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Cuentos Homoeróticos por Nimphie Knox - muestra HTML

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CUENTOS HOMOERÓTICOS

Encaje blanco

© Edición: agosto 2009

Editora Digital

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CUENTOS HOMOERÓTICOS

Encaje blanco

Encaje Blanco

Cuento completo

Había revisado el baúl una y otra vez en busca de algo que me

otorgara un consuelo momentáneo, un alivio falso, un suspiro. No

había nada. Ni siquiera un cigarrillo miserable que pudiese fumar,

inhalando profundo, engañando el estómago. No quería beber el

brandy. Tampoco tenía nada qué comer y tendría que esperar hasta

que llegara la mañana para poder salir de esa habitación horrenda e

ir en busca de alguna taberna donde saciar el hambre y ahogar la

sed. Hacía no menos de dos horas había estallado la revolución y los

presos y anarquistas corrían por las callejuelas vociferando e

incendiando los bancos, los edificios del gobierno y las viviendas de

los lores. Yo era un simple empleado rural, había llegado en busca de

un mejor trabajo y a mi llegada me había recibido una ciudad en

llamas. ¿Por qué mierda había abandonado el campo? Maldije mi

suerte, acongojado, y me dispuse a conciliar un sueño agitado.

Monsieur... se ha quedado dormido con la vela encendida —susurró

una voz suave. Entreabrí los ojos y me encontré con un jovencito

varios años menor que yo. Tal vez tendría dieciséis o diecisiete. Me

miraba, preocupado, y sostenía entre sus manos blancas la

palmatoria oxidada de la única fuente de luz que reinaba en la

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habitación—. No hay más habitaciones... monsieur Sorcier me dijo

que podría pasar la noche aquí, pero...

—Está bien —le detuve, porque sólo deseaba dormir—. Me advirtió

que podría tener un compañero de cuarto.

El chico sonrió aliviado.

Merci —agradeció, inclinando la cabeza. Dejó la vela sobre la

desvencijada mesita de madera y se dejó caer sobre el lecho vacío.

Entonces pude verle mejor. Sus ojos eran claros y se veían como

diamantes redondos al ser atravesados por la luz de la llama. Estaba

turbado, pude apreciar. En su frente satinada brillaban las gotas de

sudor que revelaban una posible huida de los malhechores. Y me fijé

en su atuendo. Vestía exquisitamente, pero sin saber cómo o porqué,

supe que lucía algo extraño.

Yo aún estaba somnoliento cuando el chico, luego de quitarse su

saquito de paño azul, deshizo los lazos de su camisa blanca, tiró de la

cinta que sujetaba su pelo, y una melena de ondas doradas se

desparró lujuriosamente sobre su espalda blanca y sus hombros

lechosos como un gran aluvión. Parpadeé, algo contrariado; la luz me

hería las retinas.

—¿Qué te ha sucedido en la espalda? —pregunté, observando las

heridas. El chico se sobresaltó y me miró, con un poco de temor.

Seguí observándole. Me puse de pie. Ahora sí sabía lo que estaba mal

y él intentó ocultarlo. Tras el paño azul del saquito se escondía

tímidamente el encaje blanco de unas medias femeninas. Le tomé del

brazo con fuerza y él sollozó. Por un momento pensé que se trataba

de una mujer, alguna de las doncellas de las casas de los lores, a la

deriva al ver a sus señores morir en manos de los rebeldes. Pero yo

estaba equivocado y la doncella de las medias de encaje era un

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jovencito pálido y asustado. Me dejé caer sobre el lecho—. Mon

Dieu... Tú...

Suplicó que lo dejara en paz. Gritó que lo dejara dormir, por favor,

por favor. Que estaba harto de esa vida sucia y miserable y se

preguntaba por qué mierda no se había muerto de tuberculosis como

su hermana, que había sufrido su misma suerte. Se me antojó una

criaturita frágil y delicada, una figura andrógina y de belleza

deslumbrante, como la Venus de Botticelli, con su cabello rubio y sus

ojos como piedras preciosas.

A mis veintiún años yo tenía casi claro, diría, mis gustos

predeterminados por mi sexo, pero aquella semi desnudez de nácar,

que había confundido con la de una mujer, más terrible que la

desnudez consumada, se me hacía inusitadamente apetecible.

Lo contemplé, boquiabierto, mientras se colocaba un camisón de

color rosa pálido con corte imperio que me pareció encantador.

Estaba claro que había sido diseñado para una joven y las dos pinzas

hechas para armonizar el busto se veían inutilizadas. Él las

contempló, con los ojos turquesa perdidos en la profundidad de un

anhelo imposible.

—Ya eres bonito sin ellas —le dije, de repente, sin pensar—. Y he

conocido mujeres de pechos enormes, tan horribles como cabras

viejas. —Mis palabras le hicieron gracia y sus pequeños hombros se

sacudieron en medio de una risita cristalina y aguda, digna de él y

sus medias con encaje blanco.

Me miró, algo avergonzado.

—¿De verdad te parezco... bonito? —me preguntó, con la voz

quebrada. Completamente seguro le respondí que sí. Él sonrió y una

única lágrima de plata atravesó su mejilla y cayó sobre la seda del

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camisón. Y me contó entonces de su precaria situación. Tras la

muerte de su hermana había padecido las persecuciones de los

hombres que habían sido los clientes de ella y, cautivados por su

parecido, lo habían sometido a los mismos usos y abusos. Con el

paso de los meses había aprendido a sacarle provecho a eso;

ataviado con los humildes vestidos de la difunta, recorría las calles de

los lupanares en busca del dinero para comer. Entonces había

aparecido él, un joven caballero noble de modales aristocráticos,

cabello oscuro y bastón con mango de plata. Lo había seducido una

noche y a los dos días lo desnudaba ansiosamente en una habitación

del puerto. Pero había descubierto su condición de hombre. Y todo se

había ido al diablo.

—¿Estabas enamorado de él? —pregunté, en voz baja.

—No... —respondió—. Era muy bueno y amable, nunca se dirigió a mí

con palabras groseras. Pero cuando vio que... —señaló la inexistente

depresión de su pecho y más lágrimas rodaron por su rostro—. Me

insultó y me golpeó... y me violó.

Me acerqué a él y le tomé la mano, aspirando el aroma a flores de su

cabello, sintiéndolo sacudirse con cada sollozo.

—Ese hombre no merece que le recuerdes —le dije—. Si no le agradó

que fueses un chico, no tendría por qué haber abusado de ti. Era un

egoísta y un canalla. Olvídalo de una vez, ya recibirá su merecido.

El pequeño me soltó y se secó las lágrimas con el dorso de una mano

blanca.

—¿Cómo te llamas? —quiso saber.

—Gian, ¿y tú? —Si él sabía mi nombre, yo tenía derecho de saber el

suyo.

—Lurienne.

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Sonreí, era un nombre realmente bonito.

—¿Dónde vives ahora, Lurienne?

—Oh, no tengo vivienda fija. Duermo cada noche en un lugar distinto,

en una cama distinta... con un hombre distinto.

Me ruboricé por sus palabras.

—Me pregunto —comenzó—, si yo fuese una mujer, ¿podría ser feliz?

No necesitaría prostituirme, me casaría con un chico bueno como tú,

tendría hijos...

Y no soporté más. Decía cosas que me hacían sentir una mezcla de

lástima y bochorno. Lo sostuve entre mis brazos. ¿Cómo podía ser

posible? ¿Cómo era posible que esa criatura llorara su soledad? ¿No

había nadie que respondiera a su desesperada necesidad de amor?

—Me gustaría ser mujer y casarme con un hombre bueno como tú —

susurró, en mi hombro.

Entonces podría decirse que comprendí porqué había abandonado el

campo y llegado a la ciudad justo cuando los presos habían hecho

estallar la Bastilla. Yo creía en el destino.

Lo tomé de las caderas, apoyé la mano en su vientre y la deslicé por

su pecho, plano, suave bajo la seda rosa. Sollozó de la sorpresa y me

miró fijamente a los ojos, horrorizado.

Temeroso, le dirigí una sonrisa tímida antes de besarlo en la boca con

delicadeza. Está de más decir que jamás había besado a un hombre,

pero ese ejemplar de macho deliciosamente travestido me inspiraba

casi el mismo sentimiento que la única doncella que había amado y

que me había abandonado. Lurienne se sorprendió tanto que quedó

inmóvil junto a mí, con el corazoncito desbocado. Fue sólo cuando lo

empujé hacia el colchón cuando un asomo de su experiencia afloró y

se apropió de sus manos blancas, que ansiosamente me despojaron

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de mi camisa. Le quité el camisón, oyendo en el silencio sólo el

retumbar de su corazón, su respiración agitada y la caricia que la

seda le hacía a su piel. Hasta su rincón más oscuro era rubio y me

estremeció peligrosamente el triángulo de vello dorado que coronaba

su excitación despierta. Me solté el cinturón, sin dejar que la pasión

me dominara. Lurienne me ayudó a quitarme los pantalones y gemí

de placer y sorpresa cuando buscó mi miembro con sus manos y lo

guió hacia su boca. Me mordí los labios para que los jadeos murieran

en mi garganta, cerré los ojos en vano para evitar correrme con sólo

ver la imagen de lo que estaba padeciendo tan a gusto...

Mon Dieu, detente —le supliqué. Él levantó la cabecita rubia y me

sonrió con picardía. “Es el demonio”, me dije a mí mismo; un

demonio vestido de señorita, con medias de encaje blanco. Entonces,

el demonio vestido de señorita se tumbó sobre la cama, con las

piernas separadas y los ojos acuosos. Aún tenía las medias puestas y

no pude reprimir un gemido. Por eso, porque que no estaba

completamente desnudo. Era lujurioso a niveles insultantes. Y yo

estaba perdido. Me coloqué entre sus piernas, le acaricié los muslos,

el vientre y me incliné para besarlo otra vez. Empujé las caderas

hacia adelante y la punta de mi sexo dispuesto acarició su entrada.

Se tensó al instante, tomado por sorpresa, pero luego se aferró con

fuerza a mi espalda y yo embestí nuevamente. Y comencé a

penetrarlo. Era estrecho al principio, pero luego fue dilatándose de

forma exquisita, obsequiándome un placer enloquecedor. Hervía.

Todo mi cuerpo hervía, mi sexo hervía, apresado, duro, húmedo.

Lurienne hervía, la piel de su rostro, antes blanca, brillaba del sudor

que caía de su frente, por sus mejillas sonrosadas. Lurienne gemía y

yo no podía creer que ese demonio vestido de señorita me estuviese

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llevando al éxtasis, consumiéndome, olvidando el cansancio,

saciándome de él, bebiendo de su cuerpo.

—Ah... ¡Gian! —jadeaba una y otra vez. Yo no quería abrir los ojos. A

pesar de ello no pude y los abrí, abrí mis ojos y lo vi a él, con los

suyos semi cerrados, hechos agua, su cabello desparramado por la

almohada, su boca abierta, lanzando gemidos al aire. Embestí y me

corrí, en su interior; jadeé exhausto, mareado, y él sollozó

profundamente, en un gritito agudo y desesperado, con la voz ronca,

acabada ya. Alargó los brazos hacia mí y yo no pude hacer más que

aceptarlos, complacido y hechizado. Lurienne me besó los hombros

con devoción y yo le acaricié el rostro y las mejillas, que aún ardían.

Y así, agotados, mojados y aún saboreando el clímax, olvidados

completamente de los horrores que sucedían hotel afuera, nos

dormimos en los brazos del otro.

El sol me daba de lleno en el rostro. Confundido y atontado abrí los

ojos y los cerré luego, deslumbrado. Lurienne no se encontraba junto

a mí. ¿Dónde estaba? No se hallaba en la habitación, aprecié,

paseando la mano por el espacio vacío. ¿Se habría ido?

Somnoliento, oí la puerta del dormitorio abrirse con un chirrido

agudo. Giré la cabeza, con anhelo. Y allí estaba el demonio, con su

camisón de seda rosa y con las medias de encaje blanco. Se sonrojó

al verme allí en la cama, aún desnudo. Traía una bandeja.

Bon jour, Gian... ¿Quieres desayunar?

Le sonreí. Él dejo la bandeja sobre la mesita. Tiré de su brazo y cayó

sobre la cama, sobre mí.

Bon jour, ma chérie...

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Y lo besé otra vez, con hambre, degustando sus labios. Allí estaba

Lurienne, me dije. Mi demonio y sus medias de encaje blanco no

habían ido a ninguna parte.

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