Crímenes Célebres por Alejandro Dumas - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

ALEJANDRO DUMAS

Crímenes Célebres

La Marquesa de Brinvilliers

Urbano Grandier

Vaninka

Título Original: Crimes Célebres

Traducción: Marcial Busquets (Vaninka - Urbano Grandier)

M. Angelón y E. de Inza (La Marquesa de Brinvilliers) (Dado que las traducciones aquí presentadas son

contemporáneas de Dumas, hemos actualizado la ortografía y puntuación, así como algunas expresiones demasiado

anticuadas, pero respetando el sabor de la época)

LA MARQUESA DE BRINVILLIERS (1676)

En una hermosa tarde de otoño, a finales del año 1665, se había agolpado un gentío

considerable en la parte del puente nuevo que da a la calle Delfina. El objeto que se hallaba

en el centro de aquella reunión y que llamaba la atención pública era un coche enteramente

cerrado, y cuya portezuela se empeñaba en abrir un celador, mientras que de los cuatro

alguaciles que formaban su comitiva, dos detenían los caballos al mismo tiempo que los

otros dos sujetaban al cochero, quien no había contestado de otro modo a las intimidaciones

que se le habían hecho más que intentando poner los caballos al galope. Hacía rato que

duraba aquella especie de lucha, cuando abriéndose de repente —y con violencia— una de

las portezuelas, salta del coche un oficial joven, con uniforme de capitán de caballería, y

vuelve a cerrar acto seguido la portezuela, pero no con tanta presteza como para que los que

estaban más cerca no hubiesen tenido tiempo de distinguir en el fondo del coche a una mujer

envuelta en un manto y cubierta con un velo, quien, por las precauciones que había tomado

para ocultar su rostro, parecía tener mucho interés en no ser reconocida.

—Caballero —dijo el joven dirigiéndose al celador con tono altivo e imperioso—, como

presumo que, a menos que os equivoquéis, es sólo conmigo con quien tenéis que ver, os

ruego que me enseñéis la orden que sin duda tendréis para detener mi coche; y ahora que ya

no estoy dentro, os requiero que deis orden a vuestras gentes para que le dejen proseguir su

camino.

—Ante todo —respondió el celador, sin intimidarse por aquel tono de importancia y

haciendo seña a los alguaciles de no soltar al cochero ni a los caballos—, tened la bondad de

contestar a mis preguntas.

—Ya escucho —respondió el joven, esforzándose visiblemente por aparentar serenidad.

—¿Sois vos el caballero Gaudin de Saint Croix?—El mismo.

—¿Capitán del regimiento de Tracy?

—Sí, señor.

—Entonces quedáis preso en nombre del rey.

—¿En virtud de qué orden?

-—En virtud de esta orden de arresto.

Pasó el caballero una rápida ojeada sobre aquel papel que le presentaban, y reconociendo la

firma del jefe de seguridad pública, ya no se ocupó sino de la mujer que había quedado

dentro del carruaje. Insistió, pues, en su primera demanda:

—Está bien, caballero —dijo al celador—, pero en esta orden sólo de ni nombre se hace

mención, y os lo repito, no os autoriza para exponer a la curiosidad pública, como lo hacéis,

a la persona que yo acompañaba cuando me habéis detenido. Vuelvo a rogaros, pues, que

2

deis orden a vuestros dependientes para que dejen proseguir libremente su camino al coche,

y luego quedo a vuestra disposición.

Es de suponer que aquella petición pareciera muy justa al dependiente de seguridad pública,

cuando inmediatamente indicó por señas a sus gentes que dejaran partir al cochero y a los

caballos. Y, como si éstos no aguardaran más que la señal para marchar, atravesaron la

muchedumbre, que se apartó para dejar paso, llevándose precipitadamente a la señora por la

cual tanto interés acababa de manifestar el detenido.

Este, como lo había prometido, no opuso la menor resistencia. Siguió a su conductor durante

algunos instantes por entre el gentío —cuya atención llamaba ya él sólo—, y al llegar a una

esquina del malecón del Reloj, a cierta señal del celador, se acercó un coche simón que

estaba allí oculto. Subió Saint Croix en él, con la misma altivez y desdén que había

manifestado durante la escena que acabamos de describir, colocóse a su lado el celador, dos

dependientes subieron a la trasera y los otros dos, en virtud seguramente de una orden que

antes recibieran, se retiraron, diciendo al cochero: —¡A la Bastilla!

Permítannos ahora nuestros lectores que les hagamos entrar en mayor conocimiento del

personaje que primero presentamos en la escena de esta historia.

El caballero Gaudin de Saint Croix, de origen desconocido, era, según decían unos, hijo

bastardo de un gran señor; otros, por el contrario, afirmaban que era hijo de padres pobres y

que, no pudiendo soportar la humildad de su nacimiento, pretería una brillante deshonra,

aparentando lo que no era en realidad. Todo lo que se sabía de positivo era que nació en

Montoban; y en cuanto a su estado social, que era capitán del regimiento de Tracy.

En la época en que empieza esta historia, esto es, finales del año 1665, Saint Croix contaba

de unos veintiocho a treinta años. Era un joven de muy buena figura, de fisonomía atractiva

y llena de expresión, compañero alegre, de broma, y valiente capitán, cuyo placer consistía

en el placer de los demás. Tenía un carácter tan voluble que participaba tanto en un proyecto

piadoso como en una francachela1; fácil en enamorarse, celoso hasta el extremo, aun de

mujer de mala nota con tal que ésta le hubiese caído en gracia; pródigo como un príncipe,

sin que renta alguna sostuviera aquella prodigalidad; en fin, sensible a la injuria, como todos

los que colocados en una posición excepcional se figuran que todo el mundo tiene intención

de ofenderles aludiendo a su origen.

Veamos ahora la serie de circunstancias que habían conducido a Saint Croix hasta el punto

en que lo hemos encontrado al principio.

En el año de 1660, hallándose Saint Croix en el ejército, contrajo relaciones con el marqués

de Brinvilliers, coronel del regimiento de Normandía. Ambos de la misma edad, de una

misma carrera, con prendas y defectos casi comunes, bien pronto un sencillo conocimiento

se trocó en una sincera amistad; de manera que al dejar el ejército el marqués de Brinvilliers,

no sólo presentó a Saint Croix a su esposa, sino que le hospedó en su misma casa.

Una amistad tan indiscretamente contraída no podía menos de producir los resultados de

siempre. La marquesa de Brinvilliers rayaba entonces en los veintiocho años, y hacia nueve,

esto es, en 1651, que se había casado con el marqués, dueño de una renta de treinta mil

1

Reunión de varias personas para regalarse y divertirse comiendo y bebiendo, en general en exceso.

3

libras, y al que le llevó en dote doscientas mil libras, sin contar con lo que debía heredar.

Llamábase María Magdalena, y tenía dos hermanos y una hermana: su padre, el caballero de

Dreux d'Aubray, era lugarteniente civil del Chatelet de París.

Hallábase entonces la marquesa en el apogeo de su hermosura: aunque de estatura algo baja,

era muy bien proporcionada; en su fisonomía se veían reunidas todas las gracias, y sus

facciones eran tanto más regulares cuanto que ninguna sensación interior era capaz de

alterarlas: hubierase dicho que eran las de una estatua que por un poder mágico recibieran

momentáneamente la vida. Pero, lo que aparentemente se consideraría la imagen de la

tranquilidad de un alma pura, no era más que una máscara con que encubría sus

remordimientos.

Saint Croix y la marquesa simpatizaron desde el instante en que se vieron y poco tardaron en

ser amantes, en cuanto al marqués, ya sea porque estuviese dotado de aquella filosofía

conyugal que constituía el buen gusto de aquella época, o porque los placeres a que se

entregaba sin reserva no le dejasen el tiempo suficiente para advertir lo que pasaba casi a su

vista, lo cierto es que sus celos no perturbaron en lo más mínimo aquella intimidad,

continuando en el despilfarro que había ya cercenado considerablemente su fortuna. Y el

desarreglo de sus negocios llegó a tal extremo que la marquesa, que ya no le amaba, y que

en el delirio de un amor nuevo deseaba tener más libertad, pidió y alcanzó su divorcio.

Desde luego abandonó la casa conyugal, y no guardando ya ningún miramiento, no reparaba

en presentarse en público y en todas partes con Saint Croix.

Autorizado por otra parte aquel trato con el ejemplo de los más elevados personajes, ninguna

impresión causaba esto en el marqués de Brinvilliers, quien prosiguió arruinándose

alegremente, sin cuidarse de lo que hacía su mujer. No sucedió otro tanto con Monsieur

Dreux d'Aubray, quien conservaba todavía los escrúpulos de la nobleza del foro:

escandalizado por los desórdenes de su hija, y temeroso de que manchasen la reputación de

la familia, obtuvo una orden para arrestar a Saint Croix en cualquier parte donde le

encontrase el portador. Hemos visto ya cómo se verificó el arresto de Saint Croix cuando iba

en el coche de la marquesa de Brinvilliers, a quien sin duda habrán ya reconocido nuestros

lectores en la mujer que con tanto cuidado se ocultaba.

Fácil es suponer, conociendo el carácter de Saint Croix, la violencia que se haría a sí mismo

para no dejarse arrebatar por su cólera cuando se vio arrestado de aquel modo, en medio de

la calle. Y si bien no pronunció ni una sola palabra en todo el tránsito, fácil era suponer que

no tardaría en estallar la terrible borrasca que se agitaba en su interior. Sin embargo,

conservó aquella impasibilidad que había mostrado hasta entonces, no sólo cuando vio abrir

y cerrar las fatales puertas que, semejantes a las del infierno, obligaban muchas veces a los

que engullían a que dejasen toda esperanza en el umbral, sino también al responder a las

preguntas de estilo que le dirigió el gobernador. No se le alteró la voz y firmó con mano

segura el libro de registro que le presentaron. En seguida, después de haber tomado las

órdenes del gobernador, lo llamó un carcelero, el cual, después de dar varios rodeos por

aquellos fríos y húmedos corredores donde la luz penetraba algunas veces, pero donde jamás

lo hacía el aire, abrió la puerta de un aposento, en donde, apenas había entrado Saint Croix,

oyó que se cerraba otra vez detrás de él.

Volvióse Saint Croix al ruido de los cerrojos y vio que le había dejado el carcelero sin más

luz que la de la luna, cuyos rayos, deslizándose por entre las barras de hierro de una reja

4

situada a unos tres metros de altura, iba a dar en un catre, dejando el resto de la estancia en

la más completa oscuridad. El prisionero se detuvo un momento en pie a escuchar, y cuando

oyó que los pasos de su guía se perdían a lo lejos, seguro en fin de estar solo, y habiendo

llegado ya a aquel grado de cólera en que es preciso que el corazón se desahogue o se

rompa, se echó sobre la cama dando rugidos más propios de una fiera que de una criatura

humana, maldiciendo de los hombres que le privaban de la libertad encerrándole en un

calabozo: maldiciendo de Dios que lo permitía, e invocando en su auxilio un poder

sobrenatural, cualquiera que fuese, para que le trajera la venganza y la libertad.

En el mismo instante entró con lentitud en el círculo de amarillenta luz que penetraba por la

ventana un hombre macilento, pálido, de larga cabellera y vestido de negro, como si aquellas

palabras le hubiesen sacado del seno de la tierra, y se acercó al pie de la cama en que Saint

Croix estaba echado. A pesar del valor natural del preso, aquella aparición respondía tan

perfectamente a sus palabras que, en aquella época en que todavía se creía en los misterios

de encantos y de magia, ya no dudó un solo instante de que el enemigo del género humano,

que ronda sin cesar al hombre, le había oído y acudido a su voz. Se incorporó pues, en la

cama, buscando maquinalmente el puño de su espada en el sitio en que la tenía dos horas

antes, erizándosele los cabellos y bañándosele el rostro en sudor frío a cada paso que aquel

ser misterioso y fantástico daba hacia él. Por fin, la visión se detuvo, y el fantasma y el preso

permanecieron por un instante mirándose uno a otro, hasta que el ser misterioso tomó la

palabra con voz sombría.

—Joven —le dijo—, acabas de pedir al infierno el medio de vengarte de los hombres que te

han proscrito y de poder luchar con Dios que te abandona; yo poseo ese medio y vengo a

ofrecértelo. ¿Tienes valor para aceptarlo?

—Pero ante todo —preguntó Saint Croix—, ¿quién eres tú?

—¿Para qué necesitas saber quién soy —replicó el desconocido—, después que vengo a tu

llamamiento y te traigo lo que pides?

—No importa —respondió Saint Croix, creyendo siempre que trataba con un ser

sobrenatural—; siempre es bueno saber con quién se trata cuando se hacen semejantes

pactos.

—Pues bien, supuesto que lo quieres —respondió el extranjero—, soy el italiano Exili.

Saint Croix se estremeció de nuevo, porque pasaba de una visión infernal a una terrible

realidad. En efecto, el nombre que acababa de oír era entonces horriblemente célebre, no

sólo en Francia, sino también en Italia. Exili, después de haber sido desterrado de Roma por

sospechas de numerosos envenenamientos que no se habían podido probar, había pasado a

París, en donde no tardó —como en su país natal— en llamar la atención de la autoridad.

Pero sucedió en París como en Roma, que no pudieron probarse los delitos del discípulo de

Renes y de la Trofana. Con todo, a falta de pruebas, había una convicción moral bastante

fuerte para que sin vacilar se decretase su arresto. Una orden del rey fue expedida contra él,

y Exili había sido arrestado y conducido a la Bastilla. Seis meses hacía que se hallaba en ella

cuando Saint Croix, a su vez, fue conducido allí. Y como a la sazón se hallasen en la Bastilla

muchos presos, el gobernador había dispuesto alojar al nuevo huésped en el cuarto del otro,

reuniendo así a Exili con Saint Croix, bien ajeno de pensar que juntaba dos demonios. Ahora

5

nuestros lectores ya comprenden lo demás. El carcelero había dejado a oscuras en el cuarto a

Saint Croix, y, por consiguiente, no había podido éste distinguir a su compañero de celda; y,

desahogando entonces su cólera con imprecaciones y blasfemias, había revelado a Exili el

odio de que se hallaba poseído. Aprovechó éste la ocasión de hacerse con un discípulo

poderoso y adicto que, al salir, o le hiciese abrir las puertas, o le vengase cuando menos, si

tuviese que quedar perpetuamente encerrado.

Poco tiempo duró la antipatía que Saint Croix sintiera en el primer momento hacia su

compañero de prisión; muy en breve halló aquel hábil maestro un discípulo digno de él.

Saint Croix, con su extraño carácter, compuesto de bien y de mal, conjunto de defectos y de

buenas cualidades, mezcla de vicios y virtudes, había llegado a aquel punto supremo de su

vida en que los unos debían ceder a los otros. Si en aquel instante le hubiese inspirado un

ángel, quizá le habría conducido a Dios; pero tropezó con un demonio, y éste le condujo a

Satanás.

No se crea que Exili era un envenenador vulgar; era un gran profesor en el arte de los

venenos, como lo habían sido los Médicis y los Borgia. El homicidio era para él un arte que

había sometido a reglas fijas y positivas, de suerte que había llegado a un punto tal en que no

era ya el interés lo que le movía, sino un deseo irresistible de hacer experimentos. Dios se ha

reservado la creación para su poder divino, y ha abandonado la destrucción al poder

humano: de ahí que el hombre cree hacerse igual a Dios destruyendo. Tul era el orgullo de

Exili, sombrío y pálido alquimista de la nada, que dejando a los otros el cuidado de buscar el

secreto de la vida, había encontrado el de la muerte.

Saint Croix vaciló por algún tiempo, pero por fin cedió a los sarcasmos de su compañero,

quien, acusando a los franceses de proceder de buena fe hasta en sus crímenes, le hizo ver

cómo casi siempre se envolvían en su propia venganza y sucumbían con su enemigo,

mientras que habrían podido sobrevivirle y gozarse en su exterminio. En vez de aquel

aparato que muchas veces acarrea al asesino una muerte mucho más cruel que la que él

causa, le enseñó la astucia florentina, con su boca risueña y su implacable veneno. Le

nombró aquellos polvos y licores de los cuales unos sordamente consumen con tanta lenta

languidez que el enfermo muere después de una larga dolencia; y otros obran con tal rapidez

y violencia que matan como el rayo, sin dejar tiempo de arrojar un solo ¡ah! a los que hieren.

Saint Croix fue aficionándose poco a poco a este juego terrible que pone las vidas de todos

entre las manos de uno solo. Empezó por tomar parte en los experimentos de Exili; luego ya

era bastante hábil para practicarlos por sí mismo; y cuando al cabo de un año salió de la

Bastilla, el discípulo casi había alcanzado la destreza del maestro.

Saint Croix volvió por fin a entrar en la sociedad que le había desterrado por una temporada,

armado con un funesto secreto, con el cual podía devolverle todo el mal que de ella había

recibido. Al poco tiempo salió también Exili, no se sabe por qué medios, y fue a encontrar a

Saint Croix, quien le alquiló un cuarto en nombre de su mayordomo Martín de Brenille. Este

cuarto estaba situado en la callejuela sin salida de los mercaderes de caballos de la plaza

Maubert, y pertenecía a una tal señora Brunet.

Se ignora si durante la permanencia de Saint Croix en la Bastilla tuvo ocasión la marquesa

de Brinvilliers de verle; pero no cabe duda de que tan pronto como el preso se vio libre, los

dos amantes aparecieron más enamorados que nunca. Sin embargo, la experiencia les había

enseñado lo que tenían que temer, y así resolvieron ensayar la ciencia que Saint Croix había

6

aprendido, y Monsieur d'Aubray fue la primera víctima escogida por su propia hija. De este

modo, al tiempo que se desembarazaba de un rígido censor de sus placeres, restauraba con la

herencia de su padre la fortuna que su marido había casi totalmente disipado.

Pero antes de descargar tamaño golpe, era preciso asegurarse de que sería decisivo, y la

marquesa creyó conveniente ensayar antes los venenos de Saint Croix con otro que no fuese

su padre. Para ello, un día que su camarera Francisca Roussel entraba en su cuarto después

del desayuno, le dio una tajada de jamón y dulce de grosellas para que almorzase. No

recelando nada la muchacha, comió lo que su señora le había dado, y casi al mismo tiempo

se sintió indispuesta «experimentando fuertes dolores en el estómago y sintiéndose como si

le hubiesen pinchado el corazón con alfileres».2 A pesar de esto no murió, y la marquesa vio

que el veneno debía adquirir mayor grado de intensidad: por consiguiente, lo devolvió a

Saint Croix, quien le llevó otro al cabo de algunos días.

La ocasión de emplearlo había llegado. Monsieur d'Aubray, cansado de las fatigas de su

destino, se proponía ir a pasar el tiempo de las vacaciones en su quinta de Offemont. La

marquesa de Brinvilliers se ofreció a acompañarle, y Monsieur d'Aubray, creyendo rotas

enteramente sus relaciones con Saint Croix, acepta con satisfacción.

Casualmente, Offemont se hallaba en un paraje retirado, como convenía para ejecutar

semejante crimen. Situado en medio del bosque de 1'Aign, tres o cuatro leguas distante de

Compiegne, el veneno podría haber hecho progresos bastante rápidos, para que cuando

llegasen los socorros fuesen ya inútiles.

Monsieur d'Aubray partió con su hija y un solo criado. La marquesa nunca había

manifestado hacia su padre el sumo cuidado y las atenciones delicadas que le prodigó

durante este viaje. Por su parte, Monsieur d'Aubray, semejante a Jesús, la quería más

después de este arrepentimiento que si nunca hubiese pecado.

Entonces fue cuando la marquesa se armó con aquella terrible impasibilidad de que ya

hemos hablado, no apartándose ni un instante de su padre, durmiendo en un cuarto contiguo

al suyo, comiendo con él, y abrumándole con su esmero, sus caricias y agasajos, hasta el

punto de no querer que nadie más que ella le sirviese. Era necesario, en medio de sus

infames proyectos, presentar un rostro risueño, franco y abierto, en el que el ojo más

suspicaz no pudiese leer más que ternura y amor o respeto. Con esta máscara presentó una

noche un caldo envenenado a Monsieur d'Aubray. Éste lo cogió de sus manos, y ella vio

cómo se lo acercaba a la boca, siguió al veneno con los ojos hasta su pecho, y ningún gesto

hizo patente en aquel rostro de bronce la terrible ansiedad que debía oprimirle el corazón. Y

luego, cuando Monsieur d'Aubray hubo tomado toda la bebida, recibió sin temblar la taza en

el plato que le presentaba, retirándose a su cuarto para aguardar y escuchar.

El brebaje hizo pronto su efecto: la marquesa oyó que su padre se quejaba, que pasaba de las

quejas a los gemidos, y que, en fin, no pudiendo ya resistir los dolores que experimentaba,

llamaba a su hija a voz en grito. La marquesa entró entonces.

Pero esta vez se veía impresa en su fisonomía la más viva inquietud, de modo que Monsieur

d'Aubray se vio precisado a tranquilizarla sobre su propio estado, y no creyendo él mismo

que esto fuese más que una leve indisposición, no quiso que se incomodase al médico. Por

2

Declaración de Francisca Roussel.

7

fin, le dieron unos vómitos tan terribles, seguidos de tan insoportables dolores de estómago,

que cedió a las instancias de su hija y mandó llamar al médico. Llegó éste a las ocho de la

mañana, pero todo cuanto podía ilustrar las investigaciones de la ciencia había ya

desaparecido. El doctor no vio en la relación de Monsieur d'Aubray más que los síntomas de

una indigestión, le recetó como si lo fuese y se volvió a Compiegne.

En todo aquel día la marquesa no se apartó un momento del enfermo, y por la noche se hizo

armar una cama en el mismo cuarto, y declaró que le velaría ella sola: así pudo observar

todos los progresos del mal, y seguir con la vista la lucha que la muerte y la vida sostenían

en el pecho de su padre.

El doctor volvió al día siguiente. Monsieur d'Aubray estaba peor: los vómitos habían cesado,

pero los dolores de estómago eran más agudos y un insólito ardor le abrasaba las entrañas.

El doctor ordenó por consiguiente un tratamiento que exigía la vuelta del enfermo a París.

Pero se hallaba éste tan débil que quiso hacerse conducir simplemente a Compiegne. La

marquesa insistió de tal modo sobre la necesidad que había de una asistencia más completa e

inteligente de la que podía recibir fuera de su casa, que Monsieur d'Aubray se decidió a

volver a ella.

Hizo el camino echado en su carruaje y con la cabeza apoyada en los hombros de su hija. Ni

por un momento durante el viaje desmintió la marquesa las apariencias, siempre fue la

misma. Finalmente, Monsieur d'Aubray llegó a París. Todo había ido como la marquesa

deseaba: se había trocado el teatro de la escena y el médico que había visto los síntomas no

vería la agonía. Y, al estudiar los progresos del mal, ningún ojo podría descubrir sus causas.

El hilo de la investigación estaba roto por la mitad, y las dos partes se hallaban ahora

demasiado separadas para que ningún acaso pudiese volverlas a anudar.

A pesar de los más solícitos cuidados, Monsieur d'Aubray continuaba empeorando. La

marquesa, fiel a su misión, no le dejó ni un instante: en fin, al cabo de cuatro días de agonía

expiró en los brazos de su hija, bendiciendo a la que le había asesinado.

El dolor de la marquesa estalló entonces con sentimientos tan vivos y con tan profundos

sollozos, que el de sus hermanos pareció frío en comparación con el suyo. Por lo demás,

como nadie sospechaba el crimen, no se procedió a la autopsia, y la tumba se cerró sin que la

menor sospecha recayera sobre ella.

No obstante, la marquesa no había llegado más que a la mitad de su propósito: es verdad que

había conseguido un grado mayor de libertad en sus amores, pero el legado de su padre no le

había sido tan ventajoso como esperaba, pues la mayor parle de los bienes y el empleo

habían recaído en su hermano primogénito, y en su segundo hermano, que era consejero del

parlamento. Así, la posición de la marquesa mejoró sólo medianamente en cuanto a su

fortuna.

8

Por lo que toca a Saint Croix, se daba una vida holgada y alegre, aunque a nadie constase su

fortuna. Tenía un mayordomo llamado Martín, tres lacayos llamados Jorge, Lapierre y

Lachaussee, y además de su carroza y tren, tenía mozos para llevar su silla de mano en sus

excursiones nocturnas. Por lo demás, como era joven y buen mozo, nadie se preocupaba de

inquirir de dónde le venía aquel lujo. Por una costumbre de aquella época, nunca faltaba

nada a los caballeros bien parecidos, y se decía entonces de Saint Croix que había

encontrado la piedra filosofal.

Entre las muchísimas relaciones que tenía, había trabado amistad con varios personajes,

notorios ya por su nobleza, ya por su fortuna. Entre estos últimos se contaba a un tal Reich

de Penautier, recaudador general del clero y tesorero de los estados del Languedoc. Este,

como millonario, era de aquellos hombres que todo lo consiguen, y que con su dinero parece

que dictan leyes a las cosas que sólo las reciben de Dios.

En efecto, Reich de Penautier se había asociado en intereses y negocios con un tal Alibert,

su primer dependiente, quien murió de repente de una apoplejía. Penautier tiene noticia de

esta apoplejía mucho antes que su familia; los papeles que establecen la sociedad

desaparecen sin saber cómo y la esposa e hijo de Alibert quedan arruinados.

El señor de la Magdalena, cuñado de Alibert, concibe algunas sospechas, aunque vagas,

sobre aquella muerte, y quiere cerciorarse de la verdad. Por consiguiente, empieza a hacer

investigaciones; pero al poco muere súbitamente.

Sólo en un punto parecía que la fortuna había abandonado a su favorito. Penautier tenía

grandes deseos de suceder al señor de Mennevillette, recaudador del clero. Este empleo

valía unas sesenta mil libras, y sabiendo que Monsieur de Mennevillette quería desprenderse

de él en favor de su primer dependiente, Pedro Hannyvel, señor de Saint-Laurent, Penautier

había dado todos los pasos necesarios para comprarlo, en menoscabo de este último. Pero el

señor de Saint-Laurent, apoyado perfectamente por las jerarquías del clero, había obtenido

gratis la futura titularidad, cosa que nunca se había hecho. Penautier le había ofrecido

entonces cuarenta mil escudos para que le dejase entrar por mitad en aquel empleo, pero

Saint-Laurent se excusó. Sus relaciones, sin embargo, no se habían interrumpido y

continuaban visitándose. Por lo demás, Penautier pasaba por ser un hombre tan afortunado

que no se dudaba que un día u otro conseguiría por un medio cualquiera aquel empleo que

tanto había deseado.

Los que ninguna fe tenían en los misterios de la alquimia decían que Saint Croix hacía

negocios con Penautier.

Durante este tiempo había concluido el luto de la marquesa, y sus relaciones con Saint Croix

habían vuelto a adquirir su antigua publicidad. Los señores d'Aubray hicieron advertir esto a

la señora de Brinvilliers por una hermana menor que tenía en un convento de las carmelitas,

y la marquesa supo que Monsieur d'Aubray había encargado al morir a sus hermanos que

vigilasen su conducta.

De este modo el primer crimen de la marquesa venía a ser casi inútil, y en vano había

querido desembarazarse de las reconvenciones de su padre y heredar su fortuna, pues esta

fortuna había llegado a ella tan disminuida con la parte que tocara a sus hermanos mayores

que apenas bastó para pagar sus deudas, y las reconvenciones se reproducían en boca de sus

9

hermanos, uno de los cuales podía, por su calidad de lugarteniente civil, separarla de su

amante por segunda vez.

Era preciso solucionar estos casos. Lachaussee dejó el servicio de Saint Croix, y tres meses

después entró, por mediación de la marquesa, al servicio del consejero del parlamento, quien

vivía con su hermano, el lugarteniente civil.

Esta vez no podía emplearse un veneno tan activo como el que había servido para Monsieur

d'Aubray, porque estas muertes tan prontamente repetidas en una misma familia habrían

podido infundir sospechas. Se empezaron de nuevos los experimentos, no ya en animales,

porque las diferencias anatómicas que existen entre las diversas especies pudieran frustrar

los efectos de la ciencia, sino que, como la primera vez, se ensayó en individuos humanos in

anima vili.

La marquesa gozaba la fama de ser una mujer religiosa y bienhechora. Pocas veces acudía a

ella la miseria sin ser socorrida; más todavía: se asociaba a las santas jóvenes que se

dedicaban al servicio de los enfermos, y recorría de vez en cuando los hospitales a donde

enviaba vino y medicamentos. No causó por lo tanto ninguna extrañeza el verla, como de

costumbre, presentarse en el Hotel-Dieu. Esta vez trajo bizcochos y dulces para los

convalecientes, dádivas que como siempre fueron recibidas con agradecimiento. Al cabo de

un mes volvió al hospital y preguntó por algunos enfermos, por cuya salud manifestaba tener

el mayor interés. Desde su visita habían tenido una recaída, y la enfermedad, cambiando de

carácter, había adquirido mayor gravedad. Era una languidez mortal, que les llevaba a la

muerte, deteriorándolos de una manera extraña. Ella interrogó a los médicos, que nada

pudieron decirle: esta enfermedad les era desconocida y dejaba burlados todos los recursos

del arte.

Quince días después volvió allí. Algunos de los enfermos habían muerto, otros estaban vivos

todavía, pero en una agonía desesperada: eran unos esqueletos animados que no tenían otra

existencia que la voz, la vista y el aliento.

Pasados dos meses todos habían muerto, y la medicina había quedado tan a ciegas en la

autopsia del cadáver como lo había estado en el tratamiento del moribundo.

El éxito de estos ensayos inspiraba confianza, así que Lachaussee recibió orden de llevar a

efecto las instrucciones que tenía.

Un día en que el lugarteniente civil había llamado con la campanilla, Lachaussee, quien,

como ya se ha dicho, estaba al servicio del consejero, entró para ver lo que se ofrecía, y le

halló trabajando con su secretario, llamado Cousté. Monsieur d'Aubray quería un vaso de

agua con vino, y un momento después volvió a entrar Lachaussee con el vaso que le habían

pedido.

El lugarteniente civil llevó el vaso a sus labios, mas, al primer sorbo, lo rechazó

exclamando:

—¿Qué me has dado, miserable? Creo que quieres envenenarme.

Y luego, alargando el vaso a su secretario, le dijo:

10

—Mirad esto, Cousté, ¿qué hay aquí dentro?.

El secretario tomó algunas golas de licor con una cuchara de café, y acercándosela a su boca

y nariz, observó que tenía el olor y amargor del vitriolo. Entonces Lachaussee se dirigió al

secretario, diciendo que ya se figuraba qué había ocurrido: que un ayuda de cámara del

consejero había tomado medicina aquella mañana, y que distraídamente sin duda habría

empleado el vaso de que se sirviera su compañero. Y, tomando el vaso de las manos del

secretario, lo acercó a sus labios y, fingiendo probarlo a su vez, dijo: «En efecto, no es otra

cosa, harto lo reconozco», y arrojó el licor a la chimenea.

Como la cantidad de brebaje que el lugarteniente había sorbido no era suficiente para que

pudiera causarle la menor indisposición, no tardó en olvidar este suceso, y se borró

enteramente la sospecha que por instinto había asomado en su imaginación. En cuanto a

Saint Croix y la marquesa, vieron que el golpe había fallado, y con riesgo de envolver en su

venganza a muchas personas, resolvieron emplear otro medio.

Tres meses transcurrieron sin que se presentase ninguna otra ocasión favorable, pero al fin,

en los primeros días del mes de abril de 1670, el lugarteniente civil se llevó a su hermano el

consejero a su posesión de Villequoij, en Beauce, para pasar las fiestas de Pascua, y

Lachaussee siguió a su amo después de haber recibido nuevas instrucciones en el momento

de su partida.

Al día siguiente de haberse instalado en el campo, se sirvió en la comida una empanada de

pichones: siete personas que comieron de ella se sintieron indispuestas después de comer, y

otras tres que no la habían probado no experimentaron ninguna desazón.

Los que más habían sufrido por la acción de la sustancia venenosa fueron el lugarteniente

civil, el consejero y el capitán de la ronda. El lugarteniente civil, sea que hubiese comido

mayor cantidad, sea que el ensayo que ya había hecho del veneno le hubiese predispuesto a

recibir su impresión, fue el primero que se vio atacado por terribles vómitos. Dos horas

después, sintió el consejero los mismos síntomas, y el caballero de la ronda y las demás

personas padecieron durante algunos días unos dolores de estómago espantosos. Pero su

estado no presentó por de pronto el mismo carácter de gravedad que el de ambos hermanos.

Esta vez los socorros de la medicina fueron, como siempre, impotentes. El día 12 de abril, es

decir, cinco días después del envenenamiento, el lugarteniente y el consejero volvieron a

París tan mudados que se hubiera dicho que acababan de salir de una larga y cruel

enfermedad. La señora de Brinvilliers se hallaba entonces en el campo, y allí permaneció

todo el tiempo que duró la indisposición de sus hermanos. Los médicos, desde la primera

consulta que hicieron al lugarteniente civil, no dieron ya ninguna esperanza. Los síntomas

eran los mismos que los de la enfermedad que había hecho sucumbir a Monsieur d'Aubray

padre. Se creyó que esta enfermedad desconocida era hereditaria, y el enfermo quedó

desahuciado.

11

En efecto, su estado iba siempre de mal en peor: sentía una insuperable aversión a toda

especie de comida, y sus vómitos eran continuos. En los tres últimos días de su vida se

quejaba de que en el pecho sentía como un horno ardiendo; y, en efecto, parecía que la llama

interior que le devoraba le salía por los ojos, única parte de su cuerpo que todavía daba

señales de vida cuando lo restante era ya cadáver. En fin, el 17 de junio de 1670, expiró

después de setenta y dos días desde que tomase el veneno.

Las sospechas empezaron ya a despuntar: el lugarteniente fue abierto y se hizo un proceso

verbal de la autopsia. Monsieur Bachot, médico de cabecera de ambos hermanos, ejecutó la

operación en presencia de los señores Dupré y Durant, cirujanos, y de Gavart, boticario,

quienes encontraron el estómago y el duodeno negros y casi hechos pedazos, y el hígado

gangrenado y quemado. Reconocieron que estos síntomas manifestaban la acción de un

veneno. Pero, como la presencia de ciertos humores da lugar algunas veces a los mismos

fenómenos, no se atrevieron a aseverar que la muerte del lugarteniente no fuese natural, y le

enterraron sin que se hiciese ninguna investigación ulterior.

El señor Bachot había reclamado que se hiciese la autopsia del cadáver, con tanto más

motivo cuanto que era el médico del hermano consejero, quien, al parecer, era víctima de la

misma enfermedad, y el doctor esperaba sacar armas de la misma muerte para defender la

vida. Estaba el consejero con una ardiente calentura, y sufría agitaciones de espíritu y de

cuerpo, cuya virulencia era extremada y continua: no encontraba ninguna posición en la que

pudiese permanecer cinco minutos. La cama era para él un suplicio; y, sin embargo, en el

momento que la abandonaba, volvía a pedirla para cambiar al menos de dolores. En fin, al

cabo de tres meses expiró. Tenía el estómago, el duodeno y el hígado en el mismo estado de

descomposición que habían presentado los de su hermano, y además el cuerpo estaba

quemado exteriormente, «lo cual era —dijeron los médicos— una señal inequívoca del

veneno; aunque —añadieron— una cacoquimia podía producir los mismos efectos». En

cuanto a Lachaussee, tan lejos estuvo de que nadie sospechase de él que el consejero,

agradecido por el esmero con que le había cuidado en su última enfermedad, le dejó en su

testamento un legado de cien escudos. Por otro lado, Saint Croix y la marquesa le dieron mil

francos.

Tanta destrucción en una misma casa no sólo afligía el corazón, sino que sobresaltaba el

espíritu. Porque, como la muerte borra indistintamente los seres del libro de la vida, era muy

de extrañar su perseverancia en destruir a los miembros de una misma familia. Con todo, las

miradas se perdieron, las investigaciones se extraviaron y nadie dio con los verdaderos

delincuentes. La marquesa se vistió de luto por sus hermanos, Saint Croix continuó

derrochando y todo fue como de costumbre.

Mientras esto pasaba, Saint Croix había trabado conocimiento y entrado en relaciones con el

señor de Saint-Laurent, aquél cuyo empleo había solicitado Penautier sin poderlo obtener.

Aunque en este intervalo Penautier había heredado al señor Lesecg, su suegro, que había

muerto cuando menos se esperaba, dejándole el segundo empleo de la bolsa del Languedoc

y unos bienes inmensos, no había por esto cesado de aspirar a la plaza de recaudador del

clero. La casualidad le favoreció también en esta circunstancia: el señor de Saint-Laurent,

después de algunos días de haber tomado a su servicio un nuevo criado que le mandó Saint

Croix, llamado Jorge, se puso malo, y su enfermedad presentó muy pronto el mismo carácter

de gravedad que se había notado en la de los señores d'Aubray padre e hijos: con la

diferencia de que fue más aguda, porque no duró más que veinticuatro horas. El señor de

12

Saint-Laurent murió como ellos, sufriendo los más crueles dolores. Aquel mismo día fue a

verle un oficial de la corte, a quien refirieron todas las circunstancias de la muerte de su

amigo, y, oída la relación de los síntomas y de los accidentes, dijo en presencia de los

criados al notario Sainfray que era preciso abrir el cadáver. Una hora después había

desaparecido Jorge, sin decir nada a nadie ni pedir su salario. Las sospechas se agravaron,

pero tampoco esta vez pudieron comprobarse. La autopsia presentó unos fenómenos

generales y que no eran precisamente peculiares al veneno: sólo los intestinos, a los cuales la

mortal bebida no había tenido tiempo de quemar, como había sucedido con los señores

d'Aubray, estaban salpicados de puntos rojizos, semejantes a picaduras de pulga.

En junio de 1669 consiguió Penautier el empleo del señor de Saint-Laurent.

La viuda, empero, había concebido algunas sospechas que se convirtieron casi en convicción

con la huida de Jorge. Cierta casualidad vino a aumentar su perplejidad. Un abate, que había

sido amigo del difunto y que estaba enterado de la desaparición de Jorge, encontró a éste

algunos días después en la calle de los Masones, cerca de la Sorbona. Iban ambos por una

misma acera, y un carro de heno que pasaba por la calle les impide de improviso el paso.

Jorge levanta la cabeza, divisa al abate, le reconoce como a un amigo de su antiguo amo, se

desliza por debajo del carro, pasa al otro lado y, con riesgo de ser aplastado, se salva de la

vista de un hombre cuyo solo aspecto le recuerda su crimen y le hace temer el castigo.

La señora de Saint-Laurent puso una demanda contra Jorge, pero por más diligencias que se

practicaron no pudo darse con tal individuo.

El rumor de tantas muertes extrañas y repentinas se difundía entretanto por París, que

empezaba ya a alarmarse. Saint Croix, siempre elegante y festivo, oyó estos rumores en los

salones que frecuentaba y se sobresaltó. Es verdad que ninguna sospecha recaía sobre él; sin

embargo, era prudente tomar precauciones: se propuso, pues, elevarse a una posición que le

pusiese fuera del alcance de este temor. En palacio iba a quedar vacante un empleo, y para

obtenerlo debían gastarse cien mil escudos. Saint Croix no tenía, como hemos dicho, ningún

recurso aparente, y, con todo, no tardó en murmurarse que iba a comprar aquel destino.

Para tratar de este negocio con Penautier, se dirigió a Belleguise, quien no dejó de encontrar

alguna dificultad de parte de Penautier. La suma era exorbitante, y Penautier, que para nada

necesitaba ya a Saint Croix, pues había adquirido cuantas herencias ambicionara, trató de

hacerle renunciar a su proyecto.

He aquí lo que entonces escribió Saint Croix a Belleguise: «¿Es posible, querido amigo, que

me vea precisado a dirigiros nuevas amonestaciones para un negocio tan seguro, tan

importante y tan grande como sabéis que es el que traigo entre manos, y que puede darnos a

ambos el sosiego para toda la vida? En cuanto a mí, yo creo que el diablo lo enreda, o que

vos no queréis poneros a la razón. Os pido, pues, amigo mío, que seáis razonable; dad mil

vueltas a mi proposición, tomadla por el peor sesgo y siempre encontraréis que, del modo en

que para vuestra seguridad trato de establecer las cosas, me quedáis todavía deudor, ya que

todos nuestros intereses se consolidan en esta coyuntura. En fin, querido amigo, ayudadme,

os lo suplico; y estad seguro de una perfecta gratitud y de que jamás habréis hecho en el

mundo una cosa que tan agradable pueda seros a vos mismo y a mí. Harto lo sabéis, puesto

que os hablo con más franqueza que si fuerais mi propio hermano. Si podéis, pues, venid

13

esta tarde al paraje consabido; o bien aguardaré mañana por la mañana, o iré a buscaros

según sea vuestra respuesta.»

Saint Croix tenía su habitación en la calle de Bernardinos, y el paraje en que debía aguardar

a Belleguise era aquel cuarto que había alquilado en casa de la viuda de Brunet, en la

callejuela sin salida de la plaza Monbert.

En este cuarto y en casa del boticario Glazer era donde Saint Croix hacía sus experimentos.

Pero, por una justa compensación, aquella manipulación de venenos era fatal a los mismos

que los preparaban. El boticario enfermó y murió; unos vómitos terribles atacaron a Martín y

le llevaron a la agonía; y el mismo Saint Croix, que se hallaba indispuesto, sin conocer la

causa, no pudiendo apenas salir por su gran debilidad, se hizo traer un hornillo de casa de

Glazer para continuar sus experimentos, no obstante su enfermedad. Saint Croix lo hizo así

porque estaba buscando un veneno tan sutil, cuya sola emanación pudiese causar la muerte.

Había oído hablar de aquella servilleta envenenada con la cual el joven Delfín, hermano

mayor de Carlos VII, se había enjugado en el juego de la pelota, cuyo solo contacto le había

dado la muerte. Y tradiciones casi vivas todavía, le habrían contado la historia de los

guantes de Juana de Albret. Estos secretos se habían perdido y Saint Croix esperaba

volverlos a encontrar.

En aquella época fue cuando sucedió uno de esos extraños acontecimientos que parecen más

bien un castigo del cielo que un accidente casual. En el momento en que Saint Croix,

inclinado sobre su hornillo, contemplaba cómo aquella fatal preparación llegaba al más alto

grado de intensidad, la mascarilla de vidrio con que se cubría el rostro para resguardarse de

las mortíferas exhalaciones que se desprendían del licor en ebullición, se le suelta de repente

y Saint Croix cae herido como de un rayo.

Su mujer, viendo que había llegado la hora de cenar y que todavía no había salido del

gabinete donde estaba encerrado, llamó a la puerta y nadie respondió. Y, como sabía que su

marido se ocupaba en unos trabajos sombríos y misteriosos, temió que le hubiese sucedido

alguna desgracia. Llamó a los criados, que derribaron la puerta, y se encontró a Saint Croix

tendido al lado del hornillo, y junto a él la mascarilla de vidrio hecha pedazos.

Las circunstancias de esta muerte extraña y repentina no podían ocultarse al público: los

criados habían visto el cadáver y podían hablar3. El comisario Picard fue requerido para que

pusiese los sellos, y la viuda de Saint Croix sólo pudo esconder el hornillo y los restos de la

mascarilla.

Bien pronto se esparció por todo París el rumor de este suceso. Saint Croix era muy

conocido, y la noticia de que iba a comprar un empleo en la corte había extendido aún más

la reputación de su nombre. Lachaussee fue uno de los primeros que tuvieron noticia de la

muerte de su señor, y, habiendo sabido que habían sellado la puerta de su gabinete, se

apresuró a presentar un acto de oposición concebido en estos términos:

3 Existe una segunda versión sobre el fatal desenlace de Saint Croix. El abogado Vaulhier y el procurador Garanger

afirman que el envenenador murió después de una larga enfermedad, contraída por los vapores de los venenos. El

proceso contra la marquesa fue tal y como se narra en el libro, con lo que si Saint Croix hubiese permanecido vivo

durante esos cinco meses seguro que habría destruido las pruebas que comprometieron a sus amigos. De todas formas la

superstición popular vio en esa muerte un castigo divino.

14

«Oposición de Lachaussee, manifestando que hace siete años se hallaba al servicio del

difunto, a quien había entregado, hace dos años, para que se los guardara, cien doblones de

oro y cien escudos de plata, que deben estar en un saquito de tela detrás de la ventana del

gabinete, y en el cual hay un billete que justifica pertenecerle dicha cantidad, con un

traspaso de una suma de trescientas libras del difunto consejero Monsieur d'Aubray, traspaso

que éste había hecho a favor de Laserre, y tres cartas de pago de su maestro de aprendizaje,

de cien libras cada una, cuyas cantidades y papeles reclama.»

Se respondió a Lachaussee que esperase el día en que se quitaran los sellos, y que si todo

estaba como él decía, se le entregaría cuanto fuese suyo.

No fue sólo a Lachaussee a quien causó inquietud la muerte de Saint Croix: la marquesa, a

quien eran familiares los secretos de aquel fatal gabinete, en cuanto supo lo acaecido, corrió

a casa del comisario, y aunque eran las diez de la noche, dijo que tenía que hablarle sobre un

asunto urgente. Pero el primer escribiente, llamado Pedro Frater, le respondió que su amo

estaba en la cama. La marquesa insistió entonces, suplicándole que le despertaran, y

reclamando una arquilla que le importaba muchísimo tener en su poder antes que nadie la

abriese. En vista de esto, el escribiente subió al cuarto del señor Picard, pero luego volvió a

bajar manifestando que lo que la marquesa pedía era imposible en aquel momento, porque el

comisario dormía. Viendo la señora de Brinvilliers que sus instancias eran inútiles, se retiró

diciendo que al día siguiente mandaría un hombre a buscar la arquilla. En efecto, presentóse

el hombre muy de mañana, ofreciendo de parte de la marquesa cincuenta luises al comisario

si accedía a entregarle la arquilla. Éste contestó que la arquilla estaba embargada, que se

abriría cuando se quitaran los sellos, y que si los objetos que reclamaba la marquesa eran

efectivamente suyos, le serían fielmente devueltos.

Aterrada quedó la marquesa con esta respuesta. No había tiempo que perder; desde la calle

Neuve-Sant-Paul, donde tenía su casa en la ciudad, se fue corriendo a su casa de campo en

Picpus, y aquella misma noche salió en posta para Lieja, donde llegó dos días después, y se

retiró a un convento.

El 31 de julio de 1672 se habían puesto los sellos en casa de Saint Croix, y no se quitaron

hasta el 8 de agosto siguiente. Al ir a empezar el procedimiento, se presentó un procurador

con plenos poderes de la marquesa e hizo insertar en el proceso verbal la declaración

siguiente:

«Se ha presentado Alejandro Delamarre, procurador de la señora de Brinvilliers, quien ha

declarado que si en la arquilla reclamada por su mandataria se encuentra un vale firmado por

ella de la cantidad de treinta mil libras, es un documento que se le arrancó por sorpresa, y

contra el cual, en caso de que su firma sea verdadera, se reserva instaurar una instancia para

hacerlo declarar nulo.»

Cumplida esta formalidad, se procedió a la apertura del gabinete de Saint Croix, cuya llave

fue presentada al comisario Picard por un carmelita llamado fray Victorin. El comisario

abrió la puerta. Las partes interesadas, los oficiales y la viuda, entraron en él, y se empezó

poniendo aparte los papeles corrientes, a fin de repasarlos por orden unos después de otros.

Mientras se estaban ocupando en estos pormenores, cayó un pequeño rollo de papel, en el

que había escritas estas dos palabras: Mi confesión. Todos los que se hallaban presentes, que

no tenían ningún motivo para pensar que Saint Croix fuese un malvado, decidieron entonces

15

que aquel papel no debía leerse. Consultóse al efecto al sustituto del procurador general, y la

confesión de Saint Croix fue quemada.

Cumplido este acto de conciencia, se procedió al inventario. Uno de los primeros objetos

que se presentaron a la vista de los ministros de justicia fue la arquilla reclamada por la

señora de Brinvilliers. Sus instancias habían despertado de tal suerte la curiosidad que se

empezó por ella. Todos se agolparon para saber lo que contenía, y se procedió a la apertura.

Dejaremos ahora que hable el proceso verbal: nada es más poderoso y terrible en semejantes

casos que el propio documento oficial.

«En el gabinete de Saint Croix se ha encontrado una pequeña arquilla de treinta centímetros

cuadrados, al abrir la cual se ha presentado medio pliego de papel titulado Mi testamento,

que estaba escrito por una sola cara y contenía estas palabras:

»"Suplico encarecidamente a aquellos o aquellas en cuyas manos caiga esta arquilla que me

hagan el favor de entregarla en mano a la señora marquesa de Brinvilliers, que habita en la

calle Neuve-Saint-Paul, en atención a que todo cuanto contiene incumbe y pertenece a ella

sola, y que por otra parte no hay nada que pueda ser útil a nadie más, excepto a dicha señora;

y, caso de que ella muriese antes que yo, suplico se queme con todo cuanto contiene sin

abrirla ni tocar cosa alguna. Y, a fin de que nadie pueda alegar ignorancia, juro por el Dios

que adoro y por todo lo que hay de más sagrado que cuanto aquí digo es la pura verdad. Si a

pesar de esto hay quien contravenga a mis justas y razonables intenciones, lo cargo en este

mundo y en el otro sobre su conciencia para descargo de la mía, protestando que ésta es mi

última voluntad.

»"Hecho en París hoy 25 de mayo de 1672. Firmado: de Saint Croix." »Y más abajo hay

escritas estas palabras:

»"Un solo paquete va dirigido a Monsieur Penautier, a quien deberá entregarse."»

Ya se deja ver que semejante preludio no haría más que aumentar el interés de aquella

escena: un murmullo de curiosidad se dejó oír. Pero, restablecido ya el silencio, continuó el

inventario de este modo:

«Se ha encontrado un paquete cerrado con ocho sellos grandes de diferentes armas, y sobre

el cual estaba escrito: "Papeles que deben quemarse en caso de muerte, y que no tienen

ninguna relación con nadie. Ruego encarecidamente a aquellos en cuyas manos caigan estos

papeles que los quemen sin abrir el paquete, y aun les hago de ello un cargo de conciencia."

En este paquete se han encontrado dos porciones de sublimado.

»ítem, otro paquete cerrado con seis sellos de diferentes armas, que tenía una inscripción

semejante, y en el cual se ha encontrado más sublimado, hasta el peso de media libra.

»ítem, otro paquete cerrado con seis sellos de varias armas que tenía igual inscripción, y en

el cual se han encontrado tres paquetes que contenían, el uno media onza de sublimado, el

otro dos onzas y un cuarto de vitriolo romano, y el tercero vitriolo calcinado y preparado.

»En la arquilla se ha encontrado un gran frasco cuadrado, de un cuartillo de capacidad, lleno

de agua clara, la cual, habiendo sido examinada por el médico Monsieur Moreau, ha dicho

éste que no podía determinar su calidad hasta que se hiciese el análisis.

16

Ȓtem, otro frasco de un medio sextario de agua clara, en cuyo fondo hay un sedimento

blanquecino. Moreau ha dicho de éste lo mismo que del precedente.

»Un bote de loza, que contenía dos o tres dracmas de opio preparado.

»ítem, un papel doblado que contenía dos dracmas de sublimado corrosivo en polvo.

»Más una cajita, en la cual se ha encontrado una especie de piedra llamada piedra infernal.

»Más un papel que contenía una onza de opio.

»Un pedazo de regula de antimonio del peso de tres onzas.

»Más un paquete de polvos con este sobrescrito: "Para detener el flujo de sangre en las

mujeres." Moreau ha dicho que estos polvos eran la flor y el capullo del membrillo seco.

Ȓtem, se ha encontrado un paquete cerrado con seis sellos, en el cual estaba escrito:

"Papeles para quemar en caso de muerte." En el cual se han encontrado treinta y cuatro

cartas, que se ha dicho eran escritas por la señora de Brinvilliers.

»ítem, otro paquete cerrado con seis sellos, en el que había una inscripción como la

susodicha, y que contenía veintisiete pedazos de papel, en cada uno de los cuales estaba

escrito: "Varios secretos curiosos."

»ítem, otro paquete que contenía también seis sellos, y en el que estaba escrito un sobre

como los antedichos, en el cual se han encontrado setenta y cinco libras dirigidas a

diferentes personas.»

Además de estos objetos, se encontraron en la arquilla dos obligaciones: una de la marquesa

de Brinvilliers y otra de Penautier. La primera de treinta mil francos y la segunda de diez

mil; aquélla correspondía a la época de la muerte de Monsieur d'Aubray, padre, y la segunda

a la del señor de Saint-Laurent. La diferencia de estas cantidades hace ver que Saint Croix

había establecido una tarifa, y que el parricidio era más caro que el asesinato.

Pero Saint Croix, al morir, legaba sus venenos a su querida y a su amigo: no siendo

bastantes los crímenes pasados, quería ser cómplice hasta de los futuros.

Lo primero que hicieron los ministros de justicia fue someter al análisis aquellas diversas

sustancias y hacer con ellas experimentos en diferentes animales. He aquí la relación de Huy

Simón, farmacéutico, que fue el encargado de aquel examen y de aquellas pruebas:

«Este artificioso veneno burla todas las investigaciones, se disfraza de tal suerte que no

puede reconocerse, es tan sutil que engaña el arte, y tan penetrante que frustra la sabiduría

de los médicos. En este veneno los experimentos son falsos, las reglas defectuosas y

ridículos los aforismos.

»Los experimentos más seguros y más comunes se hacen con los animales, o por medio de

los elementos.

»En el agua, el peso del veneno ordinario lo precipita al fondo: aquélla queda superior, y

éste obedece, desciende y va a ocupar la parte inferior.

17

»La prueba del fuego no es menos segura: el fuego evapora, disipa, consume todo lo que es

inocente y puro, sólo deja una materia acre y picante que resiste a su acción.

»Más sensibles son todavía los efectos que el veneno produce en los animales: lleva su

malignidad a todas las partes en donde se distribuye e infecta todo lo que toca; quema y

tuesta todas las entrañas con un fuego extraño y violento.

»He sometido el veneno de Saint Croix a todas las pruebas, y se burla de todos los

experimentos: este veneno sobrenada en el agua, queda superior, y es él quien supedita a

este elemento; escapa a la acción del fuego, tras el cual no deja más que una materia dulce e

inocente; en los animales se esconde con tal arte y destreza que no se le puede descubrir;

todas las partes del animal quedan sanas y vivas: al mismo tiempo que difunde por sus venas

un manantial de muerte, este veneno artificioso deja subsistente la imagen y las señales de

vida.

»Se han practicado toda suerte de ensayos: el primero vertiendo algunas gotas de un licor

que se ha encontrado en uno de los frascos en aceite tártaro y en agua marina, y nada se ha

precipitado en el fondo de las vasijas en que se ha vertido el licor; el segundo, introduciendo

el mismo licor en una vasija con arena, y no se ha encontrado en el fondo de este vaso

ninguna materia árida, ni acre a la lengua, y casi nada de sal fija; el tercero,

administrándoselo a un pavipollo, un pichón, un perro y otros animales, los cuales, habiendo

muerto algún tiempo después, han sido abiertos al día siguiente, y no se ha encontrado más

que un poco de sangre cuajada en el ventrículo del corazón.

»Habiendo hecho otra prueba con unos polvos blancos que se dieron a un gato en una

asadura de carnero, estuvo media hora vomitando, y, habiéndolo encontrado muerto al día

siguiente, lo abrieron sin que se le encontrase ninguna parte alterada por el veneno.

«Habiendo hecho un segundo ensayo de los mismos polvos en un pichón, murió poco

tiempo después, fue abierto y no se encontró nada de particular, excepto un poco de agua

roja en el estómago.»

Estos ensayos, al mismo tiempo que probaron que Saint Croix era un químico profundo,

hicieron creer que no se dedicaba a este arte gratuitamente: aquellas muertes repentinas e

inesperadas se presentaron a la memoria de lodo el mundo, y aquellas obligaciones de la

marquesa y de Penautier parecían ser el precio de la sangre. Y, como la una estaba ausente y

el otro era demasiado rico y poderoso para que se atreviesen a arrestarlo sin pruebas, se

acordaron de la oposición de Lachaussee.

Se decía en aquella ocasión que Lachaussee había estado al servicio de Saint Croix hacía

siete años. Por consiguiente, Lachaussee no miraba como una interrupción de este servicio el

tiempo que había pasado en casa de los señores d'Aubray. El saco que contenía los mil

doblones y las tres obligaciones de cien libras fue hallado efectivamente en el lugar

indicado. Por tanto, Lachaussee tenía un perfecto conocimiento de la localización de aquel

gabinete. Si conocía el gabinete, debía conocer la arquilla, y si conocía la arquilla, no podía

ser inocente.

Estos indicios bastaron para que la señora Mangot de Villarceaux, viuda del lugarteniente

Monsieur d'Aubray, hijo, formulara demanda contra él: en cuya virtud se decretó la captura

18

de Lachaussee, que fue arrestado, encontrándole en el acto del arresto un veneno que llevaba

consigo.

La causa se llevó al Chatelet4. Lachaussee negó obstinadamente, y los jueces, creyendo tener

bastantes pruebas contra él, le condenaron al tormento preparatorio5. La señora Mangot de

Villarceaux apeló esta sentencia, que probablemente habría salvado al culpable si hubiese

tenido la fuerza de resistir los tormentos sin confesar nada. Y una sentencia de la Tournelle,

fechada el 4 de marzo de 1673, declaró en virtud de aquella apelación, que «Juan Amelin,

llamado Lachaussee, estaba convicto de haber envenenado al lugarteniente civil y al

consejero; en reparación de lo cual se le condenaba a ser descoyuntado vivo y a expirar en la

rueda, después de haberle aplicado el tormento ordinario y extraordinario, para que diese a

conocer a sus cómplices.»

En el mismo auto se condenaba por contumacia a la marquesa de Brinvilliers a ser

decapitada.

Lachaussee sufrió el tormento de los borceguíes, que consistía en colocar cada pierna del reo

entre dos planchas, aproximando luego ambas piernas por medio de una argolla de hierro, y

en introducir unas cuñas entre las planchas del medio; en el tormento ordinario se ponían

cuatro cuñas, y ocho en el tormento extraordinario.

A la tercera cuña, dijo Lachaussee que estaba dispuesto a declarar: en consecuencia se

suspendió el tormento y se le transportó con un colchón a la capilla. Allí, como estaba muy

débil y apenas podía hablar, pidió media hora de tiempo para repararse: he aquí el extracto

del mismo proceso verbal del tormento y ejecución de la muerte.

«Lachaussee, quitado del tormento y tendido en el colchón, ha hecho pedir al señor relator,

cosa de media hora después de retirarse, que hiciese el favor de volver. Dijo que era

culpable; que Saint Croix le había dicho que recibiera de la marquesa de Brinvilliers los

tósigos6 para envenenar a sus hermanos; que él los envenenó con agua y con caldo, poniendo

agua rojiza en el vaso del lugarteniente, en París, y agua clara en la empanada de Villegnoy;

que Saint Croix le había prometido cien doblones y que le tendría siempre a su lado; que él

iba a darle cuenta del resultado de los venenos; que Saint Croix le había entregado dichas

aguas muy a menudo; que Saint Croix le había dicho que la señora de Brinvilliers nada sabía

de los otros envenenamientos que había hecho, pero que él cree que lo sabía, porque ella le

hablaba siempre de sus venenos, y quería obligarle a huir dándole dos escudos para que se

fuese; que le había preguntado dónde estaba la arquilla y lo que contenía, que si Saint Croix

hubiese podido colocar alguno de los suyos en casa de la señora d'Aubray, esposa del

lugarteniente civil, también la habría hecho envenenar; finalmente, que Saint Croix odiaba

sobremanera a la señorita d'Aubray.»

Esta declaración, que no dejaba duda alguna, dio lugar al decreto siguiente, que extractamos

de los registros del Parlamento:

4 Se llama así cierto tribunal civil de París. (N. del T.)

5 El tipo de tormento preparatorio consistía en torturar al reo antes del juicio. El tormento confirmatorio solía aplicarse

después del juicio. En el primero el acusado oponía una mayor resistencia con la esperanza de salvar su vida. En el

segundo, ya condenado, confesaba para no sufrir los dolores del tormento.

6

Venenos.

19

«Visto por el tribunal el proceso verbal del tormento y ejecución de muerte del 24 del

presente mes de marzo de 1673, que contiene las declaraciones y confesiones de Juan

Amelin, por otro nombre Lachaussee, el tribunal ordena que los nombrados Belleguise,

Martín, Poitevin, Polivier, el padre Veron y la mujer del peluquero llamado Quesdon, sean