Cosas de Adolescentes por Mila - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

COSAS DE ADOLESCENTES.

Mila Roldán Berroa.

I.- “La tarde que perdí un amigo”

Era ella podíamos sentir sus mismas intenciones de siempre más no su rostro lo llevaba

tapado por debajo de lo que ya sabíamos era su afilada nariz. Pero era ella sin dudas.

La mañana en que apareció rogando por sus hijos presentimos que algo muy malo

pasaría en el poblado. Era por sus ojos, no daban garantía. Sin embargo nos contagiamos

con aquellas palabras de reclamo y angustia.

Su historia de mujer abandonada a la suerte por su familia en la que dolía más la

ausencia del marido padre de todos los hijos. Quien también según parecía la había

abandonado.

Así que a su cuidado cuatro hijos dos hembras y dos varones, entre 8 y 3 años.

Tras ella podían verse más tristes aún y con un estado de abandono en sus cuerpos que

apenaba a cuantos les veíamos.

Nadie supo nunca cómo llegó, quién la trajo y cómo se trasladó a nuestras tierras. Pero

allí estaban clamando alimentos, ropas, cualquier ayuda.

Mi madre solidaria como siempre dada a querer a cuántos le rodeaban fue la primera en

acercársele. Le interrogo sin afán de meterse en la vida privada de ella, la intención de mi

madre era ayudarla.

Pocas cosas más de las que ya mencioné dijo aquel día o quizás mi madre nos ocultó la

verdad que solo ella por su disposición de ayudar a todos los forasteros supo.

Así se introdujo en nuestras vidas con la ayuda de mi madre. Entre nosotros encontró

mila@tvc.icrt.cu

trabajo en la panadería del poblado y cada uno de sus hijos comenzó a asistir a la

escuela. Se habían convertido en una familia más. Al menos aparentemente.

Callada, apartada de todos desde lejos le veía pasar cabizbaja seguida de sus cuatro

hijos.

Nunca supe su nombre pero sabía que no podría olvidar su mirada.

Sus hijos no jugaban con ninguno de los hijos del poblado. Eran iguales a cualquiera de

los nuestros pero diferentes, delgaduchos, de baja estatura para su edad, negros muy

negros como ella, con ojos azules tan azules como el mar en que se bañaba el río de

nuestro pueblo.

En la panadería Carmen la dueña del local le dio trabajo.

Aunque en su día confesó que no le daba confianza la mirada de “ella”.

_ Mire usted Marga, “ella” no me agrada pero que voy a hacer. Usted se empeñó en que

la empleara y anda que voy a negar a usted cosa alguna. Pero...sepa que será

mensajera, entre mi marido y yo con esos ojos no la quiero_ Eso escuché decir a la

Carmen.

Ni a mi madre ni a “ella” le importó el comentario, la cuestión era obtener sustento para

alimentar a sus hijos.

Así comenzó la historia de “ella, la mensajera del pan”. Con la salida del sol ya andaba

dejando en cada puerta los encargos dejados en la panadería el día antes en la noche y

esta la encontraba aun repartiendo.

Carmen le adelantó la paga del primer mes y con eso pagó el alquiler de un pequeño

espacio en el sótano del taller de mecánica de Ramón, vecino nuestro desde que mis

abuelos llegaron aquí acabados de casarse.

mila@tvc.icrt.cu

El buenazo de Ramón no llegó a entender cómo mi madre lo comprometió en esa

empresa de “casero”.

Yo creo que como vivía solo en tanto espacio y le sabían incapaz de pronunciar un no mi

madre aprovechó la oportunidad muy bien.

Y allí vivieron todo este tiempo que no podré olvidar y que ahora mismo está en mi mente.

Recuerdo bien ese día, porque todo sucedió en un mismo día. Aquel en que apareció en

el mismo centro del poblado con sus cuatro hijos y justo en la tarde encontró casa, trabajo

y una aliada, mi solidaria madre.

Al día siguiente, ya instalados temprano acudió mi madre a buscarla para presentarla a la

maestra del pueblo.

Con uno de sus hijos, el mayor, abrazando su cintura dueño de cuanto tenían llegó a la

escuela acompañada de mi madre.

No fui ajeno al murmullo de mi clase, los mayores le miraban atentos queriendo descubrir

con la mirada lo que se escondía en aquellos ojos tan azules o quizás por qué no podría

ser, adivinándose entre aquellos negros y fuertes brazos para quién sabe qué cosas

celestiales.

La maestra, sonriente les dio la bienvenida. Otra más pérdida ante la voluntad de mi

madre.

_Bienvenidas...así que estos serán mis nuevos alumnos, cuénteme usted que saben

hacer. (Se hizo un prolongado silencio ausente de respuesta). _ ¿Leen? (…) _ ¿Saben

contar? (…) _Bueno no hay de qué preocuparse aquí aprenderán aquello que aún no

sepan hacer, ya verá usted. Tranquila.

Ni una palabra más que no fuera la alegre despedida de mi madre fue pronunciada aquel

día y de eso sí soy testigo. Me senté siempre en la primera fila de la clase. Fui testigo

mila@tvc.icrt.cu

presencial de la escena.

“Ella” tan siquiera movió sus labios en un gesto parecido a una sonrisa. Estoy seguro que

no llegó a serlo.

Allí quedaron los cuatro, hembras y varones. Nuestra clase ya por aquellos tiempos tenía

una composición variada de edades, sexos, tamaños y a partir de ahí, colores.

Procedencias y riquezas. La clase era como el poblado tenía de todo...menos negros.

Ellos eran los primeros.

Eso sí, los mayores, como ella no hablaban. Nunca dejaron sin presentar una tarea,

siempre lograban buenas notas. Pero ¿contestar en clase? ¡Ni pensarlo! Así que luego de

mucha insistencia la maestra Emenegilda desistió de tal empeño.

Los fines de semana mi pandilla acudía temprano al río era nuestra cita preferida. No

había otra. Ni aparatos de parques, ni cines, ni teatros. El poblado siempre tuvo como

decía mi abuela “lo que tenía que tener”.

Iglesia, escuela, comercio, puesto de socorro médico, panadería y taller donde se

arreglaba todo desde las cacerolas hasta los zapatos.

Un sábado temprano fuimos llegando, uno tras otro al río no muy distantes en tiempo,

pudiera hasta decir que llegamos juntos y separados.

Lo raro para mí el último en llegar aquel día, es que nadie se había tirado al agua todos

estaban detenidos, firmes de frente al río, no se escuchaba ni la contagiosa risa de mi

único amigo Alejandro.

Sin embargo todos estaban, incluso él.

Asombrado aún me uní al grupo intrigado en lo que llamaba tan absortos su atención.

mila@tvc.icrt.cu

Quedé helado, acostada en el agua estaba ella ajena a nosotros, parecía dormida o...

muerta. Flotaba en las quietas y frías aguas de nuestro río.

Aunque su cuerpo desnudo llamaba la atención de todos a mí me deslumbraba su rostro,

los ojos abiertos dejaban ver un azul más fuerte que nunca y aquella nariz tan afilada

como no debía ser. Desde ahí comencé a mirarla lentamente.

El pelo rizado flotaba como despegado de su cabeza, los brazos y las piernas abiertas

daban la sensación de que aquel cuerpo había sido abandonado allí a su suerte. La boca

abierta sonriente como nunca la había visto dejaba ver unos dientes parejos intensamente

blancos que contrastaban con su negra piel. Imaginé una talla de ébano y marfil. “Ella era

perfecta”.

Yo acababa de cumplir 14 años nunca antes había visto una mujer desnuda, creo que mis

amigos tampoco. Así que imagino que lo que sentí lo sentían todos y que eso era

precisamente lo que nos había dejado paralizados.

Un fuerte movimiento entre nuestras piernas provocó que se abultaran los pantalones,

tenía sensación de tanto calor dentro de mí como si una hoguera quemara mi cuerpo. Me

dejé llevar por la emoción y sentí como mi mano derecha se movía entre mi ropa

buscando mi pene, sin pensarlo me acariciaba. Todo a mí alrededor giraba, floté en

aquellas aguas junto a aquel cuerpo sin entrar al río. Sin embargo comencé a temblar, mi

cuerpo tenía fuertes espasmos. Perdí el control de mi voluntad desde muy dentro de mí

brotaba un manantial. El torrente de aquella eyaculación me hizo reaccionar. Despacio

revisé mi cuerpo y me atreví a mirar a los amigos, temeroso de que ellos me estuviesen

observando a mí.

A todos les había sucedido lo mismo pero diferente.

“Ella” despertó de aquel baño de placer asustada al vernos a todos observándola. No sé

si pudo darse cuenta de lo que allí estaba ocurriendo con su participación y sin su

consentimiento.

mila@tvc.icrt.cu

Dueño de mí apenado lleno de vergüenza ajena, salí corriendo con todas las fuerzas que

a mi cuerpo de 14 años le quedaban. No me interesé por los demás solo corrí cuanto

pude y tan rápido como mis piernas me lo permitían.

Nunca olvidaré que estuve toda la tarde en cama con fiebres y bajo la vigilante ocupación

de mi madre que me hizo tomar las más variadas pociones que podrían según ella sanar

mi cuerpo.

A partir de esto por muy temprano que apareciéramos en nuestro río, fuera sábado o

domingo nunca más estuvo ella. Así que un mes después mi amigo Alejandro ya estaba

obsesionado con volver a disfrutar de la visión de aquel cuerpo de ébano y marfil.

Al salir de clases Alejandro contaba siempre con un plan para seguirla en su recorrido en

la entrega del pan. Callado me dejaba llevar por él. Trabajamos sin cobrar, sin salario, sin

tiempo pero tras “ella”.

Nunca supe a ciencia cierta que pretendía Alejandro pero ambos sabíamos que “ella” no

volvería al río.

Así pasaban las horas, los días, sin que volviéramos a ver su cuerpo desnudo.

Mi amigo Alejandro comenzó a evadir mi compañía al salir de clases y aunque muchas

veces en el recreo traté de pedirle una explicación cómo deben hacer los amigos, nunca

me dejó avanzar de la primera frase.

Lo dejé; a fin de cuentas era mayor que yo y en la pandilla sobraba con quien hacerme

acompañar.

Su ausencia de mi lado tenía solución lo que no la tenía era sus frecuentes faltas a

clases. Las que la maestra primero calló porque realmente ya nada tenía que enseñarle a

un muchacho que estaba en edad de trabajar y a quien había enseñado cuánto podía y

debía.

mila@tvc.icrt.cu

Pero eran demasiados los días de ausencia.

Emenegilda, mi maestra no quiso alarmar a la madre de mi amigo, una viuda trabajadora

y tenaz que quería hacer de Alejandro un hombre de bien por eso acudió a mi madre y yo

quise ser testigo de lo que se dijo:

_ Marga usted me va a perdonar no debería llevar a quien pueda no interesar mi

preocupación pero no sé cómo lo tomará Tomasa su vecina persona implicada en el

asunto._

_ Diga sin vergüenza mujer en que la puedo ayudar. Aquí todos saben lo discreta que es

usted y yo, ya saben que soy una tumba_

_ Pues...es Alejandro, sabe usted. Hace 15 días no se presenta en la clase_

_ ¿Alejandro? Enfermo bien se yo que no está. Aunque ahora que usted lo dice...

(bajando la voz continúo mi madre) ese muchacho hace rato que su propia madre lo nota

raro. Que Dios no me deje mentir_

_ Pues mire usted en la composición que pedí de tarea hace como 15 días...

_Un momento Emenegilda, aguante usted. Hijo, puedes ir a buscar azúcar al comercio_

Así que de esta conversación no fui testigo presencial aunque no le di tampoco mucho

valor a fin de cuentas Alejandro ya no “paseaba” conmigo.

Nada más supe del asunto y seguí mi vida empeñado en corresponder con mi conducta

los esfuerzos que mi madre pasaba para criarme sin ayuda del padre que nos abandonó

por otra cuando apenas tenía yo 6 años. Bastante responsabilidad llevaba yo en tal

empeño de ella, tratando de ser no bueno sino muy bueno en todo lo que hacía.

Tres días después de la visita de la maestra Emenegilda ahora que miro lo único que ella

mila@tvc.icrt.cu

no puede ocultar de su rostro, esos grandes e inexpresivos ojos azules, equívoco de un

cuerpo totalmente negro colocados sobre una perfilada nariz.

Exactamente hoy supimos qué pasaba con mi amigo Alejandro.

La visita de la maestra a mi casa alarmó a mi madre consciente de que Tomasa como ella

era madre soltera que lo daba todo por sacar adelante a su hijo. Así que sin que yo me

diera cuenta de nada mi madre comenzó a seguir a mi amigo.

Dos días siguió sus pasos callada. De día y de noche. Sin decir a nadie nada. Hace un

rato se empeñaba en explicar a Tomasa que ella hubiera hecho lo mismo por nosotros.

Así supo mi madre la historia del río que jamás me hubiese atrevido a contarle pero en

“pueblo chico lengua grande”. Se enteró la hermana de una hermana de alguien en

nuestro grupo y se lo contó a su madre y esa a la mía que cuando se empeña en algo que

cree justo es más solidaria que nadie. Por ahí “jaló el hilo” como mi abuela hasta que zafó

toda la madeja. ¿Y que descubrió?

Pues Alejandro repartía pan en las mañanas sin salario y tras ella en las tardes ahogaba

la calentura del cuerpo entre sus brazos.

Allí en el mismo centro del pueblo donde un día rodeado de sus cuatro hijos apareciera

estaba ahora ella. Sin sus hijos y sin Alejandro.

Por un momento creí que sus ojos grandes y azules lloraban, tenían un brillo diferente

pero no eran lágrimas sino el brillo de la pena o quizás del amor. Yo no sé. Pero hace un

rato escuché decir a Tomasa la madre de Alejandro, que había visto en los ojos de su hijo

un brillo diferente como el de su padre cuando la había abandonado por la otra.

En fin que en el mismo centro del pueblo y sola estaba ella. Frente a todos. Carmen y su

marido clamaban por dinero y pan perdido en tardes de amor prohibido, Ramón

angustiado porque el hecho había sido consumado en sus propias narices y entre las

paredes de su casa, Emenegilda, la maestra apenada porque debió hablar antes ya que si

mila@tvc.icrt.cu

lo hubiera hecho la sangre no llegaría al río, porque ahora solo Dios sabía lo que

sucedería en este instante.

Mi madre enérgica, líder, fiera, leona, sintiéndose traicionada.

Frente a ella Tomasa, cual dueña absoluta del hijo que ella le había robado como la otra

le había robado al marido. _Eso sí que no_ clamaba con furia y deseos de pelea.

Cuando solo se escuchaba la voz de Tomasa alguien del grupo de vecinos un poco más

apartados que los primeros, gritó:

_ ¡Malagradecida, quitarle a los hijos!_

Entonces sucedió lo que el pueblo vaticinaba, la maldición. Aquellos ojos ya no eran

azules como el mar sino tan rojos como la sangre.

Llenos de odio buscaban cual fiera la voz dueña de tan crueles palabras deteniéndose en

cada uno de los allí presentes.

Aquella mirada hurgaba en el alma de quienes la recibían llenos de miedo.

No encontró destinatario y entonces habló:

_ Nada pedí que no pudiera devolver_

Nadie se atrevió a moverse, cuando los cuatro aparecieron rodeando con sus brazos la

cintura de su madre. Tras ellos mi amigo Alejandro.

Ella volvió a hablar:

_ El cobijo que dieron a mis hijos es el mismo que he dado a uno de los de ustedes_

Alzó su mirada al cielo y avanzó hacia el horizonte. Le vi por última vez en esta ocasión

mila@tvc.icrt.cu

no la acompañaban cuatro, desde hoy serían cinco.

Sé que nada en mi pueblo cambiará ni habrá maldición, los días continuaran sucediendo

a las noches y sin embargo nada será igual.

Tomasa quien vivía sin marido ahora además lo haría sin hijo.

Y aunque en la pandilla todos perdimos la virginidad en el mismo lugar a la misma hora y

con la misma mujer yo sentía que había perdido más que nadie.

Esa tarde fue la última, en que vi a mi amigo Alejandro.

II.- Un beso adolescente aún:

En mi grupo hay más varones que niñas, es bastante difícil encontrar una para cada uno,

mi amigo Alejandro ha sido novio de cinco de ellas dejando menos opciones a los demás,

porque todas quedan con ganas de seguir siendo novias de él. Es el más grande de la

clase.

La abuela trata de hablarme de estos temas pero a mí me da pena conversar con ella a

fin de cuentas ¡es mi abuela!

Siempre empieza igual, da un rodeo con eso de que ya soy grande, pronto me haré

hombre y sigue con la insistente pregunta:

__ ¿...tienes novia?

Trato de evitar su mirada porque pienso, que no es tema para hablar con ella, quizás si mi

padre estuviera pudiera decirle a él, lo que me está pasando. Pero con la abuela, ni

hablar. Es mujer.

Cada día al acostarme pienso lo mismo, esa chica me gusta mucho, pero no me atrevo a

decírselo porque soy tímido. Puede que si se lo pido no me entienda, no quiera, o no le

mila@tvc.icrt.cu

guste tanto como imagino.

Mis amigos esperan ansiosos que me decida, sobre todo Alejandro.

En las noches, nos encontramos el grupo en el taller de Ramón el mecánico de mi pueblo.

Allí Alejandro siempre cuenta sus hazañas sobre el tema.

Hoy llegó preguntándonos quién sabe besar. El sabe porque va por cinco novias, cuando

los demás no hemos comenzado, por eso cuenta cómo dar un beso.

Parece complicado por lo que narra.

Un beso_ dice Alejandro_ no es cosa sencilla hay que unir los labios y estirar la lengua

dentro de la boca de tu chica, saboreando, hasta quedarse sin aire.

Todos nos miramos, esperando que alguno más contara su experiencia en el tema, sin

embargo poco a poco bajamos la cabeza al suelo avergonzados, nadie a probado un

beso, solo Alejandro.

Cuando pienso en esto. se me erizan los pelos como dice mi abuela, ya tengo 14 años y

aún no tengo novia.

Me he propuesto aprender, para que nadie se confunda, quiero ser hombre, tener novia y

saber besar.

Manolo no se cansa de pedir a Alejandro, que cuente otra vez cómo se besa, y este

aunque se da toda la importancia del mundo, escenifica lo que ya me sé de memoria

pero no me atrevo a practicar.

Así que siempre que veo a Sonia me repito la clase de mi amigo, tanto lo hago que al

estar frente a ella quedo sin palabras, solo vago en recuerdos sobre eso de quedarse

sin aire, y mover la lengua por toda su boca.

mila@tvc.icrt.cu

He pensado que como Sonia es quien más me gusta de la clase, podría practicar con

otras, porque con las muñecas de mi hermana ya lo hice, sin resultados. No abren la

boca.

He pensado en Vivían, la prima de Alejandro que viene en las vacaciones todos los años,

seguro como vive en la ciudad, no será tímida. Abrirá la boca y me dejará pasear la

lengua, como me enseñó Alejandro.

II.-

Falta un día para la llegada de Vivían, ¡tiene unas caderas! se mueve como las olas, de

un lado a otro, con esos pantalones apretados sobre los que lleva blusas de gran escote

en los que enseña la mitad de sus grandes tetas.

Eso, Vivían es la perfecta para ensayar el beso. Solo hay que esperar, mirarla fijo a los

ojos y decirle: me gustas mucho. Caerá.

Me pierdo entre sus brazos rodeo su cintura, mis manos se deslizaban por sus nalgas y

suben sin control hasta sus pechos. Mi boca recorre su cara, loco por atreverme a besar,

temeroso al mismo tiempo de ahogarme.

Siento sus manos buscando entre mis piernas, al tiempo que lo que busca, crece

enormemente y se endurece, la dejo que haga casi me olvido del beso porque algo me

urge a que ella encuentre, lo que sabemos busca.

Sus manos se mueven muy despacio, no tengo tiempo de pensar en nada, ni en las

demostraciones de Alejandro.

Escucho lejos a mi abuela. ¿Qué dice?, me pregunto pero no quiero entender, me siento

bien, muy bien.

Me pierdo en el deseo, el cuerpo me arde, la cabeza quiere explotar, cierro los ojos como

hacen en las pelis, dejo que mi cuerpo flote. Una sensación nueva me invade, diferente

mila@tvc.icrt.cu

a la de cada día antes de bañarme. No estoy solo, Vivían está conmigo.

La dejo hacer, sabe hacer es una niña de ciudad, me aprisiona con las dos manos mis

partes mientras jadea, solo atino a mover mis manos en su cintura, pasear mis labios por

sus grandes pechos. Me inclino un poco listo para subirme sobre ella y hacer lo que

espera de mí. Ella con voz desesperada me pide que le bese, decidido coloco mis labios

en los suyos cuando.... alguien me habla al oído, es la abuela. No puedo creerlo, con

nitidez la escucho decir:

__ el preservativo Raúl, olvidaste ponerte el preservativo, hijo.

No llego a su boca, algo me sacude bruscamente, no hay rastro de Vivían estoy

asustado, el pijama lleno de un líquido viscoso, mientras escucho claramente a la abuela:

__ Raúl... levántate o llegarás tarde a la escuela

mila@tvc.icrt.cu

Le puede interesar...