Crónica Negra de 1925 por Carlos Maza - muestra HTML

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Crónica negra de 1925

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2015

       Todos los derechos reservados

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

Los celos del cura ………………………………...

5

La humillación de un guardia …………………….

19

Nada es lo que parece …………………………….

35

El dinero del párroco ……………………………..

45

La criada y el señorito ……………………………

53

La Vereda del Cruce ……………………………...

69

El disparo imposible ……………………………...

81

La muerte de un pastor …………………………...

101

Crimen de Morga …………………………………

125

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los celos del cura

 

            Es difícil encontrar una información detallada de este pequeño pueblo burgalés, una pedanía de Villarcayo, actualmente con más de tres mil habitantes. A casi 90 km de la capital, Villacomparada de Rueda apenas reúne hoy en día a 75 habitantes. Tal vez sea uno de tantos pueblos de la merindad de Castilla la Vieja que han conocido un progresivo abandono a lo largo del siglo XX.

            Cuando indagamos un poco más se hallan fotos de una antigua abadía cuya primera referencia data de 1324, casi un siglo después del comienzo de la historia escrita para la misma localidad. A su lado aparece un palacio, o los restos del mismo más bien, que son descritos del siguiente modo:

 

“Palacio remozado entre el siglo XVI y XVII flanqueado por dos torres cuadradas con su alto y bajo; un fondo de 14 varas (83`54 cm por vara) que son unos 12 metros, y un largo de 26`50 varas que convertido al sistema legado por la revolución francesa son 22 metros. Su distribución interna disponía de portal, cocina y tres cuartos (dos medianos y uno pequeño). Tiene el suelo de las torres, su portal y caballeriza. Un aparte para troje del pan y más de cuatro cuartos bajos pequeños. Hay otra casa que se usa de pajar y caballeriza, una hornera y un cercado para el ganado”.

            La verdad es que no queda claro si el palacio se construyó utilizando parte de la antigua abadía o cuál es exactamente la situación de ambos monumentos (tal vez sean uno solo). Por una parte se comenta que la abadía fue reconstruida por completo en los años ochenta y ahora es de propiedad privada y por otro lado se muestran fotos de un monumento cuya fachada se mantiene en pie gracias a estar apuntalada pero que está vacío y destruido. Quizá, efectivamente, hablemos de edificios diferentes.

            En todo caso, el pequeño número de habitantes habla de que muchas de las familias marcharon lejos a lo largo del siglo, tal vez a pueblos cercanos o a la capital de la provincia. No tenemos datos tampoco de cuál pudo ser su población hacia 1925, cuando sucedieron los hechos que vamos a narrar a continuación. Por lo que se menciona, la juventud bajaba hasta la cercana Villarcayo a bailar, de donde se deduce que aún había gente joven, probablemente dedicada a la agricultura.

            Pues bien, no hace mucho hubo una partida económica dedicada a reparar los muros de la “casa del cura”, que debían estar en bastante mal estado. Muy posiblemente, ya no haya allí un cura titular. Si acaso vendrá uno en ocasiones especiales para decir misa o presidir alguna celebración local. Pero en enero de 1925 sí había un cura párroco que vivía en aquella casa. Se llamaba Clemente Huidobro Marquina. Según las fotos era alto, de buena presencia, un hombre atractivo que debía dedicarse a Dios.

            Sin embargo, los comentarios no van por ese camino, sino que la opinión popular denunciaba que tenía mucho gusto “por el vino y las mujeres”. Al parecer, debía ser un hombre cordial y cercano al pueblo. Después del hecho que protagonizaría la vida de Villacomparada hasta el día de hoy, los vecinos admitirían ante los periodistas que se sentaban con él en las tabernas y tomaban un vino en su compañía sin hacerle asco ninguno, aunque supieran que ya había cometido un delito contra una joven.

            La muchacha en cuestión se llamaba Dolores González y contaba por aquellas fechas con 22 años. Un periódico afirmó rotundamente que era una mujer “bellísima”. Aún admitiendo el cambio de criterios en torno a la belleza femenina que supone un siglo de diferencia, uno no puede dejar de sentir asombro de que se califique así a una aldeana de facciones proporcionadas pero toscas, según se aprecia en las fotografías.

            En todo caso, la sangre le hervía al sacerdote cuando la veía. Probablemente fuera su confesor porque, preguntado por si esto le había acercado a los secretos de la doncella, contestó irritado a un periodista:

 

“De eso –replica- no hablemos. Yo seré lo que sea, pero antes me hacen tajadas que aprovecharme de la confesión para nada” (La Voz, 15.1.1925, p. 4).

 

            Teniendo en cuenta que en la entrevista concedida desde la cárcel miente sin rubor y buscando descaradamente una justificación a sus actos, se puede pensar que la muchacha se acercaría a confesar con aquel cura tan apuesto del que hablaban las amigas. De contar los breves secretos de su vida se pasaría a recibir sanos consejos envueltos en un clima de interés personal, a fin de cuentas en aquel pueblo todo el mundo terminaba por conocerse y cruzarse cada día. Tal vez a Dolores le agradara sentir ese interés y lo alentara. Con veinte años que tendría entonces, una presencia masculina, el calor de una voz que aconseja y reprende, es algo que puede resultar agradable.

            ¿Hubo algo más entre ellos? Teniendo en cuenta lo que vino después, o lo hubo o ese sacerdote se obsesionó con la muchacha. Probablemente sucedieron ambas cosas: que se entendieron durante un breve tiempo hasta que ella le fue dando de lado al conocer a otro muchacho en el baile de Villarcayo. Las razones que posteriormente dio Huidobro niegan algo evidente pero dan a entender, casi sin querer, otros motivos para herirla:

 

“¿Por qué hirió usted a tiros en Villacomparada a Dolores?

-         Pues yo, ya ve usted, no podía ver con buenos ojos que anduviera ella como andaba, porque después es uno quien se lleva la culpa, y porque además yo quería que me respetara, que fuera buena…

-         Luego ¿usted estaba enamorado de ella?

-         No; la quería bien solamente, y le daba buenos consejos. Estábamos con frecuencia juntos y tenía hacia ella cierta inclinación, pero no: enamorado yo no he estado nunca” (Idem).

 

En otro momento afirma: “Me daba rabia que hiciera lo que hacía por comprometerme”. Se puede discutir si lo que sentía el sacerdote era amor u obsesión amorosa, ciertamente, pero de lo que no cabe duda es de que se encontraba indignado ante el proceder de la muchacha y el grado en que lo comprometía ante la opinión del pueblo.

A fin de cuentas, él tenía una imagen de respetabilidad que quería conservar. Su relación con Dolores, llegara al grado que alcanzara, debía de ser bien conocida de todos. Tampoco era una situación muy extraña en aquellos tiempos u otros anteriores, cuando el sacerdocio era refugio para hombres apasionados e incluso violentos y un recurso económico para jóvenes sin demasiado futuro.

Clemente Huidobro debía considerar a la muchacha dócil, siguiendo sus consejos al principio, cálida y amable, como una responsabilidad propia, como algo suyo. Por ello el periodista le pregunta y él afirma tajantemente que le prohibía bajar al baile de Villarcayo como hacía con otras muchachas, para evitar las malas costumbres. ¿O lo hacía con ella en especial porque sentía celos de los jóvenes con quienes podía bailar? ¿Qué sentiría entonces cuando supiera que, de uno de esos bailes, la muchacha había venido con un pretendiente, un joven campesino llamado Agapito Peña?

La verdad de sus sentimientos estaba más cercana a lo que manifestó un preso que se encontraba con él en la cárcel donde esperaba juicio. Según comentó a uno de sus visitantes, que lo relató a un periodista, Huidobro le había afirmado:

 

“Yo estaba loco por la muchacha, y más loco porque estaba convencido de que no me quería. Por eso decidí matarla al enterarme de que iba a casarse” (La Voz, 8.1.1925, p. 4).

 

            Así que ya tenemos la combinación fatal: por una parte ella lo rechazó desde el momento en que conoció a aquel muchacho honrado que planteaba su boda. Por otro lado, en boca de todo el pueblo, eso suponía un desprecio hacia el cura, comprometer su reputación y hombría ante los ojos de sus convecinos. En aquel tiempo eran muy frecuentes los crímenes pasionales, que hemos estudiado en un libro anterior, los arrebatos incontrolados que, según manifestaban los asesinos, los llevaban a cometer actos de los que luego se arrepentían pero que no podían evitar llevar a cabo.

            Vayamos entonces a los hechos escuetos. Corría el mes de julio de 1924 cuando el cura se encontró con Dolores cerca de su casa. Le debió preguntar si era verdad lo que decían, que había un muchacho que la cortejaba. Ella respondió que sí. Él le agarró del brazo, le dijo que si se casaba la mataría, estaba fuera de sí. Sacó incluso una pistola de la que estaba provisto, a fin de cuentas reconocía ser un buen tirador. En ese momento se contentó, nervioso, con disparar al aire para amedrentarla. Tal vez le dijera aquello tan frecuente de: “O eres mía o no serás de nadie”.

            Ella no se amedrentó por sus amenazas. ¿Qué pasó en los días siguientes? No cabe duda de que Dolores contó a sus padres aquellas palabras del cura, que estos lo irían diciendo por el vecindario a su vez. Se habla de ellos como “ancianos” pero tampoco deberían sobrepasar en mucho los cincuenta años. Estaban dispuestos a defender el honor de su hija, comprometida con aquella relación que no debía haber existido nunca, defender su futuro también porque aquel Agapito parecía un buen muchacho, un hombre de fiar.

            Los comentarios sobre lo sucedido debieron llegar a oídos de Huidobro. Tal vez fuera en la taberna, tomando un vino con algunos parroquianos, quizá comprobara un cierto tono burlón, unas sonrisas indeseables en el rostro de los presentes. También debió influir escucharles que los padres de la muchacha iban diciendo que lo iban a denunciar por amenazas.

            Volvió a la casa de Dolores y empezó a gritos con ella. El padre se le enfrentó y lo apartó a golpes. Luego sacó la pistola y, mientras las mujeres gritaban, disparó una sola bala sobre la muchacha, alcanzándola en el pecho. Tal vez no consiguiera agotar el cargador por la decidida acción de la madre, que se abrazó a él como una fiera, hasta el extremo de que solo pudo desembarazarse de ella mordiéndole un hombro.

            Pensando que había matado a Dolores, huyó. Un conocido lo llevó hasta la capital donde la guardia civil, que iba tras sus pasos, lo encontró en una fonda que solía frecuentar. Al verlos llegar se entregó afirmando: “Entonces está muerta, puesto que vienen a por mí”.

            Pero Dolores no estaba muerta. Tardaría tiempo en recuperarse de la herida, que no había interesado ningún órgano vital. Menos tardó el cura Huidobro en verse libre tras entregar tres mil pesetas de fianza. Al cabo de solo tres días de calabozo se encontraba en la calle, oficiando misa y dando un sermón, mientras por la noche visitaba las tabernas y se encontraba con los mismos que antes se reían de él.

            En ese punto podía haber terminado esta historia, pero no sería así.

 

“Si yo disparé la primera vez contra ella fue por defenderme de sus padres y no por otra cosa. Pero, en fin, aquello no tuvo importancia, y se hubiera arreglado. Un año de cárcel, y después a Madrid o a otro punto cualquiera, y hasta olvidarlo todo…” (La Voz, 15.1.1925, p. 4).

 

            De nuevo miente. No le disparó en julio por la actitud de sus padres. Él ya tenía ese propósito, el de matarla, solo que no lo consiguió en ese momento por la acción decidida de esos mismos padres que defendieron a su hija. En lo que sí tendría razón es que aquel atentado, un homicidio frustrado, se podría haber saldado con una pequeña condena de cárcel y el traslado eclesiástico a otra zona bien alejada donde los feligreses no supieran o no les importara quién era Dolores ni qué es lo que había hecho el cura párroco en el pasado.

            Fue él mismo, finalmente, el que no consintió en que las cosas quedaran así. En la tarde del 2 de enero el cura bajó hasta Villarcayo para echar unas cartas. Después había de marchar a Bocos, un pueblo cercano, donde vivía su familia. Optó sin embargo por esperar a un cuñado, que debía pasar por la carretera aquella poco después, de forma que marcharan juntos. Se sentó entonces en el pretil del llamado puente de Villarcayo, cerca de Villacomparada. Ese puente que pasó a llamarse desde entonces “el puente del cura” como aún se conoce.

 

“Entonces pasó un grupo de chicas de Bocos, a las que saludé. Seguidamente fue a pasar Dolores con sus amigas. No me pude contener. Me dio rabia que, después de lo pasado, hiciera públicas ostentaciones, sabiendo que yo no salía de día más que cuando iba fuera, y solo de noche daba algún que otro paseo, y me dije: ‘Pues ahora te mato’. Y ciego, llevado de este temperamento nervioso, de este mi carácter, no sé los tiros que disparé. Puedo afirmarle a usted que jamás se me pasó por la imaginación la idea de matarla después de salir de la cárcel. Lo pasado, pasado estaba, y no iba a ocuparme más de ella, a pesar de que no me dejaba en paz. Prueba de ello es que durante este tiempo me he portado como un santo varón, y todos los días he practicado mis rezos…” (Idem).

 

            De esta manera sabemos que el cura, tras el atentado del mes de julio, salía poco, probablemente avergonzado de la fama adquirida. Tan solo lo hacía por las noches para ir a la taberna a consolarse de aquella situación. ¿Esperaba quizá que, tras recuperarse de su herida, Dolores también se enclaustrara? ¿Qué se sintiera avergonzada de haberle provocado?

            Es imposible saber si el nuevo atentado fue premeditado o no. El jurado, meses después, consideró que sí pero caben las dudas. La pistola la llevaba a menudo, algo extraño en un párroco, desde luego. No sabemos si el encuentro fue fortuito, se sabía que Dolores pasaba por aquella carretera cada tarde a esa hora, ignoramos si en vez de esperar a su cuñado la esperaba a ella. Tampoco podemos averiguar si, al verlo, ella alzara la cabeza con desprecio, si sus amigas se reirían de él, figura ridícula como la verían con su traje talar allí sentado.

            De lo que sí estamos seguros, porque la autopsia lo revelaría poco después, es que descerrajó siete tiros: dos en el pecho, cuatro en la espalda y otro en la base del cráneo. Según manifestaron los testigos, la cogió del brazo antes de disparar. Es muy posible que ella intentara huir, ya que recibió tantos impactos por la espalda. En todo caso, él sí lo hizo de la escena del crimen, donde la gente empezó a acudir en tropel al ruido de los disparos y los gritos de las muchachas.

 

“Y usted, dándose cuenta de la situación, cometido el crimen ¿cómo no tuvo valor para pegarse un tiro? Hubiera sido éste el final más digno, para no tener que verse en presidio quién sabe el tiempo…

-         ¿Matarme yo? De ninguna manera. No lo pensé entonces, después sí; pero jamás hubiera atentado contra mi vida. Yo sé que matándome todo se habría acabado; pero aún tengo un poco de fe, sé que hay otra vida y no quiero perder ésta y perder aquélla. Viviendo, me queda tiempo para arrepentirme, y ¡quién sabe, quién sabe!... En cambio, matándome, dígame: ¿qué voy ganando?” (Idem).

 

Una lógica muy “católica”, por lo que se ve, también muy acomodaticia. A fin de cuentas, tampoco dio oportunidad alguna a Dolores para arrepentirse de sus pecados antes de asesinarla. Pero lo primero era lo primero: salvar su alma, ahora culpable, mediante el arrepentimiento posterior. De todos modos, en ese desdoblamiento de personalidad, ese proceso de autojustificación de acto tan execrable, cabía todo tipo de razonamiento hasta dejarlo como inocente en realidad:

 

“No fui yo el que mató, fue un arranque violento de mi carácter. No pude contenerlo, surgió de pronto, no supe lo que hacía. Ahora, en ciertos momentos, si tuviera un resorte del que hacer uso para devolver la vida a Dolores, echaría mano de él y le diría: ‘¡Anda por el mundo y haz lo que quieras!’. Pero lo hecho no tiene remedio” (Idem).

 

            Realmente, solo le faltaba que dijera a su víctima: Me has obligado a hacer un acto deshonroso aunque no lo he hecho yo mismo, sino mi carácter ingobernable. En todo caso, como en los oficios, puedes ir en paz por el mundo.

            El juicio por el primer atentado tuvo lugar el 12 de febrero de aquel año. Indudablemente, debió pesar en el tribunal y el jurado los hechos que habían sucedido después, porque se aceptó completamente la petición del fiscal: diez años y un día de prisión por homicidio frustrado.

            Dos meses después, el 16 de abril, comenzó en Burgos el juicio por el asesinato. El tumulto de público dos meses antes ahora se reprodujo. Volvieron a repetirse las escenas que siguieron a la detención definitiva de Huidobro y su internamiento en el calabozo de Villacomparada. Entonces los vecinos, que habían estado a punto de lincharlo horas antes, hecho solo impedido por la guardia civil, cercaron el edificio entre gritos e insultos. “¡Que entran, carcelero, que entran!” dijo entonces un aterrorizado Huidobro.

            No entraron entonces y ahora que el juicio se desarrollaba, protegido por un amplio cordón policial, el acusado se permitió gestos de desprecio hacia la muchedumbre que le gritaba y silbaba, consiguiendo que el tumulto se redoblara.

            El fiscal pedía la condena a muerte. El defensor, ante delito tan flagrante, sólo podía aducir una demencia temporal, el mismo argumento que esgrimía el asesino desde la cárcel. Era un crimen pasional, a fin de cuentas, y ya se sabía que las pasiones son difíciles de controlar, sobre todo cuando anda en juego el honor masculino. Claro que si él hubiera sido un marido engañado, la sentencia hubiera sido otra, pero era un cura y además no tenía derecho alguno sobre la muchacha. Su honor mancillado tampoco era algo que poder sostener ante un tribunal.

            El defensor trajo médicos que afirmaron su locura, el fiscal otros que defendieron su completa sensatez y responsabilidad ante los hechos enjuiciados. Pese a que el abogado podía haber pedido su absolución por locura temporal, ni siquiera se atrevió a tanto y sostuvo como petición doce años de reclusión. Finalmente, fueron veinte años y un día que añadir a la condena anterior.

            El caso ya ha pasado a ser leyenda de Villacomparada y pueblos cercanos. Una vez hubo un cura que asesinó a una muchacha por amores. El suceso tuvo lugar en ese “puente del cura” por donde pasan aún los que vienen o van al cercano Villarcayo. El mismo lugar donde, pocos días después de su asesinato, pasó la comitiva fúnebre camino del cementerio de Villacomparada. Allí, entre la emoción de los presentes, se detuvieron los seis mozos que portaban el féretro (entre ellos, el que fue su novio) y el cura sustituto rezó un responso acompañado por las lágrimas y los gestos serios de los muchos acompañantes.

            En el cementerio, entre un silencio que se cortaba con un cuchillo, el cura sustituto volvió a rezar para luego decir a todos los presentes: “¡Sobre Huidobro caerá la maldición de los hombres, también la de Dios!”. Luego, en pequeños grupos, volverían a casa entre comentarios y alguna palabra malsonante, dicha en voz baja.

            Hoy pasarán por allí los naturales del lugar, excursionistas que se alojan en las distintas casas rurales que ofrece el pueblo. Debe haber lugares hermosos por aquella zona, la provincia burgalesa encierra muchos para los amantes de la Naturaleza. Pero quizá alguien se pregunte de dónde viene ese nombre del puente y quién era ese cura al que hace referencia. Tal vez uno del lugar le cuente esta breve historia, una de tantas del mundo rural de aquella época, una historia de amor, celos, obsesión y violencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La humillación de un guardia

 

            Eran las cinco de la madrugada del jueves 7 de mayo de 1925. En la Delegación de Policía del distrito de Barceloneta, sito en la calle Doctor Bruguera de la capital catalana, todo transcurría con normalidad. Le tocaba guardia al teniente de Seguridad Ricardo Rojo. Confiado en que sus hombres le avisarían en caso de que sucediera algún hecho que requiriera la intervención policial, se había recostado en un diván que tenía en el despacho y dormitaba superficialmente.

            Era un hombre tranquilo pero enérgico. Viudo, con dos hijos de doce y cinco años, vivía con su suegra, que le ayudaba con la crianza del último de sus vástagos. Llevaba seis años de servicio en Barcelona, pasando primero por las Atarazanas, luego por la Lonja y ahora en Barceloneta. Su vida tal vez no estuviera destinada a ser recordada, como la de tantos otros, pero resultaba un jefe adecuado para sus hombres, que lo respetaban y apreciaban por su don de mando.

            A esa hora, con una Delegación no muy bulliciosa, el cabo Juan Castany golpeó la puerta y pidió permiso para entrar. El teniente despertó de su cabezada y se lo dio de inmediato. Ya sabía que venía a pedirle los boletos de asignación de tareas para el día siguiente. Cuando entró, sin embargo, otra figura se deslizó detrás del cabo. Mientras hacían ambos, Rojo y Castany, un breve gesto de sorpresa, el hombre empezó a disparar. La primera bala le dio a Rojo en la cabeza. Pese a ello, intentó levantarse para repeler el ataque, pero un segundo balazo en el vientre acabó con él. La muerte del teniente fue casi instantánea.

            Aturdido por los fogonazos y la sorpresa, el cabo Castany se precipitó hacia el hombre, pero éste volvió la pistola hacia él. Su tercera bala le alcanzó en el hombro izquierdo mientras la segunda le rozaba el cuello. Golpeado por el impacto, la nueva víctima cayó al suelo sangrando profusamente por la herida del cuello, que no habría de ser mortal.

            El despacho del teniente se convirtió en un caos. Varios guardias entraron forcejeando con aquel hombre que intentaba dispararles sin éxito pulsando una y otra vez un gatillo encasquillado. Finalmente, lo inmovilizaron en el suelo mientras el pistolero daba puñetazos y patadas y gritaba de forma inarticulada.

            El agresor se llamaba Juan Bautista Langa y era uno de ellos, un guardia que aquel día debía estar de permiso. Había sido, además, buen amigo del cabo Castany desde hacía tiempo, cuando entró a trabajar en la Delegación de la Barceloneta quince años atrás.

            ¿Qué había sucedido para que aquel hombre se convirtiera en un asesino de sus propios compañeros? Tantos años de guardia, casado, con siete hijos, la mayoría pequeños, tantas responsabilidades familiares. Solo el mayor, de veinte años, había marchado de soldado voluntario en África. Los demás dependían todos de él, ese hombre del que se conserva alguna fotografía en la prensa de aquel tiempo. Va con las manos esposadas, la mirada hacia el suelo, el semblante taciturno mientras lo conducen hacia el lugar donde se celebraría un Consejo de guerra sumarísimo. Luce una barba poblada y no parece en modo alguno un asesino sino un hombre golpeado, derrotado, tal vez incluso arrepentido o quizá no. Sabedor en todo caso de cuál sería la consecuencia de aquellos actos de locura, como manifestaba, unos actos de los que la última responsabilidad no era suya, a su entender.

            Poco después de lo sucedido, alertada por alguien, llegó la mujer de Juan Langa hasta los calabozos de la Policía, donde se hallaba su marido. Quiso saber qué falta había cometido para estar encerrado pero, con un extraño pudor, tal vez piedad, nadie quiso decirle nada de lo sucedido. Ella no se extrañó, a fin de cuentas no era la primera vez que le iba a visitar al calabozo para llevarle comida y algunos enseres. Algún periodista que andaba por allí le preguntó qué pensaba del encierro de su marido.

            Debió extrañarle que un reportero le hiciera tal pregunta, alguna inquietud tuvo que causarle una novedad semejante. Se pondría nerviosa pensando que la falta esta vez sería grave.

 

“La esposa ha dicho que Juan Langa cumplía fielmente con su deber; pero que algunos compañeros no le querían, por lo cual él temía siempre perder el cargo, por las antipatías de sus compañeros, que le denunciaban constantemente a sus superiores” (El Siglo Futuro, 8.5.1925, p. 2).

 

            Los periodistas descubrieron entonces que el agresor, su mujer y los seis hijos pequeños que estaban a su cargo convivían en un “callejón miserable” de Tripot Trasmuralla, y que los niños tenían “un aspecto enfermizo”. Los cincuenta duros que recibía Langa de soldada no le daban más que para ir tirando mientras tenía más y más descendencia, viéndose casi incapaz de atender las necesidades de los suyos. No era el caso de otros compañeros como el mismo Juan Castany, el que resultara herido, que vivía soltero con una hermana que cuidaba de la casa. Otros guardias eran jóvenes, tenían menos necesidades que él, podían incluso permitirse divertirse cuando no estaban de servicio.

            El declive de Juan Langa databa de unos pocos años atrás, tal vez tras la llegada de su último hijo, el séptimo de una larga prole. Posiblemente, la difícil situación económica por la que pasaba el matrimonio indujo a que el hijo mayor se presentara voluntario para hacer el servicio militar en tierra africana, un destino no muy deseable tan solo cuatro años después del desastre de Annual.

            Así las cosas, algo se debió romper en el espíritu del guardia. Desde tres años antes las sanciones internas se fueron acumulando. Siempre había sido algo indisciplinado, decían los más veteranos del cuerpo. Problemas pequeños aunque frecuentes, fueron forjando una determinada imagen en la Delegación, convirtiéndole en el hazmerreír de sus compañeros, que no perdonaban su descuido y suciedad.

            En cierta ocasión, por ejemplo, se presentó con una gran mancha en su uniforme. El teniente Rojo, que se cruzó con él, tuvo algunas palabras gruesas que dirigirle, ordenándole que arreglara el uniforme de inmediato. Creyendo equivocadamente que su superior le reñía por tener flojos algunos botones, cosa que también sucedía, volvió a su casa diciéndole a su mujer que se los cosiera.

            Con el arreglo hecho, volvió a presentarse ante su teniente que, indignado, comprobó que la mancha seguía extendiéndose por el uniforme y que aquel botarate se le volvía a presentar, al parecer satisfecho del arreglo efectuado. Cualquier cosa podía pasar, pero que aquel guardia se le riera en sus narices, no. El teniente Rojo mandó que lo condujeran dos días al calabozo por insubordinación.

            Otro día fue una epidemia de piojos que se extendió por la Delegación. Alguien señaló que el culpable de haberlos traído era Langa. Todos se rieron de él. Resultaba guarro, sucio, descuidado. Algunos sabían dónde vivía, en una pocilga comentaban, entre ratas y piojos. ¿Cómo podía extrañarles que sus hijos estuvieran todos enfermos? ¿No era alguien indeseable el que les traía los piojos a la Delegación?

            Uno de sus compañeros, Caballero de apellido, se presentó ante el teniente Rojo para denunciarlo. Se daba el caso de que disponían internamente de una barbería. El denunciante pidió, en nombre de los demás, que no se le permitiera pasar a ella mientras apareciera desaseado, piojoso y resultara una vergüenza para el cuerpo. Rojo atendió su petición unos días antes del suceso que le habría de llevar a la muerte: el guardia Juan Langa tendría prohibido el acceso a la barbería mientras no se presentara en la Delegación debidamente aseado.

            Los compañeros se reían abiertamente de él. Se burlaban, le lanzaban toda clase de epítetos despreciativos, lo amenazaban con contribuir a echarlo del cuerpo por indeseable. Ya había conocido el calabozo desde unos años antes, ese teniente se la tenía jurada, bien lo sabía. El mismo cabo Castany, otrora su amigo, había cursado una denuncia por descuido en el servicio. Al menor descuido el teniente lo mandaba encerrar. Pero la cosa estaba llegando a un punto insostenible: ante sus gestos de rebeldía, Ricardo Rojo no sólo le prohibió entrar en la barbería, sino que lo castigó sin soldada quince días. Al final de aquel mes solo pudo llevar a casa veinticinco duros con los que pasar el mes siguiente. La mujer lloraba de impotencia, la visión de los niños necesitados y hambrientos le dolía en el alma.

            No sabía cómo cambiar las cosas, ignoraba qué había sucedido para que un servicio que se prolongaba tantos años se hubiera transformado en una auténtica pesadilla. Temblaba imaginando que lo separaran de su trabajo, que lo expulsaran del cuerpo. ¿De qué iban a vivir? Ya no era joven, no se sentía capaz de rehacer su vida como carretero o aguador ni tenía medios para poner un taller ni conocía a nadie que pudiese ayudarle.

            Su única vida había transcurrido entre las paredes de aquella Delegación en la que todo el mundo se burlaba de él, le despreciaba ante un superior jerárquico que le humillaba a la vista de todos. Aquel jueves debía estar durmiendo, pero no lo consiguió. Veía a su mujer, antes de acostarse, llorando en la cama, de cara a la pared. Su cabeza no dejaba de girar y girar viendo la imagen de las risas de los otros, la cara de desprecio de aquel compañero llamado Caballero, el denunciante, el que le había robado la mitad de su paga. Recordaba el gesto adusto, enérgico pero algo asqueado de su superior, comunicándole secamente que le privaba de la mitad de la paga o que le mandaba al calabozo una vez más por su descuido en el servicio. Entonces se levantó lentamente para que su mujer no se enterara, se vistió con el uniforme, cogió la pistola y marchó hacia la Delegación. Seguramente ni se diera cuenta de las calles prácticamente vacías, de las sombras que acechaban su paso, de otras sombras que poblaban su cabeza camino de la venganza. Porque era un hombre que había llegado a un límite en la humillación sufrida, porque los culpables habrían de pagar por su sufrimiento y el de su familia.

            Al día siguiente se celebró el entierro con una amplia manifestación de duelo. En la misma jornada, de una manera sorprendentemente rápida, comenzó y concluyó el Consejo de guerra que habría de juzgar su caso por la vía militar.

            Cuando se examina la información sobre lo sucedido en la sala con la intervención del fiscal Joaquín García y el defensor asignado de oficio, Francisco Senra, bajo la atenta mirada del presidente coronel Santiago Ildefonso, se encuentran curiosos y significativos contrastes. Es algo muy frecuente en aquel tiempo. En el mismo periódico donde aparece la noticia se encuentra la de una “brillante fiesta” que tuvo lugar en el palacio de los Hohenlohe en honor de los reyes de España. Asistieron, entre otros, los marqueses de Carisbrooke, el príncipe Max Egon, la princesa de Metternich, duques, marqueses, vizcondes, etc. El rey, de quien dependería desde el día siguiente la vida de aquel guardia miserable de Barcelona, ostentaba su mejor sonrisa junto a la reina, de la que los reporteros celebraban “su hermosura, que destacaba sobre todas” y el espléndido collar de finas perlas que lucía. Se sirvieron cafés y puros para los caballeros antes de que comenzara la orquesta a tocar la suite de Rameau y un concierto de Mozart.

            Al mismo tiempo que quien tendría la llave de su vida se solazaba escuchando los brillantes acentos orquestales, Juan Langa se encontraba en el calabozo de nuevo, una vez terminado el Consejo de guerra. Se había echado en el camastro y repasaba mentalmente todo lo sucedido sin poder dormir ni un instante, sobresaltado ante cualquier ruido, unos pasos que podrían traerle una sentencia que no deseaba escuchar. Pensaba en lo que había declarado ante el tribunal, dudaba que hubieran entendido bien su posición:

 

“Leyéronse a continuación las declaraciones prestadas por el guardia Langa ante el coronel de Seguridad y el juez instructor.

En la segunda rectificó la primera, especialmente en lo que se refería al propósito de matar al teniente Rojo, al cabo Castany y al guardia Caballero, diciendo que obró en un momento de excitación y sin saber lo que decía.