Antología del Cuento Extraño por Rodolfo G. Walsh, editor - muestra HTML

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INDICE

J. D. Beresford

1- El Misántropo

Leopoldo Lugones

2- La estatua de sal

Noël Devaulx

3- Alrededores de la ausencia

Oliver Onions

4- El buque fantasma

Las Mil y una Noches.

5- El hombre que soñó

Saki

6- Laura

León Tolstoi

7- Los tres staretzi

W.W. Jacobs

8- La zarpa del mono

Giovanni Papini

9- Historia completamente absurda

Rosa Chacel

10- En la ciudad de las grandes pruebas

Ambrose Bierce

11- El ahorcado

Jorge Luis Borges

12- El milagro secreto

R. H. Benson

13- El cuento del padre Meuron

Guy de Maupassant

14- El Horla

J. F. Sullivan

15- El enfermo

Morley Roberts

16- El anticipador

ANTOLOGÍA DEL

CUENTO EXTRAÑO

I

Selección, traducción y noticias

biográficas por Rodolfo J. Walslh

EDICIAL

Edición Impresa

© 1976 by Edicial

Buenos Aires, Argentina

Queda hecho el depósito de Ley 11.723

I.S.B.N. 950—506—299—0

Edición Digital

Construcción y diseño a cargo de Libronauta

© 2001 by Edicial

Rivadavia 739 —Buenos Aires, Argentina

Queda hecho el depósito de Ley 11.723

I.S.B.N. 950-506-357-1

Reservados todos los derechos.

Queda rigurosamente prohibida sin la autorización por

escrito de Edicial y Libronauta Argentina S.A., la repro-

ducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio

o procedimiento incluidos la reprografía y el tratamiento

informático.

1

El Misántropo

J. D. BERESFORD

John DAVYS BERESFORD nació en

1873, en Peterborough, Inglaterra. Murió hace

algunos años. Hijo de un pastor protestante, se

radicó a los 18 años en Londres, donde estudió

arquitectura. Ejerció su profesión varios años an-

tes de dedicarse a las letras, lo que ocurrió hacia

1906. Publicó novelas y cuentos.

El más célebre de sus relatos —El Mi-

sántro po— ha recibido entre nosotros los hono-

res del plagio. Recibe ahora el más modesto de la

traducción.

Después que volví del islote y discutí el caso en

sus distintos aspectos, empecé a preguntarme si aquel

hombre no me habría tomado por tonto. Pero, en lo más

profundo de mi conciencia, creo que no. Sin embargo,

no puedo resistirme a la influencia de las risas que ha

despertado mi relato. Aquí, en tierra firme, todo parece

improbable, grotesco, estúpido. Pero en el islote la con-

fesión de ese hombre resultaba absolutamente

convincente. El escenario es todo, y quizá yo deba

agradecer que las circunstancias que actualmente me ro-

dean sean tan favorables a la normalidad. Nadie aprecia

más que yo el misterio de la vida; pero cuando ese miste-

rio implica dudar de uno mismo, me resulta más agrada-

ble olvidarlo. Naturalmente, no quiero creer en esa

historia. De lo contrario tendría que admitir que soy un

Antología del cuento extraño

ser aborrecible. Y lo peor es que nunca acertaría a saber

por qué soy aborrecible.

Antes de mi viaje, descartada la explicación fácil y

trivial de que el hombre estaba loco, habíamos recurrido a

las dos alternativas inevitables: el Crimen, el Amor Des-

engañado. Éramos humanos, éramos románticos, y tratá-

bamos desesperadamente de no ser demasiado vulgares.

Ya antes un hombre había intentado lo mismo, y

construyó o quiso construir una casa en el peñasco de

Gulland; pero antes de que transcurrieran quince días se

vió derrotado en su propósito, y lo que quedó de su cons-

trucción fue sacado de la isla y convertido en una capilla

de hojalata. Aún está ahí. Todos fuimos a Trevone, y me-

ditamos en torno a ella, abrigando la vaga esperanza de

que alguno de nosotros, sin saberlo, tuviera condiciones

de psicometrista.

Nada resultó de esa visita, salvo una ligera inten-

sificación de aquellas teorías, que se estaban volviendo un

poco rancias. Comparamos el primitivo fracaso de treinta

y cinco años atrás, la frustrada tentativa, con el éxito pre-

sente. Porque este nuevo misántropo había vívido en el

Gulland todo el invierno, y aún vivía. En realidad, el

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Antología del cuento extraño

hecho de su presencia en ese terrible peñasco era aceptado

ahora por las gentes del lugar; para ellas, sólo estaba un

poco más loco que la remuneradora, reincidente multitud

de visitas que este año interrumpían su viaje a Bedruthan

con el propósito de pararse en la playa de Trevone y con-

templar estúpidamente la choza apenas visible que como

una excrecencia de forma cúbica se alzaba en aquel islote

giboso y desolado.

Y eso lo hacíamos todos; mirábamos, sin un pro-

pósito definido, y meditábamos mucho. Poseído por lo

que a la sazón me pareció un alocado espíritu de aventura,

fui una noche a la eminencia del Cabo Gunver, y vi una

luz en la distante cabaña, como una mancha de liquen

dorado sobre el parásito del peñasco.

En aquella luz creí descubrir cierta apariencia de

humanidad; y eso, junto con una secreta simpatía por el

ermitaño (¿loco, criminal o amante desdichado?) que

había huido del pestilente contacto de la ubicua multitud,

fue lo que acabó de decidirme. Era, en realidad, una no-

che borrascosa, y yo me quedé hasta que la motita de luz

amarilla se extinguió y ya sólo pude ver, de tanto en tan-

to, a través de las tinieblas, un curvado dosel de espumas

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Antología del cuento extraño

cuando el brazo del Faro de Trevone tocaba un rincón

desnudo del lóbrego peñasco.

No fué difícil arribar a una decisión; pero mien-

tras aguardaba la llegada del buen tiempo que permitiría

viajar al bote que de tanto en tanto llevaba provisiones a

la isla, situada a dos millas de tierra firme, sufrí alternados

accesos de vacilación y nerviosidad. Y los soporté solo,

porque había resuelto no mencionar mi aventura a nin-

guno de los miembros de nuestro grupo, hasta que la ex-

cursión se hubiera realizado. Pensarían que había salido a

pescar. Y la llegada del botero, para anunciarme que el

viento y la marea eran favorables aquella mañana, dio a

mi excusa la necesaria verosimilitud. Yo lo había preveni-

do —y sobornado para que no diera a mis amigos el me-

nor indicio sobre el propósito de mi salida.

Mi nerviosidad no disminuyó cuando al acercar-

nos a la roca vi la silueta de su único habitante esperando

nuestra llegada. Me consolé pensando que al ver al inusi-

tado pasajero de nuestra barca se pondría sobre aviso; pe-

ro me estremecí interiormente al considerar la necesidad

de emplear un saludo convencional si quería al mismo

tiempo presentarme y disculparme. Las formas consagra-

- 10 -

Antología del cuento extraño

das por el uso civilizado eran irremediablemente incapaces

de expresar mi simpatía; lejos de ello, creía yo, serían el

síntoma inconfundible de la curiosidad. Me extrañó que

nunca hubiera recibido a otros visitantes entrometidos,

como, en efecto, me lo había asegurado explícitamente el

barquero.

Mi desasosiego aumentó cuando nos aproxima-

mos a la única abertura entre afiladas rocas que, estando la

marea estacionaria, servía de puerto en miniatura. Tuve la

impresión de que el hombre que nos aguardaba al borde

del agua me observaba. Y súbitamente me faltó el ánimo.

Resolví no molestarlo con mi presencia, permanecer en el

bote mientras descargaban la mercadería, y después volver

con el barquero a Trevone. Y seguí este plan con tal deci-

sión que cuando atracamos al minúsculo embarcadero,

aparté obstinadamente la vista del hombre a quien venía a

ver, y contemplé con solemnidad el abultado lomo de

Trevone, que ahora se me aparecía bajo un aspecto ente-

ramente nuevo.

La voz del ermitaño me arrancó de una abstrac-

ción perfectamente sincera.

- 11 -

Antología del cuento extraño

—Buen tiempo tenemos hoy —dijo. Y me pare-

ció descubrir en su acento cierta nerviosidad. Recordé que

había dirigido la misma observación a los boteros, que

ahora transportaban el cargamento a la cabaña.

Alcé la cabeza y me encontré con su mirada. Me

observaba, en efecto, con extraña concentración, como si

estuviera ansioso por captar el menor detalle de mi ex-

presión.

—Muy bueno —asentí—. Pero estos dos últimos

días han sido detestables. Se habrá encontrado usted algo

desprovisto.

—He tomado mis precauciones. Tengo algunas

reservas, ¿comprende? ¿Se aloja allá? —preguntó, seña-

lando la bahía con un movimiento de cabeza. —Por una

semana o dos— repuse, y empezamos a hablar de los

campos aledaños a Harlyn, con el entusiasmo de dos

desconocidos que hallan un tópico común en una recep-

ción aburrida.

—¿Nunca ha estado usted en el Gulland?— aven-

turó él, por fin, cuando ya los barqueros habían descarga-

do sus mercaderías y se disponían, evidentemente, a mar-

charse.

- 12 -

Antología del cuento extraño

—No, es la primera vez— contesté, vacilante,

considerando que la invitación debía provenir de él. Pero

él dejó la cuestión indecisa:

—Es un condenado lugar, y desde luego no hay

nada que vera No sé si le interesa a usted la pesca. —

Bastante — repuse con entusiasmo.

—Del otro lado del peñasco —prosiguió él—,

hay aguas profundas. Cuando el tiempo es favorable, se

pescan unos róbalos espléndidos. —Hizo una pausa antes

de añadir—: Esta tarde será magnífica para pescar.

—Quizá podría volver... —murmuré, pero el bo-

tero me interrumpió en seguida.

—Si quiere volver, tendrá que ser mañana —

advirtió—. Sólo hay marea favorable cada doce horas. —

Bueno, si quiere usted quedarse... —ofreció el ermitaño.

—¡Gracias! —repuse—. Es usted muy amable.

Me quedaré, encantado.

Y me quedé, dejando claramente establecido que

la barca vendría a buscarme a la mañana siguiente. A pri-

mera vista, no había nada excesivamente extraño en el

hombre del Gulland. Me dijo que se llamaba William

Copley, mas al parecer no estaba emparentado con los

- 13 -

Antología del cuento extraño

Copley que yo conocía. Afeitado, habría parecido un in-

glés enteramente vulgar pasando sus vacaciones en un lu-

gar agreste.

Calculé que su edad oscilaba entre los treinta y los

cuarenta años.

Sólo dos cosas me parecieron un poco extrañas

durante aquella tarde que pasamos dedicados a una exito-

sa pesca. La primera, su intensa mirada indagadora, que

parecía sondearlo a uno hasta lo más profundo. La segun-

da, una inexplicable devoción por un ritual muy singular.

A medida que crecía nuestra intimidad, iba dejando de

lado la cortesía formal que le imponía su calidad de anfi-

trión; pero siempre insistía en un detalle que en un co-

mienzo supuse no era más que la convencional ceremonia

de dejar paso a su huésped.

Nada podía inducirle a adelantárseme. Marchó

detrás de mí incluso cuando me llevó a conocer los pe-

queños recovecos de su isla (el único metro cuadrado en-

teramente plano en toda la extensión de la misma era el

piso de la choza). Pero después observé que aquella pecu-

liaridad iba aún más lejos, y que ni por un solo instante

quería volverme la espalda.

- 14 -

Antología del cuento extraño

Ese descubrimiento me intrigó. Yo excluía aún la

explicación de la locura. Los modales y la conversación de

Copley eran convincentemente normales. Pero recaí en

aquellas dos sugerencias que ya se habían formulado, y las

perfeccioné. Imposible evitar la inferencia de que este

hombre, de algún modo, me temía; mas no acertaba a

decidir si era un fugitivo de la justicia —alguna clase de

justicia —, o de la venganza; quizá de una "vendetta".

Ambas teorías parecían explicar su mirada intensa e inqui-

sitiva. Deduje que su deseo de sentirse acompasado se

había vuelto tan fuerte, que había resuelto afrontar el ries-

go de que yo fuera un emisario enviado por alguna perso-

na exquisitamente romántica (a mi modo de ver) que de-

seaba la muerte de Copley. Recordé algunas de las maravi-

llosas fantasías de los novelistas y me deleité con ellas. Me

pregunté si podría hacer hablar a Copley convenciéndolo

de mi inocencia. ¡Cómo me estremeció esta perspectiva!

Pero la explicación vino sin esfuerzo de mi parte.

Me envió fuera de la cabaña mientras preparaba la cena,

una cena excelente, dicho sea de paso. En seguida com-

prendí sus motivos: no podía arreglárselas para cocinar y

poner la mesa sin darme la espalda. Una cosa, sin embar-

- 15 -

Antología del cuento extraño

go, me intrigó un poco: tan pronto como salí, bajó la cor-

tina de la pequeña ventana cuadrada.

Naturalmente, yo no puse reparos. Bajé al borde

del mar —era una tarde espléndida —y esperé hasta que

me llamó. Permaneció en la puerta de la choza hasta que

llegué a unos pocos pies de distancia; después retrocedió y

tomó asiento de espaldas a la pared.

Mientras cenábamos hablamos de la pesca de la

tarde, pero cuando encendimos la pipa, acabada la cena,

dijo de pronto:

—No veo por qué no he de decírselo.

Como un necio, aprobé ansiosamente. Me habría

sido tan fácil disuadirlo...

—Empezó cuando yo era niño —dijo—. Mi ma-

dre me encontró llorando en el jardín. Y yo sólo pude de-

cirle que Claude, mi hermano mayor, tenía un aspecto

"horrible". Durante varios días, en efecto, verlo me resultó

intolerable. Pero como yo era un niño perfectamente nor-

mal, esta pequeña manía no inquietó demasiado a mis pa-

dres. Creyeron que Claude me había hecho una mueca y

me había asustado. Pero al fin mi padre me dio una tunda.

- 16 -

Antología del cuento extraño

"Esa paliza debió servirme de advertencia. Sea

como fuere, hasta que tuve casi diecisiete años no volví a

mencionar a nadie mi peculiaridad. Estaba avergonzado

de ella, desde luego. Y en cierto modo, aún lo estoy."

Se interrumpió, bajando la vista; apartó el plato y

cruzó los brazos sobre la mesa. Yo desfallecía, por pregun-

tarle algo, pero temía interrumpirlo. Después de vacilar

un instante, levantó la cabeza y clavó en la mía su mirada,

pero desprovista ya de aquella expresión inquisitiva. Más

bien parecía buscar comprensión.

—Se lo dije al rector de mi escuela —prosiguió—.

Era un hombre excelente, y se mostró muy comprensivo;

tomó en serio todo lo que yo le conté y me aconsejó que

consultara a un oculista. Fui en las vacaciones con mi pa-

dre (ahora le había dado una explicación más razonable de

mi problema). Me llevó al mejor oculista de Londres. El

oculista demostró un interés enorme, y ello prueba que

debe haber algo de cierto en todo esto. No puede ser sim-

ple imaginación, porque realmente me encontró un defec-

to en la vista;. algo enteramente nuevo, según él. Una

nueva forma de astigmatismo; pero, desde luego, me indi-

có que ninguna clase de lentes podría serme útil.

- 17 -

Antología del cuento extraño

—Pero, ¿cómo...? —interrumpí, incapaz ya de

contener mi curiosidad.

Copley vaciló y bajó los ojos.

—El astigmatismo, como usted sabe —dijo—, es

"un defecto visual (repito la definición del diccionario; la

sé de memoria, y a menudo vuelvo a pensar en ella, azo-

rado) que hace que las imágenes de los ejes que poseen

cierta dirección se vean borrosamente, mientras que las de

ejes perpendiculares a los anteriores se ven con nitidez."

En mi caso, ocurre que mi vista es perfectamente normal

salvo cuando miro a alguien por encima del hombro.

Alzó la cabeza, con expresión casi patética. Advertí

su esperanza de que yo comprendiera sin nuevas explica-

ciones.

Pero no pude ocultar mi desconcierto. ¿Qué re-

lación existía entre ese insignificante defecto visual y la

reclusión de Copley en la roca de Gulland?

Expresé mi perplejidad con un fruncimiento de

cejas.

—Pero, no comprendo... —dije.

Él vació su pipa y empezó a raspar el hornillo con

su cortaplumas.

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Antología del cuento extraño

—Mi astigmatismo es también moral —dijo—.

O por lo menos, me da cierta clase de penetración moral.

Me parece inevitable darle ese nombre. En algunos casos

he demostrado... —Bajó la voz. Al parecer, estaba absorto

en la operación de limpiar su pipa, que miraba fijamente.

"Normalmente, ¿comprende usted?, cuando miro

a las personas frente a frente, las veo como todos los de-

más. Pero cuando las miro por encima del hombro... ¡oh!

Entonces veo todos sus vicios y defectos. Sus rostros per-

manecen en cierto sentido iguales, es decir, perfectamente

reconocibles, pero deformados... bestiales. Ahí tiene, por

ejemplo, el caso de mi hermano Claude. Era un mucha-

cho de agradable aspecto. Pero cuando yo lo miré... de esa

manera... tenía una nariz como un loro, parecía al mismo

tiempo débil y voraz... y vicioso. —Se interrumpió, es-

tremeciéndose levemente, y después prosiguió—: Ahora

sabemos que era así. Acaba de cometer un desfalco en la

Bolsa. Una vulgar estafa...

"Después fue Denison, el rector de mi escuela. Un

hombre tan decente, en apariencia. Nunca lo mire de ese

modo hasta que terminó mi último año de estudios. Yo

me había acostumbrado, con más o menos dificultad, a

- 19 -

Antología del cuento extraño

no mirar nunca por encima del hombro, ¿comprende us-

ted? Pero a menudo caía en la trampa. Y este fue, uno de

esos casos. Yo integraba el equipo de fútbol de la escuela,

que aquel día jugaba contra 'Old Boys'. En el momento

de entrar en la cancha, Denison me gritó: 'Buena suerte,

muchacho, y yo me olvide y lo mire por encima del hom-

bro... "

Yo aguardaba, suspenso, y al advertir que no se-

guía, lo apremie:

—¿Él también era... así? Copley asintió.

—Era débil, pobre diablo. No había nada de malo

en sus ojos, pero estaban en pugna con su boca; no se si

usted me entiende. Cuatro años más tarde se habría pro-

ducido un terrible escándalo en la escuela si no hubieran

echado tierra a cierto asunto. Denison se vio obligado a

salir del país.

"Después, si quiere usted más ejemplos, estaba el

oculista... Un hombre atlético, espléndido. Desde luego,

me pidió que lo mirara por encima del hombro, para po-

nerme a prueba. Me preguntó que veía; yo se lo dije, con

bastante aproximación. Por un instante se puso pálido.

- 20 -

Antología del cuento extraño

Era un sensual, ¿comprende usted? Y cuando yo lo miré

de ese modo, me pareció un viejo cerdo sucio.

"El verdadero golpe de gracia —prosiguió después

de un intervalo— fue la ruptura de mi compromiso con

Helen. Estábamos terriblemente enamorados, y yo le con-

té mi problema. Se mostró muy comprensiva, y también,

creo, algo sentimental y romántica. Creía que yo —era

víctima de un hechizo. En todo caso, según su teoría, si

yo alguna vez llegaba a ver, mirando de ese modo, a al-

guien verdaderamente sano y normal, terminarían mis

tribulaciones... se rompería el hechizo. Y naturalmente

ella quería ser ese alguien. No resistí demasiado a sus rue-

gos. Supongo que la quería. De todas maneras, yo pen-

saba que ella era la perfección y que sería sencillamente

imposible encontrarle defectos. Cedí, pues, y la miré de

ese modo... "

Su voz tenía ahora una monótona entonación de

abatimiento, como si el relato de la tragedia final de su

vida le hubiera traído la indiferencia de la desesperación.

—La miré —prosiguió— y vi una criatura sin

mentón, con ojos perrunos y aguachentos. Una muchacha

fiel y pegajosa... ¡uff! No puedo... Nunca volví a hablarle.

- 21 -

Antología del cuento extraño

"Eso me derrumbó, ¿sabe usted? Después, ya cesó

de importarme. Empecé a mirar a todo el mundo de esa

manera, hasta que sentí la necesidad de alejarme de los

seres humanos. Estaba viviendo en un mundo de bestias.

Los fuertes eran viciosos y criminales; y los débiles eran

detestables. No podía soportarlo. Al fin, tuve que venir

aquí para apartarme de todos.

En aquel momento se me ocurrió una idea.

—¿Alguna vez se ha mirado al espejo? —le pre-

gunté.

Asintió.

—No soy mejor que los demás —dijo—. Por eso

me he dejado crecer esta sucia barba. Aquí no tengo espejo.

—¿Y no puede usted caminar entre los hombres

con el cuello rígido, por así decirlo, mirándolos de frente?

—La tentación es demasiado fuerte —dijo Co-

pley—. Y crece cada vez más. Supongo que en parte obe-

dece a simple curiosidad; pero, en parte, a la momentánea

sensación de superioridad que uno experimenta. Cuando

los ve de esa manera, olvida cómo es usted por dentro.

Pero al cabo de un tiempo se siente asqueado.

- 22 -

Antología del cuento extraño

—Y usted... —dije y vacilé. Quería saber, pero

me dominaba un miedo terrible—. Usted... —empecé

nuevamente—... ¿aún no me ha mirado... a mí... de esa

manera?

—Aún no —dijo. —¿Cree usted que... ?

—Probablemente. No lo parece, desde luego. Pe-

ro los otros tampoco.

—¿No tiene la menor idea de cómo me vería, si

me mirase así?

—En absoluto. He tratado de adivinarlo, pero no

puedo.

—¿Quiere usted... ?

—Ahora no —respondió ásperamente—. Cuando

esté a punto de irse, quizá.

—¿Está usted seguro, entonces...? Asintió, con

atroz seguridad.

Me fui a dormir, pensando si la teoría de Helen

no sería cierta, y si acaso yo no podría deshacer el hechizo

del infortunado Copley.

A la mañana siguiente, poco después de las once,

vinieron a buscarme los boteros.

- 23 -

Antología del cuento extraño

Yo había dominado en parte el sentimiento de su-

persticioso terror que me asaltara la noche antes, y no

había repetido mi ruego a Copley; él, por su parte, tam-

poco se había ofrecido a indagar en los rincones tenebro-

sos de mi alma.

Me acompañó hasta el embarcadero y me estrechó

la mano cordialmente, pero no me dijo que volviera a

visitarlo.

Y luego, en el preciso instante en que la barca se

ponía en movimiento, se volvió hacia la cabaña y me miró

por sobre el hombro. Fue sólo una mirada, muy rápida.

— U n momento —ordené a los barqueros, e in-

corporándome lo llamé:

—¡Eh, Copley! —grité.

Él se volvió para mirarme de frente, y advertí que

su cara estaba transfigurada. Tenía una expresión de estú-

pido asco y repugnancia, semejante a la que yo había vis-

to, cierta vez, en la cara de un niño idiota acometido de

náuseas.

Me dejé caer en el bote y le volví la espalda. Enton-

ces me pregunté si era así como él mismo se había visto en el

- 24 -

Antología del cuento extraño

espejo. Mas a partir de entonces sólo me he preguntado qué

vio él en mí...Y jamás podré volver para preguntárselo.

- 25 -

2

La Estatua de Sal

LEOPOLDO LUGONES

Poeta (le inagotables recursos verbales y

pictóricos (Las Montañas del Oro, Los Crepúsculos

del jardín, Lunario Sentimental, Odas Seculares,

Poemas Solariegos, Romances de Río Seco), histo-

riador ocasional (Las Misiones Jesuíticas), ensayista

(El Payador), biógrafo de Ameghino y Sarmiento,

frustrado novelista (El Ángel (le la Sombra) , políti-

co y estudioso, LEOPOLDO LUGONES cultivó

también el cuento fantástico, con exacto conoci-

miento de la técnica narrativa. Sus relatos están re-

unidos en dos libros: Las Fuerzas Extrañas y Cuen-

tos Fatales.

Nació Legones en Río Seco, provincia de

Córdoba, en 1871. Murió en el Tigre, en 1938.

He aquí cómo refirió el peregrino la verdadera

historia del monje Sosistrato:

—Quien no ha pasado alguna vez por el monas-

terio de San Sabas, diga que no conoce la desolación.

Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el Jor-

dán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta, se desli-

zan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por entre bos-

quecillos de terebintos y manzanos de Sodoma. En toda

aquella comarca no hay más que una palmera cuya copa

sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad infinita,

sólo turbada de tarde en tarde por el paso de algunos nó-

mades que trasladan sus rebaños; un silencio colosal que

parece bajar de las montañas cuya eminencia amuralla el

horizonte. Cuando sopla el viento del desierto, llueve are-

na impalpable; cuando el viento es del lago, todas las

plantas quedan cubiertas de sal. El ocaso y la aurora con-

Antología del cuento extraño

fúndense en una misma tristeza. Sólo aquellos que deben

expiar grandes crímenes, arrostran semejantes soledades.

En el convento se puede oír misa y comulgar. Los monjes

que no son ya más que cinco, y todos por lo menos sexa-

genarios, ofrecen al peregrino una modesta colación de

dátiles fritos, uvas, agua del río y algunas veces vino de

palmera. Jamás salen del monasterio, aunque las tribus

vecinas los respetan porque son buenos médicos. Cuando

muere alguno, lo sepultan en las cuevas que hay debajo a

la orilla del río, entre las rocas. En esas cuevas anidan aho-

ra parejas de palomas azules, amigas del convento; antes,

hace ya muchos años, habitaron en ellas los primeros ana-

coretas, uno de los cuales fue el monje Sosistrato cuya his-

toria he prometido contaron. Ayúdeme Nuestra Señora

del Carmelo y vosotros escuchad con atención. Lo que

vais a oír, me lo refirió palabra por palabra el hermano

Porfirio, que ahora está sepultado en una de las cuevas de

San Sabas, donde acabó su santa vida a los ochenta años

en la virtud y la penitencia. Dios lo haya acogido en su

gracia. Amén.

Sosistrato era un monje armenio, que había re-

suelto pasar su vida en la soledad con varios jóvenes com-

- 29 -

Antología del cuento extraño

pañeros suyos de vida mundana, recién convertidos a la

religión del crucificado. Pertenecía, pues, a la fuerte raza

de los estilitas. Después de largo vagar por el desierto, en-

contraron un día las cavernas de que os he hablado y se

instalaron en ellas. El agua del Jordán, los frutos de una

pequeña hortaliza que cultivaban en común, bastaban pa-

ra llenar sus necesidades. Pasaban los días orando y medi-

tando. De aquellas grutas surgían columnas de plegarias,

que contenían con su esfuerzo la vacilante bóveda de los

cielos próxima a desplomarse sobre los pecados del mun-

do. El sacrificio de aquellos desterrados, que ofrecían di-

ariamente la maceración de sus carnes y la pena de sus

ayunos a la justa ira de Dios, para aplacarla, evitaron mu-

chas pestes, guerras y terremotos. Esto no lo saben los im-

píos que ríen con ligereza de las penitencias de los cenobi-

tas. Y, sin embargo, los sacrificios y las oraciones de los

justos son los clavos del techo del universo.

Al cabo de treinta años de austeridad y silencio,

Sosistrato y sus compañeros habían alcanzado la santi-

dad. El demonio, vencido, aullaba de impotencia bajo el

pie de los santos monjes. Éstos fueron acabando sus vi-

das uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato se quedó

- 30 -

Antología del cuento extraño

solo. Estaba muy viejo, muy pequeñito. Se había vuelto

casi transparente. Oraba arrodillado quince horas diarias,

y tenía revelaciones. Dos palomas amigas, traíanle cada

tarde algunos granos y se los daban a comer con el pico.

Nada más que de eso vivía; en cambio olla bien como un

jazminero por la tarde. Cada año, el viernes doloroso,

encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de

ramas, una copa de oro llena de vino y un pan con cuyas

especies comulgaba absorbiéndose en éxtasis inefables.

Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello,

pues bien sabía que el señor Jesús puede hacerlo. Y

aguardando con unción perfecta el día de su ascensión a

la bienaventuranza, continuaba soportando sus años.

Desde hacía más de cincuenta, ningún caminante había

pasado por allí.

Pero una mañana, mientras el monje rezaba con

sus palomas, éstas, asustadas de pronto, echaron a volar

abandonándolo. Un peregrino acababa de llegar a la en-

trada de la caverna. Sosistrato, después de saludarlo con

santas palabras, lo invitó a reposar indicándole un cántaro

de agua fresca. El desconocido bebió con ansia como si

estuviera anonadado de fatiga; y después de consumir un

- 31 -

Antología del cuento extraño

puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en

compañía del monje.

Transcurrieron siete días. El caminante refirió se

peregrinación desde Cesárea a orillas del Mar Muerto,

terminando la narración con una historia que preocupó a

Sosistrato.

—He visto los cadáveres de las ciudades malditas,

dijo una noche a su huésped; he mirado humear el mar

como una hornalla, y he contemplado lleno de espanto a

la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está

viva, hermano mío, y yo la he escuchado gemir y la he

visto sudar al sol del mediodía.

—Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado

De Sodoma, dijo en voz baja Sosistrato.

—Sí, conozco el pasaje, añadió el peregrino. Algo

más definitivo hay en él todavía; y de ello resulta que la

esposa de Lot ha seguido siendo fisiológicamente mujer.

Yo he pensado que sería obra de caridad libertarla de su

condena...

—Es la justicia de Dios, exclamó el solitario. —

¿No vino Cristo a redimir también con su sacrificio los

pecados del antiguo mundo? —replicó suavemente el via-

- 32 -

Antología del cuento extraño

jero, que parecía docto en letras sagradas. ¿Acaso el bau-

tismo no lava igualmente el pecado contra la Ley que el

pecado contra el Evangelio?...

Después de estas palabras, ambos entregáronse al

sueño. Fue aquélla la última noche que pasaron juntos. Al

siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la

bendición de Sosistrato; y no necesito deciros que, a pesar

de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Sa-

tanás en persona.

El proyecto del maligno fue sutil. Una preocu-

pación tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del san-

to. ¡Bautizar la estatua de sal, libertar de su suplicio aquel

espíritu encadenado. La caridad lo exigía, la razón argu-

mentaba. En estas luchas transcurrieron meses, hasta que

por fin el monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció

en sueños y le ordenó ejecutar el acto.

Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana

del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia, tomó, cos-

teando el Jordán, la senda del Mar Muerto. La jornada no

era larga, pero sus piernas cansadas apenas podían soste-

nerlo. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas

continuaban alimentándolo como de ordinario, y él reza-

- 33 -

Antología del cuento extraño

ba mucho, profundamente, pues aquella resolución afli-

gíalo en extremo. Por fin, cuando sus pies iban a faltarle,

las montañas se abrieron y el lago apareció.

Los esqueletos de las ciudades destruídas iban po-

co a poco desvaneciéndose. Algunas piedras quemadas,

era todo lo que restaba ya: trozos de arco, hileras de ado-

bes carcomidos por la sal y cimentados en betún... El

monje reparó apenas en semejantes restos, que— procuró

evitar a fin de que sus pies no se manchasen a su contacto.

De repente, todo su viejo cuerpo tembló. Acababa de ad-

vertir hacia el sur, fuera ya de los escombros, en un recodo

de las montañas desde el cual apenas se los percibía, la

silueta de la estatua.

Bajo su manto petrificado que el tiempo había

roído, era larga y fina como un fantasma. El sol brillaba

con límpida incandescencia, calcinando las rocas, hacien-

do espejear la capa salobre que cubría las hojas de los te-

rebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación meri-

diana, parecían de plata. En el cielo no había una sola nu-

be. Las aguas amargas dormían en su característica inmo-

vilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en

- 34 -

Antología del cuento extraño

ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los espec-

tros de las ciudades.

Sosistrato se aproximó a la estatua. El viajero

había dicho verdad. Una humedad tibia cubría su rostro.

Aquellos ojos blancos, aquellos labios blancos, estaban

completamente inmóviles bajo la invasión de la piedra, en

el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aque-

lla roca. El sol la quemaba con tenacidad implacable,

siempre igual desde hacía miles de años; y sin embargo,

esa efigie estaba viva puesto que sudaba. Semejante sueño

resumía el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de

Jehová había pasado sobre aquel ser, espantosa amalgama

de carne y de peñasco. ¿No era temeridad el intento de

turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita

sobre el insensato que procuraba redimirla? Despertar el

misterio es una locura criminal, tal vez una tentación del

infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se arrodilló a orar

en la sombra de un bosquecillo.

Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir. Sa-

bed únicamente que cuando el agua sacramental cayó so-

bre la estatua, la sal se disolvió lentamente, y a los ojos del

solitario apareció una mujer, vieja como la eternidad, en-

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Antología del cuento extraño

vuelta en andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca

y temblorosa, llena de siglos. El monje que había visto al

demonio sin miedo, sintió el pavor de aquella aparición.

Era el pueblo réprobo que se levantaba en ella. Esos ojos

vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera

divina sobre la ignominia de las ciudades; esos andrajos

estaban tejidos con el pelo de los camellos de Lot; ¡esos

pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la es-

pantosa mujer le habló con su voz antigua.

Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión del

incendio, una sensación tenebrosa despertada a la vista de

aquel mar. Su alma estaba vestida de confusión. Había

dormido mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría

sin saber por qué, en aquella sumersión de pesadilla. Ese

monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en

su visión reciente. Y el mar... el incendio... la catástrofe...

las ciudades ardidas... todo aquello se desvanecía en una

clara visión de muerte. Iba a morir. Estaba salvada, pues.

¡Y era el monje quien la había salvado!

Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja

incendiaba sus pupilas. El pasado acababa de desvanecerse

en él, como si el viento de fuego hubiera. barrido su alma.

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Antología del cuento extraño

Y sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la

mujer de Lot estaba allí! El sol descendía hacia las mon-

tañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte.

Los días trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas.

Era como una resurrección del castigo, reflejándose por

segunda vez sobre las aguas del lago amargo. Sosistrato

acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había

sido actor en la catástrofe. Y esa mujer, ¡esa mujer le era

conocida!

Entonces una ansia espantosa le quemó las carnes.

Su lengua habló, dirigiéndose a la espectral resucitada:

—Mujer, respóndeme una sola palabra. —

Habla... pregunta... —¿Responderás?

—¡Sí, habla; me has salvado!

Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos

se concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.

Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se vol-

vió para mirar.

Una voz anudada de angustia, le respondió: —Oh,

no... ¡Por Elohim, no quieras saberlo! —¡Dime qué viste!

—No... no... ¡Sería el abismo! —Yo quiero el

abismo.

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Antología del cuento extraño

—Es la muerte... —¡Dime qué viste! —¡No pue-

do... no quiero! —Yo te he salvado. —No... no...

El sol acababa de ponerse. —¡Habla!

La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de

polvo; se apagaba, se crepusculizaba, agonizando. —¡Por

las cenizas de tus padres!...

—¡Habla!

Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído

del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado,

anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos

a Dios por su alma.

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3

Alrededores

de la Ausencia

NOEL DEVAULX

De Noël Devaulx, escritor francés contem-

poráneo, sólo sabemos que es o ha sido viajante

de comercio, que Jean Paulhan —en el postfacio

a L'Auberge Parpillon— lo considera autor de

"alegorías sin explicación y parábolas sin clave",

"poeta oscuro", y que; acaso en contradicción

con esos juicios, le debemos esta fábula tranpa-

rente, plena de ternura y simple belleza.

Estaba leyendo en el quiosco chino cuando un

campanilleo tan leve que habría podido creerse un engaño

del viento me hizo dejar a un lado el libro y aguardar una

confirmación. Y en efecto, luego se oyó un segundo lla-

mado, aún más incierto y menos diverso de los ruidos del

campo. Salí del pabellón echando pestes contra el intruso,

algún vagabundo que acudía a mendigar pan antes del

viernes, día en que se lo distribuye a los pobres, cuando vi

una chiquilla de ocho a diez años que en puntas de pie

trataba de alcanzar el cordón para llamar por tercera vez.

Había dejado, junto a ella, una maletita como las que yo

solía preparar de niño, para mis viajes imaginarios, pero

envuelta en una funda que a mí no se me habría ocurrido

y que daba visos de autenticidad a ese vagabundeo precoz.

Por fin alcanzó el cordón provocando un sostenido repi-

Antología del cuento extraño

queteo que la dejó totalmente aturdida, tanto más cuanto

que los postigos de la cocina restallaron y apareció en el

umbral el ama de llaves, muy tiesa en su ropa de domingo

y dispuesta a dar una lección a la descarada, sorprendida

en flagrante delito. Me adelanté para evitar un drama,

escoltado de cerca por Madame Grande—Yvonne, nom-

bre que la gobernanta debe a mi hermana mayor, de