Crímenes de la Guindalera y Archidona por Carlos Maza - muestra HTML

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Los crímenes de

La Guindalera

y Archidona

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2012

       Todos los derechos reservados

 

 

 

Índice

 

Introducción …………………………………………..

5

El caso de La Guindalera …………………………...

7

Testigo de la ejecución …………………………….....

9

Sucedió en La Guindalera …………………………….

15

El crimen ……………………………………………...

21

Atenuantes de Camarasa ……………………………...

27

Nadie tuvo la culpa …………………………………...

33

Intervención del fiscal ………………………………...

39

Los días anteriores ……………………………………

47

La ejecución …………………………………………..

53

El caso de Archidona ………………………………..

61

La explosión …………………………………………..

63

Cajas explosivas ………………………………………

69

Ricardo Peris, sospechoso …………………………….

75

Vidas que se cruzan …………………………………..

83

El paquete de Málaga …………………………………

91

El paquete de Sevilla ………………………………….

99

Ricardo Peris explica …………………………………

105

Las dudas del defensor ……………………………….

115

Recurso de casación …………………………………..

125

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

            En diciembre de 1886 tuvieron lugar dos crímenes en lugares alejados del territorio español. Uno sucedió en La Guindalera, un barrio que empezaba a constituirse como tal en el extrarradio madrileño, recogiendo la inmigración aragonesa que llegaba a la capital.  El otro ocurrió en Archidona, un importante pueblo de Málaga.

            Mientras el primero es un crimen sórdido cuyos protagonistas se movían casi en la marginalidad y la pobreza, el acusado del segundo fue un registrador de la propiedad y su víctima un conocido médico de la localidad andaluza.

            Sin embargo, expresados de forma diferente, cometidos de maneras bien distintas: a puñaladas y con ensañamiento el primero, con pulcritud y una acción a distancia el otro, ambos crímenes tuvieron algo en común. En la base de los dos estaba el amor, la posesión, el despecho y el resentimiento. En suma, se trató en ambos casos de crímenes pasionales.

            Resultan de interés ambas historias, que fueron muy comentadas al unísono en los periódicos nacionales. Su final es muy diferente y permitirá documentar en cierto detalle cómo se llevaba a cabo en aquel final de siglo un ajusticiamiento a garrote. Algo que, desde comienzos del siglo XX, se eludirá en las crónicas periodísticas.

            Por otro lado, el desarrollo judicial de ambos casos, la acumulación de agravantes, las tácticas de la defensa para explicar la actuación de los acusados, las argucias legales que buscaban anular testimonios inculpatorios, la presión popular y mediática en torno a los juicios efectuados, se explican a lo largo de la narración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El crimen de la Guindalera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Testigo de la ejecución

 

            Muchos años después, cuando Pío Baroja era un hombre maduro con una obra consagrada, recordaría aquella mañana del 11 de abril de 1888. Se encontraba en un momento emocionante; ingresaba en la Real Academia de la Lengua y echaba la vista atrás a toda una vida dedicada a la literatura.

            Nacido en 1872, llegado poco tiempo antes de Pamplona, para residir con su familia en Madrid y estudiar en el conocido instituto de San Isidro, aquel muchacho de quince años marchó con varios compañeros hasta los desmontes que se elevaban en torno a la Cárcel Modelo, en la zona de Moncloa.

            El hombre maduro, el escritor conocido, el nuevo académico, autor de tantas obras sobre los barrios bajos, los aventureros y pícaros con que llenó numerosas páginas, recordaba en ese momento cuando presenció allí, sobre una elevación irregular del terreno, junto a varios miles de personas más, la ejecución de Vicente Camarasa, Pedro Cantalejo y Francisca Pozuelo, los autores del crimen de la Guindalera.

            Aunque era habitual solicitar el indulto en los casos de pena capital, apenas nadie se interesó en ese sentido. Fue un asesinato propio de la clase baja madrileña: sórdido, ruin, alevoso, con un ensañamiento que hoy, cuando se conocen los detalles, sigue causando el mismo rechazo y repugnancia de entonces. Fue, sin embargo, un crimen cometido por amor, pero ello no fue suficiente para que nadie se movilizara intentando evitar la muerte de los inculpados.

            La pena capital empezaba a aplicarse de manera algo vergonzante, sobre todo desde que los liberales habían hecho una bandera de su abolición. Sin embargo, no era el partido conservador de Cánovas quien gobernaba España, sino precisamente el liberal de Sagasta, quien había relevado al primero tres años antes de la ejecución y a quien volvería a dar paso dos años después.

            La única petición de indulto provino de los mismos trabajadores de la Cárcel Modelo, los que se veían obligados a organizar la muerte de los tres reos, los que asumieron aquellos días todas las labores que habitualmente hacían los internos, encerrados en sus celdas sin posibilidad de salida más que para comer, sin recibir visitas de familiares ni paquetes. Un espeso y terrible silencio se había apoderado de la cárcel inaugurada no hacía mucho tiempo.

Ningún preso protestó, nadie levantó su voz, la muerte estaba presente para todos en aquellos días en que tres personas purgaban su culpa en la capilla, uno indignado por su situación, otro derrumbado por la inminencia de su ajusticiamiento, y el tercero pensando en sus tres hijos que quedaban huérfanos. Aún serían visitados por el verdugo, Francisco Ruiz, alojado en la habitación junto a la misma capilla donde pasaban sus últimas horas. Éste, en un terrible momento que no se le ahorraba al ejecutor según la tradición, iría uno por uno pidiendo perdón: “No soy yo quien te mata. Es la justicia” diría sin recibir otra respuesta que una muda aquiescencia.

            Sagasta se reunió brevemente con su ministro de Justicia para valorar la posibilidad del indulto. No era impensable, dado que el gobierno era liberal. En ello confiaban los presos, los trabajadores de la Cárcel Modelo. No hubo lugar. El juicio no había contemplado ni un solo atenuante a la terrible acción cometida. En cambio, el fiscal había acumulado, uno tras otro, todos los agravantes posibles. Ni la Iglesia había intercedido por ellos, ningún gremio de comerciantes, funcionarios, artesanos, había movido sus recursos financieros y públicos para solicitar el indulto. La clase baja, de la que procedían todos los implicados, aceptaba el terrible hecho que presidía sus vidas, no pocas rozando el delito, todas envueltas en la miseria: El que la hace, la paga.

            En el siglo XX habrá algunas ejecuciones, todas ellas por garrote vil, como en el caso de los tres reos que aquí trataremos. Sin embargo, las ejecuciones se hurtarían al público de forma unánime en los diarios. Tan sólo la referencia a la fecha y hora en que se llevó a cabo, alguna mención a la serenidad del ajusticiado o, más frecuentemente, al penoso espectáculo ofrecido en el patio de la prisión. La consideración de espectáculo ejemplarizante, que tuvo hasta el siglo XIX, había terminado.

            Pero en 1888 no era así. Ciertamente, la pena capital ya no se aplicaba en el Campo de los Guardias, una explanada que permitía a todo el público asistir y contemplar la ejecución. Para ello bastaba un cadalso que se elevaba sobre el suelo apenas dos metros. Cuando se quiso trasladar a la Cárcel Modelo las autoridades se dieron cuenta de que los altos muros de la prisión, de cuatro metros de altura, dificultaba la visión por parte de los espectadores.

            Por ello, se mandó construir otro cadalso que tuviera la elevación suficiente para que sobrepasara la altura de los muros y pudiera ser visto por la población. La aplicación de la pena capital seguía siendo un espectáculo para la gente que, durante días, desfiló por aquellos desmontes para atisbar lo que sucedía en el interior. Es cierto que se impuso una solemnidad al acto, de manera que se prohibió que algunos vendedores pasearan su mercancía entre los espectadores, como había sido habitual hasta entonces.

            De modo que, a finales del siglo XIX, los periódicos trajeron una descripción detallada de las últimas horas de los presos y de su ajusticiamiento. Podemos escuchar sus palabras de rabia, de angustia, de desesperación. Podemos imaginar cómo llevaron a rastras a Francisca hasta el cadalso, el abrazo que dio a Vicente minutos antes mientras lloraba y le pedía perdón. Sin embargo, poco sabremos de sus antecedentes, de la vida que habían llevado en aquel arrabal madrileño de La Guindalera.

Conocer al criminal no era algo importante para los diarios como lo sería veinte años después. La atención se centraba en el hecho en sí, en el espectáculo del juicio, el colofón de su muerte, descrita con todo detalle. Una pena capital garantizaba lectores, sensación, ventas. No se pretendía ahondar en el hecho, plantear ningún tipo de justicia social, comprensión de ese mundo turbio y miserable que se desarrollaba a poca distancia del centro de la Corte madrileña, el lugar de los negocios, donde crecía un mundo financiero cada vez de mayor importancia, un mundo político que gestionaba y dirigía los destinos del país. También un mundo ilustrado que iba al teatro, que asistía a conciertos, que paseaba por el Prado y empezaba a hacerlo por la Castellana, donde empezaban a proliferar casas y palacios de aquella aristocracia cercana a la reina regente Mª Cristina.

A poca distancia, pero casi incomunicado por transportes públicos, se encontraba La Guindalera, el escenario del crimen cometido sobre el desgraciado Felipe Iglesias, el marido de Francisca.

 

 

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sucedió en La Guindalera

 

            El suceso que aquí narramos tuvo lugar en un barrio que sólo en aquellos años se llamaba como tal, recibiendo el nombre de La Guindalera. Parece que, a mediados del siglo XIX, esta zona del este de Madrid era básicamente un terreno formado por huertas y cruzado diametralmente por el arroyo Abroñigal, que seguía el curso de lo que hoy es la M-30.

            Dice la tradición oral que había una huerta conocida por su plantación de guindos, producto que se vendía para su conservación en aguardiente. La tierra se conocía incluso con el nombre de “Huerto de Don Guindo”. Nada de esto parece documentado, pero es una hipótesis factible para explicar el nombre que recibiera el futuro barrio. En todo caso, estas tierras eran propiedad de los condes de Sevilla y de Villapadierna, sobre todo.

            La situación cambió hacia 1864, cuando estos propietarios empezaron a vender sus huertas al objeto de que se edificase, aunque el ensanche este y futuro barrio de Salamanca, cercano, no abarcaba la tierra vendida de esta forma. Aún así, empezó a construirse de un modo algo desordenado al principio, sin respetar calles ni rasantes en las alturas de las casas.

            En el tiempo en que se sitúa la muerte de Felipe Iglesias, la víctima del crimen de la Guindalera, el barrio ya empezaba a cobrar una entidad sustentada en una masiva inmigración aragonesa. Se da el caso de que por esta zona discurría la carretera de Aragón, de manera que al reclamo del trabajo existente en la Corte, las primeras olas de inmigrantes empezaron a asentarse en terrenos como estos, de escasa demanda. Era el momento en que avispados constructores levantaran casas de poco coste donde alojar a estos recién llegados en régimen de alquiler.

            Las autoridades madrileñas no quisieron responsabilizarse en principio de los servicios que hacían falta para transformar esta zona en habitable. Por ello, la pobreza se arrastró mucho tiempo, lo mismo que la ausencia de agua potable, a pesar de que por allí discurría uno de los canalillos de Lozoya que surtía a Madrid. Calles polvorientas en verano, desmontes infestados de ratas, basuras que se acumulaban, riadas sufridas durante el invierno, hicieron que esta zona presentase en los últimos años del siglo XIX una mortalidad anual de 24 por mil habitantes, particularmente en el caso infantil. El propio Pío Baroja, que describió estos ambientes, decía en “La Busca”:

 

"El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La Corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro; vida africana, de aduar, en los suburbios".

 

            Todo ello se fue subsanando lentamente en esos años y en los primeros del siglo XX, cuando la Guindalera siguió acogiendo inmigrantes que consiguieron vivir en un entorno más civilizado. Mi propia abuela, natural de un pueblo cercano a Calatayud, fue una de las que llegaron en aquel tiempo para instalarse en la Guindalera. La inmigración aragonesa fue tan mayoritaria que la primera iglesia que se levantó, en 1883, fue construida por suscripción popular bajo la advocación de la Virgen del Pilar.

            En esas condiciones de trabajo duro, donde cualquier accidente laboral o una desgracia conducían de la pobreza a la miseria, vivía un matrimonio. Francisca Pozuelo estaba casada con Felipe Iglesias, según ella manifestó, desde 1881. Teniendo en cuenta su edad en el momento del crimen, 29 años, quiere decir que se casó con 24. Al año siguiente tuvieron el primer hijo y, dos más tarde, el segundo.

            Según descripción de los reporteros, Francisca era “baja de estatura, nada simpática, no se muestra muy apesadumbrada y responde con serenidad”. Nadie adivinaría en aquel tiempo lo que encerraba dentro de sí.

            Pues bien, las economías no eran muy saneadas en el matrimonio, máxime cuando habían llegado dos chiquillos que debían mantenerse con el pobre sueldo de Felipe, revisor de alcantarillas. De ahí que acordasen una de las soluciones más habituales en estos casos: realquilar una de sus habitaciones a otro de esos emigrantes. Éste se llamaba Pedro Cantalejo, de 36 años. Había sido soldado durante seis, pero en el momento del crimen tenía distintos oficios puntuales donde cumplía con sus obligaciones sin rechistar. Era “de estatura regular, figura repulsiva”, aunque los calificativos no hay que tomárselos completamente en serio, por cuanto en el periodismo de aquel tiempo estaban teñidos de juicios morales. A fin de cuentas, cuando se presenta con su pantalón y chaqueta de paño ante la Audiencia, está acusado de un crimen horrendo.

            En las clases bajas a las que pertenecían los implicados las pasiones existen como para cualquier ser humano: hay amor y odio, deseos de venganza y generosidad. Todo ello se puede contemplar en cualquiera de los sucesos que se describen entonces: las reyertas de dos borrachos por un agravio, la venganza consumada al cabo de un tiempo, el afán de propiedad junto al deseo de apoderarse de lo ajeno, la locura por un deseo insatisfecho, la trampa, el engaño, el timo y todo lo que signifique aprovecharse de alguien más débil para, a fin de cuentas, sobrevivir y medrar.

            En las clases medias existen los mismos sentimientos, pero probablemente se sea más consciente de las consecuencias penales y se deseen eludir. De ahí que el asesinato, la estafa, el robo, se disimulen más, se busquen ocultamientos y engaños más refinados. Entre la clase baja, en cambio, se asume que la vida es dura y que, para salir adelante, no basta en muchos casos el trabajo, normalmente en condiciones lamentables. Siempre está presente la tentación del atajo, del robo ante aquello que se desea, el apoderarse de lo ajeno sin importar las consecuencias o, más bien, admitiéndolas sin más.

            Se sabe que hay una policía, un castigo cuando se delinque, incluso una pena de muerte cuando se comete un crimen. Se admiten estas consecuencias como inevitables. Es una parte de la sociedad, la más enriquecida, la que se defiende llevándote a la cárcel o el garrote, pero tú deseas apoderarte de algo, vengar una afrenta, ganar en el envite, y no pararás ante nada para conseguirlo.

            Entre Pedro Cantalejo y Francisca nace una pasión inesperada. A los ojos del periodista ella es antipática, él tiene una figura repulsiva, pero en su ambiente fueron deseables el uno para el otro. La relación llegó a mayores, puesto que ella tendrá una hija en la cárcel cuyo padre, según manifestó, era Cantalejo, no su marido.

            ¿Era éste consciente de la relación tumultuosa que se vivía en su propia casa? Unos datos nos inclinan a decir que sí, otros que no. Parece que Felipe Iglesias no llegó a saber con certeza lo que estaba pasando pero entonces ¿por qué Cantalejo dejó en los últimos meses antes del crimen la casa del matrimonio para realquilar otra habitación frente a ella? Al mismo tiempo, ya se sabe que el marido es el último que se entera de que su mujer sea adúltera, pero lo cierto es que, según se averiguó, todo el barrio estaba al tanto de la relación de Pedro y Francisca. Aunque si fuera así y el marido lo supiera, ¿habría salido tan tranquilo de la casa con Cantalejo y aquel otro amigo de este último que le pedía que les acompañara?

            A través de estos diarios de la época no es demasiado lo que se indaga y, aunque los reporteros se plantearon la pregunta de qué había llegado a saber la víctima, el juez y el fiscal no ahondaron en demasía, ciñéndose a los hechos confesados, que bastaban para condenar a los inculpados.