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Autobiografía

Charles Darwin

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Charles Darwin

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[Los recuerdos autobiográficos de mi padre, que ofrecemos en el presente capítulo, fueron escritos para

sus hijos sin intención alguna de que se publicaran jamás. A muchos les parecerá esto algo imposible, pero

aquellos que conocieron a mi padre comprenderán cómo no solamente era posible, sino natural. La auto-

biografía lleva el título: Recolletions of the Development of my Mind and Character (Memorias del desa-

rrollo de mi pensamiento y mi carácter) y concluye con la siguiente nota: «3 de agosto de 1876. Comencé

este bosquejo de mi vida alrededor del 28 de mayo en Hopedene y desde entonces he escrito alrededor de

una hora casi todas las tardes». Se comprenderá fácilmente que en una narración de carácter personal e ín-

timo, escrita para su esposa e hijos, se presenten pasajes que deben omitirse aquí; no he considerado nece-

sario indicar dónde se han hecho tales omisiones. Se ha juzgado imprescindible hacer algunas correcciones

de evidentes errores de expresión, si bien se han reducido al mínimo tales alteraciones.— F. D.]

Habiéndome escrito un editor alemán para solicitarme una nota sobre el desarrollo de mi

pensamiento y carácter, con un esbozo de mi autobiografía, he pensado que el asunto me di-

vertía y que quizá pudiera interesar a mis hijos o a los hijos de éstos. Sé que me hubiera inte-

resado grandemente haber leído un apunte, aunque fuera tan breve y superficial como éste. He

intentado componer el relato de mí mismo que viene a continuación como si hubiera muerto y

estuviera mirando mi vida desde otro mundo. Tampoco me ha resultado difícil, ya que mi vi-

da casi se acaba. No me tomado ninguna molestia en cuidar mi estilo literario.

Nací en Shrewsbury el 12 de febrero de 1809, y mi recuerdo más temprano sólo alcanza a la

fecha en que contaba cuatro años y unos meses, cuando fuimos cerca de Abergele para bañar-

nos en la playa; conservo con cierta nitidez la memoria de algunos hechos y lugares de allí.

Mi madre murió en julio de 1817, cuando yo tenía poco más de ocho años, y es extraño pero

apenas puedo recordar algo de ella, excepto su lecho mortuorio, su vestido de terciopelo negro

y su mesa de costura, extrañamente fabricada. En la primavera del mismo año fui enviado a

una escuela diurna en Shrewsbury, donde estuve un año. Me han dicho que yo era mucho más

lento aprendiendo que mi hermana Catherine, y creo que en muchos sentidos era un chico tra-

vieso.

Por la época en que iba a esta escuela diurna, mi afición por la historia natural, y más espe-

cialmente por las colecciones, estaba bastante desarrollada. Trataba de descifrar los nombres

de las plantas, y reunía todo tipo de cosas, conchas, lacres, sellos, monedas y minerales. La

pasión por coleccionar que lleva un hombre a ser naturalista sistemático, un virtuoso o un ava-

ro, era muy fuerte en mí, y claramente innata, puesto que ninguno de mis hermanos o herma-

nas tuvo jamás esta afición.

Una anécdota sucedida aquel año ha quedado firmemente grabada en mi mente, supongo

que por la amarga desazón con que afectó después a mi conciencia; es curiosa como prueba

de que por lo visto yo me interesaba ya a tan temprana edad por la variabilidad de las plantas.

Conté a otro chico (creo que era Leighton, que después llegaría a ser un conocidísimo lique-

nólogo y botánico), que podía producir primaveras y velloritas de diferentes colores regándo-

las con ciertos líquenes coloreados, lo cual por supuesto era un cuento monstruoso, y yo no lo

había intentado jamás. También puedo confesar aquí que cuando pequeño era muy dado a in-

ventar historias falsas, y lo hacía siempre para causar admiración. Por ejemplo, en una oca-

sión cogí de los árboles de mi padre mucha fruta de gran valor y la escondí en los arbustos;

después corrí hasta quedar sin aliento para propagar la noticia de que había encontrado un

montón de fruta robada.

En mis primeros años de escuela debía de ser un niño muy ingenuo. Un chico, llamado Gar-

nett, me llevó un día a una pastelería, y compró unos pasteles que no pagó, pues el tendero le

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fiaba. Cuando salimos le pregunté por qué no los había pagado, y, al instante, contestó «¿Có-

mo? ¿No sabes que mi tío dejó una gran suma de dinero a la ciudad, a condición de que todo

comerciante diera gratis lo que quisiera quien llevara su viejo sombrero y lo moviera de una

forma determinada?», y luego me enseñó cómo había que moverlo. Entonces entró en otra

tienda donde le fiaban, pidió una cosa de poco valor, moviendo su sombrero de la misma ma-

nera, y, por supuesto, la obtuvo sin pagar. Cuando salimos, me dijo: «Si quieres ir ahora tú so-

lo a aquella pastelería (¡qué bien recuerdo su situación exacta!), te dejaré mi sombrero, y po-

drás conseguir lo que gustes, moviéndolo adecuadamente sobre tu cabeza.» Yo acepté de buen

grado la generosa oferta y entré, pedí algunos pasteles, moví el viejo sombrero, y ya salía de

la tienda, cuando me acometió el tendero, así que tiré los pasteles, salí huyendo desesperada-

mente, y me quedé atónito cuando mi falso amigo Garnett me recibió riendo a carcajadas.

Puedo decir en mi favor que era un muchacho compasivo, si bien esto lo debía por completo

a la instrucción y ejemplo de mis hermanas. En efecto, dudo que la humanidad sea una cuali-

dad natural o innata. Era muy aficionado a coleccionar huevos, pero nunca cogía más de uno

de cada nido de pájaros, excepto en una sola ocasión en que los cogí todos, no por su valor,

sino por una especie de bravata.

Tenía una gran afición por la pesca, y me hubiera quedado sentado en las márgenes de un

río o estanque mirando el corcho durante infinitas horas; desde el día en que me dijeron en

Maer que podía matar los gusanos con sal y agua, jamás arrojé un gusano vivo, aun cuando

mi éxito pudiera resentirse.

Una vez, cuando chico, en la época de la escuela diurna, o antes, actué cruelmente: golpeé a

un perrillo, creo que simplemente por disfrutar de la sensación de fuerza; sin embargo, el gol-

pe no pudo ser doloroso, pues el perrito no ladró, de ello estoy seguro, ya que el lugar estaba

cerca de casa. Este acto pesa gravemente sobre mi conciencia, como lo demuestra mi recuerdo

del sitio exacto donde el crimen fue cometido. Probablemente me pesara más por mi amor a

los perros, que era entonces, y fue durante mucho tiempo más, una pasión. Los perros parecí-

an saber esto, pues yo era un experto en robar a sus amos el afecto que ellos les tenían.

Sólo recuerdo claramente otro incidente de aquel año en que estaba en la escuela diurna de

Mr. Case, a saber, el entierro de un soldado dragón; y es sorprendente lo claro que veo todavía

el caballo con las botas vacías y la carabina del hombre colgando de la silla de montar, y las

salvas sobre la tumba. Esta escena excitó profundamente toda la fantasía poética que había en

mí.

En el verano de 1818 fui a la escuela principal del doctor Butler en Shrewsbury; allí perma-

necí siete años, hasta mediados del verano de 1825, cuando tenía dieciséis. Estaba interno en

esta escuela, de modo que tenía la gran ventaja de vivir la vida de un verdadero escolar; no

obstante, como la distancia a mi casa era apenas de más de una milla, iba corriendo allá muy

frecuentemente en los intervalos más largos entre las llamadas para pasar lista, y antes del cie-

rre por la noche. Creo que esto fue ventajoso para mí en muchos aspectos, pues me permitía

conservar mis afectos e intereses familiares. Recuerdo que al principio de mi vida escolar fre-

cuentemente tenía que correr mucho para llegar a tiempo, y generalmente lo lograba, pues era

un veloz corredor; pero cuando dudaba conseguirlo, pedía encarecidamente a Dios que me

ayudara, y me acuerdo bien de que atribuía mis éxitos a las oraciones y no a mis carreras y es-

taba admirado de la frecuencia con que recibía ayuda.

He oído a mi padre y mi hermana mayor decir que cuando era muy pequeño tenía gran afi-

ción por los largos paseos en solitario; sin embargo ignoro que pensaba yo al respecto. Fre-

cuentemente me que quedaba absorto y una vez, volviendo de la escuela, en lo alto de las vie-

jas fortificaciones que hay alrededor de Shrewsbury, que habían sido convertidas en una ca-

mino público sin parapeto a uno de los lados, me salí de él y caí al suelo, pero la altura era só-

lo de siete u ocho pies. Sin embargo, fue impresionante el número de pensamientos que pasa-

ron por mi mente durante esta cortísima pero repentina y completamente inesperada caída, y

apenas parece compatible con lo que creo han probado los fisiólogos en el sentido de que cada

pensamiento requiere un espacio de tiempo bastante apreciable.

Nada pudo ser peor para el desarrollo de mi inteligencia que la escuela del doctor Butler,

pues era estrictamente clásica, y en ella no se enseñaba nada, salvo un poco de geografía e