Como gusteis por William Shakespeare - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

William Shakespeare

D R A M A TIS P ER S O N A E

El DUQUE, desterrado

El DUQUE FEDERICO, su hermano, usurpador del ducado OLIVER, hermano mayor

Jaime, SEGUNDO HERMANO

hijos de don Roldán de Boys

ORLANDO, hermano menor

ROSALINA, hija del Duque desterrado

CELIA, hija del Duque Federico

LE BEAU, cortesano

PARRAGÓN, bufón

ADÁN

criados de Oliver

DIONÍS

CARLOS, luchador

JAIME

seguidores del duque desterrado

AMIENS

CORINO

SILVIO

pastores

FEBE

pastoras

ANDREA

GUILLERMO, campesino

Don OLIVER MATATEXTOS, cura rural

HIMENEO

Nobles del séquito de ambos duques, pajes y acompañamiento.

COMO GUSTÉIS

I.i

Entran ORLANDO y ADÁN.

ORLANDO

Recuerdo muy bien, Adán, que a mí me legó nada más que mil coronas y, como dices, al bendecir a mi hermano le encargó que me educase bien. Y

ahí empiezan mis penas: envía a la universidad a mi hermano Jaime, y es muy elogiado su aprovechamiento; pero a mí me tiene en la casa a lo rústico, o, mejor dicho, me retiene aquí sin educar. Pues, ¿llamas educar a un caballero a lo que no se distingue de guardar un buey en el establo? Sus caballos están mejor cuidados, pues, además de que les luce el pienso, los adiestran, y el adiestramiento lo pagan muy bien. Pero yo, su hermano, con él sólo me gano el crecimiento, lo cual también le deben los animales de sus estercoleros. Además de esta nada que él me da en abundancia, su actitud parece que me quita lo que me dio la naturaleza. Me hace comer con los sirvientes, me niega el lugar de un hermano y, no educándome, pretende anular mi condición. Esto, Adán, es lo que me aflige, y el alma de mi padre, que creo que vive en mí, empieza a sublevarse contra esta esclavitud. No lo soporto más, aunque no sé la manera de evitarlo.

Entra OLIVER.

ADÁN

Ahí viene el amo, vuestro hermano.

ORLANDO

Adán, ponte a un lado y verás cómo me ofende.

OLIVER

Tú, ¿qué haces aquí?

ORLANDO

Nada: no me enseñan a hacer nada.

OLIVER

Entonces, ¿qué deshaces?

ORLANDO

Pues con la inacción te estoy ayudando a deshacer lo que hizo Dios, a este pobre hermano tuyo.

OLIVER

Pues ocúpate mejor y ¡fuera de aquí!

ORLANDO

¿Quieres que guarde tus cerdos y coma algarrobas con ellos? ¿Tan pródigo he sido para haber llegado a esta miseria?

OLIVER

¿Tú sabes dónde estás?

ORLANDO

Perfectamente: aquí, en tu huerto.

OLIVER

¿Y sabes ante quién?

ORLANDO

Sí, mejor que el que tengo delante sabe quién soy yo. Sé que eres mi hermano mayor y que debías reconocerme por nuestro linaje. El uso común te otorga ventaja por ser el primogénito, pero esa misma tradición no me roba mi sangre, así hubiera veinte hermanos entre tú y yo. De nuestro padre tengo tanto como tú, aunque admito que, al precederme, tú te acercas más a su nobleza.

OLIVER [amenazándole]

¡Mocoso!

ORLANDO [agarrándole del cuello]

Vamos, hermano mayor, que en esto eres un niño.

OLIVER

¿Me pones las manos encima, villano?

ORLANDO

No soy un villano. Soy el hijo menor de don Roldán de Boys. Él fue mi padre, y tres veces villano quien diga que tal padre engendró villanos. Si no fueras mi hermano, no soltaría esta mano de tu garganta hasta que esta otra te hubiera arrancado la lengua por decirlo. Te injurias a ti mismo.

ADÁN

Calmaos, queridos amos. Haya paz, por la memoria de vuestro padre.

OLIVER

¡Suéltame ya!

ORLANDO

Cuando me plazca. Y ahora óyeme. Nuestro padre dispuso en su testamento que me dieras buena crianza, y tú me adiestras como a un rústico, ocultándome los modos de todo caballero. En mí se robustece el alma de nuestro padre, y no lo soporto más. Así que concédeme la ocupación adecuada a un caballero o entrégame la triste parte que nuestro padre me dejó en testamento para que yo disponga mi suerte.

OLIVER

Y luego, ¿qué harás? ¿Mendigar cuando la hayas gastado? Muy bien, entra. De ti ya no me ocuparé; tendrás la parte que quieres. Te lo ruego, déjame.

ORLANDO

No te molestaré con nada ajeno a mi derecho.

OLIVER

Y tú vete con él, viejo perro.

ADÁN

¿Me pagáis con «viejo perro»? Gran verdad: me he quedado sin dientes sirviéndoos. Dios bendiga al antiguo amo: él no habría dicho esas palabras.

Salen ORLANDO y ADÁN.

OLIVER

Conque sí, ¿eh? ¿Empezando a propasarte? Yo curaré tu insolencia y no te daré las mil coronas. ¡Eh, Dionís!

Entra DIONÍS.

DIONÍS

¿Llamabais, señor?

OLIVER

¿No ha venido a verme Carlos, el luchador del duque?

DIONÍS

Si os complace, espera a la puerta y solicita que le recibáis.

OLIVER

Que pase.

[Sale DIONíS.]

Será un buen medio; y mañana es la lucha.

Entra CARLOS.

CARLOS

Buenos días tenga Vuestra Señoría.

OLIVER

Mi buen señor Carlos, ¿qué nuevas hay en la nueva corte?

CARLOS

En la corte no hay más nuevas que las viejas: que el viejo duque está desterrado por su hermano menor el nuevo duque, y que le acompañan en destierro voluntario tres o cuatro nobles adeptos suyos, cuyos predios y rentas enriquecen al nuevo duque. Por eso les dio plena libertad para marchar.

OLIVER

¿Sabes si Rosalina, la hija del duque, está desterrada con su padre?

CARLOS

No, porque la quiere tanto su prima, la hija del duque, pues desde la cuna se criaron juntas, que, o la sigue al destierro o se muere al quedarse sola.

Está en la corte, y su tío no la quiere menos que a su hija. Jamás se vio tanto cariño entre dos damas.

OLIVER

¿Y dónde vivirá el antiguo duque?

CARLOS

Dicen que ya está en el Bosque de Arden, con muchos seguidores, y allá viven igual que aquel Robin Hood de Inglaterra. Y dicen que día tras día se unen a él multitud de jóvenes, y todos pasan el tiempo sin preocupa-ciones, como en la Edad de Oro.

OLIVER

Oye, tú luchas mañana ante el nuevo duque.

CARLOS

Vaya que sí, señor, y venía a informaros de algo. Me han dado a entender en secreto que vuestro hermano menor, Orlando, piensa presentarse disfrazado para luchar contra mí. Señor, mañana defiendo mi fama, y el que salga sin un hueso roto podrá hablar de suerte. Vuestro hermano es un muchacho bisoño, y por vos no quisiera tumbarle, como mi honor exigirá si se presenta. Así que, por la estima que os profeso, he venido a avisaros para que le apartéis de su propósito o aceptéis el perjuicio que le espera, pues se lo habrá buscado él mismo y contra mi voluntad.

OLIVER

Carlos, te agradezco tu estima, a la que corresponderé como es debido. Yo ya tenía noticia de la intención de mi hermano, y discretamente me he esforzado en disuadirle; pero él sigue firme. Has de saber, Carlos, que es el muchacho más terco de Francia; un ambicioso, un envidioso de los méritos ajenos, que intriga vilmente contra mí, su legítimo hermano. Así que decide tú: tanto me da que le rompas el cuello como el dedo. Y lleva cuidado, porque si le causas algún daño leve o él no se encumbra a tu costa, atentará contra ti con veneno, te atrapará con alguna artimaña, y no te dejará hasta quitarte la vida con uno u otro subterfugio. Pues te aseguro (y lo digo casi con lágrimas) que no hay nadie en el mundo que sea tan joven e infame. Hablo de él como hermano, pero, si te lo revelase por extenso, lloraría de vergüenza y tú te pondrías pálido de asombro.

CARLOS

Me alegra mucho haber venido. Si mañana se presenta, tendrá lo que merece: si no sale cojo, en la vida vuelvo a luchar. Dios guarde a Vuestra Señoría.

Sale.

OLIVER

Adiós, querido Carlos. - Y ahora, a incitar a nuestro atleta. Espero presenciar su fin, pues mi alma (y no sé por qué) le odia más que nada.

Pero es caballeroso; sin escuela, aunque instruido; de noble pensamiento, hechiza a todo el mundo; y tanto le quiere la gente, sobre todo la mía, que es quien mejor le conoce, que yo me veo menospreciado. No será por mucho: el luchador lo arreglará. Sólo resta enardecer al muchacho, que es lo que ahora me propongo.

Sale.

I.ii

Entran ROSALINA y CELIA.

CELIA

Vamos, Rosalina, querida prima, alégrate.

ROSALINA

Querida Celia, demuestro más alegría de la que siento, ¿y aún me quieres más alegre? Si no me enseñas a olvidar a un padre desterrado, no intentes enseñarme a recordar ninguna dicha extraordinaria.

CELIA

Veo que no me quieres con tanto cariño como yo a ti. Si mi tío, tu padre desterrado, hubiera desterrado a tu tío, mi padre el duque, y tú te hubieses quedado conmigo, le habría enseñado a mi cariño a aceptar a tu padre como mío. Lo mismo harías tú, si tu cariño por mí fuese tan firme y bien dispuesto como el mío por ti.

ROSALINA

Entonces olvidaré mi situación para alegrarme con la tuya.

CELIA

Sabes que mi padre no tiene más hijos que yo, ni es probable que tenga más, y te juro que, a su muerte, tú serás su heredera: pues lo que a tu padre le quitó por la fuerza, yo te lo devolveré con el cariño. Por mi honra que lo serás, y, si falto al juramento, que me vuelva un monstruo. Conque alegre, mi buena y querida Rosalina.

ROSALINA

Desde ahora voy a estarlo y a inventar juegos. A ver... ¿Qué tal el de enamorarse?

CELIA

Sí, sí, anda. Será gracioso. Pero no te enamores muy en serio, ni tampoco juegues tanto al amor que luego no puedas enrojecer y retirarte con honra.

ROSALINA

Entonces, ¿cuál será nuestro juego?

CELIA

Sentarnos y reírnos de doña Fortuna hasta echarla de su rueda, para que en adelante reparta sus dones con más equidad.

ROSALINA

Ojalá pudiéramos, pues nunca acierta al asignarlos, y con quien más se equivoca esta ciega dadivosa es con las mujeres.

CELIA

Cierto, pues cuando les da belleza apenas les da decencia, y a las que da decencia las hace muy poco atractivas.

ROSALINA

Tú mezclas el cometido de la Fortuna con el de la Naturaleza: la Fortuna decide los dones mundanos, no los rasgos naturales.

Entra [PARRAGÓN] el gracioso.

CELIA

No: cuando la Naturaleza ha creado a un ser hermoso, ¿no puede echarlo al fuego la Fortuna? Y aunque la Naturaleza nos da ingenio para reírnos de la Fortuna, la Fortuna, ¿no nos manda a este bufón para zanjar el asunto?

ROSALINA

Pues sí: la Fortuna le puede a la Naturaleza cuando hace que la natural bufonería estorbe al ingenio natural.

CELIA

Eso tal vez no sea obra de la Fortuna, sino de la Naturaleza, que juzga a nuestra razón natural demasiado torpe para hablar de tales diosas y nos envía a este bobo como piedra de amolar, pues la torpeza del bobo aguza el ingenio. Hola, Ingenio, ¿adónde vas?

PARRAGÓN

Señora, debéis ir a ver a vuestro padre.

CELIA

¿Os ha hecho mensajero?

PARRAGÓN

No, por mi honor: sólo me ha enviado a vos.

ROSALINA

¿Quién te ha enseñado ese juramento, bufón?

PARRAGÓN

Cierto caballero que juró por su honor que las tortas estaban buenas y juró por su honor que la mostaza no valía nada. Yo sostengo que las tortas no valían nada y que la mostaza estaba buena, y, sin embargo, el caballero no juró en falso.

CELIA

¿Cómo demuestras eso con tu pozo de ciencia?

ROSALINA

Eso, desata tu sabiduría.

PARRAGÓN

Adelantaos, acariciaos el mentón y jurad por vuestras barbas que soy un granuja.

CELIA

Por nuestras barbas (si tuviéramos), que lo eres.

PARRAGÓN

Por mi granujería (si la tuviera) lo sería. Pero quien jura por lo que no hay, no jura en falso. Tampoco ese caballero al jurar por su honor, pues honor nunca tuvo; o, si tuvo, se le fue en juramentos antes de ver tortas ni mostaza.

CELIA

Oye, ¿a quién te refieres?

PARRAGÓN

A alguien querido de tu padre el buen viejo Federico.

CELIA

El afecto de mi padre basta para honrarle. No hables más de él o un día de éstos te azotarán por maldiciente.

PARRAGÓN

Lástima que el bobo no pueda decir con cordura las bobadas que hace el cuerdo.

CELIA

A fe mía que tienes razón, pues desde que hicieron callar al poco ingenio del bufón, la poca bufonería del cuerdo luce mucho. Aquí viene monsieur Le Beau.

Entra LE BEAU.

ROSALINA

Con la boca llena de noticias.

CELIA

Que nos embuchará como hacen las palomas con sus crías.

ROSALINA

Pues nos va a cebar bien.

CELIA

Mejor: seremos más vendibles. - Bon jour, monsieur Le Beau. ¿Qué hay de nuevo?

LE BEAU

Mi bella princesa, os perdéis muy buenas diversiones.

CELIA

¿Diversiones? ¿De qué tono?

LE BEAU

¿De qué tono, señora? ¿Cómo he de responderos?

ROSALINA

Como decidan ingenio y fortuna.

PARRAGÓN

O como dicten los hados.

CELIA

Muy bien dicho, y de un brochazo.

PARRAGÓN

Si no estoy a mi altura...

ROSALINA

Estarás por los suelos.

LE BEAU

Me asombráis, señoras. Quería hablaros de una buena lucha que os habéis perdido.

ROSALINA

Pues contadnos cómo fue.

LE BEAU

Os contaré el principio y, si place a Vuestras Altezas, podréis ver el fin, pues lo mejor viene ahora y vendrán aquí mismo a ejecutarlo.

CELIA

Un principio ya muerto y enterrado.

LE BEAU

Esto es un hombre mayor con sus tres hijos...

CELIA

Así empieza un cuento muy viejo.

LE BEAU

Tres muchachos apuestos, de buen talle y presencia...

ROSALINA

Con un letrero en el cuello que dice: «Se hace saber a los presentes...».

LE BEAU

El mayor de los tres luchó contra Carlos, el luchador del duque, que pronto le derribó y le rompió tres costillas, al punto que casi no tiene esperanzas de vida. Y así con el segundo, y después con el tercero. Ahí yacen, y su pobre y anciano padre profiere tales quejas y lamentos que cuantos lo contemplan se le unen en su llanto.

ROSALINA

¡Ay de mí!

PARRAGÓN

Pero, monsieur, ¿cuál es la diversión que se han perdido las damas?

LE BEAU

Pues la que he dicho.

PARRAGÓN

Día que pasa, algo que aprendes. No sabía que romper costillas fuera diversión para damas.

CELIA

Ni yo, te lo aseguro.

ROSALINA

Pero, ¿quién más desea asistir a este recital de fragmentos? ¿Todavía hay quien suspira por la rotura de costillas? - ¿Vemos esa lucha, prima?

LE BEAU

La veréis si permanecéis aquí, pues éste es el lugar designado para la lucha, y ya están preparados para ella.

CELIA

Ahí vienen, desde luego. Nos quedamos a verla.

Clarines.

Entran

el

DUQUE

[FEDERICO],

nobles,

ORLANDO, CARLOS y acompañamiento.

DUQUE FEDERICO

¡Vamos! Si el joven no atiende a ruegos, que se arriesgue su ímpetu.

ROSALINA

¿Es aquél?

LE BEAU

El mismo, señora.

CELIA

¡Ah, es muy joven! Pero tiene un aire de victoria.

DUQUE FEDERICO

¿Qué tal, hija y sobrina? ¿Os habéis escabullido de casa para ver la lucha?

ROSALINA

Sí, Alteza, si nos dais licencia.

DUQUE FEDERICO

Mucho no creo que os divierta: le lleva tal ventaja... Por lástima a la edad del contrincante me afané en disuadirle, pero él no atiende a ruegos.

Habladle vosotras; procurad convencerle.

CELIA

Llamadle, mi buen monsieur Le Beau.

DUQUE FEDERICO

Habladle. Yo me aparto.

LE BEAU

Señor contrincante, os llama la princesa.

ORLANDo

Me pongo a sus órdenes con todo respeto.

ROSALINA

Joven, ¿habéis retado al luchador Carlos?

ORLANDO

No, bella princesa: es él quien reta. Yo me presento como todos, para probar mi fuerza juvenil.

CELIA

Joven caballero, vuestro ánimo es desmesurado para vuestra edad. Habéis comprobado la fuerza de este hombre; si lo han visto vuestros ojos y vuestro entendimiento, la enormidad de vuestro riesgo os aconsejará una lucha más igual. Por vos mismo os rogamos que os mantengáis a salvo y renunciéis a vuestro empeño.

ROSALINA

Hacedlo, joven. Vuestro honor no sufrirá menoscabo. Suplicaremos al duque que detenga la lucha.

ORLANDO

Os lo ruego, no me juzguéis descortés porque incurra en la culpa de negar alguna cosa a tan bellas y excelentes damas. Que vuestros bellos ojos y nobles deseos me acompañen en la prueba: si me vence, será un deshonor para quien no fue afortunado; si me mata, morirá quien a ello está dispuesto. No causaré dolor a los míos, pues no tengo quien me llore; ni haré daño al mundo, pues en él nada poseo: en este mundo sólo ocupo un lugar que estará mejor ocupado cuando yo lo desaloje. RoSALINA Ojalá pudiera daros la poca fuerza que tengo.

CELIA

Y yo la mía para aumentarla.

ROSALINA

Buena suerte. Ojalá me haya engañado con vos.

CELIA

¡Cúmplase vuestro anhelo!

CARLOS

Vamos, ¿dónde está ese joven gallardo que tanto desea yacer con su madre tierra?

ORLANDO

Aquí, señor, pero su deseo es más decente.

DUQUE FEDERICO

Combatiréis a un solo asalto.

CARLOS

Vuestra Alteza no tendrá que convencer del segundo a quien no pudo disuadir del primero.

ORLANDO

Si pensáis burlaros de mí después, no debéis burlaros antes. ¡Vamos ya!

RoSALINA

¡Que Hércules te asista, joven!

CELIA

Ojalá fuera invisible para agarrar al forzudo de la pierna.

Luchan.

ROSALINA

¡Ah, muchacho sin par!

CELIA

Si pudiera fulminar con los ojos, ya sé quien caería.

[ Cae CARLOS.] Aclamación.

DUQUE FEDERICO

¡Basta, basta!

ORLANDO

No, Alteza, os lo ruego: aún no he entrado en calor.

DUQUE FEDERICO

¿Cómo estás, Carlos?

LE BEAU

No puede hablar, señor.

DUQUE FEDERICO

Sacadle de aquí.

[ Se llevan a CARLOS.]

¿Cómo te llamas, muchacho?

ORLANDO

Orlando, Alteza, el hijo menor

de don Roldán de Boys.

DUQUE FEDERICO

Ojalá fueras hijo de otro hombre.

Tu padre gozó de gran estima,

mas yo siempre vi en él un enemigo.

Tu hazaña más me habría satisfecho

si tú procedieras de otra casa.

Mas queda con Dios; eres un joven gallardo...

Ojalá hubieras nombrado a otro padre.

Sale el DUQUE, [ con LE BEAU, PARRAGÓN, nobles y acompañamiento].

CELIA

En el lugar de mi padre, prima,

¿habría hecho yo esto?

ORLANDO

Más orgullo siento ahora de ser hijo

de don Roldán, el menor, y de nombre no pienso

cambiar, aunque el duque me haga su heredero.

ROSALINA

Mi padre quería a don Roldán más que a su alma,

y todos compartían su sentir.

Si sé que este joven era hijo suyo,

lágrimas le añado a mi súplica

antes de que corra un riesgo así.

CELIA

Noble prima, démosle las gracias

y confortémoslo. Me duele en el alma

la aspereza y desafecto de mi padre. –

Señor, merecéis todo elogio. Si cumplís

vuestras promesas de amor igual que ahora

habéis rebasado con creces la promesa,

haréis dichosa a vuestra amada.

ROSALINA [quitándose del cuello una cadena]

Señor, llevad esto por mí, esta huérfana

de la Fortuna, que más daría

si en la mano más tuviera. - ¿Vamos, prima?

CELIA

Sí. - Quedad con Dios, noble caballero.

ORLANDO

¿No puedo decir «gracias»? Derriban

lo mejor de mí, y lo que sigue en pie

es sólo un estafermo, un bulto sin vida.

ROSALINA

Nos llama. Mi orgullo cayó con mi suerte:

voy a preguntarle lo que quiere. - ¿Llamabais?

Señor, habéis luchado bien y no sólo

al adversario habéis rendido.

CELIA

¿Vamos, prima?

ROSALINA

Ya voy. - Quedad con Dios.

Sale [ con CELIA].

ORLANDO

¿Qué emoción me oprime la lengua?

No puedo hablarle, y ella quería conversar.

Entra LE BEAU.

¡Ah, pobre Orlando, te han derribado!

Si no Carlos, algo más débil te domina.

LE BEAU

Mi buen señor, por mi amistad os aconsejo

que salgáis de este lugar. Aunque habéis recibido alabanzas, aplausos y cariño,

el ánimo del duque es ahora tal

que tergiversa todo cuanto hicisteis.

El duque cambia. Lo que le ocurre conviene

que vos lo imaginéis, no que yo lo diga.

ORLANDO

Os lo agradezco, señor. Servíos decirme

cuál de las dos que estaban en la lucha

era la hija del duque.

LE BEAU

Ninguna, si juzgamos su conducta,

aunque, en realidad, la hija es la más alta.

La otra es la hija del duque desterrado,

y aquí la ha retenido el duque usurpador

para hacerle compañía a su hija,

pues se quieren mucho más que dos hermanas.

Mas os diré que el duque últimamente

está molesto con su noble sobrina,

y la única razón en que se funda

es que la gente alaba sus virtudes

y la compadece por la suerte de su padre;

y, por mi vida, que su mala voluntad

se va a manifestar muy pronto. Señor, adiós.

Algún día, cuando vengan tiempos mejores

procuraré vuestro afecto y amistad.

ORLANDO

Os quedo muy agradecido. Adiós.

[ Sale LE BEAU.]

Huyo del relámpago y doy en el rayo:

de un duque cruel a un cruel hermano.

Mas, ¡celestial Rosalina!

Sale.

I.iii

Entran CELIA y ROSALINA.

CELIA

Vamos, prima; vamos, Rosalina. Cupido me libre, ¿ni una palabra?

ROSALINA

Ni para tirársela a un perro.

CELIA

Tus palabras valen mucho para tirárselas a los perros. Tírame algunas a mí; vamos, lísiame a palabras.

ROSALINA

Entonces habría que recluir a las dos primas: la una lisiada con palabras, y la otra loca sin ninguna.

CELIA

Pero, ¿todo esto es por tu padre?

ROSALINA

No, una parte es por el padre de mi hijo. ¡Ah, cuántas espinas tiene nuestro mundo cotidiano!

CELIA

Prima, no son más que cardos festivos que te tiran jugando; si nos salimos del camino trillado, se nos pegan a las faldas.

ROSALINA

Entonces me los podría sacudir; pero los llevo muy dentro.

CELIA

Pues tose y échalos.

ROSALINA

Lo haría si, tosiendo yo, viniera él.

CELIA

Vamos, vamos; lucha con tus sentimientos.

ROSALINA

¡Ah, están de la parte de un luchador que me supera!

CELIA

Pues, buena suerte: seguro que luchas con él aunque vaya a tumbarte.

Pero, cortemos el hilo de las bromas y hablemos en serio. ¿Es posible que así, tan de repente, te hayas encariñado tanto con el hijo menor de don Roldán?

ROSALINA

El duque, mi padre, quería entrañablemente a su padre.

CELIA

¿Y por esa razón tú debes quererle entrañablemente? Siguiendo esa lógica yo tendría que odiarle, pues mi padre odiaba a su padre entrañablemente.

Pero yo no odio a Orlando.

ROSALINA

Ah, no le odies; hazlo por mí.

CELIA

¿Por qué? ¿No se lo merece?

Entra el DUQUE [FEDERICO] con nobles.

ROSALINA

Déjame que le quiera por eso, y tú quiérele porque yo le quiero. Mira, ahí viene el duque.

CELIA

Con los ojos llenos de ira.

DUQUE FEDERICO

Mujer, por tu seguridad

vete de mi corte a toda prisa.

ROSALINA

¿Yo, tío?

DUQUE FEDERICO

Tú, sobrina. Si de aquí a diez días

te encuentran a sólo veinte millas

de mi corte, morirás.

ROSALINA

Alteza, os lo suplico: permitid

que me aleje conociendo mi culpa.

Si tengo comunicación conmigo misma

o conocimiento de mis propios deseos;

si no sueño y, como espero,

no estoy loca, entonces, querido tío,

jamás he concebido el pensamiento

de agraviar a Vuestra Alteza.

DUQUE FEDERICO

Así hablan los traidores. Si sólo

con palabras pudieran exculparse,

serían tan inocentes como el cielo.

Bástete saber que no me fío de ti.

ROSALINA

Desconfianza no es prueba de traición.

Decidme en qué se fundan las sospechas.

DUQUE FEDERICO

Eres la hija de tu padre, y basta.

ROSALINA

Lo era cuando vos tomasteis el ducado;

lo era cuando vos le desterrasteis.

La traición no se hereda, Alteza, y aunque

de los nuestros la heredásemos, a mí,

¿en qué me afecta? Mi padre no fue un traidor.

Así que, Alteza, no os engañéis creyendo

que mi pobreza es traición.

CELIA

Mi querido señor, escuchadme.

DUQUE FEDERICO

Celia, por ti se quedó con nosotros,

o si no, andaría errante con su padre.

CELIA

No se quedó porque yo lo suplicara.

Fue vuestro deseo y vuestra compasión.

Yo era entonces muy pequeña para apreciarla,

mas ahora la conozco. Si ella es traidora,

yo también. Juntas siempre hemos dormido;

juntas nos hemos levantado, estudiado,

jugado y comido, y, adondequiera que íbamos,

cual cisnes de Juno íbamos juntas y unidas.

DUQUE FEDERICO

Ella es más lista que tú, y su dulzura,

silencio y mansedumbre,

llegan a la gente, y es compadecida.

Eres una ingenua: te está quitando el rango.

Cuando ya no esté, tú lucirás

más excelencia y distinción. Conque no hables.

La sentencia que he dictado es firme

e irrevocable: está desterrada.

CELIA

Extended a mí también vuestra sentencia,

señor, pues no sé vivir sin su compañía.

DUQUE FEDERICO

No seas boba. - Tú, sobrina, haz los preparativos.

Si rebasas el plazo, por mi honor

y el poder de mi palabra, que morirás.

Salen el DUQUE y acompañamiento.

CELIA

¡Ah, mi pobre Rosalina! ¿Adónde irás?

¿Cambiamos de padre? Te doy el mío.

Y te lo ordeno: no te aflijas más que yo.

ROSALINA

Más motivo tengo.

CELIA

No, prima. Vamos, alégrate. ¿No sabes

que el duque ha desterrado a su hija?

ROSALINA

No ha hecho tal.

CELIA

Ah, ¿no? Entonces te falta el cariño

que te enseña que somos uña y carne.

¿Vamos a dividirnos, separarnos, niña mía?

No: que mi padre se busque otra heredera.

Conque piensa conmigo el modo de escapar,

adónde ir y lo que vamos a llevarnos;

y no intentes cargar con el peso de tu suerte,

llevar sola tus penas y excluirme,

pues, por el cielo, que se oscurece de lástima,

que, digas lo que digas, nos vamos las dos.

ROSALINA

¿Y adónde iremos?

CELIA

Al Bosque de Arden a buscar a mi tío.

ROSALINA

¡Ah! Y, siendo muchachas, ¿qué peligros

nos acechan en un viaje tan largo?

Más mueve al ladrón la belleza que el oro.

CELIA

Llevaré una ropa sencilla y humilde

y me mancharé la cara de un tono ocre;

tú también. Así podremos seguir

nuestro camino sin que nadie nos asalte.

ROSALINA

¿No será mejor, puesto que soy

más alta de lo corriente, que me vista

del todo como un hombre? Con intrépida

espada al costado, venablo en mano

y, guardado en el pecho el temor de mujer,

tendré un porte ufano y marcial,

como tantos cobardes bravucones

que blasonan con las meras apariencias.

CELIA

¿Y cómo he de llamarte cuando seas hombre?

ROSALINA

Por el nombre del paje de Júpiter,

conque habrás de llamarme Ganimedes.

¿Y cuál será tu nombre?

CELIA

Uno que aluda a mi estado.

Celia ya no, sino Aliena.

ROSALINA

Prima, ¿y si intentamos llevarnos

al bufón de la corte de tu padre?

¿No sería una distracción en nuestro viaje?

CELIA

Me seguiría al fin del mundo;

deja que yo me lo gane. Vamos ya,

reunamos nuestros bienes y joyas,

pensemos en la hora propicia y en el modo

más seguro de evadir la persecución

que vendrá tras mi fuga. Y ahora marchemos

gozosas a la libertad, que no al destierro.

Salen.

II.i

Entran el antiguo DUQUE, AMIENS, y dos o tres NOBLES vestidos de cazadores.

DUQUE

Compañeros y hermanos de destierro,

¿verdad que la costumbre hace esta vida

más grata que la del falso oropel?

Aquí en la floresta, ¿no hay menos peligro

que en la pérfida corte? Aquí no sufrimos

el castigo de Adán, el cambio de las estaciones: ved el helado colmillo y el áspero azote

del viento invernal; cuando pega y me corta

hasta hacerme tiritar, yo sonrío y digo:

«Éstos no adulan. Son consejeros

que me hacen sentir lo que soy».

Dulce es el fruto de la adversidad,

que, como el sapo feo y venenoso,

lleva siempre una gema en la cabeza;

así, nuestra vida, aislada del trato social,

halla lenguas en los árboles, libros en los arroyos, sermones en las piedras y el bien en todas las cosas.

AMIENS

Yo no la cambiaría. Dichosa Vuestra Alteza,

que sabe dar al rigor de la fortuna

un sentido tan grato y apacible.

DUQUE

Bueno, ¿vamos a matar ciervos? Con todo,

me apena ver a estos pobres animales

moteados, habitantes naturales

de esta soledad, con el cuerpo ensangrentado

por las flechas en su propio territorio.

NOBLE 1.°

Alteza, el melancólico Jaime también

se lamenta, y jura que, cazando,

vos sois más usurpador que el hermano

que os ha desterrado. Hoy el señor de Amiens y yo nos habíamos escondido cuando estaba

tendido bajo un roble cuya vieja raíz

asoma al lado del arroyo que murmura

por el bosque, y a su orilla vino a agonizar

un pobre ciervo solitario, herido

por certero cazador. Y, Alteza,

los gemidos del mísero animal

eran tan violentos que su piel

parecía que estallaba; las gruesas lágrimas

corrían lastimeras, una tras otra,

por su cándido hocico; y el melancólico

Jaime observaba cómo el pobrecillo

aumentaba las aguas del arroyo

con su llanto.

DUQUE

¿Y qué decía Jaime?

¿No comentó la escena?

NOBLE 1.°

Sí, con mil símiles. Primero,

lo de llorar en un arroyo caudaloso:

«Pobre ciervo», dijo, «otorgas testamento

como los mortales, y legas de más

al que tiene demasiado». Después, lo de estar

abandonado de sus lustrosos amigos:

«Así es», dijo. «La pobreza separa

de toda compañía». Al punto pasa dando saltos

una manada bien nutrida, e, indiferente,

no se para a saludarle. Y dice Jaime:

«¡Adelante, rollizos ciudadanos!

Es la costumbre. ¿Por qué miráis

a este pobre y mísero arruinado?»

Y estuvo fustigando mordazmente

el campo, la corte y la ciudad,

y aun esta vida nuestra, jurando que no somos

más que usurpadores, déspotas y cosas peores,

que asustamos y matamos animales

en su morada propia y natural.

DUQUE

¿Y le dejasteis en esas reflexiones?

NOBLE 2.°

Sí, Alteza: llorando y meditando

sobre el ciervo sollozante.

DUQUE

Mostradme ese lugar. Me gusta

dar con él cuando está malhumorado,

porque entonces está en vena.

NOBLE 1.°

Ahora mismo os llevo a él.

Salen.

II.ii Entra el DUQUE [FEDERICO] con NOBLES.

DUQUE FEDERICO

¿Es posible que nadie las viese?

No puede ser. Seguro que hay cómplices

entre la servidumbre.

NOBLE 1.°

No sé de nadie que la viera.

Las damas de su cámara la ayudaron

a acostarse, y por la mañana temprano

hallaron el lecho abandonado de su dueña.

NOBLE 2.

Señor, también falta el vil bufón,

del que tanto se reía Vuestra Alteza.

Hisperia, la doncella de honor de la princesa,

confiesa que en secreto llegó a oír

a vuestra hija y a su prima elogiando

las prendas y virtudes del joven luchador

que hace poco derribó al fornido Carlos,

y cree que, dondequiera que se encuentren,

el muchacho sin duda está con ellas.

DUQUE FEDERICO

Id a casa del hermano. Traed a ese joven.

Si no está, traedme a su hermano.

Haré que lo encuentre. Id ahora mismo.

Y que no ceda la búsqueda y pesquisa

hasta que vuelvan las necias fugitivas.

Salen.

II.iii Entran ORLANDO y ADÁN.

ORLANDO

¿Quién va?

ADÁN

¡Ah, mi joven amo! ¡Mi noble amo,

querido amo! ¡Retrato fiel

de don Roldán! ¿Qué hacéis aquí?

¿Por qué sois ejemplar? ¿Por qué tan querido?

¿Por qué sois noble, fuerte y valeroso?

¿Cómo fuisteis tan necio que vencisteis

al robusto luchador del veleidoso duque?

Vuestra fama se os ha adelantado.

Amo, ¿no sabéis que las virtudes

de algunos son sus enemigos? Pues así

las vuestras. Noble amo, vuestros méritos

no son para vos más que santos traidores.

¡Ah, qué mundo, si todo lo digno

envenena al poseedor!

ORLANDO

Pero, ¿qué pasa?

ADÁN

¡Ah, infortunado! No paséis. El enemigo

de vuestras virtudes vive en esta casa.

Vuestro hermano... no, hermano no; el hijo...

tampoco el hijo; no pienso llamarle hijo...

de quien iba a llamarle su padre,

ha oído hablar de vuestra fama, y esta noche

se propone incendiar vuestro aposento

mientras vos dormís. Si no lo consigue

hallará otra manera de mataros:

le oí cuando hablaba de su intriga.

Esta casa no es lugar: es un matadero.

Detestadla, temedla y no paséis.

ORLANDO

¿Y adónde quieres que vaya, Adán?

ADÁN

Adonde sea, con tal que no sea aquí.

ORLANDO

¡Cómo! ¿Quieres que vaya a mendigar

o que por la fuerza de vil y ruda espada

me gane la vida como un forajido?

Así he de vivir o no sé qué haré.

Mas no robaré, por mal que lo pase.

Prefiero exponerme a la maldad

de un hermano pervertido e inhumano.

ADÁN

No lo hagáis. Tengo quinientas coronas

de la paga que ahorré con vuestro padre

para que fuesen mi cuidado y protección

cuando mis miembros no pudieran dar servicio

y echasen a un rincón mi vejez desatendida.

Tomadlas, y que Aquél que a los cuervos alimenta y cuya providencia mantiene al gorrión,

me asista en la vejez. Aquí está el dinero,

os lo doy todo. Dejadme que os sirva.

Pareceré viejo, pero estoy sano y fuerte,

pues en mi juventud jamás vertí

licores turbulentos en la sangre,

y nunca ansié los goces deshonestos

que debilitan y consumen.

Así que mi vejez es un invierno saludable:

frío, pero benigno. Dejad que os acompañe;

os serviré como un hombre más joven

en cualquier necesidad y menester.

ORLANDO

¡Ah, buen anciano! ¡Qué bien demuestras

el servicio fiel del mundo antiguo,

que sudaba por lealtad y no por paga!

No naciste para el uso de estos tiempos,

en que sólo se suda por medrar

y el servicio se extingue con el medro

en cuanto se alcanza. Tú no eres así.

Pobre anciano, cuidando un árbol enfermo

que ni una triste flor puede dar ya

en pago de todos tus trabajos y desvelos.

En fin, vamos; iremos los dos juntos,

y antes que gastemos tus ahorros juveniles

tendremos una humilde ocupación que nos mantenga.

ADÁN

En marcha, amo, que yo os seguiré

hasta el último aliento con toda mi lealtad.

He vivido aquí desde mis diecisiete años

hasta ahora, casi ochenta, pero ya no más.

A los diecisiete muchos buscan su fortuna,

pero a los ochenta ya es muy tarde.

Mas de la fortuna no quiero otro pago

que morir bien no siendo deudor de mi amo.

Salen.

II.iv Entran RoSALINA disfrazada de Ganimedes, CELIA de Aliena, y PARRAGÓN el gracioso.

ROSALINA

¡Oh, Júpiter, qué cansado tengo el ánimo!

PARRAGÓN

A mí el ánimo me da igual, pero tengo cansadas las piernas.

ROSALINA

Me costaría muy poco deshonrar mi traje de hombre y llorar como mujer.

Pero he de consolar este cuerpo frágil, pues el jubón y las calzas deben mostrar decisión ante las faldas. Conque ánimo, querida Aliena.

CELIA

Aguardad, os lo ruego. No puedo andar más.

PARRAGÓN

Prefiero aguardaros que guardaros; aunque tampoco guardaría un gran tesoro, pues creo que vais sin dinero.

ROSALINA

Bueno, esto es el Bosque de Arden.

PARRAGÓN

Sí, y más bobo yo por estar en Arden. Cuando estaba en palacio vivía en mejor sitio. Pero el viajero ha de amoldarse.

ROSALINA

Eso, amóldate, buen Parragón.

Entran CORINO y SILVIO.

Mirad quién viene: un joven y un viejo en grave coloquio.

CORINO

Así te despreciará de por vida.

SILVIO

¡Ah, Corino, si supieras cómo la amo!

CORINO

Lo imagino, pues yo también amé.

SILVIO

No, Corino. A tu edad no lo imaginas,

aunque en tu juventud amases tanto

como el que en la noche yace suspirante.

Mas si tu amor fue como el mío

(y creo que jamás nadie ha amado como yo),

¿a cuántos desatinos y dislates

te arrastró el enamoramiento?

CORINO

A miles que he olvidado.

SILVIO

Entonces nunca amaste con el alma.

Si no recuerdas la menor locura

que el amor te haya hecho cometer,

es que no has amado.

O si nunca te sentaste, como ahora yo,

a cansar a tu oyente elogiando a tu adorada,

es que no has amado.

O si nunca abandonaste compañía

como ahora me exige el sentimiento,

es que no has amado.

¡Oh, Febe, Febe, Febe!

Sale.

ROSALINA

¡Pobre pastor! Él hurga en su herida

y por un cruel azar yo encuentro la mía.

PARRAGÓN

Y yo la mía. Recuerdo que cuando estuve enamorado me rompí la espada contra una piedra, y le dije: «Toma eso por ir de noche a casa de Juana la Risas». Y recuerdo que le besé el batidor y las ubres de las vacas que había ordeñado con sus manitas agrietadas. Y recuerdo que galanteé a una planta de guisantes como si fuese ella, y que arranqué dos vainas y se las di, diciéndole con lágrimas en los ojos: «Llévalas por mí». Los enamorados nos metemos en unos líos extraordinarios. Y es que, así como todo lo vivo es mortal, todo lo vivo enamorado se muere de tonto.

ROSALINA

Hablas con más seso del que crees.

PARRAGÓN

Sí, y no sabré el que tengo hasta que me lo haya sorbido.

ROSALINA

¡Ah, Júpiter! Lo que siente ese pastor

parece que lo siento yo.

PARRAGÓN

Y yo, pero a mí ya me está flojeando.

CELIA

Os lo ruego, preguntad a ese hombre

si quiere vendernos algo de comer.

Estoy que desfallezco.

PARRAGÓN

¡Eh, tú, patán!

ROSALINA

Calla, bufón, que no es de los tuyos.

CORINO

¿Quién llama?

PARRAGÓN

Tus superiores.

CORINO

Si no, ¡qué míseros serían!

ROSALINA

¡Calla ya! - Buenas tardes tengáis, amigo.

CORINO

Y vos, noble señor, y todos.

ROSALINA

Os lo ruego, pastor, si el favor o el dinero

pueden darnos hospedaje en esta soledad,

llevadnos donde den descanso y alimento.

Aquí hay una doncella extenuada del camino

que se cae desfallecida.

CORINO

Gentil señor, la compadezco, y ojalá

(lo digo más por ella que por mí)

mis medios permitiesen aliviarla.

Mas trabajo de pastor para otro hombre

y no esquilo las ovejas que apaciento.

Mi amo es hosco de carácter

y no se afana por hallar la vía del cielo

practicando la hospitalidad. Además,

va a vender su casa, sus rebaños

y sus pastos y, estando él ausente,

ahora no hay nada de comer

en la cabaña. Mas venid a ver lo que tenemos;

mientras dependa de mí, seréis bienvenidos.

ROSALINA

¿Quién va a comprarle el rebaño y los pastos?

CORINO

El mozo que habéis visto hace un momento,

al que apenas le preocupa comprar nada.

ROSALINA

Os lo ruego, si cabe hacerlo honradamente,

comprad la casa, los pastos y el rebaño,

que nuestro dinero tendréis para pagarlos.

CELIA

Os subiremos la paga. Me gusta este sitio,

y de buena gana pasaría la vida aquí.

CORINO

Es seguro que lo venden. Venid.

Si, una vez informados, os agradan

la tierra, el beneficio y esta vida,

seré vuestro fiel servidor y al momento

iré a comprarla con vuestro dinero.

Salen.

II.v

Entran AMIENS, JAi1VIE y otros.

[AMIENS] Canción.

Venga bajo el verdor

del bosque junto a mí

quien quiera unir su voz

al pájaro feliz;

que venga, aquí, aquí.

Nunca verá

más adversidad

que el frío invernal.

JAIME

Sigue, sigue. Te lo ruego, sigue.

AMIENS

Te pondrá melancólico, Jaime.

JAIME

Pues mejor. Sigue, te lo ruego, sigue, que yo sorbo melancolía de una canción como la comadreja sorbe huevos. Vamos, sigue.

AMIENS

Tengo una voz áspera y no podré complacerte.

JAIME

No quiero que me complazcas; quiero que cantes. Anda, vamos, otra estrofa. ¿No se llaman estrofas?

AMIENS

Como tú quieras, monsieur Jaime.

JAIME

Me da igual como se llamen: no me deben nada. ¿Quieres cantar?

AMIENS

Más porque lo pides que por mi gusto.

JAIME

Muy bien: si tengo que darle las gracias a alguien, te las daré a ti. Pero lo que llaman cortesía es como el encuentro de dos micos. Y cuando alguien me da sus gracias más sinceras, es como si le hubiera dado un céntimo y él lo agradeciese como un mendigo. Vamos, canta. - Y los que no queráis, a callar.

AMIENS

Bueno, terminaré la canción. - Señores, poned la mesa: el duque va a beber bajo este árbol. - Ha estado todo el día buscándote.

JAIME

Y yo todo el día evitándole. Para mi gusto, es muy discutidor. A mí se me ocurren tantas cosas como a él, pero yo se lo agradezco a Dios y no me jacto. Vamos con tus trinos, vamos.

TODOS

Canción.

Quien deje aspiración

por aire libre y paz,

comiendo sin temor

lo que pueda encontrar,

que venga, aquí, aquí.

Nunca verá

más adversidad

que el frío invernal.

JAIME

Para esa tonada te regalo otra letra que escribí ayer pese a mi pobre inventiva.

AMIENS

La cantaré.

JAIME

Pues ahí va:

Quien quiera el bobo hacer,

si por ahí le da,

dejándose a la vez

fortuna y bienestar,

ducdame, ducdame, ducdame.

Tontos verá

de solemnidad

quien venga a este lugar.

AMIENS

¿Qué es «ducdame»?

JAIME

Una invocación en griego para que los tontos hagan círculo. Me voy a dormir, si puedo. Si no, maldeciré a todos los primogénitos de Egipto.

AMIENS

Yo voy a buscar al duque. Su almuerzo está listo.

Salen.

II.vi Entran ORLANDO y ADÁN.

ADÁN

Querido amo, no puedo andar más. ¡Ah! Me muero de hambre. Voy a echarme a medir mi sepultura. Adiós, mi buen amo.

ORLANDO

¿Qué pasa, Adán? ¿Ya no tienes ánimos? Vive, anímate, confórtate. Si en este ignoto bosque hay algo salvaje, yo seré su alimento o él lo será tuyo.

Te ves más próximo a la muerte de lo que estás. Anímate, hazlo por mí.

Con la muerte guarda las distancias. En seguida vuelvo contigo y, si no te traigo nada de comer, te permitiré que mueras. Pero si mueres antes de que vuelva, te habrás burlado de mi esfuerzo. Eso es, ya estás animado. Yo vuelvo en seguida. Pero aquí te da el aire frío. Vamos, ven; te dejaré a cubierto y si hay algo viviente en esta soledad, no morirás por falta de sustento. ¡Animo, Adán!

Salen.

II.vii Entran el antiguo DUQUE, [AMIENS] y NOBLES, vestidos de forajidos.

DUQUE

Se habrá transformado en animal,

pues en forma humana no lo encuentro.

NOBLE 1.º

Señor, acaba de salir.

Se había puesto contento de oír una canción.

DUQUE

Si a este ser inarmónico le atrae la música,

pronto habrá disonancia en las esferas.

Buscadle y decidle que quiero hablar con él.

Entra JAIME.

NOBLE 1.º

Su presencia me ahorra el trabajo.

DUQUE

¿Qué tal, monsieur? ¿Qué vida es ésta

que tus pobres amigos han de solicitar

tu compañía? Vaya, ¿estás alegre?

JAIME

¡Un bufón! ¡He visto un bufón en el bosque,

un bufón de colores! ¡Mundo triste!

Tan verdad como que el pan me alimenta

he visto un bufón, que se acuesta, toma el sol

y, en lenguaje bien medido, se queja

de doña Fortuna; y era un bufón de colores.

«Buenos días, bufón», le digo. Y él: «No, señor; bufón no me llaméis hasta que el cielo

mejore mi suerte». Entonces saca del bolsillo

un reloj de sol, lo mira con ojo apagado

y, muy sesudo, dice: «Son las diez.

Así podemos ver», dice, «cómo anda el tiempo.

Hace una hora que eran las nueve

y pasada una hora serán las once;

y así de hora en hora maduramos,

y así de hora en hora nos pudrimos,

y eso encierra una lección». Cuando oí

al bufón coloreado filosofar sobre el tiempo,

mis pulmones dieron brincos de alegría

de ver lo reflexivos que eran los bufones;

y estuve riendo sin parar una hora

de las de su reloj. ¡Noble bufón!

¡Gran bufón! El color es lo que viste.

DUQUE

¿Y quién es el bufón?

JAIME

Un gran bufón. Ha sido cortesano

y dice que la dama que es joven y hermosa

tiene un don para saberlo. Y en su cerebro,

más seco que la galleta sobrante

de una travesía, almacena un sinfín

de observaciones, que suelta de forma

quebrada. ¡Ah, quién fuera bufón!

Suspiro por un traje de colores.

DUQUE

Lo tendrás.

JAIME

No pido más, con tal de que arranquéis

de vuestro buen criterio la opinión,

crecida en demasía, de que soy

juicioso. Quiero libertad y el privilegio

tan grande como el viento de soplarle

a quien yo guste, como el de los bufones.

Y a los que más hayan crispado mis bobadas,

más haré reír. ¿Y por qué? El porqué

está más claro que la luz del día.

Cuando un bufón te pincha sabiamente

serás necio si, por mucho que te duela,

no pareces insensible a su pinchazo. Si no,

hasta la indirecta más fortuita

revelará la necedad del sabio.

Vestidme de color. Dadme licencia

para decir lo que pienso, que yo purgaré

nuestro mundo infectado hasta el final

si tiene la paciencia de tomar mi medicina.

DUQUE

¡Quita! Sé muy bien lo que harías.

JAIME

Por un céntimo, ¿qué haré sino el bien?

DUQUE

Pecado feo y perverso es censurar el pecado.

Tú mismo has sido un libertino,

más lascivo que el impulso animal,

y sobre el mundo entero arrojarías

todas las pústulas y llagas tumefactas

que cogiste en tu licencia y desenfreno.

JAIME

¿Quién que condene el lujo

ofende a alguien concreto?

¿No fluye tan copioso como el mar

hasta que refluye, agotados sus recursos?

¿A qué mujer de la ciudad he nombrado

al decir que la mujer de ciudad

lleva sobre hombros indignos ropa de príncipes?

¿Quién puede decirme que aludo a ésta

cuando su vecina es como ella?

¿O qué hombre de baja condición

no dirá que yo no he pagado sus galas,

creyendo que aludo a él y confirmando

con su propia necedad el tenor de mi discurso?

Pues ya está. Entonces, ¿qué? A ver en qué

le ofende mi lengua. Si lo pinto cabalmente,

se ha ofendido a sí mismo; si no es culpable,

mi censura vuela como el ganso bravo,

que a nadie pertenece. Pero, ¿quién viene aquí?

Entra ORLANDO [espada en mano].

ORLANDO

¡Alto y no sigáis comiendo!

JAIME

Si aún no he empezado.

ORLANDO

Ni lo haréis hasta que se atienda al necesitado.

JAIME

¿De qué especie es este gallo?

DUQUE

¿Es la penuria lo que así os embravece

o despreciáis zafiamente los buenos modales

con ese incivil comportamiento?

ORLANDO

Habéis acertado en lo primero: la espina

de la flaca penuria me ha privado

de las muestras de civilidad. Mas me educaron

en palacio y cultura no me falta.

No comáis. Morirá quien toque esos frutos

antes que se atienda a mi persona y privación.

JAIME

Moriré si el remedio no es fructífero.

DUQUE

¿Qué pretendéis? Vuestra cortesía se impondrá

antes que a la fuerza impongáis la cortesía.

ORLANDO

Me muero de hambre. Dadme de comer.

DUQUE

Sentaos y comed, y bienvenido a nuestra mesa.

ORLANDO

Habláis con nobleza. Os lo ruego, perdonad.

Pensé que aquí todo era salvaje

y puse gesto imperioso. Mas quienquiera

que seáis que, en esta soledad inaccesible,

a la sombra del ramaje melancólico

dejáis pasar las horas perezosas,

si habéis gozado de tiempos mejores,

si las campanas os llamaban a la iglesia,

si os han convidado a una mesa honorable,

si habéis derramado alguna lágrima y sabéis

lo que es compadecer y ser compadecido,

que la cortesía responda a mi violencia.

Lo espero con sonrojo y envaino mi espada.

DUQUE

En verdad, he gozado de tiempos mejores,

a la iglesia me ha llamado la campana,

he comido en mesas honorables y he vertido

lágrimas nacidas de la santa compasión.

Así que sentaos como ser civilizado

y tomad a voluntad cuanto tenemos

y pueda socorrer vuestra carencia.

ORLANDO

Entonces dejad de comer por un momento,

mientras yo, como una cierva, voy en busca

del cervato para darle de comer.

Es un pobre anciano que, por puro cariño,

me acompaña fatigoso. No pienso tocar nada

hasta que él sea atendido, pues le tienen

postrado el hambre y la edad.

DUQUE

Id a buscarle, que nada comeremos

hasta que volváis.

ORLANDO

Gracias. Dios os pague este socorro.

[ Sale.]

DUQUE

Ya ves que en la desdicha nunca estamos solos.

Este gran escenario universal

ofrece espectáculos más tristes

que la obra en que actuamos.

JAIME

El mundo es un gran teatro,

y los hombres y mujeres son actores.

Todos hacen sus entradas y sus mutis

y diversos papeles en su vida.

Los actos, siete edades. Primero, la criatura,

hipando y vomitando en brazos de su ama.

Después, el chiquillo quejicoso que, a desgana,

con cartera y radiante cara matinal,

cual caracol se arrastra hacia la escuela.

Después, el amante, suspirando como un horno

y componiendo baladas dolientes

a la ceja de su amada. Y el soldado,

con bigotes de felino y pasmosos juramentos,

celoso de su honra, vehemente y peleón,

buscando la burbuja de la fama

hasta en la boca del cañón. Y el juez,

que, con su oronda panza llena de capones,

ojos graves y barba recortada,

sabios aforismos y citas consabidas,

hace su papel. La sexta edad nos trae

al viejo enflaquecido en zapatillas,

lentes en las napias y bolsa al costado;

con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas

para tan huesudas zancas; y su gran voz

varonil, que vuelve a sonar aniñada,

le pita y silba al hablar. La escena final

de tan singular y variada historia

es la segunda niñez y el olvido total,

sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada.

Entra ORLANDO con ADÁN.

DUQUE

Bienvenidos. Dejad vuestra carga venerable

y que coma.

ORLANDO

Os lo agradezco muy de veras.

ADÁN

Menos mal. Yo apenas puedo hablar

para daros las gracias.

DUQUE

Bienvenidos y buen provecho. No pienso molestaros por ahora preguntándoos por vosotros.

Vamos, música. Cantad, noble amigo.

[AMIENS] Canción.

Sopla, viento invernal,

pues daño nunca harás

como la ingratitud.

Tu diente es menos cruel,

porque nadie te ve,

por rudo que seas tú.

¡Eh, oh! ¡Eh, oh, el verde del bosque!

Amor es ceguera; amigos, traiciones.

¡Eh, oh, el bosque!

Es vida y es goce.

Hiela, aire glacial,

pues no podrás cortar

como lo hace el olvido.

Puedes el agua herir,

mas no eres tan hostil

como el pérfido amigo.

¡Eh, oh! ¡Eh, oh, el verde del bosque!

Amor es ceguera; amigos, traiciones.

¡Eh, oh, el bosque!

Es vida y es goce.

DUQUE

Si sois hijo del buen don Roldán,

como habéis asegurado al susurrarme

y como veo que atestigua su retrato,

fielmente copiado en vuestra cara,

sed muy bienvenido. Yo soy el duque

que tanto quiso a vuestro padre. El resto

de la historia venid a contármela a mi cueva.

Buen anciano, bienvenido seas como tu amo. –

Llevadle del brazo. - Dadme la mano

y hacedme saber la suerte que corristeis.

Salen.

III.i Entran el DUQUE [FEDERICO], NOBLES y OLIVER.

DUQUE FEDERICO

¿Y no has vuelto a verle? No, no es posible.

Si en mí no dominase la clemencia,

no tendría que buscar otra víctima

para mi venganza, estando tú aquí. Oye bien:

encuentra a tu hermano esté donde esté;

búscale con lámpara, de aquí a un año

tráele vivo o muerto, o nunca más

regreses a vivir en estos territorios.

Las tierras y bienes de tu propiedad

que merezcan confiscarse, quedan confiscados

hasta que tu hermano en persona te exculpe

de lo que sospecho de ti.

OLIVER

Ojalá Vuestra Alteza supiera lo que siento.

¡En mi vida he querido a mi hermano!

DUQUE FEDERICO

¡Tanto más infame! - Echadle de aquí

y que se instruya expropiación

de su casa y de sus tierras.

Sin más dilación hágase y echadle.

Salen.

III.ii Entra ORLANDO.

ORLANDO

Pendan mis versos, amorosas prendas. –

Diosa triforme de la noche, mira

y vela con pudor desde tu esfera

por tu virgen y reina de mi vida.

¡Rosalina! El bosque será mi libro,

y en él mi sentimiento escribiré,

para que todos vean de continuo

cantada tu excelencia por doquier.

Corre, Orlando, y graba en todos los árboles

a la bella, la pura, la inefable.

Sale.

Entran CORINO y PARRAGÓN.

CORINO

Bueno, ¿qué os parece la vida pastoril, maese Parragón?

PARRAGÓN

A decir verdad, pastor, en sí misma es buena vida, pero al ser vida de pastor, muy poca cosa. Al ser retirada, me gusta, pero, al ser solitaria, es un asco. Al ser vida de campo, me agrada, pero al no ser vida de corte, me aburre. Al ser vida sobria, fíjate, se ajusta a mi carácter, pero, al no ser abundante, me quita las ganas. ¿Tú entiendes de filosofía, pastor?

CORINO

Sólo la que enseña que, cuanto más se enferma, peor se está; que a quien no tiene medios, dinero y sosiego, le faltan tres buenos amigos; que condición de la lluvia es mojar y del fuego quemar; que el buen pasto engorda a la oveja; que la causa mayor de la noche es la falta de sol; que quien, por arte o por naturaleza no ha aprendido nada, si no lamenta su ignorancia es que es de familia muy torpe.

PARRAGÓN

Ése es un pensador de lo simple. ¿Tú has estado en la corte, pastor?

CORINO

Pues no.

PARRAGÓN

Entonces vas a condenarte.

CORINO

Espero que no.

PARRAGÓN

A condenarte y quemarte por un lado, como un huevo mal cocido.

CORINO

¿Por no haber estado en la corte?

PARRAGÓN

¡Claro! Si nunca has estado en la corte no has visto buenas costumbres; si no has visto buenas costumbres, es que las tuyas son malas; y lo malo es pecado, y por pecar te condenas. Estás en peligro, pastor.

CORINO

Nada de eso, Parragón. Las costumbres que son buenas en la corte son tan cómicas en el campo como ridículos son en la corte los usos del campo.

Me dijisteis que en la corte no os saludáis sin besaros las manos. Si los cortesanos fuesen pastores, vuestra ceremonia sería poco limpia.

PARRAGÓN

La prueba, rápido. Anda, la prueba.

CORINO

Nosotros siempre andamos con nuestras ovejas y ya sabéis que su piel es muy grasa.

PARRAGÓN

Y a los cortesanos, ¿no les sudan las manos? Y la grasa del borrego, ¿no es tan sana como la del hombre? Torpe, torpe. Anda, otra prueba mejor.

Venga.

CORINO

Y tenemos callos en las manos.

PARRAGÓN

Antes las sentirán vuestros labios. Torpe otra vez. Una prueba más clara, vamos.

CORINO

Y están impregnadas de brea, de curar a las ovejas. ¿Queréis que besemos la brea? Los cortesanos se perfuman las manos con algalia.

PARRAGÓN

¡Serás torpe! Tú, carnaza podrida al lado del hombre, aprende del sabio y pondera: la algalia es de origen más vil que la brea y secreción indecente de un gato. Mejora la prueba, pastor.

CORINO

Vuestro ingenio es muy cortesano para mí. Termino.

PARRAGÓN

¿Dónde, en el infierno? Dios te asista, hombre torpe. Dios te injerte, que estás muy agreste.

CORINO

Señor, soy un trabajador. Me gano el sustento y la ropa; ni odio a nadie ni envidio la dicha de nadie; me alegro del bien ajeno y me conformo con mi sino. Y mi mayor orgullo es ver pastar a mis ovejas y mamar a mis corderos.

PARRAGÓN

Otro pecado de simpleza: juntar ovejas y carneros y pretender ganarte la vida apareando ganado; ser alcahuete de un morueco y engañar a una oveja de un año con un viejo cornudo de cabeza deforme en un absurdo acoplamiento. Si no te condenas por esto, es que ni el diablo quiere pastores. Si no, no veo que puedas librarte.

CORINO

Aquí viene el joven maese Ganimedes, el hermano de mi nueva ama.

Entra ROSALINA [leyendo un papel].

ROSALINA

«Desde el oeste a la China

no hay joya cual Rosalina.

El viento llama divina

la virtud de Rosalina.

Ni la pintura más fina

aventaja a Rosalina.

De tu recuerdo elimina

a quien no sea Rosalina.»

PARRAGÓN

Así os rimo yo ocho años seguidos, menos las horas de comer, cenar y dormir. Suena a desfile de lecheras que van al mercado.

ROSALINA

¡Quita, bobo!

PARRAGÓN

Una muestra:

Si el asno busca pollina,

que él busque a su Rosalina.

Como al gato la minina,

le maullará Rosalina.

En invierno, la esclavina,

y a cubrir a Rosalina.

Cosecha y después trajina

y al carro con Rosalina.

Hay piel basta en fruta fina,

y esa fruta es Rosalina.

Y si en rosa él halla espina,

se clavará en Rosalina.

Así es el medio galope del verso. ¿Por qué dejáis que os contagie?

ROSALINA

¡Calla, so torpe! Los encontré en un árbol.

PARRAGÓN

¡Qué mal fruto da ese árbol!

ROSALINA

Te injertaré en él, que será como injertarle un níspero. Será el primero en dar fruto, pues cuando madures ya estarás podrido. Así es la condición del níspero.

PARRAGÓN

Eso lo decís vos. Si tiene o no sentido, que lo juzgue el bosque.

Entra CELIA con un papel.

ROSALINA

Calla. Aquí viene mi hermana leyendo. Apártate.

CELIA [lee]

«¿Es esto un lugar salvaje

porque no lo habiten? No.

Dejo versos en los árboles

de civilizada voz.

Unos dirán que la vida

recorre un breve camino

y que el total de sus días

en un palmo está medido.

Otros contarán promesas

que los amigos deshacen,

pero en las ramas más bellas

y al final de cada frase

«Rosalina» es la palabra