Cuentos del Bosque por Carlos Le-Fort G - muestra HTML

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En un Bosque lejano a los pies de un volcán vivían muchos árboles de distintas formas y colores, grandes y pequeños. Robles coihues, raulíes, lleuques, mañíos, y muchos más. También diferentes pájaros, desde los más grandes como el Cóndor hasta los más pequeños como el colibrí. Los conejos y lagartijas correteaban entre los pastos y las piedras, tomando el sol o escondiéndose en sus cuevas cuando la lluvia o la nieve caían.

 

Las montañas se tiñen de los más maravillosos colores comenzando muy temprano con la salida del sol que muestra una cascada multicolor de rosados amarillos rojos y blancos, mientras las nubes en tropel vienen a saludar la foresta. Entre ellas aparecen figuras fantasmagóricas semejando conejos, corderitos y otras maravillosas formas de expresar su alegría de visitar esta tierra. Pasa el día hasta el atardecer que muestra todo el esplendor de la puesta del sol para dar paso a un silencio nocturno acompañado del canto de grillos y pequeños animalitos que se desplazan entre las hojas del suelo. En ciertas oportunidades el viento ruge anunciado que se acerca una tormenta y los animalitos se ocultan en silencio para esperar que pase la temporada de lluvias. Es impresionante sentir el silencio cuando cae la nieve, salvo el crujir de alguna ramita seca que se cae bajo el peso de ese manto blanco. Todo calla, nada corre, nada vuela, hasta el viento se detiene en su pasar

 

Un riachuelo que corre entre los árboles bordados de nalcas y helechos y de vez en cuando se veía una trucha brillante jugueteando entre sus aguas muy rápidas

 

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En este lugar tan tranquilo y bello había una casita encantada que la habitaban dos duendecillos llamados Carlos y Mate que vivían muy felices en ese bucólico paraíso. Ellos tenían tres hijos, Verónica, Robert y Vivianne. Ellos a su vez habían formado otras familias regalando a sus padres la alegría de unos nietos maravillosos. El mayor Felipe y le seguía en orden de edad, Andrés, Matías, Cristián, Beatriz, Vicente Emiliano, Sofía y Vicente Javier

 

A todos les encantaba ir a visitarlos. Jugaban entre los árboles bañados de un aire puro donde podían correr, explorar mojarse en el riachuelo y todo con plena libertad

 

En este rincón los árboles conversan entre ellos, las aves cantan y la vida de los animalitos e insectos que cambian contantemente de lugar.

 

Calla, silencio, escucha lo que hablan los árboles

 

  • Buenos días señor Roble
  • Cómo está señor Raulí, buenos días, le contesta

 

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  • Ah!, estoy feliz, mis hojas y ramas están cubiertas de perlas con las gotitas del rocío y la luz del Sol hace que se vean brillantes, ¿y usted cómo está?
  • Mmmmm…. Estoy estirando mis ramas , todavía tengo flojera
  •  Ha visto al señor coihue?
  • Claro que lo veo, si es el más grande y bello del bosque, con sus ramas llenas de hojas brillantes y no se les cae como a nosotros en la época de otoño.
  • Pero en el otoño nosotros somos más hermosos que él. Usted señor Roble, se le ponen todas de amarillo sus hojas y nosotros los Raulíes las teñimos de un rojo muy hermoso
  • Es cierto, y cuando aparece la primavera nos salen hojitas nuevas con un color verde intenso.
  • Los estoy escuchando, dijo el señor coihue, todos los árboles y los arbustos, incluso los helechos hierbas y musgos tienen su belleza, Cuando cae la nieve, nosotros los coihues, los lleuques y los mañíos protegemos entre nuestras ramas a los pajaritos que tienen frio y con nuestra hojas los cubrimos para que no se mojen
  • Hablando de pajaritos, intervino el señor Lleuque, entre mis ramas tengo un nido y tienen dos huevitos, así que pronto tendremos mucha alegría y movimiento

 

El señor mañío que todavía estaba adormilado, miró al viejo Roble que tenía al lado y le dijo

 

  • Qué manera se ser engreído Ud. Viejo Roble, desde que los niños lo nombraros el “árbol del tesoro”, se cree el árbol más importante del lugar.
  • Y es cierto, el mayor de los niños, Felipe, fue el que encontró el primer tesoro a mis pies. Estaba tan contento que no me ha olvidado nunca, cuando pasea por aquí para a visitarme, me mira y dice: “Ahí está el árbol del Tesoro”
  • Por casualidad escuché a los niños conversando y decían que querían hacer un Club entre las ramas de algunos de nosotros, Ojalá me elijan a mí suspiraba el señor Mañío.
  • A mí me quieren mucho, agregó el señor Lleuque, ya que en el verano siempre me visitan para comer de mis frutos.
  • Y a mí también reclamó el señor Maqui, me encanta verlos con sus bocas teñidas con mis frutos dulces.
  • Miren, miren! Allá viene corriendo ese perro bandido persiguiendo a un pobre conejo, Corre, Corre conejito, que ya te alcanza, corre!! alentaba el señor Mañío
  •  Ja, Ja, qué me va alcanza este perro Max es bien rápido pero yo soy más rápido que él y me escullo por entre senderos pequeños donde desaparezco rápidamente.
  • No te descuides conejito que ya te pilla, estás cerca de tu cueva y ahí estarás seguro, apúrate que ya te pilla
  •  Huy, que rápido se ha puesto este perro Max, voy a tener que correr entre rocas para que no me alcance
  •  Corre, conejo, corre, apúrate, le gritaba el señor Arrayán cuando pasó por su lado como una flecha y bien cerca del  conejo corría el Max con media lengua afuera, tropezándose con las piedras y clavándose con las espinas de mosquetas, sin importarle nada, tenía la vista fija en un par de orejas y una colita blanca delante de sus ojos.
  • Te falta poco conejo, ya estás más cerca se oyó gritar al señor Raulí.
  • No se asusten tanto les decía el conejo, si nunca me ha alcanzado.
  • Qué Conejo más irresponsable! No sabe lo que nos hace sufrir con sus carreras tratando de escapar de ese maldadoso perro Max, dijo el señor Coihue.
  • Y eso que todos los días le dan su almuerzo en casa, así que hambre no tiene.
  • Lo que pasa es que él se cree el Rey del bosque y cuando ve a otro animal corre detrás de él hasta que los saca de su territorio, menos mal que a los que persigue, son bastante rápidos y pueden escapar, hace algunos días persiguió a un chingue o zorrillo y durante todo un mes estuvo revolcándose para sacarse el mal olor, dijo el viejo Roble
  •  Me he fijado que los niños lo quieren mucho, dijo el “árbol del tesoro”, por qué será?. Me estaré poniendo celoso?
  • Es que el Max también los quiere mucho y los cuida, en cambio esa perrita blanca, chiquita, que le dicen “Pelusa”, es muy mal genio y si por casualidad la pisan o se tropiezan con ella, se enoja y los persigue para morderlos, agregó el señor Raulí.
  • Está muy viejita la pobre, por eso le duele más cuando la pisan, yo la comprendo dijo el viejo Roble
  • Señor Coihue, usted que es el más alto cuéntenos cómo están las águilas en el murallón, preguntó el Canelo
  • Mmmm… Son tan lindas las águilas cuando vuelan, planeando cerca del murallón y luego se tiran en picada para pasar entre nuestras ramas sin tocarlas, Me gusta tanto verlas, contestó el Coihue. En la mitad del murallón hay una pareja que está haciendo un nido y más arriba hay otra, ya les avisaré cuando nazcan los polluelos.

 

Así se pasan todos los días conversando los árboles del bosque mientras bajo sus ramas habita un mundo maravilloso de avecillas, mariposas, grillos, hormigas, abejitas y el constante croar de ranitas a orillas del riachuelo.

 

En este último nadan varias truchas o salmones cordilleranos como los mencionan los lugareños, Los mañíos que desde su orilla siempre están atentos las observan cuando dejan caer miguitas de pan desde un puente de madera casi siempre cerca del medio día:

 

  • Miren, miren, cómo vienen nadando rápido estos pececillos
  • Cómo saben ellos que les están dando alimento?
  • Son muy sensibles, dice el Mañío Mayor, cualquier cosa que perturbe la superficie del agua ellos la sienten.
  • Ahí viene la trucha tuerta, continúa, la cual a pesar que le falta un ojito es muy rápida; y esa otra más obscura tiene cara de salmón.
  • Cada día llegan más a comer, se sienten protegidas ya que saben que en ese lugar tienen prohibido que las persigan.
  • Ustedes los mañíos cerca del riachuelo, comenta un roble, después que el duende Carlos les sacó las zarzamoras que los aprisionaban enredándose sobre sus ramas, se dan mucha importancia
  • Sí, es verdad señor Roble, ahora podemos estirarnos y nuestras ramas han crecido tanto que nos podemos abrazar.

Es tan agradable mecernos junto al viento libremente.

Un coihue que está a la entrada del camino muy cerca de una carretera les avisa que se acercan varios autos, pareciera que la familia y los nietos vienen a visitarnos.

  • Qué bueno, grita el Mañío al escuchar ese aviso.

 

Luego les avisa a los árboles que están más lejanos y así todos van comunicando la novedad del día, hasta llegar al más lejano que es árbol del tesoro, el Viejo Roble, que es el más feliz de sentir la presencia de los niños jugueteando por esos andurriales. Todos los árboles están pendientes de ver quienes llegan.

 

Los niños se bajan corriendo al riachuelo para ver alguna truchas, pero la más avispada de ellas, la trucha tuerta, les avisa a las demás salen veloces a esconderse entre las rocas. Entre ellas se  avisan, muévanse rápido ya que no falta el niño que tire un anzuelo para atraparlas mostrándoles una apetitosa lombriz y será algún tonto que se tiente para comerla quedando atrapado en el anzuelo

 

  • Qué es exagerada la tuerta, comenta una trucha, le tiene más miedo a esos niños…
  • Le encuentro razón, dice la trucha azul, si te hubieran sacado un ojo con un anzuelo, tratarías de esconderte lo más rápido posible.
  • Miren, dijo la tuerta,, qué están haciendo, parece que van a tirar algo al agua.
  • Señor mañío, dice la tuerta asomándose un poquito, usted que es más alto cuéntenos qué está pasando.
  • Lo que yo veo, señora trucha tuerta, es que están preparando lanzar una colchoneta inflada, aguas arriba con uno de los niños sobre ella y luego pasan por debajo de un puente a toda velocidad.

 

Los niños gritan de alegría y corren por las orillas peleándose el segundo turno. El tío de ellos que inventó el juego, les advierte que al pasar debajo del puente que no tiene mucha altura, deben mantener la cabeza pegada a la colchoneta y no la levanten para ver dónde van.

 

Los mañíos disfrutan ver toda esta alegría de los niños, mientras las truchas desaparecieron entre rocas y raíces de los árboles, esperando que pase toda esta algarabía de carreras y gritos que alteraron las tranquilas aguas.

 

Unas águilas que observaban desde los riscos de un gran murallón próximo miraban desde lejos esta algarabía infantil.

Una de ellas anunció:

 

  • Voy a mirar qué está pasando, le dice pluma Blanca a su señora que se queda en el nido cuidando sus huevitos.
  • Ten cuidado, no pases muy cerca para que no te lancen piedras.
  • Estos niñitos no hacen esas cosas, le contesta, los mayores se cuidan de que no realicen maldades, además me posaré en lo más alto de ese coihue gigante.-
  • Cómo está señor Coihue, dice Pluma Blanca, me puedo parar en una de sus ramas?
  • Bienvenida águila Pluma Blanca, qué la trae por aquí
  • Es que desde el murallón se escuchaban risas y gritos y vine a observar.
  • Ahí está toda la familia con los niños tirándose en una balsa por el riachuelo igual que un navegante
  • Y no es peligroso? Pregunta Pluma Blanca
  • Hasta ahora todo está bien

 

En esos precisos momentos se escuchan unos gritos de “agachate!!!!”.. Claro, uno de el os quiso mirar cuán cerca estaba del puente cuando se escuchó un TOC! al golpear su cabeza contra el primer travesaño del puente. Todos corrieron para recibirlo al otro lado del puente, muy asustado y solo con chichón que empezó a crecer en   su cabecita. …. Y se terminó el juego entre algunas risas nerviosas y sollozos.

 

  • No te dije que podía ser peligroso. Dijo Pluma Blanca
  • No es para tanto, a los niños siempre les pasa algo; acuérdate cuando fueron a pasear muy cerca del murallón y comenzaron a desprenderse algunas piedras desde lo alto. Por suerte corrieron a guarecerse
  • Claro contesta el águila, pero fueron los robles, mañíos y coihues que extendieron sus ramas y desviaron las piedras para que no los golpearan
  • Así es. Algunas veces podemos protegerlos, pero son muy arriesgados
  • Señor Coihue, usted con sus años de vida debe haber visto pasear muchas personas
  • Sí, señor Mañío, pero más antiguo es el señor Roble que está al pie del mirador. Él si tiene muchísimas historias que contar
  • Pídale que nos cuente, dice el señor Lleuque, ya que usted está más cerca del señor Roble
  • Señor Roble, señor Roble, despierte
  • Tanto alboroto no me deja dormitar tranquilamente. Qué quiere el señor Lleuque?
  • Señor Roble usted que es el más antiguo de este bosque, cuéntenos algo de la gente que vio por estos lados.
  • Uf! Hace muchos años, ya casi ni me acuerdo cuándo.
  • Señor Roble, no se haga el remolón, dice el pequeño Maqui.
  • Bien, hace muchos años aquí cerquita, hay una inmensa cueva que un grupo de bandidos capitaneados por Antonio Pincheira la utilizaba como refugio. Con varios hermanos formaron una montonera y fueron muy crueles en sus correrías. Después de cada correría venían a refugiarse en la cueva junto a su botín donde con tantos árboles quedaban ocultos y nadie podía encontrarlos.

Cuando se les terminaban las provisiones volvían a las andadas

  • Recorrían ciudades en Chile y Argentina, continúa el Señor Roble, robando cuanto podían incluso mujeres y niños para hacerlos trabajar. Los niños por supuesto, estaban felices, corrían y cantaban, lo pasaban tranquilamente.

Formaban un grupo cercano a 400 personas. Pero con tanto asalto en las ciudades decidieron poner fin a esas fechorías

  • Pero los hermanos Pincheiras eran tan pillos que apenas tenían noticias que saldrían a buscarlos, arrancaban a todo galope por senderos que solo ellos conocían dejando mujeres y niños en el refugio. Por medio de otros robles, coihues o mañíos me fueron contando que pasaron la Cordillera de Los Andes a refugiarse en un campamento oculto que tenían en Argentina
  • Un fuerte contingente militar al mando de un militar de alto rango que salió desde Chillán en su búsqueda, los sorprendió en las cercanías de su refugio al otro lado de la cordillera. La batalla fue sangrienta y en ella murieron alrededor de 200 montoneros, lográndose rescatar a otro numeroso grupo de mujeres y niños cautivos
  •  Hasta aquí llegó el cuento de los Hermanos Pincheiras, ahora quiero seguir descansando, que yo estoy muy viejo
  •  Gracias Señor Roble, se escuchó a coro decir a los mañíos, coihues, maquis, y los otros habitantes de la foresta muy contentos de conocer esta historia
  •  Otro día nos cuenta otras historias, murmuraron algunos árboles

 

Como el día había avanzado y se hacía muy tarde, todos empezaron a guardar silencio mientras las avecillas que escucharon esta historia arrebujaron su plumaje y entre ramas se fueron a dormir.

 

En la mañana siguiente cuando el Sol entre nubes pasaba sus rayos brillantes desparramando calor, todos los árboles miraban cómo su amiga, la duendecilla Mate, salía a caminar por los senderos acompañada de una vecina, según ellas para hacer ejercicio. Así subían hasta un sector que l amaban “el mirador”.

 

El Mirador estaba en una ubicación privilegiada. Se observaban las copas de los árboles llenas de distintos colores hasta donde se perdía la vista. Tan sobrecogedor era el paisaje que se quedaban quietas disfrutando. Algunas aves se posaban en las copas de los  árboles muy cerquita de ellas y se sorprendían con sus colores como cuando llegó un pájaro carpintero muy grande, del tamaño de un gallo de corral, todo negro con una cabeza color rojo fuego. No se percató de la presencia de estas amigas y empezó a dar picotazos muy fuertes en un Roble sacando larvas que se encontraban bajo la corteza y se las comía con gran placer. Tanta era la comida que decidió llamar a su compañera que buscaba en árboles más lejanos

 

  • Carpintera, carpintera, ven aquí. Este árbol está lleno de larvas
  • Ya voy mi Carpintero. Qué suerte tienes de encontrar tanto alimento rico.

 

Mientras tanto el amigo Roble al que le sacaban las larvas, se reía y gozaba por las cosquillas que le hacían, además lo libraban de tan molestos gusanos que le perforaban su madera.

 

  • Señor Roble, llamó un Coihue, no le duele que le den tantos picotazos? Hasta aquí llega el ruido de los golpes parece que están martillando en la madera
  • No Señor Coihue, todo lo contrario, me alegra que se posaran en mi tronco y así me librarán de esas molestosas larvas

 

Mientras tanto los pájaros carpinteros también conversaban entre ellos

 

  • Te gusta mi carpinterita?
  • Si, estaban deliciosos estos gusanitos, y libramos al señor Roble de los parásitos.
  • Bien, te parece si regresamos a casa
  • Si, ya comimos lo suficiente, gracias señor Roble por dejarnos disfrutar tan rico alimento
  • De nada, contestó el señor Roble, vuelvan cuando quieran, siempre serán bien venidos.

 

Así emprendieron el vuelo de regreso, dejando feliz al señor Roble y se despidieron además de las dos amigas que pudieron disfrutar este maravilloso momento.

 

Unas semanas después, los mañíos que se encontraban en la entrada vieron llegar al nieto mayor de los duendes, que venía con un amigo vecino del entorno de este bosque.

 

Estos chicuelos se paseaban por todos lados, mientras los árboles les observaban y escapaban los pájaros volando a las copas de los árboles más altos del lugar.

 

Los conejitos se escondían en sus cuevas o alguna culebrita bajo la hojarasca que tapizaba el suelo, así podían pasar inadvertidas Disfrutaban algunos días de vacaciones explorando todos los lugares. Les gustaba ir a beber agua al pie de la vertiente que brotaba en un costado del farellón. Agua pura, cristalina y muy fría. Para llegar hasta dicha vertiente debían subir por una escalera hecha de tierra, piedras y palos que se construyó para ese efecto. Su construcción era  muy rústica y eso era lo entretenido sorteando las dificultades para llegar a beber agua en la Vertiente.

 

Casi todas las cosas buenas se descubren por casualidad. La vertiente no era una excepción ya que durante un paseo al mirador, se le ocurrió a la duende Mate pedirle a su esposo que subieran a pasear hasta donde nacían las rocas del murallón, toda una inmensa pared vertical de formación volcánica. El paseo lo realizaron sin que existieran senderos, entre quilas, zarzamoras y malezas espinudas, con mucho cuidado para no pisar sobre piedras o rocas sueltas. Para tratar de abrir camino, empujaban las rocas sueltas que rodaban hasta detenerse junto al tronco de algún árbol. El perro Max y la perra Pelusa los acompañaban. A poco andar entre tropezones y resbalones lograron tocar el pie del murallón. Mientras descansaban sentados en unas rocas, entre el jadeo y ladrido de los perros, escucharon un murmullo de agua cayendo, muy tenue, apenas audible.

 

Poco a poco descubren de dónde provenía ese murmullo y al arrancar la raíz de una enredadera inmensa, aparece un chorro de agua aunque pequeño pero si muy constante Que regalo más maravilloso! Poder tomar agua trasparente y heladita, totalmente pura. Encausaron por medio de tuberías esa agua la cual sirvió para el consumo de la casa y regar plantas que adornan el jardín. Considerando que había abundante agua se incorporaron nuevos árboles aumentando la familia del bosque Así vieron los Arrayanes, mañíos, coihues y el resto de sus hermanos la llegada de un Pino Oregón, unas araucarias chiquitas que  muy temerosas se asomaban entre la maleza y pronto los Rododendros, Azaleas, Abedules, arces, y muchas otras que temerosas se entrelazaban con el bosque formando un jardín lleno de colores, flores fragantes, unos mas grande otros más chiquitos, etc.

 

Una tarde el señor Mañío vio a los chicuelos salir a explorar entornos escondidos llegando hasta la cueva de los Pincheiras, de pronto empezó a esconderse la luz del día y unos murciélagos juguetones se despiertan con sus clásicos chillidos lo que espantó de sobremanera a estos amiguitos.

 

  • Miren lo asustado que están los niños, dice el Señor Mañío, cómo corren arrancando de esos animalitos que vuelan tan bajo y despacio
  • No sé de qué se asustan, comenta el Señor Roble, los murciélagos son inofensivos ya que solo comen insectos voladores.
  • Un arrayán comenta: cualquiera se asusta cuando te persiguen y vuelan tan cerca de ti mientras corres, y mientras más corres más se apuran esos endemoniados murciélagos
  • Hey, murciélago, deja tranquilo a esos niños, gritaba los Robles y Mañíos al unísono
  • Hi, hi, se reían los murciélagos…..

 

Así como saeta llegan a casa los niños gritando que un murciélago se los quería comer. Venían blancos como papel de susto y no quisieron salir más esa noche.

 

Un día de Verano en que los duendecitos estaban solos, sintieron un gritito desgarrador los sacó se su somnolencia. Vieron cómo una culebra había aprisionado a un pobre conejito y lo apretaba.

 

La duende tomó un machete de la casa y salió a defender al conejito, pero como se encontraba al otro lado de la cerca solo pudo golpear a la culebra para que lo soltara. Cuando por fin lo soltó el conejito quedó sin moverse. Creyeron que habían llegado tarde, pero no fue así. Pronto se despertó el conejito y salió corriendo a guarecerse en las rocas, donde lo esperaban sus asustados hermanos.

 

La culebra se fue refunfuñando y adolorida de los golpes recibidos. Seguramente pronto encontrará algún ratón para alimentarse.

 

Estando las águilas del murallón, en otra tarde,distinguieron a lo lejos cinco cóndores que venían aproximándose, volando casi sin mover las alas con un planeo largo y suave.

 

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De pronto se escuchó a las águilas avisando a sus hermanas:

 

  • Miren, lo maravilloso que es vuelo de los hermanos cóndor, dijo el águila que llamaban Pluma Blanca,
  • Parece que es toda una familia, veo que es una mamá con unos sus críos menores, se nota por el vuelo
  • Se ven maravillosos comentó el señor Coihue, que por ser el más alto los veía perfectamente.
  • Qué lindo debe ser volar así, comentó un chucao saliendo de la espesura para asomarse entre las rocas, yo solo me elevo un poquito sobre el suelo
  • No se queje Señor Chucao, comenta Pluma Blanca, usted canta tan fuerte que hasta en lo alto del murallón se le escucha y eso que es muy difícil verlo de entre la espesura.
  • Gracias señor águila, pero me gustaría ver las copas de los árboles desde el murallón alguna vez, comenta el señor Chucao.
  • A cada uno le toca su lugar, ya sea en la tierra, entre ramas de los árboles o entre los riscos de un murallón, le sentencia Pluma Blanca
  • Se imagina señor Chucao si todos viviéramos en un mismo sector de la sabia Naturaleza; no habría espacio suficiente para todos
  • Tiene razón, le contesta, desde aquí puedo ver a los demás pajaritos disfrutar de otras cosa que los de allá arriba ni sospechan

 

Mientras tanto los cóndores habían llegado a lo más alto del murallón y se posaron para tomar un poco de aliento. En realidad su tamaño era impresionante, unas 5 veces más grande que las águilas, pero se trataba de un macho y una hembra con toda su familia

Los cóndores nuevos tenían un plumaje brillante y unas plumas blanquísimas en los extremos de sus alas. Su cuello lo adornaban con blanco collar de plumitas muy finas

 

Los Robles, Mañíos, Notros, Coihues y Arrayanes, saludaron a coro a los recién llegados

 

  • Bien venidos Señores Cóndores, nos alegra verlos por estos lados
  • Gracias, contestaron, estamos paseando con nuestros hijos para que vayan conociendo el entorno del territorio sobre el cual volamos, y a su vez que conozcan nuestros amigos y así puedan descansar cuando se desplacen solos por los cielos.
  • Han crecido muy rápido sus polluelos y seguramente pronto ejecutarán sus vuelos en solitario, le dijo el águila Pluma Blanca
  • Así es y veo que ustedes tienen bastantes polluelos en esa colonia.
  • Si. Yo tengo dos hermosos polluelos, pero aún no emprenden el vuelo. En unos días más seguramente se arriesgarán a dar sus primeros aleteos. Menos mal que los robles y mañíos los reciben en sus ramas cuando tienen su primer vuelo fallido. De esta manera no se golpean tanto.
  • Nuestras crias, contestó la Cóndor Mamá, emprenden su primer vuelo desde los riscos más alto y así tienen tiempo de sobra para realizar sus primeros planeos y luego empezar a batir sus alas antes de llegar al suelo. Así comienzan a volar en su primer intento.
  • Bueno, amigos, dijo el señor Cóndor, ya hemos descansado y vamos a reiniciar nuestro vuelo y volver al nido cerca del Volcán Chillán
  • Vuelvan cuando quieran dijo el águila
  • Cuando sus polluelos ya estén volando pueden visitarnos cerca del Volcán, dijo el Señor Cóndor, y así fortalecerán sus alas y pueden disfrutar de un maravilloso paisaje
  •  Adiós árboles del bosque y a todas la avecitas pequeñas que nos observan tan calladitas, recuerden que nosotros no atacamos ningún ser vivo, así que no nos tengan miedo.
  • Adiós dijeron a coro el Chucao, el picaflor, el rayadito y todos los que observaban con temor aquellas aves tan gigantescas

 

Así emprendieron el vuelo los cinco cóndores y casi sin aleteo, rápidamente desaparecieron de la vista.

 

Un día durante las vacaciones los niños decidieron ir a caminar hasta un pozón del Rio Renegado muy cerca de la parcela y del bosque. En ese lugar había muchos Radales, copihues, robles y mañíos; incluso se podían encontrar unas  “orquídeas cordil eranas”, chiquitas pero muy hermosas

 

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Ellos observaban cómo los niños subían por un cerrito y se tiraban al agua dándose un refrescante chapuzón. Gritaban y se reían.

Todos se mojaron lanzándose desde las alturas

 

  • Cómo se divierten, dijo el Señor Roble, Los Radales están más cerca de los niños y están muy felices
  • Claro dijo el Radal Mayor, es entretenido ver cómo suben de rápido y se lanzan al agua, salpicando con una lluvia de gotitas multicolor a los que están más cerca del pozón de agua
  • Nos alegran la tarde con sus risas dijo un mañío, mis ramas brillan cuando les llega un poco de agua

 

Así pasaron la tarde hasta que cansados de tanto jugar deciden retornar al hogar.

 

En la mitad del camino descubren un albaricoque con algunas frutas disponible, saltando unos más que otros llegaba a las ramas y lograban coger algún fruto

 

  • Salta, salta, le decía el albaricoque.
  • Baje sus ramas de murmuró un Lleuque, a mí ya me sacaron todos los frutos, así que ahora le toca a usted dárselos.
  • Es muy fácil decirlo, sus ramas son flexibles y las mias son más rígidas, me cuesta mucho bajarlas.
  • Un Radal que estaba más cerca les avisó. Cuidado con ese niño que está saltando sobre una piedra, está justo encima de un hormiguero, y ya conocen a esas hormigas que cuando las molestan se ponen muy bravas y pican al que trate de molestarlas.
  • No sé cómo advertirles el peligro, dijo el Lleuque
  • Ya es muy tarde para visarle, miren sus piernas, comenta el albaricoque, están llena de hormigas y pronto aprenderá a no molestar un hormiguero.

 

En el momento que lo picó una hormiga, el niño se dio cuenta de la cantidad de hormigas que se subían por sus piernas y comenzó a correr y saltar muy asustado esperando que se le salieran.

 

El resto de los niños trataban de ayudarlo, pero con sus risas era muy poco lo que podían hacer, de todas maneras con tanto saltar y correr las hormigas fueron soltándose hasta librarse de todas ellas

 

Así llegaron todos a la casa y nos contaron sus aventuras y todos los árboles del bosque escucharon riéndose del chascarro sucedido.

 

Ya de noche cuando el silencio invade el entorno, los árboles se duermen y sueñan con las aventuras tan simpáticas de este grupo de amigos que de vez en cuando llegan a visitarnos Seguramente usted amigo lector alguna vez se habrá preguntado, al escuchar el murmullo de los árboles cuan sopla el viento: ¿QUË CONVERSAN LOS ARBOLES?

 

Es muy fácil escucharlos. Basta con cerrar los ojos y en silencio abrir su corazón. Es muy seguro que ahora podrá escucharlos mientras les cuentan todas esas sabrosas anécdotas que suceden en su entorno sin que el amigo lector se dé cuenta. No solo los árboles y la espesura saben contar algo, tus juguetes igualmente viven en la noche, sienten y se enamoran como la bailarina con el soldadito de plomo, o el marinero que viaja por el mundo en su barquita de papel…

 

Abril 2014

MTF y CLFG

(los duendes)

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