Cuentos Cortos de Miedo por Varios Autores - muestra HTML

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CUENTOS CORTOS DE MIEDO

Polidori-Shelley-Allan Poe-Stoker-Pardo Bazán-Lovecraft-Quiroga

 

 

Antología realizada por Verónica Ortiz Empson

 

 

 

 

 

 

EL TERROR EN LA LITERATURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

 

 

 

 

Presentación                                    EL TERROR ESTÁ SERVIDO

 

 

 

EL VAMPIRO                                          DE JOHN WILLIAM POLIDORI

 

 

 

 

EL MORTAL INMORTAL                            DE MARY SHELLEY

 

 

 

 

BERENICE                                             DE EDGAR ALLAN POE

 

 

 

 

EL HUÉSPED DE DRÁCULA                       DE BRAM STOKER

 

 

 

VAMPIRO                                                DE EMILIA PARDO BAZÁN

 

 

 

 

EL EXTRAÑO                                          DE H.P. LOVECRAFT

 

 

 

 

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS                           DE HORACIO QUIROGA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación   

El terror está servido

 

 

 

«Lo que caracteriza al verdadero cuento de miedo

es la aparición de un elemento sobrenatural e inexplicable,

totalmente irreductible al universo conocido,

que rompe los esquemas conceptuales vigentes

e insinúa la existencia de leyes y dimensiones

que no podemos ni intentar comprender…».

 

Rafael Llopis

 

 

 

 

Sin duda la figura del vampiro, en torno a la que está hecha esta selección, encaja a la perfección con la acertada definición del gran impulsor del género macabro en nuestra lengua. Un ser maldito, condenado a la vida y a la maldad eternas, que da forma a nuestros miedos más profundos. Tal vez porque una vez fue humano, tal vez porque nos recuerda nuestra propia atracción por el lado oscuro.

En El vampiro, Polidori introduce por primera vez en un relato escrito a este ser enigmático, al que podemos ver y sentir y hasta casi percibirle el aliento. Su vampiro parece humano, actúa como humano y se mueve en medio de humanos. Y por ello nos causa más pavor. Además nos suscita, está claro, un gran rechazo, pero también inevitablemente curiosidad y hasta un punto de piedad y deseo.

Distinto es el caso del Conde Drácula de Stoker, al que sólo podemos intuir como una poderosa y peligrosa amenaza en El huésped de Drácula, el cuento que escribió en preparación para su célebre novela. Las retorcidas características del Drácula que todos conocemos empiezan ya a perfilarse en esta historia que nos atrapa con la fuerza de su atmósfera.

Los vampiros de Poe, uno de los grandes escritores fascinados por estas criaturas, son más modernos, más psicológicos. En Berenice, nos muestra a seres atormentados y perturbados y nos plantea, con su habitual maestría, un juego ambiguo de luces y sombras, razón y locura, belleza y muerte, que nos mantiene en suspenso hasta la última línea.

Vampiro de Pardo Bazán es un cuento atravesado por la magistral mirada irónica de su autora, donde el monstruo lo es más por tratarse de una criatura terrena, un vampiro emocional que podría ser nuestro vecino. El terror y el humor, paradójicamente, pueden ser parientes cercanos.

Shelley toca con gran inteligencia temas sorprendentemente actuales en El mortal inmortal y nos habla sin rodeos de la lucha contra la decrepitud, del sueño de la juventud eterna y del temor a la muerte. ¿De verdad queremos ser inmortales?

El extraño es uno de los mejores cuentos de Lovecraft. ¿Qué hay más aterrador que la soledad involuntaria, la alienación, el exilio? Tal vez por ello esta historia magnífica, con tintes autobiográficos, permanece en nosotros mucho tiempo después de haberla leído.

Por último Quiroga, gran admirador de Poe, nos cautiva con un cuento en el que están presentes algunas de sus obsesiones habituales: la enfermedad, el sufrimiento humano, la bestia detrás de la bestia. Con su particular estilo, el escritor uruguayo nos llena de angustia e inquietud en El almohadón de plumas.

 

Pero estas páginas no sólo están habitadas por vampiros y seres inquietantes. A veces el horror nace de nuestro interior, donde convive oculto con nuestros anhelos…

 

 

 

El terror, pues, está servido.

 

 

 

 

 

 

 

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John William Polidori

El vampiro

 

 

 

 

Biografía del autor

 

Médico y escritor inglés que nació en 1795. Empezó su formación muy joven, licenciándose con tan sólo 19 años. Sin embargo, su verdadero sueño era destacar en el campo literario y ser admirado como escritor. Tal vez por ello se sintió feliz cuando el genio del romanticismo, Lord Byron, lo contrató como médico y secretario para un viaje que iba a realizar por Europa.

 

Así se inició un periodo intenso, aunque también muy desdichado en la vida de Polidori, ya que el escritor se burlaba sin compasión de sus pretensiones literarias, llegando incluso a criticar en público algunas de las obras que el joven médico se había atrevido a escribir durante el viaje. Quizás la única obra de Polidori que obtuvo el reconocimiento del público es la que presentamos a continuación, El vampiro, relato publicado en principio de forma anónima.

 

Se cree que el autor lo escribió  como venganza contra Byron, a cuya sombra siempre vivió y con quien finalmente rompió relaciones, cansado de sus desprecios y maltratos. De hecho, en el cuento, la figura del vampiro muestra varios rasgos de la personalidad de Byron.

 

John William Polidori se suicidó a los 26 años de edad harto de una existencia tan poco ilustre para él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El vampiro

 

 

 

 

En medio de la vida frívola de un invierno londinense, un lord hizo su aparición en varias de las fiestas de moda. Era un hombre que destacaba más por sus peculiaridades que por su alcurnia; observaba la alegría que bullía a su alrededor como si no pudiera participar de ella y parecía ser capaz, con una sola mirada, de apagar las risas desenfadadas y de llenar de pavor los corazones despreocupados.

Los que experimentaban esa sensación de temor no podían explicarse de dónde provenía. Algunos la atribuían a sus ojos, grises y helados, que aparentemente no sólo podían penetrar los rostros, sino que también leían los recovecos del alma y, sin embargo, resbalaban sobre las mejillas como un pesado rayo de plomo.

Su originalidad hacía que lo invitaran a todas partes. Todos querían verlo, especialmente aquellos que habían estado acostumbrados a las emociones fuertes en el pasado y que hoy se veían obligados a soportar la pesadez del tedio; estos últimos se sentían particularmente satisfechos al conocer a alguien capaz de atrapar su atención.

Sus facciones eran hermosas y regulares, a pesar de la palidez mortal de su rostro, que nunca cambiaba de color, ni por causa del rubor ni por la fuerza de la pasión. Algunas mujeres en busca de aventuras intentaban llamar su atención para conseguir al menos alguna muestra de interés. Lady Mercer, que desde su matrimonio había sido objeto de burla en todas las recepciones, se lanzó a su conquista e hizo todo lo que pudo, excepto vestirse como un payaso, para que se fijara en ella… En vano. Cuando se le ponía por delante, era como si no existiera, a pesar de que cualquiera hubiera dicho que sus ojos estaban fijos en los de ella. Puesto que incluso su atrevido descaro había fallado en lograr su cometido, la célebre dama acabó por abandonar la batalla.

No obstante, aunque la mayoría de las mujeres no conseguía ni tan siquiera influir en el curso de su mirada, el sexo femenino no le era indiferente al misterioso caballero, sino muy al contrario. Sin embargo, era tal la aparente cautela con la que se dirigía a las damas virtuosas e inocentes que eran pocos los que sabían que hablaba alguna vez con mujeres. Pese a ello, tenía la reputación de poseer una gran facilidad de palabra. Y fuera porque gracias a ello lograba vencer el temor que inspiraba su personalidad o porque les conmovía su aparente desprecio por lo material, las mujeres, viciosas o virtuosas, siempre estaban revoloteando a su alrededor.

Por esa misma época un joven caballero llamado Aubrey llegó a Londres. Era huérfano y tenía una sola hermana, además de una gran fortuna, heredada tras la muerte de sus padres cuando sólo era un niño. Abandonado por sus tutores, quienes consideraron que su único deber era cuidar de sus bienes, la tarea más importante de formar su espíritu fue delegada a los empleados subalternos. Y fue así que Aubrey cultivó más su imaginación que su juicio. Por ello, poseía la candidez y sentido del honor románticos que a diario arruinan la vida de muchos jóvenes inocentes. Creía que todos los seres humanos tendían a la virtud y que el vicio había sido creado sólo para añadir un efecto pintoresco al escenario del mundo, tal y como ocurre en las novelas. Pensaba que la miseria era simplemente un decorado para el lucimiento de los pintores. Creía, en definitiva, que los sueños de los poetas eran la vida misma. Era apuesto, sincero y rico, y por ello, al ingresar en los círculos sociales de moda, fueron muchas las madres que lo rondaron y que se esforzaron por hacer que se interesara por sus lánguidas o alegres hijas; al mismo tiempo, los rostros de las hijas se iluminaban  cuando él aparecía y sus ojos brillaban cuando abría la boca, por lo que pronto creyó que sus talentos y méritos eran más de los que realmente tenía.

Acostumbrado como estaba a vivir la mentira y el romanticismo de sus horas solitarias, Aubrey se sorprendió al descubrir que no había fundamentos en la vida real para ninguno de aquellos amables dibujos y descripciones que contenían los libros que había estudiado, a excepción, quizás, del parpadeo de las velas, causado no por la presencia de un fantasma sino por estar a punto de consumirse el sebo.

Por ello, pese a haber encontrado alguna compensación en su vanidad halagada, había decidido abandonar sus sueños, cuando el extraordinario ser anteriormente descrito se cruzó en su camino.

Aubrey se dedicó a observarlo. Como le era imposible formarse una idea de la personalidad de un hombre tan completamente ensimismado y que mostraba tan pocos signos de tener en cuenta la vida a su alrededor, excepto, quizás, por el hecho de evitar el contacto con los demás, lo que suponía el tácito reconocimiento de su existencia, pronto dio rienda suelta a su imaginación y a su propensión a las ideas extravagantes e hizo de él un héroe de novela, al que veía más como a un ser fantástico que como a la persona de carne y hueso que en realidad tenía delante de sus ojos. Se acercó a él, lo colmó de atenciones e hizo tantos esfuerzos por ganarse su amistad que pronto se hicieron inseparables. Poco a poco se enteró de que los asuntos de Lord Ruthven se complicaban y no tardó en descubrir, al ver los preparativos, que estaba a punto de emprender un viaje.

Deseoso de obtener más información sobre este singular personaje, quien hasta el momento sólo había despertado su curiosidad sin satisfacerla, le hizo saber a sus tutores que ya era hora de hacer un viaje. El viaje que durante muchas generaciones se ha creído necesario para que los jóvenes avancen en la carrera del vicio y puedan así estar en igualdad de condiciones con sus mayores, sin que parezca que hayan caído del cielo cada vez que se habla de escándalos con placer y admiración, según el grado de perversión con que se tome parte en ellos. Los tutores se mostraron de acuerdo e inmediatamente Aubrey comunicó sus intenciones a Lord Ruthven, quien lo sorprendió al proponerle que lo acompañara. Halagado por esa muestra de estima por parte de un hombre que aparentemente no tenía nada en común con los demás, aceptó su propuesta encantado y en pocos días ya habían cruzado el mar.

 

 

                                                           *

 

Hasta ese momento, Aubrey no había tenido ocasión de estudiar a fondo la personalidad de Lord Ruthven y ahora descubría que, aunque era testigo de sus actos y motivaciones, estos le hacían llegar a conclusiones equívocas. Su compañero era muy liberal: los holgazanes, los vagabundos y los mendigos recibían más de su mano de lo que requerían para aliviar sus necesidades inmediatas. Pero Aubrey no podía dejar de observar que no era a los virtuosos reducidos a la indigencia por la fatalidad a quienes Lord Ruthven socorría; a estos les cerraba la puerta sin ninguna contemplación. Sin embargo, cuando los viciosos llegaban pidiendo algo, no para sobrevivir sino para regodearse en la lujuria o para hundirse más profundamente en la miseria, salían siempre con las manos llenas. No obstante, atribuía este hecho a la impertinencia de aquellos que han caído en las garras del vicio, que generalmente prevalece sobre la modesta timidez de los que siendo virtuosos pasan necesidad. Pero Aubrey estaba aún más impresionado por otro hecho relacionado con la caridad de su amigo: todos aquellos que la recibían inevitablemente descubrían que había una maldición en ella ya que, o bien acababan en el cadalso, o hundidos en la más baja y abyecta miseria.

En Bruselas y otras ciudades que atravesaron, Aubrey se sorprendió por el entusiasmo con que su compañero buscaba los centros de vicio más de moda. Apostaba y jugaba con enorme éxito en todas las salas de juego, excepto cuando su contrincante era algún reconocido jugador, en cuyo caso perdía aún más de lo que ganaba, aunque siempre con el mismo semblante indiferente con el que por lo general observaba el mundo que lo rodeaba. No ocurría lo mismo, sin embargo, cuando encontraba a algún joven novato ansioso o al desdichado padre de una familia numerosa. Entonces las leyes de la fortuna parecían obedecer a sus deseos: dejaba de lado su aparente ensimismamiento y sus ojos brillaban con más fuego que los del gato cuando está jugueteando con un ratón medio muerto entre sus patas.

En cada ciudad que Lord Ruthven visitaba dejaba atrás a jóvenes, ricos antes de su llegada, ahora forzosamente alejados de sus antiguos círculos sociales, maldiciendo desde sus calabozos el destino que los había llevado a esa situación, mientras que muchos padres contemplaban desesperados las miradas silenciosas de sus hijos hambrientos, sin nada de su antigua fortuna, ni tan siquiera una moneda con la que comprar lo suficiente para satisfacer sus necesidades. No obstante, Lord Ruthven no ganaba nada en la mesa de juegos, sino que enseguida volvía a apostar, para ruina de muchos, las últimas ganancias obtenidas gracias al arrebato de algún inocente.

No podía tratarse más que de cierta experiencia que, sin embargo, no lograba derrotar la astucia de los más veteranos. Aubrey siempre quería decirle eso a su amigo y rogarle que abandonara esas actitudes que eran la ruina de todos y que no le proporcionaban ningún beneficio ni a sí mismo, pero retrasaba el momento porque cada día esperaba que su compañero le diera la oportunidad de hablarle franca y abiertamente, lo que nunca acababa de ocurrir. Lord Ruthven, en su carruaje, en medio de los agrestes y ricos paisajes de la naturaleza, era siempre el mismo. Su mirada era menos elocuente que sus palabras y aunque Aubrey era objeto de su curiosidad, el joven no obtenía ninguna satisfacción de ello, excepto, tal vez, la emoción de desear en vano resolver el misterio alrededor del enigmático caballero que para su exaltada imaginación empezaba a parecer sobrenatural.

 

 

*

 

 

Pronto llegaron a Roma y por un tiempo Aubrey perdió de vista a su compañero. Lord Ruthven asistía cada mañana a las recepciones de una condesa italiana mientras que él iba en busca de monumentos. Entretanto, llegaron cartas de Inglaterra, que abrió con impaciencia. La primera era de su hermana y no contenía otra cosa sino cariño; las otras eran de sus tutores y lo dejaron atónito: si en su imaginación su compañero llevaba el mal en su interior, estas últimas misivas parecían darle suficientes razones en las que sustentar esta creencia. Sus tutores insistían en que dejara inmediatamente a su amigo ya que poseía una personalidad maligna, así como irresistibles poderes de seducción que hacían que sus hábitos licenciosos fueran aún más perniciosos para la sociedad. Se había descubierto que su rechazo a las adúlteras no era por desprecio sino que precisaba, para obtener una mayor satisfacción, que sus víctimas, sus compañeras de culpa, cayeran desde el pináculo de la inmaculada virtud al abismo más rastrero de la infamia y la degradación; en definitiva, que todas aquellas mujeres que había buscado aparentemente por su virtud, desde su partida habían dejado la máscara de lado y no habían tenido ningún escrúpulo en mostrar toda la deformidad de sus vicios en público.

Aubrey decidió, pues, dejar definitivamente a Lord Ruthven, en cuya personalidad no había observado todavía ninguna faceta luminosa. Resolvió inventar algún pretexto plausible para abandonarlo del todo, proponiéndose mientras tanto emprender la tarea de vigilarlo más estrechamente para no dejar que ningún hecho, por sutil que fuera, le pasara desapercibido. Entró en su mismo círculo social y pronto se dio cuenta de que su amigo pretendía aprovecharse de la inexperiencia de la hija de la condesa cuya casa frecuentaba. En Italia no es corriente ver a una mujer soltera en sociedad, así que Lord Ruthven estaba obligado a llevar sus planes en secreto, pero Aubrey no le quitó el ojo de encima ni un solo momento y pronto descubrió que él y la muchacha habían concertado una cita romántica, que muy probablemente acabaría con la inocente, pero también inconsciente doncella hundida en el lodo. Sin perder el tiempo, fue al apartamento de Lord Ruthven y le preguntó abruptamente por sus intenciones, informándole al tiempo de que estaba al corriente de su encuentro romántico esa misma noche. Lord Ruthven respondió que sus intenciones eran las que tendría cualquiera en semejante situación y cuando Aubrey lo presionó preguntándole si pretendía casarse con la doncella, simplemente se echó a reír.

Tras este incidente, Aubrey abandonó a su amigo, al que le escribió una nota diciendo que a partir de ese momento debía prescindir de su compañía. La cita romántica no tuvo lugar. Al día siguiente, Lord Ruthven se limitó a enviar a su sirviente para que notificara a Aubrey de su total aceptación a la separación, pero no dio ni la más mínima muestra de sospechar que sus planes habían fallado por culpa de su intervención.

 

                                                          

 

*

 

 

Tras su partida de Roma, Aubrey se dirigió a Grecia y después de atravesar la Península, pronto se encontró en Atenas. Allí fijó su residencia en casa de un griego y enseguida se interesó por buscar las huellas del antiguo esplendor heleno en los monumentos que, al parecer avergonzados de contar las hazañas de hombres libres a esclavos, se habían ocultado a los ojos del mundo hasta ese momento, detrás de capas de polvo y musgo.

Bajo el mismo techo en que vivía existía una criatura tan hermosa y delicada que podría haber sido la modelo de un pintor que buscara retratar en su lienzo el paraíso prometido a los seguidores de Mahoma, excepto que sus ojos eran demasiado expresivos para pensar en ella como en un ser sin alma. La gracia de una gacela se convertía en torpeza al lado de la muchacha, mientras bailaba en la llanura o paseaba por las faldas de la montaña. ¿Quién habría cambiado su mirada, que parecía la de la propia naturaleza animada, por aquellos ojos adormilados y lujuriosos del animal?

Los pasos ligeros de Ianthe acompañaron con frecuencia a Aubrey en su búsqueda de antigüedades y en muchas ocasiones la muchacha, ajena a su hermosura, mostraba toda la belleza de su cuerpo cuando corría detrás de una mariposa, como si flotara en el viento, ante la mirada entusiasmada del joven, quien dejaba de lado las letras que acababa de descifrar sobre una tabla casi borrada al contemplar su silueta de sílfide. Cuando revoloteaba por ahí, sus trenzas, que brillaban delicadas y suaves bajo el sol, podían convertirse en la perfecta excusa para las distracciones del estudioso de ruinas y antigüedades, que se olvidaba de aquello que un instante antes había juzgado de vital importancia para interpretar un pasaje de Pausanias. ¿Pero para qué intentar describir encantos que todos percibimos pero que ninguno puede disfrutar? Ianthe era la inocencia, la juventud y la belleza en su más puro estado, sin que estuvieran contaminadas por los salones y bailes de sociedad.

Cuando Aubrey se dedicaba a dibujar las ruinas de las que quería conservar un recuerdo para el futuro, Ianthe permanecía a su lado y observaba los efectos mágicos de su pincel, mientras esbozaba escenas de su tierra. Después, le describía las danzas en corro al aire libre y las fiestas nupciales a las que recordaba haber asistido en su infancia, pintándoselas con los colores vivos de su memoria, joven y fresca. Luego, cambiando a temas que evidentemente la habían impresionado más vivamente, le contaba las historias sobrenaturales que a su vez le había narrado su niñera. Su seriedad y su aparente fe en lo que relataba avivaban incluso el interés de Aubrey y cada vez que mencionaba la historia de un vampiro que había pasado muchos años entre sus amigos y familiares más queridos, obligado cada año a alimentarse de la vida de alguna encantadora muchacha para prolongar su existencia en los meses siguientes, se le congelaba la sangre, aunque procuraba reírse de ella por creer en fantasías tan inútiles y horribles. Pero Ianthe le citó los nombres de los ancianos que finalmente descubrieron a ese ser viviendo entre ellos, después de que muchos de sus parientes cercanos e hijos hubieran sido hallados con la marca del apetito del maligno. Y como veía que Aubrey se mostraba tan incrédulo, le rogaba que le creyera ya que estaba escrito que aquellos que se atrevieran a cuestionar la existencia del vampiro siempre acabarían recibiendo alguna dolorosa prueba que les obligaría a aceptar la amarga verdad. Le detalló la apariencia tradicional de los monstruos y el horror de Aubrey se hizo mayor cuando escuchó una descripción muy ajustada a la de Lord Ruthven. Sin embargo, aún quería persuadirla de que sus miedos no podían tener fundamentos reales, al mismo tiempo que se asombraba de las muchas coincidencias existentes que hacían aumentar sus sospechas de que Lord Ruthven poseía un poder sobrenatural.

 

 

 

*

 

 

Aubrey se encariñaba cada vez más con Ianthe. Su inocencia, que contrastaba tanto con las virtudes afectadas de aquellas mujeres entre quienes buscaba su ideal romántico en el pasado, había logrado conquistar su corazón. Y a pesar de que la idea de un joven educado en Inglaterra casándose con una muchacha griega sin estudios le parecía desatinada, se sentía cada vez más ligado al ser más bello que habían visto sus ojos. A veces intentaba alejarse de ella y hacía planes para llevar a cabo alguna investigación sobre el mundo antiguo; entonces partía con la determinación de no volver hasta alcanzar sus objetivos, pero finalmente, nunca conseguía concentrarse en las ruinas que lo rodeaban y su mente no lograba apartar la imagen de Ianthe, única dueña de sus pensamientos. La muchacha, sin embargo, no era consciente de su amor  y se comportaba en todo momento como la misma criatura franca e infantil que era. Siempre parecía desagradarle abandonar su compañía, pero era, deducía Aubrey, porque no tenía a nadie más con quien visitar sus lugares favoritos como hacía con él, mientras él se ocupaba en dibujar o descubrir restos que habían logrado escapar a la destructiva mano del tiempo. Había comentado con sus padres el tema de los vampiros y ambos, delante de varios testigos, habían confirmado su existencia, pálidos de horror ante su sola mención.

Poco después, Aubrey decidió realizar una de sus excursiones, que lo ocuparía unas cuantas horas. Cuando oyeron el nombre del lugar que iba a visitar, sus anfitriones le suplicaron que no volviera demasiado tarde ya que inevitablemente debía atravesar un bosque en el que ningún griego permanecía después de que cayera la noche. Lo describieron como un refugio de vampiros donde éstos llevaban a cabo sus orgías nocturnas y le advirtieron que los males más terribles esperaban a aquellos que osaran cruzarse en el camino de esos seres malignos. Aubrey no se tomó en serio sus palabras e intentó reírse con ellos de esas fantasías, pero cuando los vio estremecerse ante su atrevimiento de burlarse de un poder infernal superior, cuya sola mención era capaz de  congelar la sangre, se quedó callado.

A la mañana siguiente, Aubrey partió según lo había planeado. Se sorprendió al ver el rostro pálido de su anfitrión y le inquietó descubrir que sus burlas ante su creencia en aquellos horribles seres habían causado semejante terror. Cuando estaba a punto de partir, Ianthe se acercó a su caballo y le rogó muy seriamente que no volviera tarde, ya que por la noche los poderes de esos monstruos se desataban. Lo prometió. Sin embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio cuenta de que la luz del día pronto iba a dar paso a la oscuridad y de que en el horizonte había una de esas manchas que en los climas más cálidos pronto se convierten en una gran masa de nubes capaces de descargar todo su furor sobre un país entero. Finalmente, montó sobre su caballo, decidido a recuperar el tiempo a fuerza de velocidad, pero era demasiado tarde. El crepúsculo es casi desconocido en los países del sur. Tan pronto como el sol se pone, la noche da comienzo. Antes de que hubiera logrado avanzar demasiado tenía la poderosa tormenta encima. Los truenos retumbaban sin apenas conceder respiro entre uno y otro y una fuerte lluvia caía sobre la espesura, mientras que los relámpagos azules estallaban a su alrededor, iluminando sus pies.

De repente, su caballo se asustó y emprendió un galope alocado a través del tupido bosque. Finalmente, fatigado, el animal se detuvo y Aubrey pudo distinguir en medio del resplandor de un rayo una choza semioculta entre masas de hojas muertas y maleza. Desmontó y se acercó a ella esperando encontrar dentro a alguien que lo guiara o que al menos le diera cobijo para protegerse de la furiosa tormenta. Mientras se aproximaba, los truenos se acallaron por un momento y pudo oír los mortales alaridos de una mujer entremezclados con el sonido sofocado de unas carcajadas burlonas que le hicieron sobresaltarse y dudar, pero en ese preciso instante un trueno retumbó muy cerca de su cabeza y con un repentino impulso forzó la puerta de la choza. Dentro, la oscuridad era tal que no podía distinguir nada, por lo que se guió por los sonidos. Al parecer, nadie había notado su presencia y pese a que llamó a los dueños repetidas veces, los sonidos que había escuchado antes continuaron y nadie reparó en él. De pronto, tropezó con alguien a quien sujetó rápidamente. Entonces oyó una voz que dijo: «Una vez más frustrado», a lo que siguió una fuerte carcajada. Un instante después, Aubrey se encontró asido por una fuerza que parecía sobrehumana. Peleó, decidido a vender cara su vida, aunque fue en vano. Fue levantado del suelo y arrojado nuevamente a él con colosal fuerza, tras lo cual, su enemigo se le abalanzó encima, apretando su pecho con ambas rodillas mientras buscaba con sus manos su garganta. Justo en ese momento la luz de varias antorchas penetró por el agujero que hacía las veces de ventana y distrajo a su contrincante, que se levantó en el acto, soltó a su presa y corrió hacia la puerta. Pocos segundos después se dejaron de oír los crujidos de las ramas a su paso por el bosque. La tormenta se había calmado, por lo que el grupo que venía con las antorchas pudo escuchar los gritos de Aubrey, que yacía en el suelo incapaz de moverse. Los hombres entraron y la luz iluminó las paredes de barro de la choza, llenas de hollín que los cubrió a todos. A instancias de Aubrey, buscaron a la mujer cuyos gritos habían llamado su atención y este se quedó nuevamente solo en la oscuridad. Cuál no sería su horror cuando la luz de las antorchas lo iluminó nuevamente: delante de él pudo ver la delicada figura de su bella amada, convertida ahora en un cuerpo sin vida. Cerró los ojos con la esperanza de que sólo hubiera sido una visión producto de su perturbada imaginación, pero al abrirlos volvió a ver a Ianthe a su lado. El color había abandonado sus mejillas, incluso sus labios, aunque la serenidad que se dibujaba en su rostro era la misma que había tenido en vida. Su cuello y su pecho aparecían ensangrentados y en su garganta había marcas de los dientes que habían abierto sus venas. En este punto, los hombres gritaron horrorizados al unísono: «¡Un vampiro, un vampiro!».

Construyeron una especie de litera y Aubrey fue acostado al lado de la mujer que había sido el objeto de sus ensoñaciones, ahora caída en la flor de su juventud. No se sentía capaz de centrarse; su mente estaba nublada y parecía rehuir los pensamientos para refugiarse en el vacío. Casi inconscientemente sujetó con fuerza una daga muy peculiar que había hallado en la choza. La triste comitiva fue pronto encontrada por las partidas que habían sido organizadas para buscar a una muchacha echada en falta por su madre. Los gritos de lamento del grupo, mientras llegaban a la ciudad, advirtieron a sus padres de que había ocurrido una espantosa tragedia. Describir su dolor sería imposible. Al conocer la causa de la muerte de su hija miraron a Aubrey y señalaron el cuerpo. Nadie pudo consolarlos y murieron de pena.

 

 

 

*

 

 

Aubrey guardó cama atacado por la más violenta de las fiebres y estuvo casi todo el tiempo delirando, llamando a Lord Ruthven, a quien suplicaba que tuviera piedad por Ianthe; otras veces lo maldecía y lo acusaba de ser el destructor de la joven.

Precisamente, Lord Ruthven había llegado a Atenas y por el motivo que fuera, al enterarse del estado de Aubrey se instaló en la misma casa en que éste se encontraba y se convirtió en su enfermero particular. Cuando Aubrey se recuperó de sus delirios, se sorprendió y se horrorizó a la vez al ver a aquel cuya imagen asociaba ahora con la de un vampiro, pero las palabras amables de Lord Ruthven casi parecían de arrepentimiento por la falta que había cometido y que había provocado su separación, y las atenciones, preocupación y cuidados que le prodigó pronto hicieron que se reconciliase con él. Se le veía cambiado. Ya no parecía el ser apático que tanto había asombrado a Aubrey. Sin embargo, tan pronto como empezó a mejorar de su convalecencia, Lord Ruthven volvió a ser el mismo de antes y Aubrey no habría podido ya distinguirlo del hombre que había conocido anteriormente, si no fuera porque a veces lo sorprendía mirándolo fijamente, con una maliciosa sonrisa triunfal jugueteando en sus labios, que, sin saber porqué, lo perturbaba. Durante la última etapa de la recuperación del enfermo, Lord Ruthven estuvo aparentemente ocupado en la observación de las olas que levantaba el frío viento o en el progreso de los astros que, como el nuestro, giran alrededor del sol. De hecho, parecía querer rehuir todas las miradas.

El equilibrio mental de Aubrey se había debilitado a causa de la conmoción y la ligereza de espíritu que una vez lo caracterizó parecía haber desaparecido para siempre. Se había convertido en un amante de la soledad y el silencio, tanto como Lord Ruthven. Pero su deseo de estar a solas no podía verse satisfecho en Atenas. Si  buscaba el silencio y el retiro en las ruinas que antes había frecuentado, podía sentir la presencia de Ianthe a su lado; si lo hacía en los bosques, sentía sus pasos delicados vagando entre los árboles en busca de una violeta; entonces se daba la vuelta súbitamente y en su loca imaginación podía ver su rostro pálido y su garganta herida, mostrando una dulce sonrisa en sus labios. Por ello, decidió huir del escenario donde cada rincón le recordaba amargamente a Ianthe y le propuso a Lord Ruthven, junto a quien continuaba, agradecido por los cuidados que le había prodigado durante su enfermedad, visitar los lugares de Grecia que todavía no conocían.

 

Viajaron por todo el país y visitaron todos los lugares que podrían resultar interesantes para un estudioso. Pero, aunque iban de sitio en sitio, parecían no poder prestar atención a aquello que contemplaban. Les advirtieron muchas veces de la existencia de ladrones, pero poco a poco empezaron a descuidarse ya que creyeron que eran sólo cuentos interesados, difundidos con el objetivo de que los viajeros se mostraran generosos con sus supuestos bienhechores. Por ello, en cierta ocasión viajaron solamente acompañados de unos pocos hombres, más para que les hicieran las veces de guías que otra cosa, sin prestar la menor atención al aviso de los pobladores. Pronto tuvieron ocasión de arrepentirse de su negligencia.

 

 

 

*

 

 

Al avanzar por un estrecho desfiladero, al fondo del cual se divisaba un caudaloso río que arrastraba enormes piedras, arrancadas de los precipicios vecinos, fueron sorprendidos por el silbido de unas balas que pasaron muy cerca de sus cabezas y por el sonido de varios disparos. Los hombres que los escoltaban se colocaron enseguida detrás de unas rocas y empezaron a disparar. Lord Ruthven y Aubrey imitaron su ejemplo y se ocultaron detrás de un saliente del desfiladero, pero avergonzados de ocultarse de sus enemigos, quienes les conminaban a gritos a salir de su escondite, y sabiéndose demasiado expuestos a ser asesinados por la espalda, determinaron ir al encuentro de los bandidos. Acababan de salir de su refugio cuando Lord Ruthven recibió el impacto de una bala en el hombro y se desplomó. Aubrey corrió a socorrerlo de inmediato, desdeñando el peligro al que él mismo se exponía, pero fue sorprendido por los ladrones que los estaban rodeando, ya que sus acompañantes habían tirado las armas y se habían rendido en cuanto vieron a Lord Ruthven caer herido. Con la promesa de una gran recompensa, Aubrey conminó a los ladrones a trasladar a su amigo herido a una cabaña vecina y tras haber acordado un rescate no fueron molestados más por ellos, que se limitaron a vigilar la entrada de la cabaña mientras esperaban el retorno de uno de sus compañeros, que había ido a buscar la suma prometida con una orden firmada por Aubrey.

Las fuerzas de Lord Ruthven se debilitaban rápidamente. En dos días estaba agonizando y su muerte parecía muy próxima. Su conducta y apariencia no habían cambiado. Se mostraba tan indiferente al dolor como lo había sido antes a la vida, pero al acercarse el final de su última tarde, pareció encontrarse inquieto, con la mirada frecuentemente fija en Aubrey, quien se sintió obligado a asistirlo con más interés que el estrictamente necesario, como había hecho hasta ese momento.

—¡Ayúdame! Puedes salvarme, puedes incluso hacer más que eso… No me refiero a mi vida. Mi muerte significa tan poco para mí como el paso de un día, pero puedes salvar mi honor, el honor de tu amigo.

—¿Cómo? Dime cómo. Haría cualquier cosa —respondió Aubrey.

—Es poco lo que necesito. Mi vida se extingue rápidamente y no puedo explicártelo todo… Pero si ocultaras todo lo que sabes de mí, mi honor permanecería intacto y quedaría a salvo de las habladurías… Y si mi muerte quedara oculta durante un tiempo en Inglaterra… Yo… Yo… viviría.

—No se sabrá nada.

—¡Júralo! —le suplicó el moribundo, levantándose violentamente—. Jura por tu alma, por tus miedos, jura que durante un año y un día no revelarás a nadie mis crímenes o mi muerte a ningún ser vivo de ninguna forma, sin importar lo que ocurra o lo que veas—. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas.

—¡Lo juro! —dijo Aubrey y Lord Ruthven se hundió riéndose en su almohada y no volvió a respirar.

Aubrey se fue a descansar pero no consiguió dormir. Estuvo dándole vueltas a todos los hechos que había vivido junto a ese hombre y, sin saber porqué, al recordar su juramento sintió que le sobrecogía un frío estremecimiento, como si tuviera el presentimiento de que algo horrible lo aguardaba. Se levantó temprano por la mañana y cuando estaba a punto de entrar en la habitación donde había quedado el cuerpo de Lord Ruthven, se topó con uno de los ladrones que le informó que este no estaba más allí ya que él y sus camaradas lo habían llevado a una colina próxima, según le habían prometido al moribundo antes de que expirara, para que su cuerpo quedase expuesto al aire libre y recibiera el primer rayo frío de la luna tras su muerte. Aubrey se quedó atónito y llevándose consigo a varios  hombres decidió enterrarlo allí donde lo dejaron. Pero cuando escalaron la colina no encontraron ninguna huella ni del cuerpo ni de sus ropas, a pesar de que los ladrones juraron que era exactamente en ese lugar donde lo habían dejado. Durante un tiempo, el joven se debatió en locas conjeturas, pero finalmente volvió a la cabaña, convencido de que los delicuentes habían enterrado el cuerpo para quedarse con las vestimentas de Lord Ruthven.

 

 

*

 

 

Cansado de un país donde había sufrido tantos infortunios y en el que todo parecía conspirar para aumentar la superstición y la melancólica que lo torturaban, decidió abandonarlo y pronto se encontró en Esmirna. Mientras esperaba un barco que lo llevase a Otranto o Nápoles, se ocupó de inspeccionar las pertenencias de Lord Ruthven, que había guardado consigo. Entre otros objetos, halló una caja que contenía diferentes armas, más o menos adaptadas para asegurar la muerte de sus víctimas. Había varias dagas y puñales. Mientras les daba la vuelta y examinaba sus curiosas formas observó con sorpresa que las fundas estaban decoradas con el mismo estilo que la empuñadura de la daga que había encontrado en la choza en medio del bosque. Con un profundo estremecimiento se apresuró a comprobar su hallazgo y buscó la daga que había recogido el día fatal, descubriendo con gran horror que encajaba en la funda que tenía en la mano, pese a su forma peculiar. No podía despegar los ojos del arma: no hacían falta más pruebas. Aunque se resistía a creerlo, la forma particular de la daga y los esplendorosos decorados y colores de la funda y la empuñadura no dejaban lugar a dudas; además, ambas estaban manchadas por gotas de sangre.

 

 

 

*

 

                                              

Aubrey dejó atrás Esmirna y de camino a casa, en Roma, se interesó por el destino de la dama a la que había intentado ayudar a escapar de las artes de seducción de Lord Ruthven. Sus padres estaban desesperados: habían perdido toda su fortuna y no sabían nada de su hija desde la partida del lord.

El equilibrio mental de Aubrey se tambaleaba por los horrores que había vivido en los últimos tiempos. Temía que la muchacha romana hubiera sido víctima del destructor de Ianthe. Se volvió taciturno y silencioso. Su única ocupación consistía en apremiar a los guías y sus caballos, como si en ello le fuera la vida de un ser amado. Pronto llegó a Calais y más pronto aún se encontró en la costa inglesa. El viento que impulsó su barco había sido muy favorable, como si obedeciera a sus deseos. Se apresuró a llegar a la mansión paterna, donde por un momento olvidó todos los horrores pasados, bajo los cuidados y caricias de su hermana. Si antes, con sus infinitas atenciones se había ganado su afecto, ahora que se había convertido en una mujer, se había vuelto una compañía todavía más querida para él.

La señorita Aubrey no poseía la elegante gracia que se lleva el aplauso y la admiración de los círculos de sociedad. Carecía de la brillantez de las mujeres mundanas y sus ojos azules nunca se iluminaban con la alegría despreocupada característica de los espíritus ligeros. Por el contrario, tenía un aire melancólico que no parecía provenir de la desgracia, sino de muy adentro, propio de un espíritu consciente de la existencia de una vida posterior más plena. Su andar no poseía la suavidad de una mariposa, sino que era reposado y pensativo. Cuando estaba sola, su semblante nunca resplandecía con una sonrisa de júbilo, pero cuando su hermano le hacía sentir su afecto y olvidaba, gracias a ella, todas las penas que perturbaban su paz, nadie habría cambiado su sonrisa por una más voluptuosa. Parecía entonces como si sus ojos, su rostro, estuvieran en luminosa armonía con su mundo interior. Tenía tan solo dieciocho años y no había sido todavía presentada en sociedad. Sus tutores pensaron que era mejor que este acto tuviera lugar cuando su hermano hubiera vuelto del continente, cuando pudiera hacerle de protector. Por ello, se decidió que en la próxima recepción, se celebraría tal acontecimiento. Aubrey hubiera preferido permanecer en la mansión de sus padres, alimentándose de la melancolía que se había apoderado de él. No encontraba ningún interés en las frivolidades sociales, después de todos los horrores que había presenciado, pero decidió sacrificarse para satisfacer a su hermana. Así que poco después se encontraron camino a la ciudad, donde se prepararon para una recepción que tendría lugar al día siguiente.

La multitud era excesiva, hacía mucho que no se celebraba una reunión de ese nivel y todos los que estaban ansiosos por adular a la realeza con una sonrisa se apresuraron a asistir. Aubrey también estaba allí con su hermana, aunque buscó un rincón apartado, donde pudiera estar tranquilo. Mientras se encontraba a solas, abstraído de todo lo que ocurría a su alrededor, recordando que la primera vez que vio a Lord Ruthven había sido en ese mismo salón, sintió que lo cogían del brazo y una voz que conocía demasiado bien resonó en su oído: «Recuerda tu juramento». No tuvo valor para darse la vuelta, temeroso de encontrarse con un espectro, pero no hizo falta. A poca distancia de él vio al mismo personaje que había atraído su atención el día que asistió por primera vez a una reunión social, en ese preciso lugar. Estuvo observándolo hasta que sus piernas se rehusaron a sostenerlo, por lo que se vio obligado a apoyarse en el brazo de un amigo y, abriéndose paso entre la multitud, montó desesperadamente en su carruaje y se marchó a casa.

 

Una vez allí, Aubrey se paseó frenéticamente por toda su habitación con las manos sobre la cabeza, como si temiera que sus pensamientos se le pudieran escapar. Otra vez Lord Ruthven, delante de sus propios ojos. Los recuerdos se mezclaban frenéticamente en su mente: la daga, su juramento. Se paró, no podía creer que fuera posible, ¡los muertos volviendo a la vida! Pensó que se trataba de una mala pasada de su imaginación. Era imposible que pudiera ser verdad, así que decidió volver a frecuentar las reuniones sociales. Aunque intentó preguntar por Lord Ruthven, su nombre se le quedaba pegado a los labios, por lo que no pudo obtener ninguna información.

Pocas noches después asistió junto con su hermana a la reunión de un pariente cercano. Dejándola bajo la protección de una matrona, se retiró a descansar y se entregó a sus propios y devoradores pensamientos. Al darse cuenta de que muchos de los invitados ya se estaban marchando, se levantó para despedirse y cuando entró en el salón encontró a su hermana rodeada de gente, aparentemente en medio de una serena conversación. Intentó acercarse a ella discretamente y al pedirle a un caballero que lo dejara pasar por en medio del círculo de oyentes, éste se dio la vuelta, mostrándole las facciones que más aborrecía. Sin pensárselo dos veces, Aubrey dio un salto, tomó a su hermana por el brazo y apresuradamente la llevó hacia la calle. En la puerta se encontró con un nutrido grupo de sirvientes que esperaban a sus señores; mientras intentaba abrirse camino hacia la salida, volvió a escuchar la misma voz susurrando cerca de su oído: «Recuerda tu juramento». No se atrevió a darse la vuelta y le pidió a su hermana que se dieran prisa. Pronto estuvieron en casa.

Aubrey se hallaba al borde de la locura. Si antes estaba obsesionado sólo con una idea, cómo no iba a estarlo ahora que tenía la certeza de que el monstruo vivía. Se volvió insensible a las atenciones de su hermana, que en vano le pedía que le explicase cuál era la causa de su abrupta conducta. Aubrey sólo era capaz de pronunciar unas pocas palabras, que la aterraban. Cuanto más vueltas le daba al asunto, más se desconcertaba. Su juramento lo aterrorizaba. ¿Tenía entonces que permitir que el monstruo trajera la ruina sobre todo aquel al que se acercara? ¿Tenía que permitir que conviviera con todos aquellos a quienes él quería sin poder advertirles de su existencia? Su propia hermana podía estar en peligro. Pero incluso aunque rompiera su juramento e hiciera saber a todos de sus sospechas, ¿le creería alguien? Pensó en librar al mundo de esa criatura horrible con sus propias manos, pero recordó que la misma muerte ya había sido burlada. Durante días permaneció en ese estado, encerrado en su habitación, sin ver a nadie. Sólo comía cuando su hermana venía a alimentarlo con lágrimas en los ojos, rogándole que lo hiciera por piedad a ella. Finalmente, incapaz de soportar por más tiempo la soledad y la inactividad, dejó la casa, errando de calle en calle, ansioso por escapar del espectro que lo atormentaba.

Empezó a descuidar su aspecto y se dedicó a vagabundear sin importarle el ardiente sol del mediodía o la fría humedad de la noche. Estaba irreconocible. Al principio volvía a casa por las noches, pero acabó por tumbarse a dormir dondequiera que lo pillara el agotamiento. Su hermana, preocupada por su seguridad, contrató a algunos hombres para que lo siguieran, pero Aubrey los dejó atrás enseguida, huyendo como estaba de un perseguidor más rápido que cualquiera: sus propios pensamientos. De pronto, sin embargo, su conducta cambió. Horrorizado con la idea de que había dejado a todos sus amigos a merced de un monstruo que habitaba entre ellos y de cuya presencia no eran conscientes, decidió volver a la vida social para vigilarlo de cerca, decidido a prevenir, pese a su juramento, a cualquiera a quien Lord Ruthven se le aproximara demasiado íntimamente. Pero cuando entraba en cualquier salón su apariencia extraviada y recelosa era tan impactante, sus estremecimientos tan visibles, que su hermana se vio finalmente obligada a suplicarle que se abstuviera de reuniones sociales que lo afectaban tan profundamente, aunque sólo fuera por condescendencia hacia ella. Cuando todos los consejos resultaron inútiles, los tutores de Aubrey creyeron conveniente intervenir y temerosos de que estuviera perdiendo el juicio, consideraron que ya era hora de que emprendieran la tarea que sus padres les habían confiado. Con el objetivo de evitarle las heridas y sufrimientos que padecía en sus vagabundeos diarios y de que no se expusiera más al escarnio público, contrataron a un médico para que viviera en la casa y cuidara constantemente de él. Aubrey apenas pareció notarlo pues su mente estaba completamente absorta en otros horrores. Pese a los cuidados, sus incoherencias fueron en aumento, tanto que finalmente tuvieron que encerrarlo en su habitación. Con frecuencia permanecía en cama durante días, incapaz de levantarse. Había empalidecido y sus ojos habían adquirido un aspecto vidrioso. Sólo las visitas de su hermana lograban remover en él un fondo de afecto. En esas ocasiones, le dirigía miradas que la afligían profundamente mientras buscaba sus manos y le rogaba que no lo tocara:

—¡No lo toques! ¡Si me quieres todavía algo, no te acerques a él!

Cuando ella le preguntaba a quién se refería, su única respuesta era: «¡Es verdad, es verdad!» y volvía a sumergirse en un estado del que nadie podía sacarlo. Esta situación duró muchos meses. No obstante, poco a poco, según iba transcurriendo ese año, sus incoherencias se hacían más infrecuentes y su mente, menos sombría. Por otra parte, sus tutores observaron que varias veces al día contaba con los dedos de la mano un número determinado, para después sonreír.

El plazo casi había expirado y quedaba sólo un día para que Aubrey cumpliera su juramento, cuando uno de sus tutores entró en su habitación para hablar con el médico sobre la triste circunstancia de que el joven se encontrara en tan fatal situación, precisamente cuando su hermana se iba a casar al día siguiente. Esta frase llamó la atención del convaleciente enseguida y preguntó nerviosamente con quién se casaría su hermana.

Los tutores se alegraron porque consideraron este hecho como una muestra de que estaba recuperando el juicio, que temían que hubiera perdido del todo, y mencionaron el nombre del Conde de Marsden. Aubrey pensó que se trataba de un joven conde al que había conocido y pareció satisfecho, dejándolos aún más asombrados cuando expresó sus intenciones de asistir a la boda y su deseo de ver a su hermana. Le dijeron que no, pero a los pocos minutos la muchacha ya estaba allí.

Al parecer, el enfermo había recobrado la capacidad de sentirse influenciado por su adorable sonrisa, ya que la apretó contra su pecho y le besó las mejillas, bañadas en lágrimas de emoción, al ver que su hermano volvía a ser sensible a su afecto. Aubrey le habló con la calidez de antaño y la felicitó por su boda con una persona tan distinguida, por virtudes y rango. Todo marchaba bien hasta que de repente se fijó en el medallón que su hermana llevaba en el pecho y lo abrió. Cuál no sería su sorpresa al ver dentro de él la imagen del monstruo que tanta ascendencia había tenido sobre su vida. En un ataque de furia lo arrancó y lo estrelló contra el suelo, pisándolo con fuerza. Al preguntarle ella porqué destruía el retrato de su futuro marido, la miró como si no la comprendiera y la tomó de las manos, mientras la observaba con una expresión desesperada, suplicándole que jurara que nunca se casaría con ese monstruo, porque… Pero no pudo seguir. Fue como si la voz que tan bien conocía le hubiese vuelto a recordar su juramento. Se volvió bruscamente, pensando que se encontraría con Lord Ruthven, pero no vio a nadie. Mientras tanto, los tutores y el médico, que habían oído todo, creyeron que volvía a caer en la demencia y entraron a separarlo de la señorita Aubrey, a quien pidieron que lo dejara.

Aubrey cayó de rodillas ante ellos y les imploró y suplicó que retrasaran la ceremonia aunque fuera un solo día. Pero ellos lo atribuyeron a un acceso de locura y tras tratar de apaciguarlo, se retiraron.

 

 

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