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CÉLEBRES

PENSADORES

judíos en la civilización occidental

Gustavo Daniel Perednik

1

CÉLEBRES PENSADORES

ISBN 978-9974-7704-7-8

Las fotos de la tapa han sido alteradas digitalmente 2

Los judíos no supieron, ni saben todavía, desaparecer.

Ludwig Gumplowicz (1882)

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CÉLEBRES PENSADORES

4

ÍNDICE

GRANDES PENSADORES (2005)

Prólogo ....................................................................................... 7

Prefacio del autor ........................................................................ 11

1. Abraham y la fe ....................................................................... 15

2. Moisés y la moral ................................................................... 25

3. Salomón y la sabiduría ........................................................... 33

4. Isaías y el profetismo .............................................................. 41

5. Filón y el helenismo ............................................................... 49

6. Akiva y el rabinismo ............................................................... 59

7. Yehuda Haleví y el romanticismo ........................................... 71

8. Maimónides y el racionalismo ................................................ 79

9. Spinoza y la filosofía .............................................................. 87

10. Mendelssohn y el iluminismo ............................................... 99

11. Marx y las ciencias sociales .................................................. 109

12. Herzl y la política ................................................................. 119

13. Kafka y la literatura .............................................................. 127

14. Freud y la identidad .............................................................. 137

15. Einstein y la ciencia .............................................................. 143

16. Lasker y el ajedrez ................................................................ 151

Bibliografía ................................................................................. 161

Índice onomástico ....................................................................... 165

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CÉLEBRES PENSADORES

6

NOTABLES PENSADORES (2006)

Prólogo por Tomás de Mattos ..................................................... 7

Prefacio del autor ........................................................................ 11

1. Ezequiel y la Diáspora ............................................................ 15

2. Saadia y la exégesis ................................................................ 23

3. Abravanel y el Humanismo .................................................... 31

4. Maharal y el Renacimiento ..................................................... 39

5. El Gaón y el jasidismo ............................................................ 47

6. Luzzatto y el misticismo ......................................................... 55

7. Krojmal y el hegelianismo ...................................................... 61

8. Hermann Cohen y el neokantismo .......................................... 69

9. Rabí Kuk y la redención ......................................................... 77

10. Trotsky y la revolución ......................................................... 85

11. Jabotinsky y la autodefensa .................................................. 93

12. Wittgenstein y el lenguaje .................................................... 101

13. Ludwig Von Mises y el liberalismo ...................................... 109

14. Hannah Arendt y la politología ............................................. 117

15. Kohlberg y la psicología moral ............................................ 123

16. Fromm y la libertad .............................................................. 129

Bibliografía ................................................................................. 139

Índice onomástico ....................................................................... 146

7

CÉLEBRES PENSADORES

8

CÉLEBRES PENSADORES (2007)

Prólogo por Juan Raúl Ferreira .................................................. 11

Prefacio del autor ........................................................................ 17

1. Jeremías y el desconsuelo ....................................................... 21

2. Hilel y el Talmud .................................................................... 29

3. Najmánides y la tradición ....................................................... 37

4. Najman de Bratzlav y el jasidismo ......................................... 45

5. Hirsch y la neoortodoxia ........................................................ 53

6. Ahad Haam y la educación ..................................................... 61

7. Max Nordau y la cultura ......................................................... 69

8. Melanie Klein y la paidoterapia ............................................. 77

9. Derrida y el postestructuralismo ............................................. 85

10. Rosenzweig y el Nuevo Pensar ............................................ 93

11. Kurt Lewin y la Gestalt ........................................................ 101

12. Niels Bohr y la física cuántica .............................................. 109

13. Levinas y el existencialismo ................................................. 117

14. Isaiah Berlín y el pluralismo ................................................. 125

15. Hans Kelsen y el Derecho .................................................... 133

16. Norbert Wiener y la cibernética ............................................ 141

Bibliografía ................................................................................. 149

Índice onomástico ....................................................................... 156

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CÉLEBRES PENSADORES

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PRÓLOGO

UN MODO DE PORTAR EL ARCA

por Juan Raúl Ferreira

Doctor en Relaciones Internacionales. Ex Diputado y Senador de la República.

Ex Embajador de la República en Argentina. Autor de varios libros.

Dejé de ser un admirador anónimo de Gustavo Perednik, cuando tuve la suerte de conocerlo en noviembre de 2004. Fue en la B’nai B’rith, donde presentó un libro publicado por la Organización Sionista del Uruguay. La obra El sionismo a cien años de Herzl recopilaba ensayos; entre ellos, uno de mi buen amigo Eduardo Kohn.

Después de su oratoria cargada de carisma, y de capacidad para hacer pensar, nos presentaron. Apenas intercambiamos algunas palabras. No me animé a contarle las veces, que en mis años de Embajador en Argentina, fui a mezclarme en el anonimato del público que convocaba.

Pasó exactamente un año, hasta que recibí un inesperado llamado. Charlotte de Grünberg me pedía, en nombre de ORT, que presentara el segundo volumen de la obra de Gustavo Pensadores Judíos en la Civilización Occidental.

Recibí copia del mega ensayo, que iba presentando, desde los profetas bíblicos a pensadores de nuestro tiempo. Muchos de los autores y filósofos, en varios casos tienen posturas antagónicas. Sin embargo, de la lectura de la obra de Gustavo, uno iba descubriendo un hilo conductor que los identificaba como judíos. Aunque sus respuestas finales fueran distintas, había algo en lo que fundaban sus verdades, en los problemas que planteaban, en dónde veían la esencia de las cosas, que permitía, con la ayuda de Perednik, descubrir fácilmente su condición de judíos.

Sentí una responsabilidad abrumadora, pero no quise desaprovechar la oportunidad de aprender tanto y acepté el reto. Hice referencia en mi presentación al Himno Nacional Uruguayo, del cual solemos recordar solo la parte que se canta. Sin embargo, en la octava estrofa del solo, al ejemplificar el apego que debemos a nuestros valores nacionales, lo compara con el que profesa el pueblo judío al Arca de la ley. Dice: 11

CÉLEBRES PENSADORES

De los fueros civiles el goce

Sostengamos; y el código fiel

Veneremos inmune y glorioso

Como el arca sagrada a Israel

Quizás aquella noche del 27 de noviembre en ORT, no me di cuenta de la verdadera importancia que tenía aquella cita. Porque resume el mensaje último del legado de la obra de Perednik. No deja de ser, en todo caso, el esfuerzo, y el testimonio de la vida de Perednik, un modo de seguir acarreando el Arca Sagrada sobre los hombros.

Dice pues bien nuestro himno: los fueros civiles, nuestros códigos (escritos o no) vienen de allí. Nuestros valores, los que identifican nuestra civilización, empiezan en forma de ley escrita (la custodiada por el pueblo judío) –los Diez Mandamientos, las normas contenidas en el Pentateuco, etc.- y luego van tomando forma de costumbres, de valores más intangibles que se transmiten de generación en generación. He ahí la importancia de la tradición.

Alguien inadvertidamente, expresó muy bien lo que me inspira y transmite la obra de Perednik. Un jerarca policial, por el que tengo una especial estima, escribió sobre mi libro Vadearás la Sangre: "En la sociedad hay normas escritas que permanentemente nos rigen, la Biblia (que nunca nos falte), la Torá, libros religiosos, constituciones, leyes y distintas normas impresas…

pero hay normas que coexisten con estas (y provienen de ellas) que son códigos no escritos, normas éticas y morales de conducta, modos de entender la vida y la coexistencia y que van más allá de nuestra existencia humana".

Es el gran tema de la identidad. En este caso la identidad forjada en torno a grandes valores que rigen nuestra vida y le dan sentido. Por ejemplo, el amor a la vida y no concebirla si no es para ejercer en ella el más importante de estos valores, uno por el cual vale la pena, incluso, ofrendar la vida: la libertad.

Aquella noche, Perednik dejándose llevar por el afecto agradeció en forma excesivamente generosa mi presentación. Me describió como alguien "…

que además reúne la condición de cristiano conciente de la raíz judía de su fe".

Es cierto, yo siempre me defino como "judeocristiano", aunque me suene como redundante. Pero cuando uno ve la película "La Pasión de Cristo", a la que prefiero llamar “El Evangelio según Mel Gibson”, se da cuenta de que hoy es necesario explicitarlo, en tanto hay cristianos que ven en lo judío lo antagónico. Otros sentimos que allí están nuestras raíces y que éstas nos convocan, a un destino común. No lo digo solamente desde el punto de vista religioso (Juan Pablo II llamó a los judíos "mis hermanos 12

mayores en la fe"), sino en algo más amplio . Un modo de entender la vida y de vivirla.

Por lo tanto, sí, me defino como judeocristiano, inserto por cierto, en este mundo postmoderno hiperdiverso. No reniego sino que asumo, crezco, me enriquezco con la diversidad. Pero ella se compone de identidades y esta es la mía. Tiene en lo judío una raíz común y el cimiento de nuestra civilización.

En el mundo de la religión, estuvimos muchos más años juntos que separados (hace apenas dos mil años de Jesús, que los cristianos creemos es el Emmanuel), antes éramos lo mismo. Tenemos en nuestro origen los cristianos al Patriarca Abraham, a quien los católicos recordamos en el Canon de la liturgia de la Eucaristía (la Misa), llamándole "nuestro padre en la fe".

Pero la misma religión tiene una dimensión cultural que trasciende el ámbito de la Fe. Hace un par de años tuve la suerte de estar presente en la Universidad de Yale durante un simposio sobre Aspectos no religiosos de la Biblia (octubre de 2006). Profesores de diversas disciplinas de distintos centros académicos, explicaban el aporte de la Biblia en prácticamente todos los planos que hacen a nuestra cultura, y aún algo más, a los elementos fundamentales de nuestros ingredientes civilizatorios.

De alguna manera, esta idea de definir y defender la identidad propia como forma de convivir armoniosamente en un mundo cuya gran fortaleza es la diversidad, está presente en la trilogía de Perednik aunque él no lo mencione expresa ni explícitamente.

Vayamos pues al tema central que plantea, desde su disciplina, Perednik: el de la identidad. Y tener bien clara la propia, permite sobrevivir, convivir con otras, en el mundo complejo y multipolar en que nos ha tocado vivir.

Ese asumirse como judeocristiano en una dimensión que va, como he dicho, más allá de la fe, hace por ejemplo que las festividades del calendario judío se sientan como propias. A ver: ¿Cuántos gentiles celebran la Navidad sin ser creyentes? Es parte de su identidad y de los valores con que se identifica.

Habrá también muchos no cristianos, que sin ninguna connotación religiosa ven en estas festividades esos valores que nos son comunes.

Entiendo pues, a un judío que sin creer en Cristo, celebre el día de su nacimiento junto a su familia, brindando por la paz en la tierra. Pero cuando un cristiano encara una festividad judía, debe asumir que le es propia, que es parte de su historia, de sus valores y de sus tradiciones.

Esa visión no excluyente de la diversidad, la practican los judíos con mucho más intensidad que los que no lo son. En realidad mucha gente piensa lo contrario cuando ve cuanto se aferran a sus tradiciones, sin darse cuenta que las preservan para todos lo que tenemos ese origen.

Precisamente, cuando se presentó el segundo volumen, Perednik hizo una reflexión sobre la expresión bíblica "pueblo elegido", que rara vez la utiliza 13

CÉLEBRES PENSADORES

un judío para definirse a sí mismo. Porque más bien ha sido para este pueblo una responsabilidad que un privilegio.

Agregaba que en la antigüedad los pueblos se invadían unos a otros, e imponían al derrotado su religión. No existe en la historia un pueblo forzado a convertirse al judaísmo por los hebreos. Más bien, liberaban a los pueblos sometidos por quienes les imponían creencias ajenas, para que recuperaran la libertad de elegir sus cultos.

Basta conocer Jerusalem, para entender esta dimensión de diversidad y pluralismo que está en la esencia judía. Yo tuve el privilegio de hablar en la Kneset, en nombre del Uruguay todo, en ocasión de la primera visita de Estado de nuestro país a Israel. Allí vi rostros de diputados israelíes, pero no necesariamente israelitas. Algunos palestinos y otros de diversos grupos étnicos.

Recién ahora comprendo qué quería decir mi padre, Wilson Ferreira, cuando afirmaba "un uruguayo judío, para ser un buen uruguayo, ante todo debe ser un buen judío". Es decir para ser un "buen judío" hay que vivir de determinada manera. El que así vive, no podría no ser un "buen uruguayo".

Habrá sobre esta obra opiniones bien fundadas, a favor y en contra, coincidiendo o polemizando. Expertos en historia, filosofía y disciplinas afines tendrán autoridad para hacerlo. No creo que haya sido ese perfil el que encontró en mí ORT al encargarme este prólogo.

Lo que sí puedo, deseo y me he propuesto hacer, es dar testimonio de esa identidad judía que siento como propia. Además, he vivido una vida que me ha hecho topar constantemente con esa realidad. ¿Qué tienen en común los pensadores elegidos por Gustavo Perednik en la larga lista recopilada en tres tomos? Ser judíos.

Veamos ahora. ¿Por otro lado, qué podrían tener en común: un periodista marxista de Le Monde, un profesor liberal de la Hebrew University, un rabino ortodoxo neoyorquino, un congresista con aspiraciones (concretadas luego) de ser alcalde de Nueva York, una profesora radical de Boston University y el Jefe de asesores del Senador Kennedy (luego subsecretario de Estado de Jimmy Carter) Lo mismo que los grandes pensadores de la obra de Perednik. Ser judíos.

Todos ellos: Philipe Labreveux, Edy Kaufman, el Rabino Morton Rosenthal, Edward Koch, Louise Popkin y Mark Schneider, se movilizaron, unieron esfuerzos (sin conocerse antes) para salvar la vida mía y de mi padre cuando peligraba en la Argentina de Videla del año 1976. Lograron rescatarnos con vida, cuando creíamos que ya estaba todo perdido. Si no fuera por ellos, no podría estar escribiendo estas mal hilvanadas líneas. Cuando tomé conciencia de ello dije a mi padre: "Qué casualidad, todos judíos” . Él me respondió: "no es casualidad; es por ser judíos".

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Un día escuché decir a mi padre en una conferencia en el Comité Central Israelita "¿qué es ser judío? No es una raza, porque conozco judíos de diversas razas. No es una religión, porque muchos de mis amigos judíos en Uruguay son agnósticos…" "Y culminó diciendo que ser judío era un estado de espíritu que hacía vivir la vida de una manera especial".

Recordé aquella conferencia cuando mi amigo David Telias (judío agnóstico), a quien consulté mucho sobre como encarar este prólogo, robándole horas a sus responsabilidades en ORT, me comentó: "Creo que los judíos existimos en este mundo, por un lado, para demostrar lo que el hombre puede alcanzar cuando es espiritual y físicamente libre, y como testigos del daño que el hombre puede ocasionar cuando discrimina".

Esa búsqueda milenaria por una definición suficientemente abarcativa, sigue su historia. La obra de Gustavo Perednik, es parte de ese peregrinar en el desierto tratando de saber cada vez más y mejor quiénes somos y de dónde venimos. Sólo así sabremos qué debemos esperar de nosotros mismos en esta vida terrena. No podemos sino agradecer a Gustavo que nos ayude tanto, como en esta trilogía a develar esas incógnitas para darle cada vez más contenido a la vida.

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CÉLEBRES PENSADORES

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PREFACIO DEL AUTOR

Transcurrieron tres años y medio desde la reunión a la que me invitó Charlotte de Grünberg, que se realizó en su acogedor despacho en la Universidad ORT, el 31 de mayo de 2004.

Aquella primera, y las muchas que las sucedieron, procuraron planificar y supervisar obras concretas, en la genuina convicción de una misión por delante. Como no permitimos que nos obstaculizaran la política ni el cálculo utilitario, los resultados fueron muchos.

Además de la trilogía de libros que se cierra con éste, llevamos a cabo seis cursos en la universidad: Grandes Pensadores, Grandes Ideas, Grandes Escritores, Novelística Hebrea, Encrucijadas Históricas, y El Judío en las Letras.

Adicionalmente, he tenido el honor de disertar representando a ORT, desde la universidad norteamericana de North Texas hasta el Festival de Cine Internacional Judío de Punta del Este. Una cosecha nada desdeñable, si consideramos la relativa brevedad del período.

Estos tres tomos abarcan cuarenta y ocho capítulos, cuyos pensadores protagónicos podrían clasificarse de este modo: seis bíblicos, seis rabíes (dos antiguos, dos renacentistas y dos modernos), dos místicos, tres hombres de letras, cuatro científicos, cinco psicólogos, ocho pensadores sociales (cuatro en política, dos en sociología, uno en economía y uno en derecho), y catorce filósofos (dos antiguos, tres medievales, y nueve modernos).

En casi todos los capítulos hay pensadores aludidos adicionalmente, lo que eleva el número al centenar. En este volumen, los autores añadidos fueron: Arizal en el capítulo de Rabí Najmán, Graetz en el de Hirsch, Anna Freud en el de Klein, Levi Moreno en el de Lewin, Feynman y Sagan en el de Bohr, Von Newman en el de Wiener, Berdyczewski en el de Ajad Haam, y aun el misterioso Shoshani en el de Levinas.

Algunos autores se han intercalado en tal medida, que de algún modo pueden considerarse haber conformado merecidamente un capítulo propio: es el caso de Martin Buber, cuya obra es aludida en los capítulos de Rabí Najmán, 17

CÉLEBRES PENSADORES

Rosenzweig, Ajad Haam, Levinas y Levin, además de los dos volúmenes previos.

En este tercero, en algunos casos, completamos grupos que parecían inconclusos: verbigracia, después de Isaías y Ezequiel, hacía falta Jeremías.

Además de las disciplinas ya explicitadas, hemos abarcado en la trilogía: la fe, la moral, la educación, la cultura y la exégesis. Hemos tratado de analizar conceptos como diáspora, redención, libertad, desconsuelo, tradición, autodefensa. Aludimos asimismo a movimientos culturales, a saber: helenismo, rabinismo, humanismo, iluminismo, romanticismo, jasidismo, liberalismo, neoortodoxia, racionalismo, misticismo, hegelianismo, neokantismo, post-estructuralismo, existencialismo. Desde la Gestalt a la física cuántica, desde la profecía a la cibernética.

En algunos conceptos debimos profundizar, a saber: el Talmud y la idea mesiánica (en Hilel), los Rishonim (en Najmánides), o la "degeneración"

(en Max Nordau).

En algunos casos nos extendimos en detalles del marco histórico, por ser éste menos conocido, como en los capítulos de Jeremías e Hilel; o en detalles biográficos, como en Melanie Klein y en Norbert Wiener; o en grandes polémicas generadas en torno de ciertas obras: Maimónides, Ajad Haam, Max Nordau.

Algunos términos elegidos requirieron de justificación, como neofariseísmo; y algunas grafías infrecuentes fueron preferidas: Hilel en vez de Hillel.

Aunque la nómina prevista y anunciada de pensadores ha sido completada, somos conscientes de que, como siempre ocurre en este tipo de obra, fue inevitable dejar fuera a muchos de valía. Esperamos que no por ello se haya menoscabado una visión global adecuada, del modo en que grandes judíos contribuyeron a moldear la civilización.

La nómina de los postergados es afortunadamente interminable, y en una futura ocasión cabrá acaso detenerse especialmente en pensadores israelíes: Guershom Scholem, Natan Rotenstreich, Israel Eldad, Shmuel Hugo Bergmann, Yosef Ben Shlomo, Emil Fackenheim, Yeshayahu Leibovitz, Akiva Simon, Eliezer Schweid, y aun contemporáneos como Yuval Steinitz y Tamar Ross.

Tuve la satisfacción de que para las dos presentaciones anteriores expusieran notables intelectuales uruguayos, hábito que coronamos en este tercer ensayo con la palabra del ex Presidente del Uruguay Dr. Luis Alberto Lacalle Herrera. Cuando en abril de 1992 el entonces presidente Lacalle recibió en Israel un doctorado honoris de la Universidad Hebrea, tuve el honor de presentarlo ante los estudiantes en el Edificio Truman.

De modo que vivo su presentación de Célebres Pensadores, como una especie de reciprocación que me honra, y aprovecho la circunstancia para 18

agradecer a la gran nación uruguaya, cuyas inquietudes intelectuales nos permitieron concretar tanto los libros como los cursos.

Más específicamente, van mis gracias a nuestra amiga Charlotte de Grünberg, dinamo infatigable de ORT, y a David Telias, el siempre diligente coordinador de estudios judaicos.

Finalmente, a mi esposa Ruth y a nuestros chicos, sabedor una vez más de que también este logro resulta de su permanente estímulo.

G.D.P.

Jerusalén, Jeshván 5768, noviembre de 2007

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CÉLEBRES PENSADORES

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Capítulo 1

JEREMÍAS Y EL DESCONSUELO

En el siglo VIII aec la dinastía sargónida construyó el imperio asirio. Se extendió durante dos siglos desde Egipto hasta la frontera de la India, y mantuvo como tributarios a Israel, Fenicia, y parte de Media y Persia.

Rebeliones en estas últimas socavaron al imperio, que comenzó a desintegrarse cuando murió el emperador Ashurbanipal en el 627 aec.

Para completar el colapso, una alianza entre el medo Ciaxares y el babilónico Nabopolassar puso sitio a la capital Nínive; eventualmente la destruyeron.

El último rey asirio, Saruco, murió allí en el 612 aec, y tres años después la nación asiria cesaba de existir, cuando el faraón egipcio Neco II le dio el golpe final en la batalla de Harrán.

Asiria era reemplazada como potencia por quien se había independizado de ella, Babilonia, cuyo emperador Nabucodonosor emergía ante el recelo de los egipcios. Éstos, en el nuevo mapa geopolítico, procedieron a azuzar contra Babilonia a las naciones pequeñas. Entre ellas, Judea se vio entre el yunque y el martillo. Mientras sus reyes zigzaguearon como títeres de uno u otro imperio, se hacía oír la voz de la profecía clásica.

En Notables Pensadores referimos la crucial reforma religiosa de Josías (año 621 aec), puesta en marcha a partir del descubrimiento de un texto por parte del sacerdote Helquías. A la sazón comenzó a profetizar Jeremías, conocedor de la palabra de sus predecesores: Amós, Oseas, Miqueas, e Isaías.

Desde este último, la voz profética permanecía silente, por lo que Jeremías vino a interrumpir varias décadas de conformismo.

Jeremías fue coetáneo de su pariente la profetisa Huldá, de su maestro Sefanías, y del gran Ezequiel, a quien hemos dedicado un capítulo de Notables Pensadores.

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CÉLEBRES PENSADORES

Jeremías y Ezequiel protagonizaron la destrucción de Jerusalén, pero mientras que este último vio la caída de la ciudad como imperiosa, aquél no: no sintió empatía con el anuncio del desastre, sufrió durante aquellos calamitosos días y, una vez que la tragedia sobrevino, jamás se consoló. Su desconsuelo es entendible como raíz de la identidad judía -tal es el elocuente comienzo que Julián Marías da a su libro Israel: una resurrección (1968) -. Otra diferencia entre Jeremías y Ezequiel es que mientras este último avizoraba la reconstrucción del pueblo judío cimentada en la Diáspora, el primero, por el contrario, pregonó que la restauración comenzaría con la añoranza del retorno.

En cuestiones políticas, Jeremías inicialmente coincidió con Isaías: Judea debía mantenerse libre de alianzas, eludiendo el mentado zigzagueo que imponían las potencias circundantes.

Sin embargo, cuando Babilonia conquistó Asiria, Jeremías se resignó a que el nuevo dominio sería imbatible, y consecuentemente exhortó a que Judea se sometiera, una postura que generó el encono de sus contemporáneos.

En este sentido, aunque es cierto que todos los profetas bíblicos son figuras trágicas, la más trágica es la semblanza de Jeremías, el alma que se desgarraba entre el amor a su pueblo y la certeza de la destrucción que sufrió en carne propia. Siempre vivió en zozobra, hasta sus últimos días, refugiado en Egipto donde murió en la ancianidad (585 aec) soltero, sin hijos, y sin la comprensión de su época.

La desventura personal de Jeremías está ampliamente documentada, y los milenios transcurridos dejaron nítida su personalidad gracias a que sus discursos fueron fielmente recogidos por su escriba Barúj Ben Neriá.

Eventualmente conformaron el libro homónimo en el que se discute su propio origen (en el capítulo 36).

Jeremías nació en el 650 aec en el territorio de Benjamín, en la aldea Anatot, a unos cinco kilómetros al nordeste de Jerusalén. En aquella aldea fue sacerdote hasta que, renuentemente, aceptó el llamado profético (1:6).

Debido a las persecuciones que sufrió en su aldea como resultado de su mensaje (11:19), la abandonó desde joven para radicarse en Jerusalén, donde expuso la mayoría de sus profecías.

La prédica que había disgustado a los residentes de Anatot, ahora generaba malestar en los de Jerusalén, donde enfrentó a los reyes de Judea y sus ministros. La metáfora bíblica fue que “los perseguidores de Anatot son como piernas en contraste a los de Jerusalén, que parecerían caballos” (49:19).

Jeremías arremetió contra quienes se aferraban al paganismo y anunció el castigo divino por la violencia y corrupción social, lacras que vulneraban la 22

Capítulo I

Alianza: Hablan de paz, pero no hay paz.

Jeremías tampoco sigue la línea profética tradicional que le auguraba inmortalidad al Templo de Jerusalén. Pese a la proclama de Isaías durante el siglo anterior, de que Dios no permitiría la profanación del Templo, Jeremías acusa al Templo de ser un símbolo de falsedad religiosa, de fe carente de moral. Por ello el Eterno lo destruiría.

A la sazón Jeremías dicta sus profecías a Baruj Ben Neria, para que éste las vuelque en un pergamino a ser leído ante el pueblo en el Templo (el profeta ulteriormente no asiste a la lectura porque estaba misteriosamente

“detenido”).

Sus amonestaciones contra la Ciudad de David que anunciaban su destrucción, fueron cumpliéndose paso a paso en diversos eventos históricos, a partir de que el faraón Neco obligara al rey hebreo Yehoajaz a abdicar y entronara en su lugar a su hermano Joaquim.

En el libro se ve con claridad la continua oposición del establishment de la casa real ante la crítica social de los profetas. El rey Joaquim ordena que se queme el texto jeremaico, pero el profeta, ahora escondido, logra pronunciar una versión ampliada (36:32).

El primer enfrentamiento entre Jeremías y sus enemigos se produjo inmediatamente con el comienzo del reinado de Joaquim. A pesar de la terrible pérdida que había significado la muerte del rey Josías en la batalla de Meguido (609 aec) frente a los egipcios, el pueblo buscó consuelo en la protección del Templo. Allí se plantó Jeremías y exhortó a la mejora moral como única prevención para que el Templo de Jerusalén no sucumbiera como el de Shiló (26:1-6; 7:2, 12-15).

El desmán resultante concitó a funcionarios gubernamentales que llegaron al recinto desde el palacio real, con el objeto de llevar al profeta a juicio.

Para elaborar la defensa del profeta (26:7-19) el pueblo recordó que Miqueas había pronunciado palabras parecidas. El rey Joaquim, flamante aún, opta por no destruirlo.

Los filoegipcios de la corte de Joaquim en Judea comenzaron a temer cuando los egipcios fueron derrotados por los babilonios en la batalla de Karkemish (605 aec) que elevó a Babilonia a ser gran potencia por casi siete décadas.

Se cumplía así la profecía de Jeremías de que desde el Norte un poderoso enemigo destruiría Jerusalén, y que Nabucodonosor sería la vara de Dios para castigar a los pueblos y a Judea.

Concluida la batalla Jeremías rompió un cántaro ante el pueblo en el valle de Hinom como símbolo del quiebre del pueblo (19). El sacerdote Pashjor, que era un falso profeta, lo golpeó y encerró en un cepo (20:1-6). Jeremías, humillado, se queja de haber nacido (20:7-18).

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CÉLEBRES PENSADORES

No se sabe cuánto tiempo la política de Joaquim obligó a Jeremías a mantenerse en la clandestinidad, pero aparentemente esa política se modificó cuando Nabucodonosor llegó a Israel y el rey de Judea se sometió a la soberanía babilónica (2R 24:1). En las nuevas circunstancias, el profeta pudo emerger de su escondrijo.

Joaquim, el elegido de Egipto, pasó a ser vasallo, hasta que su rebelión contra los babilonios provocó el denominado Primer Cautiverio: la casa real de Judea era trasladada por la fuerza a Babilonia.

Entre el derrotismo y la visión

Nabucodonosor II colocó en el trono a Sedequías (2: 27, 28), quien rechazó los consejos de Jeremías y una vez más terminó aliándose secretamente con Egipto. Esto llevó al profeta a asumir un rol más activo en cuestiones políticas. Ya no se contentó como en el rollo original. En éste no había expresado demandas políticas al reino de Judea, y se había limitado a seguir la línea de Oseas e Isaías: exhortar a que Judea no tomara una línea política independiente sino que se abstuviera de seguir a las potencias (2:18, 36).

Ahora era tarde para ello. Había que convencer a los judíos que la rebelión llevaría a la destrucción. Durante el cuarto año de Sedequías llegaron a Judea embajadores de las naciones vecinas para planear con el rey hebreo la rebelión contra Babilonia. Hananías proclamó en el Templo el inminente retorno de Joaquim y los otros exiliados, y la restauración de los utensilios del Templo de los que Nabucodonosor los había despojado: “el Eterno quebrará el yugo babilónico” (34:4).

Jeremías se apersonó en el mercado con un yugo de madera y volvió a aconsejar al rey y a los embajadores que se sometieran al poder babilónico.

Mientras Hananías quebraba el yugo de sus hombros, Jeremías reiteraba su profecía y aconsejaba a los desterrados en Babilonia a asentarse allí en calma (34:29), lo que causó que uno de ellos escribiera al Sumo Sacerdote en Jerusalén para que aprisionara al profeta (29:26).

La rebelión no estallaba, acaso porque los egipcios no estaban aún dispuestos a ayudar militarmente a los rebeldes. Sedequías manda entonces una delegación a Babilonia para apaciguar a los israelitas cautivos. Los delegados también portan la epístola de Jeremías a los desterrados, en la que los insta a calmarse, afincarse en su destierro, y aguardar una redención después de siete décadas (28, 29): "Después de setenta años Hashem visitará Babel por su trasgresión", el imperio será desolado y vendrá la redención de Israel.

Tal como su coetáneo Ezequiel, Jeremías se expresa con misericordia hacia los desterrados en Babilonia –los prefiere en vez de aquéllos que permanecen en Judea bajo Sedequías-. Pero todas sus advertencias fueron vanas: la 24

Capítulo I

rebelión contra Babilonia estalló; Nabucodonosor y su ejército ascendieron a Judea. El profeta anuncia al rey que será apresado y conducido a Babilonia (34:1-7).

Nabucodonosor sitió Jerusalén; la ciudad cayó después de dieciocho meses de hambruna y se produjo el Segundo Cautiverio (586 aec): la familia real fue apresada, muerta o torturada; sus restos trasladados a Babilonia y el reino de Judea llega a su fin.

La complejidad de la relación entre el rey Sedequías y el profeta llegó a su cúspide cuando el monarca finalmente se sometió a la presión de los revolucionarios y se rebeló contra Babilonia. Consultó al respecto al profeta, y ante el inveterado rechazo de éste a la rebelión, lo consideró un traidor.

También se acusó a Jeremías de desertor, cuando intentó regresar a su aldea natal una vez que el sitio babilónico sobre Jerusalén se atenuó, debido a que los babilonios desviaron su esfuerzo bélico contra el egipcio Hophra.

Cuando el profeta fue arrestado, el rey Sedequías lo rescató de la prisión para confinarlo en el palacio real, acaso por temor a que influyera en los soldados que venían custodiándolo.

Un extenso poema de Yehuda Leib Gordon escrito en hebreo bíblico se titula Sedequías en la custodia (1879) y cuestiona a Jeremías desde el punto de vista del rey. Gordon, el máximo literato del iluminismo ruso, rechazó en su juventud el mundo “excesivamente espiritual y poco práctico” en el que había sido educado. Expresó su visión materialista en obras en que se identifica con los "villanos" bíblicos habituales. En el mentado poema, el énfasis de Jeremías en la espiritualidad resulta poco realista para un período de crisis nacional.

La crisis llevó a la caída de Jerusalén, después de la cual los babilonios entregaron a Jeremías bajo protección del nuevo gobernador Guedaliá, con quien residió en Mitzpe. Pero Guedaliá fue asesinado y Jeremías termina huyendo nuevamente. Durante una estadía en Belén, se le pregunta si Dios consentiría en que los judíos huyeran hacia Egipto de la invasión babilónica.

La respuesta divina fue que debían permanecer en el país, pero la advertencia fue desoída.

La derrota que Nabucodonosor impuso a los judíos fue catastrófica.

Esclavizó a miles de ellos, ejecutó al rey y destruyó el Templo de Jerusalén.

La tragedia sigue siendo rememorada anualmente en cuatro ayunos del calendario hebreo hasta el presente: el sitio de Jerusalén; la brecha en sus muros; la destrucción del Templo y el asesinato del mentado Guedaliá, hecho que obligó a muchos a huir despavoridos a Egipto.

Jeremías se retiró a Mizpe y luego también él fue arrastrado hacia el Egipto de donde durante toda su vida había deseado distanciarse, lugar en que murió, según alguna versión, apedreado en Dafne (o Tanjaspás, en el Nilo 25

CÉLEBRES PENSADORES

oriental).

De la estadía del viejo y desdichado profeta en Egipto se han registrado dos eventos: un hecho simbólico en Dafne que marcó la caída de Egipto en manos de los babilonios (43:8-13) y su reprimenda a los judíos de Egipto que habían caído en la idolatría, especialmente en el culto femenino de la reina del mar.

Los judíos responden airadamente ante la queja y el profeta les anuncia que muy pocos de ellos retornarán a su tierra (44).

Entre la historia y el pensamiento

Las profecías iniciales de Jeremías son contra Judea y Jerusalén.

Pronunciadas durante los reinados de los tres mentados reyes (Josías, Joaquim y Sedequías) se formularon en primera persona, no eluden confesiones personales, y constituyen la primera de las tres secciones en que puede dividirse su libro (capítulos 1 al 25).

La segunda sección (26-29; 32-45) es el texto de Baruj Ben Neria y por ello relata en tercera persona los juicios y persecuciones contra el profeta (desde el 608 aec hasta su muerte en el 585 aec). Dentro de esta sección los capítulos 30 y 31 conforman el Pequeño Libro del Consuelo que predice la restauración de Israel y de Judea, y su reunificación. Emociona aquí la descripción de la matriarca Raquel quien llora por sus hijos ausentes, ante lo que el profeta la consuela con la promesa del retorno final (31).

Su estilo de complementar las profecías de la destrucción de Jerusalén con las de la esperanza en su reconstrucción, inspiraron a Louis Jacobs para denominar a Jeremías "el profeta del juicio y la esperanza".

En ese sentido el diccionario es injusto con el profeta. La definición de

"jeremiada" es lamento excesivo, y se llama "jeremías" a quien se excede en sus quejas. En efecto, la liturgia hebrea abunda en textos de Jeremías durante las semanas previas al ayuno de Tishá Be’av: dos de las tres secciones proféticas de "reprimenda" son de Jeremías, así como se le atribuyen al profeta las Lamentaciones que se leen el día en el que se conmemora la destrucción.

Pero hay en el profeta una nota de esperanza y aliento. Para él, Dios habrá de recordar la lealtad de los patriarcas y restaurará a su tierra al pueblo hebreo: "Jerusalén, te recuerdo por el afecto de cuando eras mi doncella, el amor de cuando eras mi esposa, por cómo me seguiste a través del desierto, a la tierra infecunda" (2:1-2).

La más optimista de sus acciones se da cuando, a pesar de la destrucción que acechaba, adquiere una parcela en tierra de Israel (32), presagio feliz para Judea. Era el año 587 aec, durante el sitio, mientras Jeremías estaba en 26

Capítulo I

prisión por haber vaticinado la caída de la ciudad.

En ese momento redimió una parcela para mantenerla en su familia, como evidencia de fe en que vendrían días más felices en los que el pueblo recobraría la soberanía. El versículo final de este capítulo expresa la doctrina de la omnipotencia divina: "¿Hay acaso algo arduo para el Señor de toda carne?" En su visión, Dios haría un nuevo pacto que le permitiría al pueblo judío renovar su compromiso con la Torá.

La tercera y última sección (46-51) es una colección de invectivas contra las naciones foráneas: Egipto, Filistea, Moab, Ammón, Edom, Damasco, Elam, y especialmente Babilonia. Cierra con un capítulo (52) que es apéndice histórico (paralelo al de II Reyes 24-25) con estadísticas acerca de los judíos llevados al cautiverio.

Los eventos más importantes de la vida del profeta fueron el descubrimiento del libro que puso en movimiento la Gran Reforma religiosa (621 aec); la derrota de los asirios a manos de los babilonios (612 aec); la invasión de Judea (608 aec); la batalla de Karkemish (605) y la caída de Jerusalén (586

aec).

En la literatura rabínica Jeremías y Moisés son mencionados juntos, con vida y mensajes paralelos: "Ambos profetizaron durante cuarenta años, enfrentaron a Judea y Benjamín, y su propia gente se rebeló contra ellos.

Moisés fue arrojado a las aguas y Jeremías a un pozo; los dos fueron rescatados por esclavos, ambos reconvinieron a su pueblo."

Existe una tradición que filosofa a partir de imaginar diálogos improbables.

Dos expresiones de la misma se refieren a Jeremías: una es del siglo XX y otra del XVI. Los supuestos interlocutores fueron Tales y Platón, respectivamente.

Bertrand Russell, a quien nos hemos referido en nuestro capítulo sobre Wittgenstein1 , descubrió mientras escribía su Historia de la filosofía occidental, el interesante dato de que Jeremías y el padre de la filosofía, Tales de Mileto, coincidieron en un momento en Egipto. A Russell se le ocurrió2 imaginar una conversación entre ambos.

El otro diálogo imaginado es del talmudista italiano Gedaliah ibn Yihia ben Joseph (1515–1587) cuya principal obra resultado de cuatro décadas de trabajo, Sefer Shalshelet ha-cabalá (1587), traza una genealogía de casi tres milenios de los judíos y de los pueblos entre los que éstos residieron.

En ella se narra una conversación entre Jeremías y Platón3 , quien habría visitado Jerusalén después de la destrucción del Templo y vio a Jeremías en amargo llanto. Cuando lo interpeló "porque lloraba por piedras" Jeremías le preguntó si, como filósofo, Platón aún albergaba preguntas. A todas pudo responder Jeremías y, señalando las piedras, aseveró que ellas eran justamente la fuente de su sabiduría.

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CÉLEBRES PENSADORES

Recordemos que la Guía de los Perplejos (1190) de Maimónides concluye justamente con un versículo de Jeremías (9:22-23) según el cual no deben vanagloriarse el sabio, el poderoso y el rico, sino la persona que entiende a Dios.

Para la mente helénica, la razón humana marcaba el límite de la sabiduría, y a Platón no podía ocurrírsele que de la Santidad del Templo emergieran respuestas. Jeremías le informa de los límites del intelecto humano y que la sabiduría yacía en ruinas. Por ello sus lágrimas y desconsuelo.

Dijimos que Jeremías fue reacio a cumplir con su misión. En su libro Los profetas: quiénes eran y qué son (2002), Norman Podhoretz lo denomina

"el profeta renuente" y rescata, además de la belleza del mensaje profético y su contexto histórico, la relevancia que tienen para el hombre de hoy. En ese sentido, retoma la idea que hemos comentado a partir de Erich Fromm acerca de la vigencia que tiene la lucha contra la idolatría en nuestra época.

1 Notables Pensadores , Universidad ORT Uruguay, Montevideo, 2006, capítulo 12.

2 Aparentemente se lo sugirió a su sobrino, quien acababa de publicar un diálogo filosófico, a fin de que lo considerara como su tema siguiente.

3 No es correcta la suposición de Yihia de que la noticia fue mencionada por el célebre talmudista Moisés Isserles.

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Capítulo I

Capítulo 2

HILEL Y EL NEOFARISEÍSMO

Transcurrieron seis siglos desde los profetas y Judea continuaba siendo víctima de vaivenes políticos, resultantes de las contiendas entre imperios.

Egipto no combate ahora contra Babilonia sino contra la nueva potencia: el imperio romano.

La batalla crucial se produce el 2 de septiembre del año 31, cuando se enfrentan en Actium dos flotas de más de doscientos barcos cada una: la romana de Octavio bajo el mando de Marco Vespasiano, frente a la egipcia-romana de Cleopatra y Marco Antonio. La victoria de la primera señala el triunfo definitivo de Roma, de la que Egipto pasa a ser una provincia más.

En Judea, el poder romano se personificaba en la figura de Herodes hijo de Antípater, un hijo de la nación idumea que había sido convertido al judaísmo un siglo antes (por ello con frecuencia se lo considera judío).

Leal a Roma, Herodes quebró la resistencia beduina al Este del Jordán, y también esa zona pasó a ser una provincia imperial. En compensación, Octavio (quien con el nombre de Augusto ya era emperador) le otorgó poder sobre Yafo, Gaza y Jericó. En estas localidades Herodes aplicó su abarcador programa edilicio, gracias al que reconstruyó aldeas como Samaria, erigió la ciudad portuaria de Cesárea, fortificó Masada, y reconstruyó nada menos que el Templo de Jerusalén.

Su biografía, pletórica de arquitectura, fue oscurecida por violentos conflictos con la familia de su esposa Marianne (Miriam), nieta del jefe hasmoneo y Gran Sacerdote, Hircano II.

Cuando en medio de tumultos Antígono Matatías, el último de los príncipes hasmoneos ascendía al trono en Jerusalén, arribaba desde Babilonia para estudiar el joven Hilel (60 aec-10 ec).

Hilel fue discípulo de los principales sabios fariseos, Shemaiá y Avtalión, 29

CÉLEBRES PENSADORES

hasta que el alumno se transformó en el principal erudito de la época del Segundo Templo. Enfatizó el carácter de la Torá como guía ética de piedad y humildad. De su vida personal, sabemos que era leñador y que desechó la ayuda económica de su hermano Shebna para escoger libremente la pobreza.

Se lo ha supuesto uno de los maestros de Jesús de Nazaret.

En la biografía de Hilel el Sabio no hay rastros de las facetas convulsionadas de aquella época, y recién reaparece cerca del año 30 aec, una vez que sus mentados maestros ya habían muerto y los nuevos jefes religiosos en Jerusalén eran los Benei Betera.

Hay ciertos paralelismos entre la época del Primer Templo que visitamos al recordar a Jeremías, y la del Segundo Templo que abordamos ahora.

En ellas florecieron sendos movimientos espirituales: el profetismo y el rabinismo. Nahum Glatzer, en su libro sobre Hilel, elige el término

“neofariseísmo” para denominar la corriente que veía en la Torá un registro perenne de toda sabiduría e instrucción, y que procuraba aplicarle criterios lógicos de hermenéutica a fin de extraer de ella toda respuesta.

El neofariseísmo salvaguardaba, a un tiempo, tanto la continuidad histórica rabínica como la libertad de razonamiento.

A la sazón el Gran Sanedrín era liderado por duplas de sabios o zugot 1 ; Hilel fue parte de la última de ellas. La era de las duplas coincidió en términos talmúdicos con dos períodos: el del gobierno griego en Eretz Israel (332-140 aec), y el de la subsiguiente dinastía hasmonea (140-37 aec).

Recordemos que hasta la época del Segundo Templo la erudición rabínica había sido colectiva y anónima; sólo unos pocos maestros sobresalían del contexto general.

Entre ellos, Rabí Iehuda Hanasí supo aprovechar la época de relativa paz que le permitieron sus cordiales relaciones con los romanos, para llevar a cabo un gran emprendimiento que permitiría ulteriormente el continuo estudio de la Torá.

La iniciativa consistió en registrar por escrito los puntos más importantes de la Tradición Oral, para que ésta no pudiera ser eventualmente olvidada.

El resultado fue una obra a la que sólo la Torá superaba en importancia, la Mishná compilada.

A partir de la Mishná, los sabios que la redactaron (los tanaítas) se conocen por sus enseñanzas individuales. El término "tanaítas" deriva del hebreo taná, que indica alguien que estudia, repite y transmite lo que ha aprendido de sus maestros. Se han descrito sus personalidades, contribuciones individuales, e incluso sus semblantes.

Los tanaítas actuaron a partir del mentado reinado de Herodes sobre Judea.

A la sazón los padres de las dos escuelas talmúdicas fueron Hilel y Shamai.

Nos hemos extendido sobre sus diferencias en el capítulo acerca de Rabí 30

Capítulo II

Akiva en Grandes Pensadores.

Llama la atención que se sepa mucho acerca de los judíos, pero muy poco sobre su libro fundamental. La columna literaria central de la tradición judaica es el Talmud, una colección de más de cuatro mil páginas, que constituye la obra más importante de los judíos, su epicentro creativo y nacional, a lo largo de siglos.

Ninguna otra obra influyó más en su vida a lo largo de la historia, tanto en la forma de pensar de su gente como en su praxis. Inspiró contenidos espirituales y fue guía de conducta. Nada ha moldeado la idiosincrasia de los judíos como el estudio del Talmud, al que por casi dos milenios volcaron sus energías intelectuales.

Hasta el momento de redacción de la Mishná, la Ley Oral judía se transmitía de maestro a discípulo, lo que demandaba un gran esfuerzo de memorización.

La ley escrita era una especie de ayuda mnemotécnica a fin de recordarle a quien estudiaba la ley religiosa (halajá) de qué versículo bíblico derivaba cada norma.

Esta cita de versículos bíblicos, típica de la literatura judía en general y de la talmúdica en particular, fue incorporándose a la Ley Oral, ya que era el modo de fundamentarla y también servía de recurso dispositivo didáctico, para tener presente la estructura de la ley.

El método se generalizó tanto que, en algunos casos, no era posible distinguir el versículo de su comentario.

La cantidad del material oral fue ampliándose; llegó a ser tan inmensa que ya no podía apelarse exclusivamente a la repetición y al estudio intenso. El esfuerzo memorizador no era suficiente, y tarde o temprano iba a ponerse en evidencia la imperiosa necesidad de ordenar y editar el material. Esa necesidad fue satisfecha por la Mishná.

Para citar ejemplos de su función, digamos que desde épocas tempranas hubo nombres de animales o plantas que a los sabios judíos les resultaba imposible identificar. Cuando el texto de la Torá menciona las "ramas de árboles frondosos" (Levítico 23:30), el maestro debía explicar al alumno que se trataba del mirto. En general, la tradición oral era el instrumento necesario para descifrar términos cuyo contexto no alcanza para comprenderlos.

Sólo gracias a la tradición oral pudo entenderse que cuando el texto bíblico habla de totafot, se refiere a los tefilín o filacterias. La tarea de la Ley Oral consistía por ende en conservar el significado de las palabras, en aclararlas a las generaciones jóvenes, en facilitar de este modo la continuidad y supervivencia cultural.

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CÉLEBRES PENSADORES

La Ley Oral proveyó también de una ayuda un poco más compleja: definir conceptos registrados por la Torá cuya explicación no se desprende del texto. Cuando por ejemplo en los Diez Mandamientos la Torá afirma que

"el día séptimo es día de descanso para el Eterno, tu Dios; no harás en él ningún trabajo" (Éxodo 20:10) ¿cómo debe definirse el "trabajo"? ¿Qué tareas taxativas se incluyen en esa definición?

La Ley Oral acude para responder que la definición de "trabajo" en la Torá se relaciona a las treinta y nueve tareas que los judíos efectuaron en la construcción del tabernáculo en el desierto. Por lo tanto lo prohibido en Shabat es: sembrar, arar, segar, engavillar, majar, bieldar, limpiar, moler, cribar, amasar, cocer, esquivar, lavar la lana, mullirla, teñirla; hilar, tejer, hacer dos cordoncillos, cazar un ciervo, matarlo o despellejarlo, ensalarlo, curar la piel, pulirla, cortarla; escribir dos letras, borrar; edificar, demoler, apagar, encender; martillar, transportar (Mishná Shabat 7:2). Los pormenores de los trabajos prohibidos en sábado habrían sido imposibles sin la tradición oral.

La relación del Talmud para con la ley es paradojal. A pesar de que hasta el día de hoy el Talmud es la fuente principal de la ley judía, no cabe basarse en él cuando se ha de dictaminar. El Talmud vendría a ser al derecho hebreo lo que las matemáticas son a las ciencias. Les proporciona el lenguaje, la sindéresis, el estilo, pero no forma parte de ellas.