Apología para la Historia o el Oficio de Historiador por Marc Bloch - muestra HTML

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MARC BLOCH

APOLOGÍA PARA LA HISTORIA

O EL OFICIO DE HISTORIADOR

Edición anotada por

ETIENNE BLOCH

Prefacio de

JACQUES LE GOFF

Traducción de

MARÍA JIMÉNEZ y DANIELLE ZASLAVSKY

Traducción del prefacio de

MARÍA ANTONIA NEIRA B.

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

MÉXICO

Primera edición en francés,

1993

Primera edición en español,

1996

Segunda edición en francés,

1997

Segunda edición en español, revisada, 2001

Se prohibe la reproducción total o parcial de esta obra —incluido el diseño

tipográfico y de portada—, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin

el consentimiento por escrito del editor.

Título original:

Apologie pour l'histoire ou Métier d'historien

D. R. © 1993, 1997 Masson, Armand Colin

Masson & Armand Colin Éditeurs

34 bis, rue de l'Université, 75007 París

ISBN 2-200-01694-8

D. R. © 1996, INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA Córdoba, 45; 06700

México, D. F.

D. R. © 1996, 2001, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA Carretera Picacho-

Ajusco, 227; 14200 México, D. F. www.fce.com.mx

ISBN 968-16-6030-7 (segunda edición)

ISBN 968-16-5215-8 (primera edición)

Impreso en México

Esta obra está dedicada a la Association Marc

Bloch (creada en 1992-1993) que preside el señor

Emmanuel Leroy-Ladurie, profesor del Colegio

de Francia, con la esperanza de que responda a

uno de los objetivos de la asociación: "favorecer la

edición y la difusión de las obras ya publicadas

de Marc Bloch y las de sus obras aún inéditas".

ETIENNE BLOCH

ÍNDICE

Prefacio ....................................................................................

9

APOLOGÍA PARA LA HISTORIA o EL OFICIO DE HISTORIADOR

Introducción.............................................................................

41

I. La historia, los hombres y el tiempo ........................................

53

1. La elección del historiador ...........................................

53

2. La historia y los hombres .............................................

54

3. El tiempo histórico........................................................

58

4. El ídolo de los orígenes.................................................

59

5. Pasado y "presente"......................................................

64

II. La observación histórica .......................................................

75

1. Rasgos generales de la observación histórica .............

75

2. Los testimonios .............................................................

83

3. La transmisión de los testimonios ................................

90

III. La crítica ............................................................................

97

1. Bosquejo de una historia del método crítico ..............

97

2. Perseguir la mentira y el error ..................................... 105

3. Intento de una lógica del método crítico..................... 120

IV. El análisis histórico............................................................. 139

1. ¿Juzgar o comprender? ................................................ 139

2. De la diversidad de los hechos humanos a la unidad

de conciencia................................................................ 143

3. La nomenclatura ........................................................... 151

4......................................................................................... 165

V. .

174

PREFACIO

JACQUES LE GOFF

Debe causarnos alegría la publicación de esta nueva edición de

la obra postuma e inconclusa de Marc Bloch, Apología para la

historia o el oficio de historiador, anotada por su hijo mayor, Etienne

Bloch.

Es sabido que el gran historiador, cofundador, en 1929, de la re-

vista Annales (titulada por entonces Annales d'histoire économique et

sociale y hoy Annales, Économies, Sociétés, Civilisations), que, por ser

judío, había debido ocultarse durante el régimen de Vichy, entró

en 1943 en la red de francotiradores de la Resistencia en Lyon y

fue fusilado por los alemanes el 16 de junio de 1944, cerca de esta

ciudad. Fue una de las víctimas de Klaus Barbie.

Marc Bloch dejaba inconclusa, entre sus papeles, una obra de

metodología histórica compuesta al final de su vida y titulada

Apologie pour l'histoire, subtitulada en el plan más antiguo O cómo y

por qué trabaja un historiador, y que finalmente fue publicada en

1949 por Lucien Febvre con el título de Apología para la historia o el

oficio de historiador.

No emprenderé aquí un estudio sistemático del texto

compulsándolo contra la obra anterior de Marc Bloch, publicada o

aún inédita en 1944. Sin embargo, será importante ver si Apología

para la historia representa en esencia la encarnación de la

metodología aplicada por Marc Bloch en su obra, o si señala una

nueva etapa de su reflexión y de sus proyectos.

Tampoco emprenderé el estudio, que exigiría una investiga-

ción de gran aliento, de una comparación entre ese texto y otros

textos metodológicos de fines del siglo XIX y la primera mitad del

xx, en particular de la oposición entre ese texto y la célebre Intro-

ducción a los estudios históricos, de Langlois y Seignobos (1901), que

el propio Marc Bloch estableció, como lo prueba la nota 1 de su

manuscrito (véase la nota en la p. 41), como contraste, pese al ho-

menaje que rinde a esos dos historiadores que fueron sus maes-

10

Prefacio

Jacques Le Goff

tros. Ello no tiene nada de sorprendente, pues los Annales,

desde su creación, se presentaron como el órgano de un

combate contra la concepción de la historia definida por

Langlois y Seignobos.

Esforzándome por ser el discípulo postumo —ya que, por

desgracia, no pude conocer a Marc Bloch— de ese gran

historiador cuya obra y cuyas ideas fueron para mí, y siguen

siéndolo, las más importantes en mi formación y mi práctica de

historiador, y habiendo tenido el honor de pasar a ser en 1969,

gracias a Fernand Braudel (gran heredero de Lucien Febvre y de

Marc Bloch), codirector de los Annales, en las páginas que

siguen trataré simplemente de expresar las reacciones actuales

de un historiador que se sitúa en la tradición de Marc Bloch y

de los Annales y que se esfuerza por practicar para con ellos la

fidelidad definida por este último, indicando en la nota antes

evocada que la fidelidad no excluye la crítica. Me propongo decir

lo que significaba ese texto en el marco general de la

historiografía, en particular de la historiografía francesa en

1944, y lo que sigue significando aún hoy.

El titulo y el subtítulo Apología para la historia o cómo y por qué

trabaja un historiador expresan claramente las intenciones de

Marc Bloch. La obra es, ante todo, una defensa de la historia.

Esta defensa se ejerce contra los ataques explícitos que va

evocando en la obra y en particular los de Paul Valéry, pero

también contra la evolución real o posible de un saber científico

a cuyos márgenes sería expulsada la historia, o incluso

excluida. También puede creerse que Marc Bloch quiere

defenderla contra los historiadores que, a sus ojos, creen

servirla y le hacen un flaco servicio. Por último, y creo yo que

tal es uno de los puntos fuertes de la obra, intenta precisar las

distancias de la obra ante los sociólogos o los economistas

cuyo pensamiento le interesa, pero cuyos peligros para la

disciplina histórica también ve. Tal será el caso, como veremos,

de Emile Durkheim o de François Simiand.

El subtítulo definitivo, O el oficio de historiador, que remplaza

de manera pertinente al primer subtítulo, subraya otra

preocupación de Marc Bloch: definir al historiador como hombre

de oficio, investigar sus prácticas de trabajo y sus objetivos

científicos, como veremos, incluso más allá de la ciencia.

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

11

Lo que el título no dice pero sí lo dice el texto es que Marc

Bloch no se contentó con definir la historia y el oficio del

historiador sino que también quiso indicar lo que debe ser la

historia y cómo debe trabajar el historiador.

Antes de reanudar mi lectura del texto de Marc Bloch, deseo

subrayar la extraordinaria capacidad del historiador para

transformar su vivencia presente en reflexión histórica. Sabido

es que ese gran don se expresará ante todo en la redacción de

L'Etrange Défaite, que probablemente fuera el estudio más

perspicaz, hasta hoy, de las causas de los aspectos de la derrota

francesa de 1940. Marc Bloch reflexionó sobre el

acontecimiento "en caliente" y lo analizó prácticamente fuera

de todo archivo, sin toda la documentación que parece necesaria

al historiador; y, sin embargo, verdaderamente hizo obra de

historiador y no de periodista; pues aun los mejores

periodistas se mantienen "pegados" al acontecimiento. Ahora

bien, desde junio de 1940, cuando se encuentra en la ciudad de

Rennes ocupada, lejos de toda biblioteca, Marc Bloch aprovecha

sus "ratos de ocio, llenos de las amenazas que le ha preparado

un destino extraño" para reflexionar, en un texto que, como lo

escribió él, en las circunstancias en que lo elaboró, nece-

sariamente toma el tono de un testamento, sobre el problema de

la legitimidad de la historia y para esbozar algunas de las ideas

claves de lo que será la Apología para la historia.

Me explayaré un poco sobre la Introducción de ese texto,

pues enuncia algunas de las ideas fundamentales de la obra

proyectada. Como punto de partida, Marc Bloch toma la

pregunta de un hijo a su padre, ¿para qué sirve la historia? Esta

confidencia no sólo nos muestra a un hombre que es tanto padre

de familia como servidor de su propia obra; nos introduce en el

corazón mismo de una de sus convicciones: la obligación de la

difusión y de la enseñanza de sus trabajos por el historiador. Nos

dice que debe "saber hablar, en el mismo tono, a los doctos y a

los alumnos" y subraya que "tal sencillez es el privilegio de unos

cuantos elegidos". Aunque sólo fuera por esta afirmación, la

obra seguiría siendo hoy —cuando la jerga técnica ha invadido

demasiados libros de historia— de una actualidad palpitante.

La expresión misma de "legitimidad de la historia" que desde

los primeros renglones emplea Marc Bloch, muestra que el pro-

12

Prefacio

Jacques Le Goff

blema epistemológico de la historia para él no es solamente un

problema intelectual y científico, sino también un problema cívico

y hasta moral. El historiador tiene sus responsabilidades, de las

que debe "rendir cuentas". Marc Bloch coloca así al historiador

entre los artesanos que deben dar prueba de conciencia profesional

pero —y tal es una marca de su genio, al pensar de inmediato en la

perdurabilidad histórica—, "el debate supera ampliamente los

pequeños escrúpulos de una moral corporativa. Toda nuestra

civilización occidental se interesa en él". Vemos allí afirmadas,

de un solo golpe, la civilización como objeto privilegiado del his-

toriador y la disciplina histórica como testimonio y parte inte-

grante de una civilización.

E, inmediatamente, en una perspectiva de historia comparativa,

Marc Bloch señala que "a diferencia de otros tipos de cultura, la

civilización occidental siempre ha esperado mucho de su memo-

ria", y así se introduce una pareja fundamental para el historiador y

para el amante de la historia: historia y memoria, memoria que es

una de las principales materias primas de la historia, pero que no se

identifica con ella. De inmediato se presenta la explicación de un

fenómeno que no sólo se menciona. Esta atención a la memoria es

para el Occidente la herencia de la Antigüedad y a la vez la

herencia del cristianismo.

Siguen algunos renglones resumidos por una fórmula lapidaria

cuya fecundidad acaso no haya sido aún completamente aprove-

chada: "El cristianismo es una religión de historiadores". Al res-

pecto, Marc Bloch menciona dos fenómenos que, según él, se en-

cuentran en el núcleo mismo de la historia: por una parte, la

duración, materia concreta del tiempo; por otra parte, la aventura,

forma individual y colectiva de la vida de los nombres, arrastrados

por sistemas que los superan y a la vez confrontados a un azar en el

cual a menudo se expresa la movilidad de la historia. Marc Bloch

también hablará, más adelantado el libro, de las "aventuras del

cuerpo".

Si Marc Bloch supone, en seguida, que los franceses tienen me-

nos interés por su historia que los alemanes por la suya, no estoy

seguro de que tenga razón. Pero creo que encontramos allí la

expresión de un sentimiento profundo de Marc Bloch para con los

alemanes, sentimiento que viene tanto de la experiencia de su

permanencia de estudiante en Alemania en 1907-1908, como de su

experiencia de historiador. Hay en la historiografía alemana y en

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

13

la propia historia alemana (no olvidemos que Marc Bloch es-

cribía durante la guerra) una orientación peligrosa, debida a su

pasado, debida a la historia.

Ese juicio sobre las relaciones de los franceses con su historia

también está marcado por la desazón de la derrota, y el pesimismo

en el que vive Marc Bloch le lleva a hacer previsiones apoca-

lípticas. Según él, si los historiadores no se muestran vigilantes, la

historia corre el riesgo de hundirse en el descrédito y desaparecer

de nuestra civilización. Desde luego, se trata de la historia en tanto

que disciplina histórica, y Marc Bloch tiene conciencia de que, a

diferencia de la historia, coextensiva ella misma con la vida hu-

mana, la ciencia histórica es un fenómeno que a su vez es histórico,

sometido a condiciones históricas. Legitimidad de la historia, pero

también fragilidad de la historia.

Y sin embargo, en cuanto Marc Bloch evocó este apocalíptico

fin de la historia, su lúcida mirada de historiador, alimentado por

el optimismo fundamental del hombre, propuso una visión más

apacible y más esperanzadora de los acontecimientos históricos.

"Nuestras tristes sociedades", y la similitud con los Tristes trópicos

de Claude Lévi-Strauss me parece notable, "se ponen a dudar de sí

mismas" y se preguntan si el pasado no es culpable, ya sea que las

haya engañado, ya sea que no hayan sabido interrogarlo. Pero la

explicación de tales angustias es que esas "tristes sociedades" están

"en perpetua crisis de crecimiento": allí donde otros historiadores

habrían hablado de decaer y de decadencia, Marc Bloch, quien

supo analizar tanto periodos de crisis como de mutación y de

crecimiento, vuelve a dar un sentido positivo y una esperanza a

esas sociedades y a los movimientos de la historia.

Vemos así que la entrada en materia del libro es grave. Es un

tema serio, abordado en una situación dramática. Sin embargo,

Marc Bloch recupera y repite al punto una de las virtudes de la

historia: "distrae". Antes que el deseo de conocimiento, es estimu-

lada por "el simple gusto". Y tenemos allí rehabilitados, en un lugar

ciertamente marginal y limitado, la curiosidad y la novela histórica

puesta al servicio de la historia: los lectores de Alejandro Dumas no

son, tal vez, más que "historiadores en potencia". Por

consiguiente, para hacer buena historia, para enseñarla, para ha-

cerla amar, no hay que olvidar que al lado de sus "necesarias

austeridades" la historia "tiene sus propios goces estéticos". Asi-

mismo, al lado del necesario rigor ligado a la erudición y a la in-

14

Prefacio

Jacques Le Goff

vestigación de los mecanismos históricos, hay la "voluptuosidad de

aprender cosas singulares" y de allí brota ese consejo que igual-

mente me parece muy oportuno aún hoy: "Cuidémonos de no

retirarle a nuestra ciencia su parte de poesía".

Comprendamos bien a Marc Bloch. No dice: la historia es un

arte, la historia es literatura. Sí dice: la historia es una ciencia,

pero una ciencia entre cuyas características puede estar su fla-

queza pero también su virtud, que consiste en ser poética porque

no se la puede reducir a abstracciones, a leyes, a estructuras.

Intentando definir "la utilidad" de la historia, Marc Bloch en-

cuentra entonces el punto de vista de los "positivistas" (y, siempre

interesado en distinguir a los historiadores matizados de los

historiadores sistemáticos, añade "de estricta observancia").

Sería necesario un estudio profundo de ese término y de su

empleo por Marc Bloch y los historiadores de los Annales. Hoy

suscita reticencias o incluso hostilidad, hasta de algunos historia-

dores abiertos al espíritu de los Annales. Aquí sólo puedo esbozar

las orientaciones de una investigación y de una reflexión. Los

historiadores "positivistas" a los que apuntó Marc Bloch están

marcados por la filosofía "positivista" de fines del siglo XIX, la es-

cuela de Auguste Comte: era una filosofía aún dominante a través

de matices a menudo profundos (pues, por ejemplo, Renouvier,

muerto en 1903, a menudo calificado como "positivista", es muy

distinto de un simple discípulo de Comte) y que constituía el fondo

de la ideología filosófica en Francia por la época en que Marc

Bloch era estudiante. Pero también elaboraron un pensamiento

específico en el dominio de la historia, y este pensamiento, el cual

tenía el mérito —que no lo niega Marc Bloch— de tratar de dar

fundamentos objetivos, "científicos" al estudio histórico, al empo-

brecer el historicismo alemán de fines del siglo XIX, tuvo sobre todo

el gran inconveniente de limitar la historia a "la estricta obser-

vación de los hechos, la falta de moralización y de ornamento, la

pura verdad histórica" (diagnóstico del estadunidense Adams,

desde 1884).

Lo que Marc Bloch no aceptaba de su maestro Charles Seigno-

bos, principal representante de esos historiadores "positivistas",

era que comenzara el trabajo del historiador tan sólo con la reca-

bación de los hechos, mientras que una fase anterior y esencial

exigía del historiador la conciencia de que el hecho histórico no

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

15

es un dato "positivo", sino el producto de una construcción activa

de su parte, para transformar la fuente en documento y luego

constituir esos documentos y esos hechos históricos en problema.

Tal es el sentido del "positivismo" reprochado a esos historiado-

res, positivismo que se tiñe de utilitarismo cuando, en lugar de

hacer historia total, reducen el trabajo histórico a lo que les parece

que puede "servir a la acción".

Marc Bloch defiende entonces, con energía, la especificidad, la

aparente inutilidad de un esfuerzo intelectual desinteresado. En

la disciplina histórica encuentra una tendencia propia del hombre

en general: la historia es también, en ese sentido, una ciencia

humana: "Sería infligir a la humanidad una extraña mutilación si

se le negase el derecho de buscar, fuera de toda preocupación de

bienestar, cómo sosegar su hambre intelectual".

Aparecen aquí dos palabras claves para comprender el tempe-

ramento de historiador de Marc Bloch. "Mutilación": Marc Bloch

rechaza una historia que mutilaría al hombre (la verdadera historia

se interesa en el hombre íntegro, con su cuerpo, su sensibilidad,

su mentalidad y no solamente sus ideas y sus actos) y que

mutilaría a la historia misma, que es un esfuerzo total por captar

al hombre en la sociedad y en el tiempo. "Hambre": el término

evoca ya la frase célebre inscrita desde el primer capítulo del li-

bro: "El buen historiador se parece al ogro de la leyenda. Ahí

donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su presa". Marc

Bloch es un hambriento, un hambriento de historia, un hambriento

de hombres en la historia. El historiador debe tener apetito. Es un

devorador de hombres. Marc Bloch me hace pensar en aquel

teólogo parisiense de la segunda mitad del siglo xvii, el cual era

devorador de libros, en los que buscaba la vida y la historia, Petrus

Comestor, Pierre el Devorador.

Aunque no sea "positivista", la historia no deja de ser para Marc

Bloch una ciencia, y uno de sus afanes más notables en este libro es

el constante apelar a las ciencias matemáticas, a las ciencias de la

naturaleza, a las ciencias de la vida. No con objeto de tomar de

ellas recetas para la historia. Marc Bloch recurría a la estadística

(de empleo limitado para un medievalista), y perteneció al periodo

anterior a la historia cuantitativa. Mas para indicar la unidad del

campo del saber, aun si la historia ya ha conquistado su autonomía

como paradigma, "no sentimos ya la obligación de tratar de

16

Prefacio

Jacques Le Goff

imponer a todos los objetos del saber un modelo intelectual

uniforme, tomado de las ciencias de la naturaleza física". Sin em-

bargo, una misma condición identifica a las verdaderas ciencias:

"Las únicas ciencias auténticas son las que logran establecer entre

los fenómenos unos nexos explicativos". Por tanto, la historia, para

ocupar un lugar entre las ciencias, debe proponer "en lugar de

una simple enumeración [...], una clasificación racional y una in-

teligibilidad progresiva".

Marc Bloch no le pide a la historia definir leyes falsas, que la

intrusión incesante del azar hace imposibles. Pero sólo la concibe

válida si está penetrada por lo racional y lo inteligible, lo que

sitúa su cientificidad no del lado de la naturaleza, de su objeto,

sino del trámite y del método del historiador.

La historia debe volver a colocarse, por tanto, en una situación

doble: "el punto" que, como "cada disciplina", "momentáneamente

ha alcanzado la curva de su desarrollo", curva "siempre un poco

irregular", pues Marc Bloch recusa un evolucionismo primario, y

"el momento del pensamiento" general al que los historiadores, en

cada época "se apegan", "la atmósfera mental" de una época, no

muy alejada en el fondo del Zeitgeist, del "espíritu de la época" de

todo un linaje de historiadores alemanes.

Pero en esta marcha hacia la inteligibilidad, la historia ocupa

un lugar original entre las disciplinas del saber humano. Como la

mayoría de las ciencias (pero aún más que ellas, pues el tiempo

forma parte integrante de su objeto), es "una ciencia en marcha".

Y para que siga siendo ciencia, la historia, más que ninguna otra,

debe avanzar, progresar; no le es posible detenerse.

El historiador no puede permanecer sentado, ser un burócrata

de la historia: debe ser un caminante, fiel a su deber de explora-

ción y de aventura. Pues una segunda característica de la historia

sobre la cual los historiadores no han meditado lo bastante sobre la

lección de Marc Bloch, es que la historia "también es una ciencia

en la infancia". Durante largo tiempo no hizo más que balbucear,

en una prehistoria que va de Heródoto a dom Mabillon, del que

Marc Bloch dirá más adelante que "1681, año de la publicación del

De re diplomática [es] una gran fecha [...] en la historia humana",

pues esta obra "funda definitivamente la crítica de los documentos

de archivos". Todavía debemos reflexionar sobre esta juventud de la

historia, que sólo se volverá materia de enseñanza en el siglo XIX ,

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

17

siglo fundador de la historia todavía vacilante entre el arte literario y

el saber científico. Lección de humildad para el historiador, pero

también de fe y de esperanza. Para la historia, apenas se levanta el

viento del saber. Está en el alba del conocimiento histórico. Y allí

seguimos estando.

Algunos historiadores, antes de Marc Bloch y todavía en su épo-

ca, se resignaron a no ver en la historia más que "una especie de

juego estético", y ciertos especialistas en ciencias sociales han

"tomado el partido de dejar finalmente fuera de todos los alcances

de este conocimiento de los hombres a muchas realidades muy

humanas, pero que les parecen desesperadamente rebeldes a un

saber racional". Aquí hay que leer atentamente a Marc Bloch: "Ese

residuo era lo que, desdeñosamente, llamaban el acontecimiento,1 y

también era una buena parte de la vida más íntimamente indi-

vidual".2 ¿A quién apunta esto? "La escuela sociológica fundada

por Durkheim." Vemos aquí revelada, casi desde el principio, la

importancia excepcional que para Marc Bloch y para los primeros

Annales tuvo la sociología de Durkheim. Repite aquí su deuda para

con él. Especialmente, le debe haber aprendido "a pensar [...] menos

baratamente". Tal es una de sus preocupaciones esenciales: pensar

la historia, pensar su investigación, pensar su obra, y no pensar en

pequeño, en pobre, en mezquino. Rechaza toda práctica y todo

método reductor de la historia. Pero, asimismo (y esto fue una

constante en su reflexión metodológica), tiene cuidado de no

confundir historia y sociología; rechaza la "rigidez de los

principios"; en otra parte mencionará la indiferencia al tiempo de

Durkheim y de sus discípulos.

La influencia de Durkheim sobre Marc Bloch y los primeros

Annales deberá ser objeto de una investigación atenta, pues los

marcó profundamente, pero también habrá que notar que Marc

Bloch siempre se resistió a los encantos de la sociología y, para

empezar, de la sociología durkheimiana. Dialogar con la sociología,

sí; la historia necesita de esos intercambios con las otras ciencias

humanas y sociales. Confundir historia y sociología, no. Marc Bloch

es historiador, y quiere seguir siéndolo. Renovar la historia, sí, en

particular al contacto de esas ciencias; sumergirla en ellas, no.

1 Las cursivas son mías.

2 Las cursivas son mías.

18

Prefacio

Jacques Le Goff

Una lectura atenta de la frase que acabo de citar sobre el

acontecimiento y sobre lo individual habría permitido a los

historiógrafos de Marc Bloch y de los Annales evitar ciertos

errores de interpretación. El acontecimiento que rechaza Marc

Bloch es el de esos sociólogos que lo convierten en un residuo

despreciable. Pero, en todo caso, Bloch no rechaza el

acontecimiento (Lucien Febvre tal vez haya tenido a este

respecto palabras menos prudentes). ¿Cómo podría una historia

total prescindir de acontecimientos? Eso que hoy se llama,

siguiendo a Pierre Nora, "el retorno del acontecimiento", se

sitúa en el hilo de la concepción de Marc Bloch.

Asimismo, Marc Bloch, si pone más atención a lo colectivo

que a lo individual, no por ello deja de hacer del individuo uno

de los polos de interés de la historia. Dice de la investigación

histórica "que debe volverse de preferencia hacia el individuo3 o

hacia la sociedad" y critica la definición de la historia de Fustel

de Coulanges, a quien, sin embargo, admiraba (el "maestro",

junto con Michelet, que él reconoce): "El hombre es la ciencia

de las sociedades humanas", observando que "tal vez sea

reducir en exceso, en la historia, la parte del individuo". Por

último y sobre todo una parte importante del capítulo V, que

se quedó inconclusa y sin título definitivo, iba a ser consagrada

al individuo.

Después de hacer rabiar a Paul Valéry, a quien más adelante

reprochará su desconocimiento sobre lo que es la verdadera his-

toria y justificar la ignorancia, declarando que la historia es "el

producto más peligroso que haya elaborado la química del

intelecto", define su concepción de la historia y el objeto de su

libro.

La historia que él y sus amigos historiadores desean es una

"historia a la vez ensanchada y llevada a la profundidad". A la

historia estrecha y superficial de los historiadores

"positivistas", Marc Bloch opone este afán de ensanchamiento y

de profundización del dominio de la historia. Hacer algo grande

y profundo es lo esencial del movimiento que, aún hoy, sigue

animando a los historiadores inspirados por el espíritu de los

Annales. "Nuevos problemas, nuevos enfoques, nuevos

objetos": tal es el triple ensanchamiento que en 1974, siguiendo

3 Las cursivas son mías.

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

19

a Marc Bloch, pedimos Pierre Nora y yo a un grupo de

historiadores en la colección Faire de l'histoire. Todavía se puede

ir más a fondo, pues si las investigaciones sobre las mentalidades

y las sensibilidades han esbozado este descenso de los

historiadores a las profundidades de la historia, aún queda mucho

por hacer. El psicoanálisis prudentemente evocado por Marc Bloch,

aquí y allá, en este libro y en La Société féodale no penetró

verdaderamente en la reflexión de los historiadores. Un Alphonse

Dupront, recién desaparecido, "historiador de las profundidades",

cuya obra aún en parte inédita se sitúa en los márgenes de la

influencia de Marc Bloch y de los Annales, sigue relativamente

aislado, y las tentativas de historia psicoanalítica de Alain

Besançon y de Michel de Certeau, a quien los Annales de los años

setenta habían abierto su tribuna, se quedaron sin posteridad. La

psicohistoria estadunidense, pese a la apertura de pistas

interesantes, no ha logrado imponerse.

En cuanto a los designios del libro, la defensa y la ilustración

de la ciencia histórica se sitúan sobre todo al nivel del oficio:

"Decir cómo y por qué un historiador practica su oficio", redactar

"el momento de un artesano", "el cuaderno de un compañero".

De la erudición del siglo xiv dirá más adelante, elogiándola: por

ella "el historiador fue devuelto a su banco de trabajo". Historia-

dor del mundo rural, bajo la pluma de quien brotan fácilmente

las referencias y las metáforas de la vida agraria, también compara

al buen historiador con el "buen labrador", según Péguy, que

"ama la labor y la siembra tanto como la cosecha". Frase aún más

pascaliana, de un cazador, de un buscador, que prefiere la bús-

queda a la presa.

Dos confidencias vienen a completar esta introducción. En una

de ellas, Marc Bloch reconoce no tener una cabeza filosófica. Ve

allí humildemente una "laguna de su primera formación". Nos-

otros podemos ver allí, también y sobre todo, un rasgo tradicional

de los historiadores franceses. En su mayor parte no tienen —

¿prudencia o defecto?— gusto por la filosofía en general y por la

filosofía de la historia en particular. Este libro es un tratado de

método, no un ensayo de filosofía histórica.

Pero Marc Bloch, que no detesta nada tanto como la pereza y la

pasividad de espíritu, no quiere limitarse a decir lo que es la his-

toria y cómo se hace y se escribe: "Hay [en mi libro], lo confieso,

una parte de programa". Es una introducción y una guía para la

20

Prefacio

Jacques Le Goff

historia que está por hacerse.

Haré completamente míos los comentarios de Lucien Febvre,

evidentemente más autorizados que los míos: "Hay que lamentar

profundamente la ausencia de notas más precisas y más detalladas

de Bloch sobre [las] últimas partes de su libro. Se hubiesen

contado entre las más originales", pero me contentaré ahora con

señalar lo que me parece más importante en el cuerpo del libro.

Para empezar, la definición de la historia.

La historia es investigación y, por tanto, elección. Su objeto no

es el pasado: "La idea misma de que el pasado, en tanto tal, pueda

ser objeto de ciencia, es absurda." Su objeto es "el hombre" o

mejor dicho "los hombres" y más precisamente "hombres en el

tiempo".

Agrupo aquí los pasajes más importantes, a mi entender, sobre

ese tiempo de la historia al que Marc Bloch había pensado inicial-

mente consagrar un capítulo particular. El tiempo es el medio y

la materia concreta de la historia: "Realidad concreta y viva,

entregada a la irreversibilidad de su impulso, el tiempo de la his-

toria [...] es el plasma mismo donde están sumergidos los fenó-

menos y es como el lugar de su inteligibilidad", (p. 58) El tiempo

de la historia oscila entre lo que Fernand Braudel llamará "la larga

duración" y esta cristalización que Marc Bloch prefiere llamar el

"momento" más que el acontecimiento y donde él coloca como

mediadora la "toma de conciencia": "El historiador nunca sale

del tiempo [...] en él considera a veces las grandes ondas de

fenómenos emparentados que atraviesan, de un extremo a otro,

la duración, y a veces el momento humano en que esas corrientes

se juntan en el poderoso nudo de las conciencias", (p. 151).

Cualesquiera que sean los progresos de una unificación de la

medida del tiempo, el tiempo de la historia se libra de toda uni-

formidad: "El tiempo humano [...] siempre permanecerá rebelde

a la implacable uniformidad, así como a la rígida división del

tiempo del reloj. Necesita compases acordes con la variabilidad

de su ritmo y que a menudo acepten por límites no conocer sino

zonas marginales porque la realidad así lo quiere. Sólo a costa

de esta plasticidad la historia puede esperar adaptar, según pa-

labras de Bergson, sus clasificaciones a las 'líneas mismas de la

realidad': lo que es, propiamente, el fin último de toda ciencia",

(p. 173).

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

21

Notemos de paso la referencia a Bergson. El pensamiento de

Marc Bloch es convergente con el de Bergson, filosofía de la dura-

ción y de la fluidez del pensamiento y de la vida.4

Esta concepción del tiempo implica renunciar al "ídolo de los

orígenes" a "la obsesión embriogénica", a la perezosa ilusión de

que "los orígenes son un comienzo que explica", a la confusión

entre "filiación" y "explicación". Y Marc Bloch explica aquí —

hecho esencial para la historia dé Europa y del Occidente— que

"el cristianismo [...] es por esencia una religión histórica", lo cual

le permite anudar lo que demasiado a menudo se separa en la

realidad histórica: "Una plétora de rasgos convergentes, sean de

estructura social, sean de mentalidad".

La historia, ciencia del tiempo y del cambio, plantea a cada ins-

tante problemas delicados al historiador; así, por ejemplo, para su

"gran desesperación [...] los hombres no tienen el hábito, cada vez

que cambian de costumbres, de cambiar de vocabulario".

Una vez enviada al cementerio de los viejos caprichos la pre-

gunta, en adelante ociosa: la historia "¿es 'ciencia' o 'arte'?", el

medievalista Bloch enfoca lo esencial. Ya de entrada, notar el pre-

sente, que él prefiere llamar "lo actual" definiendo lo que hoy se

ha nombrado "la aceleración de la historia", da un ejemplo con-

creto de ésta cuya formulación esboza a la vez un problema y una

vía de investigación explicativa: "Desde Leibniz, desde Michelet

se produjo un hecho importante: las revoluciones sucesivas de las

técnicas ampliaron de manera desproporcionada el intervalo psi-

cológico entre las generaciones". Después, considerar "el presente

humano" como "perfectamente susceptible de conocimiento

científico" y no reservar su estudio a unas disciplinas "bien dis-

tintas" de la historia: sociología, economía, periodismo ("publi-

cistas", dice Marc Bloch), sino, en cambio, anclarlo en la historia

misma. De allí los límites y la impotencia de los historiadores

friolentos que tienen miedo al presente, los que "desean evitar a la

casta Clío unos contactos demasiado quemantes", aquellos a los

que llama "anticuarios", encerrados en una concepción del puro

pasado de la historia, o los eruditos, incapaces de pasar de la reca-

bación de los datos a la explicación histórica, lo que no es descali-

ficar, sino, al contrario, la erudición que todo historiador debe

4 L'Evolution créatrice es de 1907; Durée et simultanéité, de 1922; La Pensée et le

Mouvant, de 1934.

22

Prefacio

Jacques Le Goff

practicar, pero en la cual no debe encerrarse. Pero "el erudito a

quien no le gusta mirar a su alrededor los hombres, ni las cosas,

ni los acontecimientos [...] haría bien en renunciar al [nombre] de

historiador".

El presente bien precisado y definido comienza el proceso fun-

damental del oficio de historiador: "comprender el presente por el

pasado" y, correlativamente, "comprender el pasado por el pre-

sente".

La elaboración y la práctica de "un método prudentemente

regresivo" es uno de los legados esenciales de Marc Bloch, y esta

herencia ha sido, hasta hoy, muy insuficientemente recogida y

explotada. La "facultad para aprehender lo vivo [...] es la principal

calidad del historiador", y no se adquiere ni se ejerce sino "por

un contacto permanente con el presente". La historia del

historiador comienza por hacerse "hacia atrás".

Entonces el historiador podrá captar su presa, el "cambio",

entregarse eficazmente al comparativismo histórico y emprender

"la única historia verdadera [...] la historia universal". Por mi

parte, yo preferiría decir, como Michel Foucault, la historia gene-

ral. Y de allí surgen tres afirmaciones que son otras tantas exhor-

taciones.

"La ignorancia del pasado no se limita a dañar el conocimiento

del presente sino que compromete, en el presente, la acción mis-

ma" constituye la primera. Más allá del historiador, Marc Bloch

se dirige a todos los miembros de la sociedad y, para empezar, a

quienes pretenden guiarla. No parece haber sido bien escuchada

hasta hoy.

La segunda es que "también el hombre ha cambiado mucho:

en su espíritu y, sin duda, hasta en los más delicados mecanismos

de su cuerpo. Su atmósfera mental se ha transformado pro-

fundamente y no menos su higiene y su alimentación". Por ello

es legítimo el estudio de las mentalidades como objeto de la his-

toria, pero también el llamado, siempre actual, a estudiar la his-

toria del cuerpo, a seguir lo que Marc Bloch llama, en otra parte,

"las aventuras del cuerpo". Pero añade Marc Bloch: "Sin embargo,

es necesario que exista en la naturaleza humana y en las socieda-

des humanas un fondo permanente, sin el cual los nombres mismos

de hombre y de sociedad no querrían decir nada". ¿Cómo expresar

mejor la legitimidad y la necesidad misma de una antropología

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

23

histórica, que hoy hace progresos pese a las burlas de los tra-

dicionalistas?

Por último, esta historia grande, profunda, larga, abierta, com-

parativa no puede ser realizada por un historiador aislado: "La

vida es demasiado breve". "En aislamiento, ningún especialista

comprenderá nada sino a medias, así fuera de su propio campo

de estudio." La historia "no puede hacerse sino con ayuda mutua".

El oficio de historiador se ejerce en una combinación de trabajo

individual y de trabajo por equipo. El movimiento de la historia y

de la historiografía ha obligado a una mayoría de historiadores a

salir de su torre de marfil.

Así limitado, sin otras fronteras que las del hombre y del tiem-

po, su dominio y su avance, el historiador puede sentarse ante su

banco de trabajo. Su primera obra será "la observación histórica"

(capítulo II). No debe ignorar "la inmensa masa de los testimonios

no escritos", en particular los de la arqueología. Así, debe dejar

de estar "en el orden documental obsesionado por el relato, tanto

como en el orden de los hechos por el acontecimiento". Pero tam-

bién debe resignarse a no poder conocerlo todo del pasado, a uti-

lizar "un conocimiento por huellas", a recurrir a procedimientos

de "reconstrucción", de los que "todas las ciencias ofrecen múlti-

ples ejemplos". Pero si "el pasado es, por definición, un dato que

nada modificará ya [...], el conocimiento del pasado es una cosa

en progreso que sin cesar se transforma y se perfecciona". Sobre

un punto muy importante, el conocimiento de las mentalidades

individuales, los historiadores de los periodos antiguos, incluso

de la Edad Media, se encuentran desarmados, pues no poseen

"ni cartas privadas ni confesiones" y su tiempo nos ha legado, a lo

sumo, "malas biografías en un estilo convenido". De allí resulta

que "toda una parte de nuestra historia afecta necesariamente el

vuelo, un poco exangüe, de un mundo sin individuo".

Hay que escuchar al siempre probo Marc Bloch aconsejar al

historiador saber decir "no lo sé, no puedo saberlo"; pero yo creo

que en ese punto es un poco pesimista. Los historiadores de las

épocas remotas, y especialmente de la Edad Media, intentan hoy

escribir biografías de acuerdo con métodos rigurosos pero más

refinados, de reconstitución de las vidas, al menos de los hombres

ilustres del pasado, y la historia del individuo en esos tiempos

antiguos debiera beneficiarse con las investigaciones actuales

24

Prefacio

Jacques Le Goff

relacionadas con el "retorno del sujeto" en filosofía y en ciencias

sociales, retorno que no deja indiferentes a los historiadores.

Por otra parte, en su búsqueda de testimonios, el medievalista,

según Marc Bloch, deberá interrogar, por ejemplo, las vidas de

los santos, que le resultarán "de un valor inestimable" en cuanto a

los informes que nos aportan "sobre los modos de vivir o de

pensar (título de un capítulo memorable de La Société féodale) par-

ticulares de las épocas en que fueron escritas". Pero al hacerlo no

deberá olvidar, como demasiados medievalistas, incluso después

de Marc Bloch, que se trata de "cosas que la hagiografía no tenía

el menor deseo de exponernos".

Lo esencial es ver bien que los documentos, los testimonios

"no hablen sino cuando se les sabe interrogar [...]; toda investi-

gación histórica presupone, desde sus primeros pasos, que la

investigación tiene ya una dirección". Aquí es neta la oposición

con las concepciones de los historiadores llamados "positivistas",

pero aquí Marc Bloch se une a un célebre matemático, Henri

Poincaré, quien había reflexionado sobre sus prácticas científicas y

sobre las de sus colegas y mostrado que todo descubrimiento

científico se produce a partir de una hipótesis previa. Había pu-

blicado, en 1902, La Science et l'Hypothése.

Otra ilusión de ciertos eruditos: "Imaginar que a cada problema

histórico responde un tipo de documento, especializado en este

empleo". La historia sólo se hace recurriendo a una multiplicidad

de documentos y, por consiguiente, de técnicas: "Pocas ciencias,

creo yo, se ven obligadas a emplear simultáneamente tantos útiles

disímbolos. Y es que los hechos humanos son complejos entre

todos. Y es que el hombre se coloca en el punto extremo de la

naturaleza". Y de allí esta opinión: "Es bueno, a mi parecer, es in-

dispensable que el historiador posea al menos un barniz de todas

las principales técnicas de su oficio". Vemos aquí cómo Marc Bloch

va más lejos en la concepción de las "ciencias auxiliares de la his-

toria" que la mayoría de los historiadores tradicionales. Su em-

pleo no debe hacerse en una fragmentación de especializaciones.

Aquí, una vez más, es necesario recurrir de manera global y total a

las técnicas de recabación y de tratamiento de los documentos.

Pero, ¿cómo organizar la conducta y la explotación de esta

observación histórica? Mediante el establecimiento de guías téc-

nicas, de inventarios, de catálogos y de repertorios, y aquí Marc

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

25

Bloch se encuentra con el gran trabajo de erudición realizado

desde Cange y dom Mabillon (para los medievalistas), la gran

labor del siglo XIX; pero a todo este aparato técnico no le asigna

simplemente el papel pasivo de un tesoro que debe explotarse; le

asigna la función de un vivero al servicio de las preguntas que

habrá que hacer a los documentos y a la historia.

Marc Bloch también está atento a la transmisión de los testimo-

nios, a los encuentros entre historiadores (él mismo y Lucien Febvre

fueron asiduos de los grandes congresos internacionales de las

ciencias históricas durante los años veinte y treinta), a los "inter-

cambios de información", a todo lo que hoy llamaríamos la comu-

nicación en historia. Pero va más lejos.

Marc Bloch desea, ante todo, un acuerdo de la comunidad his-

tórica para definir "previamente y por acuerdo común, algunos

grandes problemas dominantes" y llegando más allá, espera que

"las sociedades consentirán, por fin, en organizar racionalmente,

con su memoria, su conocimiento de ellas mismas".

Nos encontramos aquí en plena actualidad. ¿Qué objeto suscita

hoy más la investigación y la reflexión de los historiadores, en co-

laboración con otros especialistas de las ciencias humanas y sociales,

que la investigación de la memoria colectiva, base de la busca de la

identidad? Marc Bloch hacía eco aquí, sin duda, a los trabajos de

su colega sociólogo de Estrasburgo, Maurice Halbwachs, cuyo Les

Cadres sociaux de la mémoire había aparecido en 1925.

Veamos otro deseo que aún no se ha satisfecho por completo:

el relato por el historiador de los problemas y de la historia de su

investigación: Todo libro de historia digno de ese nombre debiera

incluir un capítulo o, si se prefiere, insertar en los puntos claves del

desarrollo una sucesión de párrafos que se titularían, poco más o

menos: '¿Cómo puedo saber lo que voy a decir?' Estoy convencido

de que al conocer estas confesiones, hasta los lectores que no son

historiadores sentirían un verdadero placer intelectual. El espec-

táculo de la investigación, con sus éxitos y sus trabas, rara vez

aburre. La totalidad ya acabada es la que difunde frialdad y tedio.

¡Qué modernidad de tono y de ideas!

Después de la observación, "la crítica" (capítulo III). Marc Bloch

esboza allí la historia y designa el momento decisivo, el siglo xvii:

"La doctrina de investigaciones no se elaboró sino en el siglo

xvii, cuya grandeza, en particular la de su segunda mitad, no

26

Prefacio

Jacques Le Goff

siempre se aprecia tal y como se debiera". He aquí las fechas de

nacimiento de los tres grandes nombres de la crítica histórica: el

jesuita Papebroeck, fundador de la hagiografía científica y de la

congregación de los volantistas, nacido en 1628; dom Mabillon, el

benedictino de Saint-Maur, fundador de la diplomática, nacido

en 1632; Richard Simón, el oratoriano que señala los comienzos

de la exégesis bíblica crítica, nacido en 1638. Y detrás de ellos (pues

Marc Bloch siempre tiene cuidado de situar la historia en un mo-

mento del pensamiento) dos grandes filósofos, Spinoza, nacido en

1632, y Descartes, cuyo Discurso del método aparece en 1637.

Pero la crítica histórica se enreda en una erudición rutinaria

que se priva "de esa sorpresa siempre renovada que sólo produce

la lucha con el documento". Tengo interés en citar esas frases que

muestran que para Marc Bloch el oficio de historiador es una

fuente de placer. Marc Bloch fustiga a la vez "el esoterismo poco

atractivo" (¡qué dicha leer, lo repito, lejos de toda jerga, el estilo

sencillo y límpido de la Apología para la historia!), "el triste ma-

nual" y "los señuelos de una prentendida historia tristemente

ilustrada por Maurras, Bainville o Plekánov". Marc Bloch encuentra

entonces sus acentos más tiernos para hablar de "nuestras hu-

mildes notas, nuestras pequeñas referencias a tanteos".

Marc Bloch se explaya largamente sobre un problema que le

llega al corazón, el de "perseguir la mentira y el error" del que tuvo

experiencia no sólo en su trabajo de historiador, sino también en

su vida de hombre y de soldado, a través de las falsas noticias de

la Gran Guerra. Experiencia que lo marcó hasta el punto —como lo

hemos notado Cario Ginzburg y yo—5 de haber influido sobre su

investigación de los Reyes taumaturgos, beneficiarios de la cre-

dulidad popular que durante siglos consideró que los reyes de

Francia y de Inglaterra tenían el poder de curar a los escrofu-

losos. Marc Bloch enumera entonces minuciosamente las condi-

ciones históricas de los tipos de sociedades sujetas, como la del

Occidente medieval, a creer no lo que se veía en realidad sino lo

que, en cierta época, "se consideraba natural ver".

Y saluda el nacimiento de una disciplina "casi nueva": la psi-

cología de los testimonios (la reflexión de Marc Bloch está centrada

5 En el prefacio a la traducción italiana de los Rois thaumaturges (1973) y en la

tercera edición francesa (1983).

Marc Bloch

Apología para la historia o el oficio de historiador

27

sin cesar en las posibilidades que la psicología puede ofrecer al

historiador), disciplina que ha desarrollado y que especialmente

ha inspirado un gran coloquio recién celebrado en Munich y

una importante publicación sobre "Las falsificaciones de la

Edad Media" (Falschungen im Mittelalter).

Marc Bloch desarrolla "un intento de una lógica del método

crítico" que le permite volver a colocar, con características pro-

pias, la historia en el conjunto "de las ciencias de la realidad":

"Limitando su parte de seguridad a sopesar lo probable y lo

improbable, la crítica histórica no se distingue de la mayor

parte de las otras ciencias de la realidad sino por un