Cuentos Populares para Niños por Varios Autores - muestra HTML

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Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y

su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos

la llamaban Caperucita Roja.

Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.

—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de

mantequilla.

Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía

en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre

lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque

unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La

pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un

lobo, le dijo:

—Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de

mantequilla que mi madre le envía.

—¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.

—¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve

allá lejos, en la primera casita del pueblo.

—Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega

primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo

entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco

tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.

—¿Quién es?

—Es su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi

madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues

hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a

Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.

—¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada,

contestó:

—Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama

bajo la frazada:

—Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa

de dormir. Ella le dijo:

—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

—Es para abrazarte mejor, hija mía.

—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

—Es para correr mejor, hija mía.

Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

—Es para oír mejor, hija mía.

—Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!

—Es para ver mejor, hija mía.

—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

—¡Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.

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Como en cada verano , a la Señora Pata le dio

por empollar y todas sus amigas del corral

estaban deseosas de ver a sus patitos, que

siempre eran los mas guapos de todos.

Llego el dia en que los patitos comenzaron a

abrir los huevos poco a poco y todos se

juntaron ante el nido para verles por

primera vez.

Uno a uno fueron saliendo hasta seis

preciosos patitos , cada uno acompañado por

los gritos de alegria de la Señora Pata y de

sus amigas. Tan contentas estaban que

tardaron un poco en darse cuenta de que un

huevo , el mas grande de los siete , aun no se

habia abierto.

Todos concentraron su atencion en el huevo

que permanecia intacto , tambien los patitos

recien nacidos, esperando ver algun signo de

movimiento.

Al poco, el huevo comenzo a romperse y de el

salio un sonriente patito , mas grande que sus

hermanos , pero ¡oh , sorpresa! , muchisimo

mas feo y desgarbado que los otros seis...

La Señora Pata se moria de verguenza por haber

tenido un patito tan feo y le aparto de ella con el

la mientras prestaba atencion a los otros seis.

El patito se quedo tristisimo porque se empezo a

dar cuenta de que alli no le querian...

Pasaron los dias y su aspecto no mejoraba , al

contrario , empeoraba , pues crecia muy rapido y

era flaco y desgarbado, ademas de bastante

torpe el pobre..

Sus hermanos le jugaban pesadas bromas y se

reian constantemente de el llamandole feo y torpe.

El patito decidio que debia buscar un lugar donde

pudiese encontrar amigos que de verdad le

quisieran a pesar de su desastroso aspecto y una

mañana muy temprano , antes de que se

levantase el granjero , huyo por un agujero del

cercado.

Asi llego a otra granja , donde una anciana le

recogio y el patito feo creyo que habia encontrado

un sitio donde por fin le querrian y cuidarian , pero

se equivoco tambien , porque la vieja era mala y

solo queria que el pobre patito le sirviera de primer

plato. Y tambien se fue de aqui corriendo.

Llego el invierno y el patito feo casi se muere de

hambre pues tuvo que buscar comida entre el hielo

y la nieve y tuvo que huir de cazadores que

querian dispararle.

Al fin llego la primavera y el patito paso por un

estanque donde encontro las aves mas bellas que

jamas habia visto hasta entonces. Eran elegantes ,

graciles y se movian con tanta distincion que se

sintio totalmente acomplejado porque el era muy

torpe. De todas formas, como no tenia nada que

perder se acerco a ellas y les pregunto si podia

bañarse tambien.

Los cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito

vio en el estanque, le respondieron:

- ¡Claro que si , eres uno de los nuestros!

A lo que el patito respondio:

-¡No os burleis de mi!. Ya se que soy feo y flaco ,

pero no deberiais reir por eso...

Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y

veras como no te mentimos.

El patito se introdujo incredulo en el agua

transparente y lo que vio le dejo maravillado.

¡Durante el largo invierno se habia transformado en

un precioso cisne!. Aquel patito feo y desgarbado

era ahora el cisne mas blanco y elegante de todos

cuantos habia en el estanque.

Asi fue como el patito feo se unio a los suyos y

vivio feliz para siempre.

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Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su moli no, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no

se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de

su mísera herencia:

—Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de

comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el

desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

—No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que

proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los

matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como

pensáis.

Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes

ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar

ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina

para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en

su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de

ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco

y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de

este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se

vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin

misericordia.

Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad

donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:

—He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su

amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.

—Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró

los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey

recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un

día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

—Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os

mostraré, y en seguida yo haré lo demás.

El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el

rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado

caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al

pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se

habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido

debajo de una enorme piedra.

El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras

para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba

su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.

El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto

empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

—Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré

picadillo como carne de budín.

Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.

—Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.

—Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.

—Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:

—Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os

haré picadillo como carné de budín.

El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.

—Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.

El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy

asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castil o cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se

hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar

con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo

recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.

—Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais,

por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

—Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni

riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.

Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había

tenido mucho miedo.

—Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la

forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me

parece imposible.

—¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el

piso.

Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.

Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que

atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:

—Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y

todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde

encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo

día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.

El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba

loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

—Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.

El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la

princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.

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Hubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda impertinente con dos hijas a cual más

fea.

Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre

tan manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta. Un día el Rey de aquel país anunció

que iba a dar un gran baile al que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino.

-Tú Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y

preparando la cena para cuando volvamos. Llegó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada

vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no

pudo reprimir sus sollozos. - ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-.

De pronto se le apareció su Hada Madrina. - No te preocupes -exclamó el Hada-. Tú

también podrás ir al baile. Veamos que hay por aquí. Agitó su varita mágica y al momento los

ratones se convirtieron en lacayos y la calabaza en una hermosa carroza.

-Pero, ¡no puedo ir con este vestido!-dijo Cenicienta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una

maravillosa joven.

-Bueno, creo que ya está todo, sube a la carroza y ve al baile; pero no olvides una cosa: cuando el reloj de Palacio dé

las doce campanadas tendrás que regresar sin falta porque a esa hora termina el hechizo y los lacayos volverán a ser

ratones, la carroza calabaza y tu hermoso vestido se trocará en tu viejo vestido -dijo el Hada.

La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado

de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella

joven.

En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce. - ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -

exclamó-. Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huída un zapato, que el Rey recogió

asombrado. Para encontrar a la bella joven, el Rey ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera calzarse el zapato.

Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera

bien el zapatito.

Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el zapato, pero, cuando se

lo puso Cenicienta, vieron con estupor que le estaba perfecto. Y así sucedió que el Rey se casó con la joven y vivieron muy

felices.

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Dominando la ciudad, sobre una alta columna, descansaba la estatua del Príncipe Feliz. Cubierta por una capa de

oro magnífico, tenía por ojos dos zafiros claros y brillantes, y un gran rubí centelleaba en el puño de su espada.

Era admirado por todos: “Es tan hermoso como el gallo de una veleta” -afirmaba uno de los dos concejales de la

ciudad que deseaba ganar fama como conocedor de las bellas artes- “nada más que no resulta tan útil” -añadía,

temiendo que las gentes pudieran juzgarle impráctico; cosa que en realidad no era.

-“¿Por qué no puedes ser como el Príncipe Feliz?” -decía una madre razonable a su

pequeño que lloraba por alcanzar la luna- “Al Príncipe Feliz nunca se le ocurre llorar por nada”.

-“Me alegra que haya alguien en el mundo que sea tan feliz” -mascullaba un pobre hombre

frustrado, contemplando la estatua maravillosa.

-“Es igual que un Ángel” -comentaban los niños del coro de la catedral cuando salían de ella

con sus esclavinas rojas y sus roquetes blancos y almidonados.

-“¿Cómo lo sabéis?” -replicaba el maestro de matemáticas-, “¿si nunca habéis visto uno?”

-“¡Ah, porque los hemos visto en sueños!” -contestaban los muchachos; y el maestro de matemáticas fruncía el ceño

y tomaba una actitud muy seria porque no le gustaba que los niños soñasen.

Una noche voló sobre la ciudad una golondrina. Sus compañeras ya habían partido hacia Egipto seis semanas

antes, pero ella se retrasó porque estaba enamorada de un bellísimo junco. Lo había conocido al principio de la

primavera cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y se sintió atraída de tal manera por

su tallo esbelto, que se detuvo para hablarle.

-¿Aceptas mi amor? -le preguntó la golondrina que nunca se andaba con rodeos; y el junco hizo una ceremoniosa

inclinación. Entonces la golondrina voló haciendo grandes círculos a su alrededor, rozaba la superficie de las aguas

con las puntas de sus alas, dejando brillantes estelas de plata. Ésa era su manera de cortejar; y así transcurrió todo el

verano.

-“Son unas relaciones tontas” -gorjeaban las otras golondrinas-. “El es pobre y tiene demasiados parientes”. -Y

verdaderamente, el río estaba lleno de juncos. Entonces, al llegar el otoño, todas las golondrinas alzaron el vuelo.

Cuando ya se habían alejado, la golondrina se sintió sola, y comenzó a cansarse de su amante. “No tiene

conversación” -se decía-. “Además creo que es casquivano, orque constantemente coquetea con brisa”. -Y era verdad,

en cuanto la brisa comenzaba, el junco hacía las reverencias más graciosas.“Además tengo que reconocer que es

demasiado casero” -continuaba- “y a mí me gusta viajar, y a mi compañero, por tanto, deberá gustarle viajar conmigo.”

-“Te vendrías conmigo” -le preguntó al fin, pero el junco. sacudió la cabeza,... ¡se sentía tan ligado a su hogar!

“¡Te has estado burlando de mí!” –gritó la golondrina-. “Me marcho a las Pirámides, ¡adiós!” -y echó a volar.

Voló durante todo el día, y ya de noche llegó a la ciudad.

-“Dónde me alojaré” -se preguntó-. “Espero que la ciudad haya preparado algún lugar para mí.”

Entonces divisó la gran columna,

-“Me cobijaré allá” -gorjeó-. “Es un magnífico lugar con bastante aire fresco.” -Y así, se detuvo justamente entre los

dos pies del Príncipe Feliz.

-“Tengo una habitación dorada” -se dijo quedamente después de mirar en torno suyo y preparándose a dormir; pero

en el momento en que iba a poner la cabeza bajo el ala, una gran gota de agua le cayó encima-. “¡Qué raro!”-exclamó-

“no hay una sola nube en el cielo, las estrellas se ven claras y brillantes, y sin embargo está lloviendo. El clima en el norte de Europa es verdaderamente terrible. Al junco le gustaba la lluvia, pero eso no era más que puro egoísmo.”

Entonces le cayó otra gota.

-“De qué me sirve una estatua, si no me protege de la lluvia” -dijo la golondrina-. “Voy a buscar el copete de una

chimenea”, y ya iba a emprender el vuelo pero antes de que hubiese desplegado las alas, le cayó encima una tercera

gota. Entonces miró hacia arriba y vio... ¡Ah!, ¿qué es lo que vio?

Los ojos del príncipe estaban bañados en lágrimas, y las lágrimas corrían por sus mejillas doradas. Su cara era tan

hermosa bajo la luz de la luna que la pequeña golondrina se sintió llena de lástima.

-‘¿Quién eres?” -le preguntó.

-“Soy el Príncipe Feliz”.

-“Entonces;; ¿por qué lloras?” -dijo la golondrina-, “me has empapado.”

-“Cuando estaba vivo, y tenía un corazón humano” -contestó la estatua-, “no sabía lo que eran las lágrimas, porque

vivía en el Palacio de Sans-Souci, donde a la tristeza no se le permite entrar. Durante el día jugaba con mis amigos en

el jardín, y en la noche yo dirigía las danzas en el Gran Salón.

“Alrededor del jardín se alzaba una tapia altísima, pero nunca me preocupé por preguntar lo que se encontraba tras

ella; todo lo que me rodeaba era tan bello. Mis cortesanos me llamaban El Príncipe Feliz, y en realidad lo era, si es que

el placer es la felicidad. Así viví, y así morí. Y ahora que estoy muerto me han colocado a tal altura, que puedo ver toda

la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón ahora es de plomo, no me queda más remedio que

llorar.”

-“Pues qué, ¿no está hecho de oro macizo?” -se dijo para sí la golondrina, pues era muy cortés para hacer

observaciones en voz alta.

-“Allá lejos” --continuó la estatua en voz baja y melódica-, “allá lejos, en una callejuela, hay una casa muy pobre. Una

de las ventanas permanece abierta, y por ella puedo ver una mujer sentada ante una mesa. Su cara se ve demacrada

y triste, tiene manos toscas y enrojecidas, y las yemas de sus dedos picadas por la aguja, porque es costurera. Está

bordando pasionarias en un vestido de seda que deberá lucir la más encantadora de las damás de honor de la reina,

en el próximo gran baile de la Corte. Sobre una cama, en un rincón del mismo cuarto, yace su pequeño hijo enfermo,

con fiebre, y pide naranjas. Su madre no tiene nada para darle, más que el agua del río; y por eso el pequeño l ora.

Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿no quisieras llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos a este

pedestal, y no puedo moverme.

-“Me están esperando en Egipto” -contestó la golondrina-. Mis compañeras ya vuelan de aquí para allá sobre el Nilo,

y hablan con los grandes lotos. Pronto se recogerán a dormir en la tumba del Gran Rey. El Rey está allí mismo dentro

de su sarcófago pintado. Envuelto en bandas de lino amarillo y embalsamado con especies. Tiene puesto un collar de

jades verde pálido, alrededor del cuello, y sus manos son como hojas marchitas.”

-“Golondrina, golondrina, golondrinita” -dijo el príncipe- “¿No podrías quedarte conmigo una noche más, y ser mi mensajera?-¡El niño tiene tanta sed, y su madre está tan triste!”

-“No creo que me gusten los niños” -contestó la golondrina-. “El año pasado cuando estaba en el río, andaban por allí dos muchachos groseros, hijos del molinero, y que siempre me tiraban piedras. Nunca llegaron a alcanzarme, por

supuesto; nosotras las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo procedo de una familia famosa por su

agilidad;; pero aun así, eso no dejaba de demostrar una gran falta de respeto”.

Pero El Príncipe Feliz se veía tan triste, que la pequeña golondrina se sintió compadecida.

-“Aquí hace mucho frío” -dijo al fin- “pero me quedaré contigo por una noche y seré tu mensajera.”

-“Gracias golondrinita” -contestó el Príncipe.

Entonces la golondrina arrancó el gran rubí del puño de la espada del Príncipe, y llevándolo en el pico, voló sobre los

techos de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde estaban esculpidos unos ángeles en mármol blanco. Cruzó cerca del

palacio y oyó la música del baile. Una preciosa joven se asomó al balcón junto a su novio.

-“¡Qué maravillosas son las estrellas!” -dijo él a la muchacha- ¡y también qué asombroso el poder del amor!”

-“Espero que mi vestido esté terminado a tiempo para el baile oficial” -respondió ella-. “He mandado bordar en él,

pasionarias; pero las costureras son tan perezosas...”

La golondrina pasó por encima del río, y vio la luz de los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Voló sobre

el Ghetto, y vio a los viejos judíos, negociando entre sí, y pesando el dinero en balanzas de cobre. Por fin llegó a la

pobre vivienda, y miró dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camastro, y la madre se había dormido... ¡estaba tan

cansada! ... Se deslizó rauda en la habitación, y depositó el gran rubí sobre la mesa, junto al dedal de la costurera.

Entonces, graciosamente, revoloteó alrededor de la cama, abanicando con sus alas la frente del niño.

-“¡Qué fresco siento!” -exclamó el niño- “debo estar mejorando”, y se sumergió en un sueño delicioso.

Entonces la golondrina regresó volando hacia el Príncipe Feliz, y le narró lo que había hecho. “Es curioso, comentó,

pero ahora me siento con bastante calor, a pesar de estar haciendo tanto frío.”

-“Es porque has realizado una buena acción” -dijo el Príncipe.

La golondrinita comenzó a reflexionar, y se quedó dormida. El pensar siempre le daba sueño.

Cuando empezaba a amanecer bajó volando al río y se bañó.

-‘¡Qué fenómeno más notable!” -dijo el profesor de ornitología, al pasar por el puente- “¡Una golondrina en invierno!”

Y escribió sobre este asunto una larga carta al periódico local. Todos la citaban y hablaron de ella, ¡estaba llena de

tantas palabras que no alcanzaban a entender! ...

-“Esta noche parto para Egipto” -dijo la golondrina, sintiéndose entusiasmada con esta perspectiva.

Visitó todos los monumentos públicos, y estuvo descansando largo rato en la cúspide del campanario. Donde quiera

que fuese, los gorriones gorjeaban y se decían unos a otros:

-“Que forastera tan distinguida”.

Y se sentía muy contenta y halagada al oírlo.

Cuando salió la luna, voló de regreso al Príncipe Feliz.

-“¿No tienes ningún encargo para Egipto?” -le gritó-. “Ya me voy”

-“Golondrina, golondrina, golondrinita” -contestó el Príncipe-. “¿No podrías quedarte conmigo una noche más?”

-“Me esperan en Egipto” -fue la respuesta-. “Mañana mis compañeras volarán a la segunda catarata. Allí el

hipopótamo descansa -sobre los juncos y el dios Memnón reposa sobre su gran trono de granito, vigilando las estrellas

durante toda la noche, y cuando surge brillante la estrella matutina, lanza un gran grito de alegría, y vuelve a quedar

sileneioso. A medio día los leones amarillos se acercan a las orillas para beber. Tienen ojos como aguamarinas verdes,

y su rugido domina al de las cataratas.”

-“Golondrina, golondrina, golondrinita” -dijo el Príncipe-. “Lejos, más allá de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre su mesa llena de papeles, y enfrente tiene un vaso con un ramito de violetas marchitas.

Su cabello es castaño y rizado, sus labios rojos como granos de granada; y los ojos son hermosos y soñadores. Está

tratando de concluir una obra para el director del teatro; pero tiene un frío tan terrible que ya no puede escribir más. No

hay fuego en la habitación, y el hambre ha hecho que se desmaye.”

-“Esperaré una noche más y me quedaré contigo” -contestó la golondrina, que en verdad tenía muy buen corazón-.

“¿Le llevaré otro rubí?”

-“¡Ay, ya no tengo rubí!” -dijo el Príncipe-. “Mis ojos son todo lo que me queda. Están hechos con zafiros rarísimos, que fueron traídos de la India, hace mil años. Sácame uno, y llévaselo a él. Lo venderá a un joyero, y comprará leña, y

podrá terminar su obra.

-“Querido Príncipe” -replicó la golondrina- “no puedo hacer eso” -y comenzó a llorar.

-“Golondrina, golondrina, golondrinita” -insistió el Príncipe-. “Haz lo que te ordeno”.

Así pues, la golondrina le sacó un ojo al Príncipe, y voló llevándolo hasta la buhardilla del estudiante. Fue fácil entrar,

pues había un agujero en el techo. Penetró por él como una flecha, a la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida entre las manos. No pudo percatarse del aleteo del pájaro, y cuando levantó la

cabeza, descubrió el hermoso zafiro descansando sobre las violetas marchitas.

-“Empiezo a ser apreciado” -exclamó-. “Esto debe venir de algún gran admirador. Ahora puedo terminar mi obra”-.

Estaba verdaderamente dichoso.

Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto. Se detuvo en el mástil de un gran barco, mirando a los marineros

que sacaban grandes cajas de la cala, tirando de gruesas cuerdas.

-“¡Arriba, iza!” -gritaban según salía cada caja.

-“¡Yo voy para Egipto!” -gritó la golondrina; pero nadie le hizo caso; y cuando se levantó la luna, regresó de nuevo al

Príncipe Feliz, volando.

-“He vuelto para despedirme de ti, para decirte adiós.

-“Golondrina, golondrina, golondrinita” -contestó el Príncipe-. “¿No te quedarías una noche más conmigo?”

-“Ya es invierno” -dijo la golondrina- “y la helada nieve pronto llegará. En Egipto el sol es caliente sobre las palmeras

verdes, y los cocodrilos descansan en el lodazal y miran perezosos a su alrededor. Mis compañeras están cons-

truyendo sus nidos en el templo de Baalbec, y las palomas blancas y rosadas las vigilan, arrullándose entre sí. Querido

Príncipe, tengo que abandonarte, pero nunca te podré olvidar, y en la próxima primavera, te traeré dos magníficas

piedras preciosas, en lugar de las que has regalado. El rubí será más rojo que una rosa, y el zafiro será tan azul como

el ancho mar”.

-“Allá abajo, en la plaza” -siguió diciendo el Príncipe Feliz- “está en pie una niña vendedora de cerillos. Se le han

caído todos los cerillos al arroyo, y ya no sirven. Su padre la maltratará, le pegará, si no trae algo de dinero a la casa, y

por eso llora. No tiene ni zapatos ni medias, y su cabeza está descubierta. Sácame el otro ojo, dáselo, y su padre no le

pegará”.

-”Me quedaré una noche más contigo” -respondió la golondrina-, “pero no puedo sacarte el otro ojo. Te quedarás

completamente ciego”.

-“Golondrina, golondrina, golondrinita” -dijo el Príncipe-. “Haz lo que te mando.”

Así las cosas, le sacó el otro ojo, y lo llevó consigo, descendiendo y pasando junto a la pequeña vendedora de

cerillos, le deslizó la gema en la palma de la mano.

- “Qué precioso vidrio” -gritó la niña-. Y corrió riendo hacia su casa.

Entonces la golondrina volvió al Príncipe.

-“Ahora estás ciego” -dijo-. “Así es que me quedaré para siempre contigo.”

-“No, golondrinita” -replicó el pobre Príncipe-. “Debes irte a Egipto.”

-“Me quedaré para siempre a tu lado” -dijo la golondrina. Y se durmió a los pies del Príncipe.

Todo el día siguiente lo pasó sobre el hombro del Príncipe, y le contó muchas cosas de todo lo que había visto en

países extraños. Le habló de los ibis rojos, que permanecen inmóviles en largas hileras a orillas del Nilo, y pescan pe-

ces dorados, con sus largos picos. De la Esfinge, que es tan antigua como el mundo, que vive en el desierto, y todo lo

sabe. De los mercaderes, que caminan despacio al lado de sus camellos, y van pasando las cuentas de ámbar de los

rosarios entre sus dedos. Le hizo relatos del rey de las montañas de la luna, que es tan negro como el ébano y que

adora un gran bloque de cristal. También le describió la enorme serpiente verde que duerme enroscada en una

palmera, y tiene veinte sacerdotes que la alimentan con pastelillos de miel. Y también le dijo de los pigmeos que

navegan por un gran lago, sobre anchísimas hojas planas, y que siempre está en guerra con las mariposas.

-“Querida golondrinita” -dijo el Príncipe- “me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso que todo eso, es el

sufrimiento de hombres y mujeres. No existe misterio más grande que el de la miseria. Vuela sobre mi ciudad,

golondrinita, y dime lo que ves en ella”.

Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad; y pudo ver a los ricos holgar dichosos en sus hermosas

mansiones, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló a través de barriadas sombrías, y contempló las

caras lívidas de niños hambrientos mirando inmóviles hacia las calles en tinieblas. Bajo uno de los arcos de un puente,

dos pequeños dormían abrazados tratando de calentarse uno al otro.

-“Tenemos mucha hambre” -decían.

-“¡Aquí no se puede estar tumbado!” -gritó el vigilante.

Y se alejaron bajo la lluvia. Entonces regresó al Príncipe volando, y le dijo todo lo que había visto.

-“Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe- me lo debes quitar, hoja por hoja, y darlo a mis pobres; los hombres

creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja tras hoja de oro fino arrancó la golondrina, hasta que el Príncipe Feliz se quedó gris y deslucido. Hoja tras hoja

de oro fino llevó la golondrina a los pobres, y las caras de los niños se fueron tornando rosadas, y reían y jugaban en

las calles, y exclamaban alegremente: “¡Ahora tenemos pan!”

Y entonces llegó la nieve, y después de la nieve vino la helada. Las calles parecían cubiertas de plata, ¡eran tan

brillantes y pulidas!...; grandes témpanos como dagas de cristal colgaban de los aleros de las casas, toda la gente iba

envuelta en pieles, y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre golondrinita tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe; ¡era muy grande su amor

por él! Picoteaba las migajas en la puerta de la panadería, cuando su dueño no se daba cuenta y trataba de calentarse,

batiendo sus alas.

Pero al fin comprendió que iba a morir. Tuvo suficientes fuerzas para volar de nuevo hasta el hombro del Príncipe.

-“Adiós, querido Príncipe” -murmuró-. “¿Me permites besar tu mano?”

-“Me alegra que puedas por fin regresar a Egipto, golondrinita” -contestó el Príncipe-. “Ya has estado demasiado tiempo aquí;; pero tienes que besarme en los labios, porque te amo.”

-“No es a Egipto a donde voy” -dijo la golondrina-. “Voy a la Casa de la Muerte. La Muerte es la hermana del sueño,

¿no es verdad?”

Y besó al Príncipe Feliz en los labios. Y cayó muerta a sus pies. En ese momento un sonido extraño se oyó en el

interior de la estatua, como si algo se hubiese quebrado. El hecho es que el corazón de plomo se había partido en dos.

Estaba cayendo una terrible helada.

A la mañana siguiente, el Alcalde paseaba abajo, en la plaza, acompañado por los regidores de la ciudad. Al pasar

junto a la columna, miraron hacia la estatua:

-“¡Válgame Dios!” -exclamó-. “¡Qué desaliñado se ve el Príncipe Feliz!”

-“¡De veras, qué andrajoso!” -añadieron los regidores de la ciudad, que siempre estaban de acuerdo con el Alcalde; y

se acercaron y subieron a examinarla.

-“El rubí se ha caído del puño de su espada, los ojos han desaparecido, y ya no tiene nada de oro encima” -dijo el

Alcalde-. “En verdad casi no se diferencia de un mendigo.”

-“No se diferencia de un mendigo” -repitieron los regidores de la ciudad.

-“¡Y aquí se encuentra un pajarillo muerto a sus pies!” -continuó el Alcalde.

-“Debemos promulgar un bando, prohibiendo que los pajaros mueran aquí.”

Y el Alguacil de la ciudad tomó nota de esta iniciativa.

Así fue como bajaron la estatua del Príncipe Feliz. “Ya que habiendo dejado de ser hermoso, ya tampoco era útil”;;

dijo el Profesor de Arte de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un gran horno, y el Alcalde convocó a una reunión para decidir lo que debería

hacerse con el metal.

-“Tendremos que levantar otra estatua, por supuesto” -y añadió-. “Y, por ejemplo, podría ser una estatua mía.”

-“O la mía” -repitieron cada uno de los regidores.

Y comenzaron a discutir. La última vez que supe algo de ellos, fue que todavía estaban discutiendo.

-“¡Qué cosa más rara!” -dijo el maestro de fundidores-. “Este roto corazón de plomo, no se puede fundir en el horno.

Lo tenemos que tirar.”

Y lo tiraron sobre un montón de cenizas donde también se encontraba la golondrina muerta.

-“Tráeme las dos cosas más preciosas de toda la ciudad” -dijo Dios a uno de sus ángeles; y el ángel le trajo el corazón de plomo y el pajarillo muerto.

-“Escogiste bien” -dijo Dios-. “Por que en mi Jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz me alabará.”

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Allá a lo lejos, en una choza próxima al bosque vivía un leñador con su esposa y sus dos hijos: Hansel y Gretel. El hombre

era muy pobre. Tanto, que aún en las épocas en que ganaba más dinero apenas si alcanzaba para comer. Pero un buen

día no les quedó ni una moneda para comprar comida ni un poquito de harina para hacer pan. “Nuestros hijos morirán de

hambre”, se lamentó el pobre esa noche. “Solo hay un remedio -dijo la mamá llorando-. Tenemos que dejarlos en el bosque,

cerca del palacio del rey. Alguna persona de la corte los recogerá y cuidará”.

Hansel y Gretel, que no se habían podido dormir de hambre, oyeron la conversación. Gretel

se echó a llorar, pero Hansel la consoló así: “No temas. Tengo un plan para encontrar el

camino de regreso. Prefiero pasar hambre aquí a vivir con lujos entre desconocidos”. Al día

siguiente la mamá los despertó temprano. “Tenemos que ir al bosque a buscar frutas y huevos -les dijo-; de lo contrario, no tendremos que comer”. Hansel, que había encontrado

un trozo de pan duro en un rincón, se quedó un poco atrás para ir sembrando trocitos por el

camino.

Cuando llegaron a un claro próximo al palacio, la mamá les pidió a los niños que

descansaran mientras ella y su esposo buscaban algo para comer. Los muchachitos no tardaron en quedarse dormidos,

pues habían madrugado y caminado mucho, y aprovechando eso, sus padres los dejaron. Los pobres niños estaban tan

cansados y débiles que durmieron sin parar hasta el día siguiente, mientras los ángeles de la guarda velaban su sueño.

Al despertar, lo primero que hizo Hansel fue buscar los trozos de pan para recorrer el camino de regreso; pero no pudo

encontrar ni uno: los pájaros se los habían comido. Tanto buscar y buscar se fueron alejando del claro, y por fin

comprendieron que estaban perdidos del todo.

Anduvieron y anduvieron hasta que llegaron a otro claro. ¿A que no sabéis que vieron allí? Pues una casita toda hecha de

galletitas y caramelos. Los pobres chicos, que estaban muertos de hambre, corrieron a arrancar trozos de cerca y de

persianas, pero en ese momento apareció una anciana. Con una sonrisa muy amable los invitó a pasar y les ofreció una

espléndida comida. Hansel y Gretel comieron hasta hartarse.Luego la viejecita les preparó la cama y los arropó

cariñosamente.

Pero esa anciana que parecía tan buena era una bruja que quería hacerlos trabajar. Gretel tenía que cocinar y hacer toda la

limpieza. Para Hansel la bruja tenía otros planes: ¡quería que tirara de su carro! Pero el niño estaba demasiado flaco y debilucho para semejante tarea, así que decidió encerrarlo en una jaula hasta que engordara. ¡Gretel no podía escapar y

dejar a su hermanito encerrado! Entretanto, el niño recibía tanta comida que, aunque había pasado siempre mucha hambre,

no podía terminar todo lo que le llevaba.

Como la bruja no veía más allá de su nariz, cuando se acercaba a la jaula de Hansel le pedía que sacara un dedo para

saber si estaba engordando. Hansel ya se había dado cuenta de que la mujer estaba casi ciega, así que todos los días le

extendía un huesito de pollo. “Todavía estás muy flaco -decía entonces la vieja-. ¡Esperaré unos días más!”. Por fin,

cansada de aguardar a que Hansel engordara, decidió atarlo al carro de cualquier manera. Los niños comprendieron que

había llegado el momento de escapar.

Como era día de amasar pan, la bruja había ordenado a Gretel que calentara bien el horno. Pero la niña había oído en su

casa que las brujas se convierten en polvo cuando aspiran humo de tilo, de modo que preparó un gran fuego con esa

madera. “Yo nunca he calentado un horno -dijo entonces a la bruja-. ¿Por que no miras el fuego y me dices si está bien?”.

“¡Sal de ahí, pedazo de tonta! -chilló la mujer-. ¡Yo misma lo vigilaré!”. Y abrió la puerta de hierro para mirar. En ese instante salió una bocanada de humo y la bruja se deshizo. Solo quedaron un puñado de polvo y un manojo de llaves. Gretel recogió

las llaves y corrió a liberar a su hermanito. Antes de huir de la casa, los dos niños buscaron comida para el viaje. Pero, cual

sería su sorpresa cuando encontraron montones de cofres con oro y piedras preciosas! Recogieron todo lo que pudieron y

huyeron rápidamente.

Tras mucho andar llegaron a un enorme lago y se sentaron tristes junto al agua, mirando la otra orilla. ¡Estaba tan lejos!

“¿Queréis que os cruce?”, preguntó de pronto una voz entre los juncos. Era un enorme cisne blanco, que en un santiamén los dejó en la otra orilla. ¿Y adivinen quien estaba cortando leña justamente en ese lugar? ¡El papá de los chicos! Sí, el

papá que lloró de alegría al verlos sanos y salvos. Después de los abrazos y los besos, Hansel y Gretel le mostraron las

riquezas que traían, y tras agradecer al cisne su oportuna ayuda, corrieron todos a reunirse con la mamá.

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Había una vez, en pleno invierno, una reina que se dedicaba a la

costura sentada cerca de una venta-na con marco de ébano negro. Los

copos de nieve caían del cielo como plumones. Mirando nevar se

pinchó un dedo con su aguja y tres gotas de sangre cayeron en la

nieve. Como el efecto que hacía el rojo sobre la blanca nieve era tan

bello, la reina se dijo.

-

¡Ojalá tuviera una niña tan blanca como la nie-ve, tan roja como la

sangre y tan negra como la madera de ébano!

Poco después tuvo una niñita que era tan blanca como la nieve, tan

encarnada como la sangre y cuyos cabellos eran tan negros como el ébano.

Por todo eso fue llamada Blancanieves. Y al na-cer la niña, la reina murió.

Un año más tarde el rey tomó otra esposa. Era una mujer bella pero orgullosa y arrogante, y no po-día soportar que nadie la

superara en belleza. Tenía un espejo maravilloso y cuando se ponía frente a él, mirándose le preguntaba:

¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?

Entonces el espejo respondía:

La Reina es la más hermosa de esta región.

Ella quedaba satisfecha pues sabía que su espejo siempre decía la verdad.

Pero Blancanieves crecía y embellecía cada vez más; cuando alcanzó los siete años era tan bella co-mo la clara luz del día

y aún más linda que la reina.

Ocurrió que un día cuando le preguntó al espejo:

¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?

el espejo respondió:

La Reina es la hermosa de este lugar,

pero la linda Blancanieves lo es mucho más.

Entonces la reina tuvo miedo y se puso amarilla y verde de envidia. A partir de ese momento, cuando veía a Blancanieves el

corazón le daba un vuelco en el pecho, tal era el odio que sentía por la niña. Y su envidia y su orgullo crecían cada día más,

como una mala hierba, de tal modo que no encontraba reposo, ni de día ni de noche.

Entonces hizo llamar a un cazador y le dijo:

-Lleva esa niña al bosque; no quiero que aparez-ca más ante mis ojos. La matarás y me traerás sus pulmones y su hígado

como prueba.

El cazador obedeció y se la llevó, pero cuando quiso atravesar el corazón de Blancanieves, la niña se puso a llorar y

exclamó:

-¡Mi buen cazador, no me mates!; correré hacia el bosque espeso y no volveré nunca más.

Como era tan linda el cazador tuvo piedad y di-jo:

-¡Corre, pues, mi pobre niña!

Pensaba, sin embargo, que las fieras pronto la devorarían. No obstante, no tener que matarla fue para él como si le quitaran

un peso del corazón. Un cerdito venía saltando; el cazador lo mató, extrajo sus pulmones y su hígado y los llevó a la reina

como prueba de que había cumplido su misión. El cocine-ro los cocinó con sal y la mala mujer los comió cre-yendo comer

los pulmones y el hígado de Blancanieves.

Por su parte, la pobre niña se encontraba en medio de los grandes bosques, abandonada por todos y con tal miedo que

todas las hojas de los árbo-les la asustaban. No tenía idea de cómo arreglárselas y entonces corrió y corrió sobre guijarros

filosos y a través de las zarzas. Los animales salvajes se cruza-ban con ella pero no le hacían ningún daño. Corrió hasta la

caída de la tarde; entonces vio una casita a la que entró para descansar. En la cabañita todo era pequeño, pero tan lindo y

limpio como se pueda imaginar. Había una mesita pequeña con un mantel blanco y sobre él siete platitos, cada uno con su

pe-queña cuchara, más siete cuchillos, siete tenedores y siete vasos, todos pequeños. A lo largo de la pared estaban

dispuestas, una junto a la otra, siete camitas cubiertas con sábanas blancas como la nieve. Como tenía mucha hambre y

mucha sed, Blancanieves co-mió trozos de legumbres y de pan de cada platito y bebió una gota de vino de cada vasito.

Luego se sin-tió muy cansada y se quiso acostar en una de las ca-mas. Pero ninguna era de su medida; una era demasiado

larga, otra un poco corta, hasta que fi-nalmente la séptima le vino bien. Se acostó, se en-comendó a Dios y se durmió.

Cuando cayó la noche volvieron los dueños de casa; eran siete enanos que excavaban y extraían metal en las montañas.

Encendieron sus siete faro-litos y vieron que alguien había venido, pues las co-sas no estaban en el orden en que las

habían dejado. El primero dijo:

-¿Quién se sentó en mi sillita?

El segundo:

-¿Quién comió en mi platito?

El tercero:

-¿Quién comió de mi pan?

El cuarto:

-¿Quién comió de mis legumbres?

El quinto.

-¿Quién pinchó con mi tenedor?

El sexto:

-¿Quién cortó con mi cuchillo?

El séptimo:

-¿Quién bebió en mi vaso?

Luego el primero pasó su vista alrededor y vio una pequeña arruga en su cama y dijo:

-¿Quién anduvo en mi lecho?

Los otros acudieron y exclamaron:

-¡Alguien se ha acostado en el mío también! Mi-rando en el suyo, el séptimo descubrió a Blancanie-ves, acostada y

dormida. Llamó a los otros, que se precipitaron con exclamaciones de asombro. Enton-ces fueron a buscar sus siete

farolitos para alumbrar a Blancanieves.

-¡Oh, mi Dios -exclamaron- qué bella es esta ni-ña!

Y sintieron una alegría tan grande que no la des-pertaron y la dejaron proseguir su sueño. El séptimo enano se acostó una

hora con cada uno de sus com-pañeros y así pasó la noche.

Al amanecer, Blancanieves despertó y viendo a los siete enanos tuvo miedo. Pero ellos se mostraron amables y le

preguntaron.

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Blancanieves -respondió ella.

-¿Como llegaste hasta nuestra casa?

Entonces ella les contó que su madrastra había querido matarla pero el cazador había tenido piedad de ella permitiéndole

correr durante todo el día hasta encontrar la casita.

Los enanos le dijeron:

-Si quieres hacer la tarea de la casa, cocinar, ha-cer las camas, lavar, coser y tejer y si tienes todo en orden y bien limpio

puedes quedarte con nosotros; no te faltará nada.

-Sí -respondió Blancanieves- acepto de todo co-razón. Y se quedó con ellos.

Blancanieves tuvo la casa en orden. Por las ma-ñanas los enanos partían hacia las montañas, donde buscaban los

minerales y el oro, y regresaban por la noche. Para ese entonces la comida estaba lista.

Durante todo el día la niña permanecía sola; los buenos enanos la previnieron:

-¡Cuídate de tu madrastra; pronto sabrá que estás aquí! ¡No dejes entrar a nadie!

La reina, una vez que comió los que creía que eran los pulmones y el hígado de Blancanieves, se creyó de nuevo la

principal y la más bella de todas las mujeres. Se puso ante el espejo y dijo:

¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?

Entonces el espejo respondió.

Pero, pasando los bosques,

en la casa de los enanos,

la linda Blancanieves lo es mucho más.

La Reina es la más hermosa de este lugar

La reina quedó aterrorizada pues sabía que el es-pejo no mentía nunca. Se dio cuenta de que el caza-dor la había

engañado y de que Blancanieves vivía. Reflexionó y buscó un nuevo modo de deshacerse de ella pues hasta que no fuera

la más bella de la re-gión la envidia no le daría tregua ni reposo. Cuando finalmente urdió un plan se pintó la cara, se vistió

como una vieja buhonera y quedó totalmente irre-conocible.

Así disfrazada atravesó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos, golpeó a la puerta y gritó:

-¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo!

Blancanieves miró por la ventana y dijo:

-Buen día, buena mujer. ¿Qué vende usted?

-Una excelente mercadería -respondió-; cintas de todos colores.

La vieja sacó una trenzada en seda multicolor, y Blancanieves pensó:

-Bien puedo dejar entrar a esta buena mujer.

Corrió el cerrojo para permitirle el paso y poder comprar esa linda cinta.

-¡Niña -dijo la vieja- qué mal te has puesto esa cinta! Acércate que te la arreglo como se debe.

Blancanieves, que no desconfiaba, se colocó delante de ella para que le arreglara el lazo. Pero rápi-damente la vieja lo

oprimió tan fuerte que Blancanieves perdió el aliento y cayó como muerta.

-Y bien -dijo la vieja-, dejaste de ser la más bella. Y se fue.

Poco después, a la noche, los siete enanos regre-saron a la casa y se asustaron mucho al ver a Blanca-nieves en el suelo,

inmóvil. La levantaron y descubrieron el lazo que la oprimía. Lo cortaron y Blancanieves comenzó a respirar y a reanimarse

po-co a poco.

Cuando los enanos supieron lo que había pasado dijeron:

-La vieja vendedora no era otra que la malvada reina. ¡Ten mucho cuidado y no dejes entrar a nadie cuando no estamos

cerca!

Cuando la reina volvió a su casa se puso frente al espejo y preguntó:

¡Espejito, espejito, de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?

Entonces, como la vez anterior, respondió:

La Reina es la más hermosa de este lugar,

Pero pasando los bosques,

en la casa de los enanos,

la linda Blancanieves lo es mucho más.

Cuando oyó estas palabras toda la sangre le aflu-yó al corazón. El terror la invadió, pues era claro que Blancanieves había

recobrado la vida.

-Pero ahora -dijo ella- voy a inventar algo que te hará perecer.

Y con la ayuda de sortilegios, en los que era ex-perta, fabricó un peine envenenado. Luego se disfra-zó tomando el aspecto

de otra vieja. Así vestida atravesó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos. Golpeó a la puerta y gritó:

-¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo!

Blancanieves miró desde adentro y dijo:

-Sigue tu camino; no puedo dejar entrar a nadie.

-Al menos podrás mirar -dijo la vieja, sacando el peine envenenado y levantándolo en el aire.

Tanto le gustó a la niña que se dejó seducir y abrió la puerta. Cuando se pusieron de acuerdo so-bre la compra la vieja le

dilo:

-Ahora te voy a peinar como corresponde.

La pobre Blancanieves, que nunca pensaba mal, dejó hacer a la vieja pero apenas ésta le había puesto el peine en los

cabellos el veneno hizo su efecto y la pequeña cayó sin conocimiento.

-¡Oh, prodigio de belleza -dijo la mala mujer-ahora sí que acabé contigo!

Por suerte la noche llegó pronto trayendo a los enanos con ella. Cuando vieron a Blancanieves en el suelo, como muerta,

sospecharon enseguida de la madrastra. Examinaron a la niña y encontraron el peine envenenado. Apenas lo retiraron,

Blancanieves volvió en sí y les contó lo que había sucedido. En-tonces le advirtieron una vez más que debería cui-darse y

no abrir la puerta a nadie.

En cuanto llegó a su casa la reina se colocó frente al espejo y dijo:

¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?

Y el espejito, respondió nuevamente:

La Reina es la más hermosa de este lugar.

Pero pasando los bosques,

en la casa de los enanos,

la linda Blancanieves lo es mucho más.

La reina al oír hablar al espejo de ese modo, se estremeció y tembló de cólera.

-Es necesario que Blancanieves muera -exclamó-aunque me cueste la vida a mí misma.

Se dirigió entonces a una habitación escondida y solitaria a la que nadie podía entrar y fabricó una manzana envenenada.

Exteriormente parecía buena, blanca y roja y tan bien hecha que tentaba a quien la veía; pero apenas se comía un trocito

sobrevenía la muerte. Cuando la manzana estuvo pronta, se pintó la cara, se disfrazó de campesina y atravesó las siete

montañas hasta llegar a la casa de los siete enanos.

Golpeó. Blancanieves sacó la cabeza por la ven-tana y dijo:

-No puedo dejar entrar a nadie; los enanos me lo han prohibido.

-No es nada -dijo la campesina- me voy a librar de mis manzanas. Toma, te voy a dar una.

-No-dijo Blancanieves -tampoco debo aceptar nada.

-¿Ternes que esté envenenada? -dijo la vieja-; mi-ra, corto la manzana en dos partes; tú comerás la parte roja y yo la

blanca.

La manzana estaba tan ingeniosamente hecha que solamente la parte roja contenía veneno. La be-lla manzana tentaba a

Blancanieves y cuando vio a la campesina comer no pudo resistir más, estiró la ma-no y tomó la mitad envenenada. Apenas

tuvo un trozo en la boca, cayó muerta.

Entonces la vieja la examinó con mirada horri-ble, rió muy fuerte y dijo.

-Blanca como la nieve, roja como la sangre, ne-gra como el ébano. ¡Esta vez los enanos no podrán reanimarte!

Vuelta a su casa interrogó al espejo:

¡Espejito, espejito de mi habitación!

¿Quién es la más hermosa de esta región? Y el espejo finalmente respondió. La Reina es la más hermosa de esta región.