Claves de la Prosperidad por Fernando Trías de Bes Mingot Álex Rovira Celma - muestra HTML

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cumplido el plazo. Yo merezco la suerte, soy especial, pero llevo muchos días aquí y nada indica que encontraré el trébol», se decía Nott.

Así transcurrió el día para el caballero del caballo negro y la negra capa. Como no le quedaba nada más que hacer, decidió ir a hablar con Ston, la Madre de las Piedras. Quería confirmar con alguien más lo que ya sabía: que en el Bosque

Encantado no iba a nacer ningún Trébol Mágico, que él no era una persona de suerte.

No era extraño que Nott hiciera eso; ése es un rasgo curioso de las personas que piensan que no tienen suerte. Buscan otras personas que les confirmen su forma de ver la vida. Ser víctima no le gusta a nadie, pero exime,

aparentemente y sólo aparentemente, de toda la responsabilidad de la desgracia.

Ston se hallaba en la cima del Peñasco de los Peñascos. Una montaña inhóspita toda ella hecha de piedra. La escalada fue dura. Desde arriba veía casi todo el Bosque Encantado. Pensó que le gustaría encontrar a Sid, para hablar con él y preguntarle si deseaba volver ya al castillo real.

En la cima encontró a Ston, la Madre de las Piedras, que hablaba con otros

pedruscos. Ston se dirigió a él:

—¡Hombre, mira! Uno de los caballeros que andan buscando tréboles. Desde

hace cuatro días no se habla de otra cosa en el bosque. ¿Has encontrado al

Trébol Mágico? —Y emitió una pequeña risita burlona.

—Ya sabes que no —respondió Nott, visiblemente enfadado—. Dime, Ston,

¿verdad que no hay ni habrá ningún Trébol Mágico de cuatro hojas en este bosque? ¿O quizás hay alguno por aquí, entre estos peñascos? No es posible,

¿verdad?

La Madre de las Piedras se desternillaba de risa.

—¡Pues claro que no! ¿Cómo quieres que crezcan tréboles entre las rocas? Se

nota que empiezas a estar trastornado después de tantos días vagando por el

Bosque Encantado. Deberías tener cuidado... si pasas demasiado tiempo aquí

acabarás loco, como casi todos los humanos que han deambulado por este

bosque sin una meta clara. No, aquí no hay tréboles. Los tréboles mágicos de cuatro hojas no pueden nacer donde hay piedras.

Nott descendió despacio el Peñasco de los Peñascos, y durante todo el descenso oyó las carcajadas de Ston.

Ya no había nada que hacer. Su temor se había visto finalmente confirmado.

«No tendré Buena Suerte», pensó. Luego se acordó de Sid y se alegró con

amargura porque «ese otro loco tampoco encontrará el Trébol Mágico por mucho que se pasee por el bosque». Pensar en el fracaso de Sid le

tranquilizaba, le consolaba, incluso le alegraba. «Si no hay trébol mágico para 21

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La Buena Suerte

mí, tampoco lo habrá para él», dijo en voz alta, con rabia, y convencido.

Luego montó en su caballo y partió en busca de un lugar en el que dormir.

Por su parte, Sid comprobó al levantarse que el trabajo de la noche anterior había dado buenos resultados. Vio un espectáculo muy bello: la niebla se

levantaba y daba paso a unos dorados rayos de sol que iluminaban la tierra que puso el primer día en el bosque. Comprobó entonces, para su gran satisfacción, que el sol y la sombra penetraban por igual en cada uno de los palmos de

aquella tierra nueva. Se sentía verdaderamente orgulloso. Estaba feliz. Había renovado la tierra, había despejado los árboles para que llegara sol, había

humedecido el suelo...

Era el último día, así que había que decidir bien en qué emplearlo. Ya que

había hecho lo que consideró necesario, lo inteligente era descubrir si faltaba algo por hacer. Como él decía, el vaso estaba medio lleno. Ahora había que

saber cómo llenarlo del todo, por si hubiera acertado con el lugar en el que iba a nacer el Trébol Mágico, tal y como había predicho Merlín. Como había pensado la noche anterior, en aquel momento se trataba de descubrir si faltaba algo aparentemente innecesario, pero que fuera imprescindible.

Tierra, agua, sol..., pero ¿qué más podía faltar?

Así pues, se pasó el sexto día preguntando a todos los seres que fue

encontrando por el bosque qué es lo que podía faltarle a la tierra, además de la sombra, el sol y el agua, para que naciera un trébol de cuatro hojas. Pero nadie supo decirle qué era lo que faltaba.

Era ya mediodía y no se le ocurría a quién más podía preguntar. Necesitaba

inspiración, perspectiva, Así que se le ocurrió ir al punto más elevado del bosque, para comprobar si desde allí veía algo que le permitiera saber si le faltaba algo más por hacer. «La perspectiva, la distancia, tener el horizonte en la vista siempre da ideas útiles e inesperadas», pensó.

Todos los caballeros sabían que el punto más elevado del bosque era el

Peñasco de los Peñascos, pero al llegar allí se dio cuenta de que era altísimo.

Quedaba sólo medio día para que acabara el plazo que Merlín les había dado.

¿Tenía sentido subir? Aunque le llegara la inspiración, tampoco tendría

demasiado tiempo para hacer algo.

Aun así, decidió subir. ¿Por qué? Sencillamente porque pensó en lo que ya había hecho y el trabajo y la dedicación que había invertido. Partiendo de lo que ya había logrado, quizá fuera aconsejable y bueno trabajar hasta el final, para saber si aún faltaba algo por hacer.

Escaló la montaña. Empezó a notar la suave brisa que llegaba lejos del nivel del suelo, al elevarse. Finalmente alcanzó la cima. Se sentó y empezó a otear el horizonte en busca de inspiración. Nada.

De pronto, una voz le sobresaltó. Salía de.... ¡de la roca que pisaban sus pies!

Era Ston, la Madre de las Piedras.

22

La Buena Suerte

—¡Me estás aplastando!

Sid se sobresaltó tanto que casi cayó peñasco abajo.

—¿Una roca que habla? ¡Lo que me faltaba por encontrar!

—No soy una roca que habla: soy Ston, la Madre de las Piedras —puntualizó,

visiblemente molesta—. Supongo que tú debes de ser el otro caballero que

anda buscando el... ¡ja, ja, ja!... el Trébol Mágico.

—¿Eres de veras la Madre de las Piedras? Entonces... no entenderás mucho de

tréboles, ¿verdad?

—Evidentemente, no entiendo mucho de tréboles, pero algo sé —le contestó—.

Ya se lo he dicho al otro caballero, al que vestía de negro: donde haya piedras no pueden crecer los tréboles de cuatro hojas.

—¿Has dicho de cuatro hojas? —replicó Síd.

—Sí, de cuatro hojas.

—¿Y los de tres hojas? —volvió a preguntar.

—Los de tres hojas sí que pueden nacer en un suelo con piedras. Pero los de

cuatro hojas crecen con menos fuerza, por lo que precisan un suelo totalmente libre de piedras, que no impidan su crecimiento.

Aquella pequeña apreciación —lo que necesitaba un trébol de tres hojas y lo

que necesitaba uno de cuatro—, que hubiera parecido banal para muchos, no lo fue para Sid. Él sabía que, a menudo, los elementos clave solamente se

descubren en los pequeños detalles. En lo obvio, en lo ya conocido,

difícilmente se encontraba la respuesta a lo «aparentemente innecesario, pero imprescindible».

—¡Claro! ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¡Mil gracias! Me voy,

apenas me queda tiempo.

Sid bajó apresuradamente el Peñasco de los Peñascos. Tenía que correr a toda velocidad hasta la zona escogida: ¡No había quitado las piedras de su parcela de tierra!

Al llegar, quedaban todavía dos horas de luz. Sid quitó todas las piedras una a una. De hecho, la zona escogida estaba llena de ellas. Si por casualidad la zona escogida por él fuera el lugar donde iba a nacer el Trébol Mágico, éste nunca hubiera crecido a causa de las piedras.

Sid se dio cuenta de lo importante que era valorar y reconocer lo alcanzado, o lo que él definía como «la parte ya llena del vaso», así como concentrarse en lo que pudiera faltar. Eso siempre le había ayudado a avanzar. Sid también se dio cuenta de que en los pequeños detalles se hallaba información clave. Aun

cuando todo pareciera hecho y no quedara más por hacer, si uno mantenía la

actitud adecuada, si se estaba dispuesto a saber si faltaba algo más por hacer, siempre se encontraban pistas que encauzaban por el buen camino. De hecho,

eso era lo que había pasado. ¡Qué buena decisión no dejar para el día siguiente la poda de las ramas!, de lo contrario nunca hubiera sabido que había que

retirar las piedras...

Una noche más se puso a dormir junto al espacio que había creado. Y una

noche más se imaginó al bello Trébol Mágico en todo su esplendor, en el centro de la tierra que él había preparado, iluminado, regado y limpiado de

piedras. Esa noche, además, imaginó cómo lo tomaba en sus manos. Sintió su

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La Buena Suerte

suave textura en el roce con su piel, su intenso color verde, sus bellas hojas desplegadas. Le pareció incluso que sentía el agradable olor a clorofila que el Trébol Mágico desprendía. Era todo tan real que sintió por primera vez la certeza de que ése sería el lugar en el que nacería. Podía imaginarlo, podía sentirlo con todo lujo de detalles. Eso le hacía sentir muy bien. Un profundo sentimiento de alegría serena y de paz interior le acompañaba.

De todos modos, al día siguiente lo sabría. De eso también estaba seguro.

Llegó la oscuridad. Solamente quedaba una noche. La víspera del día en que

tenía que nacer en el Bosque Encantado el Trébol Mágico de cuatro hojas, el trébol de la suerte ilimitada.

VI

El encuentro de los caballeros en el bosque

Sexta Regla de la Buena Suerte

Aun bajo las circunstancias aparentemente necesarias, a veces la

Buena Suerte no llega.

Busca en los pequeños detalles circunstancias aparentemente

innecesarias..., pero ¡imprescindibles!

La última noche, mientras Nott buscaba un sitio para dormir, notó que su

caballo pisaba un trozo de tierra fresca, regada, sin ninguna piedra, y al mirar hacia arriba descubrió un claro abierto entre las copas de los árboles. Más allá, observó a Sid echado y su caballo atado a un árbol.

—¡Sid!

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Éste se incorporó. Aún no había conciliado el sueño.

—¡Nott!

—¿Cómo te va? ¿Has encontrado el trébol? —preguntó Nott a Sid.

—No. Bueno, de hecho llevo ya tres días sin buscarlo. El primer día el Gnomo me dijo que no había tréboles en todo el bosque, así que decidí dejar de buscar...

—Entonces —preguntó Nott—, ¿qué diablos haces aquí? ¿Por qué no vuelves

al castillo?

Antes de que pudiera responderle, se percató de que Sid tenía sus ropas

tiznadas del musgo que crecía en el tronco de los árboles, sus botas embarradas y, en general, su indumentaria aparecía claramente manchada como resultado

de los últimos cuatro días en el Bosque Encantado.

—Pero... ¿qué es lo que te ha pasado?

—Desde que el Gnomo me dijo que no podían nacer tréboles en el Bosque

Encantado, me he dedicado a crear este espacio. ¡Fíjate! Tiene agua fresca y está bien abonado. ¡Acompáñame! Te enseñaré el arroyo que he hecho llegar

desde el lago donde habita la Dama... Y ¡mira, mira! —prosiguió Sid,

emocionado e ilusionado por poder mostrar a alguien lo que había creado—, éstas son todas las piedras y ramas que he retirado en dos días, porque no sé si sabes que donde hay piedras...

Nott le interrumpió.

—Pero ¡¿te has vuelto loco?! ¿A santo de qué te dedicas a montar un huerto

de... unos cuantos palmos... cuando no tienes ni remota idea de dónde va a

nacer el Trébol Mágico? ¿No sabes que este bosque es algo así como millones de veces más extenso que esta pequeña parcela? Pero ¿eres bobo? ¿No te das

cuenta de que no tiene sentido hacer todo lo que has hecho si nadie te dice

dónde demonios hay que hacerlo? ¡Estás mal de la cabeza! Ya nos veremos en

el castillo real. Yo me voy a buscar un sitio tranquilo donde pasar la noche.

Nott desapareció entre los árboles. Sid se lo quedó mirando, sorprendido por lo que le había dicho. Y pensó: «Merlín dijo que podíamos encontrar el Trébol Mágico, pero NO DIJO que NO fuera necesario hacer algo».

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La Buena Suerte

Séptima Regla de la Buena Suerte

A los que sólo creen en el azar, crear circunstancias les resulta

absurdo.

A los que se dedican a crear circunstancias, el azar no les preocupa.

VII

La Bruja y el Búho visitan a Nott

La última noche podía haber transcurrido plácidamente..., pero alguien quiso que no fuera así para ninguno de los dos caballeros...

Mientras Nott dormía —esperaba ansioso el momento del amanecer para

regresar a su castillo—, un ruido le sobresaltó de tal manera, que se levantó en un segundo y desenvainó su espada.

—¡Uuuuuuuhhhhhh! —Era el búho de la bruja Morgana; se encontraba de pie,

junto a él, parcialmente iluminada por la lumbre del fuego que el caballero

había encendido hacía un rato para superar el frío.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Ten cuidado, mi espada está afilada!

—Guarda tu espada. He venido a hacer un trato contigo, Nott, caballero del

caballo negro y de la negra capa.

—¿Un trato? ¿Qué trato quieres hacer? No quiero tratos con brujas, y menos

aún contigo, Morgana; tienes muy mala fama.

—¿Estás seguro? Es sobre... un trébol de cuatro hojas —dijo sutilmente la bruja Morgana, mientras mostraba sus negros dientes, frotaba sus viejas manos de largas uñas y arrugaba su nariz aguileña y afilada en lo que pretendía ser una sonrisa amable. El caballero Nott envainó su espada y se inclinó hacia delante.

—Hablemos. ¿Qué sabes?

—Sé dónde nacerá el Trébol Mágico de cuatro hojas.

—¡Vamos, rápido! ¡Dímelo! —exigió, impaciente, Nott.

—Te lo diré si antes prometes cumplir tu parte del trato.

—¿Y cuál es esa parte del trato que debo cumplir? —preguntó Nott de

inmediato.

—Quiero que cuando encuentres a Merlín... ¡lo mates con tu espada!

—¡¿Cómo?! ¿Por qué he de matar a Merlín?

—Porque él te ha engañado. Él sabe dónde nacerá el Trébol Mágico, al igual que yo lo sé. El pacto es muy claro: yo te digo dónde encontrar el Trébol Mágico y tú matas a Merlín. Suerte ilimitada para ti, final de mis problemas de hechicería para mí. Con el final de Merlín, tú accedes al Trébol Mágico y yo elimino a mi principal rival.

Nott estaba tan desengañado y frustrado y tenía tantas ganas de tomarse la

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La Buena Suerte

revancha y ser él quien hallara el Trébol Mágico que decidió aceptar. Eso no era extraño, cuando una persona ya no tiene fe en que puede crear Buena

Suerte, lo que hace es comprársela al primero que se la ofrece. De hecho, el que espera encontrar suerte cree que es algo fácil y que no requiere trabajo. Y eso es lo que le pasó a Nott.

—Trato hecho. Dime dónde nacerá el Trébol Mágico.

—Recuerda que has dado tu palabra. El Trébol Mágico nacerá mañana... ¡en el jardín del castillo real! No está ni estará nunca en este bosque,

—¡¿Cómo?! —exclamó Nott, que no daba crédito a lo que acababa de oír.

—¡Claro! ¿No te das cuenta? Merlín consiguió engañar a todos los caballeros

con su estratagema: al plantearles el reto de buscarlo en el Bosque Encantado, todos los caballeros quedaron emplazados a venir aquí a perder el tiempo. Sólo vinisteis dos. Merlín pensaba que vendrían más. Pero, en cualquier caso, logró despistar la atención del jardín del castillo real. Nadie espera encontrar allí el Trébol Mágico. Él estará mañana allí para arrancarlo. Debes apresurarte.

Necesitaste dos días para llegar aquí y tienes solamente una noche para

regresar. ¡Ensilla tu caballo y cabalga raudo, aunque tu negro corcel reviente!

Nott estaba verdaderamente enfurecido. Pero, por fin todo encajaba.

«Por eso todos y cada uno de los habitantes del Bosque Encantado me han

tomado por un estúpido que perdía su tiempo buscando un Trébol Mágico que nunca había nacido, ni nacerá aquí... Todo encaja», pensó.

Así pues, Nott ensilló su caballo y desapareció enfurecido y a gran velocidad entre los árboles, camino del reino habitado, con destino al castillo.

Octava Regla de la Buena Suerte

Nadie puede vender suerte. La Buena Suerte no se vende.

Desconfía de los vendedores de suerte.

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VIII

La Bruja y el Búho visitan a Sid

La bruja soltó una ruidosa y malévola carcajada y se dirigió hacia el norte, donde sabía que Sid pasaba la noche. Sid dormía plácidamente. Tanto, que al

búho le tomó tres aullidos despertarlo.

—¡Uuuuuuuhhhhhh! ¡Uuuuuuuhhhhhh! ¡Uuuuuuuhhhhhh!

—¿Quién va? —preguntó Sid; se puso en pie y asió con firmeza la

empuñadura, sin llegar a desenvainar su espada.

—No temas. Soy Morgana, la bruja. —Sid se mantuvo en pie.

—¿Qué es lo que deseas de mí?

La bruja era malvada. Ella quería dos cosas: por una parte, que Nott matara a Merlín y, por la otra, persuadir a Sid para que se marchara del lugar. De este modo, ella se quedaría con el Trébol Mágico en caso de que al día siguiente éste naciera en algún lugar del bosque. Morgana ideó otra mentira para Sid:

—El Trébol Mágico nacerá mañana. Pero Merlín te ha mentido. No es un trébol de suerte ilimitada.,, ¡es el trébol de la desgracia! Yo misma realicé el conjuro: «El que lo arranque morirá a los tres días». Pero si nadie lo arranca, entonces Merlín morirá al caer la noche. Por eso, os ha engañado a ti y al otro caballero. Para que alguno de los dos muera en su lugar. Merlín precisa que el trébol sea arrancado antes de mañana al anochecer. Vuelve al castillo: Nott ya está en camino.

La bruja había sido muy astuta: no dejaba opción a Sid. Si al día siguiente

encontraba el Trébol Mágico no sabría qué hacer. Si lo arrancaba, moriría. Pero

¿y si el que tenía razón era Merlín? ¿Y si en realidad era el Trébol de la Buena Suerte?

Lo mejor y lo más fácil sería hacer como Nott: abandonar el bosque y no

enfrentarse a ese dilema. Pensó durante unos segundos y a continuación le dijo a Morgana:

—Bien. Entonces partiré esta misma noche...

La bruja sonrió, satisfecha, aunque Sid añadió:

—... Pero iré a buscar a Merlín. Le pediré que sea él quien arranque el Trébol Mágico. El hechizo del que me hablas dice que quien lo arranque morirá a los tres días, pero si quien lo arranca es Merlín, entonces él no morirá. El conjuro quedará deshecho, ya que el que debe morir si no se arranca y el que ha de

morir si se arranca son la misma persona. Así, Merlín quedará a salvo y

después me dará el trébol.

Sid había sido más inteligente que la bruja Morgana, que ahora ya no sonreía.

Al darse cuenta de que Sid no había caído en su trampa, dio media vuelta con el búho en su hombro, se subió a la escoba y partió veloz, cual perro con el 28

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rabo entre las piernas, refunfuñando ruidosamente.

Sid reflexionó sobre lo sucedido. Él sabía que Merlín no engañaba a nadie.

¿Cómo podía Nott haber creído en algo así o en lo que fuera que le hubiera dicho la bruja? ¿No sabía, como buen caballero, que lo verdaderamente

importante era no perder la fe en la propia empresa?

Había visto a tantos caballeros desesperarse y abandonar cuando la Buena

Suerte tardaba en llegar, que había aprendido lo importante de mantener la fe en lo que uno pensaba que era lo correcto.

Antes de dormirse, pensó también lo importante que era no cambiar la empresa propia por la empresa de otro, es decir, la de la bruja por la suya propia. La Buena Suerte le había llegado siempre que se había mantenido fiel a su

empresa, a su cometido, a su misión, y a su propio propósito.

Por último, recordó lo que siempre le había dicho su maestro: «Desconfía del que te propone asuntos en los que se gana mucho de forma fácil y rápida. Desconfía del que te venda suerte».

Novena Regla de la Buena Suerte

Cuando ya hayas creado todas las circunstancias, ten paciencia, no

abandones.

Para que la Buena Suerte llegue, confía.

IX

El viento, Señor del Destino y de la Suerte

A la mañana siguiente, Sid se levantó algo inquieto. Se sentó cerca de la tierra 29

La Buena Suerte

que había preparado y esperó. Pasaron las horas, pero nada ocurría.

El día fue avanzando, pero seguía sin suceder nada. Sid pensó:

«Bueno, en cualquier caso, he vivido apasionadamente estos días en el Bosque Encantado. He hecho lo que he creído que era correcto y necesario.»

En verdad era muy difícil escoger el lugar exacto en el que se suponía debía brotar el Trébol Mágico de cuatro hojas, el trébol de la suerte ilimitada.

Pero de pronto ocurrió algo inesperado.

El viento, el Señor del Destino y de la Suerte,

aquel que en apariencia se mueve al azar, empezó a agitar las hojas de los árboles. Y a continuación comenzaron a llover unas semillas pequeñas, que

eran como minúsculas pepitas de oro verde. Eran semillas de tréboles de

cuatro hojas, cada semilla era... ¡UN TRÉBOL DE LA SUERTE EN

POTENCIA! Y no era una sola... llovían multitud de semillas de tréboles de

cuatro hojas.

Pero lo verdaderamente inaudito es que no sólo caían en el lugar donde estaba Sid, sino en todo el Bosque Encantado, ABSOLUTAMENTE EN TODOS Y

CADA UNO DE LOS RINCONES del bosque.

Y no sólo en el Bosque Encantado, sino en todo el reino: llovían semillas de tréboles de cuatro hojas sobre las cabezas de los caballeros que no aceptaron el reto de Merlín; llovían sobre todos los seres del bosque, sobre el Gnomo, sobre la Secuoya, sobre la Dama del Lago, sobre Ston...; llovían sobre Nott y sobre Morgana. Llovían semillas de tréboles de cuatro hojas... ¡EN TODAS

PARTES!

Los habitantes del Bosque Encantado y del reino habitado no les prestaron

atención. Sabían que una vez al año, por esas fechas, se daba esa lluvia extraña de semillas verde oro «que no servía para nada». De hecho, cada año suponía

una molestia, pues era una lluvia bastante pringosa...

Al cabo de pocos minutos, dejaron de llover semillas de tréboles de cuatro hojas. Las minúsculas semillas de oro verde se confundieron entonces con el suelo, como pequeñas gotas de agua en un océano, a medida que caían por

todos los rincones del Reino. Sencillamente, se perdían como las simientes que se arrojan al desierto.

Y así se desperdiciaron, pues no germinarían. Millares y millares de ellas

murieron en el suelo gastado, duro y pedregoso de un bosque sombrío.

Todas, excepto unas decenas de ellas que fueron a parar a una pequeña

extensión de tierra fresca y fértil, en la que lucía el sol y refrescaba la sombra, en la que había agua abundante y que estaba libre de piedras.

Ésas y solamente esas semillas se convirtieron al cabo de poco en brotes de

tréboles de cuatro hojas, en multitud de brotes de Tréboles, Mágicos, un número suficientemente grande para tener suerte todo el año... hasta la lluvia del año siguiente. En otras palabras: suerte ilimitada. Sid observó extasiado la Buena Suerte que había creado. Conmovido y emocionado, se arrodilló en

signo de gratitud y brotaron lágrimas de sus ojos.

Cuando se dio cuenta de que el viento amainaba quiso despedirse de él y darle las gracias por haber traído las semillas. Así que, mirando al cielo, lo invocó:

—Viento, Señor del Destino y de la Suerte, ¿dónde estás? ¡Quisiera darte las 30

La Buena Suerte

gracias!

El viento le respondió:

—No es necesario que me des las gracias. Cada año, por estas mismas fechas,

reparto semillas de tréboles de cuatro hojas por todo el Bosque Encantado y por todos los rincones del reino habitado. Soy el Señor del Destino y de la

Suerte y entrego, siguiendo un orden firme, las semillas de la Buena Suerte allí por donde paso. En contra de lo que muchos piensan, yo no reparto suerte, sencillamente me ocupo de diseminarla en todas partes por igual. Los Tréboles Mágicos nacieron porque tú creaste las condiciones adecuadas para ello.

Cualquiera que hubiese hecho lo mismo hubiera creado Buena Suerte. Yo me limité a hacer lo que siempre he hecho. La Buena Suerte que llevo conmigo

está siempre ahí. El problema es que casi todo el mundo cree que no es necesario hacer nada.

Y prosiguió:

—De hecho, daba igual el lugar que hubieras elegido. Lo importante era que lo prepararas tal y como hiciste. La suerte es la suma de oportunidad y preparación, Pero la oportunidad... siempre está ahí.

Y así es.

Solamente crecieron tréboles de cuatro hojas, Tréboles Mágicos, bajo los pies de Sid, porque él era el único en todo el reino que había creado las condiciones para que crecieran.

Porque, contrariamente a lo que muchos creen, la Buena Suerte no es algo que pase a pocos que no hacen nada.

La Buena Suerte es aquello que nos puede pasar a todos, si hacemos algo.

Y ese algo consiste tan sólo en crear las condiciones para que las

oportunidades, que están ahí para todos por igual, no se nos mueran como semillas de tréboles de cuatro hojas que caen en tierra estéril.

Y el viento se alejó, a la vez que Sid abandonaba el Bosque Encantado para

encontrarse con Merlín.

Décima Regla de la Buena Suerte

Crear Buena Suerte es preparar las circunstancias a la oportunidad.

Pero la oportunidad no es cuestión de suerte o azar: ¡siempre está

ahí!

...por tanto:

Crear Buena Suerte únicamente

consiste en... ¡crear circunstancias!

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La Buena Suerte

X

El reencuentro con Merlín

Nott cabalgó durante toda la noche de la séptima jornada. Al llegar al castillo, su caballo negro tenía el lomo y los costados ensangrentados por los golpes de fusta y los frenéticos toques de espuelas. Tenía que llegar justo a tiempo para coger el Trébol Mágico que suponía había brotado en los jardines del castillo.

Poco después, el pobre corcel moría de agotamiento.

Nott atravesó la puerta del castillo y cada uno de sus salones, derribando a golpes y patadas todo cuanto encontró en su camino. Llevaba la espada desen-fundada, y su rostro desencajado mostraba unos ojos rojos de ira.

—¡Merlín! ¡Merlín! ¿Dónde estás? ¡No te escondas, porque te encontraré!

Nott decidió ir al verde y frondoso jardín del castillo, pues sabía que allí encontraría a Merlín.

Cuando abrió la puerta que conducía al exterior, pudo observar a Merlín en el centro del jardín. De pie, firme y sereno, apoyado en su largo bastón, con el semblante serio. Pero el jardín no era ya un jardín... ¡era un patio de losas!

¡Durante las últimas siete noches, los maestros de obra del castillo se habían dedicado a cubrir la tierra!

A Nott le cayó la espada de la mano.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has cubierto el jardín de losas? —le

preguntó a Merlín.

—Porque si no, hubieras intentado matarme. No hubieras atendido a mis

explicaciones. Era la única forma de convencerte de que aquí no había ningún trébol y de que la bruja te engañó. Yo, Merlín el Mago, lo sé todo. Sabía que la 32

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bruja te vendería su suerte: la que casi nunca sucede. Sabía que vendrías hasta aquí para matarme y sólo después de buscar horas y horas en el jardín te

convencerías de que aquí no estaba el Trébol Mágico. Necesitaba disuadirte antes. No quería luchar vanamente contra ti.

Nott empezó a darse cuenta de su error. Había elegido el camino fácil. Él

siempre pensó que se merecía la suerte. En aquel preciso momento, en el jardín del castillo, junto a Merlín, tomó conciencia de que estaba equivocado. Merlín prosiguió con sus explicaciones:

—Ahora ya lo sabes: el Trébol Mágico no está aquí. Nació hace unas horas en el Bosque Encantado, tal y como prometí. Había suficientes Tréboles Mágicos, también para ti. Pero te abandonaste a ti mismo: no creíste en ti. Es más,

esperaste siempre que los demás te regalaran su suerte. Tu visión de esta

empresa era demasiado limitada y carecía de la pasión, el entusiasmo, la

entrega, la generosidad y la confianza necesarias para llegar a obtener cuantos tréboles mágicos de la Buena Suerte hubieras querido.

Nott dio media vuelta y, sin espada ni caballo, anduvo hasta su castillo, donde permaneció en negra soledad por muy largo tiempo.

Al día siguiente, Sid llegó a la ciudad. Lo primero que hizo fue ir al castillo para decirle a Merlín que había encontrado el Trébol Mágico, el trébol de la suerte ilimitada. Quería darle las gracias.

—¡Merlín, Merlín! ¡Mira! —y le mostró un puñado de tréboles de cuatro

hojas, tréboles de la Buena Suerte. Fíjate, no se trataba de un solo Trébol Mágico: hay tantos como quieras.

—¡Claro, Sid! Porque si uno crea circunstancias, puede generar tanta Buena Suerte como quiera. Por eso, la Buena Suerte es suerte ilimitada.

—Me gustaría darte las gracias de alguna forma, Merlín. A ti te lo debo.

—¡En absoluto! —Le respondió Merlín—. Yo no hice nada. Absolutamente nada. TÚ decidiste ir al Bosque Encantado, TÚ aceptaste el desafío entre cientos de caballeros, TÚ optaste por renovar la tierra, a pesar de que te dijeron que nunca nacería un trébol en el bosque. TÚ decidiste compartir tu suerte con la Dama del Lago. TÚ decidiste perseverar y no postergar la limpieza de las ramas. TÚ te diste cuenta de lo que era aparentemente innecesario pero

imprescindible y comprendiste la importancia de quitar las piedras cuando parecía que ya lo habías hecho todo. TÚ decidiste creer para ver. TÚ creíste en lo que habías hecho, aun cuando te dijeron que te podían vender la suerte.

Y Merlín añadió:

—Pero, y esto es lo más importante, Sid, TÚ DECIDISTE NO CONFIAR EN

LA CASUALIDAD PARA ENCONTRAR EL TRÉBOL, Y PREFERISTE

CREAR LAS CIRCUNSTANCIAS PARA QUE ÉL VINIERA A TI.

Y sentenció:

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La Buena Suerte

—TÚ DECIDISTE SER LA CAUSA DE TU BUENA SUERTE.

El nuevo origen de la Buena Suerte

Dado que crear Buena Suerte es crear

circunstancias... la Buena Suerte solamente

depende de TI.

A partir de hoy, ¡TÚ también puedes crear Buena Suerte!

Sid se despidió de Merlín con un firme y afectuoso abrazo. Después subió a su blanco caballo y partió en busca de aventuras. Pasó el resto de sus días ense-

ñando a otros caballeros y no caballeros, incluso a los niños, las reglas de la Buena Suerte.

Ahora que sabía crear Buena Suerte, no podía guardar ese secreto solamente

para sí, porque la Buena Suerte es para compartirla.

Y es que Sid pensó que si, actuando en solitario, había sido capaz de crear tanta Buena Suerte en tan sólo siete jornadas, ¿de qué no sería capaz todo un Reino, si cada uno de sus habitantes aprendían a crear Buena Suerte el resto de sus vidas?

Tercera parte: El reencuentro

Al acabar el cuento, David también estaba descalzo y apoyaba sus pies

desnudos sobre los frescos tréboles que había bajo el banco en el que los dos amigos se habían sentado.

Los dos quedaron en silencio, como si meditaran acerca del cuento. Así

pasaron unos minutos. Los dos estaban pensando en algo. Una lágrima rodó por la mejilla de David. El primero en hablar fue Víctor:

—Sé lo que estás pensando, pero no veas segundas intenciones en mis

palabras...

—¿Por qué? —preguntó David.

—Supongo que piensas que es solamente una fábula, un cuento... no sé... no

quise decir que tú... yo solamente quería hacerte llegar la Buena Suerte.

—Precisamente pensaba en eso, Víctor. Pensaba en la forma en que este cuento 34

La Buena Suerte

ha llegado a mí: la fortuna de un encuentro con mi amigo de la infancia, que no veía desde hacía cincuenta años, ha puesto este cuento en mis manos.

Víctor reflexionó sobre ello, sobre el encuentro casual con David: una

tremenda casualidad. Eso había sido suerte, y no Buena Suerte. Pensó que el cuento de la Buena Suerte le había llegado a David por azar. ¡Vaya paradoja!, pensó. Le dijo a David:

—Sí, es cierto. El cuento de la Buena Suerte ha llegado a tus manos por azar.

—¿Eso crees? —le espetó David—. Precisamente yo estaba pensando todo lo

contrario.

—¿Lo contrario? —preguntó Víctor sin comprender a qué se refería David.

—Sí, lo contrario. He sido yo el que ha creado las circunstancias para que este cuento llegara a mí. Para que la Buena Suerte llegara a mis manos.

-¡¿Tú?!

—Sí, Víctor. No es casualidad que tú y yo nos hayamos encontrado. En estos

últimos cuatro años, los peores que he pasado, mi única esperanza era encontrar al único amigo que he tenido: a ti. En los últimos años no hubo un solo día que no buscara tu rostro en cualquier semblante con el que me cruzara. En cada

persona que me salía al paso, en cada semáforo, en las terrazas de los bares, en todos los rincones de la ciudad... nunca he dejado de mirar a cada cara, con la esperanza de reconocer la tuya. Eres el único amigo que tengo y que he tenido.

He imaginado muchas veces que te encontraba. He visualizado muchas veces

nuestro reencuentro, igual que Sid veía crecer su trébol. A veces, incluso he podido sentir el abrazo que nos dimos hace una hora escasa... jamás dejé de

creer que sucedería.

Y añadió:

—Te he encontrado porque yo quise encontrarte... El cuento de la Buena Suerte ha llegado a mí, porque yo, sin saberlo, lo estaba buscando.

Visiblemente emocionado, Víctor le dijo a David:

—Así pues, en realidad piensas que la fábula está en lo cierto...

—Claro —prosiguió David—, pienso que la fábula está en lo cierto. No puede

ser de otro modo: nuestro encuentro me ha demostrado que yo también puedo ser como Sid. Hoy he sido yo el que ha creado Buena Suerte. Yo también puedo crear Buena Suerte. ¿No te das cuenta?

—¡Naturalmente! —exclamó Víctor.

—¿Podría añadir yo una regla más a tu fábula? —le preguntó entonces su

amigo.

—Por supuesto —dijo Víctor.

Y David añadió:

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La Buena Suerte

El cuento de la Buena Suerte...

...nunca llega a tus manos por casualidad.

Víctor sonrió. No hacía falta decir nada más. Entre buenos amigos, las palabras son, muchas veces, innecesarias. Se abrazaron de nuevo. Víctor se fue, pero

David se quedó sentado en el banco y volvió a poner sus pies desnudos sobre la fresca hierba del gran parque de la ciudad.

David notó un cosquilleo en el tobillo. Se inclinó y, sin mirar, arrancó una brizna que le rozaba muy suavemente la piel, que reclamaba su atención.

Era un trébol de cuatro hojas.

David había decidido, a sus sesenta y cuatro años, empezar a crear Buena

Suerte.

...¿Cuánto tiempo esperarás tú?

Cuarta parte:

Algunas personas que están de acuerdo

«El noventa por ciento del éxito se basa simplemente en insistir.»

Woody Allen

«¿Circunstancias? ¿Qué son las circunstancias? ¡Yo soy las circunstancias!»

Napoleón Bonaparte

«Sólo triunfa en el mundo quien se levanta y busca las circunstancias, y las crea si no las encuentra.»

George Bernard Shaw

«Muchas personas piensan que tener talento es una suerte, pocas sin embargo piensan que la suerte puede ser cuestión de talento. »

Jacinto Benavente

«La suerte favorece sólo a la mente preparada.»

Isaac Asimov

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La Buena Suerte

«La suerte ayuda a los osados.»

Virgilio

«La suerte es el pretexto de los fracasados.»

Pablo Neruda

«El fruto de la suerte sólo cae cuando está maduro.»

Fríedrích von Schilter

«Creo muchísimo en la suerte y descubro que cuanto más trabajo, más suerte tengo.»

Stephen Leacock

«Cuanto más practico, más suerte tengo.»

Gary Player

«Existe una puerta por la que puede entrar la Buena Suerte, pero tú tienes la llave.»

Proverbio japonés

«De todos los medios que conducen a la suerte, los más seguros son la perseverancia y el trabajo.»

Marte R. Keybaud

«La suerte ayuda a los valientes.»

Publio Terencio

«La resignación es un suicidio cotidiano.»

Honoré de Bahac

«Que la inspiración llegue no depende de mí. Lo único que yo puedo hacer es

ocuparme de que me encuentre trabajando.»

Pablo Picasso

«La suerte del genio es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración, o sea, sudar.»

Thomas Edison

«El secreto de un gran negocio consiste en saber algo más que nadie sabe.»

Aristóteles Onassis

«Tú eres el motivo de casi todo lo que te sucede.»

Niki Lauda

«La suerte no es más que la habilidad de aprovechar las ocasiones favorables.»

Orison Sweet Marden

«Sólo aquellos que nada esperan del azar, son dueños del destino.»

Mattbew Arnold

«El hombre sabio crea más oportunidades que las que encuentra. »

Francis Bacon

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La Buena Suerte

«Un optimista ve la oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad.»

Winston Churchill

«¿Y cuándo piensas realizar tu sueño?», le preguntó el Maestro a su discípulo.

«Cuando tenga la oportunidad de hacerlo», respondió éste. El Maestro le contestó:

«La oportunidad nunca llega. La oportunidad ya está aquí.»

Anthony de Mello

«Dios no juega a los dados con el Universo.»

Albert Einstein

Quinta parte:

Decálogo, síntesis y nuevo origen de la Buena Suerte

Primera Regla de la Buena Suerte

La suerte no dura demasiado tiempo, porque no depende de ti.

La Buena Suerte la crea uno mismo, por eso dura siempre.

Segunda Regla de la Buena Suerte

Muchos son los que quieren tener Buena Suerte, pero pocos los que

deciden ir a por ella.

Tercera Regla de la Buena Suerte

Si ahora no tienes Buena Suerte tal vez sea porque las

circunstancias son las de siempre.

Para que la Buena Suerte llegue, es conveniente crear nuevas

circunstancias.

Cuarta Regla de la Buena Suerte

Preparar circunstancias para la Buena Suerte no significa buscar sólo el

propio beneficio. Crear circunstancias para que otros también ganen

atrae a la Buena Suerte.

Quinta Regla de la Buena Suerte

Si «dejas para mañana» la preparación de las circunstancias, la Buena

Suerte quizá nunca llegue. Crear circunstancias requiere dar un primer

paso... ¡Dalo hoy!

Sexta Regla de la Buena Suerte

Aun bajo las circunstancias aparentemente necesarias, a veces la Buena

Suerte no llega. Busca en los pequeños detalles circunstancias aparen-

temente innecesarias..., pero ¡imprescindibles!

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La Buena Suerte

Séptima Regla de la Buena Suerte

A los que sólo creen en el azar, crear circunstancias les resulta absurdo.

A los que se dedican a crear circunstancias, el azar no les preocupa.

Octava Regla de la Buena Suerte

Nadie puede vender suerte.

La Buena Suerte no se vende.

Desconfía de los vendedores de suerte.

Novena Regla de la Buena Suerte

Cuando ya hayas creado todas las circunstancias, ten paciencia, no

abandones. Para que la Buena Suerte llegue, confía.

Décima Regla de la Buena Suerte

Crear Buena Suerte es preparar las circunstancias a la oportunidad.

Pero la oportunidad no es cuestión de suerte o azar: ¡siempre esta ahí!

Síntesis

Crear Buena Suerte únicamente consiste en. ¡Crear circunstancias!

El nuevo origen de la Buena Suerte dado que crear Buena Suerte es

crear circunstancias...

La Buena Suerte solamente depende de TI.

A partir de hoy, ¡TÚ también puedes crear Buena Suerte!

Y recuerda que...

El cuento de la Buena Suerte...

...no esta en tus manos por casualidad

Este libro se escribió en ocho horas, de un solo tirón.

Sin embargo, nos llevó más de tres años identificar las reglas de

La Buena Suerte.

Algunos sólo recordarán lo primero.

Otros, sólo recordarán lo segundo.

Los primeros pensarán que tuvimos suerte.

Los otros pensarán que aprendimos y trabajamos para crear «Buena Suerte».

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La Buena Suerte

Agradecimientos

A Gregorio Vlastelica, nuestro editor en Urano, que desde el principio creyó en el proyecto. Gracias a su sensibilidad y generosidad este relato tiene sin duda un alcance mayor al previsto por los autores.

A todos y cada uno de los profesionales que forman el fantástico equipo de

Ediciones Urano.

A Isabel Monteagudo y Maru de Montserrat, nuestras agentes literarias, por su ilusión y empuje. Por sus cientos de horas dedicadas a contactar con editores de todo el mundo y conseguir que un cuento de dos barceloneses viera la luz

simultáneamente en tantos países y en tantas lenguas; sin duda, un hecho

editorial sin precedentes.

A todos los co-agentes de International Editors' Co. y en especial a Laura Dail por su tenacidad y su fe en este pequeño libro. Solamente ella podía lograr que La Buena Suerte se publicara en todos los países de habla inglesa.

A Susan R. Williams, nuestra editora en Estados Unidos y en todos los países de habla inglesa. Susan tuvo el coraje de apostar por el libro y hacer de él un proyecto mundial.

A Philip Kotler, por su hermosa cita, que nos ha autorizado a incluir en la

portada de todas las ediciones del mundo. Por su inestimable apoyo para que

este libro se publicara en los Estados Unidos de América.

A Emilio Mayo, con quien compartimos Buena Suerte desde hace siete años y

esperamos seguir compartiendo muchos años más.

A Jordi Nadal, por su talento y amistad. Jordi es nuestro Merlín particular.

A Manel Armengol, un verdadero Sid, amigo y compañero: él nos animó a

partir en busca del trébol.

A josep López, porque su experiencia editorial es fuente inagotable de

inspiración y mejora.

A Josep Feliu, por las ilustraciones, con las que tan amablemente nos obsequió y que acompañan este cuento.

A Jorge Escribano, por mostrarnos el camino hacia el Bosque Encantado y por

crear las circunstancias para que crezcan tréboles.

A Montse Serret, por su generosa ayuda, pasión y apoyo desde que vio el

primer manuscrito.

A Adolfo Blanco, sus brillantes observaciones y aportaciones al primer

manuscrito permitieron que todo lo positivo que hay que en él quedara más pa-tente.

A nuestros colegas y compañeros en ESADE, a todos los participantes en los

diferentes programas y seminarios que impartimos. Por ser fuente de inspira-

ción.

A nuestros diferentes maestros y profesores, porque son la base de nuestro

aprendizaje y conocimiento.

A María, Blanca y Alejo, por su apoyo, y por las horas robadas. Ellos están

detrás de esta historia, en cada frase, en cada palabra.

A Mónica, Laia y Pol por su amor y caricias. Sois el motivo por el cual cada día tiene sentido crear circunstancias para que crezcan tréboles mágicos.

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La Buena Suerte

También de Álex Rovira Celma y en Empresa Activa La Brújula

Interior

La Brújula Interior es un libro original, sorprendente y por encima de todo distinto: un nuevo paradigma para entendernos a nosotros mismos y a los de-más. A través de una serie de cartas divertidas, apasionantes y lúcidas, se abre a los ojos del lector una nueva perspectiva para entender la vida, para desarrollar la creatividad, para comprender mejor lo que significa una existencia autónoma y feliz.

Los términos «misión», «meta», «objetivos», «posicionamiento» forman parte

del trabajo habitual de un ejecutivo o directivo. Pero curiosamente estas

palabras rara vez son utilizadas para la definición de una misión en la propia vida, de un posicionamiento personal o de unos objetivos que lleven a la propia realización.

www.labrujulainterior.com

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