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CRÍMENES IMAGINARIOS (1965)

Patricia Highsmith

UNO

El terreno que rodeaba la casita de dos pisos de Sydney y Alicia Bartleby era llano, al igual que la mayor parte del condado de

Suffolk. Una carretera asfaltada, de dos carriles, pasaba a unos veinte metros de la casa. A un lado del paseo frontal, construido con losas ligeramente torcidas, cinco olmos jóvenes proporcionaban

cierta intimidad, mientras que al otro lado un seto alto y espeso formaba una pantalla todavía mejor a lo largo de treinta metros. Por esta razón Sydney nunca lo había recortado. El césped del jardín estaba tan descuidado como el seto. La hierba crecía en manojos y en algunos puntos dejaba al descubierto retazos de tierra entre

marrón y verde. Los Bartleby se ocupaban más del jardín situado

detrás de la casa y, además de un pequeño huerto y varios macizos de flores, tenían un estanque ornamental, de alrededor de metro y medio de ancho, construido por el propio Sydney, en cuyo centro

había una columna de piedras unidas por medio de argamasa. Pero

nunca habían logrado conservar vivos en el estanque peces de

colores; incluso las dos ranas que habían metido en él habían

decidido trasladarse a otra parte.

La carretera llevaba a Ipswich y Londres en una dirección y a

Framlingham en otra. Detrás de la casa se extendían los terrenos de su propiedad, sin ningún límite visible, y más allá había un campo que pertenecía a un agricultor cuya casa no se veía desde la de los Bartleby. Estos vivían en Blycom Heath, aunque Blycom Heath

propiamente dicho se encontraba a unos tres kilómetros en

dirección a Framlingham. Vivían en la casa desde hacía año y medio, casi tanto tiempo como el que llevaban casados. La casa, en buena parte, era el regalo de bodas de los padres de Alicia, aunque ésta y Sydney habían pagado mil libras de las tres mil quinientas que

costaba. Era un paraje solitario, en lo que respecta a gente y vecinos, pero Sydney y Alicia tenían sus propias ocupaciones —escribir y

pintar—, se hacían compañía el uno al otro durante todo el día y habían hecho algunos amigos que vivían desparramados por los

alrededores hasta puntos tan lejanos como Lowestoft. Pero tenían que conducir varios kilómetros para llegar a Framlingham aunque

sólo fuese para llevar un par de zapatos a remendar o comprar un frasquito de tinta china. Los dos suponían que si la casa de al lado estaba vacía, era por lo solitario de aquel paraje. A simple vista, la casa de al lado, que era sólida, tenía dos pisos, fachada de piedra y una ventana puntiaguda, parecía hallarse en mejor estado que la

suya, pero les habían dicho que era necesario hacer muchas, obras, ya que llevaba cinco años desocupada, aparte de que sus últimos

habitantes, un matrimonio de edad avanzada, no habían podido

hacer mejoras por falta de medios. La casa se alzaba a doscientos metros de la de los Bartleby; y a Alicia le gustaba asomarse a la ventana de vez en cuando a contemplarla, aunque estuviese vacía.

A veces se sentía geográficamente muy sola, como si ella y Sydney vivieran aislados en el fin del mundo.

A través de Elspeth Cragge, que vivía en Woodbridge y conocía

al señor Spark, un corredor de fincas, Alicia se enteró de que una tal señora Lilybanks acababa de comprar la casa de al lado. Elspeth le había dicho que la señora Lilybanks era una anciana de Londres,

añadiendo que hubiera resultado más divertido que la casa la

ocupara una pareja joven.

—La señora Lilybanks se ha instalado en la casa —dijo alegre

mente Alicia una noche, cuando se encontraban la cocina.

—¿De veras? ¿La has visto?

—Muy fugazmente. Es bastante mayor.

Eso ya lo sabía Sydney. Los dos habían visto a la señora

Lilybanks un mes antes, cuando había visitado la casa en compañía del corredor de fincas. Durante más de un mes varios trabajadores habían merodeado por la casa y el jardín dando martillazos aquí y allá, y ahora la señora Lilybanks ya estaba instalada en ella.

Aparentaba unos setenta años y probablemente escribiría una breve nota de queja si los Bartleby celebraban alguna fiesta ruidosa en el jardín de atrás aprovechando el verano. Sydney preparó

cuidadosamente dos martinis en un jarro de cristal y los sirvió en sendas, copas.

—Hubiese ido a verla, pero había un par de personas con ella y

me dije que tal vez pasarían la noche allí.

—¡Hum! —dijo Sydney.

Estaba preparando la ensalada, como solía hacer para la cena.

Con gesto automático sujetó con una mano el armarito de metal

antes de abrir la puerta pegajosa y sacar la mostaza. Luego, sin darse cuenta, levantó súbitamente la cabeza, se dio un golpe en la frente y soltó una maldición.

—Oh, cariño —dijo distraídamente Alicia, atenta al pastel de

carne y riñones que se cocía en el horno. Llevaba pantalones ceñidos color azul celeste; parecían tejanos, pero tenían una abertura en forma de uve en el extremo inferior de las perneras. Su camisa era de algodón, también azul, regalo de una amiga americana. El pelo, rubio y descuidado, le caía sobre los hombros. Su rostro era delgado, bien formado y bonito; grandes y de un gris azulado los ojos. Sobre el muslo izquierdo aparecía una mancha de pintura azul que seguía allí a pesar de numerosos lavados. Alicia pintaba en una habitación situada en la parte posterior del piso de arriba.

—Pero es probable que mañana le haga una visita —dijo Alicia,

refiriéndose de nuevo a la señora Lilybanks.

El pensamiento de Sydney estaba a muchos kilómetros de allí,

en la tarde que había pasado con Alex en Londres. Le molestó la

tercera intrusión de la señora Lilybanks. ¿Por qué Alicia no le

preguntaba sobre cómo había pasado la tarde, sobre su trabajo,

como hubiera hecho cualquier esposa? A veces se empeñaba en

hablar y hablar de lo mismo, a sabiendas de que él se aburría. De modo que Sydney no se molestó en contestar.

—¿Qué tal Londres? —preguntó finalmente Alicia, cuando ya se

encontraban sentados a la mesa del comedor.

—Oh, igual. Sigue en el mismo sitio —dijo Sydney con una

sonrisa forzada—. También Alex sigue siendo el mismo. Quiero decir que no tiene ideas nuevas.

—Ah. Creía que hoy ibais a preparar otra cosa.

Sydney suspiró, vagamente irritado, pero era el único tema del

que quería hablar.

—Esa era nuestra intención. Yo tenía una idea. Pero no dio

resultado —se encogió de hombros. La tercera serie que él y Alex habían escrito (en realidad la había escrito él, y Alex se había limitado a convertirla en un guión televisivo) había sido rechazada la semana anterior por el tercero y último de los posibles

compradores de Londres. Tres o cuatro semanas de trabajo, por lo menos cuatro sesiones con Alex en Londres, una sinopsis completa y detallada, y el capítulo primero, de una hora de duración, todo ello cuidadosamente empaquetado y enviado a uno, dos, tres posibles

compradores. Y todo para nada, sin contar la sesión de aquel mismo día. Diecisiete chelines para el billete de Ipswich a Londres, más ocho horas y cierta cantidad de energía física, más la frustración que producía ver cómo la cara ancha y sombría de Alex se ensombrecía aún más, y luego el silencio denso, roto finalmente por un «No, no.

Esto no sirve». Era como para arrancarse los cabellos, tirar la

máquina de escribir al arroyo más cercano y luego saltar tras ella.

—¿Cómo está Hittie?

Hittie era la esposa de Alex, una chica rubia y silenciosa,

absorbida totalmente por el cuidado de sus tres hijos de corta edad.

—Como siempre —dijo Sydney.

—¿Hablasteis de tu nueva idea, la del hombre del petrolero?

—preguntó Alicia.

—No, querida. Esa es la que me acaban de rechazar —Sydney se

preguntó cómo Alicia era capaz de olvidarlo, teniendo en cuenta que había leído el primer capítulo y la sinopsis—. Mi nueva idea, no sé si te he hablado de ella, es una historia de tatuajes. El hombre que se hace un tatuaje falso para parecerse a otro hombre al que se da por muerto.

No se sentía con fuerzas para contarle la complicada historia.

El y Alex habían creado un detective llamado Nicky Campbell, un

joven que tenía un empleo corriente y una novia, y siempre se

tropezaba con crímenes y resolvía misterios y capturaba

delincuentes y siempre salía vencedor de las peleas a puñetazos y tiros. Pero nunca les compraban las historias. Alex, no obstante, estaba seguro de que algún día alcanzarían el éxito. A Alex le habían aceptado un guión para la televisión dos años antes y desde

entonces había escrito cinco o seis que no le habían aceptado, pero se trataba de espacios normales, de una hora de duración, y Alex estaba convencido que lo que necesitaban ahora los de la televisión era una buena serie. Por suerte para él, Alex tenía un empleo fijo en una editorial. Sydney no tenía ningún empleo y no había conseguido colocar su última novela, aunque años antes le habían publicado en los Estados Unidos las dos primeras. Sus ingresos fijos consistían en un cien dólares mensuales que recibía cuatro veces al año y eran el fruto de unas acciones que un tío suyo de América le dejara en

herencia. Vivían de ellos y de la renta de cincuenta libras mensuales que cobraba Alicia; con aquel dinero compraban tubos de pintura, lienzos, papel, cintas para la máquina de escribir y papel carbón, herramientas de sus respectivos oficios, aquellos oficios que tan pocos beneficios les proporcionaban. El dinero que Alicia había

ganado hasta la fecha con sus cuadros se reducía a cinco libras, aunque ella no se tomaba la pintura tan en serio, como actividad lucrativa como Sydney se tomaba su profesión de escritor. No

compraban nada que pudiera considerarse como artículo de lujo,

salvo licor y cigarrillos, aunque, dado que ello resultaba tan caro en Inglaterra, el simple hecho de comprarlos parecía un lujo, una

verdadera locura. Fumar cigarrillos era como enrollar billetes de diez chelines y encenderlos, mientras que el licor daba la impresión de ser oro derretido. Llevaban meses sin comprar un disco. El

televisor lo habían alquilado en una tienda de Framlingham. La

mayoría de los ingleses tenían un televisor alquilado, ya que

constantemente aparecían modelos nuevos y el televisor que

comprabas, en seguida quedaba anticuado. Sydney justificaba el

alquiler del televisor diciendo que lo necesitaba para el trabajo que hacía con Alex.

—¿Piensas seguir trabajando con Alex? —preguntó Alicia a

punto de comerse el último bocado.

—¿Qué otra cosa puedo hacer? Detesto desperdiciar días en

Londres como hoy, pero a lo mejor algún día tendremos suerte.

De pronto una sensación de rabia se apoderó de él, sintió odio

hacia Alicia y la casa, y ganas de cambiar de tema; deseó borrar de su mente todas las palabras y pensamientos de aquel día, olvidarse de Alex y de sus malditos guiones. Encendió un cigarrillo, justo en el momento en que Alicia le pasaba la ensalada, y con gesto

maquinal se sirvió un poco. Al día siguiente volvería a trabajar en la sinopsis, intentado incluir o mejorar las endebles ideas que se le habían ocurrido a Alex. Después de todo, se suponía que las

historias las inventaba él, que él era la fuente de las mismas.

—Querido, esta noche toca la basura. No te olvides —dijo Alicia, con tal dulzura que Sydney se habría reído de haber estado de mejor humor o de haber estado presentes otras personas.

Probablemente Alicia quería hacerle reír, o sonreír, pero Sydney se limitó a mover distraídamente la cabeza, con expresión seria, y luego su mente se concentró en la palabra basura, como si se tratase de un problema vital, importantísimo. Los basureros sólo pasaban una vez cada quince días, de manera que la cosa era seria si se

olvidaban de dejar toda la basura al borde del camino. Tenían un solo cubo de basura, de tamaño inadecuado, que se hallaba siempre al borde del camino y en el que únicamente tiraban botellas y latas.

Los papeles los quemaban y los restos de verduras y frutas los

utilizaban como abono compuesto; pero, dado que el zumo de

naranja, los tomates y otras muchas cosas se vendían en latas y

botellas, siempre tenían mucha basura y en el cobertizo del jardín había ya varias cajas de cartón llenas a rebosar cuando llegaban los basureros. Normalmente llovía la víspera de la recogida, por lo que Sydney se veía obligado a arrastrar las cajas de cartón por el terreno embarrado, dejarlas al lado del cubo y esperar que no se deshicieran durante la noche.

—Es una lata que tengas que sentirte avergonzado de tener

basura en la campiña inglesa —dijo Sydney—. ¿Qué hay de anormal

en tener basura? Me gustaría saberlo. ¿Acaso creen que la gente no come?

Alicia se dispuso serenamente a defender a su país.

—No es vergonzoso tener basura. ¿Quién dijo que lo fuera?

—Puede que no lo sea, pero hacen que lo parezca —dijo Sydney

con igual serenidad—. Al ser tan espaciadas las recogidas, hacen que la gente se fije en ello... es como si les restregasen la cara en la basura. Justamente igual que ocurre con el horario de los «pubs»...

Te dan con la puerta en las narices cuando tienes ganas de beber, de modo que luego, a la primera ocasión, bebes todavía más.

Alicia defendió el horario de cierre de los «pubs» alegando que

así se evitaban los excesos, y defendió la infrecuente recogida de la basura diciendo que, de recogerse más a menudo, subirían los

impuestos municipales, y de esta manera la discusión, que no era la primera que tenían, se prolongó otros dos o tres minutos y al final los dos quedaron un tanto irritados, ya que ninguno de ellos

consiguió convencer al otro.

Alicia no estaba tan irritada como Sydney, en realidad fingía

estarlo. Era su país, a ella le gustaba y a menudo tenía ganas de decirle a Sydney que se marchara si no se sentía a gusto allí, pero nunca había llegado a decírselo. Le encantaba tomarle el pelo a su marido, incluso en un tema tan delicado como era su trabajo,

porque a ella la respuesta a su problema le parecía muy fácil: Sydney debía relajarse, ser más natural, más feliz, y escribir lo que le apeteciese; entonces lo que escribiera seria bueno y se vendería. Así se lo había dicho muchas veces y él le daba alguna respuesta

compleja y masculina, defendiendo las virtudes de pensar mucho y dirigir la producción a unos mercados concretos.

—Pero si decidimos vivir en el campo para relajarnos... —le había dicho varias veces.

Pero era como arrojar gasolina al fuego, y entonces Sydney se

inflamaba de veras, le preguntaba si creía que vivir en el campo con un millón de tareas bucólicas era más relajante que vivir en un piso de Londres, por pequeño que fuese. Bueno, los alquileres eran altos en Londres y cada vez subían más y, si quería saber la verdad, en realidad Sydney no deseaba vivir en Londres, porque prefería el

paisaje del campo y prefería vestir despreocupadamente y, en

realidad, hasta le gustaba reparar la valla de vez en cuando y

trabajar en el jardín. Lo que necesitaba Sydney, desde luego, era vender una de las series que escribía con Alex o su novela Los estrategas, a la que seguía dando los últimos toques y que, si era preciso, debía mostrarséla a todos los editores de Londres. Se la había enseñado a seis de ellos, incluyendo la Nerge Press, que era la editorial donde trabajaba Alex, y a tres de los Estados Unidos, y todos la habían rechazado, pero había muchas más editoriales y

Alicia sabía de libros rechazados hasta treinta o más veces antes de que un editor los aceptan finalmente.

Mientras lavaba los platos, alzaba de vez en cuando la vista para mirar a Sydney, que iba de un lado a otro calzado con sus zapatillas con suela de goma; se las había puesto tan pronto como llegó a casa.

Ya había sacado las cajas de cartón llenas de basura y ahora

contemplaba el jardín a la luz del crepúsculo, agachándose de vez en cuando para arrancar algún hierbajo. Las lechugas acababan de

brotar, pero eran lo único que había hecho.

Cada dos por tres Sydney miraba la luz solitaria que brillaba en una de las ventanas de la casa de la señora Lilybanks. Supuso quo sería una mujer a la que le gustaba retirarse temprano o que quería ahorrar electricidad. Probablemente ambas cosas. Resultaba extraño tener otra persona viviendo tan cerca de ellos, una persona que

pudiera asomarse a la ventana en aquel preciso momento, por

ejemplo, y verle, al menos vagamente, dando vueltas por el jardín posterior. A Sydney no le gustaba. Entonces se dio cuenta de que no miraba la ventana iluminada para ver a la señora Lilybanks, por la que no sentía ni pizca de curiosidad, sino para ver si ella le estaba, observando. Pero no vio absolutamente nada en la ventana salvo dos cortinas verticales y amarillentas, prácticamente ocultando lo que estuviera ocurriendo detrás de ellas.

DOS

En aquel momento, las nueve y diecisiete minutos de la noche,

la señora Lilybanks no estaba pensando en acostarse a pesar de que había tenido un día muy agitado. Estaba colocando la mesita de

noche en la posición más conveniente junto a la cama y pensando si debía colgar su cuadro de Cannes (pintado casi cincuenta años

antes, durante su luna de miel) sobre la chimenea o si, en vez de él, debía colgar un bodegón de manzanas y una botella de vino que su amiga Elsie Howell (que había fallecido doce años antes) había

pintado especialmente para el piso que la señora Lilybanks tenía en Londres, el piso en que se instalara al morir Clive Lilybanks, su esposo. La señora Lilybanks se movía despacio, guardando su

costurero en un cajón de la cómoda, colocando el peine y el cepillo de plata sobre el tocador, consciente de que estaba tan cansada que ya no hacía las cosas con mucha eficiencia. Pero se sentía

especialmente feliz y contenta y deseaba seguir levantada un poco más para disfrutar de ello. Pensó que resultaba extraño arreglar una casa —la señora Lilybanks había arreglado por lo menos veinte casas ya que, debido al trabajo de su difunto esposo, habían viajado

bastante— que decididamente sería la última casa en la que pondría orden, pues lo más probable era que no viviese otros dos años. La señora Lilybanks padecía del corazón y ya había sufrido dos ataques.

El médico le había dicho con toda franqueza que el tercero acabaría con ella. La señora Lilybanks apreciaba la franqueza, incluso en asuntos como aquél. Había gozado de la vida, una vida muy larga, y estaba preparada para el final cuando llegase la hora.

La señora Lilybanks se preparó la cama —la señora Hawkins se

la había hecho aquella tarde—, entró en el baño y se tomó sus dos píldoras —el ritual de todos los días antes de acostarse—, luego bajó del piso sujetándose firmemente a la barandilla mientras descendía.

Encendió varias luces más, deslizando la mano por las paredes

desconocidas hasta dar con los interruptores, cogió la linterna y salió al jardín pequeño y descuidado, donde recogió unos cuantos pensamientos. Los colocó en un vasito de vidrio, subió de nuevo a su cuarto y dejó el vasito sobre la mesita de noche. Luego se cepilló los dientes, que seguían siendo los suyos, completos por delante,

aunque le habían extraído seis muelas. El baño lo había tomado

horas antes, en el hotel de Ipswich.

Pero no se durmió inmediatamente. Pensó en su hija Martha,

que estaba en Australia, en su nieta Prissie, que en aquellos

momentos se encontraba en Londres, probablemente diciéndoles a

muchos de sus jóvenes amigos, que estarían sentados en el suelo de su piso, bebiendo vino tinto:

—Hoy he dejado a la abuelita instalada en el campo. ¡Atiza! ¿No

os parece que está chiflada? ¡Tan vieja y vivir sola en el campo!

Porque, secretamente, Prissie aprobaba la decisión de su abuela

y quería que sus amigos la aprobasen también, o quizás estuviese preparando su defensa si sus amigos no lo aprobaban.

—La señora Hawkins vendrá todas las tardes, Prissie, incluso

los domingos, a tomar una taza de té. Y cuando yo me muera, la casa será para ti —había dicho aquella tarde la señora Lilybanks.

La señora Lilybanks sonrió en la oscuridad. La soledad no la

preocupaba. Opinaba que las personas sociables nunca estaban

solas y ella había estado en muchos lugares extraños del mundo, de modo que no la preocupaba en absoluto. La señora Hawkins decía

que quería presentarle a un par de personas de los alrededores,

personas para las que había trabajado anteriormente. El gesto había conmovido a la señora Lilybanks. La pareja de la casa de al lado era joven, le había dicho el señor Spark, y no llevaba mucho tiempo allí.

La señora Lilybanks pensaba invitarles a tomar el té al cabo de unos días. Aquella semana tendría que ir a Framlingham a comprar

algunas cosillas; eso significaba ir en taxi a Blycom Heath y allí coger el autobús. En los viejos tiempos la gente de Suffolk llamaba

«Frannegan» a Framlingham y quizá los agricultores seguían

haciéndolo...

La señora Lilybanks ya había tomado el té y descansado en el

sofá de la sala de estar y estaba guardando cosas en la cocina cuando a las once de la mañana siguiente Alicia llamó a la puerta. Alicia llevaba una bandeja en la que había un cuarto de pastel de naranja debajo de una servilleta de papel.

Después de presentarse, Alicia dijo:

—Ojalá pudiera decir que el pastel lo he preparado yo misma,

pero no es así. De todos modos, es de una buena pastelería que hay en Ipswich.

La señora Lilybanks la invitó a sentarse y dijo que se alegraba

muchísimo de conocer tan pronto a su nueva vecina, ya que se

preguntaba cuánto tardaría en conocerla.

Alicia no quiso tomar asiento.

—Me encantaría ver la casa, si a usted no le importa que la vea

antes de haberse instalado del todo. Es la primera vez que entro ella.

—¿De veras? Claro que no me importa —la señora Lilybanks

echó a andar hacia la escalera—. Creí que la habrían visto antes comprar la suya.

Alicia sonrió ampliamente.

—Nos dijeron que aquí había más cosas que hacer... ya sabe,

reparar cañerías y cosas así... de manera que decidimos comprar

una casa que no nos obligase a hacer muchos gastos. Mi marido y yo tenemos que contar los peniques.

La casa tenía tres habitaciones abajo y tres arriba, más un

cuarto de baño nuevo. El mobiliario procedía del piso que la señora Lilybanks ocupara en Londres y, a juzgar por su aspecto y por su abundancia, Alicia sacó la conclusión de que la señora Lilybanks era una mujer bastante acomodada.

—¿Piensa usted vivir sola aquí? —preguntó Alicia.

—Sí. No me importa estar sola. A decir verdad, me gusta —dijo

alegremente la señora Lilybanks—. Han pasado quince años desde

la última vez que tuve una casa en el campo... en Surrey... con mi marido, así que decidí probarlo otra vez.

—¿Tiene usted coche? —Alicia no había visto ninguno cerca de

la casa.

—No, pero creo que me las arreglaré con los autobuses.

Además, me han dicho que por aquí pasan un carnicero y un

verdulero ambulantes.

Estaban de pie en el dormitorio de la señora Lilybanks. El sol

de la mañana hacía más visibles las arrugas que había debajo de los ojos azules de la anciana, y por alguna razón aquellas arrugas

fascinaban a Alicia. ¿Cómo era posible ser tan vieja que la piel se te pusiera de aquel modo y, pese a ello, seguir teniendo unos ojos tan brillantes y juveniles? Las manos de la señora Lilybanks eran más bien pequeñas pero muy activas y flexibles, en vez de ser nudosas como las de algunos ancianos. Llevaba las uñas esmaltadas de color rosa claro y en la mano izquierda lucía los anillos de prometida y casada que llevaban la mayoría de las mujeres; en la otra mano lucía una esmeralda engarzada en plata.

Por su parte, la señora Lilybanks examinaba a Alicia, aunque

sin que pareciera mirarla fijamente. Le gustó lo que vio: una joven de aspecto muy espontáneo, de unos veinticinco años, con ojos que reflejaban francamente su curiosidad, como los de un niño o de un pintor. La señora Lilybanks también se había fijado en la mancha de pintura azul que ensuciaba los pantalones azul claro de Alicia.

Alicia giró en redondo sobre sus pies inquietos y miró el cuadro que colgaba sobre la repisa de la chimenea.

—¡Qué paisaje más interesante! ¿De dónde es?

—De Cannes —dijo la señora Lilybanks—. Lo colgué aquí hace

diez minutos escasos. Es una de mis primeras obras.

—¿Pinta usted? —los ojos de Alicia se abrieron con interés—. Yo

también. Un poco. Aunque no hago una pintura tan ordenada. Mis

cuadros son más confusos.

—Los míos van empeorando —dijo firmemente la señora

Lilybanks, guiñándole un ojo—. Pero me he traído los utensilios y tengo la esperanza de que el paisaje, como es nuevo para mí, me

inspire. ¿Le apetece una taza de té?

Bajaron de nuevo, pero Alicia no aceptó la taza de té.

—Si alguna vez necesita un coche... que la llevemos a alguna

parte, no dude en llamamos —dijo Alicia—. Es el 466. Yo estoy

prácticamente siempre en casa y mi marido igual.

—Es usted muy amable. ¿Su marido también es pintor?

—No, es escritor. Novelista. Está metido en una novela. Pero

últimamente va a Londres una vez a la semana para trabajar con

otro escritor. Mejor dicho, no es otro escritor, sino un amigo que escribe un poco. Tratan de vender una serie a la televisión. Pero aún no han tenido suerte —Alicia sonrió tan ampliamente como si

acabase de dar cuenta de un triunfo—. Mi marido es americano.

—¡Oh, qué interesante! ¿Qué le parece Inglaterra?

Alicia se echó a reír.

—Supongo que en conjunto le gusta. Lleva dos años aquí. No

llegan a dos años. Se llama Sydney. Sydney Smith Bartleby, ¿no lo encuentra gracioso? A su padre le encantaba Sydney Smith, es

divertido, ¿no? Siempre le digo a Syd que ese nombre es lo único inglés que hay en él.

—¿Qué clase de novelas escribe?

—Oh... no son novelas con argumento. Al menos las que escribe

en este momento. Sus dos primeras novelas tenían más argumento,

pero la que está escribiendo, ahora no lo tiene. Se titula Los estrate gas y trata de un grupo de personas que deciden planificar las experiencias que desean tener en la vida y vivir de acuerdo con ellas.

Dicho así, parece que sí tenga argumento, pero no lo tiene —Alicia sonrió—. Aún no ha conseguido venderla, pese a que ya hace un año que la terminó. Sus ideas para la televisión tienen argumento, por supuesto, lo tienen de sobras, pero hasta ahora tampoco ha tenido suerte con ellas.

—Claro, claro. El arte requiere tiempo. No deje que se

desanime.

Alicia se marchó tras prometer que llamaría a la señora

Lilybanks —ya le habían instalado el teléfono, y su número era el 275— muy pronto y que la invitaría a comer.

Luego Alicia se encaminó rápidamente hacia su casa,

deteniéndose sólo para recoger una margarita en el borde del

camino y meter el tallo por un ojal de la camisa; entró en casa y subió a informar a Sydney de cómo era su nueva vecina.

Sydney se hallaba de pie ante la ventana de su estudio, fumando

un cigarrillo. La puerta estaba entreabierta, de manera que Alicia entró sin llamar, como solía hacer cuando la puerta estaba cerrada,

—Pues es muy simpática. No es nada estirada y hasta tiene

sentido del humor. Pinta. No lo hace mal. Pero sólo he visto uno de sus cuadros. Vive completamente sola, lo que me sorprende mucho

—Alicia no se había sorprendido porque nadie les había dicho que la señora Lilybanks viviese con alguien, pero sus comentarios sobre la visita se estrellaron contra la indiferencia que mostraba el rostro de Sydney y su aire de sentirse enfadado a causa de la interrupción de sus pensamientos—. De veras que me ha gustado mucho.

—Bueno —dijo Sydney—. Así que pinta.

Tiró un lápiz sobre su mesa de trabajo, llena de cosas y manchas de tinta. Una hoja de papel en blanco relucía expectante en la

máquina de escribir.

—Supongo que se trata solamente de un pasatiempo de anciana.

Da la impresión de tener mucho dinero.

Aquella tarde Alicia se fue de compras a Framlingham y no

regresó hasta las cinco, ya que se tropezó con Elspeth Cragge en Carley & Webb (la tienda de comestibles donde los Bartleby a menudo tenían una cuenta muy crecida, pese a lo cual les seguían tratando bien) y se pasaron más de una hora charlando en una

cafetería. Elspeth era una australiana casada con un inglés y

esperaba un hijo para dentro de tres meses. Al ver el cuerpo cada vez más voluminoso de su amiga, Alicia sintió su propio y vago anhelo de tener un hijo, pero su situación financiera no se lo permitía por el momento y, lo que era más importante, no estaba segura de si Syd sería un buen padre, ni siquiera estaba segura de que su matrimonio durase eternamente. Alicia deseaba un hijo, pero de vez en cuando un pensamiento espantoso cruzaba por su mente: Quiero un hijo,

¿pero quiero realmente un hijo de Sydney? Resultaba raro pensar

aquello tan desagradable y, al mismo tiempo, sentirse bastante

enamorada de Sydney y disfrutar acostándose con él. Y estar

enamorada, desde luego, significaba que los defectos de Sydney no la molestaban realmente o no debían molestarla. Resultaba todo tan confuso y por ello no solía pensar en el asunto. El tiempo haría algunos cambios, siempre los hacía, de modo que esperaría a que se produjeran, fuese para bien o para mal.

Sydney bajó a la cocina en el momento en que Alicia terminaba

de guardar los comestibles.

—Le mandaré lo que he escrito a Alex en el correo de mañana

por la mañana y le pediré que suba el sábado, si a ti no te importa.

Eso significa que vendrán los dos, desde luego, y que pasarán la noche aquí, pero que me cuelguen si vuelvo a hacer el trayecto

Ipswich-Londres para tratar de vender la misma historia.

—Claro que no me importa, Syd.

Mentalmente Alicia repasó la situación de las sábanas, se dijo

que el viernes tendría que pasárselo limpiando (Hittie no era

remilgada, pero la casa de los Polk-Faraday siempre estaba más

limpia que la suya) y pensó qué plato de carne podría preparar, ya que Alex y Hittie eran gente de mucho apetito.

—Si no terminamos el asunto este fin de semana, al diablo con

ello. Lo dejaré correr y empezaré a trabajar en otra idea, supongo.

Tiró el lápiz amarillo sobre el fregadero, como si fuera su mesa de trabajo, como si no pensara coger otro lápiz en toda su vida.

Alicia ya estaba acostumbrada a aquel gesto, el movimiento de

la muñeca hacia fuera, el lápiz rebotando un par de veces, la

inmovilidad del lápiz. No recordaba haberle visto coger un lápiz jamás, pero siempre parecía tener uno para tirarlo.

—Claro que sí, querido. Tengo ganas de verles —dijo Alicia con

una súbita sonrisa.

TRES

Alicia aprovechó la oportunidad para invitar a la señora

Lilybanks a cenar con ellos el sábado. Ya que tenía que cocinar

tanto, uno más no le causaría ningún problema y se dijo que a la señora Lilybanks tal vez le gustaría ver gente después de casi toda una semana de soledad.

Los Polk-Faraday llegaron el sábado a las tres, una hora más

tarde de lo previsto, pero habían almorzado por el camino. Les había costado dejar a los pequeños a cargo de Lucy, la asistenta que

trabajaba para ellos a media jornada

—No tiene teléfono en casa —dijo Alex—, de modo que tuvimos

que pedirle a otra persona que la avisase. Luego Lucy tuvo que

preparar algunas cosas para pasar la noche en casa.

—No pudo venir el viernes —dijo Hittie, ampliando la

explicación—. Un pariente suyo está enfermo o algo así.

Hittie era una chica de cara redonda y pelo rubio y lacio,

peinadoen flequillo. Este peinado le daba un aspecto como de china rubia.

—Bueno, lo que importa es que ya estáis aquí —dijo Alicia—.

¿Queréis tomar algo?

—Ah, nada, querida —dijo Alex, abriendo los brazos y rodeando

brevemente a Alicia con uno de ellos. Era alto, moreno, de piel

pálida y estaba un poco gordo—. ¡Qué estupendo estar en el campo y respirar este aire! ¡Ah, estar en Inglaterra cuando abril ya ha llegado! Sólo que estamos en mayo. ¿Te importa si me quito la

chaqueta?

Sydney bajó rápidamente la escalera; acababa de dejar la

maleta de los Polk-Faraday en el cuarto de los huéspedes.

—¿De veras que no quieres una copa? —preguntó

alegremente—. ¿Acaso has dejado la bebida?

—No, es que... —Alex guiñó uno de sus ojos grandes y castaños

a Alicia—. Es que esta tarde tenemos que poner a trabajar a nuestros impresionantes intelectos y tendremos la historia terminada antes de que se ponga el sol.

—O nos pegaremos un tiro al amanecer —dijo Sydney.

—Sí. Yo te lo pegaré a ti y tú me lo pegas a mí, simultáneamente

—dijo Alex.

Sydney y Alex no habían avanzado mucho al dar las cinco,

aunque Sydney tenía la impresión, como ocurría inevitablemente

siempre que trabajaba con Alex, de que habían añadido algo

tangible e importante a la historia, sencillamente porque otro

cerebro estaba trabajando en ella. También sabía que semejante

impresión era infundada.

Un mirlo de gran tamaño picoteaba la hierba delante de

Sydney. En otra parte, el pájaro que trataba de cantar «Derribad al hombre» probaba suerte otra vez. Sydney se preguntó qué clase de pájaro sería. Quizás un pájaro marinero. Se estremeció debajo del suéter cuando el sol se ocultó detrás de una nube. Se aburría hasta casi sentir sueño. Necesitaban un milagro; nada que no fuera un

milagro crearía un argumento, una idea que sólo emplearía un

segundo en penetrar en la mente pero que sería la chispa de la vida.

Pensó en ello mientras escuchaba a Alex («No, espera, espera un

momento, Nicky no sabe que la chica conoce al joyero, ¿verdad?

¿Por qué íbamos a suponer o iba él a suponer que le reconocería?») y, mientras le daba la respuesta, Sydney sintió que se ruborizaba a causa de la vergüenza de profesional, por habérsele ocurrido una expresión como «la chispa de la vida». También temía que la chispa no volviera jamás a él y, además, la expresión le parecía

presuntuosa, una expresión que sólo un escritor al que de vez en cuando visitaban las chispas de la vida tenía el privilegio de pensar.

Estaba harto de Nicky Campbell y se preguntaba cómo podía Alex

mostrar tanto entusiasmo por otra intentona. Bueno, Alex tenía un empleo y no pasaba la mitad de su tiempo trabajando en aquellas

cosas, sólo una décima parte de su tiempo. Y, además, Alex se moría de ganas de conseguir un poco de dinero extra. No recibía ni cinco de su acaudalada familia porque, por alguna razón que Sydney no

recordaba, desaprobaban el matrimonio de Alex y veían con malos

ojos que tratara de ser escritor. La familia pretendía que Alex

dedicase su vida al negocio que tenían en Cornualles. Al mismo

tiempo, aguijoneaban a Alex para que ganase más dinero, si es que pensaba crear una familia numerosa. Alex le había hablado de ello a Sydney, riéndose, pero obviamente afectado por lo que decían.

Sydney siguió hablando con Alex mientras soñaba despierto a la luz del sol, hasta que perdió el hilo del sueño y de lo que decía Alex y se encontró en un punto situado entre las dos cosas, un punto que era un lugar o estado entre, el vacío y la nada.

Pensó en su padre, al que apenas recordaba porque había

muerto cuando él tenía diez años, y sacudió la cabeza con energía.

La madre de Sydney se había separado del marido cuando el

pequeño tenía seis años, y después de la separación Sydney había visto a su padre sólo cinco o seis veces; sabía, sin embargo, que su padre había intentado ser dramaturgo, y que había sido

administrador de varios teatros de Chicago. Como director de teatro nunca había ganado dinero y sólo tenía publicada una de sus obras, El hombre de nieve, pagando la edición de su propio bolsillo. Con frecuencia a Sydney se le ocurría que la mediocridad de su padre pesaba sobre él como una maldición, que estaba condenado al

fracaso y también a escribir algo que le granjeara la estima y el respeto del mundo y que hiciera que su nombre fuese recordado por lo menos durante cien años y puede que más. Eran unos momentos

estériles y aterradores, los que Sydney empleaba en pensar en todo aquello. Luego su vida actual en Inglaterra, el hecho de estar casado con una muchacha inglesa que parecía no tener una sola

preocupación en el mundo, incluso cuando las cosas iban mal, la

misma casa en que vivían, con sus cañerías complicadas, sus vigas inclinadas de madera, realmente antiguas, contra las que se daba de cabeza casi todos los días, la tierra inglesa que se le metía debajo de las uñas cuando trabajaba en el jardín, los ronquidos con que Alicia turbaba su sueño una de cada siete noches, todo ello le parecía tan irreal como la obra de teatro que él mismo había escrito, una obra que no era demasiado buena. Además de todo ello se preguntaba por qué estaba allí, si otra chica no le habría servido igual de bien (a pesar de que creía estar enamorado de Alicia y por lo menos lo

estaba a medias) o incluso si necesitaba una mujer en su vida

Sydney tenía la impresión de que no estaba realizándose

plenamente y, a menudo, cuando trataba de dar con la forma de

realizarse, se sentía desconcertado. Principalmente lo intentaba con el método habitual: trabajando mucho.

«No me gusta tratar de pensar al aire libre», pensó Sydney de

repente, al tiempo que un acceso de ira le sacaba de aquella especie de trance y casi le empujaba a decírselo a Alex.

—Probemos otra vez —dijo Sydney—, episodio tras episodio.

A veces esto ayudaba a dar un sentido de dirección y

movimiento a la serie, pero cuando empezó a narrar el sexto

episodio, basándose en sus notas, tan sólo se sentía cansado, aunque Alex decía que la cosa empezaba a cobrar forma.

—Decididamente, esto empieza a tener forma —repitió Alex.

Para entonces ya estaban preparados para un whisky con soda.

Poco antes de las siete, Sydney se cambió de ropa e incluso se

puso corbata, pensando que eso complacería a Alicia a causa de la señora Lilybanks. Alex llevaba corbata para cenar, por supuesto, y era imposible imaginárselo sin ella a la hora de la cena a menos que estuviera enfermo, al borde de la muerte, y en tal caso no estaría comiendo. Sydney recordó un día caluroso del verano pasado en que Alex se había puesto corbata para ir a merendar al campo.

—Podría ir a buscarla, ¿no te parece? —le dijo Sydney a Alicia

cuando por alguna razón se encontraron todos reunidos en la

cocina.

Alicia acababa de meter el rosbif en el horno.

—Buena idea, cariño. Ve ahora mismo. Ya tendría que estar

aquí.

Sydney dejó su copa y salió a buen paso, calzado todavía con sus zapatillas de tenis. La puerta del jardín de la señora Lilybanks chirrió al abrirse. Sydney titubeó, luego se dirigió a la puerta principal en lugar de a la lateral, que correspondía a la cocina y tenía aspecto de ser más utilizada y, por consiguiente, más susceptible de abrirse. Llamó con el pesado picaporte de bronce, al que acababan de sacar brillo.

La señora Lilybanks abrió la puerta.

—Buenas tardes. Soy Sydney Bartleby —dijo Sydney con una

sonrisa—. He venido para acompañarla a la casa.

—¡Qué amable! ¿No quiere pasar?

La señora Lilybanks ya estaba preparada para salir; llevaba un

sombrero de alas anchas y un chal azul marino que cubría

elegantemente sus hombros y uno de sus brazos. Sydney dijo que no entraba puesto que ella estaba preparada para salir, de modo que la señora Lilybanks salió y cerró la puerta sin echar la llave.

Sydney le abrió la puerta chirriante del jardín y se hizo a un

lado para dejarla pasar.

—Tengo que engrasar esta puerta —musitó la señora

Lilybanks—. Hace tanto ruido que asusta a todos los pájaros. ¿Le gustan los pájaros?

—Me gustan. Pero no sé mucho sobre ellos.

—Su esposa me dijo que era usted escritor.

—Sí. Y usted pinta.

—Soy una pintora de domingos. Es uno de mis placeres —dijo

ella, como si tuviera muchos.

Alicia presentó la señora Lilybanks a Alex y Hittie en la sala de estar, luego Sydney se apartó de los demás para preparar un whisky con soda para la recién llegada, que lo había preferido a la ginebra y al jerez. Alicia se alegró, ya que el jerez que tenía en casa era de una marca detestable y había temido que la señora Lilybanks optara por él.

—¿En qué parte de Londres viven? —preguntó la señora

Lilybanks a Hittie.

Hittie se lo dijo y la conversación empezó a girar fácilmente en torno a Kensington, el barrio de Londres donde viviera la señora Lilybanks, tras lo cual se desvió hacia los niños de Hittie.

Alicia fue a comprobar el asado y el budín de Yorkshire. Sydney

preparó la ensalada, abrió las botellas de vino y trasladó la mostaza del frasco al recipiente con tapa de plata, uno de los pocos artículos de valor que poseían en lo que hace a objetos de sobremesa. Sydney se sentía muy alegre y cantaba con voz bastante buena, aunque nada fuerte, una de sus parodias de las canciones populares.

—¡Chist! —le advirtió Alicia, frunciendo el ceño y señalando la

sala de estar y la señora Lilybanks, ya que algunas de las letras que Sydney inventaba eran bastante picantes.

—¿«Pimientos en salmuera» entonces? —preguntó.

Puse unos pimientos en salmuera. ¡Ja!

Puse unos pimientos en la carbonera. ¡Jo!

—Syd, ¡creerá que te has vuelto loco!

Syd bajó la voz, terminó la canción y miró firmemente a Alicia.

Cogí un pimiento, cogí un pimiento,

cogí dos, cogí tres

y resultó que el cuarto eras tuuuuuuú ¡Jo, jo!

—¡Ya veo que no admiras mi espléndido pizzicato! —dijo,

encogiéndose de hombros—. Con mi letra esta canción seria mucho

más famosa de lo que es ahora y hubiese ocupado el lugar que le

corresponde en la ópera ligera, al lado de algunas de las mejores arias de Gilbert y Sullivan... desbancándolas, por supuesto.

Alicia sonrió con expresión tolerante y se dijo que ojalá Sydney demostrara la misma confianza en sí mismo a las diez de la mañana.

En aquel momento Sydney pensaba que detrás del decoro de

Alicia no había mucho intelecto; había temas que hubiese podido

comentar con ella, grandes temas sobre los que pensaba escribir, pero no lo hacía porque a ella no le interesaban. Al conocerla había pensado, simplemente porque era inglesa y tenía buen acento...

—Me preocupa que la carne esté demasiado hecha —susurró

Alicia—. No recuerdo a qué hora la metí en el horno... las siete o las siete y cuarto.

Sydney se apoyó en la jamba de la puerta del comedor y

preguntó:

—Usted perdone, señora Lilybanks, ¿cómo le gusta la carne?

¿Poco hecha?

La señora Lilybanks levantó la mirada y sonrió.

—Así es.

—Estupendo. Pues así será —luego, dirigiéndose a Alicia,

añadió—: Para las máquinas, por favor. A todos nos gusta poco

hecha... Señora Lilybanks, ¿me permite que le vuelva a llenar el vaso?

Sydney dio un paso hacia adelante y alargó la mano hacia el

vaso, pero la señora lo retiró.

—Oh, no, muchas gracias. Con uno tengo suficiente.

Se reunieron alrededor de la mesa, los Polk-Faraday con sus

copas medio llenas todavía. Sydney trinchó la carne mientras Alicia, como de costumbre, comprobaba la mesa después de sentarse y

descubría que faltaban dos cosas: un cuchillo para la mantequilla y una quinta bandeja de pan (que fue necesario lavar después de

sacarla de debajo de una planta colocada en el alféizar de la ventana de la cocina), a causa de lo cual tuvo que hacer dos viajes. Pero los platos no se enfriaron y todo el mundo repitió y los Polk-Faraday dijeron que Sydney se había superado a sí mismo al preparar la

ensalada.

—Es que el romero era recién salido de la caja —dijo

modestamente Sydney, aunque lo cierto era que procedía del jardín.

Alex y Hittie pidieron a la señora Lilybanks que les hablase de

su nueva casa y le preguntaron por qué había decidido vivir en el campo. Ella les contestó que estrictamente «por gusto y para

cambiar ». Añadió que tenía una hija en Australia, Martha, y una nieta, Prissie que quería ser actriz y vivía en Londres con otros cinco jóvenes, en un enorme piso de Chelsea. La señora Lilybanks les

contó un par de anécdotas graciosas sobre la vida bohemia —una

sobre Prissie y sus amigos, que por medio de una soga habían subido a un joven desde la acera a una ventana del segundo piso, debido a que se había quedado cerrado fuera— y después de oír tales historias todo el mundo sonrió y se sintió más a gusto y pensó que la señora Lilybanks tenía unos puntos de vista insólitamente modernos para su edad.

Sydney pensaba lo mismo, con más envidia que afabilidad.

Tenía veintinueve años y creía que la juventud se le había escapado junto con muchas otras cosas. Hubiese podido explorar muchas,

muchas más cosas aparte de Arcángel donde había ido a bordo de un mercante, y los sitios de Europa que todo el mundo exploraba y que ahora, por estar casado, no podía visitar. Al parecer, cuando uno se casaba se convertía automáticamente en un pobre, aunque uno se

casase con una chica bastante adinerada. De soltero, la pobreza no importaba porque, de todos modos, uno podía hacer cosas. Pero un hombre casado era un hombre arruinado, tanto moral como

materialmente.

Alicia trató de llevarse demasiados platos de la mesa y una de

las copas de vino se hizo añicos contra el suelo de la cocina. Presa de súbita ira, Sydney dejó la cafetera que estaba llenando, se volvió en redondo y le dirigió una mirada colérica.

—¡Dios mío! ¿Con ésta van seis o ya son diez?

Y tuvo una visión de pies desnudos pisando los pedacitos de

vidrio, aunque ni él ni Alicia acostumbraban andar descalzos y con la aspiradora iba a ser fácil recoger hasta el último fragmento.

Alicia trató de sofocar una risita, la clase de risita que soltaba siempre que sufría algún accidente de poca importancia o hacía algo mal.

—Siento haberte asustado, querido. Las compré en Fram. Son

baratísimas.

Sydney miró hacia el comedor y vio que la señora Lilybanks,

que acababa de levantarse de la mesa con los Polk-Faraday, lo había visto y oído todo. La señora Lilybanks le sonrió levemente. Sydney procuró mostrarse sociable y alegre durante el resto de la velada. A petición de la señora Lilybanks, le hizo una sinopsis de la serie con la que estaban luchando, y aquel recital le fue de más utilidad que la sesión de dos horas y media que él y Alex habían celebrado aquella tarde.

—Quizá lo que necesitan es una sorpresa —dijo la señora

Lilybanks, cuando Sydney le dijo que distaba mucho de sentirse

satisfecho—. Por ejemplo, que el primer tatuaje no sea auténtico. Me refiero al del muerto. Un tatuaje que no sea más que pintura al óleo.

Claro que no sé adónde nos llevaría esto.

—Tiene razón. Necesitamos algo inesperado. Me lo pensaré. Un

tatuaje que no sea más que pintura al óleo.

Alicia había puesto un disco de Sinatra en el tocadiscos y los

Polk-Faraday estaban bailando.

—Espero que no le moleste el ruido, señora Lilybanks —dijo

Alicia, inclinándose solícitamente—. Podríamos conectar el altavoz exterior y salir al jardín... pero empieza a llover un poco.

La señora Lilybanks dijo que no le molestaba en absoluto.

—A lo mejor incluso desea bailar, señora Lilybanks —dijo

Sydney, levantándose rápidamente—. Esta canción es muy bonita.

Era una canción lenta y sentimental.

—No, gracias. Es por el corazón, ¿sabe? —dijo la señora

Lilybanks—. Por esto camino tan despacio, como un caracol. Es

probable que así viva más que toda la gente que conozco.

La mitad de sus palabras quedó ahogada por el volumen de la

música.

Sydney cogió a Alicia entre sus brazos y los dos se pusieron a

bailar lentamente, arrastrando los pies por el suelo ahora desnudo porque Alicia había apartado la alfombra. La señora Lilybanks se fijó en que era una alfombra oriental muy gastada; probablemente la

habían comprado porque encajaba en el comedor cuadrado. Observó

despreocupadamente al cuarteto de jóvenes, sin detenerse en

ninguno de ellos más de unos segundos, mientras encendía el último de los cuatro cigarrillos que se permitía fumar cada día. Sydney era un tipo nervioso, quizá más adecuado para ser actor que escritor. Su rostro reflejaba grandes cambios de sentimientos, y cuando se reía su risa sonaba a auténtica, como si disfrutara de la cabeza a la punta de los pies. Tenía el pelo negro y los ojos azules, como algunos irlandeses. Pero no era un hombre feliz, eso se veía. Preocupaciones económicas, tal vez. Alicia era mucho más indolente, tenía un algo de chiquilla mimada, pero probablemente era la clase de esposa que él necesitaba a fin de cuentas. Pero los Polk-Faraday hacían aún mejor pareja, daban la impresión de pasarse la vida cantándose sus mutuas alabanzas, y ahora se estaban mirando a los ojos como si

acabasen de conocerse y se acabaran de enamorar. Y los

Polk-Faraday estaban educando a tres niños pequeños. La señora

Lilybanks se dijo que eran un ejemplo de niños que educaban a

otros niños y, pese a todo, ella y Clive tenían la misma edad al nacer sus dos hijos.

Sin que nadie se fijara en ella, la señora Lilybanks se levantó y se fue al lavabo del piso de arriba. Pasó por delante del cuarto de trabajo de Sydney, una habitación triste, sin cuadros, con una

librería de fabricación casera en una de las paredes y una mesa de trabajo a guisa de escritorio; sobre ella había una máquina de

escribir de color verde, un diccionario, lápices, papel y, más allá, había una ventana sin cortinas. Una hoja de papel arrugada yacía en el suelo al lado de la papelera. El dormitorio era más alegre; estaba a la izquierda y, como la puerta se hallaba abierta, la señora

Lilybanks se detuvo y se asomó al interior. Vio una cama de

matrimonio bastante desvencijada, con una colcha de color azul, un banjo o una mandolina clavado, en la pared sobre la cabecera, las paredes empapeladas, más cuadros abstractos pintados por la

propia Alicia, una cómoda y una silla de respaldo recto sobre la que reposaban unos pantalones algodón. Encima de la cómoda había un

enorme conejo de felpa, del tipo que Prissie todavía conservaba de la infancia, y un hermoso espejo con marco de plata. La señora

Lilybanks siguió su camino y entró en el lavabo, que quedaba entre el estudio de Sydney y el dormitorio. Las toallas color malva con una gran flor amarilla atrajeron su mirada. Luego sus ojos se desviaron hacia la fotografía recortada de un periódico y clavada en la pared.

Le pareció haberla visto en la primera página del Observer un año antes. Aparecía en ella un grupo de escolares tocados con sombreros de paja y provistos de paraguas. Uno de ellos hacía un comentario, escrito dentro de un bocadillo que salía de su boca. Al leerlo, la señora Lilybanks se sobresaltó, luego se sonrojó y finalmente sonrió.

En realidad, era bastante gracioso. La señora Lilybanks se lavó las manos mientras sus ojos recorrían el sinfín de frascos colocados en una bandeja de vidrio debajo del botiquín. Perfume, aspirina,

tintura de yodo, desodorante, barniz para las uñas, brocha de

afeitar, talco, champú, solución para el dolor de muelas,

Enterovioformo. La señora Lilybanks pensó que parecía una vista

aérea de los rascacielos de Manhattan y sin duda aquello no era más que lo que cabía en el botiquín, aunque éste era bastante grande. Al bajar, Alicia la vio e insistió para, que se tomase una copita de Drambuie u otra taza de café, pero rechazó el ofrecimiento.

—Sólo me quedaré diez minutos más; luego tengo que irme.

Gracias —dijo la señora Lilybanks.

—Hace un rato se me ocurrió que me gustaría pintar su retrato

—le dijo Alicia—. ¿Le importaría? Hace tanto tiempo que no he

pintado nada figurativo. Quiero decir algo que sea reconocible.

—Me encantaría —dijo la señora Lilybanks.

—¿De verdad que no le molestaría posar para mí? Quiero decir

posar sin leer. Me gusta que el modelo me mire a mí o al espacio. A algunas personas no les gusta desperdiciar el tiempo.

—Yo tengo tiempo —le aseguró la señora Lilybanks.

Sydney insistió en acompañar a la señora Lilybanks a su casa e

iluminarle el camino con su propia linterna, pese a que la señora Lilybanks tenía la suya en el bolso.

Los Polk-Faraday se fueron a la cama poco después, ya que

estaban cansados por el viaje, y Alicia le dijo a Hittie que no

necesitaba que la ayudase a lavar los platos. Los lavaron entre Alicia y Sydney.

—¿Ha resultado una cena decente, querido? —preguntó Alicia

con voz soñolienta, las manos hundidas en el fregadero.

—Estupenda. Lástima que la conversación no estuviese a la

misma altura.

Alicia sonrió disimuladamente, previendo una pequeña bronca,

pero no una bronca de las grandes, ya que los Polk-Faraday estaban en casa. Una vez Sydney la había zancadilleado deliberadamente,

derribándola sobre una caja de cartón llena de pieles de naranja y mondaduras de patata.

—Supongo que es porque no todos somos unos Sydney Smiths

—dijo Alicia—. En lo que se refiere a la conversación, hacemos lo que podemos.

—No me refiero a eso —dijo Sydney con una dulzura aún más

malévola—. Me refiero a tu encantador comentario, tan propio de

una esposa, en el sentido de que la literatura era mi primer amor pero murió hace varios años o algo parecido.

—¿Qué? —dijo Alicia, que realmente no se acordaba.

Sydney aspiró hondo.

—Que murió hace varios años o que mi musa ya no vive aquí.

Deberías acordarte porque lo has dicho. Todos lo han oído.

Sydney recordó el breve silencio, las sonrisas alrededor de la

mesa, y lo recordó no tanto con dolor como con placer, el placer que le producía seguir enfadado con Alicia por haber hecho semejante comentario.

—¿Qué dices? —preguntó Alicia, levantando un poco la voz y

soltando una risita—. Me parece que te lo estás inventando. O será tu voz interior. De veras, Sydney. De todos modos, es la verdad, ¿no?

De no serlo, no te molestaría. ¿Se te ha ocurrido alguna vez que...?

Sydney le golpeó el rostro con el trapo mojado. Alicia se

sobresaltó, luego se puso rígida y le arrojó la taza que estaba a punto de dejar en el secadero. La taza no dio en el blanco y se rompió en pedazos al chocar con el refrigerador.

—La segunda de hoy —dijo Sydney, agachándose para recoger

los fragmentos.

El corazón le latía con violencia. Al levantarse con los

fragmentos en la mano, vio con placer la señal sonrosada que

surcaba la mejilla de Alicia.

—Eres un bárbaro —dijo ella.

—Sí.

Sí, y un día iría demasiado lejos, sólo un poquito, y la mataría.

Lo había pensado muchas veces. Una noche cuando estuviesen

solos. La golpearía con rabia una vez y, en lugar de detenerse,

seguiría pegándola hasta matarla. Entonces, al mirarla de nuevo, Alicia le sonrió y se volvió de nuevo hacia el fregadero. Sonreía porque había dicho la última palabra, supuso Sydney, la taza que le había arrojado.

—Quizá ya va siendo hora de que haga otro viajecito. Así te

calmarás y trabajarás un poco —dijo Alicia.

—Por qué no?

En varias ocasiones Alicia había hecho excursiones a Brighton

y había pasado dos o tres días allí, y una vez se había ido a Londres y se había alojado en casa de los Polk-Faraday. En cada una de

aquellas ocasiones se había ido malhumorada, sin decir claramente adónde iba.

—Perdonadme... —Alex se encontraba en la puerta de la cocina

enfundado en una bata anticuada, parecida a la de Sherlock Holmes; debajo de ella llevaba un pijama demasiado grande y calzaba

zapatillas de fieltro, motivo por el que no le habían oído llegar

¿Podéis darme un vaso de leche? Es una de las costumbres que tiene Hittie a la hora de acostarse.

—Desde luego, Alex. Syd, dale un vaso, ¿quieres?

CUATRO

Unos diez días después, durante la primera semana de junio,

Alicia terminó el retrato de Grace Lilybanks. Era un retrato de tres cuartos casi tamaño natural. La señora Lilybanks tenía en la mano un ramillete de pensamientos negros y amarillos. Alicia lo había pintado con su estilo de antes, empezando por el fondo y pintando el rostro con pinceladas rápidas; el último toque era la luz que se reflejaba en el iris de los ojos intensamente azules de la señora Lilybanks. Alicia se sentía bastante orgullosa del retrato: era

figurativo desde luego, y lo figurativo era algo despreciable, algo que te obligaba a pedir disculpas entre la gente que ella conocía, pintores y no pintores, pero apenas era más realista que el famoso retrato de Gertrude Stein hecho por Picasso y que Alicia y muchos amigos

suyos consideraban como una obra maestra.

—Es mejor que el cuadro que hay sobre la chimenea —dijo

Sydney—. ¿Por qué no lo colgamos allí?

Alicia no le había permitido ver el retrato hasta haberlo

terminado. Lo había pintado en su estudio del piso de arriba,

adonde la señora Lilybanks acudía cada mañana a las diez para

posar durante una hora, más o menos.

Pero el orgullo que el retrato inspiraba a Alicia no llegaba tan lejos; el cuadro seguía siendo figurativo y, por consiguiente, tenía menos de obra de arte que el más inferior de sus pinturas abstractas.

Lo colgó en un rincón de la sala de estar, en lugar del cuadro

abstracto que allí había.

—Sí, me gusta —dijo Alicia con aire pensativo, mirando

fijamente el cuadro—. Buscaré un marco en Abbott’s o en otra parte

—Abbott’s una tienda grande de Debenham, parecida a un granero,

estaba especializada en la venta de muebles de segunda mano. Los Bartleby habían adquirido en ella la mesa de trabajo de Sydney, el sofá de la sala de estar, la cómoda y muchas otras cosas que tenían en casa. Es raro conocer a alguien desde hace poco tiempo y, sin embargo, pintar su retrato y que te salga bien, ¿no te parece?

Aunque ya sé que hay escritores que dicen que escribir sobre un

lugar de toda la vida resulta más difícil que escribir sobre un lugar que conocen desde hace sólo tres semanas, porque, en el primer

caso, les cuesta escoger los detalles más característicos.

Cierto, y Sydney sabía exactamente a qué se refería Alicia, pero las palabras le afectaron como una crítica personal, directamente lanzada contra él: le constaba que llevaba demasiado tiempo

sudando a causa de Los estrategas y Alicia lo sabía también. En realidad no podía ver más detalles acerca de la novela, ni tampoco podía verla en su conjunto; sencillamente no podía verla. Y, pese a ello, era su mejor probabilidad de ganar dinero en un futuro

próximo, de modo que no pensaba dejarla.

Aquella noche fueron a Ipswich para cenar en un restaurante

chino y después fueron al cine. Y a la salida se encontraron con que su Hillman tenía un neumático pinchado. Sydney se quitó la

chaqueta para no ensuciarla y se puso a trabajar con el gato y una llave inglesa. Mientras tanto Alicia encontró una máquina

automática que expendía refrescos y volvió con unos vasitos de

asquerosa naranjada. A Sydney le habría gustado una botella de

cerveza después del esfuerzo, pero no hubiese podido encontrarla, ya que eran las once de la noche y los pubs cerraban a las diez y media.

Es una suerte que la señora Lilybanks no haya venido —dijo

Alicia—, con este pinchazo. No habría sabido qué hacer con ella.

—¡Hum!

Sydney puso el coche en marcha después de dejar su naranjada

a medio consumir junto al bordillo, al ver que no había ningún cubo de basura por allí cerca. Alicia seguía bebiendo sorbos de la suya.

Habían llamado a la señora Lilybanks sobre las seis para

preguntarle si le apetecía salir con ellos por la noche, pero su vecina había dicho que no, que se había pasado el día trabajando en el

jardín y estaba cansada.

—Tiene un jardinero —dijo Sydney—. Debe de ser una mujer

bastante delicada.

—Sí, pero el jardinero no trabaja para ella todos los días. Sólo un par de veces a la semana. Es el señor Cocksedge de Brandeston.

—¿Cocksedge? —Sydney sonrió—. ¡Menudo apellido!

Y el apellido de soltera de Alicia era Sneezum. Todo su nombre

parecía un estornudo1, el suspense inhalado de Alicia, la

confirmación de ¡Sneezum! En otro tiempo Sydney solía tomarle el pelo a causa de su apellido y los dos se reían; lo utilizaba cuando le venía un estornudo.

—Me dijo que padecía del corazón. Piensa que quizá no viva ni

dos años —dijo Alicia con un tono de respeto silencioso, como si hablara de un pariente.

Alicia se había hecho muy amiga de la señora Lilybanks

mientras pintaba su retrato. Ambas habían hablado de vez en

cuando, de un modo apagado, distraído, que había resultado

curiosamente revelador, a juicio de Alicia, y beneficioso, al menos para ella. Le había contado a la señora Lilybanks las dificultades que tenía Sydney con su trabajo, el desaliento que le dominaba en

aquellos momentos, e incluso le había insinuado sus temores de que su matrimonio no duraría. La señora Lilybanks le había hablado de la costumbre, de que la vida cotidiana conduce a un amor duradero y del período crucial para el matrimonio, el comprendido entre el segundo año y el cuarto. La señora Lilybanks decía que ella había sentido algo parecido en su matrimonio, aunque su marido había

tenido mucho éxito como ingeniero naval.

—Mala suerte para la asistenta. Un día llegará a casa de la

señora Lilybanks y se la encontrará sentada en una silla, muerta 1 Ineeze significa «estornudo». (N. del T.)

—dijo Sydney.

—¡Sydney! ¡Qué horrible! ¡Qué cosas se te ocurren!

—Podría suceder, ¿no es verdad? Está sola casi todo el tiempo.

¿Por qué crees que iba a tener la gentileza de estirar la pata en presencia de la asistenta o de otra persona?... Probablemente morirá en la cama, igual que mi abuelo. Murió mientras hacía la siesta. Sin duda debió de ser una muerte apacible, ya que nadie se enteró hasta que fueron a despertarle.

Alicia se sintió incómoda y vagamente enfadada.

—¿Es necesario que sigamos hablando de la muerte?

—Perdona. Son manías de escritor —dijo Sydney, aflojando la

marcha para no atropellar a un conejo que zigzagueaba por la

carretera. El conejo salió por la izquierda, subiendo por un terraplén cubierto de hierba—. Siempre estoy fabricando historias.

Alicia no dijo nada; no deseaba prolongar la conversación.

Sucedería, desde luego, probablemente mientras ella y Sydney

siguieran viviendo en su casa. Los ojos de Alicia se llenaron de lágrimas; pensó que eran lágrimas sentimentales y melodramáticas y se reprochó a sí misma el haberlas derramado. Nunca podría mirar de nuevo a la señora Lilybanks sin pensar que podía morir en

cualquier momento, y todo ello debido a los comentarios

innecesarios de Sydney.

—Preferiría que utilizaras tus ideas en tu trabajo, que es el lugar que les corresponde —dijo—. En tu novela, por ejemplo.

—Estoy trabajando en la condenada novela. ¿Qué crees que

hago?

—Estás trabajando en los últimos capítulos. Puede que necesite

un argumento desde el principio. Si piensas seguir trabajando en ella durante una temporada, ¿por qué no tratas de darle un

argumento desde el principio?

—¿Y por qué no te ocupas de tus cuadros y me dejas que escriba

tranquilamente?

—De acuerdo, pero hay algo que no funciona en Los estrategas.

De lo contrario la venderías. ¿No crees? —preguntó, incapaz ya de contenerse.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Sydney, aumentando un poco

la velocidad.

—No corras demasiado, Syd.

—Primero me largas una conferencia sobre el hecho de que las

mejores novelas son rechazadas durante años antes de que alguien decida publicarlas. Luego me vienes con que «algo no funciona en ella o se vendería». ¿Qué debo creer, si puede saberse? ¿O es que sólo intentas mostrarte desagradable esta noche?

—¿Desagradable? Te he hecho una sugerencia sobre el

argumento. Dices que estás lleno de argumentos... fuera del papel.

El comentario dio en el blanco y Sydney sonrió tristemente.

—Sí—dijo con énfasis. Sí, y a veces tramaba el asesinato, el robo y el chantaje contra personas a las que él y Alicia conocían; aunque dichas personas nada sabían de todo ello. Alex había muerto por lo menos cinco veces en la imaginación de Sydney. Alicia veinte veces.

Había muerto en un coche incendiado, en un coche estrellado, en el bosque, estrangulada por una persona o personas desconocidas,

había muerto al caerse por la escalera y ahogada en el baño; había muerto al caerse por la ventana del piso de arriba mientras trataba de rescatar un pájaro caído sobre el desagüe del alero; había muerto a causa de un veneno que no dejaba el menor rastro. Pero, para

Sydney, la mejor manera era que muriese al golpearla él en la casa; luego se la llevaría en el coche, la enterraría en alguna parte y después diría a todo el mundo que su mujer se había ido a pasar

varios días fuera, tal vez a Brighton, puede que a Londres. Luego, Alicia no volvería. La policía no conseguiría dar con ella. Sydney reconocería ante la policía, ante todo el mundo, que últimamente su matrimonio no era perfecto y que quizá Alicia había querido huir de él y cambiar de nombre, incluso puede que irse a Francia utilizando un pasaporte falso. Pero esta última idea era un tanto alocada, ya que irse a Francia entrañaba una serie de complicaciones y a Alicia no le gustaban las complicaciones.

—¡Sydney!

—¿Qué?

—¡Has pasado de largo!

—Vaya.

Sydney frenó el coche y dio media vuelta.

La casa de la señora Lilybanks era una mole sombría bajo la luz

lechosa de la media luna, pero a Sydney no le pareció ciega, sino que parecía mirar atentamente su coche mientras avanzaba por la corta calzada de acceso y se refugiaba en el garaje de madera. El asesinato de Alicia tendría que planearlo con más cuidado y mostrarse mucho más cauto en lo concerniente a sacar el cadáver de la casa, todo ello a causa de la proximidad de la señora Lilybanks. Sydney pensó en ello automáticamente y de modo tan impersonal como si estuviese

pensando en los actos de uno de sus personajes. Luego, a su debido tiempo, cobraría la renta de Alicia, que no le iría nada mal. Acallaría su voz para siempre, aquella voz que constantemente le saboteaba.

Sydney pensó en la recompensa también con cierto distanciamiento: la libertad y un poco más de dinero. Era como si todo fuera a

recibirlo otra persona.

La marca del asesino, la aventura de Nicky Campbell escrita conjuntamente por Sydney y Alex, fue rechazada por el tercer y

último posible comprador con una nota que decía: «No está mal,

pero ya se ha hecho anteriormente». Aquel rechazo cansado,

lacónico, agitó el cerebro de Sydney durante varios días. Daba

paseos sin saber adónde iba, siempre deseando encontrar bosques, penetrar en los campos; pero no encontraba ningún bosque, y los

campos, pese a estar desiertos, parecían pertenecer a algún

agricultor vigilante que le preguntaría qué andaba buscando si ponía los pies en ellos. ¿Qué andaba buscando? Nada. Eso parecería aún más sospechoso. Era mejor tener preparada una respuesta como

«Me interesan los conejos y me pareció ver uno que se metía en este agujero». Finalmente se aventuró a entrar en algunos campos, pero nadie le dijo nada. Andaba millas y millas, lentamente, sin pensar en la comida hasta que sentía hambre, cosa que siempre ocurría

después de las dos y media de la tarde, cuando los pubs ya estaban cerrados y no había manera de encontrar algo que comer. A veces

encontraba una pequeña tienda de comestibles y se compraba un

paquete de queso cortado en rodajas y una manzana. Fue de la rabia y de cierta ironía de donde nació la idea de El látigo. Cuando se le ocurrió, Sydney giró en redondo y regresó rápidamente a casa,

pensando mientras caminaba.

El Látigo sería un personaje criminal que haría algo horrible en cada episodio y esta vez no se trataría de una serie, sino de algo que pudiera seguir indefinidamente, una historia completa en cada

programa. El público lo vería todo a través de los ojos de El Látigo, lo haría todo con él, finalmente se pondría de su lado y desearía que la policía fracasase, como hacía siempre. No llevaría un látigo ni nada parecido, pero su apodo sugeriría unos hábitos depravados y secretos. Podría tener un encendedor con un látigo grabado en él.

Gemelos en forma de látigo, de «S». Su primera proeza sería un

robo, el robo en casa de unos ricachones con los cuales los

espectadores no simpatizarían nada. La policía no conoce su

verdadero nombre, pero sospecha qe se trata de uno de tres

conocidos criminales que tiene fichados. El Látigo no es ninguno de ellos. No está fichado por la policía, porque siempre ha sido demasiado listo para la policía. Y empezó siendo todavía muy joven, por supuesto. No, eso no podría hacérselo saber a los espectadores porque El Látigo no tendría amigos íntimos con quienes hablar. Esa sería parte de la fascinación: el público no sabría qué pensamientos se ocultaban en la mente de El Látigo hasta que él empezase a

actuar. Satisfaría el apetito del público dándole melodrama, farsa y violencia más allá del control de la ley, todo de una vez.

Los pensamientos de Sydney se derrumbaron y esfumaron

súbitamente; sonrió y alzó los ojos hacia el cielo azul pero sin sol.

Había decidido que la eliminación del cuerpo de Alicia requeriría una alfombra que él transportaría sobre el hombro con la intención aparente de llevarla a la tintorería, por ejemplo; lo cual significaba que tendría que comprar una, ya que no podía dejar desnudo el

suelo de la sala de estar o de uno de los dormitorios. Pero sus

delicados sentimientos se resistían a pedirle a Alicia que le

acompañara a elegir una y se dijo que iría él solo a Abbott’s para comprarla. Diría que estaba harto de ver la alfombra raída que

cubría el suelo de la sala de estar, cosa que era cierta. Alicia la había adquirido por muy poco dinero y porque le gustaban sus colores,

rojo y azul, que hacían juego con las cortinas azul marino que su madre le regalara. La mente de Sydney regresó junto a El Látigo. Ya cercó de casa, apretó el paso y, al entrar, se dirigió directamente a la máquina de escribir.

Puso papel carbón en la máquina porque quería enviarle una

copia a Alex. Luego escribió:

EL LÁTIGO ATACA

El Látigo: Nadie conoce su verdadero nombra Incluso las

facturas que llegan a su piso de Londres van dirigidas a seis personas distintas. Tiene 35 años y es cortés, delgado, con el pelo y el bigote castaños, sin ninguna señal que le distinga salvo las propias de un caballero. Es socio de un club exclusivo de Albemarle Street. Habla francés, alemán, italiano. Detesta a la policía y siente asco en cuanto ve a un bobby, aunque El Látigo jamás ha matado ninguno se limita a burlarles y desafiarles. No tiene ningún socio, ningún confidente, aunque mucha gente del bajo mundo (y del alto mundo) desea cooperar con él porque a) les ha ayudado en el

pasado o b) paga bien los favores. Serán episodios de una hora de duración, con una historia completa en cada uno.

Al comenzar nuestra primera historia, El Látigo anda escaso

de fondos, como se desprende al verle examinar las facturas en su elegante piso de St. John’s Wood. Una sonrisa divertida ilumina su cara. Su cara es elocuente, pero sin exagerar, y El Látigo nunca se rebaja a recitar soliloquios como método para dar a conocer sus intenciones. El Látigo actúa. Sale de su casa, para un taxi y le dice al taxista que le conduzca a un barrio de gente adinerada. Se muestra tranquilo mientras observa el panorama y de vez en

cuando anota algo en una libreta encuadernada en piel. El taxista entabla conversación con él. El Látigo le dice que no tiene ningún punto de destino, que sólo quiere ver algunos lugares donde vivió anteriormente. Le dice al taxista que ha pasado los últimos quince años en la India. Poco a poco los espectadores van dándose cuenta de que se hace pasar por un hombre de edad avanzada. Ha

envejecido treinta años desde que subió al taxi. El Látigo despide al taxista, y tenemos la impresión de que éste no podría

identificarle aunque en ello le fuera la vida. El Látigo recorre dos calles y mira atentamente las casas donde pretende robar. Tiene el nombre del propietario anotado en su libreta: el honorable

Dingleby Haight, Q. C.2

Fundido. Al iniciarse la secuencia siguiente, vemos la entrada de servicio de la mansión Haight. El Látigo es ahora casi

irreconocible bajo el disfraz de fontanero y su facha resulta bastante divertida. El mayordomo de la mansión Haight insiste en que ellos no han avisado al fontanero y El Látigo insiste con la misma firmeza en que sí le han llamado. Su acento de trabajador es impecable. El mayordomo le franquea la entrada y lo acompaña hasta el cuarto de baño del primer piso. El Látigo observa a la doncella en el boudoir de milady. No importa: su equipo contiene cloroformo y su primera víctima es el mayordomo, al deja sin sentido golpeándole con una llave inglesa en el momento que el hombre se dispone a salir del cuarto de baño. La doncella entra con el propósito de investigar por qué el mayordomo ha soltado un grito (apagado) y El Látigo sale de detrás de la puerta con un pañuelo empapado en cloroformo que aplica al rostro de la

doncella. La doncella pierde el conocimiento y se desploma.

Entonces El Látigo coge su voluminoso maletín, vacío a excepción del cloroformo y...

1 Queen’s Counsel: abogado de categoría superior. (N. del T.)

—Estás muy trabajador esta tarde. ¿Qué ocurre? —Alicia se

hallaba de pie en el umbral, con un cuenco grande lleno de fresas.

—Nada —dijo Sydney, mirándola por encima del hombro,

molesto a causa de la interrupción, aunque no tan molesto como de costumbre.

—Siento entrometerme de esta manera, pero la puerta no

estaba cerrada y la señora Lilybanks acaba de traernos esto. Todo un detalle, ¿verdad? Las compró en Fram. ¿Quieres unas cuantas ahora o prefieres esperar hasta la cena?

Sydney se levantó y sonrió cortésmente. Aunque miraba a

Alicia, en realidad no la veía. Sus ojos estaban aún acomodados para la distancia de la hoja colocada en la máquina de escribir.

—Guárdalas para después de cenar. Al menos las mías.

—De acuerdo, querido. Perdona que te haya molestado.