Crímenes de la Guindalera y Archidona por Carlos Maza - muestra HTML

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El crimen

 

            El 1 de diciembre de 1886 Cantalejo se encontró en una taberna de las Ventas del Espíritu Santo con un amigo suyo. Por entonces esta zona, situada al sur de La Guindalera, formaba parte del nuevo barrio y su nombre daría lugar a otro años después, bien conocido por su plaza de toros.

            Vicente Camarasa era “alto de estatura, tiene bigote crecido”, poco más se dice de él. Antiguo soldado en Cuba, donde quizá conociera a su amigo, pasaba una racha peor que mala. Sin un céntimo, incapaz de encontrar un trabajo decente, estaba pensando en presentarse voluntario, enrolándose de nuevo en las fuerzas que combatían en Cuba. A partir de aquí contaremos los hechos tal como resultaron probados ante el tribunal.

            Cantalejo tenía una propuesta que hacerle. Le contó de las relaciones que mantenía con Francisca, de la posibilidad de que su marido lo supiese, según ella, aunque no había constancia de ese hecho. Lo que sí estaba claro es que las cosas no podían seguir así, viéndose a escondidas, cuando el otro estaba en el trabajo. Todo el mundo sabía lo que estaba pasando y la mujer se impacientaba.

            Lamentablemente, no existe ninguna entrevista con Francisca Pozuelo, ningún reportero avispado entraría en la Cárcel Modelo, como era habitual años después, para reflejar en el periódico la historia y opiniones de los acusados. La historia se puede ver, de todos modos, con la simplicidad que seguramente tuvo.

            Fue ella que la que se mostraba disconforme con la situación. Aunque Cantalejo creía que Felipe no sabía nada, ella insistía en que debía sospechar lo que estaba pasando. Desde el día de Todos los Santos, según confesó el primero, ella le estaba proponiendo que asesinara al marido, a fin de estar juntos para siempre. Él se resistía. Debía estar en cierta forma cómodo con la situación, asesinar era un riesgo que podía llevarles cuanto menos a la cárcel para el resto de sus vidas.

            En suma, no se decidía a emprender esa acción él solo. Pese a sus años de soldado enfrentado probablemente a la acción y la muerte, una cosa era matar en la selva caribeña a unos rebeldes siguiendo la orden de un superior y otra era coser a navajazos a un hombre en Madrid. Por ello recordó a Camarasa, del que sabía que andaba muy necesitado de dinero.

            En un momento determinado, a la reunión de los dos amigos se sumó la propia Francisca. Ante las dudas de Cantalejo ella era más resolutiva: “Si no le matas tú, lo haré yo misma” le dijo. Aquello era más de lo que podía soportar la hombría de su amante frente a su amigo. Dijo que estaba dispuesto a hacerlo junto a Camarasa. Quedaron en pagarle por su acción mercenaria siete pesetas, de las cuales dos irían por delante y el resto, al completar el crimen. Para alguien que no tenía prácticamente nada, ni siquiera para pagar los vinos que estaban tomando, la cosa no tuvo dudas.

            “Pues bien” vino a decir, “las cosas hay que hacerlas cuanto antes”. Le urgía terminar el encargo y hacerse con el dinero, por miserable que éste fuera para pagar una vida humana. Luego, ya se quitaría de en medio alistándose en el ejército para Cuba de manera que, al cabo de un par de años, pudiese volver sin problemas. No era algo inusual. A fin de cuentas, la comandancia militar en aquella isla llevaba muy mal cualquier requerimiento civil para que uno de sus soldados fuera trasladado a la Península al objeto de ser juzgado por algún crimen. Muchos de los soldados tenían un pasado que era mejor no remover.

            De manera que, animados por los vinos tomados, Cantalejo apoyándose en un decidido Camarasa, volvieron los tres a casa de Francisca. Allí se encontraba Felipe Iglesias, que había vuelto del trabajo. Eran las siete de la tarde. Los tres hombres hablaron relajada y amigablemente, según las crónicas, algo difícil de imaginar si hubiera sospechas del engaño que perpetraba Cantalejo con su mujer.

            Camarasa comentó que deseaba visitar el tejar del tío Quico, probablemente para hacer algún negocio con él o presentarse a encontrar trabajo. Sea cualquiera la excusa que le dio, los tres hombres salieron juntos, algo que era habitual terminara en la taberna.

            Aquel tejar estaba fuera del límite habitable de La Guindalera por aquel entonces, en despoblado. En un momento determinado, seguramente sin mediar palabra ni provocación, ya que no hubo signos de lucha, Camarasa sacó una faca que mantenía oculta en su faja y empezó a asestarle puñaladas a Felipe.

 

“Después del juramento de rigor, dice el primero [de los médicos forenses] que el cadáver tenía dos heridas mortales de necesidad en el cuello, una de ellas incisiva, y que debió producir muerte instantánea; otra en el vientre y otra, de mucha extensión, determinada por la mutilación de los órganos sexuales; la cabeza acribillada de heridas angulosas y el cuerpo lleno de heridas contusas.

El señor fiscal.- ¿Fueron hechas las heridas con una misma arma?

- No, señor.

- Luego hubo dos armas.

- Sí, señor.

- ¿Pudo haber una sierra?

- Sí, señor.

El señor acusador privado.- ¿Puede determinar el testigo la posición de los autores?

- El que hizo las heridas inciso-cortantes debía estar de frente, y el que hizo las contundentes a la izquierda y un poco detrás” (La Iberia, 16.5.1887, p. 2).

 

            En un momento determinado se barajó la existencia de hasta cincuenta heridas, en otro el fiscal explicó las “incontables” heridas que presentaba el cadáver. Evidentemente, había dos asesinos, algo que negaría Cantalejo posteriormente. Camarasa explicaría que el asesinado no cayó inmediatamente, luego la herida del cuello, mortal de necesidad, no se la dio en un primer momento. Así, él le apuñalaba el vientre mientras su cómplice le tundía a palos empleando posteriormente un serrucho para infligirle más heridas. Aquello debió ser un frenesí de violencia entre ambos mientras la víctima, sin oponer resistencia tras la primera puñalada, caía derrumbada.

            Los hechos aún continuaron, aumentando si cabe la sordidez del crimen. Nada se mencionó sobre la causa de la mutilación posterior, pero todo hace indicar que Francisca había exigido a Camarasa, para pagarle las cinco pesetas restantes, una prueba fehaciente de la muerte del marido. Ni siquiera la presencia de Cantalejo en la escena le era suficiente para tener la seguridad de su nuevo papel de viuda.

            Ninguno de los dos asesinos confesó quién había realizado la mutilación de los órganos genitales del cadáver. Los forenses manifestaron que un serrucho no podía haber sido y sí más bien un cuchillo o la faca en poder de Camarasa. De modo que lo más probable es que fuera él quien cortara a Felipe sus “partes blandas”, como se describieron en el juicio y, envolviéndolas en un pañuelo, se las diera a Cantalejo para que las llevara.

            Ambos se dirigieron entonces a casa del asesinado donde esperaba Francisca. La entrevista fue breve. Pedro abrazó a su amante, aliviado por haber terminado el macabro encargo, diciéndole: “Eres mía para siempre, si la justicia nos deja en paz”. Entonces le entregó el pañuelo con su contenido. Ninguno asegura que ella lo examinara pero es muy probable, porque le dio a Camarasa las cinco pesetas acordadas y éste marchó con el propósito de no volver a verles.

            Ella tiró el despojo en un cubo junto a su puerta, donde habitualmente dejaba la basura. Al día siguiente iría a enterrarlo a bastante distancia de su casa, intentando ocultar la prueba exigida a los asesinos. Pero aquella noche había que celebrar su recién ganada libertad. La pareja marchó entonces por distintas tabernas bebiendo hasta concluir de vuelta en casa. Apenas les quedaban algo más de veinticuatro horas de libertad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atenuantes de Camarasa

 

            Al día siguiente, mientras Francisca y Cantalejo se recuperaban de una noche de celebración por las tabernas de La Guindalera y la primera, finalmente, llevaba el terrible despojo de su marido a enterrar más lejos, un guarda del canal de Lozoya hacía un macabro descubrimiento. Observó, sobre un pequeño montículo de piedras, unos trapos ensangrentados. Escarbando halló debajo el cadáver de Felipe, golpeado y emasculado, cubierto enteramente de sangre. Consternado, se fue inmediatamente a la guardia civil.

            Ángel Gabino, cabo de este cuerpo, se hizo cargo del caso en un principio. Conocía el barrio y también a los implicados en el crimen, por lo que no tuvo problema en identificar el cadáver. Consultó con el alcalde de barrio, que le habló de lo que era conocimiento común en el mismo: las relaciones ilícitas de la mujer del muerto con Pedro Cantalejo.

            El cabo fue a ver a Francisca. Para entonces, ésta se había precipitado en ir hasta el trabajo de su marido para comunicar que éste no aparecería porque había sido muerto la noche anterior. Cuando le preguntaron cómo había sabido la noticia ella, llorando abundantemente, contestó que se lo había dicho una vecina. Esta imprudencia fue una importante prueba de cargo, además de la confesión de sus dos cómplices, para probar que era conocedora de todo lo que había pasado.

            De manera que, cuando la guardia civil fue a comunicarle el hallazgo del cadáver de su marido, ella lo sabía y lo había divulgado. La impaciencia de atar cabos la condujo a una torpeza considerable y claramente inculpatoria.

            Gabino le preguntó si su marido había salido la noche anterior y con quién. Ella respondió que efectivamente, se había ido con un tal Aguado. Sin embargo, una vecina afirmó poco después que vio a Felipe Iglesias acompañado por un tal Vicente Camarasa. Eso significa que Cantalejo no quiso salir con ellos y debió unirse a la pareja poco después.

            El alcalde de barrio recordaba a Camarasa. Hacía tres años que no se le veía por el barrio, seguramente por haber estado enrolado como soldado en Cuba, pero lo recordaba perfectamente. Una tabernera comentó enseguida que había visto a Camarasa con Cantalejo en su establecimiento la tarde anterior. De hecho, se habían ido sin pagar, por lo que no podía olvidársele ese encuentro del que fue testigo.

            El guardia civil no perdió el tiempo y prendió aquella misma tarde a Pedro Cantalejo y Francisca Pozuelo. Del tercer implicado no se sabía nada, excepto el hecho confesado de inmediato por el primero, de que pensaba alistarse en la calle Encomienda número 21, donde residía una empresa encargada de admitir sustitutos para viajar a Ultramar.

            La policía estuvo rondando el lugar durante tres días hasta que, al cabo de ese tiempo, vieron entrar a Camarasa. Cuando lo prendieron pudieron intervenirle una faca de regular tamaño que traía en la faja que cubría su cintura. La misma, además, mostraba rastros de sangre, dado que el asesino había limpiado la hoja en la propia faja, antes de guardarla de nuevo.

            Llevado a la delegación de distrito, los guardias observaron que el preso llevaba dos pantalones, por lo que le mandaron que se despojara de los más externos. Debajo, tenía su propio pantalón cubierto de sangre seca. Con tales elementos, las pruebas eran abrumadoras en su contra. De hecho, sus cómplices hacía días que habían confesado todo lo sucedido, incluido el hecho de que le habían proporcionado a Vicente unos pantalones para cubrir con ellos el suyo, cubierto de sangre.

            Por entonces, ausentes las pruebas científicas, incluyendo huellas dactilares o análisis del tipo de sangre que aún no se empleaban, las acusaciones se basaban en dos elementos fundamentales: la confesión y las pruebas directas del delito. En este caso, el fiscal habría de disponer de ambos elementos, gracias a la torpeza de los acusados, incapaces de borrar rastro alguno del asesinato. Incluso Francisca, que luego defendería inútilmente su ignorancia de todo lo sucedido, llevó enseguida a la policía hasta el lugar donde había enterrado el despojo de su marido.

             La vista judicial tuvo lugar en la Audiencia madrileña a partir del 16 de mayo de 1887. El tumulto en la entrada fue considerable, hasta el punto de que la policía tuvo serias dificultades para que los acusados entraran en la sala. Gritos, improperios, empujones e intentos de agresión salpicaron su paso por los pasillos de la Audiencia. Era uno de aquellos casos que, por la frialdad con que se había cometido, el ensañamiento mostrado por los asesinos y la mutilación posterior, habían causado esa mezcla de indignación, horror y morbosidad que hacen de un crimen un suceso popular. Al decir de los reporteros, todo el barrio de La Guindalera estaba allí, insultando a los acusados cuando estos trataban de llegar a la sala donde serían juzgados.

            A partir de ahí, con una confesión realizada y pruebas abundantes de su participación, a Vicente Camarasa, el primero en declarar, sólo le quedaba mentir. En ello le seguirían fielmente los dos acusados restantes hasta el extremo de que el asesinato, tal como describían su participación, parecía fruto de la casualidad.

            En efecto, Camarasa declaró ser ciertos los hechos relatados por el fiscal. Se había reunido con Cantalejo en una taberna de las Ventas y ambos con Francisca en la del Fraile. Allí supo que los dos mantenían relaciones y que ella proponía a Cantalejo que matara a su marido. Recordaba la frase aquella de “Si no le matas tú, lo haré yo misma” en estos o parecidos términos. Asistió pues al acuerdo entre Francisca y su amante para matar a Felipe, pero él no había intervenido en el mismo.

            Acompañado por Cantalejo marcharon a casa de Francisca, donde encontraron la puerta abierta. Allí, como se ha comentado, propuso a Felipe que le acompañara a visitar el tejar del tío Quico. Hasta ahí, salvo su inhibición en el acuerdo y su nula referencia a dinero entregado para la comisión del delito, todo estaba conforme con las declaraciones de sus cómplices. Pero, en el momento del asesinato, difiere:

 

“La noche aquella salió el procesado con el Iglesias hacia el tejar, encontrándose con Cantalejo; el procesado se retiró del camino para hacer una necesidad, y cuando volvió se encontró con que el Cantalejo y Felipe luchaban brazo a brazo, y viendo que se venían sobre él, sacó una faca y con ella dio algunos golpes a la víctima. Declara además el procesado que el Cantalejo le obligó a llevar a Francisca un pañuelo que contenía algunas partes del cadáver y una petaca” (El Día, 16.5.1887, p. 1).

 

            Le era imposible sustraerse al hecho de que se habían hallado tales rastros sangrientos en su propia ropa. Así pues, era obligado admitir su participación pero ni había motivado la discusión ni había hecho otra cosa, tal como se explicaba, que actuar en defensa propia.

            Resultaba de todo punto inverosímil. Admitía haber asistido a la concertación de un acuerdo entre los amantes para asesinar al marido. Luego acudía al mismo para llevarlo a un paraje alejado de las últimas viviendas del barrio. Finalmente, encuentra a los dos hombres peleando y se vienen hacia él. ¿Por qué iban a hacerlo si estaban forcejeando entre sí? Posteriormente, asiste a la mutilación del cadáver, lleva el despojo del cadáver a la mujer y todo ello obligado por Cantalejo.

            No había quien creyera una versión semejante de los hechos. El informe de los forenses era abrumador en ese sentido. El cadáver no mostraba signo alguno de lucha, sino que parecía haber sido sorprendido por la primera puñalada sin hacer gesto alguno de defensa. Por otro lado, dos hombres habían actuado en ese momento: uno, Cantalejo, por detrás, golpeándole repetidamente con un palo y atacándole con un serrucho: otro, Camarasa, asestándole una herida en el vientre culminada con otras al cuello hasta que Felipe se derrumbó, ya exánime. No existía improvisación alguna. Había sido una ejecución al unísono de los dos verdugos.

            El abogado defensor tenía un difícil papel. Era imposible argumentar que su defendido no hubiera tenido participación en los hechos. Su explicación no convenció a nadie de que el crimen hubiera sido cometido en las circunstancias que explicó. De modo que presentó ante el tribunal un argumento novedoso: Camarasa había actuado, ciertamente, tal como las confesiones describían, pero no era responsable del crimen. No por retraso mental o cualquier otra alteración que era evidente que no tenía, sino por sugestión psíquico-fisiológica ante Cantalejo.

            Aquello levantó cierta expectativa. Como adujo el fiscal, era la primera vez que tal eximente se planteaba en un tribunal de justicia en España. De todos modos, era inaplicable a este caso, explicó con cierta ironía el fiscal. Que aquel recio soldado de Ultramar, curtido en muchas batallas, cuya relación con Cantalejo no era demasiado estrecha, se hubiera visto “sugestionado” por el otro acusado para cometer un crimen tan horrendo, no se lo podía creer nadie.

            El argumento quedó en el aire como una curiosidad jurídica y nada más. En todo caso, faltaba por escuchar la versión de los otros dos acusados.

Nadie tuvo la culpa

 

            Camarasa tenía el gran problema de que fue visto saliendo de casa de Felipe acompañándolo, que tenía en su ropa rastros evidentes de haber participado en el asesinato, que los forenses habían determinado los golpes mortales inferidos con un objeto punzante como la faca que le fue intervenida. Las evidencias se acumulaban de tal manera que su relato resultaba imposible de creer.

            Contradicciones semejantes se manifestaron también en la declaración de su compinche Pedro Cantalejo. En este hurtar el cuerpo a la responsabilidad del crimen cometido, que les llevaba a culpar al otro, él hizo una aportación en el mismo sentido.

            Tenía a favor que no había sido visto saliendo con la víctima de su casa. Por ello negó su participación en el acto criminal. Admitió ante el juez que mantenía relaciones con Francisca, de la cual, según decía ella, había tenido una hija en la propia cárcel. Siguió culpando a la mujer de instigarle al asesinato desde un mes antes sin que él tuviera intención alguna de cometerlo.

            Se había reunido con su amigo Vicente Camarasa, ciertamente, e incluso le había dado dinero en calidad de préstamo, nunca para cometer el crimen del que se le acusaba. De hecho, sí había comentado con él sobre la relación mantenida con Francisca y cómo ella le inducía al asesinato, pero en ningún caso había encargado al amigo ninguna acción en ese sentido.

            Simplemente, él se encontraba junto a la iglesia por la noche cuando le vino Vicente con un paquete en las manos.

 

“- ¿Pues qué has hecho? le preguntó.

- Nada, ya está hecho. Yo lo que hablo lo hago...

Y el Cantalejo dice que se fue a ver a la Francisca y, dándole aquellos objetos, la dijo:

- Toma el pañuelo y la petaca, que según dice Vicente, tu marido ya está muerto.

- ¿Y dónde?

- Junto al canalillo.

- Luego ¿habían hablado usted y Camarasa sobre el particular?

- No, señor; habíamos hablado de mis relaciones con Francisca” (La Iberia, 16.5.1887, p. 3).

 

            La contradicción era tan burda que el fiscal pidió un careo entre los dos implicados. Cada uno se aferró simplemente a su versión y el procedimiento no llegó a ninguna parte. Entre otras cosas, era imposible que ambas versiones tuvieran lógica. Cantalejo afirmaba que su amigo, al enterarse de la relación que mantenía con Francisca, había decidido por su cuenta cargarse el obstáculo que suponía Felipe en la vida de ambos. Si no habían acordado previamente nada, ¿por qué iba a afirmar que “Yo lo que hablo lo hago”? Y además, ¿qué casualidad podía explicar que en ese momento Cantalejo decidiera hacerle un préstamo? El juez señor De la Peña le hizo observar entonces que, en los interrogatorios iniciales, había manifestado el acuerdo al que llegaron previamente para que Camarasa diera muerte a la víctima. Cantalejo no supo explicar por qué había dicho eso unos meses antes.

            De nuevo, las evidencias forenses sostenían la presencia de ambos junto al asesinado en el momento de darle muerte. Las contradicciones no eran sino patéticas maneras de tratar de eludir la justicia a base de mentiras torpes que no cuadraban con el resto de la propia narración.

            La declaración de Francisca fue aún más penosa, pero al menos resultaba coherente. Manifestó que no sabía absolutamente nada de todo el caso.

 

“A preguntas del señor fiscal contesta que no ha tenido relaciones ni acceso alguno carnal con Cantalejo y, por consiguiente, que no estimuló ni provocó la muerte de su marido, que es un mal querer de Cantalejo.

- ¿Es cierto que en la noche del hecho le entregó Cantalejo una petaca y un pañuelo dentro del cual había una cosa blanda?

- No lo sé; lo tiré a la espuerta de la basura.

- Pues si lo tiró usted a la espuerta, ¿cómo el día de la Concepción llevó usted al Juzgado de Buenavista a buscar el sitio en donde decía haber enterrado aquella cosa blanda?

- Porque había llevado allí la espuerta a verter.

- ¿Y cómo tan lejos?

- Porque venía de regreso a Madrid” (Idem).

 

            Pese a sus negativas, de nuevo la acusada entraba en graves contradicciones. Ya había manifestado en los interrogatorios iniciales que esperaba un hijo de Cantalejo. ¿De repente ya no tenía relaciones con él? ¿Todo era fruto de un mal querer? Si es así, admitió que Cantalejo llegó aquella noche con esa “cosa blanda” en un pañuelo y la petaca de su marido y que lo tiró a la espuerta sin saber qué era. Al mismo tiempo, ese amante que no lo era le dice: “Ya eres mía para siempre, si la justicia nos deja en paz” ¿y ella se queda tan tranquila hasta el día siguiente en que es detenida?

            Nada cuadraba en su versión, como le sucedía a sus compañeros. Su rotunda negativa a estar implicada en el suceso no casaba con admitir otros hechos, como la recepción del despojo de su marido, el enterrarlo tan lejos, escuchar la declaración de Cantalejo y callar hasta ser interrogada.

            No había locura de ningún tipo, era casi imposible encontrar atenuante alguno a la acción cometida por los tres ni testigo que defendiera su postura de algún modo. Los que acudieron al juicio iban colocando piedra sobre piedra un edificio de culpabilidad sobre los tres acusados.

            Una de las más convincentes resultó ser Úrsula Gómez, de 72 años, una tía de Francisca que vivía con ellos. Dijo que, efectivamente, por la noche había llegado ese tal Vicente para invitar a salir a Felipe, no sabía para qué. Sobre las once su sobrina le había preguntado por Felipe sin que ella pudiera dar respuesta. En todo caso, Úrsula se fue a dormir y no supo más porque a las cinco de la mañana se levantaba para ir a lavar la ropa. Preguntada por dónde dejaba la basura su sobrina afirmó que en la puerta de la casa.

            Otros testigos no fueron tan coherentes, por su edad o el grado de emoción que les embargaba. Así, fue llamado a declarar Victoriano Cantalejo, de diez años. Por ello sabemos que el acusado era viudo desde hacía años y que tenía un hijo de esta edad. El niño dice no saber nada ni recordarlo, de manera que el fiscal no insiste y el juez le permite marchar, no sin que medie una emocionante escena entre el padre, que pide abrazar a su hijo, y el propio chico, con el que finalmente se funde en un abrazo lleno de lágrimas.

            Manuela Díaz, esposa de Camarasa, llega también hasta la sala, pero allí se desmaya casi de inmediato y es retirada en volandas. Luego vendrían el alcalde de barrio, que corroboró la historia de los guardias civiles, y los vigilantes que detuvieron a Camarasa, ante los cuales dijo que había terminado con Felipe de catorce puñaladas.

            Todo incidía en lo mismo. Las versiones contradictorias de los acusados se derrumbaban ante sus declaraciones anteriores y las pruebas y testimonios que se acumulaban en su contra. Era el turno para que el fiscal, Sr. Cavareda, resumiera la acusación y tanto él como el acusador privado (representando a los dos hijos menores de Francisca y Felipe) pidieran las penas a que hubiera lugar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Intervención del fiscal

 

            El señor Cavareda, fiscal en esta causa, comenzó haciendo una relación de los hechos probados. Fue delimitando las contradicciones de los acusados hasta dar la versión que, en líneas generales, hemos presentado al principio de esta narración. Su interés se centró en dos puntos: la culpabilidad de Francisca y, por extensión, de sus cómplices en el asesinato y las circunstancias agravantes.

            Hay que tener en cuenta que el acusador privado, el joven abogado señor Conrotte, representaba a los hijos del matrimonio, de cuatro y dos años los primeros y el recién nacido en la cárcel. Por tanto, su mayor interés era el de desligar a Francisca del crimen o, al menos, aducir su no presencia como autora del mismo, a fin de que la pena fuera menor que la de los otros dos.

            Cavareda fijó su discurso precisamente en este punto: ¿era parricidio o simplemente asesinato? En el primer caso la pena era mayor por referirse a un crimen sobre miembro de la propia familia, donde se presuponía una confianza que era así traicionada. En primer lugar, pues, sostenía que Francisca era culpable y, además, que la calificación de parricidio se extendía a los autores materiales del hecho juzgado.

            Comenzó acumulando pruebas en contra de Francisca, básicamente las que hemos referido en el capítulo anterior. Ella era inductora del crimen y lo era con bastante antelación, puesto que Cantalejo reconocía que desde hacía un mes estaba empujándole hacia el asesinato de su marido. Quedaba además esa tremenda frase pronunciada en la taberna del Fraile: “Si no le matas tú, lo mato yo” que, además de apelar a la cobardía física de Cantalejo para inducirle al crimen, mostraba su disposición a perpetrarlo ella misma.

 

“La participación moral de Francisca es evidente, porque ¿qué hacía ésta en su casa esperando que la llevaran con el miembro que faltaba del cuerpo de Felipe la fe de que éste había dejado de existir?

¿A qué obedece que al día siguiente del crimen fuera la procesada a llevar a gran distancia la espuerta de la basura, que todos los días según ha dicho esa anciana que ha declarado hoy, vertía en las inmediaciones de la casa?

¿Qué significa aquello que, según ha declarado Pedro Cantalejo, dijo a su querida, abrazándola, después de cometido el crimen: Ya eres mía si la justicia nos deja en paz?

Pues significa lo mismo que: Ya podemos vivir como matrimonio para siempre unidos; ya no hay obstáculos entre nosotros; ya somos uno” (La Iberia, 17.5.1887, p. 2).

 

            Aclarada la culpa de Francisca, todo su empeño fue el de mostrar que el acto criminal era único e indivisible. Ello acarreaba dos consecuencias nefastas para los acusados: en primer lugar, Francisca era tan culpable del asesinato como sus cómplices y, por otra parte, la calificación de parricidio que se le aplicaba a ella, por ser mujer de la víctima, era extensible a los otros dos, aunque no tuvieran relación familiar con Felipe.

            Para llegar a esa conclusión el fiscal no se recató de apelar al Derecho romano, el Fuero Juzgo y citar incluso el Código de Justiniano: “Si quis parentis aut filiivere conscius criminis existip… parricidio puniatur”. Apelando a precedentes más contemporáneos, citó diversas sentencias de la Audiencia de Zaragoza, que sostenían que no se podía dividir entre la inducción y el asesinato, del mismo modo que tampoco se podía hacer entre el parricidio y el asesinato posterior en este caso. A fin de cuentas, la muerte de Felipe Iglesias era una y para procurarla todas las partes fueron necesarias: la inducción de Francisca y la autoría material de Cantalejo, como coautor y Camarasa, como autor en primer término. Si una de ellas, las otras dos intervenciones no hubieran tenido lugar.

            Aclarado esto, el fiscal empezaba a enumerar la lista interminable de agravantes que hacían de este caso uno modélico desde el punto de vista jurídico:

 

1)         Premeditación, puesto que fue planeado en la tarde del uno de diciembre entre los tres implicados.

2)         Crimen mediante precio, algo que implica tanto al que da como al que recibe. El fiscal no insistió en este punto, quizá el único endeble de su argumentación.

3)         Alevosía, por cuanto los criminales pusieron los medios para asegurar la ejecución de su delito sin apenas peligro para ellos.

4)         Superioridad, en relación con lo anterior, dado que actuaron dos personas contra una (lo que jurídicamente se denominaba en cuadrilla), sin que la víctima dispusiera de arma alguna para defenderse.

5)         Empleo de astucia, como se demostró por el engaño relacionado con el tejar del tío Quico.

6)         Despoblado, ya que, como quedó probado, el hecho había sucedido a 170 metros de las últimas casas habitadas de la Guindalera, donde a la víctima le era imposible obtener socorro.

7)         Nocturnidad, lo que era evidente por la hora en que fue cometido el crimen.

8)         Ensañamiento, que consiste en inferir más heridas de las necesarias para dar muerte a la víctima. En este caso era elocuentemente evidente, dada la mutilación sufrida por la misma tras su muerte.

 

Con todo ello, sin una posibilidad atenuante, sólo se podía concluir en la petición de pena de muerte para los tres encausados.

 

“Este es un crimen de lesa familia, y en él se han pisoteado los principios del derecho natural y del decálogo. Por eso he pedido la pena de muerte y su ejecución en la forma que determinan las leyes” (Idem).

 

            A continuación intervino el joven señor Conrotte como acusación privada. Con la discrepancia debida a sus intereses sobre la calificación de parricidio y la culpabilidad de Francisca, cargó las tintas en los otros dos reos, a los que acusaba de asesinato con todos los agravantes antes referidos.

            Evidentemente, este juicio tenía repercusión en los medios periodísticos y podía reportarle una fama que aquel joven abogado deseaba. Por ello, prestó especial atención a las teorías modernas de la criminalidad, llegando a conclusiones que le granjearían inmediatamente la simpatía del pueblo que le escuchaba y de otras autoridades judiciales, mayoritariamente opuestas a dichas teorías.

 

“Con gran elocuencia … toma a su cargo el orador el examen de las teorías que en sus conclusiones aduce el letrado defensor de Camarasa, para presentar a su defendido como ejemplar de los fenómenos de sugestión psíquico-fisiológica, que son la última expresión de los estudios antropológicos y el desvelo constante de la medicina legal.

En el caso presente el sr. Conrotte encuentra inadmisible la aplicación de la teoría de sugestión y ni aún la de un hipnotismo que podría llamarse atenuado… En su opinión, Camarasa es un criminal nato e incorregible” (Idem).

 

            Su intervención continúa aumentando la erudición que todo abogado que se preciase debía exhibir ante el tribunal. Al contrario que su predecesor, en vez de apelar al pasado, él se fijaba en las teorías más modernas, algunas ciertamente confusas, para finalmente descartarlas con un argumento contundente.

 

“Las variaciones constantes que se están operando en la ciencia penal, aconsejan al sr. Conrotte no encariñarse con modo definitivo con las teorías recientes sobre los motivos generadores de la criminalidad, pero conviene en que hay que creer en la existencia de estados morbosos del espíritu…

La teoría de la fatalidad es demasiado absoluta para que pueda ser considerada como racional; lo más que se puede reconocer es la existencia de una fuerza supra-sensible; pero así y todo, hay una sociedad que tiene que defenderse y que tiene derecho a decir al reo: ‘Ya que viniste al mundo por equivocación, sal de él por nuestra voluntad” (Idem).

 

            La sociedad, pues, tiene derecho a defenderse y, ante la conciencia social herida y maltrecha por lo horroroso de este crimen, sólo cabe pedir la pena capital para los dos asesinos. El abogado se detuvo y, tras una pausa, recordó también él a Cicerón, el elocuente orador romano. Decía éste que era preferible arrojar al mar a los criminales envueltos en un saco que darlos de comida a los leones, porque estos podían contagiarse con la fiereza de esos crímenes. Un fuerte rumor de aprobación corrió por la sala al escuchar estas palabras con que terminó su discurso.

            Levantada la sesión por el presidente del tribunal éste volvió a constituirse una semana después para dictar su fallo:

 

“Ayer se falló la causa de la Guindalera, siendo los procesados Vicente Camarasa, Francisca Pozuelo y Pedro Cantalejo, condenados a la pena de muerte con las accesorias de inhabilitación absoluta perpetua, por si fueran indultados; a que Cantalejo y Camarasa indemnicen a los herederos del interfecto por mitad y solidariamente en su casa con la cantidad de 5.000 pesetas y al pago cada uno de los dichos tres procesados de una tercera parte de las costas comunes del juicio” (La República, 25.5.1887, pp. 2,3).

            El recurso de casación presentado por la defensa tuvo lugar varios meses después, en noviembre, y volvió a repetir idénticos argumentos en torno a la calificación jurídica de parricidio. Fue un último intento de cambiar el destino de Francisca Pozuelo, habida cuenta de que dejaba una nutrida prole, en ese momento en el Hospicio. Varias personas, incluida la camarera de S.A.R. la infanta Isabel (popularmente conocida como “La Chata”), habían mostrado su disposición de costear la educación de esos niños.

            La situación de ellos conmovía, pero la actuación de su madre causaba horror e indignación. El recurso fue rechazado, no sin que los acusados repitieran sus argumentos solicitando clemencia al tribunal. Este se ratificó en la condena a la pena capital. Sólo un indulto real podría evitarlo, pero ello debía venir precedido por su solicitud por personas o instituciones interesadas en conseguirlo. Habida cuenta de que el gobierno liberal de Sagasta era proclive a otorgarlos, no hubiera sido imposible, pero nadie lo hizo hasta los últimos días, cuando ya era demasiado tarde y los agravantes se levantaban como un muro ante la consideración de los políticos implicados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los días anteriores

 

            Durante el siglo XX desaparecerá la noción de espectáculo edificante que las ejecuciones sumarias tuvieron en otro tiempo. Desde 1850 en Madrid se daba el garrote vil en el llamado Campo de los Guardias, una explanada entre las actuales calles de Bravo Murillo y Santa Engracia, en los terrenos que hoy ocupa el Canal de Isabel II.

            El acceso público era libre y para ello bastaba disponer de un cadalso de dos metros de altura sobre el cual se instalaba el garrote. Desde 1832 y por decreto de Fernando VII se instauró la obligatoriedad de que las ejecuciones no se hicieran con la horca, sino con este instrumento sencillo, que cualquier herrero podía construir. Como es conocido, consistía en un brazalete de hierro que rodeaba el cuello del condenado mientras detrás, mediante un tornillo y una rueda adecuada, el verdugo apretaba el brazalete hasta que el cuello chocaba con una bola que, en teoría, rompía la cervical del condenado de forma casi instantánea. La realidad es que eso dependía de la resistencia del reo y de la fuerza que pudiera imprimir al instrumento el verdugo. No pocos casos terminaban en un simple estrangulamiento prolongándose la agonía quince o incluso más minutos.

            Cuando se utilizaba el Campo de los Guardias para tal menester, la cárcel era la del Saladero, inaugurada en 1831 aprovechando un antiguo edificio construido por Ventura Rodríguez en 1768 para la matanza y el saladero de cerdos. Sin embargo, Vicente Camarasa y Pedro Cantalejo fueron llevados a la nueva Cárcel Modelo, situada en la Plaza de la Moncloa. Era un edificio inaugurado en 1884, sólo cuatro años antes, y no había conocido ejecución sumaria alguna.

            Por ello, el director de la cárcel, Millán Astray, mandó traer el antiguo pedestal que había servido hasta ese momento para situar el garrote. Comprobaron entonces que medía tan sólo dos metros de altura cuando las paredes de la prisión llegaban a los cuatro. Como la ejecución debía ser pública, mandó levantar un pedestal de la altura de los muros, cuatro metros, para situar en su cima el instrumento de ejecución.

            El garrote seguiría siendo empleado hasta tiempos no tan lejanos del actual. Las últimas muertes por este medio fueron las de Puig Antich y el vagabundo alemán llamado Heinz Chez en 1974. Al año siguiente los miembros de ETA condenados en el juicio de Burgos serían ejecutados por fusilamiento.

            De todos modos, en el siglo XX los reporteros pasarán cuidadosamente de puntillas sobre las ejecuciones, sin mencionar detalle alguno, simplemente haciendo constar que las condenas se habían cumplido. En general, el hecho se ve como inevitable pero se lamenta, el carácter público desaparece y las ejecuciones tienen lugar en lugares de la cárcel cerrados y sin acceso más que de un público escogido.

            Cuando el 11 de abril de 1888 fueron ejecutados los reos de la Guindalera, el suceso seguía siendo un espectáculo público, pero se había retirado al interior de la cárcel y se rodeó de cierta consideración y respeto hacia los reos. Ello se nota en el simple detalle de que en la construcción del cadalso se emplearon tornillos y no clavos, a fin de que los golpes no alertaran a los reos de la inminencia de su fin.

            Durante los días precedentes, los desmontes alrededor de la cárcel conocieron un enorme trasiego de gentes curiosas, que deseaban atisbar lo que sucedía en el interior de aquellos muros. Los diarios hablaban de hasta diez mil personas que iban y venían. Millán Astray prohibió la aparición y comercio de los vendedores que aprovechaban la multitud para hacer sus negocios. Varios fueron detenidos. Del mismo modo, un regimiento de caballería, otro de cazadores y parejas de la guardia civil, rodeaban el perímetro de la prisión y patrullaban incluso en el interior para evitar todo tipo de desórdenes y una excesiva curiosidad por parte del público que iba y venía de continuo.

            Mientras veinte años después ningún periódico comentará las últimas horas de los condenados, en este tiempo aún se detallaban con gran lujo de detalles esos días de angustia y desesperación que hoy podemos seguir, siquiera someramente, leyendo las páginas de los diarios de entonces. En ese sentido y desde un punto de vista personal, no se narrarán estos detalles por morbosidad alguna, sino para comprender mejor la inhumanidad de estas ejecuciones y el dolor de esas víctimas que, aún responsables de un crimen abyecto, recibían un sufrimiento por parte del Estado que estaba a la misma altura que el producido sobre su víctima.

            Pues bien, Francisca Pozuelo se encontraba en la Cárcel de Mujeres, un edificio situado en la actual calle de Quiñones, una transversal de San Bernardo. Allí convivía con otras reclusas, muchas de las cuales estaban conmovidas por su condena, teniendo en cuenta que Francisca era madre de tres hijos. La menor incluso, una niña, había nacido entre aquellas paredes. La compasión fue lo que llevó también a la condesa de Superunda, camarera de la infanta Isabel, a hacerse cargo del cuidado y escolarización de la pequeña.

            La inminencia de la condena, la simpatía que toda madre despertaba en las restantes presas, madres igualmente la mayoría de ellas y alejadas de sus hijos en ocasiones, fue lo que hizo que la única petición de indulto que se elevó a la reina regente proviniera precisamente de esta prisión.

 

“Señora:

Si siempre la clemencia es hermosa para el que la pide y para quien la otorga, lo es mucho, inmensamente más, en los actuales críticos momentos.

Se trata de tres padres de familia, entre ellos una madre, que dejaría en la orfandad más espantosa a su tierna hija, y la que si desgraciadamente cometió un crimen, fue en gran parte debido al escaso desarrollo de su inteligencia, habiendo dado después de la comisión de aquél, pruebas inequívocas de su arrepentimiento, como he tenido ocasión de observar durante el tiempo que lleva en el establecimiento de mi cargo.

Siendo proverbial los magnánimos, nobles y compasivos sentimientos del corazón de V.M.

Los empleados todos de esta cárcel y las reclusas se postran de rodillas ante V.M. implorando el indulto para los tres desgraciados reos de la Guindalera, con lo cual se evitará la orfandad más espantosa a varias familias y un día de luto y aflicción al heroico pueblo de Madrid.

Señora, a los R.P. de V.M.” (La Iberia, 9.4.1888, p. 1).

 

            Obsérvese que esta petición se cursó apenas tres días antes de la ejecución, cuando ninguna otra institución ni organismo había intercedido por la vida de los condenados. Como decía un periodista, el pueblo de Madrid lamentaba la ejecución, pero creía a los reos merecedores de la misma.

            Algo parecido debió pensar el presidente del Consejo de ministros, el sr. Sagasta, quien junto a su ministro de Justicia estuvo deliberando sobre la petición. Según se manifestó en un escueto comunicado, a la vista de los muchos agravantes contemplados durante el juicio, ante la ausencia de atenuante alguno a la terrible acción cometida, sólo cabía negar la petición. “La ley debe cumplirse” termina de forma lapidaria el comunicado.

            El siguiente paso era que los condenados entrasen en la capilla habilitada al efecto en la Cárcel Modelo. Francisca Pozuelo aún continuaba en la Cárcel de Mujeres dos días antes de su ejecución. Confiaba en que la petición de indulto tuviera un efecto positivo para ella.

            La tarde anterior, el director de la cárcel permitió que pasara unas horas con las presas de pago, a fin de que estuviera más distraída. La pequeña historia conserva el nombre de la que fue amiga suya en prisión y que estuvo a su lado en aquel tiempo, Pepa la Vaquerina. Tan a gusto se encontraba que pidió permanecer allí durante la noche pero no le estuvo permitido para que descansara.

            El traslado a la Cárcel Modelo tuvo lugar a la mañana siguiente. Se le había dicho que era un procedimiento rutinario porque tenían que hacer un careo con sus dos cómplices, por lo que ella iba despreocupada. Sin embargo, cuando iba a salir de la prisión para entrar en el coche celular una de las presas más cercanas a ella, se arrojó en sus brazos llorando y despidiéndose. Fue entonces cuando Francisca comprendió el porqué del traslado. Su entereza se derrumbó. Hubo que trasladarla en volandas hasta el coche que esperaba, donde permaneció todo el rato sollozando amargamente.

            El día 10 de abril entraron en capilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ejecución

 

            Cuando Francisca llegó fue conducida de inmediato a una pequeña habitación de la Cárcel Modelo. En otra al lado habían situado a los otros dos reos: Vicente Camarasa, con grilletes, y Pedro Cantalejo, atado por los codos, ambos no obstante con la posibilidad de pasear.

            La actitud de los dos era diametralmente opuesta. El procedimiento consistía en que el relator de la Audiencia comunicara a cada preso, en presencia de las autoridades de la prisión, la condena a muerte. Frente a ella, Vicente Camarasa pareció quedar desconcertado para luego prorrumpir en un llanto silencioso y continuado. Su actitud fue de completa docilidad, sentándose cuando así se le indicó, para que se le pusieran los grilletes antes de llevarle a la capilla. Allí se mantendría muy abatido pero confesándose, haciendo testamento de sus pobres pertenencias y pidiendo, si fuera posible, despedirse de su hijo pequeño.

            La actitud de Pedro Cantalejo fue muy distinta. El aviso del vigilante de la galería, que le despertó para indicarle la inminencia de la llegada de los que habrían de leer su sentencia, desató en él todo tipo de improperios contra los jueces y todo aquel que se presentara ante su vista. El relator tuvo que leerla a voz en grito porque Cantalejo no dejaba los insultos y gritos mientras era sujetado hasta por cuatro hombres. Se negó a firmar gritando: “¿Qué he querer firmar, hombre? ¡No sea usted tonto ¿Qué falta me hace?” y dirigiéndose a Millán Astray: “¡Bien me ha engañado! ¡Ya estarán contentos!”.

            Indudablemente, Cantalejo había dado por supuesto el perdón judicial ante su acción. Cualquier intento de tranquilizarle resultó vano. Su amargura era completa. Al visitador religioso le espetó: “¿Es éste el consuelo y la esperanza que me daba usted ayer mismo?”. Envuelto en la desesperación ante su inminente final, ya en la capilla recibió la visita del alcalde madrileño, el duque de Frías. La única respuesta que recibió por parte del condenado fue: “¡Procure arreglar mejor la justicia!”. Las invectivas contra los jueces y el gobierno fueron constantes, dentro de un estado de nervios descontrolado a lo largo de todo el día. Ni siquiera quiso vestirse y tuvieron que hacerlo a la fuerza.

            Los tres permanecerían en la capilla hasta la mañana siguiente, cuando iba a tener lugar la ejecución. El lugar era austero.

 

“[La capilla] se compone de tres departamentos, uno para cada reo. Cada capilla tiene un altar alumbrado por doce velas. Detrás de la efigie de Cristo, hay un paño negro con galón dorado, ofreciendo el conjunto severo e imponente aspecto.

Hay en cada capilla tres sillas y una cama para el reo. Los hermanos de la Paz y Caridad, a quienes corresponde por turno, visitan indistintamente las capillas” (La Correspondencia de España, 11.4.1888, p. 2).

 

            Mientras Francisca y Vicente se deshacían en lágrimas, comían frugalmente, se confesaban y hacían testamento, Pedro Cantalejo seguía irascible. Cuando se le ofreció de comer se negó a hacerlo, pidiendo de beber. Al preguntarle qué bebería respondió: “¡Deseo beber una lata de petróleo”. Tanto los hermanos de la Paz y la Caridad como las autoridades de la prisión intentaron tranquilizarle, sin apenas éxito. Tan sólo pareció remitir algo su irritabilidad tras una prolongada charla con el subdirector interino de la cárcel, algo que permitió al director mandarle quitar sus ataduras dejándole libertad de movimientos. El conocido orador sagrado, el sr. Aledo y Sevilla, aprovechó el momento para intentar que confesara pero fue inútil. “¡Que se confiesen las monjas!” decía, “¡Que se confiese el que necesite confesarse!¡Yo lo que necesito es que se me haga justicia!”.

            Mientras tanto, pared con pared, se encontraba el cuarto donde Francisco Ruiz, el verdugo, permanecía desde dos días antes. No era la disposición que se refleja en la famosa película de Berlanga, donde el ejecutor disfruta de una vida casi turística antes de su trabajo, sino que en este caso el verdugo prácticamente convivía con los reos, pudiendo escuchar los gritos de Cantalejo y los sollozos de los otros dos condenados. No era un plato de gusto y, desde luego, no se le ahorraba esa interminable espera hasta el momento final.

            Natural de Purchena (Almería), de 34 años, contaba por entonces con una treintena de ejecuciones en su haber. Había sido antes soldado en la guerra de Cuba, como Camarasa, ascendiendo al grado de sargento antes de licenciarse. Fue entonces cuando se casó y, aunque en ese momento, estaba separado de su mujer, contaba con un hijo de cinco años que estaba escolarizado lejos del padre, para que nadie en su entorno supiera de su oficio.

            Fue él mismo quien al día siguiente, muy temprano, accedió a las capillas donde permanecían los reos. Acompañado por cuatro soldados con la bayoneta calada, se acercó uno a uno para decirles solemnemente: “No soy yo quien os mato, es la ley”.

            Poco después se inició la marcha de los condenados hacia el patíbulo. El primero en salir fue Camarasa. Al sentir su partida, Francisca pidió permiso para darle un abrazo, cosa que le fue concedida. Llorando ambos, le dijo:

- ¡Vicente, es el abrazo de despedida! Perdóname el que yo sea la causa de tu muerte. ¿Me guardas rencor?

- ¡No, Paca! –exclamó el preso, ambos fundidos en el abrazo y el llanto.

            Dando traspiés marchó hacia el patio ascendiendo penosamente los escalones hasta el cadalso acompañado por varios señores que le sostenían. A ambos lados del patíbulo el batallón de cazadores de Arapiles. Detrás de ellos, numerosos periodistas. Todos los presos que pudieron permanecían asomados a sus celdas. Cuando llegó a la parte superior, enfrente estaba el garrote, en el que se sentó. Luego dijo al verdugo:

- ¡Al fin me ponen en tus manos, Paco! Lo único que te ruego es que no me hagas sufrir.

            Eran las ocho y diez de la mañana. Se le puso un paño negro velándole la cara. Mientras un cura rezaba el Credo en voz alta, Vicente Camarasa dejó de existir.

            El siguiente en llegar fue Pedro Cantalejo, con la misma actitud levantisca e irascible, negándose a la confesión hasta el último momento y a rezar como el sacerdote le encarecía. A continuación llegó hasta el patíbulo Francisca Pozuelo, desmadejada y envuelta en lágrimas. Los hermanos de la Paz y la Caridad y el capellán de la Cárcel de Mujeres, que la conocía y la había confesado, tuvieron que subirla en brazos los cuatro metros que conducían hasta el garrote. Sus lágrimas se confundían con el redoble de tambores que acompañó cada ejecución.

            A instancias del capellán, con la cara ya cubierta por el paño negro, la mujer fue recitando el Credo hasta que se hizo el silencio sobre ella y en todo el patio. El verdugo, nada más terminar su tarea, bajó precipitadamente del cadalso para ingresar en la enfermería, asaltado por los vómitos. Mientras tanto, se depositaban los cadáveres en el patio, ya despojados del paño negro, esperando que el mismo ejecutor ordenara el levantamiento de los mismos, como era preceptivo.

            La vida de los protagonistas del crimen de la Guindalera era ya parte de la historia de Madrid.

            El conocido periodista Isidoro Fernández Flórez, conocido bajo el seudónimo de Fernanflor, hizo unos agudos comentarios diez días después en la prensa.

 

“No había en este crimen, por la clase de los reos y por los detalles trágicos pero soeces con que tuvo término, ningún grano de poesía que pudiese excitar nuestra imaginación. La Pozuelo no podía ser heroína de una novela, ni Cantalejo un temperamento o un carácter: estaban fuera del mundo de Schakespeare y hasta del de Zola. Así pues, la opinión del Madrid que tiene opinión no pudo interesarse por criminales de un mundo inferior, que le repugna y no le conmueve: Madrid solo disculpa los crímenes espirituales.

Acaso en ese pueblo bajo, donde se vive una existencia puramente material, donde el cerebro está lleno de la sombra de la ignorancia y donde los sentimientos son los pura y simplemente primitivos, donde dos pesetas representan un capital considerable; se haya comprendido y disculpado ese crimen, y se haya deseado el indulto. Pero ese pueblo no tiene teorías para justificar los crímenes y, difícilmente hubiese podido redactar una petición a favor de los reos. Para el pueblo el castigo no se razona; es una fatalidad: quien asesina debe ir al palo. Es la tradición, es la rutina; hasta es una fiesta que al pueblo se le debe. El pueblo pues, se indigna o llora, pero no discute” (La Ilustración Ibérica, 21.4.1888, p. 2).

 

            No se puede expresar mejor cómo encaraba el pueblo llano, esas oleadas de inmigrantes de la Guindalera, esta causa criminal, como cualquier otra. Había sus leyes propias, ajenas al mundo más civilizado de la Corte, pero todos acataban la máxima de que el que lo hace, lo paga frente a la autoridad policial y judicial. La patética indignación de Cantalejo frente a su ejecución señala más su propia desesperación por salvar su vida que una realidad ante la que se derrumban Francisca y Vicente.

            Fernanflor concluía diciendo:

 

“Yo tengo para mí, como se deduce de lo escrito, que la Pozuelo, Cantalejo y Camarasa, han subido al patíbulo por ser individuos de la clase más ínfima de la sociedad; y Madrid, en el cual se nota cada día el mayor deseo de disculpar piadosamente a los criminales, se hubiese enternecido una vez más si los reos de la Guindalera hubiesen llevado, como lo lleva Peris, ese uniforme de secta que se llama levita” (Idem).

 

            Precisamente, de un crimen de levita en la persona de un tal Ricardo Peris, mencionado en la crónica, trata la siguiente historia.