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Brujas Nobles e Inquisición por Manuel Martinez - muestra HTML

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BRUJAS, NOBLES E INQUISICIÓN

PREÁMBULO

Sobre la pared cortada del monte se divisaba una humilde cabaña; era la fachada de un hogar semiexcabado en la roca; en su interior aprovechando una cueva natural se ampliaba dando lugar a una ancha estancia. A su lado protegido por la cornisa de roca y rodeado de troncos un pequeño establo completaba la casa. Estaba habitaba por Leocadia a la que muchos tenían por bruja o curandera y su marido; un hombre tosco al que los pocos conocidos llamaban Ramón pues nadie conocía su verdadero nombre, aunque en realidad era el hijo bastardo de un noble, entregado con una bolsa de dinero a unos pastores.

La cabaña distaba dos horas a pie de la aldea más cercana en el valle de Toranzo y entre cuatro o cinco horas oras de Vejoris según la ligereza

en las piernas de quien andará el camino. Vejoris pueblo importante en la siglo XVI de donde era natural el padre de Francisco de Quevedo y Villegas; la madre de Francisco nacida en el mismo valle pertenecía a Villasevil.

Leocadia venia de una familia de curanderos, su madre era una experta en plantas medicinales, pero su padre solo conocía algunos remedios para sanar corderos o arreglar los miembros dislocados o rotos de los mismos, si bien en alguna ocasión había utilizado su experiencia con humanos. Fuere como fuere eran bien considerados por los vecinos o quienes los conocían.

Los corderos y las gallinas eran su medio de vida, una o dos veces al mes (si la nieve lo permitía) bajaban al pueblo más cercano a vender queso, ungüentos y brebajes contra el catarro preparados por Leocadia. La fama que tenía Leocadia de elaborar buenos remedios contra las enfermedades no sobrepasaba más allá del valle y algunos pueblos de los alrededores.

En este ambiente vino al mundo Isabel más conocida por Isa. Su madre se encargó de su educación enseñándole todo cuanto sabía incluso a leer y escribir, en cuanto a las matemáticas no pasaban de sumar y restar, pero era suficiente para llevar a cabo su trabajo (en realidad madre e hija sabían más de lo que sabía la mayoría de la gente de su tiempo).

Un libro escrito sobre un tosco papel, formado por hojas sueltas perforadas y unidas por tiras de tejido de lana procedente de las ovejas. Guardaba su madre todas las combinaciones o formulas de los brebajes y ungüentos. Otro libro escrito sobre piel de cabra contenía sortilegios y remedios divinos los cuales “en teoría” ayudaban a sanar. La mayoría de las palabras escritas se fusionaban entre celtas y latinas, ni ellas mismas sabían lo que significaban

pues habían pasado de madres a hijas “de palabra” hasta que alguien pudo escribirlas y pasaron a ser dominio de todas las brujas y brujos que sabían leer. En realidad Leocadia no tenía mucha fe en los sortilegios y confiaba más en las pócimas, las cuales habían demostrado su eficacia en muchas ocasiones.

En el mes de Abril y siempre con luna llena tenían por costumbre, muchas brujas y curanderas (si el tiempo lo permitía), reunirse para intercambiar sus conocimientos y elaborar el famoso ungüento de grasa de serpiente o algún que otro brebaje o elixir de demostrada valía.

El ungüento lo elaboraban en una gran caldero y debía hervir toda la noche, en el interior arrojaban serpientes y lagartos desprovistos de la piel, manos de cerdo, cera de abeja y algunas plantas como musgo seco, cola de caballo, un nabo y rabos de cereza. A la media noche después de hervir cuatro horas el producto se pasaba por un tamiz compuesto de tres telas, mientras se trasladaba de una olla a otra en la que debería seguir a fuego lento hasta el amanecer en que habría perdido toda el agua y estaría listo el ungüento el cual se repartirían entre las asistentes. Tal vez estas costumbres y reuniones, las cuales podían repetir a lo largo del verano (aunque siempre en luna llena) haya dejado la leyenda de la noche de las brujas o aquelarres.

A Isa le encantaba acompañar a su madre en las noches de reunión, pues podía conocer a otras personas y jugar con otros niños, sin contar que siempre había comida de sobra en ocasiones se mataba un chivo del que se aprovechaba todo incluso los cuernos y las patas para confeccionar en combinación con otros productos algún elixir. Otro producto muy estimado era el jarabe para el resfriado era la mezcla de tomillo, romero y menta hervido durante dos horas al que se añadía miel, limón y aguardiente o el compuesto de adormidera y cañamón hervido con cuernos de cabra. Los brebajes de las mal llamadas brujas incluso hoy en nuestros días podrían ser efectivos para algunas molestias o enfermedades. Pero sigamos con nuestras protagonistas.

Brujas Nobles e Inquisición

Isa ya era una mujer y acompañaba a su madre al pueblo en numerosas ocasiones; un pequeño asno era su bestia de carga y un buen detector de alimañas o peligros.

Llegó el buen tiempo y sus padres decidieron cargar el asno con, mermeladas quesos, ungüentos, elixires y salir a venderlos; el invierno y la primavera habían sido provechosas y no les quedaban recipientes para llenar. Isa se ofreció para acompañar a su madre y así su padre podría seguir cuidando de los animales.

Salieron con las primeras luces del alba, no solo iba cargado el asno Isa y su madre llevaban grandes pañuelos ( o hatillos) cruzados sobre la espalda repletos de queso. Isa no notaba la carga, para ella era como un soplo de libertad pues aunque muchas veces acompañaba a su madre, esta vez saldrían del valle y conocería otras tierras.

Una semana mas tarde habían vendido todo el queso y gran parte de las mercancías. Leocadia creyó que alejarse más podría ser peligroso para Isa y decidió comprar otro asno y mandarla de regreso dándole el encargo de proveerse de recipientes para el año venidero, ya que Isa conocía al artesano de quien se provehia su madre. Con dinero y un nuevo asno Isa volvió a su casa. Su padre al verla sola preguntó.

- ¿Donde está madre?

Isa le explicó a su padre lo que su madre le había encargado y que regresaría en un par de días.

Mas de un mes estuvo Isa esperando a su madre, saliendo todas las tardes al recodo por donde podría ver su llegada. Una tarde ya anocheciendo al entrar en la cabaña su padre le dijo.

- No la esperes más no volverá, por un asno viejo puede que hayas perdido a tu madre; tu eres ahora la mujer de la casa. Después aquel hombre tosco de pocas palabras salió de la cabaña para que su hija no lo viera llorar.

Isa intuyó que su padre debía tener razón y tomó las riendas de la casa, mientras su padre seguía con sus quehaceres con los animales.

Los inviernos en el valle eran muy crudos, en ocasiones pasaban semanas sin poder salir de la cabaña a causa de la nieve, una pequeña puerta lateral les comunicaba con el cobertizo donde estaban los animales y el forraje que había podido almacenar Ramón durante el verano. No tenían falta de agua, si no podían bajar al arrollo derretían la nieve. Días que aprovechaba Isa para llenar los frascos con ungüentos o hacer compota de manzana.

Durante unos años padre e hija vivieron unidos, pero un crudo invierno Ramón salió en medio de una ventisca en busca de dos ovejas. Tres días más tarde Isa lo encontró congelado. Isa se había quedado huérfana solo conocía una forma de vida y siguió con ella.

Tres años mas tarde; los perros ovejeros ladraban con insistencia, Isa salió de la cabaña tan solo armada con un bastón que guardaba tras la puerta; un joven estaba subido a un árbol mientras los perros ladraban a sus pies. Isa tranquilizó a los perros y preguntó al visitante.

-¿Que busca su merced por aquí y quien sois ?

El joven sin bajar del árbol contestó.

-Busco hiervas, podéis ver mis alforjas; mí nombre es Mohamed soy hijo de padre morisco y madre cristiana, aunque todos me conocen por Cirilo “el curandero” mi caballo está no muy lejos de aquí.

¡ Curandero! Isa pensó que alguna cosa podría sacar de el.

- Es hora de comer, si baja del árbol puedo ofrecerle un poco de comida.

El joven bajó del árbol y ambos se dirigieron a la cabaña; antes de entrar, Isa le indicó un tronco y unas losas que servían como mesa se sentó en el tronco ante la mirada vigilante de los perros; no tardó Isa en salir de la cabaña y compartir un plato de fabada que estaba cocinando para ella y queso; ambos jóvenes comieron sobre las losas con una agradable conversación sobre los perros, pero al terminar la comida Isa le preguntó sobre las plantas que buscaba.

Dígame Cirilo ¿que plantas busca? Tal vez pueda ayudarle.

Cirilo se quedó un momento mudo mirando fijamente a Isa. Después preguntó.

-¿No será usted Isa la bruja de la montaña?

- Si me llamo Isa, pero no sabia que fuera muy conocida ni que me llamasen Bruja. Yo me considero curandera como usted.

- Perdone si la he ofendido, simplemente es lo que he escuchado, le puedo garantizar que hay mucha gente que cree en usted. Gente a la que no he podido vender mis remedios. Mire Isa debo irme antes de que anochezca, suelo acompañar a mi señor en el campo de batalla. El confiá más en mis remedios que en los médicos; dentro de tres días partimos y debo darme prisa y proveerme de productos. Pero quiero pedirle permiso para visitarla cuando regrese.

-Tiene mi permiso y ahora veamos que hiervas le interesan.

Cirilo vació las alforjas y ambos jóvenes se informaron mutuamente de las propiedades y para que las utilizaban. Isa ayudó a Cirilo a recolectar y antes de anochecer este partió.

Con la llegada de la primavera Isa acudió a una reunión de brujas, eran pocas las ocasiones de confraternizar y pasar un par de días entre seres humanos el viaje solía durar un mínimo de dos semanas y para ello debía de hacer buen tiempo pues tenia que dejar sueltos los animales. Al volver a su casa ya casi anocheciendo se percató de que salia humo por la chimenea. Armada con un tronco que cogió al paso abrió la puerta ante la chimenea estaba Cirilo con los dos perros.

- Unos días más tarde Cirilo explicó a Isa que el había aprendido de su padre, el poder de las plantas y un brebaje que adormecía a las personas para que no sintieran dolor ante una fuerte herida, precisamente ese brebaje le había dado fama entre la soldadesca, pues no hay soldado que desee padecer mientras le cosen una herida o le cortan un miembro.

Isa y Cirilo pasaron todo el invierno uniendo sus conocimientos y pócimas, de la unión de ambos surgieron nuevas fórmulas mejorando las ya habituales y por lo tanto los dos adquirieron mayor conocimiento sobre los productos que utilizaban. Cirilo enseñó a Isa a crear humo combinando dos líquidos y está enseñó a Cirilo el poder del fósforo y el azufre, como utilizarlo y cómo conseguirlo.

A la llegada de la primavera se casaron y fueron a visitar a la madre de Cirilo. Su madre le hizo saber que el Conde de Miranda había reclamado sus servicios y al no conocer su paradero había partido sin el.

Isa se alegro de la noticia; pero Cirilo le explicó a su madre donde vivían habitualmente, pues el Conde se había convertido en su protector y el de su madre.

- No debes temer al Conde Isa, es un buen hombre y nos protegerá < dijo Cirilo mirándola con ternura>.

No tardaron en regresar a su refugio de la montaña. El amor y la felicidad llenaban el corazón de Isa, fueron días felices junto a su marido. Ya no estaba sola y se sentía protegida. Ambos trabajaban en la confección de productos que después venderían a buen precio, pero la dicha no es eterna. Un buen día al atardecer un jinete llego hasta ellos. Isa salió al ladrido de los perros y preguntó mientras los sujetaba.

¿Quien sois vos y que buscáis? Mientras se percata de que le faltaba la mitad del brazo izquierdo. No tenía mano ni antebrazo.

El caballero no contestó, escudriñó sin bajar del caballo mientras devolvía la pregunta.

-¿Conocéis a Cirilo ?

-Si es mi marido ¿para que es bueno?

- No temáis, somos viejos amigos < el caballero bajó del caballo mientras decía> debo a su marido el haberme salvado medio brazo y no perder la vida en ello.

- ¡Quesada! <Se escuchó> Cirilo venia corriendo había escuchado los perros y temía por Isa. Al llegar junto a ellos ambos se abrazaron eran muchas las peripecias vividas en las batallas. Pasaron al interior de la cabaña donde cenaron y se dispusieron a pasar la noche. Después de cenar contaron a Isa como fue herido Quesada por una bala de cañón y el medico procedió a cortar el antebrazo en presencia de Cirilo.

-Gracias al elixir que me dio quedé dormido, los días que siguieron me visitaba dos veces al día y me cambiaba los vendajes con pomadas o ungüentos. Le debo mucho a su marido.

- Sabes Isa el señor Quesada es maestro de esgrima, el mejor espadachín del país, solo una bala de cañón podría con el. Pero no creo que haya venido a saludarme.

- Así es el señor Conde quiere que te unas a sus hombres últimamente ha tenido muchas bajas. En cuanto a tu mujer puede vivir en mi casa tras la iglesia, yo no la uso, como sabes yo vivo en palacio con el marqués, pero al menos allí podría protegerla.

- ¿Acaso tu no vienes?

-No esta vez me quedo protegiendo al joven marqués su padre no confía en su fogosidad, es joven e inexperto. Su padre quiere que lo instruya en el manejo de las armás aunque el prefiere instruirse con las mujeres.

- No se preocupe por mi, yo no me muevo de aquí esta es mi casa y aquí e vivido siempre < dijo Isa>.

- Hay algo más; no se como...< Quesada bajó los ojos con vergüenza.

- Dí lo que sea sin tapujos, sabes que confío en ti. < le alentó Cirilo>

- Isa ¿es usted una bruja?

- ¿Crees que mi mujer es una Bruja? Es una curandera como yo.

- No Cirilo, sabes muy bien que se dice que soy una bruja. Señor Quesada si ser una bruja es conocer lo que mentes ignorantes no conocen y confraternizar con personas que creen tener poderes de curación o de emitir sortilegios de dudoso resultado. En ese caso si soy una bruja. Conozco todos los secretos de mi marido y el los míos. Decida usted.

-No es mi intención ofenderle. Ocurre que ha llegado por estos lares un nuevo inquisidor. Y ya sabe lo que está ocurriendo en Navarra donde las brujas son perseguidas por la Santa Inquisición, encarceladas

, juzgadas y quemadas en la hoguera. El nuevo inquisidor se llama Don Francisco Camacho y viene precedido por su fama de crueldad. Solo quería que lo supiera.

- Nada debo de temer de la iglesia pues soy creyente y acudo a ella siempre que puedo.

Las palabras de Quesada sobre el inquisidor, dejaron intranquilo a Cirilo. Al día siguiente antes de partir aconsejó a Isa que hablara con el fundidor de vidrio y le soplase unos pequeños frascos donde introducir los líquidos que producían humo,; al menos si se encontraba en peligro podría romperlos contra el suelo y ello le daría unos segundos de ventaja para huir.

-Señora repito mi oferta, si necesita algo de mi estoy en palacio a su disposición.

- Lo mismo digo señor quesada, si en alguna cosa le soy útil sabe donde encontrarme.

Los dos hombres partieron ante la sonrisa de Isa, pero en el fondo de su corazón lloraba, no sabía cuando volvería a ver a su marido, ni si este regresaría. Volvía a quedarse sola.

Pasaron ocho meses sin tener noticias, un buen día Quesada se presentó en la cabaña.

Isa acudió a su encuentro preguntando con un tono angustiado al no ver a su marido con el ¿sabe algo de Cirilo?

- Tranquila Isa Cirilo está bien, traigo un mensaje de su puño y letra. Quesada buscó en el interior de su peto y sacó el mensaje entregándolo a Isa, mientras se dirigían a la cabaña. Ya en su interior Isa leyó ávidamente el mensaje.

- ¿Que dice?

- El Conde ha sido herido en una pierna y en cuanto esta sane regresarán victoriosos de Sicilia, espera estar en casa en dos o tres meses a mas tardar. Serán los meses más largos de mi vida. ¿Os quedareis a comer?

- ¿Si me invitáis?

Quesada se quedó a comer y antes de partir le dijo a Isa.

- ¿Podrías ayudarme en un asunto de mi señor?

- ¿De que se trata?

Hay en la villa una doncella hija de un caballero de buena posición, por la que el marques bebe los vientos, va al mercado para verla y que lo vea, acude a la iglesia y entra cuando ella está dentro, según dice el marques ella le sonríe. Mi señor se está volviendo loco por la doncella, se le han ido las ganas de comer y solo piensa en ella.

¿ Por qué no habla con ella o con su padre?

- No puede su padre la guarda como oro en paño y por otro lado mi señor no puede pedir su mano sin permiso de su padre. Su padre puede tener una candidata para su hijo y este le debe obediencia.

¿Conocéis a la muchacha?

- No, no voy tras el, cuando sale de palacio para ir a misa. Solo lo acompaño en contadas ocasiones por la noche.

-¿Todavía tenéis la casa tras la iglesia?

- Si la tengo a vuestra disposición.

- Bien esperadme dentro de nueve días en vuestra casa.

El caballero se marcho, Isa como siempre que se alejaba y tardaba en volver, soltó los animales y llenó las alforjas para un largo viaje, por el camino aprovecharía para comerciar y ganar algunas monedas.

A los nueve días ya anocheciendo llamó a la casa de Quesada este le estaba esperando con la despensa llena y le mostró su habitación después de entregarle la llave se marchó a palacio. Los días siguientes Isa se dedicó a vigilar a la joven y a su criada. Su criada una mujer no muy agraciada y entrada en años no se retiraba a su casa hasta que la doncella no estaba acostada. Cuatro días después le dijo a Quesada.

- Quiero una bolsa de monedas.

¿Como pago por el servicio?

- No es para comprar a la asistenta, la cual le ayuda a vestirse y desvestirse ; le dices a tu señor que yo no le pediré dinero pero sí su anillo y el compromiso escrito de que un día me devolverá el favor.

Quesada comunicó las condiciones al conde, el cual aceptó sin pensarlo ante la posibilidad de poseer a su amada pagaría cualquier precio y le entregó a Quesada todo cuanto le había pedido Isa.

Isa solía llevar un gran pañuelo negro en la cabeza desde la muerte de su padre. Esa misma noche salió al paso de la criada amparándose en la oscuridad. Al verla la asistenta retrocedió asustada.

- ¿Quien sois vos y que queréis de mi?

<preguntó esta con un tono miedoso>

- Entregaros esta bolsa de monedas. <contestó Isa sin mostrar su rostro>.

- No se entrega una bolsa sin pedir algo a cambio.

- Así es y vos debéis pensar que ya no sois joven y que vuestra ama puede contraer nupcias y prescindir de vuestros servicios.

-No quiero nada malo para mi ama.

-¿Acaso el amor es malo? Hay un joven de buena posición que desea pasar a sus aposentos, ocurra lo que ocurra en nada os puede perjudicar. < Isa izo sonar la bolsa>.

Bien hablad no os prometo nada, pues no quiero que le ocurra nada a mi señora, ¿que debo hacer?

- A partir de mañana y una vez cada siete días, le pondrás cinco gotas de este frasco, “no más” nunca debes pasar de cinco si lo haces tiraras el agua y las volverás a contar, dejaras la ventana abierta y cuando pases por la esquina te quitarás el mantón y te lo volverás a poner después te irás sin volverte, al día siguiente volverás a la casa como siempre tu ama no recordará nada.

- Si es así dame la bolsa.

- Cuidado < dijo Isa cogiéndola por el brazo> si no cumples el trato, el caballero que ama a tu señora quemará tu casa contigo dentro.

La primera noche Isa acompañó al Conde; vieron salir a la sirvienta y como ella se quitaba el mantón y se lo volvía a poner.

- Bien ahora solo os queda esperar un rato, esta noche me quedaré con usted para que calcule el tiempo que debe transcurrir antes de subir a esa pared y desde allí a la ventana vuestra amada estará dormida.

- ¿ Me acompañareis todas las noches?

- No solo esta y recordad cada siete días y solo cuando la doncella se quite el mantón.

- He entregado a Quesada lo que me pedisteis, espero que no me defraudareis.

- Y yo espero que cumpláis nuestro trato como yo. Ya podéis subir.

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Al cabo de dos meses el Conde de Miranda regresó a palacio y con el, el marido de Isa. Por fin podían regresar a su refugio de la montaña, a su hogar.

Cirilo todavía tenia que esperar una semana antes de regresar. Visitó dos veces al marqués y se cercionó de que su pierna estaba curada el marques le entregó su paga y una bolsa como agradecimiento. Mientras su hijo se entrevistaba con Isa en casa de Quesada.

- ¿Que ocurre? ¿para que me necesita vuestra merced?

- Mi padre quiere que me case con la hija del Conde de Toreno, nuestras fuerzas se han debilitado y la unión nos garantizaría el dominio sobre el norte. Por otro lado mi madre quiere casarme con la hija de su hermana que es feísima.

- ¿Tiene mas hijas tu tía?

- No solo tiene un hijo impertinente llamado Julián.

-¿Y que ocurre con vuestra amada?

- No puedo hacer nada al respecto, pero aunque he tenido su cuerpo no he tenido su alma, creo que no he obrado bien, no la volveré a visitar. No obstante Quesada no quisiera que le ocurriera nada malo te ruego que la vigiles y le ayudes en caso de necesidad, al menos hasta que contraiga matrimonio.

- Señor el domingo que Isa me acompañe a misa y me diga quien es, pues no conozco tal doncella, pero tenéis mi palabra de que la protegeré.

- ¿Vos señor que pensáis hacer?< preguntó Isa>

-Are caso a mi padre mañana mismo partiré y visitaré a los Condes de Toreno si la visión de la hija me es grata, la pediré en matrimonio. Es mi deber como futuro Conde de Miranda.

- Que dios le acompañe y le guie.

- Así sea quedad con el.

El joven Francisco abandonó la casa. El domingo Isa Cirilo y Quesada fueron a la iglesia y esperaron paseando por la plaza, no tardaron mucho en ver la silueta de Enriqueta y su criada.

- La más joven es doña Enriqueta.

- Dios mio es preciosa, <dijo Quesada con un tono de asombro> no me es extraño que don Francisco cayera enfermo de amor. Por dios que la protegeré.

- Ya la conocéis ahora vamos a su casa.

Isa acompañó a Quesada hasta la casa de Don Martín, mientras lo ponía en antecedentes.

- Señor Quesada la muchacha no tiene madre pero si un padre muy celoso, don Martín no permite que nadie se acerque a su hija, tened cuidado.

Esa misma noche Isa fue en busca de la doncella, esta al verla se quedó sorprendida y asustada le dijo.

-¿Que queréis de mi? ¿no os he servido bien?

- Si bien me habéis servido, solo quiero deciros que no le deis más gotas a vuestra ama ya no es necesario, nuestro trato ha terminado. Debéis destruir el elixir.

La criada temblaba, isa se dio cuenta.

-¿Que os ocurre? Acaso me teméis.

La criada empezó a llorar mientras decía.

-Lo que ocurre es que mi ama sufre mareos y vómitos, creo que está embarazada.

- ¡Dios mio! con esto no contaba, creía que... Bien no pierdas la calma y presta mucha atención a tu ama, nos seguiremos viendo.

Quesada siguió a Enriqueta, cuando iba a misa o al mercado, cada día la encontraba más bella, a las dos semanas se había enamorado de Enriqueta cuanto más la miraba más la deseaba y decidió contárselo a Isa.

-No se si dios me a castigado obligándome a desear con todas mis fuerzas a doña Enriqueta , ahora comprendo lo que sentía don Francisco y por que se volvía loco por ella. Lucho contra el fuerte dolor que me oprime el pecho. ¿que puedo hacer? ¿No tenéis algún remedio para mi dolor?.

-Vuestro dolor solo tiene un remedio.

-Decidme ¿cual es?

-Casaros con doña Enriqueta.

- No es posible ella perteneció a mi señor.

-¿Y vos, a cuantas mujeres habéis pertenecido?. Debéis saber que ella nunca estuvo consciente, con vuestro señor. Igual que vos no sentisteis nada cuando os cortaron el brazo, ella no sabe nada de lo que ha ocurrido y sin embargo ahora está embarazada.

- ¡Dios mio no es posible! < exclamó Quesada>

- Si es posible, don Francisco actuó preso de su juventud e ignorancia y ahora la vergüenza estará en la cara de una doncella inocente. Vos jurasteis protegerla ¿como la protegeréis ahora?

Quesada no contestó, salió de la casa dando un portazo. Los días siguientes fueron una lucha continua entre sus ideas y su corazón. El sábado al salir de misa la encontró muy desmejorada y acudió a Isa. Esta al verlo entrar sin dejarlo hablar preguntó.

-¿Que has decidido?

- He decidido pedir su mano, pero teniendo en cuenta que me falta un brazo y no teniendo titulo alguno, me corroen las dudas. Una negación por parte de don Martín me hundiría .

- Quesada vos sois bueno y bien parecido, tenéis una buena posición y hasta es posible que más bienes que don Martín.

-Soy hombre de armas no de palabras.

-Ya entiendo. Debéis vestiros con vuestras mejores ropas e iréis a la casa antes de anochecer. Abrirá la criada y le comunicareis que don Rafael de Quesada desea hablar con don Martín. Cuando estés en su presencia y te pregunte ¿que deseáis? Le contestarás que deseas su permiso para conocer en su presencia a su hija y si esta después de un tiempo te acepta, casarte con ella con el mayor respeto. Después de tus palabras que seguramente el no esperará, tardará un poco en reaccionar, tu educación le ablandará he intentará seguir por el mismo camino, debes estar preparado para demostrarle que tu brazo no es un impedimento, y que ostentas una buena posición al servicio del Conde. Intenta ser firme y educado y ten en cuenta que si don Martín sabe del estado de su hija, le haces más falta tu a el que el a ti.

- Esta misma tarde iré a su casa sin más dilación necesito una respuesta concreta.

La incertidumbre no daba sosiego a Quesada y las horas parecían interminables, al fin salió de su casa repitiéndose una y otra vez los consejos de Isa. No esperaba el buen recibimiento que tuvo por parte de don Martín y la amabilidad de este presentándole a su hija e invitándole a cenar. Mas bien parecía que le estaba esperando.

Al día siguiente Quesada acompañaba a doña Enriqueta a misa y un mes más tarde contraían matrimonio.

Al fin Isa podía marchar a su refugio en la montaña con su marido, donde se encontraba libre y feliz un futuro esperanzador se vislumbraba ante ella.

Cuatro meses más tarde les llegó la noticia de que Francisco, hijo del Conde de Miranda y la hija del Conde de Toreno contraían nupcias.

Al año siguiente nacía su primer hijo. Mientras tanto Quesada era el hombre más feliz del mundo con su señora y su hijo el cual crecía fuerte y sano al cuidado de su madre y ante la atenta mirada de don Martín.

Pero como solía ocurrir en las prostrimerías del siglo dieciséis, las guerras eran continuas y España tenia muchos frentes abiertos; cuando hay guerras la felicidad nunca puede ser completa. El rey pidió ayuda a quienes se encontraban más cercanos a Flandes. Francisco cumplía veintidós años y nunca había entrado en combate. Su padre el Conde lo puso al frente de la flota que debería partir y que armó juntando sus fuerzas con el Conde de Toreno ; seis navíos que partirían lo antes posible. Para proteger a su hijo dio orden de que le acompañase Quesada y a el se uniera Cirilo el curandero que lo había atendido en Nápoles. Quesada mandó dos soldados en busca de Cirilo y una semana después embarcaban hacia Flandes.

Nuevamente Isa se encontraba sola, pero su mayor preocupación fue cuando a los pocos días se dio cuenta de que estaba embarazada. Pasaron los días, las semanas, los meses, el regreso de su amado se hacía interminable, llegó el frio y aunque Isa estaba habituada al invierno ese año parecía mucho más crudo, tal vez debido a su embarazo y a la lejanía de un ser querido. En el mes de abril con la primavera nació su hija a la que puso el nombre de su madre “Leocadia”

A los dos años la visitó Quesada. Llamó a la puerta y ante el silencio la abrió. Leocadia dormía plácidamente en un capazo de esparto. Se oía a lo lejos como se acercaban los ladridos de los perros, acompañando a Isa y las cuatro cabras.

Isa no se inmutó al ver un caballo atado junto a su casa. Abrió la puerta esperando ver a su marido. Pero solo pudo exclamar.

¡Quesada! ¿donde está Cirilo? ¿no ha regresado contigo?.

Quesada se encontró en un aprieto, pero venía preparado para ello; todo el camino había estado pensando en el desenlace de la situación y había decidido utilizar el camino más directo. Así le dijo a Isa.

- No vendrá; tu marido ya no volverá, lo siento.

Isa giró sobre si misma, cogió a la pequeña y se sentó estrechando a su hija contra su pecho mientras las lagrimas corrían por su mejilla y decía.

-Nunca conocerás a tu padre, solo yo he quedado para cuidarte y juro por Dios que lo haré hija mía.

Quesada la cogió con delicadeza de los hombros intentando consolarla.

-Isa, tu y tu hija podéis venir a mi casa, allí puedes educarla y os puedo dar protección. Mi casa está deshabitada y a vuestra disposición, yo vivo en la casa de mi señora con su padre y mi hijo.

-No Quesada aprecio su ofrecimiento < dijo Isa mientras se secaba las lágrimas > Tal vez un día no muy lejano acepte su ofrecimiento, pero de momento debo pensar. Siempre había deseado enseñar a mi hija como mi madre lo hizo conmigo y después llevarla a una ciudad donde pudiera aprender medicina o convertirse en una dama. Se que así nunca olvidará de donde procede, sea lo que sea de ella en el futuro.

- ¿Y tu futuro Isa? ¿cual será tu futuro?

- Mi madre me dijo que el futuro de las

personas está trazado como un camino; pero no está escrito y por lo tanto podemos salirnos de el. Mi camino estaba aquí, pero parece ser que una fuerza superior me obliga a cambiarlo.

- No entiendo muy bien lo que quieres decir, pero mantengo mi oferta, me sentiré honrado de poder serte útil.

- Lo serás, ten por seguro que lo serás en el futuro.

Isa depositó a su hija en el capazo mientras le decía a Quesada.

-Está anocheciendo quedate esta noche, ya partirás mañana.

Al amanecer Quesada abandonó con tristeza a Isa y su hija mientras iba en busca de la tranquilidad de su hogar. Unos años más tarde iba a ocurrir un suceso que poco a poco cambiaría la vida apacible de Isa y su hija.

La niña cumplía siete años y ya dominaba la lectura y las pocas matemáticas aprendidas de su madre. Isa decidió que a partir de entonces como había echo su madre le enseñaría las formulas guardadas con recelo, pertenecientes tanto a su madre como a su padre y como utilizarlas. Esta seriá la segunda parte de la enseñanza antes de llevarla a la ciudad.

Una señora a lomos de un caballo llegó gritando a las inmediaciones de la cabaña. Isa salió corriendo conocía a la señora. Esta pertenecía a la aldea más cercana y gozaba de una buena posición debido a que su marido era un tratante de caballos.

-¿Qué ocurre señora? < preguntó gritando mientras corría a su encuentro>.

- Un incendio, un incendio - decía mientras bajaba del caballo.

-Tranquilizaos, sentaros en el tronco y decidme que ha ocurrido.

La señora no pudo hablar, un gemido desgarrado salió de su garganta mientras lloraba amargamente. Isa con mucha delicadeza le levantó la cara y mirándola fijamente le habló.

-Si habéis tenido el suficiente aplomo para llegar hasta aquí, os pido que con el mismo aplomo me contéis lo sucedido.

Ante las palabras de Isa la señora empezó a hablar balbuceando entre sollozos.

Esta mañana mientras calentaba la leche mi casa ha ardido, tal vez mi gato debió quemarse la cola y salió corriendo ya lo había echo otras veces, pues siempre esta junto al fuego; no se muy bien si fue así pero mi casa ardió yo había salido a por los huevos no iba a tardar nada. La casa ya estaba en llamas no se podía entrar; mis gemelas estaban en la cuna mi marido llegó corriendo entró en la casa y sacó a las niñas.

Las niñas tienen quemaduras y mi marido también las tiene en el hombro y la cabeza, salió con el cabello ardiendo.

-¿Donde se encuentran ahora?

- Están en casa de mis padres.

- Bien debemos darnos prisa; espere un momento y llévame junto a ellos.

Isa entró rauda en la cabaña cogió el aceite de plantas sazonado durante dos meses a la luz de la luna; salió con las alforjas llenas y su hija de la mano. Ambas subieron a lomos de la mula y partieron tras la señora. El camino que tantas veces había recorrido parecía más largo que de costumbre. Por fin llegaron junto a las niñas que temblaban de dolor; Isa les dio a beber el brebaje que quitaba el dolor después lavó la piel quemada con agua de manzanilla hervida tres veces y a continuación aplicó el aceite milagroso sobre las quemaduras, estas deberían permanecer siempre húmedas mojándolas con el aceite durante veinte días, las heridas no podrían ser cubiertas. Lo mismo ocurría con las heridas del padre.

A los veinte días casi habían desaparecido solo quedaban las marcas, entonces Isa les dio un ungüento que contenía una parte de ceniza de abeto cera de abeja y grasa de serpiente. Su madre se lo aplicaría dos veces al día durante un año y sobre todo siempre que salieran de casa o les diera el sol; del cual deberían protegerse.

Al cabo de un año las niñas estaban perfectamente sin señales de ningún tipo solo a su padre le habían quedado rodales sin pelo en la cabeza. Durante los primeros quince días Isa los visitaba a diario después fue espaciando sus visitas y al año solo las visitaba una vez al mes, nunca había pedido nada. La madre de las niñas decidió que ya era hora de corresponder a Isa. Así antes de que abandonara la casa diciéndoles que ya no hacía falta volver, pues las niñas estaban completamente curadas, la madre le preguntó.

¿Como puedo pagarte? < aunque la familia disponían de una buena posición, la construcción de una nueva casa se había llevado todos los ahorros>.

Isa siempre cobraba como buenamente podía y en ocasiones... Conociendo que se dedicaban a la cría y comercio de ovejas y caballos, contestó.

¿ Le parece bien una oveja por cada niña?

A lo que el marido contestó levantándose de la silla.

¡No! No me parece bien, solo cobra de las niñas. Usted tiene una mula vieja yo me la quedaré y a cambio le daré una yegua y el menor de los carros que poseo, así no tendrán que ir a lomos de la bestia y por descontado se lleva las dos ovejas.

Isa volvió a su cabaña con gran satisfacción ella y su hija disponían de un buen transporte. Pero no sabia la fama que había alcanzado; en boca de Bernabé el hombre agradecido al que había curado las quemaduras junto a sus hijas, Bernabé se relacionaba con mucha gente y visitaba muchas ferias tratando con los caballos y difundiendo los milagros de Isa.

Su fama llegó a oídos del del inquisidor Camacho el cual no tardó en interesarse por los poderes que pudiera tener la bruja habló con sus consejeros y decidió conocerla para lo cual mandó dos monjes a buscarla.

Isa no se alteró viendo a los monjes les preguntó.

-¿Que se les ofrece a sus mercedes? En que puedo servirles o servir a Dios?

-¿ Es verdad que curasteis a dos niñas y su padre de sus quemaduras?

- Si así es.

- En ese caso debe de acompañarnos para hablar con su eminencia don Francisco Camacho.

Isa no puso ninguna objeción si llevaba una vida justa y cristiana nada debía de temer. Llenó el zurrón y aparejo la yegua al carro < por precaución cogió el anillo del marques de Miranda> montaron todos en el carro y emprendieron la marcha. De paso por el pueblo dejó a su hija en casa del tratante y siguieron el camino.

Dos días después estaba ante don Francisco Camacho, uno de los monjes le advirtió hable solo cuando le pregunten. Ante ella se sentaron tres personas; una de ellas le preguntó.

¿Quien es usted y como se llama?

-Soy Isabel de Viana, llamada Isa esposa de Cirilo el curandero del conde de Miranda.

- ¿Es verdad que curó de fuertes quemaduras a dos niñas y a su padre?

- Con la ayuda de Dios todopoderoso y un aceite que aprendí a fabricar de mi marido, así fue.

-¿Su marido era médico?

- No pero conocía el poder curativo de algunas plantas.

- ¿Quien curó a las niñas Dios o las plantas de su marido?.

- Sin la ayuda del todopoderoso nada es

posible.

-¿Donde está ahora su marido?

- Murió en Flandes cuando estaba al servició del joven Conde de Miranda.

- Quiere hacerme creer que el Conde se fiaba más de su marido que de un físico.

-No lo se, pero mi marido siempre le acompañaba en sus batallas.

-¡ No me creo nada de lo que me dice! Usted es una bruja y curó a las niñas del fuego de Satán con los remedios que le dio el diablo.¡ Confieselo!.

- No puedo mentir seria ir contra la ley de Dios y yo soy una buena cristiana, puede preguntar a don Pedro el párroco de la aldea, allí me casé, allí bautice a mi hija y allí acudo a misa cada domingo. Si fuese discípula de Satán no podría ir a misa

Su eminencia levantó la cabeza y miró fijamente a Isa. Su cara altiva mostraba serenidad y aplomo.

-¿ Como se que no tenéis embrujado a don Pedro y que cuanto decís de vuestro marido es real?

- No tengo ningún poder extraño, creéis que si mintiese estaría bajo la protección del Conde de Miranda.

-¿Queréis decir que el Conde os protege?

- Está mintiendo monseñor < exclamo uno de los monjes > vive en una cabaña perdida en el monte sin protección, donde solo pueden vivir las brujas.

- ¿Es eso cierto?

- Sí allí he vivido toda mi vida y allí vivieron mis padres, en cuanto a la protección hay más peligro en cualquier camino por los asaltantes, que en el monte protegida por los perros que alejan a las alimañas.

-Habéis dicho que os protege el Conde ¿como os protege tan alejada de su palacio?

La concurrencia se echó a reír y se escuchó un

suave murmullo. Isa sin inmutarse extendió la mano mostrando el anillo del Conde.

- ¿Quien puede negar la procedencia de este anillo?.

Camacho hizo un ademán a un monje y este pidió el anillo a Isa. Esta se lo dio y el monje mostró el anillo a don Francisco Camacho.

- Conozco este escudo y reconozco esta prueba como valida, pero deberéis tener cuidado pues el maligno tiene muchos caminos para adueñarse de nuestras almas, podéis retiraros y volver a vuestra casa pero tened en cuenta que os estaré vigilando.

Estaba apunto de salir de la estancia cuando su eminencia volviendo gritó.

- ¡No! Volved decís que curáis acompañadme. Isa obedeció la comitiva cruzó por varios pasillos. Se detuvo ante una puerta y al abrirla un olor nauseabundo impregnaba el ambiente; tapándose la boca con la mano y el pañuelo negro que llevaba sobre la cabeza, penetró en la habitación seguida de Camacho; sin acercarse al lecho Camacho dijo a Isa.

-Ahí tenéis un enfermo ¿podéis curarlo?

Isa se acercó sigilosa y observó el cuerpo sin tocarlo, no hacia falta, el hombre tenia sífilis y la enfermedad estaba muy avanzada.

- Monseñor solo el altísimo puede sanar a este hombre, la enfermedad proviene de las mujeres y no tengo remedio para el.

-Es mi hermano y os agradecería su curación.

-Lo siento señor no tengo remedio para su enfermedad, solo puedo aconsejaros que cuando muera queméis todo cuanto hay en esta sala y que no toquéis nada de aquí pues el diablo que produce la enfermedad podría alojarse en otro cuerpo. Rogad a Dios por su alma, solo el puede salvarlo.

Camacho como respuesta dio media vuelta y abandonó la estancia con cara de enfado, seguido por sus ayudantes. Isa salió del claustro y emprendió el viaje de regreso a su casa. Durante algún tiempo vivió en paz con si hija, enseñándole a hacer compota recolectar miel y plantas, elaborar ungüentos y todo aquello que podía enseñarle parecía que madre e hija formaban un solo cuerpo no sabían estar la una sin la otra su entendimiento y colaboración, pese a la corta edad de Leocadia era total con su madre.

Mientras tanto el Inquisidor Camacho se iba haciendo famoso para desgracia de quienes caían en sus manos. Cada vez eran más los herejes tanto Judíos como Moriscos y en especial Cátaros que terminaban en sus mazmorras y eran torturados hasta la muerte o eran quemados públicamente como ejemplo para quienes desafiasen la hegemonía de la iglesia o no abrazasen públicamente el cristianismo.

Uno de sus ayudantes recordó a Camacho que habían dejado de lado a las brujas y que estas podían ser el inicio de tanta maldad. En el laberinto en que Camacho se veía envuelto, cualquier cosa podía convertir a alguien en hereje en especial a los que seguían las doctrinas de Moisés, negando las de Cristo (Judíos). En Navarra se perseguía a las brujas con saña y el no había conseguido encontrar brujas ni quemar a alguien acusado de Brujería. Sus pensamientos desembocaron en Isa; pero ella estaba protegida por el Conde, debería encontrar pruebas de su culpabilidad si quería encarcelarla para lo cual trazaron un plan. Cuatro soldados disfrazados de labriegos se acercarían a su casa y la vigilarían durante unos días. Después volverían para informar o en caso de encontrar pruebas suficientes la prenderían y la llevarían ante él.

Isa salió con su hija y el carro repleto de tarros, conservas, quesos, medicamentos etc. como hacia todos los años. Esa misma noche se acercaron los soldados disfrazados de labriegos, los perros salieron a su encuentro y los soldados no dudaron en matarlos, después los subieron a un caballo y uno de ellos se los llevó para hacerlos desaparecer , mientras los otros vigilaban la cabaña.

De la cabaña no salia ni entraba nadie; pero si vivían allí mas tarde o más temprano deberían acudir. Sus ordenes eran de vigilar por lo tanto decidieron que uno montara guardia y los otros descansarían mientras tanto. Los cuatro estaban cansados del viaje y los cuatro se durmieron. El canto de los pájaros les despertó, entre todos decidieron que no era normal que todos se durmieran y por lo tanto lo achacaron a un acto de brujería esa noche nadie dormiría.

La luna llena del mes de Junio iluminaba la noche en todo su esplendor y cada vez se aproximaba más a la cabaña, a la media noche parecían tocarse. La casualidad quiso que una lechuza cruzara reflejándose en la luna y se introdujera en la casa buscando pequeños roedores. Los soldados no sabían que opinar y siguieron vigilando dos horas más tarde se escucharon suaves ruidos en el interior de la cabaña la lechuza tomó el camino de regreso saliendo por el pequeño establo. Al día siguiente uno de los soldados dijo al que parecía el jefe.

-Creo que deberíamos entrar en la casa, si como creen es una bruja puede haber entrado con forma de lechuza y no la veremos por muchos días que la vigilemos.

-¿ Crees que las brujas se pueden convertir en Lechuzas? <Preguntó otro soldado>.

- Escuché una historia en mi pueblo de una bruja que se convertía en lobo y mataba las ovejas de quienes no la ayudaban < dijo otro de los guardias >.

- En dos días no la hemos visto y sin embargo las ovejas y las gallinas todas las noches vuelven al establo. ¿acaso eso no es brujería?

- El cabecilla se separó de ellos y dio un rodeo intentando meditar o buscar una explicación, pues en realidad no habían podido ver a la bruja. No tardó

mucho en volver .

- Está bien nos quedaremos una noche más y si no sale entraremos en la cabaña. No disponemos de alimentos para muchos días y no podemos encender fuego, pues se daría cuenta de nuestra presencia.

Cuando anochecía los animales como tenían por costumbre volvieron al corral o establo a refugiarse como cada noche, la puerta permanecía abierta; la luna siguió iluminando la cabaña y la lechuza volvió a su campo de caza en busca de roedores. Pero esa noche aullaron los lobos y escucharon sus gruñidos. Los cuatro hombres desenvainaron sus espadas y estuvieron alerta por si eran atacados. En realidad los lobos habían olfateado los cadáveres de los perros y acudieron a comérselos. Toda la noche se mantuvieron vigilando, el mas mínimo ruido les mantenía en tensión.

Al día siguiente ningún soldado quería seguir allí, apenas amaneció irrumpieron en la cabaña la puerta estaba abierta. Allí estaba todo en orden como si nadie hubiese salido de ella en una esquina encontraron las ollas y alambique con que Isa fabricaba sus pócimas, queso sobre una roca de la cueva y cecina colgando del techo. Después pasaron al corral, cogieron huevos frescos y encendieron lumbre en el interior de la cabaña. Con la panza llena decidieron volver y contar al inquisidor cuanto habían visto y vivido.

Al regresar pidieron audiencia y fueron diligentemente recibidos por Camacho.

- ¿Decidme habéis visto a Isa? ¿que habéis encontrado?

- No su eminencia, no hemos visto a la bruja.

- ¿No se os ordenó vigilarla y en caso de encontrar pruebas traerla?

- Si eminencia, no hemos podido verla en forma humana ni hemos podido tener contacto con ella. Lo que no se ve no se puede coger.

- ¿Que quieres decir?

- Como se nos mandó vigilamos sin ser vistos, o al menos eso creíamos. Los animales salían por la mañana y volvían por la noche, sin que persona alguna se ocupase de ellos y saliera o entrara en la cabaña. A media noche la bruja convertida en lechuza entró en la casa “ todos la vimos antes de amanecer salió y eso hizo todas las noches. Durante el día los cuervos parecían vigilarnos mientras permanecíamos ocultos. A la tercera noche vimos entrar la lechuza de nuevo, pero esa noche la bruja debió pedir ayuda a otras compañeras y transformadas en lobos intentaron atacarnos; solo el blandir de nuestras espadas nos salvó de morir en sus fauces. Antes de amanecer desaparecieron y nosotros decidimos entrar en busca de la bruja no encontramos más que unas calderas donde cabía un niño dentro y utensilios de cocina, parecía que alguien había pasado la noche allí, pero allí no había nadie. Ante la imposibilidad de verla y apresarla decidimos regresar.

Camacho miró con desprecio a aquellos hombres.

-¿Quieres que me crea cuanto dices?

- Monseñor los cuatro somos testigos.

– ¡Inútiles! Retiraros. <gritó Camacho contrariado> después se volvió hacia Chacón su hombre de confianza y tan cruel como él.

- ¡Que opináis?

- Señor he escuchado muchas historias de Brujas y en algunas se cuenta que poseen el poder de convertirse en animales, tal vez por eso son tan difíciles de encontrar. No obstante si las encontramos no creo que cargadas de cadenas puedan huir o realizar sus hechizos.

- Chacón no creo que exista nadie con más poder que Dios y nosotros somos su brazo ejecutor, preparate y ten los ojos abiertos pues tarde o temprano caerán en nuestras manos y conocerán el castigo divino.

-Si monseñor estaré atento, no temáis.

Isa llegó a su casa sin escuchar los alegres ladridos de los perros, era el presagio de que algo grave había ocurrido. Corrió a la cabaña y la encontró revuelta, la cecina lucia por su ausencia igual que el queso y otros alimentos. Que guardaba para el invierno.

Isa achaco el desastre a gente necesitada o asaltantes de caminos, no obstante lo que más le entristeció fue la perdida de sus perros. Pero en realidad se produjo un punto de inflexión; Isa empezó a temer por su hija la cual iba a cumplir diez años, tal vez el asalto de su cabaña era la señal para pedirle al señor Conde el favor que le debía. Isa empezó a hacer planes; los días siguientes los empleó en hacer comprender a su hija que debían separarse por su bien, pero antes le explicaría todo cuanto ella sabía hasta los más recónditos secretos Así una semana más tarde llamó a la niña y se acercaron a la chimenea formada por varias losas de piedra, con ayuda de una horquilla en forma de F que solía estar colgada sobre ella tumbó la losa frontal de esta dejándola sobre las brasas apagadas una abertura lo suficientemente amplia para albergar a una persona apareció tras la losa. Gateando con una lampara de aceite en las manos pasó a su interior y con un gesto hizo que Leocadia la siguiera. La estancia no era muy grande pero si lo suficiente para albergar a varias personas allí elaboraba Isa los quesos que olían tan fuerte producidos por hongos y guardaba sus libros de recetas y de sortilegios aunque no creía en ellos; junto a estos aquellos que había dejado su marido y en un cofre de madera forrado con piel de cabra el dinero acumulado con las ventas y que prácticamente no tenia en que gastar.

Durante unos días estuvo informando a la niña de como usarlos y del poder de las medicinas que elaboraban. Terminando el mes de Agosto creyó que la niña ya estaba suficientemente informada y convencida de que debía abandonar a su madre y seguir el camino que el destino tenía reservado para ella. Llenó el carro con la mayor parte de sus pertenencias y la mitad del dinero, la ausencia podía ser larga. Su destino era la casa de Quesada, en ella vivirían hasta que el señor Conde se hiciera cargo de su hija. Esperaba que no hubiera olvidado su promesa y si así fuera tenía el anillo y el pergamino para recordárselo.

El viaje

Quesada se alegro de verla y nuevamente le ofreció su casa y su ayuda, a lo que Isa respondió.

- Agradezco todo cuanto hacéis por mi y por mi hija, pero necesito un nuevo favor.

-Vos diréis, pedidme y si puedo complaceros me sentiré honrado.

- Necesito hablar con el joven Conde, a llegado la hora de que me devuelva el compromiso que adquirió conmigo. Quiero que se haga cargo de mi hija y se encargue de su educación.

-Tendrás tu entrevista con el futuro Conde, pero del resultado no soy responsable, sin embargo os ofrezco mis servicios y compromiso si el no acepta.

- Os lo agradezco, pero aceptará os lo aseguro.

Dos días después el joven Conde recibía en el patio de palacio a Isa acompañada por Quesada. Francisco al verlos se les acercó.

-Set bienvenida a mi casa Isabel. Quesada me ha dicho que queríais hablar conmigo.

- Si mi señor así es.

- Pues bien decidme en que os puedo ayudar.

- Hace once años usted contrajo un compromiso conmigo, el cual vengo a cobrarme < Isa hizo mención de sacar el pergamino, pero Francisco la paró diciendo.

- Recuerdo mi compromiso y veo que conserváis mi anillo, podéis hablar soy hombre que cumple su palabra. ¿que queréis dinero? ¿o o o

-No mi señor quiero que os hagáis cargo de la educación de mi hija tiene un año y algunos meses menos que vuestro hijo.

Francisco dio unos pasos mientras pensaba y de repente se volvió.

-¡Si! Dentro de quince días la Corte con el rey al frente se traslada a Madrid y estoy invitado en la fiesta del nuevo palacio. Aprovecharé para llevar a su hija y mi hijo a la corte y allí buscaré el lugar idóneo para su educación. La prima de mi padre es la superior de Las carmelitas; vuestra hija podría ser educada en el convento y más tarde decidiría si toma o no los hábitos.

- Me parece bien, en vuestras manos pongo mi tesoro más valioso.

- Ya todo está decidido, Quesada os tendrá al corriente .

- Gracias os estaré eternamente agradecida.

Isa abandonó el palacio, mientras Quesada quedaba hablando con Francisco.

Quince días más tarde recibió la orden de vestir a la niña con ropas de zagal y con un pequeño hatillo montó a la grupa de Quesada. La silueta se perdió en la lejanía, Isa no sabía cuando volvería a ver a su hija, una sensación de soledad y de angustia le embargaba. Regresó a casa de Quesada sin saber si regresar al monte o quedarse allí; había pensado tanto en el futuro de su hija que no había tenido tiempo de pensar en el suyo.

Francisco el futuro Conde de Miranda estrenaba coche de caballos para el viaje, cuatro caballos negros tirarían de el y dos cocheros se turnarían a las riendas. Los baúles con sus vestidos estaban cargados cuando llegó Quesada. Descargó a la niña y la presentó a la futura Condesa y al futuro Conde. Su padre el Conde salió a despedirlos.

-¿ Quien es esta niña?

- Es la hija del hombre que os salvo la pierna majestad< dijo Quesada.

- Si lo recuerdo ¿como le llamaban? “ Cirilo”

- Así es Cirilo el curandero.

- ¿ Y que vais a hacer con ella?

- La dejaré con la tía en el convento de las Carmelitas < dijo Francisco> es lo menos que debemos a sus padres.

- Me parece bien. ¿A quien lleváis de escolta?

- Solo a Quesada y los dos cocheros. Creo que cuatro espadas serán suficientes.

- Yendo Quesada me parece bien, partid con Dios.

- Que el os guarde padre.

Un abrazo entre padre e hijo y subieron todos al coche menos Quesada que les seguiría con su caballo, otro caballo de repuesto iría atado tras el coche.

La comitiva emprendió la marcha, la niña miraba a aquellas personas desconocidas que iban tan bien vestidas, sus ropas eran nuevas pero no tenían la riqueza de las suyas, la futura Condesa le sonreía y ella le devolvía la sonrisa. Mientras el niño le sacaba la lengua, pero ella debía mantenerse al margen y pensar solo que los señores Condes eran sus benefactores y solo querían lo mejor para ella, cumpliría con la promesa echa a su madre.

Quesada se acercó a la ventana.

-Mirad después de atravesar ese pequeño bosque en dos horas llegaremos a la Venta del Olmo donde podremos descansar comer y abrevar a los caballos, después partiremos para llegar a la fonda de don Camilo antes de anochecer.

- Bien Quesada vos conocéis el caminó.

Que poco se esperaban el desarrollo de los acontecimientos. Al introducirse en el pequeño bosque, seis hombres con la cara tapada les salieron al paso. Quesada no lo pensó y agredió a los asaltantes Francisco saltó del coche y espada en mano se unió a Quesada la Condesa salió por la otra puerta con los niños intentando adentrarse en el bosque pero uno de los cocheros saltó sobre ella clavándole un cuchillo en la espalda. Leo cogiendo de la mano al pequeño Francisco corría llevándolo casi a rastras, entre unos matorrales se ocultaron mientras el cochero les buscaba, el niño estaba asustado y Leo le hacia señas colocando el dedo frente a los labios.

Mientras tanto Quesada había herido a dos de los asaltantes , pero tanto el como el Conde se encontraban en inferioridad y abrumados por tantas espadas ya que el otro cochero se había unido a los asaltantes y regresaba el asesino de la Condesa.

Llegó un señor a caballo y se escuchó una voz que decía.

- Muchas espadas para dos hombres, aceptáis mi ayuda.

- La aceptamos; contestó Francisco en el momento en que le atravesaban el costado izquierdo, aunque siguió luchando con la misma bravura.

La contienda se decantó los tres eran más expertos con la espada que los asaltantes. Quesada atravesó la mano derecha del asaltante que acababa de herir nuevamente a traición a Francisco, pero este tubo tiempo de montar en un caballo y emprender la huida mientras el cochero que había matado a su esposa se perdía por el interior del bosque.

Francisco cayó sentado en el suelo y Quesada se interesó por el.

-Señor os llevaremos a la posada tal vez allí encontremos un médico.

- No Quesada estoy herido de muerte ¿donde está mi esposa y los niños?

Quesada levantó la vista y vio a la Condesa tendida en el suelo y a los niños que salían del bosque.

-Señor su esposa ha fallecido, pero los niños están bien.

Entonces volvió la vista hacia el caballero que les había ayudado y vio un hombre poco o nada agraciado encorvado pero sin chepa y con gafas de cristales muy gruesos, lucia bigote y perilla con el cabello largo. Se dirigió a él.

- Gracias caballero por vuestra ayuda, soy el hijo del Conde de Miranda, la señora es mi mujer y el niño mi hijo ¿quien sois vos?

- Me llamo Francisco de Quevedo y Villegas

- ¿Vos sois el escritor que lleva a Gongora a maltraer?

- Así es.

- No llevareis algo con que escribir.

- Si siempre llevo conmigo, ahora lo saco de mi caballo.

- Señor no debéis gastar fuerzas, debemos ir en busca de un médico <dijo Quesada con pesadumbre>.

- No Quesada se que ha llegado mi hora, confiale los niños a Quevedo y recoge todos los cuerpos ponlos en el coche y llevalos a palacio, tal vez mi padre reconozca a alguno de ellos, los cocheros me los ofreció Julián el sobrino de mi madre. Mantén a los niños alejados de él, pues si como creo es el culpable intentará matarlos.

Mientras Quesada se ocupaba de los niños. Quevedo escribía dos cartas una dirigida al Conde y otra para Quesada. Francisco las firmó con su sangre, después hizo traer a los niños a su presencia y mientras su hijo lloraba les dijo.

- A Partir de hoy debéis obedecer a Quesada en todo cuanto el os diga, el os protegerá y será como un padre para vosotros. Prometedme que así lo aréis.

-Los niños se lo prometieron llorando, mientras Francisco expiraba

Entre Quesada y Quevedo subieron los cuerpos al coche sobre los asientos colocaron a Francisco y a su esposa.

Quevedo miró fijamente a Quesada.

-¿Que pensáis hacer? Sea lo que sea podéis contar conmigo.

- Debo regresar y llevar los cuerpos al señor Conde de Miranda, en cuanto a los niños como dijo don Francisco no estarían seguros en Palacio si como creo don Julián es el culpable de esto. Puede que quiera convertirse en el nuevo Conde. No os conozco lo suficiente pero en este momento debo pediros que os llevéis a los niños y los protejáis hasta que yo regrese.

- Podéis confiar en mi así lo aré, cuando regreséis preguntad por mi en Valladolid os estaré esperando.

Quesada se dirigió a los niños debía infundirles valor y confianza en Quevedo.

-Limpiate las lagrimas que nadie diga que un futuro Conde llora. Escuchadme es el momento de convertirse en adultos y como tales os debéis de comportar. Debéis ser fuertes y hacer todo aquello que se os mande por parte de don Francisco. Está en juego vuestra vida y el porvenir de mucha gente, debéis crecer para un día vengar esta afrenta ¿me habéis entendido?.

Ambos niños movieron la cabeza afirmativamente; mientras Leo pensaba que eran parecidas a las palabras que había escuchado de su madre. Quesada prosiguió.

-Ahora os iréis con el señor Francisco de Quevedo, pronto pasaré a recogeros os lo prometo.

Quevedo cogió dos caballos y montó en uno de ellos a los niños, cogiéndolo de las bridas se alejaron por el camino, mientras estos se perdían de la vista Quesada dio media vuelta y emprendió el viaje de retorno. Mientras conducía pensaba que su hijo también era hijo aunque “bastardo de Francisco” y por lo tanto si alguien conocía el secreto; la vida de su hijo correría tanto peligro como la del pequeño Francisco.

Pasada la media tarde llegó Quesada a palacio y mandó un guardia en busca del Conde Ayudado por otros dos criados empezaron a descargar los cuerpos del coche. El Conde y su señora salieron de inmediato al patio. Ambos querían abrazar a su hijo los criados pasaron los cadáveres de Francisco y su esposa al interior de palacio mientras los asaltantes quedaban tendidos en el patio.

-Señor <dijo Quesada> desearía hablar en privado con vos.

- Si yo también lo deseo, pasemos a la sala de armas quiero saber ciertamente que ha pasado. <el conde temblaba de rabia y dolor mientras los gritos de la condesa se escuchaban por todo el palacio>.

Ya en el interior de la sala Quesada sacó el pergamino escrito por Quevedo.

-Tomad tal vez las palabras de vuestro hijo lo expliquen mejor que yo, está firmado con su propia sangre.

El Conde leyó atentamente con la dificultad que le producían las incipientes lagrimas, las últimas palabras de su amado hijo.

-Según dice mi hijo, los dos cocheros se los ofreció Julián el sobrino de mi mujer y cree que puede ser el culpable del asalto y de su muerte. También me dice que os confía a su hijo “mi nieto” con el fin de que no lo encuentren hasta su mayoría de edad pues si los acontecimientos son como él cree su vida en palacio correría peligro. Decidme ¿ cuantos hombres os asaltaron?

Seis señor a los que se unieron los dos cocheros, uno de ellos fue quien dio muerte a la señora y lo intentó con los niños afortunadamente se escondieron en el bosque. Solo dos lograron huir, debo añadir que un caballero perteneciente a la corte nos ayudó, del cual preferiría guardar su nombre ya que ese caballero guarda en este momento a los niños y las paredes pueden oír. También debo rebelaros un secreto que he guardado celosamente.

-Vos diréis Quesada.

Quesada se acercó al oído del conde y en voz baja le dijo.

-Vuestro hijo tenia un hijo de otra mujer se ha criado en noble cuna y es un año mayor que el pequeño Francisco. Dentro de nueve años volveré con los dos niños, mientras tanto no sabréis nada de mi.

-Quesada queréis añadir mas pena a mi desconsuelo dejándome sin mi nieto. ¿y el nieto bastardo, no lo conoceré?

- En realidad ya lo conocéis los dos hermanos han jugado en el patio; pero si queréis desprenderos del anillo. Cuando los traiga ante vos ambos lucirán vuestros anillos.

El Conde entregó su anillo y volviendo a la estancia donde yacía su hijo le sacó el anillo del dedo.

Tomad el anillo y el mensaje y cumplid con vuestro deber, yo debo preguntar a mis soldados y criados si conocen a algunos de los asaltantes. En ocasiones las apariencias engañan y yo debo ser justo. Después miró a su hijo y a su mujer y le preguntó.

-Mujer ¿donde está tu sobrino Julián?

- Se halla en León con su madre. Siete días ya que se fue.

El Conde llamó a varios guardias y sirvientes por si conocían algún asaltante. La respuesta fue unánime solo conocían al cochero muerto.

-Mi señor debo partir. Me llevo el coche y nuevos caballos.

- Partid y que Dios nos ayude a todos. Nueve años Quesada ni uno más.

- Nunca os he fallado y nunca lo aré, lo juro por mi vida. Quedad con dios.

- Que el os conserve y proteja.

Quesada se dirigió a su casa. Entró como alma que lleva el diablo y se encontró con su suegro de frente.

- ¿Como habéis vuelto tan pronto, que ocurre?

- Nos han asaltado por el camino, el Conde y su esposa han fallecido y nosotros corremos peligro.

En ese momento entraba en la estancia su esposa.

- ¿A que peligro os referís?

-Sentaros por favor, tengo mucho que contaros y sacar de mi alma el secreto que llevo ocultando desde que os conocí. Vos mi amada no quedasteis embarazada por casualidad, debéis saber

que el joven Conde que hoy a fallecido, fue quien os fecundó y os dejó embarazada mientras dormíais, el trepaba por la ventana y se aprovechaba de vos y de vuestro sueño. Cuando su padre lo prometió con la Condesa de Toreno me mandó protegeros. Yo me enamoré de vos y os propuse matrimonio aun a sabiendas de que ya estabais embarazada, no me engañasteis me case con vos por que os amaba. Y me hice cargo de nuestro hijo al que quiero como propio aunque era producto del Conde. Ese es el motivo por el que nunca os llevé a la corte para que no os reconociera y si llevé al niño al que nadie conocía para que compartiera sus juegos con su hermano.

Padre e hija se miraron sin saber que decir < Quesada prosiguió>

-Preparad los baúles para una larga estancia fuera de aquí, pues si alguien conoce la historia, la vida de nuestro hijo puede estar en peligro tanto como la de su hermano.

¿Cuando saldremos ?

-Antes de que amanezca no podemos perder más tiempo.

-Bien mi amado comed y descansad yo prepararé lo necesario, el niño está durmiendo.

Dos horas antes de amanecer estaba todo dispuesto en el coche. Su suegro don Martín se acercó a Quesada.

-Cuida de ellos te llevas mi vida.

- Por encima de mi cadáver don Martín; pero venid con nosotros.

-No mi sitio está aquí, algún día volverás y yo estaré esperando. Que Dios os acompañe.

Padre e hija se fundieron en un abrazo, mientras la tristeza se reflejaba en sus rostros. Por primera vez se separaban y quien sabía si se volverían a ver. Subieron al coche y Quesada hostigó a los caballos.

El viaje a Valladolid transcurrió sin

incidentes. No tuvo que preguntar con demasía por la casa de Quevedo ya que era un personaje harchiconocido en la ciudad y pronto dio con el. Quevedo no disponía de criados el mismo les abrió la puerta.

- Pasad, pasad mi casa no es un palacio pero está a vuestra disposición. Debéis estar cansados pasad a la mesa y comed se habla mejor con el estómago lleno después ya descansareis sobre todo la señora y el niño.

-¿Donde están los niños?

-¿Durmiendo estaban agotados.

Un poco más tarde se acostaron la señora y su hijo y quedaron los dos hombres bebiendo una jarra de vino.

- Quesada¿que tenéis pensado hacer con los niños?

- Me voy a Toledo allí tengo una casa y a mi madre, daré clases de esgrima y cuidaré de los niños, la niña irá a un convento como se le prometió a su madre y a don Francisco lo inscribiré en la universidad junto a mi hijo. Por descontado los dos como hijos míos.

- Se os ha ocurrido pensar que alguien podría seguiros y poner en peligro la vida de Francisco.

- Si he pensado mucho en ello ¿pero que otra cosa puedo hacer?

- ¿Si confiáis en mi ? Yo podría encargarme de Francisco lo llevaría con el Conde de Medinacelli sin que este supiera quien es. Me debe muchos favores y es un amigo incondicional. Te aseguro que recibiría un trato y una educación exquisita y así al menos nadie sabría donde está excepto tu.

- Vuestro plan no es descabellado, pero ¿que ganáis vos en esto?

- Nada no gano nada, está claro que no me conocéis lo suficiente, se dice de mi que siempre voy contra corriente y que no concibo la vida sin la sátira.

Tal vez es por que todo el mundo conspira, se alagan ellos mismos y nadie dice la verdad, a la gente les gusta que les adulen y yo por el contrario, saco sus más recónditos defectos y mentiras. Por eso soy agrio, descarado y sátiro. Lo único que se hacer es decir la verdad “que nadie quiere oír”. Creedme cuando os digo que la corte es un nido de Víboras aduladoras esperando morder a la mínima ocasión.

- Señor Francisco solo he confiado en esta vida en tres personas, mi señor el Conde y los padres de la niña. Vuestro plan es bueno y sensato no me defraudéis y tendréis un aliado para toda la vida. Dentro de nueve años debo devolverlo a su abuelo echo un hombre.

-No temáis tengo plena confianza en el Conde y su señora, los cuales por cierto quieren casarme con una prima de la condesa feísima.

-Bien señor Francisco acepto su ofrecimiento mal que me cueste desprenderme del niño, pero vos nos ayudasteis poniendo en peligro vuestra vida.

- Señor Quesada, si nuestro plan está cerrado quiero pediros un favor.

-Vos diréis.

- Debéis haber oído hablar de Narvaez “el maestro de esgrima” del comendador Jerónimo de carranza. Ambos son engreídos y se creen la mejor espada del reino, incluso he oído decir que Narvaez quiere escribir un tratado de esgrima ya en una ocasión ante el rey tuvimos un altercado en el que la presencia imprevista de la reina evitó que llegásemos a las armás. Yo sostenía que la cultura era superior a la espada y ellos que para manejar una espada de nada servían los libros y ahora me informan de que está escribiendo un libro. Pienso desafiarlo delante de su majestad y si pudierais darme un golpe infalible os estaría agradecido.

- Verdaderamente señor, no se si sois el más cuerdo del mundo o el más loco, Narvaez no es ningún incauto he oído hablar de el; pero en ocasiones ser un buen espadachín tiene sus defectos y eso os puede ayudar. Por ejemplo ¿Que haríais vos si después de cruzar las espadas vuestro contrincante levantara la espada en posición vertical?.

-Seria su perdición un ataque directo al corazón, no le daría tiempo de defenderse.

-Eso mismo puede pensar vuestro contrincante, si cuando levantéis la espada dais a continuación un paso a la derecha vuestro contrincante no hallará cuerpo que ensartar y quedará a vuestra merced. Para ello antes de que la espada esté vertical ya tenéis que mover las piernas pues vuestro enemigo será veloz. También necesitaréis una ayuda de suerte.

- Lo recordaré no temáis. Si no causa efecto echaré mano de mis trucos.

- Sobre todo recordad sois responsable de Francisco.

A la madrugada ambos partieron hacia sus respectivos destinos, el camino era largo y no exento de peligros. Quevedo hizo un alto de dos días en Peñafiel donde tenia amigos y lo consideró necesario para mitigar el cansancio del niño. Unos días más tarde llegaba a Medinacelli, allí fue recibido calurosamente por el Conde, Juan de la Cerda y Aragón y por su esposa, la cual quería casar a Quevedo con una prima suya, cuando en realidad por quien bebía los vientos Quevedo era por su sobrina. Deseando huir cuanto antes de palacio, Quevedo habló con el duque.

- Señor aprovecho la amistad que nos une para pediros un gran favor.

- Pedid Francisco que gran favor queréis pedir; por que os acongoja.

- El niño señor debéis cuidarlo y educarlo como si fuera hijo vuestro, es hijo de señores ilustres y no puedo deciros más, solo que si lo encuentran su

vida está en peligro. Aquí lejos de la corte no creo que corra peligro.

- Sabes que lo cuidaré como a un hijo, mi hijo tiene catorce años y mi hija dos . El será un hermano mas para ellos.

- Solo serán nueve años después reclamará sus derechos. Así lo quiso su padre.

- Y vos ¿que planes tenéis? <preguntó el conde>

- El Duque de Osma quiere llevarme a Italia, aunque no creo conveniente mi presencia en dicho país al que desconozco. De momento tengo mucho que escribir y a muchos que contradecir.

- Tened cuidado tenéis un talento especial para buscaros enemigos.

- Tal vez ese talento sea el que une nuestra amistad <dijo Quevedo sonriendo>

-Así es, pero temed al Conde Duque de Olivares, pues el ostenta el poder y los favores de la reina.

- Mi corazón no teme a nadie, pero mi mente me ordena precaución. Pasemos a ver el niño.

- ¿Como debemos llamarle?

- Francisco como a mi y no importa si lo hacéis pasar por mi hijo bastardo.

Abrieron la puerta y el pequeño Francisco Jugaba sentado en el suelo con el hijo del Conde de Medinacelli, ante la atenta mirada de la Condesa. Quevedo lo llamó y cogiéndolo por las axilas lo subió al segundo peldaño de la escalera que conducía a las habitaciones, lo miró fijamente. El niño no mostraba temor alguno aunque la seriedad imperaba en su rostro, su mirada penetrante esperaba las palabras del hombre que en esos momentos marcaba su destino; Quevedo con toda la dulzura de que era capaz hablo al niño.

- Francisco se que estos días han sido muy tristes e intensos para ti, has perdido a tus padres,

pero tu no debes olvidar sus rostros ni debes decir a nadie quien eres, si alguien pregunta dirás que eres hijo de Quevedo “mi hijo”. El Conde te protegerá haz todo cuanto el te diga y dentro de nueve años volveré a por ti, se que es mucho tiempo, pero solo el necesario, volveré con Quesada para llevarte a tu casa y reclamar tus derechos. ¿Entiendes lo que te digo?

- Si, no me olvidéis y regresad a por mi. <dijo el niño con el semblante de quien entiende y sabe quien es y cual es su destino>.

-Así lo haré por mi honor, mientras tanto set paciente y obedeced al Conde y a la Condesa.

Al día siguiente de madrugada Quevedo partió dejando al pequeño en buenas manos. El Conde de Medinacelli se encargaría de ilustrarlo tanto en las letras como en las armas, debía de hacer del niño un autentico Conde.

Mientras tanto Quesada había llegado a Toledo su madre lo recibió con los brazos abiertos hacía mucho tiempo que no tenía noticias de el ni de su nieto. Por primera vez doña Enriqueta conoció a su suegra. A los pocos días Quesada abría una escuela de esgrima, mientras doña Enriqueta y su suegra se encargaban de buscar el colegio donde serían educados los niños.

Isa y el inquisidor

Isa había regresado a su cabaña del monte y a sus quehaceres diarios, ante la satisfacción de que había echo lo mejor para su hija, ella seria una señora importante y culta; la recordaba continuamente en cada recodo del arrollo, le parecía escuchar sus risas rodando sobre la fresca hierva en la pendiente del monte. Poco o nada podía pensar en lo que había ocurrido o en lo que le reservaba el destino, sus único pensamiento era para el día que vería de nuevo a su hija.

El inquisidor Camacho ante el éxito alcanzado en otras regiones sobre las brujas dio orden de vigilarlas y ofreció una recompensa a quien aportara información sobre actos de brujería o el escondrijo de alguna bruja, debería demostrar al obispo su eficacia en la búsqueda del infiel y castigar a los hijos de Satán y del antiguo testamento (Judíos).

Dos años más tarde las brujas preparaban un aquelarre o reunión en la cabaña de Isa. Hacia muchos años que no habían estado allí y ese año la luna llena luciría en la noche de San Juan, lo cual por si mismo ya era un buen presagio, los ungüentos conseguidos esa noche serian mucho más efectivos que en otras ocasiones. Por el camino una bruja procedente de Lugo fue interceptada. Cuando los soldados vieron lo que llevaba en las alforjas la llevaron ante Camacho. La tortura a que fue sometida hizo que confesara el lugar de la reunión y la fecha.

Las brujas fueron llegando a la cabaña de Isa. La noche anterior mataron un chivo y se comieron parte del mismo. Al día siguiente llegaron otras cuatro brujas.

Anochecía cuando empezaron los prolegómenos mientras unas buscaban leña suficiente para que las hogueras ardieran toda la noche, otras preparaban los ingredientes y las calderas. Isa mientras tanto preparaba la masa que a las doce de la noche pondría sobre dos losas calientes donde se convertirían en las tortas con que acompañarían la caldereta de cordero. Solían comer a las doce para aguantar toda la noche despiertas pues tal era el rito que debían seguir.

En cuanto se ocultó el sol prendieron fuego a la leña bajo la caldera donde elaborarían la grasa de serpiente. Poco a poco fueron añadiendo los distintos elementos con que la elaboraban. Los alrededores de la humilde cabaña parecían una fiesta, una docena de mujeres iban y venían alrededor de la caldera algunas recitaban palabras de las que tal vez no conocían el significado, pero quedaban satisfechas al pronunciarlas, ante la convicción del éxito de las mismas en la confección del ungüento. La noche era propicia y prepararon otra caldera para elaborar un elixir contra el resfriado a base de menta, miel, limón, una pizca de mandrágora, tomillo, te y bellotas. En otra caldereta aparte hacían el cordero con verduras y tres manzanas según era costumbre.

Camacho informado de la reunió no quiso desaprovechar la ocasión y mando veinte soldados bajo el mando de Pedro de Valcarnero, su clérigo de confianza y verdugo de la bruja apresada. El plan era muy sencillo esperarían a la media noche para rodear a las brujas y apresarlas, las que se resistiesen morirían y serian arrojadas a sus propias hogueras; cualquier animal que encontrasen seria sacrificado, por si era alguna bruja convertida; pues aunque el Inquisidor no creía que fuera posible la transformación, si creía en la intervención del Diablo en algunos casos.

Los soldados dejaron los caballos lejos de la cabaña y con sigilo se acercaron. Difícilmente podían oírles pues las brujas estaban cantando romances propios de los campesinos, sentadas alrededor de las calderas mientras se terminaba de cocer la caldereta de cordero. Era la hora de hacer las tortas, Isa entró en la cabaña y empezó a colocar sobre las piedras calientes de la chimenea la masa aplastada que se convertiría en el pan.

A la orden de Pedro los soldados se abalanzaron sobre las brujas, como es natural muchas de ellas intentaron huir. Isa se asomó a la ventana y al ver lo que ocurría atrancó la débil puerta, acto seguido retiró las losas para hacer el pan que cubrían el fuego y con la horquilla que tenia sobre la chimenea tumbó la losa trasera por donde se accedía a la pequeña cueva el cántaro de agua lo esparció sobre la cama y cogiendo la manta que había sobre la misma se introdujo en el agujero pasando sobre las brasa esparcidas una vez en su interior levantó la losa cerrando la entrada. No tardó en oír como era derribada la puerta, Isa no quería ni respirar, su cuerpo temblaba había escuchando los gritos de dolor de sus compañeras y los seguía escuchando, los soldados registraron toda la casa, rompiendo cuanto encontraban a su paso un poco más tarde la cabaña ardía, mientras un soldado había acercado los caballos y un carro donde subieron a las brujas que apresaron, poco mas tarde Isa escuchó como los cascos de los caballos se alejaban.

El calor y el humo hacia el aire irrespirable en el interior de la cueva. Isa en el rincón más profundo aguantaba con la manta liada al cuerpo y tapándole la cabeza lo que le permitía respirar pero el calor estaba secando la manta y hacia unos minutos que no escuchaba a los soldados puso los libros y la caja con el dinero, en lo más profundo de la pequeña gruta; tumbó la losa y una llamarada la dejó sin cejas ni pestañas. Abrió los ojos todo estaba en llamas el techo había desaparecido solo quedaban los troncos ardiendo en el suelo que estaba sembrado de brasas y cenizas con pequeños núcleos ardiendo. Pensó que debería correr a la inexistente puerta lo más veloz posible y lanzarse ladera abajo hasta llegar al arrollo pero antes debería pasar sobre las brasas. No había tiempo para más se envolvió la cabeza y con toda la rapidez posible salió de su escondrijo pasando sobre llamas y brasas. Al salir de la cabaña abandonó la manta mientras sus faldas ardían ladera abajo como pudo se las quitó sin dejar de correr y por fin se lanzó al arrollo.

Unos segundos más tarde se tumbaba junto un arbusto había pasado un calor abrasador y ahora tenía frio, escuchó un leve ruido que se acercaba, pronto se dio cuenta era su pequeña yegua que había salido huyendo sin que la pudieran coger. Isa la cogió y la condujo a un pequeño saliente donde se tumbaron, el calor del animal reconfortó a Isa y casi amaneciendo concilió el sueño.

El sol iluminaba el nuevo día cuando Isa despertó el rostro le escocia las piernas presentaban diversas quemaduras, olía a humo no llevaba falda y no sabía si alguien se habría salvado de la masacre. Se acercó sigilosamente a su cabaña, solo algunos troncos seguían ardiendo no quedaba nada de la cabaña ni del establo, los animales que no habían huido habían sido sacrificados un poco más allá las calderas estaban tumbadas y su interior esparcido; sobre lo que habían sido las hogueras había cuerpos quemados, el aire olía a carne quemada, un poco más alejada una compañera yacía con una flecha de ballesta atravesándole el cuerpo.

Isa cayó de rodillas llorando desconsolada no entendía por que las personas podían ser tan crueles. Minutos más tarde levantó la cabeza y mirando al cielo exclamó.

¿Por que Dios mio? ¿por que?... ¿que mal hemos echo? ¿acaso no ayudamos a nuestros semejantes y cumplimos tus mandatos? ¿que mas quieres de mi?.

Los ruegos de Isa no encontraron respuesta pero las heridas en piernas y manos la devolvieron a la realidad.

Lo que Isabel pensó en ese momento nadie lo puede saber,; dejó de llorar y recogió troncos después puso los cadáveres a medio quemar sobre ellos, desnudó a la compañera muerta por la flecha y utilizó sus ropas para si misma, a continuación arrastro su cuerpo colocándole sobre la pira a la que prendió fuego.

Regresó a los restos de la cabaña en busca de cualquier cosa que se hubiera salvado, solo hallo unos pequeños recipientes bajo una losa de pizarra que usaba en ocasiones para cortar , pasó por el establo quemado y los animales muertos los dejó pues las aves y animales salvajes también tenían derecho a comer; mas allá del gallinero sobre una roca que sobresalía a la altura de su cabeza, un recipiente de barro seguía macerando el preciado aceite para las quemaduras. Isa llenó los pequeños recipientes y vació la cazuela de aceite con ella fue al arrollo y después de lavarla con arena la llenó de agua limpia y la depositó sobre una roca, esperó que el agua reflejara su rostro y vio que las quemaduras de su cara no eran graves y sanarían en poco tiempo pero tanto sus manos como sus piernas quedarían marcadas para toda su vida. Sus manos temblaban mientras se quitaba la piel quemada y se aplicaba el aceite.

Pudo recuperar unas gallinas y vio como el pequeño carro había ardido. Entró nuevamente por el hueco de la chimenea en busca de los pocos enseres que allí guardaba entre ellos unas viejas alforjas queso ahumado y poco más. Pensó que si su hija la buscaba alguna vez y lo encontraba todo destrozado podría buscar, en la pequeña cueva que solo ella conocía, junto a los dos libros dejó una nota escrita con carbón sobre una yesca de rodeno y puso la yesca encima de los libros, contó el dinero de que disponía y cogió la mitad; salió y tapó la entrada con losas y piedras, recogió los pocos productos salvados y los puso en las alforjas a continuación puso estas y las dos gallinas atadas por las patas sobre la yegua y partió tal vez para no regresar jamás.

Decidió que nadie debería verla; caminaría de noche y se escondería de día hasta llegar a la casa de Quesada.

Pedro llegó al convento con las cinco brujas que cogieron como prisioneras, una de ellas llegó muerta debido a las heridas, fueron descargadas y arrancadas parte de sus ropas en medio del patio. No tardó en ser avisado Camacho del regreso de los soldados y del éxito de la operación. Siempre acompañado salió al patio; se acercó a las prisioneras y las observó detalladamente.

-No parecen tan peligrosas < mascullo entre dientes > llevadlas al calabozo y vos Pedro pasad e informarme de todos los pormenores de la redada.

Pasaron a los aposentos privados del inquisidor.

-Hablad estoy impaciente.

-Como habíamos previsto llegamos de noche al lugar de reunión de las brujas, el resplandor del fuego se veía a lo lejos, esperamos a la media noche para atacar dejando los caballos alejados del lugar y vigilados por un solo soldado, nos acercamos sigilosamente, las brujas cantaban y realizaban sortilegios alrededor de las calderas algunas bailaban danzas diabólicas, caímos sobre ellas sin darles tiempo a huir las que lo intentaron murieron y las que cogimos vivas las encadenamos, son las que hemos traído, siete quedaron muertas, después tumbamos las calderas con la ayuda de un tronco.

¡Señor! era espeluznante cocinaban serpientes, lagartos y patas de cerdo, animales maléficos como ellas. Buscamos por los alrededores y matamos todos los animales que encontramos dentro y fuera del establo, entramos en la cabaña allí no había nadie prendimos fuego a la cabaña y pusimos a las brujas muertas sobre las hogueras para quemar sus almas y mandarlas al infierno. Después regresamos.

-¿Sabes si la bruja llamada Isa estaba entre ellas?

-No la conozco lo suficiente para identificarla, pero os puedo asegurar que allí no quedó nadie con vida, si no murió tal vez esté entre las prisioneras.

-No, no está entre las que habéis traído; torturadlas y sacadles cuanto podáis, ellas deben saber si ha muerto o tal vez conozcan a otras brujas que no estuvieran en casa de Isa.

Un mes más tarde las cuatro prisioneras eran juzgadas y Condenadas a muerte en la plaza, una semana antes las alimentaron y lavaron sus heridas no deberían tener rastro de la tortura a que habían sido sometidas. Vestidas de negro y con el cabello revuelto las ataron por parejas sobre la leña en medio de la plaza. Camacho y sus ayudantes presidian el “acto de fe”. Sentados frente al convento, un soldado leyó la sentencia y se prendió fuego a las hogueras, se escucharon gritos de dolor pero todos los asistentes parecían ser inmunes a ellos, solo una vieja encorvada que se apoyaba en un tosco bastón salió de la plaza en cuanto prendieron fuego.

Durante algún tiempo la vieja se veía deambular por las calles de los alrededores del convento o palacio del inquisidor ante la ignorada o poco interesada mirada de los transeúntes.

Un año más tarde, esa misma vieja llamó a la puerta abierta de la cocina del convento del inquisidor, situada en la parte trasera del mismo. Un fraile preguntó.

-¿Que deseáis buena mujer?.

- Llevo miel la vendo o la cambio por comida y un poco de vino. Mirad y probad es muy buena , también una docena de Huevos.

-Dejadla sobre la mesa <el monje tomó pan del día anterior y unos chorizos> tomad con este pan y los chorizos estáis bien pagada.

-¿Hacéis la cena para su eminencia?.

- Así es.

- ¿El beberá vino? dejad que llene este pequeño recipiente de la vasija de barro, el no lo notará.

-Aquí todo el mundo bebe vino para cenar y no hay de sobra.

- El fraile pensó que a la vieja le gustaba el vino y el recipiente que llevaba era del tamaño de un baso. La miel valía mucho más.

- Llenad el vaso y marcharos antes de que os vean.

-Dios os lo pagará.

- La vieja vertió el contenido de un frasco en la vasija del vino.

- Marchaos estáis molestando <gritó el monje con cara contrariada>> tal vez no debería dejarle coger vino. La vieja salió como alma que lleva el diablo.

Esa noche todo el convento dormía plácidamente a consecuencia del brebaje que había sido vertido en el vino.

Una silueta de hombre cubriéndose con una capa, se acerco al pequeño cuerpo de guardia que había junto a la reja delantera del convento y que daba al patio del mismo. Los soldados descansaban en su interior y solo de vez en cuando, una pareja salía y daba una vuelta por el patio y miraba la calle. La noche era gélida he invitaba a estar cerca de la chimenea.

Esperó que entrase la pareja, una vez todos reunidos. La silueta sacó un fuelle que llevaba debajo de la capa y lo utilizó lanzando polvo por debajo de la puerta momentos más tarde los guardias dormían. La silueta trepó por la puerta de forja y entró en el patio, la puerta principal del edificio estaba abierta, (pues a nada deberían de temer los monjes teniendo la guardia junto a la reja). La silueta se deslizó por todo el convento en busca de la habitación del inquisidor Camacho, todos estaban sumidos en un profundo sueño. Por fin encontró los aposentos de Camacho al final de un largo pasillo.

La silueta sacó un cuchillo de su cintura y cortó el cordón que sujetaba las cortinas, ató de pies y manos al Inquisidor mientras este seguía durmiendo profundamente, a continuación le dio a beber un brebaje para despertarlo, cortó un pedazo de sabana y se lo ató alrededor de la cabeza tapándole la boca.

Durante unos minutos esperó que despertase por completo, mientras lo sentaba con esfuerzo sobre la cama. Camacho abrió los ojos y parpadeó no se podía mover y ante el se encontraba la figura de un hombre que se tapaba la cara con la capa. Intentó gritar pero no se le oía, no podía moverse y sus ojos denotaban el terror que sentía al verse indefenso. Forcejeó pero nada pudo hacer.

El visitante le mostró las manos con abundantes huellas de quemaduras, después se descubrió el rostro y se quitó el sombrero de la cabeza una hermosa cabellera negra cayó sobre sus hombros. Camacho reconoció al visitante ¡Era Isa la bruja!. Sus ojos parecían salirse de las órbitas y su cuerpo temblaba de terror.

-Si eminencia soy Isabel; Isabel de Viana y Cisneros como me puso mi madre soy hija de Leocadia y Ramón tal vez no pensabais verme con vida o tal vez os habíais olvidado de mi. Pero como vos soléis decir “los caminos del señor son infinitos” y quiero añadir que como también dice la iglesia “quien a hierro mata a hierro muere” vos matáis y mandáis a quienes nombráis herejes al fuego del infierno; no esperáis a que sean juzgados por Dios, vos tomáis el poder divino y aplicáis vuestra justicia, con vuestros actos usurpáis el poder de Dios sobre la vida y la muerte; espero que el me perdone a mi y que el fuego os purifique a vos. Si Dios lo cree conveniente que os salve con su bondad infinita y si no, que os castigue con mi mano. Yo no puedo perdonar vuestra crueldad.

Isa sacó un frasco con polvo y unas pequeñas piedrecitas blancas y lo arrojó sobre Camacho a continuación llenó un baso de agua y dijo.

¡Contra el fuego agua! y arrojó el vaso de agua a la cara desencajada de Camacho. Al mezclarse el agua con el polvo, empezó a salir humo e inmediatamente unas pequeñas llamas prendían sus ropas, no tardó Camacho en estar envuelto en llamas.

Camacho ardía sobre la cama y mientras el fuego se propagaba por la habitación. La silueta atravesó los pasillos con paso firme y ligero; Isa salió del convento dejando una estela de fuego tras ella. Recogió el bastón colgado sobre la verja y con el pañuelo anudado en la barbilla se encorvó tapándose con la capa, nuevamente convertida en anciana y desapareció en la oscuridad de la noche.

Isa se había establecido en casa de Quesada, todas las mañanas sacaba sus corderos a pastar en los prados colindantes al pueblo, había rehecho su pequeño rebaño y en el patio trasero de la casa las gallinas campaban a sus anchas. Cada dos días salía a vender huevos y todas las mañanas repartía leche. De vez en cuando en especial los domingos, don Martín iba a misa y solía cruzarse con el.

En tres semanas no había visto a don Martín. Isa hacia cuatro años que no sabía nada de su hija y la incógnita del estado de la niña le corroía las entrañas. Había llegado a sus oídos la muerte del joven Conde y de su esposa pero nada se sabía de los niños ni de Quesada.

El valor que había demostrado en otras ocasiones le faltaba para hablar con don Martín. Al fin decidió visitarlo. El domingo al salir de misa se presentó en su casa, una mujer entrada en años le abrió la puerta.

-¿Que deseáis?

- Me llamo Isabel soy amiga de Quesada y desearía hablar con don Martín.

La señora entró en busca de su señor; Isa pudo escuchar como le decía.

-Señor una señora llamada Isabel y que dice ser amiga de vuestro yerno solicita hablar con vos.

- Si es amiga de Quesada hacedla pasar. La señora volvió solicita a la puerta.

-Por favor seguidme.

Isa vio a don Martín sentado en el patio, con una pierna sobre un taburete, mientras miraba los caballos. Al ver a Isa intentó levantarse.

- ¡No! Por favor no os levantéis <dijo Isabel>.

- En ese caso sentaros vos <respondió Martín> Isa cogió una silla próxima y se sentó frente a Martín. Este la miró fijamente como queriendo descubrir si la conocía. Isa intuyó su mirada.

-Solemos vernos los domingos a la entrada o salida de la iglesia. En ocasiones bebéis leche de mis ovejas y coméis huevos de mis gallinas.

- Puedo entender que vos me conocéis más a mi que yo a vos. Pero no creo que deses venderme nada.

-Así es, mi visita se debe a mi amistad con vuestro yerno, yo soy quien vive en su casa.

-¿No seréis vos … Isa la.. Martín no terminó la frase.

- Si yo soy, no temáis nada de mi, no tengo poderes como se ha dicho. Soy yo quien necesita de vos.

- Quesada me dijo que tal vez un día vendrías

<dijo Martín y prosiguió> también me dijo que me fiase de ti y te ayudase si era menester. Decid en que puedo serviros.

-Solo quiero saber donde está mi hija se marchó con Quesada hace cuatro años y no he sabido nada desde entonces, solo vos me podéis dar información.

- Cuatro años; los mismos hace que yo no he visto a mi hija ni a mi nieto.

- Señor Martín nadie como vos puede saber lo que siento en mi pecho.

- Así es Isabel padecemos el mismo mal; pero si os digo donde está ¿que pensáis hacer? No podemos ponerlos en peligro.

- Iría a verla sin que ella me viese a mi, después volvería con la conciencia tranquila y el alma satisfecha. Se que mataron a don Francisco y a la señora y entiendo las precauciones que debo tomar.

Aquella mujer demostraba tener un temple muy superior al de muchos caballeros, inspiraba confianza y don Martín decidió desvelarle el paradero de su hija.

- Isabel espero no equivocarme; Quesada tiene a su madre en Toledo allí nació y allí se halla con los niños . ¿Como pensáis hacer tan largo viaje?

¿tenéis medios para manteneros?.

- Tengo una yegua gallega y dispongo de suficiente dinero para el viaje, mis necesidades no son muchas y lo que saco de la leche y los huevos lo guardo.

- Podéis coger el mejor corcel de mi establo.

-No, don Martín, llamaría demasiado la atención. Pero si que quisiera saber el paradero de la sirvienta de vuestra hija; deduzco que no la tenéis a vuestro servicio.

-Así es, no la necesitaba y no me sobra el dinero. La señora clara os dará la dirección.

Isa se levantó para irse pero, pensó en la pierna de don Martín.

- Me permite que toque vuestra maltrecha pierna. ¿ os duele?

- Si por favor. Aliviadme el dolor y os estaré eternamente agradecido.

Isa tocó la rodilla preguntando donde le dolía.

- Señor Martín, los huesos como las personas envejecen y se fracturan vos no tenéis nada roto, pero vuestra rodilla esta muy agotada, la podemos deshinchar más nunca volverá a ser joven. Traeré un ungüento os lo daréis tres veces al día y pondréis paños calientes sobre la rodilla. Notaréis mejoría pero recordad su rodilla nunca será joven.

- Lo entiendo, cualquier cosa que me saque de la silla será bienvenida.

Isa abandonó la casa de Martín, a la que volvió más tarde con el ungüento y unas gotas para atenuar el dolor. Después fue en busca de la sirvienta, según le habían indicado la tercera casa bajando al rio, antes de llegar al puente. Allí la halló su pobreza era patente, intentaba estirar el poco dinero que le quedaba.

La sirvienta al verla se sorprendió.

-No temáis nada mujer, vengo a ayudaros y que me ayudéis.

- Decidme como puedo ayudaros.

- Me voy a un largo viaje y durante mi ausencia os ocupareis de mis animales durante dos días aprenderéis conmigo como cuidarlos, después me marcharé y vos os haréis cargo de ellos; lo que saquéis lo partiréis para vos y para mi, podéis comer huevos y beber leche; pero tened en cuenta que cuando regrese os pediré satisfacción.

- Confiad en mi no os defraudaré.

-Al amanecer os espero tras la iglesia.

- Allí estaré sin falta.

Isabel regresó a su casa y en la madrugada del segundo día, después de ver como Carlota salia en dirección a los prados con las ovejas partía hacia Toledo. El camino era largo y no exento de peligros; pero la ilusión que Isa llevaba en su interior le haría vencer todas las dificultades, ella se había criado en el monte y no temía a las alimañas, las personas eran mas peligrosas que los animales. Así por las noches no buscaba posadas donde dormir, prefería hacerlo en el interior del bosque, en caso de peligro los animales tienen un sexto sentido y avisan, con su pequeña yegua se sentía segura.

Un diecisiete días mas tarde llegaba a Toledo esa noche durmió junto a la muralla y por la mañana pudo pasar al interior junto con los labriegos y vendedores que llevaban sus productos para venderlos en el interior de la ciudad. No conocía a nadie y no sabía muy bien por donde buscar. El bullicio era propio de una ciudad de su fama y prestigio, a la izquierda de la catedral una calle bullía de gente, (era el mercado) los campesinos llevaban sus carros y carretillas cargadas de frutas y verduras. Isa se acercó a una señora y le compró dos manzanas, a continuación le preguntó si conocía alguna academia de esgrima. La señora gritó. ¡ Manuel!

Manuel era su marido y tenia otro puesto no muy lejano.

-Id y hablad con el seguro que conoce alguna.

Es mi marido.

Isa llegó al puesto. Vuestra esposa me ha dicho que vos sabéis donde hay una academia de esgrima.

- Si seguid toda la calle, llegareis a un convento rodeadlo y frente a la parte trasera la encontrareis.

Isa siguió la calle y rodeó el convento como le habían indicado. En la puerta dos espadas y el escudo de los Quesada sobre piedra labrada indicaban la escuela. No cabía duda, había llegado a su destino. Durante todo el día merodeó por los alrededores, algunos caballeros entraban y salían; no vio a Quesada ni a los niños el rojo sol se escondía la noche se echaba encima, cuando una silueta conocida salió de la casa, ¡Era Quesada! Por fin partió presurosa tras el y casi al final de la calle lo alcanzó.

-¡Quesada! ¡Quesada!

Quesada volvió la cabeza y llegando Isa a la tenue luz del sol casi desaparecido , se quitó el manto que la cubría.

-¡Isabel! Exclamó Quesada con sorpresa; ¿que hacéis aquí?

- Quiero ver a mi hija sin que ella me vea. Después regresaré; por Favor, llevo cuatro años sin verla.

- Lo entiendo. No se como...

Quesada titubeó, la presencia de Isa era inesperada y pensó rápidamente.

- Tal vez si... Ya está hablaré con las hermanas y te cederán. una celda frente a mi casa. Mañana por la tarde veras a tu hija practicar esgrima con mi hijo; claro está desde la ventana del convento.

-¿Estarán de acuerdo las hermanas ?

- No lo dudes reciben sendas limosnas de mi escuela, cuando dos de mis discípulos se baten el perdedor está obligado a depositar una limosna en el convento. Venid hablaremos con la superiora la hermana María de la Asunción.

Como había dicho Quesada la anciana madre María no puso impedimento alguno siempre y cuando Isa respetase las oras de oración y de comida como una hermana más. Isa asintió y la hermana la llevó a las cuadras del convento para dejar la yegua, mientras Quesada le explicaba.

Los niños y mi familia están cerca en Torrijos allí es donde vivo y aquí donde imparto lecciones de esgrima, esta era la casa de mis padres. Mañana después de comer entorna la ventana y mira a mi casa dejaré las ventanas abiertas. Ahora debo dejarte la hermana te cuidará.

Sonó una campana en el convento. La superiora le dijo a Isa que era la hora del receptorio. Una hora mas tarde Isa dormía plácidamente, tal vez con la tranquilidad que le aportaba la proximidad de su hija.

El día amaneció templado con pocas nubes, el sol brillaba, como un prolegómeno de dicha; Isa cumplió con la superiora y acudió a las primeras oraciones y a la misa después salió del convento y visitó la Catedral, nunca se había imaginado que existiera algo tan grandioso, al salir una visita rápida para conocer las calles y vuelta al convento para comer.

Sentada sobre un taburete de pino esperaba los acontecimientos, la impaciencia le roía las entrañas de pronto los cascos de unas cabalgaduras le hicieron levantarse. Con la ventana entreabierta intentó ver a los recién llegados, eran dos jóvenes que ataban los caballos a las anillas de la fachada, con tristeza volvió el rostro. Pero rápidamente recapacitó su hija debería tener catorce años y el hijo de Quesada dieciséis, miró con fijeza intentando recordar los rostros.

-¡ Dios mio son ellos ! < exclamó mientras intentaba ver sus rostros con mejor visibilidad > pero los jóvenes entraron corriendo en la casa. Momentos más tarde Quesada les invitaba a coger las espadas y después de unas cortas instrucciones se enzarzaron en un frenético combate. Ahora si que veía a su hija, no solo había crecido y se estaba convirtiendo en una bella adolescente; también era una experta en esgrima que desafiaba y se reía constantemente del hijo de Quesada, el cual luchaba con todo el cuidado procurando no dañarla. Estaba claro que la trataba como a una hermana, pero eso no significaba que la dejara ganar siempre.

El corazón de Isa estaba feliz y lagrimas de alegría corrían por sus mejillas, lo había conseguido su hija no sería como ella Quesada estaba cumpliendo la palabra dada a su señor Francisco y a ella misma. Pero aún quedaban preguntas por contestar ¿donde estaba el hijo de Francisco?

Unos días mas tarde Quesada acudió al convento; Isa lo recibió en el patio.

-¿Que noticias me traéis?

-En dos días sale hacia Cantábria el nuevo obispo, como podéis imaginar lleva escolta si vos queréis podéis acompañarle como parte del séquito, el nuevo obispo es una buena persona nos criamos juntos y he instruido a sus guardias en el manejo de la espada, el os protegerá; yo ya he cumplido y vos habéis visto a vuestra hija.

-Si tal vez tengáis razón aré lo que me pedís, pero dentro de dos años volveré no quiero pasarme tanto tiempo sin verla.

- Mañana os traeré nuevas ropas y quitaros el pañuelo de la cabeza, las apariencias pesan mucho entre la gente pudiente.

Esa tarde Isa volvió a ver a su hija cada vez la encontraba mas bella y más mujer. Al día siguiente era presentada al obispo, el cual la recibió muy amablemente. Montada en su yegua emprendieron el viaje. Después de la primera parada el obispo (que iba solo en el coche ) le preguntó.

- ¿Es esa vuestra montura?

- Si eminencia.

- Si os place podéis compartir mi coche

<sonriendo y en voz baja susurró> voy solo y aburrido, así tendría con quien hablar.

Isa asintió y el resto del camino lo hizo junto al obispo. Cuando su señoría terminó de hablar de si mismo, de sus virtudes y contarle toda su vida empezó a querer saber sobre Isa; esta le daba largas e intentaba no contar más de lo necesario. Cuando pasaron Valladolid la conversación cambió el obispo empezaba a interesarse por lo que encontraría en su diócesis.

-Isabel ¿vos donde nacisteis? Si sois del norte debéis saber cosas que han ocurrido por esa zona.

- Si vivo en la casa de Quesada nací cerca de Vejoris el pueblo de la familia de don Francisco de Quevedo habréis oído hablar de el en la corte.

-Si y de sus correrías parece ser un hombre arisco y poco recomendable. Contadme sobre vuestra familia.

- Mi marido murió en Flandes combatió al lado del Conde de Miranda y de Quesada el maestro de esgrima.

- Que Dios lo tenga en su seno, debió ser un valiente.

- Si lo era; era valiente y también curandero. El salvó la pierna del señor Conde cuando el medico quería cortarla. Es por eso que el Conde lo protegía y el joven Conde Francisco al que mataron me protegía a mi.

- Veo que tenéis buena relación con la nobleza.

- No no es así, procuro no tener muchas relaciones con la nobleza no soy una mujer pudiente y siendo la señora de un curandero hay personas que confunden a los curanderos con los brujos, y a las curanderas con las brujas. Eminencia vivo modestamente sin pasar penurias, cumplo con la Santa Madre Iglesia ayudo a todo el que puedo y lo ultimo que deseo es que me confundan con un sirviente del diablo o con alguna bruja con poderes demoníacos.

-¿Conocéis algún brujo o bruja?.

- Si como bruja; consideráis a todos aquellos que se dedican a sanar a la gente sin licencia de físico, si he conocido algunos o algunas como os he dicho mi marido era un curandero muy querido y admirado por los soldados. Pero si por el contrario queréis saber sobre personas con poderes sobrenaturales “no conozco a nadie con mas poder que Dios”.

- Tal vez tengáis razón la gente tiene la virtud de contar las historias como cree que debieron pasar. A mis oídos llegó un relato de unas brujas a las que quemó el inquisidor Camacho y que después de muertas, estas se vengaron quemando al inquisidor. Vos que vivís cerca conoceréis la historia.

-Si así es. Yo tuve la suerte de conocer a alguna de esas desdichadas mujeres y os puedo asegurar que no tenían poder alguno. El inquisidor mal aconsejado las quemó en la plaza. No creéis que si tenían poder para resucitar y vengarse del inquisidor, era mas fácil utilizarlo para escapar y no morir en la hoguera. Solo Dios manda sobre la vida y la muerte y el inquisidor usurpó el poder de Dios. Tal vez fue un castigo divino o la mano de algún vivo vengando la muerte de un ser querido. ¡Pero nunca de un muerto!.

- Si tenéis razón; solo Dios es dueño de nuestras vidas y no hay mayor poder en el mundo que el suyo.

- Ni el del diablo < contestó Isa>.

- Así es, ni el del diablo.

Se hacia de noche y pararon en una posada; la posadera al entrar el obispo le preguntó.

-Eminencia ¿no llevaréis con vos un medico?

- Que os ocurre buena mujer.

Mi hijo se encuentra enfermo con muchos dolores, solo tiene trece meses.

El obispo se volvió diciendo a Isa.

-¿Conocéis algún remedio para sanar al niño? Isa no contestó, se dirigió a la mujer afligida y le dijo.

- Llevenos con el niño.

La señora llevó a Isa y al obispo a la trastienda, el niño lloraba amargamente retorciéndose en el camastro. Isa le quitó la manta que lo cubría, el pequeño tenia el vientre hinchado, se dirigió a su madre.

-¿Que ha comido su hijo?.

- Solo le doy leche, y en ocasiones harinas, pero ayer solo tomó leche de mi pecho.

-¿Ocurrió alguna cosa en su venta?

La mujer miró extrañada a Isa después contestó.

-Si hubo una reyerta entre caballeros uno de ellos murió y mi marido recibió un golpe en el brazo después recogieron al muerto y se fueron.

- “Comprendo” y horas más tarde usted le daba pecho a su hijo <dijo Isa>

- Sí así es.

- Señora no le de más pecho a su hijo dele leche de vaca o de oveja mezclada con agua y hervida durante dos días y sáquese su leche antes de volver a darle pecho. Ahora necesito aceite.

La señora salió de la estancia y en pocos segundos volvió junto a Isa y el obispo.

Isa untó el abdomen del niño con aceite y procedió a darle unas friegas mientras rezaba un padrenuestro en voz alta para que lo escuchase el obispo. Al terminar advirtió a su madre.

- Debería llevar el niño a los establos dentro de poco tiempo “si dios quiere” empezará a expulsar todas las heces que acumula y el olor no será muy agradable.

La señora salió con el niño en brazos en dirección del establo, mientras su marido con el brazo en cabestrillo se multiplicaba para servir la cena.

Mientras comían un plato de fabada y un poco de queso, el obispo comentó.

-Entiendo todo cuanto a pasado y vos hicisteis lo que desviáis, pero ¿si sabias que con una friega el niño se salva, por que rezaste un padrenuestro.

-Eminencia, para que mis manos las conduzca el señor, si hago daño al niño este puede morir, solo el señor decide sobre nosotros, los curanderos solo ejecutamos su voluntad. Lo que yo he echo si rezo en voz baja o de forma ininteligible puede ser tomado como un acto de brujería; si quien me escucha no sabe lo que rezo. Tal es la fina línea que separa el ser o no ser acusada de brujería.

-Entiendo. No seré yo quien mande a la muerte a un ser humano sin estar completamente convencido de su maldad. Pues como vos muy ben decís, solo Dios tiene poder sobre la vida o la muerte.

-Gracias eminencia.

Al día siguiente Isa cambió de camino ella regresaba al pueblo mientras que el obispo se dirigía a Cabezón de la Sal donde pasaría un año antes de convertirse en obispo de Burgos. Isa visitó a don Martín informándole de todo cuanto había visto y oído; con la promesa de que volvería de visita a Toledo. No quería perderse ver como su hija se convertía en mujer.

Francisco de Quevedo

En la corte don Francisco de Quevedo seguía impartiendo enemistades y simpatías por igual no dejaba a nadie indiferente, aunque su más directo rival era Gongora. Acaeció por esos días que don Pacheco de Narvaez (maestro de esgrima) hombre poco ducho en letras, cumplió sus amenazas y escribió un tratado de esgrima, donde explicaba a su manera como debían defenderse y atacar los soldados españoles con la espada “ropera” ( la más usada en España).

Arropado por gente muy cercana al rey. Este le recibió delante de la corte mientras el Marqués de Sastre alababa sus enseñanzas. En una esquina Quevedo harto de oír necedades interrumpió.

- Majestad sabéis que soy hombre de letras y creo que las letras siempre serán superiores a la espada, nunca un acero puede ser tan locuaz como un buen libro. Y mas cuando este es escrito por gente con intelecto y no por rufianes sin conocimiento de las letras.

- ¡Francisco! < dijo el rey > queréis decir que debemos defendernos con libros tal vez arrojándolos a la cabeza de nuestros enemigos, creo que nuestros soldados pronto perderían todas las batallas y con ellas todas las tierras conquistadas.

- Los asistentes rieron a carcajadas la ocurrencia del rey. Todos menos Quevedo. Don Pacheco de Narvaez añadió.

-Tal vez don Francisco desee lanzar libros a la cabeza de quien empuñe una espada y a su vez volverlo loco con sus libros, para enseñarle modales como los suyos, ¡no muy buenos por cierto!

Nuevamente las carcajadas sonaron en la sala.

Quevedo tomó aire y en cuanto pudo replicó.

-Majestad lo que quiero decir es que de nada sirve empuñar una espada si no hay la suficiente inteligencia para usarla, cualquier persona ilustrada es superior al mas ducho en esgrima si no tiene inteligencia ni la mente despejada a causa del vino, como ocurre con quien ha escrito el libro en cuestión.

Don Pacheco se sintió ofendido; y el ambiente tenso, se presentía que se iba a declarar la tormenta entre ambos contendientes.

- Majestad, esto es un insulto hacia mi

persona; exijo una satisfacción o que sostenga sus palabras con la espada.

El rey levantó la mano, mientras pensaba. Creo que es hora de que alguien haga callar la lengua bífida de Quevedo. El silencio era sepulcral en espera de las palabras del rey.

- Don Francisco ¿seriáis capaz de defender lo que dice vuestra lengua con la espada?

- Majestad nada me haría más feliz que demostrar a su excelencia la razón que me asiste.

- No hay más que hablar, dejad sitio y que Dios asista al que tenga razón. Pero solo heriréis no quiero muertes.

Se hizo el silencio y los contendientes quedaron frente a frente; desenvainaron las espadas el capitán de la guardia las tomó y unió sus puntas diciendo.

Señores gana el primer contacto <después soltó las espadas > como era costumbre cruzaron varias veces los aceros observándose. Narvaez no podía ocultar la sonrisa de su rostro sintiéndose vencedor mientras Quevedo recordaba las instrucciones de Quesada después del segundo cruce, levantó su espada al tiempo que daba un paso a la derecha. Como le había dicho Quesada; Pacheco al verlo descubierto se lanzó directo al corazón, no encontrando contrincante y recibiendo un soberano golpe de espada en la parte trasera de la cabeza despojándole de la peluca y arrojándola al suelo.

- ¡Tocado! < dijo Quevedo> y enfundó su espada, con una reverencia al rey abandonó la sala. Unos días más tarde acompañaba al duque de Osma en su campaña por Nápoles. Pero pese a la lejanía sus escritos seguían hiriendo o causando admiración según la conveniencia de quien los leyera.

Isa iba cada dos años a ver a su hija con el beneplácito de don Martín, el cual esperaba las noticias que le transmitía Isa sobre su hija y nieto. Seis meses faltaban para que el joven Francisco cumpliera los veinte años, fecha señalada para que reclamara los derechos de su padre y los suyos propios.

Isa recibió un aviso de don Martín reclamando hablar urgente con ella, personada en su casa , preguntó.

-¿Que deseáis de mi ?

- ¿Cuando habéis decidido partir?

- En uno o dos meses, con el buen tiempo.

- Bien sabed que el Conde y su corte piensa trasladarse al castillo de Peñaranda del Duero. Según ha llegado a mis oídos la salud del Conde no es todo lo buena que desearíamos y corren rumores de que podría heredar el titulo y todos sus vienes don Julián el sobrino de la duquesa doña Juana.

-No es posible su nieto vive. Pero no es descabellado la duquesa siempre a sentido

predilección por su sobrino y ante la ausencia del nieto...

-En cuanto a su nieto el joven duque ¿Vos lo habéis visto con Quesada? <preguntó don Martín>.

- No nunca quiso revelar donde se halla. Pero el si sabe donde está.

- Isa hay que avisar a Quesada, los acontecimientos se precipitan.

Isa quedó un momento callada después levantó la cabeza.

-No puedo ir no sabemos si llegaremos a tiempo y tampoco sabemos nada sobre la enfermedad del Conde, debo investigar sobre la enfermedad que le aqueja. ¿tenéis vos alguna persona de confianza que nos pueda ayudar?

-Si don Carlos de Mendoza fue capitán de la guardia, hombre justo y de confianza, solo hace cuatro años que dejó las armas. Lo tuve a mis ordenes cuando era soldado.

-Yo iré a visitarlo, si vos me escribís una carta explicando lo que ocurre. <dijo Isa> Yo escribiré la carta para Quesada y si no encuentro quien la lleve la llevaré yo en persona.

Don Martín llamó a la criada y le pidió papel y tinta, no tardó en escribir la carta y sellarla.

- Tomad id a Reinosa y preguntad por la casa de los Mendoza. Tenedme informado.

-Así será <contestó Isa> abandonando la casa.

A los dos días estaba a la puerta de la casona de los Mendoza, un hombre entrado en años le abrió la puerta.

- ¿Que queréis buena mujer?

- Traigo un mensaje para el señor de Mendoza.

- Dadmelo yo se lo entregaré.

- ¡No! debo entregarlo en mano.

- Descarada, ¿quien creéis ser para hablar con el señor de Mendoza?

- Decidle que vengo de parte de don Martín del Llano.

El hombre al oír el nombre de don Martín, cambió radicalmente.

- Pasad y perdonad mi insolencia. Don Martín salvó la vida del señor de Mendoza cuando solo era un soldado.

Recorrieron un corredor y al final del mismo el anciano le hizo un ademan para que se esperase, entrando a continuación a la sala, mientras Isa escuchaba como le decía.

-Señor una dama trae un mensaje de don Martín del Llano.

- ¡Don Martín! cuantos años sin tener noticias suyas, hazla pasar.

-Pasad por favor dijo el criado abriendo la puerta. Isa penetro en el salón, el señor de Mendoza se levantó y se acercó a ella.

-Decidme señora que mensaje me traéis de don Martín.

Isa alargó la mano entregando la carta al señor de Mendoza. Este miró el sello reconociendo el anillo de don Martín; a continuación rompió el lacre y leyó el mensaje.

- Por lo que veo Martín os tiene en gran estima, pero desearía saber toda la historia.

Durante un tiempo Isa contó todo lo acontecido a Mendoza hasta el ultimo detalle y el peligro que corría el futuro Conde si su primo don Julián se hacía con el poder.

Humm... <masculló Mendoza> no le puedo fallar a Martín, pero mis facultades para tan larga distancia han decrecido; <se dirigió al criado con firmeza>.

-Llamad a mi hijo.

El criado salió con la rapidez que le permitían sus maltrechas piernas, en busca del joven; mientras Isa y Mendoza hablaban. No tardó en aparecer; el joven no debía tener mas allá de veintitrés a veinticinco años, su rostro aparentaba seriedad y buena educación; Mendoza se dirigió al joven.

- Hijo, hasta el presente no he necesitado de tus servicios, tienes la suficiente edad para que pueda confiar en ti y en el asunto que nos atañe no puedo confiar en nadie más.

- Decidme padre y os serviré < contestó el hijo con seriedad>.

- Se que lo haréis; debéis llevar esta carta a Toledo y entregarla en mano al maestro de esgrima llamado don Rafael de Quesada, como tenéis anotado en el exterior su escuela está frente al convento de las carmelitas descalzas, nadie debe leerla excepto el señor de Quesada y debéis protegerla con vuestra vida si fuera menester. Nada de pendencias ni dormir en demasía, va en ello la vida de personas ilustres. Cogeréis dos caballos y comida. Tomad esta bolsa para el camino.

-¿Cuando debo partir?

- Inmediatamente.

¿Me puede acompañar Fulgencio?

- Si me parece conveniente.

El joven salió a toda prisa de la estancia, mientras Isa se preguntaba ¿quien era el tal Fulgencio? Y no pudo por menos que preguntar.

-Señor de Mendoza ¿ el tal Fulgencio es de su total confianza?

- Si, es el mozo de cuadras, experto en caballos y hasta creo que en personas, es el complemento ideal para llevar a cabo la misión. Vos podéis comer y descansar en mi casa.

- Aprecio vuestra hospitalidad pero debo volver antes de que anochezca.

Unos días más tarde, una anciana se paseaba por las cercanías del palacio de Liébana a diferentes horas. Anochecía cuando al segundo día vio una silueta de hombre con un candil que salia por la parte trasera del palacio. Otro hombre cubriéndose la cara con la capa se acercó a la luz del candil Isa solo pudo ver las manos, el visitante entregó un tarro al hombre que salio de palacio y este una bolsa con monedas al visitante. Si se percató de la cicatriz que lucia en la mano derecha que aguantaba el candil; el visitante se fue y el caballero entro en palacio. Isa siguió al visitante por las callejuelas del pueblo, casi a la salida entró en un vallado donde se descubrió el rostro para subir a su caballo. Isa lo reconoció en el acto era Isaac de Castedo un médico de ascendencia Judía convertido al cristianismo y de no muy buena reputación.

Al día siguiente Isa visitó a don Martín, explicándole todo lo acontecido el día antes. A lo que don Martín respondió.

-¿ Y vos que conclusiones habéis sacado?

- Pondría la mano en el fuego sin miedo a

equivocarme de que están envenenando lentamente al Conde para que abdique en el sobrino de la duquesa “don Julián”.

-Si tiene sentido < dijo don Martín > Quesada me habló de que había atravesado la mano de uno de los asaltantes y este podría ser el hombre de la cicatriz en la mano, el cual estaría al mando de los asaltantes y al servicio de don Julián.

- Las piezas van encajando < respondió Isa> y la vida del Duque corre peligro. Debemos intervenir para que el joven Francisco pueda llegar a tiempo.

-¿Tenéis algo pensado? <preguntó don Martín>.

- Si tuviésemos ayuda de alguien cercano al Conde nos sería de gran utilidad.

-Lo tenemos < contestó Martín >. aunque yo siempre estuve al servicio del Rey tengo muchos conocidos. ¿Estáis dispuesta para cabalgar'

-Lo estoy ¿y vuestra pierna?

-Está mucho mejor gracias a vos.

Ensillaron dos caballos y partieron hacia Liébana. Don Martín paró frente una casa no muy distinguida. Llamaron a la puerta una señora les abrió.

- ¿A quien buscan?

- ¿ Don Esteban de Onís es aquí?

- Si es mi marido <contestó la mujer con extrañeza, pues no conocía a los visitantes>.

- No temáis buena señora su marido y un servidor somos viejos amigos, me llamo Martín del Llano barón de Hulloa y solo quiero hablar con el. Decidme ¿sigue al servicio del Conde.

-Así es como consejero, amigo y yo diría que hasta recadero. Pasa mas tiempo con el Conde que en su casa.

-¿ Sabe cuando regresará? < preguntó Isa>.

- Suele venir al anochecer, pero hoy le traen dos nuevos caballos y no debe tardar en venir.

Prepararé comida y se quedarán a comer con nosotros.

Como había dicho la señora Don Esteban no tardó en llegar reconociendo inmediatamente a Martín.

¡ Don Martín! Cuanto tiempo sin honrarme con vuestra presencia. ¿Como vos en mi humilde casa?.

- La lealtad y la confianza me traen a vos, sois la única persona en la que confío y a la que puedo pedir ayuda.

-Decidme ¿ en que puedo ayudaros? < preguntó con extrañeza don Esteban>.

- ¿Que sabéis de la enfermedad del Conde?

- Poca cosa, solo que cada día está más débil y los médicos no le encuentran nada, dicen que es cosa de los años y de las múltiples batallas, otro físico dice que es tristeza por la muerte de su hijo y de su nieto.

- Su nieto no a muerto y vendrá en breve. El Conde sabe que vive.

- ¡Pero! en palacio todo se está preparando para marchar al castillo de Peñaranda y que abdique en don Julián.

- Escuche don Esteban. Me llamo Isa mi marido era Cirilo el Curandero de su ilustrísima el Conde.

- Si recuerdo vagamente a Cirilo hace muchos años que no se de el.

- Cirilo murió hace veinte años. Pero lo que nos trae a su casa es la seguridad de que al Conde lo están envenenando.

- No puedo creerlo ¿como estáis tan segura?

- Yo misma fui testigo de como entregaron el veneno a un hombre con una cicatriz en la mano.

-¡ Juan!... está al servicio de don Julián.

- Nuestras sospechas se convierten en realidad <dijo don Martín > decidme Esteban ¿donde estabais cuando mataron al hijo del Conde?

En Flandes luchando, cuando regresé hacia dos años de la muerte de don Francisco.

- Entiendo. Recordáis a Quesada.

-Si, el mejor espadachín que he conocido.

-Bien pues Quesada ahora es mi yerno y el estuvo junto a Francisco el día que lo mataron; el nos contó que hirió a uno de los asaltantes en la mano diestra, pero no dimos con el, luego Quesada desapareció con el pequeño.

- Don Esteban <interrumpió Isa > necesitamos de su ayuda para salvar al Conde y devolverle la razón; no nos queda mucho tiempo el veneno va haciendo mella en su cuerpo.

- Vos diréis como puedo ayudar.

- Tengo entendido que pasáis la mayor parte del día ayudando a su ilustrísima. Decidme en que momento está mas eufórico.

- Huuum... yo diría que después del desayuno.

- ¿Que desayuna'?

- Tanto la Condesa como el Conde toman lo mismo, un baso de leche y una tostada de hogaza con miel. Se lo suben a su habitación en dos bandejas diferentes una va a la habitación de la Condesa y la otra a la habitación del Conde.

- ¿Las bandejas son completamente iguales?

- Sí,.... Esperad no; la bandeja de la Condesa lleva un recipiente con azúcar para la leche.

- ¿ Que estáis pensando Isa? Preguntó don Martín.

- Si le están envenenando al Conde con los polvos que yo creo deben ir en la tostada la miel oculta el sabor. Y el culpable se encuentra en la cocina tal vez con el beneplácito de la Condesa.

- Puedo vigilar a las cocineras e incluso encerrarlas <dijo con ira don Esteban>

- No si así fuera los culpables quedarían informados e incluso vuestra vida podría correr peligro. Debemos pensar en cambiar las bandejas o las tostadas sin que se den cuenta.

- Yo puedo hacerlo solo debo cambiar el recipiente del azúcar antes de que entre la sirvienta. Es fácil una sirvienta sube las bandejas y las deja en el mueble del pasillo. Entra en las habitaciones y si el Conde o la Condesa quieren el desayuno, baja con rapidez a por la jarra de leche caliente. No sube la leche si no están despiertos pues ambos la quieren caliente. Solo debo llegar a tiempo para cambiar las bandejas y el tarro con el azúcar.

- Bien, si podéis hacerlo tomad < Isa entregó un frasco a don Esteban > mezclareis el contenido de un dedal en la leche del Conde, eso le ayudará a restablecerse lentamente y su cabeza volverá a funcionar.

Pero en cuanto recupere la razón le aréis saber todo cuanto está ocurriendo y que debe seguir haciéndose pasar por enfermo, hasta el día en que se celebre el acto de abdicación a don Julián. En menos de un mes estará totalmente restablecido.

- Cumpliré con la parte que me corresponde

<dijo don Carlos>

- No lo dudo <respondió Martín> del resto no debéis de preocuparos, Quesada ha sido informado y llegará a tiempo con el joven Conde.

Con todos los acuerdos tomados Isa y Martín abandonaron la casa.

Las reuniones

Dos jinetes llegaban a Toledo, deben buscar la puerta del norte para acceder al interior, las informaciones de Isa así lo aconsejan. En el interior de la ciudad cruzaron las calles buscando el convento y preguntaron a un gentil, este les informó de la ubicación del convento.

- Les quedan cuatro pasos para llegar, la calle siguiente todo a la derecha.

Las indicaciones que Isa les había dado eran muy precisas; no tuvieron que preguntar mas para llegar a la escuela de esgrima. Ataron los caballos a las anillas de la pared y llamaron a la puerta. Quesada en persona les abrió la puerta.

-¿ Que desean vuestras mercedes?

- Buscamos a don Rafael de Quesada.

- Yo soy don Rafael de Quesada, el mismo a quien buscan. Pasen al interior.

Un pequeño patio presidia la casa, ya en su interior Quesada preguntó.

- ¿Para que me buscan, acaso desean tomar lecciones de esgrima?

- No señor Quesada traemos un mensaje urgente de don Martín.

- Don Martín es mi suegro, ¿le ha ocurrido cosa alguna?

- No lo se el mensaje lo trajo una señora ; tomad el mensaje.

Quesada tomó la carta y reconoció el sello de su suegro en el lacre. Ávidamente la abrió y leyó su contenido, ( el mensaje había sido escrito por Isa y lacado por don Martín) así lo entendió Quesada a continuación masculló unas palabras ininteligibles.

-¡Esta carta adelanta los acontecimientos! Debemos darnos prisa. Inmediatamente gritó. ¡ José!

¡ José!. Un hombre de edad avanzada apareció por una puerta lateral.

¡ Que deseáis señor!

-Cerrareis la academia de esgrima y os aréis cargo de la casa; voy a estar ausente por algún tiempo.

Después se dirigió a los mensajeros.

-No me han dicho con quien tengo el gusto de

hablar.

- Soy Fernando de Mendoza hijo de don Carlos de Mendoza y mi asistente y amigo Fulgencio.

- Sed bien recibidos a Toledo y ahora no os importará cabalgar un poco más, hasta el pueblo más próximo. Allí podrán comer y descansar en mi casa.

- No de ninguna manera, estamos a su disposición.

Montaron nuevamente a caballo y se dirigieron a Torrijos. La casa de Quesada era un caserón con un hermoso patio posterior, Quesada les abrió la puerta y pasaron al interior, alrededor del patio estaban las cuadras, la cocina y las habitaciones de una humilde familia que hacia las veces de sirvientes. En la parte superior todas las dependencias de los Quesada.

Un hombre salió a su encuentro y sin mediar palabra cogió los caballos y los llevo a los establos. Después subieron y Quesada presentó los recién llegados a su familia antes de mostrarles sus habitaciones. Quesada bajó nuevamente a las caballerizas y apremió al mozo para que todo (incluyendo el coche) estuviera dispuesto para salir al amanecer.

Tras la cena era el momento propicio para dialogar. En presencia de toda la familia incluida Leo ( a la cual trataban como una hija más) y los dos mensajeros. Quesada leyó el contenido de la carta. Al terminar comunicó el paradero del joven Francisco y los planes que tenia en mente. Mendoza se ofreció para escoltar o ayudar en lo que fuera menester, defendiendo incluso con su vida lo que consideraba una causa justa.

Mientras en los ojos de Leo se atisbaba un raro reflejo, el cual no pasó desapercibido para doña Enriqueta.

-Leocadia, un maravedí por lo que estáis pensando.

Leo dirigió su mirada a doña Enriqueta.

- Pienso que pronto veré a mi madre. Después se dirigió a Mendoza.

- Decidme señor de Mendoza ¿conocéis a mi madre? ¡Sabéis algo de ella? Se llama Isabel mas conocida por Isa.

Mendoza quedó un momento mirando fijamente a Leo, como queriendo encontrar algún rastro conocido en su rostro, después recapacitó.

- Una señora fue quien llevó la carta a mi padre venia de parte de don Martín, pero no se su nombre, llevaba un pañuelo sobre la cabeza y sus manos presentaban cicatrices de quemaduras. Por lo demás debió cabalgar varias horas hasta mi casa y rápidamente emprendió el camino de regreso.

- Leo < Interrumpió Quesada> debo comunicarte que tu madre te ha visitado dos veces sin que tu la vieras y ¡si! tiene quemaduras en las manos, vive en mi casa tras la iglesia. No te he dicho nada, pues nadie debía descubrir a quien venia a visitar y mucho menos quería interferir en tu educación. Tu madre sabe que a las mujeres no se les instruye en las letras mas bien se les instruye como buenas esposas; pero según me dijo Isa el saber no menosprecia a una esposa mas bien la ennoblece. Yo creo que he cumplido con mi deber y te he educado como quería tu madre. No puedo evitar que regreses a su lado, pero recuerda que aquí tienes una familia.

Los ojos de Quesada denotaban tristeza. Leo se acercó sonriente.

- No temáis no conocí otro padre mas que vos y os adoro y respeto “esta” es mi familia. Tanto tiempo he pasado con doña Enriqueta y Rafael como con mi madre; pero son muchos años sin verla y creo que a llegado el momento de abrazarla y agradecerle todo cuanto ha echo por mi.

-Si así lo queréis así lo haremos <dijo Quesada, después prosiguió> señor de Mendoza podéis escoltar a mi esposa y a Leocadia hasta mi casa mientras mi hijo y yo vamos en busca de don Francisco.

- Como vos deseéis, aunque creo que sería mejor que vuestro hijo escoltase a su madre y después diese noticias a mi padre. Mientras nosotros dos le acompañamos en busca de Francisco, siempre seria una espada más y en todo caso un mensajero más.

- Tal vez tengáis razón, acepto vuestro ofrecimiento.

Al día siguiente apenas amanecía, el mozo de cuadras preparaba los caballos, todo debería estar dispuesto para cuando Quesada diera la orden de partir. Los baúles no tardaron en ser cargados en el coche y al poco tiempo la comitiva se puso en marcha. Leo iba en el coche con doña Enriqueta y el mozo de cuadras conducía, escoltado por el resto a caballo.

Al llegar a Tordesillas se partieron como habían decidido, Quesada acompañado por Mendoza y su acompañante se dirigieron a Medinacelli, les aguardaba un largo camino. Mientras el coche se dirigía por Valladolid dirección norte en busca de su casa, con la única escolta del joven Rafael, al menos eso parecía porque “Leo”era tan experta en esgrima como el propio Rafael. No en vano habían aprendido los dos de Quesada.

Unos días más tarde el coche llegaba a su destino, Leo descendió del coche y llamó a la puerta de la casa de Quesada sin hallar respuesta. Siguieron a la casa de don Martín. Padre e hija se fundieron en un prolongado abrazo, de los ojos del duro Martín brotaron las mas sinceras lágrimas, no podía esconder la dicha que le embargaba; después miró detalladamente a su nieto y solo pudo decirle.

- Te fuiste como un niño y me devuelven un hombre.

A continuación lo estrechó entre sus brazos.

Después miró a Leocadia.

-Tu debes de ser la hija de Isa. Tu madre tenia razón eres muy hermosa.

- ¿Que sabéis de ella? - preguntó Leo con impaciencia.

-Hace un par de días que no la e visto. Pero no temáis por ella sabe cuidarse en cuanto sepa que habéis venido aparecerá. Pero Leo no quedó satisfecha y antes de anochecer volvió a casa de su madre. La señora que cuidaba de los animales los acababa de encerrar y salia de la casa, Leo la abordó.

- Decidme señora ¿quien sois vos?

- ¿Quien lo pregunta? Contestó dando un paso atrás.

- Soy Leocadia hija de Isabel.

- ¡A! Válgame Dios, cuido el ganado y las aves de vuestra madre, ella va y viene. Dos días ya que no la e visto pero si queréis os doy la llave de la puerta.

- No quedárosla, pero si sois tan amable me gustaría conocer su alcoba.

- Pasad yo nunca entré mas allá de los corrales, pero si queréis coged las velas y subid a las habitaciones.

- Leo cogió un candelabro con dos velas y subió las escaleras, dos habitaciones vacías la tercera convertida en cocina contenía todo cuanto su madre le había enseñado en su niñez, podía identificar cada frasco y cada pócima incluida la mermelada. Pasó a la siguiente habitación una gran cama de madera la presidia, Leo tocó la cama el colchón era de lana de las ovejas como siempre le había gustado a su madre y la almohada de plumas de las aves. Pensó que su madre podría estar en la cabaña recogiendo plantas, pues la primavera invitaba a ello era el momento propicio para algunas de ellas.

Al día siguiente se despidió de doña Enriqueta, de Rafael y de don Martín y montando un corcel se encaminó a la cabaña. Era inútil cambiar su decisión doña Enriqueta la conocía bien y sabia de su terquedad. En la mañana del tercer día llegó al camino imaginario ( Pues por allí no pasaba nadie) que cruzaba el arroyo este iba crecido, el agua alegre anunciaba el deshielo pero Leo sabía por donde debía cruzar, ya quedaba poco para llegar a su casa.

Cuando llegó pudo ver un paisaje desolador, la cabaña no existía había desaparecido solo dos troncos quedaban ergidos en el corral. Descendió del caballo y buscó con la mirada escudriñando todos los rincones, a su izquierda un poco alejados de la cueva descubrió huesos humanos. Pronto se dio cuenta que lo ocurrido con su cabaña debió de pasar hacia mucho tiempo. Escuchó un gallo cantar y se acercó a lo que quedaba del corral unas gallinas seguían utilizándolo y utilizando la cueva como gallinero. Se bebió un par de huevos y ya se iba cuando recordó la pequeña cueva tras la chimenea, volvió sobre sus pasos alguien se había tomado la molestia de cubrirla con piedras. Las apartó y después retiró la losa, se arrastró para introducirse en su interior, el pequeño candil y los polvos que su madre utilizaba para encender fuego seguían en su sitio; no tardó en encenderlo y comprobar que los libros de su madre seguían allí, sobre los libros una carta escrita con carbón sobre una yesca de piedra decía así.

Querida hija: si un día vuelves recoge los libros de nuestro saber, el dinero y el anillo del Conde de Miranda, no poseo más. Si vivo me encontrarás en la casa de Quesada y si no estoy no sufras por mi, sigue tu vida.

Isabel.

Leocadia recogió los libros y el dinero y los puso en las alforjas. Al anillo le envolvió un poco de hilo de lana, pues le venia grande y se lo puso. Estaba claro que su madre hacía mucho tiempo que había abandonado la cabaña si vivía en casa de Quesada algún día volvería, monto en el caballo y se dispuso a volver.

Isa en palacio

Isa esperó varias noches al brujo que servía el veneno a don Julián. Pronto entendió que los viernes era el día señalado para la entrega. Esta vez lo esperó junto a su caballo con la cincha desabrochada. Cuando Isaac llegó a su caballo Isa salió de la oscuridad.

-Isaac, debes dejar de subministrar veneno a don Julián.

- Isaac la miró fijamente y balbuceó ¿Isa?

- Si Isa y por la amistad que me unía a tu mujer te pido que no sirvas mas veneno. No sabes contra quien lo usan.

- ¿Que pasó con mi mujer?

- Una ballesta la atravesó yo quemé su cuerpo junto con las otras que fallecieron, no quería que fueran pasto de las alimañas.

- Pues bien Isabel tu hiciste lo que creías

conveniente con mi mujer, yo aré lo que crea conveniente con mis productos, al fin y al cabo yo no vierto el veneno en la comida de nadie.

- Pero eres tan culpable como ellos.

- No puedo dejar de servir el veneno; debes entender que nuestra vida pende de un hilo, nosotros y nuestras vidas no tienen valor alguno para los poderosos. Tu sigue tu camino que yo se cual es el mio. Mientras hablaba ató la cinchá, subió al caballo y desapareció.

A la semana siguiente acudió nuevamente a ver la entrega esta vez vio como Isaac hablaba con el hombre del candil. Unos días mas tarde dos hombres armados la vigilaban mientras vendía sus huevos en la plaza, al momento se unió a ellos Isaac. Isa intuyó que tal vez querrían apresarla. En un descuido desapareció entre la muchedumbre. A partir de ese día bajo la falda llevaba ocultos frascos con todo aquello que creía conveniente para huir en caso de necesidad. Dos días mas tarde se encontró de improviso frente a ella dos hombres, no le dio tiempo a nada la asieron del brazo y la condujeron a la puerta trasera de palacio. Allí los recibió Juan el hombre de la cicatriz en la mano.

-Esta es la famosa bruja, en verdad no parece muy poderosa.

- No nos ha ofrecido resistencia, Dijo uno de los soldados al servicio de don Julián.

Encarcelarla hasta que don Julián decida que debemos hacer con ella, por meter las narices donde no le llaman.

Siete días mas tarde apareció don Julián por la cárcel, la pesada puerta del calabozo chirrió y entró don Julián; miró fijamente a Isa y solo vio una mujer entrada en años que vestía toda de negro y con un pañuelo del mismo color sobre la cabeza, incluso le pareció encorvada. Exclamó.

-¡A esto le teníamos miedo! Escuchame < dijo dirigiéndose al carcelero > nadie mas que vos es responsable de ella la vigilareis noche y día y le daréis de comer, nadie debe saber que está aquí. En dos o tres semanas partiremos hacia el castillo de Peñaranda, al día siguiente de partir la mataréis y la arrojareis a los buitres lejos de aquí.

- Así se hará señor. Como vos ordenéis.

Tres semanas pasó Isa encerrada sin mas comida que el pan duro, agua y algún trozo de queso florido. Su cama era la paja que había esparcida por el suelo y con la cual debía cubrir sus excrementos; pero mantenerse en el calabozo era la mejor manera de saber cuando partirían hacia Peñaranda del Duero. Tres semanas mas tarde cayendo el día, desde su celda se escuchaba el ajetreo en el patio del palacio; alguien bajaba por las escaleras llamando al carcelero. Era Juan el hombre de la cicatriz en la mano la puerta de la celda era muy pesada pero dejaba muchos resquicios por donde se podía ver al carcelero. Isa vio a Juan y escuchó como le decía.

- Mañana partimos espera uno o dos días y deshazte de ella. Toma, esta bolsa te ayudará.

Como había dicho Juan al día siguiente partió la comitiva. Isa esperó hasta el atardecer para llamar repetidamente al carcelero; ante la insistencia este preguntó.

¿ Que deseáis?

- Si me das un papel y pluma para escribir os digo donde guardo mi oro tengo mucho os lo cambio por una buena cena y paja nueva.

El carcelero no teniendo nada que perder y mucho que ganar, salió en busca de papel y tinta. Isa por su parte había tenido tiempo de buscar entre la paja de trigo, una paja hueca y lo mas larga posible; sacó un pequeño frasco de debajo de las faldas e introdujo la paja en su interior tapando el otro orificio con un tapón compuesto de hilos machacados en la boca. No tardo en estar de vuelta el carcelero y en cuanto abrió la puerta y empezó a hablar, Isa se llevó la paja a los labios y sopló sobre el rostro del carcelero; a los pocos segundos, le faltaba la respiración y sus ojos rojos parecían salirse de las órbitas, poco a poco fue cayendo sobre el frio suelo. Isa recogió las llaves y salió al patio. La puerta trasera estaba abierta y dos soldados hablaban plácidamente junto a ella; amparándose en la oscuridad rodeo el patio y cuando estuvo a una distancia de unos veinte pasos sacó dos recipientes de su falda y se dirigió a ellos los soldados se volvieron mientras Isa arrojaba los recipientes al suelo rompiéndolos entre ellos ; una nube de espeso humo cubrió todos los alrededores de la puerta; Isa se cubrió la cara y pasó rauda entre los asustados soldados.

Se dirigió a casa de don Martín y llamó a la puerta, un joven bien parecido la abrió.

¿Quien sois Vos? ¿que deseáis?

Isa reconoció al joven inmediatamente.

-¡ Rafael! ¿Rafael de Quesada?

- Si yo soy y ¿ a quien ..?

-Entonces mi hija está aquí, no quiero que me vea con estas ropas.

- ¿Vos sois la madre de Leocadia?

- Si debo lavarme y cambiarme de ropa no quiero que me vea así. Debo ir a mi casa.

- Permitidme que os acompañe.

-Como vos gustéis debéis saber que vivo en la casa de vuestro padre.

Por el camino Isa fue contando lo que le había sucedido, de donde venia, como había huido añadiendo que el señor Conde había partido esa misma mañana hacia Peñaranda. Ya en su casa tardó mas de una hora en lavarse y cambiarse, mientras el joven visitaba los diferentes departamentos de la casa de su padre, la cual desconocía.

Isa llamó a Rafael.

- Ya estoy lista podemos partir.

Rafael quedó mudo,; dicen que el abito no hace al monje, pero en el caso de Isa pasaba al modo superlativo. Había pasado del negro al Blanco con encajes, con un tocado en la cabeza y un chal sobre los hombros, incluso el olor había cambiado ahora olía a rosas. Por el camino de regreso se encontraron con dos soldados preguntando si habían visto a una anciana de negro con la cara cubierta y les advirtieron que era una bruja muy poderosa; deberían tener cuidado de encontrarse con ella pues había dado muerte al carcelero con malas artes.

Cuando se alejaron los soldados; Rafael e Isa no pudieron mas que esbozar una sonrisa. Llegaron a la casa el cuerpo de Isa temblaba. Rafael abrió la puerta y pasó al salón donde estaba reunida la familia (mientras Isa esperaba fuera del salón) Rafael llamó la atención de los allí presentes.

¿ A quien de los presentes le gustaría recibir una agradable visita. Miró la cara de los asistentes, nadie hablaba. Isa no pudo esperar mas y entró, miró a su hija era toda una mujer sus ojos se llenaron de felicidad delatandola. Leocadia miraba aquella señora maltratada por los años y gritó.

- ¡Mamá , mamá.

Leocadia corrió a los brazos de su madre y por un momento los asistentes quedaron mudos, madre e hija lloraban mientras se abrazaban mutuamente, descargando todo el deseo acumulado durante tantos años y mientras a los presentes se les hacía un nudo en la garganta. Doña Enriqueta fue la primera en llorar abiertamente, mientras los hombres se esforzaban por no hacerlo. Por fin se habían vuelto a reunir madre e hija.

Desenlace

Quesada había llegado al castillo de Medinacelli con sus dos acompañantes, se identificó en la puerta.

-Dígale a su señor que don Rafael de Quesada y el hijo del Conde de Mendoza desean verle.

Un soldado los acompaño. En medio del patio les hizo esperar, mientras el soldado se dirigió a las caballerizas, no tardó en volver.

-Su ilustrísima el Conde, da su permiso para que pasen a las caballerizas o le esperen aquí.

-Desearíamos dejar nuestros caballos descansando en las caballerizas han hecho un largo camino. Buscaremos al Conde.

Entraron en las cuadras y pronto vieron al Conde apoyado en una puerta mirando por la parte superior. Dejaron los caballos y se acercaron .

- Ilustrísima soy don Rafael de Quesada, me acompaña el señor de Mendoza y su ayudante.

- Sed bienvenidos a mi castillo.

En el suelo una yegua torda estaba apunto de parir un hombre la atendía, Fulgencio el mozo de cuadras de Mendoza, preguntó.

-¿ Que le ocurre a la yegua?

Parece ser que el potrillo no viene bien, es primeriza <contestó el criado que estaba junto a la yegua > Pero yo no se darle la vuelta; hemos llamado al físico pero tardará en llegar vive en un pueblo cercano.

- Si su ilustrísima me da su permiso puedo intentar sacar el potrillo < dijo Fulgencio>.

-Adelante < contestó el Conde de Medinacelli

> aunque prefiero que salvéis a la madre si hay que elegir.

Fulgencio no contestó, se quitó la ropa de la parte superior quedando con el torso desnudo; se arrodilló en el suelo e introdujo todo su brazo en el interior de la yegua. Al cabo de unos minutos la yegua paria un hermoso potrillo.

Fulgencio se quedó atendiendo los animales mientras Quesada y Mendoza acompañaban al Conde de Medinacelli hasta su palacio en el centro del pueblo separado por doscientos pasos del castillo. Al llegar los llevó a una estancia donde después de dar unas palmadas el Conde, les sirvieron sendos vasos de vino. Sentados a una mesa el Conde preguntó.

-Decidme señor de Quesada ¿que os trae por mis tierras?

- Hace poco mas de nueve años recibisteis un encargo de don Francisco de Quevedo y Villegas, según me dijo le unía una fuerte amistad con vos. El encargo se refería al futuro Conde de Miranda, don Francisco de Miranda.

- Los acontecimientos se han precipitado y debe reclamar sus derechos, de lo contrario podrían recalar en su tío don Julián. El posible asesino de su padre. Dentro de poco su abuelo abdicará en don Julián si no lo evitamos.

- ¿Como es que no les acompaña don Francisco de Quevedo?

- Se encuentra en Nápoles con el duque de Osma.

El Conde llamó a un sirviente.

- Llamad a Francisco y que venga inmediatamente.

El criado salió con rapidez de la sala y a los pocos minutos aparecía el joven Francisco, convertido en un apuesto joven.

- Decidme señor ¿para que me necesitáis?

- ¿Conocéis a este caballero?

- Su cara me es familiar mas no recuerdo, en cuanto al joven no lo he visto nunca.

- ¿Recordáis el nombre de Quesada? Y el asalto al coche de caballos donde fallecieron vuestros padres.

- Quesada... Si vos nos defendisteis y recuerdo vagamente a don Francisco de Quevedo que intervino en la contienda el me trajo aquí.

Quesada se dirigió a don Juan de la Cerda.

-Ilustrísima entiendo perfectamente sus recelos, pero yo dispongo de este mensaje dirigido al Conde de Miranda y el cual no puedo abrir aunque se su contenido referente al heredero de la casa de Miranda, ya que lo escribió Quevedo y lo firmó el padre de Francisco con su sangre. Como podéis ver en mis dedos luce el sello del Conde el cual entrego en este momento a su sucesor.

Dirigiéndose al joven Quesada se quitó el anillo y lo ofreció diciendo.

-Tomad os pertenece era de vuestro padre.

El joven se puso el anillo y lo miró con satisfacción.

El Conde de Medinacelli decidió que se quedasen en el castillo y descansasen, por la noche después de cenar les dijo.

- Francisco ha sido como uno mas de mis hijos y lo quiero como tal. He pensado que os voy a acompañar, el esposo de mi hermana tiene un palacete en Peñaranda allí podremos alojarnos. Por nada del mundo quiero perderme el desenlace de esta historia e incluso si fuere necesario ser protagonista en la misma.

Después se dirigió a su hijo simón.

- Simón mañana eliges diez hombres, nos acompañaran como escolta, elige a los mejores puede que necesitemos de sus espadas. Pasado mañana partiremos.

Durante todo el día siguiente Francisco no se separó de Quesada quería saberlo todo sobre su familia y los acontecimientos ocurridos en su niñez. Quesada veía en el, la misma fogosidad de su padre incluyendo sus ademanes.

Por fin emprendieron el viaje hacia Peñaranda, durante el camino Quesada conversó con el Conde sobre la educación recibida por Francisco y su manejo con las armas. A lo que contestó el Conde . No tenéis nada que temer sabe defenderse, tanto el como mis hijos han tenido los mejores maestros de que he dispuesto tanto en esgrima como en letras y os aseguro que hará honor a su estirpe.

Como había dispuesto don Juan de la Cerda se alojaron en el palacete de su hermana. Dos semanas más tarde llegaba al castillo la comitiva del Conde de Miranda.

Cuando había un acto de sucesión se anunciaba con trompetas por toda la ciudad y se invitaba al obispo mas cercano y a las amistades que casi siempre solían ser los nobles de los alrededores.

El Conde de Medinacelli creyó que era el momento de presentarse en el castillo y junto con Quesada y Mendoza urdieron un plan para ganarse la amistad de don Julián y estar en la ceremonia. Don Juan de la Cerda debería presentarse en el castillo con la escusa de darle la bienvenida al conde y así confraternizar y a ser posible ganarse la confianza de don Julián

Al día siguiente don Juan de la Cerda con dos de sus soldados se presentó en la puerta del castillo preguntando a los guardias que la custodiaban.

- ¿Se encuentra aquí el Conde de Miranda?

- ¡Si! Aquí se encuentra. <Contestó uno de los guardias>

- Comunicarle que el Conde de Medinacelli quiere darle la bienvenida.

- Pasad mientras llamo al comandante de la guardia. <Dijo uno de los soldados>.

El Conde pasó al patio y descabalgó; los dos soldados se quedaron junto a los caballos, mientras el Conde se dirigía al comandante recién salido al patio.

-Ilustrísima < dijo el comandante con una leve inclinación> el señor Conde se encuentra indispuesto tal vez deseéis hablar con don Julián “ el futuro Conde de Miranda”

-Si, mi intención radica en darle la bienvenida y ofrecerle mi ayuda y mi amistad.

-En ese caso seguidme.

El comandante lo llevó a la sala de armas donde don Julián practicaba con un soldado. El comandante espero unos instantes a que don Julián dejara la espada y volviera la cabeza .

- Don Julián el Conde de Medinacelli os espera en la sala contigua.

- ¿El Conde de Medinacelli? No lo conozco ¿que le traerá por aquí? Bien retiraros.

No tardó en salir con una fingida sonrisa.

-Señor Conde sed bien venido a mi casa, ¿que os trae a mi castillo?

-Me encuentro de visita en casa de mi hermana la cual ha recibido una invitación para vuestra coronación el día siete de Mayo; de hoy en seis días.

-Si así es mi tío ante la falta de familiares mas cercanos y ante su creciente enfermedad, abdica en mi humilde persona.

- Me parece justo pues según tengo entendido vos sois quien se encarga de sus bienes y de su salud.

¿que seria del Conde y de la Condesa sin vuestra protección?. Mas el motivo de mi visita es prestaros el mayor apoyo posible ya que hace muchos años que no estáis por estas tierras y me sentiría honrado si me permitís presenciar la ceremonia; incluso mi hijo Simón podría ocupar el puesto de maestro de ceremonias. Deberá acudir un obispo en fin. Dentro de seis días seréis Conde y me gustaría mantener una cordial amistad con vos. Pues aunque mi castillo está distante mi hermana vive aquí y suelo visitarla todos los años.

- Me alagáis señor Conde <contestó Julián> y bien pensado no dispongo de maestro de ceremonias y nunca he visto el nombramiento de un Conde. Explicadme como debe ser la ceremonia.

-Pues en primer lugar la sala ubicada para tal fin, suele ser el salón del trono o en su caso la mayor y mas lujosa estancia del palacio. En primer lugar pasan los invitados, una vez todos ubicados a ambos lados, entraría el obispo y un servidor si así lo decidís; ambos nos ubicaríamos uno a cada lado del sillón del trono , el maestro de ceremonias en su caso mi hijo Simón ¿si lo aceptáis? anunciaría a su excelentísima el Conde y la Condesa. Con todos los presentes reunidos se anunciaría el acto que se iba a realizar y a continuación se requeriría vuestra presencia. Deberíais entrar custodiado por dos o mas personas de confianza ellos se quedarían a mitad de la sala y vos seguiríais solo hasta el pie de los peldaños del trono o en todo caso a cinco o seis pasos de este, el obispo seria quien os coronase los Condes abandonarían el trono y vos os sentaríais en el. Después se celebrarían los festejos de la coronación con los invitados. Como podéis comprender es bien sencillo, no obstante si me lo permitís yo desearía aportar diez de mis mejores soldados vestidos de gala, para darle color, guardar el orden y evitar sorpresas no deseables en el interior de la sala, formarían un pasillo a ambos lados no permitiendo que nadie interrumpiese vuestra triunfal entrada.

Las palabras del Conde de Medinacelli hicieron mella en don Julián, le había planteado una coronación de ensueño y debido a que el no lo tenia nada claro y con la convicción de que el Conde de Medinacelli podía ser un aliado poderoso; decidió que su coronación se realizase como el Conde le había expuesto para lo cual llamó al comandante de la guardia el cual llegó rápidamente.

- ¿ Me llamabais mi señor?

- A partir de hoy el Conde de Medinacelli, será quien dirija los preparativos para mi coronación y por lo tanto lo obedeceréis como a mi mismo.

- A la orden don Julián.

-Debéis acostumbraros a llamar a don Julián ilustrísima <dijo el Conde con una sonrisa dirigida a don Julián y correspondida por este > . Ahora quisiera visitar al anciano señor Conde, se de su delicada salud y no quisiera abandonar el castillo sin verlo, lo conocí cuando yo era muy joven y casi no lo recuerdo.

- El comandante os acompañará a sus aposentos, sale muy poco al patio y siempre acompañado, comprenderéis que en su estado debe reposar y por lo tanto no puede atender sus obligaciones, también comprobareis que su cabeza no razona y su lengua se traba, según los físicos es signo de muerte.

- Gracias a Dios que os tiene a vos <contestó el Conde ante la complacencia de Julián>.

El soldado llevó al Conde de Medinacelli a las habitaciones de don Francisco de Miranda.

- Podéis retiraros a cumplir con vuestras obligaciones, conozco el camino de regreso.

El soldado se retiró y don Juan de la cerda entró en la habitación de don Francisco dos señoras le acompañaban. Se acercó y lo abrazó como a un viejo amigo. A continuación se volvió hacia las dos señoras y les dijo.

Soy el Conde de Medinacelli a partir de ahora vuestro señor llevará las mejores atenciones o de lo contrario caerá sobre vuestras mercedes mi cólera. El Conde huele mal calentad aguá y lavadlo.¡ A que esperáis salid de aquí!

Las señoras salieron precipitadamente, Juan cerró la puerta y se dirigió a Francisco en voz baja.

-Don Francisco conmigo no hace falta que finjáis, lo se todo yo he convencido a vuestro sobrino de que le ayudaré en su coronación, pero se llevará una gran sorpresa en mi casa se encuentra vuestro nieto y Quesada vos no abdicaréis en don Julián si no en vuestro nieto.

- ¿ Como es mi nieto?

- Es un joven apuesto, bien parecido, con una fuerte personalidad, ilustrado y bien adiestrado en las armas; yo he tenido el placer de encargarme personalmente de su educación.

-Os lo agradezco no sabéis de que manera.

- ¿Y vos como os encontráis ?

- Voy mejorando aunque todavía no estoy totalmente recuperado.

- Dentro de seis días será la ceremonia, espero que para entonces estéis completamente repuesto y recordad algo muy importante, no dejéis de fingir y de seguir la corriente.

-Así lo aré os lo aseguro nadie notará mi mejoría. Las doncellas ya vienen debo fingir.

-Hasta pronto y recordad seis días.

Las doncellas entraron y Juan abandonó la sala.

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En casa de don Martín mientras tanto se preparaban para partir; recibieron un mensaje de don Esteban les comunicaba que el no había partido hacia Peñaranda del Duero por orden expresa de don Julián. Pero el Conde de Miranda se hallaba en plenas facultades mentales y seguía el plan acordado.

Al día siguiente de madrugada Rafael, Leocadia e Isabel, partían rumbo a Peñaranda del Duero; llevando con ellos una recomendación de don Martín para la Posada del Conejo cuyo dueño era un viejo amigo y allí se alojaron. No tardó mucho Isabel en merodear por los alrededores del castillo mientras el hijo de Quesada y Leocadia buscaban por los hostales y posadas a su padre. Al día siguiente siguieron buscando por el mercadillo y allí lo encontraron acompañado por el Conde. En cuanto salieron de la plaza lo abordaron.

Padre, padre.

¡A! soy vosotros, aquí os presento al Conde de Medinacelli- don Juan de la Cerda y Aragón.

¡Ilustrísima! dijeron los dos Jóvenes con una reverencia.

- Debéis saber que el Conde está con nosotros.

Pero ya hablaremos en palacio acompañadnos.

-¿ Y mi madre ? <dijo Leocadia>

-¿ Acaso os ha acompañado tu madre?

<Preguntó Quesada>.

- Si, vos ya la conocéis, ninguna fuerza humana la hubiese persuadido para que se quedara.

-Después iréis a buscarla mas tarde, ahora acompañadnos.

La hermana del Conde les invitó a su casa y después de recoger a Isa por la tarde se alojaron todos en palacio. Por fin Isa pudo conocer al joven Francisco.

- Es la viva estampa de su padre < murmulló Isa ante los presentes>.

- ¿Conocisteis vos a mi padre?

- Si, aunque quien mejor lo conocía era Quesada, el velaba por tu padre.

- Dejemos la conversación tiempo habrá <dijo don Juan> debo explicaros el plan diseñado para la proclamación de don Julián, el cual después de ganarme su confianza, ha decidido que yo sea el organizador de tan ilustre evento. También debo comunicaros que el señor Conde solo está fingiendo su “enfermedad” en realidad está completamente recuperado.

El Conde explicó detalladamente el plan que había concebido y todos los asistentes aprobaron las ideas de don Juan.

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El día señalado cuando el reloj de sol de la Torre marcaba las once en punto se abrían las puertas del castillo no tardó en aparecer el Conde de Medinacelli con una amazona a su lado; el Conde vestía de gala y la amazona un vestido color vainilla con una diadema sujetando el velo que le cubría la cara. Simón su hijo iba al frente de diez caballeros ataviados con sendos uniformes de gala que a su vez custodiaban la carroza del obispo y tras ella seis monjes encapuchados terminaban de completar el séquito.

Don Juan se dirigió al comandante de la guarnición.

-¿ Han vestido al señor Conde? ¿ Don Julián está preparado?.

-¿Miradlo vos mismo? < dijo el comandante levantando levemente la cabeza>.

Don Julián en la parte superior del claustro, saludó con una reverencia al Conde y este se la devolvió con una sonrisa de complicidad. A continuación se dirigió nuevamente al comandante de la guardia.

-Recordad, los invitados pueden pasar y colocarse tras los soldados a ambos lados de la sala una vez nosotros estemos en el interior, pero don Julián no debe entrar en la sala hasta que no suenen las trompetas; como os dije le acompañaréis con cuatro soldados dándole escolta a el y a su séquito pero, recordad vuestra lealtad es para el Conde y nadie es Conde hasta que lo corona el obispo.

-Lo entiendo Ilustrísima todo saldrá bien <dijo el comandante añadiendo a continuación>.

- ¡A! olvidaba deciros que don Juan la mano derecha de don Julián a nombrado un paje , que estará con vos para lo que necesitéis mandar.

La comitiva se dirigió a la sala del trono, solo Juan (el cochero herido) se hallaba en ella. El obispo se colocó a la derecha del trono y el Conde de

Medinacelli a la izquierda con su hijo Simón y su acompañante femenina que no era otra que Isabel; la cual reconoció al instante al obispo, el mismo que le acompaño en el viaje de retorno. Era notorio que había cambiado de diócesis y como le había dicho ya era el Obispo de Burgos. La guarnición del Conde de Medinacelli se distribuyó a ambos lados formando un pasillo central y los invitados se fueron acomodando tras ellos. El Conde le hizo una seña a su hijo y este pregunto a Juan

-Sus Ilustrísimas el Conde y la Condesa ¿están preparados?

- Si el Conde está en la estancia contigua. La Condesa está indispuesta.

- Pues adelante que entre y se siente en el trono.

A continuación mandó al asistente del Conde que vestía de gala con la vara de mando que diese dos golpes en el suelo y a continuación anunció.

-¡ Su ilustrísima don Francisco de Miranda, Conde de Miranda y Vizconde de Atienza, caballero de la Orden del Santo sepulcro y de la orden de Santiago!.

El Conde entro ayudado por Juan y en cuanto estuvo cerca del trono se soltó de este, subiendo agilmente los dos escalones y sentándose en el. Con un pequeño movimiento de cabeza indicó al Conde que prosiguiese. Simón de Medinacelli le dijo a Juan podéis reuniros con don Julián en cuanto suenen las trompetas entrad en el salón. A continuación prosiguió Simón.

-¡ Nos hallamos en un momento crucial para la casa de Miranda, en el día de hoy su ilustrísima el actual Conde de Miranda cederá todos sus derechos y títulos a su mas directo sucesor, por medio del representante de Dios en la tierra su eminencia el obispo de Burgos para el cual pedimos el mayor respeto y lealtad. Y que dios en su infinita bondad guie los pasos del actual Conde y bendiga a su sucesor por los años gloriosos que le quedan por vivir. El báculo volvió a sonar en el suelo y cuatro trompetas salieron a la puerta anunciando la entrada de don Julián. Este entro con aspecto majestuoso al frente de dos de sus hombres de confianza, ( Juan y el otro cochero huido de la refriega) tras él, el comandante y cuatro guardias. El rostro de Julián se mostraba radiante, sin saber lo que le esperaba la comitiva paró en mitad del pasillo y Julián prosiguió hasta colocarse a escasos dos metros de su tío frente a el. Simón prosiguió con la ceremonia.

- Don Julián va a ser coronado por su eminencia el obispo de Burgos en representación del altísimo, si alguien de la sala conoce algún motivo por el cual no pueda llevarse acabo la coronación, que lo exponga o que calle para siempre y si miente que se hunda en los infiernos.

El silencio se hizo sepulcral, uno de los monjes salió en mitad del pasillo y dijo.

-No se puede coronar al asesino del hijo de don Francisco Conde de Miranda, también llamado como su padre don Francisco de Miranda.

Un murmullo recorrió la sala. Mientras a Julián le cambiaba el semblante y se dirigía al monje.

-Osáis hablar con Falsedad en día tan señalado, todo el mundo sabe que yo no me encontraba en el lugar de los echos y que el asesino fue Rafael de Quesada, así lo pueden atestiguar mis dos acompañantes. Monje habéis cruzado un puente peligroso pero por vuestra ignorancia y ante la presencia del obispo ignoraré vuestras palabras. Seguid con la ceremonia.

El obispo tomó la palabra.

-Don Julián ante los echos, no puedo por menos que pediros Juramento ante dios de que no tomasteis parte en la muerte de Francisco y su esposa. Ante el silencio de la sala y las miradas puestas en el, Julián no tubo por menos que Jurar.

-Juro por mi honor no haber tomado parte en la muerte del hijo del conde y su esposa. Así podéis preguntar a estos dos hombres que puse a su servicio, para su protección días antes de irme a visitar a mi madre.

Así fue contestaron al unisono <después Juan prosiguió> ambos fuimos contratados de cocheros, y a lo largo del camino cuando fuimos atacados defendimos a don Francisco y su señora de los asaltantes que nos salieron al paso y a los que se unió Quesada el fue quien mató a don Francisco. Nosotros tuvimos que huir ante la mayoría de los atacantes y ya con todos los ocupantes del coche muertos por la cantidad de estos.

Así ocurrieron los echos. Prender a este monje < gritó Julián>

El Conde de Miranda se levantó, ante la cara estupefacta de Julián y levantó la mano diciendo.

Nadie prende a nadie antes de escuchar el final. Decidme monje en que os basáis.

-Cuatro anillos mandasteis fundir dos pertenecían a vuestro hijo y dos a su Ilustrísima ni tan solo don Julián dispone de un anillo quienes los llevan son de vuestra total confianza ¿Es así?

-Si así es, solo dispongo de un anillo y es el mio.

De entre los asistentes salieron tres nuevos monjes, los tres alargaron los brazos mostrando sus manos con el puño cerrado los anillos lucían en sus dedos. A continuación se desprendieron de los hábitos.

- Ilustrísima < dijo Quesada> el anillo que vos me entregasteis lo lleva mi hijo Rafael, el anillo de vuestro hijo lo lleva Francisco vuestro nieto y heredero y el tercer anillo lo entregó vuestro hijo en señal de agradecimiento a Isabel la esposa de Cirilo vuestro curandero y lo luce con todo el honor su hija

Leocadia. A vuestra derecha junto al Conde de Medinacelli podéis ver a Isabel esposa de Cirilo. Estos son mis testigos.

Isabel se quitó el velo y Julián la reconoció.

-No hagáis caso esa mujer, es Isa “la bruja” debe haberos embrujado a todos.

- ¡No! Sois vos don Julián, quien pretendía envenenar a su Ilustrísima para heredar sus vienes

<afirmó Isa >. Quesada intervino.

- Ilustrísima en este pliego sellado y firmado por vuestro hijo da la explicación de lo ocurrido y señala a los culpables.

El Conde de Medinacelli se acercó a Quesada alargó la mano y Quesada le entregó el mensaje. Pidió permiso al Conde de miranda y a continuación leyó el escrito.

-Según parece ser, vos don Julián le facilitasteis los dos cocheros, como vos mismo habéis dicho, los cuales según reza en el mensaje firmado con sangre, se encargaron de dar muerte a don Francisco y a su esposa.

Julián se vio sin argumentos para rebatir y gritó

-¡ A mi la guardia! apresadlos no veis que todo es una farsa.

El comandante miró al Conde de Miranda y este con la mano en alto le hizo ver que no debía intervenir. Después una rápida mirada al conde de Medinacelli y vio sus ojos clavados en el, que le hacían recordar sus palabras. Un conde no es conde hasta que se le corona. Pero los dos cocheros desenfundaron las espadas.

¡ Cuidado Rafael ! < gritó Isa >

Con la rapidez que da la juventud Rafael y Francisco sacaron sus espadas mientras se daban la vuelta, en unos minutos los dos cocheros yacían en el suelo.

Don Julián con el rostro desencajado y rojo de ira, sacó su espada y atacó por la espalda a Francisco, Leocadia que estaba a su lado lo empujó y Julián solo pudo herirle el brazo, la espada de Francisco cayó de su mano y Leocadia hábilmente la recogió y con rapidez se interpuso entre los dos enfrentándose a Julián. La serenidad y la mirada fija de Leo contrastaba con la ira que mostraba Julián. Leo tanteo varias veces cruzando el acero con Julián, mientras los asistentes ensanchaban el el pasillo, a continuación empezó a hablar. Mientras su madre cruzaba las manos acongojada.

-Don Julián, no se debe herir a la gente y mas el día en que va a ser coronado como un Conde. Mientras hablaba y cruzaba su espada con Julián este sudaba.

Cruzaron nuevamente el acero y Leo le hirió en el muslo diciendo.

- Merecéis un castigo por el daño causado a vuestro tío y las muertes que hay sobre vuestra conciencia.

Nuevamente cruzaron los aceros y ante el ataque furioso de Julián Leo le hirió en el brazo izquierdo y prosiguió hablando con aparente tranquilidad.

- Pero habéis llamado a mi madre Bruja y eso no os lo consiento, “merecéis la muerte” .

El ataque de Leo fue fulminante y aunque Julián era un experto espadachín en pocos segundos Leocadia le atravesaba. Julián cayó al suelo herido de muerte ante la mirada de los asistentes. Rafael y Francisco la cogieron por los hombros y Leocadia apoyó su rostro sobre el hombro de Rafael. No tardaron en brotar lagrimas de sus ojos mientras su cuerpo temblaba, tal vez de ira o por ser la primera vez que se cobraba la vida de un semejante.

Isabel se quitó definitivamente el velo y después de observar la herida de Francisco lo ató a su brazo. Nadie se movía, solo un murmullo recorría la sala. El viejo Conde de Miranda se levantó y habló con firmeza.

Señor comandante retire los cuerpos.

<después se dirigió al Conde de Medinacelli y al Obispo> Don Juan, Eminencia aquí estamos para nombrar a mi sucesor y siendo como es que está aquí presente sigamos con la ceremonia.

Dichas estas palabras se sentó; Simón se inclinó llevando un cojín de seda rojo, el señor Conde se despojó de la corona colocándola sobre el cojín, mientras su nieto se acercaba al trono; el obispo tomó la palabra y la corona entre sus manos.

-Francisco arrodillaos. Juráis defender al rey, al conde, a vuestro pueblo y a vuestro dios de los enemigos; así como cumplir los mandamientos de la Santa madre Iglesia.

- Lo juro por mi honor – contestó Francisco.

- Si así lo hacéis que Dios os premie y si no que el os lo tenga en cuenta. Yo por el poder concedido y en nombre del altísimo os nombro Conde de Miranda.

Francisco convertido en Conde subió junto al trono, no dejando que su abuelo se levantase de el y de pié se dirigió a los asistentes.

- Soy el nuevo Conde de Miranda, y solo deseo merecerlo y llevar esta corona con la misma dignidad y sapiencia que mi abuelo. Lo que aquí ha ocurrido no es mas que un acto de Justicia y solo deseo que mis vasallos vivan en paz y disfruten de bienestar y comida para todos.

A continuación los asistentas trocaron en aplausos y los vítores se sucedieron. Se abrieron las puertas de la siguiente sala donde los músicos tocaban mientras los criados servían comida para los asistentes; poco a poco en la sala solo quedaron los protagonistas de nuestra historia. Francisco al fin pudo abrazar a su abuelo, mientras este hombre curtido en mil batallas lloraba a lagrima viva.

Quesada observaba la escena sin pestañear, por fin el Conde le Preguntó.

- Quesada ¿que puedo hacer por vos, como puedo pagaros tanta lealtad?.

- Señor es la hora de la verdad, yo no deseo nada para mi pero debo haceros una confesión. Vuestro hijo sembró la semilla de otro hijo antes de casarse.

- No es posible. Me lo dijisteis pero no lo entiendo.

- Si es posible y yo fui la culpable <respondió Isabel> Rafael el hijo de Quesada es vuestro nieto; hijo de Francisco y de doña Margarita. Quesada se casó con doña Margarita cuando ya estaba embarazada de vuestro hijo.

Francisco el nuevo Conde se dirigió a su hermano.

- En este caso, la corona no me corresponde, debo entregárosla a vos.

-No, no deseo poder, me siento satisfecho con haber encontrado un hermano, durante los últimos años no sabía que era lo que iba a pasar la incertidumbre me embargaba, pues mi padre solo me decía que hasta que no cumpliésemos con la misión que tenia encomendada no podíamos hacer planes de futuro. Y durante estos años solo he tenido la compañía y el sosiego de una hermana. Hoy doy por cumplida la misión y solo deseo preguntar a la que hasta hoy ha sido mi hermana si quiere dejar de serlo para convertirse en mi esposa.

Leocadia no contestó se acercó a Rafael y le golpeó repetidamente en los hombros antes de posar la cabeza sobre ellos y caer en sus brazos entre lagrimas. Francisco se unió a ellos abrazándolos y Simón hizo lo propio. Los cuatro jóvenes estaban unidos. De los ojos de Isabel brotaron las lagrimas corriendo por su rostro maltratado.

Poco mas tarde Isabel curaba la herida de Francisco y todos se reunían en el salón con los invitados. Francisco buscó a su recién encontrado hermano.

- Rafael, no solo quiero agradecerte todo lo que has echo por mi. Deseo que todo el mundo sepa que tengo un hermano; te cederé el titulo de vizconde y con el las tierras de Cantábria como regalo de Bodas. Pero no antes de que me cuentes todo lo que sabes y disfrute un tiempo de tu compañía.

Rafael no habló pero si Leocadia que no se separaba de el.

-Ahora que nos hemos encontrado que nadie nos separe; creo que tendréis hermano, sobrinos y cuñada.

Las risas de los jóvenes llamaron la atención de Simón que pronto se unió al grupo; un poco mas alejados sentados en sendos sillones, Quesada y los dos Condes hablaban de todo lo ocurrido; mientras

Isabel observaba a los jóvenes con una sincera sonrisa de felicidad y escuchaba a sus espalda una voz conocida que le decía.

- ¿Sois vos Isa la terrible bruja? era el obispo sonriendo.

Al volverse le devolvió la sonrisa diciendo.

- Si yo soy la terrible bruja capaz de cambiar el destino de las personas.

- He oído hablar de una bruja que mató a su carcelero con malas artes y escapó de la prisión haciendo bajar una nube del cielo ¿sabéis algo de ella?.

- Si fue la terrible Isa, con el canuto de una paja lanzó pimienta al carcelero, el pobre debía tener alguna enfermedad respiratoria pues en vez de toser se ahogó. Después amparada con la poca luz del atardecer se aceró a los guardias rompiendo dos ampollas de ácido que al mezclarse produjeron una nube de humo que irritaba los ojos y salió por la puerta tapándose la cara. Como podéis ver nada que no sea completamente natural y puedo aseguraros que para nada intervino el diablo.

- Vos sois un poco diablilla, pero solo quiero disfrutar de vuestra amistad y que me atendáis en caso de necesidad. Os prometo que no consentiré que nadie os trate de Bruja en mi presencia.

- Gracias Eminencia y recordad no hay sirvientes del diablo solo están en la mentes de personas ignorantes o altamente influenciables.

El criado con el báculo golpeó repetidamente hasta conseguir el silencio de los asistentes a continuación anunció. Don Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la orden de Santiago.

El silencio se hizo en la sala y Quevedo entró majestuoso plantándose en medio de la sala con los brazos en jarras.

Donde está mi protegido

 que no espera a su mentor

 Si en día tan señalado

mi presencia es la mejor .

 He luchado en las Sicílias

 por dar a España esplendor.

Y al volver veo a Francisco

 convertido en gran señor.

 A los asistentes pido

 vasallaje a su señor.

Y no como los borricos

que aun comiendo precoz

Si no quiere ser montado

puedes llevarte una coz.

Las risas se extendieron entre los invitados, sin darse cuenta Quevedo había dado el colofón a una generación y la bienvenida a otra con renovada ilusión.

Manel Martín's

Numero de registro Safe C. 1505294197195.

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