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En esta oportunidad creemos que no estará de más exponer una idea nuestra, que generalmente no mencionan los escritores o maestros de esta materia. Aludimos a la posesión de ciertas formas inferiores de un poco común poder “psíquico”, de que gozan ciertas personas, las cuales carecen de los elementos de los llamados “más altos poderes” a que acabamos de aludir, pero que sin embargo todavía están fuera de las formas ordinarias del sentidoimpresión. Las personas que poseen y manifiestan esos poderes están con frecuencia lejos de poder progresar espiritual, mental o moralmente, y este hecho ha sorprendido y dejado perplejos a muchos de los investigadores del asunto. Esta clase de fenómenos difieren materialmente de los de la superconscientividad y evidentemente pertenecen a un plano más bajo; pero, ¿a qué plano? No a la conscientividad, seguramente;

si la subconscientividad es meramente un registro de raza y de experiencia individual, ¿cómo es posible achacarle estos fenómenos? Nosotros hemos pensado que, probablemente, estas actividades del “más bajo psíquico” pueden ser el resultado de facultades primitivamente ejercitadas por la raza, pero desde entonces descartadas en el curso de evolución, y ahora encontradas como un “ vestigio” remanente en individuos de la raza. Esta teoría encuentra corroboración en el estudio de las actividades de los animales inferiores y de las primitivas razas humanas, en ambos de los cuales encontramos evidencias manifestadas distintamente que por el hombre. Los animales y las razas inferiores poseen un sentido olfatorio casi anormal en el hombre civilizado, y pueden tener, y parece ser que los tienen, otros medios de “sentir” los objetos. Si esto es cierto, entonces cada uno de nosotros conserva alguna reminiscencia de estos descartados sentidos en la subconscientividad, que en algunos da origen a esos extraños ejemplos de perspicacia en ciertas gentes, y esto pertenece a la clase de fenómenos del “más bajo psíquico”, muy distintos de los fenómenos del “más alto psíquico”, pertenecientes a la clase de genio, intención, espiritualidad, etc. No insistiremos sobre esta teoría; es meramente una conjetura ofrecida para lo que pueda ser útil.

Ciertamente parece llenar un hueco en el estudio de la psicología anormal.

Y ahora permítasenos pasar a la región del superconsciente, los planos más altos de la mente.

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CAPÍTULO VI

EL SUPERCONSCIENTE

En el Superconsciente están almacenadas las latentes facultades y actividades mentales de una más elevada

raza de seres. – La obra del Superconsciente. –

Charlatanismos y verdades. Realidades y milagros.

Es muy difícil explicar el concepto de la Nueva Psicología sobre el plano superconsciente de la mente, sin aproximarse peligrosamente a la línea que separa la psicología metafísica y la filosofía. Aun salvando este peligro, nos vemos obligados a usar los términos de evolución que usa la ciencia biológica.

En primer lugar, en vez de ser la Gran Memoria o almacén de las inspiraciones del pasado, como ocurre con la subconscientividad, la superconscientividad del individuo es la latente posibilidad del hombre futuro, el superhombre. Y los destellos de esta región que ocasionalmente alcanzan a la región de la conscientividad, son prácticamente las profecías del futuro de la raza. Lo que es ahora la región superconsciente del individuo, será algún día el plano ordinario de la mente cotidiana de la raza adelantada. La superconscientividad es la conscientividad de los futuros individuos de la raza y en ella están almacenadas las latentes facultades y actividades mentales de una más elevada raza de seres. A algunos favorecidos de la presente raza llegan destellos de esta portentosa región de la mente, y nosotros los llamamos “genio”, “inspiración”, “intuición” y otros términos que denotan mentales actividades, y estados más altos y poco comunes.

En cada individuo está contenido este gran depósito de futuro desarrollo mental; por qué o cómo, no lo sabemos; pero que son, sí que lo sabemos. Del propio modo que el roble vive latente dentro de las bellotas; de igual manera que los Shakespeare, Milton, Darwin o Spencer yacían un tiempo latentes dentro de una simple célula, así estas latentes facultades y poderes de la mente de todos y cada uno de los individuos, está esperando el tañido de la campana de evolucionario desenvolvimiento. Y cuando estos destellos llegan al campo de la conscientividad, reconocemos que vienen de arriba y no de abajo.

La mental evolución de la raza no es sólo una materia de aumento en el sentido de adicción: está en la naturaleza del desenvolvimiento de las latentes cualidades, facultades y poderes inherentes a la mente, o quizás el desenvolvimiento en expresión de algún poder 27

inherente o cualidad del Ego. De todos modos, es indudablemente un desenvolvimiento, una revelación de algo que estuvo oculto a la vista y la expresión. El niño, en unos pocos años, pasa por los grados de evolución mental para que la raza necesitó siglos enteros; esta es la obra de la subconscientividad. Y el hombre de hoy se desenvuelve lenta, laboriosamente pero seguramente en más amplios y más altos estados y actividades mentales. El crecimiento mental no viene solamente de dentro; aquí hay un acicate interior constantemente en acción, espoleando siempre hacia más grandes y más elevadas cosas.

Aquí palpita siempre esta dual expresión: la atracción de la mente hacia objetos exteriores que estimulan y apresuran su expresión, y el acicate interior surgiendo constantemente camino adelante. Ha sido un concepto muy bien expresado el de que no puede existir progreso sin cosas exteriores que atraigan e interesan a la mente, causando su crecimiento por el uso y el ejercicio. Pero también es mucha verdad que no hay ni puede haber crecimiento a menos de que no haya algo que responda al exterior y le fuerce a desenvolverse. Y este algo es el evolutivo acicate, como es también el evolucionario instigador de la atención.

Y así, esto es lo que entendemos por superconscientividad: las más altas regiones de la mente que están empezando a desenvolverse en una mayor y más gloriosa conscientividad. Que este desenvolvimiento proporcionará a la raza nuevos sentidos, nuevos canales de perspicacia, es indudable. Así como nacen los presentes estados de conscientividad de una mera sensación; así como proviene el maravilloso sentido de la visión de un simple sentimiento, así también los sentidos de perspicacia de objetos externos que en la actualidad poseemos, quieren indudablemente desenvolver sentidos que sobrepujen a los más atrevidos vuelos de las imaginaciones de hoy. Parece existir una buena razón para creer que el espacio será prácticamente anulado por los seres del porvenir. Así como la visión es una forma mejorada de una sensación, del propio modo, indudablemente, puede surgir un sentido de percepción que sea un sentido enormemente mejorado de la visión. Y más aún; el conocimiento y apreciación de los pensamientos de los otros, la “telepatía” o

“telementación” de nuestros días, estará indudablemente en posesión del común de las gentes del futuro; hecho que revolucionará la vida tal como la conocemos. Pues cuando los pensamientos de todos sean un libro abierto para todos, entonces pasarán al olvido el engaño, la falsedad, la hipocresía, la mentira y todo el resto. Se exigirán más altos fines de vida, y los intereses de todos serán identificados e idénticos. Con un pensamiento común brotando de la “circulación del pensamiento”, sobrevendrá un interés común y una finalidad de la raza. En el conocimiento de estas facultades latentes, que aun hoy comienzan a mostrar signos de desenvolvimiento, se encontrará una sana base para la expectación de la venida de muchas cosas que ahora se disputan perteneciente al “milenio”.

Pero no es del futuro de lo que queremos hablar; nuestra tarea está en el presente.

Desde estas altas regiones de la mente van llegando a la razón, no solamente la expresión del genio, inspiración e intuición, sino también la conscientividad de relación entre todos los hombres y todas las cosas vivientes. Con una naciente conscientividad de esta relación, los hombres, naturalmente, se sienten más cerca los unos de los otros y del universo, y en consecuencia se expresan ya diferentemente. Los sentimientos de bondad, simpatía, fraternidad y tolerancia recíproca que van llegando a la raza, provienen de los destellos de 28

estas más altas regiones de la mente. Estas cosas no son obtenidas por mediación de la inteligencia; son materia de la conscientividad, del más elevado sentimiento, y esta conscientividad y sentimiento no nacen ciertamente de las bajas regiones de la mente, pues el pasado no estaba relacionado con estas cosas del futuro. Muchas de las cosas que llegan a nuestra mente, y que estamos dispuestos a pensar que vienen de arriba, vienen de arriba efectivamente, de las más elevadas regiones de la mente, la superconscientividad.

Que la raza se desenvuelve en un nuevo plano de “sentir” y en un nuevo campo de

“conocer” y pensar, cosa es que no pueden poner en duda aquellos que estudian los signos de los tiempos. En el primer caso, nosotros estamos obteniendo relaciones exactas y fidedignas de sensación supernormal en casos aislados, procedentes de sociedades científicas organizadas para el estudio de fenómenos físicos. Poseemos pruebas de una más elevada forma de “conocimiento a distancia”, que, por falta de un nombre mejor, llamamos

“clarividencia”, un nombre, dicho sea de paso, que tiene desagradables asociaciones a causa de su uso por charlatanes y vividores. La prueba de apoyo de estos fenómenos es demasiado voluminosa y digna de confianza para ser ligeramente tratada. Las memorias están llenas de bien comprobados ejemplos ocurridos a personas de la más elevada posición y carácter. Y la evidencia a favor de la “transferencia de pensamiento” es aun más fuerte, pues en esta materia son contadas las personas que no han tenido una experiencia personal.

Muchos tienen prejuicios contra estos fenómenos, a causa de haberlos considerado utilizables como una prueba de poderes sobrenaturales, etc. Pero nada hay de sobrenatural en ellos. No hay duda de que el sentido de la vista llegó lentamente a las formas más inferiores de la vida, ciertamente muy tarde en la historia de las vivientes formas de la tierra.

Y si estas formas inferiores hubieran sido capaces de pensar en ello, hubiesen abrigado prejuicios al principio contra las manifestaciones de algunos pocos de su número que pretendieran ser capaces de “sentir a distancia”, pues esto es realmente la visión, un sentido desarrollado de sentir el choque de las ondas luminosas. Y no hay duda de que estas formas inferiores hubiesen organizado Sociedades de Investigaciones Físicas, entre los sarcasmos de sus contrarios, hasta que finalmente el sentido de la visión se hizo común a la raza. Y no hay razón ninguna para suponer que la evolución de los sentidos ha cesado en sus operaciones. Es mucho más razonable pensar que existen muchos sentidos latentes en la raza; sentidos para recibir impresiones de ondas eléctricas, de ondas magnéticas, ondas de pensamiento, y otros que ahora no producen sensación en la mente.

Si pudiéramos sentir las ondas de electricidad o magnetismo, un nuevo mundo se abriría para nosotros. Y, como hemos dicho, una sensación de las ondas del pensamiento revolucionaría al mundo. Imaginemos lo que parecería el universo o la raza desprovista del sentido de la vista o del oído. Y piénsese que ello significaría la posesión de dos sentidos más de igual importancia. Nuestros actuales sentidos tocan el universo tan sólo en un reducido segmento de su todo. Cada nuevo sentido abre un nuevo universo. Como ha dicho muy bien Isaac Taylor, “quizá dentro del campo ocupado por el visible y ponderable universo, existe y se mueve otro elemento ligado con otras especies de vida corpórea, verdaderamente, y variada en sus órdenes, pero abierta al conocimiento de aquellos que están confinados a las condiciones de la organización animal... ¿Cabe pensar que el ojo del 29

hombre es la medida del poder del Creador? ¿Y ha creado El nada que no haya expuesto a nuestros sentidos? Lo contrario parece más que meramente posible; ¿no debiéramos creerlo casi cierto?” Y, como Masson ha dicho, “si un nuevo sentido o dos fuesen añadidos a los que ya posee el hombre, este que es ahora el mundo fenomenal para todos nosotros, pudiera transformarse en algo asombrosamente más amplio y diferente, a consecuencia de las adicionales revelaciones a través de estos nuevos sentidos”.

Es necesario que el lector estudioso libre su mente del error de que hay algo sobrenatural o “milagroso” en la idea de adicionales sentidos latentes en la raza. Cada sentido es un “milagro”, si los nuevos son considerados así. ¿Qué pudiera ser más milagroso que el sentido de la vista, o aun más, que el sentido de la vista auxiliado por el microscopio o el telescopio, que no hacen más que aumentar su poder normal? Pensar que podemos

“sentir” lo que ocurre en el universo de una gota de agua o los cambios en un distante planeta, ¿no es un milagro? Y el hecho de que yo, que estoy leyendo esta página, pueda

“conocer” la configuración de las letras sobre el papel, a distancia, sin contacto corporal,

¿no es un milagro? En nuestro capítulo sobre las impresiones se verá que todos los sentidos no son sino forma de “sentir” las impresiones que vienen de objetos exteriores, que nosotros no vemos, sentimos, oímos, olemos o gustamos los objetos mismos, sino meramente las impresiones que llegan al cerebro de estos objetos, mensajes a lo largo de los nervios y que son trasladados por nuestro cerebro. ¿Puede alguien, conociendo estos hechos, pretender conocer o saber que no existen otras vías por donde estas impresiones puedan llegar a nosotros, particularmente cuando sabemos que cada una de las presentes cinco vías de los sentidos fueron lentamente desenvueltas a medida que la Vida trepaba la escala de evolución?. Permítasenos ser latos en esta materia y, sin perjuicio de reservarnos el derecho a discutirla, examinar y determinar la validez de todas y cada una de las reclamaciones del sentir supernormal, hasta mantener despierta la mente sobre el sujeto.

Y no tan sólo en la dirección de sentir procura la superconscientividad mejoras para la raza. En realidad de verdad, hay toda clase de derecho para creer que nuevas facultades quieren ser desenvueltas, precisamente como lo fueron en el pasado las presentes facultades.

No hay más que estudiar al hombre en la escala de capacidad razonadora, para comprender que existe una escala evolutiva de la razón en la raza como en todo, y entre los individuos, no considerando los animales inferiores. ¡No es razonable creer que el hombre del porvenir irá tan a la cabeza del hombre común de nuestra raza y época, como ésta va hoy a la cabeza del busmán africano o digger indio! ¿Hemos alcanzado acaso, los límites del pensamiento y de la razón? La historia y la ciencia responden sin rodeos negativamente a esta pregunta.

¿No hemos tenido ejemplos en los diseminados casos de genios de gigante poder mental, precursores de los hombres del futuro?

En las regiones superconscientes de la mente, yacen las semillas y gérmenes de estos futuros sentidos y razonadores poderes latentes, esperando la hora de su desenvolvimiento, y de esta región viene todo lo que es mejor, y más alto, y más grande, en nuestras presentes actividades mentales; y reconociendo ese hecho y abriendo la mente a este más alto “mí mismo”, damos la bienvenida a estos mensajes de arriba, estimulamos su venida; y así progresaremos y mejoraremos.

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CAPÍTULO VII

IMPRESIONES

Relación entre la mente y las impresiones recibidas del mundo exterior por los sentidos. – Naturaleza de los sentidos. – Todos ellos son modificaciones del tacto o sentimiento. – Todos dependen del “ Yo” .

Es difícil para cualquiera establecer la relación de la mente sobre las impresiones recibidas del mundo exterior a través de los canales de los sentidos. Quizá la única manera de que nos encontremos capaces para realizar la importancia de estas impresiones exteriores, el imaginar nuestra condición, fuera de estar desprovistos de tales sentidos. Como ha dicho muy bien Halleck: “Supongamos que un niño de padres inteligentes viniese al mundo privado de uno de los nervios esenciales de relación; por ejemplo, sin nervio óptico para transmitir las grandiosas sensaciones del ojo, sin nervio auditivo para conducir las vibraciones de la voz materna, ni nervios táctiles para apreciar el contacto de una mano, ni nervio olfatorio que excitase el cerebro con el delicado aroma de los huertos y las florecillas silvestres de los campos, sin nervios gustativos, termales o musculares. Podría semejante niño vivir y desfilar los años ante él; los libros de Shakespeare y de Milton se abrirían en vano delante de sus ojos. Los hombres más conspicuos agotarían su elocuencia sin ningún resultado. La naturaleza no susurraría una de sus grandiosas verdades en su sordo oído, ni la luz alegraría aquella tenebrosa mente con una pintura del arco iris o del rostro humano.

No importa cuán perfecto pudiera ser el cerebro del niño y su capacidad hereditaria para las actividades mentales; sus facultades permanecerían por la vida enterradas en hondísima cripta. La percepción no podría ofrecerle a la memoria nada que retener; ni el pensamiento construir sus espirituales palacios sin materiales”.

Carpenter dice:

“Si le fuese posible a un ser humano venir al mundo con un cerebro perfectamente preparado para ser instrumento de operaciones psíquicas, pero con todas las comunicaciones para las sensaciones interceptadas, tendríamos todo fundamento para creer que su mente permanecería dormida como una semilla enterrada en el suelo.” Stewarts afirma “que los poderes de la compresión quedarían dormidos para siempre, si no fuese por la acción de cosas externas en el cuerpo, lo que constituye una proposición universalmente admitida por los filósofos.”

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Helmholtz ha escrito:

“La aprehención por los sentidos suple directa e indirectamente el material de todo humano sentimiento, o al menos el estímulo necesario para desarrollar cada innata facultad de la mente.”

Virchow dice:

“Aun las más elevadas ideas son lenta y gradualmente desarrolladas por la acumulación de experiencias de los sentidos, y su verdad está solamente garantizada por la posibilidad de encontrar ejemplos concretos para ellas en la existencia real.” Carpenter dice asimismo:

“La actividad de la mente viene a ser justamente el resultado de la conscientividad de las impresiones externas, por medio de las cuales sus facultades entran en juego, como la vida del cuerpo depende de la apropiación de materiales nutritivos y de la constante influencia de las fuerzas externas.”

Maudsley dice:

“Cuanto más exacta es nuestra percepción, más correctamente recordamos, más profundamente juzgamos y más fielmente imaginamos.”

Y como Kay dice:

“Los sentidos son el medio por el cual la mente obtiene su conocimiento del mundo exterior. Interceptemos toda comunicación directa con el mundo externo, y no conocerá, ni puede conocer nada de lo que existe u ocurre allí, excepto lo que llegue a ella a través de los sentidos. Su conocimiento de lo que está fuera de sí misma depende, por consiguiente, del número, estado y condición de los órganos sensoriales.” Verdad es que las citadas autoridades hablan con el sello de la antigua psicología e ignoran la evidencia de las nacientes fases de la conscientividad desde el plano superconsciente. Pero, aun siendo así, lo que ellos dicen de los sentidos puede aplicarse a todos los nuevos sentidos o canales transmisores de impresiones que puedan surgir en el hombre. El Ego recibe impresiones del exterior solamente a través de los canales de alguna especie de organismo sensorial, sean estos sentidos físicos, “psíquicos” o espirituales. Con todos los canales cerrados, el Ego tendría que permanecer con todos sus poderes latentes e inexpresados, no conociendo más allá de su propia existencia. Es un admirable pensamiento esta idea del Ego residiendo dentro de la mente individual, con su órgano del cerebro y su maravilloso sistema nervioso por el cual recibe los mensajes de los sentidos de las cosas del universo externo, siendo estas impresiones almacenadas en las regiones subconscientes de la 32

mente, para reaparecer en recolección , imaginación y pensamiento, después de ser pesadas, arregladas, agrupadas y valuadas por la razón.

Estos canales de impresión del mundo exterior –los sentidos son cinco en número, según lo aceptado: Sentir, Ver, Oír, Oler y Gustar. Algunas autoridades substituyen el sentido de “Tocar” por el de “Sentir”, y añaden a la lista las varias sensaciones del sistema muscular, tales como la percepción del peso, etc., las sensaciones del hambre, sed, etc., y las varias sensaciones de los órganos internos. Pero ésta es una distinción sin diferencia precisa, pues tales sensaciones y Tocar no son sino formas de Sentir. Por lo que concierne a las sensaciones internas, no somos los llamados a considerarlas en esta digresión, pues nuestra investigación se atiene a las impresiones del mundo exterior recibidas por el Ego. Como Benstein dice: “La diferencia característica entre estas sensaciones comunes y las de los sentidos, estriba en que por mediación de los últimos adquirimos conocimiento de las ocurrencias y objetos que pertenecen al mundo externo, y que referimos las sensaciones por ellos producida a objetos exteriores, en tanto que las primeras solamente sentimos condiciones de nuestro propio cuerpo.”

Un ceñido análisis de las variadas impresiones sensoriales confirma la teoría del antiguo filósofo griego Demócrito, promulgada dos mil años hace, al efecto de que todos los sentidos no son sino modificaciones y refinamientos del original sentido del tacto o sentimiento. El sentimiento fue el primer sentido que hizo aparición en la escala de evolución, y los demás nacieron de él. Para comprender esto es necesario darse cuenta de que todas la impresiones ejercidas sobre los órganos de un sentido nacen del movimiento de partículas materiales del exterior, que se ponen en contacto con porciones sensibles del organismo físico del individuo y despiertan actividades nerviosas que afectan al cerebro.

Como Morrel dice: “El único modo de que el mundo exterior afecte al sistema nervioso, es el movimiento. Luz es movimiento; sonido es movimiento; color es movimiento; tacto es movimiento; gusto y olfato es movimiento. El mundo lo conocen los sentidos por virtud y con relación a los movimientos de sus partículas. Estos movimientos son apreciados y continuados por el sistema nervioso y por conducto de éste llega finalmente a la percepción de la mente... La última acción material que podemos descubrir en todo proceso de sensación, antes de penetrar en las alturas de la conscientividad, es el movimiento” Y, como Kay dice: “Todo cuando actúa sobre un órgano del sentido, lo hace en forma de movimiento. Nada puede actuar sobre los sentidos o ser apreciado por ellos, a menos de no presentarse a ellos en forma de movimiento.” Y estas variadas formas de movimiento de las partículas materiales, las vibraciones de estas partículas, son reconocidas por el sencillo sistema de los órganos del ojo, del oído, de la nariz, de la lengua y de la piel. Todo ello es sentimiento, desde el tacto hasta la vista.

Usted se fija en esta página, viendo el papel blanco y las letras negras de imprenta.

Usted imagina que, en cierto misterioso modo, hay alguna relación entre el papel y tinta y su vista; existe, es cierto, pero no justamente en la forma que usted imagina. No hay ninguna sutil ni misteriosa relación. Lo que ocurre es esto: La Luz, al herir la página, es reflejada en el ojo y produce una imagen correspondiente en la retina; todo esto es físico y nada tiene que ver con la mente, pues la lente de una cámara recogería la imagen como lo hace la retina del ojo. Pero aquí es donde se produce el proceso mental; esta imagen sobre la retina es 33

causada por ondas de luz, ligeras vibraciones que, actuando sobre los sensibles y delicados nervios del ojo, son sentidas allí y por el cerebro. Esta visión es realmente sensación de una muy delicada especie; un sentimiento de las vibraciones de las ondas luminosas. Del mismo modo el oído toma las vibraciones del sonido y el tímpano vibra al unísono, justamente como hace el diafragma de un fonógrafo, y los nervios del oído sienten estas deliciosas vibraciones. El oler no es sino el sentimiento, por los nervios de la membrana mucosa de la nariz, de las tenues moléculas de materia gaseosa, desprendidas de la causa del olor. El gusto no es sino una fina sensación de sentir la acción vibratoria y química de las partículas del alimento, etc., por los nervios del gusto de la boca y de la lengua, ayudados por otros nervios de sentimiento de esta región. Y, más aún; la traslación del sentimiento al conocimiento no es completa hasta que la impresión no es transmitida por el sistema nervioso al cerebro, donde la sensación es experimentada y transformada en “conocimiento” por el misterio de la presencia del Ego. Córtense los nervios, y no habrá sensación cuando las ondas productoras de sensación choquen con los órganos correspondientes. Y, por último, las sensaciones que nosotros llamamos ver, tocar, oler, gustar y oír, son completadas, aun físicamente, tan sólo cuando el cerebro recibe las impresiones y las siente.

Lo que ocurre después, está más allá del conocimiento del hombre. Por algún admirable procedimiento el sentimiento es transmutado en conscientividad; el Ego conoce ciertas cosas del nonego o mundo exterior. Cómo el Ego cumple esto es un enigma envuelto en el mayor misterio del Ego mismo. No podemos hacer más que repetir el hermoso pensamiento de Huxley, el eminente hombre de ciencia: “Cómo una cosa tan notable como un estado de conscientividad se produzca por resultado de irritar el tejido nervioso, es justamente tan inexplicable como la presencia del genio cuando Aladino frota su lámpara.” Y así, preciso es contentarnos con una comprensión general del mecanismo por medio del cual el Ego establece comunicación con el mundo exterior. Habitando sólo en tranquila soledad, el Ego recibe constantemente los mensajes tanto del interior de su residencia como de las diferentes salas de su propia morada superior. Líneas telegráficas y telefónicas llegan a la oficina central de todas direcciones, telescopios y otras aplicaciones ópticas están dirigidos a todos los puntos e instrumentos registradores del calor, la luz, el sonido y el movimiento están al alcance de la mano y en constante uso. Todos estos instrumentos han sido proporcionados por la Naturaleza para el uso del Ego, ¿o diremos que el Ego mismo los ha preparado para desempeñar su cometido? ¿Quién puede afirmar esto? Como quiera que sea, queda patente el hecho de que los admirables instrumentos que la inteligencia y la ingenuidad del hombre han sido capaces de crear después de siglos de experiencia, no son sino extensiones e imitaciones de estos instrumentos de la Naturaleza: las lentes del ojo, el tímpano del oído, los hilos de los nervios de la piel registradores del calor, y todo lo demás. El término “Naturaleza” no es más que un velo que oculta, y sin embargo revela, el Algo dentro de la Naturaleza: la “naturaleza” de la Naturaleza.

Y recuérdese esto siempre: Que es el Ego quien ve; El Ego quien siente; el Ego quien huele; el Ego quien gusta; el Ego quien oye, y no los órganos a quienes generalmente achacamos estas cualidades. Y si en la evolución de la raza o del individuo aparecieran otros y más elevados órganos por donde el hombre puede recibir más nuevas y más amplias impresiones del mundo exterior, será siempre el Ego el que sentirá a través de ellos; será 34

conocedor por la razón de ello; conocerá a través de ellos. El Ego es el Real Mí Mismo, el Real “Yo”, el Real Individual. Prívesele de sus instrumentos de sentido –su manto de personalidad; aun así, será todavía él mismo, algo diferente de todo lo demás, algo aparte, sobre y detrás de todo; sui géneris; el “Yo”.

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CAPÍTULO VIII

PERCEPCIÓN

La Percepción necesita de la atención. Cultivo y empleo de la Atención. Reglas y consejos. Atención

voluntaria e involuntaria. – Leyes que rigen la

atención voluntaria.

En nuestro capítulo anterior se ha visto que es siempre el Ego quien “percibe” la impresión registrada por los nervios de los órganos del sentido. Los órganos reciben, los nervios transmiten, el cerebro registra; mas es siempre el Ego quien percibe. Pero téngase esto presente: El Ego no siempre percibe los mensajes del mundo exterior con iguales grados de nitidez; y a veces no los recibe en absoluto. La percepción es una materia de volición para el Ego, una materia dependiente de la voluntad; el Ego puede querer prestar atención a un mensaje de los sentidos o puede no querer prestarla; puede poner el mayor grado de atención o poner el más mínimo al mensaje. Al principio esto puede parecer difícil de creer que un hombre, gozando del normal sentido del oído, pudiese librarse de oír el disparo de un cañón, quisiera o no. Es cierto que, en casos ordinarios, dado que la voluntad no ofreciera obstáculos, la suma de atención voluntaria requerida para percibir el sonido de un cañonazo pudiera ser muy pequeña, tan pequeña como para ser casi digna del nombre de atención “involuntaria”. Pero, por otra parte, hay ejemplos de hombres que estaban tan concentrados en otras tareas, que no oyeron los cañonazos de un ejército entero, y sólo se dieron cuenta de que una batalla había tenido efecto en las inmediaciones después que todo había terminado. Del propio modo, se citan casos de hombres que no hayan sentido una grave herida por tener la atención reconcentrada en cualquier materia, y es un hecho psicológico bien comprobado que ha habido individuos capaces de anular el dolor por un esfuerzo de voluntad. La Atención es una materia que depende de la voluntad del Ego. El interés atrae la atención, y alivia a la voluntad de mucho de su trabajo en el sentido de atraer la atención sobre el objeto o idea. El arte de la atención puede cultivarse con la práctica bajo la dirección de la voluntad.

Todas las autoridades en psicología, antiguas y modernas, convienen en la importancia del cultivo de la atención en la dirección de la percepción.

Cuanto mayor sea la intervención en la atención, más clara será la percepción; y cuanto más clara sea la percepción, más profundas son las impresiones recibidas, más crecido su número y detalle. Como Kay dice: “cuanto mayor sea el poder de atención de 36

uno, más directa y largamente será apto para fijarla sobre un sujeto, más capaz se sentirá para seguir la misma corriente de pensamiento, y más grande será la suma de probabilidades de buen éxito. Es este poder de atención, este poder de conservar un objeto particular ante la mente hasta dominarlo completamente, el que más que nada distingue al hombre de genio de los otros. Se ha dicho con mucha verdad que probablemente la definición más completa del genio es el poder concentrar y prolongar la atención sobre cualquier asunto. Newton decía: “Yo mantengo un sujeto continuamente delante, y espero hasta que el primer albor se inicie lentamente, para convertirse poco a poco en una clara luz. Si he procurado algunos adelantos a la ciencia, son debidos más a una paciente atención que a cualquier otro talento”. Brodie dice: “La mente que posea la facultad de la atención en el más alto grado de perfección, adquirirá conocimiento de relaciones de las que otras mentes no han tenido percepción”. Y echando una ojeada al opuesto lado de la cuestión, vemos que en los imbéciles, idiotas y otros seres de atrofiada mentalidad, la facultad de la atención es muy deficiente. Como Esquirol dice: “Los imbéciles e idiotas están desprovistos de la facultad de la atención”. Y una autoridad médica ha dicho: “La creciente deficiencia de atención es signo de una cercana imbecilidad y especialmente de un inminente ataque de reblandecimiento cerebral”. Dependiendo la atención del directo uso de la voluntad, es la marca de una mente educada y de una fuerte individualidad; siendo verdad el reverso en aquellos que tienen deficiente esta facultad.

Hay referencias de sujetos que han desarrollado su atención hasta un grado increíble, y todo debido a la práctica. Houdin, el célebre ilusionista francés, desarrolló su casi milagroso grado de atención practicando delante de los escaparates de las tiendas, a las cuales echaba una prolongada ojeada, tratando después de recordar lo que había visto. Al principio, sólo podía recordar unas pocas cosas, porque solamente había percibido unas pocas cosas. Pero, como continuaba constantemente la práctica, adelantó tanto que podía recordar un buen número de artículos. Perseveró y practicó hasta que finalmente se puso en condiciones de percibir y recordar la mayor parte de los objetos después de una ojeada.

Explicando este procedimiento, decía Houdin: “Por ejemplo, yo puedo asegurar, sin equivocarme, que una señora que ve pasar a otra en un carruaje, a buen paso, tiene suficiente tiempo para analizar su tocado desde el sombrero hasta las botas sin olvidar, no solamente la moda y la calidad de las ropas, sino que es capaz de afirmar, si los encajes eran legítimos o a máquina. Yo he conocido señoras que obraban este portento.” Algunos especialistas, en varia materias, tienen tan educada su atención, que son capaces de ver con una mirada hasta los detalles más mínimos de un objeto. Un conocido catedrático podía leer, con una sola mirada, la cuarta parte de una página ordinaria. Los músicos se anticipan un gran número de compases, después de una mirada sobre la página que ejecutan. Todo es cuestión de interés, voluntad y práctica. Es asombroso cuán poco

“percibimos” de las muchas cosas que vemos. Halleck da una interesante relación de esto, diciendo: “Un cuerpo puede retratarse en la retina sin perfecta percepción. Es preciso hacer un esfuerzo para concentrar la atención sobre las muchas cosas que el mundo presenta a nuestros sentidos. Una vez un hombre instruido dijo a los alumnos de un acreditado colegio, todos los cuales habían visto vacas con frecuencia: “Me gustaría conocer si alguno de ustedes saben si las orejas están encima, debajo, detrás o delante de los cuernos.

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Solamente deseo que los que lo sepan levanten las manos y prometan dar un dólar de limosna si se equivocan”. Sólo dos muchachos levantaron las manos. Y es que éstos habían dibujado vacas, y por consiguiente habían tenido que fijar su atención en todos los detalles del modelo. Quince alumnos estaban seguros de haber visto gatos trepar y descender de los árboles. Hubo unanimidad de opinión en que el gato trepa cabeza arriba. Cuando se les preguntó si al bajar echaba primero la cabeza o la cola –más claramente, si bajaban de cabeza o de cola la mayoría estaban seguros de que el gato bajaba como no lo ha hecho nunca desde su creación. Cualquiera que hubiese notado la forma de las garras de los animales carniceros, hubiese satisfecho a la pregunta sin necesidad de ver descender a un gato”.

En vista del hecho de que la mentalidad subconsciente se abastece con las impresiones recibidas, por razón de la dirección de la atención, es de importancia el que aprendamos a manejar esta facultad de la mente de manera que podamos emplearla en pro de nuestro bienestar y adelanto. Un inteligente uso de la atención consiste en la voluntaria dirección y concentración de la facultad sobre objetos o ideas que un claro y frío juicio señalen como conducentes a nuestro desarrollo, progreso y bienestar. Esto se aplica no solamente al empleo de la atención sobre objetos exteriores, sino también a la materia de contemplación interna, retrospección y meditación. No tan sólo podemos desarrollar las positivas y deseadas cualidades de la mente dirigiendo nuestra atención sobre las cosas apropiadas y útiles del mundo exterior, sino asimismo profundizar el efecto de las ideas positivas, volviendo con frecuencia la atención sobre ellas, arraigando así la impresión original y acrecentando la fuerza dinámica de las ideas. Y así como podemos desarrollar las cualidades positivas de este modo, podemos igualmente neutralizar el efecto de cosas y pensamientos negativos, apartando, en lo posible, la atención de ellos.

Los psicólogos han dividido la atención en dos clases generales: voluntaria e involuntaria. Esta última es la forma de atención que se dirige a todo objeto pasajero con poco o ningún ejercicio de la voluntad; en tanto que la atención voluntaria es aquella forma de atención en la cual hay un activo empleo de la voluntad en dirigir la atención, y en mantenerla después fija sobre objetos aprobados por el juicio del individuo. La atención voluntaria es una de las cualidades de la mente educada y la intervención en la atención involuntaria es su acompañamiento usual. La mente ineducada manifiesta poca o ninguna atención voluntaria, y encuentra dificultad en concentrarla sobre cualquier tarea; pero en semejantes casos la atención involuntaria es activa, y la atención es atraída por cualquier nimia ocurrencia. Las personas faltas de atención voluntaria encuentran gran dificultad en dominar un sujeto o en estudiar cualquier objeto o cuestión. Son constantemente distraídas por todos los frívolos objetos a quienes ocurre presentarse en escena. Semejantes seres están a merced de todo objeto o pensamiento pasajero. El niño tiene poco o ninguna atención voluntaria, pero su atención involuntaria se muestra fuertemente acentuada. Es atraída momentáneamente por cualquier futesa y sin embargo se le hace difícil fijar la atención en la página impresa de la lección. Tan sólo mediante una educación sistemática se hace capaz de adquirir el hábito del estudio, y con frecuencia, aun entonces, tan sólo en un grado muy limitado. Los hombres y las mujeres que en cada estado de la vida han llevado a cabo grandes cosas, poseyeron un fuerte poder de atención voluntaria.

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Tres son las leyes generales que regulan el empleo de la atención voluntaria. Son las siguientes:

I.

La Atención sigue al Interés; y el Interés sigue a la Atención. El interés en un objeto hace más fácil el concentrar la atención sobre él; la falta de interés hace la tarea doblemente difícil. Pero forzando la atención a examinar los detalles y pequeños puntos de un objeto, llegamos a obtener con frecuencia la construcción y creación de un nuevo interés. Una comprensión de esta paradoja hace a uno el dueño del haz de cosas poco interesantes de la mente.

Examínese primero el objeto hasta crear un interés; entonces el interés hará placentera la atención renovada, y así se crea un nuevo interés y así continúa el proceso como una cadena interminable.

II.

La Atención disminuye en calidad y grado a menos que el objeto varíe en estímulo; o a menos que nuevas cualidades o atributos de interés vayan apareciendo en él. Esto es, a menos que el objeto posea modificaciones o cambios, o a menos que nosotros no descubramos nuevos puntos de interés en él; la atención se cansa, se debilita y flaquea. Por consiguiente, es importante que la atención sea aliviada por la consideración de objetos de diferente orden, añadiendo este nuevo interés en cuanto quepa. Cambio de atención significa descanso para la atención. Evítese cambios de frente en el empleo de la atención: la variación constante, las combinaciones y el cambio de puntos de vista son grandes auxiliares.

III.

La Atención sin descanso disminuye en constancia. Por consiguiente, hay que aliviar la facultad, dejando aparte el objeto particular que la ha causado y proporcionando otras cosas a su consideración; algo enteramente diferente.

O también permítasele que se manifieste en el plazo involuntario y “juegue” con cosas de poca monta, para beneficio del resto. Teniendo constantemente fija la atención sobre cierto número de ideas u objetos, sobreviene el cansancio y se empobrece la eficacia. Las mentes, como los cuerpos humanos, requieren juegos, recreos, distracciones. Apréndase no sólo a dirigir y conducir la atención sobre cualquier objeto o idea, sino también a desviarla y alejarla de la “idea única” o cosa que le ha ocupado en demasía.

Dénsele vacaciones a la atención, o sus horas de asueto, y volverá a la tarea refrescada y con renovado vigor. Téngase a mano un acopio de cosas de interés secundario en las cuales distraer la atención, aliviándola así del trabajo en la idea principal. La atención concentrada, usada inteligentemente, hace milagros de creación y produce gigantes de mentalidad; pero usada sin gobierno o dominio, produce resultados anormales, y da como fruto degenerados, fanáticos y maniáticos. Usemos la mente; pero no nos dejemos usar por ella. En esto, como en todo, procúrese ser el amo y no el esclavo.

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CAPÍTULO IX

SENDAS MENTALES

Educación de la mente. – Influencia del hábito. –

Teorías erróneas. – Un clavo saca otro clavo.

Reglas para acabar con los malos hábitos.

Existe la tendencia de la mente a seguir los senderos trillados de la actividad mental.

Es siempre más cómodo hacer una cosa la segunda vez, pensar de nuevo un pensamiento, seguir una senda mental que ya se ha recorrido. Y cuanto más frecuentemente tomemos el antiguo sendero, más fácil nos parecerá cada nueva vez. A menos de no estar bajo la directa intervención de la voluntad, la mente sigue la línea de menor resistencia, y en su consecuencia se mueve instintivamente hacia el camino trillado. Esta tendencia es la causa de lo que conocemos con el nombre de “hábito”. El hábito es al propio tiempo la mayor bendición y la mayor maldición del hombre. Los sanos hábitos, cultivados, inclinan el carácter en la justa dirección, hacen más fácil el curso debido, y, por consiguiente, elegido instintivamente. Pero, por la misma razón, los malos hábitos hacen más fácil al individuo el viático de la senda mental creada por ellos. Por consiguiente, la formación de las sendas mentales viene a ser una importante materia, sobre la cual nutre la Nueva Psicología especial predilección.

Dumont ha expresado bien esta verdad cuando dice:

“Todo el mundo sabe que una prenda de vestir, después de llevarse algún tiempo, se amolda a la configuración del cuerpo mejor que cuando era nueva; ha habido un cambio en el tejido, y este cambio es un nuevo hábito de cohesión. Una cerradura se maneja mejor después de algún tiempo de usarla; al echar la llave era necesaria más fuerza para vencer cierta fricción del mecanismo. El vencer la resistencia es una cuestión de hábito. Hay siempre menos molestia en doblar un papel que ha sido doblado ya otra vez; y precisamente así, en el sistema nervioso, las impresiones de objetos externos forman para su uso más y más apropiados senderos, y estos vitales fenómenos nos ocurren bajo similares excitaciones de dentro, cuando ha sido interrumpidos por cierto tiempo”.

Maudsley dice:

“Si un acto no resulta más fácil después de haber sido ejecutado muchas veces, si la atenta dirección de la conscientividad fuese necesaria para su cumplimiento en cada ocasión, 40

es evidente que la actividad de una vida quedaría limitada a uno o dos hechos, que el progreso no podría tomar parte en su desenvolvimiento. Podría un hombre estar ocupado todo el día en vestirse y desnudarse; la actividad del cuerpo absorbería toda su atención y toda su energía; el lavado de sus manos o el lazo de su corbata le serían tan difíciles en cada ocasión, como al niño en su primera prueba; y, finalmente quedaría exhausto por el incesante ejercicio. Pensemos en las fatigas que son necesarias para enseñar a un niño a mantenerse en pie, en los muchos esfuerzos que le es preciso hacer y en la facilidad con que por fin se tiene derecho inconsciente a todo esfuerzo. Pues mientras que los actos automáticos secundarios son ejecutados con comparativa menor debilidad, aproximándose en este particular a los movimientos reflejos, los conscientes esfuerzos de la voluntad producen bien pronto la fatiga”.

Todos los psicólogos reconocen los efectos de los hábitos adquiridos de movimiento, pensamiento y aun sentimiento. Todos ellos convienen en el hecho de que los hábitos por mucho tiempo consentidos, y que se convierten en una “segunda naturaleza”, pueden llegar a arraigar tan firmemente en la mente subconsciente, que requieren más tarde los mayores esfuerzos de la voluntad para desalojarlos. Algunos llegan hasta el punto de decir que semejantes hábitos pueden desafiar la voluntad ventajosamente, y a primera vista esto parece poder ser así; pero la Nueva Psicología demuestra que el subconsciente puede ser educado hasta el punto de neutralizar y desarraigar los hábitos, como veremos algo más adelante.

Kay cree que “los hábitos y prácticas consentidos largo tiempo pueden desafiar todo poder de la voluntad que se les oponga”. Pero Kay no tuvo presente que, aun cuando puedan desafiar la voluntad ordinaria, también podrían ser ellos batidos en su propio plano –el subconsciente y neutralizados por el cultivo de nuevos hábitos, con un comparativamente pequeño esfuerzo de la voluntad.

Los filósofos y moralistas han lamentado el pernicioso poder de los malos hábitos, y han escrito y predicado sobre el asunto. Beccher dice: “Es una mala filosofía el suponer que un hábito que se ha fijado en la naturaleza carnal pueda ser anulado por el mero esfuerzo de la voluntad. Esto no es bastante para resolverse contra él. No se le puede vencer por el poder de una resolución. Es preciso añadir una continua educación”. El arzobispo Whately escribe: “Sea lo que quiera lo que un hombre pueda pensar en su interior (dicho con perfecta sinceridad), no puede juzgar plenamente de su conducta hasta que no vea cómo se comporta en sus actos. Pues la acción continua es semejante a una corriente continua de agua, que se labra por sí misma un canal de donde es difícil desviarla”. San Pablo dice: “Veo otra ley en mis miembros, en lucha contra la ley de mi mente... No puedo hacer el bien que quiero, y hago en cambio el mal que no quiero hacer. La voluntad está presente conmigo; pero cómo ejecutar lo que es bueno, es lo que no sé”. Pero es inútil multiplicar las acotaciones o llenar páginas explicando el poder del hábito, para el bien o el mal. Cada cual posee la experiencia actual de esta acción de la mente. Lo necesario, no es tanto conocer lo que es el hábito o qué hábito es, como el vencerlo y dominarlo.

La Nueva Psicología deja a un lado las antiguas explicaciones técnicas y las teorías referentes al hábito. Ve en el hábito las actividades y fenómenos de la subconcientividad, y por consiguiente lo considera bajo este aspecto. Se da cuenta de que todas las acciones, 41

ideas o actividades mentales de toda clase, tienden a pasar desde la intervención del voluntario campo de acción al plano subconsciente o involuntario. El sendero mental es una parte de la mente subconsciente y esta región domina la mayor parte de nuestra vida mental.

Por consiguiente, en vez de atacar la subconscientividad con la voluntad –una larga y desfalleciente tarea aconsejamos la neutralización de las impresiones del subconsciente hábito formando un nuevo semillero de impresiones directamente opuestas a las antiguas que deseamos extirpar. En otras palabras, exterminemos los antiguos hábitos mediante la formación de otros nuevos de opuesta naturaleza. Combatamos lo negativo con lo positivo..

Procedamos a la construcción de nuevas sendas mentales y después las recorreremos tan frecuentemente como sea posible, hasta que por fin su trayecto se haga para la mente más fácil que el de las antiguas, particularmente si evita uno utilizarlas en cuanto le sea posible.

Toda la teoría y toda la práctica puede encerrarse en estas palabras: Formar nuevas sendas mentales, y caminar por ellas tan frecuentemente como sea posible.

Las siguientes reglas para cultivar las nuevas sendas mentales, si se desea para el propio bien, o con el propósito de neutralizar un desagradable hábito, será de positiva utilidad:

I.

Fórmese en la imaginación un cuadro mental de las expresiones físicas del hábito deseado. Esto es, trate de verse uno como quisiera aparecer cuando el nuevo hábito se haya adquirido, cómo hablaría y obraría. Cuanto más clara y firme sea esta imagen mental, mejor será la manifestación. El principio es que sea lo que sea lo que se haya de expresar en acción, es necesario que exista primero en la mente. Así, hágase el mental diseño. Cultivando este hábito de verse uno como quisiera ser, se sienta un buen ejemplo que seguirá la subsconcientividad.

II.

Habiendo formado el diseño mental de las expresiones físicas que acompañan al deseado hábito, procédase a manifestar estas características físicas en la vida ordinaria. Hay que ejercitar la parte que uno desea desarrollar. Existe un buen principio psicológico concerniente a todo esto: el principio de que las expresiones físicas de un estado mental tienden a reproducir este mismo estado.

Tan cierto como es verdad que el pensamiento toma forma en la acción, también lo es que hay una reacción donde quiera que la acción física reproduce el estado mental que representa. Procúrese andar, hablar, accionar y obrar de acuerdo con el carácter que uno desee hacer suyo. Hágase esto gradualmente, y pronto quedará uno sorprendido al encontrarse con que ha construido, por sí propio, una nueva personalidad, fuera y dentro.

III.

Procúrese perseverar en el estado mental deseado, tanto tiempo como sea posible. Hay que cultivar el anhelado sentimiento, y reconocer la nueva senda mental con tanta frecuencia como le sea dable al individuo. Se encontrará que esta regla casa bien con las precedentes; pues así como la expresión externa induce el sentimiento interno, del mismo modo el sentimiento interno induce la acción externa. Y, como se ve, lo uno produce lo otro, y después lo último reproduce lo primero, y así sucesivamente, hasta que se forma una cadena sin fin 42

de causa y efecto, que constituirá bien pronto la nueva senda mental, si se tiene presente que hay que perseverar y no dejarse despistar.

IV.

Evítese la repetición del hábito que quiera extirparse con toda la fuerza de voluntad que se posea, con determinación e individualidad. Mientras se esté en la formación de la nueva senda, apártese la mente de la antigua en tanto como quepa. No hay que ser indulgente con el hábito antiguo ni “tan sólo por esta vez”; aquí es donde se debe luchar con más energía. Evítese ese tan sólo por

“esta vez” como se evitaría el contacto de una víbora; este es el peligro que debe inspirar más cuidado. Si se apodera de la persona una fuerte tentación de recaer en el hábito desechado, se le presenta la mejor ocasión de fortalecerse y ejecutar un acto acorde con su nuevo hábito. Esto es mucho mejor que una lucha directa de la voluntad, pues se consigue más con menos exposición y esfuerzo. Hágase cuestión de amor propio el ejecutar actos del nuevo hábito cuando la tentación nos asalte; entonces se hiere al enemigo en su punto vulnerable y precisamente cuando descubre este punto débil. Como el tiburón y el gimnoto los malos hábitos se echan de espaldas para morder, y al hacerlo descubren su punto más vital. En su consecuencia, este es el momento y lugar de hundirle la espada del nuevo hábito, y herir al monstruo mortalmente. A medida que ocurra esto y el enemigo sea derrotado, más fuerte se hará uno. Cada vez que se le vence disminuye la fuerza del enemigo y se vuelve en ventaja para el sujeto. Esto no es una mera “predicación”; es la afirmación de una comprobada verdad de la Nueva Psicología. Hagámosla nuestra. Evítese sobre todo retroceder una vez puestos en marcha. Algunos escritores han dicho que este retroceso en la senda de los hábitos nuevos, tiene semejanza con la caída de una pelota que íbamos conduciendo bien; con este accidente hemos perdido mucho más de lo que podríamos ganar después a fuerza de flexiones de muñeca 1 . Pero, si ocurre que se cae la pelota, no hay que dejarla; recójase y váyase decididamente al desquite.

Pero hágase todo lo posible para evitar la caída; y esto se puede alcanzar si se quiere.

1 Se trata de un juego de pelota inglés

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CAPÍTULO X

PENSAMIENTO Y CARACTER

Pensamiento y Sentimiento.

Lo que forma el

carácter. – El hombre tiende a parecerse a sus

ideales. – Los sentimientos se manifiestan en acción y

el hombre sigue la línea de su Mayor Interés. – Reglas

para desinteresarse de una cosa en beneficio de otra.

El antiguo proverbio: “Como un hombre piensa, así es él”, ha sido llamado nuevamente a prestar servicio, en nuestros días, debido al incremento de interés en las varias ramas de la Nueva Psicología; es verdaderamente el principio de la fundación de diferentes escuelas, cultos, credos y organizaciones, algunas de las cuales pretenden disolver la buena relación. Ha quedado, pues, como una verdad establecida que el carácter de un hombre, su disposición, actividades y personalidad general, dependen, en cierta mística manera, del carácter de sus pensamientos. Muchas teorías interesantes y técnicas, y extrañas a las veces, se han sentado acerca de este hecho; pero para los que estudian la Nueva Psicología, el fenómeno descansa sobre una base puramente científica, de ningún modo relacionada con el misticismo o con extraños dogmas.

La consecuencia del “Como el hombre piensa”, es simplemente una materia de idealismo aplicado, y éste está íntimamente relacionado con los fenómenos de la región subconsciente de la mentalidad. Un hombre no es tanto el resultado de lo que “piensa” como de lo que “siente”. La formación de un carácter depende mucho más del sentimiento y parte emotiva de su naturaleza que de los puramente intelectuales y racionales procedimiento de la mente. Un hombre puede pensar continuamente en las matemáticas, y en cualquiera otro sujeto abstracto, pero jamás se convertirá en un problema matemático o en una entidad abstracta. Estos pensamientos producen un efecto sobre su carácter únicamente en tanto cuanto sirven para anular o neutralizar su capacidad para el sentimiento o emoción manifiesta; pensamientos tan puros no tienen poder formativo. Pero escójase un hombre cualquiera que se interese por algo que despierte sus deseos, sentimientos, emociones u otras facultades mentales que tengan íntima relación con la región subconsciente de su mente, y se le verá moldeando un carácter de acuerdo con estos deseos, sentimientos o emociones. Todo es cuestión de abastecer la mentalidad subconsciente con cierta clase de impresiones.

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Se ha dicho con frecuencia, y con verdad, que un hombre tira a parecerse a sus ideales. Pero esto viene en apoyo de la limitación que hemos hecho. Los ideales de un hombre son las cosas que ama, las opuestas a las cosas que odia. Y ambos, amor y odio, son materias pertenecientes al lado emotivo y sensacional de su mentalidad, no al lado intelectual. Sus ideales van ligados con sus sentimientos, emociones y deseos. No podrá ser capaz de explicarlos intelectualmente, particularmente si no ha adquirido el arte de usar sus facultades intelectuales. Personas de muy escaso poder intelectual tienen vehementes tendencias, deseos e ideales en tanto grado como otros que han desarrollado su intelecto.

Aun el hombre que experimenta un placer profundo en ejercitar su inteligencia, que siente el goce de la razón pura, encuentra en el sentimiento o el deseo el motivo potencial. La inteligencia es una cosa fría, una máquina que ejecuta el trabajo que se le confía, en beneficio de nuestros deseos y necesidades, estos últimos manifestados como sentimientos. Y así, en concreto, se verá que los ideales de un hombre dependen de sus gustos y aversiones, sensaciones y emociones.

El ideal acariciado por uno comunica interés a todo lo que le concierna o se refiera a él y el interés es el más fuerte motivo de atención; y la atención viene a ser la aguja fonográfica de la mente, que traza las impresiones sobre los discos subconscientes. Y así, según se ve, los ideales de cada cual sirven para poner en actividad la cadena de causa y efecto que resulta de acopiar en su mente numerosas impresiones, claras y profundas, que imprimen un marcado efecto sobre su carácter. Por el constante uso de estas impresiones construye los senderos mentales por los cuales transita con frecuencia. Y cuanto más a menudo los recorra más “completo” se irá haciendo su carácter. Y así, finalmente, se verá la verdad de este axioma de la Nueva Psicología: El hombre tira a parecerse a sus ideales.

Oigamos lo que un hombre ama, y diremos lo que es ese hombre. Y así como un hombre ama, así es él.

Otro axioma de la Nueva Psicología, en realidad dos axiomas, axiomas gemelos, son los siguientes:

1. Los sentimientos se manifiestan en acción.

2. El hombre sigue la línea de su Mayor Interés.

Estos axiomas actúan juntos.

Una de las ideas fundamentales, particularmente los estados de deseos, sentimientos y emociones, se manifiestan en actividad externa. Este hecho resurge en toda rama de la enseñanza.

El citado profesor James pone gran conato en esta verdad de la psicología. Dice:

“Podríamos afirmar que cada posible sentimiento produce un movimiento, y que el movimiento es un movimiento del organismo entero, y de cada una y todas sus partes”. Y

añade: “Toda conscientividad es motor”.

La misma autoridad va aun más lejos cuando dice:

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“Ahora procedo a exponer el punto vital de toda mi teoría, que es ésta: Si imaginásemos alguna fuerte emoción y después tratásemos de abstraer nuestra conscientividad de todos los síntomas corporales de los sentimientos, encontraríamos que nada habíamos dejado detrás”.

Más claro: Existe siempre una manifestación física y externa que se deriva de un estado mental interno. Y siendo así, se ve fácilmente el por qué nuestras acciones tienden a caer en el molde o patrón creado por nuestros sentimientos.

Continuamente, obramos, por lo común inconscientemente, de acuerdo con nuestros predominantes deseos, gustos o desagrados, que nacen de los sentimientos.

Únicamente cuando nos vemos forzados a tomar una nueva decisión, la materia se eleva al campo de la conscientividad, y aún entonces somos influidos por nuestros sentimientos, atemperados por nuestro juicio. Nuestra vida física está regulada por nuestros estados mentales, y nuestros estados mentales son grandemente lo que hacemos de ellos. Y así podríamos añadir: Como un hombre Siente así Es él. Y cuando comprobamos que nuestros sentimientos dependen largamente de nuestra intervención o falta de intervención, del material tomado de nuestra subconsciente mentalidad, entonces empezamos a ver por qué la Nueva Psicología pone tanto empeño en el Dominio del Subconsciente. Los materiales de nuestros sentimientos están tomados todos de nuestro depósito subconsciente, y lo que acopiamos allí llega en forma de sentimientos y emociones, y éstos, a su vez, toman forma en acción. Y así, día tras día, actuamos de acuerdo con lo que hemos colocado en nuestra subconscientividad, o hemos permitido que colocasen otros para nosotros.

El segundo de los dos axiomas es:

“El hombre sigue la línea de su mayor interés”

Esto debiera inclinar a todo individuo al reconocimiento de la importancia de comenzar la práctica de colocar su Ego en el trono de su mentalidad y escoger inteligentemente los objetos de su interés. La mayoría de las personas sigue la línea de la menor resistencia en este sentido y se permiten interesarse en muchas cosas, indiferentes de la importancia de esas cosas para su bienestar. A muchas personas, la sugestión de poseer el poder de selectar los objetos de su interés, les parece una cosa absurda y risible. Están tan acostumbrados a considerar el interés, sentimientos, deseos y emociones como cosas colocadas más allá de su intervención, que no intentan siguiera ejercer una voluntaria intervención sobre ellos. Verdad es que estos mentales estados no brotan de un puro esfuerzo intelectual, que brotan de las profundidades de la subconsciente mentalidad, en la mayoría de los casos. Pero los comprobados hechos de la Nueva Psicología nos demuestra palmariamente que el Ego puede asumir el gobierno de estos estados mentales involuntarios, y animarlos y desarrollarlos, o reprimirlos o anularlos enteramente. Del mismo modo que puede la voluntad asumir una intervención sobre ciertos músculos involuntarios del cuerpo, así puede el Ego ejercer dominio sobre su entero reino mental, y construir, cambiar o mejorar cada departamento de su laboratorio mental. Por la concentración y la atención el 46

interés puede ser dirigido y detenido sobre ciertas cosas y apartado y mantenido lejos de otras. El interés hermosea el deseo; la falta de interés lo mata. Y el interés resulta de la atención y puede ser dirigido por la voluntad. Y la voluntad es el principal instrumento del Ego. Usando las facultades razonadoras y judiciales de la mente en materia de recta elección de objetos de interés, las cualidades positivas y objetos pueden ser escogidos preferentemente a los negativos. Y esto hecho, estamos bien encaminados en nuestra ruta hacia la construcción del carácter de dominación y poder.

El interés por un asunto u objeto que al principio parece ser interesante, puede adquirirse y desarrollarse, selectando los detalles más atractivos o menos repulsivos, o parte de la cuestión, ignorando por entonces los otros extremos y aviniéndose perfectamente con sus pormenores, rasgos característicos y cualidades. Si únicamente se quiere usar la voluntad enfocando durante cierto tiempo la atención sobre un sujeto u objeto de escaso interés, allí se presentarán rasgos o aspectos de interés que a su vez conducirán a otros;

entonces, otras partes de la misma cuestión pueden tomarse de igual forma, y así sucesivamente. Falta de interés en una cosa, por regla general, nace o de falta de conocimiento de las interioridades de la cosa, o bien de exceso de atención, que ha producido laxitud y deseos de un cambio. En el primer caso, el remedio es un conocimiento más a fondo, y en el segundo un reposado cambio de atención sobre cualquier otra cosa, después de lo cual surge un nuevo interés.

Si uno desea destruir, restringir o aniquilar un indebido interés por un sujeto u objeto que es considerado no conducente al bienestar del individuo, la regla de la Nueva Psicología es reconcentrar la atención e interés sobre un sujeto u objeto diametralmente opuesto al primero. Se encontrará que el nuevo interés matará o neutralizará al antiguo; y este procedimiento es mucho más cómodo que el forzado exterminio del antiguo interés por el uso de la voluntad. Concentración en el opuesto es la regla de la Nueva Psicología cuando uno desea restringir, anular o destruir una mental condición en uno mismo.

Sobre todo, no incurra usted en el error de considerar sus sentimientos, emociones o intereses como USTED mismo. Recuerde siempre que USTED, el Real Usted, es el “Yo”, El Ego, el cómo de todos los estados mentales y todas las condiciones, cuya arma y mejor instrumento es la voluntad.

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CAPÍTULO XI

EMOCIÓN

Lo que se entiende por “ Emoción” . – “ Emoción” y

“ Sentimiento” . – Origen y relaciones. – El individuo es en mucha parte lo que sus emociones quieren que sea. – Cultivo de las emociones. – Reglas prácticas. –

Hacia el dominio de sí propio.