Aventura de la Noche de San Silvestre por E.T.W. Hoffmann - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
index-1_1.jpg

index-1_2.png

index-1_3.png

LA AVENTURA DE LA NOCHE DE SAN SILVESTRE

E. T. A. HOFFMANN

Digitalizado por

http://www.librodot.com

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

2

PROLOGO DEL EDITOR

El viajero entusiasta de cuyo diario se pone a conocimiento del lector una nueva fantasía a

la manera de Cállot, hace tan pocas diferencias evidentemente entre su vida interior y su vida

exterior, que apenas si es posible distinguir las fronteras que se paran una de la otra. Pero

justamente porque tú, querido lector, no percibes con claridad esa frontera, el visionario tal

vez te hará cruzarla sin que te des cuenta, y acaso pronto te encuentres en el desconocido

reino mágico cuyos extraños habitantes se introducen en tu vida exterior y te tutean como

viejos conocidos. Te pido de todo corazón, querido lector, que los tomes como tales, y que

entregado totalmente a su hacer maravilloso, quieras sobreponerte a algún ligero escalofrío

que puedan provocarte al apoderarse de ti con mayor intensidad.

¿Qué más puedo hacer por el viajero entusiasta, a quien le han sucedido tantas cosas

extrañas y fantásticas en todas partes, y así también en Berlín, durante la noche de San

Silvestre?

1. LA AMADA.

Tenía la muerte, la muerte helada en el corazón; sí, desde lo más hondo punzaba mis

nervios ardientes como con agudos carámbanos de hielo. Salí corriendo hacia la noche oscura

y tormentosa olvidando mi capa y mi sombrero en el salón. Las veletas rechinaban; era como

si el tiempo estuviera haciendo girar ruidosamente su eterno y terrible engranaje; como si al

cabo de un momento el año viejo fuera a despeñarse como una pesada carga hacia el oscuro

abismo.

Bien sabes ya que estos días de Navidad y Año Nuevo que tanta alegría despiertan en toda

la gente, a mí siempre me arrebatan de mi tranquilo refugio arrojándome a un mar agitado y

tumultuoso. ¡Navidad! Días de fiesta que durante tanto tiempo brillaron para mí con sus luces

alegres. Ya no puedo seguir esperando -soy más bueno, más niño que durante todo el resto

del año; ningún pensamiento maligno alimenta mi pecho abierto a la verdadera dicha

celestial; vuelvo a ser el niño que grita jubilosamente. Dulces rostros de ángeles me sonríen

desde las policromas tallas de madera de las tiendas navideñas, y por entre la muchedumbre

rumorosa de las calles se deslizan como desde la lejanía las melodías sagradas del órgano:

"¡Porque un niño ha nacido!"

Pero después de la fiesta todo vuelve a quedar en silencio; las luces se diluyen en la turbia

oscuridad. Cada año caen más y más flores marchitas; su semilla se extinguió para siempre y

ya no encenderá el sol de la primavera nueva vida en las ramas secas. Bien lo sé. Pero cuando

el año está por terminar, los espíritus enemigos me lo recuerdan sin cesar con solapada

malicia.

"Mira", escucho susurrar en mis oídos, "mira cuántas alegrías se han alejado este año de ti, que ya nunca regresarán. Pero a cambio de ello, eres más inteligente, y ya no te interesan

aquellas tontas diversiones. ¡Estás convirtiéndote en un hombre serio sin alegrías!"

Pero para la noche de San Silvestre el diablo siempre me reserva alguna jugada especial.

Sabe clavar en el momento preciso sus afiladas garras en mi pecho con una mueca horrenda,

y se ceba con la sangre que entonces mana. Siempre encuentra quien le ayude, y ayer fue el

Consejero de Justicia, que lo hizo muy bien.

2

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

3

En su casa (la del Consejero) siempre se reúne mucha gente en la noche de fin de año y él

se empeña en prepararle a cada uno una alegría especial para el Año Nuevo; pero es tan torpe,

que todo lo que había ideado trabajosamente- para provocar alegría se trueca en cómico

dolor. Cuando entré al vestíbulo, el Consejero me salió al paso rápidamente impidiendo que

yo entrara al santuario de donde llegaba el aroma del té y del fino tabaco. Parecía muy

contento, y lanzándome una mirada maliciosa me sonrió de manera muy extraña mientras me

decía: "¡Amiguito, amiguito! En la sala lo espera una deliciosa sorpresa para la linda noche de San Silvestre. ¡No vaya a asustarse!"

Aquellas palabras me llegaron al alma despertando en mi interior oscuros presentimientos;

me sentía angustiado, atemorizado. Las puertas se abrieron, entré rápidamente, y en medio de

las señoras sentadas en el sofá, me deslumbró su presencia. Era ella, ella en persona, a quien

no veía desde hacía muchos años. Los momentos más dichosos de mi vida cruzaron por mi

alma como un rayo de luz poderoso y abrasador -¡no más pérdida mortal, aniquilada toda idea

de separación!

Por qué maravillosa casualidad estaba ella; qué circunstancia la había conducido a la

reunión del Consejero, de quien yo no sabía que la conociera: en todo eso no pensé. -¡Volvía

a tenerla!- Me quedé allí sin poder moverme, tomó capturado por un repentino hechizo. El

Consejero de Justicia me dio una ligera palmada: "¿Y bien, amiguito?", me dijo. Avancé mecánicamente, pero sólo la veía a ella, y del pecho oprimido brotaron penosamente estas

palabras: "¡Dios mío, Dios mío! Julia1 aquí". Recién cuando llegué junto a la mesa de té Julia me vio. Se levantó y me dijo con una voz casi desconocida: "Me alegra mucho verlo aquí.

¡Tiene usted muy buen aspecto!", y volvió a sentarse, preguntándole a la señora que estaba a su lado: "¿Hay algo interesante en el teatro la .emana que viene?"

Te acercas a la flor maravillosa que ves resplandecer entre dulces aromas, pero no bien te

inclinas para contemplar de cerca su semblante adorable, sale de entre las hojas brillantes un

basilisco frío y escurridizo y quiere aniquilarte con la mirada. ¡Eso era lo que acababa de su-

cederme! Me incliné con torpeza ante las otras señoras, y para que además de venenoso todo

resultara también absurdo, al retroceder rápidamente volqué sobre el Consejero de Justicia

que estaba parado detrás de mí la taza de té humeante que tenía en la mano sobre el jabot

delicadamente plisado. Todo parecía dispuesto para provocar en mí el consiguiente ataque de

rabia, pero yo traté de calmarme en mi resignada desesperación. Julia no se había reído; mis

miradas trastornadas se posaron en ella y fue como si llegara hasta mí un rayo del maravilloso

pasado, de aquella vida de amor y de poesía.

Alguien empezó en ese momento a tocar algunas fantasías en el piano del cuarto vecino, lo

que conmovió a toda la concurrencia. Se dijo que se trataba de un gran músico desconocido

llamado Berger2, que ejecutaba divinamente y al que había que escuchar con atención. "¡No

hagas tanto ruido con las cucharas, Mina! -.exclamó el Consejero, y con un suave ademán

señalando hacia la puerta y un dulce "¡Eh bien!", invitó a las señoras a acercarse al músico.

También Julia se había puesto de pie y se dirigía lentamente al salón de al lado. Toda su

figura tenía algo extraño; me pareció más grande, más formada que antes, con una belleza

casi voluptuosa. El corte peculiar de su vestido blanco con pliegues, que sólo ocultaba a

medias el pecho, los hombros y la nuca, con mangas amplias hasta los codos y el cabello

partido en la frente y recogido con abundantes trenzas por detrás, le daban un aire antiguo.

Tenía casi el aspecto de aquellas vírgenes de los cuadros de Mieris3 -y sin embargo, ya intuía

vagamente haber visto antes, en algún sitio, a aquel ser en que Julia se transformara. Se había

1 Julia, es Julia Marc.

2 Berger, Ludwig Berger (1777-1839), el maestro de Mendelssohn.

3 Mieris, Franz von Mieris el Viejo (1635-1681).

3

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

4

quitado los guantes, y tampoco faltaban los primorosos brazaletes ceñidos a las muñecas para

convocar con colores todavía más vivos aquel oscuro recuerdo, a través de la identidad

absoluta de su atuendo.

Julia se volvió hacia mí antes de pasar al otro salón, y me pareció que el rostro angelical,

delicado y fresco, se desfiguraba en una mueca grotesca; sentí algo espantoso, terrible, como

una convulsión que estremeció todos mis nervios.

"¡Oh, toca maravillosamente! -susurró una señorita exaltada por la dulzura del té, y no sé

cómo, de repente la tuve del brazo y la llevaba -o, mejor dicho, ella a mí, hacia el salón

vecino. En ese instante, Berger hacía rugir el huracán más violento; los poderosos acordes

ascendían y bajaban como bramantes olas del mar. ¡Eso me hacía sentir muy bien!

De repente, Julia estuvo a mi lado y me decía con la voz más dulce y adorable: "¡Cómo

me gustaría que estuvieras tú sentado al piano, y cantaras suavemente las pasadas alegrías y

esperanzas!" El espíritu maligno había huido de mí, y en el único nombre de Julia quise

expresar toda la dicha celestial que en aquel momento me embargaba.

Otras personas que se metieron entre nosotros la habían alejado. Era evidente que huía de

mí, pero pronto pude acercarme hasta rozar su vestido, hasta respirar su aliento, .y ante mí se

reveló con brillantes colores el tiempo de la pasada primavera.

Berger había dejado que el huracán se calmará; el cielo se había despejado y como

pequeñas nubecitas doradas del amanecer lo surcaban apacibles melodías que se disolvían en

el pianissimo.

El maestro fue calurosa y merecidamente aclamado; la concurrencia empezó a moverse y a

mezclarse, y así fue que de repente estaba yo otra vez al lado de Julia. El espíritu se hizo más poderoso en mi interior; quise retenerla, abrazarla enloquecido por el sufrimiento de mi amor,

pero el maldito semblante de un criado diligente se metió entre nosotros y, con una enorme

bandeja en la mano, exclamó en tono realmente desagradable: "¿Desea usted?" En medio de los vasos llenos de humeante punch, había una copa delicadamente tallada, llena al parecer de

la misma bebida. Cómo fue que ella llegó a estar allí, entre todos los vasos comunes, lo sabe

mejor que nadie aquél a quien poco a poco voy conociendo; hace un firulete con el pie, como

Clemente en el Octaviano4, y le gustan muchísimo los tapaditos y las plumas rojas. Julia tomó

aquella copa tallada de extraño brillo, y me la ofreció diciendo "¿Todavía te sigue gustando tanto tomar el vaso dé mi mano?" "Julia... Julia", suspiré yo. Al tomar la copa acaricié sus delicados dedos; llamas de fuego se encendieron en todas mis venas y arterias -bebí y bebí-,

sentía como si pequeñas llamitas azules crepitaran deslizándose por el vaso y por mis labios.

La copa estaba vacía, y sin saber cómo, me encontré de pronto sentado en una otomana, en un

gabinete iluminado tan sólo por una lámpara de alabastro, y Julia... Julia estaba a mi lado, mi-

rándome con aquella ingenuidad infantil de siempre. Berger estaba otra vez sentado al piano;

tocaba ahora el andante de la sublime sinfonía en mi bemol mayor, de Mozart, y en las alas

de aquella melodía se conmovió y fue más intenso todo el amor y el placer de mi vida más

luminosa. Sí, era Julia... Julia misma, suave y bella como un ángel... Nuestras palabras,

nostálgicas quejas de amor, más mirada que palabras. Su mano reposaba en la mía.

"¡Nunca más voy a dejarte; tu amor es la chispa que arde en mí encendiendo una vida

superior en el arte y en la poesía!... Sin ti... sin tu amor, todo está muerto, inmóvil. Pero

¿acaso no has venido para ser eternamente mía?

En ese instante entró al gabinete un hombrecito torpe, con patitas de araña y ojos saltones

de sapo, y exclamó chillando horriblemente y con una risita estúpida "¿Dónde cuernos se

metió mi esposa?" Julia se levantó y dijo con una voz extraña: "¿Por qué no va usted a la reunión? Mi esposo me está buscando... Estuvo usted muy divertido, querido, siempre con el

4 Octaviano, Kaiser Octavianus, pieza de Ludwig Tieck del año 1804.

4

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

5

mismo buen humor de otros tiempos; pero, sea mesurado con la bebida". El hombrecito con

patas de araña la tomó de la mano y ella lo siguió riéndose al salón.

"¡Perdida para siempre!% exclamé. "Sí, claro, Codille, querido", cacareó una bestia que jugaba a ser humana. Salí corriendo entonces hacia la noche oscura y tormentosa.

2. LOS PERSONAJES EN LA TABERNA.

Caminar bajo los tilos suele ser muy agradable, pero no en la noche de San Silvestre con

un frío espantoso y una tormenta de nieve. Eso pensé cuando sin sombrero ni capa comencé a

sentir escalofríos en medio de un ardor afiebrado. Crucé el puente de la ópera, pasé por el

palacio, doblé en una esquina, atravesé el puente de esclusas y la Moneda. Estaba sobre la

Jaegerstrwe junto a lo de Thiermann5. En las salas ardían luces alegres; iba a entrar porque

tenía mucho frío y ganas de tomarme un buen trago de algo fuerte. En el mismo momento

salía de allí un grupo de jóvenes muy alegres. Hablaban de sabrosas ostras y del buen Eilfer6.

"¡Tenía razón!", exclamó uno de ellos, un oficial lancero según pude apreciar a la luz de los faroles, "claro que tenía razón aquel tipo que el año pasado se enojó con aquellos

condenados que no querían reconocer que el Eilfer era mejor que el Anno 1794!" Todos reían

a carcajadas. Yo había avanzado algunos pasos más sin darme cuenta; me detuve ante una

taberna de donde salía una luz solitaria. ¿Acaso no se sintió una vez tan cansado y abatido el

Enrique de Shakespeare7, que se acordó de la pobre cerveza inglesa? En realidad, a mí me

pasó lo mismo; mi boca estaba sedienta de una buena botella de cerveza. Me metí

rápidamente en la taberna.

"¿Qué desea?", me preguntó con amabilidad el tabernero, llevándose la mano a la gorra.

Pedí una botella de cerveza inglesa y una pipa de buen tabaco, y al poco rato disfrutaba yo de

un filisteísmo tan sublime que el mismo diablo se asustó y se alejó de mi.

¡Oh, Consejero! Si hubieras visto cómo salí de tu claro salón de té para meterme en una

oscura taberna, te habrías vuelto con expresión altanera y despectiva y habrías murmurado:

"¿Acaso es de sorprender que un tipo así estropee los jabots más primorosos?"

Sin capa ni sombrero yo tenía seguramente un aspecto bastante curioso. El hombre de la

taberna tenía una pregunta en la punta de la lengua, pero en ese instante alguien golpeó la

ventana, y una voz exclamó: "¡Abran, abran, soy yo!" El tabernero salió corriendo y volvió a entrar un momento después con dos candelabros encendidos en las manos; lo seguía un

hombre muy alto y muy flaco. Al pasar bajo la puerta pequeña, se olvidó de inclinarse y se

dio un buen golpe en la cabeza, pero tenía puesto un birrete como de estudiante que impidió

que se lastimara. Se deslizó de manera muy extraña a lo largo de la pared y vino a sentarse

frente a mi; mientras tanto, el tabernero ponía luces sobre la mesa.

Casi podría haberse dicho de él que tenía un aspecto distinguido y descontento. Pidió en

tal tono cerveza y tabaco, y con unas pocas pitadas hizo tanto humo que al rato flotábamos en

una nube. Además, su rostro tenia algo peculiar y llamativo, que a pesar de ser él tan som-

brío, hizo que yo le tomara afecto de inmediato. Tenía el cabello negro y abundante partido al

medio con rizos a ambos lados, como en los cuadros de Rubens. Cuando se sacó el inmenso

abrigo que llevaba vi que tenía puesto un chaquetón negro con muchos lazos, pero lo que me

llamó sobre todo la atención fue que sobre las botas llevara un par de elegantes chinelas. Me

5 Thiermann, nombre del propietario del almacén de vinos y productos italianos situado en la Jägersstrasse 56.

6 Eilfer, el famoso vino del año 1811, tantas veces mencionado en la literatura alemana.

7 Enrique, el príncipe Enrique, en la segunda parte de Enrique IV de Shakespeare. Acto II, escena 2.

5

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

6

di cuenta de eso cuando vació la pipa que se había fumado en cinco minutos. Nuestra

conversación no marchaba; el desconocido parecía muy ocupado con todo tipo do plantas

extrañas que había sacado de un estuche y que observaba visiblemente complacido8. Le

manifesté mi admiración por aquellas hermosas plantas y, como parecían recién cortadas, le

pregunté si había estado quizás en el Jardín Botánico o en lo de Boucher9. Sonrió de manera

extraña y replicó: "La botánica no parece ser exactamente su especialidad; si no, no habría hecho una pregunta tan...", se detuvo y yo agregué: "...tonta." Entonces él continuó: "Se habría dado cuenta inmediatamente de que se trata de plantas de los Alpes, y en particular, de

las que crecen en el Chimborazo." Estas palabras las dijo el desconocido en voz muy baja, y podrás imaginarte que todo me pareció un poco fantástico. No podía preguntarle nada, pero

cada vez intuía más claramente no tanto que hubiera visto muchas veces antes al

desconocido, sino que muchas veces había pensado en él.

Entonces volvieron a oírse golpes en la ventana; el tabernero abrió la puerta y se escuchó

una voz: "¡Sea usted tan amable de cubrir su espejo!" "¡Ah!", dijo el tabernero. "Aquí llega, aunque tarde ya, el general Suwarow." Acto seguido cubrió el espejo con un paño, y entonces entró de un salto, con una prisa torpe, con pesada ligereza diría yo, un hombrecito enjuto

envuelto en una capa marrón, que al moverse su dueño por el cuarto ondulaba de manera

peculiar con todos sus pliegues y plieguecitos, de tal manera que al resplandor de las luces,

casi parecía que muchas iban juntándose y separándose, como en las fantasmagorías de

Ensler10. Al mismo tiempo se frotaba las manos ocultas dentro de las amplias mangas, y en un

momento exclamó: "¡Qué frío! ¡Qué frío! En Italia es muy diferente, muy diferente". Por fin se sentó entre el grandote y yo, diciendo: "¡Qué humo espantoso! Tabaco y más tabaco. ¿Si

tuviera aunque sea una pizca?"

Yo llevaba en el bolsillo la lata de acero bruñida como un espejo que me regalaste hace

tiempo; la saqué inmediatamente y quise ofrecerle tabaco al hombrecito. No bien la vio, la

agarró con las dos manos y tirándola lejos exclamó: "¡Fuera, fuera con ese horrible espejo!"

Su voz tenía algo de espantoso, y cuando volví a mirarlo, perplejo, el hombrecito había

cambiado de aspecto. Al entrar lucía un rostro agradable y juvenil; pero ahora me miraba el

semblante mortalmente pálido, agostado, arrugado, de un viejo con ojos hundidos. Me volví

aterrado hacia el grandote: "¡Por el amor de Dios, mire usted!% quise decirle, pero aquél no participaba de nada; seguía concentrado en sus plantas del Chimborazo. En ese instante el

pequeño ordenó con cuidada pronunciación vino del Norte.

Poco a poco la conversación se fue animando. El chiquito me resultaba muy inquietante,

pero el grandote decía cosas profundas y graciosas sobre temas aparentemente

insignificantes, aunque parecía luchar con el idioma y a veces introducía alguna palabra que

no correspondía pero que daba al asunto uña curiosa originalidad. Y como cada vez me

resultaba más simpático, suavizaba la desagradable impresión que me producía el chiquito.

Éste parecía impulsado por mil resortes, porque se movía constantemente sobre la silla de

un lado a otro y gesticulaba mucho con las manos. Yo no podía evitar que me corriera un

escalofrío por la espalda al notar claramente que parecía mirar desde dos rostros diferentes.

Muchas veces miraba con su cara vieja al grandote, cuya agradable serenidad contrastaba

notablemente con la agitación del chiquito, pero su mirada no era entonces tan pavorosa

como cuando me había mirado a mí.

8 La descripción de este personaje corresponde exactamente al grabado de la portada da la primera edición de Peter Sehlemihl, y que era en realidad un retrato de Adalbert von Chamisso.

9 Boucher. Los hermanos Boucher eran dueños de un invernadero y florería en la Lehmgasse 11 (actualmente Blumenstrasse).

10 Enolen (no Ensler) era un profesor de la Academia de Ciencias que proyectaba fantasmagorías y exponía aparatos mecánicos en la Franzósische Strasse 42.

6

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

7

En el juego de máscaras que es la vida terrena, a menudo el espíritu interior mira con ojos

brillantes desde detrás del antifaz reconociendo lo que le es afín; y así puede haber sucedido

que nosotros tres, hombres singulares, nos hubiéramos mirado y reconocido de igual modo en

aquella taberna. Nuestra conversación se tiñó de aquel humor que brota solamente de un

ánimo mortalmente herido.

"Eso también es un clavo"; dijo el grandote. "¡Ay, Dios! -lo interrumpí yo, "¡cuántos clavos ha clavado el diablo para nosotros en todas partes! En las paredes de los cuartos, en las ramas de los árboles, en los rosales; y allí dejamos colgada al pasar una parte de nuestro ser

más caro. Me parece, estimados señores, que a todos se nos ha perdido alguna cosa de esa

manera; a mí, por ejemplo, me faltan esta noche la capa y el sombrero. Los dos están col-

gados de un clavo en el vestíbulo de la casa del Consejero de Justicia, como ustedes saben."

El chiquito y el grandote se irritaron visiblemente, como heridos por un rayo repentino. El

chiquito me lanzó una mirada repulsiva desde su cara vieja, pero enseguida se subió a una

silla y aseguró el paño que cubría el espejo, mientras el grandote limpiaba cuidadosamente

las luces.

Después de un rato la conversación volvió a animarse. Se habló de un joven y esforzado

pintor, de nombre Phillip11, y del cuadro de una princesa que había pintado poseído de aquel

espíritu de amor y aquella piadosa nostalgia de lo supremo que el profundo sentido sagrado

de su señora había despertado en él.

"Parece que va a hablar, y sin embargo no es un retrato sino un cuadro", opinó el grandote.

"Es muy cierto", repliqué yo, "podría decirse que parece arrebatado de un espejo." Entonces el chiquito saltó furioso, y mirándome con su cara vieja y sus ojos chispeantes exclamó:

"¡Eso es estúpido! ¡Es absurdo! ¿Quién puede robar imágenes de un espejo? ¿Quién puede

hacer eso? ¿Acaso el diablo? ¡Oh, oh, hermano! El diablo quiebra el cristal con sus garras

torpes, y entonces también se lastiman y sangran las delicadas y blancas' manos de la mujer.

Es absurdo. ¡Absurdo! Muéstrame el reflejo, el reflejo robado, y daré un salto mortal desde

mil metros de altura, i muchacho tonto P',

Entonces el grandote se levantó y se precipitó sobre el chiquito: "¡No se haga el travieso, amigo", le dijo, "porque puede que se lo arroje por la escalera, y entonces le va a ir muy mal con su propio reflejo!" Entonces: "Ja, ja, ja", chilló el chiquito en son de burla: "¿Eso crees, eso crees? ¡Yo tengo todavía mi preciosa sombra, pobre amigo mío, todavía tengo mi

sombra!" 'Diciendo esto se precipitó hacia afuera con un salto y lo escuchamos gritar y reír malignamente una vez más: "¡Todavía tengo mi sombra!"

El grandote se había dejado caer, pálido como un muerto, en la silla; tenía la cabeza entre

las manos y del pecho oprimido brotaba un suspiro fatigado. "¿Qué le pasa?", le pregunté queriendo ayudarle. "¡Oh, señor mío!", replicó el grandote, "ese hombre malvado y agresivo que me siguió hasta aquí, hasta la taberna donde siempre vengo y donde siempre estuve solo,

porque a lo sumo se asomaba algún gnomo por debajo de la mesa y se comía las miguitas de

pan, ese hombre malvado ha vuelto a recordarme mi profunda desgracia. ¡Ay! Ya he perdido

irremisiblemente, he perdido mi... ¡Adiós!"

Se levantó, cruzó velozmente la habitación y salió por la puerta. A su alrededor todo era

claridad, no tenía sombra. Corrí detrás de él sorprendido. "¡Peter Schlemihl! ¡Peter

Schlemihl!"12, le grité amistosamente, pero él había arrojado sus chinelas13. Vi cómo cruzaba corriendo la torre de los gendarmes y se perdía en la noche.

11 Philipp era Philipp Veit (1893-1877) hijastro de Friedrich Schlegel, por el matrimonio con éste de su madre Dorotea. En 1814 pintó el cuadro de la princesa de Prusia.

12 "La extraña historia de Peter Schlemihl", transmitida por Adalbert von Chamisso y publicada por Friedrich Barón de la Motte Fouqué. Nüremberg, J. L. Schrag, 1814.

7

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

8

Cuando quise volver a entrar en la taberna, el tabernero me cerró la puerta en las narices

diciendo: "¡Qué Dios me libre de semejantes huéspedes!"

3. VISIONES.

El señor Mathieul14 es un buen amigo mío, y su ujier es un hombre siempre despierto.

Cuando llamé a la puerta del "Águila Blanca", me abrió enseguida. Le expliqué que me había escapado de una reunión sin capa ni sombrero, que en la capa estaba la llave de mi casa, y

que sería imposible despertar al ama de llaves que era sorda. Aquel hombre amable (me

refiero al ujier) abrió una de las habitaciones, dejó allí las luces y me deseó buenas noches.

El hermoso espejo estaba tapado, y no sé por qué se me ocurrió quitarle el paño que lo

cubría y colocar las dos luces sobre la mesa, bajo el espejo. Al mirarme en él me vi tan pálido

y demacrado que apenas pude reconocerme. Me pareció que desde el fondo del espejo se

acercaba como entre nubes una figura en sombras. A medida que la observaba centrando en

ella mi mirada y mi atención, se fueron dibujando en un resplandor extrañamente mágico los

rasgos de una mujer encantadora -reconocí a Julia-. Arrebatado por un amor y un anhelo

ardientes exclamé suspirando: "¡Julia, Julia!" Entonces escuché que alguien se lamentaba también tras los cortinados de una cama ubicada en el rincón más apartado del cuarto. Presté

atención. Los gemidos se hacían cada vez más angustiosos. La imagen de Julia había

desaparecido. Tomé entonces resueltamente una luz, corrí de golpe las cortinas de la cama y

miré quién estaba allí.

Cómo podré describirte la sensación que me estremeció de pies a cabeza cuando vi

acostado en la cama a aquel hombrecito con su rostro joven aunque dolorosamente contraído,

que entre sueños suspiraba hondamente: "¡Giulietta, Giulietta!"

El nombre penetró como fuego en mi interior. Ya no sentía miedo. Zarandée al hombrecito

con violencia gritándole: "¡Eh, amigo! ¿Qué hace usted en mi cuarto? ¡Despiértese y hágame

el favor de irse al demonio!"

El chiquito abrió los ojos y me miró con una mirada sombría: "¡Qué pesadilla! -dijo,

"gracias por haberme despertado." Las palabras parecían leves suspiros. Ahora el hombrecito me resultaba totalmente distinto, y no sé por qué, el dolor que tanto lo hería penetró en mi ser y toda mi furia se convirtió en profunda melancolía. Bastaron pocas palabras para enterarme

de que el ujier, sin darse cuenta, me había asignado la misma habitación que ya había tomado

el hombrecito, y por lo tanto era yo el impertinente que lo había despertado de su sueño..

"Señor mío", me dijo, "seguramente mi comportamiento en la taberna debe haberle

parecido bastante extraño y turbulento; la culpa la tiene un hechizo fantástico que me domina

y me arrastra fuera de todo lo permitido y lo debido; ésa es la verdad. ¿Tal vez le sucede a

usted lo mismo a veces?"

"¡Ay, si!- le respondí abatido. "Esta misma noche, cuando volví a ver a Julia." "¿Julia?", graznó el hombrecito con voz desagradable, y su rostro se hizo viejo de repente. "¡Oh,

déjeme descansar! Tape por favor el espejo, amigo mío", dijo dejando caer su mirada sobre la almohada, extenuado. "Señor mío", le dije, "el nombre de mi amada, que he perdido para siempre, parece despertar en usted raros recuerdos, y además se le alteran curiosamente los

13 Peter Schlemihl había adquirido, sin saberlo, las botas de siete leguas, y, para poder disminuir la velocidad de su paso, calzaba sobre ellas un par de chinelas.

14 Mathie era el propietario de la posada donde Hoffmann se hospedó en Berlín en septiembre de 1814.

8

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann

9

rasgos de la cara. Pero espero poder pasar tranquilo la noche aquí, y por eso voy a cubrir

inmediatamente el espejo y me voy a meter en la cama."

El hombrecito me miró tierna y bondadosamente con su rostro joven, me tomó la mano y

dijo apretándola un poquito: "Duerma tranquilo, señor mío. Me doy cuenta de que somos

compañeros de desgracia. ¿Acaso usted también... ? Julia... Giulietta.. . Bueno, sea como

fuere, el asunto es que usted ejerce sobre mi una influencia irresistible. No puedo evitarlo,

tengo que descubrirle mi secreto más oculto, ¡ luego desprécieme, ódieme!"

Y diciendo estas palabras el hombrecito se levantó despacio, se envolvió en un amplio

salto de cama blanco y se dirigió lentamente, como un verdadero fantasma, hasta el espejo,

parándose delante. ¡ Ah! Nítidas y claras se reflejaban en el espejo las dos luces, los objetos

del cuarto, yo mismo, pero al hombrecito no se lo vela en el espejo. Ningún rayo de luz

reflejaba su rostro frente al cristal. Se volvió hacia mí, y su semblante manifestaba la

desesperación más honda.

"Ahora conoce usted mi desgracia sin límites", me dijo apretándome las manos.

"Schlemihl, esa alma noble y pura, es digno de alabanza si se lo compara conmigo, que soy

un verdadero condenado. Él vendió su sombra sin darse cuenta de lo que hacía, pero yo... yo

le di a ella mi reflejo, a ella. ¡Oh!" .Suspirando profundamente y cubriéndose la cara con las manos, el hombrecito se dirigió a la cama y se acostó sin más trámite.

Yo estaba como petrificado. Desconfianza, desprecio, terror, compasión... ni yo mismo sé

todo lo que sentía por aquel hombrecito. Pero él empezó a roncar enseguida tan melodiosa y

plácidamente que no pude resistir el poder narcótico de aquellos sonidos. Volví a cubrir

apresuradamente el espejo, apagué las luces, me acosté también yo y me quedé dormido

enseguida.

Debía ser ya de madrugada cuando me despertó un claro resplandor. Abrí los ojos y vi al

hombrecito que estaba sentado a la mesa de espaldas a mí, con su blanco salto de cama y su

gorra de dormir, y escribía afanosamente con las dos luces encendidas. Realmente, parecía un

fantasma; me estremecí. El sueño volvió a apoderarse de mí repentinamente y me llevó de

vuelta a la casa del Consejero de Justicia, donde volví a estar sentado en la otomana al lado

de Julia. Pero al cabo de un momento, me pareció que toda la reunión era una graciosa

exhibición navideña en lo de Fuchs, Weide, Schoch u otra confitería. El Consejero de Justicia

era una delicada figurita de azúcar con un jabot de papel de seda. Los árboles y los rosales

crecían más y más. Julia se levantaba y, me ofrecía la copa de cristal de la que salían llamitas azules. En ese momento alguien me tironeó de la manga: él hombrecito estaba detrás de mí

con su cara vieja y me susurraba: "¡No bebas... no bebas! Mírala bien, ¿no la has visto ya en los cuadros de Brueghel, de Callot o de Rembrandt?" Me estremecí porque era cierto que

Julia, con su vestido plisado de anchas mangas y su peinado, se parecía mucho a esas mujeres

que en los cuadros de aquellos pintores aparecen rodeadas de monstruos infernales.

"¿Qué temes?", dijo Julia. "Te tengo a ti y a tu reflejo, a ambos." Tomé la copa, pero el hombrecito saltó como una ardilla; y se posó sobre mi hombro. Con la cola, soplaba las

llamitas, mientras lanzaba horribles chillidos "¡ No bebas, no bebas !", gritó. Pero en ese momento todas las figuras de azúcar cobraron vida y empezaron a mover cómicamente las

manitos y los piececitos. El Consejero de azúcar se acercó saltando hasta mi y exclamó con

una vocecita muy aguda: "¿Por qué tanto alboroto, querido mío? ¿Por qué tanto alboroto?

Párese de una vez sobre sus lindos pies, porque desde hace rato veo que anda usted por los

aires sobre las sillas y las mesas". El hombrecito había desaparecido, Julia ya, no tenía la copa en la mano. "¿Por qué no quisiste beber?", dijo. "¿Acaso la llama pura y hermosa que, salía de la copa no era el beso que alguna vez te di?" Quise abrazarla, pero Schlemihl se

9

Librodot

Librodot

La aventura de la noche de San Silvestre

E. T. A. Hoffmann 10

metió en medio diciendo: "Es Mina, la que se casó con Raskal15". Había pisoteado algunas figuritas de azúcar que gemían y gritaban.

Pero de pronto aquellos hombrecitos de azúcar empezaron a multiplicarse

vertiginosamente y a saltar a mi alrededor en horrible hormigueo de colores, y a subirse en-

cima de mi zumbando como un enjambre de abejas. Él Consejero de azúcar se me había

trepado hasta la corbata, de la que tironeaba cada vez con más fuerza. "¡Maldito Consejero de azúcar!", grité, y, me desperté.

Era pleno día, las once de la mañana. "Seguro que también soñé lo del hombrecito", pensé.

En ese momento entró el camarero que me traía el desayuno y me informó que el señor qué

había dormido esa noche en el mismo cuarto que yo, había partido temprano dejando saludos

para mi. Sobre la mesa a la que el fantasmal hombrecito había estado sentado escribiendo

durante la noche, encontré una hoja escrita con tinta todavía fresca, cuyo contenido doy a

conocer, porque sin lugar a dudas se trata de su fantástica historia.