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¡CONÓCETE!

(CURSO DE PSICOLOGÍA UTILITARIA)

William W. ATKINSON

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¡Conócete!

(Curso de Psicología utilitaria)

Trascrito por

Eduardo José Peláez Peláez

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PREFACIO

Este libro no pretende ser un texto de Psicología, de la Nueva Psicología, ni es técnico por su carácter ni por su exposición. Su propósito es, exclusivamente, presentar los principios utilizables de la Nueva Psicología en llana y sencilla forma, de manera que pueda ser comprendida y utilizada por cualquier persona de común inteligencia. Ni siquiera hemos intentado el uso de una delicada fraseología o elevado estilo; todo se ha sacrificado al lado útil y práctico.

Como se verá por un examen de sus páginas, seguimos las líneas de la ley del pensamiento que tan rápidamente va llegando a la generalidad, dejando a un lado toda teoría o intento de acechar la definitiva naturaleza de la mente o lo que hay detrás de la mente, ciñéndonos únicamente a este lado de la cuestión: “¿Para qué es bueno?” “ ¿Qué se puede hacer con ello?” “ ¿Cómo obrará?” El lado metafísico o filosófico del asunto lo hemos evitado deliberadamente, por las razones antes indicadas.

Este volumen será el primero de una serie de obras que formarán el “Curso completo de la Nueva Psicología”. En cierto modo, viene a ser un volumen de introducción al Curso, aun cuando independiente y que se aparta de los otros; realiza su cometido y enseña sus propios métodos e ideas. Es completo en sí mismo y, sin embargo, oficia de introducción a las otras obras para el lector que desee seguir el asunto con mayor extensión.

La nota dominante del libro se encontrará en la pregunta (la piedra de toque) que decide el grado positivo de las ideas, pensamientos, sentimientos, emociones, deseos y otros estados mentales; pregunta que exponemos a la conclusión. La pregunta es: “ ¿Me hará esto más fuerte, más poderoso, más capaz, más eficaz, mejor?” Abrigamos la creencia de que un cuidadoso estudio de este trabajo capacitará al lector para aplicar con éxito la citada pregunta en todos los momentos de la vida.

WILLIAM WALKER ATKINSON

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CAPÍTULO PRIMERO

LA NUEVA PSICOLOGÍA

La Psicología; definición y objeto. – La Psicología no es una ciencia nueva; origen y evolución. – La Psicología no es una ciencia práctica. – La “ Nueva Psicología” ; origen y objeto. –

La Nueva Psicología es práctica, laborable y utilizable siempre. – Características y acción de la Nueva Psicología.

Misión de este libro.

La Psicología es la ciencia de la mente. Su objeto es el estudio científico de la misma, de sus funciones, sus leyes y sus actividades. El estudio de la psicología abarca la consideración de los varios estados mentales, tanto en el terreno consciente como en el subconsciente, incluyendo “sensaciones, deseos, mociones, conocimientos, raciocinio, decisiones, voluciones y otras manifestaciones semejantes”, como ha expuesto con tanto acierto el profesor William James.

La Psicología no es una ciencia nueva. Su historia se remonta a tiempos remotos en la historia de la evolución intelectual de la raza. Durante algún tiempo se la consideró simplemente como una rama de las diversas que forman la metafísica y participaba del carácter brumoso de esta rama del pensamiento. Pero, saliendo gradualmente de la bruma, fue por último claramente definida como un estudio científico mejor que como una rama de la metafísica o de la filosofía.

A semejanza de cualquier otra ciencia, se basa en leyes y hechos comprobados y no en supuestas teorías abstractas. Dejando a un lado las opuestas teorías que atañen a la discutible naturaleza de la mente, se ciñe exclusivamente a los actuales trabajos, actividades y operaciones de la mente, y a las leyes que aparecen dirigiendo tales manifestaciones. En vez de enunciar teorías sobre el origen y naturaleza de la mente, y luego ir de la teoría a hechos que refuercen la teoría, la psicología comienza a practicar métodos científicos, y procede a examinar hechos y fenómenos para formular luego principios fundamentales.

Dejando para la metafísica y la filosofía las especulaciones concernientes a la mente abstracta y su relación con el alma, la psicología dedica su atención entera al cuidadoso y científico examen de las leyes activas de la mente, sus efectos, consecuencias, condiciones y modo general de acción.

Pero, aun cuando esta trinchera ha sido ganada, la psicología no ocupa aún su práctico lugar en los asuntos de la vida cotidiana del pueblo. Aun cuando divorciada de las vagas especulaciones de la metafísica y la filosofía, y limitándose a probables hechos y 4

principios, la psicología conserva todavía en mayor o menor grado, un abstracto y poco práctico aspecto en la mayor parte de la raza.

Aun cuando considerando hechos y principios de una manera científica, y adaptándose mejor a los cómo que a los por qué de las formas de la actividad mental, la psicología no ha conseguido aun su lugar en la lista de las ciencias que son capaces de actual aplicación en los diversos órdenes de la actividad humana. Mientras se la reconocía como una parte necesaria en la educación mental de un hombre o de una mujer, era considerada, sin embargo, por las masas, como algo poco práctico y de ninguna utilidad. Las preguntas:

“ ¿Para qué es buena?” , que se hacían las gentes prácticas y de negocios, “ ¿Cómo he de usarla?” , ¿De qué puede servirme?” , “ ¿Qué beneficios reporta?” , se las hacía asimismo el público en general. Y la respuesta no llegaba nunca.

Pero, surgiendo de semejantes preguntas, directas o derivadas, nació un nuevo grupo de psicólogos que, infatigables, echaron los fundamentos de la hoy llamada “Nueva Psicología”. Esta vanguardia empezó a trabajar sobre la base de una psicología utilitaria, una psicología que puede emplearse en la vida cotidiana, una psicología laborable. Esta vanguardia no usó el término de la “Nueva Psicología”, ni quizá se dieron cuenta sus miembros de que desarraigaban la ciencia del abstracto campo que había ocupado hasta entonces. Desearon meramente llevar a la práctica los principios ya descubiertos, poner al pueblo en condiciones de “hacer cosas” con estos principios, en lugar de ver meramente en ellos algo un poco diferente de los principios metafísicos y filosóficos sin embargo, muy similares en naturaleza. Aquellos hombres y mujeres eran los inconscientes obreros de las bases de lo que hoy se llama la pragmática escuela del pensamiento, esa escuela que sustenta que la verdad y el valor de una ciencia, filosofía o idea, consiste en su valor cuando se aplica y pone en práctica: “ ¿Qué hará?” “ ¿Qué utilidad tiene?” “ ¿Qué puede lograrse con ello?” “ ¿Para qué es bueno?, siendo las pruebas hechas por esa nueva escuela de pensamiento.

Y sobre los cimientos erigidos por aquellos primeros pensadores prácticos, se ha levantado el edificio de la “Nueva Psicología”, o mejor dicho los primeros pisos de este edificio, pues continúa la construcción, y el conjunto parece destinado a exceder con mucho, en grandeza y magnificencia, a los sueños más maravillosos de sus primeros constructores.

La Nueva Psicología ha realizado admirables progresos desde los comienzos del presente siglo. Aun cuando sus cimientos fueron echados durante el pasado, los actuales muros han sido levantados durante los últimos cincuenta años, y puede considerársela justamente como un producto del siglo XX. Algunos pensadores de la antigua escuela protestan contra esta aplicación de la pragmática prueba a la psicología, reclamando que debe continuar permaneciendo en el campo del pensamiento abstracto. Pero estos filósofos luchan contra la corriente de evolución y verdaderamente se ponen en evidencia, yendo contra la entera avalancha del moderno pensamiento y de la moderna actividad. La tendencia de la época es decididamente utilitaria, y la pragmática prueba se aplica rígidamente a todo lo que brota en el campo del pensamiento: “ ¿Para qué sirve eso? “ ¿Qué puedo hacer con ello?” “ ¿Qué beneficios reporta?” Estas son las características preguntas de la época, y todo cuanto se 5

ofrezca a la mente pública debe ser sometido a esta prueba, y vive o muere según el grado de certeza que resulta de los requerimientos.

La Nueva Psicología es práctica, laborable, utilizable, primero, después y siempre.

Su verdadera existencia descansa sobre su conveniencia con estos principios. Todo el esfuerzo de sus propagandistas y maestros va encaminado al objeto de hacer practicables las leyes de la mente. Ya no se trata de informar a las gentes lo “ que son justamente” ciertas facultades mentales o estados, ni aun “ justamente cómo” ellos actúan. El nuevo psicólogo se apresura a informar a sus discípulos justamente de lo que estos principios y leyes significan para él, con el fin de aumentar su eficacia mental, robusteciendo sus cualidades positivas, y restringiendo e inhibiendo sus facultades y cualidades negativas. El discípulo queda informado de las varias cualidades mentales que posee y de las leyes de su actuación;

pero (y aquí existe la diferencia entre la antigua y la nueva psicología) también se le enseña cómo estas leyes pueden ser aplicadas al florecimiento, mejoramiento y reconstrucción de su ser mental. La forma de construcción, en la nueva psicología, ha sido tomada de su antigua posición, de un asunto para conferencias, sermones y admoniciones siguiendo las líneas de la sana advertencia y el prudente consejo, y ha sido colocada bien al frente como un campo práctico para experimentación, práctica y exacto cumplimiento. El discípulo no se ve ya obligado a contentarse con el mandato de: “ Usted hará esto así o así” ; hoy se le enseña justamente cómo este “ así o así” puede realizarse. Se le enseña la labor práctica de

“ hacerlo por su propio ser” , de acuerdo con los bien comprobados y sencillamente expuestos métodos y principios.

Otro importante rasgo de la obra de la Nueva Psicología ha sido la traslación de ciertas poco comprendidas fases de actividad mental desde las regiones de lo oculto y del misticismo, a los reconocidos y al menos parcialmente comprendidos fenómenos de la psicología. Mucho de lo que primitivamente se consideraba una parte de la “psicología anormal”, tiene hoy su merecido puesto en la psicología normal de las escuelas. Nos referimos especialmente al admirable campo de la actividad mental separado del rango de la conscientividad, conocido generalmente como campo “subconsciente”, “subjetivo” o

“subliminal”. Considerados primero como pertenecientes a las fases anormales de acción mental, estos campos se conceptúan hoy como conteniendo dentro de ellos nueve décimas partes de nuestras actividades mentales, por lo menos. El campo de la conscientividad, ha sido reconocido en la actualidad como conteniendo tan sólo una pequeña porción de las actividades de la mente. Y por tal razón la Nueva Psicología ha dedicado la mayor parte de su actividad a la exploración de estas, hasta hoy, no sospechadas regiones de la mente, siendo el resultado el descubrimiento de muchas cosas tan extrañas como admirables, examinadas científicamente, y clasificadas. Y en esta exploración los investigadores han conseguido proyectar mucha luz sobre varias oscuras cuestiones que fueron previamente negadas o atribuidas a lo sobrenatural. La Nueva Psicología ha salido airosa en demostrar que tan lejos como le fue posible extender sus investigaciones, no hay nada sobrenatural, que todo es natural, que lo que se consideró sobrenatural es simplemente un fenómeno natural, cuya naturaleza fue comprendida, y que la ley y el orden naturales están siempre en evidencia en estas nuevas y comprendidas fases de la mente.

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Y, fiel a su pragmático origen, la Nueva Psicología no se ha contentado con una mera exploración y examen de estas subconscientes regiones de la mente. Tan pronto como hubo descubierto, examinado y clasificado, empezó a investigar el lado práctico de la cuestión. Empezó a considerar y plantear la manera como este lado práctico podría utilizarse en todos los casos de la vida humana, tanto para contribuir al desarrollo de las cualidades, como para disminuir y anular los defectos. El “ qué es ello” va seguido del

“ cómo actúa ello” y seguidamente del “ cómo puede ello usarse” ; el “ para qué es bueno” de los pragmáticos.

Y este es el espíritu en que ha sido escrito este libro sobre la Nueva Psicología. Muy poco tiempo y espacio hemos dedicado a la teoría o especulación concerniente al “ porqué” .

El objeto e intento de la obra está íntimamente ligado al “ como” , fase del sujeto, particularmente el “ cómo” de su uso y su labor. La pragmática idea domina a través de la obra entera, teniendo siempre presente la conciencia del “ para qué sirve ello” y “ qué haré con ello” . Ciñéndonos estrechamente al punto de “ cómo hay que hacer las cosas” , confiamos en conducir a nuestros lectores con toda seguridad sobre los mares de la Nueva Psicología al puerto del Éxito completo.

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CAPÍTULO II

EL EGO, O MI MISMO

La filosofía y la Física. – El “ Ego” y el “ Alter Ego” , o “ Me” ; sus propiedades y atribuciones respectivas. –

El “ Ego” o “ Yo” es el Pensador, el Conocedor, el Sentidor, el Actor, y es siempre el mismo; el “ Me” es un haz de estados de conscientividad, o de cosas, y cambia constantemente; el “ Me” de hoy no es el de ayer, ni el de mañana. – No se puede decir lo que es el

“ Yo” ; es y nada más. – Lo único que se puede saber del “ Yo” . – Relación entre el “ Yo” y la Nueva Psicología. – La que ésta le dice, lo que ésta le brinda al ser humano.

Los antiguos tratados de psicología comienzan generalmente por una consideración de la naturaleza de la mente. Algunas autoridades se apoyan en el concepto metafísico de la naturaleza inmaterial de la mente, mientras que otras dictaminan que la mente es un producto o manifestación del cerebro, y, por consiguiente, material en naturaleza. Pero la Nueva Psicología ha preferido abandonar esta discusión en manos de los maestros de otras ramas de la ciencia filosófica, particularmente en razón a que los antiguos psicólogos, casi invariablemente, concluían la discusión admitiendo que la mente, en su definitiva naturaleza, era desconocida. Los escritores modernos han convenido con el escritor que dice que “ la Psicología viene tan obligada a comenzar diciendo lo que sea la mente, como la Física tiene que partir de la vejetoria cuestión de lo que es la materia” . Y como la física se ocupa exclusivamente de los fenómenos de la materia, así la nueva concepción de la psicología trata únicamente de los fenómenos de la mente.

Nosotros hemos pensado que los lógicos requerimientos del caso indican que debemos empezar nuestra consideración del sujeto general de la Nueva Psicología por un examen del sujeto del Ego o mí mismo, que encontramos en el centro de toda consciente acción mental. Considerar el ego o mí mismo desde un punto de vista puramente científico y psicológico, es una empresa bastante ardua, y especialmente desde el momento en que el sujeto particular se considera generalmente como perteneciente al campo de la metafísica o la filosofía, campo en el que hemos anunciado nuestra intención de no penetrar. Pero pensamos que existe una forma de considerar el ego o mí mismo desde una estricta posición psicológica y punto de vista, y esta consideración es la que ofrecemos a nuestros lectores.

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Toda persona inteligente hace uso del mental concepto del “Yo”, de esa individual conscientividad que es el pensador del pensamiento, el sentidor del sentimiento, el actor del acto, el hacedor del hecho. Todo intento de definir o explicar la naturaleza de este “Yo”, fracasa necesariamente; es un algo que no puede ser explicado, y es conocido solamente por su propia presencia en la conscientividad. En último caso nuestra conscientividad conoce que ello es, sin explicarnos por qué, cómo o qué es ello. Pensamos como queramos iremos a parar siempre a un mismo punto, justamente al punto de que habíamos partido; al “Yo” es, y nada más. A todo individuo consciente se le presenta siempre una percepción del “Yo” en la conscientividad del “Yo soy”. En todo pensamiento, sentimiento y manifestación de voluntad, existe siempre esta conscientividad de “Yo soy” en el individuo. Es siempre el

“Yo” pienso, o “Yo” siento, del “Yo” en la conscientividad del “Yo soy”. En todo tal, al cual se refiere todo sentimiento; el cual participa en todo pensamiento; y del cual emana todo esfuerzo de voluntad. Toda referencia a un estado mental dentro de nosotros nos brinda una realización de la presencia de este “Yo”. Con todo individuo está siempre el “Yo soy”. El individuo no puede decir nunca en verdad “Yo no soy”. Este “Yo”, tal cual es, es el conocedor, el actor, el pensador, el vidente, el hacedor. Es la esencia de todos y de cada uno de los estados mentales. Para muchas personas la percepción del “Yo”, o ego, o mí mismo, es muy clara y distinta. Para otras se presenta más o menos involucrada en la conscientividad del secundario “Yo”, mi mismo subordinado, alterego, o “Me”, como lo ha llamado el profesor William James. Quizá la mejor manera de poner al lector en condiciones de distinguir el “Me” del “Yo”, será considerar el último en el primero y después invitarle a considerar y reconocer el verdadero ego o “Yo”. La distinción es algo sutil, pero una ligera consideración nos la revelará. La diferencia esencial es que el “Yo” es el algo que conoce, siente y quiere, mientras que el “Me” es aquella parte del mí mismo que es conocida del

“Yo” como estados mentales, sentimientos, pensamientos e impulsos de la voluntad. El cuerpo del hombre, y las sensaciones físicas, etc., son una parte de su “Me”, el cual puede ser examinado, considerado y dirigido por su “Yo”. Sus sentimientos, penas, placeres, prejuicios, opiniones, inclinaciones y las demás cosas mentales que considera como parte de sí mismo, son solo porciones del “Me”, pues todo ello puede ser examinado, cambiado y gobernado por el “Yo”. El “Me” en todas sus partes y fases, es siempre el “objeto” de contemplación por el “Yo”; esto es, aquello hacia lo cual se extienden los poderes del

“Yo”. Y el “Yo” es siempre el “sujeto” de su contemplación de las cosas del “Me”; esto es, aquello que es la esencia de la contemplación. Consideremos unos pocos ejemplos, de modo que lo expuesto resulte más claro.

Nosotros vemos una cosa. Aquí hay tres fases de la visión, a saber: 1), la cosa vista, que es algo fuera tanto del “Yo” como del “Me”; 2), la operación mental conocida como

“Vista”, que pertenece al “Me”; y 3), el algo que ve, que es el “Yo”. Esta misma regla se aplica a todos los cinco sentidos. Este es el ejemplo más sencillo. Pero tenemos ante nosotros otros más complejos y sutiles. Experimentamos el “sentimiento” que nace de alguna actividad emotiva. Hay tres fases de este sentimiento, a saber: 1), la cosa exterior que provoca la emoción; 2) la emoción sentida, que pertenece al “Me”, pues ello viene de dentro de nuestro ser, y 3), el sentidor de la emoción o sentimiento; ese Algo que lo experimenta, que es el “Yo”. Pensamos un pensamiento. También aquí contamos tres fases, 9

o sea: 1), el objeto exterior del pensamiento; 2), el pensamiento mismo, que pertenece al

“Me”, y 3), el Pensador, que es el “Yo”.

Dejando aparte la causa exterior que produce la impresión sensorial, el sentimiento emotivo, o el pensamiento, tenemos para considerar dos aspectos de actividad mental: 1), la misma actividad mental, y 2) el “Yo”, que es siempre el Conocedor de la actividad mental.

Esta es el objeto, y el “Yo”, el sujeto de conscientividad. Estos dos elementos están siempre presentes, en pensamiento y sentimiento, con toda consciente actividad mental. Son opuestos, son los dos extremos del cabo mental. Podremos examinar cuidadosamente un pensamiento o sentimiento, y verlo en todos sus aspectos; pero, ¿cómo o quién es el que examina y ve? El “Yo”. Podemos decidirnos a aceptar o rechazar ciertas ideas, sentimientos o pensamientos, y reconocernos en nosotros el poder de hacer tal cosa en mayor o menor grado. Pero, ¿quién es ese Algo que siente que él puede cambiar o gobernar la idea, pensamiento o sentimiento, que conoce que él puede escoger esto o aquello, hacer esto o no hacerlo? El “Yo”. Esta idea es el Mí Mismo, el Dueño. No podemos escapar de esto; es la esencia de todo lo que es individual en nosotros. Este “Yo” es lo que los psicólogos han llamado el “puro ego”. Es el Algo que está siempre en la conscientividad como aquello que es consciente, mientras que el “Me” es simplemente un haz de estados de conscientividad, o de cosas, de las cuales el “Yo” es consciente. El “Yo” es el Pensador; el Conocedor; el Sentidor; el Actor. El “Me” cambia constantemente; el “Me” de hoy es diferente del “Me” de ayer, y éste diferente del “Me” del día anterior. Pero el “Yo” es siempre el mismo, siempre el “Yo”, pues no puede ser otro sino él mismo. Lo que sea justamente este “Yo” no podemos decirlo. Este problema no ha sido resuelto todavía por el hombre. Tan sutil es la esencia del “Yo” que es casi imposible pensar de él como de un algo aparte de los estados mentales del “Me”. Todo cuanto puede decirse de él es que él es. Su única manifestación de si mismo es “Yo soy”. ¿Es que? ¿Yo soy que? No es posible contestar a estas preguntas, a menos de penetrar en los atributos y cualidades del “Me”, pues en un sentido el “Yo” es nada sin estas cualidades, y sin embargo, todo pensador adelantado se ha enseñado a reconocer el “Yo soy”, manifestación del Ego, como distinto de las cualidades del “Me”. Usted, amado lector, no puede examinar el “Yo” por el “Yo”.

Necesita usted tener un objeto para su sujeto, y si usted hace del “Yo” su objeto, entonces no tiene usted sujeto que examinar. Usted coloca el “Yo” bajo el microscopio mental para examinarlo; y, ¡ay! no podrá usted ver nada a través del cristal; el “Yo” está en la parte defectuosa de la lente. Ni aun siquiera puede usted considerar el “Yo” en su imaginación.

Usted imagina su cuerpo, o sus presiones de los sentidos, ideas o acciones; éstas pertenecen al “Me” y son objetivas en naturaleza. Pero en el momento en que usted empieza a tratar de imaginar el “Yo”, encuentra que no puede salir fuera de sí mismo para examinarse a sí mismo. No puede usted ser a un tiempo los dos extremos del cristal. Ni puede usted ser raqueta y pelota al mismo tiempo. Pruebe usted como quiera; encontrará finalmente que no puede echarse a un lado y examinar el ”Yo”, como ha conseguido usted hacerlo con el

“Me”. Ha encontrado un final definitivo, Algo dentro de sí mismo que desafía sus poderes de análisis o examen. Usted exige de sí mismo la respuesta de su naturaleza íntima, y la respuesta es simplemente “Yo soy”. Más allá de esto nada puede usted decir, a menos de no salir fuera de sí mismo para caer dentro del “Me”.

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Hay, sin embargo, bastantes cosas que usted puede aprender sobre el “Yo” por un procedimiento negativo de exclusión. Puede usted encontrar la imposibilidad de pensar de su “Yo” como un noser. No puede usted decir jamás “yo no soy”, ni siquiera puede usted imaginarse como no siendo. Mientras piensa usted de sí mismo, el “Yo”, este pensamiento, irá acompañado de la consciencia de ser. Ni aun siquiera puede usted imaginarse fuera de la existencia. Esto es, mientras usted pueda imaginar otro “Yo” como no siendo; o aun imaginar su propio yo como desvaneciéndose de la nada, de un modo abstracto; un ligero análisis demostraría que en el último ejemplo no pensaba usted en su yo absolutamente, sino en un abstracto “algo” de ningún modo suyo, pues mientras usted pensaba en ese abstracto algo como fuera de la existencia, era seguro encontrar una consciencia del “yo”, viendo desvanecerse este “algo”; y ello no puede pensar así de sí mismo. Ni puede usted imaginarse a sí mismo como siendo ningún otro “Yo” que el que es. Usted puede pensar de ello rodeado de otros “Me”, aspectos u objetos; personalidades y alrededores. Pero no puede usted jamás pensar de su “Yo” como siendo otro “Yo”. La conscientividad del “Yo” está sobre toda personalidad; es algo inseparable de la individualidad.

Pudiéramos llevar esta consideración mucho más lejos; pero nos aproximaríamos demasiado a la estrecha línea divisoria entre la psicología y la metafísica. La conscientividad del “Yo” es una experiencia actual, tanto como es la conscientividad de la página abierta ante los ojos, y por consiguiente, es un objeto digno de consideración psicológica.

Hemos llamado la atención del lector en una forma algo inusitada, pues nosotros creemos que el asunto total de la Nueva Psicología está ligado con este reconocimiento del

“Yo”, que gira alrededor de este “Yo” como una rueda alrededor de su eje. Consideramos el conjunto de las facultades mentales, poderes, órganos, cualidades y modos de expresión como meros instrumentos, herramientas o canales de expresión de este maravilloso Algo; el Mi mismo, el puro Ego, el Yo.

Y este es el cometido de la Nueva Psicología; el USTED, el “Yo”, tienen bajo su dominio un portentoso arsenal de instrumentos mentales, herramientas, maquinaria, que usada debidamente puede crear para usted mismo toda suerte de personalidad que usted escoja. Usted es el DueñoObrero, que puede hacer de sí mismo lo que quiera. Pero antes de que pueda Usted apreciar esta verdad, antes de que pueda Usted hacerla suya, antes de que pueda aplicarla, es preciso entrar en un reconocimiento y realización de este admirable

“Yo”, que es Usted, para quien el cuerpo, y los sentidos, y aun la mente misma, no son sino canales de expresión. Usted es algo más que cuerpo, sentidos o mente; Usted es ese admirable Algo, dueño de todas esas cosas, pero del cual sólo puede Usted decir una cosa: Yo soy.

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CAPÍTULO III

EGOÍSMO, NO EGOTISMO

Diferencias entre “ Egoísmo” y “ Egotismo” . –El

“ Egotista” es el hombre que se cree superior a los demás hombres. – El “ Egoísta” (en el sentido que aquí damos a la palabra) no compara su personalidad

con la de los otros; considera la personalidad como algo que le pertenece, y sin embargo no es él mismo;

el “ Egoísmo” es el reconocimiento, realización y manifestación del “ Yo” . – La clave de la Nueva Psicología. – El Egoísmo conduce al Dominio de Sí Mismo, que da el triunfo. – Opinión valiosísima.

Pudiera parecerles a muchos que las sugestiones concernientes al reconocimiento del Ego, expuestas en el precedente capítulo, han sido calculadas para estimar la cualidad del egotismo en aquellos que aceptan estos principios.

Como cuestión de hecho, el verdadero reconocimiento del puro Ego es diametralmente opuesto a la objecionable cualidad o rasgo generalmente conocido como

“egotismo”. En el egotista encontramos la persona llena de un inconmensurable sentido de la importancia y cualidades de su personalidad. Imagina que no es como otros hombres, que es inmensamente superior a ellos y de mayor relativa importancia. El egotista se envuelve en su personalidad y en las cosas del “Me”; “Me” y “mío” le acompañan siempre. Y

desgraciadamente existe una gran confusión en la significación del término “egoísmo”, a causa de las objetables características del “egotismo”. Las dos formas han sido miradas como idénticas, aun cuando disten como dos polos una de otra.

Tan sólo cuando pasamos por la común aceptación del término “egoísmo” y lo consideramos en su aspecto filosófico, podemos empezar a comprender su significado real.

En primer lugar, no está relacionado con los atributos de la personalidad; se relaciona exclusivamente con la individualidad. El egoísta no compara su personalidad con la de otros, pues considera la personalidad como un algo que le pertenece y sin embargo no es él mismo. Su sentido del Ego consiste en el reconocimiento de la realidad del “Yo”, que es realmente “mí mismo”, y consiguientemente las cosas de la personalidad caen en relativa insignificancia. Como un antiguo escritor ha dicho: “tratemos de evitarla o no, tenemos que 12

afrontar alguna vez la realidad de nuestro Ego, ese que nos hace decir: “Yo”; y el decir

“Yo” conduce al descubrimiento de un nuevo mundo.” En lo tocante a la confusión del egoísmo con el egotismo, ha dicho él mismo escritor: “Nuestro Ego nos dice los deberes para con los otros, porque éstos son “Yo” como nosotros lo somos”. Y otro antiguo escritor nos informa del ideal individual, del cual dice: “Esta unión de intelectual Egoísmo y moral desprendimiento constituye una característica de su generosa y liberal naturaleza” Vemos, pues, que el egoísmo es una cosa muy diferente del egotismo.

Egoísmo, como usamos el término en este libro, es la doctrina de la realidad del Ego o “Yo”, y de su reconocimiento y realización. Es el conocimiento, realización y manifestación del “Yo” del individuo. Nos enseña que el hombre no es meramente el compuesto de sus sentimientos, emociones e ideas, sino que es un Algo que está detrás y algo que es o quiere ser el Dueño de estas cosas del “Yo” con objeto de manifestar sus poderes. Si el “Yo” es el “alma”, o si es un centro de consciente energía en un mundoalma, o si es simplemente un foco de la energía universal de la ciencia material, importa poco; lo importante del asunto en psicología es que ello es, y puede ser reconocido, realizado y manifestado. Y en este reconocimiento, realización y manifestación puede encontrarse la clave de la Nueva Psicología.

Pudiera objetarse que no hay diferencia material para el individuo en que pueda distinguir o no entre el “Yo” y el “Me”, y que en uno u otro caso ha de vivir su vida de acuerdo con su naturaleza. Pero esta objeción del “Yo” enseña inmediatamente al individuo a conocer que “él” no es meramente el que piensa, siente y quiere, sino mejor un Algo que piensa, siente y quiere, y puede gobernar y dominar estas actividades mentales, en vez de ser gobernado y dominado por ellas. Hay una enorme diferencia en este punto de vista. Existe la mayor diferencia desde el pragmático punto de vista, pues según la idea antigua, el hombre es un esclavo y una criatura de sus estados mentales, en tanto que bajo la nueva idea puede asumir su legítimo lugar en el trono mental, y elegir aquellos sentimientos que quiera sentir, las emociones que quiera experimentar, los pensamientos que desee pensar y las cosas que prefiera hacer. En una palabra, el Egoísta llega a ser el Dueño en lugar de ser el esclavo. Se da cuenta que la soberana voluntad del individuo reside en el Ego, y que aun sus estados mentales han de obedecer sus mandatos.

El común de los hombres es esclavo de sus pensamientos, ideas y sentimientos. Está gobernado por tendencias hereditarias y por las sugestiones de otras mentes. Permite que sus sentimientos le arrastren, y parece ignorar que pueda regularlos y gobernarlos, cambiándolos o anulándolos a voluntad. Piensa que él es lo que parece ser, sin llegar a comprender que puede hacer de sí mismo lo que él desearía ser. La persona común es un mero juguete del ambiente que le rodea y de las influencias exteriores. Se mueve en la vida como un autómata; es sencillamente su “Me”, y no ha sabido comprender que es un “Yo”.

Es barrido por oleadas de sentimientos que es absolutamente incapaz de reprimir o regular, y es una criatura de sus propios sentimientos y estados de ánimo. No se da cuenta de lo que el Dominio de Sí mismo es; las palabras no encierran significación para él, puesto que no reconoce el Mí mismo. Es dominado por el “Me”, en vez de dominar por el “Yo”. Los hombres que han sobresalido en la humanidad y se han elevado sobre sus semejantes por su 13

perfección mental, han realizado invariablemente el “Yo”, aun cuando no lo hayan razonado concienzudamente; su reconocimiento puede haber sido intuitivo. Pero todos los hombres y mujeres que han “hecho cosas”, han encontrado este “Yo” dentro y más allá del “Me”.

Este dominio por el “Yo” abre enteramente un nuevo mundo de pensamiento, sentimiento y actividad al individuo. Encontrarse uno capaz de hacer de sí mismo lo que quiera, es realmente una cosa admirable. Pensar lo que uno desea pensar, sentir lo que uno desea sentir, hacer lo que uno desea hacer, seguramente es un don digno de un soberano. Y

esto es posible para aquellos que quieran tomarse el tiempo y el trabajo necesarios para adquirir el arte del Dominio de sí mismo y de la Expresión de este dominio.

No nos extenderemos mucho sobre esta idea en el presente capítulo, pues tal idea está difundida en toda la obra, y se hará referencia a ella en todas las fases de la mentación.

Pero, antes de pasar al capítulo siguiente, queremos dejar a la consideración del lector las notables palabras de E. Carpenter, con referencia al estado del hombre ordinario que se halla gobernado por su mente, en vez de dirigirla.

Carpenter dice:

“Nosotros los modernos... no estamos acostumbrados al dominio sobre nuestros pensamientos y sentimientos internos. El que un hombre sea presa de cualquier pensamiento al que se le ocurra tomar posesión de su mente, se reconoce comúnmente entre nosotros como una cosa inevitable. Será tan penoso como se quiera que la ansiedad le tenga desvelado toda la noche, como el que espera la sentencia de un pleito por la mañana; pero que tenga el suficiente poder para estar desvelado o no, parece una idea extravagante. La idea de una inminente calamidad es sin duda odiosa, pero su misma odiosidad (creemos nosotros) hace que se aferre a la mente con mayor pertinacia, y es inútil tratar de ahuyentarla. Y sin embargo, ésta es una posición absurda, pues el hombre, el positivo heredero de todas las edades puede y debe dirigir a las volubles criaturas de su propio cerebro. Si una piedrezuela entrara casualmente en nuestra bota nos molesta, la sacamos.

Nos quitamos la bota y echamos fuera el guijarro. E inmediatamente la materia queda claramente comprendida, porque precisamente es tan fácil expeler de la mente un pensamiento enojoso y obsesionante. Y sobre esto no debiera haber equivocación, ni dos opiniones. La cosa es obvia, clara e inequívoca. Es tan fácil ahuyentar un enojoso pensamiento de la mente, como echar una piedra de nuestro zapato; y hasta que un hombre pueda hacer esto, será una solemne tontería hablar de su ascendiente sobre la Naturaleza y lo demás que sigue. Es un mero esclavo y una presa de los fantasmas con alas de vampiro que vuelan a lo largo de los corredores de su propio cerebro. Las tristes y demacradas fisonomías que encontramos por millares aun entre las clases más civilizadas, atestiguan demasiado claramente cuán raro es el obtener aquel dominio. ¡Cuán raro es encontrar un hombre que sea hombre¡ Así como es harto común el descubrir una criatura asaltada por violentos pensamientos (o cuidados o deseos), encogiéndose, encabritándose bajo el látigo, o quizá contento de correr alegremente obedeciendo al auriga que empuña las riendas y le persuade de que es libre, cuando no puede echar con él un ligero párrafo, porque esta dura presencia siempre está allí, vigilándolo”.

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La misma autoridad continúa:

“Una de las prominentes doctrinas, es que el poder de ahuyentar pensamientos o, si es necesario, dejarlos muertos en el sitio, debe ser alcanzado. Naturalmente, ese arte requiere práctica; pero, como las demás artes, una vez adquirida, ya no presenta misterio o dificultad. Y es una práctica digna de poseerse. Verdaderamente puede decirse que la vida solamente empieza cuando se ha adquirido este arte. Porque es obvio que cuando, en lugar de ser gobernado por pensamientos individuales, la entera masa de ellos en su inmensa multitud y variedad y capacidad es nuestra, para dirigirla, despacharla o emplearla según nuestra voluntad, la vida llega a ser una cosa tan vasta y grande, comparada con lo que era antes, que su primera condición puede parecer muy bien antenatal. Si consigue matarse un pensamiento, con el tiempo se podrá hacer de otra cosa cualquiera lo que le plazca a uno. Y

he ahí por qué este poder es tan valioso. Y no solamente libra al hombre del tormento mental (que comprende las nueve décimas por lo menos del tormento de la vida), sino que le da un concentrado poder de emprender tareas mentales que le eran antes absolutamente desconocidas. Las dos cosas son correlativas. Puesto a la tarea, el pensamiento está absolutamente concentrado en ella, sin ser distraído por nada ajeno a la materia que se siente entre manos, siguiendo su curso como una gran máquina, con gigantesco poder y perfecta economía, sin debilidad ni temor de fricción o dislocación, debido a la actuación de diferentes fuerzas al mismo tiempo. Después, cuando la labor ha terminado, si no hay ocasión para el empleo de la máquina, es preciso pararla igualmente, absolutamente, pararla enteramente, sin titubeos (como si una bandada de chiquillos obtuviese permiso para ejercer sus diabluras con una locomotora tan pronto como cesase ésta en su trabajo), y el hombre debe retirarse a aquella región de su conscientividad donde reside su verdadero Ego. Yo digo que el poder del pensamientomáquina se acrecienta enormemente por esta facultad de dejarla sola por una parte y de usarla simplemente y con concentración por otra. Viene a ser un verdadero instrumento, que un patronoobrero deja a un lado cuando no lo necesita, pero que solamente un fatuo lleva siempre consigo para demostrar que es su poseedor. Entonces, y después de la labor ejecutada por la herramienta, está el conocimiento que llega a nosotros aparte de su uso; cuando el ruido del taller ha cesado, y descansan yunque y martillo, llegando a través de la ventana los lejanos rumores del valle y de la playa, la tenue franja de divino conocimiento que comienza a extenderse, pobre destello, tan pronto como el eterno vaivén del pensamiento ha cesado, las extraordinarias intuiciones, percepciones, que, aun cuando participan en cierto grado del carácter del pensamiento, surgen, de condiciones enteramente diferentes, y son los nuncios de una cambiada conscientividad.” El mismo escritor considera luego el sujeto de los deseos, como dominados por el Ego, en la forma siguiente:

“Como ya se dijo, la sujeción del Pensamiento está íntimamente relacionada con la sujeción del Deseo, y guarda, por consiguiente, tanto en su especialidad moral como en su especialidad intelectual, cierta relación con la cuestión de que se trata. Nueve décimas partes del pensamiento diseminado o esporádico, con el cual se ocupa usualmente la mente 15

cuando no está concentrada en alguna labor definida, es el que pudiera llamarse pensamiento mí mismo, pensamiento de una especie que reside en él y exagera el sentido del mismo. Esto es difícilmente realizado en su pleno grado hasta que no se ha hecho el esfuerzo para suprimirlo; y uno de los más excelentes resultados de semejante esfuerzo es que con la extirpación de todos los fantasmas que revolotean en torno del mí mismo inferior, las relaciones de uno con los otros, con un amigo, con todo el mundo, y la percepción de todo lo concerniente a estas relaciones, se revela con una pureza y claridad desconocidas antes.

Al contrario, cuando la mente está llena de pequeños deseos y temores que conciernen al local mí mismo, y ésta, obscurecida por los pensamientosimágenes que semejantes deseos y temores evocan, se hace imposible que pueda ver y comprender los grandes hechos del más allá y su propia relación con ellos. Pero, con el subsidio del primero, la gran visión empieza a clarear; y un hombre jamás se siente menos solo que cuando ha cesado de pensar si está solo o no.”

En esta algo extensa acotación de Carpenter se ve claramente la idea de Egoísmo opuesta a la de Egotismo; el dominio de la personalidad por la individualidad, más bien que la indebida importancia dada a la mera personalidad, que es la base del egotismo. Las observaciones de Carpenter, aun cuando apuntadas en relación con un sujeto enteramente diferente, aportan no obstante un vital mensaje en relación con la Nueva Psicología, y por eso las hemos reproducido en esta obra, reconociendo que ha sentado la materia de una manera tan clara como convincente, en palabras dignas de ser recordadas por aquellos que las lean.

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CAPÍTULO IV

CONSCIENTIVIDAD Y SU MAS ALLA

Opiniones personales y de varios autores sobre la cuestión. – Explicaciones y aclaraciones.

El común de las gentes parece sorprenderse cuando se les informa de que el noventa y cinco por ciento por lo menos de sus actividades mentales están dispuestas en planos de su mente situados abajo y arriba del campo de la conscientividad. La generalidad ha contraído el hábito de pensar de su mente como algo limitado enteramente por el campo consciente, por donde este campo consciente no es mucho mayor que el campo de visión del microscopio si se le compara con el espacio del más allá, del cual emergen y desaparecen los organismos en la gota de agua colocada en el portaobjetos, o en el campo de visión del telescopio comparado con la expansión del firmamento hacia el cual está dirigido el tubo.

Así como hay grados de calor y frío más allá del campo de nuestros instrumentos, ligeras vibraciones abajo y arriba del espectro visible, sonidos abajo y arriba de nuestra capacidad para registrarlos, hay también operaciones mentales que se ejecutan fuera del limitado campo de la conscientividad, que hemos considerado arbitrariamente como “nuestra mente”.

Quizás en ninguna otra rama la Nueva Psicología haya hecho tan rápidos progresos como en esta iniciación del reconocimiento de la vasta área de la mente del hombre más allá del campo consciente. Cuando consideramos las ideas aceptadas que han sustentado los psicólogos modernos, comparadas con las de unas pocas décadas atrás, podemos darnos cuenta del gigantesco paso dado por esta rama del pensamiento. Leibnitz fue el primer gran pensador occidental que llamó la atención sobre el hecho de la extensión e importancia de los planos mentales “fuera del consciente”, aun cuando la filosofía india está llena de referencias al caso. Y después de Leibnitz el progreso de esta ciencia fue muy lento, y tan sólo durante estos últimos veinte años los tratados de psicología han concedido al asunto la atención que merece. Hoy está plenamente reconocida por las autoridades más conspicuas.

Las siguientes acotaciones de algunas de estas autoridades quizá sorprenda a los que sólo está familiarizados con la idea.

Lewes dice:

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“La enseñanza de los psicólogos más adelantados en que la conscientividad no forma sino un pequeño renglón en la totalidad del proceso psíquico. Sensaciones, ideas y juicios inconscientes están conformados para tomar gran parte en sus explanaciones. Es ciertísimo que toda volición consciente, todo acto así caracterizado, es en su mayor parte enteramente inconsciente. Es igualmente cierto que en toda percepción existen inconscientes procesos de reproducción e ingerencia; hay en ello cierta parte de subsconscientividad y otra parte posterior de inconscientividad.

Hamilton afirma:

“La esfera de nuestra conscientividad es solamente un pequeño círculo en el centro de una esfera más amplia de acción y pasión, de la cual somos únicamente conscientes a través de sus efectos”.

Taine dice:

“Los acontecimientos mentales imperceptibles a la conscientividad son mucho más numerosos que los otros, y del mundo que forma nuestro ser sólo percibimos los puntos más culminantes, los iluminados picos de un continente cuyo más bajo nivel permanece en la sombra. Dentro de las sensaciones ordinarias están sus componentes, es decir, las sensaciones elementales, que necesitan combinarse en grupos para llegar a nuestra conscientividad. Fuera de un círculo luminoso se extiende un largo anillo de crepúsculo, y tras éste una noche indefinida; pero los acaecimientos de este crepúsculo y esta noche son tan reales como los ocurridos dentro del círculo luminoso.” Maudsley escribe:

“Examínese profundamente y sin rodeos las ordinarias operaciones mentales de cada día y se descubrirá seguramente que la conscientividad no asume una décima parte de la función que generalmente se le atribuye. En todo estado consciente entran en acción energías conscientes, subconscientes e infraconscientes, la última tan indispensable como la primera.”

Kay dice:

“En otros tiempos, la conscientividad era mirada como algo coextensivo con la mente, considerándose ésta como consciente de todas sus propias actividades, de todos los cambios y modificaciones que se producían en ella. Leibnitz fue el primero en refutar esa opinión, y en establecer la doctrina de que hay allí energías siempre en acción y modificaciones que toman constantemente lugar en la mente, de las cuales somos enteramente insconscientes. Desde su tiempo, esta idea ha ido gradualmente ganando terreno, y en la actualidad es una doctrina generalmente admitida en filosofía.” 18

Carpenter ha escrito:

“Los psicólogos de Alemania han afirmado que mucha de nuestra labor mental es realizada sin conscientividad.”

Hamilton dice de la idea:

“El hecho de tales latentes modificaciones ha quedado hoy establecido sin que pueda caber la menor duda; y sobre la suposición de su realidad nos encontramos en capacidad de resolver varios fenómenos psicológicos de otra manera inexplicables”.

Halleck ha dicho:

“Es preciso no suponer que la mente es siempre consciente de todos sus materiales y poderes. En cualquier momento no somos conscientes de una milésima parte de lo que conocemos. Y es un bien que la cosa ocurra así, pues cuando estudiamos un objeto bajo el microscopio, tratamos de recordar una poesía, demostrar una proposición geométrica o declinar un verbo latino, no nos hace falta para esto que todo lo que conocemos de historia o de física, o imágenes de personas, árboles, perros, pájaros o caballos, irrupcione nuestra mente al mismo tiempo. Si esto ocurriese, nuestra confusión mental sería indescriptible.

Entre la percepción y el recuerdo, los tesoros de la memoria están, metafóricamente hablando, alejados del ojo de la conscientividad. El cómo estos hechos son conservados, antes de ser reproducidos por la memoria, no podrá decírnoslo jamás la conscientividad. Un acontecimiento puede no residir en el pensamiento durante un período de cincuenta años, y entonces aparecer súbitamente en la conscientividad. A medida que nos hacemos viejos, aumenta el campo subconsciente. Cuando echamos a andar, somos conscientes de cada paso. Un rato después, podemos hablar de los asuntos más importantes en tanto que caminamos, sin parar mientes en los pasos que vamos dando. A veces sacamos el reloj como para ver la hora sin ser conscientes de esta operación, como lo prueba el hecho de que lo saquemos nuevamente para cerciorarnos de la exactitud.” El profesor Gates escribe:

“El noventa por ciento, por lo menos, de nuestra vida mental, es subconsciente. Si usted analiza sus operaciones mentales, encontrará que el pensamiento consciente no es jamás una línea continua de conscientividad, sino una serie de conscientes fechas con grandes intervalos de subconscientividad. Tratamos de resolver un problema y fracasamos.

De pronto resplandece una idea que conduce a la solución de este problema. El proceso subconsciente entró en acción. Nosotros no creamos por un acto de volición nuestro propio pensamiento. El toma posesión de nosotros. Poco más o menos, somos recipientes pasivos. Tampoco podemos cambiar la naturaleza de un pensamiento; pero sí que podemos guiar la nave con un movimiento del timón.”

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Schofield afirma:

“Nuestra mente consciente, comparada con la inconsciente, tiene cierta semejanza con el espectro visible de los rayos del sol, comparado con la invisible parte que se extiende indefinidamente a ambos lados. Sabemos que la mayor parte del calor viene de los rayos ultrarrojos que no producen luz; y la mayor parte de los cambios químicos en el mundo vegetal son el resultado del otro extremo del espectro, igualmente invisible, y son reconocidos solamente por sus potentes efectos. Ciertamente, así como estos invisibles rayos se extiende indefinidamente a ambos lados del espectro visible, así podemos decir que la mente incluye no sólo la visible o consciente parte, y que nosotros hemos llamado el subconsciente, sino también la mente supraconsciente que radica en el otro extremo; todas esas regiones de más grande alma y vida espiritual, de la cual alguna rara vez somos vagamente conscientes, pero que existe siempre, y nos enlaza con las reales verdades, por un lado, tan seguramente como la mente subconsciente nos enlaza con el cuerpo por el otro.” Sir Oliver Lodge ha escrito esta notable observación acerca de los estados o planos de la mente fuera del consciente:

“Permítasenos imaginar entonces, a modo de hipótesis laborable, que nuestro subliminal Ego –la otra y mayor parte nuestra está en contacto con otro orden de existencia, y que es ocasionalmente capaz de comunicar, o bien, quizás inconscientemente, de transmitir a los fragmentos del cuerpo algo de la información accesible a él. Este transmisor de ser permitido, contendría una clave para una explicación de la clarividencia.

Seríamos entonces semejantes a esos inmensos témpanos de hielo que flotan en el océano, con sólo una fracción expuesta al sol, al aire y a la vista; la mayor parte de él, está sumergido en un medio propicio, y ocasionalmente, puede subliminalmente por bajo del agua, tocarse con los otros témpanos, aunque en la superficie aparezcan separados. Uno no puede menos de simpatizar, hasta cierto punto, con esos filósofos que sostienen que el progreso de la humanidad ha sido impulsado por la atención a un desarrollo de nuestra plena conscientividad, y que la reversión al subconsciente o estados de ensueño es un paso atrás.

Es preciso notar, sin embargo, que el adjetivo “subliminal”, como lo comprendemos nosotros, no es sinónimo de subordinado o subsidiario, sino que corresponde más bien a

“sublime”; una opinión que, considerada objetivamente, quizá la rechazarían los filósofos en cuestión. Si éstos entienden que para los activos y prácticos menesteres de la vida, es preciso que la conscientividad sea nuestro guía y nuestro consejero, estamos conformes;

pero si pretenden que la inspiración se obtiene a través de la conscientividad, o que es ilegal e infructuoso investigar el subconsciente, donde (creo yo) yacen la raíces de la relación entre mente y materia, entonces me separado de ellos. Así pudiera el témpano de hielo 1 , gloriándose en su cristalina solidez y resplandecientes pináculos, resentirse por la atención tributada a la sumergida región subliminal que lo soporta, o al líquido salino de donde emerge, y al cual volverá algún día andando el tiempo. Nosotros sentimos que somos más grandes de lo que conocemos. O, considerando la metáfora por pasiva, nuestro presente estado pudiera asemejarse al casco de un buque sumergido en un tenebroso océano entre 1 En inglés, iceberg, montaña de hielo.

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monstruos marinos, impulsados de una manera ciega a través del espacio; orgulloso quizá de acumular muchas conchas en su quilla como decoración; conociendo solamente su punto de arribo por el choque contra el macizo del muelle; sin conocimiento de la cubierta, y los camarotes, y remos y velas; sin pensar en el sextante y el compás y el capitán; sin darse cuenta de si el lejano horizonte está o no cerrado; sin una visión de los objetos distantes, peligros que hay que evitar, puertos que se ha de visitar, otros buques con quienes ponerse al habla por otros medios que el contacto corporal, una región de luz y nubes, de espacio, de percepción y de inteligencia, profundamente inaccesibles a las partes que cubre el agua.” Se ha producido mucha confusión entre los estudiantes de la Nueva Psicología a causa de los varios términos empleados por muchos de sus escritores, particularmente en lo relacionado con aquellos estados y regiones mentales “fuera del consciente”. Muchas de las primeras autoridades colocan en un grupo todos los fenómenos y actividades de las varias regiones situadas más allá y debajo del plano de la conscientividad. Este plano causa mucha confusión, porque los numerosos atributos achacados a estas mentes “subjetivas”,

“subconscientes” o “subliminales”, como se las llama, son diametralmente opuestos los unos a los otros, y el principiante se ve envuelto bien pronto en una maraña de hechos, ideas y teorías incompatibles. Pero de algunos años a esta parte, han adoptado maestros y escritores la disposición de observar la clasificación primeramente observada por algunos de los filósofos orientales hace muchos siglos, y al presente está generalmente reconocido que existen dos regiones o planos de las mentes (con varios subplanos) “fuera del consciente”, que son las “subconscientes” y “superconscientes” regiones, planos o “mentes” respectivamente. Algunos buenos maestros y escritores se atienen todavía a la antigua clasificación, “consciente” y “subconsciente”, respectivamente, colocando en el último todos los fenómenos del “fuera del consciente”, altos y bajos; pero la tendencia es seguir la otra dirección. Se habrá notado en las acotaciones que hemos dado en este capítulo, que la mayoría de las autoridades reconoce los “sobreconscientes” tan bien como los

“bajoconscientes” planos o regiones de la mente. En los dos capítulos siguientes consideraremos estos dos planos o regiones de la mente. En los dos capítulos siguientes consideraremos estos dos planos o regiones algo detalladamente. Lo que se llama “campo de conscientividad” o “mente consciente”, no es en realidad sino una muy pequeña parte del reino mental del Ego. Se utiliza para recibir la impresión de los sentidos; para examinar, analizar, combinar y usar el material almacenado del subconsciente, a medida que va siendo conducido al campo de la conscientividad con cierto grado de orden y sistema; para preparar la labor de la razón; para escoger o decidir; para poner en obra la voluntad, y otros extremos similares. Es el gran aclarador mental, cuando solamente se ha de llevar a cabo cierto mental trabajo. Es el ocular del microscopio o telescopio mental. Es el gran “aclarado” de la mente, por la cual pasan las cosas del montón heterogéneo, como así mismo las montañas de la mente. Podemos imaginárnoslo como un lugar del área mental, iluminado por la brillante luz de la conscientividad donde el Ego puede examinar, decidir, escoger y actuar sobre los variados sentimientos, imágenes, ideas, etc., mentales, que son conducidos ante él para consideración y juicio. Es el tribunal de la Mente.

Del campo de la conscientividad pasan a la región subconsciente muchas experiencias que han de ser conservadas para el futuro uso del individuo y de la raza, 21

experiencias que después son reproducidas en el campo del individuo o de la raza, tales como sentimientos, emociones, memorias, pensamientos, ideas u otro material mental. Por el campo de la conscientividad pasan asimismo muchas nuevas cosas procedentes de las más altas o superconscientes regiones, destellos de inspiración y genio, intuición y otro más elevado material mental. Conservando este cuadro de los planos más altos y más bajos del

“fueradeconscientividad” ante nuestros ojos, estaremos capacitados para comprender mucho de lo que en pasados tiempos era confuso y obscuro para nosotros. Es de la mayor importancia tener el campo de la conscientividad limpio y en buenas condiciones, y conservar sus principales instrumentos, la Atención y la Inteligencia, en buen orden y disposición para la labor. Pero al propio tiempo, considerarla como la única región de la mente es una gran equivocación y contribuye a privarnos de ciertos conocimientos que nos son muy necesarios. La Nueva Psicología cubre todas las regiones de la mente, concientes y

“fuera del consciente”.

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CAPÍTULO V

EL SUBCONSCIENTE

En el Subconsciente se produce la mayor parte del trabajo mentativo. – En el Subconsciente están

archivadas gran variedad de impresiones del pasado del individuo y de la raza. – El Subconsciente no es, sin embargo, la Memoria. – Naturaleza de aquellas impresiones. – Estas crean otras. – Cuáles y cómo.

Como dejamos dicho, la Nueva Psicología se consagra, en un marcado grado, a las actividades de la región subconsciente de la mente. En lugar de considerar estas actividades como anormales y dignas solamente de interés científico, conoce y enseña que en esta región de la mente se produce la mayor parte del trabajo mentativo, y este trabajo de gran valor puede ser producido por una inteligente disposición de las actividades subconscientes. En esta diferencia en la consideración de tales facultades, actividades y capacidades, es en lo que la Nueva Psicología difiere radicalmente de la antigua psicología. Un nuevo campo de pensamiento, labor y actividad se abre a todo individuo cuando se familiariza un tanto con la subconsciente región de la mentación y sus leyes. En este sentido hemos de hacer notar la distinción hecha en esta obra entre la región o plano subconsciente y el superconsciente. El plano subconsciente cae debajo del campo de la conscientividad; el plano superconsciente está encima del campo consciente.

El “nuevo pensamiento” y los novísimos derroteros de la psicología, el plano subconsciente de la mente o la “mente subconsciente”, como usualmente se la llama en los tratados populares, son generalmente considerados por muchos estudiantes de metafísica popular como algo espiritual, extraordinario, místico, algo que posee propiedades y cualidades fuera del alcance de la mente ordinaria. Pero la Nueva Psicología no raciocina así, aun cuando admite la existencia de una región o plano de mente superconsciente que posee actividades que pueden ser consideradas como supernormales e inusitadas. Para la Nueva Psicología la mente subconsciente es simplemente el plano o región de la mente en donde están archivadas una gran variedad de impresiones del pasado del individuo y de la raza. En esta región de la mente se encuentran aquellas extrañas impresiones que han llegado a nosotros a través de los siglos, las herencias de la raza, que se manifiestan como instinto o sentimiento instintivo. Muchas cosas que fueron experimentadas por nuestros antecesores, han llegado a nosotros bajo la forma de impresiones que son reproducidas en el 23

campo de la conscientividad con mayor o menor claridad, según exija la oportunidad.

Nuestros “sentimientos”, simpatías y antipatías, prejuicios, gustos, inclinaciones y otros estados mentales que nacen en el campo de la conscientividad de tiempo en tiempo –las cualidades mentales que viven en nuestra conscientividad desde nuestro nacimiento, llegan a nosotros de este modo. El individuo posee el beneficio de toda la experiencia de la raza, adquirida a través de los siglos, la esencia de la cual queda impresa en su subconsciente mentalidad. Además de esto cada individuo tiene cierto “carácter natural” que es suyo desde que nació, y por razón de herencia directa, que queda asimismo impreso en su subconsciente mentalidad. Es verdad, muchísima verdad, que el individuo puede alterar y aun cambiar radicalmente este carácter natural por los métodos de la Nueva Psicología; pero queda en pie el hecho de que el individuo tiene cierto carácter natural suyo propio, independiente de su educación. Cada cual tiene sus naturales gustos y preferencias, simpatías y antipatías, carácter y naturaleza. Todas las madres de una numerosa familia saben perfectamente que entre todos sus hijos no hay dos que tengan la misma disposición o naturaleza. Los maestros saben que cada niño tiene su personalidad particular. Cada individuo tiene su personalidad propia. Y las cosas que constituyen esta personalidad particular, son las impresiones contenidas en el plano subconsciente de la mente.

Pero estas impresiones heredadas son tan sólo una parte del material de este admirable almacén mental. Desde el momento en que el niño empieza a reconocer el mundo exterior, empieza también a adquirir nuevas impresiones, las cuales son registradas en la subconcientividad. Cada partícula de experiencia ganada por la mente consciente pasa luego a la región subconsciente, queda impresa en el disco fonográfico de esta región. La profundidad y claridad de la impresión no depende del grado de atención e interés prestados al asunto original o al objeto que produce las impresiones. Las cosas que nos interesan atraen nuestra mayor atención, y cuanto mayor sea el grado de atención, más profunda y grande será la impresión subconsciente. Se ve, pues, que esta subconsciente región de la mente, es algo muy semejante a lo que hemos llamado Memoria, solamente que aquélla ocupa más amplio campo y posee más amplias actividades que las que primeramente se atribuyeron a la memoria. La facultad o actividad que nosotros llamamos “memoria”, es sencillamente una porción de un gran campo –una Mayor Memoria, que denominamos la subconsciente región de la mente. Grabando esto en nuestra imaginación, estaremos capacitados para formarnos una idea mucho más clara del plano subconsciente.

Ampliando lo dicho sobre esta clase de impresiones, la conscientividad contiene recuerdos de muchas cosas que fueron sugeridas a la persona y pasan luego intactas al almacén subconsciente. Creemos, de modo incuestionable, en muchas cosas, y las aceptamos como una verdad, sin que la hayamos sometido jamás al escrutinio de nuestra razón o juicio. Y nos las hemos tragado tan sólo porque se las hemos oído decir a alguien con un aire de autoridad, o bien lo hemos leído con igual prestigio; o quizá lo oyéramos repetir con tanta frecuencia, que hemos acabado por creerlo una verdad inconcusa; o también porque vemos que todos parecen creerlas y aceptarlas, y nosotros seguimos la costumbre. Un pequeño examen íntimo sorprenderá a la mayoría, ante las revelaciones a lo largo de esta línea. Muy pocas cosas han sido sometidas a razón o juicio. Es mucho más cómodo tomarlas por el intermedio de autoridad, costumbre o repetición. Y después que las 24

hemos aceptado en esta forma, y mayormente después que hemos convenido varias veces en su verdad, las reclamamos como nuestras, las defendemos calurosamente, y nos ofende todo ataque contra su virtud y validez, justamente como si las hubiéramos pensado originariamente y sometido al escrutinio de la razón. Aquellos que se hayan visto obligados a expulsar de su mente alguno de estos “huevos de cuco” del pensamiento, podrán ver plenamente cuán aferrados estuvimos a estos hijos espúreos de nuestra mente y cuánta aflicción nos ha causado el expulsarlos de nuestra mente. La subconscientividad está llena de impresiones de esta clase.

Otro género de impresiones están contenidas en esta región subconsciente: las impresiones del hábito. Sabemos cómo podemos adquirir el hábito de ejecutar cosas, difíciles al principio, hasta que por último las hacemos “sin pensar”. El pianista, el mecanógrafo, la costurera a máquina, el telegrafista, el cajista, y muchos otros que ejecutan similares trabajos, saben que así como al principio tienen que ir siguiendo cada paso de la labor y observar cada movimiento, van adquiriendo destreza gradualmente, hasta que por último son aptos para desempeñar su cometido con un mínimum de atención, y con frecuencia mientras una porción de su mente está ocupada en pensar en algo enteramente distinto. La conscientividad se ha habituado a la tarea y la ejecuta casi automáticamente.

No debemos perder de vista el hecho de que la subconscientividad contiene asimismo las impresiones que manifiesta en la operación de las funciones físicas del cuerpo, que son casi siempre ejecutadas involuntariamente y a lo largo de líneas subconscientes. El corazón late sin nuestro conocimiento, conscientiva o volitivamente. Aun cuando podemos darnos cuenta de la función respiratoria, la mayor parte de ella tiene efecto subconsciente e involuntariamente. La digestión, la respiración y las mil y una funciones de la misma índole son ejecutadas sin auxilio de la conscientividad. Tan sólo cuando ocurre algo anómalo, la mente consciente se da cuenta de que los órganos internos están allí. Todo este trabajo es una parte de las actividades subconscientes. Pero téngase presente que, en el curso de evolución, cada uno de estos automáticos e involuntarios movimientos y actos fueron conocidos por experiencia, y después de ser dominados por nuestros progenitores pasaron a la región del subconsciente –la memoria de la raza, de una manera semejante a como después pasamos nosotros en los actos de pasear, tocar el piano y otros movimientos físicos adquiridos. La subconscientividad es un lugar atareado, una colmena de industria.

Pero recuérdese que, aun cuando ya hemos hablado de ello meramente, como de un gran almacén de memorias de raza y memorias individuales (en su más amplio sentido), es sin embargo más que un almacén desprovisto de actividades. Está abarrotado de activas facultades laborables y de mental maquinaria. Como hemos dicho en otro lugar, las actividades de la región subconsciente, hacen recordar un taller lleno de activos, ansiosos y fieles operarios, llenos de voluntad para terminar la obra del individuo, si se les indica que es necesario. Y es en la dirección de estos buenos operarios de la mente subconsciente en lo que la Nueva Psicología se hace tan útil al estudiante. No contenta con permitir sencillamente al subconsciente que almacene impresiones, y luego reproducir sólo aquellas absolutamente necesarias a la mente ordinaria, enseña que un alto grado de actividad puede ser estimulado en esta región, y por consiguiente puede encontrarse notablemente la eficacia 25

individual para sí mismo y para la comunidad. Se ve, pues, que la región subconsciente contiene solamente lo que ha sido depositado allí por la raza o el individuo. Nada nuevo crea, aun cuando pueda ser utilizada para formar con sus materiales innumerables combinaciones nuevas, y producir así maravilloso trabajo creativo para sí propia. Por el uso de la imaginación la región subconsciente puede ser preparada para encerrar grandes partidas de material, arreglado en un sistema de orden, y capaz de ser agrupadas juntas en nuevas y extrañas combinaciones; esto es la Invención. Los llamados “poderes más altos” de la mente no son para ser encontrados en la región subconsciente; pertenecen al plano superconsciente, como veremos en el capítulo inmediato.