Burgos 1: Del Castillo a la Catedral por Carlos Maza - muestra HTML

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Viaje a Burgos

 

Volumen 1

Del Castillo a la Catedral

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2011

      Todos los derechos reservados

 

Índice Volumen 1

 

 

Castillo ......................................................

5

Arco de Fernán González ..........................

18

Solar del Cid ..............................................

24

Santa Águeda .............................................

32

Calle Barrantes ..........................................

42

San Esteban ...............................................

51

San Gil .......................................................

60

Puerta de la Coronería ...............................

70

San Nicolás ................................................

81

Plaza de Santa María .................................

88

Puerta de Sarmental ...................................

95

Construcción de la Catedral ......................

103

Nave de la Epístola ....................................

108

Nave del Evangelio ...................................

121

Nave central ...............................................

131

Girola .........................................................

137

Claustros ....................................................

147

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La oración fecha, la missa acabada la an,

salieron de la eglesia, ya quieren cavalgar.

El Çid a doña Ximena iva la abraçar,

doña Ximena al Çid la manol va besar,

lorando de los oios que non sabe que se far.

 

Mio Çid con los sos vassallos, pensso de cavalgar,

a todos esperando la cabeça tornando va.

A tan grand sabor fablo Minaya Alvar Fañez:

Çid ¿do son vuestros esfuerços?

¡En buena ora nasquiestes de madre!

Pensemos de ir nuestra vía, esto sea de vagar.

Aun todos estos duelos en gozo se tornaran;

Dios que nos dio las almas consejo nos dará”.

 

Cantar del Mio Cid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Castillo

 

 

            En el año 884 los cristianos del reino de Asturias empezaban a levantar cabeza tras el acoso musulmán, frente al cual se habían refugiado en las montañas del norte, de difícil acceso. El pujante reino cordobés intentó los dos años anteriores pasar por Pancorbo y Cellorigo pero en ambas ocasiones fue rechazado. Probablemente pensarían qué se les había perdido entre aquellos riscos desde los cuales eran hostigados por un grupo de cristianos al mando de uno que se hacía llamar rey Alfonso III. A fin de cuentas, el avance musulmán se había detenido un siglo antes tras la derrota ante Carlos Martel en Poitiers.

 

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Fundación de Burgos, siglo IX

 

            De manera que se acordó una tregua entre aquellos cristianos y el emir Muhammad por un período de diez años. A partir de entonces, el objetivo de Alfonso III era ganar espacio saliendo de aquellas montañas que eran el único asentamiento viable hasta entonces. Para ello mandó hacia tierras hoy castellanas a uno de sus principales lugartenientes, Diego Rodríguez, también llamado conde Porcelos, probablemente por su afición a la caza de jabatos o porcelos.

            El mandato era muy claro: cruzar el páramo de Masa y llegar hasta los ríos Ubierna y Arlanzón, asentando defensas en ellos al objeto de iniciar la repoblación de aquellos lugares, de escaso interés para los musulmanes. Así, el conde Rodríguez llegó hasta las orillas de este último río en el 884 observando sobre él dos cerros, lugares ideales para levantar un castillo, vigilar el territorio cercano y poder defenderlo frente a posibles ataques musulmanes.

 

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El Cerro de San Miguel, a la izquierda

            El viajero se encuentra sobre uno de ellos, el Cerro del Castillo, donde nació Burgos. Puede observar desde ahí, cubierto de árboles y deshabitado, el Cerro de San Miguel. En ambos parece que levantó construcciones el conde Porcelos, dos castillos o burgos, palabra que los romanos habían tomado de los germanos mucho antes con el mismo significado de torres o castillos. De hecho, el nombre definitivo de la ciudad ya consta en un documento del año 889, sólo cinco años después de su fundación.

            El viajero ha llegado ese mismo día por la mañana. Tomó un tren a primera hora desde la estación madrileña de Chamartín dispuesto a pasar tranquilamente las dos horas y media de trayecto hasta la ciudad burgalesa. Había pasado por Segovia a los treinta minutos, por una Valladolid de edificios oscuros una hora y cuarto después de la salida. Era justo la mitad del trayecto. Luego estuvo dormitando el resto del camino hasta llegar a una estación algo lejana de la población, estrenada sólo unos meses antes y que no figuraba en los planos oficiales de Burgos.

 

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El Cerro del Castillo

 

            Ahora es media tarde y ha subido hasta el Castillo, el lugar donde empezó todo, la historia de la ciudad y también ahora su propia visita a la misma. La primera visión del monumento no impresiona, tampoco cuando se entra en él. Lo que sobrevive es poco aunque aparece bien restaurado, los cubos y torres albarranas medio en ruinas pero bien firmes en lo que queda de ellas.

 

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Entrada al Castillo

 

 

            El fundador de esta ciudad, el conde Diego Rodríguez Porcelos, habría de morir sólo un año después de llegar a orillas del Arlanzón. Por entonces dominaba la Rioja la poderosa familia de los Banu Qasi, cristianos convertidos al Islam (o muladíes), independientes del poder cordobés. Eran enemigos peligrosos que, por su cercanía, podían impedir fácilmente el avance cristiano por aquellas tierras, particularmente a través del noreste de la provincia de Burgos, la Bureba. Fue allí precisamente, en Cornudilla, a pocos kilómetros de Oña, donde encontró la muerte el conde en un encuentro con el enemigo.

 

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Baluartes del Castillo

 

            El viajero pasea por la gran explanada que preside la cumbre del cerro. Le han cobrado muy poco, tampoco es que el Castillo parezca ofrecer muchos alicientes fuera de unas estupendas vistas de la ciudad. Pero mejores resultan las que se observan desde el Mirador, poco más abajo, donde volverá después. Pasea por los baluartes defensivos que aún perviven, un doble circuito amurallado del que sólo sobreviven algunos trozos a los que se puede subir con facilidad.

 

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Maqueta del Castillo

 

            En un plano que allí se expone observa la distribución de estancias que prácticamente ya no existen. De hecho, no tuvo nunca torre de homenaje como es habitual en los castillos medievales, sino un palacio construido por Alfonso X como residencia real para las visitas de los monarcas a Burgos (antes de que fuera el monasterio de las Huelgas su más habitual alojamiento). Los viajeros de entonces hablaban de un edificio de tres plantas con lujosos interiores adornados de motivos estucados mudéjares. Ahora no queda sino la planta señalada por un bajo murete de piedra que probablemente responda a una reconstrucción, ya que la piedra parece muy limpia y nueva.

            De modo que el viajero recorre la muralla observando la ciudad, el cerro de San Miguel, edificios que habrá de visitar (la Catedral, omnipresente con sus bellas agujas hacia el cielo, la mole de San Esteban, el arco cercano del mismo nombre, la torre de la Merced al otro lado del río). Se acoda en la muralla y hace fotos, trata de identificar los lugares que aún no ha visitado, que recorrerá en los próximos días con la avidez del descubrimiento.

            El primer gran asedio sufrido por este Castillo fue en 1367. Por entonces se libraba la guerra civil entre Pedro I y su hermano bastardo Enrique II de Trastamara. El año anterior había sido favorable al primero por lo que el alcaide del Castillo era partidario suyo, pero Enrique había entrado por los Pirineos con el apoyo del príncipe de Gales y llegó hasta Burgos después de haber ocupado la cercana Briviesca, donde arrasó la judería allí existente. La aljama burgalesa, espantada de lo que se le venía encima, se refugió en el Castillo y allí resistieron unos y otros durante varios días, hasta que el alcaide acordó los términos de la rendición. Por parte judía eso supuso el desembolso de hasta un millón de maravedíes, al objeto de no seguir los pasos de la judería de Briviesca.

            Sin embargo, el momento militar más importante fue sin duda el que transcurrió un siglo después. El viajero observa una construcción moderna que se ha llevado a cabo en medio de la antigua plaza de armas, sobre un antiguo pozo que le han dicho en la entrada que es visitable a determinadas horas. Cuando entra en la caseta encuentra a varias personas caminando en grupos o solas sobre un suelo de cristal. Algunas ya ostentan un casco sobre sus cabezas. Pregunta y parece ser obligatorio para realizar una pequeña bajada de diez metros en torno al pozo que tiene hasta ochenta de profundidad.

            Cuando viene la muchacha que ejerce de guía les indica lo mismo: que deben colocarse un gorro de plástico en la cabeza, de esos que sirven para ducharse, y luego uno de los cascos que se acumulan en unas cajas junto al pilar central. Embutido con tan extraño atavío (que luego le evitará hasta tres fuertes golpes en la galería que recorrerán), escucha la explicación que la chica está contando.

            En el año 1474 la nueva guerra civil para suceder a Enrique IV entre su hermana Isabel y su hija Juana (la llamada Beltraneja) entra en sus momentos decisivos en torno a Burgos y Zamora. El Castillo es gobernado entonces por Juan de Stúñiga, maestre de Alcántara, en nombre de su padre, el conde de Plasencia, Béjar y Arévalo, Álvaro de Stúñiga. A éste habrá de recordarlo después puesto que fue el que apresó, en tiempos de Juan II, al favorito Álvaro de Luna, en esta misma ciudad.

            Los Stúñiga eran, no sólo los alcaides perpetuos del Castillo burgalés desde un siglo antes, sino apoyo decisivo de Juana desde el momento en que el conde de Plasencia había apoyado el paso del ejército portugués de Alfonso IV hacia el centro de la Península en defensa de los intereses de Juana.

            Pues bien, este año de 1474 será fundamental en la marcha de la contienda. El rey de Francia declaró también su apoyo a la causa de Juana (se veía con abierta desconfianza la relación matrimonial entre los reinos de Castilla y Aragón) y tenía sus fuerzas asentadas en Fuenterrabía, dispuestas a intervenir.

            Si el ejército portugués contactaba con el francés en Burgos podría yugularse cualquier posibilidad de Isabel. Es por ello, que el propio Fernando el Católico se pone al mando de las fuerzas aragonesas que atacan el Castillo defendido por Juan de Stúñiga. La guía señala hacia abajo. Afirma que allí está el pozo, que es muy profundo y sólo podrán ver una parte pequeña pero será suficiente para imaginar la batalla que se riñó por el acceso a aquella fuente de agua.

            En caso de que los sitiadores llegaran hasta el pozo y lo envenenaran ello bastaría, al poco tiempo, para que el Castillo se rindiera. De manera que las fuerzas de Fernando no sólo abrieron galerías para instalar minas con las que volar el muro perimetral sino otras que intentaban llegar hasta el pozo. Apercibidos de ello, los defensores realizaban sus propias contragalerías que alcanzaban las aragonesas, de manera que el combate se establecía, no sólo en la superficie, sino bajo tierra. Así estuvieron durante ocho meses hasta que la derrota portuguesa en Toro (Zamora) terminó con las expectativas de Stúñiga de recibir los socorros necesarios.

 

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Túnel

 

            Cuando el viajero desciende y se interna por esos túneles irregulares no puede por menos que impresionarse. Imagina una lucha en la entraña del cerro, esa pugna entre los que querían llegar hasta el pozo y los que lo impedían. Los del grupo comentan lo mismo, algunos se dan coscorrones y ríen, todos van agachados, protegiéndose.

 

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Pozo principal

 

            Llegan por fin hasta el pozo que se pierde en las profundidades. Hay muy poca luz pero realiza una foto que al menos muestre sus paredes. Luego ya tienen que empezar la subida entre escalones siempre irregulares, cuidando de no golpearse en los salientes de la roca. La visita es corta pero francamente interesante, un lugar distinto que vale la pena conocer. Al salir se dejan los cascos en otra caja y se tiran los gorros de ducha por higiene. La muchacha se despide y los del grupo empiezan a dispersarse. El viajero opta por internarse solo en otra sala adjunta que, al parecer, los restantes del grupo ya han visitado antes.

 

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Museo

 

            Es una especie de pequeño museo o recreación del crecimiento de Burgos. Hay una maqueta del Castillo tal como tuvo que ser en su tiempo y también otras que muestran el crecimiento de Burgos a lo largo de sus primeros siglos, desde la cumbre del cerro hasta su expansión paulatina en los siglos siguientes tanto en dirección este como sur, buscando con la estabilidad militar de la región el río Arlanzón y las fértiles tierras regadas por él.

            Luego no hay mucho más que ver. Ha subido hasta el Castillo a primera hora de la tarde y ahora, aunque no hace tanto calor como a su llegada, tiene sed. Por ello se sienta en una cafetería moderna llamada “El Vagón”, dispuesta con mucho acierto junto a la explanada. Hay mucha gente joven, parece ser lugar de reunión de este segmento de edad. El ambiente es agradable, hay grupos que charlan, alguna pareja se besa sin rebozo bajo la indiferente mirada de los que les rodean. El camarero es informal, agradable. El viajero se siente a gusto allí y toma despacio un refresco extendiendo el mapa y observando sus próximos pasos.

 

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Cafetería “El Vagón”

 

            Cuando visite Lerma varios días después sabrá que el duque de aquella localidad fue también alcaide de este Castillo durante el reinado de Felipe III, a comienzos del siglo XVII. Entonces embellecería este lugar construyendo torres cónicas y adornando sobremanera los salones del palacio interior. Sin embargo, todo ese nuevo esplendor acabaría un siglo después.

            Por entonces, corría el año 1736, Burgos era una ciudad que, como toda Castilla, vivía un empobrecimiento paulatino. El negocio de la lana languidecía, una nueva guerra civil para suceder a los Austrias tras la muerte de Carlos II el Hechizado había supuesto un gran quebranto para la escasa riqueza de la zona. Por entonces Burgos contaba con unos 1.700 vecinos, aproximadamente unas 8.500 personas.

            El viajero Antonio Ponz retrata el final del Castillo. La fortaleza que había resistido asedios encarnizados fue alcanzada durante unas fiestas por un cohete incontrolado dentro del lanzamiento de fuegos artificiales. El voraz incendio duró varias horas después de las cuales el Castillo estaba completamente arruinado. Es probable que, a lo largo del tiempo, muchas de sus piedras fueran reutilizadas en otras construcciones vecinales. El resultado fue la casi desaparición del monumento que sólo recientemente se ha querido restaurar con un buen resultado, dadas las circunstancias.

            El viajero cree un acierto lo realizado, incluida la instalación de esta cafetería junto a la cual se levanta un vagón de tren pintado de rojo, perdido y acogido en este extraño lugar tan distante de la estación de ferrocarril. Disfruta de la tarde antes de descender.

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arco de Fernán González

 

 

            Cuando el viajero termina su refresco empieza a caminar siguiendo la misma ruta que le llevó hasta la cumbre del cerro, esta vez cuesta abajo. Poco más allá hay una cafetería de aspecto menos atractivo que aquella de donde viene. Sin embargo, tiene la ventaja de disponer de un balcón natural sobre la ciudad de Burgos que se ha dispuesto mediante una barandilla para que el visitante admire todo el entramado urbano que se extiende más abajo.

 

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Burgos, en el siglo XI

 

            Supone que a principios del siglo X lo único que estaría a la vista sería la colina del cerro y los terrenos que rodeaban al río Arlanzón. Por entonces el condado de Castilla se lo repartían tres hombres: Munio Núñez, en torno a Roa, era el primero; el segundo, Gonzalo Téllez, extendía su influencia hacia Osma. Al tercero, Gonzalo Fernández, habrá que prestarle atención más adelante, sobre todo a su hijo, porque ellos serían los que dominaran la región de Burgos hasta el punto de titularse el padre conde de esta ciudad en el año 899.

            Luego realiza alguna fotografía tratando de adivinar qué es lo que sobresale por encima de los tejados y azoteas del núcleo urbano. Lo primero en que se detiene la vista es en la Catedral, inequívocas sus torres. Al fondo, más allá de un río que desde el Mirador resulta invisible, contrasta el gran bloque de cristal y cemento (que en realidad son tres pero enlazados) del futuro Museo de la Evolución Humana.

 

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La Catedral, desde el Mirador

 

            Muy cerca también levanta la mole de su torre la iglesia de San Esteban que ya había observado desde lo alto del Castillo. Su vista sigue girando hacia la izquierda para fijarse en el Arco del mismo nombre, una de las puertas de la ciudad.

            Después, tras centrarse en la Catedral de nuevo, mira hacia la derecha la airosa pero más moderna iglesia de la Merced para buscar después, en la lejanía, un monumento que desea visitar con mucho interés. No puede imaginarse que saldrá de él con el gusto de haber visto un precioso monasterio pero decepcionado por no poder hacer una sola foto en él ni detenerse apenas a admirar sus claustros. Se trata de las Huelgas Reales.

 

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Iglesia de la Merced

 

            Todo está ante sus ojos curiosos, dispuesto a ser visitado y conocido. En ese momento sólo puede fijarse en lo más sobresaliente. Luego, al ver las fotos lamenta no haberse detenido en otros lugares como San Lesmes, por ejemplo, o el Palacio del Cordón. Pero todo habrá de andarse y casi todo lo verá en esos días de paseo por la ciudad. Resulta curioso de todos modos que las fotos tomadas desde aquella altura le muestren el campo que se extiende más allá de la ciudad. No llegará hasta él salvo en su visita a la Cartuja de Miraflores. Sin embargo, desde el Mirador se observa cercano, como un vestigio del pasado que hubo de ser, antes de que la ciudad se extendiera creciendo sin cesar durante varios siglos.

            Desciende por unas escalerillas que le permiten llegar enseguida al nivel de la ciudad. Sólo por un momento, como una ráfaga, se acordará de una situación similar vivida en Málaga, cuando subió penosamente hasta el Castillo de Gibralfaro observando desde sus altas murallas el puerto y toda la extensión urbana de la ciudad andaluza. Piensa en otros casos similares, pueblos que también abandonaron la posición defensiva en lo alto de cumbres para bajar hasta el valle cercano o la campiña buscando el agua y la fertilidad de los campos.

            Pero nada más descender, frente a las propias escalerillas, se alza un extraño monumento. Tiene forma de arco pero no corresponde a ninguna antigua puerta de la ciudad. A mediados del siglo XVI el Concejo municipal, sensible a la importancia de las figuras históricas de tierras burgalesas, pensó en edificar un monumento conmemorativo del conde de Castilla Fernán González, que lo fue desde 932 a 970.

            Fue en 1586 cuando Juan Ortega de Castañeda concluyó este monumento a satisfacción de todos. Observa que, para tener cuatrocientos años, se conserva perfectamente. Es de estilo herreriano con dos cuerpos: en el primero un arco de medio punto se flanquea con columnas pareadas y en el superior se presentan los escudos de Burgos y Castilla y León junto a una parrafada en latín que fue encargada nada menos que a fray Luis de León. Habla de la gloria sempiterna del héroe y el agradecimiento de la ciudad a su actuación. Por encima una caja sigue esperando la figura del conde que debía haberla ocupado pero que permanece vacía.

 

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Arco de Fernán González

 

            Fernán González fue hijo del conde Gonzalo Fernández. A la muerte de este último, en torno al año 917, su hijo era aún pequeño. Se le encuentra en el 929 titulándose conde de Lara pero a cargo de la ciudad de Burgos. Frente al poderoso ataque de Abd el Ramán III por aquellas tierras en 934, incapaz de enfrentarse a fuerzas muy superiores, buscará el amparo de su rey Ramiro II. Para entonces la tripleta de condes que habían regido la tierra castellana se habrá reducido, por obra del rey y desde el 932, a la sola figura de Fernán González.

            No se le recuerda por grandes hechos de armas pero sí por un gobierno firme de su condado y haber alcanzado, a partir de la muerte del rey Ramiro, el privilegio de que fuera vitalicio y hereditario para sus descendientes. De hecho, a su muerte en 970 ostentará los condados de Castilla y Álava su hijo García Fernández que habría de regir aquellas tierras durante un cuarto de siglo. Por ser aquella figura central en la historia de Castilla se le recuerda y se le ha erigido este monumento.

 

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Leyenda escrita en el Arco

 

            La calle donde se encuentra, a los pies del cerro, recibe el nombre de Doña Jimena pero antiguamente se conocía como Tenebregosa. Poco más abajo se extiende la de Fernán González, lugar de tránsito de peregrinos cuando se instauró el Camino de Santiago desde el siglo XI. Por un lado desciende hacia el centro ciudadano (Catedral y Plaza de Santa María) y por el otro rodea el cerro buscando su salida hacia el oeste por donde seguir el viaje hacia Santiago.

 

Solar del Cid

 

 

            El viajero no desea todavía meterse en la vorágine del centro de la ciudad. Es cierto que la Catedral es tentadora con su enorme y bella presencia observable desde casi todos los lugares, que ha tenido que buscar dónde comer cerca de la Plaza Mayor unas horas antes. Pero no desea detenerse todavía en el tráfago de calles ni verse desorientado por unas direcciones u otras. “Aún no”, se dice, “tengo tiempo”. No puede saber que varios días después, cuando se vaya de Burgos, habrá sido el tiempo su gran aliado para disfrutar de la estancia. Un mes más tarde leerá en una sección sobre viajes del periódico la existencia de un movimiento turístico denominado “low travel” consistente en no tener prisa, permanecer varios días en el mismo lugar, huir de las carreras y la agitación que supone visitar cinco ciudades en otros tantos días. “Este nuevo sistema lo he inventado ya en Burgos” se dirá tranquilamente.

            Dispone de casi una semana en la ciudad. Es un riesgo porque si ésta no responde a sus expectativas la estadía se le hará larga y pesada, pero si sucede lo contrario y resulta interesante, agradable de disfrutar, la habrá conocido mucho mejor y, sobre todo, habrá encontrado ese modo de vivir pausado que tanto le atrae. No se considera turista en sentido estricto, mejor sería considerado un visitante que busca vivir una ciudad con tranquilidad, sentir los pulsos cotidianos repetirse, siquiera brevemente, jugar a ser burgalés en Burgos.

            Por ello, cuando aún tiene días por delante e incluso planea visitar los dos grandes monumentos (Catedral, las Huelgas) al final, pasea por los alrededores más alejados del centro. Sigue la calle Fernán González en el sentido en que los peregrinos marchaban desde Francia atravesando la ciudad en dirección a León.

            Observa a la derecha un imponente edificio. La presencia más cerca de un hotel moderno le despista un instante creyendo que forma parte del mismo bloque y ese edificio inmenso es también un enorme hotel. Pero no es así, el más grande es ahora Palacio de Congresos pero fue anteriormente Seminario Diocesano. No leerá ninguna mención en las guías sobre él pero su arquitectura desmesurada, el estilo neoclásico, tiene reminiscencias ideológicas de aquellas construcciones del período franquista, tan en consonancia con la defensa y grandilocuencia del catolicismo de la época.

 

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Hotel y Seminario Diocesano

 

            A la izquierda se alza un monumento que curiosea sin demasiado interés. En su opinión no es bonito, le resulta demasiado compacto en su parte inferior y no sabe qué sentido tiene el obelisco que rememora a Juan Martín Díaz, el Empecinado. Aunque hubo otros guerrilleros que operaron contra los franceses en la zona de Burgos, el Cura Merino y el Empecinado presentan las mejores credenciales. Si el primero era sacerdote y se vio impelido a la acción por las humillaciones sufridas ante los franceses, el segundo había sido militar y sufrido derrotas frente a las fuerzas del ejército “gabacho”. Si el primero operó por toda Castilla el segundo se redujo a la comarca de Burgos, por lo que es recordado especialmente aquí.

 

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Monumento al Empecinado

 

            Hay muchas diferencias entre ellos, empezando por la ideológica: Merino era muy conservador mientras que Juan Martín se contaba entre los liberales. El siglo XIX fue turbulento en la vida y la política españolas. Las Cortes gaditanas marcaron un rumbo liberal que se vio frustrado por la acción absolutista del rey Fernando VII una y otra vez con determinados paréntesis en que los liberales se hicieron con el poder (de 1820 a 1823 sobre todo, el llamado Trienio Liberal). De este modo, los que habían sobresalido durante la guerra contra los franceses y deseaban seguir protagonizando la vida política española, pasaban con suma facilidad de un ministerio al exilio y de éste a otro ministerio, según la época.

            El final del Empecinado fue trágico. Durante el mencionado Trienio fue nombrado gobernador militar de Zamora y segundo mando de la Capitanía de Castilla la Vieja pero en 1823, al cambiar de signo el gobierno, resultó acusado de delito contra la Corona. El comisario regio actuó con enorme contundencia condenándole a muerte, sentencia que fue ejecutada en la horca de Roa en agosto de 1825.

            Al viajero la historia le conmueve, ese salto tremendo de pasar del gobierno y de una presencia política y militar importantes a sentir el nudo corredizo en el cuello. Pero recuerda a Espartero y su exilio, la propia marginación del Cura Merino muriendo en el exilio francés, el fusilamiento sin juicio del general Torrijos en la playa de Málaga. De todos modos, no por eso le gusta más ese monumento. Leerá luego interesado el por qué de llamarle el Empecinado. Creía que era por ser muy tozudo en su lucha contra los franceses pero no es así. Empecinado se llamaba en aquellos tiempos a los que limpiaban los márgenes de los ríos del barro negruzco que se acumulaba, probablemente por la suciedad generada por las curtidurías y tenerías que se encontraban en las riberas, labor que debió ser suya de joven.

            En fin, continúa su camino disfrutando de la tarde que resulta apacible a aquella hora. Poco después, teniendo detrás aún la mole del antiguo Seminario Diocesano, encuentra otro lugar histórico dedicado a un héroe: el Solar del Cid.

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Solar del Cid