordarse de la figura de aquella mujer hacía que Ana

apretase los dientes de odio.

Luc siempre negó cualquier relación amorosa con Celine, pero el humo implica

fuego. Y la infidelidad era algo que ella no podía soportar.

Discutieron, duras palabras fueron dichas. Sería imposible continuar de aquella

manera. Si no había confianza, no podía haber matrimonio.

Así, Ana hizo algunas llamadas, arregló una maleta y se embarcara en el

siguiente vuelo para Golden Coast.

Además de la nota, dejó una grabación en el contestador automático de su

marido.

Pero lógico que Luc no se contentaría apenas con aquello.

¿Ana?

La voz tan familiar traía una emoción profunda y un tono de cinismo mordaz. Su

sexto sentido no funcionara para avisarle de la presencia de él.

Ana levantó la cabeza lentamente, y se deparó con la mirada de su marido.

Pero no pudo encararlo. Se sentía vulnerable, expuesta, carente.. , y no quería

darle voz a esos sentimientos. No en aquel instante, cuando tenía que trabajar con la cabeza, y no con el corazón.

Entre tanto, bastó un vistazo, algunos segundos en su presencia, para que sus

emociones contenidas quisieran presentarse todas al mismo tiempo.

¿Cómo era posible amar y odiar alguien en la misma medida? Podía enumerar

varios motivos por los cuales debía sentirse lastimada, deseando solamente herir,

del mismo modo que fue herida.

¿Por qué entonces el deseo tan fuerte de anidarse en sus brazos, de sentir el

roce de su boca?

Se forzó a dirigirle una mirada seca, analítica.

Luc vestía un traje completo, camisa de lino azul oscura y una corbata de seda

impecable, que creaban a su alrededor un aire invencible difícil de traspasar. Los cabellos negros y sedosos parecían un poco más largos de lo habitual.

Luego, Ana ya se fijaba en los trazos marcantes de su rostro y en los ojos

negros, penetrantes, y en sus labios, que la hacían desfallecer de deseo.

Podía sentir el torrente de ira detrás del aparente control de él.

¿Te importa si me siento?

¿Y si me importara?

Luc apenas esbozó una sonrisita, como si pudiese leer sus sentimientos. Se

sentó frente a ella, pidió café a una mesera, y volvió a mirar a su mujer.

Ana parecía pálida. Con certeza perdió algunos kilos de su estructura ya

delicada. Las ojeras debajo de sus ojos indicaban que no estaba durmiendo bien, su expresión sombría mostraba fadiga. Al contrario de su estilo atractivo, sus cabellos rubios sedosos estaban presos en una cola de caballo.

La apreciación silenciosa de él le pareció insoportable.

¿Qué quieres aquí, Luc?

La expresión de él era neutra, pero ella sabía que allí había un depredador,

pronto a atacar a su presa. Luc iba a atacar. La cuestión era saber cuando.

Come —Luc la incitó, tranquilo.

Ana se enojó aún más.

Perdí el apetito.

Pide alguna otra cosa.

Ella mal podía resistir la tentación de tirarle cualquier cosa en aquel rostro

arrogante.

¿Puedo saber como descubriste donde estaba?

Creí que ya sabías la respuesta.

Contrataste un detective —concluyó, hablando un poco más alto. — Y él me

siguió.

¿Juras que no sabías que haría eso?

Luc la estuvo cazando en los últimos días. Invadió su sueño, perturbó sus

nervios.

La mesera trajo el café, y él pidió la cuenta.

Pago mi propia comida.

No seas ridícula.

¿Qué quieres, Luc? Sugiero que lo digas de una vez, porque tengo que volver al

trabajo en diez minutos.

No tienes que volver, no.

¿Qué quieres decir con eso?

Ya no tienes ningún empleo, y el contrato de tu apartamento ya fue cancelado.

Ana sintió el calor desparramarse por sus mejillas. ¡Estaba fuera de si!

No tienes derecho. .

Lo tengo.

¿Cómo podía estar tan seguro? ¡Tan tranquilo!

¿Y cómo controlar el deseo de saltarle a la yugular?

No, ¡tú no lo tienes!

Podemos continuar esta discusión boba, pero el resultado será el mismo.

Si piensa que voy a dejar todo, sumisa y prudente, y volver contigo a Sydney,

estás loco.

Esta tarde, de noche, de aquí a dos días. . pero pronto. —la miró directo a los

ojos.

Su primera reacción fue levantarse pero la fuerte mano en su brazo le impidió

dar un sólo paso. Sin contenerse, Ana le tiró el azucarero, observando, estupefacta, el modo como él consiguió atraparlo en el aire, sin tirar ni un grano de azúcar, y colocarlo de regreso en su lugar.

¡Quiero el divorcio!

¡Dios del cielo! ¡¿De dónde salió esa afirmación?! Hasta ese segundo, no

consiguió siquiera considerar esa opción, en sus largas noches mal dormidas desde

que dejara Sydney.

El divorcio no es una posibilidad.

Luc no perdía el auto control, y la hacía sentirse como atrapada en una trampa.

El silencio ganaba cuerpo entre ellos y la ponía más y más nerviosa.

Ana no consiguió hacer nada cuando él aumentó la presión en su brazo, para

forzarla a sentarse.

¿No tienes algo que decirme?

No hubo tiempo. Luc captó la ansiedad en su semblante antes que Ana

consiguiese ocultarla.

¡Sal de aquí y déjame en paz!

Inténtalo de nuevo, querida.

Él no podría saberlo. ¿Ó si? La sangre parecía abandonarla. En las últimas

semanas, ya se acostumbrara a planear entre la alegría y la desesperación.

Voy a facilitarte las cosas. . Estás esperando a mi hijo.

¡Un hijo que también es mío, Luc!

Por lo tanto, nuestro. —su tono cortante hizo que Ana se erizara. — ¡Me rehúso

a ser un simple padre de fin de semana!

¿Fue por eso que viniste tras de mí? ¿Porque de repente tengo algo que

quieres?

La mirada de ella se volvió sombría. Toda la rabia y el dolor que sentía

amenazaban aflorar a la superficie. Se esforzaba por contener las lágrimas. Por la criatura que concibiera y por si misma. Por querer el amor de un hombre que

difícilmente llegaría a amarla.

Prefiero criarlo sola a vivir con él en una casa en la cual el padre divide su

tiempo entre su esposa y su amante. ¿Cómo podré enseñarle valores, moral,

integridad, en un ambiente así?

¿Amante? —su entonación continuaba calma.

Demasiada calma, ella observó, y un le escalofrío recorrió la espina.

¿Me estás acusando de tener una aventura, Ana?

Con Celine.

Sabes que tuve una breve relación con ella, hace tres, cuatro años.

Por lo que esa mujer dice, esa “relación” continúa siendo bastante actual.

Por primera vez Ana pudo ver alguna emoción en su marido.

Ana, ¿por qué precisaría una amante si te tengo a ti?

Había en aquella afirmación una sinceridad que acabó por ablandarla por un

instante. Recordó en ese mismo instante el amor que compartían en la cama, el

placer que sentía junto a él y que siempre le pareció recíproco. Pero el dolor habló más alto.

Tal vez porque eres insaciable y una mujer no es suficiente. Ó porque. .

¡Maldición! ¡No soy yo quien debe responder eso!

Luc asumió una expresión severa, una máscara implacable.

No me fuerces a decir cosas de las cuales me puedo arrepentir.

Vuelve a Sydney, Luc. —las palabras salían de su boca sin que las pudiese

contener. — No hay nada que pueda hacer ó decir que me convenza a irme contigo.

¿Nada?

Ana registró la sutil amenaza. Sabía que él tenía un as bajo la manga, y que no

dudaría en usarlo.

La coacción es un crimen.

Cometer fraudes también. —Luc hizo una pausa, estudiando con cuidado las

facciones de ella.

Tenía que comprobar si Ana tenía algún conocimiento de los débitos ilícitos

realizados por William Stanford en los seis meses anteriores.

No entendí.

Luc eligió con cuidado sus palabras, procurando sentir todo el impacto que

causaban.

Los auditores de nuestro banco descubrieron una serie de discrepancias en los

cálculos internos.

¿Y qué tengo que ver yo con eso?

Ana parecía evidentemente muy confundida.

De forma indirecta, tienes mucho que ver, querida.

Hasta un tonto podría comprender adonde él quería llegar.

¿Estás queriendo decir que crees que mi padre está involucrado? —a Ana le

costaba creerlo. — No puedes estar hablando en serio.

Luc sacó un sobre del bolsillo y se lo extendió.

Una copia del informe de los auditores.

Ana titubeó, pero leyó el documento. Era concluyente, listaba cada una de las

operaciones ilegales que habían sido realizadas y las detallaba.

Se sintió congelar. Fraude, robo. . Eran lo mismo, crímenes plausibles de

castigo.

Luc observó su expresión cargada de emoción, y tuvo la confirmación que Ana

no sabía nada hasta que él se lo contó.

Fueron operaciones ingeniosas —afirmó, con cinismo. Para ser sincero, no sabía

lo que lo irritaba más: si la pérdida de confianza en uno de sus mejores ejecutivos ó el hecho que William Stanford pensara que sus relaciones familiares lo librarían de un proceso.

¿Desde cuando sabes esto? —Ana indagó, casi sin querer oír la respuesta,

temerosa de que sus recelos pudiesen ser reales.

Hace nueve días.

Ella escribió aquella carta y dejó su casa hacía exactamente nueve días. “¡Oh,

Dios!” ¿Será que él imaginara que esa fue la razón de su partida?

¿Qué quieres, Luc?

Nada de divorcio. Quiero a nuestro bebé. —esperó un momento. — Y a mi

mujer en mi hogar... a mi lado.

¡No me molestes!

Luc levantó una de sus cejas, con un aire juguetón.

Contente, querida.

Ana se ruborizó y dijo, llena de furia:

¿Crees que puedes imponer las condiciones que quieras y que me voy a someter

con docilidad?

¿“Con docilidad”? Nunca. .

¡Y encima tenía el tupé de bromear!

Bueno, ¡voy a explicarle a mi jefe y al dueño del apartamento que tú eres un

sujeto arrogante y presuncioso que no tienes ningún derecho sobre mí!

Y tu padre irá directo a la cárcel.

Ana quedó estacada en suelo y lo encaró de una manera que haría estremecer a

cualquier otro hombre.

¿Y encima piensas que eres tú quien hace las reglas?

Puedo hacerlas.

Y seré obligada a continuar casada contigo para que no proceses a mi padre. .

No había la menor duda que Luc encaraba el asunto como cualquier otra

propuesta de negocios. Bueno, ella actuaría de la misma forma.

¿Y la restitución del dinero?

Me encargaré de eso.

¿Y su empleo?

Ya fue despedido.

Dependiendo de la decisión de Luc, William nunca más conseguiría una

colocación en Sydney. Y, lo que era muy probable, en ningún otro lugar del país.

Voy a pensar sobre lo que me dices. —Ana intentaba mantener bajo control la

ansiedad que amenazaba dominarla.

Tienes una hora.

Ella cerró los párpados unos instantes, conteniendo la respiración.

¿Eres siempre tan diabólico cuando se trata de finanzas?

Una pregunta estúpida, ella notó enseguida. Fue justo la determinación en sus

acciones lo que hiciera a Luc ganarse la reputación de uno de los más temidos

negociantes de la ciudad.

Se pusieron a caminar por la calle, callados. Cuando llegaron a la florería, Ana

se volvió hacia su marido, procurando ocultar la rabia que pugnaba por revelarse en su mirar.

Hay algunas condiciones, Luc.

No estás en posición de imponer nada, querida.

¿Será que él imaginaba cuanto la lastimaba? Solo con verlo hacía que Ana

sintiese un dolor casi físico. Pensaba en los planes y sueños que tuvo y los veía

despedazados, uno a uno.

Resolvió continuar con toda la frialdad que consiguió reunir:

Quiero tu palabra que jamás intentarás alejar a mi hijo de mi lado.

Ana sintió que los labios de él se movían, con mucha sutileza, con una emoción

que ella no conseguiría definir.

La tienes.

Exijo también tu fidelidad.

Te he sido fiel desde que te conocí.

Ella lo estudió varios minutos.

No en lo que se refiere a Celine.

Si prefieres creerle a ella. . —Luc se dio de hombros, con un cinismo que sería

mejor ignorar.

Y otra cosa más.

Era imposible descifrar la expresión de él, y Ana resolvió no intentar.

Quiero todo eso por escrito, antes que te dé mi respuesta.

Llegó a su límite de control, por eso le dio la espalda y entró en la florería.

No te estaba esperando ya. —Stiff sonrió, amigable, pero con formalidad, y

Ana una vez más recriminó la interferencia de Luc.

Soy la única responsable de mis decisiones, Stiff —le aseguró a su jefe.

Él no me parece del tipo que acepta un no sin pelear.

¿Puedes esperar hasta la tarde para definir todo?

Ya coloqué un anuncio en la agencia de empleos. Bueno, ¿por qué te engañas?

Volverás a Sydney con él, ¿no Ana?

Creo que si —fue forzada a admitir, antes de guardar la cartera en el estante

y dar inicio a sus quehaceres.

Concentración era la llave que precisaba, pero era imposible mantenerla, visto

que estaba ocupada formulando planes de encontrar un lugar donde Luc no pudiese

encontrarla.

Él armó su telaraña, y ella se veía atrapada y sin salida.

Pero aquel juego apenas había comenzado. Y Ana pretendía salir muy bien

parada, esa vez.

Capítulo II

Ana sabía que Luc no tendría problema alguno para preparar los papeles que le

exigiera en tiempo record. Con sus contactos y su influencia, ya debían hasta estar prontos.

La tienda estaba llena, con muchos pedidos atendidos por teléfono, muchas

personas entrando para escoger sus regalos. Pequeños floreros, cestos, buqués para una visita a un hospital, rosas para novias. Las opciones eran diversas y variadas.

Ana preparaba un bello arreglo con juta y papel celofán, cuando el timbre de la

puerta sonó por vigésima vez. Irguió su mirar para recibir al cliente y se deparó con Luc, que observaba sus gestos.

Sabía muy bien lo que quería, no tenía la menor duda. La fuerza de su

personalidad la amedrentaba. Por un instante, Ana interrumpió el movimiento de sus manos y se quedó con la mirada presa a la de él. Enseguida, bajó la cabeza, mirando el spray dorado que utilizara momentos antes, en realidad sin nada en mente.

En un impulso, consiguió dar los toques finales al buqué, arreglando los últimos

lazos y prendiendo la tarjeta. Cuando lo colocó en la mesa de entregas, oyó la voz de Luc:

¿Estás pronta?

Él hablaba con suavidad, pareciendo prestar atención a una mecha rubia, que

volvía a soltarse de su cola de caballo.

Ana intentó encararlo con frialdad.

Salgo a las seis de la tarde.

El clima de la sala cambió de repente. Se podía casi palpar la tensión en la

atmósfera.

Los ojos de él se estrecharon en un brillo amenazador.

Te puedes esforzar un poco más.

La tienda está llena. —consultando el reloj, completó: — Estoy segura que

puede aguardar algunas horas.

Claro que él podría. Entre tanto, no parecía inclinado a someterse a la evidente

manipulación de Ana.

Una hora. —Luc le dio la espalda y se fue.

Ni bien pasó el vano de la puerta, la mujer de Stiff, que oyó la conversación, se

dirigió a Ana:

¿Estás loca?

Creo que si. . —Ana concordó, procurando parecer controlada.

Valiente, también. Admiro eso en una mujer.

Ana era una tonta si creía que podía vencer a Luc. ¡Pero el hecho de que él

creyera que tenía el derecho de dictar los términos y que ella los aceptaría sin

discusión la dejaba enloquecida! ¡¿Cómo podía ser tan prepotente?!

Es una pena perderte, querida. Estábamos comenzando a conocernos.

Tal vez vuelva en breve. —Ana sonrió, con buen humor.

La señora le ofreció una larga sonrisa.

Dudo que el muchacho la deje alejarse de nuevo. Si quisieras, puedes irte, yo

consigo encargarme del resto. —con las pupilas brillando con malicia, completó: — No estoy en contra una buena provocación.

¿Estaría sugiriendo que Ana no estuviese allí cuando Luc volviera?

Eres una malvada. .

Buena suerte, angelito. Si apareces de nuevo por estos lados, no dejes de

llamarme.

Le llevó cinco minutos a Ana llegar al apartamento y correr a la heladera en

busca de agua helada. En treinta segundos, ya estaba desnuda y debajo de la ducha.

Se sentía tan agitada que terminó deprisa el baño, se vistió apenas con un

jeans y un top, y amarró el cabello mojado en un recogido en lo alto de su cabeza.

Debería comenzar a arreglar sus cosas en la maleta, pero su rebeldía hablaba

más alto. Además, ¿cuánto demoraría para colocar la poca ropa que había traído en

una maleta?

Eran las cinco cuando el timbre sonó, y Ana se congeló. Sólo podía ser Luc,

nadie más tenía su dirección.

Resolvió respirar hondo y atravesó la sala. A través de la mirilla pudo ver quién

era. El hombre que conocía con tanta intimidad, y que en aquel momento le parecía

tan amenazante.

Luc estaba sin el saco, que traía colgado sobre un hombro. Tampoco usaba

corbata, los primeros botones de la camisa se encontraban desabotonados, las

mangas enrolladas hasta el codo. El conjunto le daba un aire relajado, casual, que combinaba bien con la expresión enigmática en su semblante.

Fue difícil para Ana enfrentar su mirada buscando demostrar desprecio,

ignorando los locos latidos de su corazón.

Me rehúso a ser tratada como una niña que huyó de casa y está presta a ser

arrastrada de vuelta por sus padres.

¿Qué pasó con “Hola, Luc, siéntate”?

Ana suspiró.

Ah, claro, la cortesía...

Luc arqueó una ceja, divertido.

¿Debemos comenzar de nuevo?

No en esta vida.

Él dejó que su mirada pasease por las bellas curvas del cuerpo de Ana, hasta

encontrar los ojos verdes, exhalando sensualidad.

Por lo que me acuerdo, mi relación contigo no podría ser descripta como

paternal.

Una nueva ola de resentimiento se apoderó de ella.

Tú dictas las reglas, me sacas la libertad de elección. .

Te estoy dando una opción, eso si, querida.

¡Ah, sin duda! Pero con apenas una respuesta.

Luc dio un paso para dentro y golpeó la puerta.

¿Esperabas de verdad que fuera diferente?

No, ya que tu interés es por el bebé.

Sin refutar, Luc sacó un sobre del bolsillo y se lo extendió.

Aquí está el contrato que pediste.

Había un vislumbre de resentimiento en su rostro, que no le pasó desapercibido

a Ana. Procuró concentrarse en las páginas impresas en su mano. Varias cláusulas,

previendo cada eventualidad. ., y entonces, el espacio en blanco.

¿Esperas que firme también?

La idea de legalizar las cosas fue tuya, ¿recuerdas?

Él estaba en lo cierto. Pero parecía haber algo equivocado en colocar su firma

al lado de la de él.

Luc tomó el documento de su mano extendida y volvió a guardarlo en el bolsillo.

¿Quieres pedir algo ó comer fuera?

¿Comer? Creí que tenías prisa en volver. . —Ana se interrumpió, sin querer

decir “a casa”. — . . a Sydney.

Precisas alimentarte, mi querida.

¡Oh, tu preocupación es conmovedora!

No juegues conmigo.

Ana se quedó observándolo por un instante, pensativa. Luc tenía un sex appeal

innato, parecía emanar poder, fuerza.

¿Cómo podía ser tan guapo, tan atractivo?

En los últimos nueve días sólo su imagen poblara su mente. Era una tortura

recordar sus formas fuertes, el modo como se movía contra la piel de ella cuando

hacían el amor. . Era mucho más que sexo. Siempre lo fue.

En sus brazos, toda racionalidad se pedía. Se transformaba en una mujer

ardiente, atrevida, ávida por dar y recibir placer.

Sabía que su amor no era correspondido, pero podía soportar ese hecho. Podía

hasta mismo compartirlo con los recuerdos de Emma, su primera esposa.

Pero todo eso sólo mientras creía que el afecto de él con el tiempo pudiese

tornarse más profundo, más significativo.

No podía compartirlo con una mujer de carne y hueso. Aquello era

insustentable.

Sin embargo, estaba el bebé. .

¡Ana quería tanto que su casamiento sobreviviese! ¿Cómo podría ser eso

posible, con todo, sin honestidad, confianza?

¿Sería la palabra de Luc, verbal, y no aquella del contrato, suficiente?

Palabras eran una expresión de intenciones, no de sentimientos.

¿Estás pronta? —Luc quebró a propósito el flujo de sus conjeturas, trayéndola

de vuelta al presente.

No. —Ana empinó el mentón.

Mientras viviese, ya no estaría “pronta” para él. Luc armó aquella trampa, pero

ya no tendría el derecho de saber que esperar de ella.

Él la encaró, desconfiado.

¿Cuánto tiempo te lleva arreglar tus cosas?

Ana trajo poca ropa consigo, y los pequeños enseres que adquiriera no tendían

lugar en la elegante mansión de Luc.

Puedo estar pronta en quince minutos.

Ella también podía ser fría. Por lo menos en aquel momento. Sin más nada que

decir, atravesó el cuarto, abrió la maleta vacía en el piso y comenzó a arreglarla.

Percibió que Luc se dirigía a la cocina. Abrió la heladera para tomar agua.

Enseguida, llamó a su piloto pasándole los detalles del vuelo.

No había, en opinión de él, porqué atrasar lo inevitable.

“No mires atrás”, Ana se ordenó a si misma, al caminar hacia el auto de Luc.

La primera parada fue en un restaurante de uno de los hoteles próximos, ya

que él mantenía su posición que Ana precisaba alimentarse.

Ella casi no consiguió probar la comida.

¿No tienes hambre?

Ana lo encaró.

No.

Si Luc sugiriese que debía comer más, ella no tendría dudas en tirar el plato, y

todo lo que restaba en la mesa, directo sobre su cara.

Sin embargo, Luc ofreció, gentil:

Tal vez algunas frutas. .

Aunque él esperase por una respuesta, Ana no se la dio.

El pedido fue hecho al mozo. En realidad, las frutas frescas y heladas le

parecieron tan invitantes que Ana consiguió probarlas.

No podía dejar de mirar las manos de él. No sólo para su diseño tan masculino,

sino por la textura de la piel y por la fuerza que sabía poseían.

Luc tenía la habilidad de hacer que nada en el mundo importase cuando la

tocaba con sus largos dedos.

¿Cómo podía su corazón acelerarse ante el mero recuerdo? Química sexual. No

había otra conclusión. Vigorosa, letal.

Media hora después, llegaban a la pista, prontos para embarcar en el lujoso jet

que los llevaría de vuelta a Sydney.

Con suavidad, el avión alzó vuelo como un gran pájaro por el cielo, y Ana cerró

los ojos, sin ninguna disposición para conversar con su marido.

Sus ideas eran confusas y llenas de ansiedad. Su padre, Rebekah, la tienda de

flores. . Y lo peor, Celine Moore, su peor enemiga.

¿Quién ganaría? ¿La esposa ó la amante?

Ausentarse por más de una semana no resolvía nada.

Los problemas la esperaban, tal vez agravados.

Capítulo III

Buenas noches, sra. Dimitriades.

Ana respondió al saludo sonriendo a Petros, que le abría la puerta del auto. Luc

ya había dado la vuelta por el otro lado, y se preparaba para sentarse al lado de ella.

A aquella hora de la noche, las calles estarían libres, y no demorarían en llegar

a Vaucluse, pensó, recostándose en el cómodo asiento y observando los alrededores

a través de la ventana.

Luces brillantes, los letreros luminosos de neón.. La gran ciudad casi

enmudecida por el horario. Aquel era su hogar. El lugar donde nació y creció, tan

familiar.

Buscó un asunto seguro para conversar con Luc, pero, ¿para qué fingir? No

tenía el menor deseo de dirigirle la palabra.

Vaucluse era un barrio elegante, con una linda vista del puerto, y la mansión de

Luc era muy bien localizada y segura. Toda construida en líneas firmes y cuadradas, tenía un aire imponente. El toque de suavidad quedaba a cargo de los extensos

jardines, con espécimen variadas de flores y follaje, que Petros cuidaba con tanto cariño.

Ana se sintió muy tensa cuando el portón electrónico se abrió. El vehículo se

detuvo, y ella sin demora abrió la puerta y salió, percibiendo la mirada frustrada de Petros, que se preparaba para ayudarla.

Fue obligada a esperar que Luc desactivase el sistema de seguridad y

destrabase la puerta doble de la entrada. Entraron lado a lado, y Ana pudo volver a ver el hall tan bien decorado con sus cuadros y estatuas, obras de arte carísimas

que hacían tan bien a la vista.

El piso de mármol claro, que combinaba tonalidades pastel, se extendía al

refinado comedor, más utilizado en ocasiones formales. Del lado opuesto, se veían

varias salas en desnivel, pequeñas y más acogedoras. Pero lo que más causaba

impresión en ese piso era la escalera de mármol suntuosa que llevaba a los cuatro

dormitorios superiores y las salas de estar privadas.

Traeré refrescos. —y Petros siguió en dirección a la cocina.

Para mí, no. —Ana procuró suavizar su rechazo con una sonrisa suave,

dirigiéndose enseguida a la escalinata.

No quería continuar allí ni un instante más.

Luc siguió sus pasos, y ni bien terminaron de subir ella se volvió para encararlo.

Iré a otro cuarto.

No.

¡¿Cómo?!

Creí que mis respuestas eran claras.

¡No quiero dormir contigo!

Tal vez no esta noche. —Luc notó el relámpago de dolor en los ojos verdes,

visible apenas por un instante.

¡Ni esta noche, ni nunca más!

¿Estás tan decidida, Ana?

Ella sintió la sangre subir de nuevo a su rostro. Quería gritar, zamarrearlo,

hacer cualquier cosa que demostrase la ira que sentía. ¿Cómo Luc podía sentirse tan poderoso? ¿Y cómo podía ella ser tan inútil para lidiar con su marido?

Estaba presa en una red. Presa a Luc, por el bebé que llevaba en su vientre.

Presa a él por la lealtad que tenía en relación a su familia.

Sosteniendo la maleta, Luc se adelantó, y Ana se quedó observándolo entrar en

la suite principal, de donde volvió segundos después con las manos vacías.

¡Déjame en paz, Luc!

Él paró cerca de ella y tomó su mentón, forzándola a mirar directo a sus ojos.

Cuidado, pedhaki mou. ¡Puedo sentirme tentado de hacer cosas que ni imaginas!

El enojo de Ana creció delante de la tranquilidad con que él la amenazaba, y sus

labios temblaron levemente al sentir la proximidad de los dedos de él, que recorrían su mejilla.

No me asusto con tanta facilidad.

Una de tus admirables cualidades. —y Luc la dejó, volviendo a la escalera.

Él iría, Ana sabía, a chequear con Petros si había algún recado, verificar sus e-

mails, hacer llamadas y lidiar con los documentos impostergables, lo que podría llevar una hora, ó más.

Eso le daría tiempo para. .

¿Hacer qué? ¿Arreglarse?, Ana pensó con ironía, entrando en la suite y

caminando algunos pasos más.

Nada cambiara. Pero, ¿se habría ella aferrado a esa ilusión?

La cama enorme, hecha en madera oscura tallada, ya se encontraba preparada

con las finas sábanas de lino, bordadas con exclusividad para la pareja. Ocupaba un lugar de destaque en el cuarto, que también poseía otros ambientes. El sofá de

tapizado suave, adornado con almohadones, formaba parte de uno de ellos, además

era el preferido de Ana. Acogedor, hecho para el placer. . para placeres sensuales.

Un escalofrío le recorrió la espina. Tensión, ansiedad. Maldijo los recuerdos de

lo que viviera con Luc en aquel lugar. Recuerdos vívidos de encuentros electrizantes, donde ni la culpa ni la vergüenza tenían lugar.

¿Cómo podría meterse debajo de las mantas y fingir que nada había pasado?

Tendría que encarar la situación. Pero no aquella noche. Todo lo que quería era

sacarse la ropa y dormir. Apagar todos los pensamientos que se mezclaban en su

cabeza.

Sabía que tenía que llamar a su padre, a su hermana, avisarles que volviera. No

en tanto, no lo consiguió. Todo por lo que pasó en aquel día, el vuelo, el nerviosismo de estar al lado de Luc, combinados a los efectos del propio embarazo, hizo que

cayera presa del sueño segundos después de colocar la cabeza en la almohada.

Despertó de a poco, con una sensación agradable... Aún un tanto desorientada

sobre donde estaba.

Y entonces todo se fue organizando.. Su retorno.. Sydney. . Luc.

Sus ojos se estrecharon al reconocer la suite, el lecho tan grande y la

presencia familiar del hombre acostado a su lado, mirándola.

¿Cómo podía estar allí, cuando la noche anterior. .

Son casi las siete. . —Luc hablaba con indolencia. Ana se quedó analizándolo

algunos instantes, el corazón casi dejando de latir.

Entonces él se irguió con facilidad, sentándose.

Ana admiró la belleza de los músculos bien torneados y la piel bronceada.

El pelaje del largo pecho le causaba picazón, tan grande era el deseo de

tocarlo. Quería abrazarlo, atraer la boca de su marido junto a la suya.

Pero no hizo nada de eso. Por el contrario, dejó que su ira volviera de nuevo a

la superficie y se alejó lo más lejos posible de su marido.

No tienes derecho. .

Tengo, si. —Luc levantó la mano y, con cariño, alejó una mecha de cabello del

rostro de ella.

Ana se puso en pie de un salto, pero, más rápido que ella, Luc la enlazó,

impidiendo que se alejase.

¡Déjame ir!

No.

Volviéndose contra él, lo golpeó con rabia, mientras Luc la forzaba a acostarse

en su regazo.

No era una buena posición, Ana descubrió después. Quedaba demasiado

próxima a su marido. Y las órdenes de su cerebro eran muy diferentes de las que

dictaban sus sentidos.

Con todo, el terror de sucumbir una vez más era más de lo que podía aguantar,

y ella intentó soltarse, conciente que luchar contra Luc sería un ejercicio vano.

No hagas esto —hizo el pedido, cargado de dolor. — Por favor.

Su tono pareció, al fin, tocarlo. Luc la miró fijo, como examinando su

semblante, intentando entender lo que sentía de verdad.

Los ojos de ella eran lo suficientemente profundos para que se zambullera en

ellos. Parecían tan vulnerables, las emociones tan a flor de piel, que lo envolvieron, un nudo se formó en su garganta.

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Ana, sin poder ser contenidas ya.

Con extrema delicadeza, Luc las secó con el pulgar, inclinando enseguida la

cabeza para besarle la mejilla. En un gesto continuo, su mano descendió un poco para apoyarse en la barriga de ella.

Allí estaba su bebé. Un pequeñito embrión que crecía y ganaba fuerza. Nunca

experimentó nada tan fuerte como cuando supo de su existencia.

Ven a tomar un baño conmigo.

No, Luc. No.

Él no imaginaba cuanto le costaba aquel rechazo. Pero no podía prestar oídos a

su corazón y volver a la relación como si nada hubiese pasado. Luc pensaría que a ella no le importaba ser amenazada, ser forzada a continuar casada, que no le importaba la traición. Y Ana lo odiaría aún más por eso.

Bastaba traer a su mente de nuevo la figura de Celine, para tener la certeza

que era necesario que se alejase de él.

Se alejó, sabiendo que sólo logró hacerlo porque él lo permitiera. Se dirigió a la ducha, cerrando la puerta.

Veinte minutos después, habiendo tomado el baño, Ana se sentía mucho mejor.

Petros ya la esperaba con el desayuno preparado: huevos revueltos y café

fresco. Podía hasta sentir el delicioso aroma.

Preparé su té, señora.

Pero yo prefiero. .

Té. La cafeína no es recomendada durante la gestación.

Ana hizo una mueca.

Estás muy mandón, ¿no crees? ¿Puedo llevar esto? —Ana sostenía una bandeja.

Estaba muriendo de hambre.

¡Vamos, por favor, sra. Dimitriades! —Petros la miraba, con indignación. — ¡Es

evidente que no!

¿No crees que podrías llamarme Ana? Al final, ¡podría ser tu hija!

Petros se enderezó.

Usted es la esposa de mi patrón. No podría tratarla de un modo tan familiar.

Ana no consiguió contener una carcajada.

Pero lo llamas Luc.

Ya nos conocemos desde hace mucho tiempo.

En ese caso, ¿cuánto tendré que esperar hasta que me des el honor de

llamarme por mi primer nombre?

Cinco años —afirmó, solemne, transfiriendo con destreza la panceta frita al

plato, arreglándolos uno a uno al lado de los huevos. — Por lo menos.

Ana dio la batalla por perdida. Tomó la bandeja que Petos acababa de preparar,

y se dirigió a la puerta.

El pequeño comedor familiar se localizaba en la parte de atrás de la residencia

y tenía una agradable vista a la piscina, recibiendo bastante claridad del sol de la mañana.

Huevos revueltos a tu disposición...

Luc estaba sentado a la cabecera de la mesa, el periódico del día abierto

frente a él, una taza de café por la mitad. Su saco colgado en el respaldo, y encima estaba la corbata. El maletín y el laptop se encontraban en el piso, a su lado.

Levantó la vista al oír la voz de ella, y dijo, divertido:

¿Cómo conseguiste esto?

Artimañas femeninas. —y se puso a distribuir los platos en la mesa, colocando

también el café, el té y los huevos. Hecho esto, empujó una silla y se sentó.

Se sirvió té, leche, huevos, tostadas. . “’¡Dios!”, pensó, después de probar la

comida. “¡Nadie hace huevos como Petros!”

¿Vas a llamar a tu padre y a Rebekah?

A papá, ni bien termine de comer. Después iré a la tienda.

No para trabajar.

Había un tono de orden que la erizó.

Claro que voy para trabajar, Luc.

No hay necesidad de eso.

¿Estás hablando tan sólo de hoy?

No. —parecía que no hubiera nada para aclarar.

¿Por el embarazo?

No veo motivo para que estés de pie todo el día, para que te esfuerces tanto.

Ana apoyó el tenedor en el plato, con cuidado, y se alejó un poco.

Prefieres entonces que me junte a las damas de la alta sociedad, pase la tarde

haciendo compras y nadando como un bello cisne en el lago.

Puedes continuar como socia de la tienda, si quieres, pero deja que Rebekah

contrate una funcionaria para ayudarla.

No.

No te estoy dando elección.

Ana decidió ignorar los modos autoritarios de su marido.

No intentes manipularme, Luc. — los iris verdes y brillantes centellaban. — No

voy a soportar eso.

Termina tu café.

Perdí el apetito. —Ana hizo mención de levantarse. — Tengo algunas llamadas

que hacer.

Luc agarró su brazo, impidiéndole alejarse, dándole la certeza que no ganaría

nada con intentar empujarlo.

Pide a Rebekah que contrate tu sustituta. —aquellos que lo conocían bien no se

dejarían engañar por la entonación dulce. Reconocerían detrás de ella al depredador.

— Ó lo haré yo.

Él esperó un instante.

De todas maneras, diminuye al mínimo tu permanencia hoy por allá.

¡No me hagas enojar!

Luc la encaró con frialdad.

Es mejor que hagas lo que digo.

Ana resistió el deseo de responder cuando él la soltó. Optó por mantenerse en

silencio y siguió rumbo a la terraza, descendiendo enseguida algunos escalones hacia el jardín.

Sólo entonces llamó a William y lo invitó a almorzar. Su padre tenía una reunión

de negocios después, y propuso el día siguiente. Parecía disperso, ansioso. .

¿Arrepentido?

Ana quería respuestas, quería saber el porqué de un hombre conocido por su

honestidad y lealtad haber hecho algo tan lejos de su carácter. Y tendría que

escuchar aquello de la boca de él.

Lamentablemente, no sería aquel día. Resolvió conformarse, al caminar de

nuevo hacia la mansión.

Capítulo IV

Petros estaba limpiando la mesa cuando Ana entró en el comedor.

Luc ya se fue a la ciudad, señora.

Preciso las llaves de mi auto.

El criado continuó colocando la vajilla usada en la bandeja.

Me parece que no es una buena idea.

Ana le lanzó una mirada irritada.

Luc está al tanto de mis planes para hoy.

Pero no concuerda con ellos, ¿no?

Tengo cosas que hacer, lugares a donde ir.

A la tienda —Petros concluyó. — Donde va a estar trabajando todo el día.

Tengo que cuidar de mis negocios —Ana dijo con firmeza.

Luc va a desaprobarlo.

Ella tomó el dinero y la cartera, alcanzó las llaves del auto y se volvió para

partir.

Quédate tranquilo. Haré que él sepa que me avisaste.

Yo la llevo.

Gracias. —Ana sabía del grado de lealtad de Petros a su patrón. — Pero no es

necesario.

La tienda quedaba localizada en una galería con varias boutiques de renombre,

y tenía una clientela regular.

Rebekah poseía mucho talento en el arte de los arreglos florales, y Ana se

encargaba de la administración, la contabilidad, hacía pedidos, atendía a los clientes.

Cintas, tarjetas, arnés y un toque de magia habían hecho que Flores & Buqués

fuera muy conocida y renombrada en la ciudad.

Ana inspiró hondo el aroma que llenaba el aire, dulce y embriagante.

¡Ana! ¡Que bueno verte! ¿Cuándo llegaste?

Anoche.

Un abrazo tan afectivo hizo que su depresión volviera a apoderarse de ella. Su

hermana lo percibió en ese mismo instante.

Y entonces, ¿qué está pasando?

¿Cómo así?

No entendí nada de los mensajes que dejaste en el contestador automático. Y

no creo que Celine haya sido la única razón para tu partida —Rebekah fue diciendo.

— Siendo así, ¡empieza de una vez!

Ana podía intentar desviar el asunto, pero, ¿para qué?

Estoy embarazada.

Hubo una sorpresa inicial, pero enseguida su hermana abrió una gran sonrisa

afectuosa, la expresión tierna.

¿Y por qué no llegaste aquí bailando y saltando para celebrar?

No fue planeado.

Rebekah le lanzó una mirada de quien sabía que faltaban informaciones.

¿Y ese es el problema?

No exactamente.

¿Qué es lo que te está afectando? ¿No me quieres contar de qué se trata?

Ana permaneció en silencio algunos segundos, y Rebekah habló, aún más

cariñosa:

¿Le contaste a Luc lo que hizo Celine? ¿Cuan destructiva ha sido?

¿Qué diferencia haría?

No.

¿No crees que deberías?

Puedo lidiar con Celine.

Querida.. —Rebekah la previno, casi en tono de censura. — Dale media

oportunidad y ella te tragará y te escupirá antes que te des cuenta de lo que está pasando.

Ana se sonrió sin ganas.

Gracias por el voto de confianza.

Estoy preocupada por ti.. ¿Qué más está pasando? Vamos, ¡cuéntame!

Ana titubeó entre revelar ó no lo que ocurriera con el padre de ambas.

No te preocupes, Rebekah. Creo que puedo achacar todo a una alteración

hormonal —despistó, dándose de hombros.

Y sólo por un pálpito, ¿mi querido cuñado no preferiría que su esposa se

quedara en casa?

Puedes apostarlo.

¿Por qué está aquí, entonces?

Una pequeña sonrisa se esbozó en sus labios.

Me conoces bien.

Si, pero no quiero que Luc me coma viva, no dejaré que hagas ningún trabajo

pesado, ¿entendido? Sólo cargarás pedazos de papel, ¡y nada más pesado que eso!