Antología de leyendas que no se Olvidan (Terror) por Dulce Johana González Atonal - muestra HTML

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Esc. Sec. Gral. Ĺeonarda Gómez Blancoµ

Clave: 29DES0039G

Totolac, Tlax.

Español lll

Leyendas que no se olvidan

Estudiante: Dulce Johana González Atonal

Grado: 3 Grupo:µDµ

Profa. Miriam Ytalú Villarreal Ramírez

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DEDICATORIA

Esta antología es dedicada a las personas que les gusta asustarse

al igual a las personas que quieren saber sobre las leyendas que

hay en su ciudad, republica y también en el mundo.

Esta antología contiene las mejores leyendas que tras varios

años han ido estando presentes en nuestro entorno, esto es

porque nosotros mismos las hemos hecho famosas tal vez

porque cuando las escuchamos nos asusta, nos gustan o

simplemente por imaginarnos lo que paso hace años.

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PROLOGO

Leyenda proviene del latín legenda, que significa Dzlo que debe ser

oídodz. Originalmente, era una narración escrita que era leída en

público en las celebraciones de las festividades de los santos.

Desde el siglo XIX, la leyenda es considerada como un sinónimo

de la llamada tradición popular. Una leyenda es un relato de

hechos humanos que se transmite de generación en generación y

que se percibe tanto por el emisor como por el receptor, como

parte de la historia.

Hay varios tipos de leyendas: etiológicas que aclaran el origen de

los elementos inherentes a la naturaleza, como los ríos, lagos y

montañas, Leyendas históricas, Leyendas míticas y Leyendas

religiosas.

En esta antología se escogieron leyendas puesto que atraen a las

personas porque las personas cuentan que fue o es real. En

cualquier parte de la republica o del mundo siempre va a haber

una leyenda que los identifica aparte de su cultura y tradiciones.

3

INDICE

Pág.

La Calle de la mujer herradaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ..5

La Calle del niño perdidoǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.8

El Callejón del besoǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.ǥ10

Callejón del muertoǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.15

La Capilla enterradaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.................18

La Casa del truenoǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ19

Confesión de un muertoǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ..22

Fantasma de la monjaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ23

Isla de las muñecasǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ..27

Leyenda urbana de la rumorosaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.30

La Lloronaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.31

Las Momias de Guanajuatoǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ32

La Mujer de negro en el panteón de Santa Paula..........................33

La Mujer del barrancoǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ...34

La Niña atropelladaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.ǥ...35

La Niña de las iglesiasǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ...ǥ.37

La Planchadaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ...40

La Quemadaǥ...........................................................................................42

El Señor que vivía con una brujaǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ.ǥǥ.44

Terror en la carreteraǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥǥ..ǥ45

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La calle de la mujer herrada

Por los años de 1670 a 1680, vivía en esta ciudad de México y en la casa número

3 de la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, ahora número 100, calle

atravesada entonces de Oriente a Poniente por una acequia, vivía, digo, un clérigo

eclesiástico; mas no honesta y honradamente como dios manda, sino en

incontinencia con una mala mujer y como si fuera legítima esposa. No muy lejos

de allí pero tampoco no muy cerca, en la calle de las Rejas de Balvanera, bajos de

la ex-Universidad, había una casa que hoy está reedificada, la cual antiguamente

se llamó Casa del Pujavante, porque tenía sobre la puerta "esculpido en la

cantería un pujavante y tenazas cruzadas", que decían ser "memoria" del siguiente

sobrenatural caso histórico que el incrédulo lector quizá tendrá sin duda por

conseja popular. En esta casa habitaba y tenía su banco un antiguo herrador,

grande amigo del clérigo amancebado, ítem más, compadre suyo, quien estaba al

tanto de aquella mala vida, y como frecuentaba la casa y tenía con él mucha

confianza, repetidas ocasiones exhortó a su compadre y le dio consejos sanos

para que abandonase la senda torcida a que le había conducido su ceguedad

Vanos fueron los consejos, estériles las exhortaciones del "buen herrador" para

con su "errado compadre" que cuando el demonio tornase en travieso Amor, la

amistad

es

impotente

para

vencer tan satánico enemigo.

Cierta noche en que el buen

herrador estaba ya dormido,

oyó llamar a la puerta del

taller

con

grandes

y

descomunales golpes, que le

hicieron

despertar

y

levantarse más que de prisa.

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Salió a ver quién era, perezoso por lo avanzado de la hora; pero a la vez alarmado

por temor de que fuesen ladrones, y se halló con que los que llamaban eran dos

negros que conducían una mula y un recado de su compadre el clérigo,

suplicándole le herrase inmediatamente la bestia, pues muy temprano tenía que ir

al Santuario de la Virgen de Guadalupe. Reconoció en efecto la cabalgadura que

solía usar su compadre, y aunque de mal talante por la incomodidad de la hora,

aprestó los chismes del oficio, y clavó cuatro sendas herraduras en las cuatro

patas del animal. Concluida la tarea, los negros se llevaron la mula, pero dándole

tan crueles y repetidos golpes, que el cristiano herrador les reprendió agriamente

su poco caritativo proceder.

Muy de mañana, al día siguiente, se presentó el herrador en casa de su compadre

para informarse del por qué iría tan temprano a Guadalupe, como le habían

informado los negros, y halló al clérigo aún recogido en la cama al lado de su

manceba.

- Lucidos estamos, señor compadre - le dijo -; despertarme tan de noche para

herrar una mula, y todavía tiene vuestra merced tirantes las piernas debajo de las

sábanas, ¿qué sucede con el viaje?

- Ni he mandado herrar mi mula, ni pienso hacer viaje alguno - replicó el aludido.

Claras y prontas explicaciones mediaron entre los dos amigos, y al fin de cuentas

convinieron en que algún travieso había querido correr aquel chasco al bueno del

herrador, y para celebrar toda la chanza, el clérigo comenzó a despertar a la mujer

Con quien vivía

6

. Una y dos veces la llamó por su nombre, y la mujer no respondió, una y dos

veces movió su cuerpo, y estaba rígido. No se notaba en ella respiración, había

muerto. Los dos compadres se contemplaron mudos de espanto; pero su asombro

fue inmenso cuando vieron horrorizados, que en cada una de las manos y en cada

uno de los pies de aquella desgraciada, se hallaban las mismas herraduras con

los mismos clavos, que había puesto a la mula el buen herrador. Ambos se

convencieron, repuestos de su asombro, que todo aquello era efecto de la Divina

Justicia, y que los negros, habían sido los demonios salidos del infierno.

Inmediatamente avisaron al cura de la Parroquia de Santa Catarina, Dr. D.

Francisco Antonio Ortiz, y al volver con él a la casa, hallaron en ella la R. P. Don

José Vidal y a un religioso carmelita, que también habían sido llamados, y mirando

con atención a la difunta vieron que tenía un freno en la boca y las señales de los

golpes que le dieron los demonios cuando la llevaron a herrar con aspecto de

mula. Ante caso tan estupendo y por acuerdo de los tres respetables testigos, se

resolvió hacer un hoyo en la misma casa para enterrar a la mujer, y una vez

ejecutada la inhumación, guardar el más profundo secreto entre los presentes.

Cuentan las crónicas que ese mismo día, temblando de miedo y protestando

cambiar de vida, salió de la casa número 3 de la calle de la puerta Falsa de Santo

Domingo, el clérigo protagonista de esta verídica historia, sin que nadie después

volviera a tener noticia de su paradero. Que el cura de Santa Catarina, "andaba

movido a entrar en religión, y con este caso, acabó de resolverse y entró a la

Compañía de Jesús, donde vivió hasta la edad de 84 años, y fue muy estimado

por sus virtudes, y refería este caso con asombro". Que el P. Don José Vidal murió

en 1702, en el Colegio de San Pedro y San Pablo de México, a la edad de 72

años, después de asombrar con su ejemplar vida, y de haber introducido el culto

de la Virgen, bajo la advocación de las Dolores, en todo el reino de la Nueva

España. Solo callan las viejas crónicas el fin del R.P. carmelita, testigo ocular del

suceso, y del bueno del herrador, que dios tenga en su santa Gloria.

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La Calle del Niño Perdido

Enrique de Verona logró gran prestigio y fortuna como escultor por las obras de

arte realizadas en la catedral de Toledo, en España. Como era mucha su fama fue

contratado por el virrey Don Francisco Hernández de la Cueva para realizar el

altar de reyes en la catedral de México. También en la nueva España ganó honra

y dinero; Verona que en su tierra había dejado esperando a una guapa gaditana,

quien

todos

los

días

iba

a

ver

que

barcos

llegaban.

Se disponía a volver a España para enlazar su vida con la mujer que amaba,

cuando he aquí que a la víspera de su viaje, a dar vuelta a una esquina tropezó

con una dama a quien se le cayó el pañuelo. El joven Verona por su natural,

cortesía se acercó a levantarlo y se lo entregó a la doncella, la cual se puso

encendida como una amapola, fijó sus ojos castaños en los de Verona y con una

voz que a éste le sonó como música le dijo con tono suave: í Gracias caballero.

Fueron solo dos palabras, pero esas dos palabras, aquella mirada y la belleza de

la dama, produjeron en Verona más efecto del que pudo de pronto comprender.

Se quedó parado en la esquina viendo alejarse a la doncella y aquel caballero se

lo repetía él mismo una y otra vez. Hasta entonces se acordó el olvidadizo artista

de todas las cosas que le

faltaban arreglar para su

viaje del día siguiente. De

pronto le pareció una falta

imperdonable

no

despedirse de un amigo al

que nunca le había hecho

el menor caso; el no dejar

recomendado a un gatito

que

tenía,

para

que

no

le

hiciera

falta

comida. 8

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Lo que Verona quería era disculparse y con mil pretextos, el cambio que acabara

de experimentar en su corazón; quería a toda costa demorarse y dejar esperando

a la gaditana. Pronto se conocieron Verona y Estela Fuensalida, que tal era el

nombre de la doncella que también tuvo que dejar plantado a su prometido, un

viejo platero llamado Don Tristán de Valladeres. La gaditana se quedó espera y

espera, pero Valladeres, lleno de rabia, de celos y de despecho, juró vengarse en

la primera oportunidad. Pasó un año, Estela tenía un hermoso niño y todo parecía

estar en paz, hasta que una noche fría del mes de Diciembre de 1665 llegó Tristán

de Valladeres sigilosamente a la casa de Estela y entró por la barda de atrás y

prendió fuego a un pajar. Al momento se lanzaron llamaradas y cuando Estela y

su

esposo

despertados aturdidos, se encontraron en medio de humo y llamas. Todo fue

confusión en la casa, los criados corrían de un lado a otro, despavoridos tratando

de salvar sus vidas. Estela cayó desmayada en la habitación y los vecinos que

habían acudido, apagaban todo el fuego y salvaron a Estela. Cuando esta se

repuso y ya en la calle libre de las llamas, reflexionó que se hallaba sin su esposo

y sin su hijo, los dos seres más amados de su corazón, una angustia indescriptible

se apoderó de ella y arrodillada en el suelo gritaba llamando a su marido. Al

momento llegó el esposo, pero sin el pequeño, entonces el dolor de ambos no

tuvo límite, Estela se arrojó entre las llamas para entrar por su hijo a la casa y

Verona se lo iba a impedir cuando se escuchó el llanto de un niño y vieron a un

hombre que trataba de esconderlo, entonces

Verona

y

otros

se

precipitaron

sobre

él

quitándole el niño que llevaba en brazos. El

niño era el hijo de Estela y el hombre vengativo

Tristán. La gente que había visto llorar a Estela

por su hijo desde entonces se llamó la calle El

Niño Perdido.

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Leyenda del callejón del beso

Sin lugar a dudas Guanajuato es la ciudad idónea para dejar atrás el automóvil

y caminar por sus plazuelas escondidas, sus museos y sus callejones, donde

hacen su aparición las estudiantinas que, como Orfeo o como el flautista de

Hamelin, atraen a una gran cantidad de público, en la típica callejoneada.

Lo anterior, claro está, lo podemos encontrar en algunas revistas de turismo,

pero ¿qué es Guanajuato para los guanajuatenses? Para algunos es un lugar

mágico lleno de tranquilidad, libertad y naturaleza, donde niños, jóvenes y

adultos pueden salir a las calles a recrearse sin temor ni angustia de ningún

tipo. Una canción nos dice que la ciudad se encuentra entre sierras y

montañas, bajo un cielo azul. Para alguien es tierra de oportunidades. Un

amigo me comentó que esta ciudad es un hoyo, cuya fuerza de gravedad es de

tal grado que no deja salir a los guanajuatenses con posibilidad de destacar.

Otro me dijo que Guanajuato es una casa vieja que siempre se debe estar

arreglando... Desde mi punto de vista, Guanajuato es una ciudad sacada de un

cuento de hadas donde no pasa el tiempo. Es una casa mágica rodeada de

sierras y montañas, bajo un cielo azul, y cuyos inquilinos no pueden salir de ella

pero viven con tranquilidad y se recrean libremente. Definitivamente es una

ciudad con una arquitectura de lo más extraña, lo cual se debe a que está

construida sobre una cañada. Pero hay otra razón de índole socio histórico.

Como se sabe, las leyendas y tradiciones medievales hablaban de grifos,

gorgones, amazonas y otros seres fantásticos, así como de tierras paradisiacas

que contaban con alimentos exquisitos y desconocidos, de ciudades de oro y

de extraños sitios donde se encontraba la fuente de la eterna juventud.

Leyendas que entraban por los oídos de aventureros y exploradores del Viejo

Mundo y les despertaban su imaginación y su codicia; de esta forma se

lanzaron al mar, en busca de esas tierras, a sabiendas de que habrían que

atravesar grandes peligros.

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Motivados así por las leyendas y por la ciencia, los europeos arribaron a

nuevos continentes, unos para conquistarlos y otros para instaurar la Utopía de

Tomás Moro. De esta manera llegaron al orífero territorio llamado Guanajuato.

Fue en 1542 cuando fray Sebastián de Aparicio consumó un camino que

comunicaba a la ciudad de México con Zacatecas; los arrieros, al transitar por

este camino, encontraron el mineral a flor de tierra, lo que trajo como

consecuencia

el

establecimiento

de

grupos

mineros,

que

empezaron a

constituir el principio de la ciudad de Guanajuato. La ciudad no tuvo una

planificación previa, sus edificios fueron construidos de acuerdo con la

ubicación de las minas. Seguramente por ello los habitantes dicen que los

cimientos de Guanajuato son de oro, pero soy del pensar que parte de esos

cimientos son sus leyendas, una de las cuales hemos de tratar aquí.

Antes de continuar diré que la leyenda como acto cultural es un mito histórico,

pero no porque tenga sentido de ilusión o fantasía, como muchos piensan. El

mito es algo más, algo que une y nos recuerda el origen del mundo, nuestra

relación con las divinidades, y ningún hombre religioso puede negar la verdad

que encierran esas narraciones, ya sean escritas o de tradición oral. Es en el

mito donde se establece, a través de palabras, alegorías y símbolos, la realidad

trascendente, donde se muestran los valores éticos y morales de un pueblo.

Ahora bien, el mito es una narración sacra donde sus personajes son dioses o

héroes civilizadores, pero la leyenda es el mito de lo profano porque en ella el

narrador tiene la libertad de expresar acontecimientos pasionales, cómicos,

épicos, etcétera, en los cuales se habla de personas y lugares especiales que

se recuerdan de generación en generación. Esa es la razón por la que digo que

la leyenda es el mito de la historia, porque nos muestra las pautas sociales e

históricas de un pueblo, aunque en ocasiones tengan un tinte mágico y

fantástico.

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La leyenda de la que he de hablarles es una de las de mayor tradición; tiene

como escenario un callejón de sesenta y ocho centímetros de ancho, tamaño

exacto para proporcionar una historia que perdura hasta nuestros días y que

nos narra un encuentro de enamorados con trágico fin. Esta leyenda esconde

parte del vivir y del sentir cultural de Guanajuato, y versa así:

Se cuenta que doña Carmen era hija única de un hombre intransigente y

violento, pero como suele suceder, el amor triunfa a pesar de todo. Doña

Carmen era cortejada por don Luis, un pobre minero de un pueblo cercano. Al

descubrir su amor, el padre de doña Carmen la encerró y la amenazó con

internarla en un convento; según su padre, ella debía casarse en España con

un viejo rico y noble, con lo cual el padre acrecentaría considerablemente sus

riquezas.

La bella y sumisa criatura y su dama de compañía, Brígida, lloraron e

imploraron juntas y resolvieron que la dama de compañía le llevara una misiva

a don Luis con las malas noticias.

Ante ese hecho don Luis decidió irse a vivir a la casa frontera

de la de su amada, que adquirió a precio de oro. Esta casa

tenía un balcón que daba a un callejón tan angosto que se

podía tocar con la mano la pared de enfrente.

Un día se encontraban los enamorados platicando de balcón a balcón, y

cuando más abstraídos estaban, del fondo de la pieza se escucharon frases

violentas. Era el padre de doña Carmen increpando a Brígida, quien se jugaba

la misma vida por impedir que el amo entrara a la alcoba de su señora. Por fin,

el padre pudo introducirse, y con una daga que llevaba en la mano dio un solo

golpe, clavándola en el pecho de su hija.

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Doña Carmen yacía muerta mientras una de sus manos seguía siendo

posesión de la mano de don Luis, quien ante lo inevitable sólo dejó un tierno

beso sobre aquella mano. A través de esta leyenda podemos darnos cuenta de

que en el siglo XVI y XVII no se podía dar el casamiento de ciertas clases

sociales con otras de inferior categoría, y que tener una hija significaba poder

obtener un orden jerárquico mayor dentro de la escala social. También vemos

que por aquellos tiempos no existía una división tan tajante en la disposición

urbana, con esto quiero decir que las clases sociales no se distinguían por

zonas habitacionales, sino en los espacios públicos. Los amores tendían a

realizarse a escondidas, pues los padres no aceptaban la relación si el

muchacho no llenaba los requisitos de abolengo y de riqueza. Cabe aclarar que

estamos hablando tal vez de una clase media alta, entre la cual en cuestión de

amor siempre era necesaria la participación de una chaperona para recibir

cartas a escondidas.

Aún en la época en que existía el casino en la ciudad de Guanajuato era de

muy mal gusto que se viese a una doña Carmen con un don Luis. Si la dama

asistía con sus padres al casino, el caballero buscaba la forma de internarse

con los músicos al recinto de juego, en esos momentos con solo mirar a la

dama bastaba, y después de una escapada furtiva se colmaba el espíritu de los

enamorados. En la actualidad se ha acabado la fiebre del oro y el pobre

convive, juega, estudia, entre otras actividades, con el rico. Hoy no existen

clases sociales tan marcadas; muchos de los habitantes se conocen desde la

infancia y podemos ver cómo un individuo con licenciatura o doctorado platica

con el bolero, sin distinciones ni reverencia alguna. La zona urbana sigue

siendo igual que antaño, lo único que se mantiene es el apellido: ³éste es el hijo

de fulanito´, o ³tu padre es sutanito´. Ahí todos conocen las historias

individuales de los sujetos, aunque sea de oídas, y entre los habitantes no hay

nada que esconder. Quien quiere que su hija se case con una persona de valía

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económica, la manda a buscar partido a León, Guadalajara, Ciudad de México

o al extranjero.

Aún el padre tiene dominio sobre estos aspectos del amor, y antes de aceptar

una relación formal el joven debe ser presentado a la familia para averiguar sus

intenciones, y después el padre y la madre buscarán entre sus conocidos las

referencias del muchacho. Lo más seguro es que si la joven encuentra en su

fuero interno un amor intenso, buscará la manera de escabullirse con la ayuda

de sus chaperonas amigas y tal vez hasta con la de su madre. Los enamorados

buscarán el lugar exacto, un sitio de poco tránsito para establecer su relación

sin peligro alguno. Pobre de ese amor si el padre se da cuenta o se entera de

esas salidas, porque Guanajuato retumbará con el grito de ³¡Ah, pérfida, con

ese no!Ćon esa pequeña interpretación podemos decir que la leyenda del

Callejón del Beso no nada más es histórica, sino también histórica, se mantiene

en el tiempo del vivir de los guanajuatenses. Se recuerda esta leyenda porque

refleja de manera simbólica la vida amorosa de los inquilinos de esa casa vieja.

La leyenda se ha convertido en tradición, y los turistas, lo mismo que algunos

oriundos, ritualizan ese encuentro en el tercer escalón del callejón, donde todo

se sella con un beso, en el lugar indicado de dos casas que se yerguen como si

estuvieran

entre

dos

columnas,

una

femenina, la otra masculina, para elevar

de esta forma al cielo ese amor. La

forma del beso es lo de menos, el amor

es lo que cuenta, de modo que usted no

se asuste si un día visita esta ciudad y

escucha el grito de ³¡Ah, pérfida, con ese

no!´; al contrario, alégrese porque está

en

el

momento

exacto

de

la

rememoración de aquel amor entre doña

Carmen y don Luis.

14

El Callejón del Muerto

Corría el año de 1600 y a la capital de la Nueva España continuaban llegando

mercaderes, aventureros y no pocos felones, gentes de rompe y rasgo que venían

al Nuevo Mundo con el fin de enriquecerse como lo habían hecho los

conquistadores. Uno de esos hombres que llegaba a la capital de la Nueva

España con el fin de dedicarse al comercio, fue don Tristán de Alzúcer que tenía

un negocio de víveres y géneros en las Islas Filipinas, pero ya por falta de buen

negocio o por querer abrirle buen camino en la capital a su hijo del mismo nombre,

arribó cierto día de aquél año a la ciudad. Después de recorrer algunos barrios de

la antigua Tenochtitlán don Tristán de Alzúcer se fue a radicar en una casa de

medianía allá por el rumbo de Tlatelolco y allí mismo instaló su comercio que

atendía con la ayuda de su hijo, un recio mocetón de buen talante y alegre

carácter. Tenía este don Tristán de Alzúcer a un buen amigo y consejero, en la

persona de su ilustrísima, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza,

quien solía visitarlo en su comercio para conversar de las cosas de Las Filipinas y

la tierra hispana, pues eran nacidos en el mismo pueblo. Allí platicaban al sabor de

un buen vino y de los relatos que de las islas del Pacífico contaba el comerciante.

Todo iba viento en popa en el comercio que el tal don Tristán decidió ampliar y

darle variedad, para lo cual envió a su joven hijo a la Villa Rica de la Vera Cruz y a

las costas malsanas de la región de más al Sureste. Quiso la mala suerte que

enfermara Tristán chico y llegara a tal grado su enfermedad que se temió por su

vida. Así lo dijeron los mensajeros que informaron a don Tristán que era imposible

trasladar al enfermo en el estado en que se hallaba y que sería cosa de medicinas

adecuadas y de un milagro, para que el joven enfermo de salvara. Henchido de

dolor por la enfermedad de su hijo y temiendo que muriese, don Tristán de Alzúcer

se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta el santuario

del cerrito si su hijo se aliviaba y podía regresar a su lado. Semanas más tarde el

muchacho entraba a la casa de su padre, pálido, convaleciente, pero vivo y su

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padre feliz lo estrechó entre sus brazos. Vinieron tiempos de bonanza, el comercio

caminaba con la atención esmerada de padre e hijo y con esto, don Tristán se

olvidó de su promesa, aunque de cuando en cuando, sobre todo por las noches en

que contaba y recontaba sus ganancias, una especie de remordimiento le invadía

el alma al recordar la promesa hecha a la Virgen. Al fin un día envolvió

cuidadosamente un par de botellas de buen vino y se fue a visitar a su amigo y

consejero el Arzobispo García de Santa María Mendoza, para hablarle de sus

remordimientos, de la falta de cumplimiento a la promesa hecha a la Virgen de lo

que sería conveniente hacer, ya que de todos modos le había dado las gracias a

la Virgen rezando por el alivio de su vástago.

-Bastará con eso, -dijo el prelado-, si habéis rezado a la Virgen dándole las

gracias, pienso que no hay necesidad de cumplir lo prometido.

Don Tristán de Alzúcer salió de la casa arzobispal muy complacido, volvió a su

casa, al trabajo y al olvido de aquella promesa de la cual lo había relevado el

Arzobispo. Más he aquí que un día, apenas amanecida la mañana, el Arzobispo

Fray García de Santana María Mendoza iba por la calle de La Misericordia,

cuando se topó a su viejo amigo don Tristán de Alzúcer, que pálido, ojeroso,

cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una

vela

encendida

en

la

mano

derecha,

mientras

su

enflaquecida

siniestra

descansaba sobre su pecho. El Arzobispo le reconoció enseguida, y aunque

estaba más pálido y delgado que la última vez que se habían visto, se acercó para

preguntarle.

- A dónde vais a estas horas, amigo Tristán Alzúcer?

- A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen-, respondió con voz

cascada, hueca y tenebrosa, el comerciante llegado de las Filipinas.

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