Cthulhu en el País Vasco por bernardo pereira - muestra HTML

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CTHULHU EN EL PAIS VASCO :

LA SIMA DE LOS PROFUNDOS.

Verdaderamente, nunca sabría cómo contar a nadie esta, por otra parte inverosímil, historia de manera que fuese si no creíble, al menos lógica y de apariencia mínimamente veraz. Confieso que soy consciente de que la exposición de los hechos y experiencias que viví durante mi estancia en la oscura villa vasca de Zumárraga harían albergar a cualquiera que las leyese, serias dudas sobre la integridad de mi salud mental; pero no es ni mucho menos la intención de impresionar a nadie, o reírme de la seriedad de los industriosos y poco dados a fantasías habitantes de esta borrascosa localidad, escondida en el corazón de la húmeda y brumosa provincia de Guipúzcoa; sino la de advertir a quien aún tenga arrestos de acometer las acciones radicales y necesarias contra el horrible y siniestro peligro que nos acecha desde hace tiempo.

Sí.

La amenaza de una abominación que supera la más tremenda de nuestras pesadillas, la más abyecta de nuestras depravaciones, la más desasosegante fantasía que la imaginación humana puede crear, oculta desde hace ya varios lustros en las entrañas del subsuelo, colonizando gigantescas simas y espaciosas cavernas cuya existencia apenas intuimos gracias a los abundantes manantiales de aguas subterráneas, pero cuya espantosa realidad y abominable dimensión tuve el privilegio o desgracia de ver con mis propios ojos.

Vaya por delante que estoy lejos de ser uno de esos crédulos pazguatos fácilmente impresionables o uno de esos, tan típicos en los pueblos y pequeñas ciudades, charlatanes de bar. Poseo una bien contrastada cultura como lo demuestra mi licenciatura en Ingeniería Industrial. Mi solvencia moral es, pues, intachable. Tampoco fui nunca aficionado a desquiciantes francachelas y por supuesto, jamás he consumido ningún tipo de estupefaciente. Gozo, por otro lado, de excelente salud como lo demuestran los exhaustivos análisis y chequeos médicos a los que me someto periódicamente y además me encuentro en perfecta forma física, si exceptuamos algunas leves molestias de espalda, normales a mis 43 años de edad; forma física que procuro mantener mediante largos paseos por los montes de nuestro bello entorno.

Me llamo Jacob Chenchurreta Basurto, de los Chenchurreta de Fuenterrabía, donde se estableció en 1866 mi bisabuelo Abrahám Chenchurreta, abriendo casa en el Paseo Butrón, frente a la escollera del estuario del río. Estaba casado con una misteriosa mujer de la que nadie sabía a ciencia cierta nada, pero a quien las leyendas locales bastante vagas en detalles, atribuían un lejano origen en alguna isla del Pacífico (Ponapé, según algunos), aunque nunca hice caso a tales ideas, absurdas para una mente científica.

Cierto es, y ahí podría estar el origen de tales leyendas, que mi abuelo tuvo una juventud si no disoluta, sí azarosa y aventurera, y nunca estuvo claro el origen de su fortuna. Se sabe que trabajó en su juventud en América, en los EE.UU., en el estado de Massachussets, como marinero oficial de primera clase, a las órdenes del capitán Obed Marsh y su primer piloto o contramaestre Cyrus Alcott Phillips, en la goleta o tal vez bergantín de carga “Cory”.

Los Marsh se habían enriquecido misteriosamente al parecer comerciando con ciertas tribus de las Carolinas y la isla de Ponapé, y poseían su propia compañía naviera. Realizaban la derrota desde Innsmouth a Ponapé, lo que no podría parecer más anticomercial, en sus veleros.

Esto no es nada sorprendente. Muchos vascos eran contratados con excelentes salarios en las mejores compañías de todo el mundo, dada su justa fama de magníficos marineros, como en efecto lo era mi bisabuelo Abrahám.

Al parecer, por motivos oscuros, el capitán Obed, el contramaestre Cyrus y varios miembros más de la tripulación, entre ellos varios vascos como mi bisabuelo y alguno de sus compañeros, tomaron como esposas a mujeres de Ponapé, pertenecientes a una extraña raza de gentes del mar, de grandes ojos, boca desproporcionadamente ancha y nariz muy deprimida, rasgos que les daban un aspecto íctico o vágamente anfibio, sin llegar a ser del todo repulsivo, pero que les distinguía claramente de las gentes con rasgos célticos y caucásicos habituales en nuestro país.

Abrahám engendró de su esposa oceánica a mi abuelo Martín y a mi tía abuela Inaxi Chenchurreta que casó con Isaac Solavide. Ambos heredaron los rasgos de Ponapé. Isaac e Inaxi engendraron a Genaro Solavide que no tuvo descendencia y me legó todos sus bienes.

Mi abuelo Martín Chenchurreta también realizó la inusual derrota de Innsmouth a Ponapé en la compañía de Obed Marsh, en un principio como grumete y finalmente tras algunos años de servicio, completó sus estudios navales en la Academia Nautica de Providence donde se graduó como capitán de fragata. Pasó luego muchos años al servicio de Obediah Marsh como capitán de uno de sus buques, en concreto un wind-jammer de cuatro palos, el “King Dagon”, cuyo segundo era precisamente un sobrino de Obed, Ralsa Marsh, buen amigo de Martín. Ralsa había heredado los peculiares rasgos de su madre, nativa de Ponapé, lo que les hacía parecer a ambos más que amigos, hermanos, pues Martín también era hijo de una de las nativas con las que se desposó buena parte de aquella tripulación.

También Martín y Ralsa desposaron a jóvenes nativas de Ponapé con las que tuvieron numerosa descendencia. Años después mi abuelo, sumamente enriquecido, regresó al País Vasco y de vuelta en su villa natal, compró el solar donde mandó edificar su casa, en lo que ahora es el extremo del Paseo Butrón, donde todavía sigue en pie, aunque ahora convertida en apartamentos que nos repartimos entre los hijos de mi padre.

Martín causó sensación en Fuenterrabía por aquella época: llegó a bordo del elegante wind-jammer que compró a Obed junto con una majestuosa corbeta, la “Innsmouth pride”, también de su propiedad. Los barcos no eran cualquier bagatela: ambos desplazaban casco de acero con modernas anclas de leva y cabrestantes mecanizados. Los estays y jarcias en flexible cable de acero con guarniciones contra el roce. Toda la arboladura era también de acero.

El “King Dagon” era imponente: sus palos mayores proel y popel medían cuarenta y cinco metros desde la cubierta hasta la galleta. El trinquete montaba velas cuadras mayor, gavias baja y alta, juanetes bajo y alto y sobrejuanete. En el proel y popel, enormes cangrejas y sobre estas, las siempre socorridas escandalosas; en el de mesana, escandalosa de mesana y cangrejas alta y baja; sobre el largo bauprés, trinquetilla, contrafoque, foque y hasta petifoque. Uno de los detalles que más llamaba la atención era el desasosegante mascarón que coronaba la esbelta proa; representaba una especie de monstruo octópodo marino esculpido con repulsivo detalle.

La “Innsmouth Pride”, grande aunque de dimensiones más modestas, no dejaba de ser una corbeta magnífica de tres palos con velas cuadras en trinquete y mayor, cangrejas en la mesana y velas de estay entre los mástiles. Los cuatro foques sobre el bauprés completaban el aparejo. Se intuía rápidamente que era un barco más ágil que el gran wind-jammer, excelente para navegar de bolina, rápido y manejable.

Las gentes se arremolinaban cerca de los pantalanes donde estaban atracados los preciosos veleros, disfrutando del espectáculo de las maniobras, la desestiba, los oficiales dando órdenes a la tripulación que con asombrosa agilidad desafiaba el vértigo escalando los obenques, enrollando las gavias y juanetes en sus masteleros, repintaban el casco o pulían las bitácoras de latón. En aquel puerto rara vez se había visto algo más grande que un cúter o un jabeque.

Excepcionalmente había atracado algún Pink e incluso se habían visto goletas, fragatas y bergantines de carga, pero nadie en la zona poseía barcos de gran tamaño. Jamás se había visto allí algo como un clíper; la gente poseía chalupas de pesca y los ricos del pueblo gustaban de presumir en sus repintados cúter de segunda mano.

Con todo había quien trataba de no dejarse impresionar, como el fornido marinero Joseph Otáñez, cuyos comentarios destacaban entre la barahúnda general.

-Hombre, son buenos barcos pero… ¡bah! Yo el año pasado hice el Atlántico como marinero de primera en el Preussen,… ¡ese es un barco grande! ¡la Reina de los Mares, le llaman! Sí camaradas, cinco palos y ciento veintitrés metros de eslora, el más grande de todos los veleros y el más potente y moderno.

Y era cierto, porque Joseph Otáñez había sido de los pocos que había navegado por todo el mundo en diversas compañías, doblando incluso el Cabo de Hornos, como así lo atestiguaban las anillas en su oreja. Le gustaba contar sus aventuras y hablaba mucho con su vozarrón, lo que hacía que muchos envidiosos le considerasen más un fanfarrón que otra cosa.

Pronto las malas lenguas empezaron a tejer leyendas alrededor de los Chenchurreta, como suele ocurrir en los pueblos no muy grandes, debido al recelo que despertaban sus barcos, su riqueza, las extrañas mujeres que habían desposado, yaciendo con ellas y engendrando hijos mestizos a quienes dieron sus apellidos, y sus costumbres misteriosas, que los lugareños imaginaban abominables e inmundas.

Rumores y leyendas que continuaron con esa prolífica descendencia de rasgos oceánicos nunca vistos allí, que provocaban la desconfianza y repugnancia de los pazguatos y pacatos lugareños.

Debo decir que jamás presté atención alguna a tales habladurías que sólo la ignorancia sumada al aburrimiento y la insana envidia podían ser su mezquino origen. De hecho, los hombres mejor formados intelectualmente, los elegantes y los de mejor posición económica gustaban de la compañía de los Chenchurreta e incluso no fueron pocos los matrimonios entre esta y otras familias locales. Ramas posteriores de la familia se extendieron por la Guipúzcoa, tanto por la costa como por el interior, estableciéndose familias en Guetaria, Zarauz., Zumaya e incluso Orio en la costa, y Zumárraga, Urrechua y otras localidades de las aisladas comarcas del interior. Así, Iñaxi Chenchurreta se estableció en Zumárraga con su marido Isaac Solavide, en una casona con sus terrenos circundantes en las laderas de los montes que rodean la ciudad: la propiedad que a su muerte me dejaron en su totalidad y que era el motivo por el que me trasladé a la brumosa villa industrial.

Isaac sobrevivió más de treinta años a su esposa y murió con más de cien años, casi completó la primera década del nuevo siglo. Por lo que me comunicó el notario, las circunstancias de su muerte nunca fueron esclarecidas y una serie de hechos misteriosos rodearon sus últimas horas, hechos que el forense desde su punto de vista científico eximió de toda sospecha eliminando cualquier suposición escorada a lo fantástico, como el hecho de que su piel pareciera o más bien recordase a la piel de peces o anfibios, el denso olor a pescado que exhalaba el cadáver, sus pies con membranas entre los dedos o los profundos surcos detrás de sus mandíbulas, bajo las orejas, que parecían agallas o podrían parecérselo a cualquiera menos dado al pensamiento científico.

Realizado el preceptivo funeral, en el que el párroco desconcertó a la feligresía con veladas alusiones a ciertos aspectos misteriosos de su vida referidos a impíos cultos practicados por la familia Chenchurreta hacia ídolos traídos de allende los mares que “Dios juzgaría el grado de osadía y desafío que hubieran podido, o no, cometer…”

Enterramos a Isaac en el oscuro panteón familiar. Este, contra la costumbre local de adquirir ostentosos mausoleos en el cementerio municipal, se había edificado en una escondida y sombría vaguada bajo frondosos árboles en un bosquecillo que era parte de su propiedad, un lugar fresco y muy húmedo donde nunca llegaba el sol; una densa fronda profundamente verde cubría el terreno siempre empapado y allí mismo brotaba un manantial en el que habían edificado con indudable buen gusto , una pequeña pero elegante fuente de piedra maciza con un caño de latón dorado que vertía sobre una tina de piedra en forma de concha, único adorno del conjunto. El contínuo borbotar del agua con el entorno de altos árboles y exuberante vegetación conseguía un ambiente de quietud que invitaba a la meditación o a la simple contemplación e incluso a sentarse un rato y dejar volar los pensamientos en cualquier dirección. Los trinos de los pájaros llenaban el aire y las prímulas amarillas empezaban a surgir en el suelo nunca seco, anunciando la primavera.

Descender la larga escalinata de piedra desde el camino hasta el mausoleo fue un trabajo arduo. Finalmente, el féretro fue colocado junto al de su esposa y cerrado con la pesada lápida de mármol que aún no tenía grabado el nombre del nuevo inquilino. Después de una breve ceremonia regresamos a Zumárraga. Decidí alojarme esa noche en una pensión de la ciudad y al día siguiente fui al despacho del abogado de la familia, con quien me había citado. Este ya había despachado todos los complicados trámites burocráticos y yo ya había abonado las tasas correspondientes, así que sólo quedaba entregarme las escrituras y llaves de mi nueva propiedad, que la eficiencia del abogado había puesto ya a mi nombre.

Allí fuimos en su todo terreno. La propiedad consistía en una casona de campo bastante grande circundada de algunos terrenos buenos para labranza aunque sin cultivar, convertidos en praderas, y otros boscosos, cubiertos de una espesa selva de alisos, fresnos, robles, hayas, caminos sinuosos rodeados de altas matas de zarzamora y tojo, y altos helechos. Tras la entrega de llaves y títulos y un somero primer vistazo regresamos a la ciudad. La propiedad me encantó desde el primer momento, tanto la casa que tenía grandes posibilidades a nada que uno tuviera dos nociones sobre decoración, como el terreno, que con algunas ideas que me vinieron en la primera visita pensé en convertir en un enorme jardín. Ya en mi imaginación disfrutaba de agradables paseos por un trozo de naturaleza modelado a mi antojo y para mi solaz, daba sonadas fiestas en una reconvertida planta baja de la gran casa e invitaba a pasar fines de semana a todos mis amigos… y por supuesto a todas mis amigas.

Así que, mientras comíamos en un restaurante, le comuniqué mi intención de trasladar mi domicilio a la casa. Al hacerlo, un gesto de extrañeza y cierta inquietud apareció en la cara del abogado.

-No pretendo disuadirle de su idea pero, ¿lo ha pensado bien, Jacob?-

-Completamente. Es el lugar más encantador que he visto nunca.-

Suspiró con cierto aire irónico y me lanzó la pregunta sin rodeos.

-No conoce nada de lo que se dice de ese lugar y de sus moradores, ¿no es así?-

Levanté involuntariamente una ceja.

-¿De qué me está usted hablando? ¿Hay algo grave que deba saber?-

El abogado trató de calmar mi creciente inquietud.

-Vamos a ver… grave, lo que se dice grave, no hay ningún hecho probado. Pero ya sabe cómo es la gente de esta zona, dando crédito a simples y mezquinas habladurías… sí, no se preocupe, son sólo rumores, leyendas…-

Su tono evasivo y poco seguro no me convencía, aún más, espoleó mi curiosidad.

-Vamos hombre… soy ingeniero. No me asustan los fantasmas.

Hable sin miedo. No me impresiono fácilmente, créame.-

Trató de no parecer ridículo.

-Como usted quiera… verá, básicamente los rumores apuntan a que sus familiares eran , bueno…digamos una especie de brujos o así se les consideraba. Gente aislada del resto que según se decía encerraba en su casona avanzados y misteriosos conocimientos, que realizaban extraños rituales… al parecer poseían una hermética ciencia que sabían utilizar en su provecho pero nunca se pudo demostrar ni saber nada a ciencia cierta. Muchos contaban cosas inverosímiles pero a la hora de la verdad, nunca apareció nada claramente. Policías e investigadores serios jamás encontraron en esta propiedad el mínimo indicio de las habladurías que tanto inquietaban a la gente.

Tenían costumbres que cuando menos no eran lo habitual aquí. Hay quien asegura que en las noches de luna llena iban desnudos por sus bosques… en fin, ese tipo de cosas. Yo, como supongo que usted tampoco, jamás di crédito alguno a semejantes historias.-

Reí con gran alivio ante tal cúmulo de supercherías.

-Me había asustado usted. Creí que me iba a contar cosas sobre contrabando o crímenes peores, pero desde luego, si sólo es eso…

¡bah! Es ridículo considerar esas leyendas como algo que pueda suponer obstáculo alguno a mis planes. Aún más, esto lo hará más divertido. Me encanta provocar a los ignorantes-

-Estoy de acuerdo, pero no olvide que aquí no todo el mundo tendrá ese punto de vista. Tome alguna precaución y no haga nada que intranquilice a los crédulos.-

-Tiene razón. Será mejor que vean que no hay nada que temer.-

-Bien. Una cosa le aseguro: no le importunarán las visitas.-

-Entonces, perfecto. Y volviendo al tema que nos ocupa, pronto espero que cambien las habladurías hacia otro tipo de contexto, el de la diversión y las fiestas que pienso hacer allí. Es otra cosa ¿no le parece?-

-Sí – sonrió ya relajado – mucho mejor, mucho mejor, Jacob-.

Esa misma tarde empecé a instalarme en la casa. Apenas tuve que hacer más compra que algo de comida pues la casa estaba completamente equipada. Los ajuares estaban completos y todo funcionaba debidamente. Deshice mis maletas y de momento decidí ocupar un acogedor cuarto en el piso superior que, como era el de invitados, disponía de amplios armarios vacíos. La cama era cómoda y estaba hecha. Tenía un amplio ventanal y destacaba un cómodo secreter entre las piezas más notables. Ya instalado, bajé a la cocina en el primer piso y preparé una cena austera pero suficiente.

Después de cenar y recoger la mesa, decidí explorar la casa. No detallaré los innumerables proyectos que iba ideando según iba descubriendo cada estancia. La más grande e importante de ellas era la imponente biblioteca, que ocupaba en un amplísimo salón buena parte de la planta noble: era una impresionante sala con oscuros y solemnes muebles de ébano, con dos amplias mesas de lectura rectangulares en el centro de la misma; una rica y espesa alfombra turca cubría la tarima. Las estanterías forraban las paredes desde el suelo hasta el techo y estaban repletas de libros hasta el punto de no haber apenas un hueco libre. Incluso se había dispuesto otra estantería en el espacio entre las dos mesas que dividía en dos la sala. Mi tío abuelo debió haber sido un hombre de vasta erudición. Un rápido vistazo me permitió reconocer entre los cientos de volúmenes grandes títulos de la cultura y ciencia de todos los tiempos, que comprendía excelentes ediciones de maravillas del saber que iban desde “El origen de las Especies”, de Darwin, complicados tratados modernos de física cuántica o matemáticas, la “Crítica de la razón pura” de Kant y prácticamente todas las obras importantes de la filosofía de todos los tiempos. También una buena porción de volúmenes sobre ciencias naturales y cómo no una amplia sección sobre ingeniería y tecnología, típico de un ingeniero como él.

En la parte más visible o “noble” de los estantes se alineaban lujosas y carísimas reproducciones de códices medievales dignos del más refinado bibliófilo. Ediciones sobre arte, arquitectura… era inabarcable.

Un grupo de libros llamó mi atención. Estaban en una estantería al fondo, ocupando los plúteos superiores como si no quisiera que se reparase en ellos. Tenían aspecto de libros bastante antiguos, de esos con fuertes tapas de cuero repujado y bisagras en los lomos. Cualquiera los hubiera exhibido con agrado pero estaban semi ocultos ¿por qué motivo?. Acerqué la escalera de mano y los bajé a la mesa. En efecto, parecían bastante antiguos y los títulos no me sonaban a nada: “De Vermiis Misteriis” de Ludwig Prinn, “Coutes des goules” por el conde D’Erlette, “Unaussprechlichen Culten” de Von Juntz; también títulos aún más misteriosos: “Séptimo libro de Moisés”, “Manuscritos Pnakóticos”, el “Libro de Eibon” y el que parecía el principal, en “Necronómicon” del árabe loco Abdul Alahazred, todos ellos me parecieron a primera vista antiguos tratados de brujería. Junto a los libros había un volumen encuadernado que resultó ser una especie de diario manuscrito de mi tío abuelo.

También la buena literatura ocupaba numerosos estantes constituyendo una vastísima colección que comprendía prácticamente todos los grandes clásicos de las letras universales: grecorromanos en cuidad edición bilingüe entre los que vislumbré títulos como el “Satiricón”, “Lysístrata”, obras completas de Aristófanes, Sófocles, Marcial o Cicerón; elegantes ediciones universitarias con comentarios de eruditos especialistas: Shakespeare, las Brönte, Cervantes, Quevedo, Erasmo, Moore, Maquiavelo, Moliere, Lope de Vega, Twain, Dickens… y un sinfín inabarcable en estas líneas. Novela decimonónica como Dostoiewsky, Tolstoi, Chejov, Dumas, Proust, españoles del noventa y ocho y del veintisiete… todo ello daba fe del buen gusto y amor por los libros de mi tío abuelo.

Hacía un buen rato que había anochecido y tras dar una vuelta de inspección, cerré todas las persianas de la planta baja y la puerta principal con dos vueltas de llave, al igual que la puerta trasera que daba a un huerto. Tras una larga ducha, me puse un pijama y con el volumen de manuscritos que había sacado antes bajo el brazo me fui a acostar, pues tengo la arraigada costumbre de leer un rato en la cama antes de dormir. Así, cómodamente recostado, empecé a hojear el manuscrito.

Este era una miscelánea de relatos de aventuras personales, historia familiar que incluía un árbol genealógico y numerosos apuntes y extractos comentados de los misteriosos libros que antes he mencionado. También extraños dibujos y diagramas claramente esotéricos con anotaciones explicativas. No dejaba de chocarme que un hombre con la vasta erudición de mi familiar se hubiera interesado por las ciencias ocultas que yo, íntegro cientifista, consideraba mera superstición. Sin embargo, pensé, también era lógico que hubiera completado su interés por la antropología con esta clase de información que a fin de cuentas, no dejaba de ser fascinante. En rigor, todo antropólogo que se precie no puede dejar de lado el estudio de los mitos y leyendas inherentes a cualquier cultura que se investigue, naturalmente con el debido rigor científico y huyendo de toda suposición derivada hacia el sensacionalismo fácil.

El sueño me vencía y pospuse para el día siguiente la lectura del manuscrito que solamente había hojeado ligeramente para un primer vistazo. Aún así, debo confesar que esta somera ojeada atrajo poderosamente mi atención dejándome completamente fascinado. Por lo que pude entrever en mi rápido pasar páginas allí se hablaba de ciertos cultos al parecer antiquísimos relacionados con una compleja cosmogonía que relataba las querras entre dos razas de dioses, o dioses Primigenios: los Arquetípicos, que no encarnaban claramente al Bien pero luchaban contra el Mal, y los Primordiales, claramente personificaciones del Mal. Estos fueron derrotados y desterrados a lugares como las Híadas y Aldebarán, terroríficos mundos en lejanos e ignotos sistemas solares, o la misma Tierra, a lugares con nombres que no tenían correspondencia en la cartografía moderna: la Meseta de Leng, Kadath la Desconocida, o la ciudad sumergida de R’lyeh. Al parecer, también narraba la existencia de razas humanoides que servían a estos dioses Primordiales: los Profundos, seres anfibios que habitan en R’lyeh son los fieles súbditos del tremebundo dios acuático Cthulhu, el más poderoso de todos según apuntaba el manuscrito. Había otros pueblos como los Tcho-tcho, los Habitantes de la Arena, los Abominables hombres de las Nieves… etc., pero no me interesaron tanto, así como el resto de dioses como Hastur, Yog-sothot o Shub-Niggurath que siendo poderosísimos no parecían serlo tanto como el Cthulhu ese.

Finalmente dejé el libro sobre la mesilla, apagué la luz y me arrebujé cómodamente entre las sábanas mientras me invadía el sueño.

Estaba ya a punto de dormirme, en ese estado de semiinconsciencia, cuando me percaté de un ruido misterioso. No podría asegurar que no lo hubiese oído antes, o incluso que fuera posible que lo hubiese estado oyendo todo el día sin darme cuenta de ello, o dándome cuenta pero sin considerarlo en lo más mínimo inquietante, suponiéndolo como parte del paisaje sonoro habitual del lugar. Pero este ruido, que disfrazado entre los mil ruidos del bullicio diurno resultaba casi inaudible, adquiría en el silencio de la noche una categoría más enojosa, pues al rato de que uno reparase en él acababa convirtiéndose en un rumor que llenaba toda la casa.

Aún más, pasado un buen rato esperando a que cesara el incordiante rumor, acabó pareciéndome que el ruido no provenía del exterior, sino de la misma casa. Traté de tranquilizar a mi imaginación, probablemente exaltada después de la lectura del fantástico manuscrito, pero al cabo de una hora larga tratando de dilucidar la procedencia del ruido acabé convencido de que éste no sólo se originaba en la casa, sino… ¡debajo de ella!. Completamente sugestionado y tras muchas vueltas en la cama, opté finalmente por levantarme y hacer una ronda de reconocimiento por la casa. En efecto, un sordo e insistente rumor parecía proceder de debajo de los mismos cimientos de la casa, claramente perceptible en el silencio de la noche. El sonido sugería una especie de chapoteo viscoso, como si algo muy grande y pesado, compacto y blando, golpease las pareces de roca y tierra arcillosa de una semi-inundada gran caverna subterránea; para alguien acostumbrado a vivir en la costa como yo lo soy, era el rumor inconfundible de un gran animal, tal vez cetáceo o gran pez, atrapado en una gran caverna y tratando de encontrar una salida. Haciendo volar la fantasía, hubiera imaginado un enorme tentáculo como de pulpo, pero infinitamente mayor, golpeando sobre una playa húmeda o sobre rocas y paredes de arcilla.

Llegado a este punto, comencé a reírme sinceramente de mi infantil imaginación. Era tarde y pasada la medianoche, estaba cansado después de un ajetreado día lleno de novedades; para colmo, era mi primera noche en una casa que desconocía por completo y como colofón me había acostado leyendo las novelescas fantasías de mi original familiar. Los ruidos tendrían sin duda una explicación bastante más vulgar que mis figuraciones, probablemente estarían relacionados con las aguas subterráneas que abundan en el territorio, como de hecho probaba la fuente fabricada al lado del mausoleo de los Txintxurreta. Sin hacer más conjeturas volví a la cama, me acosté y dormí hasta bien entrada la mañana. Sea por el cansancio, sea porque dejé de darles importancia, los ruidos no me importunaron más.

Eran ya las nueve y media cuando desayunaba té con biscottes, mantequilla y confitura de zarzamora en la amplia biblioteca, enfrascado en los apuntes y excéntricos libros de mi tío abuelo. Debo decir que aunque dormí bastantes horas, estuve toda la noche sobresaltado por los más extravagantes y desasosegantes sueños, siempre además relacionados con la lectura del manuscrito; y a pesar de mi temperamento absolutamente científico, debo confesar que aquellas supercherías me habían fascinado hasta un punto que rozaba la obsesión.

Pasé la mañana haciendo compras y liquidando asuntos en la ciudad, comí muy bien en un restaurante del centro y tras unas idas y venidas más por las calles de Zumárraga, regresé a mi propiedad ansioso por proseguir la exploración que tanto me ocupaba. Atardecía cuando dejé las bolsas con la compra en la cocina de la casa. Después de ordenarlo todo, cené frugalmente, dejé los cacharros fregados y recogidos y subí a la biblioteca. Ocupé cómodamente una silla en la mesa de lectura donde estaban extendidos y abiertos los libros misteriosos y proseguí la investigación con toda la pasión puesta en ello.

Lo mejor era el manuscrito, bien porque era lo más adecuado para iniciarse en el críptico culto antiguo al que se referían los libros, bien porque estaba entreverado de numerosas páginas con ilustraciones, planos, esquemas y diversa información gráfica de su propia mano; no dejó de admirarme el extraordinario talento para el dibujo y las artes gráficas de mi difunto familiar: las ilustraciones tenían una calidad descriptiva comparable a la de un Gustavo Doré, los planos y diagramas eran sumamente detallados y precisos, como hechos por un ingeniero profesional y en conjunto constituían una fuente de información valiosísima, tanto o más que la parte manuscrita.

Fue descifrando diagramas e interpretando los planos, que cotejados con el texto manuscrito formaban un corpus monotemático, como descubrí un hecho fascinante: en un dibujo se veía el perfil de la montaña con la casa incluída, con un corte que describía el mundo subterráneo; una enorme caverna de vastísimas proporciones ocupaba todo el subsuelo a apenas veinte metros de profundidad…

debajo de la biblioteca. Observando con más detenimiento la ilustración, se apreciaba un fondo arenoso que formaba una playa ; el resto estaba inundado. El dibujo sugería que la playa y la profundidad del lago subterráneo eran suficientes como para permitir el atraque de una nave de mediano calado.

Había otro dibujo de índole más científica pero no por ello menos inquietante: era un plano de arquitectura que describía la estructura del alzado de la casa. Se veían las paredes y vigas, plantas ,huecos de ventanas… al observar la planta baja llamaba la atención algo: dicha planta baja estaba al nivel del suelo y debajo, como es lo normal, había un amplio sótano, pero en el suelo del sótano había dibujado una trampilla que daba paso a un pasillo excavado en la roca con peldaños que descendían al parecer a la vasta caverna antes señalada.

Los pensamientos giraban a toda velocidad en mi cabeza. ¿Para qué podría querer mi difunto familiar ese pasadizo? Está claro que conocía la existencia de una gran caverna bajo su propia casa y que se las había arreglado para hacer un pasadizo que le permitiera llegar allí con facilidad ¿con qué fin? ¿contrabando? ¿productos de robos? Tal vez hubiera un tesoro escondido. Sería magnífico. Montones de billetes, o joyas convertidas en lingotes, o alijos de valioso contrabando… o no, tal vez algo mucho peor, un lugar donde ocultar crímenes, un asesinato, o más… un asesino en serie o un secuestrador y asesino de niños…¿y si fuera eso? Tenía que averiguar qué había de cierto en toda aquella farragosa documentación.

Cogí el plano de la casa y bajé a la planta a nivel del suelo. Estaba el portal, un baño, la cocina… finalmente di con la puerta del sótano. Abrí, encendí la luz y descendí. El sótano era amplio y salvo una mesa de taller con su tornillo de banco, un panel de herramientas y algunos cachivaches en las estanterías allí no había nada. Todo estaba bastante limpio y no me costó encontrar en la posición que señalaba el plano, la trampilla que estaba buscando. Era de hierro, como las tapas de alcantarillado. Busqué una palanqueta y la abrí sin mucho esfuerzo. Quedó descubierto un hueco oscuro del que salía una corriente de aire fresco con un olor inconfundible a mar. Acerqué la linterna y miré dentro: al igual que las alcantarillas, había unas argollas enclavadas en el cemento y más abajo en la roca viva, que descendía hasta un pasadizo que parecía continuar más allá de donde la linterna llegaba a iluminar. No lo pensé mucho y descendí por las argollas de hierro hasta un pasadizo que tallado en la roca, descendía suavemente hasta donde podía llegar a vislumbrar. Comencé a caminar y a pocas decenas de metros, vi que otro pasadizo se unía al que yo transitaba. Esto no estaba en mi plano. Lo iluminé para hacerme una idea de la dirección que seguía, lo indiqué en el plano con un lápiz y seguí el camino principal con la idea de explorar más tarde el otro pasadizo. El descenso era cada vez más pronunciado y pronto encontré escalones tallados en la roca que hacían la bajada mucho más cómoda. Pasé un buen rato descendiendo la interminable escalinata hasta que de pronto comenzó el suelo llano otra vez, o sea que había llegado al fondo. Calculé haber descendido no menos de doscientos metros. El pasadizo continuaba unos metros más y daba un recodo desde el que llegaba aquel aire con olor marino y también una extraña claridad. Parecía que el fin del pasadizo estaría tras aquel recodo del que provenía aquella luz así que decidido, seguí adelante, doblé el recodo y lo que vi me dejó tan estupefacto que aún hoy día me causa un enorme asombro el solo recuerdo de aquella primera visita.

En efecto, allí terminaba el pasadizo y ante mis ojos se abría un asombroso mundo subterráneo: la más inimaginablemente vasta caverna, de dimensiones tan inconmensurables que parecía un mundo dentro del otro mundo.

Me hallaba de pié sobre las arenas de una playa bañada por un lago subterráneo que se perdía en el lejano fondo de la caverna. La playa era amplia y el suave oleaje acariciaba las arenas melifluamente. Una misteriosa claridad iluminaba aquel dilatado espacio y hacía innecesaria la linterna.

-Bueno-medité en voz alta, bastante apabullado por lo que veía.

-Esto explica que oyera agua en movimiento y el olor de aire marino-aspiró el aire olisqueándolo y paseó parsimoniosamente por la playa, admirándose grandemente por lo que veía.

-Pero...- se paró de repente -¿y los golpes?- miró al lago ¿serían las olas chocando contra las piedras? Tal vez fuera un oleaje fuerte, en efecto, pero... ¿qué lo motivaría? Una posible explicación le vino a la mente.

-Claro, las mareas... puede que suba la marea y las olas golpeen con fuerza contra las rocas en lugar de morir mansamente en la playa... sí, eso es, es la marea alta. De alguna manera, esta cueva es tan grande que seguro que alguna de sus ramificaciones llegará hasta el mar.-

Pero las dudas volvían con redoblados argumentos -Pero aquí, ¿cómo es posible tanto oleaje?- cada vez sus conjeturas le resultaban más embrolladas. Finalmente lo dejó por imposible. Ya encontraría tarde o temprano la causa de los incordiantes golpes y seguramente sería alguna insignificante tontería.

Había llegado hasta el centro de la playa donde se alzaba una gran roca cilíndrica. De lejos no me había parecido nada más que eso, simplemente una gran roca cilíndrica, pero según me acercaba y comenzaba a percibir sus detalles con mayor claridad ví en ella algo que me dejó completamente perplejo y me produjo una profunda turbación: era una piedra tallada artificialmente. Lo que de lejos parecían caprichosos efectos de la erosión eran en realidad elaboradas tallas y bajorrelieves de naturaleza viciosamente grotescas y representaban escenas de repugnante inmoralidad con gran realismo, poco aptas para ser contempladas por ojos de personas insuficientemente preparadas. Estas escenas tumultuosas las protagonizaban horrorosas criaturas de repulsivo aspecto mutante, semi-humanos y semi-anfibios que ocupaban en retorcido bajorrelieve toda la superficie de la piedra.

En el centro del conjunto rodeado por una grotesca cenefa, un medallón circular con un motivo labrado con gran maestría que me habia llamado la atención entre los diagramas y esquemas del manuscrito: ¡el terrible sello de R'lyeh!

Con los ojos abiertos como platos retrocedí unos pasos vacilantes mientras trataba de dilucidar si era víctima de alguna alucinación, pero al instante me dí cuenta de la palpable y tremenda realidad que se levantaba ante mis ojos con todas sus pavorosas consecuencias. Aquella piedra esculpida probaba la existencia de todo lo que yo, pese a mi fascinación, no dejaba de considerar como meras leyendas o pura mitología antigua. Me acerqué y acaricié con mis propias manos el bajorrevieve magistralmente esculpido por los mismos profundos, habitantes de los abismos oceánicos; pero, ¿qué significaba realmente aquel monolito allí? Estaba claro que los profundos conocían y frecuentaban aquella caverna pero no veía claro si era un simple embarcadero o puerto secreto para realizar incursiones secretas, lo que explicaría las leyendas sobre desapariciones, o algo más estable, como una colonia o asentamiento, una especie de aldea o incluso un barrio o suburbio apartado de una gran ciudad bajo las aguas.

Otra idea aún más inquietante me vino a la mente y era sobre mi difunto familiar. ¿Qué extraña relación tenía con aquella raza abominable e inmunda? No podía o no quería imaginar los fines que perseguía Genaro Solavide entablando relación con semejantes seres infrahumanos ni los beneficios que obtenía con ellos, pero todas mis suposiciones se encaminaban inexorablemente a establecer siniestras relaciones que culminaban en las más espantosas y abominables hipótesis. La casa, el túnel bajo ella, la caverna, los libros y legajos eran todo ello la puerta de entrada a un mundo de horror desconocido que apenas había comenzado a vislumbrar. Esta certeza junto con el espanto que me embargaba acabó por actuar sobre mí como un resorte y tras sufrir una espasmódica convulsión nerviosa, salí corriendo a toda velocidad hacia el pasadizo secreto diciendo a grandes voces frases incongruentes y profiriendo estentóreos alaridos. Llegué a casa y en dos zancadas alcancé la biblioteca derrumbándome con estrépito sobre la mesa de lectura. Sudaba y jadeaba como un animal perseguido y el pulso me martilleaba en las sienes. Con un impulso irracional alcancé el mueble bar y me serví un vaso tras otro de vodka hasta que pasado un rato conseguí recuperar el suficiente sosiego para retomar las pesquisas y volver sobre los abominables textos.

En efecto, existía otro plano de la casa, al parecer una década más reciente, en el que se detallaba la excavación de una nueva galería que llevaba hasta el bosque, hasta una construcción que al darme cuenta lo que era no pude evitar un estremecimiento de pánico: ¡la galería nueva desembocaba en el mausoleo familiar!.

Había anochecido hacía un buen rato y se hacía ya tarde para mantener la mente fresca, así que finalmente vencido por las emociones y el cansancio decidí acostarme y dejar mis indagaciones para el día siguiente. Caí como un tronco en la cama y no tardé a quedarme dormido. No dormí muchas horas sin embargo ya que hacia las tres de la madrugada me despertó el ruido de la noche anterior que al parecer llevaba un buen rato sonando. Decidido a llegar hasta el final y averiguar toda la verdad por muy terrorífica que esta fuera, me vestí y me calcé unas buenas botas, me puse mis guantes y armado de mi piolet y una potente linterna descendí de nuevo por la trampilla del sótano al ominoso pasadizo. Allí el golpeo era más rotundo y se apreciaba más su cualidad blanda y maciza, como un gran animal marino que embistiese contra los acantilados.

Aquí en el túnel además, podía apreciar otro sonido que zumbaba monocorde sobre el chapoteo, como una monótona salmodia o letanía recitada por voces desaabridas que aunque se distinguían prestando atención algunas palabras, tenían una calidad cacofónica, como de un batracio que tratase de hablar.

Según descendía el pasadizo, la letanía sonaba con más claridad. Venía a decir más o menos una serie de frases que había leído en las anotaciones de Solavide: -¡Ïa, ïa! ¡Shub-niggurath!- y también se oía claramente: -¡Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagh fhtagn!– todo ello repetido en una interminable y siniestra antífona.

Al poco, me topé con la otra galería y algo me llamó la atención: en el suelo se veían las húmedas huellas de unos pies de tamaño humano pero de una extraña fisonomía, y es que entre los dedos aparecían membranas como en los pies de un pato, parecían huellas de aletas de bucear, pero de hecho eran de unos pies palmeados con largas uñas. Con la linterna iluminando el suelo, descubrí que las huellas venían del mausoleo y se dirigían hacia la gruta. Observando con más detenimiento se apreciaban aún los contornos resecos de otras series de las mismas huellas que delataban idas y venidas de otras noches. Los pensamientos más monstruosos empezaban a tomar forma en mi mente. Con un arrebato me lancé por la segunda galería siguiendo las huellas a la contra. Iba corriendo a pesar de lo angosto del pasadizo espoleado por la certeza de saber lo que encontraría al final, cuando llegué jadeante al mausoleo familiar y comprobé lo que presagiaban mis peores temores: al fondo del mausoleo se abría una puerta de piedra por la que penetré hallándome dentro del fúnebre monumento. Iluminé las tumbas con la potente linterna y lancé un grito de estupor: la losa que cubría el sepulcro de Genaro Solavide estaba abierta y de allí se veían partir claramente las huellas de grandes pies palmeados.

Completamente enloquecido retorné al pasadizo y descendí lo más rápido que pude tras las huellas, hacia la caverna. La ominosa salmodia martilleaba mis tímpanos cada vez más cerca. Pronto llegué a la larga escalinata tallada en la piedra donde estuve a punto de descalabrarme varias veces debido a la prisa endiablada que llevaba. Finalmente el pasadizo llano otra vez, el último recodo y llegué a la gran caverna.

No estaba preparado para lo que ví y desde entonces tengo serias dudas sobre mi salud mental.

Lo cierto es que salí de aquel lugar funesto profiriendo alaridos y me encontraron al día siguiente pálido como la muerte y con un aspecto lamentable, vagando por la carretera completamente desorientado, con una expresión enloquecida en la mirada y el rostro desencajado, preso de un profundo shock mental que me hacía balbucir frases aparentemente sin sentido. No volví a pisar mi propiedad y tras una larga estancia en una institución me marché a Francia donde tengo fijada mi actual residencia.

Sin embargo y a pesar del tiempo transcurrido, aún me despierto muchas noches sobresaltado por horrorosas pesadillas, o atemorizado después de haber creido escuchar el roce de un tentáculo o una carnosa mano palmeada contra los cristales de las ventanas. Porque no he olvidado lo que vi aquella noche, ni puedo olvidarlo.

No puedo olvidar que las extrañas huellas pertenecían al espantoso ser semi batracio que junto a otros semejantes e inmundos mutantes celebraban en aquella caverna la más abominable ceremonia que pueda imaginarse, recitando aquella letanía mientras descuartizaban y devoraban el cadáver aún palpitante de un pobre desdichado en horrendo y sangriento homenaje al gigantesco ser tentacular de aspecto gelatinoso que chapoteaba en el lago subterráneo, cuyos pesados movimientos al chocar contra las rocas de la gruta producían el estruendo que tanto me había intrigado. Eran en efecto, los inmundos Profundos, mutantes de humano y batracio, que procedentes de R'lyeh habían llegado a poblar lugares secretos en nuestra costa.

Pero lo más desasosegante era que pude reconocer perfectamente a uno de aquellos profundos, cuyo rostro inconfundible había visto en antiguas fotografías y cuyo retrato presidía la biblioteca: tenía el rostro de mi difunto familiar Genaro Solavide, descendiente de la estirpe envenenada de Abrahám Chenchurreta y una nativa de Ponapé; estirpe que heredaba la raza y la condición maldita de los Profundos, condenados a vivir una semi-vida humana y tras una aparente muerte regresar a las profundidades oceánicas donde viven su verdadera existencia consagrados a servir al terrible dios primordial Cthulhu.

Ruego a Dios que se apiade de mi alma y que libre a los habitantes de Zumárraga de la espantosa amenaza que anida, pulula y medra bajo su propio suelo.

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