Crimen Perfecto por Brenda Nova - muestra HTML

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Brenda Novak

Crimen perfecto

Brenda Novak

Crimen

perfecto

Colección: HQN

Número: 21 - Páginas: 352

Publicación eBook: 25/10/2012

Argumento:

Tema: Suspense romántico

Sebastian Costas l evaba más de un año intentando descubrir la verdad que se

ocultaba tras el asesinato de su exesposa y su hijo. A pesar de todas las pruebas que parecían evidenciar lo contrario, estaba convencido de que el segundo marido de su exesposa, un policía, había cometido ambos asesinatos y había fingido después su propia muerte. Siguiendo una pista que podía conducirle hasta él,

l egó a Sacramento. La investigadora Jane Burke le l amó en relación con un delito diferente… un delito que podía guiarle directamente al hombre que durante tanto tiempo había estado buscando. Tras haber estado casada con un asesino en serie, Jane Burke había pasado cinco años tratando de rehacer su vida. Y con

Sebastian había encontrado por fin una oportunidad de ser feliz. Pero el hombre al que pretendían encontrar también los buscaba a ellos. Para aquel asesino, aquello se había convertido en una batal a personal, y estaba decidido a ganarla costara lo que costase…

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Crimen perfecto

Para mi tía Judy y todas sus amigas. Me encantó enterarme de cómo intercambiáis mis libros en la peluquería. Espero que disfrutéis también de este

último.

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Crimen perfecto

Así podré decirle al miedo de blando corazón que miente, y dormir a pesar

del trueno.

Wil iam Shakespeare

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Prólogo

Esos tipos que mataban a sus esposas no tenían la menor idea de cómo

hacer las cosas bien, de cómo liquidarlas y salir después de rositas.

Malcolm Turner frunció el ceño disgustado mientras aparecían los créditos

que señalaban el final de un programa basado en crímenes reales que acababa

de ver en la televisión. El de aquel día había tratado el caso de un enfermero que había asesinado a su esposa, una mujer rubia y respondona. Por lo que a Malcolm

concernía, se merecía la muerte, porque se había comportado como una auténtica

perra. ¿Pero qué clase de estúpido hablaba con nadie de cloruro de succinilcolina justo antes de utilizarlo para poner fin a una vida?

–Qué estupidez –musitó Malcolm.

Miró de nuevo a su esposa, que dormía a su lado. Cuando él matara a su

mujer y a su hijastro, nadie se haría ni una sola pregunta. Creerían exactamente lo que quería que creyeran, porque él sabía lo que se hacía.

No podía ser de otra manera. Al fin y al cabo, llevaba quince años

trabajando como policía.

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Capítulo 1

Mary tenía muy buen aspecto. Mejor que cuando estaba en el instituto.

Habían aumentado sus curvas, su rostro mostraba una nueva sofisticación y

parecían ocultarse muchas cosas tras su sonrisa. Pero se mostraba recelosa. El

divorcio le había pasado factura. Y estaba completamente entregada a sus dos

hijos.

Malcolm, que estaba parcialmente oculto tras un álamo, cambió de postura

y se agachó al oír el ruido de un motor. A juzgar por el volumen de la música de lo que parecía ser un potente automóvil, el conductor del coche que se acercaba

debía de ser un adolescente tan ensimismado y despistado como todos los de su

edad. Pero aun así, no quería que le viera mirando por la ventana de Mary.

El coche, con los bajos atronando a través de los altavoces, pasó sin

reducir la velocidad. El sonido de la música y del motor se fueron desvaneciendo y el vecindario volvió a quedar envuelto en el silencio de la noche. Aquel a era la hora en la que a Malcolm le gustaba contemplar a Mary. Pero a veces, si pensaba

que habría vuelto ya del trabajo, también se acercaba de día. Desde que se había

quedado sin trabajo le resultaba difícil llenar las veinticuatro horas del día. Su nueva vida no se parecía en absoluto a lo que había imaginado cuando había

comenzado a planificarla. Echaba de menos a sus viejos conocidos, se moría de

ganas de ponerse en contacto con alguno de el os, pero todos le daban por

muerto y él prefería que así fuera.

A lo mejor esa era la razón por la que, al cabo de tantos años, se había

decidido a localizar a su primer amor y le había seguido hasta California. De otro modo, no tendría ningún sentido aquel impulso de reencontrarse con el pasado.

Veinte años atrás, se había alejado de su lado sin preocuparse si quiera. Se había casado dos veces, se había divorciado una y…

No quería pensar en lo que le había hecho a su segunda esposa. No se

arrepentía de haberla matado, ni de haber matado a su hijastro. Se lo merecían.

Pero desde que se había jugado la mayor parte del dinero del seguro que se había

l evado de Jersey, se veía obligado a vivir en casas miserables que alquilaba en

áreas rurales, en las que el olor a estiércol era tan fuerte que a veces se sentía como si estuviera rodeado de excrementos de animales. Era difícil conseguir algo

mejor cuando solo tenía acceso a trabajos en compañías de seguros de segunda

categoría por los que le pagaban poco más que el salario mínimo.

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Maldijo en silencio al recordar su último empleo. No le molestaba tanto lo

exiguo del salario como la falta de respeto. Después de haber sido un auténtico

policía, no lo soportaba.

Rebuscó en la bolsa que llevaba siempre con él y se sentó cerca de la

ventana para poder disfrutar de una mejor vista de Mary mientras esta consultaba

su ordenador. Probablemente esperaba tener noticias suyas. Diciendo ser alguien

a quien Mary una vez había conocido brevemente, se había puesto en contacto

con ella a través de la web en la que Mary publicitaba sus joyas y había

conseguido mantener una relación con ella.

Pero aquella noche no le bastaba con esconderse tras un alias y un

ordenador. Estaba aburrido, inquieto.

Después de pasar unos cuantos minutos frente al ordenador, Mary se

levantó y comenzó a apagar las luces de la casa. Tenía dos hijos en edad escolar

y trabajaba como enfermera, de modo que sus horarios eran extraordinariamente

predecibles. Malcolm sabía que de allí iría al dormitorio, bajaría las persianas y el espectáculo habría terminado.

A no ser que no se molestara en bajar las persianas. Durante los meses

que llevaba observándola, solo se había olvidado de bajar las persianas en una

ocasión, pero eso le hacía albergar esperanzas.

Se dirigió a escondidas hacia el otro lado de la casa, se agachó detrás de

un seto y esperó a que entrara en el dormitorio.

La vio llegar, encender la televisión, apartar la ropa que antes había

doblado y sentarse en una butaca. Después se acercó a la ventana. Estaban a

solo unos centímetros de distancia, tan cerca, de hecho, que podía apreciar que

se le había corrido la máscara de ojos, lo que quería decir que se los había estado frotando.

Y entonces bajó las persianas.

Mierda. Malcolm se agachó todavía más. ¿Qué podía hacer? ¿Debería

dirigirse al casino y esperar al í durante unas horas?

No. Necesitaba algo más visceral, más emocionante. Algo que le recordara

el poder del que en otro tiempo había disfrutado. Jugó con la idea de meterse en

la casa, explorar las habitaciones vacías, acariciar los objetos de Mary y robarle una prenda de ropa interior. Quizá incluso de observarla mientras dormía. La

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tentación de hacer algo así era más fuerte cada día. Pensaba mucho en el o. Pero

temía que pudiera descubrirle y arruinar de esa forma la posibilidad de mantener

una verdadera relación cuando reuniera el valor suficiente como para revelar su

auténtica identidad. Había ido demasiado lejos como para echar todo a perder por

culpa de su impaciencia.

Tenía que marcharse. Pero es no significaba que tuviera que renunciar a la

noche. Al pensar en la sirena que conservaba en la furgoneta mejoró su humor.

Hacerse pasar por policía no le iba a l evar a la cama de Mary, pero le

proporcionaría la adrenalina que tanto ansiaba… y quizá también algunos favores

sexuales.

Tres semanas después…

Jane Burke era capaz de reconocer una oportunidad cuando la veía. Desde

que había empezado a trabajar en El Último Reducto, había estado esperando

que se presentara algún caso que le permitiera demostrar su valía.

Y estaba segura de que ese caso acababa de cruzar la puerta de la

organización.

–El chico que me ha acompañado hasta aquí me ha dicho que usted podría

ayudarme.

Una mujer de escasa estatura y cuerpo voluminoso permanecía vacilante

en la puerta del despacho de Jane, secándose las lágrimas.

Jane la invitó a entrar con un gesto y le ofreció una caja de pañuelos de

papel.

–Haré todo lo que pueda –le prometió–, pero antes tienes que contarme por

qué estás aquí.

La obesidad de la recién l egada hacía difícil adivinar su edad, pero Jane le

calculó unos veinticuatro o veinticinco años. Gerald, el voluntario que la había

recibido, le había explicado a Jane que sus dos hermanas habían desaparecido

recientemente. Hasta el momento, eso era lo único que sabía Jane. Ni siquiera

estaba al tanto de si el caso había l egado a los informativos. Pero no era extraño que no lo supiera, estaba tan ocupada que ni siquiera tenía tiempo de encender la televisión.

–¿Cómo te l amas? –le preguntó.

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Intentando controlarse, la mujer tomó dos pañuelos y se sonó la nariz.

–Gloria. Gloria Rickman.

–Gloria, soy Jane Burke. Por favor, siéntate para que podamos hablar.

Jane retiró los papeles de la mesa y acercó la silla que estaba pegada a la

pared al escritorio, al lugar en el que habría estado si ella también atendiera sus propios casos. Todavía estaba en periodo de pruebas. Llevaba así seis meses,

ocupándose del trabajo de oficina de las tres compañeras que realmente

conformaban la columna vertebral de aquella organización de defensa de las

víctimas de la violencia. Pero tenía la sensación de que estaba a punto de poner a prueba todos los cursos que había realizado y todo lo que había aprendido

durante aquellos meses de trabajo. Con Skye Wil ies y Ava Trussel en

Sudamérica, contratadas para seguir la pista de un hombre que había secuestrado

a su propio hijo, y Sheridan Granger con baja por maternidad, Jane se había

quedado a cargo de la oficina. Aquella era la situación ideal para ocuparse de su primer caso. Aparte de los tres voluntarios que iban a la oficina a rel enar sobres y a buscar donaciones, el a era la única representante de la organización.

–Déjame ir a buscar una libreta. Después, quiero que me cuentes qué es lo

que te está afectando tanto.

La silla crujió bajo el peso de Gloria cuando esta se sentó. La carne parecía

desbordar la madera, pero a Jane no le impactó en absoluto aquel exceso de

peso. También el a lo había sufrido. A lo mejor no hasta ese punto, pero había

sido una mujer muy gruesa. Si no hubiera sido por los psicólogos, el ejercicio

diario y las clases de autodefensa, todo el o producto, de una u otra forma, de su amistad con Skye, probablemente continuaría siendo una mujer desencantada y

gruesa.

Pero en ese momento de su vida, corría una hora al día, no sobrepasaba

nunca los cincuenta kilos y había dejado de intentar matarse con el tabaco. Lo

único que le quedaba era una voz de fumadora. Y las cicatrices dejadas por

aquella etapa de su vida, por supuesto. Jamás desaparecerían por completo,

sobre todo, las del alma.

–He venido por mis dos hermanas –le explicó Gloria–. Desaparecieron hace

tres semanas.

–¿Tres semanas? –repitió Jane, incapaz de disimular su sorpresa.

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Los ojos de Gloria volvieron a llenarse de lágrimas.

–Sí, desaparecieron hace tres semanas. Un sábado.

Era lunes por la mañana. Eso añadía otro día más. Dos casi.

–¿Por qué no he sabido nada al respecto?

–No lo sé. Han salido algunos artículos en la prensa. Denuncié la

desaparición esa misma tarde, pero el detective que se ocupa del caso todavía no

ha averiguado nada. Lo está intentando, pero… nadie sabe dónde están mis

hermanas. Por eso he venido aquí. Tengo que hacer algo, no puedo pasarme el

día esperando. Yo soy lo único que tienen. Lo único que han tenido nunca.

–¿Dónde están tus padres?

–Tenemos diferentes padres, pero nunca se han hecho cargo de nosotras.

Nuestra madre no supo elegir a sus parejas. Murió de una sobredosis cuando yo

tenía veintitrés años. Soy la mayor de las hermanas y ya vivía en mi propia casa, así que mis hermanas se vinieron a vivir conmigo. Latisha, la más pequeña,

todavía no había empezado el instituto.

Jane se identificó fácilmente con la situación de Gloria. Sus padres habían

muerto en un accidente de coche cuando el a tenía seis años y había sido criada

por una tía que había permanecido soltera durante toda su vida y que también

había muerto.

–¿Dónde vives?

–En Marconi, en un apartamento de una sola habitación. No nos hemos

movido de allí desde que mis hermanas vinieron a dormir conmigo. Es una casa

pequeña, pero nos las arreglamos bien. No quiero desarraigarlas constantemente,

como hizo mi madre conmigo.

–Me parece maravilloso que hayas sido capaz de proporcionarles cierta

estabilidad –dijo Jane–. ¿Cuánto tiempo hace que empezaste a hacerte cargo de

ellas?

–Tres años. Ahora tienen dieciocho y diecisiete años. Se graduaron en el

mes de junio –anunció con orgullo–. Marcie sencillamente lo aprobó, pero Latisha

es tan inteligente que le adelantaron un curso. Se graduó con honores y consiguió una beca.

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De modo que las hermanas desaparecidas eran adultas. Probablemente

esa era la razón por la que el caso no había tenido una mayor repercusión. Eso y

el hecho de que no hubiera nada más que decir sobre el as.

–¿Habíais discutido? ¿Las habías amenazado con castigarlas? ¿Ocurrió

algo que pudiera enfadarlas tanto como para irse de casa?

–Discutíamos continuamente, pero no era nunca nada serio, señora…

–Jane, llámame Jane.

–Jamás se habían ido de casa. Saben que yo me enfado con ellas porque

quiero que lleguen a ser algo más de lo que fuimos mi madre y yo. El as tienen

que seguir estudiando. A veces dicen que quieren dejar de estudiar para poder

ayudarme económicamente. No es fácil ganar un sueldo digno como dependienta.

Trabajo sesenta o setenta horas a la semana. Pero tengo que pagar los estudios

de Marcie, además de las cuentas de la casa. Y si me merece la pena tanto

sacrificio es porque sé que tendrán una vida mejor que la mía. No puedo perderlas

–las lágrimas volvieron a empapar sus mejillas–. Hemos sufrido mucho. No puedo

permitir que todo termine así.

Jane comenzaba a temer que aquel caso estuviera por encima de sus

posibilidades. «Ten cuidado con lo que deseas…», se regañó en silencio. No

había parado de perseguir a Skye para que le permitiera llevar algún caso y Skye

no paraba de decirle que todavía no estaba preparada. Pero si no se involucraba

en aquel, Gloria tendría que esperar a que Skye y Ava regresaran. Y, dependiendo

de lo que pasara en Sudamérica, podrían tardar de una semana a diez días en

volver. Quizá incluso más. Con la situación económica que estaba atravesando el

país, las donaciones eran cada vez más bajas. Skye y Ava necesitaban cerrar

aquel caso para poder mantener el centro abierto. Esa era la única razón por la

que el marido de Skye había aceptado que se fuera tan lejos. También había sido

él el que había insistido en que la acompañara Ava, pues él no podía abandonar

su trabajo. Sabía que no regresarían hasta que la mujer que las había contratado

recuperara a su hijo. Y Sheridan, la tercera compañera, pensaba pasar los

próximos cuatro meses atendiendo a su bebé.

–¿Te has puesto en contacto con todos sus amigos? –le preguntó Jane–.

¿Tenéis más familia?

–He hablado con todo el mundo. Me paso día y noche colgada al teléfono.

Y nadie las ha visto.

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–¿Cuándo las viste por última vez?

–Ese mismo sábado. Latisha todavía estaba durmiendo cuando Marcie me

l evó al trabajo. Latisha tenía que estar a las doce en la cafetería en la que trabaja de camarera y Marcie en el Rancho Cordova Marriott a las tres –se inclinó hacia

delante, como si fuera a compartir con Jane una confidencia–. Dejo que trabajen

los fines de semana si l evan los estudios al día –se reclinó de nuevo en la silla–.

El caso es que Latisha no se presentó en el restaurante. No sé por qué no me

l amó nadie. Pero cuando Marcie no apareció, me l amaron del hotel para

preguntar qué le pasaba. Intenté localizarla, pero me saltaba el buzón de voz.

–Entonces, ¿crees que desaparecieron del apartamento?

–No. En cuanto encontré a alguien para que me sustituyera, me fui a casa

en autobús y lo encontré todo perfecto. La casa estaba cerrada con llave. Pero el coche había desaparecido. Tenemos un Honda Civic.

Jane anotó la información.

–¿Existe alguna posibilidad de que tus hermanas tengan alguna relación

con las drogas, Gloria?

–¡Claro que no! ¿Crees que lo habría permitido después de haber visto

morir a mi madre por culpa de esa porquería? ¿Después de todo lo que he hecho

por ellas? No se atreverían. Saben que les daría una buena paliza como se les

ocurriera probarlas siquiera.

Jane la creía capaz.

–¿Dónde crees que pueden haber ido?

A Gloria le tembló la barbilla mientras sacudía la cabeza.

–Teniendo en cuenta el precio al que está la gasolina, no creo que hayan

podido ir muy lejos. Apenas tenemos dinero para sobrevivir. Normalmente

utilizamos el autobús. Pero a lo mejor Marcie decidió comprar algún periódico y

unos donuts. Llevaba tiempo hablando de la posibilidad de conseguir un trabajo

mejor. Encontraron su coche cerca de un Hank’s Donuts, uno de nuestros

establecimientos favoritos.

Jane intentó imaginarse rápidamente aquel escenario. Un coche

abandonado, dos chicas desaparecidas… Las dos hermanas compaginaban los

estudios con el trabajo. Y vivían en un entorno difícil, eso era evidente, pero

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también parecían dos personas que por lo menos debían de sentirse queridas.

¿Qué podría haber ocurrido?

–¿En qué condiciones estaba el coche?

–El coche no había parado de darnos problemas. Apenas vale un puñado

de dólares. La policía lo encontró aparcado en una calle de Franklin Boulevard, a varias manzanas de la cafetería que te he dicho. Y funcionaba perfectamente.

–¿Había algo dentro que pudiera indicar que tus hermanas lo habían

utilizado esa misma mañana? ¿Una bolsa con comida? ¿Un vaso de cartón?

–Solo los libros y las cosas que se dejaban en el coche constantemente.

Siempre les decía que no dejaran nada en el coche. ¡Ni siquiera cierra bien! Pero a veces se olvidan. Ya sabes cómo son los jóvenes.

Aquel a mujer apenas tenía veinticinco años, pero hablaba como si

estuviera más cerca de los cuarenta y seis de Jane. Habiendo asumido tamaña

responsabilidad a tan corta edad, seguramente se sentía como si tuviera cerca de

cuarenta.

–¿Y los móviles? ¿La policía ha comprobado si han vuelto a utilizarlos

después de su desaparición?

–Los teléfonos están en el coche –se cubrió la cara y rompió a llorar–. Esa

es otra de las razones por las que sé que no se han escapado. No se habrían

dejado los móviles. No tenemos dinero para permitirnos el lujo de tener dos

móviles en casa, pero ellas preferirían quedarse sin comer a renunciar al móvil.

No sonaba muy esperanzador. Jane forzó una sonrisa para disimular su

preocupación.

–¿Tienes los teléfonos? Habrá que revisar las llamadas. Es posible que

conozcan a alguien que tú no conoces. A lo mejor esa persona las ha visto.

–Los teléfonos los tiene la policía. Y hay un detective investigando las

l amadas más recientes.

–¿Qué detective es?

–Le han asignado el caso a un tal Willis. Es muy atractivo, pero lleva

alianza de matrimonio.

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Jane se habría echado a reír ante aquella respuesta si no hubiera sido por

el nombre que acababa de oír.

–¿Has dicho Willis?

–Sí, eso es lo que he dicho.

Era una lástima. Wil is era el marido de Skye. A Jane le resultaría imposible

ocultar a sus jefas su relación con el caso y sabía que no les iba a hacer ninguna gracia que lo aceptara sin su permiso.

Por otra parte, también era una suerte poder contar con David, puesto que

siempre estaba dispuesto a colaborar con El Último Reducto. No todos los

miembros del departamento se mostraban tan receptivos. Algunos consideraban

que la mera existencia del centro era una manera de demostrar que la policía no

era suficientemente efectiva. Las declaraciones poco complacientes con las

fuerzas del orden que Skye, Ava y Sheridan hacían de vez en cuando a los

medios tampoco ayudaban.

–¡El que es policía es tu marido, no tú! –le había gritado alguien a Skye

hacía unas cuantas semanas.

Jane tampoco era policía. Ni siquiera era todavía una trabajadora social.

Pero si algo había aprendido durante los últimos seis meses, era que con trabajo y determinación, podían conseguirse grandes cosas.

Gloria estaba explicando la situación con todo lujo de detalles. Jane tomó

aire y volvió a concentrarse.

–Por lo visto el detective Willis resolvió algunos casos cerca de American

River varios años atrás –se secó el sudor de la nariz–. Asesinatos. Creen que

podrían estar relacionados.

Jane arqueó las cejas. Si esos casos eran los que acudieron

inmediatamente a su mente, no estaban relacionados con el de Gloria. No podían

estarlo. Jane conocía al asesino. Había estado viviendo con él. Oliver Burke

estaba muerto. Pero el recuerdo de todo lo que había hecho durante el tiempo que

había estado casado con el a todavía le hizo estremecerse. Oliver había sabido

compartimentar su vida de forma perfecta, jugaba el papel que en cada momento

necesitaba para evitar que le descubrieran. La había engañado incluso a ella,

desde el principio hasta el final.

Eso era precisamente lo que ella podía ofrecer a El Último Reducto, lo que

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nadie más podía ofrecerles, se recordó a sí misma. Sabía cómo funcionaba la

mente de un psicópata, cómo se comportaba… lo manipulador que podía llegar a

ser. No solo había compartido toda una vida con Oliver, sino que Oliver había

estado a punto de matarla a pesar de que tenía una hija con él.

–Llamaré al detective Willis –le dijo a Gloria–. Le conozco, es amigo mío.

La silla de Gloria crujió cuando su ocupante cambió de postura.

–No pensarás que mis hermanas están muertas, ¿verdad?

No soy capaz de imaginar lo que haría si estuvieran muertas.

Jane quería prometerle que seguían con vida. Pero habían pasado tres

semanas desde que Latisha y Marcie habían desaparecido. Habían dejado el

coche y los teléfonos móviles tras de sí y no habían encontrado una sola pista que pudiera conducir a ellas. ¿Qué probabilidades había de que sus cadáveres

estuvieran abandonados en medio de un bosque? Lo único que podía salvarlas

era el hecho de que estuvieran juntas. Eso era mejor que una desaparición

solitaria. A no ser que hubiera ocurrido lo peor. En ese caso, Gloria habría perdido a sus dos hermanas a la vez.

–De una u otra forma, las encontraremos –le aseguró a Gloria–. ¿Puedes

conseguirme alguna fotografía de el as?

–Aquí las tengo –sacó unas fotografías de un bolso enorme, además de un

rudimentario folleto.

–He distribuido estos fol etos por todas partes.

Jane tomó los folletos y las fotografías. Fijó la mirada en los rostros de

aquellas jóvenes desaparecidas y experimentó una renovada sensación de

urgencia cuando se materializaron ante ella. Una de las hermanas tenía la tez

mucho más oscura que la otra, tenía rastas y un piercing en la nariz. «Marcie» era el nombre que aparecía bajo la fotografía. La otra, Latisha, tenía los ojos

almendrados, una enorme sonrisa y el pelo cortado con una elegante media

melena.

–Buena idea. Haré todo lo que esté en mi mano a partir de aquí.

–Gracias –Gloria se secó las mejillas empapadas de lágrimas–. Yo… no

tengo dinero, pero haré todo lo que…

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–No te preocupes por el dinero –la interrumpió Jane mientras dejaba en una

esquina del escritorio las fotografías y el folleto con la palabra

«DESAPARECIDAS», impresa en unas letras enormes–. Ofrecemos un servicio

gratuito para todas aquel as personas que lo necesitan.

Parte de la tensión de Gloria desapareció.

–¡Aleluya! ¡Gracias a Dios!

–Sin embargo, es posible que necesitemos hacerte algunas preguntas más

durante la investigación –continuó diciendo Jane–. ¿Puedes darme algún teléfono

de contacto?

Gloria le dio una dirección, el número de teléfono del trabajo y un número

de móvil.

–¿Tenemos alguna manera de localizar a los padres de tus hermanas o a

tu padre?

–¿De qué serviría hablar con mi padre?

–No quiero dejar de investigar nada.

–No quiero volver a saber nada de mi padre –se hundió en el asiento–.

Pero… si eso puede servir de ayuda, haré todo lo que haga falta. Se l ama

Timothy Huff. No tengo su número de teléfono, pero puede encontrarle en una

sala de billar de Florin Road todos los viernes, completamente borracho.

Desde luego, no parecía un buen contacto.

–¿Y el padre de Marcie?

–Llama de vez en cuando desde la cárcel.

Por lo menos a él podían descartarlo.

–¿Por qué le detuvieron?

–Por posesión de drogas.

–Así que nos queda el padre de Latisha.

Gloria sacudió la cabeza.

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–Es mejor no molestar a Luther Wilson. Tiene serios problemas para

controlar su genio. Nosotras le l amamos Lucifer, siempre a sus espaldas, por

supuesto. Es un hombre horrible.

–¿Sabe que su hija ha desaparecido?

–No, no se lo he dicho. No serviría de nada. No le importa nada su hija.

Nunca le ha importado.

Jane dejó el bolígrafo en la mesa y unió las manos, juntando las yemas de

los dedos.

–¿Cómo conoció tu madre a todos esos hombres?

–Prostituyéndose. Era su manera de pagarse las drogas.

Aquel o explicaba muchas cosas.

–¿Por qué es tan terrible Luci… quiero decir, Luther? –se corrigió a tiempo.

–Era su chulo y le daba unas palizas terribles.

Jane comprendió entonces que aquel caso la sobrepasaba. Le gustaba

creer que un pelo teñido de rubio y un par de tatuajes le daban un aspecto duro,

pero desde luego, no se consideraba capaz de enfrentarse a un proxeneta

enfadado.

–Lo tendré en cuenta –se levantó y consiguió esbozar una sonrisa–.

Gracias por venir. Te l amaré en cuanto haya tenido oportunidad de averiguar

algo.

Acompañó a Gloria hasta la puerta. Cuando estuvieron al í, Gloria le dijo:

–Gracias, muchas gracias.

Jane no estaba preparada para el abrazo con el que acompañó sus

palabras, pero al sentir los hombros de Gloria temblando bajo sus brazos, se

reafirmó en su determinación. Quería ayudar a Gloria, ¿pero sabría cómo hacerlo?

Proxenetas, drogas, prostitutas… Jamás había formado parte de ese

mundo. Había vivido con un psicópata, pero Oliver estaba muerto y ella se sentía

completamente a salvo. Llevaba cinco años viviendo segura…

Y aceptar ese caso sería buscarse problemas. La mayor parte de las

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víctimas de la violencia lo eran por parte de algún familiar o amigo cercano. Eso significaba que tendría que ponerse en contacto con el padre de Latisha. Tenía

que hablar con todas las personas relacionadas con aquellas jóvenes

desaparecidas. Esa era una de las primeras reglas de cualquier investigación.

Pero si Luther tenía algo que ver con lo que le había pasado a su hija y a su

hermana, no le iba a gustar verla husmeando a su alrededor.

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Capítulo 2

Sebastian Costas sostenía en la mano el recibo que acababa de dispensar

el cajero automático. Aquel a no era la mejor manera de comenzar la semana. ¿Se

habría quedado sin tinta aquel a maldita máquina? Porque a la cifra que estaba

viendo tenía que faltarle algún cero. Sabía que no andaba muy bien de dinero.

Había pasado más de un año desde que había dejado de trabajar. Además de

pagar el apartamento de Manhattan y sus coches, por no mencionar el

aparcamiento de esos coches, había gastado una fortuna en investigadores

privados, billetes de avión, hoteles y coches alquilados. Pero aun así…

–¡Mierda! Supongo que pensaba que el dinero me duraría eternamente –al

parecer, estaba demasiado acostumbrado a comprar todo lo que quería.

¿Qué iba a hacer entonces? No podía continuar a ese ritmo.

–Perdón, ¿ha terminado?

Había una mujer tras él, esperando a utilizar el cajero. Sebastian no la

había oído acercarse, no había sentido su presencia. Estaba demasiado absorto

en sus pensamientos, intentando comprender lo que significaba aquella cifra.

Musitó una disculpa, arrugó el recibo y lo tiró a una papelera de camino

hacia el coche. Quedarse sin fondos significaba quedarse sin tiempo. Tenía un

mes, como mucho. Después, estaría completamente arruinado y todo el esfuerzo

volcado en aquella búsqueda sería inútil, porque tendría que detener

definitivamente sus pesquisas.

Y no podía permitir que eso ocurriera cuando estaba más cerca que nunca

de su objetivo.

Sonó su teléfono móvil. En el identificador de l amadas apareció el nombre

de Constance, la mujer con la que estaba saliendo cuando dos meses atrás había

abandonado Nueva York. Estaban juntos desde antes de que Emily y Colton

fueran asesinados. Pero Constance estaba comenzando a impacientarse por su

larga ausencia y por la intensidad de su preocupación.

Sebastian estuvo a punto de silenciar el teléfono y dejar que se activara el

buzón de voz. No le apetecía hablar con ella en aquel momento. Pero ignorar

aquella llamada podía suponer el fin de su relación. Una relación que pendía ya de Página 19

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un hilo. ¿De verdad quería que su vida quedara completamente en ruinas después

de aquella pesadilla?

No, necesitaba luchar por Constance. Tenía que luchar por lo poco que

quedaba de su anterior existencia.

–¿Diga?

Constance no se molestó en saludar.

–¿Has pensado en el o? –le preguntó directamente.

–¿A qué te refieres?

Sabía exactamente de lo que le estaba hablando, pero necesitaba ganar

tiempo. Aunque había estado pensando en ello durante toda la mañana, no estaba

más cerca de tomar una decisión que la noche anterior, después de haber oído su

ultimátum.

–¡A lo de volver a casa! Tienes que renunciar a esta… a esta obsesión,

Sebastian.

¿Una obsesión? ¿Era en eso en lo que se había convertido? Suponía que

sí. Un hombre no abandonaba la clase de vida de la que había disfrutado hasta

entonces por menos. Sebastian había estado ganando más de medio millón de

dólares al año, era uno de los mejores agentes de inversiones de Nueva York…

hasta que habían asesinado a su exmujer y a su hijo. A partir de entonces, ya solo había sido capaz de pensar en encontrar a su asesino.

Por supuesto, teniendo en cuenta cómo se había comportado el mercado

desde que había abandonado su trabajo, probablemente no habría seguido

ganando tanto aunque hubiera continuado en activo.

Abrió el Lexus que había alquilado.

–¿A qué viene tanta prisa, Constance?

–¿Prisa? –repitió Constance con incredulidad–. ¡Llevo dieciocho meses

esperando a que nuestras vidas vuelvan a la normalidad!

–Solo llevo dos meses fuera.

–¿Estás de broma? Durante el último año y medio, te has dedicado a viajar

por todo el país y a hablar con toda la gente que has podido en busca de alguna

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pista. Hasta cuando estás aquí te cierras en tu apartamento y trabajas como si

fueras una especie de científico loco. Desde aquel a noche tan terrible no eres

capaz de pensar en nada que no sea en tu búsqueda. Hace cuatro meses que no

hacemos el amor y no hemos vuelto a mantener una conversación decente desde

que te has convertido en Dick Tracy.

Sebastian había querido mucho a aquel a mujer. Si aquel asesinato no

hubiera destrozado su vida, se habría casado con ella. Pero el pasado ya no

importaba. Colton y Emily habían muerto y el dinero de Emily había desaparecido.

¿Por qué? No descansaría hasta que no descubriera la verdad. Él era la única

esperanza de Emily y de Colton, la única persona, además de su propia madre,

quizá, que creía que Malcolm Turner todavía estaba vivo.

–No puedo culparte por sentirte decepcionada –se sentó tras el volante y

puso el motor en marcha.

El invierno en Sacramento no era tan frío como el de Nueva York, pero sí lo

suficiente como para invitar a poner la calefacción.

–Entonces, ¿qué piensas hacer?

Estaba siendo mucho más directa que en otras ocasiones, lo que le hizo

suponer que estaba saliendo con alguien. Sebastian esperaba que aquello

ocurriera antes o después. No podía culparla por haber decidido seguir viviendo.

Era una analista de bolsa, inteligente, atractiva y con una carrera de éxito.

Y cada día era mayor la brecha que se abría entre el os. No podía

prometerle que iba a volver a Nueva York porque sabía que rompería su promesa.

Cuando otros miembros de la familia y él habían ido a la casa en la que Colton y

Emily vivían a recuperar sus pertenencias, no había encontrado todo lo que

debería haber estado al í. Para empezar, había desaparecido dinero, una cantidad

de dinero que la propia Emily le había mencionado a Sebastian una semana antes

de su muerte. Le había dicho que había guardado en la caja fuerte los quinientos

mil dólares que le había pagado el seguro por haber chocado con un conductor

bebido. Le había explicado que guardaba el dinero en efectivo porque estaba

ahorrando para comenzar una nueva vida, una vida de la que Malcolm no formara

parte, y le había indicado dónde podía encontrar la llave de aquel a caja en el caso de que le ocurriera algo.

Sebastian, que pensaba donar ese dinero a la Universidad de Nueva York,

en la que Colton esperaba llegar a estudiar algún día, había intentado recuperarlo.

La l ave estaba allí donde Emily le había indicado, pero la caja estaba vacía. Y no Página 21

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Crimen perfecto

había nada que indicara dónde podía estar ese dinero.

Malcolm no solo había matado a Emily y a Colton, sino que se había

aprovechado de su muerte. Sebastian estaba seguro.

–Malcolm no murió en ese accidente, Constance.

–¡Dios mío, ya estamos otra vez!

Estaba empezando a llover. Los limpiaparabrisas se activaron

mecánicamente, un lujo menor que ya no podría volver a permitirse durante

mucho tiempo. Teniendo en cuenta su situación económica, tendría que comenzar

a alquilar coches más baratos.

–¿Y qué pruebas tienes? –continuó–. ¿Ese dinero del seguro del que

siempre estás hablando? Tú mismo me dijiste que a Malcolm le gustaba hacer

apuestas relacionadas con todo tipo de deportes. ¿No se te ha ocurrido pensar

que a lo mejor utilizó ese dinero para pagar sus deudas?

–Si pagó sus deudas, ¿por qué no dejó pagadas las que había contraído

con sus tarjetas de crédito cuando algunas estaban a un treinta por ciento de

interés?

Sebastian había encontrado las cuentas cuando había ido a vaciar la casa.

Los padres de Emily habían muerto en un accidente de avión justo después de

que Emily y él se divorciaran, de modo que era él el que tenía que quedarse con

sus cosas.

–A lo mejor no era tan previsor. O a lo mejor lo utilizó para pagar deudas

que desconoces –respondió Constance–. A lo mejor utilizaron ese dinero para

ayudar a algún miembro de su familia que estaba a punto de perder su casa. Ya

no estabas casado con Emily, Sebastian. Malcolm era su marido. Es posible que

lo invirtieran todo y lo perdieran.

Aunque Constance no podía verle, Sebastian negó con la cabeza.

–Habrían quedado pruebas, rastros de esas inversiones.

–¿Quieres que hablemos de pruebas? –prácticamente le gritó–. ¡Tenemos

las pruebas de ADN que hizo la policía! ¿Sabes lo que significa una prueba de

ADN? Es una prueba irrefutable y demuestra que el cadáver que encontraron en el

coche es el de Malcolm Turner.

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Crimen perfecto

Sebastian apretó la mandíbula, haciendo un esfuerzo para dominarse.

Últimamente, Constance siempre parecía dispuesta a sacarle de sus casil as.

–No puede hablarse de cadáver. Solo quedaban cenizas. Y estoy

convencido de que Malcolm no se suicidó, Connie.

–La única alternativa que le quedaba era ir a prisión, y ya sabes cómo

tratan a los policías en las cárceles.

Sebastian imaginó al hombre al que había estado persiguiendo desde hacía

un año. El pelo rojo, las pecas que cubrían su rostro y sus brazos, los ojos azules rodeados de pestañas doradas, la mandíbula decidida, y aquel cuerpo fornido

rozando el sobrepeso.

–Era demasiado arrogante como para renunciar con tanta facilidad.

–Arrogante –repitió Constance disgustada–. ¿Eso es todo lo que puedes

concluir después de haber removido hasta la última piedra de este país?

Sebastian, hemos hablado de esto docenas de veces. No es ningún secreto que

Emily y Malcolm estaban teniendo problemas. Emily le contó a mucha gente que

quería divorciarse. Probablemente intentó hacerlo y Malcolm, que era un hombre

obsesivamente controlador, reaccionó matándolos a el a y a Colton. Cuando se dio

cuenta de lo que había hecho, decidió suicidarse.

–A lo mejor no te resultaría tan fácil aceptar esa explicación si hubiera

muerto tu hijo y no el mío.

Constance no tenía hijos, pero aquel era un golpe bajo. El dolor sufrido por

la pérdida de su hijo corroía a Sebastian como un ácido, le hacía comportarse de

una forma de la que nunca se habría creído capaz. En parte porque se sentía

parcialmente responsable de la indefensión de Emily. Ella no tenía familia, solo

podía apoyarse en él. Debería haber hecho mucho más para ayudarla.

–Vete al infierno. Estoy cansada de ser comprensiva. He hecho todo lo que

he podido para ayudarte, y ahora…

–Y ahora que por fin comienzo a encontrar algo, quieres que renuncie.

Malcolm está en Sacramento. Ha localizado a una antigua novia de cuando estaba

en el instituto y se ha mudado aquí para estar cerca de el a. Y está viviendo del dinero que le robó a Emily.

–A lo mejor eres tú el que estás más interesado en su exnovia de lo que

estás dispuesto a admitir.

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Crimen perfecto

Sebastian elevó los ojos al cielo. Jamás había habido nada entre él y

aquella mujer que le había l evado hasta la Costa Oeste. Solo se habían visto en

un par de ocasiones en una cafetería.

–Somos amigos, Constance. Estoy aquí porque Malone está aquí. Has visto

sus chats, te los he enviado todos.

–Pero ese hombre podría ser cualquiera. Él dice que se llama Wesley Boss

y vive en Los Ángeles. Y por lo que hasta ahora sabemos, podría ser cierto.

–Es Turner, Connie. Mary puede saberlo mejor que nadie. Estuvo dos años

saliendo con él.

–¿Y por qué se puso en contacto contigo? –musitó Constance.

Porque antes la había localizado él. Se había puesto en contacto con Mary

y con todos cuantos habían tenido algún tipo de relación con Malcolm para

pedirles que le l amaran en cuanto supieran algo de él. Por supuesto, les había

explicado los motivos.

–¿Estás de broma? Fue un gesto maravilloso por su parte. A juzgar por

algunas de las cosas que ha dicho ese supuesto Wesley Boss, está mucho más

familiarizado con el norte de California que con el sur. No creo que esté en Los

Ángeles. Creo que está viviendo aquí, en Sacramento.

–Muy bien. Pues yo ya no puedo seguir soportando esta situación. Estoy

comenzando a darme cuenta de que he estado aferrándome a un sueño, al

recuerdo de un hombre que ya no existe.

Sebastian cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Constance acababa

de acusarle de estar interesado en otra mujer, pero era muy probable que fuera al contrario.

–¿Cómo se l ama? –le preguntó.

No hubo respuesta.

–¿Constance?

–¡Basta ya! Esto no tiene nada que ver con otro hombre. El problema es

que soy incapaz de seguir enfrentándome a la persona en la que te has

convertido. A partir de ahora, se ha acabado todo entre nosotros –le espetó, y

colgó el teléfono.

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Crimen perfecto

Sebastian estuvo a punto de llamarla, presa del pánico provocado por el

tono de aquella frase. Pero no lo hizo. Jamás se pondrían de acuerdo. Además,

Constance estaría mejor sin él. Sebastian solo era capaz de pensar en las

preguntas que le atormentaban desde el verano anterior. Desde el día en el que el vecino de Emily se había acercado a su casa para ver por qué Emily no había ido

a l evar a sus hijos al entrenamiento de baloncesto y se había encontrado con su

cadáver y el de su hijo. Los habían asesinado la noche anterior.

Sebastian abrió los ojos y se concentró en las conversaciones transcritas

que tenía en el asiento de al lado. La persona que había enviado aquellos

mensajes a Mary decía ser alguien que la había conocido en el pasado, alguien

l amado Wesley Boss. Pero Mary no conocía a nadie con aquel nombre. Su primer

contacto había sido a través de la web que Mary utilizaba para vender las piezas

de bisutería que ella misma creaba, de modo que podría haber sido cualquiera.

Pero tras llevar varios meses hablando con esa persona, había l egado a la

conclusión de que tenía que ser un antiguo amor de sus tiempos de instituto,

Malcolm Turner. Sabía demasiadas cosas sobre el a.

Sebastian había volado hasta Sacramento esperando que el alias que

Malcolm utilizaba fuera suficiente para encontrarlo, pero de momento, no lo había conseguido. Había conseguido seguir el rastro a cuatro residentes de California

que respondían al nombre de Wesley Boss. Tres de ellos vivían en Los Ángeles, y

el cuarto en Bakersfield. Uno era un sacerdote anciano que ni siquiera tenía

ordenador. El otro, un hombre felizmente casado y con cinco hijos, el tercero un

niño de diez años y el cuarto, el que vivía en Bakersfield, estaba muriendo de

cáncer. Mary había intentado conseguirle a Sebastian una dirección desde que

había caído en la cuenta de quién era su interlocutor, pero Malcolm era demasiado prudente. Un hombre con su pasado era consciente de lo mucho que arriesgaba al

ponerse en contacto con una persona que le conocía. Eso le convertía en un

hombre ilocalizable, en el caso de que alguien se molestara en investigar. Pero

Sebastian estaba haciendo mucho más que investigar. Estaba examinando todas

y cada una de las posibilidades de encontrarle. Incluso había contratado un

detective privado para ver si podía seguir el rastro a aquel os mensajes por

cualquier medio, legal o ilegal. Pero Malcolm utilizaba siempre un servidor remoto.

Al parecer, había pensado en todo.

Sebastian puso la marcha atrás y salió del aparcamiento. A pesar del precio

que estaba pagando, no podía renunciar. Mary podía llevarle hasta el canalla que

había matado a Emily y a Colton y, estuviera bien o no, él pensaba mantener la

promesa que había hecho a su hijo cuando le estaban enterrando.

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Jane había decidido entrevistarse con Luther antes de regresar a casa.

Aquel a era la primera tarea de la lista del caso de las chicas desaparecidas. Pero Oak Park era el barrio más peligroso de Sacramento y Jane era plenamente

consciente de ello.

Notaba el metal de la pistola en la cintura mientras cruzaba el jardín

cubierto de malas hierbas y salpicado de basura que conducía a la casa de Luther.

Durante los meses posteriores al funeral de Oliver, había aprendido a utilizar una pistola. Skye había sido testigo de el o, pero aquello no tenía nada que ver con las prácticas del campo de tiro. Jamás había ido armada a casa de nadie. Nunca se

había acercado a alguien pensando que tendría que utilizar su arma. Hasta ese

momento.

Aunque se encontraba en los últimos meses del proceso, todavía no había

conseguido la licencia de armas. De modo que estaba infringiendo la ley. Pero no

había conseguido localizar a David y, por el bien de esas chicas, no podía esperar.

Tenía menos miedo de la policía que de Luther. Tenía una hija esperándola en

casa, una hija de doce años que ya había perdido mucho en su corta vida. Jane

no iba a permitir que quedara completamente huérfana.

Tomó aire para intentar calmar el revoloteo que tenía en el estómago, alzó

la mano y l amó a una puerta con tantos arañazos que parecía que hubieran

intentado abrirla las hordas del infierno. Apenas eran las cinco de la tarde, pero en aquella parte de la ciudad parecía oscurecer más rápidamente que en la de Watt

Avenue, donde ella trabajaba.

Como temía encontrarse con perros del tamaño de un caballo, no la

sorprendió la cacofonía que llegó hasta sus oídos.

Ladridos, golpes, arañazos.

Asustada por aquella fiereza, Jane decidió que quizá debería haber

retrasado la visita hasta el día siguiente. A lo mejor Jonathan, el detective privado que trabajaba muchas veces como voluntario para El Último Reducto, estaría

disponible para entonces. O David. Estaba a punto de regresar al coche cuando

una voz de hombre puso fin a aquel alboroto.

–¡A callar!

Los perros se quedaron en completo silencio.

Con las manos empapadas en sudor, Jane observó vacilante cómo giraba

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el pomo antes de que la puerta se abriera.

El interior de la casa era tan oscuro como el exterior, lo que dificultaba ver

cualquiera otra cosa que no fueran los ojos de aquel hombre.

–No sé quién demonios es, pero no pinta nada aquí.

Tenía tres pitbulls a sus pies. No eran tan grandes como parecían a juzgar

por sus ladridos, pero tenían aspecto de estar dispuestos a despedazarla a la

menor oportunidad. Afortunadamente, sabían que era preferible no atacar sin

permiso. Ni siquiera asomaban los hocicos por la puerta, como tantos otros perros hacían.

Definitivamente, el hombre los dominaba. No parecía que fueran a

desobedecerle… O, al menos, eso esperaba.

–Yo… –se le quebró la voz, así que se aclaró la garganta y volvió a

intentarlo–. Soy Jane Burke, de El Último Reducto.

–No sé lo que vende, pero no me interesa –replicó, y cerró de un portazo.

El golpe fue tan brutal que Jane se encogió. Miró con nostalgia su coche,

aparcado en la acera, pero la imagen de Gloria l orando en la oficina la impulsó a l amar otra vez. No podía renunciar tan fácilmente. Su cliente confiaba en ella.

Un perro ladró en al oscuridad, pero el ladrido cesó bruscamente para

convertirse en un agudo lamento.

Obviamente, acababan de darle una patada. Jane giró hacia su coche, pero

se obligó a detenerse en medio del camino cuando oyó que la puerta se abría.

En aquel a ocasión, el hombre salió al porche, donde podía verle mejor.

Pero verle no le hizo sentirse más segura. Medía cerca de un metro ochenta,

debía pesar más de ciento veinte kilos y tenía el cuello y los bíceps de un jugador de rugby.

–Espero que sea algo bueno –le advirtió.

Tras él, esperaban los perros, mostrando sus dientes con un gruñido

amenazador.

Jane desvió la mirada de los perros.

–¿Es usted Luther Wilson?

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–Eso no es asunto suyo –entrecerró los ojos–. Pero sí, supongo que ese

soy yo. ¿Qué quiere?

Jane dio un paso adelante. Permanecía en medio del jardín. Sabía que si

se negaba a ponerse cerca de su alcance mostraría su debilidad.

–Estoy buscando a su hija.

–Latisha no vive conmigo. Nunca ha vivido conmigo.

Dio media vuelta, pero después de haber llegado tan lejos, Jane no podía

renunciar. No podía marcharse sin la información que necesitaba. ¿Qué clase de

trabajadora social sería si huía? Una cobarde. Desde luego, no sería esa la

manera de ganarse la confianza de Skye y de Sheridan. Ava consideraba que no

era la persona adecuada para l evar a cabo aquel trabajo y al principio se había

negado a contratarla. Si se marchaba en aquel momento, demostraría que Ava

tenía razón.

Habló rápidamente, antes de que Luther pudiera cerrar la puerta.

–Ha desaparecido, señor Wilson. Y también Marcie. Hace tres semanas

que nadie sabe de ellas. La policía está investigando y Gloria está desesperada.

Tras aquel a rápida explicación, Luther se volvió de nuevo hacia el a.

–¿Qué está diciendo? ¿Han secuestrado a Latisha? ¿Han secuestrado a

Latisha y a Marcie?

–Todavía no lo sabemos, pero es posible. También es posible que hayan

huido, o que estén heridas y perdidas –el frío omnipresente de mediados de

febrero le calaba los huesos–. Por supuesto, el asesinato también es otra

posibilidad.

Aunque Luther no dijo nada, sus ojos revelaron una gran cantidad de

información. No sabía que su hija había desaparecido. No estaba seguro de cómo

reaccionar ante aquella información, pero tampoco estaba tan impactado como lo

habría estado cualquier otro padre. Probablemente, viviendo en aquel barrio,

había visto demasiadas cosas como para sorprenderse al oír la palabra

«asesinato».

–¿Por qué iban a querer matarla? –preguntó por fin–. Es una buena niña.

–Eso es lo que estoy intentando averiguar. No ha sabido nada de ella

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durante estas últimas tres semanas, ¿verdad?

–No, pero nunca sé nada de ella. Es muy buena estudiante. Demasiado

buena como para tener un padre como yo –echó los hombros hacia delante–. Pero

a lo mejor esa es la razón por la que yo no he sido un buen padre.

Jane intentó disimular la sorpresa causada por aquella demostración de

sinceridad y arrepentimiento.

–¿Sabe si tenía relación con alguna banda o…?

–Ya se lo he dicho. Es una buena chica. No tiene nada que ver con ninguna

banda –se pasó la mano por la cabeza afeitada–. ¿Qué dice Gloria?

–Que Marcie y Latisha han desaparecido. Eso es todo. La policía no ha

podido localizarlas.

Luther retrocedió y la recorrió de los pies a la cabeza con la mirada.

–Si usted no es policía, ¿qué es exactamente? Gloria no tiene dinero para

pagar a un detective privado.

El Último Reducto era una organización muy conocida en algunos

ambientes. Skye y sus compañeras habían resuelto algunos casos que habían

tenido una gran repercusión pública, lo que la había hecho muy popular. Aun así,

probablemente una gran parte del mil ón de habitantes de Sacramento nunca

había oído hablar de el a o apenas le había prestado atención.

–Trabajo como defensora de las víctimas para una organización benéfica

que lleva siete años trabajando en esta zona. Gloria vino a pedirme ayuda.

Luther se rascó la barbil a.

–Entonces, ¿ha venido hasta aquí porque tiene un gran corazón?

Jane ignoró su escepticismo.

–Me pagan un salario, si es eso lo que me está preguntando.

–Le paguen lo que le paguen, no es suficiente. En este barrio no tiene